lunes, 28 de febrero de 2011

Liliana Díaz Mindurry



Liliana Díaz Mindurry



Último tango en Malos Ayres

                                             



        No me venga con que ya no se acuerda de la Francisca, usted justamente, si usted fue el primero que me habló de ella, el primero que me trajo al café Segundo, en la zona más vil del sur de Malos Ayres  (ese café bailable con orquesta de tango y puterío propio, ese café que parece redondo y que tiene un número cinco en la pared escrito con carbonilla por algún borracho sarnoso), el de las fotografías recortadas en forma de círculos –fotografías que debe haber tomado algún loco que ni siquiera sabe fotografiar ni para un álbum casero- ese café adonde usted me llevó precisamente, para que la conociera. Esa mujer absurda, me dijo. Rubia de nacimiento y no por opción, fea, con algo de bebida ordinaria. Algo torcido se le movía en las caderas con el tango, o la fatiga que trataban de disimular los labios, o la mueca de triste. Ahora creo que el encanto le venía de los dientes, de las uñas, un matiz de pájaro, de garra, de tobogán, de infierno. Uno le imaginaba los pezones como el pico de un buitre.
          Nos sentábamos usted, yo y otros en las mesas del fondo. Pedíamos café, ginebra, whisky, cerveza, lo que fuese. Aún apretados a cualquier perra y tocándole el culo en cada esquina del baile, la mirábamos. La veíamos siempre entre hombres, hablando fuerte para que la notaran. En general, tipos como, yo, como usted. La mirábamos. Pero no era una mirada simple. Había otras cosas: como un asombro, unas ganas de patearle la cabeza. O nada de eso. Tal vez era mirarla por la costumbre de que estuviera ahí, de que existiera, de que usara un disfraz que no entendíamos bien. Y la imaginación más o menos torpe de la basura que tendría entre las piernas, un ojo turbio, mojado, como los ojos turbios, mojados, a cada lado de la nariz.
          Desde el primer momento, supe, supimos, los rumores sobre la Francisca, los cuentos sobre su histeria, sobre su costumbre de seducir infelices, llevárselos a su casa, dejarlos desnudos, inventar historias, mandarlos de vuelta. Aunque había uno al que trataba distinto. Era un pendejo con cara de enfermo, perpetuamente drogado. Pablito, el muñón, se pasaba las horas en la mesa de ella o bailando con el pelambre batido por los ventiladores, como dormido o en otro mundo y la Francisca lo acariciaba y hablaba con los otros. A veces nos parecía el hijo de ella, porque tenían las mismas manos, esos dedos de muertos. Después estaban las mentiras respecto del domicilio de la Francisca. Que tenía fortuna, que vivía en una casa enorme con sirvientes. Que desplumaba a más de uno. Y que era loca, pero loca en serio, delirante. Bebíamos. Yo pensaba en esa cosa turbia que sería como el ojo de un gato muerto.
          Fue uno de esos días en que me llegó el turno de ser su compañero de baile. Empezó a desplegar sus discursos sinuosos, su verbalidad oblicua. Sentí sus pezones que me agujereaban, le sentí el olor, el jadeo en el comienzo de la garganta. Después, bailando me tocó un poco, apenas, lo suficiente para mí.
         -Sos diferente –ronroneó y de repente noté que era cierto, que quizás era lo único cierto que había dicho, o quizás con esa forma, a veces desdeñosa, lograba su efecto más completo. La sensación de decir la verdad.
         -También vos –le murmuré, y era cierto y más que cierto, verdad absoluta. Porque tal vez era eso lo que yo deseaba, esa diferencia, ese veneno parecido al de los perros callejeros, o al de los trapecistas, o al de esas moscas que no se cansan de volver. Algo untuoso y también inasible. Tal vez allí venía el olor, ese perfume de los recién muertos antes de estancarse. Cuando me aburrí de murmurarle inmundicias, le recité un poema en italiano, un viejo poema que la oscuridad del tango hacía más tenebroso. Un poema que usted solía recitar mirándola y riéndose. Dejó de sonreír.
          -No me gustan esos versos. Te prohíbo que me los repitas –habló de golpe pero después trató de amenguar la frase-. Ha sido ése que te lo metió en la boca.
         Don Juan, el encargado del lugar (siempre decía que no era el dueño), un viejo enfermo, noté que la observaba con odio. Tal vez había sido alguna de sus víctimas. Era el único que la miraba así. Alguien, tal vez usted, me contó que era pariente de Pablito. El diminuto muñón, que, en un costado, roncaba bajo los dedos de la Francisca. Alguien, tal vez usted, me contó que el viejo había sido el marido de la Francisca, pero no le creí, se inventaba tanto sobre ella. Hacía un calor fuerte, sofocante, que no amenguaban los dos ventiladores que giraban continuamente hasta hacer volar las servilletas. Ahora ella hablaba y el ruido de la voz producía un efecto similar a la hipnosis. Me imaginaba morder la voz, le imaginaba el sexo hablando con esa voz, mis dientes en el sexo, en la voz. Pablito se había despertado y desplegaba una sonrisa idiota, vencida, una sonrisa de gato de zaguán, de gato expulsado a puntapiés. “Mi pobrecito”, dijo y lo acarició de tal modo que creí que lo iba a tomar en sus brazos, que lo iba a acunar, a colocarlo en su falda, a guardarlo entre los dedos. Después se olvidó de él y me invitó a su casa. Me dio una tarjetita arrugada que yo ni miré.    
          Como a todos me pidió que tomara la llave, que llegara a cualquier hora de la noche, cuando ella durmiera. Que dormida me estaría esperando. Que antes bailarían un tango, un tango caliente, el último tango, así dijo. Era lo que proponía a todo el mundo. Después  agregó: que aunque ella se enojase, antes de irme, le recitara esos versos que la habían fastidiado.
          Lo que son las leyendas y la idiotez de quien las inventa. La Francisca no tenía casa. Vivía ahí mismo en el fondo del segundo, quizá por la limosna del dueño. Un cuarto viejo, descascarado, techo y paredes pintados de oscuro para agrandar la tiniebla, un ambiente espeso o denigrante o vaciado. Ganas de ponerme los zapatos, de escapar, de encender mis alarmas, de desaparecer de estas cuevas de putas. Como en el café, los ventiladores desde todas partes creaban huracanes calientes con olor a humedad y parecía que algo antiguo gobernaba las paredes, el techo, los muebles y giraba en un derrumbe. Puse el tango, el que ella dijo, algún gruñido de Piazzolla. No pensé en nada.
