domingo, 20 de diciembre de 2009

Santiago Cabanes Gabarda




La habitación del poeta*


  Suciedad y miseria, paredes amarillentas, descolchadas, sucias y enmohecidas, donde, pegados como sellos, aparecían algunos coloridos carteles anunciando funciones de teatro y algunos recortes de prensa; la única ventana, siempre entreabierta, ofrecía el espectáculo desazonador de un patio interior de ladrillos rojos, en el que se acumulaban oscuros charcos de agua de lluvia...; olor dulzón y espeso, a humedad y tisis, y una única puerta sin cerradura que comunicaba con el patio superior del edificio, donde se encontraban los baños compartidos.
      Entre los escasos muebles que se permitía en aquel lugar, destacaba la cama ancha y de patas alargadas, de sábanas descosidas y mantas escasas, que se adueñaba indecentemente de casi un tercio del espacio disponible, y que resaltaba a la vista por su colchón grueso y rasgado. También un carcomido y viejo arcón de madera de roble, de aire señorial y distinguido, con una cerradura de hierro negro y oxidado, que su propietario creía procedente del siglo quince, si no fuera impensable lo ostentoso y digno de poseer una verdadera antigüedad… Pendida de una pared, una estantería astillada donde reposaban varios libros polvorientos, la mayoría de ellos prestados. Y el resto del mobiliario lo constituía una jarra ornamentada con dos líneas rojas, a la que faltaba un trozo de barro en el borde, y una jofaina de porcelana tosca y esmaltada, resquebrajada y vuelta a pegar, donde reposaba, sobre el soporte de madera, el único espejo de la habitación, un trozo de latón pulido y reluciente que sustituía al original...
     Y esto era cuanto poseía el poeta, al margen de su pretendido talento y de su incuestionable espiritualidad, que últimamente se alimentaba de aires místicos orientales y de vapores de absenta. Ninguna otra comodidad, no había espacio para más licencias, pero el poeta amaba su reducido cuartucho, su reino decadente, porque se encontraba en el centro de París y podía acercarse por las tardes a los cafés, y compartir con los mejores artistas que escuchaban sus problemas y le invitaban a una copa de vino caliente y a algo de sopa aguada. Y con esto había sobrevivido durante varios meses, y se consolaba pensando que pronto el éxito literario llamaría a su puerta.
     Pero todo se transformó cuando los rigores del invierno le forzaron a admitir el regalo de uno de sus escasos admiradores, que modificó, por sí solo, el ambiente arruinado de su pequeño tabuco. Se trataba de una vieja estufa eléctrica, con su rejilla de hierro, dos botones anaranjados y una barra incandescente, que el poeta acató como indispensable en el rigor gélido de París…
     Pero pronto estableció con ella una extraña relación pasional que acabó por admirarle. En un principio, aquella estufa le evocó ensoñaciones de añoranza por la tierra perdida, pues su calor, aunque artificial y aséptico, le recordaba la atmósfera cálida de su Latinoamérica natal. Y creyó encontrar en su fuego un sol radiante, chispas ocasionales, aromas instintivos de naturaleza en carne viva y en su crepitar desacompasado los ecos lejanos de un ritmo de bolero, visiones fugaces de imponentes praderas y un vasto horizonte, de ríos rabiosos y bosques vírgenes… Y acudió conmovido y ansioso a acurrucarse junto a ella, tarde tras tarde, mientras se dedicaba a la lectura y exprimía su torturada creatividad, desparramada sobre un papel que apoyaba sobre sus rodillas. Y no tardó en hablar con ella y en preguntar su opinión sobre este o aquel verso, sobre esta o aquella persona, y alguna tarde de furia desatada, mantuvo alguna discusión encendida con su estufa animado por el alcohol y por su imaginación delirante, desgañitando su garganta en una habitación vacía…
