lunes, 29 de noviembre de 2010

Ana María Manceda

                 
Un concierto en la bahía

                       Estaba la Bahía, el mar  viajaba calmo arribando a la playa en suaves olas, llegando quién sabe desde que puntos lejanos del océano. Las montañas coronaban el paisaje, los barcos pesqueros iban en sentido contrario a las olas en busca de los frutos del mar. En la playa, una mujer con un niño en brazos saludaba a uno de los pescadores  que partía a su trabajo.  Juan sacó la luna  del paisaje, tomó un medio sol color herrumbre y lo colocó hacia el este, de tal manera que asomara entre la cima de las montañas. Ahora sí tenía sentido la escenografía, era un perfeccionista. Para él tocar el violín era un acto religioso, tenía que existir un equilibrio entre su estado espiritual y la armonía  en los colores y disposición de los objetos que estaban en el  ambiente que lo rodeaba. Todo estaba en orden en el escenario, podía comenzar a ensayar la obra con la que próximamente debutaría.
                     La bella música del maestro llegaba a muchos rincones del teatro. Esa tarde, Iris lo escuchaba mientras reparaba con sus hábiles manos, las ropas de los artistas. Eran momentos mágicos para la costurera, la transportaba a otros mundos. Esa música la poseía. Lejos, muy lejos, quedaban las imágenes brumosas de su burda vida, un marido vago, alcohólico, violento. Sus hijos, niños aún, siempre exigiendo, y la angustia de no poder responderles como ella hubiera querido. Iris adoraba esos momentos, la paz entraba por sus oídos e iluminaban su alma.
                   Faltaba un mes para el concierto y todas las tardes se repetía por horas la misma escena, Juan en el escenario ejecutando sus ensayos con  su violín e Iris en su cuarto de costurera, cosiendo el vestuario. Con el tiempo se apoderó de Iris una obsesión por el músico. Una tarde, la mujer, como poseída por la melodía se dirigió  por atrás del escenario y entre bambalinas espió al maestro. Su mirada recorría toda la escena, el músico absorto acariciaba el instrumento, ejecutando con virtuosismo la partitura. El amor de ella parecía salir de su cuerpo y envolver amorosamente la música que se expandía por el aire, para luego besar el rostro, los brazos, las manos del concertista.  Comenzó a repetir todos los días la ceremonia secreta, a la vez que estudiaba la escenografía con el paisaje de la Bahía, proponiéndose buscar un mirador más cercano al músico. Decidió llevar sus tijeras para recortar algún lugar de la tela desde donde pudiera observarlo mejor, le pareció ideal  la parte en que estaba el sol, lo recortó hábilmente, de manera que no se notara. Desde entonces los ojos de Iris ardían al este de los barcos pesqueros.
                     Faltaban pocos días para el debut, Juan sentía una rara inquietud, a sus ejecuciones le faltaba un toque emocional que le quitaba la perfección que él se exigía. Esta  falta de armonía musical comenzó a ser captada por oídos más profanos. Desesperado, buscó motivos en su vida personal, sin embargo todo seguía en  la rutina normal. Se dedicó entonces a estudiar los elementos del escenario, aparentemente todo estaba en su correspondiente lugar, pero al mirar el paisaje de la Bahía sintió una extraña sensación; la gente, los barcos,  el sol..¡El sol! Al mirarlo es como si hubiera algo en él que le electrizó y como si el tiempo se hubiera quebrado. Tomó el violín y de él arrancó la más exquisita música, ésta logró superar todos los ensayos anteriores y así sucedió todos los días subsiguientes.
                     En el hogar de Iris el drama se precipitó por la violencia de su marido. La mujer y sus hijos debían partir a otro pueblo, buscando refugio en casa de los abuelos maternos. Antes de partir quiso despedirse de ese amor sublime, se parapetó como siempre detrás del sol, pero el dolor de mirar lo imposible pudo más y huyó en busca de sus hijos. Con ella partieron maravillosas notas impregnadas de amor.
                    El día del debut llegó. El teatro resplandecía con sus luces. El maestro sintió, mientras ejecutaba su música, que el resultado no respondía a la armonía tan buscada y por algunos días lograda. Miró instintivamente el paisaje de la Bahía, todo parecía en equilibrio; los barcos partían, el sol color herrumbre nacía en el este y la mujer en la playa con su niño en brazos...¡ La mujer! Ésta estaba de espaldas a los barcos pesqueros, mirándolo, con la mano derecha en alto, como despidiéndose del músico. En su cara había una expresión de desolación. Fue la última vez que Juan tocó el violín.
(c) Ana María Manceda
San Martín de los Andes
Provincia del Neuquén

 imagen:
Alfredo Volpi, Barco y velas (de la muestra en el Malba)


sábado, 27 de noviembre de 2010

Araceli Otamendi

Alighiero Boetti
                                                           


La salina

Llegué a la salina como por casualidad, todavía no sé. Es como un paisaje muy blanco y desértico, tal vez… El suelo se parece a un desierto, hay lomas y bajadas, hay laberintos.
Me imaginaba que estaba dentro de un cuadro de Xul Solar que alguna vez vi. Me gusta la pintura de Xul, me gustan sus paisajes llenos de fantasía y al mismo tiempo  reales.
Hace tiempo que camino por la salina – he decidido llamarla así – porque parece estar hecha de sal. Sin embargo, miro hacia lo alto y veo  ahí algunos transeúntes. Lo bueno es que el suelo no es fijo, es de sal o de arena. Se puede caminar, subir y bajar, entrar a los laberintos. Siempre que entro a uno de esos laberintos busco la salida y la encuentro. Lo bueno y tal vez lo malo de esto es que nunca sé en qué lugar está la salida. Voy a tientas. Cuando llego a algún lugar, siempre dentro de la salina, si estoy en un nivel alto, se acercan transeúntes y me saludan aunque no los conozca. Parecen pobladores del desierto, de la salina.  Si aparezco a la salida del laberinto más abajo, ahí no veo a nadie. Parecería que todos se han ido, quién sabe. Es un paisaje extraño, casi amenazador, aunque no sabría explicar por qué. Una vez encontré una puerta en la salina, una abertura en la sal. Salió corriendo un conejo blanco, parecía dibujado. Quise pasar y no pude. Me asomé. El lugar estaba lleno de conejos como en el cuento de Julio. Esto no era un living, era una salina, un paisaje vacío y desértico. A medida que caminaba por la salina la iba conociendo mejor. Pensé si era cierto, si esto que vivía era real. Para confirmarlo, volvió a aparecer otro conejo. Y luego más y más conejos.
Asumí que eran tan reales como los conejitos del cuento de Julio. Me dejé llevar. A veces me siento tentada de correr detrás de ellos y ver adónde van. A veces me canso del paisaje y quisiera leer un libro. Como si alguien me hubiera leído el pensamiento, aparece un libro ante mí: Los dos reyes y los dos laberintos, y luego leo: Jorge Luis Borges. Abro el libro.