          Estaba en el dormitorio, en apariencia ella me esperaba. Bailamos casi desnudos el último tango y yo sentía como los picos de buitre me arrancaban las tripas. Le ensalivé la boca, el cuello, la nariz, las orejas, el pelo, los ojos, las cejas, la frente, los brazos, los dedos, las uñas, mordí los picos de buitre. La oí entrechocar los dientes. El último tango –y digo último tango no sólo porque ella lo dijo sino porque fue el último que pude oír porque no hubo más tango que ése y no hubo ni siquiera Malos Ayres, la suciedad de Malos Ayres- era una caverna, un estertor, una cosa hirviente, un cajón despanzurrado, una lastimadura general. La miré apenas, moverse en el tango. No era una persona ni un animal ni una planta. Le ví un ojo que devoraba todas las cosas, un ojo que se movía con el tango y con una cosa rampante en la pupila. Y no era el ojo que tenía junto a la nariz al lado de otro semejante. Era un ojo que le venía de adentro, desde la cueva de los muslos. Estaba muy oscuro y de repente tropecé con Pablito que dormía en la alfombra.
          -¿Qué hace éste aquí? –exclamé y ella me contuvo la patada y la injuria.
          -Pobrecito, no te molesta, dejálo en paz. Si te molesta, andáte.
          El “andáte” no estuvo pronunciado de una manera orgullosa sino humilde. De un puñetazo la tiré al suelo y la ví blanca, abierta, con el tango metido en el cuerpo como si la música se hubiera corporizado y le hubiera arrancado los huesos; total había tiempo para deshacerla, para arrojarla a los basurales. Aunque la sonrisa se me cerró en la cara en la misma forma en que se cierra una puerta automática, cuando me dijo, o insinuó decir, o pretendió comenzar a decir, o hizo esfuerzo por pretender alcanzar a decir, que me fuera, que no podía hacerle eso a Pablito, que Pablito era su único hombre. Yegua histérica, empecé, no sabés quién soy yo, no te creas que soy de la raza de los boludos que se dejan pisotear por vos. No dije estas palabras sino con esa voz tenue, disuelta, casi secreta, que hace más perfectas las injurias. La voz se me fue espesando y le mostré un pedazo de revólver. La Francisca no se asustó, como si estuviera acostumbrada, como si fatalmente sucediera lo mismo, como si cada uno de los mil fantasmas realizara los mismos gestos, repitiera las mismas frases y no hubiera lugar para lo inédito.
           -Parece mentira que todavía no te hayas dado cuenta de que estoy muerta.
           -Todos estamos muertos, imbécil –suspiré-. Qué descubrimiento.
          -No es una metáfora. Yo estoy muerta pero muerta del todo. Muerto el cuerpo, nada me hace una bala. Este pobrecito también está muerto y también Juan y todas las cosas del Segundo. Y la gente. Y el tango. Y tu compañero de mesa. Pero vos no, pobre diablo, vos no.
          Discutimos. Me hartaban las palabras, el juguete de las oraciones, sujetos y predicados. El revólver no tenía balas. Me saqué hasta la última prenda.
          -Parece que no querés entender.
          Hice pedazos lo último que le quedaba. Un sexo raro de pelos amarillos, como muerto, le salió entre la ropa. El ojo amarillo del sexo me miraba. Cuando de repente pretendí entrar, la sensación de un saqueo me hizo desistir. O sería ese espanto de los solitarios, el que producía el perfume a carroña. O sería ese ojo hueco que entreabría donde descansaba algo lentísimo que nunca terminaba de producirse, algo irrecuperable, lo que estaría pudriéndose. Traté de apagar los ventiladores que no cesaban de girar. El tango seguía y era una cuerda extrema donde era posible oír el hueco.
          -Maldita seas.
          Ya no tenía ganas. Me vestí. Entonces ella empezó a contarme una especie de historia ridículamente absurda. No se si valdrá la pena repetirla porque no tienen sentido ninguna de las sílabas que la componen, pero bueno, tampoco tiene sentido usted que me escucha, ni lo que estará pensando, ni lo que nadie pueda pensar en un mundo como éste. No escuche, haga de cuenta que aquí se terminó el relato, que yo me fui, que me repugnó estar con ella o que me dio miedo o desprecio o lo que a usted le guste. O que fui otro boludo en manos de una histérica.
           Parece que don Juan Malatesta había sido su esposo. Pero que ella (se llamaba a sí misma Francesca da Rímini) había querido al chico, a su cuñado, Pablito, a ese fragmento de cosa miserable con nalgas de mujer. Y que un día en que leían no sé qué historieta, el viejo los reventó a cuchillazos. Y que ahora estaban muertos y que ese café Segundo era el Segundo Círculo del Infierno, por eso era redondo, por eso los ventiladores, el huracán que se llevaba a los lujuriosos. Que no había Dios ni nada pero sí una especie de demonio invisible, de objeto siniestro que no tiene forma y que está en todas partes y que Juan lo sabía, que Juan también estaba muerto y para vengarse la ponía a ella en el café Segundo para que los infelices la vieran y desearan tirarla en una cama y meterse adentro de ella. Pero que ella no podía estar con nadie porque estaba muerta como Pablito, Juan y el resto de los espectros, usted mismo, Virgilio, así lo llamó. Que sólo yo (me llamaba Dante) estaba vivo porque yo debería escribir todo eso, llamarlo Canto Quinto y decir que era una comedia, una comedia absurda porque ningún amor mueve las cosas.
           Sin embargo los otros, los fantasmas, los tipos con cara de grullas o estorninos, también usted entre ellos –no ponga cara de asombro, de yo no fui –estaban apostados en la oscuridad, esperando. Yo mismo les había abierto la puerta y uno a uno se subieron al cuerpo de ella hasta que la destrozaron (y ella seguía con sus locuras y que yo debía escribir y que los huracanes y que Dante Alighieri y que Francesca da Rímini) y a Pablito pisoteado, el muñón pisoteado, pisoteada la cara de paloma, con espuma roja entre los dientes. Llené de mierdas a todos, de mierdas y putas mientras los ventiladores giraban sin cesar, tal vez para amenguar los sudores, el olor que volteaba, ese calor de horno de la pieza o los quejidos. Y algún día en el manicomio (ya más viejo yo, y ella más vieja), fui a visitarla, y me apareció un llanto estúpido por la locura de esa mujer, por el infierno de Malos Ayres, por el disparate de las cosas, un disparate que se me fue metiendo en la garganta, un disparate que se me abrió en la laringe y que se parecía al hambre. Y era como un fuego cansado que ya no desea quemar. Y caí como cae un cuerpo muerto en un mundo de formas extrañas, como en un sexo de pelos amarillos, un ojo aceitoso y triste que miraba entre las piernas, ciego y harto, a través de un viento caliente, lejos de usted y sus consejos idiotas, caí en la sofocación de ese último tango boqueante donde alguna mujer rubia dice algo que ya no se quiere oír.      
(c) Liliana Díaz Mindurry
Buenos Aires
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domingo, 27 de febrero de 2011

