miércoles, 29 de diciembre de 2010

Magda Lago Russo

Eugenio Daneri


Nostalgia del pasado
                                                                                       
Esa mañana se levantó muy animada y pensó en  ir a su pueblo, su madre había muerto y en San Michael, no quedaba un solo pariente. 
Sintió un impulso de volver a sus raíces, a su identidad.
Cuando bajó en la estación, cada pasajero tomó su rumbo, todos pasaban a su  lado  indiferentes,  algunos solos, otros animados al encontrarse con algún familiar o amigo.
Trató de orientarse y comenzó a caminar, en busca de un coche que la llevase cerca de la que fue su casa, lo encontró enseguida ya que los remiseros estaban atentos a los pasajeros que arribaban.
San Michael  había cambiado muy poco, las mismas casas de madera todas iguales, en las cuales el paso del  tiempo había dejado su marca, ocultas bajo varias pátinas.
   
San Michael era un lugar de gente humilde que fue tomando las tierras para afincarse  donde poder formar una familia y darles a sus hijos la instrucción necesaria para continuar con los proyectos naturales.
A los hijos varones, el oficio de su padre o la conducción del comercio establecido, mientras que las mujeres desarrollaban  labores propias de su género: costura, bordados, tejidos, además de ayudar a sus madres a cuidar a los hermanos menores.
Las mismas calles bordeadas de jacarandás, única nota de color en esa gama de  grises, porque para ella San Michael era un pueblo deslucido y el paso de los años no lo había cambiado.
Todo estaba igual, era la postal descolorida que se encuentra a veces revolviendo  la caja de los recuerdos
No tuvo necesidad de preguntar, allí frente a ella estaba la que fuera su casa, le pidió al chofer que la dejase y en una hora la pasase a buscar.
Quedó absorta mirando la casa, deseaba entrar, ir al estanque del molino que estaba más arriba.
El gran molino estaba reposando, mientras un obrero realizaba tareas de reparación, el hombre ignoraba su presencia, pues estaba muy atareado.
No deseaba irse, el molino había ejercido siempre un encanto sobre ella.
El hombre notó su presencia y quedó sorprendido al verla, era  de mediana edad, corpulento, cabellos agrisados, con el cutis tostado por el sol de un pasado verano.
Perdone usted, le dijo: ¿Es el dueño de casa?
 - No. Yo vine sólo a reparar el molino
 -¿Está habitada la casa?
 -Sí, vive un matrimonio mayor, cuyos hijos se fueron a Boston.
 -¿Boston? ¡Qué casualidad!
El hombre no dejaba de trabajar, se sorprendió con  la  exclamación   de la mujer.
-Hace muchos años una joven  de este pueblo, de diez y ocho años se fue también a Boston.
El individuo ahora dejó las herramientas a un lado y se puso a observarla, era una mujer mayor, sus cabellos canosos contrastaban con la tersura de su cutis, debió ser muy bella en su juventud, elegante y fina en sus modales, sencilla en su vestir, que miraba con gran avidez todo los alrededores, como si quisiera llevar en su mirada todo lo que veía.
-¿Me equivoco o usted no es de aquí? Preguntó.
-Soy de aquí, pero me fui a Boston muy joven.
-¡Ah! A los diez y ocho.
- Sí, esta era mi casa, vine a ver si existía todavía.
-Ya ve, acá está a pesar de los años.
 No tenía deseos de contarle quien era en  verdad, el hombre capaz que   nunca supo de ella,  miró nerviosa a ver si veía el remise, ya había visto lo que quería, ahora deseaba más que nunca volver a su casa.
En ese momento, divisó el coche que se acercaba  saludó, mientras él, la quedó mirando pensativo y con atención, cuando se introducía en el  auto sintió una voz que le gritaba:
-¡Grace O`Hara! ¡La actriz!
Miró hacia el molino, vio como el hombre se había quitado el sombrero y lo agitaba en el aire saludándola, una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

(c) Magda Lago Russo


Montevideo

Uruguay

                                                                        




lunes, 27 de diciembre de 2010

Washington Daniel Gorosito Pérez


Nicola de María, Maschera dell amore 




EL JAZMÍN DEL POETA 


A  la memoria de Amado Nervo (México 1870-Uruguay 1919) 


Aquella tarde, al igual que otras, Don Giusseppe cargaba su canasta de jazmines en el brazo izquierdo. La rambla montevideana se extendía hasta perder su serpentear en el horizonte.
Era domingo, ese día tan especial añorado durante toda la semana. No con el objetivo de las parejitas jóvenes que veía pasear alegremente de la mano y lanzarse miraditas provocativas y susurros al oído. Pero, ¿Qué hacía él ahí?
Su pregón con acento siciliano,”jazmine, jazmine, jazmine, jazmine”; no sonaba extraño en un joven país que había abierto de par en par sus puertas a la inmigración. Por momentos la ciudad, se comparaba con la Torre de Babel.
Chispazos llegaban a su mente de la pobre infancia insular, una adolescencia en los olivares trabajando a brazo partido. Luego, la gran decisión: ir a hacer “la América”.
Los comentarios vertidos en las cartas por los ya idos, se hacían gigantes en las repeticiones de las madres del pueblo.
El viaje, él y Antonieta solitos con su amor y sus sueños hacia tierras extrañas, al poco tiempo, el accidente en la fábrica. Su saldo: la pérdida de la mano izquierda.
Adiós al trabajo, bienvenidas las necesidades. Y como si fuera poco, casi inmediatamente la enfermedad de Antonieta. Los pocos ahorros se fueron en medicinas, doctores,  y para colmo de males, un desenlace trágico.
Sólo le quedaba el consuelo de haberla amado como a nadie. La soledad se hacía insoportable, los recuerdos más…
Al ver esas parejas de jóvenes no se  le despertaba envidia; era un hombre bueno; pero el pensamiento era “que no fueran a sufrir como él”.El domingo significaba buenas ventas y el recuerdo de las caminatas por la rambla con Antonieta.
Sin importar clases sociales, la sociedad montevideana se encontraba allí en pleno las tardes de domingo. Los galanes obsequiaban blancos jazmines a sus amores.
Había decidido cambiar de sitio; la inauguración de la mole blanca, bautizada con el nombre de”Parque Hotel”, llamaba a los curiosos hasta formar multitudes que observaban el coloso de color blanco.

