jueves, 29 de diciembre de 2011

viernes, 16 de diciembre de 2011

Edmundo Paz Soldán



































































































Edmundo Paz Soldán







Volvo








A Jorge Benavides
















A principios de los ochenta fui con mi curso en un viaje de promoción a Sucre y Tarija. Teníamos el propósito manifiesto de conocer más del país, chiquillos que vivíamos en el vacío creado por la campana de vidrio de la clase media cochabambina; todavía no se había puesto de moda eso de viajar a Bávaro o a otras playas caribeñas, pero seguro lo habríamos hecho si la espiral hiperinflacionaria de ese tiempo nos lo hubiera permitido. Conocer el país era apenas una excusa para encontrar un paisaje diferente a la hora del alcohol.
Durante las vacaciones de invierno estuvimos tres días en Sucre y una semana en Tarija. En Sucre descubrimos que la Casa de la Libertad era mucho más pequeña de lo creíamos, pero lo más notable fue coincidir con la promoción del Uboldi de Santa Cruz. Con Conejo y Mauricio nos acercamos a tres chicas sentadas en un banco de la plaza tomando helado. Para nuestra felicidad, nos enteramos de que estarían al mismo tiempo que nosotros en Tarija. Lilibeth tenía pichicas y una sonrisa que hacía florecer hoyuelos en sus mejillas. Me regaló una foto carnet dedicada que llevé en mi billetera incluso años después de que le perdiera el rastro.
En Tarija conseguimos alojamiento en un galpón que se utilizaba para prácticas de gimnasia en el estadio de fútbol. Éramos veintinueve, habíamos conseguido ese recinto gracias al Chavo, el profesor de Educación Física que viajaba con nosotros y era responsable del grupo. El Chavo era bajito y pícaro, hasta ahora no entiendo cómo logró que los padres salesianos le dieran un cargo con tanta responsabilidad. De hecho, durante nuestra primera visita a la plaza principal una mañana de miércoles, el Chavo decidió que había que celebrar nuestra llegada metiéndose con ropa a la fuente. Fue el primero en entrar, le siguieron cinco alumnos. Los tarijeños que pasaban por allí nos miraron con algo de suspicacia.
Al atardecer, los jóvenes iban y venían por los amplios paseos de mosaico en la plaza, tocaban guitarra bajo las palmeras o jugaban al truco mientras mateaban o comían bollos calientes. Allí me encontré con Volvo; daba vueltas en una camioneta y estacionó en doble fila sin preocuparse de la llamada de atención de un varita. Se bajó y me abrazó con efusión. Lo había conocido en una discoteca en Cochabamba, ciudad en la que vivían sus primos hermanos y a la que viajaba con frecuencia. Me encanta cocha, decía, las mozas son más abiertas. Era muy popular porque era alto, tenía las espaldas anchas y el cabello negro ensortijado, la nariz recta y los labios carnosos; mi hermana decía "es muy churro, nadie de Cocha está a su nivel". Había tenido varios problemas en Cochabamba; decían le gusta serruchar el piso, no respeta a nadie, busca a chicas que ya tienen pareja. No creo que molestara tanto su estilo, sino el hecho de que con frecuencia las chicas se fueran con él.
Volvo estaba fumando. Me preguntó dónde nos alojábamos. En el estadio, le dije. Hizo una mueca traviesa, me dijo con su cantarín acento chapaco:
-La hija del cuidador siempre está rondando. Es negrita, fiera, chaqueña. No habla la imilla, creo que es muda, pero le gusta cojer si eres un niño bien. Cuando estamos necesitados y no sale nada la vamos a buscar y nos la llevamos en auto por ahí.
Le agradecimos el dato. Nos dijo la disco de moda es El Cuervo, nos veremos allá el viernes, y volvió a su camioneta. El varita le había puesto una multa en el parabrisas; la hizo pedazos y partió.
Al día siguiente me encontré con Lilibeth en la puerta del hotel Victoria, donde se quedaba su promoción. Le regalé una rosa blanca que me había robado de la plaza, fuimos a un restaurante a comer chili con carne. Me invitó a una guitarreada que unos tarijeños habían organizado para sus amigas. Tomás me acompañó a una casa cerca de la iglesia de San Roque. A los chapacos no les gustó que llegaran chicos que no habían sido invitados. Nos sentimos incómodos y le dijimos a Lilibeth que nos iríamos; ella se solidarizó y decidió irse con nosotros. Esa noche la besé cerca del busto de Aniceto Arce en la plaza.
El viernes por la mañana vi a la hija muda del cuidador merodeando con el galpón y se lo dije a Conejo. Más me hubiera valido callarme. Conejo se le acercó; en la distancia observé que le hablaba. Al rato volvió y me dijo que tenía todo arreglado. Apenas viera salir al Chavo rumbo a una visita a la Catedral, ella entraría al galpón. Él la estaría esperando metido en su sleeping bag sobre su catre. Ella no había hablado, pero movió la cabeza afirmativamente cuando él le hizo la propuesta.
El Chavo y un grupo de diez alumnos salieron de paseo a las once. Hubiera querido ir, pero pudo más la curiosidad y me quedé. Al rato la hija del cuidador, descalza y con una falda larga azul, se apoyó en la puerta del galpón. Uno de los chicos que sabía lo que iba a ocurrir le indicó el catre de Conejo. Ella se acercó. Echado sobre mi sleeping bag a cincuenta metros de donde estaban, me hice al que leía una novela de Sábato. La chica no debía tener más de trece años; se desnudó, asomaron sus pechos como tímidas formaciones arenosas. Se metió en el sleeping bag de Conejo. Al rato, los que nos encontrábamos en el galpón comenzamos a escuchar los gemidos de ambos; los de ella eran guturales, desesperados, comunicaban angustia y desesperación en vez de placer.
No pude aguantar más y salí. No encontré al grupo. Tampoco estaba Lilibeth en la plaza. Recorrí la ciudad por mi cuenta, traté de distraerme admirando sus balcones coloniales, la placidez de sus calles, el ritmo aletargado con que la gente discurría por la vida.
Volví al estadio a la una de la tarde. Tomás no me dejó entrar al galpón. Me dijo que esperara mi turno. ¿Qué turno? La hija del cuidador seguía allí adentro.
-Nueve ya se han servido de ella. Yo soy el siguiente. Si quieres vas a tener que anotarte. El Conejo está llevando la lista.
-No puede hablar. ¿Cómo saben si quiere?
-Mal no lo está pasando, te lo aseguro. ¿Te animas?
Escuché gritos en el galpón y le dije que no me interesaba. Entré al estadio, me senté en las graderías de cemento mirando la cancha vacía, el césped ralo. ¿Debía volver, intervenir? ¿Qué ganaría? Defensor de causas perdidas, me habían dicho mis amigos y hermanos tantas veces con un tono burlón que al final mis buenas intenciones habían terminado convirtiéndose en una caricatura tan despiadada como certera.
Dejé que pasaran los minutos sin levantarme de las graderías. No quería que mis compañeros pensaran que era un mojigato.
Cuando volví me encontré con el Conejo en la puerta. A Tomás le había llegado su turno.
-¿Te vas a animar?
-¿Qué tal… qué tal está la chaqueña?
-Tiene buen cuero y se mueve mucho, pero sus gritos medio que me ponen nervioso.
-¿Vale la pena? -dije con un tono de que sabía de esas cosas, yo que apenas me había iniciado cuatro meses atrás, con una morena del Kalvert que me había llevado a un motel sin que se lo preguntara y que incluso tenía condones en su cartera. Con ella había tenido tres encuentros en moteles, dos de ellos dignos del olvido.
-En tiempos de guerra cualquier aujero es trinchera. Ajá, te estás animando pendejo. Pero tienes que esperar un montón.
-Yo te pasé el dato. Cuántas veces te he hecho copiar en los exámenes. Si lo pienso mucho ya no voy a querer.
El Conejo dudó. Luego hizo una sonrisa pícara.
-Sólo porque eres medio cartucho -anotó mi nombre en la parte superior de la lista.

Llegamos al Cuervo después de haber tomado varias botellas de vino bajo el molle de una plazuela. Hicimos un juramento de que lo ocurrido con la hija del cuidador no saldría de Tarija. Ni siquiera al Chavo se le contaría nada, ni en chiste. Al que hablaba le esperaba una pateadura para que se acordara el resto de su vida.
A la entrada de la disco había una aglomeración. Comenzamos a empujar con mis compañeros; terminé en la primera fila y logré entrar junto a Mauricio y Tomás. Pagué mi entrada, me di la vuelta, vi que varios estaban todavía perdidos en la aglomeración. En ese momento llegó el Volvo con sus amigos. También habían estado tomando, se les notaba en los ojos. Se me ocurrió que Volvo debía saber lo que su sugerencia había ocasionado. No diría nada, pero me tentaba hacerlo. Seguro se reiría.
-¿Quién te ha dejado salir hasta tan tarde? -me gritó, sonriente--. Ya deberías estar en pijamas a esta hora.
-El que debería haberse quedado en su casa eres tú -le seguí la broma--. ¿No te has visto la cara de wawa?
-¿Y quién carajos sos vos para decirme eso? ¡Esperá nomás a que te agarre, no me aguantás una pasada!
Su rostro se transformó; dejé de reconocerlo como un amigo y lo vi como un borracho ofendido en su hombría.
Trató de abrirse paso entre la muchedumbre para alcanzarme. Me llevaba una cabeza, se me ocurrió que lo mejor era esconderme en la oscuridad del Cuervo. Las del Uboldi estaban bailando solas en la pista. Una de ellas me señaló a Lilibeth en una mesa en el rincón. Me senté a su lado, le pedí que me abrazara.
-¿Pasa algo?
-Ha sido un día muy largo.
Me besó y sentí que lo que debía haber hecho apenas llegué a Tarija debía haber sido buscar a Lilibeth, olvidarme de Volvos y compañeros y no separarme de ella ni un instante.
Al rato un policía se me acercó y me preguntó si era de la delegación cochabambina. Asentí.
-Tiene que salir. Los vamos a escoltar hasta su alojamiento.
-¿Escoltar?
-Me ha oído bien. Rápido rápido, por favor.
Me despedí de Lilibeth con un beso casual y fugaz. Estaba nervioso, y no sabía que nunca más la volvería a ver.
A la salida descubrí que había habido una pelea campal entre tarijeños y mis compañeros de curso. Volvo, al tratar de agarrarme, había empujado al Salvaje, un beniano fornido que estaba con nosotros desde primero medio. El Salvaje se dio la vuelta y le gritó pedí disculpas carajo; Volvo respondió con un puñetazo en la cara. Mis compañeros salieron en defensa del Salvaje. Saltaron los amigos de Volvo y se les unieron otros chapacos. Fue una pelea desigual. El Salvaje terminó con dos costillas rotas; otros tenían contusiones en el cuerpo y cortes en la cara. Los tarijeños no paraban de gritar que el petróleo era de ellos, podían ser una región rica si no fuera que nosotros nos lo llevábamos todo.
Escoltados por la policía, cabizbajos, nos alejamos del Cuervo entre insultos y volvimos al estadio en la oscura medianoche por calles de tierra y de losetas. Nos detuvimos en un hospital semidesierto para que un par de compañeros recibiera atención. Me pregunté qué me diría Volvo la siguiente vez que lo viera en Cochabamba, tomando helados con sus primos en El Prado o acaso con alguna chica, quizás mi hermana.
Dos años después, el Salvaje volvió a Tarija con dos amigos. Lo esperaron a Volvo en la puerta de su casa. Lo agarraron a golpes con una vara de acero, le dieron de patadas en el suelo. Volvo estaba borracho y, a pesar de lo grande y fuerte que era, no tuvo tiempo de reaccionar; imploró perdón hasta que la sangre que salía por su boca le impidió hablar. Un testigo afirma que escuchó al Salvaje ordenar a sus amigos golpearlo en la cara hasta que ni sus papás lo reconocieran. No lograron su objetivo: sus papás pudieron reconocerlo en el hospital; sin embargo, no sirvió de mucho porque Volvo no podía contestarles con una tibia sonrisa, un leve movimiento de la mano o una palabra. Había entrado en un coma profundo del que, veinte años después, todavía no ha salido.
El Salvaje se escapó del país, uno de sus hermanos me dijo que al Brasil.
Ya no me queda casi nada de ese viaje de promoción. Recuerdo el nombre Lilibeth, pero no la forma en que besaba ni su rostro ni su silueta ni su voz. De tiempo en tiempo se me aparece, de la nada, la hija muda del cuidador. Abre la boca, intenta hablarme, pero su lengua es un pedazo sanguinolento de carne. A ella trato de olvidarla, pero no puedo.
Alguna vez pensé que Volvo había cosechado lo sembrado, que los caminos del Señor eran extraños y habían logrado unir lo ocurrido con la hija del cuidador con el destino fatal de Volvo. Ahora ya no. Me he quedado sin ese consuelo, y en ciertas tardes largas y noches insomnes de esta ciudad que ya no es Cochabamba busco en vano un sosiego que me dé respiro.








