sábado, 14 de noviembre de 2009

Guillermo Bravo




Carlos



En un barrio de mi pueblo los ancianos jugaban campeonatos de memoria. Se sentaban todos juntos y uno gritaba una fecha muy alejada, a partir de esa fecha se ponían a recordar. Empezaban por los acontecimientos colectivos, que eran más fáciles, el derrocamiento de un general, una copa obtenida por el equipo favorito, Fangio ganando una carrera. Luego venía la parte que más nos gustaba a nosotros, la de los recuerdos particulares. Algunos ni siquiera podían recordar el nombre de su primera novia, pero otros eran capaces de narrar con detalle el primer encuentro, las manos, el color de pelo, los ojos celestes.
Solía ir con mis amigos, comprábamos un helado y nos uníamos al grupo de espectadores.
Carlos era nuestro favorito. Se acordaba todo mejor que los otros, se le notaba en la emoción que se colaba en su voz, en la profundidad de su mirada. A veces hacia un gesto, movía la mano como tocando cada una de las cosas de su memoria.
Una tarde el hermano de un amigo contaba que había perdido la billetera, con teléfonos, y fotos adentro. Carlos, que estaba escuchando la conversación, dijo: "En el estante donde esta la copa del Intercolegial, atrás de la pila de cds".
Empezamos a hacerle todo tipo de pruebas. Recordaba el nombre de mi maestra, del disfraz que me puse en segundo grado y en su memoria estaba el código que había perdido mi primo, o los nombres de las compañeras de mi mamá. A veces le dábamos un par de monedas por recobrar lo que nosotros habíamos perdido y el viejo las aceptaba.
Es cierto que esto lo dejó un poco afuera de los campeonatos, porque los otros consideraban que tenía ventaja. A veces quería ayudar a los participantes; cuando un viejo no se acordaba una cosa, él decía por lo bajo: "Era rubia, era rubia..." Pero con el tiempo ni eso le permitieron. Se volvió un poco amargo. Ya miraba los campeonatos un poco desde lejos, desde las últimas mesas del bar. Terminó de espectador de los campeonatos que con tanta gloria había ganado
Una tarde lo encontraron muerto en la verja de su casa. Duro, con los ojos bien abiertos, como si conservara la lucidez. Fuimos al entierro con mis amigos, pero la verdad es que no fue mucha gente. Al poco tiempo, todos se olvidaron de él.

(c) Guillermo Bravo

Guillermo Bravo es un escritor argentino, reside en París, Francia desde hace varios años. Dirige la revista
www.albamagazine.com

imagen: Benito Quinquela Martín, Boceto "El desfile del circo" (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni, en el MUNTREF)

Elena Ortiz Muñiz






































OCASO


El atardecer empieza a morir. Al abrir la puerta, advierte las sombras que han comenzado a cubrirlo todo. Avanza con pasos lentos que arrastra al andar, observa su figura encorvada proyectada en la pared. Prende la luz y su imagen desaparece. ¡Qué triste! ¡Qué callada vida la suya! Y pensar que en su juventud fue un hombre de éxito, de empresas, de triunfos. Todos querían estar con él. Gente que salía de todas partes pidiendo favores, suplicando por un empleo, una recomendación, una ayuda.
Ayuda...como la que necesitaba él ahora. Y sin embargo, cuando por azares del destino se encontraba en la calle con alguno de esos jóvenes, ahora hombres maduros a quienes había ayudado, a veces sin conocerlos del todo, algunos volteaban el rostro y continuaban su camino disimuladamente. Otros lo saludaban brevemente, con cortesía...y lástima. Si supieran que lo único que necesitaba era platicar con alguien de cualquier cosa, de lo que fuera. 
Y qué  decir de cuando debía  hacer los pagos de cada mes, después de cobrar su pensión. Eso lo desgastaba considerablemente. Tenía que hacerse el tonto y no percibir ese tono imperativo y degradante que acostumbra la gente a adoptar cuando se trata de atender a una persona de la tercera edad, como él. Al principio, se enfurecía y peleaba reclamado una atención eficiente y digna. Ahora, ya ni gastaba fuerzas en exigir. Callaba y observaba fijamente pensando:
-¿Cuántos años puede tener esta muchachita? Si supiera todos los títulos que tengo,  los libros que me he leído, las experiencias que he acumulado a lo largo de tantos años, me hablaría con más respeto. Pobrecita ignorante ¿Cuántos estudios puede tener para sentir tanta soberbia y superioridad?- 
Terminaba agradeciendo parcamente por el "servicio" prestado y continuaba su camino reclamando entre dientes, siendo señalado como un viejito gruñón cuando todo su pecado era tener el alma apesadumbrada.


