domingo, 17 de abril de 2011

Magda Lago Russo



Todo tiene su tiempo…


                                                            “En este mundo todo tiene su hora,
hay un momento para todo cuanto ocurre”
Eclesiastés  (  3.1 – 12.8 )
                                                                               
Cada paso que daba, dejaba una huella casi sin forma sobre la tierra húmeda, sabía que cada avance podía ser la promesa cumplida y la desdicha de la venganza.
Su mente se había nublado no pensaba  nada, ni los ruegos de su mujer lo  hicieron desistir y totalmente obnubilado por el dolor, comenzó la caza del hombre. Trepaba por las piedras hiriendo sus tobillos y rasgando sus pantalones que mostraban los jirones de otras escaladas. El camino por momentos se tornaba angosto y sus pies aplastaban las yerbas sintiendo como se clavaban las espinas. No podía detenerse el tiempo se agotaba Faltaba el aire y su pecho se sofocaba reduciendo su carrera, el camino se tornaba difícil  la maleza le cerraba el paso y a fuerza de machete la separaba, la fatiga le iba restando horas.
El ánimo se  le quebraba al no ver el fin. En el cielo se perfilaban las nubes entre los contornos de las ramas desnudas. En su afiebrada carrera los pensamientos se le mezclaban, veía el cuerpo muerto de su hermano tirado a la orilla del arroyo, mientras que de su pecho brotaba una rosa roja que se deshojaba en  pétalos que le cubrían el torso semi desnudo.
Percibió a la distancia como una  sombra se escurría perdiéndose en la oscuridad del bosque, conocía ese  andar oscilante, sabía a  quien pertenecía.
Tenía conocimiento, que ambos amaban a la misma mujer,   ella amaba a su hermano Andrés. Por eso la muerte, por eso la venganza, por eso la caza del hombre.
 En su delirio pensaba que cuando se encontraran, el otro  le pediría perdón, entonces él le iba a dibujar  una rosa en el pecho. No oiría sus súplicas      Casi sin darse cuenta llegó el fin del camino, lo seguía una especie de planicie y más allá se veían las casas. La noche de una intensa negrura se iluminaba con  tres o cuatro faroles, mientras de las chimeneas salía el humo de los rescoldos. Miró hacia la casa que emergía frente a él, sus paredes desiguales eran la muestra de que fueron hechas a destiempo. Unas resquebrajadas por los años donde el musgo se había adueñado de sus entrañas. A las más nuevas la cal les daba una luz diferente.
A él no le importaba el aspecto de la casa, quería ver, saber si el otro estaba allí. Metió los pies en la tierra removida y como pudo se acercó a una de las ventanas. Pudo ver dos niños sentados a la mesa de descuidado  aspecto que bebían de jarros de hojalata ennegrecidos por el carbón de las hornallas.  El mobiliario era muy precario, una cama con sábanas revueltas, desaseadas, del hombre ni rastros. Sabía que esa era su casa, lo que no sabía era lo de los niños.
Los observaba tomado de los barrotes de la ventana y agudizaba la vista, eran pequeños entre cinco y seis años, de caras tristes. Recordó entre la niebla de su mente que la gente del pueblo hablaba de una mujer que los había abandonado por no soportar el trato inhumano del hombre.
