jueves, 12 de noviembre de 2009

Victoria Lozano Díaz
































Antillanca*




Antillanca significa en mi pueblo, perla del sol. Así me llamó mi abuela el día que mi madre dio a luz en medio de araucarias, junto a un pozón de aguas calientes, cuyo vapor termal me salvó de no morir de frio aquella tarde otoñal. Mi abuela Millaray asistió a mamá en el parto que según los cálculos estaba pronosticado para 20 salidas más del sol.
Alejadas de casa e internadas en la profundidad del bosque las dos mujeres avanzaron extasiadas por la senda que el olor de los pinos y la tierra virgen les dictó como natural destino. Cuenta mi abuela que mamá quiso lavar sus pies cansados en la orilla de la poza calurosa y que el relajo fue tal que se recostó y  apoyó la cabeza en la arenilla húmeda que bordeaba las piedras. Sin premonición cerró los ojos, abrió las piernas y comenzó a pujar. Millaray alcanzó a estirar los brazos y sujetarme la cabeza que ahí mismo bendijo lanzando salpicones de agua tibia, mezcla del agua densa y purificada de mi madre Relmu y la sangre de la tierra misma, que brotada entre las piedras.
Relmu, que en mapudungun significa arcoíris, me besó en la frente mientras lanzó un gemido de dolor tan intenso, que la hundió en el barro que toda la sangre derramada había formado en el suelo y con sus enormes ojos negros abiertos, entregó su cuerpo a la pacha mama.
Sus relieves de hembra aguerrida formaron un firme montículo rocoso multicolor.
Mi abuela me tapó con su manta negra, esparció hojas de eucaliptus en los rastros de Arcoíris y me cobijó en su canasta acostándome sobre yerbas recogidas, cuyo olor se quedó a vivir en mi cuerpo  y según decían tenía un efecto pacificador en la gente.
La sonrisa de mi abuela demostraba orgullo por mi llegada, su mirada en cambio dejaba ver la espina que la muerte de su única hija le dejó para siempre, clavada en el espíritu.
Mis abuelos me criaron hasta el día de sus muertes. Millaray como flor de oro cubrió con sus raíces el recuerdo del abuelo Curihuentro que se esparció como un círculo negro al centro de la última fogata que alcanzamos a encender juntos.
Yo tenía 7 años, cinco ovejas, un perro y gallinas con pollos a los que les perdía la cuenta. Recuerdo que los días siguientes a la partida de mi abuela, me sentaba con los pies en el río a comer las frutas cocidas que quedaban en la olla grande.
No duró mucho, porque la vecina enterada ya de la tragedia, decidió dar aviso en la municipalidad del pueblo más cercano de la terrible situación de la niña huérfana. Recibí muchos apretones cariñosos en las mejillas, hasta que una tarde en que el frío me estremecía los huesos llegaron en una camioneta a buscarme unos señores que se hacían llamar tíos. Estuve en varios lugares, pasé por doctores, papeles y muchas preguntas hasta que una noche me encontré durmiendo en mi nueva habitación, en casa de la familia Sarmiento.
Aprendí mucho con ellos, llegué a dominar tan bien su idioma, que olvidé el mío casi por completo. Aquí llevo viviendo cinco años, sé levantarme al amanecer, prepararles pan para su desayuno, hacer las camas, limpiar los pisos, ordenar las cosas que casi nunca están en su lugar, cocinarles cazuelas, carnes, porotos o lo que me pidan.  Por las tardes lavar las ropas, plancharlas y dedicarme a coser prendas rotas o jugar con los niños de la casa.
Siempre hablamos de lo muy agradecida que debo estar, ellos me salvaron de ser devorada por pumas o malcriada por indios salvajes que vivían por ahí.
Además amablemente decidieron conservar las tierras y la antigua casa que pertenecía a mis abuelos, aunque para no distraerme con recuerdos, nunca me llevaron a visitarla. Pero me quedo tranquila porque ellos me cuentan que cuidan el lugar y a los animalitos.
A veces me da pena que tengan que hacer sacrificios por mí, como pagarles a más de quince personas para que mantengan ese lugar. Me cuenta la señora que es muy grande y que las frutas, verduras, animales y árboles crecen sin parar. Si hasta un negocio debieron montar, porque no hallaban que hacer con tantas cosas. Y con el tiempo incluso tuvieron que comprar camiones.
Por todo lo que han hecho por mí es que me da vergüenza lo que voy a hacer, pero mis pensamientos ya no me dejan opción. He intentado acostumbrarme a mis nuevas tareas, pero el asco es tan profundo que por las noches, su olor se me impregna en la nariz y las arcadas me nacen desde el alma.
Yo sé que les debo la vida y que nunca tendré la forma de pagarles, pero mis lágrimas ya no se detienen. Siento una pena muy grande.
Esa noche, don Raúl vino como de costumbre y me golpeó en la cara por no estar desnuda. Me tiro las trenzas y cuando estuve en el suelo se me enterró como una lanza afilada. Con mucho dolor en el vientre tomé el cuchillo con que había cortado los choclos, porque a doña Elvira le ha antojado comer pasteles toda la semana. Y en una de las vueltas en las que quedé encima de él, en un solo suspiro mío, le rebané el cogote. Su sangre hedionda impregnó mis manos con las que le cerré los ojos, para que nunca más se atreviera a mirarme.
Por la mañana, cuando doña  Elvira abrió bruscamente la puerta, en busca del marido perdido, un rayo de luz que se colaba por la techumbre con forma de una esferita radiante, la encegueció un instante. Para luego descubrir la escena, que extrañamente emanaba un olor a yerbas tan fuerte que la mujer debió salir de la habitación a desmayarse más allá.
              La perla del sol se quedó hasta el anochecer iluminando la cara del difunto, mientras que de Antillanca nunca más se volvió a saber. 


 (c) Victoria Lozano Díaz

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

Victoria Lozano Díaz nació en Concepción, Chile. Reside en Santiago de Chile

imagen: Chañüntuku, muestra Mapuche, Arte de los Pueblos del Sur, Colección Nicolás García Uriburu