sábado, 17 de octubre de 2009

Juan Carlos Pérez López




Salvoconducto 

La suerte es un duende que buscamos en los sitios más insospechados. Nos acecha burlón. Quiere que lo atrapemos, pero es escurridizo. A veces, sin pretenderlo, lo dejamos escapar delante de nuestras narices. Mientras huye nos hace una pedorreta; nos sentimos desgraciados. Echamos la culpa de nuestras desdichas a la propia vida; no somos capaces de reconocernos como responsables de nuestro propio infortunio. Erramos destino; llegamos al desastre personal.
     Intento agarrarme a la verdad del vino; me ahogo en mis propias mentiras. Como el Titanic, me he hundido al chocar mis cuitas contra los hielos que enfrían los tragos largos o cortos por los que navega mi existencia. Soy un náufrago dentro de la desolación de mi vida, de una vida que se ha ido a pique de manera lenta, pero imparable, de manera silenciosa, pero estrepitosa. Yo di rienda suelta a mi fatalidad. Todo lo demás compone un batiburrillo de excusas baratas que me ha costado caro.
     Yo creía controlar mi espacio vital. Sin darme cuenta, me estaba haciendo esclavo de un invitado que se coló en él a hurtadillas. Pero es que yo le abrí la puerta. Y entró hasta la cocina, arrasando con todo a su paso. Para cuando quise darme cuenta, había perdido mi libertad.
     Cada vez que escurro un vaso, en su fondo veo cómo mi mujer y mi hijo me han pegado una patada en el culo. Pero también cómo mis hermanos, aunque siempre que los necesito salen en mi auxilio, me miran con recelo, quién sabe si también con desprecio, pues sufren en sus propias carnes el dolor, el sufrimiento que causo a mi padre por causa de mi adicción irrefrenable al alcohol.
      Papá es el único que me soporta; la sangre liga. Sobre él descargo mis mayores arrebatos, las llamaradas de mi lengua cuando se desata sin control, azuzada por los latigazos de mis borracheras sin recreo. Él no me ha abandonado. Creo reconocer sus lágrimas en las gotas que quedan en el fondo de mis fieles compañeros, los vasos, de los que sería capaz de beberme hasta su cristal si fuera líquido. En definitiva: he perdido a mi familia, y si no lo he hecho, estoy desorientado y no atino a dar con su paradero. Quizá ella ya no quiera que la encuentre. Ahora me doy cuenta de mi ruina: mi mundo se ha desmoronado delante de mis ojos, con la complicidad de mi cobardía.
     Siempre dicen que nunca es tarde, pero mi tren ya pasó. Yo me he quedado a pie firme en el andén, viéndolo llegar, viéndolo parar, viéndolo marchar. Me han faltado las fuerzas, quizá la valentía, para montarme en él y ver pasar de largo desde su interior una estacón tras otra sin que yo echara pie a tierra, manteniéndome firme en la verdad de un viaje agreste que no he sabido emprender: la abstinencia, el único trayecto que puede llevarme del lado de los que siempre me han querido.
     Mantengo una relación de amor y odio con el alcohol. Él me posee, me disfruta. Nuestros abrazos son espirales, tolvaneras que conducen a ninguna parte, al reino de los tarambanas. Soy uno de esos peleles que han dejado escapar entre sus dedos sus mayores tesoros del mismo modo en que la fina arena se escurre entre ellos. Hoy sólo me quedan ansiedades a las que reto sin lucidez, la mejor forma para encararlas sin que te revienten el alma, el corazón… la cabeza. Porque sólo bañado en la confusión soy capaz de enfrentarme con mis demonios, los mismos que yo liberé de sus infiernos para que alzaran su dictadura en mi vida, en esta vida sin aliados, hartos estos de que les hiciera la puñeta sin descanso.
     En fin, a estas alturas comprenderán que ando sobrio, que estoy en un momento de claridad que me angustia. Mis manos temblorosas buscan un asa que les dé serenidad. Por desgracia, ese asidero, hoy por hoy, sólo sé reconocerlo sobre la barra de cualquier bar, sobre ese campo de batalla en el que he sido derrotado por la torcedura del alcohol. Pero aun queda la esperanza de que no esté destruido del todo.
     Ojalá  gane fuerza en algún alto el fuego, me llegue valor para pedir el armisticio, valentía para reconocer, al fin, mi enfermedad, único salvoconducto que me puede ayudar a escapar de ella, a reencontrarme conmigo, a ser digno de darme a los demás de nuevo. La soledad da tanto miedo…

(c) Juan Carlos Pérez López

Bormujos, Sevilla, España


*cuento finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Roberto Rossi, Tazas y frutas, muestra "Vida quieta", Buenos Aires.

