viernes, 30 de abril de 2010

José Chamorro Guerrero



El Ángel de la Guarda

Un cielo esplendoroso acompasado con un azul que revelan un retazo de la mar y un sol radiante que se mira en las aguas, que tranquilas pero con poder recorren el camino hacia su destino, el verde de las plantas que recubren los peñascos del cauce y una que otra enredadera que se extienden sobre las aguas que las hacen bailar al son de las cascadas y de las piedrecillas al ser arrastradas por la corriente, llegan las aguas del Boquerón a un remanso formado artificialmente, con el fin de desviar el curso de una parte del agua, penetra en un socavón de unos treinta metros para luego aparecer y seguir su curso por una acequia recubierta de cemento y como la mente y el poder del hombre son inmensamente poderosos hacen que el agua se precipite en una cascada y  que al golpe sobre la pelton el molino muela y muela el trigo para sacar la harina.
Nos encontramos con un edificio construido sólido como las murallas de Cartagena en donde funcionan los Molinos Diana, con titulo de propiedad Isidoro Cordobés, un insigne personaje Ecuatoriano con títulos de nobleza adquiridos en su tierra y emigrante llega este lugar paradisíaco y apto para sus negocios y construye el edificio que hasta la actualidad produce la harina, en las tardes los incansables obreros se toman sus colas y se ríen con el juego del sapo, lo que los lleva apostar, para darle más interés al juego, unos pocos centavos, ya en la tarde, polvorientos, con el ceño fruncido y con el caminar del buey cansado van llegando a sus casas, en busca de un plato de comida y un lecho donde recostar su cuerpo fustigado por la fatiga y esto, el diario vivir, de un pueblo que solo aflora luces de recuerdo y pleonasmos de vida.
Isidoro, conocedor de la lucha del hombre por el mestizo drenaje, en otra parte de la edificación construye en una piscina, en donde puedan relajar sus cuerpos los obreros, que le producen muchas ganancias, y en donde por las mañanas de los días sábados y domingos dejaba dar rienda suelta a las triquiñuelas de los guapetones y chiquilines que cual néctar de vida se zambullen en el agua y nadan como renacuajos para ganar la otra orilla, es tanta la algarabía y la alegría de los escueleros y curiosos que no se han dado cuenta que el tiempo es implacable y ya las campanas de la Iglesia dan las doce del día, todo el  mundo sale corriendo a vestirse y emigrar hacia las casas donde les esperan unos suculentos platos de comida, que le dan nueva vida al cuerpo, y espíritu aventurero aquellos que nunca sintieron el ruido de los fusiles, que para los abuelos sólo es el recuerdo del trabuco de la guerra de los mil días, que sellara triunfo para uno de los partidos tradicionales, sobre el Puente de la Señora Ignacia, nombre que le daban los nativos a este puente, en donde se sellara otro cuento de la historia de Colombia, me olvidaba deciros que el puente está construido sobre el río Guaítara, carretera que conduce de San Juan a Puerres.  
Como en los molinos había maquinaria y objetos costosos, en la  imaginación del dueño solo podía caber el hurto, porque puedo asegurar que nos encontramos con una casta de gente que prefiere morir de hambre antes que coger lo ajeno, me estimo más, prefieren pedirle al dueño que le regale, que llegar al delito, además las tierras y los patrones , como las tenencias de las tierras son pétalos de naranjo, por lo que por lo menos la familia más pobre, cuenta con lo necesario para comer, con la huerta casera, los cuyes, las gallinas y huevos que luego son canjeados por la sal y la panela. Pero dejemos al dueño con sus jaquecas y sigamos el relato, contrata celadores con dos turnos uno de las seis de la tarde hasta las doce de la noche, y el otro desde esta hora, que para algunas mentes es la hora terrible, que a más de uno lo a tenido al filo de la imaginación volando por el espacio y posando en lugares nunca vistos, dejemos de fantasear y lleguemos al fondo del relato.
