domingo, 23 de mayo de 2010

Carlos Meneses


Yo no soy Ingrid

                
    Tiró el bolso sobre la cama con movimiento fatigado. Se quitó los zapatos sin emplear las manos y descalza fue hasta la otra habitación que carecía de puerta y la  separaba de su dormitorio una vieja cortina amarilla. En el camino hizo rechinar la cremallera de su falda y quedó al aire un trozo de su muslo lleno y el perfil de su braga negra. Se soltó el pelo rubio que le llegaba a los hombros atado a la nuca con una cinta roja. El muchacho que estaba en la otra habitación dejó de leer un instante, la había visto correr la cortina pero no había respondido el saludo de ella . Levantó la vista con lentitud, parecía que sus ojos se hubiesen despegado con esfuerzo del libro que leía y luego  volvió a sumergirse en los centenares de páginas sobre Derecho Penal. La luz de un pequeño cenital caía de lleno como una enorme moneda de oro sobre la mesa, iluminando manos, ejemplar y papel para apuntes. 
    La mujer revoloteó sin prisas pero con agilidad en torno al estudiante.  Parecía querer hacerse notar y a la vez no interrumpir la lectura. Lo besó dos veces, la primera sobre el pelo, la siguiente en la mejilla. El nuevo beso fue bastante más largo, no  mudo como el anterior, tampoco de una sonoridad escandalosa. El dejó que en su rostro apareciera un atisbo de sonrisa de escasa duración. 
-Nunca más me dejes sola los viernes – le pidió ella volviendo al dormitorio -, los  otros días no importaría tanto –, se sentó en el filo de la cama y empezó a darse masajes en los dedos de los pies con aire de infinito cansancio.

     El muchacho en la otra habitación seguía leyendo metido dentro de una escafandra de silencio. No se había preocupado por saber si en su mejilla besada habían huellas de carmín. Tampoco miraba ni por un instante a la mujer que  se había tendido de espaldas  a lo ancho de la cama. Desde esa posición siguió hablándole. Posiblemente convencida de que no recibiría respuesta.  
-Estuve a punto de soltar un sí. ¿Qué hubieras hecho si no hubiese vuelto esta noche? – se volvió a sentar siempre al borde del cama. Siguió hablando con la mirada puesta en la luz que desdibujaba la cabeza del estudiante -, era un hombre fuerte, de esos que dan seguridad, ¿sabes?. Además, no era tosco, despertaba simpatía, estaba bien vestido y hasta olía bien. Fíjate cuantos puntos a su favor.- Se quitó la falda y la blusa. Sus brazos y piernas eran fuertes, muy blancos. Las caderas ligeramente anchas conjugando con su edad. -  La última vez que no volví a la hora habitual te molestaste. ¡Qué tontería!, pero me gustó tu cólera -,soltó una carcajada sin estruendo que duró un instante.

    En paños menores y siempre dando referencias de su trabajo volvió  a acercársele al muchacho que no había articulado palabra. Se situó detrás de él como si quisiera leer por sobre su hombro lo que estaba estudiando. Contempló un momento el libro y la nuca del joven. Parecía reverenciar no al estudiante sino al hecho de estudiar. Dudó antes de acariciarle el cabello negro con una mano, finalmente optó por pasar su mejilla con la suavidad de un pañuelo de seda sobre la sien del lector. El abandono un momento la lectura.. La miró igual que si despertara de un profundo sueño. 
-Otro quiso invitarme cava y estuvo a punto de bañarme con ése líquido verdoso que no me gusta –, le contó con los labios pegados a una oreja del  estudioso y con un susurro de voz -, lo rechacé por supuesto, era horrible. Bajito, rechoncho, con unos pelos grasientos, sudaba como un diablo y olía a cerdo podrido –, le hacía guiños y gestos de evidente coquetería.

-Si me contaras qué  repertorio hizo sonar hoy  el Viejo Azabache, me ayudarías a disfrutar de un pequeño recreo y luego seguiría estudiando – una voz sin matices. El cansancio parecía adormecerlo dando la sensación de que en cualquier momento podría quedarse dormido.

    La mujer pasó un dedo largo con la uña pintada de rojo sangre por los labios de él. Era una caricia, no una intención de censura. Se desabrochó estirando los brazos hacia atrás, el cierre de su sujetador pero no lo dejó caer. Volvió a tomar camino hacia el dormitorio. De una mesa pequeña y redonda tomó un cigarrillo y un mechero. Empezó a fumar con fruición. Volvió a la cama y se sentó sobre la almohada con las rodillas altas, cerca de su barbilla, el sujetador había caído. Durante un instante estuvo mirando al muchacho que parecía dispuesto  a seguir encerrado en la lectura. 
-Todo fue música afrocubana – le dijo elevando algo la voz y echando las cenizas del cigarrillo en un cenicero de latón que había en la mesa de noche – el Viejo cantó un bolero precioso. Lástima que como siempre terminó a las doce y se fue. Luego del intermedio vinieron los otros, los bulliciosos. Rock a tope, y como si quisieran romper los tímpanos a medio mundo. No me quejo es ruido que aturde y eso es lo que yo necesito en las horas de trabajo, aturdirme.