(c) Edmundo Paz Soldán























Acerca del autor:

Edmundo Paz Soldán nació en Cochabamba, Bolivia, en 1967. Es licenciado en Ciencias Políticas y obtuvo un doctorado en Lenguas y Literatura Hispana por la Universidad de Berkeley. En la actualidad es docente de la Universidad de Cornell. Ha sido ganador de varios premios literarios, entre los que se cuentan el Premio Erich Guttentag (Bolivia, 1992), por la novela Días de papel, y el Premio Juan Rulfo (1997), con su obra Dochera; dos años más tarde fue finalista del Premio Rómulo Gallegos con su novela Río fugitivo.
Ha sido galardonado con el premio Nacional de Novela 2002 de Bolivia, por la obra El delirio de Turing.
Paz Soldán pertenece a una nueva corriente narrativa latinoamericana, que registra en sus obras el impacto de los medios de comunicación masivos y las nuevas tecnologías en el paisaje urbano del continente. Ha formado parte de la antología McOndo (1996), señalada, junto al manifiesto del grupo mexicano del "Crack", como clave para entender la propuesta estética de la nueva generación de narradores. También ha publicado la novela Días de papel (1992), y los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Coeditó la antología de cuentos Se habla español (2002). Sus obras han sido traducidas al inglés, alemán, finlandés, francés, danés, griego y ruso, y han aparecido en antologías en España, Estados Unidos, Alemania, Suiza, Francia, Perú, Argentina y Bolivia.



imagen: fotografía (c) Martín Landa

lunes, 12 de diciembre de 2011

Rubén Amaya



















Mafalda


Muy pocos conocían su nombre, para todos era simplemente Mafalda. Un querubín sonrosado: todo su rostro era una sonrisa, entre angelical y traviesa; Sus diecisiete años estaban invadidos de ternura, picardía, responsabilidad.
La responsabilidad se manifestaba en su preocupación por los estudios, su solidaridad y honestidad con sus amigos, y su constancia en la militancia.
Esta, la militancia, tenía para ella, formas particulares. Tenía absoluta conciencia de la atracción que producía entre los jóvenes, militantes o no. Más allá de su rostro, verdaderamente hermoso: de su cuerpo, armonioso, detonante, sin llegar a la exuberancia: toda ella, su manera de andar, su mirada franca y penetrante, su risa, (una catarata de sonidos); su modo de demostrar afecto, entre inocente y perverso; todo, era una tentación difícil de ignorar.
Usaba sus encantos, para sumar o asegurar militantes a su organización. En concreto, los enamoraba, los incorporaba y los dejaba. Eso sí, dulcemente, para que no produjera rencores ni alejamientos.
Militaba con alegría, con picardía, con desenfado. Siempre en el límite de la disciplina que obsesionaba a los ortodoxos. No era una simple inconsciencia de juventud. Mafalda tenía muy claro el porqué de su compromiso político. Lo que no sabía, lo intuía. Navegaba con aparente descuido, en la semiclandestinidad de los años 70.
En las reuniones, era el tábano molesto. Preguntaba el porqué de todo, discutía todo, cuestionaba todo. Después se reía del fastidio de los responsables, pero se aplicaba seriamente a la tarea que le fuera encomendada.

- Mafalda, el martes nos movilizamos en adhesión a la huelga de los obreros metalúrgicos. Tenés que organizar la participación de los jóvenes de tu sector.

- No hay problema. ¿A qué hora hay que estar?

Como siempre, la presencia de los jóvenes estaba asegurada. Mafalda se preocupaba de convocar y comprometer a cada uno.
Eran tiempos de continuas movilizaciones. Por el retorno de la democracia, por la solidaridad con trabajadores en huelga, por el boleto estudiantil, por la libertad de compañeros presos. Sobraban los motivos y la decisión de no dar tregua a las fuerzas de represión.
Se aproximó a mí, pidiéndome que la ayudara a preparar un examen del colegio. Quizás por el buen resultado de la experiencia, o quizás, simplemente porque nos sentimos amigos, nos acostumbramos a juntarnos por las tardes en mi casa, tres o cuatro veces por semana. Preparábamos alguna materia que tuviera pendiente, tomábamos mate, hablábamos de política, leíamos poesía; poco a poco me fue tomando de confidente. Me contaba de las cosas que soñaba: que esperaba de la vida; particularmente, en algún momento se atrevió a confiarme aspectos de su vida íntima. De algún modo, se había confundido en las redes de su propio juego. Por aquello de seducir ligeramente a los jóvenes que quería incorporar a la militancia, los chicos que la rodeaban, aquellos con quienes compartía la mayor parte de su tiempo, no se atrevían a intentar siquiera una relación amorosa con ella.
Los 60, y especialmente los 70, no fueron sólo años de violencia. Fueron tiempos de una fenomenal explosión de imaginación. De una juventud que despertaba de una largo letargo de prejuicios y de un orden y una disciplina acartonadas. De derribar mitos y verdades absolutas. Desde la canción, un sector se despegaba del folclore paisajista, para ser un testimonio de su tiempo; aparecía el rock, como lenguaje de los jóvenes. A pesar de los aparatos de censura, el cine se liberaba de ataduras moralistas. Cuba y Viet nam, nos decían que el poder imperialista no era invencible. En medio de la sucesión de dictadorzuelos militares y sus montañas de prohibiciones, un viento de libertad soplaba por las calles y los jóvenes lo respiraban a pulmón abierto.
Uno de esos mitos, era, desde la mirada de los muchachos, el de la novia virgen. Desde la mirada de ellas, el cuidado de su virginidad, como un tesoro que había que cuidar de los depredadores sexuales. Una de esas tardes de mate y confidencias, Mafalda me confiesa que a sus diecisiete años, seguía virgen, a pesar de ella. Que en las mínimas oportunidades en que pudo haber tenido su iniciación sexual, el conocer su estado de virginidad provocaba la huída estrepitosa del galán de turno.
Lo tomaba como una frustración. A veces se reía de la situación, en otros momentos se angustiaba. Me clavaba su mirada inundada de interrogantes, y me preguntaba (o se preguntaba) ¿Me moriré virgen?. En aquel momento mis dos hijas estaban entrando en la adolescencia, yo las veía reflejadas en ella, y no me atrevía a sugerirle nada.
La convocatoria era en el Congreso Nacional, para reclamar el cese del estado de sitio, instalado casi como una situación permanente. El despliegue policial y parapolicial, era abrumador, cosa que, especialmente a los jóvenes, no les impresionaba demasiado.
Desatada la represión, Mafalda se fue quedando atrás, cuidando a los compañeros a su cargo. Inevitablemente quedó dentro del cerco policial, y de allí a un celular rumbo a la comisaría más cercana.
Llegó convertida en un montoncito sonrosado cubierto de lágrimas. No era un llanto silencioso, sus lamentos se escuchaban desde el último rincón de la comisaría:

- ¡Yo vine al centro con mi amiguito Carlitos! ¡Mi mamá nos dio permiso para ir al cine! ¡Qué le voy a decir a mi papá! ¿Por qué me traen aquí si no hice nada?

Cuando se ponía en ese papel, incluso representaba menos edad de la que tenía. Realmente parecía una tierna niñita desconsolada.

Los llevaron a un patio, para luego hacerlos pasar a la guardia de a uno, y tomarles los datos. Cuando le tocó el turno, redobló sus lamentos y sus lágrimas, al preguntarle su nombre, dice:

- Mafalda, en mi casa me dicen Mafalda.

Aunque pueda ser difícil de creer, un policía se conduele y le ofrece un caramelo. Sus llantos y sus lamentos son de tal magnitud, que llaman la atención del comisario. La lleva a su oficina y la consuela. Se ocupa personalmente en llamar por teléfono a sus padres, para que la vengan a buscar. Mientras esperan, ordena que le hagan un té para que se calme. Llega el padre, y entre sonrisas, agradecimientos y apretones de mano, se la lleva.

Una hora después, Mafalda está de regreso en la comisaría, con un grupo de abogados y la lista completa de los chicos detenidos en esa seccional. Mientras se van retirando, el comisario, parado en la puerta de la comisaría, mirándola fijo, le dice:

-Nos vamos a volver a encontrar Mafalda, te lo aseguro. En algún momento te voy a buscar.
Pasan cuatro años, intensos, graves, dolorosos. No todos entendimos que apenas eran un anuncio de la tragedia que se avecinaba. Llega el año 76, y el golpe de Estado.

La alegría de vivir, el universo desenfadado, noble, solidario, que cobija a Mafalda, no logra coordinar con la realidad de un país asaltado por criminales, ladrones y torturadores. Ella continúa con sus estudios, sus enamorados y su militancia. No desconoce ni subestima que hay que adoptar medidas de seguridad, pero su vitalidad y su inalterable alegría la suelen desbordar. Hace un tiempo que dejamos de frecuentarnos. Tuve que llevar a mi familia a otro lugar, (poco tiempo después de abandonar nuestra casa, fue allanada). Voy muy poco al barrio, siempre por motivos concretos, no por paseo. Y en esas oportunidades, no siempre tenemos la fortuna de encontrarnos.

Llego una tarde al barrio, y la angustia reinante, crea un clima tan espeso que golpea la piel. No necesito preguntar. Apenas me ven, un compañero me pone al tanto.

- Se llevaron a Mafalda.

Algunos chicos fueron testigos. Dos coches estaban estacionados frente a la entrada del colegio, desde un rato antes de la hora de entrada. La dejaron llegar hasta la puerta. Se bajaron en patota, la rodearon, la llevaron hasta uno de los coches, prácticamente en el aire. Ella gritaba su nombre, hasta que, de alguna manera le taparon la boca, la subieron a empujones y partieron. Dos de los chicos reconocieron a uno de los secuestradores. Aquel comisario que había amenazado buscarla.