José Pedro Casquero*


Nostalgias de barrios*


     Hablar del barrio es pintar nostalgias, colores, recuerdos, todo un telón de sueños. Es transitar avatares, caminos, asfaltos, sembrados de baches, cordones orillando ríos, embarcaderos de barquitos de papel. Pero mi barrio de hoy no responde a esa semblanza, se agachó ante la superioridad de rascacielos, se encandiló con el rojo de los semáforos. Hoy sueña con silencios y soledades que lo aíslen de los ruidos. Pero no todas son pálidas, no puedo ni debo, como decía mi tío Olimpio, pintar el diablo en la pared, porque hace cuarenta y seis años que el barrio es mío y es de buen cristiano ser agradecido. Me basta disfrutar de mi tilo que planté en la vereda, el ligustro, muchachito que llegó a la madurez bajo mi vigilancia, el jazminero y la flor pájaro, saludando a mi paso. Cada esquina de mi barrio me pertenece, es un mojón familiar, donde detenerme a descansar y charlar con los amigos. Es la parada obligada de un bus sin destino. Es el encuentro secreto de vecinita quinceañero que todavía gambetea la vigilancia del padre. Es el saludo de Don Carlos, el carnicero, es la sonrisa del diariero de Baranda. Es la seriedad de la directora de la Escuela 22. Es el colectivo 584 pasando a horario cuando no lo necesito. Así es mi barrio.
     En un análisis a ultranza, es como un hijo, de quien resaltamos sus virtudes para terminar disimulando sus defectos. Este es mi barrio de hoy, donde echo a dormir mis sueños.
     Sin embargo existió otro barrio que ya ni me acuerdo. El barrio con los colores de mi niñez. Sus calles de barro heridas por ruedas de carros. Un caminar descalzo en días de lluvia, recibir tortazos en la busca de ser hombre. La piba de enfrente, junto a los malvones, prometiendo besos que nunca llegaban. Los viejos timbeando en el club del barrio, los perros durmiendo sobre la vereda, soñando quién sabe en qué hueso, y llegar a hombre con las manos vacías y emigrar de pronto tras algunos sueños, pensando el retorno que nunca se dio. Estoy describiendo estos pasajes del barrio y supongo me quedé dormido. Esto me ocurre con frecuencia. Si bien era normal que los sueños invadieran mis noches, nunca había experimentado esa sensación, la cual no resulta fácil explicar. Es presentir que estoy dormido y que aún en ese estado, pienso, manejo el pasado, que se presenta como en una computadora, con la nitidez del momento en que se produjo. Siento que un torrente de ideas convergen en mi mente, incentivando lo creativo, y logro inventar frases geniales, las metáforas asoman solas, y mis versos alcanzan rimas impensables.
     Así mis vivencias me retrotraen al verano del ’44, fecha que marcó el alejamiento de mi patria chica, Carhué. Había nacido allí 16 años atrás y no imaginaba que el viaje que estaba a punto de emprender, tenía sólo boleto de ida. En ese momento: ausencia, desarraigo o extrañeza no eran variables que confundieran la ansiedad de sumergirme en lo nuevo, en un camino que marcara un destino de éxitos y saciara mi sed pueblerina de aprender para realizarme en la vida. Así siendo un estudiante de bolsillos flacos, como dice el tango, llegue a esta jungla de asfalto que me apabullaba; en principio me situé en La Plata, de la cual nunca me sentí parte, por una cuestión de piel, aunque la reconozco extraordinariamente bella. Fue a posteriori, Quilmes, quien me abrió sus brazos cálidos haciéndome sentir incorporado a esa familia que crecía sin prisa y sin pausa. En ese impulso que da la juventud me sentí libre, recorriendo sus calles, trabajando en sus fábricas, estudiando en sus aulas. Estaba realizando el sueño acariciado en las mansas tardes de las siestas pueblerinas. Nuevas y buenas amistades me llevaron de la mano por ese Quilmes que me resultaba atrapante. Así disfrute del deporte en clubes locales como Quilmes Oeste, Tucumán, Alsina y otros, de los paseos por el río, el parque Cervecería, los paseos domingueros por la calle Rivadavia; esta Rivadavia que hoy en los albores de un siglo que se extingue, se ha convertido, al nombrarla peatonal, en una bullanguera, hermosa y altanera pebeta Quilmeña. Basta recorrerla y adivinar su belleza desde su nacimiento en la vieja estación de trenes hasta su sorprendente plaza recién reciclada, que sirve de marco digno a la Catedral, que no es sólo un templo religioso; sus paredes respiran húmedas páginas de historia argentina.
     Abro los ojos, pretendo abandonar tantas evocaciones que por momentos lastiman y otros nos dan placer, para ubicarme en esta realidad, vidriera de lujo, que me muestra esta actualidad de hoy, regida por reglas que impone el consumismo, extraídas de un código llamado “globalización” y no puedo olvidar Bernal, pujante y bella, que no ha perdido esa reminiscencia de pueblo. Aún se puede escuchar, donde la calle Castro Barros se hace más angosta, el cantar de las calandrias. Este gorjeo junto al pintar del tren en la curva de Zapiola, el tronar de las bombas en fechas religiosas, constituyen los ruidos característicos con que la hermosa Bernal, dice "presente".
     Aquí detengo mis pensamientos, hago descansar la nostalgia. Me prometo viajar de tanto en tanto a mi pueblo natal con pasaje de ida y vuelta porque cuando estoy allí me alimento con los sueños que me transportan a contemplar el sol desde la ribera quilmeña; ese sol que termina por cegarme. Más cuando pego la vuelta me rondan los fantasmas de la infancia que me conducen por añosos bulevares hasta mi lago Epecuén para asistir al espectáculo multicolor de ese mismo sol en su postrer zambullida.

