domingo, 23 de agosto de 2009

María Angélica Scotti




Señales del cielo

(fragmento)

Al filo del mediodía, varios indios acuden de prisa a la casa del cabildo y, una vez allí, entran en callada hilera. El mayor de todos ellos abre la marcha y la plática.
- Venimos a emprender una carta para el señor procurador.
El mozo escribiente apresta un pliego y la pluma.
- “Señor procurador –las palabras brotan con lentitud pero con firmeza-. Nosotros los indios del obraje Santa Cruz, de Quito, hacemos saber: Que nos aplicamos a las labores de paños sin holganzas mientras dura la luz del día. Que hay castigo para aquel que no cumple. Que nuestro amo no nos paga el salario como manda la ordenanza del Rey. Que los alimentos que nos da de paga poco nos alcanzan. Que los paños que nos llevamos de paga son flacos para el invierno. Y que no nos sana las enfermedades como manda la ley. Nuestro amo dice que no nos paga en moneda porque los indios no sabemos guardar ni gastar. Y tal vez así sea. Y dice que trabajamos muy mezquinamente y que por eso él no es largo en pagarnos. Él dice también lo que todos: que el trabajo es una obligación sin remedio. Que de estar ociosos y holgazanes se siguen muchos males y daños. Y que Dios mira con agrado al que trabaja. Y tal vez así sea. No es nuestro atrevimiento no trabajar. – El indio calla por un rato y agacha la cabeza; el escriba lo mira inquisitivo, la pluma en alto, hasta que la palabra del indio vibra de nuevo.- Lo que a nuestro corazón le duele más que todo es no poder ver ni un tantico el sol. Llegamos al obraje cuando apenas se abre la primera lumbrecita, antes muy antes de aparecerse la rueda del sol, y no salimos hasta que se cierra la lumbrecita última. Adentro estamos todo el bendito día tejiendo tejiendo, hilando hilando, y no nos dejan asomar los ojos al aire abierto. Tenemos olvidada la cara del sol de tanto no verlo. Y eso no es bueno. Sin sol y sin cielo, la vida nuestra no tiene sabor ni motivo. Recelamos que el infierno ha de ser así: un encierro con puras paredes y techo, como una cueva de donde nunca nadie puede salir. En los primeros tiempos nos decíamos: es un mal sueño, pronto hemos de despertarnos. Pero después nos fatigamos de esperar que nos despertaran. Nuestro amo dice que mirar el sol es cosa de idolatría, y que por eso él nos quita la tentación. Pero nosotros sabemos que al sol y al cielo el Señor Dios los edificó para cobijar y consolar a grandes y pequeños, y que sindudamente él ha de enojarse si alguno, descomedido, los desatiende. Nuestro amo dice también que el atardecer siempre es igual, que mirando uno se conocen todos, y que basta con el recordarlo. Pero nosotros sabemos que no es así, que ésas son palabras chungueras, y que, mientras nosotros estamos adentro tejiendo tejiendo, hilando hilando, nuestro amo se sienta a la puerta de su casa, cara al cielo y al sol, y no se cansa de mirar. Sí, él se sienta y mira, y a nosotros nos apremia y nos apremia. – El indio hace una pausa y muda otra vez la voz.- Por estas razones, señor procurador, pedimos y solicitamos pacientemente que nos permitan entrar al obraje después de cumplido el amanecer, y que la nuestra salida sea antes muy antes de la puesta del sol. Esperamos nos conceda la petición y saludamos a Su Señoría con alto respeto.”
El escriba tiende la pluma al indio, y vanamente trata de atajar una sonrisa. El indio traza, al pie de la carta, un garabato, tal como aprendiera en un tiempo ya muy lejano, cuando era muchachuelo. El escriba vuelve a tomar la pluma y sólo ahora nota que el indio tiene la cara y la boca cuajada de cicatrices, y, en el medio de los ojos, un destello de fuego como un sol agazapado.

(c) María Angélica Scotti
Rosario
Provincia de Santa Fe
Argentina

publicación autorizada por la autora, el fragmento pertenece a la novela "Señales del cielo" publicada por la editorial Atlántida en 1994.

imagen: Alejandro Puente, Chumpi, de la muestra en el MUNTREF, 2009

viernes, 21 de agosto de 2009

Ángel Brichs







Castillos y leyendas

Vagando un día por un bosque hallé un castillo. Las madreselvas y zarzales lo envestían de pleno y la piedra, casi destruida por los años pasados pictográficamente, la ceñían de un rojo violeta oscuro.

Entré en el patio, el cual, lleno de escombros era donde se había derramado sangre de guerreros y mortales indefensos en saqueos y sitios. Pero ese castillo no; estaba conservado como si un vulgar fregón estuviese limpiándolo día y noche (pero sólo la parte de la antecámara). Candelabros había por todos lados, y no normales sino con una incrustación de marfil y bronce tallado a la piedra y en cuanto a las almenas, estaban cubiertas por una serie de nidos de aves que qué se yo cómo eran...

Mirando el castillo se me hizo de noche y aún el ocaso solar ni había la luna alcanzado su cenit cuando una columna de murciélagos surcó el aire con impetuosa algarabía. Iba sólo y me había perdido. Naturalmente me refugié en la torre más alta; lo que me encontré era increíble, una mesa de tallado barroco y copas de fino coral; de manjar, ¿qué sé yo?, viandas, tocinos y corderos asados; en definitiva, mi boca era agua y mis dientes felinos.


Miré atrás y sin levantar la más mínima sospecha me encontré en la mesa dos hombres; uno vestía con sedas de oriente y el otro, extravagante en exceso, vestía ropa dorada y cuyas miradas, con sonrisas enigmáticas, encantaban.
El de la derecha debía ser el paladín y el otro un rey.
Mis ojos de fríos pasaron a cálidos, no podía ni con apenas una subjetividad engañosa comprender lo que me ocurría, me levanté y me encontré en mitad del camino que me conducía a mi pueblo. Yo expliqué la historia y me miraron como un excéntrico hipócrita.

(c) Ángel Brichs

Cataluña - España

ver datos del autor en el espacio de autor, en secciones de la revista Archivos del Sur
Este relato forma parte del libro“CUENTOS DEL LIMBO”.



imagen: Roberto Rossi, Mesa exhuberante, muestra en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, Buenos Aires.

miércoles, 19 de agosto de 2009

José Manuel Sanrodri


La silueta a través de la ventana

El tiempo se había detenido y sólo los grillos se dedicaban a canturrear los minutos de un silencio interrumpido por una voz que inquietó la tranquilidad de mi lectura de medianoche. En un primer momento pensé que podría ser una voz de uno de los lugareños a los que les cuesta susurrar por la noche para no despertar a los seres diurnos que aprovechan la caída del día para poder descansar sus cuerpos. De nuevo la voz cavernosa deshizo mis pensamientos abstractos, y desde a ventana se podía escuchar un jadeo fuerte que hizo que apagase de inmediato la luz del flexo, y reflejada por la tenue luz de la luna se apreciaba una silueta de enormes dimensiones, aquella sombra en mitad de la noche volvió a pronunciar una frase inteligible, terrorífica… como si aquella voz estuviese en el fondo de un pozo. Me acurruqué entre el edredón que había estado cubriendo mis piernas, el frío se había introducido en mis huesos, casi podía tocar aquella forma irreconocible que sólo nos separaba a ambos el fino cristal de la ventana. El miedo había petrificado al iris de mis ojos, cuando sin parpadear pude ver al otro lado de la ventana como aquel ser iba cambiando su anatomía humana en en lo más parecido a un lobo, el vahó de su boca empañó el cristal con una espesa niebla circular, por un momento pensé que rompería el cristal y entraría dentro para devorarme y yo, indefenso no tendría con que defenderme, un aullido espeluznante de aquella silueta en forma de lobo me hizo envolverme por completo en mi edredón y cerré con fuerza los ojos pensando que si iba a morir al menos no quería ver la ejecución en manos de aquel animal metamórfico. El canto del gallo en la madrugada me despertó con el sobresalto de que sin darme cuenta, me había dormido. Inspeccioné todo mi cuerpo por si me faltaba algún pedazo, y así pude comprobar que ni tan siquiera habían gotas de sangre esparcidas alrededor de mi habitación. Me asomé a la ventana para ver si aquel ser que inquietó mi noche seguía fuera, y sólo se veía una sábana de niebla dispersarse lentamente por el horizonte hasta perderse por las montañas. Corrí hasta el armario y metí toda la ropa sin doblar en la maleta lo más rápido que pude, sin darme una duche me vestí y sin desayunar fui a buscar al dueño de la posada, le conté lo que me había sucedido la noche anterior y él no le dio importancia a la historia que yo le estaba contando, como si hubiera sido fruto de un mal sueño o mi propia imaginación, tal vez tenía razón pero cuando pasé por delante de la ventana había el contorno de lo que podría ser la huella de un enorme animal, quizás del lobo que precisamente vi esa noche. Un lugareño que había escuchado mi historia se acercó a mi y me dijo: “Eso ha sido un ojáncano” y sin mediar más palabras conmigo se desvaneció en una distracción mía por querer saber que era ese ser que había perturbado mi noche y que los lugareños sabían de que o quien se trataba.

