jueves, 24 de septiembre de 2009

Nathalie Moreno Arqueros


Cuento ganador del concurso de cuento Revista

 Archivos del Sur


PEQUEÑA HISTORIA    



No podía respirar. Sus oídos se taparon y todo a su alrededor quedó en silencio. Salvo su corazón. Éste subió asustado queriendo salirse por la boca, pero quedó atascado en la garganta y latía desesperado. En un segundo, en la inmensidad de un pequeño segundo, ese veinticinco de diciembre su vida dio una vuelta de revés y quedo ahí, en carne viva. Pero era un regalo, aunque costara creerlo. Era un regalo que quemaba. Por eso lloraba, por ese oscuro sol que ardía frente a él. Y es que cuando los dioses te acarician, lo hacen sin piedad.
Había pasado un año. Un largo y triste año donde la pregunta había quedado flotando dolorosamente, huérfana de respuesta. Y volvía cada cierto tiempo. “¿Qué niña tendrá a Estrellita?”. Hacia un año, se había abierto una fisura. Salieron del almacén apurados y volvieron al lugar donde habían estado jugando. En el borde del columpio cojo fue la última vez que vio a Estrellita, sentada por su dueña pierna arriba como una señorita. Él era el papá y no podía llorar. En ese momento debía abrazar a su hijita e inventar una dulce explicación que calmara sus sollozos, crear  un sentido que no existía para justificar que Estrellita ya no estaba. Y que, de seguro, no iba a volver. 
Se fueron caminando lentamente y preguntando, a quien se cruzaba, si habían visto una muñeca morena, de pelo largo y ojos de estrella. Resignados a la pérdida y luego de dar varias vueltas a la oscura manzana, llegaron a la pieza que Miguel arrendaba; al palacio donde la princesa podía saltar en la cama hasta aburrirse y donde habían sido expulsados por su majestad, el brócoli y las betarragas. 
***
Se había ido a ese país para trabajar. Pero trabajo era de las tantas cosas que había para otros. Trataba de darse ánimos, diciéndose que valía la pena estar lejos de Cloe. Se repetía que esto lo hacía precisamente por ella y que, apenas ganara algo, le compraría una muñeca para que la acompañe mientras él no esté. 
Hacía frió  afuera y adentro cuando Miguel la vio por primera vez. La muñeca estaba en la parte baja de la vitrina y a un precio absurdo por una pequeña mancha en el pantalón bordado que tenía. Era morena como Miguel quería. Tenía el pelo largo y era de género -blanda para acurrucarse- y con unos ojos de estrella que enamoraron a Miguel y más tarde a Cloe. Estrellita se llamaría. No dudó en que a Cloe le encantaría ese nombre. Tenía menos frío adentro cuando se la llevó.
Se fue en bicicleta de regreso, sintiendo algo que le recordaba a la alegría. La muñeca sería el lucero que le recordaría de dónde viene y adónde va. Respiró más tranquilo: supo que ella haría titilar los ojos cuando tuviera miedo de perderse en la nada más inmensa que hasta entonces había conocido.
Pedaleaba veinte kilómetros todos los días. El problema de sus ojos se había agravado con ello, pero valía la pena. Ya estaba Estrellita. El resto era sólo cosa de esperar. Según el día, Miguel elegía almorzar o cenar. Eres afortunada Estrellita de no tener que tomar estas decisiones, le comentó una vez. 
En la biblioteca ya lo conocían. Lo bueno es que, si bien todos coincidían en considerar que Miguel estaba loco, finalmente les resultaba inofensivo y amable. Y cuando empezó a llegar con Estrellita fue la noticia que le puso diversión al lugar. Por lo que empezaron a sonreírle como nadie lo había hecho hasta entonces en esa ciudad. Estrellita le traía suerte, qué duda cabía. Dejaron de ponerle problemas para sacar libros; los diarios del día anterior se los empezaron a regalar y nunca más lo apuraron para que desocupara el computador donde día por medio enviaba correos a los amigos. 
Cuando se desmayó  por tercera vez en una semana, se preocupó. Y decidió preocupar a sus amigos. ¿Por qué llevas las cosas hasta los extremos, Miguel? Fue lo que le dijeron, más o menos, todos.
Una señal. Si al menos tuviera una señal. Lo que hace el hambre sobre un ateo, se respondió y terminó riéndose de sus patéticas peticiones. Y decidió volver. Esa había sido la señal que necesitaba: debía volver porque empezaba a dejar de ser él mismo; sentía cómo doblaba las rodillas más seguido y frente a eso, prefería morirse. Y si de morirse se trata, que lo último que vea, sean los ojos de mi niña, se dijo.
Le habían tomado cariño en la biblioteca y más de uno se entristeció al saber que ya no vendría a interrumpir el largo bostezo de su vida. 
***
Seguía sentado en la plaza sin hacer nada. Su corazón se había calmado un poco. Al menos, no sentía que se iba a morir ahí mismo. Estrellita no se había movido de su lugar en el banco de enfrente. “¿Qué niña tendrá a Estrellita?”. Se lo había preguntado cientos de veces. Todos los días se había desviado de su camino para poder pasar por la plaza donde la habían perdido. Pero nada. Sólo encontraba la rabia y la impotencia por algo tan injusto. Es que ella no podía perderse. Esa muñeca era especial: había sido capaz de resucitar a un muerto y devolverle la risa a una niñita de piedra.
Entonces vio venir a la nueva dueña de Estrellita. Se notaba que la niña era tan buena mamá como lo había sido Cloe: corrió a abrazar a su muñeca, la llenó de arrumacos y le sacó el chaleco porque hacía calor. Luego la sentó en su falda y le tomó la manito para que saludara al señor que estaba al frente y que tenía cara de pena. La niña era grande, de unos treinta años. Poseía unos dulces ojos rasgados y la inocencia del retardo. Miguel sonrió. Estrellita seguía haciendo milagros.

