miércoles, 26 de enero de 2011

Liliana Pérez Sande


La Magnolia del Centenario

Por  ese juego de escondidas que  nos hace la memoria, no fue hasta que leí ese sitio de internet, que volvieron a mí los recuerdos:“En 1910, como parte de los homenajes por el centenario de la Revolución de Mayo, los italianos residentes en la ciudad decidieron construir en la Plaza San Martín un monumento del que actualmente no se tienen precisiones con relación a sus características ya que el mismo nunca fue erigido por causas desconocidas(…).Lo cierto es que, durante los actos por los cien años de la gesta de Mayo de 1810, la colectividad italiana podría haber enterrado en algún punto del paseo público la piedra basal del monumento. Sin poder ser nunca encontrada hasta el momento (…). Fue como un relámpago emocional. Tratando de poner en orden mis pensamientos comencé a escribir este relato familiar que tanto disfrutaba escuchar de mis abuelos. Seguramente eran otras las palabras como la cronología de los acontecimientos  y, sabiendo que  la nostalgia siempre nos traiciona, lo más seguro es que todo  sea una simple coincidencia.
Era la víspera del 25 de Mayo de 1910, cuando Vittorio, mi bisabuelo, llegaría sigilosamente a la Plaza San Martín, resguardando entre las ropas  su “tesoro” y  con la pala  que lo acompañó tantos días de su vida, se dispondría a cumplir su sueño. Había llegado en el Príncipe Umberto un año antes del Centenario, desde el puerto de Génova lugar donde tantas almas partieron hacia un destino llamado América. Fue un interminable viaje donde  muchas veces pensó que, en venganza, esas aguas amotinadas  lo tragarían por haber abandonado su familia. La alegría por la llegada al Río de la Plata se perdió entre  las infinitas colas y  en un albergue  obligatorio, entre pucheros y mate cocido dejaría de sentirse como un pasajero de tercera. El registro de ingresos sólo contenía monosílabos: Vittorio Guazzi. Veinte años. Masculino. Célibe/Núbile. Agricultor. Pocas palabras para definir a tantos seres que con su propia historia cambiarían también la de nuestra República.
Vittorio había llegado en el preciso momento en que se iniciaban las obras de la plaza San Martín. Allí se construirían los caminos internos y se plantarían los árboles que hoy forman parte de nuestro paisaje cotidiano. Para eso se necesitaba mano de obra barata y la llegada de inmigrantes era una oportunidad que la ciudad no iba a desperdiciar. El destino de él, como el de otros, fue contribuir en esa tarea que lo llenaría de orgullo.
Giuseppe, su compañero de aventuras, lo esperó en las afueras de la dársena y, entre alaridos y gestos de alegría, se fundieron en un abrazo fraternal. El viaje en tranvía lo llevaría a aquella casa de cuartos sin ventanas, a esa nueva citta que  aprenderían a llamar Mataderos.
Era una multitud de familias que compartían la vida y las paredes y,  para Vittorio, dormir en una
 habitación tan poblada le recordaba su casa natal. La llegada de un compatriota siempre era una fiesta donde, en  largas mesas,  se podían desnudar las  tradiciones sin vergüenza.
Temprano, Vittorio partía hacia la Plaza con la pala a cuestas aunque su trabajo era cargar losetas, esperaba demostrar que él era un agricultor experimentado. Y fue  aquel día que, por fin, tendría su oportunidad.
Habían traído esa hermosa Magnolia, decían desde la China, el viaje en barco la había sometido a extremos cuidados  y su plantado requería de algún experto que no estaba entre los presentes. Decidir dónde debía ser ubicada se había transformado en una responsabilidad que nadie quería tomar y corrían el riesgo de perder tan exótica especie. Pero fue ante las palabras de Vittorio que no hubo dudas: No le gustan los grandes calores ni las heladas tardías”.Suficiente para entregarle al italiano el mando de la situación.  Recorrió la plaza estudiando la trayectoria del sol, tomando un puñado de tierra entre sus manos, como si en ella estuviera la respuesta, determinó el lugar donde debería ser colocada. Todos lo siguieron con respeto y, obedeciendo  sus instrucciones, la Magnolia fue  plantada. Volvió al conventillo donde compartió la idea con sus amigos: llevaría una pequeña placa de mármol la cual Giuseppe prometió conseguir en el cementerio, y cuyo grabado diría “Vittorio Guazzi, italiano, plantó esta Magnolia en 1910”. Lo miraron entre incrédulos y risueños, pensando que ese italiano orgulloso llegaría adonde se lo propusiera. La noche del 24 partió emocionado y, junto a  los buenos augurios, fue decidido a cumplir lo planeado. Conociendo cada rincón de la plaza aprovechó la soledad de la noche. Se acerco a  la Magnolia para cavar sin pausa  hasta ocultar la placa y, con sumo cuidado, volvió a dejar la tierra tal cual estaba.
El 25 de Mayo la ciudad amaneció plena de festejos. El primero de ellos fue la ofrenda al General San Martín. Desde un lugar apartado y con la ropa todavía llena de tierra Vittorio participó emocionado de aquel momento, más por la Magnolia que por el Libertador. Hasta el final de sus días, en los infaltables paseos por la plaza,  fue  el custodio silencioso de aquel árbol de flores perfumadas.
Terminé de leer este relato, que compartió cada generación de mi familia, con el emocionado silencio de mis compañeros. Decidieron que en honor a mi bisabuelo merecía ser comprobada la existencia de esa placa. Iniciamos entonces una larga recorrida de trámites burocráticos y formularios extensos, pero  obtener un permiso para “buscar un pedazo de mármol que un italiano decía haber enterrado” no resultaba ser importante para nadie y,  hasta el día de hoy, no hemos tenido respuesta alguna.
La foto descolorida en el álbum familiar lo muestra sonriente, con la placa entre sus manos y esas letras que no se alcanzan a leer.  Quizás una noche de éstas tome coraje y, con una pala, visite  la Magnolia.

(c) Liliana Pérez Sande

Olivos

Provincia de Buenos Aires

Liliana Pérez Sande participa del taller de escritura creativa de la Prof. Ana Bisigniani
El cuento La Magnolia del Centenario recibió el Segundo Premio del concurso organizado por el Concejo Deliberante de Vicente López organizado en conmemoración del Bicentenario de la Argentina. 

 imagen: Magnolia, Eugenio Daneri



miércoles, 19 de enero de 2011

Adriana Nardone




NO IMPORTA LA LENGUA


Acta Nº 1. En el paraje Las Palmas, departamento (sin delimitar), provincia de Santa Fe, el día 7 de Enero del 1900. Ante mí, Don Modesto Barroso, Juez de Paz y Jefe de Registro Civil del Estado comparecen Don Rossolino Fafaglia de 26 años de edad, de nacionalidad italiano, oriundo de Calvelho, domiciliado en este paraje, de profesión agricultor, hijo de Don...

