sábado, 20 de marzo de 2010

Guillermo Bravo




El Avión Mágico

Había cometido muchos errores; algunos pequeños, insignificantes, de los que se mezclan con la vida sin cambiar su curso y otros enormes, del tamaño de un avión. Estaba bastante deprimida, aunque no era su carácter. Cuando estaba así era sólo por unos segundos, como si un rayo de piedra la vaciara y partiera, en realidad era una renovación. Miraba la caja amarilla de cereales y pensaba en un pollo. Todo se le mezclaba, debía ser una falla en su personalidad, todo se le confundía. A veces temía haberse confundido de identidad y ocupar el lugar de otra.
La luz de la mañana era polvorienta, arenosa, de un color crema y rosado, aún no eran las seis. Su hermano acababa de levantarse.
La mañana parecía adelgazar, convertirse en una placa que ella podría lamer ; fue entonces cuando encontró el avión sobre la mesada de la cocina. Estaba tomando el desayuno tranquila...No sé porqué pensó en un avión, era un pequeño reptil con dos alas y un pelaje brillante, de un tono verdoso del azul. Cada ojo parecía un botón, dos medallones sin vida, como si la mirada se les hubiera caído. Las capas de colores se acumulaban en la cara formando una sombra, las patas, por el contrario, eran casi transparentes.
Cuando su hermano entró, ella supo que podía matarlo con sólo hacer un gesto al avión. La cabeza del hermano partió y se acomodó adentro del horno, que se abrió y cerró automáticamente. Daniela miró un jarrón que estaba pleno de flores, sacó unas cuantas y las colocó en el cuello vacío.
¡Extraordinario! -se dijo- Dio un sorbo de té, mirando al sapo alado y pastoso que había dado un paso torcido hacia ella. Era un bicho jorobado y su pelaje tenía algo de la mugre de las telas de araña, parecía un poco de basura.
Salió a la calle y se dirigió a las oficinas donde trabajaba. Abrió la gran puerta vidriada con sólo acariciar el avión, luego lo pensó mejor y la arrancó, colocándola en el aire.
Fue directo a la oficina de su jefe, que la saludó sin levantar los ojos de la pantalla, y los ojos se le comenzaron a inflar. El hombre alzó la cabeza y se tomó las mejillas con las dos manos, los ojos siguieron creciendo, puntudamente. Las pupilas se dilataban y se le salieron de los ojos, cubriéndole la cara, el cuello y las manos. ¿Qué vería este hombre con la vista así atrofiada?
Acarició al avión y la lámpara rodeó el cuello de su jefe y comenzó a apretar. Una lapicera se alzó y se clavó en el pecho. Los empleados se acercaban y ella los iba transformado en vistosos armarios. Vestidos de traje, sosteniendo en un cajón una taza de café.
Pensó que ese edificio-completo- podría ser su casa. Hizo desaparecer todos los pisos, las escaleras, sus compañeros-armarios, el cadáver de su jefe, los otros habitantes del inmueble...Instaló una piscina en el aire, se trataba en realidad de una masa de agua que flotaba a la altura del piso doce, protegida por los muros exteriores del edificio. Se desnudó -tirando su ropa por la ventana- y se metió a la pileta.
Lo mejor de la piscina era que se desplazaba con ella, a medida que iba nadando, hacia arriba, hacia abajo...Pero justamente por esa razón no podía salir...No importaba, no tenía más que pedirle al avión mágico...¿Pero dónde estaba? En el bolso, que había arrojado por la ventana...La asfixia era como una aplanadora contra su rostro...Veía el límite del agua tan cerca...Pero cuando trataba de alcanzarlo, partía, unos centímetros más allá.
Cuando murió, el agua se secó en unos minutos, y de los muros exteriores comenzaron a salir los pisos, y las escaleras, y volvió la puerta de entrada que hasta ese momento flotaba en una nube, y volvió el jefe, y la lapicera salió de su pecho y se posó sobre el escritorio, al lado de unas hojas, la herida se cerró y la camisa se cosió. Volvieron los compañeros y sus cajones y repisas se transformaron en rostros y brazos.
La cabeza de su hermano salió del horno y se acomodó en la garganta, las flores salieron por la boca y entraron al jarrón...La única que no pudo revertir los efectos del avión fue Daniela. Encontraron su cadáver desnudo e hinchado en un banco de la plaza.

(c) Guillermo Bravo


Guillermo Bravo, escritor y editor argentino residente en París. Es director de la revista cultural alba y cofundador de la editorial La Guepe Cartoniere.

imagen: Gego, Sin título, 1980-82 (de la muestra en el Malba)