(c) Nathalie Moreno Arqueros

Nathalie Moreno Arqueros (París, Francia, 1968), nacionalidad chilena, vive en Santiago de Chile

más datos sobre la autora:

Ver Espacio de autor en la  Revista Archivos del Sur





imagen: El circo Calder, Alexander Calder.

Alicia María Rita Sant Tochón






Cuento ganador del Concurso de Cuento Archivos del Sur 


FRIO, ALCOHOL Y TANGO




Llegó al bar temprano. La noche estaba bastante fría, traía bien envuelto el cuello con la bufanda que le tapaba además la nariz y la boca. Arturo le abrió la puerta y le dijo que en el mostrador le tenía preparado un vasito de ginebra para ir calentando la garganta hasta que llegaran los parroquianos.
Arturo y él se habían hecho amigos por casualidad, sentados en el mismo asiento del tren que los traía todos los días desde Saavedra a Retiro.
El hombre le contó una vez que tenía un bar cerca de Parque Lezama y que no le estaba yendo muy bien-Los clientes de siempre ¿viste?, pero algunos, creo que por viejos, ya no están viniendo, debe ser por el frío ¿viste?- dijo como al pasar y siguieron conversando del clima mientras seguían con la mirada a la rubia que se había parado para bajarse.
No terminaba el invierno cuando se animó a ir a visitarlo a La Percanta. Era un boliche desabrido de esos en que se leen los diarios de ayer y todavía se ofrecen a lustrarte los zapatos, pero el olor a café prometía cosas buenas.
-Mirá hermano, a este boliche le falta vida-dijo Oscar sin que le preguntaran.
-¿Se te ocurre algo?-le contestó  Arturo, sobrándolo.
-Si comprás tragos buenos, y lo dejás abierto hasta tarde, yo vengo y te canto unos tangos- ofreció sin pudor.
Arturo lo miró fijo y lanzó una carcajada tan sonora, que los que estaban en el bar se dieron vuelta a mirar a ese par que estaba acodado en el mostrador.
  - ¿No me creés? - insistió Oscar.
-Si vos lo decís-  arriesgó Arturo.
Sellaron el trato chocando las tacitas de café: Arturo desconfiado, Oscar seguro de lo que decía.
El escenario que habían montado a la par del mostrador estaba en penumbras. Dos guitarreros que olían a wisky barato, puntearon el comienzo de un tango. Oscar comenzó a cantar con su voz viril y profunda que hacía que todos se callaran, escucharan y bebieran.
Arturo vendía ginebra, wisky y litros de café, mientras admiraba la voz del amigo que cantaba con tanta pasión que tenía emocionados a todos.
Una mujer sola que estaba sentada a una mesa cerca de la puerta, lo llamó con un ademán, el que Arturo vió por la brasa del cigarrillo. Pidió más  ginebra y una cita con el cantante, dijo que esa voz la estaba volviendo loca, que andaba por los bares buscando alguien que la enamore desde un buen tango.- Delirios de borracha- pensó Arturo y esperó que Oscar deje de cantar para pasarle el dato.
-Che cortito, la mina de la puerta te requiere de amores- le dijo riéndose  burlón.
Oscar asintió con la cabeza, bajándose del escenario penumbroso.
Ya era de madrugada cuando Oscar se puso el sobretodo y salió a la calle. La mujer lo estaba esperando en la vereda hecha un ovillo por el frío, lo vió venir con indiferencia.
  • ¿Vos querías estar conmigo?- le habló seguro. La mujer reconoció la voz del cantante y abrió los ojos horrorizada -¡sos enano! – exclamó con la voz empastada por el alcohol.
Oscar cerró los puños sintiendo como la furia le subía a la cara y aguantando las ganas de putearla le contestó irónico -¿Quién, Yo? –y siguió caminando a esperar el colectivo, una vez más, haciendo como si nada.
         
(c) Alicia María Rita Sant Tochón

Alicia María Rita Sant Tochón (Tucumán, 1960) vive en la ciudad de Córdoba, Provincia de Córdoba, Argentina.

imagen: Marino Santa María

viernes, 18 de septiembre de 2009

Araceli Otamendi


















NOVELA

EXTRAÑOS EN LA NOCHE DE IEMANJA

Capítulo 1


"Quienes venían a honrar a la diosa (Afrodita, salida de las aguas) - cuenta Juvenal según el libro perdido-, llevaban presentes de oro y plata, telas de lino, biso y otros materiales preciosos, y si esos presentes eran aceptados, tanto los paños como los objetos pesados se iban al fondo. Si al contrario eran rehusados y rechazados, se veía sobrenadar los paños y hasta todo aquello que estaba hecho de oro y plata y materiales lo bastante pesados para no flotar naturalmente"

Damascius, "La vida de Isidoro"




Capítulo 1.

