miércoles, 30 de marzo de 2011

Cecilia Vetti

Eugenio Daneri - Paisaje suburbano

                                             

Un mundo compartido


     Hace frío, los vidrios de la ventanilla del tren no lo dejan ver el paisaje, ese paisaje inerte de todos los días. Juan toca con su  mirada la muralla que lo separa del camino. Los otros pasan por su lado llevando un bagaje de absurda felicidad. Quizás llevan en sus mochilas gastadas, tanta infidelidad, tanto tedio. Deberían sacarse las caretas para poder llorar por sus vidas. Los otros...
     Tiene la cara demacrada y los ojos brillantes Ni siquiera sabe por qué vuelve a la casa de ella, qué pueden decirse después de tanto abandono, tanto querer llegar a ninguna parte. Siempre con Matías entre los dos, negándole una vida que él no les había pedido. Haciéndole sufrir al muchacho los malos tratos y el escape diario a una dignidad que le pertenecía por derecho. No le habían hecho fácil la vida, por eso se fue tan lejos, para poder rescatar algo, cuando todavía estaba a tiempo de todo. Ni siquiera les había escrito; no sabían nada de él. A veces lo soñaba, con el pelo oscuro y los ojos claros, mirándolo; como preguntándole: por qué... Después todo fue sólo añoranza y no lo pensó más, casi ni lo acordaba.
      En la estación siguiente, subió una mujer madura, casi de su edad, se sentó a su lado. Con la gripe como una amenaza, al observarlo piensa si no estará arriesgándose al acercarse a un hombre enfermo. Se dice que el viaje a la ciudad es corto, ni siquiera tendrá tiempo de contagiarse. Puede percibir su temblor. Cada tanto ve como se lleva la mano al pecho y lo remueve en una fiera caricia. Parece una caricia destinada a otro.
     Cuando vuelve a mirarlo, nota en su mano un sobre, adivina que es una citación o un documento, por los sellos que bordean la única parte sana del papel.
     En un instante el hombre se lleva el papel a la boca y lo muerde, luego comienza a llorar como un niño. Los sollozos apagan el rugir de las vías.  Él tiene la cabeza sobre las rodillas y las manos abrazándose. Ella mira a su entorno, ninguno parece darse cuenta de nada. Los sollozos quedan allí, cobijados entre ellos dos. Es como si viajaran solos en ese largo vagón, compartiendo un mundo de los dos.
     Él la mira, parece reconocerla, pero no, sólo la mira. El tren se detiene, el hombre levanta las solapas de su saco y se acurruca en el asiento, parece querer dormir, como si la vida le estuviera sobrando. Cierra los ojos, y el sobre cae de sus manos. Su ocasional compañera lo levanta con rapidez. La ansiedad por conocer el dolor cercano le hace abrir el sobre y leer la carta. Está dirigida a Juan Guevara. Desde la embajada argentina en España le avisan que Matías Guevara ha muerto en una ruta de Asturias. Iba con una mujer joven y un niño de meses. Por los documentos supieron que eran  la esposa y el hijo. Nada le dicen de ellos.
     El está quieto, muy quieto, ya no le queda pena dentro, se ha dormido. Ella se atreve:
- Juan, Juan...- murmura  con la voz quebrada. Él se despierta asustado, observa el muro de la ventanilla y vuelve a dormirse con un suspiro hondo. La mujer coloca la carta en el sobre y la deja caer, después apoya su pie izquierdo sobre el papel y lo aleja, como para tapar el infortunio. El hombre duerme, quizá está soñando que esa carta no llegó a destino. Quizá... 

(c) Cecilia Vetti

Banfield
Provincia de Buenos Aires

Cecilia Vetti (Buenos Aires) concurrió varios años a los talleres literarios de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli. Actualmente pertenece a la Sociedad Argentina de Escritores (Lomas de Zamora) y participa en el Grupo Literario Convergencia. Es jurado de distintos certámenes y coordina talleres literarios. Por su libro La soga del tiempo recibió la Faja de honor de la SADE (2002). 



                                                      

martes, 29 de marzo de 2011

José María Pallaoro


28 DE MARZO DE 1968




Habrá sido un viernes o un sábado. No lo sé. Ayer hablé con Emilia. En realidad antes lo había hecho con Juan. No se acordaba. Ni siquiera el año se acordaba. Yo pensaba que fue en 1970. Pero no. ¿Había llegado el hombre a la luna? “No lo sé, che. Tengo 73” (y no hablaba de una fugaz primavera).

La calle 15 seguía de tierra. Al Gordini lo pintaron con cal y palabras y buenos deseos y anudaron latas a hilos de algodón que ataron al paragolpe trasero. Emilia prometió que iba a mostrarme las fotos. Y me confirmó el día: 28 de marzo de 1968. No le pregunté si fue viernes o sábado. Ellos se casaban. Hoy se cumple cuarenta y tres años. En esos días yo andaba por los nueve y un mes exactos. Y esa noche me enamoré por primera vez.

Jamás lo había contado. Tal vez no me lo hayan preguntado (y eso que es una buena pregunta), aunque sé que el asunto sólo a mí puede interesarme. "No se dio la oportunidad" posiblemente hubiese dicho mi vieja antes del ACV.

El tiempo hace que la carga vaya siendo más liviana. Por eso quiero decir que un 28 de marzo de 1968 me enamoré por primera vez. Dudaba un poco. Porque creía que la mujer que me hizo conocer el dolor del amor no correspondido había sido María Inés. Pero no. No. Con María Inés fue por el 70, o por el 71. Antes de entrar al secundario.

Pero, qué cosa ¿no? Recordar el día exacto que me enamoré por primera vez. Y el hombre aún no había llegado a la luna. No, no voy a discutir las diferentes teorías acerca del tema. La verdad es que nada me importó la banderita del imperio flameando en el suelo lunar. Para mí la luna es la de Li Po o la de Tuñón. Hoy y siempre.

Yo creía que la primera vez que me enamoré estaba bigoteando. Ahora sé que la rima de la lluvia tenía mis años, y que me gustaba encender el fuego escuchando Penny Lane porque lo único que se necesita es amor (la sed verdadera todavía no me había hecho tomar el tren hacia el sur), y la creencia de aguas claras no sonaban en el Winco, aunque las chicas hacían ruido en el Whisky a Go Go junto a Johnny Rivers (¡guau, micifuz!, ¡todavía conservo ese disco!), y no había necesidad de pintar el universo de negro porque todo comenzaba a ser color.

Hubo un tiempo, muy breve, que los Rolling me gustaron más que los Beatles. Quizás porque los simples de los Stones que traían mis hermanos mayores (adolescentes en ese momento) tenían un sonido más crudo, más bluseado, más “negro”. Igual el trayecto de las piedras rodantes fue cortito como patada de chancho (mi signo zodiacal chino) y las cosas volvieron a tomar su cauce: ¡Nunca sus majestades satánicas podían gustarme más que esos muchachos que cantaron a los hijos de la madre naturaleza!

Había mucha familia en casa de mis queridos tíos. Y también se encontraba la chica de la que me enamoré por primera vez. Tenía el pelo como oscurecido de nubes y a pesar de eso se parecía a Susanita. No deseo ser tan malo, digamos que una mezcla de Susanita y Mafalda. Físicamente más parecida a Mafalda.

Me quedé casi toda la noche en el jardín. Y la veía pasar por el largo y sinuoso camino que iba desde la casa hasta el quincho. Iba y venía, una y otra vez, la chica de la que me enamoré por primera vez.

Caminaba ligero y derechita como caña de bambú, con nueve años (casi diez) tenía personalidad. No recuerdo si llegamos a hablar, a decirnos algo. Siempre fui muy tímido y en esos años tartamudeaba, así que supongo que si alguien habló fue ella. Aunque no lo puedo asegurar.