La azada le ha roto la piel de las manos, le ha trazado surcos oscuros, tan oscuros como los que él le hace a la tierra cada vez que ara. Tiene la fuerza de un buey viejo y de buey trabaja. Se ata el arado a la cintura para arrastrarlo y hender la superficie reseca. La cabeza gacha, bufa, suda bajo el sol. Sólo de vez en cuando mira hacia arriba hasta que aparece la primera estrella en el cielo, entonces sabe que terminó la jornada.

y Doña Angiulina Santa Testarosa de 15 años de edad, de nacionalidad italiana, oriunda de Bassilicata, domiciliada..
.
- Una virgen robada a los altares. Virgen y hermosa, increíblemente hermosa. No pueden manos tan rudas desflorar tan delicado pimpollo - murmura extasiado Barroso.
Los caballos atados a la calesa del juez que espera a la entrada de la oficina relinchan inquietos. Ay! Modesto no es cuestión de distraerse ahora, el primer casamiento del siglo y de este lugar. Los ojos de Modesto parecen dos luciérnagas que se prenden y apagan en cada parpadeo. Carraspea  y sigue leyendo

 domiciliada en este paraje, de profesión costurera, hija de Don Gigio Testarosa de 35 años de edad, nacionalidad italiano, oriundo de Bassilicata...

Don Modesto levanta la mirada del papel y la detiene tímidamente en el hombre alto, de piel cetrina como aceituna que lo mira desde el fondo oscuro de las órbitas. Don Gigio parece la sombra de Angiulina, de pie detrás de la hija no entiende nada de lo leído, sólo espera atento que el juez pronuncie la única palabra que su hermana le enseñó para dar el consentimiento de la boda.
Angiulina tiene las manos cruzadas sobre el vientre como protegiéndose de alguna injuria.
Su tía Anunciatina la hizo traer de Italia para casarla. Los Fafaglia hace ya un tiempo que están por estas pampas y han prosperado mucho, son dueños de muchas hectáreas pero faltos de mujeres.
Angiulina cose, borda y canta como los ángeles. Desde que llegó les enseña a escribir y a leer en la lengua materna a los gringos del lugar. Ella no es como las otras mujeres gringas que sudan el surco bajo las órdenes del marido, hacen el vino y amasan el pan, paren los hijos solas mientras van perdiendo la frescura al rayo del sol o al calor endemoniado de los braseros. Ella sabe que no ha nacido para eso.

Ambos comparecientes manifiestan que es su voluntad casarse tomándose recíprocamente por marido y mujer y...

Desde que llegó Angiulina estuvo siempre guardada. Piel de pétalo. Pelo negro y ensortijado jugueteándole en la espalda. Pocos la han visto. La tía dice que es de salud frágil. Sólo sale los domingos a la hora del Ángelus para hacer el camino de su casa a lo de Pierina donde se juntan a rezar. La madre le enseñó a respetar los santos mandamientos y cuando murió era su deseo que fuera al noviciado.

Que no haya impedimento alguno para la celebración de su matrimonio…

Don Modesto Barroso se atraganta al hablar, se sofoca. Desde hace meses que no llueve y no se aguanta el calor. La tormenta da vueltas pero no se decide a bajar. Los caballos relinchan cada vez más inquietos.
Pietracupa y yo somos los testigos; él gringo, yo criollo amigo del juez. Hábiles los dos para certificar este acto, declaramos saber la identidad de los futuros esposos y que por lo que conocemos los creemos hábiles para contraer matrimonio.
Angiulina está más pálida que de costumbre y un escalofrío le recorre la piel. ¿Tendrá frío?. Descruza las manos y busca cubrirse los hombros desnudos con el mantón de seda. Un viento que trae olor a tierra mojada entra por la única ventana de la oficina y hace temblar el acta en las manos de Don Modesto. El cielo se ha oscurecido tanto que hay que encender el farol. Bajo una luz intranquila el juez sigue leyendo

En este estado interrogo a Don Rossolino Fafaglia si quiere por su esposa y mujer a Doña Angiulina Testarosa y si él se otorga por marido y esposo, y habiendo contestado que sí, interrogo a Doña....

La mirada de Angiulina es una súplica. Se ha desatado el aguacero en sus ojos y en el cielo y los relámpagos resaltan su palidez.
Modesto en el apuro saltea párrafos.

...yo el infrascrito, encargado de este Registro del Estado Civil, en nombre de la Ley y en ejercicio del Ministerio de que ella me inviste declaro que Don Rossolino Fafaglia y Doña Agiulina Testarosa quedan unidos en legítimo....

Angiulina tiembla como una hoja.
Una ráfaga de viento se mete violenta y hace caer el farol a kerosén. Esto es el caos.  Dicen que el caos es el origen de las cosas. Todos corren hacia sus casas para protegerse de la furia de la tormenta.


10 de Enero del 1900. Ha dejado de llover y en los surcos verdean los brotes. Me llego hasta la oficina del juez para saber qué pasó con la boda ya que ni Pietracupa ni yo pudimos firmar nuestro testimonio. Pegado en la puerta hay un papel en el que se puede leer

Yo el infrascrito, encargado de este Registro del Estado Civil, en nombre de la Ley y en ejercicio del Ministerio de que ella me inviste declaro hacerme cargo del rapto de Doña Angiulina Testarosa de 15 años de edad para cuidarla, amarla y venerarla como ella se merece hasta el fin de mis días.
 Don Modesto Barroso


 (c) Adriana Nardone
Cañada de Gómez
Provincia de Santa Fe

Acerca de Adriana Nardone:

Escritora nacida el 14 de Julio de 1948 en la ciudad de Rosario ( Sta. Fe ) Argentina. Residente actualmente en la ciudad de Cañada de Gómez donde apoyó la creación del taller literario Puro Grupo dirigido por la profesora Cora Renard, a través del cual publicó cuentos y poesías,  de circulación no comercial,  entre los años 1990 - 1997.
Recibió premios en distintos certámenes nacionales y provinciales organizados por entidades oficiales y privadas del país (2º Pr. Juegos Florales Ciudad de S.Francisco 1997, 1ºPr. Conc. Literario As. Med. Rosario 1998 – 2000-2010. 2º Pr.Conc. Literario Nac.Rotary Club Rosario 1998, Conc de Cuentos UNR 1999, 1º Pr. Certamen. Lit. Nac. del Litoral 2001 y otros). En el año 1998 fueron seleccionados poemas de su autoría para ser publicados en la revista ALALUZ patrocinada por la University San Marcos del Estado de California y una serie de cuentos  para ser publicados en la revista TERTULIAS dirigida por Laura Asturias. Ganadora del 1º premio del Certamen Letras de Oro – Honorarte en el año 2003 hecho que le permite publicar una selección de cuentos de su autoría editando su primer libro “Ese cercano olor a lavanda”.
Integrante del grupo de estudios literarios dirigido por la escritora Angélica Gorodicher de la ciudad de Rosario.