Uno de estos celadores era Eleazar Guerrero, hombre apuesto, de buena familia, de contextura fuerte de ojos azules y de voz cadenciosa, que llenaba los oídos de quienes lo escuchaban, si, el turno de la vigilancia le tocó a esta persona, de las seis de la tarde a las doce de la noche, quien con su escopeta al hombro como centinela daba vueltas por el edificio y de cuando el cuando bajo la ruana se daba unas chupadas al pati alzado, cigarrillos conocidos con ese nombre, para que no descubran su posición pero el todo es que le tocó entregar el turno y tomó el arduo y tortuoso sendero que conduce al pueblo, empotrado sobre la roca y abierto por mingas y penitencias que el cura imponía a los fieles creyentes de la palabra divina, cuando Eleazar llegaba a lo más difícil del camino, con una luna esplendorosa, se miraba el abismo y con el pensamiento puesto en la familia, se le presentó un perro blanco como copo de algodón, que comenzó a jugar con el metiéndosele entre las piernas, y él abstraído tratando le dar cacería a tan lindo animal, que llevaba en la frente una llamita amarilla saltona, el tiempo trascurre, desaparece la visión y él sin tener ningún temor, sino con la tristeza de no haber podido hacerse dueño de tan lindo animal, prosigue el camino, pero que sorpresa y susto se le presentan, el camino se había derrumbado y no había por donde pasar,  se hace la señal de la cruz, mientras sus labios musitan una oración, por haberte salvado la vida, sacando fuerzas de ésas que sólo los hombres sin inhibiciones puede tener, recurre a desviar y buscar salida para su dilema, la encuentra, baja por otro sendero a la quebrada Cutipaz y por sobre ella, salta el peligro y llega a la casa, más tarde de lo acostumbrado, la familia asustada del retardo, esperan ansiosos su presencia y todos quieren preguntar a la vez, una vez calmados, Eleazar, narra lo acontecido, se postran de rodillas y rezan un padrenuestro, porque el Ángel de la Guarda salvo de la muerte segura al señor de la casa.
Qué gloria es tener el espíritu tierno y  la mente inquieta sólo para los recuerdos y el masticar de la palabra que diluida en el alma se vuelve vivificante y es eterna de vida.
Recuerdos dan recuerdos, Eleazar tenía una hermana, Emma casada con Luis Chamorro, y de este matrimonio había un seminarista, que a igual que el  la poseía, llevaba la banda azul, fajada a su cintura y por un lado casi llegar al suelo en flecos, es Manuel, pero si de decir y sembrar las virtudes y los dones, este seminarista, una noche a eso de las ocho de la noche, saliendo de la iglesia, años más tarde de lo anterior, de rezar una oración, vaya sorpresa que se encuentra en el pretil de la Iglesia un perro blanco como copo de algodón y en la frente una lucecita amarilla que bailotea al viento, juguetea con el animal, hasta que éste desaparece y encamina sus pasos hacia su casa. Dije anteriormente recuerdos, traen recuerdos, me dirán que es esto, les contesto que esta familia estaba protegida por el Ángel de la Guarda, porque en la historia de la vida del posterior Sacerdote se va iluminar el sendero de estas esperanzas y  amabilidades del eterno para con él, los dejo con la inquietud de saber el resto, o quizás en otra parte de mi vida me acueste, con la mirada puesta sobre el tumbado, buscando los recuerdos y los plasme en un escrito que sólo hablen de Dios.   
© José Chamorro Guerrero
Cundinamarca
Colombia
 