Noemí Orella Fernández


ADAGIO*


La peluca bien puesta, las pieles recién lustradas, los zapatos a estrenar. Nada diferenciaba a Doña Rosita del resto de ricachonas que colaboraban anualmente en el Rastrillo de Nuevo Futuro.
Planeó  hasta el perfume que se pondría aquel día. Las joyas también: las justas. Si bien el evento estaba destinado a recaudar dinero para los pobres, cuando perteneces a cierta clase social no puedes prescindir del oro ni del qué dirán antes de salir de casa. Volvió a su mansión de Conde Rodezno -aún a sabiendas de que llegaría tarde- porque se le había olvidado cepillarse los dientes. Todo en ella debía deslumbrar, y su nueva dentadura, implantada con titanio a sus débiles encías -herencia de una familia pobre-, no debía revelar lo podrida que se sentía por dentro.
Mauricio hubo de esmerarse en la conducción para robar unos segundos a chronos y que su señora no llegase tarde al día más especial del año. Una impecable azafata la recogió a pie de calle y la acompañó al pabellón 9A en el que se ubicaba su stand.
Cierto mareo la turbó al incorporarse a su puesto. En un rápido gesto, comprobó ante su espejito de mano que todo, hasta su estudiada sonrisa, estaba perfecto.
Comenzó  la inauguración. Reverencia ante Su Majestad la Reina, presidenta de honor del Comité Organizador. Repitió, como hacía año tras año, los rituales obligados de las damas de la alta sociedad. Besó a una y a otra, sin posar sus labios en sus carnes. Repitió hasta la saciedad lo guapas que estaban todas; presentó a la nueva al resto; preguntó a Doña Margarita qué tal le iba en su nueva mansión, y comentó hasta la ridiculez lo difícil que es encontrar una buena sirvienta en estos tiempos que corren.
Doña Rosita palideció cuando supo que el mejor pianista del país -un gitano-, iba a interpretar a Chopin. Hacía cuarenta y tres años que el piano de su casa había enmudecido, asesinado por ella misma sin causa aparente, sus cuerdas cortadas con un cortaúñas, una a una, sin compasión.
-Aquí  huele a pobre, dijo.
Y se retiró  al baño a aliviarse las arcadas. Pero no era su estómago, sino su corazón, quien se revelaba. Notaba cómo subían a la boca sus pecados más íntimos; aquellos que no conocía ni su sacerdote. Casi podía masticarlos. Intentó vomitar, como hacía antaño, pero una vez perdido el hábito le resultó imposible. Volvió a mirarse en el espejo, pero esta vez le traicionó. Lo que vio era una caricatura de sí misma. Pintarrajeada y envuelta en celofán, sólo ella podía ver que ocultaba un alma en descomposición.
Adherida a su carne, justo debajo de la ilustre insignia de la Cruz Roja, traslucía la putrefacción de sus actos pasados. Sintió pánico de delatarse. Se descalzó y salió corriendo del pabellón, no sin antes haber robado las partituras del pianista.
Descalza, en un banco de la calle, escondió entre los cinco renglones del pentagrama los pecados que la asediaban. Schubert, Chopin y Schumann fueron testamentarios de sus idilios con un joven pianista anarquista, al que rompió el corazón para casarse con un viejo ricachón fascista que le proporcionó todo lo que ahora tiene: celofán.
En un adagio ma non troppo describió cómo llevó a la locura al pianista, que acabó su sufrimiento ahorcándose con las cuerdas de su piano al saber que ella había asesinado al hijo que ambos, ilusionados, esperaban. Debussy supo, sin haberlo querido nunca, cómo ella hubiese delatado sin pudor su escondrijo si él mismo no hubiera puesto fin a su sinfonía.
El abrigo y el broche le quemaban. Se quitó la peluca como los hombres se quitan el sombrero en misa, para mostrarse ante el mundo tal y como es. Semidesnuda, habiendo encarado su pasado, ya no sentía náuseas. Pero no era suficiente para deshacerse del lastre que la acompañaba desde su juventud.
En una mesa improvisada con cartones, con unas viandas que ella misma compró, preparó  amorosamente unos bocadillos que, envueltos en las partituras manuscritas, regaló a todos los necesitados que encontró.
Allí, semidesnuda, disfrutando de la compañía de los que bien pudieran haber sido sus vecinos o sus familiares, permaneció doce horas. Las mejores horas que había pasado hacía mucho tiempo. Sólo le quedaban tres bocadillos por regalar cuando apareció su hijo mayor -alertado por el personal de seguridad del evento- y la sacó de allí en representación de todos sus hijos; los hijos del puro humeante, el dinero, y el celofán.
Sin saberlo, había caído en su propia trampa. Había proporcionado a sus vástagos la excusa perfecta. Encerrarían a mamá y, alegando demencia senil, cobrarían la herencia quince años antes de lo esperado.