               El estudiante no abrió la boca.

-     Te lo he dicho muchas veces. Me convierto en una parte de esa música ensordecedora y bailo como una loca. En cambio las melodías que canta Viejo Azabache me hacen tiritar de emoción, esas no se me meten en las orejas sino en las venas. Tú me dijiste que en esos momentos yo parecía una nota musical. Me pareció encantadora la comparación. No sabes cómo me sube el ánimo pensar que puedo ser una nota musical aunque sea por un  instante. ¿Qué nota? A veces soy Re, otras Sí, me gustaría ser  Do -, dudosa, algo decepcionada - ¿ me estás oyendo? – al no haber respuesta queda en silencio un largo momento.

     Apaga el cigarrillo con fuerza sobre el cenicero. Sus andares no son airosos, se queja de estar muy cansada, de que sus pies están destrozados. Se vuelve a detener junto al muchacho y mira atenta el libro. Sabe muy bien que es la última asignatura que le queda por  aprobar, después tendrá su título de abogado. El título con el que viene soñando desde que lo conoció.
   La misma noche en que se vieron por primera vez decidieron vivir juntos. Ahora no le pregunta cuándo se examina, está enterada de la fecha desde una semana antes. Se nota que cada vez le cuesta más trabajo reanudar la conversación que en realidad es un monólogo a base de preguntas con voz extenuada. 
    En una esquina de la habitación está el toca discos. Busca minuciosa alguno. Suena la voz de un cantante de boleros, es una voz suave,  la imagina como una caricia sobre todo su cuerpo. Baila casi sin mover sus pies descalzos del  sitio que está pisando.  
-¿Si apruebas qué harás luego? – Le ha temblado la voz al hacer la pregunta -, habrás concluido la carrera, – el miedo a la respuesta se le nota en el ademán que abarca toda su figura.  -, ¿Te resulta difícil responderme? – aguarda con la boca entreabierta, parecería que le tiemblan los labios muy rojos.

  El muchacho deja de estudiar un momento. La mira como si fuera una estatua sicalíptica. Contempla sus pezones como dos ciruelas enormes. Su ombligo ojival  motivo de tantas emociones en los primeros tiempos de convivencia. Ella espera ansiosa una respuesta.  
     Tarda en llegar la voz del joven. La mujer estira una mano hacia él como invitándolo a bailar.  Hay pereza en el muchacho para levantarse. Su cuerpo esmirriado no sigue el compás  con la elegancia y fidelidad que ella impone. Lleva un pantalón corto que deja libres sus piernas delgadas y fibrosas. Bailan lentamente, sin que la conversación  se interrumpa.  
-Todo está  conversado desde hace  tiempo – dice al fin el muchacho que acaricia sin emoción uno de los senos de la mujer. La pregunta le ha hecho perder la fatiga que se empozaba en sus pupilas y clava su mirada en los ojos claros de la bailarina-, nada te puede coger desprevenida. No se trata de  huir de tu lado.- Le acaricia casi por compromiso la mejilla.  Luego baja hasta el hombro y desliza la palma por la espalda igual que si la estuviera haciendo resbalar sobre un espejo. La besa en el cuello sin excitarse y vuelve a su silla de estudiante.

     Al finalizar la  melodía  ella se aleja a paso fatigado, con la cabeza ligeramente inclinada y las puntas de sus cabellos cosquilleándole los senos redondos como dos bolas de nieve. Coge otro cigarrillo, tarda en encenderlo, luego desiste y lo deja humeando sobre la mesa de noche. No sabe si meterse en la cama y dormirse o seguirle hablando a su  joven conviviente. 
-    El compromiso era claro. Uno apoyándose en el otro, ninguno aprovechándose del compañero – está quieta, erguida, mira hacia la mesa del lector, que cada vez le parece  más lejana. Como si alguien alargara la habitación y retrocediera la mesa hacia la pared del fondo - , sólo era un trato a plazo fijo, o sea un trato con final incluido.- El tono de amargura ha sido evidente. Esa regla debería aplicarse a todas las parejas del mundo. Nos unimos por  dos, cinco,  diez años – hace una pausa, le ha temblado la voz pero se recupera -, después de ese tiempo cada uno por su lado - ,fuerza una sonrisa que brota humedecida en tristeza. 
     No hay respuesta, aunque el joven la está mirando y ha olvidado el libro. Tampoco ha hecho ningún movimiento. Quieto, dubitativo, sin el menor aire de altivez o desagrado. Mira a su Venus con cuatro décadas encima de los hombros. A la que en los inicios de la convivencia le decía tiernamente, putuelita linda, sin la más mínima intención de ofensa. Su mirada no niega agradecimiento. Tampoco olvida las emociones, los deleites, hasta los delirios vividos junto esa figura que ha comenzado a perder elegancia, ensanchado desagradablemente y ya sin la flexibilidad de antes. 
   El debe pensar: esta Ingrid no es la misma que conocí hace cuatro años en el Zeppelin. Bailaba junto a media docena de chicas sonrientes y generosas en la exhibición de sus cuerpos, no siempre afortunadas en sus movimientos al compás de la música frenética.  
-Te repito – dice de pronto él – no huyo de ti. No me alejo feliz como si saliera de una cárcel. No han sido años de cautiverio. Simplemente es un compromiso que llega a su final –, habla pausadamente, sigue con atención el ir y venir de ella alrededor de la cama. La ve sentarse como una derrotada y sabe que ya no es  la fatiga del trabajo – ¿Ingrid, me estás oyendo? –, inquiere  con énfasis.

