domingo, 25 de julio de 2010

Alberto Ramponelli



Ellos


Ni siquiera hace falta esperarlos. Uno detrás de otro, llegan. Sin pausa, sin descanso. Llegan. ¿Quién dijo que la espera sin concreción es mala? Esto es mucho peor. Preferible estar al borde del desierto esperando a los tártaros y que estos se demoren infinitamente. Mil veces preferible. Porque acá sí llegan. Uno detrás de otro, llegan. No nos dan tregua, nos dejan vacíos, sin tiempo para pensar, sin un remanso de quietud donde cultivar un conflicto hecho de tedio. Ni siquiera podemos aburrirnos. ¿Quién puede vivir así? Llega la noche, y ellos. Llega el día, y ellos. Ellos, ellos. ¿Rendirnos, quizás? No podemos. Nadie sabe por qué, pero no podemos. Desearíamos lavarnos en viejos fuentones, aunque más no sea, criar un perro, demorarnos un poco en la sobremesa. Pero no. Ellos. A veces incluso nos encerramos en el baño a fumar un cigarrillo, pero enseguida una mano golpea imperiosa la puerta. No hacen falta palabras, el tac, tac, tac, impaciente, dice: vienen, vienen, ellos vienen. Ellos.      

(c) Alberto Ramponelli

Sobre el autor:

Alberto Ramponelli nació en Buenos Aires. Coordina talleres literarios desde 1985. Dirigió la revista literaria Otras Puertas (1993-1997). Publicó: “Desde el lado de allá” (relatos, 1990), “El último fuego” (novela, 2001), “Viene con la noche” (novela, 2005), “Una costumbre de Oceanía” (relatos, 2006), “Apuntes para una biografía” (novela, 2009). Resultó finalista del Premio Clarín de Novela (1998). Obtuvo el Tercer Premio Municipal de Córdoba “Luis de Tejeda” (Cuento, 2007). Fue distinguido por el Fondo Nacional de las Artes en Novela (1996 y 2008) y Cuento (1998 y 2004) y seleccionado para integrar la Antología de Cuento “50 Aniversario Fondo Nacional de las Artes” (2008).
Blog: 


imagen: René Magritte, La isla del tesoro, Colección Museo Rufino Tamayo (de la muestra en la Fundación Proa)

jueves, 22 de julio de 2010

Magda Lago Russo




Lluvia de estrellas ...




                            
Todos los días al caer la tarde, se sienta en el zaguán de la casa abandonada con el mismo cachorro, dos o tres bolsas nauseabundas que va dejando a un lado y acomoda unos trapos para recostar la espalda, cansada de andar todo el día, recorriendo sin rumbo las calles.
El rostro curtido y sucio, el pelo enmarañado, que no sabe de peines ni lavados, sostenido por un moño desgreñado.
Apartados a un lado, apenas una frazada, un paraguas, una botella de vino medio vacía y una cajilla donde guarda los pedazos de cigarros recogidos por las veredas, bajo los cordones o  en las plazas...
Vestida para todas las estaciones, igual en invierno que en verano,  aclimatada de tal manera que no siente ni frío ni calor.
Cubre sus manos en invierno con guantes de medios dedos por donde aparecen uñas negras escamadas. A ratos bebe de la botella, enciende  un medio cigarro que acomoda al costado de los labios.
Con la mirada brumosa y lejana, no sabe de días diferentes, todos tienen el mismo color gris de la tristeza y la marginación.
Va perdiendo  los afectos, la relación con el mundo, cae un poco todos los días, pierde las cosas materiales en un trueque impuesto por la necesidad.
No  piensa  en prostituirse,  no quiere caer más bajo, es  libre hace de su vida lo que quiere,  traza su  propio destino.  Un día cualquiera se encuentra sentada en la puerta de una iglesia  con la mano extendida.
 Ya no es tan libre, depende de la caridad de los otros, de los que aceleran el paso  o con mirada indiferente le colocan una moneda en la mano con vergüenza, los que  pasan a su lado sin verla, de los que  con lástima la miran sin comprender o se ríen, cuando por  efecto del vino dice incoherencias. Acostumbrada a la bohemia sin futuro, el hoy marca su vida. Revuelve una bolsa y comparte con el perro, que no gruñe ni ladra,  echado a su lado. Se cubre con la frazada raída y acomoda su  cuerpo para  pasar otra larga noche. Una tenaz llovizna pone un telón de fondo a su soledad.                 
Soledad que se repite en muchos zaguanes y rincones de la ciudad.
Incómoda por la lluvia trata de achicarse, pasa a ser un bulto informe en el zaguán. Los vapores del vino y el humo del cigarro, la hunden en un sopor. En medio del letargo, le parece ver al paraguas extendido y de raso brillante iniciar una danza elevado por el viento que silba su canción invernal .Por momentos, sus fuerzas menguan, tiende a caer, para volver con más fuerza  a su danza circular. Lo sigue  en sus vueltas y un mareo la envuelve. Cierra los ojos por un instante, al abrirlos, el paraguas, convertido en un  montón de varillas  desplegado  sobre su cabeza,  deja ver las estrellas. Sueña  con miles de ellas y  se duerme con una mueca casi feliz.   

(c) Magda Lago Russo

Montevideo
Uruguay



imagen:

Hans Hartug
Colección Museo Rufino Tamayo (de la muestra en la Fundación Proa)









viernes, 9 de julio de 2010

Juan Sebastián Ferrón



Comunicándonos 

Ayer hablamos del deseo. Anunciamos que ambos nos deseamos, pero además deseamos a solas. Ella dijo que le encanta jugar con su mirada, con la mirada del Otro. Jugando se encuentra, se atreve y va en busca de la mirada. En cambio yo, no puedo jugar. Ese juego me resulta fatídico, suicida. Colgarme de una mirada, implica entrar en la locura. Y la locura es silencio, y yo espero el silencio a la hora de mi muerte, silenciosamente me mantengo y espero.  