(c) José Pedro Casquero

*El cuento Nostalgias de barrios resultó finalista con mención especial en el concurso Leyendas de mi, lugar, mi pueblo, mi gente organizado por la revista Archivos del Sur en 2008.

Sobre el autor: José Pedro Casquero nació en Carhué, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en la ciudad de Quilmes, Provincia de Buenos Aires
 imagen: Eugenio Daneri, Paisaje suburbano, muestra La mirada desde la sombra, Museo de Bellas Artes de la Boca "Benito Quinquela Martín". 

jueves, 24 de febrero de 2011

Araceli Otamendi

(c) Araceli Otamendi


El perfume

Adriana se había despedido, ya, del cuarto marido. El último. Dijo que no quería casarse más. Cuando la conocí, integraba un taller literario. Era mucho mayor que yo. Esa mujer, Adriana, me intrigaba. Escribía, sí, escribía, pero escribía sus historias. Me divertía escucharla. Yo tenía otra opinión de la literatura. Una de las historias que más me divirtió, al escucharla, fue la del cuarto marido. Tenía tanta experiencia, Adriana, para una mujer joven, como era yo, cuando la conocí. Parecía que se las sabía todas. De la a a la z. Se conocía todo el diccionario. Pasaron los años y nos hicimos amigas. Ya ninguna iba a un taller literario. Yo los había recorrido a casi todos. Ella, los había abandonado. Las circunstancias de la vida o la vocación, hicieron que yo siguiera escribiendo y ella siguiera contando sus historias pero ahora, en confidencia de amigas.
Una de las historias de Adriana que más me divertía era la del cuarto marido.
Y sí, tal vez, a ella también. Un día, en su casa, había ido a tomar el té, me dijo con su voz casi afónica:

-         Te voy a regalar algo, es un recuerdo, sé que lo vas a saber valorar.

Intrigada, porque a ella le gustaba hacer bromas, esperé el regalo.

Después de algunos minutos de adentrarse en su habitación apareció con una caja muy bien presentada, nueva y me dijo:

-         Es el perfume que le gustaba a Carlos, es para vos, sé que te va a gustar, yo no quiero recordarlo más. Es imposible que me perfume con él, disfrutálo.

Carlos era el cuarto marido de Adriana, le gustaba que ella se perfumara con él. Era el perfume favorito de él y entendí, que era un perfume caro, de esos que se compran en el freeshop de los aeropuertos, porque sino, son imposibles de comprar. Abrí el frasco y me gustó. Se lo agradecí, pero le insistí que se lo quedara, era el aroma entre ella y Carlos.
-         Es para vos, me dijo . – Quiero desprenderme de ese perfume para siempre, nunca me voy a olvidar de Carlos, pero nuestra relación ha terminado.

Me fui de la casa de Adriana con ese perfume de una marca que seguramente, cotizaría en bolsa. Pensándolo bien, era un perfume demasiado caro, demasiado denso,  como para usar en un lugar donde hiciera frío, nevara, en Europa, algo así.
Cuando llegué a casa, guardé el frasco en un placard. Me pareció una ocurrencia humorística  de Adriana a quien, por su idiosincrasia, le gustaba reírse de casi cualquier cosa. A mí, también.
       Durante meses, el perfume estuvo guardado en el placard, sin usarlo. Pero, por una circunstancia que es mejor atribuir al azar, conocí al marido de Adriana.
       Carlos era un profesional serio, un economista con cierto renombre. Mis actividades profesionales me llevaron a consultarlo. Antes de hacerlo, llamé a Adriana y se lo comenté. Lo tomó con humor y me dijo:

-         No te olvides del perfume.

      Entré al estudio de Carlos con mi mejor sonrisa, llevaba puesto el perfume de Adriana, y la consulta que debía hacerle en mi mente.

     Me atendió primero la secretaria. Esperé unos veinte minutos. En ese tiempo no dejé de pensar en la consulta profesional que debía hacerle. Toda mi ropa estaba impregnada en el perfume de Adriana.
      Tuvimos una entrevista larga. Carlos me recibió y con mucha paciencia y profesionalismo atendió mi consulta. Me aclaró las dudas.
      Cuando salí del estudio, una sonrisa afloró a mis labios. El interés que había puesto Carlos en la consulta excedía el interés de un profesional como él. Y todo se lo atribuí al perfume.

© Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 

sábado, 19 de febrero de 2011

Doménico Chiappe




(c) Lisbeth Salas

El primo Arturo



Le volví a escribir a mi tía. Por aquí estamos bien y tú cómo estás, un formalismo para preguntarle por mi primo. Desde hace unos meses le escribo con cierta frecuencia para que me cuente qué tal le va a Arturo y ella siempre esquiva la contestación. Sus mails son concisos y sólo habla de sus nietos, los hijos de mi prima. Comienzo a sospechar. Nunca dice nada de él, pero yo sé que sigue viviendo con ella aunque ya se acerca a los 40.
Hace unos años Arturo me escribió la última carta suya que he recibido. Siempre en papel y por correo postal, su letra temblorosa y sin comas me decía:
Estoy harto de ver cómo la gente que me rodea en esta ciudad quiere ser auténtica pero todos usan zapatos.
Pero luego me decía: nos hemos ido lejos y siguen persiguiéndome.
Mi tía emigró con mis primos después de su divorcio. Arturo tenía 18 años y Elisa, 16. Yo tenía la edad de mi prima. Ambos tratábamos a Arturo como si fuera el hermano pequeño. Crecimos juntos, vivíamos en el mismo edificio. Gabito solía burlarse de él, que no chistaba. Una noche encontré a Gabito en una fiesta de mi antiguo barrio. Se acercó a hablarme y le interrumpí: ¿Cómo dices que te llamas? ¿Gabriel? Sí, yo vivía en el bloque, pero no me acuerdo de ti, quién eres, me acordaría de tu cara, tienes una de esas caras de ¿Arturo?, ¿qué Arturo?
Esa noche que negué a mi primo comencé a acordarme de él. Cuando se marchó ni siquiera lo extrañé. Me despedí como si lo fuera a ver al día siguiente. Después me sentí aliviado; ya no tendría que defender sus alegatos contra Yordano: cantautor es aquél que no tiene voz para que le llamen cantante; yo no voy a mover un dedo es el himno del imbécil, y cosas que nadie, ni siquiera su hermana, podía escuchar sin querer escupirle. En esa época la radio emitía a Yordano cada cuatro canciones. Un fenómeno que no se había visto desde los Bee Gees.
No sólo nadie le perseguía; nadie se quedaba cuando él llegaba. Ni siquiera mi prima; sólo yo, que me quedaba allí porque era igual escucharle sentado en el muro del patio o en el sofá de la casa de mi tía. A Arturo no parecían importarle aquellas huidas. Le notaba nervioso cuando alguien se acercaba. Mi madre me pedía que tuviera paciencia y le ayudara en lo que pudiera. Pero en junio, cuando repetía el año escolar o le aprobaban con la condición de cambiarlo de colegio, mi madre repetía aquello de las malas influencias.
Mi primo Arturo me contó que cuando comenzaba a sentirse bien en un instituto, descubría que alguien lo acechaba en el portón del instituto.
¿Quién?
Alguien
¿Cómo es?
Como todos ellos
¿Quiénes? ¿Quiénes son ellos?
Esos, los de siempre.
Estudiaba, eso sí, en casa, de donde salía muy poco. Llegó a recluirse. Decía mi tía que el único contacto con el exterior era yo. Arturo me llamaba todos los días. Me hacía análisis sesudos de cosas que aquí no interesaban a nadie, sólo a él.
¿Viste lo del Windows en quechua?
De qué me hablas
El problema no está en el idioma del programa sino en el acceso a la tecnología
No sé de qué me hablas
Que hubiera sido más eficaz que el gobierno gastara ese dinero en ordenadores y conexión WiFi
No te sigo
Que optara por el software libre.
Arturo salía de casa sólo si yo se lo pedía. Medía casi dos metros pero yo sentía que buscaba mi protección. Yo no creía poder defenderlo jamás pero quería ser un testigo en caso de que algo sucediera: siempre decía que algo le pasaría.
Mi madre le decía a su hermana que llevara a Arturo a un especialista. Al final, mi tía recurrió al psicólogo. Le recetó pastillas, a mi primo y a mi tía que no paraba de fumar. A ambos se les pusieron los ojos más oscuros y las mejillas más coloradas.
Con las drogas mi tía se enamoró de un compañero de trabajo y mi primo terminó el parasistema en un año, ya no daba giros intempestivos al caminar y dejó de llamarme. Algunas veces le veía sentado en el muro del edificio, alejado de los demás, y me acercaba:
Qué haces –me preguntaba.
Ahora nada
Has ido al cine
Últimamente no, estoy ahorrando –respondía yo.
¿Y no temes que te maten?
Arturo sí que temía. Cuando el día de la partida, subía al taxi que los llevaría al aeropuerto me dijo: si llego a subir al avión, sabrás que he ganado. Pero después vino su primera carta, con un pulso que todavía podía controlar y con los signos de puntuación completos: Aquí no hay uno nada más, hay muchos, todos iguales, de un color repugnante. No sabía si se refería a los rubios típicos del norte o a la gente que le perseguía. En otra carta me contó que había conocido a alguien, que la quería, que se declararía pronto. Dejó de escribir. Los visité. Elisa, que ahora se hacía llamar Laisa, me recogió en el aeropuerto. Ella me dijo que ya no tenía problemas con el idioma, que incluso soñaba en inglés. Le pregunté por Arturo. Parece que hubiera nacido aquí, me dijo, ya lo verás. Supe por qué nunca me atrajo mi prima: tenía el mismo rostro que su hermano, sólo que ella no solía agrandar los ojos, como si intentara expulsar los globos oculares de su sitio.
Me alojé en casa de mi tía, que adquiría un tinte rancio en sus mejillas. La primera noche nos quedamos hablando, hacíamos tiempo para que llegara Arturo.
El invierno
Es horrible no me acostumbraré nunca
Ni yo
El único que lo lleva bien es Arturo
A veces sale sin abrigo
Una vez casi se congela
Les pregunté si a veces salía sin zapatos.
¿Estás loco?
No podría dar ni un paso
Tienes que vivir lo que es estar a veinte bajo cero
A Arturo recién lo vi una semana después de mi llegada. Dijo que el trabajo le tenía muy ocupado. Cosía ropa para el teatro, encargos. Le iba bien. Tengo mis cosas aquí, no quiero que mi madre se sienta sola, pero prefiero dormir en hoteles, siempre en uno distinto, me dijo Arturo.
¿Temes que te maten?, le pregunté.
No respondió. Se levantó y sacó su bicicleta.
Ven, ahí está la bici de Elisa; vamos a dar unas vueltas
Entramos a un parque y Arturo enrumbó por en medio del bosque de pinos, donde no había camino.
Es el único sitio donde hablar sin que nos escuchen
¿La gente de siempre?
Ellos sabían que vendrías y vigilaban la casa
Me contó que habían secuestrado a la mujer que amaba, que la policía le interrogó, que nunca la encontraron.
¿La mataron?
Nunca me amó. Convivió conmigo porque ella era uno de ellos, sólo quería información. Cuando la consiguió cambió de identidad y, mucho me temo, de rostro. Y tenía la cara más hermosa que puedas imaginar.
Seguimos pedaleando y no me contó mucho más. Parecía afligido. Nos internamos en el bosque que parecía conocer muy bien. Quería reiniciar la conversación, traté de bromear
Buen sitio para enterrar a alguien
No respondió. Le pregunté:
¿Recuerdas a Gabito y la gente del edificio?
Incluso puedo olerlos
¿En sueños?
Cuando simulan que no me conocen y me miran de reojo
¿Aquí?
A donde quiera que voy
Los días siguientes salí mucho con mi prima. Conocí a su pretendiente y a dos de sus amigas. Me invitó al estadio y al Hard Rock. Me sorprendí con las enormes propinas que dejaba y con la gentileza que tuvo al permitirme revisar mi buzón electrónico en su ordenador. Pero Arturo se ausentó varias noches, hasta que lo encontré en el quicio de la puerta del cuarto de Elisa. Yo navegaba por internet.
Algún día te arrepentirás de usar eso
¿Nunca te conectas?
Jamás
¿Ni siquiera tienes cuenta de correo?
¿Para que sepan también lo que pienso y lo que siento?
Hay formas de protegerte con claves y software
Sé que nada de lo que pueda aprender superará el conocimiento que ellos ya manejan para someternos
La última noche, cuando mi tía estaba encerrada en su dormitorio, mi prima tocó mi puerta. Llevaba una camisa larguísima y las piernas desnudas. Yo veía televisión. Acababa de ducharme y me había rociado con colonia para niños. La usaba desde que vivía en el viejo edificio. Gabito decía que despertaba el instinto maternal de las mujeres y que lo confundían con el sexual. Decía que era un método infalible. A mí no me había ido mal con el truco.
Siempre has olido a bebé
No entiendo muy bien este programa
Es un concurso
Ya lo suponía
Mañana no te podré llevar al aeropuerto, pero Arturo dijo que lo esperes, que vendrá a despedirse.
Arturo llegó con un regalo, un gameboy con el juego tetris. Me dijo su récord y me conminó a superarlo. Nos abrazamos y salí a esperar el taxi.
Recibí algunos correos electrónicos de Elisa durante un par de años. Se casó en un campo de golf y se mudó de ciudad. Alejada de Elisa, mi tía se compró un ordenador y comenzó a reenviar chistes y noticias de periódico; a veces llegaba alguna foto de los hijos de mi prima. Yo solía borrar sus mensajes sin leerlos hasta que el recuerdo de Arturo comenzó a inquietarme. Le escribí a mi prima y a mi tía. Elisa no me contestó. Mi tía, sí: el fin de semana visitaría a mi prima. Le pregunté por sus Arturo y Elisa, que no había contestado mi correo. Mi tía me aseguró que Elisa cambió de correo cuando se trasladó de compañía, pero no me dio la nueva dirección. De Arturo no dijo nada. Volví a escribirle. Sólo le pregunté por Arturo, quería saber de su vida, cómo le iba. Dos días después, mi tía me contestó con fotos de sus nietos. Quería que me fijara en el parecido de los niños con mi prima; sus mismos ojos, su misma boca. De Arturo no dijo nada.
 (c) Doménico Chiappe