 imagen: Alejandro Puente, Aguaray (de la muestra de Alejandro Puente en el MUNTREF)

Martha Minteguía





Prisionero de un Cristal *
 

El tren corre entre las montañas como un río secreto,  zigzagueando las curvas de la vida.
Damián va con la mirada ensimismada en una apartada región de soledad como navegando debajo de todo lo que ve, a través de los cristales errantes de la ventanilla.
En sus manos un libro sobre Entelequia de Radmon Riter descansa en sus rodillas. Quizás imagina una máxima perfección de segmentos inscriptos en su alma.
“Cualquier figura pude inscribirse en el interior de un círculo...”(Razona).
Entre los pasajeros del tren busca la belleza en los rostros, cosa bastante difícil dada la vulgaridad de los pasajeros.
“ Aquella mujer por ejemplo, con ese pigmeo que tiene por hijo, parecido a un diminuto y flaco Quasimodo con ese sobretodito mal hecho....”
En su soliloquio  se suceden sin secuencia lógica las percepciones del mundo exterior con las reflexiones morales, metafísicas y sociológicas.
Su viaje es una búsqueda de sí mismo, como un sueño donde se ve igual que un títere pura apariencia y sin nada adentro en una cadena de posibilidades infinitas.
Su problema comenzó  cuando en el teatro donde actuaba, le asignaron el extraño papel de practicar la cristalomancia y descubrir los conocimientos intuidos. 
Ya nada fue igual a partir de ese momento. 
Fue tal su concentración, que solía salirse del guión y efectuar predicciones desconcertantes para el resto del elenco que no sabía qué pasaba y no podía seguirlo.
Hasta creía ser una reencarnación de Rasputín o del Sumo Sacerdote Inca.
Para él, el radar y la televisión pasaron a ser sólo instrumentos mecánicos.
Sus ojos comenzaron a bordearse de profundas ojeras y caía en meditaciones que parecían trances, lo que provocó su despido de la compañía. 
La mujer vuelve a moverse en su asiento y Damián profiere un exabrupto justo cuando un silbato estridente resuena y entran en las fauces devoradoras de un túnel.
En esta puerta sin sol del laberinto, todo el circuito periférico del joven se desconecta de la realidad y cae en un sueño profundo. En medio de él y en la oscuridad total, escucha un ruido como de ropas que se deslizan e inmediatamente, descubre que soy yo quién está sentado a su lado con un block y mi lapicera. 
Cree ser un ente de ficción que ve a su autor, quién con su presencia le impone la negación de su propia existencia.
Con manos temblorosas extrae la bola de cristal que refulge en la noche del vagón.
Pongo mis ojos y mis labios en ella para aparecerme, ya que él se niega a mirarme de frente.(Me he cansado de su suficiencia).
“Si crees que negándome no existo, estás muy equivocado. Soy quién te dio vida y los poderes que posees, pero además necesitamos al lector, y si te obstinas en ser el actor principal y obtener una para inmortalidad, no dudaré en ponerte en evidencia para
desacreditarte. Damián, sin quitar los ojos de la bola, se palpa tratando de verificar su consistencia presa de un tormento en espiral.
“Lo físico es la superficie, pero mi alma es la profundidad.” (Piensa).
Se esfuerza en recordar los conceptos del libro Akásico para conocer sus principios etéreos, pero una intensa nebulosa se aposenta en la esfera que consulta.
Un presentimiento desolado lo inunda, pero haciendo acopio de sus fuerzas trata de huir en un movimiento vibratorio o estremecimiento del éter de su sustancia, poniéndose de pie.
“Si hablas así del lector, supongo que él me tendrá en alta estima luego de conocerme y antes de que tomes ninguna medida conmigo”. (Dice contrito)
“No estés tan seguro, le contesto.”
Un nuevo silbato anuncia la salida del túnel, mientras desde el Arcano cuarenta y tres, mi personaje comienza a alucinar, la locomotora sale del ámbito de los rieles de turbio azogue y en una sentencia que no parece reversible, la sitúo entre el tiempo y el espacio, mientras “mi” Damián queda prisionero del cristal. 
Sólo las hojas de mi cuento se detienen en las vías junto con el libro de Riter y una esfera transparente que brilla entre los rieles.
Deseo que las transformaciones no sean la tumba de lo absoluto. 




*cuento publicado en el libro "Espejos y enigmas" (Editorial Martin), publicación autorizada por la autora.
 © Martha Minteguía

Mar del Plata
Provincia de Buenos Aires
Argentina

imagen: Frank Stella, The Whale -Watch (de la muestra de Frank Stella en el Malba)