Pasaban dos paseantes a su lado y comentaban lo maravilloso de la obra, oyó decir a uno de ellos que ”era de estilo ecléctico y afrancesado”.
Corría el mes de abril de 1919, en Uruguay se vivían años de bonanza, exportando materias primas al viejo continente.
La clase alta a través de frecuentes viajes a Europa, adquiría un modelo de vida, a imagen y semejanza del parisino de la época, conocido como ”Belle Époque”.
Montevideo, su capital, se erguía junto a su hermana Buenos Aires de allende el Plata, en centro económico y cultural del momento. Y Giusseppe aportaba jazmines…
Una tardecita otoñal, vio llegar a un hombre delgado, enjuto, de ojos tristes, calva pronunciada sobre la frente; traje gris impecable, y un caminar lento, pausado.
Éste, se inclinó sobre la canasta, le entregó un peso oro, tomó un jazmín y lo colocó en la solapa derecha del saco.
Giusseppe al querer darle su cambio, recibe como respuesta un leve ademán con la mano derecha y la palabra”gracias”.
El caballero se retiró lentamente, cruzó la avenida seguido por la mirada del vendedor. Su pago correspondía a la venta de media canasta; sólo quiso una para el ojal.
Y entró en el Parque Hotel.
Giusseppe sonrió, tomó su canasta; la llegada del misterioso cliente coincidía con las últimas luces del día; un sol carmesí, moribundo, se reflejaba en el agua.
Se fue caminando lentamente con el peso de los años a cuestas.Al día siguiente, decidió caminar por la rambla, la brisa se sentía fría, pronóstico de un invierno crudo y tempranero. Esta era la peor época del año para las ventas.
Su amigo Mario, el florista,  después del accidente lo había metido en el negocio “Venda jazmines, es como la flor nacional, a todos les encanta”.
Había tomado la canasta que estaba arrumbada en un  rincón del dormitorio; bueno era un decir, era la única habitación multifuncional, exceptuando el baño.
Esa canasta era la que Antonia usaba para vender “Pannetone” casero, que amasaba con sus propias manos.  ¡Cómo extrañaba aquellos olores!
Con esos recuerdos en su mente y sin darse cuenta llegó frente al Parque Hotel. Se sentó en el muro de cemento frío, la canasta a su lado parecía estar rebosante de copos de nieve.
A lo lejos se divisaba la Isla de las Flores. Según le contaron, llevaba el nombre por un ex-presidente que hizo construir una cárcel en la misma para sus opositores.
El vuelo de una gaviota, casi suspendida en el aire, parecía marcar el sendero por el que venía aquel hombre caminando.
Se le veía encorvado, con su mirada en el suelo. Al llegar donde Giusseppe, metió su mano en un bolsillo del saco, extrajo un peso de oro y tomó el jazmín; repitiendo el ademán de días anteriores, lo llevó hacia la solapa, colocando la flor.
Con voz varonil agradeció y cruzó lentamente la calle, luego de dejar pasar un Ford T con su acostumbrado ruido, y se metió en el Parque Hotel.
Don Giusseppe apenas alcanzó a contestar el saludo; nuevamente declinó recibir el cambio cortésmente .Al extraer la flor de la canasta; el caballero fue observado minuciosamente por el vendedor.
Éste miró atentamente una bandera en la solapa izquierda del hombre. Tenía los mismos colores que los de su lejana Italia, se diferenciaban por lo que parecía ser un águila en el centro.
No se atrevió a preguntar.
Mueren los días, la brisa se convierte en frío, la acompañan lloviznas. El agua corre raudamente por los cristales de la ventana.
Giusseppe decide visitar a Gianni, un Paisano que vende periódicos.
Con él practica el trueque. Después de platicar sobre sueños no realizados, le deja un ramo de jazmines para su esposa y trae periódicos viejos con los que envolverá su mercancía.
Ha pasado el mediodía, sube al tranvía y regresa a casa. No ha parado de llover, otro día perdido. Deja los periódicos sobre la mesa, se prepara un té y se sienta a ojearlos.
Toma al azar un ejemplar del diario “El Día”, el del Partido Colorado. Al ver la primera página, sus brazos se ponen tensos, la respiración se entrecorta, aprieta el periódico.
Ve la foto del hombre de mirada triste, el caballero misterioso; el titular a varias columnas rezaba:”Al amanecer de este día, los médicos rodeaban su lecho”.  Entre ellos no había consuelo: lo inevitable era inminente.
La dolorosa noticia circuló inmediatamente por toda la ciudad de Montevideo, el poeta Amado Nervo había fallecido en Uruguay. Se conoció la triste noticia en su patria lejana, México y en el mundo.
Nubes oscuras epilogaban la jornada. Continúa lloviendo muy penosamente.
Levantó los ojos del periódico en los que tenía lágrimas de verdad.
Era él. El caballero del jazmín en la solapa. ¡Estaba muerto!



(c) Washington Daniel Gorosito Pérez




Acerca de Washington Daniel Gorosito Pérez





Nació un 24 de Junio de 1961  en la Ciudad de Montevideo, República Oriental del Uruguay.
Actualmente reside en Irapuato Guanajuato, México.
Naturalizado Mexicano en l999. Obtuvo a la fecha 2 Premios Provinciales,
4 Nacionales y 11 Internacionales.

Participó en 7 Antologías Internacionales  y 2 Nacionales.



Escritor. Poeta. Ensayista. Investigador. Periodista. Catedrático Universitario. Analista de Información Internacional en periódicos de Uruguay, México y Ecuador.

Ha recibido varios premios y distinciones:

Premios y Distinciones: Internacionales: 1992: "1º Lugar" Premio Latinoamericano de Comunicación, Unión Católica Internacional de la Prensa, UCIP. San Pablo, Brasil. Premio de Periodismo "Amistad, Norte-Sur" Oficina de Prensa del Gobierno Alemán, Berlín, Alemania - 1999: "Mención Especial" Fundación Internacional de Literatura "Premio Antonio Machado", Collioure, Francia - 2002: "Antares I" y "Mención Especial" Autor Extranjero, Publicaciones Altair, Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina - 2003: "Antares II" y "Mención Especial" Autor Extranjero, Publicaciones Altair. Nacionales: 1993: "2º Lugar" Concurso Nacional de Ensayo Histórico "Fray Bartolomé de las Casas" Fundación Bartolomé de las Casas, México. "2º Lugar" Concurso Nacional de Ensayo Literario "Sor Juana Inés de la Cruz", Sociedad Cultural México - 1998: "1º Lugar" Concurso Nacional de Ensayo Literario "Sor Juana Inés de la Cruz" Sociedad Cultural Sor Juana Inés de la Cruz - Instituto Mexicano Libanés - 2001: "1º Lugar" Poesía y otros.  



miércoles, 22 de diciembre de 2010

Lorgio Ángel González Dalmau

Roberto Matta, La composición con tonos verdes



Cayajabos*

“Hay su misterio en  lo que un ser humano necesitado puede llegar a creer. Es el caso de Cayajabo.”