     Y a raíz de estas trifulcas, sus humildes vecinos, que ya le tenían por excéntrico, no dudaron en apartarse de él y le tomaron por loco. De esta forma, el poeta se encontró más solo que antes y se refugió en su nueva amistad con mayor frecuencia, y reservó para ella en exclusiva sus más íntimos pensamientos. Finalmente, un día en que sus desvaríos fueron más acusados, dedicó un verso anhelante a una hermosa criolla de ojos oscuros y labios ardientes, cuando en realidad reflejaba el cariño hacia su nueva y radiante compañera, la única que le proporcionaba esa compañía, ese calor que despreciaba pero a la vez precisaba…
     Lo único que reprochaba a su suerte, y esta sensación le atormentaba y le provocaba la más sincera contrición, era la naturaleza de su estufa, pues se trataba de un producto industrial, fabricado en serie, moderno, que había precisado renovar la deficiente instalación eléctrica de su pequeño reducto. Representaba, precisamente, esa mediocridad sin espíritu y esa degeneración burguesas contra las que siempre se había alzado. Y en alguna ocasión, cuando las punzadas de su conciencia se hicieron más intensas, intentó renunciar a ella, intentó apartarla de su vida, y, una tarde vaporosa y de rabia desaforada, a punto estuvo de arrojarla por la ventana y comprobar cómo su cuerpo metálico se estrellaba sobre los charcos embarrados del sórdido patio, y sus incontables piezas diminutas se esparcían desmembradas.
     Pero no ocurrió así, nuestro moderno Diógenes no supo renunciar a la única comodidad que había aceptado, y continuó dependiendo de ella. El rigor del frío, su nariz enrojecida, sus pies entumecidos y su carácter enfermizo e hipocondríaco, siempre sometido a toses convulsivas, le convencieron que necesitaba el moderno aparato, y acabó por formalizar un trato con ella. Se propuso educarla, elevar su espíritu, sacarla de su espuria mediocridad acomodada, y aceptó por vez primera un trabajo como profesor particular. Y descubrió, para su asombro, que su estufa era buena en música.
     De esta forma, ambos compusieron dos canciones tristes. El poeta añadió las letras melancólicas, apagadas, de hojas amarillentas que se desprendían para siempre de la rama desnuda, y ella colaboró con un ritmo obsesivo de voces agudas y afiladas, polifonías exaltadas que parecían provenir directamente de otro mundo. Y sintió recelo al comprobar que, en algunos aspectos, su alumna aventajaba al maestro, y que se despertaba en ella una creatividad inédita que jamás hubiera soñado…
     Finalmente, una tarde de febrero, el poeta escuchó un traquetear inusual, y no le cupo ninguna duda de su significado. Y se adueñó de su ánimo un terror aciago y, después, le embargó el más agudo de los pesares. El poeta entendió que aquel chispazo, ese minúsculo estallido, eran las últimas palabras, los últimos estertores, de su amada estufa. Y, en efecto, el aparato fue apagando su brillo en una suave languidez, y pronto dejó de emitir calor, de palpitar. Todo había acabado.
     Y, por primera vez en mucho tiempo, los sentimientos del poeta se desataron y aprendió a escribir, lloró, rasgó sus vestiduras, imploró y suspiró. Y no se asombró de que su estufa se hubiera despedido de él, que le hubiera dedicado sus últimas chiribitas, pues era lo más natural que aquel pequeño aparato hubiera presentido su propia muerte... Era obvio que aquella pequeña estufa eléctrica tenía alma.