© Araceli Otamendi


imagen:


Alighiero Boetti

"Historia natural de la multiplicación", 1975

  Birome s/ papel cuadriculado entelado
  12 hojas, 70 x 100 cm. c/u
  Col. Agata Boetti, Paris, Francia

  (de la muestra en la Fundación Proa)

domingo, 14 de noviembre de 2010

Magda Lago Russo


La tierra del demonio
                                                                            

A Burton, aún en las épocas de vida sedentaria, le basta ver un mapa para estudiarlo con ahínco y  proyectar un nuevo viaje a veces casi imposible,  su entusiasmo y su afán de conocer lugares, que parecen imposibles de existir, los hace realidad.
Así cuando Ítalo le propone un viaje casi fantástico, acepta,  tiene ganas de volver a recorrer aquellas tierras que en su momento admiró y no pudo apartar de su retina.
Así le explica a Ítalo:
 -Vas a conocer lugares tan fantásticos que parece imposible que existan en la tierra, iremos primero a Tasmania, la tierra del demonio que sin embargo se parece a un paraíso, es una contradicción que vamos a comprobar.
-Me encuentro tan excitado por tus relatos, le contesta Ítalo, que mi impaciencia a veces no me deja conciliar el sueño
Siguiendo la ruta indicada, llegan a la isla al suroeste  de Australia.
 Burton le comenta:
- Es una tierra  record, tiene el aire más puro, el agua más límpida, la flor más alta y el ser vivo más anciano del mundo: el pino huon de cuatro mil años, que crece sin parar.
Ítalo queda admirado por todo lo que ve, además de montañas, playas negras, ríos de deshielo,  cavernas prehistóricas y árboles milenarios.
Los primeros  pobladores blancos del lugar fueron los presos más temibles.
Tasmania creció como una colonia europea, porque los colonos británicos pensaron que ese lugar aislado era ideal para crear una cárcel.
Cuando pasan a la costa este, todo se transforma, ofrece un paisaje totalmente distinto al anterior, es un verdadero paraíso con colinas onduladas, granjas, pueblos pesqueros y playas doradas.
 -Ves lo que yo te decía del contraste, el infierno y el paraíso.
Ya en el centro de la ciudad, Ítalo  no sale de su asombro ya que está enclavada en la boca de un río y tiene a sus espaldas el marco imponente de las montañas.
Los edificios son de ladrillo rojo, con mercados, restaurantes y puestos de venta de mariscos, posee un barrio colonial con sólo cuarenta edificios del año 1840 restaurados a nuevo,  un sin fin de parques y maravillas naturales, que nadie piensa  que puedan existir y pertenecer a este mundo.
 Ítalo pregunta.   -¿Los demonios de Tasmania existen?
 -Los demonios de Tasmania existen y son poderosos animales de gran fiereza, que se  encuentran protegidos en un parque donde su propietario y cuidador: Mr. Kelly cuenta al público que lo visita todo acerca de estos animales, extraños seres tan temibles de pelo largo y dientes filosos.
Ítalo pasa del asombro a la expectativa, parece estar viviendo en otro planeta, ya que nunca imaginó  que exista tanta diversidad, pensar que la mayoría de las personas viajan a ciudades como  París, Londres o Nueva York y dejan de lado el contacto vivo con la naturaleza de países escondidos en el mapa.
Claro, no todos tienen la posibilidad de tener a su disposición un barco  y un guía como Burton.
Cuando llegan al parque de Mr. Androo Kelly, Ítalo  puede apreciar a los Demonios de Tasmania, un frío recorre su cuerpo, “la verdad, piensa no me gusta verlos  sin protección”.  
-Cómo ven les dijo  Mr. Kelly, el tamaño es el de un perro, tienen una gran fuerza, son marsupiales, poseen un olor desagradable, un grito fuerte y molesto. Se alimentan de animales muertos.
Pueden con sus dientes romper huesos.
Actualmente se considera una especie protegida en extinción.
Después de escuchar las explicaciones de Mr. Kelly, se retiran.
Durante el regreso muy pocas palabras salen de la boca de Ítalo que todavía se encuentra como en un estado de shock por todo lo que ha visto, piensa que esta  sorprendente experiencia no la olvidará mientras viva y que  el viaje que está  realizando junto a Burton, es una verdadera aventura.