     La mujer se pone de pie con celeridad. Tiene aspecto de haber sido abofeteada y está dispuesta a defenderse. Desde los pies de la cama lo mira un instante con rabia. Da la sensación de que se le va a aproximar para clavarle sus uñas rojas y largas en el cuello. 
-¡No me llames Ingrid! – interviene enérgica – ese nombre no es para ti. Es para los demás. Soy Manuela.  Manola, Mani como me empezaste a llamar. Manilla como me llamó el que te antecedió y estudiaba medicina o Nuly, como me llamó el que hizo la carrera  de arquitecto, un ingrato, nunca vino a visitarme, ni me mandó una triste postal, como si no tuviera el título gracias a mí -, queda muda y cabizbaja unos momentos.

     Duda un instante, finalmente levanta  sábanas y se mete en la cama igual que si la obligaran a entrar en un calabozo.  Bajo la ropa de cama se quita la única prenda que queda sobre su cuerpo, no la agita como una bandera, igual una invitación a la fiesta como tantas veces en noches pasadas. Su mano laxa la dejó caer al suelo. . 
     Sabe que el sueño no va a llegar después de esa fría conversación pero sí está segura de que él aunque tarde   vendrá  a la yacija. Lo esperará, una, dos horas.  Tal vez más.  
-¿Nos despediremos con una fiesta? – pregunta lánguidamente ella.

-No, no nos despediremos.

-Una noche  volveré del cabaret y ya no te encontraré?.- Parece al borde del sollozo.

-No hablemos de eso, dejemos que suceda.- Apaga la luz que cae sobre su mesa de estudio.

    Se dirige hacia la cama, resignado levanta las sábanas y se acuesta a su lado. Ella lo toca como si fuera la primera vez. Está pensando con dolor y con un hilo de esperanzas a la vez, en la necesidad de cubrir la ausencia del estudiante. Deberá ser otro que estudie cualquier carrera. 
© Carlos Meneses




Acerca del autor:


Carlos Meneses nació en Lima, Perú.  Ha vivido fuera del Perú en : Buenos Aires, Santiago de Chile, Barcelona, Madrid, París, Aix.-en – Provence, Berlín y Palma de Mallorca. Vive en En Europa desde febrero 1961, en Mallorca desde diciembre de 1963. Profesiones u oficios: escritor y periodista. Los ha practicado en Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Marsella, Madrid y Palma de Mallorca. 
   De los 28 títulos publicados destacan las novelas : “La muchacha del bello tigre” (Gijón 1983).
 “Bobby estuvo aquí” México DF 1989. ( Segunda edición,  Lima 2006) “El amor según Toribia  Ilusión” Barcelona 1993. “Huachos rojos”, Lima 1996, segunda ed. 2005. “A quién le importa el prójimo”, México DF 2000 . “Edén Moderno” (premio Ciudad de Valencia) 2003  y “El héroe de Berlín”, Lima 2006. Y los ensayos “Borges en Mallorca”Alicante 1996. “El primer Borges”, Madrid 2001. “Transito de Oquendo de Amat”, Las Palmas de Gran Canarias 1972. “Miguel Angel Asturias, poeta” Gijón 1975. “Rubén Dario en Mallorca”, Palma de Mallorca 1993.”Seis y seis” (cuentos) México DF. 1980. 
  Premios : Nacional de teatro del Perú por “La noticia” 1958. Premio Inca de periodismo, Lima 1959.  Insula de poesía, Palma de Mallorca. Periodismo literario, Cádiz l987. Premio de novela Ciudad de Valencia, 2002. Ciudad de Peñíscola de cuentos, 2006.  
     

 imagen:


Francis Bacon
Dos figuras con un mono
Col. Museo Rufino Tamayo
(de la muestra en la Fundación Proa)