 Por eso él debía hacer justicia y vengar a todos, a su hermano, la mujer... ¿y los niños? 
No era el momento para pensar en ellos su misión era otra, encontrar al hombre, sabía que él lo buscaba.
¿Hacia dónde? Más allá de las casas estaba el río, seguro había huído por allí para no dejar huellas.
La  noche se había cerrado y el frío lo entumecía pero no había tiempo para el descanso, debía seguir y cumplir con el juramento que  había hecho sobre el cuerpo sin vida de su hermano.
Tenía que cruzar el río no había otra salida, con suerte lo encontraría en algún rincón del monte que le ofrecía una espesura casi impenetrable.
Despacio comenzó a caminar, lo oscuro del lugar lograba  que no apreciase mucho, sus ojos se iban acostumbrando. Sintió el frío del agua rozándole los tobillos,  sabía que el cauce no era hondo, siguió lento.
Trató de cruzarlo en línea recta, el frío  adormecía sus pies y lo sosegaba en su marcha.
Recordaba a su hermano tirado con el pecho abierto y la furia le daba las fuerzas necesarias, tenía que encontrar al hombre que había tronchado su vida. Se había lanzado a perseguir al hombre, sin  piedad.
Tenía que esperar el amanecer, no podía lanzarse así a la deriva sin ver lo que tenía por delante. Retrocedió y se sentó, su cuerpo se estremeció con el contacto de la tierra fría.
Trató de dormir, su mente se negó, un torbellino de pensamientos y recuerdos, se mezclaban. El otro también estaría cansado en su huída y habría encontrado un lugar para pasar la noche, tenía que esperar la luz.
Se acostó sobre el lecho que la tierra le ofrecía, vencido por las emociones y el propio cansancio, se durmió.
Sin hacerse esperar las pesadillas acudieron para deshacer sus intenciones.
La imagen de los dos niños arrodillados, suplicantes, pidiendo por un padre casi desconocido. Gruesos lagrimones corrían por sus mejillas que se diluían a ambos lados de la boca. A través de su escasa ropa podía ver algunas marcas violáceas en brazos y piernas.          
Formaban un ovillo a sus pies, se tomaban de sus piernas  para que no avanzara y ante el menor intento de irse,  volvían a las súplicas.
Ante el silencio, los niños volvían a los ruegos y las lágrimas. Sus fuertes brazos pretendían desarmar aquel enredo lloroso y harapiento  que cada vez se adhería más a él y lo dejaba  inmóvil.
Cuando la  débil luz del sol se asomó,  despertó, se levantó agarrotado el cuerpo, el silencio lo envolvió
Miró hacia el bosque, mostraba algunos claros, no sabía cómo los sueños y pesadillas acudieron a su mente. Veía a los niños confundidos con la imagen del fugitivo. Recordaba  el desamparo de los niños,  se quedarían solos e irían quizás a un orfanato, si nadie los cobijaba.
Le habían enseñado que Dios era justo, él creía en ese Dios,  admitía que debía confiar en él. Volvió a sentarse,  se tomó la cabeza con las manos, por primera vez sucumbía su firmeza, necesitaba  justificarse, pensaba en los años de cárcel que le esperaban o quizás la muerte porque el otro se iba a defender. Existía una justicia humana.
Miró hacia el bosque iluminado ya por el sol, emprendió el camino de regreso, que  lo llevaba  hacia la vida y lo apartaba  de la muerte.
Sintió que desde el más allá  su hermano le sonreía.