(c) Noemí Orella Fernández

Pamplona - Navarra -España

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Jesús Rafael Soto, Sphere Concorde, de la  Muestra en la Fundación Proa, Buenos Aires)

miércoles, 14 de octubre de 2009

María Jesús López Martín


El pájaro, Afrodita y un pastel de chocolate *


     Un pájaro ha pasado por mi ventana. Me ha mirado de frente. Ha piado a voz en grito. Se ha girado así sin más, me ha dado la espalda y se ha ido. Me ha graznado con el pico abierto y la mirada de reírse.
      ¿Será posible, digo yo mientras escribo, que un pájaro abra el pico y me grazne a la cara mientras ríe? Que yo sé seguro que reía. Si se le veía en los ojos de pilluelo sabio grajo que grazna y rebuzna frente a mi ventana.
      Y luego yo, ¿qué hago? Me quedo sola y pensativa, nada más. Me quedo sola contando los pelos que se sueltan de mi cola y cuando caen, me los como despacito después de haberlos utilizado como hilo dental. Luego me agarro el brazo y me lo mezo porque estoy sola y un pájaro cuervo me ha rebuznado desde su pico desmesurado abierto de par en par. Y que sus ojos sigan riéndose en mi recuerdo… Qué lamentable. Qué extraño. Qué encerrona de mí misma a mí misma desde mí misma. Y nada más, ya digo.
      El pájaro se ha marchado y desde mi pelo recién arrancado que me monda el diente me levanto y me miro en el espejo mientras me pregunto: quién soy.
Ya me di miedo.
Cuánto tiempo sin decírmelo.
Y que haya tenido que venir el pajarraco y abrir su pico para que me lo haya preguntado…
      El espejo se quiebra y aparece Afrodita que me guiña un ojo y me sonríe con picardía. Ay Afrodita, le digo, que me estoy sola. Y Afrodita venga que venga a guiñarme el ojo hasta que al final me doy cuenta de que es un tic y que su sonrisa picarona es marca de cicatriz de cuando se cayó de la bici a los cinco años. 
Me cae una lágrima de soledad.
Resbala.
      Me doy la vuelta y me dirijo a la cocina. Allí me como un pastel de chocolate que desde sus inicios me decía cómeme por favor cómeme. Y me lo como porque me llena de negro dulce. Pero el negro dulce en el estómago se convierte en agujero en el corazón y me apuñala en la costilla el graznido del pájaro con su pico abierto que no cabe en ningún sitio.
Me siento sola.
      Luego me levanto y tomo una decisión. Agarro la escopeta del armario y me asomo a la ventana. Llamo al pájaro a graznidos, lo invoco alareando, lo grito ya con ojos ya con dientes y, cuando lo veo, lo apuñalo. Le saco los ojos y los como fritos. Chafo su picazo con una piedra. Despedazo sus plumas. Le arranco patas. Lo degüello. Lo mastico. Lo como. Crudo. Bebo sus líquidos. Cuando he terminado, eructo. 
Entonces quedo tranquila. 
      Por la noche me desvelo y me asomo a la ventana. No veo nada y me miro en el espejo. No veo nada y me dirijo a la cocina. No veo nada y me quedo sentada en una silla de madera. Me tiembla el cuerpo. Me llega el frío. Recuerdo al pájaro y me duelen las entrañas. ¿Por qué me ha entrado el miedo?
Lo llamo alareando, lo invoco con graznidos.
El pájaro no viene y yo sudo y me bebo mi líquido empapándolo en esponjas. El pájaro no viene y yo me caigo al suelo, y el pájaro que sigue sin venir y yo me corto uno a uno mis cabellos y el pájaro que nada y yo que ya al final me he arrancado los ojos y me miro desde ellos y descubro que mi boca no es ya más que un pico enorme que devora y ríe y grazna y que, en un momento de descuido, acaba por engullir los ojos que se encuentran en  mi mano. Desde ellos puedo observar mi intestino.
En un último momento de lucidez, me digo: ¿todo esto por un pájaro que grazna? Y por dentro de mi cuerpo noto cómo resbala una lágrima mientras alguien –no sé quién- cierra las cortinas de la ventana.