(c) José Manuel Sanrodri

España

imagen: Alfredo Volpi (Gran fachada con ventana azul, de la muestra en el Malba)

miércoles, 12 de agosto de 2009

Pilar Adón


Para que nada cambie






Apenas hablaron durante el desayuno. Caterina, como de costumbre, eligió tres o cuatro piezas de fruta, mientras que Flavia se contentó con un vaso de café muy cargado.
- Tenemos que ir a la ciudad –dijo Flavia como al azar, como si no se hubiera preparado previamente durante horas para pronunciar aquella breve frase. En realidad, las dos sabían que llevaba días considerando la idea de acercarse al mercado de la ciudad más cercana. Se estaban quedando poco a poco sin comida.
- Ya… –murmuró Caterina, y se levantó para tirar algo a la basura. Caminaba con pasitos cortos, como danzando.
- ¿Vendrás conmigo?
- Claro.
Un “claro” dicho con desprecio, porque Flavia no quería hacer nada sin que ella también interviniera. Porque no podía ir a la ciudad sin ella. Porque temía que al regresar a casa se hubiera marchado. Porque tenía miedo de que Caterina desapareciera.
- ¿Cuándo quieres ir?
- Cuando tú digas.
- ¿El miércoles? ¿El miércoles por la tarde te parece bien?
A Caterina el miércoles le parecía un día perfecto.
Pero aquel hombre llegó el martes, antes de que ellas pudieran ir a comprar nada.
Cuando aquel hombre con camisa blanca llegó, Caterina estaba en el porche y Flavia, desde la ventana de su habitación, contemplaba la extensión del sendero indefinido y seco. Más allá de su terreno y de la valla que lo delimitaba, más allá del camino silencioso que llevaba al pozo, Flavia divisó pronto una sombra borrosa que se acercaba a su casa. Una sombra con una camisa blanca.
- ¡Niña! –gritó entonces–. ¡A casa inmediatamente! Ahora mismo.
Caterina no pudo divisar ninguna silueta a su espalda.
- Un segundo… –dijo dejándose caer sobre las anchas baldosas rojas que formaban el suelo del porche–. Todavía es temprano.
- He dicho que entres. ¡Vamos!
Caterina entonces elevó la cara hacia la ventana de Flavia y, en su voz de pánico, pudo adivinar lo que estaba sucediendo: alguien se acercaba.
- ¿Quién es? –murmuró mientras se levantaba y giraba el cuerpo en dirección al camino–. ¿Quién viene?
Y Flavia, llena de espanto, deseó haber ido a la ciudad ese mismo día.
- ¡He dicho que entres en casa! –ordenó–. ¡Ahora mismo! Entra de una vez y corre a tu habitación. ¡Y no salgas de allí hasta que yo te dé permiso!
Y eso haría Caterina, que no había cenado aún. Encerrarse. Porque Flavia lo ordenaba, y porque siempre había que obedecer a Flavia quien, tras encender el farol del porche, esperó al hombre que se acercaba a su casa.
- Sólo quiero cenar algo. Lo que sea. –La voz del desconocido no era demasiado agresiva–. Una cena y me largo, señora, se lo aseguro. Eso sí, no podré pagarle lo que me dé.
Flavia le escuchó sin decir nada, y Caterina, desde lo alto de las escaleras, sólo pudo ver la cabeza de Flavia que no realizaba ningún movimiento, que no asentía ni negaba y que, seguramente, mantenía en el rostro una expresión de absoluta indiferencia.
- No tenemos mucho que ofrecerle… Creo que será mejor que se busque otro sitio.
- Sólo quiero cenar algo. Me conformo con poca cosa. Ya sabrá usted que no hay demasiados lugares habitados por aquí.
Sí. Flavia sabía que tenía razón y que no podía oponerse, así que dejó entrar al hombre y poco después estaban los tres sentados a la mesa, en silencio. ¿Cómo iba a negarse a dar de comer a un viajero hambriento? ¿Cómo iba a impedir que un hombre cansado se lavara y descansara en una casa limpia?
- ¿Y viven aquí las dos solas? –preguntó el hombre, que aún masticaba vigorosamente el último trozo de carne que le quedaba en el plato–. ¿Todo el año?
Caterina afirmó con la cabeza con cara de aburrimiento, pero Flavia dijo:
- Mi marido estará aquí mañana, al amanecer.
Y el hombre, que no apartaba los ojos de Caterina, se echó a reír.
- Deberían ensayar esto con más frecuencia. No deben permitir que nadie descubra que están ustedes mintiendo –dijo con una sonrisa cada vez más amplia–. Da la impresión de que se encuentran muy indefensas –murmuró mientras rozaba los dedos de Flavia, que se había levantado para traerle otra cerveza y que observaba ahora a Caterina con insistencia, como si quisiera hacerle saber algo que no podía expresar en voz alta.
- No estamos mintiendo –dijo Flavia–. Nunca mentimos… ¿Has terminado ya de cenar, nena? Creo que es hora de que te vayas a tu habitación. Mañana va a ser un día muy largo.
- ¿Tan pronto? –preguntó el hombre fingiendo una enorme sorpresa–. Deje que la chica se quede un poco más. Ya es toda una mujer, ¿verdad?
Caterina no respondió. En ese instante lo único que deseaba era sentarse en su cama para leer un libro o mirarse las uñas de las manos mientras canturreaba cualquier canción.
- Mi hija hace en mi casa lo que yo digo, ¿de acuerdo? ¿Caterina?
Ella miró entonces a su madre y negó con la cabeza como si no pudiera creerse nada de lo que estaba sucediendo. A continuación comenzó a subir las escaleras sin despedirse de nadie, y unos diez minutos más tarde oyó cómo se cerraba la puerta del dormitorio de Flavia, que susurraba algo que Caterina no quiso descifrar. Poco después se quedó dormida, y aún no había amanecido cuando abrió los ojos de nuevo.
Se cambió de ropa y salió descalza de su habitación para entrar en la de su madre, sin llamar. El hombre ya se había ido.
- ¿Por qué no te casaste nunca? –preguntó.
- Te lo he contado muchas veces, niña.
- Pues cuéntamelo otra vez –dijo Caterina sentándose en la cama de Flavia, que se incorporó hasta dejar la espalda apoyada contra la pared.
Flavia no sonreía, pero Caterina sabía que se sentía como si lo estuviera haciendo. Podía ver cómo su madre deseaba sonreír ampliamente, con una sonrisa sincera y sugerente que se extendería por toda su cara arrugada, cada vez más arrugada, y pálida, cada vez más pálida.