Madrid
España

Doménico Chiappe

Nació en Perú, en 1970, y se crió en Venezuela desde 1974, donde se
ejerció como escritor y periodista. Desde 2002, vive y trabaja en
Madrid. Es autor del ensayo "Tan real como la ficción, herramientas narrativas en periodismo" (2010), del libro de cuentos “Párrafos sueltos” (2003) --con el que obtuvo el premio de relato corto Ramón J. Sender--, de la novela
“Entrevista a Mailer Daemon” (2007) y de la obra multimedia “Tierra de
extracción”, elegida por Electronic Literature Organization (ELO) para
su antología ELC2, como una de las mejores obras de literatura
multimedia de habla no inglesa. Trabajó en el diario El Nacional y en
la revista Primicia. Fue director de la novela colectiva La huella de
Cosmos. Actualmente es coordinador editorial de La Fábrica Editorial,
y trabaja en un nuevo proyecto de literatura multimedia, aún sin
título. El último año ha dado conferencias en España (Festival Eñe de
Madrid e Interliteral de Jaén) Brasil (Instituto Cervantes de Belo
Horizonte, Sao Paolo, Brasilia y Rio de Janeiro) y Estados Unidos
(Universidad de Cornell) sobre literatura multimedia y los retos del
escritor frente al ciberespacio.
www.domenicochiappe.com





imagen:

Raphael Domingues
Sin Título
Tinta china sobre papel. 55 x 33 cm.
(de la muestra Imágenes del inconsciente, Fundación Proa)

viernes, 18 de febrero de 2011

Héctor Cediel Guzmán



Ansío redescubrir el sabor de la vida


¿Será lo nuestro un Arco Iris?. Nunca sabré cual fué el principio, ni cual será el final. A veces comenzamos por el final y perdemos el reloj del tiempo. Cuantificar el amor no tiene sentido, porque un instante puede ser toda una vida y un segundo, la eternidad. Los enamorados siempre perderemos la noción del tiempo, estremecidos por las olas de los arpegios, de ese mar que nos devora poco a poco. Para nosotros todo es hermoso y fantástico como la bandera del viento, los focos de la noche o la pupila del sol de plata. Vive con la intensidad de las atmósferas rojas el amor, antes que desaparezca como la crin de una cometa fugaz; si crees que tu amor es muy grande, vive cada momento como si fuese el último. Lo bello evoluciona como todo en la vida y nada puede detener su carrera hacia el dejar de ser. ¿Quién soy yo? ¿Un perro vagabundo o un árbol caminante?. Me extasiaré contemplando y viviendo cada momento, para grabar los más hermosos momentos en mi corazón; así todo desaparezca o se esfume en un sueño, siempre recordaré en el invierno nuestra escarchada primavera. Nada hay como morir con el corazón curado.

Si algún día a llegará a nosotros, ese momento en que todo deja de ser; por última vez te propondría que te vinieras, en vez de irte, que es muchísimo mejor. En los colores de la juventud, siempre se respirará un aire diferente. Aún no comprendo el por qué nos cuestionamos sobre las posibilidades de lo nuestro. La muerte siempre se paseará con la ironía de un cuervo por nuestras vidas. Todo tiene un principio y un fin; nada es ocasional ni fortuito. ¿Para qué perder el tiempo, comprendiendo el relativismo y los absurdos de la vida?. Llegará el día de los labios muertos y las manos tampoco encontrarán respuestas en las pieles que araron un día; porque un cuerpo sin sentimientos, no es más que un cuerpo muerto, o seco por el desencanto. La vida tiene que ser un caballo de húmedos ijares, donde no vuelva a perder la fé el lenguaje de las flores, ni los silencios del alma. Nadie conoce, ni puede garantizar una respuesta totalmente cierta, a nuestros grandes interrogantes.

Te esperé, ¡te esperé mucho!, ¡demasiado quizás!. ¡Te añoré cantidades! Me desvelé una y otra vez, noche tras noche, por meses, por años. Estaba seguro que existías y que algún día, después de tantos desvelos, llegarías a mi vida. ¡Jamás olvidaré tu geografía!. Paso a paso lo hermoso desaparece como por encanto; como si despertáramos de un sueño, para vivir nuestra pesadilla. Mi amor jamás murió, aunque quedó muy mal herido. De los recuerdos solo hay que conservar lo bello; dejemos que el mar o el viento se encarguen de borrar algunas imágenes o algunos nombres. Prepara la barca para navegar al boreal cielo. Huyamos del amargo como los luceros cuando amanece. Vives el dolor del conjuro del amante, cuando invado las arenas de tus playas; una inmensa ola de fuego, desvariando pasa quemando tú piel. Me siento pleno, taladrando y succionando los tejidos de tu cuerpo, en volandas por los sueños; cuando le abriste a la intimidad, las compuertas de la floresta, me entregaste el cofre del tesoro con tus sentimientos en comodato. Cabalgué sobre el ensueño del piélago sobre tú piel, descubriendo el anverso y el reverso de los sentidos; hasta que el ensueño aventurero adormiló mi pasión, y uno a uno, los faroles fuimos apagando. Quedamos como caracoles exhaustos a merced del sueño de su sirena o de esa ninfa arrullada por el reflujo amoroso de las aguas sobre su cuerpo; siempre amanecimos como aprendices deshojados sobre el Jardín de las Pasiones.