(c) María Jesús López Martín
*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur
Terrassa, Barcelona
España

imagen: Francesco Clemente (de la muestra La Transvanguardia italiana, Fundación Proa)

O´Kanny Blandón Mariscal




Después del invierno vienes tú *


   Después del invierno viene el invierno. Eso me lo dijo un viejito mendigo tiritando en su esquina cuando le ofrecí mi chaqueta y él me alargó su botella  de vino. Preferiría no creerlo pero no tuve argumentos en su contra. Si me gustaría que supieras, pequeña Rosalía, que con los años los ojos de tu muñeco de trapo le vuelven un testigo ciego. Hay bastantes brujas y forajidos y veneno en muchos de los platos. Las monedas que menos valen son de chocolate. No quiero que nunca tengas miedo. No quiero que hoy te sientas sola. La vida puede ser maravillosa como una nave llena de caramelos o despertarse con una risa. Si vivieras conmigo, Rosalía, no habría monstruos bajo la cama pero si pelusas como gatos. Llenaríamos veinte globos con butano y nos iríamos volando por la ventana hasta el parque mas cercano.
   Cuando me pongo a pensar en la playa los recuerdos se vuelven amarillos, el sol, la arena, las caras de la gente, los polos, quizás de limón, todos ellos amarillos. Lo único diferente era  el bikini de tu madre, que era negro como también lo era su verdadero pelo. Recuerdo que nos metimos hasta la cintura sólo en el agua dorada porque aún estaba fría. Las olas salpicaban a tu madre en el pecho y a mi en el alma. Después todo corre muy deprisa como un flash back que va a perder su tren. Está un curioso imán de manos, cenas en a saber qué parte, un saco lleno de caricias, una estampida de minutos en la sábana de mi vida, días, noches, días, noches, días y una tarde vimos un arco iris desde un autobús. Supongo que para entonces ya ibas viniendo de Ningún Lado. Luego todo se murió estúpidamente como un pez tropical en agua fría. Yo la quería y ella me quería, ambas cosas son ciertas pero ni siquiera eso a veces es suficiente. Aún la echo de menos. No te voy a explicar más del tema. Si te apetece, pregúntale a tu madre, pero no le digas de qué hemos hablado. A estas alturas ya debes de saber que ser una acúsica es algo feo.
   Si te preguntas con el tiempo qué carajos he estado haciendo, que sepas que sigo estudiando mi carrera, si, la de maneras de fracasar constantemente. Entre derrota y derrota estoy bastante bien, bastante tranquilo. No dejes que te engañen, seguro que lo intentan, para ser razonablemente feliz sólo se necesita un sueño. Es cierto. Todos los hombres tienen sus fantasmas. también es cierto. Fantasmas de sí, fantasmas de sus trozos, los vidrios de las cosas que rompieron. Yo camino sobre cristales y el crujir me acompaña. Pero sí, a pesar de eso, estoy bastante bien, bastante tranquilo. Pienso en ti, no sé si demasiado porque no sé cuanto es demasiado, quizás sea  poco, aunque creo que no, creo que mucho. Sí sé que pienso en ti. En los grandes árboles de la plaza donde vivía tu madre y seguramente ahora tú vivas. No sé que tipo de árboles eran. Pienso en el tatuaje que le habrás visto en el hombro. En sus pequeños pies corriendo por la arena, saltándose torpemente los castillos.
   Después el invierno. Me gustaría que supieras que muchos hombres son como los mimos que después de la función hablan mientras se desmaquillan. Me gustaría que supieras que muchos hombres son como dragones y queman todo lo que les rodea. Me gustaría que supieras que muchos hombres son sapos, simplemente sapos. Sé que te irá bien porque soy incapaz de imaginar lo contrario. No te puedes morir mientras yo viva pero por favor, no lo pruebes. ¿Qué vendrá después del invierno? Después del invierno quizás venga el invierno. Yo no creo que sea así. Prefiero cerrar los ojos para imaginar que después del invierno vendrá el título de este texto.

(c) O´Kanny Blandón Mariscal

Alcora
Castellón
España

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Rómulo Macció, El pato de la boda, (de la muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes)