Guido volvió a recorrer con la mirada su auditorio. Calculó que sería cerca de la medianoche aunque el velorio aún se mantenía nutrido porque el suicidio de Moncho, profesor  joven y simpática persona, lo había sentido todo el pueblo. Además, según Manuel, todavía Navaja estaba investigando en un video la causa del suicidio y la gente quería saber. Tendría tiempo y auditorio para otro relato si lograba que  Ruly y Bartolo, el aspirante a poeta, no le desviaran el asunto.
“...Por estos rumbos las creencias en la santería, paleros y  babalaos, no son muy fuertes, dice el Historiador que predominó el Espiritismo de Cordón,  por la composición étnica, que la influencia del vodú haitiano es más al Este, para mí es como decir que había pocos negros en la zona.
Pues eso de la brujería tiene sus cosas. Aquí se dio un caso con Cayajabo, que a eso debe su nombre, antes se llamaba Armando Torres. Resulta que él trabajaba de tractorista en la finca de los Castañedas, ahí después del río.  Y no se crean, que un negro tractorista en aquella época era más que doctor en esta. El caso es que de pronto se casa con Liduvina,  mulata que trabajaba en la casa de los patronos, una de las muchachas más lindas de todo este contorno, y un cuerpo de sirena. A los pocos meses nació Sergio, que contrario a los de su condición de prematuro, hijo de negro y mulata, brotó  rubio y grandazo como los Castañedas, que después, como por remordimiento lo adoptaron e incluso,  cuando le quitaron las tierras con la Reforma Agraria, se lo llevaron  del país.  Pero  Armando ya le había hecho tres o cuatro negritos a Liduvina, que aún no había perdido el hábito de dormir la siesta con Arturo Castañeda.  Cuando se fue del país, Armando brincó de gozo, pero la cosa empeoró  porque entonces Liduvina cogió otros marchantes, Beto la Polluela, el padre de Navaja y Enrique Peña, cuando venía al pueblo, eran los puntos fijos y más de una vez  ella lo dejó como gallo parido cuidando a  los muchachos.
Pues para un San José, fiestas patronales de este pueblo, nos encontramos a Armando todo lloroso tratando de consolar con pitos y dulces a los negritos que echaban de menos a la madre. Esta vez hacía tres días que no estaba en la casa. Entonces se le ocurrió a Pedro mi primo decirle:
- Armando tú lo que tienes es que hacerle un trabajo para que no se te vaya más.
- ¿Trabajo?
- Sí, de santería, amarrarla.
Entonces Pedro le explicó que el que más sabía de brujería era Enrique Peña, un truhán  de primera que andaba con nosotros. Era de aquí pero recorría toda la Isla, siempre venía para los San José, pero lo mismo llegaba de Quivicán, de Buenaventura que de Los Palacios, bien parecido. Vestía bien, con sombrero tejano. Decían las mujeres que se parecía a Jorge Negrete, y con cuatro pesetas que traía se le sobraban las novias, incluyendo a Liduvina que era un amor de juventud. Fíjense si Enrique era resuelto que después se fue para la Sierra Maestra con los Rebeldes y bajó de Teniente.  Entonces se puso para hacerle la maldad a Armando y nos apartamos un poco del gentío para que Enrique entrara en trance. Montó el congo sin mucha intensidad para no llamar la atención y después de algunas jerigonzas dijo concluyente:
- Ya Liduvina está en la casa.
Armando, y los niños que estaban desconfiados, cuando entendieron, saltaron de alegría. En esto no hubo engaño porque los tres días se los había pasado con Enrique en un hotel de la ciudad como celebración del San José. Yo tuve que escribir lo que le pidió que trajera para el trabajo de santería, porque a pesar de su  porte,  Enrique  conocía  de cuentas a la memoria pero no sabía escribir y Armando menos. Dentro de las cosas que yo me acuerdo anoté un chivo negro, un gallo colorado, tres gallinas blancas, un gato negro que estuviera alzado en el monte, un aura tiñosa, una jicotea y un majá para las siete sangres de la Tierra; tres gajos de ciguaraya, cúrvana y rompesaragüey;  apazote, zarzafrá, mastuerzo; cintas negras, rojas y verdes; pelos de diferentes partes del cuerpo de Liduvina, una braga y un ajustador, siete botellas de ron Pitirre, pólvora, azufre, azúcar cándida, sal en grano, pimienta, jengibre, todo eso por libras y  una pila de cosas por el estilo, y  recuerdo que en dinero  fue siete setenta y siete en centavos amarillos que  circulaban de casualidad. Y lo más importante era que tenía que hacer un collar con treinta y tres cayajabos lo más fuerte posible porque tenía que usarlo siempre y de reventarse alguna vez se rompía el amarre. Después supimos que se lo hizo Lleyo Aguilar con un alambre de acero inoxidable que todavía lo trae y al cual debe su nombre. Dicen que una vez en una reyerta lo agarraron por el collar y levantó los brazos.
- Mátame si quieres, pero no te metas con el collar.
Recuerdo que terminaba la lista con tierra de la tumba de Tristán Paneque, un guapetón que habían matado de una puñalada hacía años, pero que tenía a su haber la leyenda que con el puñal clavado en el pecho tomó una piedra del fogón de una vieja friturera y se la arrojó al agresor que quedó tuerto. Todo ocurrió aquí en el parque, la gente vieja lo sabe. Cuando Armando se fue soltamos la risa.
-          Hasta el otro San José no reúne el pedido.- dijo Enrique.
Pues quién les dice a ustedes que en poco más de una semana se apareció Armando en casa del tío donde estaba parando Enrique con tres sacos de cosas y los animales. Enrique tuvo que seguir el juego y con él mismo nos mandó a buscar. Fuimos para la ceiba solitaria que está a la orilla del río. Armando limpió un ruedo que le indicó Enrique y en el centro puso a hervir un caldero con los ramajes  y los ingredientes que había traído.
Pedro y yo  éramos como los ayudantes. Enrique se tomó de un trago media botella de Pitirre para montar el congo decía él,  y el resto nosotros, Armando también bebió.
- Tienes que tomar las siete sangres de la Tierra para que tu caballo coja fuerza.
Con un afilado cuchillo fue degollando animales y Armando bebió con mucha fe hasta la sangre de la tiñosa, pero cuando le tocó al gato que estaba encerrado y furioso en un saco de lona, dijo Enrique:
-  Cógelo y mátalo a mano limpia y bebe la sangre para que tu caballo sea fiero, fiero.
El gato le desguazó las manos, pero lo dominó, y mordiéndole la nariz le chupó la sangre. Yo estaba en temblores pero no sabía cómo parar aquella locura. Le advertí a Enrique que Armado no podía tomar del mejunje del caldero porque la cúrvana es venenosa. Lo más cómico fue cuando lo hizo desnudar y ponerse la braga y el ajustador de Liduvina, con la advertencia que no se los podía quitar en tres días. Después fue la consagración del collar de cayajabo. Todavía me queda la imagen de  Armando parado en medio del ruedo bañado con la pócima, con la ropa interior de la mujer, el majá muerto enrollado en  el cuello para que sobre él se posara el collar; los despojos del gato en una mano y la tiñosa en la otra, haciendo equilibrio sobre el carapacho de la jicotea, de donde no podía caerse sin romper el amarre. Enrique, murmurando frases entrecortadas, le daba la vuelta haciendo un redondel  con la pólvora, azufre, sal y demás componentes; de vez en cuando lo escupía y daba palmadas a Armando que a duras penas se mantenía sobre el carapacho. Enrique le puso el collar después de darle tres pases diciendo suábana suábana suábana, donde los cayajabos, que yo no he visto semillas más duras que esas, ustedes las han visto, parecen un balín, rechinaron en el cráneo del negro que no pudo evitar que se le aguaran los ojos. Enrique nos indicó que nos apartáramos y tiró un fósforo sobre el compuesto de pólvora y parece que algo explotó de más sin saberlo nosotros, aquello fue una bomba, tuvimos miedo que viniera la Guardia Rural. Cuando se despejó el humo apareció Armando más negro que nunca pero algo de triunfante había en él. Ya eran casi las seis de la tarde y Enrique le dio las últimas instrucciones:
- Enreda los pelos de Liduvina en las cintas y clávalas en la ceiba por la parte donde sale el Sol, ahí tienes que estar arrodillado hasta que calcules que sea medianoche.
Le entregó en un saco los restos del majá, la jicotea, el gato y la tiñosa.
- Luego te vas de rodilla hasta el cementerio y entierras el saco en la tumba de Tristán Paneque  que es el espíritu que va a garantizar el amarre. Después te vas sin llegar al pueblo, por siete días, lejos, nadie de aquí puede verte y cuando vuelvas Liduvina será solo para ti.
- Es que en Cuba hay muchos Cayajabos.- interrumpió Bartola y continuó:
Usted puede evidenciar
Y con esto no lo alabo,
Que para ser Cayajabo
No hace falta collar.
- Bartolo, sin cantar, no te olvides dónde estamos.- le corrigió Ruly y Guido se apresuró para evitar que le cortaran la narración.
Nosotros nos llevamos el chivo, las gallinas, el gallo  y el ron que quedaba, hicimos la fiesta en casa del tío de Enrique. Supimos que Armando caminó de rodillas los casi dos kilómetros hasta el cementerio, dicen que se le podía seguir por el rastro de la sangre cuando ya iba llegando. Enrique aprovechó los siete días que Armando iba a estar fuera del pueblo para darle su vuelta a Liduvina que nada sabía del asunto. Pero quién les dice a ustedes que fue la última vez. Hay cosas que no tienen explicación por más que se le busque. Cuando Cayajabo regresó, tomó tal posesión de Liduvina  que jamás lo traicionó, ni el propio Enrique  pudo estar más con ella, ni cuando bajó de la Sierra Maestra con el Ejército Rebelde, que con la barba y el pelo largo se parecía a Jesucristo.    
- ¿Guido, usted cree eso que dice Bartolo?- preguntó Ruly.
- Realmente...  no hace falta el collar, aunque creo que no todos los  Cayajabos han tenido la suerte que tuvo Armando.
 (c) Lorgio Ángel González Dalmau