Ahora desde el jeep el hombre veía como la mujer bajaba la escalera corta y angosta hasta la playa. La mujer caminaba descalza y llevaba un monito tití sobre la espalda, las manos del monito enroscadas en el cuello de la mujer. Visto desde atrás parecía una estola de piel pasada de moda. La mujer del monito,pensaba el hombre, tenía la cara parecida a un retrato que alguna vez su ex-mujer había colgado en la cocina. El cuadro era de Edward Munch pero el hombre no lo recordaba. La mujer tenía una cara de rasgos angulosos y era alta y flaca y caminaba rápido, como una liebre, pensaba, mientras la seguía por la playa. Era la noche de Iemanjá y los dos, la mujer y el hombre caminaban por la arena fría esquivando las velas encendidas que, chispeantes arrojaban su luz en hebras amarillas y rojas desde los nichos de arena, evitando pisar las flores que un rato más tarde la gente arrojaría al mar.
Era noche cerrada y la oscuridad casi no permitía distingir entre el cielo y el mar. En la playa mucha gente vestida de blanco parecía rezar. Los rezos parecían ir y venir como las olas porque cada tanto el tono de las voces se alzaba, se mantenía monótono sobre sí mismo algunos instantes para luego decaer y recomenzar. El hombre alto, flaco, desgarbado, vestía unos jeans deshilachados, una camisa blanca arrugada y una campera. Se sentía cansado. Era su décimo viaje en jeep ese día y dentro de un rato volvería como todos los días llevando los turistas a la ciudad. Hacía sólo quince días que el hombre trabajaba como conductor del jeep y en esos quince días había estado observando a la gente que vivía en el lugar.
Era una villa de pescadores, la mayoría de las casas de material y techo de paja: al frente de casi todas había un bote amarrado, en algunos casos una lancha.Todas las casas eran de los pescadores que en el verano las alquilaban a los turistas mientras ellos se iban a vivir a construcciones hechas con caños o a improvisadas viviendas bajo la tierra.
Se había puesto de moda entre cierta gente aburrida de las vacaciones convencionales pasar una temporada en esa villa donde no había casinos ni boliches ni restaurantes. La mayoría de los que alquilaban las casitas eran artistas, pintores, escritores o sicoanalistas que detestaban los ruidos de la ciudad. También había gente deseosa de matar el aburrimiento y se aburría más que nunca al no encontrar qué hacer. Algunos bebían hasta el amanecer en el único bar. Otros pescaban hasta hartarse del olor a pescado que llevaban a sus casas y que casi nunca nadie cocinaba por no saber cómo hacerlo o no tener ganas y después de varios días terminaban tirando los pescados podridos al mar.
El hombre se detenía apenas mirando las caras. En el aire había olor a lluvia que se adivinaba también por algunas nubes que como un telón metálico caían sobre el mar. La playa estaba iluminada sólo por la luna redonda y blanca y el resplandor amarillo de las velas en la arena.