lunes, 12 de abril de 2010

Mariano Catoni





Anecdotario de Rolando Q


     Por allá va el camalote, es como el nadador que se pierde en el tiempo. Ahora pasa cerca de un remanso loco y gira más de treinta veces. Los remansos tienen eso, se enamoran muy pronto de todo e insisten sobre lo mismo hasta que se olvidan. No obstante, jamás se vuelven serenos. Al primer día una rama, al día siguiente el cadáver del carpincho prófugo, y luego quizás una hoja, una botella, una canoa, o un barquito de papel librado desde esa canoa por el nene de don Hilario Menéndez, si existiera tal persona, si existiera tal barquito, por supuesto. 
     Rolando Q. piensa y sueña con los días de los que habitan más allá, al cruce del canal, al intersticio de los brazos y panamericanas que se forman entre medio de las islas viejas en donde los caballos son mansos y las casas se levantan a la altura de la prudencia, no es cuestión de arriesgarse: el Río Paraná a veces no puede contenerse y aunque pide perdón, igual destruye, ya que así como el árbol recibe al rayo, el río también inunda. Y bastante. 
     A las doce de la noche en La Florida va quedado casi nadie, mañana se trabaja y la mayor parte del tráfico vuelve hacia el centro de la ciudad. A estas alturas la madre del nene que soñara con la figura del hombre de arena sobre la playa caminando y metiéndose al río, debe estar dormida, recostada, o tal vez golpeando las zapatillas de su hijito con todo el fragor de la madre que es cuidadosa y preocupada. 
     Y bien, piensa Rolando, que esta vez no sea taxi, que esta vez sea colectivo, pues ahora me falta la naranja y no tengo nada qué ofrecer más que la conversación o el rato de compañía. 
     Ya en la esquina, y en el silencio de las estrellas que por aquellos rumbos siempre se ven con algo más de exactitud o de precaria tranquilidad,  Rolando nota que alguien está por acercarse: 
         —Buenas noches —le dicen.
         —Buenas noches.
         —Perdóneme que le pregunte esto, señor, pero ¿no tendría un peso como para el colectivo? Necesito viajar sí o sí y no tengo plata.
         — ¿Qué colectivo toma?
         —El ciento dos.
         —Tiene suerte. Yo trabajo en esa línea, en un rato hago el cambio con mi compañero. Yo lo llevo y no le cobro —dice Rolando.
         —Cuánto le agradezco.
         —No hay problema. 
    Treinta minutos después 
         —Allá, allá viene —dice Rolando y hace señas. 
     El colectivo frena. Los dos se suben, el coche está  casi vacío, van tres personas: una anciana durmiendo, un muchacho mirando por la ventanilla y una mujer cincuentona leyendo un libro. 
         —Hola —dice Rolando y después se acerca al chofer y le susurra algo.  
     Este último asiente con la cabeza. El muchacho espera inquieto, algo no le está gustando. Él no sabe que está  por ser protagonista de un momento socialmente mágico. 
     Rolando se para en el medio del pasillo, con la vista hacia el fondo. Entonces se lanza: 
    Perdón, vida de mi vida, perdón, si es que te he faltado, perdón, cariñito amado ángel adorado, dame tu perdón… 
     El colectivo sigue y de vez en cuando el chofer observa al muchacho:
      
     — ¿Vos no cantás?
    —Sí, sí. 
     Incómodo y con una vergüenza hermética, debe sumarse y lo hace entonando algunas estrofas, por instinto, por sentido común, incluso a veces tararea porque se queda sin nada y no sabe qué hacer. No sabe si seguir el ritmo con las manos o silbar o. Hacer algo, lo que sea con tal de no quedarse parado y que la gente empiece a sospechar. Este viejo chiflado, ay, como me hizo entrar, piensa. 
     En determinado momento llegan al centro y los dos se bajan en la misma esquina: 
     —Usted está loco, viejo.
    —Y usted cantaría mejor si supiera la letra. Los Panchos ¿cómo puede ser que no conozca al trío Los Panchos? 
     El joven se va, pero al otro día, mientras se ducha, modula algunas estrofas sencillas de una canción que no sabe cómo se llama; dos semanas después, toma clases de canto, tres meses más tarde le escribe algunas letras al río. Tal parece ser que todo concluye para él y su familia, cuando el remanso loco se enamora de esa voz, y sus canciones empiezan a sonar en todos lados, incluso en la noche, en las distintas radios que llevan los choferes de colectivos para hacerse un poco de compañía. 
     El tres de enero nace un éxito: Viejo en la noche. 
      Cada vez que Rolando escucha esa melodía se acuerda de aquel momento y siente la necesidad de bailar muy despacio, con alguien, con una escoba, con una mujer, con el aire, con lo que sea. 