imagen: Benito Quinquela Martín, Amor en el puerto, (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni en el MUNTREF)








martes, 11 de enero de 2011

Julio Abancéns

Benito Quinquela Martín


Marumba*


Sus noches son largas y confusas. Su realidad esta signada por un gran pastillero que marca la entrada de cada día. No llega a entender porqué las lágrimas de sus hijas, que aprietan su dolor acompañado de ternura. Lo ven poco, porque no pudieron aprender a mezclar el dulce canto de sus brazos fuertes con la mirada lejana.
Nelly, la del día, le habla sin descanso. Su rutina lo encuentra con la magia del despertar en un día nuevo, donde no hay nada atrás, donde se presentan a su encuentro sus corridas por las montañas de Demues. El olor del membrillo, el calor en sus brazos terminando una madreña, el abrazo de su hermano en el puerto de Buenos Aires, la voz de esa hermosa cantaora que le susurraba con los ojos, el llanto de su hermana, a lo lejos, amando los colores del nuevo mundo.
Nelly, la de la noche, se sienta a su lado, paciente, en silencio. Posa su mano en sus arrugas esperando ansiosa que pueda alcanzar ese sueño que algún día, tal vez, lo deje volver a encontrarse con el mundo de hoy, con la risa de sus nietos, con la mesa poblada.
Cada noche de la última semana, él se despierta, se levanta y busca sus valijas. No puede contener su deseo de ir a su casa. Nelly, la de la noche, lo calma con caricias, lo abraza con leche tibia y le explica que al despertar todo volverá a ser canto de pájaros y brisa húmeda. Pero él no comprende porque ese día no está ahí, con Amador caminando los senderos y con su gaita sonando y doblegando corazones. “Tengo que buscar mi marumba”, repite con ojos enjuagados, “preguntale a Natalita”  le dice a Nelly. Ella lo abraza, lo acuesta y el vuelve a vivir su mesa de favada y sus ansiados picos con ese cielo enrejado de verdes profundos.
Ni Natalia ni Rocío saben que es lo que desvela esas noches. Por más que buceen en su infancia no encuentran la marumba que su padre tanto busca. No está en esas historias que ellas siguen repitiendo con el sabor que solo tienen las palabras envueltas por raíces. Cuando ellas le preguntan por marumba, el sonríe y sus ojos brillan iluminados en silencio.

(c) Julio Abancéns

 Julio Abancéns  (Buenos Aires, 1968). Actualmente vive  en la ciudad de Buenos Aires. 

*cuento finalista en el concurso Historias de inmigrantes 


imagen: Benito Quinquela Martín, Boceto Música y danza, (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni en el MUNTREF)