(c) Magda Lago Russo

Montevideo, Uruguay

martes, 9 de noviembre de 2010

Martha Minteguía

Enzo Cucchi

                      

Sobre  un   Monólogo interior

Siento que algo me persigue. Me esconda donde me esconda, siempre está ahí . Vengo con una peregrinación infinita , con un cansancio  quejumbroso que envuelve y disipa mi vida en forma aberrante .
Lejos quedaron los sueños y las risas , los paseos  despreocupados por la ciudad sin rumbo fijo mirando los carteles de neón y silbando por lo bajo .
Algún teatro o cine que me provocaban con su invitación a su oscuridad llena de voces y personajes.
Tengo en mi bolsillo mi nuevo documento (falsificado por supuesto por mi amigo Roberto , que los hace perfectos y sin fallas). Tuve que hacerlo .
Debo huir cuanto antes , para que “ la sombra “ no me haga suyo , para desaparecer sin dejar rastro . Ya abandoné la pensión pero dejé allí todas mis pertenencias ( no sea cosa que se den cuenta ), pagué la luz , el gas y…¡Listo!.
Sólo saqué la plata del banco porque no conozco mi rumbo , pero debo apresurarme antes que “ la sombra” advierta mi ausencia.
Iré a la terminal de ómnibus ya, tengo el sombrero bien  encasquetado en mi cabeza y me puse un sobretodo que me queda grande para parecer más gordo. Sacaré un boleto al Paraguay  o a Chile , ¡qué sé yo! , lo importante es partir …

   Y si cambiara no sólo el nombre sino el lugar , y para llegar a él debiera atravesar el océano a nado ¿Me ayudaría Júpiter a encontrar mi destino y las sirenas acompañarían el compás de mis brazadas?
 Al llegar a la otra orilla, tengo las ropas empapadas y el sabor salobre en mis labios, esconde toda la sal marina , y mis ojos…¡Ah!  mis ojos no se acostumbran a la luz del sol irrumpiendo en las pupilas . Vengo de la oscuridad  acuosa, del recinto verde y translúcido sin tiempo, con algas entre los dedos y los brazos con espumas…
Comienzo a caminar lentamente tratando de reconocer el lugar, es  extraño , la arena está absolutamente empapada y hay piedras, muchas piedras y enfrente una pared inmensa .
Levanto la vista y ante mi absoluto espanto , “la sombra”  me hace señas llamándome. Corro desesperado buscando el amparo del mar, me doy cuenta que es imposible desaparecer. Sólo lo lograré internándome en lo profundo del lecho marino.
Tiro todo en la orilla , hasta mi identidad, y me interno en ese mundo que hace un instante me había transportado a “otro” lugar y ahora deberá ocultarme , disolverme …
Ya me alejo de todo, de nuevo el sabor salado en mis labios , rayos solares  atravesando tenuemente las aguas y todo yo soy un receptáculo oceánico. Abandono, dormir , la calma total , el olvido …

© Martha Minteguía
Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires



 imagen: 

Enzo Cucchi
A Terra d’Uomo, 1980
grafito sobre papel entelado
cm 180x210
Colección Massimo D’Alessandro, Roma

(de la muestra en la Fundación PROA)

                                  

Magda Lago Russo

Jesús Rafael Soto, Ambivalencia 37, Colección F.P. Allegro
(de la muestra en la Fundación Proa)




La primera noche
                                                                     
La primera noche sin Franco.
Me siento en la mecedora que hasta hace unos días fue ocupada por él, puedo sentir el aroma a colonia, que aun desprenden las ropas que asoman por la puerta entreabierta del placard.
Miro  la cama y siento miedo de acostarme entre la frialdad de sus sábanas, no sentir el calor de su cuerpo a mi lado, extender mi brazo y no encontrar nada del otro lado.
Cierro los ojos y me parece verlo caminar por la habitación recorrerla de un extremo al otro, cuando un problema lo preocupaba o sentarnos uno al lado del otro sobre la cama para contarnos lo sucedido en el día.
En la semipenumbra de la habitación, iluminada sólo por una lámpara de pie, todo parece diferente, como si las mismas cosas  de siempre se hayan transformado en objetos desconocidos para mí.
Es un truco de mi mente sin control, que hace que las cosas pierdan sus perfiles como en una bruma donde los colores tampoco  existen.
Mis manos sobre la falda, se han quedado sin tarea, ya no pueden  entrelazarse entre las tuyas,  recorrerlo, aliviar su frente afiebrada y acariciar sus primeras arrugas, han quedado inertes, sin fuerzas.
Me duele tanto el alma y es tan profundo el que dolor que enjuga las lágrimas que pugnan por salir de mis ojos cansados.
Un torbellino de pensamientos acude a mi mente, se mezclan, se enredan, quiero separarlos, no puedo.
En ese momento siento unos suaves golpes en la puerta, Isabella y Melisa,  mis dos hijas, se acercan y se abrazan a mí, sin decir nada.
Es tanto el cansancio  de nuestros cuerpos, que la mañana nos encuentra a las tres juntas dormidas.
Me separo de ellas, trato de no despertarlas, se acurrucan aún más acomodándose..
Nada ha cambiado alrededor, ahora la luz despiadada del sol, muestra las cosas tal cual son, sólo una pregunta estalla en mi mente:
¿Cómo continuar?
Miro a mis hijas, en ese momento tan indefensas, por ellas debo hacer el esfuerzo de resistir a esta embestida que nos da la vida.
Es su primer gran dolor, el almanaque se irá deshojando y el tiempo con su sabiduría, hará su trabajo  de resignación y consuelo, apoyándolas  para que su pena no sea tan honda.
Ambas madurarán en el dolor, el destino manejará sus vidas y emergerán, ya mujeres, prontas, para enfrentar lo que él les ha reservado.
En cuanto a mí, nadie ya podrá decirme  qué hacer, me guiaré sola por mis intuiciones, viviré  para el mundo, aunque esté sin vida por dentro.
                                                                                        
(c) Magda Lago Russo

Montevideo, Uruguay






domingo, 7 de noviembre de 2010

Elena Ortiz Muñiz

Alighiero Boetti 

                                              




Elena Ortiz Muñiz


EL TEJEDOR DE PALABRAS*

Jamás olvidaré aquel día en el que el tsunami se llevó todo cuanto poseía. Cuando la ola gigantesca apareció alcancé a abrazarme de un árbol aunque la marejada me abatió sin piedad arrastrándome con una fuerza increíble. No sé cómo hice para mantenerme aferrada al tronco a pesar de que con su cruel y salado latigazo el mar lo había arrancado de la tierra y nos golpeaba sin misericordia ni compasión. En cuestión de segundos me quedé sin  hogar, fui testigo de cómo el agua se tragaba –literalmente- a mi madre y a mi hermanito que estaban tendiendo la ropa recién lavada frente a la casa. De mi padre, jamás tuve noticias otra vez. ¿Cómo puede nadie seguir existiendo después de una experiencia semejante? ¡Tenía tan solo 8 años de edad! Hasta entonces, todo mi mundo estaba lleno de sueños y fantasías, de princesas aprisionadas en sus castillos y príncipes galantes que llegaban al rescate montados en sus briosos corceles blancos.