martes, 13 de octubre de 2009

Oscar Raúl López





Buenos pensamientos*

         
     La pared me parece enorme, increíblemente grande, pero me resigno. Me acomodo el birrete, subo las escaleras y me dispongo a pintar. No van más de cinco pinceladas cuando un bocinazo me hace girar, me doy cuenta que es lejano y decido seguir, pero en ese momento me detengo y veo que soy dueño de un paisaje distinto.
     Las casas del pueblo se ven totalmente diferentes desde aquí arriba. Las chapas ahogadas en  óxido contrastan con las nuevas, luminosas. Las copas de los árboles aparecen redondas, corpulentas, llenas de vida, con el tráfico incesante de los pájaros que las sacuden, las modelan, las despiertan con su música.
     Sigo en mi observación minuciosa hasta que la presencia humana me detiene. El cartero ha llegado a la puerta de los Ruiz con su vieja bicicleta azul. No golpea, busca apresurado en la gran cartera de cuero depositada en el canasto sobre la rueda delantera, hasta que da con el sobre indicado. Sin bajarse, se inclina tratando de depositarlo en la ranura de la puerta, parece perder el equilibrio, pero se ve que domina muy bien la acción porque la ejecuta con la confianza de un trapecista al caminar por la cuerda, con un aire de inmunidad ante el peligro. En ese preciso momento, la puerta se abre y se endereza alterado. En el umbral aparece Luisa, la esposa de Pedro Ruiz, que le entrega una sonrisa generosa. Ricardo, el cartero, tiene unos 25 años jóvenes, es largo, de piernas y brazos vigorosos y parece un talle más grande que su rodado. Tímido, se aleja un poco y hasta me parece avergonzado por intentar violar ese hogar con la misiva. Ella no luce ofendida, por el contrario, sonriente, apoya una mano en el marco de la puerta y con la otra se marca la cintura. Si fuera soltera, pensaría que trata de seducirlo, pero…no. Luisa es una cuarentona atractiva sin prontuario en los archivos indiscretos de las chismosas del barrio…hasta ahora. Él está apresurado, lo noto en su mirada recurrente al reloj y en la gordura de la cartera que delata una larga jornada por seguir. Intenta irse, poniendo el pie sobre el pedal, acomodándose brioso en el asiento;  pero ella lo detiene. Le clava una mirada lastimera reclamando su atención, primero él resiste, alegando la tiranía del reloj al que señala con un repiqueteó del índice sobre el cristal, pero después  lo veo doblegarse, como una rama se somete al peso subyugante de sus frutos, sin más remedio. Se baja de la bicicleta, la que apoya en la pared, sensiblemente ofuscado, lo noto en sus brazos como asas en la cintura. Ella le paga el gesto con una sonrisa renovada que lo invita a entrar. ¡Entran! ¡No lo puedo creer! Camino hasta la punta del tablón como si al acercarme tres pasos pudiera ver el interior. Busco en la vereda desierta otro testigo con quien compartir esta primicia, pero la calle muda me devuelve su silencio. Me he olvidado del pincel que se seca cerca del balde, y del balde, que se aburre junto a la escalera. La pared reclama su blancura, pero resuelvo que puede esperar si quiere verse bien. Pasa un minuto, con sesenta largos segundos, pero el siguiente es  aún más lento  y el décimo interminable, y ya no aguanto más. Me monto a la escalera y empiezo a bajar lentamente sin perder de vista la puerta del número 752. En el tercer escalón, decido que lo que estoy haciendo está bien, y acelero. En el piso, descubro un panorama achatado por los primeros rayos de sol. Las cosas han cobrado otra dimensión e inexplicablemente me siento pequeño. Me dispongo a cruzar la calle rumbo a la casa de los Ruiz, la cual he perdido de vista ahora por la presencia de un camión. Camino rápido cuando la puerta se abre de repente y Ricardo sale apresurado. Me zambullo detrás del vehículo al que uso para esconderme sin caer en la cuenta que no hago nada malo. He perdido la inmunidad que sentía en la altura y espío nervioso. Él está desalineado y una gota de transpiración engorda en su sien hasta dejarse deslizar vertiginosamente.
     ¡No lo puedo creer! Me incorporo despacio pensando que ahora puedo ser yo el observado y miro mi andamio abandonado. Ricardo monta la bicicleta dispuesto a irse y siento que debo llevar esto hasta el final, pero tengo poco tiempo. En la casa lindante, donde funciona el kiosco de Don Otto no hay nadie y no dudo en dirigirme hacia allí. Aparezco por detrás del camión como si nada, con paso firme y seguro. Apunto a la ventana multicolor en publicidades de golosinas, aunque tengo mis sentidos puestos en la pareja que sigue su charla, a unos metros de mí. Cuando piso la acera, Ricardo se voltea, me saluda y me confunde, pues no veo en su rostro ni sorpresa ni vergüenza…nada. Casi me freno tropezando con mis dudas, pero me doy cuenta que no puedo hacerlo y continúo hasta detenerme en el kiosco. Demoro en  tocar el timbre que traerá a Don Otto y su renguera. El cartero monta el pedal, indicando su salida y ella arranca una risa esplendorosa, más grande y feliz que la anterior. En ese momento un pequeño gatito gris aparece en el umbral y le hace una caricia en las piernas con su cuello. El cartero se va sonriente lanzando una advertencia que me silencia, me frena, me congela:
    —¡Cuídelo! ¡Qué si se sube otra vez al árbol, yo no se lo bajo!
     Don Otto hace un ruido tremendo, como un trueno, al abrir la vieja ventana y me sobresalta. Su rostro viejo, de facciones grotescas me asusta y su voz ronca, gastada por el cigarrillo, me golpea:
    —¿Qué te hace falta muchacho?
     Frustrado, señalo un paquete de pastillas que me alcanza en un instante y mientras busco monedas en el bolsillo, le devuelvo una respuesta entre dientes que su sordera nunca escuchara:
    —¡Buenos pensamientos!
(c) Oscar Raúl López