El pobre miserable, seguramente fue alimentando su rencor y su odio. Los tristes fundamentos que sostienen a un represor. La visión de su vida (de alguna manera hay que llamarla), está poblada de enemigos que ni siquiera conoce. ¿Cómo podría esa parodia de ser humano, saber del estallido de amor que significan tantas Mafaldas que iluminan el mundo?
Todos los intentos fueron inútiles, nunca más supimos de ella. La habrán torturado, seguramente la violaron. Pero, si acaso llegó virgen, como se lamentaba, a su calvario, se alejó de nuestro mundo, intacta, virgen. Porque estos gusanos, no tendrán jamás, ninguna posibilidad de violar su dignidad, el milagro cotidiano de su sonrisa militante.

(c) Rubén Amaya
San Miguel de Tucumán



Tucumán




rubenescritor@yahoo.com



Acerca del autor:

Rubén Amaya es escritor. Trayectoria: Autor de canciones, entre otros, con: Andrés Fernández, Ángel Crego, Lucho Hoyos, Rubén Cruz, Luis “Pato” Gentillini. Realizó espectáculos y recitales con:

Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, Héctor Negro, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Luis Enrique Mejía Godoy, Carlos Mejía Godoy, Norma Elena Gadea, Julio Lacarra, Teresa Parodi, Los Andariegos, Moncho Miérez, Andrea Torres, Ángel Crego, Andrés Fernández, Lucho Hoyos, Claudio Sosa, Rubén Cruz, Luis “Pato” Gentillini, Litto Nebbia David Lebon, Silvina Garré, y más.

Diversos premios municipales, provinciales, nacionales y en el exterior. Dos obras de teatro puestas en escena en Buenos Aires.

Ocupó cargos relevantes en diversos movimientos artísticos, como por ejemplo Co-Fundador del Movimiento “Tiempo Abierto”, en La Matanza (Bs.As.) Co-Fundador y Co-Presidente del Movimiento de la Nueva Canción, en su segunda etapa, (Presidencia colegiada, integrada por Mercedes Sosa, Armando Tejada Gómez, Mario Arnedo Gallo, Virgilio Expósito, Víctor Heredia, León Gieco y Rubén Amaya) tres veces Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores de Tucumán. Presidente del Primer Congreso Latinoamericano de Escritores, realizado en Tucumán.



Obra publicada: 1982: Simple como el pan Poesía).1985: Para no decir adiós (Poesía)-1986: Las palomas pueden ver más de cerca el corazón del hombre (Relatos y poemas).1986: El viejo compromiso y la mejor tristeza (Poemas).1987: El arte por la vida (Ensayo).1989: La calesita no se rinde (Cuentos y poemas).1992: Sur... el olvido ¿Y después? (Poemas).1994: Crónicas del regreso (Poemas).1996: Viaje en cuento (Cuentos).2002: ¿A cuánto se cotiza la cultura? Primera parte (Ensayo)- 2006: ¿A cuánto se cotiza la cultura? Segunda parte (Ensayo) - 2010: La calesita no se rinde (reedición)

domingo, 11 de diciembre de 2011

Nilza Amaral













































Nilza Amaral










En la tienda del viejo inmigrante

Cada sábado por la tarde el espectáculo acontece. El hombre monta un caballo al revés, aferrándose a la cola del animal, sale por las calles de la aldea, en una demostración gratuita para unos pocos transeúntes que se detienen para reírse un momento. Sin embargo, absortos en sus quehaceres retoman su camino, sin saber por qué aquel aldeano de alpargatas, bombacha de campo, y sobrero de paja atraviesa el pueblo todos los sábados por la tarde haciendo payasadas encima de esa yegua flaca.
El punto de partida y de llegada de ese jinete es la tienda del viejo inmigrante lleno de nostalgia por su Venecia, las góndolas y el olor del mar de su tierra natal, de la cual se fuera debido a las inundaciones que casi se tragan a la isla en el año dieciocho. El viejo cobra caro los tragos de aguardiente que ofrece a los clientes del fin de semana, a los agricultores que compran mercaderías para abastecer sus lugares.
El precio caro es por la satisfacción no por el dinero. Es por la felicidad que estas personas humildes tienen de poder permanecer en su país, ignorantes de amenazas políticas o desastres naturales.
Después de la cuarta o quinta copa de fernet, o tercer vaso de ron, el agricultor hace la voluntad del dueño de la tienda, y desvia su mente de los pensamientos de su tierra de origen , jugando a ser un payaso de circo, mientras su mujer de piel curtida por las plantaciones a pleno sol, con ropa de domingo, sandalias con medias agujereadas, espera el final del espectáculo con la cabeza inclinada y los ojos bajos. Cada vez que el marido pasa agarrado a la cola del caballo, imitando a los jinetes de rodeo, tirando de las riendas, levantando las nalgas del animal que relincha de dolor con cada tirón del freno, tirando patadas en todas direcciones, se dibuja en la cara de la mujer una risa amarilla y opaca. No es una risa de vergüenza o de opresión. Tal vez una mueca de humildad.
El agricultor, consciente de su responsabilidad de borracho, con una mano agarrando la cola del animal y la crin en la otra, al llegar a la puerta de la tienda hace movimientos arriesgados e invariablemente, termina el show con una espectacular caída. Los movimientos despiertan la risa del viejo tendero dormido, y todo siempre termina con la entrada del agricultor en el lugar santo, el hospital disponible. Entonces, dándose por satisfecho, el tendero ahuyenta a la mujer con sus mercancías, ¨ xo, xo, xo, a través de Vada, vada a través de ¨. Ella ata el viejo caballo al carro de las compras y va a buscar atención médica para su marido. El tendero descarga su descontento con los agricultores y éstos disfrutan las copas que aquél les ofrece. Puede ordenar esta relación como una relación política amistosa entre dos razas. Después de la presentación inusual, el viejo y el cónsul, italiano también, se sientan en los sacos de papas en la puerta de la tienda a recordar paisajes de la patria, llenos de emoción, sentimiento y nostalgia. - Ahora soy un viejo, no vuelvo más, se lamenta el tendero. - Somos viejos, mi amigo, jamás volveremos - afirma el cónsul.
A menudo, las palabras se sustituyen por largos silencios y profundos suspiros, pronto suplantados por los comentarios sobre los compatriotas recién llegados, por las distantes riquezas de los más antiguos de la capital allí. - Tenemos hasta políticos, los museos del paisano, y la conversación siempre termina con la alabanza del cónsul al dueño de la tienda indicando que este amigo había logrado algo de poder en el pueblo, porque después de todo es dueño de predios en el ayuntamiento, en la iglesia, y la parcela en el cementerio. - Pero falta el reconocimiento, dice el propietario, el reconocimiento. -Reconocimiento y el olor del mar, completa el cónsul.
Más tarde, cuando cae la noche y se retira el cónsul, él recoge las bolsas de la puerta y entonces sí, siente una pizca de arrepentimiento por la humillación impuesta a los clientes, una puntada en el corazón, pero sólo durante unos segundos, luego de nuevo vuelve a sentir toda la envidia por los nativos de esta tierra y sonríe feliz pensando en las payasadas que hacen por un vaso de aguardiente. Así que toma su fernet, pone en su viejo tocadiscos sus viejas óperas italianas, en especial, Tosca, tarde y noche, y noche por medio toma su baño caliente.

Giulia, la mujer del posadero, mira a su patria todos los días por las calles de la ciudadela, no sabe quién es o quién era. El espejo le muestra una imagen que no conocía: una bruja gorda de pelo blanco. Ella busca a su vieja imagen: la bella italiana de piernas gruesas y cintura fina. Cada mañana, después del desayuno que le sirve la empleada , viaja kilómetros en busca de la casa de sus padres y de su identidad. Durante horas, frente al arroyo que divide el lugar, pensando que la suya es la Roma del Tíber, sentada bajo un árbol habla mucho con las hormigas, ratas, mariposas, les cuenta los acontecimientos pasados, de cómo siente la falta de su verdadera vida que ya no sabe dónde. Siempre se vuelve de forma segura de la mano de algún vecino, ya es consciente de sus viajes infructuosos, para la mirada de su viejo marido. Éste la mira tiernamente, acariciándole el pelo largo y blanco y envuelto en un moño grande, y la guía con cuidado a la silla de respaldo alto. -El trono de mi reina, dice. Ignora la sonrisa tonta de la mujer que lo contempla insegura. Pasa la noche escuchando sus óperas con el sonido bastante fuerte. Por lo que el anciano lleva a la mujer a su habitación y pone el rosario entre sus dedos temblorosos. Y ella está allí, tratando de recordar qué hacer con esa sarta de cuentas que todas las noches el hombre que se dice su marido envuelve sus manos, diciendo: - Reza, reza, para recuperar la memoria. De rodillas ante la imagen del santo, se pasa horas sin saber si es de noche o de día hasta que el dolor en las piernas, la hace acostar en la cama.
Sin embargo, un toque de magia se instala en esta noche sorprendente. Ella no se arroja en la cama cuando está cansada. Ella está allí, agotada, las piernas doloridas, con ardor en los ojos, apretando las cuentas, tratando de extraer de ellas su significado.
Él tiene todo listo para el ritual del baño, ha calentado la ropa y una toalla en la estufa eléctrica, ha preparado una copa de fernet doble, aprovechando al máximo el agua de la canilla de la bañera, amarilla y vieja, hasta que el humo del agua caliente inunda el cuarto de baño y la cocina contigua. Luego sumerge su cuerpo viejo y dolorido relajándose en el agua y se sumerge horas, bebiendo fernet, perdido en la memoria en medio del humo abundante, pidiendo a Dios que le diera una muerte sin dolor.
Esa noche, a diferencia de los otras, un aroma de mar invade la habitación. Enciende la radio a galena, una reliquia traída de la patria y que funciona cuando la suerte ayuda. Entre silbidos e interrupciones escucha al locutor decir: ¨ la escoria de los países extranjeros está invadiendo el país, los inmigrantes han sido expulsados de su patria, ellos llegan a nuestra tierra a traer crímenes impunes y costumbres inferiores¨.
El viejo inmigrante que no era un criminal en su país, y creció escuchando a su padre cantar ópera, golpea la radio que por suerte para él, en lugar de caer en la bañera cae en la puerta del baño, haciendo un ruido infernal en la sala silenciosa y cerrada .
Desgraciadamente, el viejo se duplica la dosis de fernet. Y se zambulle de cabeza en el agua caliente, se inunda de un extraño olor de mar y permanece ahí un largo tiempo. Tiempo suficiente para percibir extraños ruidos de carretas, voces que gritan, el ruido sordo de las grúas, gente instalándose. .. ante sus ojos se abren imágenes futuristas de calles en formación, ciudades cada vez más grandes, las grandes fincas que las componen, el dinero que entra. Aún sumergido en el agua va viendo las imágenes que se superponen, la prosperidad que viene, los banqueros que se radican. Las escenas persisten, y reconoce a sus compatriotas que contribuyen al crecimiento de la ciudad, que incluso fundaron museos, exposiciones traídas de todas partes del mundo para este país que los recibió como escoria, nada diferente a cómo recibieron a los esclavos del África. El agua calienta su cuerpo, relaja los sentidos, y pasa revista a los jóvenes, la esperanza, se casó con su Giulia, aumentado a su familia, doce hijos brasileros, que son carpinteros, sastres, comerciantes, y contribuyen con sus esfuerzos a la riqueza de la nación. La película de su vida pasa ante sus ojos hasta el momento en que siente un dolor agudo en el pecho y se cierra para siempre.
En su dormitorio Giulia todavía trata de averiguar para qué sirven las cuentas del rosario. Entonces, sin más ni menos palabras de la oración brotan de su cerebro y salen por sus labios, recita el Ave María con devoción, siente humedecer los ojos y los de la imagen de Nuestra Señora, y de pronto esta humedad que se convirtió en lágrimas de felicidad, empapa el suelo de baldosas rojas. De repente, las palabras olvidadas en el fondo de la memoria aparecen a borbotones, lo que provoca el recuerdo de su patria, el barco que la llevó a un país extranjero, el esposo que tanto ama, sus hijos. No cree en la gracia recibida, orando fervientemente todas las oraciones que su familia italiana oró unida. Y entonces sí, la ansiedad de tantos recuerdos es demasiado para su corazón. Abrazada a la imagen, permanece estática hasta que el olor predominante en el aire del agua de su río italiano, cesa por completo.
El estallido de la radio que se rompió contra la puerta de atrás en el tiempo de esa noche mágica ahora y el ensordecedor ruido, sacude la casa, se derrama en el agua del baño, que se une a las lágrimas de Giulia y la santa, inunda la casa, lleva a la bañera toda la sala, se detiene en el cuarto Giulia, la recoge y la imagen de la santa, a su paso, junto con el cuerpo quieto de Giuseppe. El improvisado bote de vela navega en el agua salada de las lágrimas mezcladas con el agua dulce de la bañera, le sirven como cauce.
Al amanecer los hijos llegan con una sorpresa para los padres. Y encuentran a la pareja inerte, con una sonrisa de felicidad en las caras, además de la imagen de la santa llorando, flotando en la bañera antigua en la casa inundada. No es extraño lo que sucedió, después de todo, la magia aún persiste en el tiempo. Están enterrados en un ataúd grande, digno de un inmigrante al que le gusta la ópera. La imagen de la santa se encuentra llorando sobre la tumba. Como un tributo al propietario, los lugareños llegan, se emborrachan con aguardiente, y dejan el féretro haciendo las payasadas habituales en sus caballos, ante los ojos de las mujeres de piel bronceada por el trabajo al sol, orgullosos de poder contribuir a la alegría del evento . Esta vez los transeúntes se detienen a presentar sus últimos respetos a la pareja que se fue, y a arrodillarse a los pies de la imagen de la santa que llora.
La piedra de mármol, una sorpresa que no llegó a tiempo, sirve como lápida, y en ella se lee: ¨ El Ayuntamiento de honor el Sr. Giuseppe Ancona y la familia, y los considera ciudadanos brasileños en reconocimiento por haber contribuido al progreso de la ciudad. ¨
El último en salir es el cónsul italiano, abatido y desilusionado. Después de la petición al Ayuntamiento que éste no había cumplido a tiempo.
Acariciando la piedra con nostalgia, el olor del aire salado penetra en la nariz, los capullos de rosa recién plantados se abren en flor, mientras que una gran paz calma el corazón.
Al pasar por la puerta de hierro, no puede resistir el deseo y se da vuelta para mirar por última vez. Y pasado este tiempo Giuseppe y Giulia se abrazan en la lápida de la tumba. Agitando esa distancia, se ve una pareja muy joven. Sigue siendo el toque extraño de la magia.