Granma. Cuba

Lorgio Ángel González Dalmau
Licenciado en Español-Literatura, Licenciado en Derecho y Doctor en Ciencias de la Educación Superior. Profesor de Derecho en la Universidad de Granma. Ha obtenido premios en los concursos Batalla de Guisa y Manuel Navarro Luna en los géneros de cuento y teatro. "Premio finalista, accésit y mención especial” por la novela “Cuentos de velorio”,  y el relato “Lo más tenebroso del periodo especial” en el I certamen de Novela Corta y Relato, "Revista Literaria Katharsis, 2008", España. Ha publicado relatos en “Prisma” y “Luz de Yara” tabloides literarios de la Provincia y Letra Universal de España.  Tiene inéditas las novelas “El reino de la Bestia”, “Luz y Carbón” y “Cambalache.”


 *El cuento Cayajabos resultó finalista en el Concurso Literario Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente - Segunda Edición - Jurados: Irene Meyer (Argentina-Francia), Gloria Dávila Espinoza (Perú) y Araceli Otamendi (Argentina)


imagen:

Matta, Roberto
(Santiago de Chile, Chile, 1912 - Tarquinia, Roma, Italia, 2002)
La composición con tonos verdes, 1939
Lápiz color y grafito sobre papel
32,3 x 49,3 cm
Malba