(c) Mariano Catoni

Rosario - Provincia de Santa Fe


Mariano Catoni es periodista graduado del ISET N° XVIII; ha escrito notas en el Semanario 30 Noticias de la ciudad de Rosario y colaborado como corresponsal político para la radio AM 1010 de la ciudad de Buenos Aires; en el 2004 recibió el 2° premio nacional Eugenio Zagarzazu por su cuento El infante imaginario y en el 2005 publicó su primer libro de relatos titulado El acróbata de plastilina; fue finalista del Concurso de Cuento Corto Álvaro Cepeda Samudio en Colombia con el texto Felipe y el graffiti, obtuvo el 3° premio internacional de la academia de tango de Montevideo en el Concurso Alberto “Pocho” Domínguez, Uruguay, por su texto Felipe y los besos, Mención en el premio internacional Adolfo Bioy Casares organizado por la Municipalidad de Las Flores; y Mención en la categoría Obras Inéditas en el Concurso Provincial de Narrativa “Alcides Greca“ año 2007, por su libro Felipe Flap, organizado por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe.Primera mencion en el concurso”5 de julio de 1807.Un pueblo en armas”por Espacio Y: lugar cultural,  del Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires”(2008), finalista en el concurso Art Nalon letras de cuento corto en Asturias –España (2008),cuento Las ranas; ha obtenido el segundo premio de relato breve de la Noble Villa de Portugalete año 2008, ha participado en diversas antologías junto a otros autores de Argentina y ha escrito ensayos sociales y guiones para cortometrajes animados, como así también para teatro y cine. En febrero del 2008 fue contratado por la agencia literaria italiana Eulama. Actualmente trabaja en su sexto libro. El autor nació en Buenos Aires en 1981, vive en Rosario, Santa Fe.


imagen: Alfredo Volpi, Fachada con sirena (de la muestra de Alfredo Volpi en el Malba)

Magda Lago Russo



El silencio de un adiós 

La noche tormentosa se ilumina con la luz zigzagueante de los relámpagos, la lluvia como cascada no cesa de caer. Entran a la cabaña y se despojan de la ropa mojada, él se desploma sobre el lecho luego de cubrirse con una bata, ella decide tomar un baño reparador.
Al acostarse, él se siente invadido por negros pensamientos, ella con una insinuante bata de satén, se recuesta a su lado y lo rodea con sus brazos con suavidad él se desprende de ellos y se vuelve de espalda. Esa noche, no siente atracción  hacia ella,  miles de ideas acuden a su mente, sabiendo que tiene que irse obligado, abandonar todo sin saber si retornará, siente la angustia de un moribundo e inquieto se revuelve en la cama.
Ella no insiste presiente que algo lo inquieta, nunca lo sintió tan distante como en ese momento.
Cuando se encuentran, el tiempo no alcanza para expresar con los cuerpos, la pasión que los desborda. Paciente se abandona al sueño, sabe que al día siguiente le contará todo.
Él con los ojos semi cerrados, piensa en la orden de partida que esa mañana ha recibido para salir al amanecer. Ella siente como la mano de él se apoya en su hombro y sonríe entre sueños.
El viento ha despejado el cielo, la lluvia ha cesado y entre nubes una luna recién nacida ilumina la alcoba, el rostro de la mujer se recorta sobre la almohada, él no se atreve a despertarla al ver la placidez que la envuelve.
Cavila, cuando ella despierte él ya no estará y se siente conmovido ante esa mujer que lo ha amado y que él ama con ternura y pasión.
Desea que quede al margen, sólo a él le pertenece el dolor, la angustia de la ausencia, cada vez más cercana. Se siente un poco egoísta al no compartirlo con ella,  va a sufrir y a desilusionarse quizás de él, ¡mejor! Creerá que no la ama, pero no puede despertarla en medio de la noche y decirle:”me voy”. No podría soportar la despedida.
Todos los planes de vida quedan truncos ante lo insólito de la partida junto a otros hombres que como él son empujados a una guerra sin destino, que ellos no han determinado.
Vuelve a mirar a la mujer, atravesada en el. lecho extendiendo una pierna que apoya sobre la de él, como deteniendo la partida.
Muy suave para no despertarla se fue separando, sin esperar más, se viste rápido y en silencio, con cuidado abre la puerta, se da vuelta para mirarla levanta la mano a modo de saludo, mientras aprieta el adiós en la garganta. 

(c) Magda Lago Russo


Magda Lago Russo: Nació en Montevideo -  Uruguay. Químico Farmacéutica. Co-Fundadora del Taller de Creatividad Literaria “La aventura de escribir” de la YWCA Costa de Oro (Uruguay).Incursionó en talleres literarios y clubes del libro Ha escrito una novela grupal:”Las cuatro estaciones”, Novelas cortas individuales:”La caja de Nyco”, “De recuerdos y soledades”,”Todo tiene su tiempo”,”Mundos Diferentes” Revistas literarias.
Recibe dos menciones de honor: 1997 y 2006 respectivamente de la Revista “Xicóalt”(estrella errante)de la Organización Yage (Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericana) de Salzburgo Por Trabajos sobre temas ecológicos..

imagen: Benito Quinquela Martin, Amor en el puerto (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni en el MUNTREF - En la colección del Museo de Bellas Artes de la Boca)