Cada día iba a la cama rogando al cielo para ya no despertar. Pero despertaba. ¡Y cómo dolía hacerlo! A veces tardaba mucho tiempo en ponerse de pie porque no sabía para qué dejar la cama. ¿Qué objeto tendría el hacerlo?. Pero igual, la terminaba abandonando. 
Entonces comenzaba el suplicio. Prepararse la avena para el desayuno, que por cierto siempre quedaba desabrida, para luego asear la casa tan eficientemente como su artritis y el dolor de espalda se lo permitiera. Luego se sentaba frente al televisor, su única compañía. 
Buscaba hasta encontrar la película del medio día, que siempre era un film antiguo, de sus tiempos. Y se ponía a recordar hablando para si mismo:
-Yo estuve enamorado de esta actriz, soñaba con ella, no me perdía ninguna de sus películas... -Se entristece un poco-... ¡Ah! Esta escena. Cuánto nos reímos mi hermano Pablo y yo cuando la vimos en el cinema... -Y ríe recordando-... Esa casa...esa casa se parece a la que tenían mis papás, en una  así crecí yo. También tenía una fuente al centro del patio y ¡metíamos en el agua los pies con todo y zapatos para no tener que limpiarlos!...-le emociona la evocación-... ¡Qué tundas nos daba mi madre! Mi mamacita...tan buena. ¡Cuánto sufrió la pobrecita!...Termina lamentando el paso de los años.
Luego seguían los noticiarios y las reflexiones de cómo ha cambiado el mundo, de lo diferentes que son las cosas ahora, de cómo es posible que haya tanta violencia, tanta pobreza...Hasta que se quedaba dormido murmurando frente al televisor que hablaba y hablaba mientras él seguía peleando consigo mismo, con sus años, con su suerte, con las decisiones de su vida, con sus enfermedades, con su soledad...
Al despertar, iba por su bastón y salía a caminar. Llegaba hasta la plaza y se sentaba en una banca, siempre la misma banca, siempre el mismo panorama frente a sus ojos, las mismas palomas buscando migas de pan, los mismos niños...Y volvían los pensamientos a su cabeza...En una plaza así nos encontrábamos mi chatita y yo. Tenía que esconderme de Manuel, su hermano, que siempre la estaba cuidando, ya después aprendí que con unas monedas era suficiente para que se hiciera de la vista gorda y nos dejara platicar a solas...¡Qué tiempos!...ahora todo es tan distinto...las parejas casi hacen el acto sexual en la vía publica, las mujeres ya no dejan nada a la imaginación, los padres no saben en dónde ni con quién están sus hijos. Y los jóvenes...ellos ya no conviven, todo el día en la computadora dizque "chateando", sin hablar unos con otros, sin tener comunicación real. No. Los tiempos han cambiado mucho.
Entonces era momento de levantarse y caminar hasta la fonda. La comida era sabrosa y barata. Hacían una sopa muy parecida a la de su difunta chata, aunque jamás con ese sazón que solo ella tenía. Lo único que le disgustaba era que la dueña creía, como la mayor parte de la gente, que por ser viejo era también sordo e idiota y le gritaba cada palabra acercándosele al oído y repitiéndole todo dos o tres veces.
Después de comer, la caminata hasta su casa. Llegaba, casi siempre cuando la noche empezaba a amenazar con cubrirlo todo, con sus sueños tristes y sus pesadillas. Con esas siluetas que lo asustaban como cuando era niño. Encendía la luz para que desaparecieran los espectros y se sentaba a cenar la concha recién comprada acompañada de leche. 
A veces, una que otra lágrima caía de sus ojos. Miraba el teléfono que casi nunca sonaba, parecía más un adorno que un aparato de comunicación, pero la manera más eficaz de saber de su hijo de vez en vez, cuando se acordaba de llamarlo para cerciorarse de que siguiera vivo. Él casi nunca le telefoneaba al muchacho pues tenía la sensación de que a la mujer, su nuera, no le hacía gracia que lo hiciera. Prefería aguantarse las ganas y esperar, aunque la espera significara semanas, o hasta meses.
Luego, una ducha rápida, muy rápida. No se detenía a observar su cuerpo. No le gustaba ver sus brazos y piernas flácidas y arrugadas, ni su vientre abultado colgar como pellejo sin vida. Desde que su chata murió, no volvió a mirarse al espejo ¿para qué? ni siquiera para peinarse pues ya ni pelo tenía.
Luego se metía a la cama, con la luz de la lámpara en la mesa de noche encendida para que no le pillaran las tinieblas y se le vinieran encima. Miraba el lado vacío junto a él, la casa silenciosa, se imaginaba cómo se veía acostado ahí. Solo. Con vida, pero sin ella. Muriendo día a día sin lograr fallecer del todo. Cerraba los ojos y oraba...oraba con fuerza y fe. Pedía por su esposa amada, por la felicidad del hijo que nunca llamaba...pedía piedad y suplicaba que le permitieran descansar. Casi siempre acababa llorando. Hasta que se quedaba dormido, con las lágrimas frescas en su rostro y la almohada húmeda de tanto llanto. Su cama olía a orines rancios, el olor de la vejez. La señal de que el cuerpo ya no funciona tan bien. Las gafas en el buró, junto a la dentadura artificial, en la pared los diplomas, premios y reconocimientos que a lo largo de su vida conquistó, bajo la cama el bacín por si llegara a hacer falta, en el vidrio de los cuadros el reflejo de su figura cansada y desvalida durmiendo como un niño mientras la luz, que siempre se queda encendida, le ilumina el rostro plagado de arrugas y hace menos sombría su desolada senectud.
Al día siguiente amanece,  y todo vuelve a empezar, con pequeñas variaciones, pero casi siempre igual. Lo único que le alegra es que ese día más, para él, es un día menos. La llegada del ocaso. Y arrastra los pies a la cocina para preparar su avena desabrida...