martes, 21 de diciembre de 2010

Ricardo Raúl Biglieri

    Club Sportivo Barracas - Serie Los clubes (c) Alejandro Lypszyc 


El club del barrio*
          Para quienes peinan blancas canas o en algunos casos éstas ya se han marchado, cuantos recuerdos gratos nos trae este tema.
          Mi club era el todos los habitantes que en un radio de cinco kilómetros circundantes, concurríamos a él porque enclavado en la llanura bonaerense era un “club de campo”, donde sus habitué era esos agricultores, toscas sus manos, pero amplias para dar en un apretón sincero, todo su afecto y la seguridad de que lo que se pactaba no había necesidad  de firmar un documento.
          Producto de mi generación anterior que no escatimó esfuerzos para tener un lugar de reunión, luego de sus rudas tareas diarias, donde expresar sus recuerdos de una Europa que se debatía en guerras, de la cual habían huido a tiempo, o comentar las novedades de la zona, u  opinar sobre las próximas cosechas.
 Allí en ese pedazo de esta bendita tierra volcaron todos sus esfuerzos, ya sea levantando sus paredes, fabricando sus aberturas porque los recursos económicos eran pocos, pero la inventiva suplía con creces esa alternativa.
          Los ladrillos colocados fueron de propia fabricación y si bien el piso de tierra en sus principios necesitaba de una atención permanente, ella era superada por el calor humano que reinaba en esas cuatro paredes resguardadas por un techo de cinc, que en las noches de invierno dejaba  caer gotas de agua, producto de la condensación de nuestra respiración.
Allí, en bamboleantes mesas, por lo desparejo del piso, jugaban interminables partidos de naipes, mientras “la grapa” o el “amargo”, barría de sus gargantas el polvo que circulaba en el ambiente.
En ese contexto me fui desarrollando.
Recuerdo el espíritu de solidaridad que en aquellos pioneros existía.  Yo tendría algo más de once años cuando ocurrió el recordado terremoto de San Juan, si mi memoria no es infiel en año cuarenta y cuatro del siglo pasado.  A invitación del intendente formaron una comisión para recaudar fondos.
 Evoco aquella gente que se acercaba al club que hacia de nexo entre el donante y el poder público y aportaba la cifra que podía. ¡Que ejemplo de solidaridad y desprendimiento existió!
Pero el tiempo fue pasando y el recambio generacional llegó.
Un grupo de jóvenes toma la posta de nuestros mayores e insuflamos esa corriente de sangre nueva, que amalgamada con parte de la anterior acometió la empresa de modernizar el “club”. Personalmente pasé a ser el secretario del  mismo a meses de haber cumplido dieciocho años.
Nuestra premisa fue colocar el piso de mosaicos al pequeño salón y construir uno mayor para utilizarlo como pista de baile. Y...,¿los fondos? - ¡de donde los conseguiríamos!.
En ese tiempo aunque prohibidas, empezaban a circular las famosas “tiritas”, pero con lo recaudado no llegábamos, así que recurrimos a los pioneros del mismo, hombres de edad, consolidados económicamente, quienes no hicieron oídos sordos a nuestros pedidos y aportaron lo suyo a nuestras arcas. Pero no alcanzábamos a  las metas económicas prefijadas.
Cierto día el tesorero nos arrojó una idea. ¿Si lanzamos, la campaña de la donación del valor un quintal de maíz por parte de los colonos?, cuyo importe compartiríamos en partes iguales con la Cooperadora Escolar, con la cual trabajábamos en completa armonía, cada uno en su círculo. Dada la conformidad de ésta y bajo la supervisión de un miembro de cada parte lanzamos la idea.
¡Éxito total! Los agricultores daban orden en la cooperativa que retenía ese valor y lo acreditaba en una cuenta especial, así llegamos a obtener los fondos para aquello que después fuera un hito en el cruce de esos cuatro caminos de tierra.
 Al año inaugurábamos el salón y sus accesorios complementarios.
¡Al fin teníamos un espacio adecuado para realizar funciones cinematográficas, ya  que aunque cueste creerlo mucha gente no lo conocía, ya sea por falta de medios de traslado a las ciudades, carencia de recursos o desidia.
¡Como sería la novedad  que los días de función se anunciaban con disparos de bombas a la salida y entrada del sol!!!!! 
Contratábamos quincenalmente, diría, un viejo cinemovil, era un simple camión carrozado  que tenía adosado  un generador de energía de 220Vlt. que accionado  por el motor  del mismo daba el fluido eléctrico para alimentar al proyector y alumbrar la sala.
Recuerdo que en una película de guerra, un paisano que nunca había asistido a una función, tan consustanciado con ella estaba, que al ver un avión que parecía que en picada se venía sobre el público, al grito de ¡Guarda! se arrojó al suelo. Demás está en narrar que el pobre hombre, se retiró despaciosamente, montó su caballo y nunca más apareció en una función cinematográfica.
Pero los beneficios fueron menguando a medida que para esa época la novedad, dejo de serla.
Otra alternativa que nos quedaba era intentar por probar suerte con reuniones bailables ya que las realizadas habían tenido cierto éxito.
 La odisea era el traslado de la orquesta, generalmente una bien constituida utilizaba piano que teníamos que proveerlo ya que la cooperadora de la Escuela nos lo prestaba, pero era muy incómodo su traslado  porque esa masa inerte de madera y cuerdas pesaba más de trescientos kilogramos. Así que lo pospusimos para más adelante.
Tímidamente empezamos con grabaciones, luego con conjuntos de músicos aficionados de la zona, hasta que decidimos contratar un cuarteto que hacía furor en eso momentos, era la época que el ritmo cordobés estaba en su apogeo. El salón resultó chico, concurrió gente de todos lados, entre ellos una joven que ¡O casualidad! – ¡Con el tiempo sería mi esposa! La verdad que en ese momento mi cargo de presidente no me halagaba mucho, porque la veía bailar con otros, no  me agradaba, dado que mis obligaciones me mantenían ocupado pero a veces esas situaciones sirven para templar los nervios...
Así, animados por el éxito repetimos varios de ellos. Recompusimos nuestras finanzas, amén de un alquiler que nos daba el conserje y por lo general era un punto de reunión de la familia porque los niños jugaban con algunos juegos que habíamos conseguido, los hombres sus partidos de truco, mientras las damas concurrentes ¡vaya a saber de que conversaban!
Los sábados se hacían tertulias para matrimonios, me parece estar viendo a una pareja mayor iniciar el baile con un paso doble de un extremo a el otro del salón pero en sentido diagonal, se le notaba que la sangre hispánica le bullía en sus venas y detrás de ellos se generalizaba la danza.
Se nos ocurrió formar un equipo de futbol, había bastante juventud para ello, el terreno para la cancha nos lo prestaban, así que nos pusimos manos a la obra.
Mucho fue el entusiasmo, se formó un grupo humano maravilloso, el aporte de ellos estimulaba a la comisión directiva  en su tarea de establecer vínculos con entidades vecinas.
Se concurría a jugar a lugares distantes, en aquellos destartalados camiones que la mayoría de las veces había que empujarlos, pero la  algarabía  del grupo hacía que se obviara el esfuerzo.
 Allí en el juego aparecían las clásicas alpargatas blancas con cordones, porque el presupuesto de cada jugador no daba para más. Pero éramos felices.
 Los resultados no nos eran muy favorables, pero los momentos de camaradería se hallan grabados aún en mis retinas, aunque también algún susto ya que, aunque no asiduamente alguna pendencia  existía, pero nunca llegaron a mayores.
Como hacía siete años que estaba en esos menesteres, pensé que debía dar un paso al costado, disfrutar a pleno algo que si bien es cierto estaba encaminado, había gente con condiciones para llevarlo por la senda deseada.
Así que me dediqué en mis ratos de ocio a ser un habitué más a las flamantes mesas.
Sobre ellas arreglábamos el país, nos enfrascábamos en partidas interminables de cartas, o comentábamos alternativas para el próximo baile, por lo general se hacían uno por mes, rezar para que ese día no lloviera como nos ocurrió cuando contratamos a Argentino Ledesma y por ella concurrieron cincuenta personas quedando nuestra tesorería al borde del colapso.
¡Pero cumplimos lo prometido: “El baile no se suspende por lluvia”.
Quienes siguieron en la dirección del mismo construyeron una cancha de pelota a paleta y otra de bochas, que mayormente no utilicé, porque comprendí que era más agradable bailar con el Wincofón al compás de Los Panchos o Pugliese ya entonces semanalmente, total ¡mucha gente venia de otros lados, entre ellos alguna persona especial!
Y los años fueron corriendo, junto a ellos la vida. Hoy veo a mis nietos con flamantes botines, equipos reglamentarios provistos por la entidad, seña que aquello que tenían en mente anteriores dirigencias desde sus comienzos tan sacrificados se cumplieron con creces.
A mi entender la función que cumplió un club, sobre todo en los comienzos de una época dorada, mirándolo a la distancia, es que fueros aglutinadores de ese crisol de razas que fue formando nuestra nacionalidad, con nuestras coincidencias y divergencias, pero que nos encuentra en camino al bicentenario expectantes  de hacer realidad la meta que marcaron nuestros mayores.       