   
 


José Chamorro Guerrero


Procesión de la otra vida *
 
Tan satírica es la vida, los gorriones tirándole a los cazadores, la mansa oveja enamorada del lobo feroz, la blanca paloma sin el ramo de olivo, el circo romano sin sus gladiadores, que la mente crea a la loba para amamantar a Rómulo y Remo, que Bolivar en el Monte Aventino, jurando libertad para su patria, que la capilla Sixtina con sus campanas taladrando los oidos, Nerón tanto ama a Roma que la quema, que las murallas de Cartagena impidiendo el paso de la esclavitud, que el Pirata Barba Azul a golpe de remo surca los mares en busca de tesoros, que Galápagos se eterniza con sus tortugas centenarias, las ruinas del Partenón, clamando venganza a la vergüenza, que el Estrecho de Bering, nos conduce a una nueva generación, que el triángulo de las Bermudas, nos da la ciencia ficción, lo mismo que el Capitán Nemo con el submarino, o el Abate Faría que ciencia escala desde las cuatro paredes que le sirven de cuartel.
Como llegan los conocimientos a torrentes, todos quieren salir, pero hay que frenarlos, ya que todos me piden salir a luz en esta vida, no se qué hacer, medito, en fin demos rienda suelta a la imaginación y lleguemos al mito de la Caverna Platónica para conocer la verdad y el engaño, que precipicio de salud, Cervantes preso por haber escrito el Quijote, sediento Aquiles, se enfurece por el rapto de su esclava, soñar nada cuesta con la Colombia en donde, plagiando las palabras del escritor, Por quien Doblan las Campanas, si decir que el fuego, el agua y el aire, elementos de vida, sólo el devenir histórico, lo dirá, o la fecha del más allá, Nadie puede bañarse dos veces en la misma agua, o que se dijera, ver para creer, el Capital de Marx, campeándose por el comunismo, si, señores la inocencia de los amores Idílicos de María con Efraín.
Recurro a los ideales y miro a Cuba, con su manifiesto comunista, a los indios Chullas en la provincia esclavos de su mismo deber, acordaos, mis señores que no es fácil decir  las horas, los colores y los olores, en un escrito donde sólo trata de robarle un lance a la tristeza, con un Milagro Sobre el abismo, de Manuel, los escuálidos camellos atravesando el desierto, el feroz galope del caballo, que bien lo conduce, Benhur.
Columpios de ideas y de centurias, se presenta , la Iglesia con todo su esplendor, saliendo a recorrer las calles con el santo Sepulcro en un Viernes Santo, a eso de las ocho de la noche y dando fin al convite a la una de la madrugada, pero el verbo dice, por las lomas que dilatan la mirada, se mira  una especie de procesión, por el deslumbre de los cirios, y en medio de los cuerpos cadavéricos el Chita, también alumbrando con su cirio, mira a todos, pero no alcanza sino a mirar unas sombras con las túnicas, terminadas en una calavera y el cirio portado por esquelética mano, nada de sueños, se pellizca, para ver si está presente, y no puede dudarlo en ningún momento, pero el camino hacia el abismo del peñasco se acerca, entonces decide dar la retirada, apaga su vela y sin ningún temor llega a la casa, y esconde este objeto en el soterrado.
El tiempo pasa y Anselmo o Chita, pesca una enfermedad tan rara, que llegando las seis de la tarde se va a la cama y a las cinco de la mañana, el mozuelo haciendo travesuras y ruidos por toda la casa. Con los ojos en las cuencas, con los pómulos salientes, y su esquelética figura, sus padres, temen que se trate de una enfermedad grave, acuden al médico, de aquellos tiempos, pero nada le encuentra, el muchacho sigue de mal en peor, la gente comenta y cuando el chisme se riega surgen las sugerencias, hasta que el mochuelo, cae en manos de un curandero y lo hace confesar que a donde estuvo , el responde en la procesión de las lomas, el viernes santo, el curandero astuto, le pregunta que si algo le dieron, el contesta que un cirio, pero donde lo tiene, no le queda otro remedio que entregarlo, y el curandero después de mil escaramuzas y trances, manda a enterrar el hueso de un muerto, lo que era el cirio, al cementerio, y el muchacho se cura, con la conclusión, que estorbaba los mercados de la vida y los ancestros, para meterse en la procesión de la otra vida.