Nunca la nostalgia por la patria duele tanto en el corazón de un cónsul.

(c) Nilza Amaral

San Pablo

Brasil

(c) de la Traducción al castellano (c)Araceli Otamendi

El cuento En la tienda del viejo inmigrante recibió recientemente el Premio Talentos de la madurez que otorga el Banco Santander, en San Pablo, Brasil.

















Acerca de la autora:


Nilza Amaral, Vicepresidente da UBE - União Brasileira de Escritores, Profesora de Literaturas Brasileña y Portuguesa y Lengua Inglesa que forma parte del grupo de escritores Góticos de São Paulo.

imagen: fotografía del libro Pulperías y boliches de la Provincia de Buenos Aires

jueves, 8 de diciembre de 2011

Fernando Clemot





























Los zapatos del mayoral



“Los muertos gobiernan a los vivos”
Auguste Comte, filósofo.




El sol tunde en aquel mediodía la Meseta con su fusta de fuego.
Nada queda al resguardo de la calima, de la sábana alazana que iguala y confunde todo, de la luz que reverbera en bancales y caminos como si se reflejara en una patena bruñida.
Le deslumbraba ese mismo reflejo enjalbegado al novio al salir de la casa. Ciego se lleva la mano a la frente haciendo de visera y distingue al frente a su hermano Julián con la mirada clavada en la parte inferior de su traje. Tiene el rictus absolutamente desencajado.
- ¿Cómo te has atrevido? ¡No han pasado ni dos semanas!... - le susurra entre dientes.
El novio le hace un gesto como quitándole importancia, traga saliva, pero el otro insiste.
- ¡Nos vas a buscar la ruina a todos!
Más allá sus hermanas y unos pocos invitados se amontonan bajo el alero de una casa que les hace un poco de sombra; nadie parece haberse dado cuenta del reproche. Intenta afirmar el paso el novio para que no se note que le bailan los pies en los zapatos. Con uno de sus dedos gruesos de labriego se separa el cuello de un traje que le viene pequeño. Imagina que bajo la corbata y la camisa debe correr a sus anchas el sudor, detenido quizás en el pelo de su pecho, como un insecto translúcido que coronara cada hebra con una gota de rocío. Se pone la mano frente a la boca: le apesta el aliento a coñac. Lo más entero que puede coge de su brazo a su hermana Carmen y se pone a la cabeza de la comitiva.
- ¡No pensé que fueras tan sinvergüenza! -le amartilla de nuevo Julián escupiéndole casi al oído.
El novio no contesta. Calla y aprieta los dientes mientras observa a los que vienen por detrás. No habrá más de veinte personas; en la iglesia aparecerá el resto. Sus tías y las primas de su madre todavía conservan el luto, andan muy despacio, balanceándose como mecedoras mal ajustadas; por sus caras se diría que acuden a un funeral. Será mejor que no corramos, si no vamos a dejar a alguien atrás, le susurra su hermana.
Avanzan por la calle Mayor. Tras los visillos se mueve alguna sombra que desaparece rápido. Ya es demasiado tarde... El repecho de la iglesia parece más empinado que nunca. Sobre el cerro tañen unas campanas que suenan a esquila, a óxido y a viejo, a carcoma en las vigas de la espadaña...Demasiado tarde, piensa el novio, y vuelve su vista hacia el punto del que lleva huyendo desde que salió de la casa. Allí, seis palmos más abajo, emergiendo relucientes como el morro de un Buick asoman del dobladillo los condenados zapatos, esos en los que le baila el pie como una mano en un almirez, ese maldito cuarenta y cinco largo que le ha de llevar al cuartelillo.

Eran aquellos como podían haber sido otros, sólo eso, ni los más llamativos ni los más enlustrados, unos más en la larga fila de pares impecables que posaban en fila, aparcados como en un autocine de película americana. La mayoría apenas usados, le gustaba al Mayoral llevar unos distintos cada día y sólo parecía tener apartados tres pares que presumía haber comprado en Burdeos por un dineral, le recordaba decir... Oteó en el fondo de aquellas plantillas protegidas por duras lengüetas y leyó en letras doradas, Berlutti, 26 Rue de Marbeuf, Paris, y en los otros con letra solemne adivinó Alden y Allen Edmonds. Aquellos tres pares seguramente valían noventa jornales cada uno y debían calzar a reyes.
A duras penas pudo convencer a Julián para que le ayudara.
- Sólo esperas en la puerta, a esa hora no quedará casi nadie.
- ¡Estás loco! Empiezas a preocuparme.
Pero allí se quedó, atento pasillo, en la puerta del cuarto donde estaba el Mayoral de cuerpo presente. Eran las tres y no quedaba casi nadie en la sala de vela. Los familiares se habían llevado a la viuda a las habitaciones hacía un rato y solo un par de criadas iban y venían recogiendo bandejas. El viejo estaba rígido y brillante, como si le hubieran dado en la cara el mismo lustre con el que untaba sus botas.
- ¿Has perdido la cabeza?
- A nadie hacemos daño, Julián, debe haber más de cincuenta pares...
Bajo la alacena estaban todos, como formados para despedir a su amo. Costaba adivinar en aquellas piezas de cuero inmóviles los mismos tacones que habían aplastado cigarrillos durante lustros en las salas del casino, las tapas que resonaban cínicas camino del lavabo, que escupían e insultaban, los empeines que avanzaban terribles hacia la puerta del prostíbulo o que evitaban los charcos en la barraca de los aparceros. Nada quedaba allí, no asustaban fuera de los pies del amo... Miró hacia el Mayoral; se diría que se le movía el pecho bajo su traje impecable.
Trastabilló el novio y tuvo que parar en el primer escalón de la iglesia, entre dos hornacinas tres siglos vacías. Sudaba, notaba los calcetines mojados. En el interior del zapato los dedos buscaron la puntera como si se escurrieran por un tobogán. Medio pueblo en la puerta, con las gorras entre las manos, tan silenciosos como cuando cargaban la caja del Mayoral, dos semanas atrás. No hay nada más irreverente que robar a un muerto, pensó.
No hacía tanto calor en la iglesia pero seguía sudando. Al fondo esperaba el Padre Pascua con el libro extendido. Todos los bancos llenos; a la derecha la familia de la novia, empleados también de la casa. Se plantó frente al altar intentando llevar la caña del pantalón todo lo adelante que supo... miró hacia abajo pero seguía asomando la pala del zapato. Brillaban el empeine y la lengüeta como los tapacubos de un Chevrolet. Sudaba. Miró al Padre Pascua que dibujó en su óvalo anciano un gesto extraño. ¡Sus ojos parecían ahora clavados en el suelo¡ ¡Bajo el dobladillo de sus pantalones!
Sintió acudir a su rostro una ventada de fuego. Intentó calmar los nervios pero la mirada del cura seguía fija. Se habían despejado sus dudas; el Padre Pascua se había dado cuenta de que llevaba los zapatos del muerto. Se mordió el labio y sus ojos se cruzaron por primera vez con los del sacerdote que le apuntaba fijo como si su mirada fuera un Máuser. Aguantaron así unos instantes, hasta que tras sus gafas creyó distinguir un brillo nuevo, distinto, y en los labios del viejo Padre se dibujó una marcada sonrisa. Su mentón le apuntaba algo... fue bajando lentamente la mirada hasta encontrarse con la casulla y el alba del Padre Pascua que él mismo se levantaba. Relucían unos botines de complicados copetes...
Incrédulo todavía llevó el novio su mirada al rostro del sacerdote y encontró el mismo guiño mordaz de complicidad, con su mentón señalando ahora detrás suyo, hacia la puerta del templo.
Giró la vista hacia el lugar indicado; la familia de su novia al completo. Rostros ajados en aquellos bancos, labrados todos por un mismo rastrillo de hambre. Bajo la vista; en la primera fila, sobresaliendo de los bombachos de faena, emergían una hilera de enormes zapatones del cuarenta y cinco. Aparcados allí habían Berluttis, Trickers y Allan Edmonds, lustrados sus lomos como el morro de un Buick, un Chevrolet o un Ashton Martín.