Desde siempre cuando nace una estrella, un halo de tristeza me cabalga. La resaca me arranca a pedazos, la piel de tus recuerdos. Nuestros sueños se diseminan por el suelo, cual fatalidades fatigadas. Montes de esperanzas, cerezas al viento, el éter embriagador, demencia besos y caricias. Exploramos nuevos espacios, descubriendo la sicodélia de las sensaciones de ocurrencias atrevidas y novedosas; borramos de la memoria, todas las imágenes que nos apesadumbran con sus tormentas y que nos abatían. Solo inmortalizamos las remembranzas, que no terminaron reducidas a un triste espectáculo; ni que abandonaron nuestro cuerpo, como un árbol caído o una hoja de otoño que nunca volverá a sentir el sol. ¿Serán nuestros recuerdos, solo huellas fatigadas con historia; o un paso seguro, hacia ese Quasar de exóticos luceros?. Amanecí con tu fragancia pegada a mis labios; aún conservo parte de la noche, enredada entre mis pestañas. Nace una ilusión, que ilumina mi esperanza con la demencia de las tonalidades de los pasos y el encanto mágico de un vitral. Nunca podría imaginarte apolillada en una poltrona, pegada a un soñoliento cuerpo sin alma.

Escribimos una historia a base de lengüetazas de fuego. Descubrimos la magia como Dafnis y Cloe. Nos abandonamos a la suerte de nuestra imaginación. ¿Qué se hizo la pasión que sentía? ¿Cómo pude borrar imágenes que creía inmortales, por algunos favores recibidos de las manos del demonio?. Se derrumban las paredes del reino de la fantasía; ahora soplan otros vientos en los sueños de los corazones de humo. Siento el latir de un sentimiento que se despierta y que canta como un tren que desea ser caballo. Lo aposté todo a cambio de una  última oportunidad. Me aleje de las tentaciones del viejo hombre, para entregarme sin prevenciones, sin enmendar las fantasías, a los brazos de tus insaciables e irreverentes pasiones. Echaron al vuelo las rosas, las de pétalos color amor, las campanas del holocausto. Nos olvidamos del tiempo, de tabúes y prevenciones. Dejamos en manos del azar el destino. Cerramos los ojos sin hacer preguntas y nos dejamos llevar por la ardida brisa, hacia las borrascosas cumbres del placer. Deslumbramos la memoria de nuestros ojos, con los desnudos que el fuego de las acuarelas, pintó sobre  la desnudez de la luna argenta. Siempre le temí a la censura despiadada de las miradas envidiosas; al terminar arruinados o en el olvido, en un rincón oscuro de esa ciudad o de esa vida que agoniza como un barco viejo. Siempre me enamoraba de mujeres más maduras, hasta que apareciste en mi vida; y te pusiste a escribir despiadadamente, con una pasión que rayaba con lo maníaco, versos en las páginas en blanco de mi vivencidiario. Anduve bajo la lluvia con los pies descalzos. Recogí flores silvestres en la montaña, para coronarte como la Reina de la Primavera. Jamás intenté cuantificar la medida de nuestro sentimiento. Ha arrastrado tantas hojas el rio, que a veces pienso que se enredaron las manecillas del tiempo o las manos que le esculpen a los recuerdos, cabellos de viento. Todas las épocas fueron benévolas conmigo. ¡Cuántas veces quisé conocer con un morral y una bolsa de dormir a Australia!.¡Hacer auto stop por las carreteras alternas de Norteamérica como Bob Dylan! ¡Embriagarme con los paisajes y las estaciones por los países europeos! El tiempo del amor, pasó desbocado como el suspiro de un dragón. Leí tanto temor en tú mirada, que me retiré con tu recuerdo, a beberme una botella de vino a tú nombre; mientras pasaban a la deriva sombras de enamorados, bajo el Puente de los Suspiros.

Ansío redescubrir la sal de la vida en el arpa de los silencios; para humedecernos en un mar de trementinas  caricias, en la concha azul de los sueños. Lentamente se desdoblan los temores y prevenciones, mientras escudriñamos poco a poco nuestros espacios con curiosidad de confesor. Descubro un océano en tú mirada; deseo descifrar su mensaje y el significado de las sensaciones, sentidas como pisadas de fuego. Quiero decirte tantas cosas, con palabras inventadas o versos totalmente desconocidos, hasta hacerte sentir ígnea como una mujer-hembra, con imágenes escandalosas que te ayudan a saltar sin temor y con los pies descalzos, el umbral del Arco Iris.

Con todo el afecto de mi amor perruno

EL PERRO VAGABUNDO.

(c) Héctor Cediel Guzmán

Bogotá

Colombia

imagen:

UFINO TAMAYO
Sandías, 1968
Óleo s/tela, 130,3 x 196,5 cm.
Col. Museo Tamayo Arte Contemporáneo