Mi vida color de rosa, se volvió de pronto gris, más sombría que el firmamento en una noche de tormenta. A pesar de mi corta edad mi alma estaba llena de sufrimiento y pesar, veía en todos los rostros el de mi madre muerta y en todas las manos las de mi padre, siempre fuertes y generosas. Pasaron los días, las semanas y los meses mientras aquel vacío tremendo dentro de mí se hacía más profundo, sentía que no encajaba en ninguna parte. Odiaba a ese mar que se había llevado lo que tanto amaba, dejándome sin vida, sin pasado, sin nada que atestiguara mi origen o que respaldara mi identidad.

Estuve en un albergue junto con decenas de personas desconocidas que también padecían y sufrían la pérdida de sus seres queridos. Fue ahí donde por vez primera reparé en que la mirada de un ser humano puede ser de pronto hueca y vacía evidenciando un corazón que se ha marchitado por completo, así como el rostro de la impotencia y la desesperanza se manifiesta a través de rasgos tan diferentes en distintas pieles y edades. Yo misma sentí cómo brotaba la rabia y se expandía por completo a través de mis venas envenenándome la sangre, cubriendo mis huesos, apoderándose de cada músculo y de mi razón.

El padrino Jacinto me encontró sentada en el mismo rincón en el que permanecí desde mi llegada, en donde me mantuve  con la cara escondida entre las rodillas y los ojos bañados de lágrimas día tras día y noche tras noche. Me abrazó tan fuerte que me impedía respirar libremente y juntos lloramos por mucho, mucho tiempo. Me llevó a su casa en el pueblo vecino y trató por todos los medios de que la alegría regresara a mi lado. Pero no lo consiguió. Mi pena era infinita.

Cada mañana despertaba con la tristeza de sentirme viva todavía, caminaba, respiraba y subsistía por mero instinto. Comía, me aseaba, trataba de portarme bien y ayudar en todo lo posible por agradecimiento pero en el fondo lo único que quería era morirme, y así se lo exigía a Dios en silencio al final de las oraciones que mi protector me obligaba a repetir antes de irme a la cama.

Mi padre tenía una tienda de artesanías en el pueblo. Fue ahí donde conoció al padrino Jacinto, durante una de esas tardes calurosas en las que el bochorno por la temperatura terminan por dejarlo a uno medio muerto. Llegó sudoroso y cansado para ofrecerle las prendas que confeccionaba en su telar, la verdad es que el padrino era  un gran tejedor: lo mismo hacía una bufanda para el frío que un tapete descomunal o un abrigo de vistosos colores.

Cortésmente comenzó un discurso para ofrecer su mercancía con la voz jadeante por el esfuerzo mientras sacaba cuidadosamente esas obras de arte salidas de sus propias manos explicando que nada era tan efectivo como la lana que él trabajaba para combatir el frío. Fue entonces cuando mi padre, sin poder contenerse, soltó la carcajada más sonora que le escuché jamás, y vaya que si era un hombre de carácter jocoso y gran simpatía.

El padrino Jacinto lo miraba sin saber qué hacer con un gesto mezcla de indignación y desconcierto. Hasta que por fin, la explosión de risotadas cedió permitiéndole a mi padre hablar para preguntarle:

-Pero hombre de Dios ¿ha venido con tantos esfuerzos hasta este horno sobre poblado tan solo para traernos una solución para el frío? ¡Pero si de eso pedimos nuestra limosna! ¡Qué refresque el tiempo por amor de Dios!!

Las risotadas de los dos hombres, más potentes que las primeras, no se hicieron esperar, duraron un buen rato, hasta que con los ojos inundados de lágrimas de tanto reír estrecharon espontáneamente sus manos comenzando así una amistad que perduraría más allá de la hecatombe ocurrida.

Obviamente, Don Jacinto no fue mi padrino porque para entonces yo estaba ya crecida, pero si apadrinó a mi hermanito aunque jamás hizo distingos entre nosotros, nos trataba como si los dos fuéramos sus ahijados. Mis padres lo querían como se quiere a un hermano bueno y él nos llenaba de regalos y mimos cada vez que se acercaba a la tienda para surtir sus géneros, porque a pesar del calor, eran tan hermosos que la gente del pueblo los compraba. De la misma forma, los turistas que atinaban a llegar al  lugar atraídos por una playa que todavía no estaba cercada por hoteles vastos y condominios privados  lujosísimos se los llevaban fascinados por la calidad del trabajo realizado y la tibieza de las prendas.

El padrino se enamoró una única y última vez durante su juventud, ofrendó su corazón con la misma pasión con la que se entregaba cada día a su labor. Pero, fue traicionado por esa mala mujer que no supo aquilatar el valor de aquel cariño limpio y sincero. Supongo que se quedaría seco por dentro como yo, porque jamás volvió a mirar a ninguna otra, ni tampoco intentó amar de nuevo. Fue hasta que me llevó a vivir con él que dejó de sentir soledad y de sufrir el paso metódico y lento de los minutos en el reloj que marchaban con terca pesadez hasta completar las 24 horas para después volver al principio de nuevo.

En todas partes lo conocían como “El tejedor” y eso era, porque así como los estambres que iba trenzando hasta lograr hacer una cobija, de la misma manera su cariño incondicional, el respeto a mi silencio y tristeza eterna y sus manos tan hábiles como expertas entretejían con maestría mi ser sin que yo misma lo advirtiera del todo, hasta lograr hacer de mi lo que soy el día de hoy.