lunes, 10 de enero de 2011

Elena Marqués Núñez


Abbas Kiarostami




La vuelta de Aaminah*

 Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Con la pierna estirada y entumecida, Aaminah se sostenía a duras penas entre dos cajones inmensos de cuyo contenido nadie se atrevía a hablar directamente. No cabía un alma en el furgón.
En el regazo dormía Rashid. Después de masticar con desgana los trozos de pan que su hermano Hazim cogiera al vuelo en el reparto, aún estuvo llorando dos horas. La fiebre le había subido un poco y el calor era sofocante, pero el agotamiento pudo con él y acabó abandonándose a un sueño pesado y benefactor. Su pecho subía y bajaba en sincronía perfecta con el traqueteo del camión. Eran las doce.
Aaminah empezó a recordar uno por uno todos sus errores: la disputa a voces con su madre, que de vieja desvariaba más que de costumbre; la salida apresurada del pueblo, sin despedidas ni reproches; la muerte de Faisal en tierra extraña por una discusión de poca monta. ¿Dónde estarían ahora?
Mas ya no cabían la marcha atrás ni el arrepentimiento. Al otro lado de la puerta corría un paisaje inhóspito y oscuro.
Cuando llegó a la estación fue incapaz de entenderse con el empleado que vendía los billetes. La miró con una mezcla de pena y de desprecio. Y ella era tremendamente orgullosa. Una mujer que huye con dos hijos a cuestas y sin nadie que la proteja no iba a dejarse vencer por el pequeño inconveniente del lenguaje.
Por eso, cuando aquel hombre se ofreció a llevarlos hacia el sur, ella no dudó, aunque el precio se disparara y el resto de los pasajeros iniciase una sonora protesta por el sobrepeso y la carga incómoda y el mal agüero, por qué no decirlo. Pero todos tenían prisa por llegar a algún lugar. Otros por quitarse de en medio y enterrar dignamente a sus muertos.
Ahora, con el vaivén de la noche y el sopor de tanta respiración humana que descansa, recuerda el azul del cielo del desierto y siente que las lágrimas la traicionan.
Su infancia fue sencilla, como debe ser la niñez en todas partes. Ayudaba a hacer la harira, ordenaba la casa, baldeaba el patio y mataba con pericia los enormes mosquitos que atraía la madreselva. En una habitación con poca luz dormía con todos sus hermanos, y jugaban a los hospitales con vendas de mentira, y en redomas de dudosa limpieza fabricaban pócimas y remedios mágicos con trigo y agua sucia. A veces perseguían a Ozu, el perro del vecino, por ver si sus ungüentos le devolvían el lustre al maltrecho pelaje.
Aaminah tuvo unas fiebres malas cuando tenía ocho años. Regaba el suelo con el sudor espeso de la calentura y sufría pesadillas que la hacían desvariar. Su madre, que limpiaba la casa de una española amable, no podía quedarse a darle los remedios que idearan generaciones enteras de inmóviles observadores, y ella lloraba y dormía a partes iguales por sacar provecho a su infortunio. Su hermano Omar, que andaba impaciente por reanudar los juegos, intentaba a duras penas que la enferma tragara una de aquellas pastillas que fabricaran en sus buenos momentos de solaz.
Una tarde apareció la madre acompañada de un hombre con maletín. «Es don Manuel», fue lo que dijo. Un doctor de verdad.
Don Manuel reconvino a la mujer por tener allí tirada a una criaturita con aquel desvarío, pero al punto vio que la casa no tenía más estancia que un salón donde comer y un lecho para el patriarca, que demasiado hacía por sacar adelante a la camada, lo que le daba derecho a gozar de ciertos privilegios.
El doctor la examinó con detenimiento y dulzura, y, hecho el diagnóstico, le dio unas grageas amargas que atemperó con azúcar, y luego le acarició la cara y le dijo «esto no es nada». Sus ojos eran tristes y Aaminah pensó que don Manuel, con su bigote, su perfume y su sabiduría, no era feliz por aquellas tierras, y también pensó que todo hombre es de donde nace, y que don Manuel habría dejado hermanos y una madre para ganarse el sustento y morir abrasado por aquel sol inclemente y unos pacientes insumisos y desagradecidos. Y luego pensó, a punto ya de dormirse, que qué injusta es la vida.
El camión se ha detenido. Fuera hay un trasiego tenue. Seguramente el conductor toma un tentempié para seguir la ruta; seguramente charla con una camarera que le sirve algo más suculento que los mendrugos repartidos hace unas horas. No hay que ser injusto. Tampoco el hombre tenía obligación de alimentarlos. Él les ha ofrecido el transporte; no tiene culpa de que la mayoría de la mercancía sean unos destripados que vinieron con ganas de comerse el mundo y ahora vuelven con el rabo entre las piernas y muchas historias para olvidar.
Aaminah mira a la mujer que más enfado mostró con su llegada. Dormida tiene una dulce sonrisa. No ha de ser mala. Todo el mundo lucha por sus cosas. Bastante ha de tener con lo que lleva a cuestas.
Para entretenerse, para matar un tiempo que se prolonga inexplicablemente, Aaminah inventa una historia para cada viajero. Observa los grupúsculos que siembran el suelo del remolque, recompone las familias y las envuelve en un destino común. Aquel montón de allá viene de Barcelona, porque alguno ha hablado con palabras que no conocía, con un acento que escuchó a un político en las noticias. Se ve que les fue mal y que están resentidos. Aquellos otros regresan porque el padre enfermó, y la mujer de ojos inmensos solo sabe repetir «no llegaremos, no llegaremos». Seguro que quiere asistir a los funerales y anda sufriendo una angustia inconsolable. Pero las mujeres del desierto son poco dadas a los excesos, según les pide su propia religión y la sumisión de siglos y una inexplicable gratitud por seguir vivas.
En el rincón más cercano a la cabina, en un sitio de claro privilegio que les tocó en suerte por el simple hecho de haber llegado los primeros, se estira otra mujer que también tiene hijos, y una anciana que los acompaña y organiza y riñe, y que con una gran soltura ha creado un confortable campamento familiar donde, en un orden relativo pero con pleno aprovechamiento de los espacios, ha colocado equipajes e improvisados camastros. Incluso gozan de un rinconcito para las deposiciones.
Si al menos los dejaran salir a estirar las piernas, a respirar el aire fresco de mayo y seguir con sus lamentos bajo el cielo estrellado...
Con el vaivén Aaminah se adormece. Deben estar cerca, pues llega, entre el amasijo de sudor y duermevela, un suave olor a mar, a algas, a una costa grata donde es más fácil morir si se da el caso.
El camión va frenando. Se oyen voces fuera. Los ojos, que descansaban, se abren al unísono, alarmados y mudos. Se miran unos a otros implorando silencio. Se impone acallar a los niños. Pero la mayoría duerme con una placidez que lastima, que puede quebrarse con la misma ligereza con que llegó hace unas horas.
Aaminah sabe que Rashid sueña con un desierto que aún no conoce, pero que ella se ha encargado de contarle para que no lo olvide, para que sepa cuáles son sus raíces, si es que los descendientes de bereberes saben de eso, y no de viajes interminables, de caravanas largas, de sueños que no acaban por anclar. Este mismo que emprendieron, ya pasados tres años, a punto está de desvanecerse, si no lleva evaporándose desde que Faisal se metió en lo que no debía por sacar unas perras.
Aaminah se lo dijo desde el principio. «No me gusta ese hombre. Huele a muerte». Y Faisal, que sonreía ante tanto recelo, ante un miedo que su esposa nunca había tenido, no hizo caso, y siguió sonriendo cuando la cosa se torció y lo amenazaban casi a diario, y siguió con la misma estúpida sonrisa cuando la disputa y cuando cayó hecho un pelele en el portal y cuando subió agarrándose las tripas que intentó a duras penas recomponer su esposa, que no daba abasto con tanta sangre y tanto trozo de cuerpo desperdigado y tanto llanto infantil tras de la puerta, y sin las vendas de mentira y las pócimas y remedios mágicos que fabricara en sus días felices junto al patio de la madreselva.
El conductor se ha bajado. Parece que discute. Las voces, pues son varias, se trasladan, se dirigen al portón, esa losa que les cayó en Móstoles y que ahora los deja ver por un instante un cielo oscuro y hermosísimo, como el que se distingue desde el desierto en las noches más frías. Hazim, que no duerme desde el día en que se inició su forzada orfandad, apunta entonces «el cielo es igual en todas partes», y Aaminah sonríe porque no sabe lo que dice, y sigue sonriendo cuando bajan todos, en apresurado tropel, al arcén de una carretera donde nada se ve, sino unas luces azules que no son de faro ni de bienvenidas, sino de una patrulla de la Guardia Civil que los mira con tristeza porque sabe la de vidas que se desmoronan tras cada par de pies que bajaron pesadamente del alto camión.
Aaminah sonríe. Debe conservar la calma. Y más ahora que bajan el cajón donde apoyaba la pierna hasta hace un rato, donde resistía entumecida para mantener a Rashid en el regazo y dejarlo dormir y acunarlo y susurrarle las canciones que cantaba con Omar en el patio donde crecía la madreselva y mataban mosquitos con pericia. Uno de los hombres uniformados pregunta con voz firme «qué hay en ese cajón», y, al no recibir contestación plausible, sino unos ojos de espanto y una voz que claudica, se apresta a hacer palanca precisamente ahora, cuando nota que Aaminah deja de sonreír. El conductor intenta escapar, pero es noche cerrada y se tropieza y cae. (Quién sabe si él también resbaló en sus propias lágrimas.) Y abierto ya el cajón, a la luz incierta de una linterna de luz extrañamente blanca, el hombre que preguntó con firmeza e hizo palanca ante los ojos de espanto y la voz que claudica distingue aquel amasijo de vísceras y sangre que antaño fue un esposo, y un padre, y un inocente que se dejó embaucar en un negocio que no tenía buena pinta, y que ahora solo viaja para dormir en paz bajo el cielo estrellado que abandonó hace tres años, once meses y dos días.