Regresión



En sueños puedo ver claro. Los dos tirados en la cama observándonos. Yo sé que ella me observa, pero no ve. Sin embargo, puedo sentir que desde un rincón de la habitación sedada, alguien me ve. Yo no quiero ver, pero puedo observar que la mirada proviene del placard. La puerta entreabierta deja escapar un halo de luz roja. Yo no quiero ver, pero sin embargo voy a su encuentro y entonces abro la puerta de par en par y puedo encontrar mis ropas, y las ropas de ella. Cuelgan prendas límpidas, algunas en desuso y contaminadas por hongos satíricos. Otras tantas empecinadas en mantenerse sucias a través del tiempo. Dudo un instante, pues la mirada que miraba ya no está, pero introduzco mi mano fálica de cinco cuchillos horrendos y entonces descubro que alli dentro, entre tanta tela y algodón suspendidas por el frío metálico del barral, se halla un pasaje, un tunel oscuro y denso, un canal de parto, un útero vacío, y comienzo a sangrar, pero mi sangre no es sangre, es un sinsabor lleno de espesura, porque mi sangre quedó en el tiempo, quedó en el mismísimo momento que parieron a este cuerpo.  

(c) Juan Sebastián Ferrón

Wilde
Provincia de Buenos Aires




imagen: Pablo Picasso, Desnudo sobre un diván, 1960, óleo s/tela 198 x 142 cm (de la muestra en la Fundación Proa)

jueves, 1 de julio de 2010

Carlos Meneses

                                                       

EL  VIAJERO




        Viajaba sin darse pausa. De un avión a otro. Igual  con trenes y autobuses. Siempre al llegar al nuevo destino se preguntaba: ¿de quién estoy huyendo? Sus respuestas eran oscuras o no las había. Cuando llegó a Roma se sorprendió preguntándose: ¿soy un fugitivo? Procuró borrar esa pregunta de su memoria. Estando en Alexandría , la interrogación fue otra: ¿quién soy? Hubo respuesta, lo hizo temblar.




                                                   EN EL  CIRCO


   Ladraba a la perfección. Rugía como el rey de la selva. Relinchaba como un caballo de pura sangre. Su domadora, sin soltar el látigo, lo premiaba con un beso. Cuando terminaba el trabajo se iban  a casa. El zurriago pasaba a manos masculinas. El trabajo del hogar a las femeninas.



                                                SOLO EL  MAR


    Le tenía miedo al mar. Lo veía siempre como un dios enfurecido. Le suplicó calma. Lloró arrodillada delante de esas aguas embravecidas. Quedó dormida y soñó que un mar manso como un cordero le besaba los pies. Despertó en medio de un laberinto de olas gigantes. Gimió, gritó enloquecida. La abrazo una ola, la besó otra ola. Una tercera  la dejó en la playa. Nunca más tuvo miedo. Nunca más volvió el mar por ella.




                                   FOTOGRAFO IMPERTINENTE


      El mismo día de su llegada vió cómo un enorme coche  atropelló a un hombre muy alto que quedó tendido en la calzada, estaba muerto. Corrió para tomar fotos. Su sorpresa y su susto le hicieron temblar el pulso, el hombre se fue recuperando lentamente, terminó de pie y siguió su camino. Alguien le hizo saber, que ese señor en adelante no tendría cinco vidas como los demás sino sólo cuatro. Se disponía a entrar en un restaurante  cuando unos pasos más allá un hombre y una mujer discutían acaloradamente. El primer puñetazo fue de ella. Los golpes siguieron y el hombre sangrando de la nariz terminó rindiéndose. Ambos contendientes debían tener estaturas cercanas a los tres metros. Ya instalado en el restaurante, un parroquiano hablaba solo, pensó que tenía un móvil en algún bolsillo. No. Descubrió que la propio oído era su teléfono  y que todas las personas que estaban en ese local tenían la misma protuberancia en una de las orejas. Hallándose nuevamente en la calle y dispuesto a hacer fotos, quedó enormemente impresionado cuando un hombre joven y delgado, cambió bruscamente en señor maduro y grueso, y al poco rato, en anciano de gran vivacidad en la mirada. No faltó quien le comunicara que todo ser humano tenía la facultad de variar su imgen, en el momento que quisiera, trocándola  por la de su padre o la de su abuelo. Y se sorprendió aun más cuando vio un hombre también de tres metros, elevándose como globo relleno de helio. Tuvo la explicación, se estaba probando un nuevo invento que eliminaba la fuerza de la gravedad en el momento en que se necesitara. Más le sorprendió la violencia de los niños, y cuando quiso fotografiar cómo un grupo de chicos de unos ocho años cada uno, golpeaban con palos a una anciana y le robaban la cartera.  Nadie intervino, a nadie le importó la pobre mujer sangrando y tirada en el suelo.   Hizo algunas fotos,  temblaba como si estuviera muerto de frío. Veinticuatro horas después decidió abandonar el futuro.

(c) Carlos Meneses*

*Carlos Meneses nació en Perú. Vive actualmente en España.


imagen: Jesús Rafael Soto, Tres blancas y rosada, 1972, Pintura sobre madera y metal, Col. María Cristina y Pablo Hening, cortesía Sicardi Gallery Houston (de la muestra en la Fundación Proa)