Cansado de intentar regresarme a la vida con ese entusiasmo y alegría con el que me conoció, se dedicó a tejer más que nunca. A veces, en plena madrugada me despertaba el ruido incesante de las maderas del telar sobre las hebras de los hilos que llenaban el ambiente, profanando ese silencio sepulcral que acompaña a la oscuridad de un día que llegó a su fin, durante ese espacio suspendido en el que otro nuevo nace, invadiendo con una tenue luz primero, para dominarlo todo con sus rayos intensos después

Aunque durante el día, la rutina era siempre igual: despertaba antes de que amaneciera por completo, me aseaba, limpiaba un poco la casa mientras el padrino preparaba el desayuno, salíamos juntos: yo con mis libros hacia la escuela y él con su atado de mercancía. Al mediodía nos encontrábamos en la casa. Después de comer, me dedicaba a los deberes de la escuela  y él  a su telar. Antes de que la tarde muriera salíamos a caminar por las calles del pueblo y regresábamos para la merienda y a dormir, o mejor dicho, a fingir que dormíamos, porque  ninguno de los dos lo hacíamos. Yo con ese dolor que me punzaba perennemente, él con esa obsesión de asomarse a la recamara entre tejido y tejido para observar mi rostro buscando señales de mejoría en mi estado anímico.

Nunca en todos esos años, tuve una amiga ¿para qué? En mi pueblo había tenido tantas y sin embargo, jamás volví a saber de ninguna de ellas. Tenía miedo, ahora lo sé, un pavor tremendo a querer de nuevo para perder otra vez. A veces, detenía mi labor para mirar al padrino Jacinto en su telar. Observaba su rostro moreno surcado por el tiempo, el cabello entrecano, los ojos fijos en su quehacer, las manos flacas y largas pero llenas de bondad y sentía que los ojos se me humedecían de la emoción, sentía ganas de correr a abrazarlo y decirle que lo quería con todas mis fuerzas. Pero me quedaba quieta en mi sitio, reprimiendo ese amor, riñéndome en silencio por esa falta de temple. Porque me aterraba perderlo a él también y que se volviera un elemento más en mi lista de faltantes: Padres, hermano, amigas, pueblo, pasado, hogar, mi muñeca Lolita que tanta falta me hacía en las noches, entre tantas otras cosas. Pero agregar a eso El padrino Jacinto era un pensamiento que me causaba escalofríos.

Hubo noches en las que el terror incontrolable me hizo gritar enloquecida hasta que él llegaba corriendo y me abrazaba tan fuerte como aquel día en el refugio, yo se lo agradecía tanto que me quedaba sin fuerzas para devolverle ese abrazo. Entonces se sentaba junto a mi cama y me hablaba muy quedo, arrastrando las palabras igual que lo hacía con sus tablitas del telar, me describía la mirada brillante de mi padre, la sonrisa tierna de mi madre, el cabello negro de mi hermano…al escucharlo intentaba recordar, traerlos de vuelta con el pensamiento, pero cada día aparecían más borrosos y lejanos. Sin embargo, él insistía: “No olvides Susana, si los recuerdas jamás morirán”. Me dormía luchando por  perpetuar el perfume de mi madre, el aroma de su sopa recién hecha al entrar a casa después de la escuela, las manos cálidas de mi padre, la sonrisa chispeante de mi hermanito, las caricias de ambos, el amor de todos, mi necesidad de ellos.

No tenía ni siquiera una fotografía que me refrescara su imagen en la memoria, pasaba el tiempo y  no sabía hasta qué punto esas historias en mi cabeza eran reales o producto de mi necesidad por guardar al menos eso de ellos: historias.

Una tarde, al llegar del colegio advertí un paquete sobre la mesa, el padrino Jacinto no estaba en casa aún. Me acerqué para ver de qué se trataba, pero mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que una tarjeta con mi nombre coronaba el bulto. Rompí el papel que lo envolvía y ante mi se desplegó la manta más hermosa que había visto en mi vida. Tenía infinidad de líneas y grecas en todas partes, aparentemente, porque al acercarme y examinarla con calma descubrí que esos adornos no eran otra cosa que letras. Sobre la manta se podía leer:

“Mi nombre es Susana Rodríguez Sánchez. Nací en San Pedro de las Caracolas, pueblo costero de inmensas palmeras que debe su nombre a las grandes caracolas bajo la arena blanca de sus playas magistrales. Los atardeceres desde la ventana de la estancia de mi casa eran un regalo a la vista. Mi padre se llamó Pedro Rodríguez Duval, comerciante alegre, de rostro afable y manos limpias, mi madre: Ester Sánchez Ríos cuya cabellera castaña ondeaba majestuosa cuando el viento soplaba en la costa, sus ojos verdes miraban llenos de ternura, sus labios hablaban verdad, sus manos siempre listas para el trabajo y sus piernas soportando el peso del quehacer infinito en el hogar. Manolito Rodríguez Sánchez, mi hermano. Chiquillo travieso e inquieto que gustaba de perseguir cangrejos por la playa, con los pies más veloces que se han conocido y las manos más inquietas sobre el continente. Dormía como un bendito y lloraba como si se le fuese a acabar el mundo, pero en cuanto descubría el rostro de mamá esbozaba esa sonrisa encantadora que desarmaba al más duro. Mi familia no ha desaparecido, mi casa permanece a la orilla del mar porque aunque el océano se los llevó, me dejó a mi para perpetuar su memoria y evitar que se olvide su paso por este mundo. Fui y soy  inmensamente amada porque cada que las olas regresan a humedecer la arena de la playa, susurran mi nombre. Son mis padres y mi hermano que me invitan a sonreír”.

En mi mente aparecieron perfectos los rostros frescos e intactos de mi padre,  mi madre y mi hermano. Sí, eran ellos, ¡así eran ellos! Con el dedo acaricié el contorno de cada letra mientras recordaba fielmente sus caras, los ojos que parecían tener luz, las bocas, las mejillas…acerqué cada palabra a mis labios y besé lentamente una a una. En ese momento el padrino Jacinto apareció tras la puerta de entrada, sudoroso y cansado como siempre que volvía de sus recorridos.