 (c) Elena Marqués Núñez
*cuento finalista en el concurso Historias de inmigrantes

Acerca de la autora:

Elena Marqués Núñez nació en 1968 en Sevilla (España), donde estudió Filología Hispánica. Actualmente trabaja como correctora de textos en el Servicio de Publicaciones Oficiales del Parlamento de Andalucía. Tras quedar finalista en varios concursos de cuento y de poesía, ha obtenido el primer premio del concurso de relatos cortos «Paso del Estrecho», con Desubicados; mención honorífica en el Alicia Moreau de Justo, con Cierra las ventanas, y el tercer premio del certamen «Poemas sin rostro», con Tardes de lluvia. Tiene algunas publicaciones en libros colectivos; entre ellos «Ávila», en Miradas y letras en el camino de la Lengua castellana (León, Fundación Camino de la Lengua, 2010); «Amor secreto», en Dreceres (Barcelona, Debarris, 2010); «Cinema Paradiso», en El beso (Vigo, Ediciones Castañeda, 2010); «Cierra las ventanas», en Antología del concurso literario internacional «Alicia Moreau de Justo» (Argentina, Libros en colectivo, 2010); «Pícaros», en Ex Novo. Revista d’Història i Humanitats (n.º 6, 2010); «El albarquero», en Artesanía comprimida’10 (Toledo, Vicepresidencia y Consejería de Economía y Hacienda de la Junta de Castilla-La Mancha, 2010), y «Quesos Gomber», en Artesanía comprimida’10 (Vicepresidencia y Consejería de Economía y Hacienda de la Junta de Castilla-La Mancha, 2010).


 imagen:

Los caminos de Kiarostami
1978-2003
Fotografía blanco y negro impresa en Bugionovi, Roma, 2006
50,3 x 77,8 cm
Cortesía Museo Nazionale del Cinema, Torino, Italia
(de la muestra en el Malba)



domingo, 9 de enero de 2011

Araceli Otamendi

                Alighiero Boetti



Ego te Absolvo


                              A todas “las más chicas”

Nota: los personajes, situaciones de este cuento son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia

Estas cuatro paredes hablan. No se esperen de mí que sea más que un testigo. Soy eso, he presenciado los hechos, escuché las palabras, vi. En mi corazón albergo el más profundo estupor y desprecio. Voy a relatar los hechos desde mi visión.
Magdalena se había casado con él para no quedarse soltera, para no cumplir el destino que subrepticiamente su familia quería hacerle cumplir. El destino de “la más chica”.  Él, un abogado relativamente próspero,  no demasiado joven, ni demasiado viejo, divisó a lo lejos, y también a lo cerca, la conveniencia del matrimonio. A ella todavía, le quedaba una familia amorosa y unida. Ella los quería,  ellos la querían, ella pertenecería a la familia, tendría su lugar, siempre y cuando se ajustara a las rígidas reglas tácitas que mantenían la unión. ¿Quién había elucubrado esas reglas, quién era el o la mandamás del grupo? Nunca lo había podido saber. En eso todo era silencio y acuerdo.  A él le quedaba  un título universitario y una decadencia que se avizoraba de lejos. Pero dentro de poco, alcanzaría también el título de escribano y eso le permitiría abordar la vida de otra manera. En una de las paredes hay una vitrina con algunos  regalos de boda. Algunas porcelanas, alguna platería. Ella siempre había sido hábil para las labores, sabía tejer, coser, bordar, hacer puntilla. Pero en su casa materna no había aprendido a cocinar, ya que esos menesteres estaban en manos de empleadas domésticas. Apenas se casó con Abel, él se fue para arriba y ella para abajo. Ella alcanzó el estatus de una empleada doméstica sin sueldo y él, el de un escribano renombrado, con algo de dinero, simpático y cajetilla.
Estas paredes hablan, relatan los hechos, en mi corazón albergo el más profundo estupor y desprecio.
Ella era “la más chica” de la familia, la destinada a cuidar a la madre anciana, la última en nacer, la que no se podía casar ni tener hijos. Por eso, cuando se casó con Abel, creyó alcanzar sino el cielo, al menos una parte de él. No iba a quedarse para vestir santos, tal vez podría tener un hijo, tal vez dos, quién sabe. Las vueltas de la vida son muchas, y tal vez, él, Abel, con el tiempo, la vida doméstica y el amor que ella le prodigaba, pudiera cambiar sus aires de don juan y mandón.
Con el tiempo Magdalena se fue dando cuenta. Abel seguía subiendo en su profesión y ella estaba más descuidada y molesta. Las infidelidades de Abel ya casi no se ocultaban. Empezaron, según ella, cuando quedó embarazada de Anabel. Si no le puso a su hija un nombre de reina al menos el nombre lo había podido elegir ella. Porque en todo lo demás, era Abel quien elegía, desde las comidas hasta el aroma del jabón con que se bañaban. Los gritos de Abel eran insistentes, se escuchaban por toda la casa:

-         ¡Traéme la toalla!, ¿me escuchás? Magdalena.

Y ella iba, y le llevaba la toalla blanca  recién planchada. Al principio de su casamiento Magdalena tenía un lavarropas y se encargaba ella, para ahorrar dinero, de lavar la ropa en la casa. Pero Abel quería que Magdalena estuviera todo el tiempo ocupada mientras él se ocupaba de asuntos en el estudio.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mí que sea más que un testigo.
Magdalena empezó a hacer más labores cuando Abel empezó a llegar más tarde del estudio. Entonces ella se dedicaba a coser algunos pañuelos, a tejer algunas cosas, a algunas manualidades para vender en casas de regalos. Así tenía por lo menos algún dinero con qué agasajar a los suyos. A la familia, a esa familia que la había postergado tanto, porque ella era la más chica y estaba destinada a cuidar a la madre anciana y a vestir santos. Ahora que Magdalena se había casado y estaba esperando un hijo, el destino se había dado vuelta, pensaba.
Sin embargo, su hermano Eduardo no pensaba lo mismo cuando la visitaba. Eduardo era un testigo privilegiado, llegaba a comer a la casa de ella una vez por semana y presenciaba las escenas que Abel montaba para torturar psicológicamente a su hermana.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mí que sea más que un testigo.
Eduardo salía indignado de ahí cuando Abel empezaba a pedir a los gritos otra comida: - Este bife está medio crudo, Magdalena, te dije que me gusta cocido. Entonces Magdalena iba y ponía el bife otra vez en la plancha, con una sonrisa en los labios, para no irritar a Abel, y luego  iba a ver a la nena en puntas de pie, para saber si seguía dormida.
Eduardo aprovechaba para estudiar al cuñado: lo veía como a un sapo, feo y grotesco, un clásico esperpento que se aprovechaba de su hermana. Él, se aprovecharía también, pero de él, de Abel, instalándose a dormir una vez por semana, cuando iba a comer, porque vivía lejos y así evitaba viajar de noche.
Eso le reventaba a Abel, que su cuñado, ese testigo de parte, ese hombre, estuviera ahí en su casa, comiendo con ellos, observándolos.
Magdalena volvió con el bife en el plato y se lo sirvió a Abel. Enseguida éste dio un puñetazo en la mesa.

-         No voy a comer esta carne, está fría.