Voy a esperar a que Emilia me muestre las fotos. La quiero ver a ella, y me quiero ver. No, no puedo creer en eso de que las fotografías quitan el alma a las personas. Tal vez haya quedado algo de nosotros en esos tarjetones amarillentos. Sí, después la vi infinitas veces. Pero nunca le dije que fue la chica de la que me enamoré por primera vez.

Ahora se lo estoy diciendo.

(c) José María Pallaoro

José María Pallaoro nació en La Plata el 28 de febrero de 1959. Dirigió la revista de poesía El espiniyo. Es editor de Libros de la talita dorada. Publicó en poesía, entre otros títulos éditos e inéditos: Pájaros cubiertos de ceniza (1982-1990), Breve cielo (1982-1985), Latidos (1982-1990), Cuando llueve el mundo es otro (1985-1990), En medio de la lluvia (1983-1991), Es hora de volver a Jimmy Hendrix (1994), El mago (1998-1999), El bostezo del viento (1998-2000), Andante tren (2001), El estado de las cosas (2001-2002), El vino del azar (2001-2004), Son dos los que danzan (2005), Setenta y 4 (2008) y Basuritas (2010). Desde siempre reside en City Bell, donde coordina un taller de escritura y el Espacio Cultural La Poesía.

















domingo, 27 de marzo de 2011

Kim Bertran Canut


La era atómica*


Es fiesta nacional y la feria abre sus puertas y atracciones entre nubes de humo de alquitrán de las fábricas petroleras…veo la sombra del hombre oscuro que acecha y convierte el día en negritud… doy pasos confusos por idéntico territorio que tantos pisaron… Grietas en la piel… manos que tiemblan.


Ostentosos criminales sin escrúpulos, venden manzanas de azúcar inyectadas de aceite epidérmico…hay armas para todos los muñones…


Pantallas gigantes proyectan tsunamis, inundaciones, guerras de 6 días o de 100 años,…proyectiles atómicos, Respiraremos experimentos nucleares. visitaremos los países pobres, fotografiaremos a sus gentes tullidas y contaremos después de la cena como viven, creyendo convencidos de que en una semana estival somos capaces de conocer los milenios de tradición de un pueblo, traeremos souvenirs para colgar de las paredes, mezclados entre la porcelana y fotos de papi y mami, boomerangs que no volverán, se venden balas y granadas en el mercadillo de los Domingos…gran gimcama:



carreras de sacos sobre jardines de minas, cruzaremos alambradas de espino en campos de exterminio…jugaremos al escondite entre gases de la risa. A la gallinita ciega con niños camicaces. Churro, media manga, mangotero adivina lo que tengo en el puchero en días de guerra y hambre…bombas de achicar agua para los balseros, derrocharemos cacahuetes en el circo-fosa del fascismo nazi… bengalas petardos y cohetes…ráfagas de metralla en las olimpíadas mundiales. Ozono cedo a cambio de un poco de radiación…tienda de tóxicos…lanzallamas de NAPALM para apagar incendios en los bosques desforestados, saltaremos a la comba en la necrópolis. Mi último correo fue algo triste refugiando datos en temores. Alineado entre camas de hospital y bares de carretera…letras breves, soledad y descalzo sobre arenas ardientes, quemando anhelos y ansias, espero prontito noticias tuyas que me relajen y den coraje…mientras tanto, no borro la realidad.




(c) Kim Bertran Canut


Barcelona


España

*cuento publicado originalmente en la revista Archivos del Sur

  imagen: fotografía intervenida

domingo, 20 de marzo de 2011

Mario Quiroga Fernández



Fantasía


        Como dos amigos, tomamos un café. La cita de las 12:30 fue una hora después, a modo de excusa, justifiqué bromeando que ésta era la diferencia entre el DF y mi ciudad... ¡Tantos sueños de vivir allí, acariciados durante tan largo tiempo, me tenían como trasladado al lugar equivocado!

         Gracias al aroma de tres inciensos de pino y del café humeante, puse de nuevo los pies sobre la tierra.

         Mi amiga Maribel tiene un defecto muy grande: es capaz de leer el pensamiento. ¿Se imaginan? Sabe lo que tramas, pero en son de amistad es muy bueno, por los consejos útiles que puede dar sin siquiera plantearle los problemas... Pero, ¿se la imaginan de novia?

         En fin, habíamos quedado en almorzar en su casa, espaguetis con parmesano. Al parecer, los planes habían cambiado, ya que Maribel no mencionaba el tema. Yo me extrañé, dada su formalidad, pero ella callaba y miraba el humo del incienso elevarse lentamente.

         Al rato, ella se levantó, dispuesta, y expresó:

-         Te invito a navegar en las nubes.
-         ¿Como? – pregunté sorprendido.
-          No te asustes, aunque es sin paracaídas, será agradable... Además, el lugar me trae recuerdos inolvidables, y quiero hacer realidad aquel sueño que me contaste: anhelabas “subirte a una nube y tocar el sol, aunque fuera por un instante”.

         Además de las nubes, deseo otras cosas en mi vida, pero no estoy seguro de si mi amiga, que todo lo adivina, desea también que suceda,  porque nunca toca el tema... Lo cierto es que sus detalles siempre me transportan más allá de la realidad... Acepté.

         ¿Se imaginan mi curiosidad? Avanzando por la avenida, no pude más y le pregunté.

-         ¿No me vas a decir la dirección?
-         Es en 1ra y 18, justo a la orilla del mar.

Pensé que sí, que el mar estaba ahí, tocando el cielo, pero la nube... ¿tendría una parada en el lugar? Y después de todo, ¿cómo subir a ella? Sin duda, Maribel sabía.

         Al llegar, encontré un restaurante de gusto refinado, una construcción de estilo. Había sido el hogar de dos seres especiales, escuché algo de su historia de labios de Maribel.

         Nos dirigimos al interior por un pasillo ancho, lleno de aire fresco que nos renovaba del calor del camino. Al fondo de la casa, encontramos una vista fenomenal. Nos sentamos en una mesita frente al océano.

         Miré a la lejanía y vi solo tres nubes, una con imagen de llave, la otra decía “sí”, y una allá lejos, que cambiaba de repente, como para no la pudieran dibujar, ¿cual será la del viaje?

         Ella, con sonrisa de niña, disfrutaba la fantasía de estar de regreso en el lugar donde tantas cosas recordaba. Parte de su diario estaba impreso en ese espacio de costa, y su futuro, en letras muy pequeñas, se adivinaba en el horizonte... Desafortunadamente, mi vista no es muy buena, hubo muchas cosas que no pude leer.

         Comencé a divagar, disfrutando de la llave, el sí, la nube misteriosa, el exquisito plato de camarones que estábamos saboreando y, de pronto, sin saber cómo, estaba encima de la segunda nube, mirando todo el litoral.

         Pensé que estaba soñando; desde lejos, la voz de Maribel me decía: “¿Te gusta?”... Pero mi voz no le llegaba, ella intentó hablarme en lenguaje de señas, y yo decidí mandarle un mensaje dentro de mi botella. Tomé el último sorbo de mi cerveza, un pequeño papel y una pluma llegaron a mis manos, y yo me pellizqué, era increíble.

         Tiré la botella al mar y seguí navegando, podía escoger a donde ir, si quisiera iría a México, lugar de mis sueños; sin embargo, era tanta la realidad que dejaba atrás...

         La nube me dijo: “Pide tres deseos y serán cumplidos”. Quedé pensando, reaccioné y le pregunté si realmente me llevaría a donde yo quisiera. “Sí”, respondió ella…

         “Llévame con mi amiga, junto a sus sueños de infancia; después quiero ver a mi hijo, oír su voz, y algo más, dime qué figura tiene la nube que se ve a lo lejos”.

         “Cumpliré tus deseos”, afirmó la nube, “el último, que es más bien una pregunta, la responderás tú en un rato”.

         Cuando miré a mi lado, estaba Maribel, con el mensaje en la mano, sonreía y le dije: “Gracias”.