(c) José Chamorro Guerrero 

*Procesión de la otra vida pertenece al conjunto de "Leyendas de mi pueblo" del autor.
Cundinamarca
Colombia


Imagen:


Luis Felipe Noé

Convocatoria a la barbarie, 1961

De la Serie Federal

Óleo y esmalte sintético sobre tela

148 x 223

Colección particular, Buenos Aires 



(de la muestra Antonio Berni y sus contemporáneos, en el Malba)

sábado, 15 de mayo de 2010

Nora Tamagno




Mandato


Alguien me intimó fehacientemente a desnudarme, a despojarme de las ropas que más que abrigarme, me contaminaban el alma, y obedecí, como suelo obedecer a cada uno de los mandatos que me imponen, aunque me obstino en mostrarme insobornable y hacer mi voluntad. Eso, es definitivamente, mentira. Me desnudé en un instante, me deshice de las ropas que me estrangulaban y oprimían y entonces, me sentí aliviada.
Alguien, con tono autoritario, me ordenó mantenerme alejada a prudente distancia de los sitios que frecuentan el dolor y la amargura, a pasar lejos, y de ser posible, apartando la mirada, apelando a la magia de los niños, tornándome invisible.
Alguien me invitó a participar de la esperanza, a alegrarme con las breves alegrías que suelen pasar de minúsculas a mayúsculas cuando la relación se hace fraterna.
Alguien me propuso soñar con colores de acuarelas, con trazos de crayones, con perfumes de magnolias, de lavandas, con susurros, alguien me sugirió adueñarme de otros sueños, y soñarlos de a dos.
Alguien me aconsejó pactar con el olvido, pero sin perder la memoria, archivar los fracasos, inicialar las sonrisas, multiplicar los aleluyas; me dijo que es bello amar en cualquier tiempo, dejarse amar con mansedumbre y estrenar emociones cada día.
Alguien me advirtió que es imposible contabilizar cuantos besos caben en una sola noche y cuántas caricias alberga una madrugada, cuánto silencio apareja un secreto, cuánto ultraje una traición.
Alguien se atrevió a capturar los fantasmas de las pesadillas y las transformó sin más en recreos, rueda- rueda y popa mancha.
Alguien me puso sobre aviso, que hay que extraditar las penas, aún a costa de amenazas, malas artes y extorsiones, desmalezar los recuerdos, estibar los rencores en artesas inviolables.
Alguien prescribió empezar de nuevo, y aquí estoy, como es costumbre, acatando las órdenes, haciendo los deberes: mientras destejo telarañas, voy colgando estrellas cual guirnaldas, las lustro, las clasifico por tamaño, les pongo música, canciones de cuna, de cumpleaños, de calesita, y les doy el primer envión para que se hamaquen y después, que el viento las ayude, las meza o las haga girar como trompos luminosos y lancen destellos que transformen las noches en alboradas.
 (c) Nora Tamagno
Rosario
Provincia de Santa Fe
Argentina

imagen: Flavia Da Rin
s/t (de la muestra De rosas, capullos y otras fábulas en la Fundación Proa)