(c)Pilar Adón

Madrid - España

datos de Pilar Adón: en el espacio de autor, en la revista

imagen: Eugenio Daneri, En las afueras (de la muestra Eugenio Daneri: La mirada desde la sombra, Museo Benito Quinquela Martín, Buenos Aires)

martes, 11 de agosto de 2009

Elena Ortiz Muñiz


EL ESCRITOR


Tan sólo deseaba a través de sus letras ser inmortal...afamado....querido. Ponía el alma entera cada noche para hacer los más bellos versos que lo colocaran en un plano irreal.

Flaco, desgarbado, con el pantalón zurcido y rezurcido y la misma camisa lavada y relavada caminaba ojeroso y cansado con sus obras bajo el brazo todas las mañanas hasta las oficinas de correo, pegaba los timbres correspondientes y las enviaba a las editoriales de costumbre.

De regreso en casa, desayunaba pan duro y café más aguado que negro. Mientras sorbía pensaba que su vida podía cambiar en cualquier momento...y cuando fuera un escritor bien remunerado tomaría café con leche y pan recién hecho para el desayuno...mientras tanto, solo quedaba aguantar lo duro, lo aguado, lo negro, lo rezurcido y lo relavado.
A veces, el cartero aparecía golpeando la puerta de su apartamento y sacudiendo sus emociones con la imagen de una esperanza envuelta en sobres de papel bond. Los abría con desesperación para leer las mismas respuestas de siempre, a veces dichas con piedad, otras implacables, algunas crueles … pero todas devastadoras: “Por el momento nuestra editorial no está interesada en publicar sus obras, pero agradecemos de cualquier manera su deferencia”.

Entonces arrojaba en el rincón del armario el escrito devuelto y se quedaba encerrado días enteros llorando su desgracia, envidiando a aquellos escritores mediocres que sin embargo, habían logrado publicar.
Miraba, cada tarde, desde su ventana hacia el parque que invariablemente estaba concurrido, hasta encontrar al señor de bigote que siempre a las cinco en punto se sentaba en una banca para leer el libro que llevaba bajo el brazo. Ayudado por sus binoculares trataba de ver el título. Al tipo le gustaba de todo sin distingo de nacionalidades, sexo, corriente filosófica o género literario. Lo había visto devorarse completas las obras de Platón, Dickens, Saramago, Isabel Allende, Coelho, Carlos Marx, Homero, de la Vega, Shakespeare, La Fontaine, Byron, Machado, Rulfo, Ortega y Gasset, García Márquez, de la Portilla, Benedetti Cervantes, Oscar Wilde. Lo examinaba mientras aquel leía, a veces con aburrimiento, otras con total concentración. En ocasiones una lágrima furtiva resbalaba de sus ojos, cuando no, el ceño fruncido como desaprobando el desenlace o las teorías presentadas. Presenciaba sus sonrisas, la mirada melancólica que se quedaba por minutos después de cerrar el libro, la avidez con que pasaba las hojas deseando saber más, queriendo llegar al final.
El escritor se quedaba entonces recostado en su desvencijada cama pensando: “Algún día, será un libro mío el que tenga entre sus manos, lo miraré desde acá grabando en mi mente cada uno de sus gestos, tratando de adivinar el capítulo en el que está por sus reacciones. Terminará el libro y una lágrima aparecerá acompañada de un suspiro. Lo veré cerrando mi obra mientras con la palma de su mano acaricia la portada como agradeciendo los buenos momentos que le brindé a través de mis letras. Entonces, sabré que he conquistado mis sueños”.

Pero los días se convertían en semanas y las semanas en meses sin que las puertas de las editoriales se abrieran en su dirección, sin embargo, él ponía el alma entera al escribir, desnudaba su corazón y se entregaba por completo a su trabajo. A veces, al releerlo para afinar los detalles se conmovía con sus propias historias. Sentía y sabía que era bueno en ello, solo necesitaba una oportunidad … ¡la necesitaba tanto!.
Quizás por su empeño, o por la visión de su ropa descolorida y de forma indefinida a fuerza de tanto uso, lavado y zurcido, o tal vez porque el café aguado era desagradable hasta para ella que no era quien lo bebía, la Fortuna se compadeció de él y le sonrió. Una tarde de mayo, el cartero entregó al inquilino de apariencia rara y lánguida un sobre que aquél recibió con resignación imaginando que la respuesta sería la misma de siempre. Aunque, ésta era más bien una carta, no traía la obra devuelta. Una luz de esperanza brilló en su interior sacudiéndolo. Con manos temblorosas abrió la misiva extendiendo ante sus ojos la hoja de papel membretado en la que resaltaba el nombre de la editorial.
Comenzó a leer con nerviosismo hasta que llegó al renglón tantas veces anhelado: “…por lo tanto hemos decidido publicar su obra…” Salió corriendo como un loco del edificio hasta el parque, las palomas volaron en todas direcciones precipitadamente evitando que el desaforado terminara por pisarlas, corrió alrededor de la fuente con los brazos levantados mientras gritaba de felicidad. La gente que pasaba cerca de él apresuraba el paso pensando que estaban frente a un deschavetado sin remedio. Miró al hombre de bigote que se disponía a sentarse en una banca como todas las tardes para leer su libro. Corrió hasta él y tomándolo de la mano le dijo con euforia:

-“Soy Víctor Cavazos. Recuerde mi nombre: Víctor Cavazos. Dentro de poco nos veremos en este parque … quiero decir, me leerá en este parque”.
Y sin más, salió dando brincos y grandes zancadas mientras el hombre lo miraba desconcertado.

Su novela fue todo un éxito, se mudó a una casa con jardín. Ahora vestía con ropa elegante, viajaba en auto con chofer, la editorial le pedía más libros, ya había cumplido con la entrega de dos que corrieron con la misma suerte del anterior. Desayunaba todas las mañanas café con leche y pan recién horneado. Le pedían colaboraciones de todos lados, lo solicitaban para que diera conferencias, se imprimían cada año agendas con fragmentos de sus obras y frases de su autoría que se terminaban apenas salían al mercado. Viajó por todo el mundo, se casó tres veces. Triunfó, pero no era feliz.

Finalmente, su tercera esposa lo abandonó también, descubrió que la casona era demasiado grande para él solo, se sentía desolado, sin un amigo verdadero en quien confiar, sin amor, sin hijos. Con gran fama y mucho dinero pero al mismo tiempo, sin nada.
Comenzó a extrañar su departamento de paredes descascaradas y viejas y la vista a ese parque que le dio tantas historias y tantos personajes para sus obras. Fue hasta el desván y sacó una caja de cartón empolvada en donde guardaba aquellos textos tantas veces rechazados por las editoriales y que, desilusionado, jamás había vuelto a abrir. Se los entregó a su agente para que un corrector los pusiera en orden y los fuera entregando a la editorial cada que le solicitara un nuevo trabajo. Salió de su mansión con lo que pudo meter en una maleta con la intención de no regresar. Llegó hasta las puertas de aquel edificio desvencijado en el que por suerte el departamento que alguna vez habitó estaba desocupado y listo para ser alquilado. No lo pensó dos veces, pagó todo un año por adelantado y regresó a su vieja guarida donde tantos sueños había fabricado.

Estaba desconcertado, deprimido, desubicado, se sentía vacío. No comprendía por qué si había logrado cumplir todas sus metas estaba tan solo y sin pretensiones por las cuales esforzarse y luchar. A fuerza de tanto pensar llegó a la conclusión de que habiendo alcanzado lo soñado, el error estuvo en no fijarse nuevas metas, si la vida no tiene obstáculos ni quimeras deja de ser vida y comienza a ser el principio de la muerte. ¡Pero él sólo tenía 34 años! No podía ser posible que su existencia culminara ahí. Se acercó a la ventana y miró el parque. Parecía que el tiempo no había pasado en aquel lugar, todo seguía igual: las mismas personas, las mismas bancas, los mismos atardeceres.