(c) Elena Ortiz Muñiz
México


imagen: Lino Enea Spilimbergo, de la muestra Quinquela entre Fader y Berni, en el MUNTREF

jueves, 12 de noviembre de 2009

Leonor Pla Manzanares






EL REGALO*

     Érase una vez existía un palacio en el lejano Oriente el cual se encontraba en medio del desierto. Nadie sabía su ubicación exacta y para llegar a él había que seguir a una estrella que sólo se mostraba a los puros de corazón.

     En el palacio vivían tres sabios llamados Melchor, Gaspar y Baltasar, que permanecían la mayor parte del año recibiendo peticiones de todos los habitantes del mundo, pues se decía que eran unos poderosos magos. Ellos se dedicaban a recogerlas y entre los tres decidían si esos deseos se concedían o no. Al comienzo del año siguiente partían de su palacio con un pequeño séquito y sus camellos llenos de regalos correspondientes a las peticiones atendidas.

     Cierta tarde todos los habitantes del palacio se hallaban muy atareados preparando la marcha de sus señores ya que había llegado la hora del reparto de regalos. Los presentes se amontonaban nerviosos en una gran sala a la espera de ser colocados en los camellos de los magos. Se respiraba una envolvente emoción pues todos se encontraban muy impacientes por llegar a sus destinatarios. Sin embargo, en un rincón había un regalo que sollozaba sin cesar.

     De repente, en medio del revuelo apareció el sabio Melchor, dando un enérgico silbido toda una montaña de obsequios se puso en marcha camino de las alforjas de su camello. Dos pajes ayudaban a los regalos a introducirse en las alforjas mágicas que metían y metían regalos sin aumentar de tamaño.

     Cuando el primer montículo de presentes estuvo totalmente empaquetado Melchor se dirigió a su camello, montó en él y comenzó la ruta.

     Los regalos que quedaron empezaron a gritar de alegría despidiendo a sus compañeros y dando saltitos una segunda montaña emergió apilando a otro montón de paquetes. Mientras tanto, el sollozo del regalo que se encontraba en un rincón se había transformado en lloro y el envoltorio que lo rodeaba se había puesto un poco mustio.

     Acto seguido, el mago Gaspar entró en la sala y dando un par de palmadas indicó que la segunda montaña de regalos se metiera en las alforjas mágicas de su camello. Así lo hizo una alegre procesión de cajas que emocionadas deseaban llegar cuanto antes a sus destinatarios. Una vez la segunda montaña de regalos estuvo embutida en las alforjas mágicas, Gaspar se montó en su camello y partió siguiendo la estela que había dejado Melchor.

     La actividad en la sala del palacio se volvió frenética de nuevo, pues sólo quedaba un sabio y todos los presentes debían apilarse en una nueva montaña. Los lloros del regalo se habían transformado en un llanto y el lazo que lo cubría había tornado de vivo rojo a triste gris. No paraba de sollozar y hacer pucheros pero como todos los demás se afanaban en colocarse en su sitio para ser recogidos por el último mago no tenían tiempo de fijarse en él.