La mujer del monito había encontrado algunas flores sueltas cerca del encaje de espuma que dejaban las olas sobre la orilla y el hombre pensó que las arrojaría al mar. Pero, como siempre se equivocaba con sus predicciones acerca de las mujeres. Ella tiró las flores hacia el otro lado, sobre la arena y siguió caminando.
Las flores iban volviendo poco a poco traidas por las olas y el hombre había averiguado esa misma tarde, cuando el sol parecía alumbrado por una lámpara roja en el horizonte, de qué se trataba el ritual.
En realidad le habían explicado a medias, ya que el hombre que se lo había contado parecía no querer hablar más. Según la creencia si el mar devolvía las flores era mala señal. De lo contrario, la diosa del mar Iemanjá protectora de los marinos y de los pescadores había aceptado la ofrenda y recompensaría a sus hijos brindándoles sus frutos durante todo el año. La diosa come picoca y cabrita asada con miel le habían dicho también pero el hombre no lo recordaba. Seguramente, pensó el hombre, si ella no arrojó las flores al mar no comparte las creencias del lugar. Eso tendría importancia? se preguntó. No lo sabía. Casi nunca sabía nada. sólo recordaba una frase que su ex-mujer le había dicho o tal vez era una de sus tías de Villa Ballester o el diario de aquél pensador galés Thomas A. Redford: nada de lo que parezca importante lo es en realidad, ni nada de lo que parece no serlo carece de importancia. Después de todo, pensaba, todo lo que le sucedía, ocurría demasiado tarde para tener importancia. como todo lo que le había pasado en su vida, le llegaba a destiempo. El amor, el hijo, los más lejanos e inalcanzables deseos se le habían ido cumpliendo, cuando ya - ni siquiera estaba totalmente convencido - deseaba eso. Se lo había planteado al salir de la cárcel. Cuando lo metieron preso acusado de haber matado a una mujer. Entonces, al salir, se dijo que nada le importaba más que la libertad.
Cuando la mujer del monito se dio vuelta y miró hacia atrás se encontró con la mirada extraña del hombre. Vio los ojitos azules, las pestañas oscuras, el pelo largo, rubio y desprolijo, la barba incipiente con puntitos grises de dos o tres días. Le recordaba a no sabía quién, tal vez un actor italiano. Qué querría, se preguntaba.
El monito parecía sonreir mientras miraba al hombre y ahora los dos, el monito y la mujer lo observaban. Y los tres, el hombre, la mujer y el monito contemplaban el lejano espectáculo de la gente vestida de blanco agrupada en la playa recogiendo flores devueltas por el mar.
Inesperadamente el hombre preguntó:
- Usted piensa que la gente de esta playa cree que alguna diosa del mar puede aceptar o rechazar su ofrenda de flores?
- Tal vez sí, respondió la mujer. -Seguramente esta gente necesita creer en esto como podría creer en cualquier otra cosa señor Ludwig
- ¿Cómo sabe mi nombre?
- En esta villa, señor Ludwig, uno puede llegar a saberlo todo
- Y usted, ¿cómo se llama?
- Lila
- Es un lindo nombre - dijo él . La mujer no contestó.