José Chamorro Guerrero



LEYENDAS DE MI PUEBLO   

LOS CAGONES  


Remontándonos a los años 54 del siglo anterior, en un lugar del Municipio de Ipiales, existe un pueblito llamado Contadero, en donde cualquier comentario o noticia llamaba fuertemente la atención, esto implica que no existía la luz eléctrica, factor que llenaba de misterio a las leyendas. En este pueblo existe un cementerio al final superior antiguo camino de herradura de ir a Gualmatán, a la vuelta de dirección una casa baja donde se vende la chicha mascada, lugar favorito para los que gustaban de este embriagante y el dueño por un sacharme de la vida le puso el letrero LA ULTIMA LAGRIMA, bajando al pueblo a unas cuantas cuadras en calle recta al topar la esquina de los Pérez, existía una choza  compuesta por una pieza para dormitorio, otra para  cocina, en donde corrían los cuyes que criaban los dueños de casa, más al fondo una escalera de subir al soberado en donde se guardaban los granos para consumir durante el año, en la parte externa un corral, que le daban el nombre de chanchera para criar el marrano con los desperdicios de la casa y una huerta casera donde se sembraba el maíz y algunas plantas medicinales, hacia la calle un pequeño corredor frente a la puerta y unas gradas con conducían a la calle, en este lugar vivía Maximiliano Jácome.
Apenas comienza el acontecimiento que les voy a contar.  Dicen que a las medias noches, salían de la puerta del cementerio un par de gatos engarzados por las colas, los ojos chispeantes, su color profundamente negro, rodando sobre el piso y en su maullido parecía que decían por voz compadre, por voz comadre o sea eran los cagones o también en el común denominador de la gente sencilla que vive de recuerdos, los compadres que rodaban calle abajo hasta perderse en la lejanía, tratando de purgar su delito.
Según cuentan este acontecimiento sucedía los días martes y viernes en las noches, y las tertulias familiares se comentaban que eran un señor y una señora,  ambos casados, quiénes eran compadres, pero se cree que ellos vivían en concubinato y por eso en castigo de Dios para purgar su pena se convertían en la espeluznante figura ya descrita, pero Maximiliano ya estaba acostumbrado al suceso e inclusive contaba que salía a la calle y con una rama los asustaba, para él ya no era cosa de la otra vida.
Pero un día,  domingo, cuando los señores y los jovencitos se reunirían en corrillo y se comentaba de todo, hasta que uno de ellos, estando Maximiliano, presente, saca a relucir el tema de los cagones, no más darle cuerda a Maximiliano y cuenta lo que es y lo que no es, y con el creer solitario de la gente, todos escuchábamos su relato, asombroso y miedoso a la vez, hace un alto y uno de los concurrentes, le dice que no serán  Mélida y Pedro, nombres ficticios que utilizo para la narración, que son compadres y viven amancebados, otro toma la palabra y dice que ha él le han contado, que si uno es tan valiente y los afrenta con un machete y los separa, dejan de ser cagones, pero si falla el machetazo los mata a los dos, en la mente de Maximiliano se le creó la duda, al final cuando ya el sol moría en el ocaso uno a uno de los concurrentes a la charla se fue levantando y envuelto en su ruana con pasos vacilantes se fue masticando lo increíble del relato, que luego llevaría a la casa, y la trama cada día se hacía cada  vez más extensa.
Maximiliano, no pudo dormir la noche del domingo, se le fue de claro en claro pensado en los dichos, chistes, chanzas que se urdían sobre este acontecimiento tan popular en el pueblo, en fin con la cara pálida de la mala noche, se levantó, tomó su tasa de café humeante con dos tortillas, encaminó sus pasos adonde guardaba su lindo machete y toda la mañana se la pasó sobando el arma sobre la piedra de afilar, mientras pensaba, que tal que no logre separarlos y los mato, no puede ser me convierto en reo, pero por dentro un impulso lo llevaba a tomar la decisión, por eso escondió el machete bien pavonado debajo del colchón de la cama y se durmió apaciblemente.
Había tomado la decisión, de experimentar el machetazo, ya listo escogió un viernes trece, hasta que el momento se llegó, salió a la calle y se metió  en la sangradera mientras sus oídos escuchaban atentos todo ruido hasta que por fin escuchó el esperado, se envolvió la ruana a la cintura y sin temblarle el pulso de su mano derecha esperó a que estuvieran a tiro y descargó tremendo machetazo y los separó, como una guillotina por la mitad, pero vaya el susto, delante de él no había nada, y aseguraba que si les dio el machetazo, no había otra cosa que  esperar hasta el martes o ir a visitar a los compadres para saber la realidad
Maximiliano, esto no lo contó a nadie pero lo cierto fue que el martes ya no pasaron los cagones por la calle, y él para asegurarse de lo cierto inventó pretextos de visitar a Mélida y efectivamente estaba en la cama con una cortadura de machete en la pierna a la altura de la nalga, éste le pregunta a su amiga que le pasó y ella le contesta que cortando con el machete unas ramas, se le pasó y se cortó la pierna, por lo que se sabe que es cierto, el suceso, pero más de uno al leer estos renglones me ha de apuntar con el dedo y le respondo, Maximiliano Jácome era un servidor de la casa y él pasados algunos años, del hecho, nos contó lo sucedido, y con esto los compadres o cagones desaparecieron de mi pueblo y nosotros , mi familia, soltamos la carcajada.       

© José Chamorro Guerrero

José Chamorro Guerrero  (Contadero, Nariño, Colombia) es Licenciado en Filosofía y Letras y Especialista en pedagogía de la creatividad.
Actualmente vive en Cundinamarca, Colombia.


  imagen: Alfredo Volpi, Hombre con un paraguas en el paisaje (de la muestra en el Malba)