Lo vio caminando, el hombre de bigote llegaba puntual a la cita, eran las cinco en punto. El escritor salió corriendo del inmueble, se sentó en la banca frente a él y miró el libro que lo ocupaba: “Un cielo despejado” el autor era Víctor Cavazos. Se quedó ahí observándolo pasar las hojas absorto en la historia. Una tras otra las letras escritas en las páginas eran devoradas por él, humedecía sus dedos para deslizarlas con más facilidad. Iba a la mitad de la historia, por sus gestos Víctor imaginaba en qué parte:

-“Capítulo VI”- pensó – Cuando descubren que la niña tiene leucemia, a partir de ahí se desencadena la parte más sentimental de la historia”.
Después de un buen rato el hombre cerró el libro, aún no lo había terminado. Suspiró melancólicamente y con el dorso de la mano se empezó a limpiar las lágrimas de los ojos. El autor lo miraba conmovido y recordó las palabras pronunciadas una tarde:

“Algún día, será un libro mío el que tenga entre sus manos, lo miraré desde acá grabando en mi mente cada uno de sus gestos, tratando de adivinar el capítulo en el que está por sus reacciones. Terminará el libro y una lágrima aparecerá acompañada de un suspiro. Lo veré cerrando mi obra mientras con la palma de su mano acaricia la portada como agradeciendo los buenos momentos que le brindé a través de mis letras. Entonces, sabré que he conquistado mis sueños”.

Se acercó al hombre y sentándose junto a él le extendió un pañuelo, aquel lo recibió agradecido y terminó de secar sus ojos humedecidos. Sacó una libreta y una pluma y escribió: “Gracias”.
Víctor lo miró desconcertado. El hombre escribió: “¿le pasa algo?
El escritor tomó la pluma y respondió con su peculiar letra de molde: “Desde hace mucho tiempo lo veo sentarse en esta banca a leer, pensé que era usted profesor o algo parecido. De pronto descubro que no puede hablar … y no es que sea inaudito no hablar sino que ahora lo admiro más”

“Me llamo Ernesto. Soy sordo y mudo – garabateó el caballero – Me encanta leer porque los autores logran decir por escrito lo que yo no puedo oralmente. Mis padres me ocultaban porque sentían vergüenza de mi, no tengo estudios, mi esposa me enseñó como pudo a leer y escribir, desde entonces, los libros han sido mi refugio en este mundo sin palabras. No tengo dinero para comprarlos, pero un hombre me los presta y a cambio, yo arreglo su jardín”

Víctor empezó a llorar conmovido. No sabía qué decir. “El libro que tiene entre sus manos – escribió – es mío. Yo soy Víctor Cavazos, alguna vez, cuando sólo era un aspirante a escritor, mirándolo desde mi ventana, juré que un día estaría usted aquí sentado leyendo un libro mío y lo vería llorar conmovido, sin embargo, soy yo el que está enternecido leyendo sus palabras”.

El escritor volvió a su departamento, pero nunca su vida fue la misma. Comenzó a descubrir cosas de las que antes no era conciente por estar inmerso en sus sueños propios sin preocuparse por sus semejantes. Se dio cuenta por primera vez del gran compromiso que supone ser leído, de los alcances que las palabras pueden llegar a tener y de tantas cosas que podía realizar a través de la notoriedad y fortuna adquiridas.
La casona en que vivió aquellos años de fama y bonanza se convirtió en una biblioteca gratuita, su vida vacía se llenó con buenas obras gracias a la fundación “Don Ernesto” que ayudaba a que cualquier persona sin distingo de edad, sexo, raza, religión, situación económica o discapacidad pudieran estudiar y aprendieran a leer y escribir para que lograran descubrir ese mundo lleno de posibilidades sin límite que ofrecen los libros y de esta manera encontraran una motivación para salir adelante.

Se quedó a vivir en ese cuartito frente al parque, aunque nunca volvió a portar ropa gastada, vieja y zurcida, a veces desayunaba café negro y pan del día anterior para no perder la humildad, nunca olvidaba mirar hacia el parque en donde Don Ernesto, siempre a las cinco en punto llegaba con su libro bajo el brazo, ése que cada semana la fundación que él había inspirado con su historia le enviaba gratuitamente hasta su casa y lo saludaba con la mano antes de sentarse a escribir.


(c) Elena Ortiz Muñiz

México

imagen: Laxeiro, sin título,(de la muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires)

martes, 4 de agosto de 2009

Carlos Cantuarias Lagunas


FILUM

Nadie es sola partícula, fragmento del habla, mónada. Más allá de su borde, de su extremo deslinde, de su obsesa soledad, hilos invisibles le inclinan, destellos que hacia lo arcano se hunden.

Desde el fondo de una calle, me consumen el mismo instinto; tras ese muro se frotan dos cuerpos. Latas ruidosas patea transeúnte.

Los hilos, inclinando el deseo de los hombres, con el mito se enhebran. Prometeo, oculto de Zeus y su corte deseante, nos regala una flama de fuego. Hacia el fondo inescrutable, urdiendo destinos las Parcas.

Son las 12 de otra noche de ciudad. Pocas naves transitan por sus calles. Suave llovizna brilla sobre el pavimento. Afiches de sitios lejanos.

Desde Egipto desciende el hilo filigrana de un culto funerario. Los artesanos despiden a una bella. Sólo el que ignora lo sabe; sobre el ataúd el anillo gravado con la alianza.

En ese funeral no estuvo Osiris ni sus descendientes. No más vértice divino entre fecundidad y muerte. No río de Thea Philopator de la dinastía tolemaica, nacida en Alejandría y suicidada por un áspid.

Sólo hondas golpeando el navegar de una trireme, mientras, en el suave limo de su orilla, una divagación se acaricia los pies.

Fascinó a Heródoto la religiosidad de los Egipcios. La comunión entre lo social y lo sagrado. La eternidad del alma en que la muerte es otro estado.

De Grecia, el aplomo de asumirse mortal en la metáfora de sus Dioses; el talón de sus héroes.

El horizonte de guerras controladas permite el momento griego del pensar. En la ciudad, lugar del hombre, Epicuro funda su jardín. Más allá la hirsuta naturaleza y sus feroces acechanzas.

Aquello fue un amanecer. El sol de una joven razón comenzaba a alumbrar los mecanismos. El hombre se hizo una arquitectura moral. Nunca estuvo tan desnuda la inteligencia.

De Roma, la Pax Imperial. El orden coercitivo de la ley. Nuevo entramado que anuncia un ámbito distinto. Entre varillas de mandatos sostiene el transparente paraguas de una nueva dimensión.

Sí, Roma es el poder. Esa fuerza abstracta que impone el trazo de conducta. El último metal de las legiones. Sus Escipiones y el extramuro de los bárbaros, germanos, galos o sudacas, fragmentos de violencia, tribus urbanas o marat.

El poder tuvo su sueño. En su dorada juventud se vistió de hexámetros. Eneas lo funda en la piedad, en el destino deshilado por Virgilio.

Escuchen. Desde aquella periferia se alza el polvo de una agitación, multitud de andrajosos siguen a un hombre, le llaman Cristo. El mismo flaco INRI que nombra el vagabundo, amar a los pobres, desgraciados, moribundos, no importa, cualquier chispa humana donde quiera que se halle.

Tres siglos tardó aquel sacrificio en hilar su significado.

Adherido a su promesa la semilla de un hombre germinó en España. Se huele el roble a través de la lluvia, más allá, la piedra de Vigo, la antigua chimenea y su fuego, mismos elementos, agua, aire, técnica, amor de olores, frío, muerte, deseo.

Sus dedos rozaron el muro de la catedral de Santiago. Sintieron la tibieza de aquella tarde, el espesor de la puerta rechinando en sus goznes.

Amó lo que se suele amar, al Dios hecho hombre, a la mujer más diversa, a su inmediata descendencia.

El hombre y su semilla, cruzaron el Atlántico, fue llamado Indalicio. Dicen que era rubio, alto y que viajaba de a pié. Cruzó valles, pueblos, ríos, hasta San Lorenzo, tierra ya chilena y de tomates, donde una morena se obstinó en anclarlo para siempre.

La genealogía sabe que la primera hebra indígena le entró por aquella mujer. La madre conocía esa lengua, creía en las Huichan Alhue, almas de los muertos, algunas enganchadas por las poderosas Machis para su servicio.