(c) Ricardo Raúl Biglieri
Ricardo Raúl Biglieri  (Pergamino -Provincia de Buenos Aires, 1933)
Actualmente vive en Pergamino. 
*El club del barrio resultó finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente- Segunda edición - Jurados: Irene Meyer (Argentina-Francia), Gloria Dávila Espinoza (Perú) y Araceli Otamendi (Argentina)



                                                                                                   

lunes, 20 de diciembre de 2010

Julio Picón Ponce


Taba Cué


Tendría 7 u 8 años, no recuerdo bien la fecha, solamente los hechos, las circunstancias y el misterio. Frecuentemente acompañaba a mi abuelo hasta una chacra usufructuada en un paraje llamado Yvyra`i, donde tenía una pequeña huerta de batatas y mandiocas. Yo ayudaba, a pesar de mi corta edad, removiendo la tierra adyacente a los tallos y tubérculos. Mi abuelo, mucho más fuerte y vigoroso, se encargaba de arrancar de raíz las plantas de mandioca, lo que demandaba un esfuerzo importante. Siempre salíamos temprano, como a las 7, más o menos. Previamente nos devorábamos un majestuoso desayuno hipercalórico, con mate cocido y un revuelto de huevos y carne.
Ese día, tomamos el arenoso camino que se extiende hacia el oeste, continuando la calle San Luís del Palmar sobre la que estaba mi casa. Yo iba montado sobre un caballo, viejo y manso, al que llamábamos “Moro”. Pasamos por el frente de la escuelita Bolaños y seguimos hacia nuestro destino, primero por otro camino arenoso y luego por una senda apenas visible que atravesaba un campo y se perdía contra un monte de espinillos. Alguien más nos acompañaba, no recuerdo quién, pero todos íbamos a caballo. Cuando llegamos cada uno se dedicó a una tarea y yo, jugando con mi fantasía, removía la tierra con una palita y la juntaba alrededor de los tallos de mandioca.
Cerca de las 3 de la tarde, se podía apreciar un evidente cambio atmosférico; repentinamente los nubarrones oscurecieron el cielo y amenazaban con una importante lluvia. Era hora de ponernos en marcha para evitar quedar en medio de la incipiente tormenta.
Monté sobre el “Moro” y comencé a seguir, con el cansino ritmo equino, a mi abuelo y a la otra persona (creo que era un peón), que marchaban unos metros más adelante. Para el regreso tomamos otro camino, no recuerdo porqué. Atravesamos el espeso monte itateño, observados por los pájaros y demás bichos que viven en ese ambiente, que parecía virgen, pero no tanto, porque se veía de vez en cuando algunos troncos rollizos que fueron abatidos por la mano del hombre o alguien con hacha. Nuestro avance parecía monótono por su normalidad; salíamos de un monte y nos esperaba un claro, y más allá otra pequeña selva, y seguíamos así, como sin rumbo, sin camino marcado, pero guiados por el instinto natural del hombre de campo, que identifica los puntos cardinales en la mas densa espesura. De repente, mi abuelo le susurró algo al otro hombre, éste se rió y con un gesto entre burlón y negativo le dijo:
- ¡Noooo, Don Pedro, esas son macanas! ¡Cuentos de borrachos! ¡Jaja! – y luego azuzó a su caballo, a quien se lo veía nervioso y arisco. Con este estímulo, el animal penetró, remoloneando, un muro verde y no se lo vio más; mi abuelo siguió el ejemplo y entró al monte. Y no tuve otra opción e hice lo mismo.
Al principio todo iba bien, nada extraño; se escuchaba el piar de algunos pájaros y las ramas se movían por el viento que pregonaba a la lluvia. Inesperadamente algo cambió, yo lo sentí; los cascos de los animales no hacían ningún ruido, las aves callaron, el viento cesó, nada se movía, sólo nosotros nos movíamos. Mi abuelo notó el aura sobrenatural que nos rodeaba y apuró el trote. Entonces apareció entre la maraña de vegetación silvestre una construcción de piedra, como un muro o una pared, de no más de un metro de alto, algunas piedras caídas trabajadas como un cubo, y una columna semidestruida, también de piedra, labrada y sujetada por una frondosa enredadera. Pasábamos y mirábamos. Callados y con un miedo inexplicable. Luego, como en un círculo despejado de malezas y follajes, una mesa de piedra, mas bien un altar, rudo y antiguo. Era una iglesia. Eran ruinas abandonadas y ocultas. Lo que siguió nunca pude comprenderlo, porque mientras miraba como hipnotizado los restos de piedra, las paredes caídas, un repentino e intenso frío recorrió mi espalda; y no era un frío común, no, era algo muy escalofriante y extraño. Y cuando levanté la mirada hacia las copas de los árboles, noté la presencia de una sombra grisácea, oscura, del tamaño de un hombre corpulento, y que se movía entre las ramas con tal rapidez que parecía no tocar siquiera las hojas; y para colmo empezó a emitir como un gruñido sordo y persistente, similar al sonido agónico y grave de un ventilador viejo. Yo me asusté, y mi abuelo también. Espoleó a su caballo, revoleó su rebenque y tiró de la rienda del “Moro”, que se movió presurosamente para huir de aquel lugar. Al galope, eludiendo ramas y espinas, salimos de allí, mientras observaba cada tanto que la sombra siniestra se balanceaba de árbol en árbol, realizando saltos de más de 15 metros y con precisión circense.
Cuando salimos de esa espesura, nos faltaba el aliento y nos sentíamos como si hubiésemos escapado de la misma muerte. Luego mi abuelo me contó que el lugar que había conocido accidentalmente se llamaba Taba Cué, que en guaraní significa pueblo viejo, y antiguamente allí se localizaba una población llamada Santa Ana, donde comenzó a ser venerada la imagen milagrosa de la Virgen de Itatí; para tal fin se había construido un oratorio humilde y años más tarde una capilla con piedras de la región, los cuales fueron modelados artísticamente por los indígenas de dicha reducción. No se conoce el motivo, pero dicho asentamiento fue abandonado presurosamente; según algunos por hostigamientos de tribus belicosas y enemistadas con los religiosos franciscanos; según otros porque el terreno era bajo e inundable, lo cual no es cierto porque la experiencia no me recuerda una geografía expuesta como valle de inundación del Paraná; y según mi abuelo, quien lo comentaba por lo bajo, como en secreto, se trataba de una maldición echada sobre el lugar por el mismo demonio para menguar la devoción hacia la milagrosa imagen y disuadir a los nativos más simples. La mismísima Virgen se apareció después sobre un cúmulo de piedras, cerca del poblado actual.
Tres décadas después intenté sin éxito volver al paraje misterioso, pero el guía o baqueano que me acompañó abusó de mi ignorancia sobre posicionamiento global y terminó llevándome a otro lugar totalmente distinto, afirmando que estábamos en lugar de las ruinas. Unos años después me propuse llegar por el río, pero todos los lancheros se mostraron renuentes a conducir la aventura que pensaba emprender.
Creo que el viejo poblado, el auténtico Taba Cué, aún esta allí, oculto, perdido, desgastándose con el tiempo, mezquinando su historia de cielos e infiernos.
© Julio Picón Ponce
 Julio Picón Ponce (Corrientes, 1969) vive actualmente en la Provincia del Chaco.
 Taba Cué resultó finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente - Segunda Edición.
Jurados: Irene Meyer (Argentina-Francia), Gloria Dávila Espinoza y Araceli Otamendi