A Magdalena se le desvaneció la sonrisa de los labios y ofreció preparar un puchero. Enseguida lo haría, con papas, batatas, caracú, chorizo y morcilla  como le gustaba a Abel.
Eduardo no dijo nada. Se sirvió otra copa de vino tinto y siguió comiendo mientras miraba a la hermana, desde el comedor. La silueta de Magdalena se había hecho más fina, desde que se casó con Abel. Se veía que estaba a disgusto en ese matrimonio donde llevaba todas las de perder. Pero Magdalena era así, no daría el brazo a torcer frente a la familia, porque ella era la más chica y estaba destinada originalmente a cuidar a la madre anciana y a quedarse para vestir santos. ¡Tomá! pensaba a veces, frente al espejo. Salí de casa y cumplí otro destino ¿no es mejor así? Ellos querían que me quedara ahí, con mamá. Como una solterona, mientras cada uno hacía su vida. ¡Tomá!
El único que se compadecía de ella era Eduardo, el mejor, el más compinche. El que venía a comer una vez por semana y observaba al sapo, cómo torturaba psicológicamente a la hermana.

Por las tardes, Magdalena miraba algunos programas de televisión, después  de llevar a su hija al jardín de infantes y mientras hacía algunas labores para
luego vender y poder ofrecer algunos pequeños regalos a sus hermanos y sobrinos. Magdalena era generosa y amable, tal vez demasiado. Demasiado tolerante con las infidelidades de Abel, demasiado callada con los atropellos de sus hermanos hacia ella y hacia Anabel. Porque Anabel, también era, para la familia, la más chica. La más chica de las nietas, la más chica de las sobrinas.  Anabel, querían que fuera – todos ellos – la más chica de todas las más chicas. ¡Los niños no opinan! Le decía una de las primas. Y claro, lo decía, porque ella había nacido vieja. Y además era bruta y mala.  Pero Anabel, estaba harta de ser la hija de Magdalena y de Abel, de tener que ser la hija de una víctima y un padre opresor e infiel.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mí que sea más que un testigo.
Cuando Anabel empezó a ir a la escuela, Magdalena tenía más tiempo para estar sola en casa y pensar. También para mirar la televisión y escuchar a renombrados especialistas en psicología y algunas escritoras famosas que hablaban sin tapujos en la pantalla. Eran famosas y destacadas, hablaban sin pelos en la lengua y tal vez a ella, Magdalena le hubiera gustado ser una mujer así, inteligente, desenfadada y no la más chica de la familia.  Entonces Magdalena empezó a atar cabos y mientras cosía y hacía puntillas para luego vender en casas de regalos y así poder ofrecer algo a su familia, pensaba.
Y también pensaba cuando Abel empezó a ausentarse algunos fines de semana con el pretexto de la cacería. Cazar perdices nunca había sido el fuerte de Abel, el fuerte de él estaba en la palabra y en el engatusamiento.
Abogado, leguleyo, escribano, pleitero, enredador. Esas eran las argucias y habilidades de Abel, pero no la caza.
Abel se había comprado varias escopetas de caza y también un revólver. Tenía las armas guardadas y las sacaba algunas veces para examinarlas.
Como Magdalena ya estaba bastante cansada de las mentiras de Abel, empezó a elucubrar cómo se libraría de semejante batracio. Eduardo, su hermano, ya le había aconsejado que se divorciara. ¿Y de qué voy a vivir, hermano? Le decía. Anabel va a un colegio privado, tendría que sacarla de ahí. Te arreglarías, decía él. Era tan fácil decirlo. Pero el lugar que la familia le había destinado era cuidar a la madre anciana y vestir santos y ella los había desafiado. No quería volver con ellos, seguramente la destinarían a un lugar inferior, como siempre había sido, el de la más chica.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mí que sea más que un testigo.
Y cada año que pasaba, Magdalena encontraba más tiempo para pensar, para salir a la calle hasta que su hija, Anabel volviera de la escuela, a mirar vidrieras, a caminar.
Una tarde se detuvo frente a una vidriera del centro: era una armería. Se detuvo a mirar una pistola beretta calibre 22.
Tal vez pudiera aprender a tirar, pensaba. Tal vez, cuando él se pusiera violento, desafiante, la insultara, ella podría dispararle.
Cuando Abel volvió de uno de esos fines de semana de la “cacería” de perdices sin ninguna de estas aves, con la camisa manchada de lápiz labial y olor a perfume francés del bueno, Magdalena se dijo que era el momento de demostrar su nueva habilidad.
Anabel se habia quedado a dormir en la casa de una de sus tías. Por lo menos ella tenía una linda casa con un jardín grande y primos y amigos  para jugar.
Abel llegó con su cara de batracio y sus modales de rana, de cajetilla trasnochado y leguleyo enredador y pidió un vermouth. Magdalena apenas lo saludó. La tarde había sido calurosa pero ahora, por suerte, había refrescado. Magdalena le preparó el vermouth, cortó unos trozos de queso y puso unas aceitunas en un platito. Como siempre, el guarango se tomó el vermouth, se comió el queso y las aceitunas.
No le bastaba con mirar a Magdalena mientras exhibía un intolerable desprecio y burla hacia la madre de su hija, hacia su mujer. También tenía que hacerlo con total desparpajo. ¿Y vos, qué tal? dijo él. Mientras Magdalena lo miraba y antes de contestarle, él se adelantó: ¿qué hacés, gila?
Magdalena no dijo nada. El  dijo que se iba a bañar.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mí que sea más que un testigo.
Magdalena revisó entonces los bolsillos de Abel. Había de todo, menos dinero. Seguramente se lo había gastado con esa mujer, esa mujer con la que tenía una relación estable desde hacía unos años. Encontró también una carta, la leyó. Y enseguida otra vez escuchó los gritos de Abel: Magdalena, Magdalena, traeme la camisa blanca.
¿La blanca? Dijo ella con algo de sorpresa. Sí, la blanca.
¿No te vas a quedar en casa?
No, tengo que salir. Tengo que hacer un contrato.
Un contrato, un contrato, con la otra mujer, seguramente.
Magdalena le llevó la camisa blanca y almidonada al baño.
Tenía ganas de escupírsela y entregársela así.
El se había vestido como para ir a una reunión, elegante, pero apenas disimulaba su cara de sapo.
Magdalena lo vio salir de la casa. Miró el reloj. Anabel se quedaba a dormir en casa de su hermana. ¿Y ella? ¿qué iba a hacer hasta que él volviera? Buscaba el revólver en el cajón de la mesa de luz. Lo esperaría en penumbras, entraría a la habitación de Anabel y se quedaría ahí, esperándolo, mientras podría tal vez coser algún vestidito para las muñecas de Anabel, bordar algún pañuelo para regalar a sus hermanos.
La sombra de las hojas de los árboles se movía en las paredes del dormitorio. Y también el viento había empezado a soplar. ¿Quién le iba a decir a ella que iba a tener que hacer algo así? Estaba tan harta. ¿Qué hacés gila? Se repetía mentalmente. La voz del batracio le daba vueltas en la cabeza. ¿Acaso no le había dicho ya cosas peores, insultos, porquerías? ¿Acaso no la había despreciado, se había burlado de ella cuando su hermano Eduardo estaba presente? También la denigraba frente a su hija.
Para qué repetir aquí las palabras con que lo hacía.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mí que sea más que un testigo.
Magdalena miró la fotografía de su hija colgada en la pared, la primera fotografía, luego vestida con el guardapolvo amarillo para el jardín, el primer día de la escuela primaria. Luego fue hasta el cuarto, la ropa de él, la que había traído de la cacería estaba tirada en el piso. No tenía ganas de levantarla, las medias sucias, los calzoncillos, la camisa manchada con lápiz labial. Fue hasta la cocina y trajo un escobillón. Arrastró la ropa barriéndola hasta el lavadero, la pisoteó un poco, la escupió y luego la levantó con una pala y la arrojó al cesto de la ropa sucia.
Se recostó durante algunos momentos. Pero no, no podía hacerlo, tenía que esperarlo despierta.
A eso de las tres de la mañana escuchó el ruido de la llave girando en la puerta. Estaba sentada en la cama de Anabel, a oscuras. El entró a la cocina y se sirvió un whisky con hielo. Ella tomó el revolver y fue caminando lentamente hacia la puerta de la habitación. El se sentó durante algunos minutos en el living. Se escuchaba el tintineo del hielo en el vaso de whisky. Seguramente la llamaría ahora para que le cocinara algo. Magdalena, Magdalena, la llamó. Ella no le contestó. Se quedó al lado de la puerta, en la habitación de Anabel, a oscuras.
El empezó a caminar hacia el dormitorio, la buscaba. ¡Magdalena! Insistió con el vozarrón. ¡Magdalena!
Ella sentía que el corazón le latía cada vez más rápido.
¡Magdalena! ¡Magdalena!
Tardaría pocos segundos en buscarla aquí, en la habitación de Anabel.
Abel encendió la luz del dormitorio de ellos. Estaba ordenado, la cama hecha, cubierta con la colcha, todo en su lugar.
Era evidente que ella no estaba, que se había ido, pensaba. El se acercó a la habitación de Anabel. Ella apretó el gatillo.
Fueron, uno, dos, tres disparos. Lo hizo en estado de emoción violenta, reconoció el juez. No había testigos.
Ella pasó en la cárcel dos meses. Anabel fue contenida por algunas amigas y profesoras. Madgdalena salió de la cárcel y volvió a vivir junto a su hija.
Estas cuatro paredes hablan, no esperen de mi, que sea más que un testigo.