         “No tienes que agradecerme, solo quería que vieras cómo se puede vagar en una nube”... La miré y comprendí... Ella, como siempre, leía mis pensamientos.
  Todo lo que quise se cumplió. Pasado un tiempo fui a México, pero ese día conocí la infancia de mi amiga; mi hijo  me abrazó y me dijo: “Papá, cómo te quiero”... Pero aún faltaba algo, la imagen de la otra nube. Comencé a formar un mapa en mis pensamientos mientras manejaba hacia su casa y solo me llegaban colores en fuga.

         Maribel me dio su diminuto pañuelo para que me secara el sudor de la frente. Al tomarlo en mis manos, contemplé aquellas flores y hojitas de colores, formando guirnaldas… ¡No era posible! Al llegar a su casa, ella se bajó y extendió su mano: “Quédate con él, te lo regalo”.

         Me marché y comprendí que ella me había obsequiado la tercera nube, llena de colores y fantasías. Avanzaba en el camino de regreso cuando me pregunté: “¿Por qué me regaló una nube que, como ella, es una flor?”.

(c) Mario Quiroga Fernández
Mario Quiroga Fernández nació en  Ciudad Habana, 12 de septiembre de 1962. Actualmente reside en México. Aficionado a la fotografía. Ha publicado sus cuentos y poemas en revistas internacionales como: “La casa de Asterión” y “Gente con talento”, Colombia; “Poemas en añil”, “Inventiva Social”, Argentina, “Mundoculturalhispano”, “Yoescribo” y “Arena y Cal”, España; “Archivo cubano”, Italia; “Somos jóvenes”, Cuba, entre otras. Participa en varios foros y listas de poesía.



Ilustración: Ray Respall Rojas (dibujos a plumilla)



Magda Lago Russo

tapa del libro Almafuerte, Obras completas


Entreteniendo a la soledad
                                                                      
Cuando se encuentra acongojada busca refugio en la biblioteca  para descargar su  alma, pues los libros son por ahora los únicos que tranquilizan su espíritu y le quitan los pensamientos tristes Al entrar la envuelve el olor tan particular a papel antiguo, junto con el aroma de la madera que por años ha mantenido su fuerte estructura.
La biblioteca construida por su padre junto a la casa es un amplio salón, cuyas paredes  están recubiertas con vastos estantes con libros dispuestos en dos filas de forma prolija.
El orden es el alfabético, por autor y numerado, todo registrado a su vez en gruesos cuadernos  forrados de cuero.
El escritorio con un portarretrato donde se destaca una joven mamá, con la infaltable flor de todos los días, varios sillones y  por doquier fotos autografiadas de los personajes que  pasaron  por  una de las editoriales más famosas de la época y de la cual sus padres eran los  dueños.
Es un placer  poder tener entre sus manos los ejemplares que guardan un mundo irreal y sin embargo a veces muy parecido al actual, algunos de cuyos autores pudo conocer durante las galas literarias que se organizaban.
Ella las esperaba como una fiesta, algo inusual para una niña de doce años,  le gustaba ver los preparativos, se colocaban las sillas tapizadas de terciopelo rojo, en forma de abanico en la gran sala que la propia editorial poseía, en un costado se abría el piano de cola donde alguien ejecutaba música de autores clásicos: Debussy, Chopin y a veces algún vals de Strauch, que le encantaba.
Por lo general, se realizaba una o dos por año y otra extraordinaria si visitaba el país algún escritor reconocido nacional o internacional.
Recuerda que en una de las primeras que asistió se comentó la publicación en Buenos Aires de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, que por muchos años fue una de las obras más leídas y vendidas.
Le impactó el título, porque desde siempre  la asusta la soledad, para su mente de niña,  cien años de soledad eran inmedibles,  nadie puede resistirlos.
Tenía trece años, cuando Pablo Neruda llegó a Punta del Este con su  esposa Matilde, la musa inspiradora de sus poemas de amor  hasta sus últimos días, fue todo un acontecimiento, pues se realizó una gala extraordinaria, con invitados selectos, como Mario Benedetti, que ya era un escritor consagrado,  Eduardo Galeano un joven escritor del momento, cuyas obras recorrieron el mundo y muchos años después, en la época oscura en la que se hundió el país, se exilió en Argentina y España.
Otra asidua concurrente, era la poetisa Idea Vilariño que ejercía sobre ella cierta fascinación, parecía irradiar amor de todo su físico menudo y su rostro anguloso rodeado de cabello muy negro que contrastaba con su piel  blanca y tersa.
Ya de mayor pudo leer algunas de sus poesías  de amor por lo general atormentado, que  le dejaban encogido el corazón.
En el día de la gala con Neruda, todos leyeron trozos de sus obras y él finalizó con un poema muy pedido, el número veinte.
A la mañana siguiente le pidió a su padre que se lo dejara leer, aunque no entendía por ese entonces de amores contrariados, aunque retuvo siempre en su mente la primera estrofa:
”Puedo escribir los versos más tristes esta noche”…
En este momento, está sola y ya no es la niña que espera ansiosa las galas literarias.
Para mitigar en parte, esa soledad que la rodea, toma un libro al azar, su autor Alejandro Casona, lo abre en cualquier página y lee: “Tengo sed y cansancio, me aniquila el dolor, del camino sin rumbo, me agarrota el pavor, no se cierran mis párpados.¡No puedo más Señor!
Eso le ocurre a ella  parece que todo tiembla a su alrededor, no hay equilibrio. Vuelve a releer y la última palabra resuena en su mente ¡Señor!
Ya ni recuerda la última vez que recurrió a Él, era tan feliz, ahora se da cuenta, de lo egoísta que fue, porque no sólo se pide a Dios sino se le debe agradecer lo bueno que nos va  dando en la vida..
Se acuerda de Dios, cuando fallan los humanos y pierde a su  madre. ¿Cuánto hacía que no rezaba?  Desde que era una adolescente y concurría al colegio de monjas. ¿Tenía derecho de rogarle a Dios después de tanto tiempo, de tenerlo en el olvido? Creía que no. Es un tema  no resuelto para ella, no desea hacerlo ahora.
Sigue  hojeando  otros libros, ahora es Tagore que la detiene.
Cada mañana al despertar, recuerda que aún has de llenar la mejor de tus páginas, la que dirá lo mejor que tú puedas dejar en el libro que estás escribiendo con tu propia vida.”
Al terminar de leerlo, lo vuelve a su lugar. Ya más tranquila piensa que cada día, se va escribiendo la historia de cada uno  en el libro que no  se puede abandonar en la biblioteca.
Hoy había escrito  otra del suyo.    


(c) Magda Lago Russo
Montevideo

Uruguay

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miércoles, 16 de marzo de 2011