Caminaban otras vez por la arena fría y Ludwig caminaba a su lado y el monito sobre los hombros de Lila no dejaba de mirar al hombre. Parecía un náufrago caminando en la arena, pisando la espuma, el agua fría, las piedras. Toda vida es un proceso de demolición, recordaba. Eso lo decía Scott Fitzgerald, pero él no lo sabía. Como sabía tantas cosas que su ex-mujer no sabía y no sabía tantas como ella sabía y que seguramente ninguno de los dos imaginaba que el otro sabía.
- Es una cuestión de límites - dijo Lila retomando el hilo de la conversación. Ahora los dos caminaban muy cerca, uno casi junto al otro, el monito sobre uno de los hombros de ella mirando fijamente a Ernesto Ludwig y él observando la cara de ella, leyendo su expresión, miraba fijamente las facciones de ella hasta deletrear el más mínimo gesto. No veía el rostro de la noche oscura, sereno, sembrado de ojos mirando a la playa.


- ¿Límites? - preguntó Ludwig mientras seguían caminando sobre la arena fría
- Si usted puede creer, crea lo que quiera, siempre y cuando pueda asumir sus consecuencias. Nadie puede obligarlo a creer en Iemanjá, Oxalá ni en cualquier orixá. Tampoco en Jesús, la Virgen María, Buda o Alá ni en cualquier cosa que usted no quiera creer. Tampoco nadie puede decirle a usted que desista de sus creencias. Todo es parcial, señor Ludwig, si lo consideramos desde un solo punto de vista.
- Y usted ¿qué cree que cree Lila? preguntó él admirándose por lo que le parecía una conversación profunda.
Lila se largó a reir, la risa se ancló en el viento, sonó a burbujas, a cascada.
- ¿Usted nunca se hizo esa pregunta a sí mismo?

Ludwig no le contestó.

Mientras seguían caminando, Ludwig se preguntaba qué le diría ahora a esta mujer. Las palabras de Lila lo desconcertaban tanto como las de Rosa Té, la sicoanalista, cuando después de haber hablado de Freud durante más de dos horas había encendido velas y arrojado jabones y flores blancas al mar como ofrenda a Iemanjá.
La noche parecía arder y consumirse con las velas encendidas y los rezos lejanos de la gente conjurando a Iemanjá habian puesto a Ludwig de un humor especial. A lo lejos se veían las luces encendidas del único bar.