© Araceli Otamendi – Todos los derechos reservados

imagen: Alighiero Boetti, Nada por ver, nada por ocultar, hierro y vidrio (de la muestra en la Fundación Proa)

Magda Lago Russo

Cándido Portinari




La vida nos da sorpresas…*

                                                                              
El avión surcaba el cielo con serenidad, el tiempo había sido favorable durante el trayecto realizado durante la noche anterior. Aun faltaban muchas horas para llegar a destino.
Las  nubes daban permiso al sol que con su luz parecía alumbrar la ruta marcada.
Algunos de los pasajeros dormían, de diversas formas, acomodando sus cuerpos  lo más placenteramente  posible, otros recostados en el asiento escuchaban,  auriculares mediante, la música de su agrado  mientras unos pocos perdidos en sus pensamientos,  miraban hacia el techo del avión.
Entre los que se perdían en laberintos mentales, estaba Jordan, había dormido a los tropezones, sintiendo entre sueños la voz melosa de la azafata que atendía las necesidades de los pasajeros que la reclamaban. Alejado de la realidad,  sus pensamientos, vagaban por los lugares ya lejanos, la campiña, donde crecían las vides y el trigo era movido por el  viento  en una danza de dorados y verdes.
El canto de los lugareños que volvían del campo, después de una jornada de sudor y arado, ellos sabían que los frutos iban a determinar la bonanza o la pobreza. Este año prometía  holgura, por eso la canción de los campesinos cansada y zigzagueante, entre los árboles del bosque se perdía a la distancia, hasta cuando el último de ellos se oculta, detrás de  la puerta del hogar. Mientras, el sol dormía tras los cerros, esperando una nueva mañana para desperezarse.
Recordaba la casa de piedra con la chimenea que humeaba sin descanso, el pan caliente y la comida a punto. Subiendo por el camino, veía la figura redonda de la madre esperando en la puerta, tomando el borde del delantal con los dedos. El comedor con la mesa tendida, al mediodía y por la noche, con el mantel de puntillas tejidas, lugar de reunión obligado para contar los hechos del día; el pasaje del arado en la parcela del sur, el ordeñe de las vacas, la fumigación de las plagas con el tanque al hombro que esparcía una llovizna celeste, que huía con la primera lluvia. El eco de las canciones  resonaba  en su mente  pues la nostalgia temprana subía a sus labios.
De pronto  como un torbellino se interpuso en su  memoria la época feliz de la infancia, cuando en la escuelita rural la “Señorita” les leía poemas de Antonio… “Pegasos  lindos pegasos. Caballitos de madera…" O “Platero y yo” de Juan Ramón.Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos…”
Disfrutaba la lectura, hasta hoy recordaba algún fragmento, porque le gustaba  leer, aunque pocos libros llegaban a sus manos, sólo los prestados por la “Seño.”

Ya en la mocedad, un día, la monotonía se adueñó de él y comenzó a soñar con otros lugares más allá de las montañas y los mares.
Así fue que, decidió marcharse, cruzar el océano hacia una ciudad distinta, con gente diferente, donde los jóvenes creaban su futuro sin atarse a la tierra.
Esa tierra a la que los suyos, dedicaban su vida, día a día, con sol, con frío, durante las cuatro estaciones.
De la cual  esperaban  todo, sin embargo algunas veces,  les devolvía muy poco y en otras, les entregaba todo en un último esfuerzo.
Entonces volvía a empezar  el ciclo, creciendo y viviendo para ella, algunos años de escuela y luego a trabajarla.
La juventud pasaba entre la misa por la mañana del domingo, el paseo por la plaza o ver alguna película en la tarde, esperando al lunes para quitar las malezas, labrar o cuidar los animales.
Por eso, una noche durante la cena, dijo en voz baja y sin pausa:
 - Me voy a otro país.
La sorpresa fue grande, los hermanos rieron nerviosos, la madre sollozó y el padre mirándolo serio con un rictus de amargura, preguntó:
-¿Usted sabe lo que va a hacer?
Tras su pregunta, un silencio pesado que no esperó respuesta:
- Si es así ¡váyase!.. No olvide que aquí queda su familia.
A la semana, colocó algunas prendas de ropa en la maleta, separó unas  fotos, dos libros amarillentos  y con los documentos en el bolsillo, se fue sin mirar atrás.
No quiso despedidas, sabía que iba a renunciar, ante las lágrimas de su madre, se mordió los labios al subir al avión, la angustia le cerraba la garganta, a pesar de todo siguió con la cabeza en alto, había dado el primer paso hacia una nueva vida.
Llevaba consigo, sus raíces, dejaba su pueblo, su cultura, su patria, no le quedaba mucho.
Ahora estaba a diez mil metros de altura.
Pasarían muchas horas, para volver al suelo firme,   Arribaría al aeropuerto de la ciudad que había elegido con  los ojos nublados de ilusiones y los puños cerrados para transmitirse fuerza.
Se opuso a todo, a la familia, al amor, para concretar sus sueños de futuro, trabajar, estudiar música, tenía tan sólo veintiún años En el momento de descender,  llegaría a lo desconocido e incierto.
Ya no importaba nada, no tenía tiempo para pensar en el pasado, debía enfrentarse a la realidad del presente, el comienzo de una vida nueva.