Humboldt, Provincia de Santa Fe
Argentina


*Buenos pensamientos resultó finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Eugenio Daneri, Magnolias, (muestra Eugenio Daneri, La mirada desde la sombra, Museo Benito Quinquela Martín)

lunes, 12 de octubre de 2009

Salvador Robles Miras







En el fondo del lago*


El coche se precipitó al vacío al tomar una curva cerrada a demasiada velocidad. Los dos ocupantes del vehículo, de luna de miel, quienes unos segundos antes le cantaban al unísono a la vida, se cogieron espontáneamente de la mano y, embargados por una increíble serenidad, se dispusieron a sostener la mirada de la muerte. Pero el vehículo no se estrelló contra el fondo de un barranco como suponían, sino que se hundió mansamente en el agua. Habían caído en un lago. Tal vez no estuviera todo perdido.
     La mujer, rápida de reflejos, logró desembarazarse del cinturón de seguridad y, en un abrir y cerrar de ojos, ganó la superficie. Llamó  a su marido, y le respondió un silencio de mal agüero. Temiéndose lo peor,  inspiró profundamente y se sumergió. Aunque el agua estaba bastante turbia, logró distinguir un bulto en el fondo, a unos tres metros. El hombre, con varios huesos fracturados, había perdido el conocimiento; pero todavía respiraba. La mujer intentó sacarlo del vehículo. Imposible. La pierna derecha, rota, estaba encajonada entre el suelo del vehículo y el asiento. Posó sus labios en la boca de su esposo y le insufló el poco aire que albergaban sus pulmones. El chorro de oxígeno espabiló al hombre, quien abrió súbitamente los ojos. Ella le hizo un gesto con la mano, como instándole a que no desesperase. Él, consciente de su incapacidad para moverse, trató de decirle que procurara salvarse. La mujer, impulsada por el instinto de supervivencia, volvió a ascender en busca de aire. A los pocos segundos estaba de nuevo al lado de su marido, haciéndole el boca a boca.  
     Después de repetir la operación en los siguientes minutos cuatro veces más, la mujer se encontraba al límite de su resistencia. Con la cabeza fuera del agua, miró en torno a sí. La luz de la aurora bañaba la superficie tersa del lago, y no se veían signos de vida humana por ningún sitio. Pidió ayuda a gritos, pero sólo le respondió el canto rezagado de un grillo. Volvió a zambullirse en un desesperado intento por mantener vivo a su amado. Al posar los labios en los labios del hombre para entregarle el poco oxígeno que le quedaba, la mujer, exhausta, se desvaneció. Su marido la agarró con fuerza contra su pecho unos segundos antes del final.
     Ambos amantes fueron velados por los millares de salmones, truchas, percas y anguilas que, atraídos por el prodigio del amor, habían formado un círculo en torno a la pareja.   

(c) Salvador Robles Miras
Bilbao - España

*cuento  breve finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Alberto Passolini, Ophelia,  de la muestra Figuración vigente: AGUA, Galería Holz, Museo de Arte Tigre

Audencio Zamora Leckott



Mujeres estrellas con el alma de arco iris

Este texto se encuentra en el libro:

ECOS DE LA RESISTENCIA. 
PAJLHAYIS KAJIAYAYAJ PAK.
LA LUZ DE NUESTROS ANCESTROS

Ediciones Todas las culturas; subsecretaría cultura Chaco.

Autor: Audencio Zamora Leckott
Wichí – Wej Woos
Chaco Gualamba, Waj Lumpé.
Argentina

Mujeres estrellas con alma de arco iris

Una vez que los hombres atraparon a las mujeres que venían del cielo, Atsinayis Kates,  las Mujeres Estrellas, los hombres en su anonadamiento y excitados, comentaban su admiración por tanta belleza de las recién capturadas. Los hombres animales comenzaron a disputar para apropiarse de ellas. Los hombres animales, los hombres pájaros, algunos, los más grandes, querían quedar  hasta con tres mujeres.

Hasta  que, con los ánimos caldeados, llegaron al borde de desatar lo imprevisto y lo indeseable, quebrar el pacto de no agresión.

Ellas observaban atentamente todo lo que los hombres hacían. Entonces sabiamente dijeron que no veían ninguna razón para ir con ellos porque no les pertenecían. Aunque habían cortado el camino al cielo, a sus moradas, y fueron atrapadas, eso no les daba derecho a cautivarlas en contra de su voluntad. Sin embargo, les proponían un acuerdo, un pacto. Los hombres, sorprendidos otra vez y con admiración, se volvieron a ellas y acordaron escuchar la propuesta de las mujeres estrellas.