(c) Santiago Cabanes Gabarda

*cuento preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur (2009)

Santiago Cabanes Gabarda es español.

Vive en Valencia, España.

Es Licenciado en Historia, actualmente trabaja como profesor de educación secundaria.

imagen: Miguel Carlos Victorica, Naturaleza muerta, Colección particular (de la muestra de Alfredo Guttero en el Malba)

sábado, 19 de diciembre de 2009

DCF






Buceo literario


Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera, vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor, y sentados en una mesa, tres niños pequeños devoraban muzarellas… haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera. En ese momento entró ella al bar. Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros; yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja, que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada, vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a salir palabras; yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo, pa´ que me traiga otra grapa:
     -¿Por qué camina usted así? –Le preguntaste
     -Para no pisarlas –respondió el mozo encogiéndose de hombros, y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo; observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras; tú apagaste el cigarro, yo me agache para tocar el agua… y allí viste por encima de mi hombro, como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha… y las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa; los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar, llegaron donde los niños; pasó una muzarella flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida, pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar, claro, a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear; el trago se me había quedado abajo y lo saqué a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.


(C) DCF

Montevideo, Uruguay

imagen: Roberto Rossi, Botellas y copita (de la muestra Vida quieta en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco)

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Daniel Campodónico






La velocidad de tu tiempo*





Y como Icaro…







      Ángela, venía con alas incluidas, por eso volaba siempre hacia el sol naciente, aquel que se ve por la mitad. Quería llegar, verlo al completo y viajaba tan rápido, que el tiempo, no le podía alcanzar.
      Ella siguió avanzando, más y más, con fuerza batía sus alas, viendo allá abajo, pasar el mar. Pero el sol jamás despuntaba, no crecía, ¿curioso?, ¡siempre está igual!
      Ángela comenzó a cansarse… y se quejó; allí un diablillo le dijo al oído: “nunca vas a llegar”, entonces se quejó más, y para exorcizar a esos demonios, ella, convocó a Satán. Este llegó ciego, y a cicatrices cerró su boca; ya no se puede quejar. A cambio: enlenteció sus alas.
      Ahora el sol trepa, el tiempo le pasa; pronto, callada, morirá.


(c) Daniel Campodónico
http://cuentistasami.blogspot.com




Daniel Campodónico es uruguayo
vive en Montevideo, Uruguay


*cuento preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur


imagen: Juan Batle Planas, El lama, témpera sobre papel 

martes, 15 de diciembre de 2009

José Angel Salas Andrés







Mujer otoño*


Mírala bien. Es ella corriendo hacia el invierno. Tierra desnuda de hierba. Árboles desnudos de hojas. Tallos desnudos con piernas vagabundeando por un bosque de corcho. Corriendo entre ensaladas y huertos silvestres. Entre metástasis y simbiosis insufribles. Cometas, estrellas. Grupos de novas y más estrellas. Susurrando el ocre murmullo de las hojas esparcidas hasta el tobillo. Crujiendo. Partiéndose las secas. Doblándose las recién caídas. Doblándome yo. Partiéndose ella conmigo. Una canción que silba. Suena a espacio dormido. A pesadumbre. Duermes. Duermes siempre que yo intento mirarte. Te digo "hola" y tú... asesinas las horas en duermevela. Atraviesas por las rendijas de tus persianas la luz. Que es un balance de la primavera. Savia. Clorofila amnésica. Añades más frío que calor intentas retener. Los frutos secos, secándose, agujerean la mollera de unos cuantos: de mí. De ti. Aunque sigues durmiendo, cuando te despiertas corres. Muy rápido. Como el agua estancada, como la rana disecada. Como la ira desencadenada de una estatua de sal. La sal. Caminos de rastros de flores. No las promesas: son otra clase de flores. Son las que nacen de la explosión del calor. Del aleteo. No hay zumbidos de abejas, sí de moscas. Las de ayer, rondando el cadáver cerca de la charca. Seca. Pero llega el otoño. Otoño y es mujer que da vida. Las primeras gotas que inundarán todo. Y habrá avenidas donde antes el prado ardía. Y habrá brillo del sol rebotando en superficies mojadas. Y así todo el día. Toda la noche. Pero ya te habrás detenido para quedarte. Para recordarme que la lluvia es buena compañera. Un nuevo turno. Los osos comenzarán a dormir. Entonces tú también querrás dormir. Y saltar. Lo harás navegando en canoa. Porque en la selva amazónica no hay balsas. Hay balsas en las islas desiertas, como también hay piratas. Pero aquí hay juncos, y lianas. Aquí estás tú.

(c) José Angel Salas Andrés





José Angel Salas Andrés nació en Zaragoza, España.