(c) Magda Lago Russo

Montevideo

Uruguay


imagen:


Jesús Rafael Soto
"Permutation", 1955
Sotomagie s/n
Serigrafía sobre poliestireno y plexiglás
Colección particular


                                                                                    

sábado, 16 de abril de 2011

Araceli Otamendi





La Tortuga

Cuando la luz se apagó,
Ella me dio su calor,
Y oró a los ángeles
Para cubrirme del mal
A la reina de los ángeles
Para cubrirme de todo mal

                              Edgar Allan Poe

Hope is the thing with feathers –
That perches in the soul
And sings the tune whitout the words
And never stops – at all

And sweetest – in the Gale – is heard
And sore must be the storm
That could abash the little Bird
That kept so many warm

I´ve heard it in the chillest land
And on the stangest Sea
Yet, never, in Extremity
It asked a crumb – of Me.
                     
                                 Emily Dickinson

Por lo general, de noche, después de comer, Nicolle ordena los libros que leerá mientras Rafael se entretiene con sus juegos matemáticos. A veces Nicolle se pregunta cómo es que Rafael no resolvió la cuadratura del círculo. Pero eso solo pasa algunos segundos por su mente también ocupada en otras cosas.
Esta noche no tiene por qué ser una noche distinta, todo parece estar en orden: las cortinas corridas, el programa favorite de Rafael se ve bien, la comida a punto, ni demasiado cocida ni demasiado cruda, no hace ni demasiado frío ni demasiado calor. Rafael ha sido amable esta noche, casi no ha discutido con Marco. Marco es distinto, de Nicolle y de Rafael. Le gusta el raro mundo de los sonidos del que ni Nicolle ni Rafael participan. Marco escribe poemas y les pone música, o escribe música y le pone letra. Nicolle es callada, como su abuela. Como lo fue también su bisabuela que siempre vestía de negro y pasaba horas sin pronunciar palabra. Tal vez a Nicolle le quedó eso, de estar callada, leyendo, sin comunicar a nadie nada de sus pensamientos o sentimientos.
A veces Nicolle se pregunta cosas, por ejemplo respecto a las galaxias desconocidas o a las supernovas que no existen más y sin embargo llega su luz a la Tierra, como tampoco existen más su abuela ni su bisabuela ni su padre salvo en su memoria en las fotos y Nicolle se pregunta dónde estarán, qué ha pasado con ellos. Muchas veces le gustaría no tener interrogantes.
Esta noche los retratos colgados de la pared están serios, parecen no tener nada que decir. Hay uno de ellos que mira de frente: el de la bisabuela. Mujer menuda, de carácter firme, labios apretados, mirada profunda. Un rayo de sol se filtra desde los árboles y da en su pelo. Es una foto curiosa que intriga a Nicolle. ¿Debería haberlo descolgado? Y sin embargo sigue ahí.
El perro duerme sobre la alfombra del living. Es un perro pastor belga de piel sedosa color café claro y ojos color champagne. A veces Nicolle se pasa más de media hora acariciándolo, otras veces lo hace Rafael, casi sin ganas. A Rafael no le gustan mucho los animales, prefiere sus teorías, tan abstractas.
Cuando Marco, el hijo de Nicolle y de Rafael está en casa, lleva de noche el perro a su habitación y lo deja dormir a los pies de la cama. Cerca del perro, sobre un sillón duerme ahora un libro de cuentos de misterio que Nicolle leerá más tarde. Le gusta leer esos cuentos, sentir el miedo, la adrenalina corriendo por sus venas, le gusta sentir el corazón galopando en el pecho como un caballo salvaje. Y también le gusta desafiar la inteligencia, el ingenio, jugar a que descubre el crimen de cada cuento antes de que lo haga el detective.
Había heredado esa afición de su madre, y de su padre, pero más de éste, a quien le gustaban los cuentos de Edgard Allan Poe, Carter Dickson, John Dickson Carr y Georges Simenon. Su padre también leía a Kafka y a Cervantes, le apasionaba este último. Después de comer tomaba uno de los tomos del Quijote y leía, leía. Nicolle se preguntaba a veces por qué leía tanto. Y él a veces le contaba historias de Don Quijote y de Sancho Panza. Pero Nicolle prefería a Kafka, “La metamorfosis”, era el libro que más le intrigaba.