Nélida Piñon






Nélida Piñon y María Bethania


El calor de las cosas*

Los vecinos lo llamaban Pastel. Y la madre, enternecida, repetía, mi Pastel amado. El remoquete se debía a la gordura que Óscar nunca pudo vencer, a pesar de rigurosos regímenes. Cierta vez vivió de agua cinco días, sin que su cuerpo respondiera al sacrificio. Tras lo cual aceptó la tiranía del apetito y olvidó su verdadero nombre.
      Desde muy temprano se habituó a medir la edad por los centímetros de la cintura, siempre en acelerada dilatación, borrando los años festejados con torta, “feijoadas” y bandejas de macarrón. Por eso, pronto se sintió viejo entre los jóvenes. Sobre todo porque ninguna ropa disfrazaba sus protuberancias. Si al menos usara trajes plisados, podría esconder aquellas partes del cuerpo que le daban forma de Pastel.
      Se rebelaba constantemente contra un destino que le había impuesto un cuerpo en flagrante contraste con el alma delicada y fina. Especialmente cuando los amigos admitían sin ceremonia la falta que él les hacía en la mesa del bar, junto al sifón helado. Y si no lo devoraban allí mismo, era sólo por temor a las consecuencias. Pero le pellizcaban el estómago, querían extraer a la fuerza de su ombligo una aceituna negra.
      En los cumpleaños, la casa se sumía en penumbras. La madre apagaba la mitad de las luces. Sólo las velas del pastel alumbraban los regalos sobre el aparador. Siempre los mismos, cepillos de cabo largo para el baño, pues la barriga no le dejaba alcanzar los pies, y cortes de tela de enormes dimensiones. Después de soplar las velas, exigía que el espejo le mostrara su rostro, hecho de innumerables surcos en torno de los ojos, mejillas flácidas, el mentón multiplicado. Veía las extremidades de su cuerpo como amasadas por el tenedor de la cocina, con el objeto de evitar que las sobras de carne molida huyeran de la masa de harina, mantequilla, leche, sal, de la cual se formaba.
      A pesar de su visible aversión a los pasteles, comía decenas de ellos al día. Y no pudiendo encontrarlos en cada esquina, echaba en su bolso una sartén, aceite de soya, pasteles crudos, y la discreta llama que el fervor de su aliento alimentaba. En los solares baldíos, antes de freírlos, ahuyentaba a los extraños que querían robarle la ración.
      Su cuerpo amanecía siempre diferente. Tal vez porque ciertas adiposidades se desplazaban hacia otro centro de mayor interés, en torno del hígado, por ejemplo, o por ganar a veces cuatros quilos en menos de dieciséis horas. Un desatino físico que contribuía a robarle el orgullo. El orgullo de ser bello. Estimulando a cambio en su corazón un gran rencor por los amigos que tampoco lo habían devorado esa semana, a pesar de parecerse cada vez más a los pasteles que vendían en las esquinas.
       En sus horas de mayor tristeza, se aferraba a la medalla de Nuestra Señora de Fátima que pendía de su cuello, a cuya protección lo había encomendado la madre, a falta de una patrona de los gordos. En casa, silbaba para disimular su disgusto. Pero a veces lloraba lágrimas tan copiosas que mojaban el piso que en ese instante secaba la madre. Ella fingía no advertirlo. Sólo cuando el charco parecía de lluvia, como si el agua desbordara por el tejado, la madre, con monedas en las manos, buscaba a los amigos, turnados para que al menos una vez al mes acompañaran a Óscar al cine. Los que aceptaban un día, se resistían a hacerlo de nuevo, a pesar del dinero.  Y ya escaseaban, cuando el propio Óscar, que ya no cabía en ninguna butaca, desistió de presencia de pie las películas.
      Los domingos, las bandejas humeaban sobre la mesa. Óscar se veía a sí mismo en el lugar del asado, y trinchado con cubiertos de plata, en medio de la exuberancia familiar. Para evitar aquellas visiones punitivas, se recluía esos días en su cuarto.
      En el verano, su tormento se intensificaba, pues le escurría por el pecho, en vez de sudor, aceite, vinagre y mostaza, condimentos predilectos de la madre, que se conmovía ante ese tributo corporal. Acariciaba entonces los cabellos del hijo, le quitaba algunos rizos y, en su cuarto, los alisaba uno a uno, en el afán de descubrir por cuánto tiempo podría tener en casa al hijo, incólume y protegido.
      Óscar guardaba este consuelo materno en el tarro destinado a almacenar los sobrantes de grasa de su sartén portátil. Y, queriendo recompensar el sacrificio de la madre, que libaba el aceite y el vinagre de su pecho, sonreía y ella en respuesta exclamaba, qué bella es tu sonrisa; es una sonrisa de euforia, hijo. A estas palabras se seguían las otras que le herían el corazón y que la madre, entre llantos, no lograba evitar: ¡Ah, mi pastel amado!
      La expresión de ese afecto, que su cuerpo deforme no podía inspirar, lo hacía encerrarse en su cuarto, amargado por la erosión de las palabras maternas, que sólo pretendían atraerlo al interior de la sartén abrasada de celo, paciencia y hambre.
      Preveía para sí un desenlace trágico. Como buitres, sus amigos lo devorarían a picotazos. El cuadro de su dolor lo llevaba a leer en las paredes un minucioso balance de sus haberes. Dudaba de la riqueza de la tierra. La columna de las deudas había crecido tanto que jamás podría saldarse en lo que le restara de vida. A los hombres debía su carne, pues tenían hambre. Y aunque ellos le debieran un cuerpo del que pudiera enorgullecerse, no tenía modo de cobrarlo.
      Después del baño, ya perfumado, imaginaba cómo sería el amor entre criaturas, los cuerpos en el lecho libres del exceso de una gordura enemiga. En esos momentos, ilusionado con algún modesto saldo, llegaba a verse batallando contra los adversarios. Bastaba no obstante un gesto brusco, para que la realidad le hablara de una obesidad en la que no había sitio para la poesía y el amor. Y, en seguida, la perspectiva de ser comido con tenedor y cuchillo se transformaba en el más oscuro de los problemas.
      La madre combatía sus ojos angustiosos, su alma siempre de luto. ¿Qué hay tan ruin en el mundo para que nos miremos con esta sospecha? Óscar le regaló un broche de platino: que lo clavara para siempre en el pecho. De su carne debían brotar gotas de veneno y la certeza de su cruz. Ante el enigma que Óscar le proponía, la madre, quien a lo largo de la vida había repudiado las frases límpidas, exclamó, ¡ah, mi pastel, qué buen hijo es!
      Mientras más enaltecía ella virtudes que, en verdad, ambos despreciaban, con mayor afán trataba Óscar de eliminar de la superficie de su cuerpo residuos que acaso no habían cabido dentro del pastel que él era. Finalmente, dejó de frecuentar los terrenos baldíos, donde freía sus pasteles. Ya no toleraba que lo miraran con un hambre que no podía saciar. No tenía cómo alimentar a los miserables. Debían morir sin socorro.
      A medida que se intensificaban sus consultas ante el espejo, el cristal, empañado, apenas si le dejaba ver el cuerpo cosido diariamente por la eficacia del tenedor de cocina. Cada mañana se vestía de pastel. Como represalia, instaló su poltrona en la cocina, de donde sólo salía para dormir. Atendía a sus necesidades básicas, y al nuevo hábito de esparcir harina de trigo por su cuerpo. Con las cavidades de las uñas engrasadas, recibía las visitas, obligándolas a frotar su piel empolvada.
      La madre se rebeló contra aquella grosería. No quería ver a los amigos expuestos a semejante prueba. Si él era prisionero de su gordura, que la soportara con dignidad. El hijo le devolvió la ofensa, a las dentelladas, casi triturándole los brazos. Y su desempeño fue tan convincente, que la madre, empezó a protegerse los miembros con gruesas mantas de lana, incluso cuando hacía calor. Dejaba por fuera el rostro. Y cuando Óscar exigía tenerla al alcance de sus manos, se resguardaba con casacas y botas.
      A los treinta años, Óscar se cansó. Ya era ocasión devorar a quien le dijera pastel. Si se había prestado por tanto tiempo a ese papel, exigiría carne humana para su apetito. Elegiría con cuidado a la víctima. Aunque se inclinara en particular por personas de la casa, por la sangre fraterna. Y, siguiendo sus planes, se fingió ciego, tropezaba con los objetos, para hacer bajar la guardia a sus enemigos. La madre pidió socorro a los vecinos, que se turnaron junto a ella la primera semana, dejándola luego sola. A causa de sus muchas obligaciones, la madre volvió a usar ropas leves, olvidando las amenazas del hijo.
      Por su parte, Óscar descubría sorprendido los encantos del habla. Nunca lo habían visto discursear con tanto entusiasmo acerca de los objetos que, precisamente ahora, le negaba la vista. Descubriendo de pronto el nuevo don de hacer coincidir su hambre con una voracidad verbal que había estado siempre en su sangre, pero a la que no diera importancia, ocupado como estaba en defenderse de los que querían arrojarlo a la sartén.
      La madre se acostumbró muy pronto a su ceguera. Lo veía como a un pasajero de un túnel sin fin. Le describía la casa, como si fuera en ella un huésped. Quería hacerlo participar de la rutina, y su rostro ganaba en lozanía ante la dulzura del hijo. Fue entonces cuando Óscar abrió los ojos, seguro de haber vencido. Y ahí estaba ella, sonriendo, los brazos descubiertos, el cuerpo expuesto. Rápidamente repasó en la memoria las veces que ella, a impulsos del amor, le había dicho pastel, casi con deseo de comérselo. Justamente la madre, que habiendo padecido por él, sorprendía ahora en su mirada un brillo que no era de candil, de dicha, o de la remota verdad de un hijo que apenas conocía. Lo que la madre descubría en el hijo era una llama empeñada en vivir, y un inequívoco aire de verdugo.
      Se quedó quieta a su lado. Óscar tomaría las providencias necesarias. Por primera vez lo miraba como a un hombre. Él se acercó su poltrona a la de la madre, que había trasladado la suya a la cocina. Le pidió que se sentara. Se sentó también, después de retirar algunas hebras del cabello de la mujer. Y sólo con el consentimiento de la madre comenzó a cuidarla.