- ¡ Huesha huinka ¡ - oyó que le gritaban desde un barrial. - Los blancos mataron a nuestro Dios Chau-Elchefe, desde entonces nadie protege a nuestra raza..:
- Y ustedes son los bárbaros que devoraron el corazón de mi hijo.2-.
- ¡Caupolicán!

Hacia qué extraño mundo se inclinaron los hilos de que pendía este hombre, atravesar tempestuosos y extensos mares, internase entre nieves eternas, mezclarse con otras concepciones inauditas del mundo.

El erizado filo de las cumbres azules y blancas pertenece a los Dioses. La Pire Mahuida3 está sobre los fuegos del centro de la tierra. La mahuida de Trompül vigila el aire para que los volcanes Lanín y Tromen puedan respirar.

Sobre el cerro Trompül vive un Lonko4, tiene una hija llamada Paneimilla. En el país del Pehuén caen lágrimas del cielo. Un koná5 ama a Paneimilla, pero, se halla impedido de pedirla a causa de su pobreza y enemistad entre sus tribus.

Aquel koná tiene un poderoso rival, vidente y brujo, amigo y consejero del lonko. Conociendo las intenciones del koná sólo desea su muerte.

El brujo ha vivido muchos años, su piel está enferma, ora se desprende en blancas escamas, ora está roja y supura, lo llaman cuervo negro. El lonko le teme, le vendería su hija con tal de no tenerlo de enemigo.

El brujo le impone al koná una prueba de amor por Paneimilla:

- “No tienes gente en tu sombra6, eres pobre, haz lo que te ordeno, baja a ese abismo a buscar la riqueza que te falta, sólo así tendrás a Paneimilla.

El abismo que se abre es la terrible cavidad de la montaña Tropül, tan honda que nadie ha sabido jamás de su fondo. Allí moran los espíritus de los antepasados que causaron daño. Las pendientes de rocas se llaman Foro-lil7 de tan blancas que son.

Paneimilla, que corresponde el amor del koná, escucha la trampa y le advierte: - te arrojarán piedras y lava candentes, escóndete en las grutas.

El koná siguiendo los ruegos de su amada, se salva y vuelve por su premio. Los viejos embusteros después de lamentar la suerte del muchacho, le imponen otra prueba: “sube desnudo al árbol desde donde se oye el chir chiri chiñ y tráenos del nido los huevos o los pichones”.

Paneimilla le advierte al koná: - han untado con un poderoso veneno la corteza del árbol para que te emponzoñes la piel. Protege tu cuerpo con esta pomada de arcilla roja y grasa de avestruz. El koná unta su piel con la milagrosa mezcla y cumple la prueba sin grandes daños.

Los viejos embusteros exigen más. Frente a un inmenso árbol, hueco por un lado, cuyas poderosas raíces parecen hundirse en el mundo de los antepasados, Cuervo Negro dijo: “siempre guardé allí mis papas para que se pudrieran8, dentro de ese tronco ahuecado y lleno de agua. Pero ahora no las encuentro, o me las come una alimaña o el mismo árbol. Córtalo, luego baja a sus entrañas con esa hacha y tráeme mis papas, solo así obtendrás a Paneimilla.

El árbol era tan grande que seis hombres no podían ceñirlo. El koná trabaja muchos días hasta que el hacha se quiebra. Pide otra hacha desde allí, la pide cuatro veces y después de derribar el árbol baja a sus entrañas.

Ya de vuelta le dice al brujo – “he aquí tus papas podridas, hay muchas abajo y son muy sabrosas, mi abuelo decía que el agua de un árbol hueco, en especial el mañío, cura todos los achaques, limpia y rejuvenece la piel”.

El vidente no resistió la ilusión y bajó a las profundidades del árbol hasta desaparecer. El koná cierra el árbol para siempre. Alegre el lonko le entrega su hija.


2 Alfonso González de Najera. Desengaño y reparo de la Guerra del Reino de Chile. Pág. 57. Ed. Andrés Bello. Año 1971.
3 País, cerros de nieve.
4 Cabeza, cacique, jefe
5 Mocetón araucano
6 No eres jefe, no tienes séquito ni familiares nobles
7 huesos petrificados
8 Las papas podridas eran un manjar muy apetecido por los araucanos.

(c)Carlos Cantuarias Lagunas

Chile

imagen: Coutaret (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni, en la colección del Museo de Bellas Artes de la Boca, Muntref)

sábado, 1 de agosto de 2009

Carlos Almira Picazo




El hábito



Cuando murió mi padre me fui a vivir cerca de mi madre. Como hijo único, y hasta mimado en mis tiempos, creía que era mi obligación. Además, deseaba estar cerca de ella, y me gusta el barrio donde yo he pasado parte de mi infancia. Deber filial, apego y añoranza pueden parecer cosas pueriles y hasta tópicas, pero son reales.
No obstante, he de aclarar que yo no sentía la clase de afecto intenso y agobiante que muchos hijos experimentan hacia sus padres, especialmente hacia la madre. Mi cariño era más bien moderado, suave, fruto de largos años, similar al que debe sentirse cuando se regresa del extranjero después de una estancia forzosa (o incluso voluntaria) y más o menos prolongada, y se ven las primeras casas, en el paisaje familiar que uno cree suyo. A fuerza de tratar a mis padres, mi única familia cercana, yo, que nunca pensé formar mi propia familia, llegué a sentir apego por ellos. Eso es todo.
Y es mucho. A raíz de la desgracia que me propongo relatar, he reflexionado bastante sobre la cuestión, y he llegado a la conclusión de que los seres humanos no necesitamos de sentimientos fuertes, violentos, ni profundos, sino de pequeños afectos rutinarios, que nos rocen por así decirlo, que nos envuelvan sin herirnos. Cuando faltan las personas sobre las que formamos así la trama cotidiana de nuestra vida sentimos, más allá de cualquier romanticismo barato, el vértigo, la soledad, el desierto de la existencia.
Permítaseme una última digresión: siempre he carecido de cualquier cualidad sobresaliente. Ni física ni moralmente he destacado nunca en nada. Esto, lejos de hacerme infeliz, me ha predispuesto al disfrute tranquilo y moderado de las cosas. Sin ser atractivo, tampoco he sido feo, y en mis tiempos gusté a una o dos mujeres pero preferí no casarme por temor a perder mi rutina, a ver alteradas y trastocadas mis costumbres, como un niño teme ver desbaratado su castillo de arena. Igualmente, podía haber descollado en mi profesión; haber plasmado una o dos ideas brillantes, novedosas; haber hecho algo de dinero; e incluso haber viajado, libre de las obligaciones con que muy pronto se enredan y atenazan otros: si me conformé con vivir cerca de mi madre, viuda relativamente joven, repito, fue más por un apego inveterado que por un amor con mayúsculas. En fin, familia, éxito profesional, reconocimiento intelectual, dinero, y viajes, me hubieran privado de mis hábitos, mi gran, único y verdadero amor.
Mi madre ha muerto hace poco más de un mes, como suelen hacerlo las personas sanas: de un ataque al corazón, fulminante, imprevisto, y absurdo como las grandes catástrofes naturales.