(c) Fernando Clemot



Barcelona


Los zapatos del mayoral recibió el Premio Internacional Art Nalón 2003.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cristina Rivera Garza
































































































Cristina Rivera Garza





Simple placer, puro placer


Lo recordaría todo de improviso y en detalle. Vería el anillo de jade alrededor del dedo anular y, de inmediato, vería el otro anillo de jade. Abriría los ojos desmesuradamente y, sin saber por qué, callaría. No preguntaría nada más. Diría: sí, muy hermoso. Lo es. Y pasaría las yemas de sus dedos sobre la delicada figura de las serpientes.
Una caricia. El asomo de una caricia. Una mano inmóvil, abajo. Una mano de alabastro.
Cruzaba la ciudad al amanecer, en el asiento posterior de un taxi. Iba entre adormilada y tensa, su bolsa de mano apretada contra el pecho. En el aeropuerto la aguardaba el inicio de un largo viaje. Lo sabía y saberlo sólo le producía desasosiego. No tenía idea de cuando había aparecido su disgusto por los viajes, esa renuencia a emprenderlos, su forma de resignarse, no sin amargura, ante ellos. Con frecuencia tenía pesadillas antes de partir y, ya en las escalinatas del avión, presentía cosas terribles. Una muerte súbita. El descubrimiento de una enfermedad crónica. La soledad.
Este será el último -se prometía en voz baja y, luego, movía la cabeza de derecha a izquierda, incapaz de creerse.
-¿Decía algo? -le preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.
-Nada –susurró-. Decía que será el último viaje.
-Ah, eso -repitió él. Luego sólo guardó silencio.
Cuando el auto bajó gradualmente la velocidad, los dos se asomaron por las ventanillas.
-Un accidente -murmuró él, desganado.
-Sí -asintió ella. Pero a medida de que se aproximaban al lugar de la colisión, no vieron autos destruidos o señas de conflicto. Avanzaron a vuelta de rueda sin saber qué pasaba, preguntándoselo con insistencia. Abrieron los ojos. Observaron el cielo gris, las caras de los chóferes desvelados, los pedazos de vidrio sobre el asfalto. No fue sino hasta que estuvieron a punto de dejar la escena atrás que los dos se percataron de lo acontecido.
-Pero si es un cuerpo -exclamó él. La voz en súbito estado de alarma.
-Un cuerpo desnudo -susurró ella-. Un cuerpo sin cabeza.
Ella le pidió que se detuviera y que la esperara. Ya abajo, mostró su identificación para que los policías que vigilaban la escena la dejaran cruzar la valla amarilla. Caminó alrededor del cuerpo decapitado y, antes de pedir algo con qué cubrirlo, se detuvo a mirar la mano izquierda del muerto. Ahí, alrededor del dedo anular, justo antes de que iniciara el gran charco de sangre, estaba el anillo de jade. Dos serpientes entrelazadas, verdes. Un objeto de una delicadeza extrema. La Detective lanzó su mano hacia la sortija pero al final, justo cuando concluía su gesto, se detuvo en seco. Había algo en el anillo, algo entre el anillo y el mundo, que le impedía el contacto. Fue entonces que observó su propia mano, inmóvil y larga, suspendida en el aire de la madrugada.
Se le hace tarde alcanzó a oír. Y se puso en marcha.


Hay una ciudad dentro de una cabeza.


A su regreso preguntó por él, por el hombre decapitado, pero nadie supo darle datos al respecto. Buscó entre los documentos archivados en el Departamento de Investigación de Homicidios y tampoco encontró información ahí. Hasta su asistente se mostró incrédulo cuando le refirió el suceso.
-¿Estás segura?- la miró de lado. Habríamos sabido de algo así.
-¿Tampoco en los diarios?- preguntó.- ¿Tampoco ahí?
El muchacho movió la cabeza en gesto negativo y bajó la vista. Ella no pudo soportar su sospecha o su lástima y salió a toda prisa de la oficina.


El taxista le aseguró que lo recordaba todo. A petición suya vació su memoria frente a sus ojos, sobre sus manos, en todo detalle. Recordaba que el cuerpo cercenado se encontraba en el segundo carril de la autopista que iba al aeropuerto. Recordaba que no llevaba ninguna prenda de vestir y que la piel mostraba magulladuras varias. Pintura abstracta. Tortura. Recordaba el charco de sangre y los extraños ángulos que formaban los distintos miembros del cuerpo. Recordaba que había ya tres o cuatro policías, en eso su memoria dudaba un poco, alrededor del cadáver cuando ella se bajó del auto y merodeó los hechos. Recordaba que había sido él quien reaccionó: tenían que alejarse de ahí si no quería perder el vuelo. Ella tenía que dejar la posición en que se encontraba, de cuclillas junto al muerto, si es que quería llegar a tiempo. Eso hizo: se incorporó. El ruido de las rodillas. Eso lo recordaba también. Al final: el ruido de las rodillas. Eso.


Siempre quise un anillo así le dijo a la mujer que lo portaba con cierta indiferencia y cierto donaire.
La mujer elevó la mano, el dorso apuntando hacia sus ojos. Parecía que lo mirara por primera vez.
-¿Te gusta de verdad?
-Sí -afirmó la Detective. -Todavía me gustaría tener uno así.
La mujer se volvió a ver las aguas alumbradas de la alberca y, con melancolía o indiferencia, la Detective no pudo decidir cuál, se llevó un vaso alargado hacia los labios.
-Es un anillo de oriente -dijo-. De las islas -pronunciaba las palabras como si no estuviera ahí, alrededor de la alberca, entre los sosegados murmullos de gente que deja pasar el tiempo en una fiesta-. Un regalo -concluyó volviendo a colocar el dorso de la mano izquierda justo frente a sus ojos. La mirada, incrédula. O desasida. Las uñas apuntando hacia el cielo—. El regalo de una fecha excesivamente sentimental.
-Un regalo amoroso -intercedió la Detective en voz muy baja.
La mujer, por toda respuesta, le sonrió incrédula, desganada.
-Podría decirse que sí -murmuró al final-. Algo así.


No podía evitarlo, cada vez que conocía a alguien se hacía las mismas preguntas. ¿Se trata de una persona capaz de matar? ¿Estoy frente a la víctima o el victimario? ¿Opondría resistencia en el momento crucial? Gajes del oficio. Cuando la mujer se dio la vuelta, alejándose por la orilla de la alberca con una languidez de otro tiempo, un tiempo menos veloz aunque no menos intenso, la Detective estaba indecisa. No sabía si la mujer era capaz de matar a sangre fría, cercenando la cabeza y arrojando el cuerpo después sobre una carretera que va al aeropuerto. No sabía si la mujer era la víctima de una conspiración hecha de joyas y estupefacientes y mentiras. No sabía si la indiferencia era una máscara o la cabeza ya sin máscara. La mujer, en todo caso, la intrigó precisamente por eso, porque su actitud no le dejaba saber nada de ella. Porque su actitud era un velo.


-¿Qué es un anillo en realidad? -le había preguntado al Asistente sin despegar las manos del volante ni dejar de ver hacia la carretera-. ¿Un grillete? ¿El eslabón de una cadena? ¿Una marca de pertenencia?
-Un anillo puede ser también una promesa -interrumpió el muchacho-. No todo regalo amoroso, no todo objeto marcado por San Valentín, tiene que ser tan terrible como lo imaginas.
La Detective se volvió a verlo. Estiró la comisura derecha de la boca y le pidió un cigarro.
-Pero si tú no fumas —le recordó.
-Nada más para sostenerlo entre los dedos —dijo—. Anda —lo conminó.
-¿Estás segura de que se trata del mismo anillo? ¿Del mismo diseño?
-Mismo diseño, sí. Pero puede ser una casualidad. Una casualidad tremenda. Además, tenemos otras cosas por resolver. No tenemos tiempo para investigar asesinatos que nadie registró en ningún lado. No nos pagan para hacer eso.
semáforo, bajaron las ventanillas del auto y se dedicaron a ver el cielo.
-¿Cómo empezamos?


Hay una película dentro de una cabeza.


La volvió a encontrar en los pasillos de un gran almacén. Mercancías. Precios. Etiquetas. La Detective buscaba filtros para café mientras que la Mujer del Anillo de Jade analizaba, con sumo cuidado, con un cuidado que más bien parecía una escenografía, unas cuantas botellas de vino. La observó de lejos mientras decidía cómo acercarse: los hombros estrechos, el pelo largo y lacio, los zapatos de tacón. No era una mujer hermosa, pero sí elegante. Se trataba de alguien que siempre llamaba la atención.
-La casualidad es una cosa tremenda —le dijo por todo saludo cuando se colocó frente a ella y le extendió la mano
-¿Vienes aquí muy seguido? -le contestó la mujer sin sorpresa alguna, colocando el rostro cerca del de la Detective para brindarle, y recibir, los besos de un saludo más familiar.
-En realidad no -dijo y sonrió en el acto—. Vengo aquí nada más cuando sé que me encontraré en el pasillo 8, a las tres de la tarde, a la Mujer con el Anillo de Jade.
-¿Todavía quieres uno así? -volvió a elevar la mano izquierda, las uñas al techo, para ver el anillo de nueva cuenta.
-¿Lo vendes? -la Mujer del Anillo soltó una carcajada entre estridente y dulce, luego la tomó del codo y la guió, sin preguntarle, hasta la salida del almacén.
-Ven -dijo-. Sígueme.
Se subieron a la parte trasera de un coche negro que arrancó a toda velocidad. La Mujer del Anillo marcó un número en su teléfono celular y, volviéndose hacia la ventanilla, dijo algo en voz muy baja y en un idioma que la Detective no entendió. Pronto transitaban por callejuelas bordeadas de tendajos y puestos de comida. El olor a grasa frita. El olor a incienso. El olor a muchos cuerpos juntos. Cuando el auto finalmente llegó a su destino tuvo la sensación de que se habían trasladado a otra zona de tiempo, en otro país. Puro bullicio alrededor.
-Te voy a pedir un favor muy grande -le avisó la mujer-. Voy a pedirte que me aclares algo -imposible saber qué había en sus ojos detrás de las gafas negras, imposible saber qué motivaba el leve temblor de los labios—. Tú te dedicas a investigar cosas, ¿no es cierto?
Tan pronto como la Detective asintió, volvió a tomarla del codo y a dirigirla entre el gentío y bajo los techos de los tendajos hacia otros vericuetos aún más estrechos. Finalmente abrió una puerta de madera roja y, como si se encontraran ya a salvo después de una larga persecución, se echaron sobre unos sillones de piel abullonados. Un hombrecillo frágil les ofreció agua. Alguien más encendió la música de fondo. La mujer apagó su teléfono.
-A final de cuentas la casualidad no es una cosa tan tremenda ¿verdad? -preguntó La Detective con su altanería usual, tratando de enterar cuanto antes en el tema.
-En todo caso no es un asunto original -le contestó con una altanería si no similar, por lo menos de la misma contundencia.
-Quieres hablarme de un hombre decapitado del que nadie sabe nada. Quieres contarme del otro anillo -la Detective se cubría la boca con el vaso de agua mientras la veía y veía, al mismo tiempo, el cuarto donde se encontraban. Las ventanas cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo. El piso de silenciosa madera. Las telarañas en las esquinas. Igual ahí se acababa todo. Igual y no había nada más.
-¿Siempre eres tan apresurada? -le preguntó. Los ojos entornados. La molestia. Los gestos de la buena educación.
-Supongo que sí. Esto -se interrumpió para beber otro trago de agua- es mi trabajo. Así me gano la vida. No es un hobby, por si te interesa saberlo.
-Puedo pagarte dos o tres veces más de lo que ganas.
-Que sean cuatro -respondió de inmediato. Luego sonrió. Entonces empezaron a hablar.