El bar era de material con techo de chapas. Las chapas tenían canaletas pintadas de verde oscuro por fuera, blancas por dentro. De pared a pared cruzaban algunas vigas y de una viga colgaba la jaula de un pájaro. Ludwig jamás habia visto un pájaro de colores tan brillantes. Amarillo, azul, rojo. O tal vez sí, en el zoológico de Hamburgo, no lo recordaba. En cambio a Lila no parecía llamarle la atención. Como si estuviera ausente. ¿En qué pensaba? Pero los dos sí sentían el olor a cazuela de mariscos, pan tostado, pimentón dulce y un olor amargo de algún menjunje. También el olor a madera de pino, como de árbol recién cortado y renacido en un objeto que parecía tener vida, pensaba Lila. El bar estaba lleno y Ludwig y Lila se habían sentado en una mesa doble y el monito también ocupaba una silla.
El dueño del bar depositó dos platos de camarones con ajo y perejil en la mesa, una botella de cerveza y dos vasos. Al dueño del bar le decían Pirata porque tenía un parche negro que le tapaba un ojo y que nadie sabía verdaderamente si le faltaba o no. Era un hombre de unos treinta años, de pelo rojo y largo. Tenía una boca delineada y femenina como si se hubiera pintado los labios y usaba zapatos de tacones altos que le daban un aire risueño.
- ¿Le gusta? - preguntó Ludwig mientras señalaba al pájaro.
- Debe estar muerto de aburrimiento - dijo Lila con expresión aburrida. No había terminado de hablar cuando el monito trepó de un salto a las vigas y empezó a chillar. La razón de que el monito estuviera frenético se debía a una lagartija adherida a una pared. Ludwig y Lila querían atrapar al mono que llamaba la atención de la gente del bar pero el animal sólo accedió a bajar cuando Pirata le ofreció una banana que comió de inmediato. El monito arrojó la cáscara amarillo verde en el plato de Ludwig y chilló alegre. Ahora, el mono sentado junto a Lila miraba a Ludwig y éste, después de comer el último marisco del plato y beber un trago de cerveza preguntó:
- ¿Hace mucho que está en esta playa, Lila?
- Dos meses, más o menos. - ¿Y usted?
- ¿No me dijo que en este lugar se sabía todo?
- Es cierto, o casi todo. Pero igual me parece mejor preguntarlo.
- Ludwig sacó del bolsillo de la campera un paquete de cigarrillos rubios y ofreció uno a Lila.
- No fumo - dijo ella con voz de maestra de escuela primaria.
- ¿Siempre es así para contestar?
- A veces.

Ludwig encendió un cigarrillo y se quedó pensando. ¿Qué le pasaría a esta mujer ahí sola con ese mono? El silencio se hizo largo, lento como en un sueño. Había en ese lugar, en esa noche una especie de sortilegio. Tal vez era ese resonar de tambores o los mantras que aquellas personas vestidas de blanco cantaban invocando a Iemanjá, la diosa del mar. Pero ¿qué cosa pedían? Ofrecían velas y flores ¿a cambio de qué? Y la diosa del mar ¿qué les devolvería? Ludwig se hizo esa pregunta muchas veces. Pero los pensamientos se interrumpieron de golpe. Un ruido seco y después algo así como un estallido y miles de partículas de vidrio se esparcieron por la mesa de Ludwig y Lila. Los comensales dejaron de comer y todos miraron hacia ese lugar. El monito gritaba. Los mozos dejaron las bandejas en la barra del bar y corrieron hacia ahi. Pirata salió del bar. Todos buscaban la respuesta. Pero fue Ludwig quien lo vio primero, envuelto en el piso con una cinta roja y negra. Era algo pesado, parecía una piedra. El tamaño era el del puño de un hombre adulto y lo habían arrojado como un proyectil. Ludwg guardó el hallazgo en uno de sus bolsillos. Pensó que nadie lo había visto.
Afuera se escuchaba el redoble de algunos tambores, diez, tal vez quince hombres. Tocaban el tambor y caminaban, bailaban. Eran sonidos perturbadores. ¿Quién había sido? ¿por qué habían arrojado ahí el paquetito? Lila miraba a Ludwig desde un ángulo del bar atenta a todos los movimientos de él. Los parroquianos volvieron a sentarse y el mono parecía indiferente abrazado al cuello de Lila. Un mozo barrió los pedazos de vidrio y limpió la mesa, y todos siguieron comiendo un rato después como si nada hubiera ocurrido.
- Usted tiene en el bolsillo un trabajo pedido a Exú Maré - dijo Lila. Ludwig no sabía de qué le hablaba pero sí veía los reflejos dorados en los ojos de Lila.
- El papel que envuelve la piedra dice el nombre de la persona que se quiere alejar .- dijo Lila. El pelo oscuro caía lacio sobre los hombros de ella, era tan oscuro como la noche, pensaba él. Como ella, tan oscura, no podía leerla en este momento.
- ¿Usted sabe algo o le parece que sabe? - preguntó Ludwig
- A veces sé cosas, no me pregunté cómo. También sé que usted no vino a esta playa para llevar turistas.
- ¿Lo sabe o tal vez le parece?
- A veces preferiría no saber, pero también sé que es policía.
- Ex policía, en todo caso.
- Podría haberlo disimulado, hace rato que vi el revólver que tiene en la espalda.
-¿Podría contestarme algunas preguntas?
- Todo depende, señor Ludwig.
- Es sobre un muerto, un hombre que apareció ahogado en esta playa.