Mi nombre es Miguel Santana. Fui, como he dicho, hijo único en una época en que esto era una rareza. Por entonces mis padres vivían en Motril, un pueblecito de la costa, donde mi padre era médico. A diferencia de mi madre, era un hombre frío y desapegado. Conservo un recuerdo borroso de él, pues se pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. Ahora sé que ellos no querían tener niños, y que por tanto fui un accidente. En cualquier caso, nunca sentí en torno a mí esos afectos violentos y ciegos, con que muchos padres primerizos suelen agobiar a sus hijos, sobre todo cuando son únicos, sino una especie de aceptación resignada que percibí muy pronto y que, desde muy pequeño, me predispuso a observar, analizar y aferrarme a todos los pequeños detalles que me rodeaban: gestos, palabras, miradas, movimientos…. Quién sabe si mi apego a la rutina no tiene su origen en esa ansiedad temprana con que, desde mi primera infancia, me volqué primero hacia mis progenitores y luego hacia otros, ávido del más leve gesto de amor.
Al fin, siendo yo aún niño, mi padre obtuvo su plaza en Granada, y nos trasladamos a la casa donde ha muerto mi madre. Así como de Motril, de sus calles y playas, apenas si tengo recuerdos, el barrio céntrico donde nos fuimos a vivir entonces, en una casa de más de cien años, se ha grabado indeleble en mi memoria. Asimismo la casa amplia, fresca, oscura, tranquila, llena de macetas, de espejos borrosos, y muebles antiguos, en cuyo corredor interminable jugaba solitarios partidos de fútbol. La azotea semejaba un barco entre tejados, el monte de la Alambra a un extremo, la vega salpicada de chimeneas abandonadas al otro. Recuerdo el sonido del piano de mi madre; el rumor del patio, convertido en guardamuebles, y abandonado al fin a una higuera llena de pájaros; el claxon ocasional en la calle estrecha donde se podía jugar sin peligro ni vigilancia antes de la invasión de los turismos.
En el colegio no hice muchos amigos. Aunque soy normal, y ser normal ha sido siempre mi mayor orgullo y aspiración, prefería volver corriendo a mi casa, sentarme y hacer todo lo que se esperaba, lo que yo suponía que se esperaba, que hiciera un niño de ocho, nueve, diez años: caligrafía, lectura, aritmética, dibujo… El horario del colegio marcaba así, como un cuadrante, el resto de las horas del día. Muy pronto me las ingenié para ordenar también los sábados, domingos y las demás fiestas, de modo que no quedara ningún espacio en blanco, al azar, donde pudiera arraigar la incertidumbre, la aventura.
Algún compañero, por mis motivos o por otros, me acompañaba de vez en cuando en mis estudios y mis juegos, perfectamente planificados. Aparte de esto, yo era un chico normal. No podía esperar que me comprendieran cuando yo mismo ignoraba la razón de mi carácter: por qué, por ejemplo, antes de dormirme necesitaba oír los pasos de mi padre en la escalera y, cuando al fin instalaron el ascensor, el ruido estrepitoso, achacoso, que anunciaba como un heraldo su regreso cada noche, y sólo entonces conciliaba el sueño; o por qué cazaba al vuelo, casi sin saber cómo, el estado de ánimo de mi madre, que como he dicho era una mujer fuerte, pero sensible e infeliz.
Cuando tuve al fin la edad, descubrí que nunca tendría pareja ni formaría una familia propia. La razón de ello como ya se habrá adivinado, no era la comodidad, ni el egoísmo, ni la timidez, ni una inclinación sexual peculiar, ni una vocación por nada, sino mi indomable manía por el orden. Con todo, tuve relaciones muy pronto, y no todas me turbaron ni me desilusionaron. Incluso llegué a enamorarme varias veces, cuando algunos de mis ex camaradas de juegos y estudios aún fantaseaban con sus aventuras infantiles. Por mi parte, yo no debía desagradarlas del todo. Aparte de cierto atractivo físico, tenía y tengo el don misterioso y gratuito, de hacerlas reír, y provocaba en ellas un deseo, un instinto de protección. La historia, no obstante, se repetía siempre: En cuanto ellas descubrían que no podían apartarme de mis hábitos, como a esos muñecos de los relojes cuyo mecanismo los impulsa a actuar siempre de la misma manera, se sentían engañadas y defraudadas y me dejaban como a un monstruo que se acaba de descubrir, afortunadamente a tiempo.
Me dediqué, pues, a estudiar y a observar, a esperar no sabía qué, algo muy importante para mí: tal vez que mi padre me diera un beso, o un apretón de manos; o que mi madre me sentase en su regazo, como cuando era niño, y me despeinase con sus caricias.
Pasó la adolescencia, y entré en la Facultad de Farmacia. Mi padre había prometido ayudarme. Los años transcurrían sin aparentes contratiempos. Cuando quise darme cuenta tenía el título, y mi padre, cumpliendo su palabra, me consiguió el traspaso de una Farmacia de un conocido suyo que se jubilaba precisamente ese año. Alquilé un piso modesto encima del local, situado en el barrio de La Chana, y me dispuse a empezar lo que creía una nueva vida, con una mezcla de alegría y zozobra.
El trabajo de farmacéutico, rutinario donde los haya, me iba como anillo al dedo: todos los días a las ocho en punto, levantaba la persiana de hierro; me enfrascaba en el arqueo de las cuentas y en el inventario de la trastienda; a las nueve, abría al público; a las once me traían un café con leche de un bar cercano; seguía despachando hasta la una y media, en que volvía a cerrar, ordenaba un poco la caja y el almacén, y me iba a comer de menú al mismo bar que me servía el café; luego dormía una siesta corta en mi piso, hasta las cuatro; me arreglaba y me aseaba como por la mañana, me afeitaba cada dos días, y bajaba a la Farmacia, que abría desde las cinco hasta las nueve de la noche; todo en orden, compraba alguna cosa en un supermercado de la misma manzana y cenaba en mi piso, viendo el telediario como hacía mi padre; fumaba dos cigarrillos, y me iba a dormir. Antes de coger el sueño debía leer tres o cuatro páginas de alguna novela, que en el fondo no me interesaba.
Las tardes de los sábados las dedicaba a pasear: bajaba la avenida de Ronda hasta Recogidas; y de allí tomaba hasta Plaza Nueva y el Paseo de los Tristes, donde me sentaba en una terraza, tranquila y desierta aún a esa hora, antes de volver por el mismo camino. Los domingos comía con mis padres, me quedaba allí hasta que empezaba a anochecer, estuviera mi padre o no, luego tomaba el autobús. El resto de la semana, los días impares, hablaba con mi madre por teléfono, nunca menos de diez minutos ni más de media hora, aunque no tuviéramos gran cosa que decirnos.
Aunque el negocio marchaba bien, no contraté a nadie por temor a que perturbara mi rutina.
Uno de esos domingos encontré a mi padre en la cama. Nunca lo había visto enfermo. En una semana había adelgazado, palidecido, parecía otra persona, y casi no me reconoció. Cuando me acerqué turbado, en la penumbra, a su cama, me miró como a un extraño.
Yo he heredado entre otras cosas, la salud de mis padres. Puedo presumir de haberme resfriado media docena de veces en toda mi vida, a pesar de llevar siempre ropa ligera y de ducharme todas las mañanas con agua casi fría. Aquello, pues, además de sorprenderme, me inquietó y ¿por qué no decirlo?, me fastidió. ¿Tendría ahora que venir a visitarle otros días aparte de los domingos?
Mi padre pareció adivinar y me despidió con un gesto de impaciencia. Al cerrar la puerta, respiré, pues no soporto el olor a medicinas, que me revuelve el estómago. Comimos mi madre y yo solos, en el recibidor vecino a su alcoba. Apenas hablamos, y los golpes rítmicos y secos de los cubiertos resonaban en toda la casa. De cuando en cuando se oía un gemido, entre la respiración entrecortada del enfermo.
En pocas palabras, mi madre me explicó cómo la víspera se había sentido mal, de repente. Habían ido al Hospital y lo habían examinado sus propios compañeros. Bajando la voz, temblorosa, añadió: “la cosa parece grave”.