miércoles, 16 de febrero de 2011

Araceli Otamendi

Oscar Bony



El cielo - Heaven

¿Cómo habría sido la caída? ¿Y a quién le importa? Descender sin tiempo ni cálculo, siguiendo una estrella o una flor, en principio, circulando despacio, después más rápido, en una cinta blanca, brillante y veloz, seguir el camino hasta el punto más alto donde la estrella o tal vez la flor estarían. El cielo. Heaven.  ¿Estarían? ¿Estarían, esa estrella y esa flor? ¿Y a quién le importa?
La caída, el descenso fue en cámara lenta, todo se precipitaba y me veía caer, desde abajo, alguien miraba y corría, desesperándose.  Imprevistamente, abrí los ojos.
Si me asomo a la ventana hay pájaros, pájaros enormes. Tengo la niña en mis brazos, es de noche. Noche sin estrellas, sin tiempo. Los buitres entran por la ventana, se precipitan, le pido a él a los gritos que mate a esos pájaros, buitres, y lo hace. Entonces me libero hasta …
Viajo en tren, el camino es largo. Viajan tantas personas en los vagones. Una mujer indígena me pide ayuda. Me intereso en su necesidad.  Hay tanta indiferencia, casi todos miran hacia el terraplén, las estaciones van pasando y la mujer se duerme. No hay cantos. El ruido del tren es monótono, el olor a encierro,  también. Y luego la lluvia, las gotas van mojando los vidrios. Se va haciendo de noche. Las luces de las casas van encendiéndose como luciérnagas a la distancia. Es verano y los grillos no están…
Llego a la fiesta, tarde, pero llego … no hay nada que comer ahí salvo los postres… Es una buena mesa la que me ha tocado, los lados son iguales, todos contentos. ¿Qué otra alegría podría tener? Todos se ríen y los acompaño, me encantan. Comemos postres y brindamos. ¿Podría haber mayor felicidad, entonces? Ese tiempo sin tiempo, túnel oscuro, sin cantos, sin estrellas, vuelve a mí transformado ahora en esta fiesta, en esta mesa dulce de la amistad y de la fiesta desinteresada donde me reciben y me acompañan y yo también estoy con ellos,  los  acompaño.
Dura poco, la fiesta. Parece un sueño de ayer. Hoy es mañana de ayer. Hoy es hoy. La playa es inmensa y está desierta. El mar, infinitamente lejos, afuera hay tormenta. El mar está embravecido y me cansa mirarlo. Las olas vienen trayendo la arena, el cielo se oscurece. No tengo ganas de estar más ahí, me voy yendo.
Volver a la casa en el tiempo sin tiempo me da temor y sin embargo…estoy ahí, desde hace mucho tiempo, infinito tiempo de memoria y de olvido. No puedo seguir ahí. ¿Tomaría el tren? ¿quién sabe? El viaje en tren puede durar años, necesito salir de ahí enseguida. Pienso en la manera de hacerlo. El silencio y la quietud no duran mucho. Ladridos de perros, la gente que habita la calle es solidaria. La indiferencia puede estar entre cuatro paredes, en los departamentos, en las casas y no en la gente donde los extraños no son tan extraños. En la calle, la gente sale a ver qué pasa, por qué esos perros ladran, por qué es de noche y todavía no amanece. La noche dura horas. Tengo que volver. La niña juega, está ahí jugando. Llego y me siento a jugar yo también. Desparramamos juntas los juegos, hasta ir a dormir. Por hoy, no más.

© Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

imagen:

Oscar Bony, Cielo

Magda Lago Russo

Eugenio Daneri



El mal incurable
                                                                        
Cuando salgo de la compañía, tengo que apoyarme en la pared, todo da vueltas a mi alrededor, no sé como me mantuve  sin derramar una lágrima. Mi mente no procesa, lo de la salud de Hernán no puede o no quiere entender, que su mal es irreversible. Así lo diagnosticó Enrique, el médico de la familia y amigo de la infancia de Hernán, que hoy se presentó en la empresa para decirme crudamente la verdad, dura y real. Tengo que serenarme, para reflexionar sobre el futuro que me espera, trato  de llegar hasta donde dejé estacionado el coche, en un momento me encuentro, sentada en el banco de una plaza, hasta que decido irme de allí. Tomo por una de las calles con menos tránsito a esa hora,  manejo sin destino, de pronto me encuentro en la rambla.  El aire fresco del atardecer me estremece a esa hora, el sol se pierde tras el horizonte como todos los días lo cual se transforma en un hecho que despierta siempre interés.  En apariencia es un día como todos, no para mí que en horas ha cambiado mi vida radicalmente, la gente sigue la rutina de todos los días, haciendo deporte, paseando al perro, los jóvenes  enamorados transitando en su propio mundo, parejas mayores  tomadas de la mano que se alejan en silencio. Las quedo mirando hasta que se pierden entre otras, pienso que con Hernán ya no podremos pasear juntos cuando nuestros cabellos ya sin tintes hayan tomado el último color  gris del ocaso. Quisiera gritar que no todo está igual, que su vida, se va extinguiendo con cada hora, con cada minuto  y que yo me estoy yendo con él. Nunca  hasta ahora, me detuve a pensar cómo iban a terminar nuestras vidas, ni quien se alejaría primero. Me parecía todo muy lejano, como que todavía la vida nos iba a ofrecer momentos gratos, para compartirlos, parece  que nuestros caminos se bifurcan, él tomará por el que no se regresa mientras yo quedaré al borde del otro, esperando el final. Una gran angustia oprime mi pecho, no me lo imagino a Hernán todo vitalidad, vencido por la enfermedad, sin su vida social y sus paseos de fin de semana. Desde este momento, estaré pendiente de sus reclamos, más de lo que he  estado hasta ahora,  mantendré el corazón íntegro aunque mi mente se vaya destrozando, seré fuerte, no me verá claudicar. Mamá me guiará con sus manos invisibles desde la estrella más brillante y yo me tomaré de ellas, para sentirme segura en mi accionar. Ya es de noche, se esfuma el contorno de las cosas alrededor va quedando desierto, el olor salobre del mar atraviesa la vereda y me pega en la cara, el rumor de las olas llega a mí, como un cántico  que parece despedir una etapa  de casi treinta años de mi vida con Hernán, desde hoy comienzo otra, muy severa, aunque pienso que con amor, podré mitigar las horas más amargas.

(c) Magda Lago Russo

Montevideo

Uruguay
                                                                 
                                                                                                                                

 imagen:

Eugenio Daneri, Magnolias


lunes, 14 de febrero de 2011

Araceli Otamendi




Vuelta a la Casa Tomada  



El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es  una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

-          Orfeo – le digo
-          ¿Qué? Contesta
-          Quiero ver tu cara sin la máscara.
-          Eso no es posible – contesta
-          ¿Por qué?
-          Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
-          ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
-          Hay que seguir el juego…
-          Hoy se termina.
-          ¿Qué cosa?
-          El Carnaval, se termina…
-          El Carnaval sí, pero la vida no.
-          Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
-          Como la vida ¿no?
-          Casi
-          ¿Querés volver a casa tomada?
-          Es sólo una casa
-          Poblada por fantasmas, vacía

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

© Araceli Otamendi – Julio de 2008

imagen: de la muestra El hilo de la trama, "La colecta de neblina", six digital prints 90 x 102 cm, Photo Marcia Thompsom, Camera Araken and Marta Jourdan, Cortesy of Galería Nara Roesler, Sao Paulo) (muestra en el Malba, 2002- nota publicada en muestras/arte, Revista Archivos del Sur).