Fue al atardecer, cuando los rayos del hermano mayor, Jwaala,  iluminaba las hermosas cabelleras y los rostros alegres de las Atsinay Kates. Cada vez que hablaban, sus palabras despedían lucecitas de colores. Los fornidos hombres cazadores sentían un temor mítico; su adoración por estas criaturas celestiales aumentaba. Quedaron en silencio y expectantes. Una de ellas dijo: “Nuestra morada celestial es un mundo de luz, de risa y  de cantos. Esto nos armonizaba. Las canciones son alimento para nuestras almas, por eso nosotros cantamos siempre. Ahora, en la tierra, no podemos cantar. Pero ustedes, los hombres de este mundo, sí pueden. Por eso queremos convenir. Si ustedes cantan, después de escucharlos los vamos a elegir. Nosotras vamos decir con quién vamos a ir. Cada hombre debe cantar la mejor canción que sepa. Su melodía y tono serán apreciados, y cada una de nosotras elegirá al hombre que quiere como compañero para vivir en este mundo.”

Todos los hombres, orgullosos, se miraron y poco a poco se reunieron y consultaron un largo rato en asamblea. Como cuando van a salir de caza u otra tarea de la comunidad. Al final llegaron a un acuerdo, el de aceptar la propuesta de las mujeres estrellas.

Esa noche fue iluminada por el hombre luna; las mujeres estrellas reflejaban toda su luz. Todo se iluminó con colores jamás vistos por los hombres. Ellas estaban juntas y describían a los hombres, quienes esa noche lucían sus mejores adornos y pinturas. Con toda curiosidad y animadas, se acomodaron dando las espaldas al este; la luz del fuego dibujaba sus hermosas siluetas. Por momentos los hombres, dispersos, algunos solos, otros en grupos pequeños, quedaban  sin aliento porque se les hacían más evidentes los colores que despedían las mujeres estrellas al intentar entonar alguna de las canciones de su mundo. Sentían cada vez más intensamente el torbellino de emociones que surgía desde lo más profundo; algo que jamás habían experimentado. Por momentos su aliento se entrecortaba, sus piernas flaqueaban. Se preguntaban qué poder tenían esas hermosas criaturas que sin tocarlos lo debilitaban  y los volvían como jóvenes novatos en sus correrías de caza y pesca, cometiendo errores absurdos, como olvidarse por momentos de sus canciones sagradas. Con sorpresa, además, percibían que ya eran parte de sus vidas y que sin ellas no podrían continuar viviendo. ¡Qué extraña magia tenían!

Cada hombre se comprometió a no temer y a cantar. Previamente acordaron que el hombre más anciano entre los sabios de la comunidad, siguiendo las antiguas tradiciones, seria el primero en entonar las plegarias al Gran Espíritu, Él que comenzó todo de la nada, El Hacedor de Todo, Ahat Taj,  para bendecir la reunión. La canción fue tranquilizadora e inspiradora, y preparó a las mujeres celestiales a escuchar y prestar atención a todos los detalles; a los hombres les infundió confianza y coraje.

Fue una noche mágica, cargada de simbología. Las canciones se sucedían unas a otras interpretadas por cada uno de los Primeros Hombres; los Hombres Pájaros fueron los mejores cantantes. Así de esa manera se constituyeron las parejas que darían continuidad al pueblo Wichí. Esa noche los hombres descubrieron que las mujeres estrellas portaban en su interior un arco iris que fue liberado, y que dejó el color rojo a las mujeres, junto con la costumbre de ser ellas las que eligen a su pareja. Por eso, antes de la elección, se pintan el rostro de ese color como señal de estar en estado de “búsqueda”.

El color rojo es uno de los colores sagrados para el pueblo Wichí. En los días de su menstruación, las mujeres no se bañan en los ríos  o quebradas y guardan respeto privándose de ciertos alimentos. En su primera menstruación, tampoco salen del hogar; sus mayores les cantan canciones sagradas, les aconsejan e instruyen cómo vivir en el futuro; por las noches las reúnen en el centro de la comunidad y los hombres danzan y cantan alrededor de ellas hasta el amanecer. En los días lluviosos, ellas se cuidan de no salir y mucho menos de manchar con sangre a la tierra por respeto al arco iris.

Cuando el arco iris alarga su arco multicolor, los Wichí jamás lo señalan con el dedo porque para ellos el arco iris es un ente que puede ser muy malo siendo su ira terrible.

Los Wichí siempre recuerdan que hubo una comunidad que desapareció bajo las aguas de torrentosas lluvias desencadenadas por el Lewo, el arco iris, porque una mujer rompió el pacto establecido. Muchas veces el Lewo se transforma en una gran serpiente que continuamente vigila las aguas.

Las mujeres estrellas trajeron luz y color a la vida de los hombres Wichí.