Corrí hacia él y me arrojé a sus brazos para besarlo y abrazarlo por fin con todo ese amor que había reprimido durante tantos años mientras repetía incesante: gracias, gracias, gracias…

Ha pasado el tiempo y mi querido viejito, sigue conmigo. No teje más porque la artritis y el dolor de espalda se lo impiden, soy yo quien ve por él ahora tratando de retribuirle con paciencia y amor todos aquellos cuidados que me prodigó en la peor etapa de mi existencia.  

Soy fotógrafa. Viajo con mi lente dispuesta a capturar cada imagen que encuentro para perpetuar rostros, escenas y paisajes. Llegar a lugares azotados por los bombardeos funestos de la guerra, en atentados terroristas y catástrofes ocasionadas por la furia de la naturaleza siempre lista para retratar los acontecimientos y evitar que la indiferencia o el tiempo los pierdan dejando a niños, mujeres, hombres y ancianos huérfanos de recuerdos.

Porque después de la magnifica e increíble labor que realizó el padrino con su telar y esas manos mágicas de las que salieron tantas maravillas, descubrí que los testimonios al quedar impresos de cualquier modo, logran que prevalezcan los hechos, que las personas revivan, que el aliento retorne a nuestras vidas.

El mayor de mis tesoros es esa obra maestra que me regalo mi  tejedor de palabras y que como todo lo que confeccionó, a pesar del tiempo y del ir y venir sigue estando como nueva, señal de que el trabajo es inmejorable. Cuando los fantasmas de la tristeza me acechan y me siento sola, me envuelvo en ella y pareciera que el perfume de mi madre llena la habitación, siento las manos tibias de mi padre sobre el rostro y casi puedo escuchar la risa chispeante del Manolillo mientras las olas del mar en su ir y venir me cuentan las historias de ese pasado que quedó perdido, más nunca olvidado.

(c) Elena Ortiz Muñiz


México
*El tejedor de palabras resultó finalista en el Concurso La Felguera (Asturias, España) (2010)

Elena Ortiz Muñiz

Mexicana-Española. Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
Sus trabajos literarios han sido publicados en diversas revistas virtuales y en papel en México, Canadá, Uruguay, Argentina, España y Colombia.
Colaboradora de Arena y Cal (España), Revista Gibralfaro (Universidad de Málaga. Departamento de Lengua, Didáctica y Humanidades), Vida-reflexión con la sección “Cuentos en Azúl” (Argentina) y El canto del Ahuehuete (Guanajuato).

imagen: Alighiero Boetti

"Desafío de la armonía y de la invención", 1969, Grafito s/ papel
                                   25 paneles 70 x 50 cm.Col. privada Cortesía 1000 Eventi, Milán,
                                   Italia (de la muestra en la Fundación Proa)

Araceli Otamendi

Graciela Sacco, Tierra Prometida



Mi odiado Magritte

                                                                             
                                                                           "...Un niño me preguntó: ¿Qué es la hierba?, 
trayéndola a manos llenas,
¿Cómo podría contestarle? Yo tampoco lo sé..."

                                                                                                        Walt Whitman


     Tal vez haya muchas maneras de contarlo. No es tan difícil entrar en el mundo de un artista. Porque se puede construir un universo tal vez un poco o mucho, depende de la forma, hay tantas explicaciones innecesarias y aburridas. Si recordara los versos de Walt Whitman: Caramba, a quién sorprenden los milagros? Por mi parte no conozco otra cosa que milagros/ya camine por las calles de Manhattan o alce la vista por sobre los tejados del cielo o nade descalzo por la playa sobre el borde del agua o me yerga bajo ramas en los bosques o converse en el día con cualquiera que ame, o me acueste en la noche con cualquiera que ame..."

     Porque para Charles... Tendré que hablar por él. Tal vez alguien pueda contestarme aquello del alma perdida en las cosas. Porque no sé si soy un árbol o un pájaro posado en una rama y mira el suceder del tiempo en el interior de una casa. No lo sabré hasta terminar el relato.

    O tal vez sea un pedazo de tela que tocó Charles. Se lo cuento al oído al que se ha sentado bajo mi sombra a beber un refresco con su enamorada, así lo parece, porque se miran con dulzura y pasión al mismo tiempo y ella lo acaricia y a él le brillan los ojos y le tiemblan los labios. Me mira como si escuchara y se recuesta en el hombro de ella agradeciendo la sombra, pasándose una mano por el cuello y la cara. Y Charles  también estaba sentado muy cerca aquella tarde de octubre en París, porque me había olvidado de decirlo: estábamos en París, ciudad deseada como un objeto de lujo. Y no sé si decirle que era yo, Charles, o quién...