Yo no sabía qué decir. Me ofrecí, naturalmente, a todo lo que les hiciera falta. La vida es así. Entonces vi a mi madre llorar por primera vez en mucho tiempo, presa de un espasmo silencioso, imperceptible. Me levanté y, en vez de abrazarla, le llené un vaso de agua helada.
-vendré todos los días, suspiré, como el condenado a trabajos forzados. Luego empecé a animarla con el tópico optimismo de los extraños e indiferentes.
Al instante mi madre recobró su expresión y su compostura dignas y tranquilas. Mientras pelaba su naranja, ¡qué lejos me pareció estar de ella, y qué perdido! Después de comer se encerró en su alcoba, dispensándome de acompañarla. “Aún no estamos en el funeral”, sonrió, con el pretexto de que ella también quería descansar. Así que, mucho antes de que anocheciera, me vi en la calle, encogido bajo mi abrigo, sin saber qué hacer.
A los pocos días murió. Tras un instante de duda, de perplejidad, colgué el cartel de cerrado y me fui a su casa.
Aparte de nosotros, mi madre sólo tenía una hermana ya muy mayor, casi impedida, por lo que volvíamos a estar solos en aquella alcoba cargada, a oscuras. Creo que en aquellas horas de forzada gravedad, de silencio, me dí cuenta por primera vez de lo poco que quería a mi padre. Me había pasado toda mi infancia esperando una palabra cariñosa suya, una caricia que nunca llegó. Mi madre era otra cosa, y mis sentimientos hacia ella, como he dicho al principio, mucho más complejos, hasta el punto de que aún hoy no he logrado descifrarlos.
Mientras venía caminando, por no esperar el autobús, me sentía cada vez más extraño. Sorprendía mi imagen fugaz en los escaparates, en las lunas de los coches: encorvada, rápida, flaca, nerviosa, apresurada. Este soy yo. La gente pasaba a mi lado, ajena por completo a mí. Mi padre se acababa de morir, pero el mundo seguía igual, yo era el primero que seguía igual.
Tras el funeral y el entierro, acompañé a mi madre y, por primera vez en años, volví a dormir en aquella casa que de pronto me pareció llena de fantasmas. En un cuaderno cuadriculado de escolar, mi padre había expresado, a modo de testamento, con su letra angulosa e intrincada de médico, su esperanza y su deseo de que yo no abandonara a Florencia, su mujer. Así que traspasé la Farmacia, me hice con otra más pequeña e incómoda, en el centro, y alquilé un pisito cerca de ella, para verla todos los días. Luego no fueron todos los días.
-no hace falta que lo hagas, Miguel, me dijo.
-claro que sí, contesté despechado.
E inmediatamente, comencé a rehacer mis costumbres.
El nuevo piso era un segundo en una casona arruinada, muy cerca como digo del centro, y encima mismo de la Farmacia. Esto último era para mí fundamental. Salir de la Farmacia y entrar en el portal, subir las estrechas escaleras, y encontrarme de pronto en el balconcito herrumbroso, donde apenas cabían seis o siete macetas, no ante los tejados y las chimeneas de mi infancia, sino ante el bloque de enfrente que me tapaba casi toda la calle. Era estrecho, incómodo y propensos a ruidos misteriosos y averías.
En cuanto a la Farmacia, encajonada en una esquina, me recordaba los puestos de zapateros que sobreviven aún haciendo llaves y mandando faxs. Para ir al almacén debía rodear primero el mostrador, por demás diminuto, mirando de reojo no fuera a irse alguien sin pagar. La puerta estaba siempre cerrada, con su timbre correspondiente. Los clientes abarrotaban enseguida el pequeño local, mal embaldosado, y en ocasiones debían esperar en la calle interrumpida por un pilono.
Todo esto, no obstante, lo sobrellevaba bien. Nunca he sido un sibarita. En cuanto me acostumbré, llegué incluso a encontrarlo cómodo, mejor aún que mi antiguo barrio, adonde ahora me dirigía en mis paseos largos de los sábados. ¡Qué sensación nueva y agradable los primeros días, cuando al salir del portal, aún soñoliento y recién desayunado y afeitado, me encontraba de pronto en el centro, a cinco minutos de Puerta Real. Los domingos por la mañana en vez de llegar sólo hasta el Paseo de los Tristes, a diez minutos de mi casa, subía hasta los jardines ingleses de la Alhambra para bajar por la trasera del Hotel Palace al Campo del Príncipe. Para ir al centro debía pasar ante la casa de mi madre y miraba instintivamente los balcones, nebulosos entre macetas y cortinas, y casi siempre cerrados. Iba a visitarla al principio todos los días, de cinco a seis. Ponía un cartelito en la Farmacia, pues no tomé tampoco ayudante, y pasábamos una hora sin apenas hablar, ante café, que mi madre hace muy rico y cremoso. Pero en cuanto vi que ya no se acordaba de mi padre, espacié mis visitas hasta fijarlas definitivamente en las tardes de los lunes y los sábados, en vez de una hora dos horas. Para justificarme, me dije que así no le creaba una nueva dependencia. Por primera vez en su vida, ella podía entrar y salir cuando quisiera sin dar explicaciones a nadie, sola o con sus amigas, por ejemplo ir al Corte Inglés, que está muy cerca, o a alguna de las muchas terrazas que invaden las anchas calzadas de Puerta Real, enfrente de los hoteles. Estaba sola pero era libre.
Por descontado, estas dos visitas semanales, completadas luego con la comida de los domingos, eran para mí sagradas e imprescindibles. Si por alguna circunstancia extraordinaria no encontraba a mi madre esperándome, o había alguien invitado en su casa, apenas si lograba disimular mi contrariedad. El último café de los lunes y los sábados y el arroz con pollo de los domingos ya eran para mí irrenunciable, una parte de mi existencia. Recuerdo cierta vez en que la fiebre me obligó a encamarme y a cerrar la Farmacia y renunciar, durante dos días, a mis excursiones a la Chana y a la Alhambra: al llegar el sábado no obstante, me abrigué lo mejor que pude y arrastrándome, subí a la casa de mi madre, y tuve que quedarme a dormir.
Por otra parte no tuve que esforzarme mucho en establecer nuevos hábitos: agotado el dinero del traspaso, comprobé que el alquiler del piso y de la nueva Farmacia se llevaban, sin contar los gastos corrientes, casi los dos tercios de mis ingresos. No hubiera podido pues, de quererlo, contratar a ningún ayudante. Por de pronto tuve que ampliar mi horario hasta casi doce horas, interrumpidas sólo de dos a cuatro para comer en un pequeño restaurante, de menú, en el centro, cerca de la calle de las Pasaderas. Las visitas a mi madre se volvían así, si cabe, más preciosas.
¡Qué pronto se borra nuestra presencia entre los vivos! Al principio, mi madre se empeñó en guardarlo todo, en dejarlo todo como cuando vivía mi padre. Sobre el televisor, por ejemplo, relucía su cenicero de roca, manchado por las últimas colillas; sus zapatillas de fieltro bajo la cama, junto a la alfombra; el abrigo colgado tras la puerta, ante el espejo que aún debía guardar mis atisbos fugaces de adolescente; las cajas de medicamentos caducados; unas gafas de cerca; un periódico doblado sobre la mesita de noche; en fin, la dentadura dentro del vaso semejante a un aborto.
Todas estas cosas debían provocarle una mezcla de reverencia y temor. Sospecho que las conservaba por superstición o culpabilidad. En toda mi infancia y mi adolescencia, que pasé entre otras cosas espiándoles, jamás les vi besarse ni acariciarse acaramelados, ni cuchichear. Supongo que se querían a su manera.
Al cabo, mi madre tiró la dentadura por higiene; las gafas, inservibles; el periódico; los medicamentos, que podía tomar por error una noche, con la luz apagada; el cenicero; el abrigo; las zapatillas… y mi padre murió por segunda vez, ya definitivamente. Incluso su olor se fue desprendiendo poco a poco de los muebles y las habitaciones, empujado por los olores diarios del patio, las escaleras, y la calle, hasta evaporarse por completo tras puertas y ventanas. Por último, olvidamos su rostro del que sólo quedaron los vestigios en los álbumes de fotografías.