(c) Nélida Piñon


fotografía: Nélida Piñon (izq) con María Bethania

*cuento publicado originalmente en la revista Archivos del Sur, autorizado por la autora

Nélida Piñon ( Río de Janeiro, 1937) hija de padres españoles.


Ampliamente premiada y traducida en el extranjero su obra literaria incluye tres colecciones de cuentos El tiempo de las frutas (1966), Sala de armas (1973) y El calor de las cosas (1980); diez novelas, entre las que se destacan,Fundador (1969, Premio Walmap), Tebas de mi corazón (1974), La fuerza del destino (1977), La república de los sueños (1984), La dulce canción de Cayetana (1987) y Voces del desierto (2004). Además de la colección de relatos El pan de cada día (1994) y El presumible corazón de América, que reúne discursos y ensayos.


Es Miembro de número de la Academia Brasileña de Letras, institución que presidió en el año de su centenario, convirtiéndose en la primera mujer en el mundo a presidir una Academia de Letras. Integra, además, la Academia de Filosofía de Brasil y la Academia de Ciencias de Lisboa.

Ha ocupado la prestigiosa cátedra Stanford de la University of Miami, Florida, y ha impartido clases y cursos en innumeras universidades de Brasil y del exterior.

Primera mujer en 503 años en recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Santiago de Compostela (España); ostenta la misma distinción por la Universidad de Montreal (Canadá), PUC (Porto Alegre), UNAM (México), Rutgers (New York) y Pointiers (Francia).

Entre sus numerosos galardones y distinciones honoríficas ha recibido el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1995 (primera mujer y primer autor de lengua portuguesa en recibirlo), el Premio Internacional Menéndez Pelayo y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2005.


imagen:Sandro Chia
La bugia, 1979-1980
óleo sobre tela
cm 148x130
Colección Giorgio Franchetti, Roma

Fernando Clemot








Fernando Clemot




Terrazas de otoño

" ...y si no me quejo del dolor es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella..."