Hacía rato que el avión había iniciado  las maniobras de aterrizaje en un cielo despejado.
Jordan se mantenía en su asiento y observaba ahora a otros hombres que reían y conversaban en voz alta, mientras sus mujeres permanecían aun bajo las mantas.
El ruido de los motores apagaba un poco sus voces.
La gente mayor, recogía sus pertenencias presurosas por descender, algunos niños adormilados trataban de despertarse ante la urgencia de  los padres.

Jordan al igual que otros jóvenes viajaba solo, su aspecto era agradable, mediana estatura, cabello negro ensortijado y brillantes ojos verdes que no perdían detalle de lo que sucedía a su alrededor.
No sentía  prisa por bajar.
En ese instante, el comandante anunció en tres idiomas diferentes el inminente aterrizaje.
Descendió, junto a los otros pasajeros, entró al edificio del aeropuerto, se sintió confuso al ver cuánta gente transitaba, llegando y partiendo a la vez.
Se acercó a un funcionario para que le indicara a dónde debía dirigirse y fue al mostrador pertinente, llegado su turno, entregó al empleado los documentos pedidos.
El empleado le preguntó, si al cabo de un mes se volvería a su país de procedencia, éste contestó  que venía a quedarse, para trabajar.
Sin darle explicaciones lo hizo ir a una fila donde otras personas esperaban.
Pasada media hora, llevaron  al grupo a una oficina y les hicieron entrar de a uno, para explicar todo de nuevo, de  nada sirvió ya que de ahí los derivaron a otra sala.
Posteriormente ingresaron los demás, el grupo permaneció   encerrado cinco días, casi sin comer y con la promesa de que un abogado los ayudaría.
Jordan no se imaginó nunca que esto le iba a suceder, no entendía el porqué, su mente entró en un gran caos, nadie tenía una explicación de la situación.
Aunque todos hablaban la misma lengua.
El abogado  llegó al tercer día, no hizo nada por ninguno de ellos y les dijo que serian devueltos al cabo de dos días a su país.
Jordan sintió de pronto que estaba viviendo una pesadilla ya que  la realidad se presentaba como tal.
El había leído en los periódicos que llegaban a su pueblo, sobre los derechos humanos que poseían las personas como tales.
Había oído, que en la época de sus ancestros, los inmigrantes llegaban a forjar naciones, ideando un crisol donde los colores y las lenguas no tenían la menor importancia.
Nunca les prohibieron vivir en el país elegido.
Desembarcaban en un país ávido de mano de obra, que contaba, de pronto con amplias zonas de su territorio desiertas, que poblaban con chacras y quintas ya que la mayoría provenía de las zonas rurales.
No solo traían consigo los hábitos de trabajo, sino también acervos culturales que contribuyeron junto al elemento del país, a conformar una identidad.
 Ser inmigrante significaba para Jordan, dejar parte del corazón en la tierra de origen y sobretodo a seres como sus padres que lo habían dado todo, para  que su hijo fuera un hombre de bien.
En su mente fomentaba la fuerte ilusión de que en otro lugar se podían realizar sus sueños, una vida digna con posibilidades de superación.

Pasado los días, los llevaron a los aeropuertos custodiados como malhechores en carros policiales.
Jordan se sentía muy mal cuando subió al avión, una mezcla de rabia, pena e impotencia  lo dominaban.
Trató de ocupar un asiento solo, no quería hablar con nadie.
En pleno vuelo, miraba por la ventanilla, las nubes ligeras pasaban  como acompañándolo.
Cerró los ojos, deseaba dormir para olvidarse por un momento de lo ocurrido.
No podía conciliar el sueño, su cuerpo demasiado cansado, se sentía  mancillado, como un reo que iba al patíbulo, miles de emociones recorrían su mente.
¡Qué sorpresa la de su familia al verlo volver!
Él contaría la verdad ¿Le creerían lo sucedido? Sabía que  sus seres queridos, no pondrían en duda  lo ocurrido.
Sus amigos pensarían acaso que se había arrepentido y contaba ese hecho insólito para no demostrar su frustración e inseguridad al llegar a una ciudad desconocida.
Muchas preguntas quedarían sin respuesta para él.
¿Cómo sería la ciudad elegida?
Antes de alzar el vuelo, en su mente llevaba una ciudad sin figuras y sin forma, una ciudad viviente que también conocía de partidas y retornos.

Al descender en el aeropuerto de su país, se encontraba agobiado.
Ya no luchaba contra la fatiga, trataba de relajarse, induciéndose al abandono y a la irresponsabilidad.
Empezaba otro viaje para llegar a su pueblo, una peregrinación sin fe y sin fervor.
No pasaría mucho tiempo en que volvería a irse, porque en su mente ya estaba grabado el deseo de cumplir sus sueños lejos del pueblo.
Habían renacido en él la fe y la esperanza, aun con el corazón lleno de tristeza.
Sabía que no iba a ser fácil.
Lucharía por su porvenir en otras tierras, no tenía dudas que con ahínco y tenacidad lo lograría.
Soñaría en algún instante en el país elegido, como todo inmigrante, de regresar junto a los suyos, llevando en sus ojos otros horizontes.
En ese momento,  sólo  añoraba un lecho, donde encontrar el reposo del viajero mientras su espíritu comenzaría otro viaje, en cuyo diario, el destino  escribiría  sus páginas.

(c) Magda Lago Russo


Montevideo, Uruguay

*Cuento finalista en el concurso Historias de inmigrantes

                                                                                

Magda Lago Russo: Nació en Montevideo -  Uruguay. Químico Farmacéutica. Co-Fundadora del Taller de Creatividad Literaria “La aventura de escribir” de la YWCA Costa de Oro (Uruguay).Incursionó en talleres literarios y clubes del libro Ha escrito una novela grupal:”Las cuatro estaciones”, Novelas cortas individuales:”La caja de Nyco”, “De recuerdos y soledades”,”Todo tiene su tiempo”,”Mundos Diferentes” Revistas literarias.
Recibe dos menciones de honor: 1997 y 2006 respectivamente de la Revista “Xicóalt”(estrella errante)de la Organización Yage (Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericana) de Salzburgo por Trabajos sobre temas ecológicos..


imagen:
Cándido Portinari
La cosecha de trigo
(de la muestra en la Fundación Proa)