Poco a poco otros objetos nuevos ocuparon el lugar de los antiguos: una televisión; un revistero; una camarera; nuevos ceniceros (pues a mi madre le gustaba fumar después de comer y antes de acostarse); libros; un jarrón con rosas amarillas y blancas. Tras alguna vacilación, subió los espejos a la azotea, pues tirarlos trae mala suerte, y ocupó los huecos con acuarelas y abanicos.
Ahora cuando entraba puntualmente en el recibidor me parecía llegar a otra casa. Mi propia madre, rejuvenecida por el peinado y el vestido, parecía otra persona. Sólo yo no cambiaba, siempre aferrado a mis costumbres. A cambio, quizás gracias a esto, me adaptaba con gran rapidez y eficacia a los cambios de los otros. Hasta el punto de que mi madre se burlaba a veces, benévola:
-voy a comprarte ropa nueva, Miguel, me decía.
O, -¿Por qué no lees esta novela?
Yo asentía pero no hacía nada, nada en absoluto.
Por esa época, poco antes de su muerte repentina, mi madre empezó a preocuparse seriamente por mí. ¿Intuía que me iba a faltar pronto, y el cataclismo que esto iba a suponerme? No lo creo. Como digo, pese a su edad y a todo lo que había pasado, era una mujer fuerte, sana, y ahora también, desde la muerte de mi padre, alegre.
Un sábado yo entraba en el vestíbulo como siempre, a la una en punto, cuando me tomó del brazo diciendo:
-hoy comemos fuera.
Debí traslucir mi espanto porque añadió:
-no te preocupes, pago yo.
Al poco estábamos instalados en el restaurante. Los grandes vitrales empañados reflejaban la luz de las lámparas. Comimos en silencio pero al postre mi madre:
-escucha Miguel, dijo.
-¿volvemos ya?
-no.
Me retrepé en la silla.
-aunque sea tu madre soy una mujer, prosiguió, a las mujeres nos gusta que nos sorprendan de vez en cuando.
Pensé que había perdido el juicio.
-no podemos seguir así.
-¿vamos a casa?
-precisamente se trata de eso-, desmigó un trozo de pan para engullirlo con un gajo de naranja-, no quiero que vengas a verme siempre los sábados.
-mamá.
-ya lo sabes.
Pidió la cuenta y me despidió en el portal. No recuerdo lo que hice después. El resto de la tarde estuve dando vueltas aturdido. Sin proponérmelo volvía una y otra vez al portal cerrado. Miraba la placa borrosa de mi padre. La ventana iluminada del comedor parpadeaba entre las ramas, allá arriba, con un guiño malévolo. Empezó a llover.
Rebusqué en mi memoria en qué podía haberla ofendido. Algo que explicara su actitud. Tal vez tuviera un novio, o quisiera ir a misa los sábados. Sin rumbo, dando patadas al aire, volví a casa y la telefoneé. Había descolgado el teléfono. No pude pegar ojo.
El lunes a la hora de siempre me presenté en su casa como si no hubiera pasado nada. Y no hablamos del asunto. Cumplimos escrupulosamente nuestro ritual y a la misma hora de costumbre, me retiré. Pero cuando volví aquel sábado, a la una en punto, ya no me abrió la puerta. Toqué el timbre una, dos, tres, cuatro veces. Pegué el dedo al timbre, el oído a la puerta. Allá, al fondo donde las habitaciones se abren sobre el patio invadido, me pareció oír un rumor.
Las llaves se me cayeron al suelo. No entraban. Sin dejar de pulsar el timbre, esperé aún diez, quince minutos, con las llaves en la mano, y la vista fija en la mirilla maligna.
Al cabo, me fui a comer solo al mismo restaurante donde había estado con mi madre el sábado anterior. Después, volví una y otra vez al portal cerrado, con la esperanza de que ocurriera un milagro, hasta que los ventanales allá arriba, ya casi tapados por las hojas, volvieron a iluminarse y a parpadear en el vaivén de las hojas sin que mi madre apareciera. ¿Y si le había ocurrido algo? Al llegar a casa descolgué el teléfono, pero en vez de llamar lo dejé suspendido de la mesilla, y me tumbé en la cama deshecha.
Al día siguiente, contraviniendo mi costumbre, me presenté en casa de mi madre. Esta vez me abrió. No pareció sorprendida:
-ayer vine a verte.
-pasa, hijo.
-¿por qué no me recibiste?
-ya te lo dije.
Rechacé su segundo beso y le di la espalda.
Al poco, bajando las escaleras, oí cómo cerraba la puerta. Era casi mediodía, así que en vez de volver a la Farmacia me fui al mismo restaurante de la víspera. De pronto me pareció que el camarero y el dueño me miraban de otra forma, como la gente con que me cruzaba, como si supieran lo que me ocurría y esperasen mi reacción. Escogí un rincón apartado. Comí poco.
Un gato callejero me seguía. Las nubes se empeñaban en adoptar formas extravagantes. Cada ventana, cada balcón, escondía un testigo de mi tragedia.
Cogí un autobús para volver desde el otro extremo de la ciudad. Compré tabaco y un periódico, y me senté en un parque a esperar a que oscureciera. Mi madre no me quería los sábados. El gato enhebraba entre mis pies una sombra. Arrojé bocanadas de humo-algodón contemplando las hojas supervivientes, los columpios desiertos.
Empezaron así días, semanas desquiciadas, en que todo parecía pendiente de mí. Hay una ligazón que sólo ven los locos, que hace del mundo un texto susceptible de leerse del derecho y del revés sin alterar su significado. Mi madre me telefoneaba cada noche. Cuando me ponía al teléfono, me asombraba mi propia voz, como si fuera la de otro.
Ahora no repetía ni un solo gesto. Estaba curado. Cada minuto se volvió impredecible. No iba dos veces por la misma calle ni llamaba dos veces a la misma puerta. No visitaba a mi madre, ni abría la Farmacia, ni recogía la correspondencia. Dormía en los parques, entumecido. No necesitaba beber.
Al fin, accediendo a sus ruegos, me presenté en su casa un sábado, como si nada hubiera ocurrido. Esta vez sí me abrió.
Fue entonces cuando la vi desmejorada por primera vez. No dije nada, fingí, ocupé el lugar habitual, y dejé correr libremente mis pensamientos.
Al día siguiente abrí la Farmacia. Y poco a poco, fui renovando mis costumbres.
Todo parecía reanudarse, enderezarse por fin, esta vez sí, tomar un curso feliz, cuando una noche sonó el teléfono: mi madre estaba agonizando en el Hospital. Al parecer, todo era tan confuso, repentino, un vecino la había escuchado y había llamado a la policía (pensando en mí, en su hijo raro). La voz me preguntó si yo era hijo de la víctima, si me llamaba Miguel Santana, y si había ido a verla aquella tarde. Naturalmente, asentí. Yo había ido a visitarla excepcionalmente aquella tarde, aunque no era sábado. ¿No era eso lo que ella quería? Pero mi madre, volviendo a las andadas, se negaba a abrirme y lloriqueaba, gimoteaba al otro lado, rogándome con una voz que no era la suya que volviera otro día, mientras yo luchaba con las endemoniadas llaves. Hasta que al fin la puerta cedió e irrumpí en la casa.
Lo primero que le dije (¿hablé de esto con la voz, o sólo lo pensé?), fue que no era sábado, porque no me abres mamá, porque no me abres, mientras ella andaba de espaldas, absurda, dando tumbos por el pasillo, hacia su habitación.
Me vi otra vez perdido, dando vueltas sin rumbo, en días inacabables, subiendo a autobuses vacíos, atestados, mirando hacia las ventanas sospechosas, comiendo solo a deshoras, vagando en parques desconocidos.
Cuando la voz se interrumpió, sonó un timbrazo agudo. Alguien me llamaba en voz muy alta, agresiva, desde el descansillo. Que abriera, que mi madre no estaba agonizando, no había necesidad de armar tal escándalo.
Abrí. Un policía se abalanzó sobre mí, atenazándome el brazo, al final del cual, en la mano crispada, colgaba el martillo ensangrentado.

(c)Carlos Almira Picazo

Castellón, España

imagen:

Julian Rosenfeld, (de la muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, selección para la Bienal de San Pablo año 2005)


Trilogy of Failure
Part 2: Stunned Man
2004
Instalação de filme de 2 canais, loop de 33 minutos, filmado em super 16mm, transferido para DVD 16:9 [2-channel film-installation, loop 33 min, filmed on super 16mm, transfered to DVD 16:9]
Dimensões variáveis [variable dimensions]