Sólo falta el gato adentro de la casa para que la armonía sea completa. El gato amarillo con manchas semejantes a las de un leopardo, ha salido por la ventana. Le gusta subir al techo y de ahí pasar a la casa de al lado. Muchas veces Nicolle lo escucha caminar por las tejas, le parece entonces que los pasos del felino son los de un ser humano. Nicolle prefiere no despertar a Rafael para decirle acerca de los pasos. Seguramente si lo despertara no obtendría más que un bostezo. El asunto termina cuando el animal se anuncia con insistentes maullidos en la puerta que da al patio y entonces Nicolle respira aliviada y la casa recobra la tranquilidad. Esto no es agradable cuando Nicolle se queda sola en la casa y es de noche tarde. Entonces los pasos felinos se confunden con los de otros gatos con quienes se trenzan en luchas cortas, en maullidos agudos, tal vez en mordiscos que a Nicolle le parecen interminables y sólo ruega entonces que el teléfono no suene y ningún desconocido pregunte por alguien que no vive ahí. También a veces el viento empieza su cíclico deambular nocturno, arrastra hojas secas, mueve la ropa colgada, se embolsa en ella, adopta formas humanas, desinfla los pulmones sobre el techo.
El padre del gato es de raza oriental y la madre una gata silvestre. Tao apareció un día en el patio, seguramente desde alguna casa cercana y Nicolle lo adoptó. Jamás nadie del vecindario ha hecho reclamo alguno.
Ahora con la jarra negra de la leche en la mano, Nicolle abre la puerta y lo llama:- Tao, Tao, la voz suena casi afónica. Es un barrio tranquilo, residencial donde los vecinos a veces ni se ven la casa. Donde se pueden cultivar rosas e intercambiar mermeladas caseras por arriba de los cercos de ligustrina que separan un jardín de otro. Pero a Nicolle no le gusta fabricar mermeladas ni siquiera tejer. Prefiere leer en los ratos libres o tal vez, no hacer nada. Tal vez ir al río, algunas veces, cuando el mar avanza y las aguas se mezclan y ya no se sabe cuál es el río y cuál es el mar. El mejor paisaje se ve a la tarde, cuando el cielo parece bajar hasta el horizonte y las nubes se arrastran y adoptan formas diversas, de animales, centauros y ovejas. Lo mejor de todo es ir hasta Punta Ballena, es algo lejos, el agua ahí es azul, bien azul.
Vertió la leche de la jarra negra en un plato, ahí en el piso del patio con la esperanza de ver llegar a Tao, sin embargo Nicolle vio algo que antes no estaba. Al lado del plato había un balde de plástico de color rojo oscuro. Se acercó, en el balde flotaba algo oscuro en el agua también oscura como la noche que parecía ocuparlo todo. El patio estaba apenas iluminado por las estrellas que a Nicolle le hubieran parecido la constelación de Orión, si hubiera mirado hacia arriba. Antes de ver lo que vio, Nicolle se preguntó qué era lo que hacía de cada noche una noche distinta. Pensó entonces en las constelaciones. Demasiado tarde para estudiar astronomía, pensó. No quería ser como Bouvar et Pecuchet vindicados por Borges. Nicolle se acercó al balde con cuidado: en la superficie del agua, flotando, vio una sombra semejante a la de un animal. Miró la puerta de la cocina: a través del alambre tejido veía la luz, la organización perfecta de los muebles, la mesa y las sillas, la heladera con freezer, la jarra amarilla con lilas ferescas, las baldosas negras y blancas donde, a no ser por la superficie demasiado grande, se podría haber jugado a las damas. Por la pared trepan las rosas del rosal que Nicolle plantó embarazada antes de nacer Marco y en la medianera una enamorada del muro extiende sus ramas tapizando húmedamente de verde la pared cubierta varios años antes de cal. Decidida, aunque no sabe cómo, se anima a tocar lo que flota en el balde: le parece una tortuga. La toma con una mano y la saca del agua. El agua se escurre enseguida y Nicolle siente un escalofrío. Parece un corazón, es carnosa, casi un músculo sin caparazón. Tiene un latido extraño, pausado y violento como una arritmia. ¿Quién la habrá despojado de la caparazón? ¿La habría perdido? Surgen más preguntas por ahora sin respuestas.
La tortuga parece muerta pero el corazón late. No estaba segura y lo más espantoso era la ausencia de caparazón. Podía ser una pesadilla, pensaba. Cualquier respuesta parecía válida.