Ana María Manceda





Desde el árbol rojo*


                  La luz rojiza fluye a través de las cortinas transparentes, iluminando de manera intermitente las perfectas caras de variadas y  exóticas muñecas dispuestas en el anaquel. Algo despertó a Helena, no tenía conciencia de la hora, el calor que irradiaba la calefacción hacía pesada la atmósfera. Aún medio dormida captó  la belleza que provocaba la luz en las imágenes de las muñecas. De pronto escuchó un llanto de persona adulta, sonaba único en el silencio nocturno de la ciudad. A los tropezones se fue acercando a la ventana, su grácil cuerpo de trece años recibía los flashes de la luz rojiza, como si en su andar un duende la fuera fotografiando.
               Su cuarto queda en el primer piso de la casa  paterna, desde esa posición se observa el inmenso cartel luminoso que  se encuentra en el negocio de la acera de enfrente, dominando el paisaje urbano. La calle estaba mojada por la pertinaz lluvia invernal, pero lo que más le atrajo la atención fue el soberbio Arce que disimulaba su desnudez emitiendo la luz del cartel. Al bajar la vista vio a un hombre sentado a los pies del arce, las manos en la cabeza, llorando. Transmitía tanta soledad que la niña sintió deseos de bajar y poder consolarlo ¡ Imposible! Luego de un rato el desconocido se fue tambaleando. Helena ya no podía dormir, sintió vergüenza  de ir hacia sus padres, prendió la luz y buscó un libro para entretenerse, miró el reloj, era casi la una de la mañana. Al fin decidió anotar en su cuaderno de  “Memorias” lo sucedido, la había impactado el dolor del hombre y la belleza de las imágenes.
                 Desde esa noche, Helena encontró una necesidad misteriosa de esperar la oscuridad, ver el juego de luces que brillaban en las muñecas y la posibilidad que regresara el extraño al árbol rojo. Su joven mente fantaseaba con distintas historias en las que involucraba al desconocido. Hasta que una noche escuchó en la calle murmullos y quejidos, saltó de la cama y corrió hacia la ventana. Una pareja se besaba apasionada bajo el árbol,  sus cuerpos fusionados  se movían rítmicamente. En una de las contorsiones que los amantes ejecutaban, la niña pudo ver el rostro de la mujer, éste tenía una expresión que Helena jamás había visto en ninguna persona, sus ojos abiertos, claros, transmitían un éxtasis cercano al sufrimiento. Toda la escena parecía irreal, la soledad de la calle, el árbol desnudo y  la pasión de la pareja delatada por los destellos rojos que jugaban entre las ramas invernales.  Luego que se fueron, no  pudo dormir, ni leer, ni escribir.  Sentía sensaciones nuevas, sus manos recorrían el joven cuerpo sorprendido, la noche se le hizo interminable.
                  Los padres de Helena se sorprendieron ante sus cambios de actitud. Se la veía más determinante, sus posturas de niña mimada e hija única se diluían ante una mirada que transmitía   ferocidad y rebeldía. Por las noches se iba tarde a acostar,  se negaba a estar pendiente si la pareja volvía. Una noche volvió a acontecer lo del hombre llorando, pero lo más sorprendente aconteció un lunes. El cansancio luego de una jornada escolar intensa hizo que fuera más temprano a su cuarto. Luego de leer un rato apagó la luz y al mirar a las muñecas su sorpresa  fue muy grande  al ver que las mismas brillaban bajo una luz azulada. Se acercó a la ventana y descubrió que el cartel de propaganda ya no era el mismo, lo suplió otro, de distintas características que emitía una luz azul. Anunciando la primavera, el arce lucía sus ramas con  brotes  como si fueran millares de zafiros. A los pies del árbol yacía una joven tapada con una capa negra, en partes abierta, por la que sé entrevía un vestido de tules, como de bailarina. Buscó su cara, cuando la luz azul la mostró, reconoció a la amante desconocida, estaba desfigurada y  con una expresión  de terror. Helena se fue a acostar,  esta escena la  había impresionada de tal manera que sintió su niñez  huyendo  para siempre, se tapó la cabeza con la almohada y lloró.
                Los días primaverales comenzaron a alegrar la vida, el invierno dejó su energía para que ésta se desplegara. Las noches eran tranquilas, solo rompía la armonía el aullido de las sirenas policiales y de las ambulancias. Una tarde, casi a  la finalización de las clases, Helena volvía del colegio, los pájaros aturdían en el frondoso arce, unas vecinas pasaban con sus compras, conversando de manera alterada.- Ella lo mató -¿ Quién, la bailarina? - Sí, se querían mucho, pero él la celaba y parece que le pegaba, llegó a desfigurarla. Helena no quiso escuchar más, aparecieron en su mente imágenes dispersas, caras de sufrimiento, el tul de la mujer bajo la  capa, su cara de terror. Aceleró el paso, no podía contener las lágrimas, sintió asco y rechazo hacia algo pegajoso que se adhería a su cuerpo adolescente.  Sintió la necesidad de estar con sus padres y sentirse de nuevo  pequeña, muy pequeña.
(c) Ana María Manceda
San Martín de los Andes
Provincia del Neuquén
Argentina
*Cuento Selección de Honor por concurso. En antología “Cinco Sentidos” de CREADORES ARGENTINOS, Abril 2010.

Sobre la autora:

Ver espacio de autor:Ana María Mancedaimagen:

Sandro Chía, La bujía (de la muestra La Transvanguardia italiana en la Fundación Proa)