imagen:
Procesión de la Virgen de Itatí
Fortín Lavalle, Chaco, 16 de julio de 1964
Colección Matteo Goretti © Grete Stern
 De la muestra “Culturas del Gran Chaco en la Fundación Proa"


domingo, 19 de diciembre de 2010

Araceli Otamendi

Alicia Carletti - Juego de cartas



Leer este cuento trae suerte

Leer este cuento trae suerte es el título de un cuento que empecé a escribir alguna vez. Antes del conejo rosado, antes… Cuando todo parecía igual que siempre… cuando las cosas parecía que iban a estar en su lugar como siempre.  Voy a hablar del conejo rosa, rosado, pequeño, peludo, suave ¿como Platero?. Es que la vida en los departamentos parece tan monótona. Pero, como decía, el conejo rosa vino a trastocarlo todo. A tal punto que no sé si escribo para desprenderme de la imagen de ese conejo.
Todo empezó ¿empezó alguna vez? Con los nuevos vecinos. Sí, los del tercero ce. Cuando se mudaron no les presté atención. Los que vivían antes se fueron sin decir palabra, de la noche a la mañana. Un día me asomé al balcón y vi que el de al lado estaba vacío. Ni una planta, ni el perro, ni la nena que vivía ahí, y que tomaba sol de vez en cuando. Ni siquiera un chau, un adiós, un saludo a la distancia. Se habían ido y punto. Pero el conejo irrumpió en mi vida sin aviso. Llegó una mañana a mi balcón y lo vi. Pensé que se había escapado de algún dibujo animado. Era, es, un conejo precioso: chiquito, bonito, rosado, peludo, suave, como un muñeco. Apenas levanté la persiana lo vi. Me había levantado temprano. Estaba en mi balcón comiéndose las plantas. Lo alcé en mis brazos. El animalito se dejó acariciar sin ninguna dificultad, seguramente estaba muy contento: había terminado con las plantas de mi balcón casi de un solo bocado. Pero no había logrado, todavía, comer las hojas de las plantas que colgaban. Pensé que había saltado del balcón vecino y fui a devolverlo. Y así conocí a los nuevos habitantes.
Toqué el timbre con el conejo en una mano y esperé. Un ojo se asomó detrás de la mirilla. ¿Quién es? Preguntó la voz ronca de una mujer. Le mostré el conejo y la mujer abrió la puerta. ¿El conejo? Preguntó, aunque parecía saber la respuesta. Sí, le dije. El conejo ¿es suyo? La mujer asintió y me invitó a entrar. Fue así que conocí la casa. Le di el conejo y eché un vistazo al departamento. Paredes blancas, pocos muebles. En el piso, había una especie de tablero de ajedrez grande. Todo me parecía muy extraño. Pensándolo bien la mujer era bastante extraña, como si fuera una figura escapada de un mazo de cartas. Podría haber sido la sota de bastos o más bien de espadas. Tenía una sonrisa afilada, como si hubiera estado pensando con malicia en alguna cosa. Me detuve frente a una pared, miraba un cuadro, era más bien un espejo. ¿Le gustan los paisajes? me preguntó. Sí, sí, claro. En realidad fue en ese momento, cuando me pregunté si estaba soñando. O si había traspasado el espejo, como Alicia. La mujer fue a preparar el té, según dijo. Entró a la cocina y yo me quedé ahí, de pie en el comedor. Mientras, el conejo, hacía de las suyas. Había mordido la pata de la mesa y se disponía a pasar al balcón. Hasta donde pude ver, había muy pocas plantas. ¿Cómo hace? dije, subiendo el tono de voz. ¿Qué cosa? Me respondió la mujer. Gritábamos como si estuviéramos en el campo, a cien metros de distancia, una de la otra. ¿Cómo hace para tener plantas, con el conejo?
La mujer contestó no sé qué cosa, porque ya no me acuerdo cuando escribo esto. Porque parecía todo tan real, lo estaba viviendo. ¿Y entonces? En un rincón del comedor, había una mesita con un juego de té completo, tazas de porcelana, platos de postre, cucharitas. Todo parecía indicar que íbamos a tomar el té ahí. El reloj cucú, en ese momento sonó cinco veces. El pájaro se asomó otras tantas  y entonces supe que eran las cinco de la tarde. Pero si yo había llegado ahí a eso de las nueve de la mañana ¿tan rápido había pasado el tiempo? La mujer apareció con una bandeja de metal y una tetera. Ahora sí, se parecía más bien a la sota de oro de un mazo de cartas, pensaba. Me indicó con un ademán que nos sentáramos a tomar el té en aquél rincón. Pensándolo bien mi tamaño había disminuido hasta tal punto que podía sentarme perfectamente en esa silla, que antes, me parecía destinada a un niño que empezaba a dar sus primeros pasos. Enseguida vino el conejo rosa y se quedó entre la mujer y yo, como si esperara algo. La mujer sirvió el té con masitas secas, amarillas y secas. Las probé. Eran deliciosas. En eso el conejo saltó sobre la mesa y también comió masas. El pájaro del reloj cucú se asomó nueve veces. Miré a la mujer a los ojos y ella desvió la mirada. ¿Dónde estoy, me pregunté? La mujer tomaba el té como si nada, hablábamos de animales y de plantas, de cosas domésticas. Quise indagar en el tema del color del conejo ¿por qué era rosa? ¿y por qué no? Me contestó la mujer de la sonrisa afilada. Me pregunté si siempre luciría esa sonrisa. ¿Tenía alguna  importancia? En ese momento me sentía una extraña, tomando el té en esa casa, con esa mujer a la que no había visto nunca, con ese conejo rosado que había llegado a mi casa. La escena del té terminó cuando tocaron el timbre. Un hombre alto, con sombrero de copa entró, se miró al espejo y luego   se sentó a la mesa. Dejó el sombrero en el piso. Tenía piernas larguísimas. Se acomodó en posición de loto y se dispuso a tomar el té. Fue entonces cuando el conejo arremetió contra el sombrero y  empezó a morderlo y a comerse los pedazos de tela. El hombre y la mujer no decían nada, sólo bebían el té, parecían estar habituados a esa situación.  No dije nada. Me incorporé despacio, mientras el conejo seguía destrozando el ala y salí casi en puntas de pie del departamento. La luz del pasillo estaba encendida. Ya era de noche. Volví a mi casa, estaba a oscuras. La luz de la calle apenas  iluminaba el interior. Encendí la pecé. Las distintas luces empezaron a titilar: azul, rojo, algún amarillo. Distintos tonos de luz hasta que se hizo la luz en la pantalla. No había ningún mail interesante. Cerré la casilla de mensajes y me dispuse a escribir. Abrí el archivo: Leer este cuento trae suerte