El Quijote; parte primera, capítulo VIII


Prefería recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos del fragor insoportable del verano, cuando ya podía embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme el pullover pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana beige que decían me favorecía tanto... Sólo tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la aventura o a lo que el azar deparara.
No se me olvida el año, el mes, el día, soplaba fuerte aquella mañana, se llevaba el viento las últimas simientes de estío, el polvo, las hojas, los plásticos se arracimaban en el naciente de las sillas metálicas, pero no hacía aquella impostura sino mejorar mi galante facha; se levantaban las solapas de la gabardina engallando mi quijada, héroe salvaje, un Andrea Sperelli clavando tacones, tableteaba como si pasara un convoy sobre las chapas que cubren las obras, se me abría de tanto en tanto la chaqueta de pana y yo la cerraba con parsimonia, apretándome todo hacia dentro, apresando con el codo un libro doblado de Moravia o Gozzano, como un Lazarote amarrado a su lanza. Llegué con este paso a una de mis moradas favoritas, ocho o diez meses tendidas frente a un largo de muralla romana, en el centro una torre mocha, casi irreconocible por una restauración en ladrillo rojo que la subía seis metros sobre el nivel de la plaza.
Dulce afán... Es el otoño tiempo de reflexión y donosura, el alma se abre entonces como vertida en una poza quieta, se amplía y remansa tras el rápido fluir del verano, es balsa asentada de aceite; el tiempo se lastra en éste paular inmóvil, se aploma cansado del violento transitar de los meses centrales, hacemos planes, abrimos libros olvidados, tiempo de préstamos y avales, de poesía y amores lentos como atardeceres... Languidecen en este invernadero las pasiones añorando anteriores excesos, esperan de forma inconsciente algo que de nuevo las violente, que las saque de aquella modorra en que se consumen. Es ese mismo viento que ahora barre estas mesas casi vacías, a pocos días de ser retiradas, el que nos conmueve por dentro, el que avienta sentimientos pasados y deja nuestra alma como una tabla rasa, bruñida y perfecta, lista para ser hendida.
Con la seguridad del cazador veterano, ducho en otoños y estaciones frías, vencedor de mil batallas, así también aguardaba, de nuevo en aquellas terrazas, capitán de mi mesnada, héroe que al sentarse siente rebotar en sus hombros la cabellera de las presas vencidas. Arrogante y frío me aposenté en las mesas de atrás, poco expuesto, al abrigo casi del toldo de la cafetería, un café por favor, y pensé que luego tomaría un Pernod, tal vez Cynard, que recuperaría así algo del sabor de la rue Mouffetard, del Capitole de Toulouse, de la ebriedad de aquel verano que pasé con Christine, bebería de nuevo el néctar de juventud que escancié en su pecho y que ahora intento recuperar en sorbos breves de Pernod, dulces, o de Cynard, amargos, quizá no tan breves ni afilados como sus aureolas, ni tan dulces ni tan amargos, sólo reflejo, afilado recuerdo sobre la mixtura verde de aquella copa, que era sólo cristal, recuerdo ebrio y lánguido, sólo reflejo.
A pocos metros de allí, bajo el anfiteatro que forman la muralla romana y el Palacio Real, desembarcan los autobuses que llegan al centro. Matrículas extranjeras, negras de Francia y Portugal, de provincias perdidas, blancas con un escudo del lander las alemanas, apretadas y estrechas como una fila de hormigas las italianas, muchos de aquellos extranjeros acaban allí... A menudo llegan también excursiones desde los complejos hoteleros del norte, cámara de fotos al hombro, visitas guiadas, mujeres jóvenes y maduras, solitarias todas, desahuciadas a menudo por una vida aburrida en su pequeña ciudad perdida, de su insulso lander o departamento, deseosas de encontrar algo que les saque de su cárcel se afanan en pedir aperitivos para adormecer su impaciencia. A menudo las veía consumirse, inquietas volviendo la espalda, abominando a su compañero, a su pasado y futuro, hilvanando una mosquitera de sueños que nunca podrán cumplir... Sería fácil acercarse allí y desenterrarla de entre las garras de aquel mediocre, siempre metido en el taller, en su estúpida asociación de algo...
Pero no era ya momento de aquel tipo de reyertas, lindando los cuarenta ha cambiado mi tempo, era ya cazador apacible, Nemrod discreto, más seguro y frío, en la espesura aguardaba mis presas, a buen cobijo, sin avanzar hacia ellas... Esperaba siempre solemne tras el parapeto de una novela o una fila de versos, Pavese, Eugenio de Andrade, Vallejo, como con Sheyla, Lorena o Canyoon, no recuerdo más, hubo sin cuento, y fue así, sin fogosidades ni prisas, sin audacias ni engaños de timador, cara a cara, a pie parado aguardé siempre mi suerte, la visera levantada, como recibe el valiente al enemigo en la justa... se despejó frente a mí aquella caterva de cuerpos, se vaciaban en un instante dos autocares venidos de lugares lejanos y discretos, Apulia y Aachen, soles y bosques, pero no estaba mi suerte allí... Se levantó la niebla y dejó nacer de su seno de concha marina una nueva presencia, suave y aislada, Lady Godiva brotada de medieval muralla, blanca e inerme, ajena a todo tumulto se posa con suavidad a mi diestra, a sólo dos mesas, al principio de lado, frágil el gesto, como una abeja en su cáliz se ajusta la falda y deja una carpeta larga con tiento moroso. Adivino una primera pulsión, un mirar que no mira, primera señal, zarza ardiendo, llama que no quema de Santa Teresa.
Volví a abrir un libro tres veces leído, los mismos otoños que llevaba en la ciudad, Un bello estate, ecos de veranos pasados transidos de sol y pereza, intento permanecer ajeno y releo allí donde dice, en el año hermoso en el que empezaron a vivir, y vuelvo entonces mi vista a mi nueva compañera de juegos, joven y hermosa, y pienso que la frase se le encaja como un molde a su matriz, que todos tenemos un año primero, el Año Triunfal de los fascistas o el Primero de los revolucionarios, un tiempo en que descubrimos aficiones y pavores, en el que el alma despega o se estrella en el primer saliente, en que quedamos totalmente escindidos en un antes y un después de aquello, sea verano o otoño, placer o dolor intenso lo que marque este punto... Fue aquella la primera vez que reparaba en ello; mi año hermoso debía estar lejano, mi bello estate yace enterrado bajo un limen de nombres que ni siquiera recuerdo, porque los nombres, como el lodo y las noches en blanco, se asientan, se posan sobre nuestra memoria sin nosotros saberlo, nos cubren como una Pompeya asolada de cenizas de la que sólo emergen los más altos tejados, los que más en nosotros crecieron y que sólo asoman ahora desdentados y mochos, aquí y allá Atlántidas quebradas, lejanos los restos unos de otros, cercados por un mar de rescoldos y humo, gris el suelo y el cielo, relámpagos apagados por el silencio.
Para cuando volví la vista había cambiado su posición. Se volcaba hacia delante con la carpeta abierta entre sus manos, un cuaderno de dibujo y un carboncillo con el que intenta bosquejar la muralla, los contrafuertes del Palacio, el jardín languidecía frente a nosotros. Yacía absorta, como si la tarea la alejara de todo lo que la rodeaba, se sentía más fuerte, intuí, y en esta seguridad suya sentí más deseos de observarla, de esbozar también sus perfiles hasta tener mi justo boceto, un primer hálito suyo antes de completar el cuadro, quería dibujarla también poderosa, embutida en sus caderas anchas y claras que asoman entre el jersey y el tejano, vasija que va creciendo hasta moldear un pecho breve, puede que incorrecto y maleado, bello y único.
Sonrió y se curvaron sus labios, como sus carnes blancas sus ojos claros, ,rasgándose las pupilas acuosos como un himen, como hebras de diamantes e imaginé que también se debían iluminar así, extremados de dolor y de sorpresa, tras la primera acometida. Me pareció toda ella suntuosa fortaleza, como debió Alejandro soñar también con las riquezas de Tiro o Babilonia cuando estaba a sus puertas; respondí a la sonrisa brevemente y retomé la lectura, anhelante todavía costaba recobrar el punto, no será el asedio tan largo como el de otras plazas y tú serás mi tributo, mi dulce Roxana, exótica como tantas otras, como Adeline, como Berta, dormiremos de día con las ventanas abiertas hasta que nos ciegue la luz, haremos el amor en colchones en el suelo, con el frío del azulejo en la espalda, en habitaciones huecas y mal aparejadas, beberemos tequila con salitre de mar hasta herir nuestras gargantas raspadas de noche.
Despierto, veo y no veo, no me he equivocado, ella está allí haciéndome una señal con el lápiz y el cuaderno, con su mal castellano pregunta si puede hacerme un retrato. Por trinar en aquella risa y adormecerle los ojos se cederían imperios, me tornaría traidor y cobarde, sería un Don Julián desarrapado, un cobarde Darío o rey Poro, el Guzmán que rinde su torre, acuchillaría Viriatos como Didalco y Minuro, Roma no paga a traidores, mi ángel, pero por ti todo lo vendo...
No dudé y acepté florido el dibujo, le ofrezco una silla pero al cerrar el libro me indica que siga, que en esa traza quiere que sea así, yo de lado y con las piernas cruzadas, me quiere distraído, y en eso acierta, pues quizá no hay manera mejor de leer a Pavese... Trato de cuadrarme en una pose digna, una mezcla entre Arthur Miller y un tribuno romano, y ella sigue raspando con su carboncillo la hoja, entre nosotros sólo ese cuchicheo del lápiz deshaciéndose entre la maraña de fibras del papel, y yo que me muevo inquieto, deseo levantar la vista, libar en aquellos ojos melosos que tan cerca presiento... En las pocas palabras que hemos cruzado he creído reconocer su acento, parece norteamericana, probablemente del interior, de las enormes llanuras de cereales que cruzan aquel país, ojalá sea así, son estupendas estas mujeres de tierra adentro, fieles y solícitas, fuertes como mastines... Intenté levantar la vista pero finalmente desisto, entre nosotros sólo el cri-cri del carbón, insecto que sigue excavando su túnel, y el leve rumor del viento que me abre de nuevo la chaqueta, no puedo evitar un escalofrío inquieto y me imagino ya a solas con ella, hasta siento mis manos apoderándose ya de aquellas caderas anchas, maternales, posadas en aquel pecho breve, de aureolas rosadas a buen seguro...
- ¡Ya lo tiene¡- me despierta su voz y extiende hacia mí su cuaderno- ¿Quiere verlo?
- Claro que sí...
Y le devuelvo entonces una sonrisa profunda y meditada mientras coloco el bloc entre las piernas, aparto el libro de Pavese y me acabo de colocar las gafas con pose de fingido interés... Tardé unos segundos en reaccionar, muevo el cuaderno hacia un lado y lo separo un poco, imagino que no pude controlar el rictus que desbarataba mi rostro de lado a lado. Preferí no mirar hacia la chica, notaba las mejillas encendidas como si tuviera una hoguera bajo las piernas... Entre un juego de líneas y sombras oscuras adiviné mis facciones, aquella panocha canosa, con las arrugas cayendo de los pómulos como si fuera una tartera, el pelo ralo y escaso empezaba mucho más atrás de lo que siempre había imaginado, papada de camaleón abajo y ojos mínimos, necróticos, arriba... todo coronado por una suma expresión de envanecimiento, de estupidez, que puede que fuera lo peor de aquel retrato, mi pose ridícula, engallada, que daba un toque cómico al retrato. Sentía mi cuerpo tal que si ganara peso, como si reblandecidas mis carnes empezaran a filtrase a través de las trabas de la silla. Sólo la voz de la chica me despertó de aquella pesadilla... no sé si lo hubo o sólo imaginé pero noté un deje socarrón en sus palabras.





- No sé si le acaba de gustar... pero lo que sí tiene que hacer es pagarme.

Sin pedir precio ni mediar palabra alcancé un billete que llevaba en el bolsillo y ella pareció quedar satisfecha. Se levantó y la vi perderse avenida abajo, pegada a lo largo de muralla, el cuaderno cogido por el codo, como solía llevar yo mis libros, los pantalones sueltos dejaban casi sus caderas al descubierto... Se movía con un descaro que me ofendía; no volvió la vista atrás, pensé que los saqueadores tampoco vuelven la vista hacia la ciudad incendiada.
Pagué y tomé el camino de mi casa. El viento soplaba más fuerte de vuelta, me abría la chaqueta y parecía entrar por cada intersticio de la ropa, temblaba y rehuía ojear mi figura en fuga en los cristales lustrados. Mi paso ya no tableteaba tan enérgico sobre las chapas que cubren las obras... Subí los dos tramos de la escalera y busqué con ahínco el sofá; una última mirada al retrato, boqueaba humillado y herido, el cuerpo como si lo hubieran manteado, fláccido, el yelmo deslustrado, mi cota y armadura deshechas como si me hubiera reventado el espaldar una lanza.
Me puse con parsimonia una copa y pensé qué amargos son los frutos que deja la caballería andante, y mientras bebía me fui sintiendo más y más viejo, vencido, como Alonso Quijano en la playa de la Barceloneta, rebozado en arena, inválido para más aventuras.
(c) Fernando Clemot


Barcelona

Sobre el autor:




Fernando Clemot, es el seudónimo del escritor Fernando Ruiz Paños.
Nació en Barcelona el 13 de junio de 1970. Actualmente vive en esa ciudad.


Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, 1996
Master de Edición por la Oxford Brookes University, 2000
Postgrado de Crítica Literaria en Prensa, Univ.Pompeu Fabra, Barcelona 2005
Miembro de la ACEC(Asociación Colegial de Escritores de Catalunya), socio número 615
Director de Paralelo Sur-revista de Literatura-:B-44762-04; B-20228-05 (www.paralelosur.com)


Primer Premio del Concurso Internacional Barcarola de Narrativa en su XVIIIª edición; Albacete, junio de 2002. Por el relato "Café Monchique".
Publicación en el número 63-64 de la revista Barcarola, pg. 103-110 Albacete, julio de 2004


Primer Premio del Concurso Internacional"Art Nalón" de las Letras en su XIª edición; Langreo, noviembre de 2003.

Por el relato"Los zapatos del Mayoral".
Publicación en la recopilación de relatos "Cortos, cortos", Ayuntamiento de Langreo, noviembre de 2003. Publicación en el diario La Nueva España, Oviedo, 20 y 21 de julio de 2004.

Primer Premio del XXI Concurso Internacional "Villa de Benasque"; Benasque, abril de 2005.

Por el relato "Levante"



*"Terrazas de otoño" relato publicado originalmente en la revista Archivos del Sur

imagen:
 CANDIDO PORTINARI, Dom Quixote e Sancho Pança Saindo para Suas Aventuras (Don Quijote y Sancho Panza saliendo para sus aventuras),1956
(de la muestra en la Fundación Proa)

domingo, 13 de marzo de 2011

Héctor Cediel Guzmán

Gachi Hasper



Hablando con los recuerdos



Escucha en silencio, escucha, es mi alma la que te habla; deseo que sientas, lo que siento; que rías o llores en silencio, escucha que esto es para ti. Soy un falso viajero de luz, pero sueño con la desnudez de tu paraíso. Roja es la tinta del impetuoso hielo. Arde la lengua de la estrella del relámpago, que improvisa una lluvia incesante de cantos. La blancura insondable de los misterios de tú piel, se tiende ebria sobre el fuego de los vértigos que te coronan. Estoy enfermo por los cándidos colores de tú belleza, sol de las tormentas que se devoran al sensual verano. La luna se levanta impetuosa, salpicada de rosas; estremecida por las lágrimas que suspiran, los secretos de tus recuerdos. No quiero sentirme como un muñeco de trapo, a merced de tus labios.

Creí querer de nuevo, buen comienzo para volver a amar. Creí en tus besos, en tus caricias, pero, poco a poco tu piel esponja, me hacía percibirla marchita; un cuerpo agotado, un espíritu golpeado, unos sentimientos lacerados. Sabía que no eras virgen, pero tu rostro y tu dulce voz, prometían momentos bellos a tu lado, pero ¡que desencanto al amarte!. Por amor a mí mismo, debí huir de ti y buscar una mujer que tuviera algo por conquistar. Eres una ciudad abierta al conquistador: Fría, triste, sin pasión, sin ilusión. Irradiabas un karma negativo. Observé soñando a los silencios y puse a navegar barcos sobre los hilos del pentagrama. Me encantan las madrugadas milenarias de los inviernos. La locura de los relojes. La voz de tu vientre cuando el milagro lo mancha con estrellas, así pregonen destinos fatales.

Pero... volví a ti, para no desaparecer como un aventurero o un corsario más en tú vida. ¡No funciona el forzar situaciones!, fué tú explicación. Llevo el recuerdo de tus senos y caricias, el sabor de tus labios y aún con cierto sentimiento, mi corazón ahogado exclama: “¡Lo siento!, ¡amarte es imposible!, conservemos de lo nuestro tan solo un bello recuerdo”. La soledad puede ser una muerte dotada de hermosura; por eso, te olfateo para jamás olvidarte. Desenterramos llamas con las manos, pero no pudimos borrar las cicatrices; conservo extrañas imágenes que me desvelan como campanas al aire, dentro de mis oídos.

La mirada triste se pierde, observando la muerte. Hay amores que nunca encuentran el perdón, ni el camino de regreso. Si el ayer son leños para el invierno, tal vez los conservo por eso. Me embriagué de horror con el llanto, de ese absurdo monólogo de la demencia. El silencio es la tumba de mi amor; el amor hizo realidad todo lo que imaginé, pero no encontré su alma en tú cuerpo. Fué como amar la bóveda de un cadáver. No hay peor pesadilla, que compartir con el desamor la misma cama. El encanto es un sueño peregrino, que nos condena a naufragar en embravecidas tinieblas.

El tiempo pasó, se marchitó la rosa, se perdió el diamante. No pudimos inmortalizar el fuego. Mi corazón solo conoció el amargo de los sueños. Me enfermé de la más fervorosa muerte. No le pude ganar la partida al mar, ni al destino. Una sombra manchó los colores que intenté reinventar, para desterrar de mi pecho el sino negro de ese absurdo juego de tarot; el destino invadió mis sueños, con un catastrófico fuego que arrasó, al verde amoroso de mis esperanzas. Nunca pude venerarla desnuda, por pensar en ti…

Te busqué para escuchar tus necias explicaciones y estar seguro que te había perdido. Por ti, arañe la vida y la tierra; hasta pinté de colores  las estrellas. Abrigué al frío al sentirme extraño, pero supuse que mis brazos, tampoco serían el nido para embriagarte, con versos amorosamente soeces. Jamás comprendiste y mucho menos perdonaste, lo que sentí por ellas; conspirando me salvé de la muerte o de haberme jubilado en los manicomios.

Fué inútil esperar tanto tiempo, ¡jamás sanaron mis heridas!. Imagina el infierno que fué aguardar por siempre en vano, una convocatoria amorosa tuya; con otro amor pretendiste dejarme en el tintero, pero traías el alma demasiado apesadumbrada por las silenciosas humillaciones. Para mí, siempre serás la más guapa, hermosa y bien amada. Ahora no vivimos embriagados de desconsuelos, ni sufrimos de insomnio añorando arpegios; el fulgor del amor es cenizo, cuando la vida le roba la alucinación, al amoroso infierno.  

Todo es peregrino y hoy, todo es extraño; no somos los mismos para coexistir como en un principio, ¡nada volverá a ser como antes!. Aunque sacies mi sed y me pierda buceando las noches, descubriendo el “nada-todo” hasta el amanecer. Si mañana despierto: la anhelada esperanza o un bello sueño quisiera ser. Nunca volveré a embriagarme con el vino suicida. El mar es complejo y sería mejor despojarnos de los relojes, dentro de los laberintos de nuestras madrigueras, para no enloquecer por el acoso de sus sombras.

¡Cuantas veces me ensoñé con nuestros recuerdos y viví ausente en el pasado!. Fué como si tú piel apresara, las aguas y el viento del deseo-verano ¡ardiente!. Voy a despertar mi cuerpo, con el tibio rocío de una amante, que no finja el orgasmo. Borraré con lluvia fresca todo su cansancio. No volveré a embriagarme con dolor ni a endosarle mi alma a una fulgorosa alucinación. Sé que nunca intentaré conquistar de nuevo el infinito contigo. He resistido las embestidas del fuego de muchas tempestades; pero ya me siento cansado, como los viejos lobos del mar, cuando se resignan y acuden al llamado de la querencia…

La luz de la vela desgarró la penumbra y algunas sombras. Hay tiempos de ilusión, alegrías o penas. Te llamaré, si la vida vuelve a despertar de su invernal letargo; si ese encanto que brota como aroma primaveral es falso, no deseo que lo intentemos vivir. Te amaré hasta siempre en el saqueado recuerdo; sintiendo la sensación de tus besos y caricias, como un mundo que se reconstruye sobre sus escombros. No nos sintamos envejecidos, como adolescentes faltos de imaginación. Solo cuando se desean y se aman de verdad, se desollan con bestial ternura los ardorosos amantes.