viernes, 14 de mayo de 2010

Magda Lago Russo


El ocaso de una Diva

Emily veía como la tarde se iba perdiendo detrás de los árboles del parque, se levantó para encender las luces de la casa.
Le pareció  sentir un débil golpe de campana en la puerta principal, como por lo general sonaba fuerte pensó que era un juego de su imaginación, otro sonido más fuerte  no le dejó dudas. Alguien llamaba a la puerta.
¿Quién podía ser?
Mientras razona se acerca a la puerta, sin preguntar nada la abrió con confianza.
Su sorpresa fue máxima cuando se enfrentó a un jovencito.  
-¿Qué  deseas? le preguntó con voz baja
- Comida y descanso.
Emily por primera vez no sabía que hacer, por su mente como en una película pasan los hechos de violencia que muestra la televisión, sin embargo la mirada del muchacho es límpida, aunque triste, sus ropas están aseadas, un poco arrugadas  como si hubiese estado recostado en algún lugar.
No sabía por qué, le inspiró confianza y lo hizo entrar.
- Ven, vamos a la cocina, algo encontraremos.
El muchacho mira con detención todos los lugares por donde transita para llegar a la cocina, al pasar por la sala se detuvo, se acercó y mirando a Emily, preguntó:
-¿Qué  es todo esto, una exposición de ropa de fiesta?
- Vamos a la cocina, luego te contaré. ¿Cómo te llamas?
- Eric, respondió.
Al llegar a la cocina, Emily dispuso comida en algunos platos y se los ofreció a Eric, el cual comió con moderación.
-¿Vas a comer? Le preguntó el muchacho
-Por ahora no, a Emily le parecía  raro, estar compartiendo su mesa con un extraño.
Se sentía rara.
  -¿De dónde vienes? Debía saber  algo más de ese ser que había llamado a su puerta, esa media tarde.
- Vengo de Pittsburg, en el estado de Pensilvania donde nací, hice estudios secundarios y al llegar a esta edad, tengo diez y seis años, decidí recorrer el mundo.
-¿Cómo tomó  tu familia esa decisión?
-  Mi padre no está conforme tiene miedo de que me  ocurra alguna desgracia, yo lo tranquilicé en parte, diciéndole que me voy a cuidar, tengo que construir mi porvenir. ¿Por qué decidiste recorrer el mundo? Porque deseo ser escritor y  por lo tanto debo ampliar mi horizonte, conocer gente diferente, pueblos, costumbres, historias de vida...
A Emily le llama la atención lo claro que tiene Eric,  lo que va a ser su vida y la firmeza de sus conceptos.
Terminó  la cena.
Emily piensa que no lo puede dejar ir, ya es noche cerrada  y a pesar de su aparente madurez es un chico.
-Puedes quedarte por esta noche a descansar  hay un sitio en la buhardilla que es bastante cómodo, te alcanzaré unas mantas.
-Muchas gracias por la confianza que me tienes y si me guías hasta el lugar, desearía descansar.
Con  naturalidad Eric le besó la mejilla, ésta quedó inmóvil, no esperaba la reacción del joven. Sólo atinó a decir, con voz débil:
- No era necesario.
Sin mediar ninguna palabra más, lo conduce hasta el desván. 
  Emily salió por la mañana a hacer su caminata diaria por la playa, a lo lejos vio la figura de alguien que no lograba distinguir con claridad, de cara frente al mar, cada tanto arrojaba algo que las olas le devolvían.
  A medida que se acercaba, la figura era más nítida, pudo ver que el que allí se encuentra es Eric.
-Buenos  días, parece que has madrugado ¿cómo pasaste la noche?
-Dormí  muy bien, como sentía el ruido del mar, vine a escucharlo de cerca. El mar me ha atraído siempre.
Emily esbozando una sonrisa le responde:
-Tenemos un gusto en común.
-¿Has desayunado?
-No, contesta Eric, salí a caminar, la señora que estaba en la cocina no  me miró con cara amigable.
-Ah! Emma es quien me ayuda con los quehaceres domésticos.
Se siente rara caminando por la playa con Eric, siempre lo hace  sola y ahora está compartiendo ese paseo con el muchachito.
Llegan a la casa y  ordena a Emma que les sirva el desayuno en la galería, el sol ya asoma y promete ser un día radiante.
Quiere saber más de ese personaje que irrumpe en su vida, de modo, que le hace preguntas:
-¿Cómo has llegado a este lugar, no es fácil para el que no sabe?
-Salí  de casa hace un mes y empecé el viaje utilizando todo medio de transporte, me muevo al azar, según hacia donde va el que me lleva, de esta manera llegué aquí.
  -¿Siempre consigues albergue y comida?
-Y... a veces no, duermo  a la luz de la luna, como  un día sí y otro no, no me importa, lo que yo quiero es conocer  lugares y personas  de otras etnias con sus religiones, su forma de  vida, para poder escribir  una novela.
   -Anoche dijiste, que me ibas a hablar sobre  la exótica ropa que tienes en la sala como en una exposición ¿qué te parece si me lo cuentas ahora?
-Bueno, ven.
Cuando llegaron a la sala, Eric observa con atención todo lo que se le ofrece a la vista, sin hacer comentarios,  se acerca a un mural que ocupa casi la mitad de la pared con la figura de Emily en su época de vedette, exponiendo toda su belleza y sensualidad.
-¿Eres tú? pregunta.
-Sí, cuando estaba en la cumbre de mi carrera.
-No puedo creer que seas la misma, ahora eres una señora, nada que ver.
-Y... los años han pasado.