(c) Araceli Otamendi- Archivos del Sur -Todos los derechos reservados

El capítulo 1 de la novela policial inédita "Extraños en la noche de Iemanjá" está protegido por derechos de autor y registrado en el Registro de la propiedad intelectual.

Los capítulos 1 y 2 de esta novela fueron publicados en la revista Paralelo Sur (Barcelona).

jueves, 3 de septiembre de 2009

Kim Bertran Canut







Un lugar retirado

Nacer y crecer en silencio…sobre la penumbra del sombrío rincón. El hombre enlutado piensa en nubes frescas y perladas, recaladas con el viento del oeste…cargadas de agua… ¡hace tanta falta la lluvia en este descarnado desierto!
Rasgueó en su diario y dio largos paseos por los bosques de árboles segados, para el consumo de los humanos…rasguños naturales. Echó una ojeada al cielo. En aquel lugar, a más de dos mil trescientos metros de altitud, se respiraba bien…caminos sin petroasfaltar, el poblado yermo y sereno. Colosales lagos…paisajes de perspectivas imperecederas que residieron en su niñez, los conmemoraba en la adolescencia y actualmente, ya en el oscurecer de su existencia, resolvía reaparecer a sus vírgenes praderas. Hierba verde y rebaños pastoreando sin limites, ni cercados prohibiendo la vida…juguetea con el tiempo que le queda, y atraviesa el puente de troncos cercenados, montado sobre el frío riachuelo…en este punto, un remanso abate en cascadas sensoriales para su espíritu nativo, esencia, que se desazonó en la metrópoli de la demencia…de miradas hundidas, en muros emparedados de cemento y corazones fracturados. Apremia salvaguardar la distancia y emerge solitaria la flor de una sola noche, resplandeciente luciérnaga, sombra que le cobija entre los susurros de los grillos y el pájaro de ojos magnos…en sus sueños los amores crujen…en la lejanía del espacio sigue rodando la rueda de la esperanza, mientras silban cuchillas y proyectiles…El personaje sufre con los pensamientos del ciclo pasado y fuga sus evocaciones como héroe proscrito…por fin caen gotas y los nubarrones prometen tempestad… regresa contento y mojado, hacia la casa, donde le espera una lumbre de paz y calor…por el camino entona una canción de Dylan…sólo el viento sabe la respuesta…pregúntale…


(c) Kim Bertran Canut -Junio 2008-

Barcelona
España

kimbertrancanut.blogspot.com/


crédito de la fotografía: Kim Bertran Canut