© Araceli Otamendi
Noviembre de 2010

jueves, 16 de diciembre de 2010

Susana Irene Astellanos

Fernando Fader, La mazamorra



Los ojos de la sierra*


   Martina llegó con sus abuelos a San Luis, viviría con ellos en las afueras de una pequeña villa turística dedicándose a la elaboración artesanal, bien artesanal, de aceite de oliva, conservas de aceitunas y algún dulce que completara la oferta a los visitantes. La niña había quedado sola después de la muerte de sus padres y sus abuelos decidieron volver a sus pagos para criar mejor a su nieta, lejos de recuerdos tristes.
   La villa, con vocación de gran destino turístico, tenía por entonces muy pocos habitantes, la mayoría aborígenes muy ajustados a sus costumbres y creencias ancestrales. Supo ser tierra de comechingones, dueños absolutos del terruño, compartiendo su riqueza sólo con los animales, algunos de ellos intimidantes y generadores de respeto. Juan era descendiente de esos primeros pobladores, conoció a Martina en una de sus largas caminatas en aquel verano donde el tiempo sobraba más que en otras épocas del año; se encontraron tirándole piedras al mismo loro barranquero a orillas de un pequeño curso de agua. Sus edades y la falta total de prejuicios, abonó el suelo que hizo crecer su amistad.
   Pasaron  el resto de esas vacaciones contándose sus historias y compartiendo horas de juegos. En esos menesteres se encontraban cuando la niña vio un reflejo en la sierra,  preguntó a su amigo qué era,  él algo indeciso, le contestó:
—. Seguro cuarzo, brilla mucho con el sol.
—. Vos no sabes nada, no estás seguro ¿Vamos a ver?
—. ¡No! –Respondió Juan- Mejor no.
   La jovencita se extrañó, por primera vez no aceptaba una propuesta suya de aventura. Un par de días después, nuevamente el brillo en las serranías los deslumbró, esta vez el muchacho no eludió el tema y le dijo a su amiga:
—. Te voy a contar una historia, como vos no naciste aquí, tu piel blanca quizás te proteja,
      pero para las niñas de mi pueblo esta historia es una advertencia.
—. ¡Ah! No digas tonterías, hablá de una vez.
  
   Juan le relató lo que los ancianos contaban desde mucho tiempo atrás: “En una aldea ubicada por esos rumbos, donde hoy ellos se aventuran en sus juegos, la gente vivía tranquila criando animales, un día a principios de otoñó, un águila se acercó al poblado más que de costumbre; habitualmente no molestaban ya que en la sierra había muchos ratones y víboras con los cuales alimentarse. Los hombres preocupados se prepararon para defender a sus animales, el águila al ver la amenaza se alejó, pero no por mucho tiempo. A partir de entonces el alado animal retornaba casi a diario, cada vez era espantado pero siempre retornaba. En cada ocasión se cercaba más sobrevolando la toldería. Hasta que un día los hombres no se preocuparon por el águila, un peligro mayor había aparecido llevándose un cabrito, se trataba de un puma.
   Los hombres tomaron sus armas y salieron de cacería, dejaron a una pequeña niña en uno de los corrales, con la instrucción de que si el águila aparecía, agitara un trapo y así estarían a salvo. Como ya era su costumbre, la majestuosa ave llegó, la niña asustada comenzó a sacudir la tela con desesperación, no podía gritar para pedir ayuda a las otras mujeres, su voz se desvanecía a medida que entraba en pánico, entonces el águila comenzó a aproximarse ignorando el paño desplegado por la pequeñas manos, se acercó tanto que en un momento los ojos de los dos, niña y ave, se cruzaron en una mirada; por un instante el mundo desapareció a su alrededor y hubo una conexión mística entre ambos. El tiempo inmóvil, el ave suspendida en el aire sin agitar sus alas, la jovencita estática mantuvo su mirada fija hasta que un sonido, el silbar de una flecha rompió el encanto y  el certero disparo atravesó el cuerpo del animal que cayó al piso. La niña se arrodilló a su lado sin separar sus ojos de los del animal que murió a los pocos segundos; junto a él cayó la niña como fulminada, aunque no muerta.

   Los hombres que volvían de la cacería con su presa, llegaron en aquel dramático momento, creyeron salvar a  la niña derribando al ave y la vieron junto a él caer. La pequeña estuvo en un letargo febril varios días, luego, de a poco, la niña comenzó a mejorar pero al despertar levantó lentamente los párpados mostrando sus ojos, ya no profundamente azabaches, sino amarillos dorados como los del ave de vio morir; ciertamente lo último que pudo ver ya que además había quedado ciega.
   La jovencita se recuperó y un día sin compañía alguna, a pesar de su ceguera, se dirigió hacia la sierra y llegó hasta la precaria tumba donde habían sido depositados los restos de la imponente ave; al regresar había cambiado, si bien nunca volvió a ver con sus ojos terrenales, había obtenido un don, era capaz de percibir claramente el interior de las personas, sus dolencias, sus males y sus odios. La gente comenzó a acercársele a pedir consejo, por sus enfermedades o tristezas, también le traían a los pretendientes de sus hijas para saber si eran dignos de ellas, a veces sólo iban para ver sus ojos ya que transmitían paz.
   Así vivió hasta su vejez, gracias a los regalos que la gente, solamente desaparecía una vez al año para visitar la tumba emplumada; hasta que un año, siendo ya muy anciana simplemente no volvió. No pudieron encontrar su cuerpo pero en el lugar donde se encontraba el sepulcro del águila, una luz cegadora apareció. Los mayores de la tribu prohibieron a todos ir a ese lugar por considerarlo sagrado.”

   —. Desde entonces cada vez que vemos el brillo en la sierra simplemente nos alejamos de  
         allí. –concluyó diciendo Juan-
   —. ¡Qué linda historia! -Opinó Martina- Pero es sólo eso, una historia, un cuento de los
         viejos.

   El verano se fue enfriando, llegó la escuela y los encuentros de los niños fueron menos frecuentes, hasta que un día de Abril, cumpleaños de la pequeña, decidieron festejar juntos a orillas de un arroyo, donde se podía tocar la sierra, hasta el lugar llegó Martina y sus abuelos llevando torta, jugo y mate, hacia allí iba José por un sendero con una flor como regalo. A lo lejos vio el jovencito a los tres y un instante después un brillo lo cegó, quiso gritar, no pudo, echó a correr pero no llegó a tiempo, la niña acarició en la piedra lo que pensó era un trozo de cuarzo, desmayándose al momento.
   Al despertar… Amarillos-dorados eran sus ojos, José no lo podía creer ¡Si sólo era una historia!


 (c) Susana Irene Astellanos

Berisso

Provincia de Buenos Aires

*cuento finalista en el Concurso literario Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente - Segunda Edición -
Jurados: Irene Meyer (Argentina-Francia), Gloria Dávila Espinoza (Perú) y Araceli Otamendi (Argentina)