El dinero. El dinero siempre hacía de las suyas con ella. El dinero y el conocimiento—dos monedas de cambio. Estaba segura de que al final de todo, cuando recibiera la cantidad pactada, volvería a reírse frente al espejo del baño con la misma incredulidad y la misma agudeza. ¿De verdad lo necesitaba? El agua. Las gotas de agua sobre el rostro. Se respondería entonces lo que se respondía ahora mismo: no, en sentido estricto, no lo necesitaba. Añadiría: quien lo necesita, quien necesita darlo a cambio de lo que yo sabré, es ella. Y entonces volvería a ver el anillo como lo vio la primera vez: una argolla, una trampa, el último eslabón de la cadena que todavía ataba al decapitado a la vida. Una seña. El hallazgo y el dinero. La cadena del mundo natural. Cuando se metió bajo las sábanas pensó que no le molestaría en lo más mínimo que fueran de seda.


Le dijo que el anillo era una promesa. Una promesa que había dado y una promesa que había recibido. Un pacto.
—¿De sangre? —la interrumpió sin poder ocultar la burla.
—Algo así —contestó ella, sin inmutarse, viéndola al centro mismo de los ojos.
Le dijo que ella también lo había visto sobre la carretera. Lo había visto, aclaró, sin saber que era él. Sin imaginarlo siquiera. Dijo que su auto también había bajado la velocidad y que, al no ver el accidente, se había preguntado por la causa de la demora. Tenía que llegar a tiempo. Dijo que llevaba entre las manos el boleto para emprender un largo viaje, un viaje al oriente. Y se lo mostró en ese instante. Le mostró el boleto. Un boleto sin usar. Cuando él no llegó, eso también se lo dijo, cuando comprobó que no llegaba, que ya no llegaría más, se dio la media vuelta y regresó a su casa. No había llorado, le dijo.
También le dijo que era cursi, muy cursi, cursi de una manera extrema. Que se tomaba las cosas literalmente. Que tenía otros defectos de los que no podía hablar. Le dijo que no había tratado de averiguar nada. La curiosidad sólo llegó después. Le dijo que al inicio se contentó con escuchar los rumores que intercambiaban los chóferes. Captaba una que otra palabra de sus conversaciones en voz baja: cuerpo, tortura, cabeza, mano. Luego oyó las palabras que se referían al sitio: la carretera, el segundo carril, el aeropuerto. Dijo que poco a poco, sin quererlo en realidad, había formado un rompecabezas de ecos, susurros, secretos. Nada más le hacía falta la cabeza, le dijo. Porque hay una ciudad ahí. Una película. Una vida entera ahí. En la cabeza.

El anillo de jade era una joya preciada. Si se trataba en realidad de ese anillo, del anillo que aparecía en las fotografías que había conseguido por internet, entonces estaban frente a una alhaja de gran valor. Venía de oriente, en efecto, pero el diseñador le pertenecía a dos mundos: un habitante de la metrópoli central ya por años. Las serpientes entrelazadas, sin embargo, venían de más atrás. De todo el tiempo. El motivo que desde lejos parecía únicamente amoroso era también, cuando visto de cerca, letal. Una serpiente abría las fauces. La otra también. Frente a frente, en estado de estupor o de alerta, la circunferencia del anillo parecía tener el tamaño exacto para que los dientes, aunque mostrándose, no se tocaran. Se trataba de un círculo hecho para prevenir un daño. Para exorcizarlo.


Una serpiente frente a otra. Las bocas abiertas. Los cuerpos entrelazados. Un lecho circular bajo sus cuerpos. El inicio de una película. El inicio de una ciudad. La Detective abrió los ojos desmesuradamente frente al parabrisas. Las luces intermitentes del semáforo sobre el hombre, sobre la mujer, que yacían ajenos de todo, en otro lado. La redondez de los hombros. La apertura de los labios. El aroma a té de jazmín por entre todo eso. Uno respiraba dentro del otro. Las palabras: para siempre. Las palabras: una isla de terciopelo. Las palabras: aquí adentro todo es mío. Uno respiraba fuera del otro.


Había ido a la Lejana Ciudad Oriental para continuar con la investigación del tráfico de estupefacientes. Días antes, por un golpe de suerte, habían dado con un nombre que, de inmediato, les pareció de importancia en el caso. Cuando hubo que decidir quién emprendería el viaje, los detectives casados y los de recién contratación la señalaron a ella como si le selección fuera obvia y natural. No tuvo alternativa. En el momento del despegue, todavía con el desasosiego que le producía el viaje y la visión del cuerpo decapitado, pensó en las muchas cosas a las que la obligaba su soltería. Viajar por el mundo, por ejemplo. Detenerse frente a cadáveres frescos. Preguntarse por la ubicación de una cabeza.
-¿Viaje de placer? -le había preguntado su compañero de asiento tratando de hacer plática.
Por toda respuesta la Detective meneó la cabeza y cerró los ojos. Placer. Hacía mucho tiempo que no hacía cosas por placer. Simple placer. Puro placer.


Hay un avión que vuela dentro de una cabeza.


-El carpetazo al asunto vino desde arriba -le susurró el Asistente mientras caminaban a su auto. Y se lo había repetido después, ya en la mesa del restaurante donde habían elegido comer ese día.
-Falta de indicios —continuó—. Ya sabes. Una ejecución más. Una de tantas.
El hueso de un pollo saliendo de su boca. Los dedos llenos de grasa. Las palabras rápidas.
-¿Y nunca encontraron ni el arma ni la cabeza?
-Nunca.


Hay un cuerpo dentro de una cabeza. Una mano de alabastro. Un anillo.


Abrió la puerta de su casa. Se quitó los zapatos. Puso agua para preparar té. Cuando finalmente se echó sobre el sillón de la sala se dio cuenta de que no sólo estaba exhausta sino también triste. Algo sobre el homicidio no atendido. Una ejecución más. Una de tantas. Algo sobre tener que emprender un viaje a una lejana ciudad del oriente. Algo sobre estatuas de tamaño natural destruidas por el tiempo. Miembros rotos alrededor. Algo sobre una mujer que usa dinero para comprar una cabeza dentro de la cual hay una ciudad con muchas luces y una película de dos cuerpos juntos, una respiración adversa, y un avión que despega. Algo sobre abrir la puerta y quitarse los zapatos y preparar té dentro de una casa donde una cabeza flota dentro de una cabeza.

Regresó al lugar de los hechos. Le ordenó al taxista que la esperara mientras husmeaba por entre la maleza que bordeaba el lado derecho de la carretera. El pensamiento llegó entero a su mente: busco una cabeza. Se detuvo en seco. Elevó el rostro hacia la claridad arrebatadora del cielo. Respiró profundamente. No creyó que ella fuera una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de la carretera que iba al aeropuerto. Luego, pasados unos segundos apenas, volvió a mirar el suelo. Piedrecillas. Huellas. Desechos. Un pedazo de tela. Una lata oxidada. Una etiqueta. Plásticos. Colillas de cigarro. Tocó algunas cosas. A la mayoría sólo las vio de lejos. Se trataba, efectivamente, de una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de una carretera. Pronto se convenció de que el crimen no había ocurrido ahí. Aquí. Pronto supo que esto sólo era una escena que reflejaba lo ocurrido en otro sitio. Un sitio lejano. Un sitio tan lejano como el oriente.


Perder la cabeza. El hombre lo había hecho. Perder todo lo que tenía dentro de la cabeza: una ciudad, una película, una vida, un anillo. Lo que él había perdido, ahora lo ganaba ella: la conexión que iba entre las luces de la ciudad y las luces de la película y las luces de la vida y las luces del anillo. Toda esa luminosidad sobre un lecho circular. La Detective lo vio todo de súbito otra vez, cegada por el momento. Acaso un sueño; con toda seguridad una alucinación. Ahí estaba de nueva cuenta la imbricación de los cuerpos. La malsana lentitud con que la yema del dedo índice resbalaba por la piel del vientre, el enramaje del pubis, la punta de los labios. El espasmo posterior. Ahí estaba ahora la mano que empuñaba, con toda decisión, el largo cabello femenino. Una brida. Los gemidos de dolor. Los gemidos de placer. Puro placer. Simple placer. La Detective se preguntó, muchas veces, si habría valido la pena eso. Esto: el estallido de la respiración, los ojos en blanco, el crujir del esqueleto. La Detective no pudo saber si el hombre, de estar vivo ahora, correría el riesgo de nuevo.


Hay placer, puro placer, simple placer, dentro de una cabeza.


La mujer no era hermosa, pero sí elegante. Había un velo entre ella y el mundo que producía tensión alrededor. Algo duro. Su manera de caminar. La forma en que levantaba la mano para mostrar, con indolencia, con algo parecido al inicio del aburrimiento, ese anillo. Una promesa. Eso había dicho: una promesa. Una promesa dada y ofrecida. La Detective la visitaba para darle malas noticias: ningún dato, ningún hallazgo, ninguna información. El hombre, cuyo nombre no se atrevía a pronunciar, había desaparecido sin dejar rastro alguno. Ya no podía más. No podía seguir manoseando periódicos viejos ni archivos ni documentos. No podía merodear por más días la escena de la escena de un crimen cometido lejos. No aguantaba más. Se lo decía todo así, de golpe, atropelladamente. No puedo seguir investigando su caso.
La Mujer del Anillo de Jade sonrió apenas. Le ofreció un té helado. La invitó a sentarse sobre el mullido sillón de su sala de estar. Luego abrió una puerta por la que entró una mujer muy pequeña que se hincó frente a ella y, sin verla a los ojos, le quitó los zapatos con iguales dosis de destreza y suavidad. Desapareció entonces y volvió a aparecer con un pequeño taburete forrado de terciopelo rojo y una palangana blanca, llena de agua caliente, de la que brotaban aromas a hierbas. Con movimientos delicados le ayudó a introducir sus pies desnudos en ella. El placer más básico. Simple placer. Puro placer. Un gemido apenas. El espasmo. La Mujer Pequeña colocó entonces una de sus extremidades sobre el taburete, entre sus propias piernas semiabiertas. Mientras masajeaba la planta de sus pies, la yema del dedo pulgar sobre la cabeza de los metatarsianos, el resto de los dedos sobre el empeine, la Mujer del Anillo de Jade guardó silencio. Y así se mantuvo cuando las diminutas manos de la masajista trabajaban los costados del pie en forma ascendente y cuando, minutos después, cogía el tendón de Aquiles con los dedos pulgar e índice y lo masajeaba en la misma dirección, firmemente. La mano abierta sobre el empeine, luego. Y, más tarde, en un tiempo que empezaba a no reconocer más, mientras la mujer sujetaba con la mano izquierda su rodilla, doblando suavemente la pierna sobre el muslo, La Detective tuvo unos deseos inmensos de gritar. El dolor la obligó a abrir los ojos que, hasta ese momento, había mantenido cerrados. Abrió los labios. Exhaló. Ahí, frente a ella, suspendida en el aire, estaba la mano de La Mujer del Anillo de Jade que le extendía, justo en ese instante, los billetes prometidos.
-Buen trabajo —la felicitó.
La Detective agachó la cabeza pero elevó la mirada. Los codos sobre las rodillas, los billetes en la mano, y los pies en el agua tibia, aromática. Una imagen extraña. Una imagen fuera de lugar. La corrupción de los sentidos.