Pero cómo le digo para que me entienda, que no se duerma y me entienda. Un pájaro me hace cosquillas en una rama. Tengo que decírselo, que lo sepa, me mira otra vez y una hoja, qué dolor, se le cae en la cara, escúchame... Lucien. O cómo te llames, quién sabe, a lo mejor no le interesa esta historia y se muera de amor por Susanne. La historia de Charles  no es ni corta ni larga. Según por dónde empiece. Si partimos de Buenos Aires, de París o de algún otro lugar. Charles, un pintor a veces afortunado en el amor y desafortunado en la pintura o en el juego, ¿cómo era? Esto no es un juego. No, es una historia. Tal vez sería más fácil si yo fuera un pintor, ¡ay!, otra hoja cayó sobre la cabeza de Susanne que bebe su refresco y se pasa la lengua por los labios para tomar el último vestigio de él. Recordemos que puedo ser también un pájaro o un pedazo de tela o un hombre que anda por ahí escribiendo ficciones, entonces así es más fácil. Y como no lo sabré hasta que termine el relato porque puedo cambiar de estado, tal vez pueda ser un pintor. Porque Charles se aleja. A las tres de la tarde de París de octubre, ¿o al revés? Charles  caminaba apurado sintiendo en sus plantas los arañazos de la calle adoquinada. El gris del cielo había cedido a los rojizos tonos del sol que jugaba a esconderse entre las ramas. Han caminado conmigo tanto tiempo, pensaba. Testigos de tanto ir y venir por todas partes. Desde la tarde aquella que decidí salir de Buenos Aires del degradé hacia el negro, creyéndolo tan fácil. Cuando se es joven se tiene omnipotencia y se creen tantas cosas... El Centro Pompidou aparecía lejano tan sólo a unos metros de distancia. Cruzó la plazoleta, ¿era una plazoleta?, donde algunos se ganaban la vida escupiendo fuego después de tragar el líquido ardiente de una botella verde que alguna vez había aliviado las penas de algún infeliz que vivía ahora una vida miserable. Zapatos con agujeros testigos, no, eso ya lo dije antes. Ése que toca la flauta. un carozo roto de durazno seco y seca su garganta y ella, sí, es muy bonita, esos ojos negros invitando a un convite al amor brutal, a la animalidad. La llama en el aire explota y se apaga. Sólo queda el fuego en su garganta y una risa cascada que se hunde en el viento. Ha comenzado a soplar y Charles  se aparta un mechón de pelo absurdo que no hace juego con su cara de ser frágil, de sus ojos azules y su piel blanca y por qué ese pelo tan oscuro, no sé. Miró el reloj. Faltaba poco tiempo para el cierre de la muestra. La estructura transparente de laberintos que trepan se detuvo en sus ojos siempre dispuestos a mirar con encuadre. Se introdujo en una especie de hormiguero humano, tanta gente, me dan ganas de escapar, de irme, no quiero ir, pensaba. Nunca me gustó estar en el medio de una multitud, me siento un objeto, no sé, pierdo la noción de mi mismo. Lucien, te aburro. Se besan pero ella tiene frío y lo abraza y él también. La escalera mecánica y un zumbido y una que me mira con ojos de almendras dulces y destila una luz amarilla. Ni sé a qué piso voy. Amarillo no, violeta es lo que siento hoy. Nada de luz. Porque estoy oscuro y vacío. Yo no, Charles. Porque desde que salí de Buenos Aires no me detuve nunca. Nunca a pensar por qué he pintado tanto y por qué crear si ya se ha creado todo. No es cierto. La savia corriendo por ahí, golpeando en mi corazón sin que Lucien escuche y Susanne, Susanne, vos tampoco escuchás las palabras que salen de mí. Lo mirás a él pero cómo es posible que alguien esté tan enamorado porque los árboles, claro, no con otro árbol, sí con un pájaro o una gota de lluvia o un hombre o una mujer. Si supieras lo loco que estoy, no me mirarías así, no, te irías a cualquier parte, Lucien. La muchacha lo miraba inquieta, así como miramos involuntariamente la gota de rocío en el pétalo de una flor. Se pasó la mano por el pelo revuelto y subió el cuello del saco gris, desprolijo como él. Pulcro no era. Sus manos de dedos como espátulas de madera y acero puro se crisparon y endurecieron mientras buscaba algo en el bolsillo. Esta noche me voy, me alejo de París, del cuarto del barrio latino. Algunas cucarachas corretean un poco de noche. No me molestan. Un hombre vestido con impermeable de gabardina gris lo miraba con la cara torcida, como si sintiera un mal olor. Es que no es tan fácil bañarse en esa casa. Hay que pedir permiso a madame Francois, una vieja maldita y avara que te cobra por usar un poco de agua. Pensar que la vieja nos hacía bañar todos los días a René y a mí. Lávense la cabeza y las orejas también. Será posible que vengan así del colegio y cuánto trabajo y haber tenido dos hijos para esto... Las paredes tenían un tono marrón. Tierra, me gusta más llamarlo así. Ocres y tierras, la calidez que emana de ellos y el pasar la espátula por la tela impregnándola de materia, dejando la huella como un pedazo de alma, el pedazo desgarrado que andará por ahí muerto de frío, intentando aferrarse a una gota de sol para calentar la cara de un niño o un ángel, o al sonido de una palabra de amor como la que le dice Susanne a Lucien, no te vayas, dejame contarte, voy a tener que volar, arrancarme de la tierra a la que estoy aferrado y ser más liviano. Se miran, advierto en ellos algo que antes no existía. La ha convencido, naturalmente convencida mucho antes. Había empezado con los ojos de ella, con ese pestañear a veinticinco mil kilómetros por minuto y ese mover los dedos entre el pelo que sabe hacer tan bien y Lucien la mira y cómo la convenzo, cómo le digo, y Susanne que no, que no quiero, que vos no entendés, que no puedo aceptar, y bueno, a lo mejor, y sí, está bien... y les di sombra, qué otra cosa podía hacer sino eso, cómo participar en su historia de amor, yo elegí ésa. Porque nos acostumbramos a ver imágenes de manera distinta si las miramos como si fuéramos a pintar un cuadro. No es lo mismo pintar un mar y sólo un mar que un pedazo de mar en una roca o dentro de una casa.

¿Me oís Lucien? O un barco en una flor navegando en el néctar o el barco se aleja según si el horizonte esté más lejos o más cerca, pero ¿de dónde?