Soy un mar de tristeza, que se rebozó de nostalgia. Desearía perder la noción del tiempo, la memoria y la voluntad. Deambulo como un cometa perdido por el espacio; podría por culpa de esta loca carrera, alterar el sosiego de una ingenua y extraña estrella.

Soy ese solitario azotamundo que sabe enfrentar un whisky, un libro, un paisaje, una noche; sin más compañía que los recuerdos, que fueron borrando todas las ilusiones; como esas hojas viejas de calendario, que caen como hojuelas secas en el otoño; se fugan como románticas notas musicales o un trinar del bosque lleno de esperanzas, anunciando la primavera y días de millones de colores. Añoro una chimenea encendida, al borde de un lago sabanero, que me permita rescatar entre el fuego, remembranzas hechas razones para sobrevivir. Hoy, vivo el primer día de mi vida. Morí hace unas horas para siempre. Vivo la maldición del resucitado, a veces necesitamos desconectarnos y olvidarnos que el amor existe. Voy a contar estrellas, para patear algunas como agüero de buena suerte. ¿Como podría transmitirle a los jóvenes, que la vida es una maravillosa experiencia?. Intentaré ganarle una partida al dolor y a la belleza. Es increíble que los versos necesiten del dolor y de la tragedia, para sentir hermosa su música y más sumisa la piel de su hermosura.

Necesito sentir la sombra de una mujer madura, que jamás deje de vivir, el más mínimo momento; así sufra la angustia otoñal y la acosen los miedos o inseguridades, en todo instante; sin embargo, que no deje sin enmendar ninguna de sus decisiones, así se confunda con las sombras de los recuerdos de su primer verano. Hay caricias que no se borran, así como el primer beso nunca se olvida; luego vienen más y más, hasta sentirnos sucios y terminamos confundiendo nuestros sentimientos, ante el alud desmesurado de emociones. Algún día otros dirán las mismas palabras; se besarán en los mismos sitios; se amarán y querrán como nosotros; pero los dos ya no seremos más que un par de amargados, si dejamos de vivir la magia de “ese instante”. Un brandy despierta añoranzas y nos arranca suspiros con sentimiento, de las paredes del alma. Las flores nos acompañarán con la misma fidelidad de un perro, o un maldito libro, un maldecido cigarrillo o una mujer resignada a servirnos hasta la muerte como la mejor ama de llaves. Las relaciones absurdas envenenan al sosiego y marchitan a las esperanzas.

Voy a apagar la luz, para sentir los suspiros de la vida y escuchar los consejos sabios del silencio. Tu sonrisa narra el ambicioso sueño de un espejo, asustado por las piedras que descienden del desnudo bosque.

Jamás pude comprender como una sonrisa fué tú adiós. Las arenas movedizas siempre terminan por derrotar al cuerpo. No comprendo el por qué otros viven la felicidad, que debió ser nuestra; sin sentir lo que siento por tí. ¿Morderá el otoño, la sombra de los leones?.  Recordar no basta, así como llorar o inventar sonrisas, para confundir los sentimientos y retener por piedad, a un amor imposible; cuando un amor se va, nunca será el mismo si regresa. Las mujeres pueden tejer sueños con los mitos del dolor que silban en los oídos, como la violencia que persiste en el curioso infierno cuando las azota. El amor no son solo auroras, ni los lutos tragedias; siempre será una furia fresca de música, el color púrpura de los relámpagos, la lluvia ciega de las campanas, el canto amoroso de los sueños. Recuerda: antes de regalar una ilusión, borrar de tus labios mi nombre, ya que no me dejaste hacerlo. Todo el esplendor de las cóncavas cumbres, se borran con el agua del crepúsculo. Escucha el susurro del viento…el amor siempre habla en voz baja; es la sabiduría oculta de los silencios de Dios.

Recuerda aquel día de desesperación, en el que creí que había muerto el sol y la rosa. Los cabellos se encendieron con el repique de los bronces y las cenizas del tiempo; sentía como si me hubiese hartado el salvaje olor de tú carne, con la pasión, con tus besos y las utopías ígneas del fuego. Los colores de los vitrales, esculpieron poemas, con el resplandor de los versos ofrendados. No me sentía ni aquí, ni allá, ni en ninguna otra parte. La sangrienta soberbia se disgregó en el tiempo. Tampoco encontré un lugar en ningún período de espacio, ni en otra época. Creía que se habían podrido las estrellas en el cielo y que las rosas se habían secado como naturaleza muerta. Desterré la esperanza del brillo de mis ojos; como si las canciones cayeran heridas de muerte, flechadas por el doloroso desencanto. Los nombres más amargos se hundieron en el mar como piedras. No pude soportar más un “hasta nunca”. Conjuré una tormenta de arenas del desierto, mientras aguardaba, el tiro de gracia del invisible dolor. Creí que era demasiado tarde para amar de nuevo. La soberbia de la puerta de tus labios, inexplicablemente se cerró. Fué como si lo mejor de mí, hubiese quedado enredado en labios, sabanas y cuerpos. Sentía latir mi corazón a paso fúnebre, o como el de un corcel sin monta ni comandante. Solo coronas de flores sin esperanza, ninguna de laurel, ni orantes piadosos con fervor. Como dije: “Había muerto el sol y la rosa”. ¿Acaso no te había olvidado?. Se incendiaron los colores de la soledad,  con la locura de las llamas que arruinaron mi destino.

Amor, a veces pienso que me avergonzaba quererte y ese es el precio que me cobra la vida. Los caminos del invierno son ciegos. Siento como si el amor por ti, hubiese sido fruto de un ridículo capricho. El amor debe vivirse como un mundo de un surrealismo fantástico; no sé si fue buena idea ilusionarme o ensoñar mañanas a tu lado; hoy con toda razón me niegas, como si la vida también contara hasta tres veces. Tus ojos no soportan la sal que los azota;  igualmente soñé como ayer, que nuestro amor  iba a ser eterno; me dolerá partir cuando llegue el inevitable día. ¿Quién se beberá el vino de tu jardín?.  Sé que tengo que desembrujarme del encanto de tus caricias; sé que no  podría aprender a olvidarte, ni a odiarte. Escucha el bramido impetuoso de los metales, inventando una dolorosa agonía del alma, para robarse un espacio en la inmortalidad.

Voy a desencantarme, caminando bajo la lluvia, hasta perder mi nostalgia en las huellas de mis pasos. Desaparece el color del rostro de los muertos. Voy a alejarme, hasta borrar los motivos de mi tristeza. Morderé palabras hasta sangrar y salvar ese poco de dignidad, que conservamos los miserables. Dejaré algunos versos en tus manos, para que recuerdes que fuiste insensible como una piedra y que heriste mi amor de muerte. Las premoniciones del fuego blanco, me hablaron de extrañas aventuras; que me pararían al borde de la tumba, a aguardar el cañonazo de gracia, ¡el misericordioso!.

Te amo y te amaré hasta siempre. Intentaré salvar tus sueños con el resplandor de la luz de mi muerte. Dejaré que tus manos reinventen un amor, con la diabólica lucidez de la desnudez. Cada día el verano garabatea un corazón ebrio con alas. No sé si pueda volver a levantarme después de este invierno. Te amo y te amare hasta siempre. Sé que me estas suicidando, y sin embargo deseo decirte: ¡Gracias!

TU PERRO VAGABUNDO

(c) Héctor Cediel Guzmán

Bogotá 

Colombia

imagen:

Gachi Hasper
Colección Alberto Goldenstein
(de la muestra en la Fundación Proa)