Siempre quise un anillo así. Todavía lo quiero.

(c) Cristina Rivera Garza

México

El cuento Simple placer, puro placer fue publicado originalmente en el espacio de autor de la Revista Archivos del Sur en el año 2006, autorizado por la autora.

Acerca de la autora:

Cristina Rivera Garza

Nació en Matamoros, Tamaulipas, México en 1964.
Se doctoró en Historia latinoamericana por la Universidad de Houston.
Ha desarrollado una amplica carrera académica.
Es Co-Directora de Cátedra de Humanidades y Profesora del Departamento de Comunicación y Humanidades del ITESM-Campus Toluca
Actualmente es Directora Académica del Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border. Financiado por el Fondo de Cultura Económica.
Ha publicado entre otros: las novelas Nadie me verá llorar y La cresta de Illión, el libro Ningún reloj cuenta eso y el libro de poesía La más mía. Recibió por La Guerra no importa. el Premio nacional de cuento del año 1987.
También ha publicado en diversas antologías. Ha recibido diversos premios, entre ellos:
En 2005 recibió el Premio Internacional Anna Seghers por su trayectoria.
En el mismo año su obra Nadie me verá llorar resultó Finalista del Premio Internacional IMPAC .
En 2003, Su libro La Cresta de Illión resultó Finalista del XII Premio Hispanoamericano Rómulo Gallegos.
En 2001 Sor Juana Inés de la Cruz para el mejor libro publicado a Nadie me verá llorar [No one Will See me Cry], Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco.
Es también conferencista y ha participado y participa como jurado en diversos concursos literarios nacionales e internacionales. También ha organizado diferentes eventos multidisciplinarios en universidades mexicanas y de otros países.
Blog: No hay tal lugar
http://cristinariveragarza.blogspot.com/

viernes, 2 de diciembre de 2011

Fidel Santa Cruz














La Virgilia

La Virgilia fue aquella viejita que le llamábamos la Gila. Además de vieja, era medio ciega y su condición social miserable, la hundía en la más profunda fealdad. Hasta los más pobres, la veíamos como la comparación social y física más baja, más despectiva. “¡El que se quede es hijo de la Gila!" – Y salíamos corriendo como venados,
porque nadie quería aceptar el calificativo. Yo era gordito y chaparro y no corría tan veloz, más de alguna vez, le pegué a Pedro mi hermano, porque me ganaba en las carreras.
La Virgilia era la mujer de Juan Chacuate, aunque Chacuate tenía un nombre y apellido muy elegante. Juan Cortés. Pero nadie le llamaba ni siquiera por su nombre. Él era simplemente Chacuate. Su cara era delgada y tenía una mandíbula bastante larga y casi puntiaguda. De ahí la comparación con los chacuates. Pero había algo muy cierto, era un hombrecito que a nadie ofendía, ni siquiera con una mala mirada. Su condición física, en estatura no difería con la de muchas personas. Era chaparrito, pero delgado, enjuto y con el peso de los años. Muchos de los vecinos de igual estatura, pero tripudos. Económicamente no sobresalía, pero a nadie le debía un solo centavo. Pero había otros vecinos muy pobres, que se burlaban de él. El calificativo era simplemente humorístico, picaresco. Chacuate y la Chacuata eran matrimonio sin casamiento legal o religioso, pero de los más legítimos por su unidad y comprensión en los asuntos que tenían que ver en la interioridad del hogar. Unidos en el amor, unidos hacia los hijos, no importando la condición económica, ni social.
Se enojaba que le llamaran Chacuate. Nadie, frente a frente, le llamaba por el apodo. Algunos de manera hipócrita, hasta lo saludaban cuando lo encontraban en la calle.
-Adiós, Don Juan. – Con un saludo hipócrita, medio sonriente, con picardía.
-Adiós, Señor. – Respondía con sincera humildad el hombrecito. Pero cuando aquel se había alejado un poco, la cosa cambiaba.
-¡Adiós, Chacuate!
-¡Coma mierda, hijueputa! – Se escuchaba el sonido del machete contra las rocas, contra los árboles y bailoteándolo sobre su cabeza, pero con aquello moría la cosa.
La Virgilia tenía los ojos casi blancos, muy grandes y los mantenía muy abiertos, como queriendo mirar más allá de su nariz, por la falta de una visión aceptable. Prácticamente estaba ciega, cubiertos sus ojos por una mancha blanca como la cal derretida. Con el correr de los años se le habían caído pedazo a pedazo las pelotitas negras de sus ojos, solamente le quedaban unas diminutas partículas negras, unas venas enrojecidas y dos nubes blancas y aunque estuviera mirando para otro lado, uno sentía sus ojos con una mirada horrible que causaba miedo porque nunca se cerraban. Eran dos nubes blancas como mirando las negruras del mundo y de su destino.
La Virgilia me causaba un miedo espantoso cuando dirigía sus ojos hacia mí. No sólo le bastaba saludarme, sino que le agradaba hablar conmigo y con toda persona que encontraba por el camino. A pesar de su pobreza, de su discapacidad visual, tenía un acento en su voz de profunda dulzura y humildad. Nunca salía de su rancho y cuando lo hacía, era para ir al río a lavar la ropa sucia, lavar su cuerpo endurecido por los años, lavar sus ojos, lavar sus pies descalzos y llevar el agua limpia en su cántaro de arcilla. Cuando dirigía su mirada hacia mí, parecía que dos pedazos de cielo estaban mirándome Ella siempre tenía abiertos sus ojos y cuando hablaba con alguien, abría más y más sus ojos, movía la cabeza y sus manos como un auxilio a su escasa mirada, como buscando en las tinieblas, se abriese más su entendimiento.
Yo no sabía contar, pero sabía cuanto eran tres. No sabía cuanto eran seis, solo sabía que tenía tres y tres años, es decir, dos veces tres. Sentía mucho miedo por la Virgilia. Yo no comprendía, no podía entender que detrás de aquellos ojos había una alma muy bondadosa llena de humildad.
Rebosante de Dios. Pero a mí me causaba miedo y siempre que la encontraba en el camino del río, yo quería evadir su mirada, pero sus ojos blancos parpadeaban como mariposas, cuando platicaba con mi madre... Yo, desde luego, queriendo esconderme.

(c) Fidel Santa Cruz

escritor

San Salvador

El Salvador

miércoles, 30 de noviembre de 2011

María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena














Ranitas Humanas

Correteaban por el piso desmayado de mayólicas olvidadas…Eran “ranitas humanas” en un día de lluvia pertinaz que las impulsaba a jugar dándole algo de brillo a ese momento —especialmente gris de sus vidas-
¡Juancito echó el barco en el charco! Y mientras sus piernitas se mojaban y el papel se empapaba haciendo que la nave perdiera equilibrio, el niño…preguntó por su papá: “Un largo tiempo de cárceles” que hoy lo miraba desde la ventanilla enrejada de un móvil policial, en el que se trasladaba a todo “reo peligroso. Juancito lo buscaba desde sus 4 años, con una mirada vacía de ilusiones, pero reclamándolo a viva voz. María…Su hermana y “madrecita” también había venido, con sus apenas cinco años lo cuidaba, pero de a ratos se zambullía en la aventura de ese juego que le proponía la lluvia… En tanto…Los empleados de aquel juzgado procuraban mantenerlos alejados de la cruda realidad no dejándolos entrar en la “Sala de Audiencias”…¡Como si un “no” fuera importante en esa coyuntura de ausencias…Sordo dolor que no puede traducirse en palabras inmediatas y oportunas. Prohibiciones que borran la ternura instalando una ilógica autoridad, mientras la vida pasa entre hojarascas de indiferenciaprogramada.
¡Cuidado Juancito! Tus pocos años no entienden de viejas y derruídas casonas estatales…¿Sabes? En sus historias se fue instalando un tiempo de descuido, como si el revoque carcomido de sus paredes hubiera querido emular la vaciedad de espíritu…
¡Cuidado Juancito! ¡Vas a cortarte! Esa puerta de añosa madera que divide la galería de la sala principal, es pesada, y tiene vidrios rotos…Transparencia de un presupuesto calculado sin interés legítimo…“¡No me hagas enojar Juancito!” …-expresé- sacando a relucir mi cara más seria, hasta que lo escuché…”¡Quiero ir con mi papá!” —me dijo- mientras los mocos le resbalaban por su boca pequeña, enredándose en sus lágrimas insistentes y caprichosas… María, su hermana “madrecita” lo rescató…“Haceme un juego” —pidió chantajeándome- “Haceme un juego y lo llevo”.
Imprevistamente me sorprendí interrumpìendo mis tareas más urgentes y comenzando a cortar cartoncitos de todos colores, para sellar luego -con letras y números muy grandes cada uno-…Prontamente la magia del momento transformó ese material en un buen mazo de cartas que —una a una- esparcidas sobre el sucio piso ganaban más espacio provocando la pelea de los niños por su posesión. Así pude calmarlos un rato…Y volví a mi tarea.
¡De pronto…Tocaron a la puerta de mi oficina! Era un Juancito en el que se confundían los rotos calzoncillos con el deshilachado short…Tenía un trozo de pan quitado al paso en la mano y apretaba fuertemente los cartoncitos de colores en sus manitas. María, la hermana-madrecita lo había dejado solo porque se fue a hacer pis, y él también quería “mear”…Suspendí entonces nuevamente mi tarea para guiarlo hasta el herrumbroso hinodoro de aquél baño destinado al público y dándome vuelta me dispuse a esperarlo, ya que el baño quedaba muy distante, y llovía…
Después de un largo rato de espera, me decidí a “espiar” por uno de los agujeros de la puerta de aquel baño, y vi que Juancito no estaba en él… ¡Escuché entonces una carcajada chiquita! Juancito me sonreía desde un rincón de la galería. Sonreía y gozaba. Gozaba porque pudo “más que yo” y porque “me jodió”- según lo dijo-. Eso terminó por cautivarme…
Repentinamente en la “Sala de Audiencias” hubo gran movimiento…Estaba finalizando el debate y por las ventanillas rotas de la añosa puerta de vidrio y madera que dividía la galería de esa sala principal, se podía observar que el papá de Juancito era regresado al móvil del Servicio Penitenciario Federal. Con manos esposadas y sin mirar atrás se iba la ilusión de Juancito y de María: Ellos habían venido con su abuela para verlo…Hacía 9 largos meses que no tenían contacto… Su mamá “meretriz” tampoco estaba…
¡Se me ocurrió entonces que un buen café con leche podría hacer que Juancito, el más pequeño, no fijara ese momento! Y me puse a calentar el agua mientras que -con el papel arrugado de un oficio vencido- iba formando nuevos barquitos de papel. Con panza llena, Juancito jugaría divertido…
La abuela, que había despedido a su hijo desde tres metros de distancia con el hondo sentir de un vientre desgajado, volvió junto a los niños… Su rostro ya no tenía expresión lastimosa. Su gesto era determinado: “Debía seguir adelante”…María, la niña madrecita, sentadita en un rincón, dormía una siesta adelantada por el hambre…
¡Estadística de gastos! Planillas impresas donde cada supuesta necesidad tiene un número y un casillero que debe ser llenado y rendido el último día hábil de cada mes…¿En qué planilla de gastos cabe la necesidad de amor? ¿En cuántos casilleros podré colocar la deuda de una sonrisa o la promesa de una niñez sostenida desde el Estado, en educación y salud? ¿Cómo puedo sumar y restar las desilusiones haciendo cálculos matemáticos, y cómo explicarle a estas ranitas humanas que la historia oficial se repite, que los temas se agregan, que la gente se olvida...
“Ñande Gente” no entiende…No puede entender, hasta que le enseñemos como hacerlo…
Las “ranitas humanas” dueñas de un quejido lastimero y constante, a veces sonrisa y a veces llanto, piden por juguetes, por dos padres y un techo y en tanto… Huelen a vacío, al frío y al hambre de los días y las noches contadas desde el piso de tierra de un rancho compartido; desde las frazaditas agujereadas que tapan sus sueños, alternados con vigilias de liendres permanentes…SON RANITAS HUMANAS QUE ME DUELEN.
Cuando el timbre indicó el fin de jornada, tenía la sonrisa de Juancito instalada en el alma… Y supe que ese día “Juancito me jodió”.