 (c) Audencio Zamora Leckott

cuento enviado por la escritora Susana Szwarc


 imagen: Mujer Wichi tejiendo bolso (de la muestra Culturas del Gran Chaco en la Fundación Proa, ver galería de imágenes en la revista Archivos del Sur)

sábado, 10 de octubre de 2009

María José Navarro


PERROS SALVAJES *
    


        El parque oscurece a esas horas de la tarde. La mujer de la gabardina roja que lo  atraviesa, piensa que tiene ganas de que pase la Navidad para que los días sean más largos. No ve a nadie paseando con sus hijos o con sus perros, este dato, aunque no está comprobado empíricamente, constituye para ella una garantía de que los desconocidos no son peligrosos. Se extraña porque tampoco ve a nadie sin niños o sin perros, como si todo el mundo tuviese algo que hacer a la misma hora en cualquier otra parte.
      Tanta soledad también la asusta. En el tramo final del parque hay una zona en dónde la vegetación se hace más densa. Cualquiera podría permanecer allí escondido y esperar a que alguien como ella pase para atacarla.
      Aparta esos pensamientos de su cabeza, ya casi ha llegado al final así que no piensa volverse atrás. Empieza a concentrarse en cosas bonitas: la nueva decoración de su piso, el libro que le han regalado para su cumpleaños.
      El ruido de unos pasos interrumpe sus pensamientos. Alguien camina muy cerca. Puede oír el crujido de las hojas secas. Se gira asustada. El individuo que anda detrás de ella es de los que no llevan niño, ni perro, ni tan siquiera novia, dato que en este momento también la tranquilizaría, sin embargo, el desconocido de vez en cuando silba.
      “Está avisando a alguien para que me corte el paso”, piensa ella, mientras el corazón le late desbocado, “tranquilízate, igual son todo imaginaciones tuyas” se dice mientras acelera el paso aferrada a su bolso.
      A cuatro metros por delante de ella aparecen dos tipos más, se hablan entre ellos en un idioma extraño. Está acorralada. Caminan despacio. No tienen prisa. Saben que su presa está indefensa y que no tiene escapatoria. La mujer de la gabardina roja también lo sabe. El pánico le altera la respiración. Cada uno de sus músculos se tensa.
Su flujo sanguíneo irrumpe frenético en sus venas preparando la huida. De manera instintiva, se adentra a través de los espesos arbustos que hay a su derecha. Las ramas cortan su cara y la arañan por todo el cuerpo, pero no nota el dolor, solo puede sentir el apremiante deseo de escapar. Las fuertes palpitaciones de su  corazón, ahogan las pisadas de sus rastreadores. Corre como si su cuerpo no pesara, como si las ramas de los arbustos no la frenaran. Sabe que le queda la esperanza de alcanzar la calle antes que ellos.
      Consigue salir del parque. La maldita calle también está desierta. Se arrastra bajo un coche antes de que los tres hombres hayan podido alcanzar a verla. La mujer de la gabardina roja puede verles las botas desde su posición. De pronto, desaparecen de su vista. Dos se dirigen hacia la derecha corriendo. El tercero hacia la izquierda andando deprisa.
      “Debo tranquilizarme” se repite mientras intenta tomar aire. Le duelen las heridas de la cara. Tiene sangre en las mejillas y en la frente. Siente el frío húmedo de la tarde que se espesa. Empieza a buscar su móvil. Oye el motor de un coche que se acerca por su derecha. Es un taxi y esperanzada le hace el alto. Sube precipitada y el taxista arranca. Piensa que ha estado muy cerca de perder el control de la situación. No ve a los tres hombres desde la ventanilla del coche. La mujer se abandona a la cálida protección del asiento trasero. Reanuda la búsqueda de su móvil para hacer una llamada. Se detiene aterrada. El taxista acaba de cerrar todas las puertas del coche. Ella mira al conductor a través del retrovisor. Es uno de ellos. La mujer de la gabardina roja forcejea con la puerta que no cede. Dos hombres se acercan corriendo por la acera. Son los otros. Sonríen satisfechos de haber recuperado a su presa. La mujer de la gabardina roja siente como el sudor le empapa el vestido. Nota como su corazón se descontrola de nuevo…no puede hacer nada. Se desdibuja su aspecto humano.
      A la mañana siguiente una mujer lee en el periódico: “Tres cuerpos parcialmente desgarrados y devorados han aparecido esta madrugada en el interior de un taxi en las inmediaciones del parque Mérida. Todo apunta a que el atroz suceso lo haya llevado  a cabo algún animal, que en opinión de la policía científica, bien podría tratarse de una manada de perros salvajes, aunque todavía no se explican cómo pudieron acceder al interior del coche”
      La mujer de la gabardina roja se fija en sus uñas cuando va a tomarse el té,  “tengo que volver a pintármelas” piensa mientras ve que aún le quedan restos de sangre.

(c) María José Navarro

Castellón de la Plana, España
*cuento finalista, mención especial en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur


imagen: Francisco Toledo, Mujer atacada por peces, Museo Rufino Tamayo (de la muestra en la Fundación Proa, Buenos Aires)