Y sí, habia muchos cuadros. Una escenografía montada alrededor de cada grupo de cuadros con objetos, libros y un considerable número de detalles pertenecientes a la época más relevante de cada pintor. Como una atracción magnética, como un saciar el hambre que tenía adentro, me acerqué a un cuadro de Magritte. Una cuerda de cuentas transparentes, casi invisibles salió del interior del cuadro como tendiendo un salvavidas a un náufrago. La tomé en mis manos y ella me transportó mágicamente al interior de una casa que había visto pintada en el lienzo, justamente la casa del medio. Supuse que sería la casa de Magritte. Mi odiado René Magritte. Cómo había detestado sus pinturas hacía ya algunos años. Una sensación de extrañeza se apoderó de mi y no hubo otra realidad que esa casa tan iluminada por dentro aunque sí se veía un cielo claro y despejado. Lucien, no te vayas así, qué poco respeto, qué poca consideración y ahora que se estaba poniendo más interesante la abrazás y te vas. Así como si nada, abrazados los dos. Y ahora es de noche, el sol se fue y yo también me tengo que ir con ellos adonde sea. Porque estas cosas no se pueden dejar así nomás y ahora qué me pasa que vuelo tan alto. Sentí dolor al desenraizarme de la tierra. Dolor y espanto y un poco de vértigo también. Pero qué felicidad poder volar así. Rápido, un nido que hace frío. No ven que los pájaros se han refugiado ya en los nidos y en los árboles. ¿Y ahora qué hago? Ahí están. Los pasos apresurados. Susanne se da vuelta y me mira y le acaricia la mejilla a Lucien y él la besa mientras caminan.  Quisiera que fueran cerca, que no tomen el metro ni un taxi. Alguien me escucha porque siguen caminando. De pronto, una cornisa, un pequeño descanso. Abajo hay pan. Alguien lo ha tirado junto a un sillón viejo y desvencijado, claro que hoy es domingo. ¡Qué manjar! Han entrado en un edificio muy antiguo. Como la casa donde vive Charles. Pensar que yo a Magritte lo odiaba y el maestro Renard no dejaba de hablarme de él, mostrándome su pintura. Hasta estar harto de verlo y de odiarlo. ¿Cómo entender que la explosión de color era para mÍ más valiosa que la perfección de la forma? ¿Que un cielo con naranjas y violetas me dice más que un cielo azul? Porque a Magritte lo he amado siempre a pesar del principio de mi odio, como amo a Van Gogh, a Picasso y a Cezzane. Qué  adorables manzanas las de Cezanne, casi iguales a las de la mesa donde comen Susanne y Lucien. Uvas, qué ricas y jugosas son. Déjenme entrar, esta rama se hamaca demasiado con el viento. Lucien come manzanas y se  ríen, se besan. La luz se apaga. Pero no puede ser, está sentado en la cocina pintando. Si es Magritte. Tengo frío y ha comenzado a llover. Susanne y Lucien hacen el amor a oscuras. La llovizna moja mis plumas y cuánto frío, no voy a pasar aquí la noche, me acuerdo del nido en que nací, el calor de mi madre y mis hermanos, la comida en el piso... Me faltaba el aliento y si me ve, si me descubre, sabe que el amor y el odio están tan cerca uno del otro como amantes. Porque el odio ya no era odio. La habitación era cocina y taller a la vez. Me acerqué a él con la seguridad de ser invisible pero no, me miraba y yo sin poder articular una sola palabra. Cuando un trazo no lo conformaba, pasaba un trapo y luego una nueva pincelada. Así nuevas imágenes reemplazan a las de antes hasta que con una sonrisa y un particular brillo en los ojos se daba cuenta de que cobraban vida. Y en una imagen estaban Susanne y Lucien, dos igual a uno si se suman y luego aparecían piernas y brazos independientes del cuerpo, pero me di cuenta que eran los de Lucien y Susanne y ya qué iba a hacer ahí afuera si el frío acechaba tanto y no había ningún nido donde cobijarse. Y el corazón palpitaba más de la cuenta. ¿Y ahora quién soy? Porque no siento frío debajo de las plumas que yacen muertas al pie de un árbol. Porque he muerto de frío por mirar el amor desde afuera. Si hubiera sentido un poco del amor de ellos, habría sido distinto. Porque nadie muere del todo si ha podido cobijarse en el amor. Y ahora la máquina escribe pero si está escribiendo sola yo no hago nada, sólo leo. 

Susanne y Lucien se han dormido. Charles está ahí con Magritte. El mar se mueve en la tela y salpica y sobre él vuelan los pájaros en busca de comida y el mar desaparece y revolotean pájaros en busca de comida y el mar desaparece y vuelven a revolotear pájaros con cielos interiores, las únicas que yo había amado desde siempre, ¿comprende, Monsier Magritte? No, no me mire así, que no soy un fracasado por no haber pintado durante diez años, casi muerto, mutilada el alma. Que el color se apagó y la forma se perdió y todo lo que hice estuvo mal. Porque un artista también tiene que comer y se enferma y llora y ríe y a veces hay fieras que destruyen como si vinieran del infierno, que cubren de negro los amarillos más audaces. No me mire así, dígame algo.

Yo también tuve un amor y fui amado pero ahora estoy atado a la tierra y por eso como, por eso lloro, por eso me enfermo, y me duele si me golpean, ¿me entiende? Fueron diez años sin pintar. No le diré cómo fueron esos diez años. Pero imagine el infierno, imagine, usted también lo sabe, del amor, de la vida y de la muerte. Un pincel, óleo y nada, los dedos acalambrados como el alma. ¿Y dónde está el artista? ¿Comprende ahora?

Y no hay plata, no se vende nada. Si usted me dejara dar unas pinceladas a la paloma, sí, por favor, lo he conmovido, ¿no es cierto? Al cielo no, no se lo toco. Ya está. Pero no me mire así. Magritte retocaba una tela a la que parecía mirar con especial atención. Un ataúd blanco con la palabra cielo en la tapa. Como detesté siempre ese cuadro. El cielo y el infierno, Creí ver una sonrisa de burla en su cara. Lo odiaba nuevamente, quise decírselo, que detestaba sus contradicciones, sus ilógicas pinturas pero tuve miedo, No me despedí, salí apresuradamente del cuadro y caí sobre una alfombra. Supe que lo encontraría en cada cuadro, en cada gota de lluvia, en una flor o en una palabra que hiciera galopar mis sentidos. ¿Y si ese cuadro hubiera sido el infierno? Qué despertar más violento, habían pasado siglos desde que llegué al Centro Pompidou. Charles se tocó la frente. Las yemas de los dedos pintadas de blanco, el blanco de la paloma de Magritte. Buscó en el bolsillo nuevamente. Un pasaje de avión a Buenos Aires. Esa noche salía el avión. Susanne y Lucien han despertado.  Ya no me necesitan. Charles ha vivido siglos en un día. Sabe que puede volver a pintar, que pronto sale el avión. Ya falta poco pero aquí puedo pisar las flores del campo de Van Gogh, morder las manzanas de Cezanne y acariciar el flaco rostro de la mujer de Modigliani. La máquina se ha detenido. Ya no escribo más.

© Araceli Otamendi