(c) María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena






Goya



Provincia de Corrientes



Argentina

jueves, 3 de noviembre de 2011

María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena


















































Infancia


La lluvia calaba pertinaz, y amenazaba seguir -según juguetonas tala lunas que adornaban el patio -unas más saltarinas que otras- cuando Elisa hurgó en sus nostalgias y recordó “aquella siesta”. Había atravesado la galería de la “Casa del Niño” donde vivía –antes de que llegara el padre Antonio—y metió “sus patitas” en el charco…
De niña, Elisa gustaba de jugar descalza. Le agradaba ver que el agua "se le trepaba" cuando apoyaba los piececitos en los patios anegados, como buscando ser alzada. ¡Así solía hacer ella cuando pasaba Raquel, la única que por aquel entonces le demostraba cariño! Cuando llovía, en aquella casona se pasaba "chapaleando" al patio general, y las marcas se notaban en cualquier calzado después... Los piececitos de Elisa, desnudos, no las mostraban…Su humanidad entera tenía otras marcas, aunque la mayoría de ellas no se advertían a simple vista.
Paja y barro haciendo de ladrillos, aunque desgastados, que se pegaban a una "pared" de tacuaras cruzadas dejando pasar frío y calor, un padre alcohólico -borracho de sociedad indiferente- y una madre que a duras penas se amañaba con los otros cuatro hermanitos, dejándola al cuidado de todos cuando debía salir a lavar ropa para arrimar monedas, sólo eso tuvo Elisa como infancia... ¡Y también los juegos a la orilla del arroyo, próximo al basural! Entre sus "hermanitos-hijos" Juan, de apenas un año, era su preferido. Tiempo después, algún informe de la Asesoría de Menores dio por tierra con sus aventuras haciéndola tomar conciencia -repentinamente- de que también existían "otras casas" donde podía vivir. Eran las que respaldaba la iglesia, en las que todos eran guiados en el trabajo y la disciplina. Y allá fue, llevada sin preguntas, y sin abrazos. Todavía recordaba el rostro seco de su madre con sus hermanitos "a upa" y la mirada "blandengue" de su desaliñado padre cuando la retiraron los del servicio social. ¡Para ellos significó una boca menos que engañar con el raído alimento de todos los días, mendrugos que a veces eran "mojados" con algo de vino, para que las noches de hambre no se escucharan!.. Algo le dijo entonces que no debía llorar y se dejó llevar sin oponer resistencia, con la aparente indiferencia de un asombro que no encontró respuestas inmediatas… Sólo sintió no haber podido avisar a Raquel...
Raquel era una joven que accidentalmente vio pasar un día, cuando jugaba cerca del arroyo -al costado del rancho, cerca del basural- por la ruta larga que conducía al puerto de su ciudad. Sus miradas se cruzaron y Elisa, con su sonrisita sin dientes delanteros, enmarcada por lacios y desgreñados cabellos “rubio-terroso” que más habrían parecido un ovillo mal desatado, levantó sus manitos diciéndole "chau seño" -como le habían enseñado en la escuela de la rivera-. Raquel le contestó "chau" y desde ese día todo se convirtió para las dos, en una linda y cariñosa aventura, que después se volvió futuro para la niña. Ella la veía pasar, y la esperaba todos los días. La muchacha siempre le dejaba algo. Primero fue una golosina, después una leche que, invariablemente, Elisa compartía trago a trago con sus hermanitos hasta verle el fondo al envase. Todos los días esa rutina, hasta que una vez Raquel vino en auto y la invitó a pasear, pidiéndole permiso a su padre, que a cambio de unas monedas les dio el sí. ¡Que bien olía Raquel! A Elisa ese olor se le metió en la memoria...
Cuando regresaron del paseo, la niña -bien peinada y sin hambre, vestida con camisita a cuadros y una pollerita "vaquero" -que luego desapareció del rancho-- era otra muchachita. Una roja "colita" ataba sus cabellos, despejando su carita. Desde entonces tomaba impulso, todas las siestas, y se le trepaba a Raquel cuando ella pasaba... Siempre lo mismo, hasta el día en que se la llevaron, por denuncia de una vecina que dijo en el juzgado que su papá "molestaba a la de 9, toqueteándola cuando estaba borracho".
A pesar de lo ocurrido, intensificando esfuerzos, Raquel pudo encontrarla. Ni bien supo que la niña fue trasladada se dispuso a buscarla. "La Casa del Niño"-el lugar donde Elisa vivió desde que salió de su rancho hasta que la muchacha la encontró- era grande. Antonio, un sacerdote viejito de azul y transparente mirada, cada domingo traía juguetes a los niños y les contaba de la Mamá Virgen y del niñito Jesús. La tarde de sus recuerdos -cuando la puerta se abrió- a Elisa le costó creer lo que sus ojos vieron: ¡Al lado de Antonio estaba Raquel! Algo más delgada - quizás no era tan joven como ella había creído- la saludó desde la puerta y ella corrió para trepársele... La muchacha la sacó de allí una semana después... ¿Cómo lo habría conseguido? ¡Lo cierto fue que ¡Otra vez le cambió la vida! El hecho de estar bien vestida, mejor peinada, sin hambre y con todos los controles de salud, hicieron posible que la sonrisa de aquella niña - con todos los dientes crecidos y sanos- denotara la sonrisa de una niña cuidada. Y desde entonces, su vida tomó otro rumbo.
Con el tiempo, pudo saberlo todo. La muchacha había buscado juzgado por juzgado hasta encontrarla, y se anotó como madre sustituta primero, y como adoptante después. Con un cargo oficial, en la Defensoría del pueblo, pudo sortear los obstáculos que se le presentaron para que aún siendo soltera le entregaran a la niña, además su cuidada moral ayudó a esa decisión, pues eran tiempos en los que eso aún se cuidaba con esmero. Se podía adoptar, pero quienes lo solicitaban debían ser ejemplo de vida… Más tarde, en la "escuela del centro" fueron enseñando a la niña muchas cosas, cosas y palabras nuevas que en cada tarde Elisa comentaba con una Raquel cada vez más blanca, como si la piel se le estuviera destiñendo. Aprendió que si quería “ser alguien” debía estudiar y procurar ser la mejor, y empeñándose lo hizo. Fue reemplazando el rostro seco de su madre y el aspecto blandengue de su padre, por la firmeza de su educación y la mirada cariñosa de esa mujer. De “su” Raquel. Sus "hermanitos- hijos" habían quedado en el rancho aquél... ¡A ellos sí los extrañaba! Y mucho. Sobre todo a Juan, su preferido.
¡A Elisa le había dolido tanto crecer! Cada día marcó en ella un gris de ausencia, aunque el cariño de su benefactora suavizaba en ocasiones aquel sordo dolor... Formalizada su "adopción plena", Raquel le dijo que debía seguir estudiando en la vecina ciudad y desde su partida, la estrecha comunicación que mantuvieron la ayudó a sostener lo que había sido su infancia sin abrazos, que se prolongó en una tímida y expectante juventud. Se convenció de continuar luchando por ser alguien, aunque supo que debía alejarse de todo lo que había hecho sufrir, o no lo conseguiría. Sus inmejorables notas le aseguraron becas, y éstas una educación privada y acelerada, algo que precisamente Raquel buscaba para ella, aunque sin decirlo…Primero la sorprendió su primer título de “Trabajadora Social” luego el de Asistente y siguió por más... Hasta que un día su benefactora la llamó. Volver a encontrarse con su pasado era una idea que la desconcertaba... Pero no dudó. Y regresó al pueblo.
Ni bien entró a la casa advirtió que el tiempo realmente había pasado para Raquel... ¡Se la veía tan poco saludable! –Supo luego que había estado enferma desde joven, aunque no lo demostrara jamás--. Sólo aquella mirada suya seguía siendo la misma. Y también su perfume... ¡El inconfundible olor que a Elisa le dictaba la memoria cuando extrañaba su regazo! El aroma de quien abonó su infancia desde que se encontraron... El olor de quien le hizo conocer que el amor tiene muchas caras, pero que siempre tenía su base en el respeto mutuo.
A los pocos días, en la notaría y frente al testamento, Elisa fue enterándose de más cosas, y se le atropellaron los recuerdos. En la administración en la que trabajara Raquel, desde hacía años y por expreso pedido suyo, tenían asignado un puesto para ella. Conduciría la Secretaría de la Niñez y Juventud –según le explicaron- el objetivo más fuerte de ese organismo era la lucha contra las adicciones, una fuente poderosa de destrucción que amenazaba hundirlos, desde que la explotación de la pobreza surgió en esa parte del continente. Tras un sufrimiento de años y varias puebladas silenciosas, la fuerza política hubo de convencerse: Era preciso reconstruir la sociedad y la familia. Y para ello no escatimarían esfuerzos aunque torcer el rumbo impuesto por una oficialidad ignorante del grito universal, todavía acarreara muchos padecimientos…
Elisa tendría a su cargo los controles de toda la minoridad de la ciudad... Aunque desde el dolor, supo que en sus propias manos estaba sanar las heridas de su infancia y contener a quienes aún no habían podido hacer escuchar su voz... Y todo lo haría en memoria de Raquel.
Un repentino pensamiento sacudió ese mágico momento de recuerdos… Le pareció escuchar la voz de Juan, su preferido entre los “hermanitos –hijos” de aquella infancia sórdida…Y sintió en la nariz el cosquilleo que siempre le producía su naricita, restregándose –mocosa y sucia -contra la suya. Entonces alzó una mano y “calmó el picor”, sonriéndole a su nostalgia…
Muy pronto el sol comenzó a abrigar sus pensamientos despejando la humedad, y después de un reconfortante café las ideas se le atropellaron en la mente…



(c) María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena


Goya


Provincia de Corrientes


Argentina



Ma. Alicia Gómez (de Balbuena) nació y vive en la ciudad de Goya (Corrientes)

Locutora Nacional para radio y televisión (carnet 4513), creadora y conductora del programa radial infantil “Chiquilladas” premio “Santa Clara de Asís” 1980 (L.T.7 “Radio Corrientes”). Presentadora de espectáculos literarios. Integró la comisión directiva de SADE-Seccional Goya y fue autora de los comentarios periodísticos de la entidad de letras en la gráfica hasta el año 2008. Ha ganado varios premios, entre ellos el primer premio del Concurso poético sobre el Carnaval de Goya, Corrientes y el premio Jorge Luis Borges en narrativa con el cuento Sapukay Yarará y ha publicado sus obras en diversas antologías y libros.








acerca de la autora:








imagen: Ricardo Supisiche, tinta sobre papel, (de la colección del Museo de Arte Contemporáneo, Universidad Nacional del Litoral)