Vive en Teruel, España

*cuento breve preseleccionado en el Concurso de cuentos Revista Archivos del Sur

imagen: Covarrubias, Paisaje exhuberante, (de la muestra Papeles Latinoamericanos en el Malba)

lunes, 14 de diciembre de 2009

Helmut Jaramillo Peláez






De la Correspondencia entre Fantasmas*


     En memoria de Paul Vlaes

V C.    Esta es una de esas noches que no puedo dormir, solo quiero saber quienes son los habitantes de tus ojos.
N.M    Hace mucho no están, hace mucho no hay puertas ni ventanas ni ojos ni   ladridos de madrugada, ni motores ni manos, ni luz, ni fé ...
V.C.   Hace mucho que me esfuerzo en  ignorar tu fantasma desnudo atravesando el espacio entre la sala y la cocina, tu fantasma excitado lamiendo mis orejas y mis ojos.     Hace mucho que no tiemble tu alma montada en mi alma.
N.M   Me he quedado sin voz para cantarte, susurrar dulcemente e insultarte, me que quedado sin voz en la memoria, acabo de  enfrentar mi infancia muda, colgada en  tendederos de montaña lluviosa, expuesta a vientos cargados de rencor.
V.C   Alguien se acerca, alguien me percibe y me teme. Y su aliento me borra, me confunde con aretes de hojas de romelia, anillos de jazmines y  collares de lirios, me  pierdo en el aroma de un viejo relicario, y mi ser se congela en tu mirada desbordad en cenizas...
N.M  ¿Por otros treinta siglos?
V.C   Trata de ser espuma, yo seré ola que te mece.

(c) Helmut Jaramillo Peláez

Helmut Jaramillo Peláez es panameño-colombiano
vive en Envigado, Colombia

*cuento breve preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Raquel Forner, Bañista, (de la muestra de Alfredo Guttero en el Malba)

Ignacio Raventós Cardús





Peluquero a domicilio *


  Peino a señoras, afeito a ancianos, corto el pelo a niños y también me ocupo de que enfermos y discapacitados mantengan un aspecto pulcro, digno y aseado.   
  Soy peluquero a domicilio. Voy de casa en casa atendiendo a todo tipo de clientes que por uno u otro motivo no pueden desplazarse a una peluquería.   
     
  Viajo con mi maletín de útiles y mi espejo. De las tijeras, navajas, cepillos, peines, clips, pinzas y tirabuzones no tengo nada especial que decirte que tú no sepas.    
  De mi espejo, este espejo normal y corriente enmarcado en madera y con un base que lo mantiene en vertical, déjame que te diga que le tengo un especial cariño. ¿Que qué tiene de especial? Pues que nos proporciona, a mí y a mis clientes, momentos de gran satisfacción. Es el momento en que, acabado mi trabajo, me sitúo detrás de ellos y veo brillar sus ojos cuando se ven a sí mismos con la cara despejada, el cabello ordenado y bien peinado. Ese  instante es lo que hace que, pese a las duras condiciones, adore mi trabajo.    

  Algunos de mis clientes me preguntan cómo consigo dejarlos tan guapos. Yo les digo que es el espejo quien me guía. Que veo en el espejo a la hermosa persona que en realidad es. "¿Y por qué yo me veo viejo, cansado, enfermo, feo?, me preguntan a continuación. Entonces me gustaría decirles que guarden en su memoria la imagen de sí mismos reflejada en mi espejo y traten de ser esa persona. Pero no se lo digo porque sé que en cuanto me vaya, la realidad de sus limitaciones, padecimientos y soledades volverá a apoderarse de ellos, creciendo inexorablemente como crece su barba, se desordena su cabello canoso o se enmarañan sus rizos. Pero eso no me desanima porque sé que dentro de mi espejo queda grabada la auténtica imagen de cada uno de mis clientes. Caras felices, rejuvenecidas, llenas de ilusiones y sueños. Caras agradecidas que me dicen que sigue habiendo vida para ellos, o que siguen siendo personas hermosas y bellas, como lo habían sido alguna vez en su pasado. Caras que se conservan intactas, inalterables al paso del tiempo y de los hechos, y que vuelven a aparecer, en la siguiente visita, cuando retiro la funda del espejo y me sitúo detrás de mi cliente, para empezar de nuevo.  


(c)Ignacio Raventós Cardús
Ignacio Raventós Cardús es español.
vive en Barcelona - España


 *cuento breve preseleccionado en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur (2009).






imagen:
David Lamelas (de la muestra en el Malba, septiembre de 2006)


Film Script (Manipulation of Meaning), 1972
[Guión de film (manipulación del sentido)]
Film 16 mm transferido a DVD y 207 diapositivas.
[16 mm film transferred to DVD and 207 slides]
Cortesía del artista y LUX, Londres
[Courtesy of the artist and LUX, London]