     Al final, el sabio Baltasar apareció en la sala y con un leve movimiento de cabeza indicó la dirección de la puerta. Todos los regalos que quedaban empezaron a desfilar ante él introduciéndose en las alforjas mágicas de su camello. Todos a excepción del regalo que continuaba sin parar de llorar en un rincón de la sala del palacio.

     Ya estaban todos dentro cuando el mago Baltasar reparó en él y se encaminó hacia donde se encontraba sonriendo amigablemente. Se plantó delante del regalo y agachándole le dijo con voz dulce:

    -¿Qué  ocurre pequeño? ¿Por qué no te has metido en las alforjas?

      El regalo apenas podía hablar pues hipaba con fuerza debido al llanto.

    - Señor, yo no sé donde tengo que ir. La pequeña niña que me encargó se olvidó de decirme donde vivía así que no tengo ni idea de donde debo bajarme ¿Cómo la encontraré?

     El sabio sonrió en silencio, cogió el regalo tiernamente y se levantó. Elevó su mirada al techo y le dijo:

    - Mira. ¿Ves?

     El regalo no daba crédito a lo que sus ojos percibían. En el techo de la Gran Sala del palacio de los tres sabios había dibujado un mapa del mundo todo lleno de luces.

     Baltasar continuó:
    - Cada vez que alguien nos escribe una carta o nos formula un deseo y se les concede, una luz se enciende en este mapa. No tienes por qué preocuparte. Tanto Melchor, como Gaspar, como yo mismo sabemos exactamente dónde hemos de dejarte.

     El regalo empezó poco a poco a iluminarse, su cinta gris volvió  a colorearse de un rojo intenso y su envoltorio se estiró quedando liso y brillante. Baltasar emitió una sonora carcajada y señalando el techo le indicó que volviera a mirar a lo alto.

     El regalo quedó maravillado. Todas las luces del mapa mundial se habían apagado menos una. La visión de esa oscuridad a excepción de la chispa de luz le provocó una tremenda paz.

    - Ahí es donde has de apearte. Ella te espera y te diré que le vas a hacer muy muy pero que muy feliz.

     Y tomando en sus brazos al regalo se dirigió a la puerta. Montó en su camello y siguió la estela dejada por Melchor y Gaspar. Pero no colocó el regalo en las alforjas sino que lo reposó en sus brazos durante todo el viaje. Hasta su destino.

(c) Leonor Pla Manzanares

*El regalo resultó finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

sobre la autora:

Leonor Pla Manzanares nació en Castellón de la Plana (España) en 1977. Reside en esa ciudad.