-Perdona, que te pregunte: ¿para qué tienes toda este montón de ropa por ahí tirado, quién lo viene a ver?  Creo que no despierta interés a nadie.
 ¿A quién le puede interesar que hace una punta de años te hayas vestido, bah...es  decir, con tal o cual ropa?
Emily lo escucha sin dar crédito a lo que oye no puede creer que un muchacho de tan sólo diez y seis años, haga esa crítica.
Sin embargo, Eric sigue emitiendo los conceptos que todo aquello le produce.
- Esta sala es hermosa tiene dos amplios ventanales por donde el sol debe entrar a raudales,  los tienes cerrados para que todo esto no se estropee, no puede ser...
-Mira jovencito, con mucha seguridad dijiste lo que piensas lo cual me parece bien, ahora vas a escuchar mi versión.
 -Todo esto que para ti es un montón de trapos y papeles, para mí son los trozos que conforman el puzzle de mi vida ahí están mis triunfos, mis derrotas, mis amores y desamores, media vida dedicada a lo que más amé, mi marido y mi carrera. Eric había quedado callado y serio, mientras Emily contestaba  a sus reflexiones, la miró de frente y dijo:
- Me parece bárbaro todo lo que dijiste ¿no pensaste que esto lo podías haber hecho, colgando la ropa en un placard, poniendo las fotos en un álbum y con lo demás hacer algún cuadro que otro?
 No hay que pensar en lo que quedó atrás, pues debe estar grabado en alguna parte, no se debe vivir de recuerdos sino coexistir con el presente día a día.
Emily lo escucha y su asombro es cada vez mayor,  ese muchachito le habla como un adulto, con mucha madurez
-¿De dónde has sacado  tanta sabiduría?
-Mi padre a mis dos hermanos y a mí, nos ha enseñado los   valores de la vida, ya que perdimos a nuestra madre cuando éramos muy chicos, de modo que él se hizo cargo de nosotros, no quiso que nadie nos educase en persona, fuimos a buenos colegios  aprendimos todo lo que nuestra edad exigía y luego cada uno eligió su camino, mi hermano mayor es ingeniero y el más pequeño mecánico de autos.
Yo elegí  ser caminante y escritor
-De modo que tú debes de estar de acuerdo con  lo que dice Machado:
          “Caminante, no hay camino,
         Se hace camino al andar.
    Al andar se hace camino
    Y al volver la vista atrás
    Se ve la senda que nunca
    Se ha de volver a pisar.” 
-¡Por supuesto! Exclamó.
-Yo, tú, todos vamos haciendo nuestro camino, lo transitamos, lo vivimos, queda trazado detrás nuestro,  ya no se vuelve a él. Seguimos adelante.
-Tú, por ejemplo, ¿Volviste a vivir los momentos grabados en fotos y murales?
-¡No! Eso todo quedó atrás, no lo puedes revivir,  ni mirando, ni tocando, ni acariciando todo esto. No debes vivir de recuerdos, tienes que vivir el hoy.
-Capaz que no te das cuenta, encerrada como estás en tus recuerdos, tienes mucho para dar, toda la experiencia que te dieron los años ¿por qué no la vuelcas en otras gentes que llegan a un lugar a buscar la base de sus sueños? En jóvenes que desean ser bailarinas cómo lo quisiste ser en su momento, además estás más en contacto con el mundo real.
Emily lo escucha y no puede negar que lo que Eric le dice es razonable, él no sabe que es bastante difícil borrar los años de presencias y memorias.
Ella es una mujer mayor, no va a ser  fácil cambiar en poco tiempo, en fin, se verá.
Después de almorzar Eric se marcha, toma su mochila, se despide de Emily con un beso en la mejilla, le agradece su hospitalidad y silbando una canción de moda, se vapor la orilla del mar.
Emily lo queda mirando hasta que su imagen es un punto en la lejanía, luego muy despacio se dirige al jardín de invierno.
Necesita de ese refugio, su mente es un torbellino de deas y la confusión la domina, todavía no puede creer que un  adolescente haya  conmocionado  con sus palabras sus sentimientos.
El muchacho le había criticado con crudeza todo lo que ella atesoró en  su vida, en su carrera de bailarina.
Una vida que tuvo que escalar como una montaña, ascendiendo por ella con dificultad, salvando abismos o cayendo en ellos, alcanzando la cumbre y hacer equilibrio para no descender, llegó a la cima y  permaneció, hasta que triunfante se alejó.
No quería  que la madurez la encontrara en ese mundo  de fantasía,  deseaba vivir las esperanzas e  ilusiones que  afloraron con el amor
.Eric es muy joven todavía para comprender lo que siente un alma solitaria.
Va solo por el mundo, su juventud y luego su razón hará que sus sueños se cumplan, tiene todo para ser un triunfador, también descenderá, se caerá y se volverá a levantar, hasta llegar a la meta deseada.
Ella se ha hecho amiga de la soledad y es su confidente, como en este momento de turbación, donde todo se confunde, ¿a quién acudir?
A ella, que es a la única que puede abrirle el alma,  donde está el secreto de su yo, toda su  vida,  ella es la custodia de su sueño y  su compañera.
Sin embargo, las palabras de Eric se van abriendo paso poco a poco entre sus aturdidos pensamientos, quizá para que en un día no muy lejano, la soledad sólo proteja su sueño.  

(c) Magda Lago Russo

Montevideo 

Uruguay
  
imagen: Florencia Giles (detalle de la Instalación Cámara, 2005 - Muestra en la Fundación Proa "De rosas, capullos y otras fábulas)