imagen: Ricardo Castro, El nacimiento del cartonerito, pesebre en cerámica

Victoria Lozano Díaz
































Antillanca*




Antillanca significa en mi pueblo, perla del sol. Así me llamó mi abuela el día que mi madre dio a luz en medio de araucarias, junto a un pozón de aguas calientes, cuyo vapor termal me salvó de no morir de frio aquella tarde otoñal. Mi abuela Millaray asistió a mamá en el parto que según los cálculos estaba pronosticado para 20 salidas más del sol.
Alejadas de casa e internadas en la profundidad del bosque las dos mujeres avanzaron extasiadas por la senda que el olor de los pinos y la tierra virgen les dictó como natural destino. Cuenta mi abuela que mamá quiso lavar sus pies cansados en la orilla de la poza calurosa y que el relajo fue tal que se recostó y  apoyó la cabeza en la arenilla húmeda que bordeaba las piedras. Sin premonición cerró los ojos, abrió las piernas y comenzó a pujar. Millaray alcanzó a estirar los brazos y sujetarme la cabeza que ahí mismo bendijo lanzando salpicones de agua tibia, mezcla del agua densa y purificada de mi madre Relmu y la sangre de la tierra misma, que brotada entre las piedras.
Relmu, que en mapudungun significa arcoíris, me besó en la frente mientras lanzó un gemido de dolor tan intenso, que la hundió en el barro que toda la sangre derramada había formado en el suelo y con sus enormes ojos negros abiertos, entregó su cuerpo a la pacha mama.
Sus relieves de hembra aguerrida formaron un firme montículo rocoso multicolor.
Mi abuela me tapó con su manta negra, esparció hojas de eucaliptus en los rastros de Arcoíris y me cobijó en su canasta acostándome sobre yerbas recogidas, cuyo olor se quedó a vivir en mi cuerpo  y según decían tenía un efecto pacificador en la gente.
La sonrisa de mi abuela demostraba orgullo por mi llegada, su mirada en cambio dejaba ver la espina que la muerte de su única hija le dejó para siempre, clavada en el espíritu.
Mis abuelos me criaron hasta el día de sus muertes. Millaray como flor de oro cubrió con sus raíces el recuerdo del abuelo Curihuentro que se esparció como un círculo negro al centro de la última fogata que alcanzamos a encender juntos.
Yo tenía 7 años, cinco ovejas, un perro y gallinas con pollos a los que les perdía la cuenta. Recuerdo que los días siguientes a la partida de mi abuela, me sentaba con los pies en el río a comer las frutas cocidas que quedaban en la olla grande.
No duró mucho, porque la vecina enterada ya de la tragedia, decidió dar aviso en la municipalidad del pueblo más cercano de la terrible situación de la niña huérfana. Recibí muchos apretones cariñosos en las mejillas, hasta que una tarde en que el frío me estremecía los huesos llegaron en una camioneta a buscarme unos señores que se hacían llamar tíos. Estuve en varios lugares, pasé por doctores, papeles y muchas preguntas hasta que una noche me encontré durmiendo en mi nueva habitación, en casa de la familia Sarmiento.
Aprendí mucho con ellos, llegué a dominar tan bien su idioma, que olvidé el mío casi por completo. Aquí llevo viviendo cinco años, sé levantarme al amanecer, prepararles pan para su desayuno, hacer las camas, limpiar los pisos, ordenar las cosas que casi nunca están en su lugar, cocinarles cazuelas, carnes, porotos o lo que me pidan.  Por las tardes lavar las ropas, plancharlas y dedicarme a coser prendas rotas o jugar con los niños de la casa.
Siempre hablamos de lo muy agradecida que debo estar, ellos me salvaron de ser devorada por pumas o malcriada por indios salvajes que vivían por ahí.
Además amablemente decidieron conservar las tierras y la antigua casa que pertenecía a mis abuelos, aunque para no distraerme con recuerdos, nunca me llevaron a visitarla. Pero me quedo tranquila porque ellos me cuentan que cuidan el lugar y a los animalitos.
A veces me da pena que tengan que hacer sacrificios por mí, como pagarles a más de quince personas para que mantengan ese lugar. Me cuenta la señora que es muy grande y que las frutas, verduras, animales y árboles crecen sin parar. Si hasta un negocio debieron montar, porque no hallaban que hacer con tantas cosas. Y con el tiempo incluso tuvieron que comprar camiones.
Por todo lo que han hecho por mí es que me da vergüenza lo que voy a hacer, pero mis pensamientos ya no me dejan opción. He intentado acostumbrarme a mis nuevas tareas, pero el asco es tan profundo que por las noches, su olor se me impregna en la nariz y las arcadas me nacen desde el alma.
Yo sé que les debo la vida y que nunca tendré la forma de pagarles, pero mis lágrimas ya no se detienen. Siento una pena muy grande.
Esa noche, don Raúl vino como de costumbre y me golpeó en la cara por no estar desnuda. Me tiro las trenzas y cuando estuve en el suelo se me enterró como una lanza afilada. Con mucho dolor en el vientre tomé el cuchillo con que había cortado los choclos, porque a doña Elvira le ha antojado comer pasteles toda la semana. Y en una de las vueltas en las que quedé encima de él, en un solo suspiro mío, le rebané el cogote. Su sangre hedionda impregnó mis manos con las que le cerré los ojos, para que nunca más se atreviera a mirarme.
Por la mañana, cuando doña  Elvira abrió bruscamente la puerta, en busca del marido perdido, un rayo de luz que se colaba por la techumbre con forma de una esferita radiante, la encegueció un instante. Para luego descubrir la escena, que extrañamente emanaba un olor a yerbas tan fuerte que la mujer debió salir de la habitación a desmayarse más allá.
              La perla del sol se quedó hasta el anochecer iluminando la cara del difunto, mientras que de Antillanca nunca más se volvió a saber. 


 (c) Victoria Lozano Díaz

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

Victoria Lozano Díaz nació en Concepción, Chile. Reside en Santiago de Chile

imagen: Chañüntuku, muestra Mapuche, Arte de los Pueblos del Sur, Colección Nicolás García Uriburu