¡Rafael! ¡Rafael! Llamó. Pero en lugar de Rafael apareció en el techo la silueta de Tao quien de un salto cayó casi sobre el plato. El gato olio el líquido espeso y blanco y lo bebió a sorbos. Algunas gotas de leche quedaban pegadas a los bigotes largos como cañas de pescar. Nicolle no se mostró sorprendida al ver a Tao: a no ser por la reciente aparición de la tortuga la armonía hubiera sido perfecta, casi como una jugada de ajedrez: cada jugador en su casillero sabiendo cómo moverse, esperando la jugada del adversario para moverse a su vez. Pero algo había roto esa armonía y ese algo podría llamarse tortuga, no estaba tan segura.
Nicolle, sostenía a la tortuga en la mano y la miraba, quería descubrir si el desgraciado animal aún vivía y el monstruo seguía latiendo. Se preguntaba quién podría haberle quitado la caparazón.
-¿Qué pasa? – preguntó Rafael. -¿Qué pasa, mama? ¿Por qué gritaste así? – dijo Marco asomándose por la ventana de la planta alta.
- Miren – dijo Nicolle sosteniendo a la tortuga como si fuera un conejo.
Rafael desde abajo y Marco desde arriba hicieron un gesto de repugnancia. ¿Quién pudo haberlo hecho? – dijo Nicolle.
-Sacála de acá ahora, dijo Marco. Dejála en el balde, mamá, donde estaba. Mañana voy al río y la dejo ahí.
¿Por qué? – dijo Nicolle. A lo mejor está viva, descerebrada, descaparazonada, pero viva. A lo mejor podemos encontrarle la caparazón, o ponerle una artificial. Rafael tomó la tortuga con la mano. Parece de barro, dijo, de barro petrificado.
-          A mí me parece de goma, dijo Marco, de neumático.
Ahora Marco estaba abajo, junto a ellos. Por favor, tenemos que encontrar una solución, dijo Nicolle. Es un monstruo en un balde de agua ¿por qué te preocupás tanto? Es que anoche, anoche soñé con tortugas – dijo Nicolle.
Marco largo una carcajada. Mamá, vos no tenés remedio. Porque soñaste con tortugas esta noche se te apareció una en un balde. No sé, Marco, no sé. ¿Y si esto también fuera un sueño? Mamá, estoy harto, me voy a dar una vuelta.
Andate si querés – dijo Nicolle.
¿Por qué no vamos a ver televisión? – dijo Rafael. Yo no me voy de aquí hasta resolver esto. Quiero encontrar la caparazón de la tortuga, saber quién dejó este balde en el patio. Si nadie puede entrar aquí a menos que pase por la cocina. A no ser, ¿a no ser qué otra cosa? Quiero recorder el sueño, dijo Nicolle. Hacé lo que quieras, yo me voy a dormir, dijo Rafael.
Nicolle dejó la tortuga en el balde, entró a la casa y trató de no pensar más en el animal. ¿Y si todo fuera un sueño? Ahora se había acostado en su sillón favorite cerca del perro y sostenía el libro. Empezó a leer. Había soñado la noche anterior con Tortugas. Estaba en una calle, de un pueblo, de un balneario. La calle se inundaba por el mar crecido y ella quedaba sumergida en el mar. Y ahí las veía venire: eran miles de Tortugas acuáticas, enormes, limpias, junto a peces. Venían nadando rápido. Era extraño ver ese espectáculo debajo del agua.
Pensaba refugiarse en algún lugar. Entonces, encontró un pasadizo en la arena, era un túnel. Se internó en él. Era un túnel transitado ya por mucha gente, habían dejado su huella en la arena húmeda. Caminó por el pasillo estrecho hata que llegó a un lugar abierto. Seguramente otro lugar del pueblo, pensaba. Una estación de tren. Mucha gente esperaba ese tren, también mucha gente se había acostado a dormir en las vias. El espectáculo asustaba. Nicolle siguió camino. Cerca, un hilo de agua marina llegaba hasta la arena. Se detuvo, ahora venían delfines nadando por ese hilo de agua, como trenes precisos, por una vía líquida. Eran muchos. Inteligentes, jóvenes, sanos. Nadaban a una velocidad incredible. Nicolle estaba en un lugar extraño, casi fantasmal. Enseguida apareció un omnibus, seguramente traía o venía a buscar turistas. Nicolle pensó en qué pasaría con tantos delfines. Entonces apareció el chofer del omnibus y abrió la puerta. También abrió la puerta del baúl: en éste había agua de mar y los delfines subieron y se acomodaron. ¿Qué había pasado con las tortugas? Tal vez jamás lo sabría. Lo interesante eran los delfines, cómo llegaban rápidamente y se ubicaban en ese omnibus cargado de agua de mar.
Tao, el gato, había terminado de beber la leche y ahora maullaba para entrar en la casa. Nicolle recordó que la tortuga o el monstruo, como había dicho Rafael, estaría en el balde, donde la había encontrado. Podía ser un sueño, tal vez sí, o tal vez no. Pero por ahora, la tortuga estaría en su habitat si es que nadie la había sacado de allí. Mientras hubiera agua en el balde la tortuga resistiría, si es que estaba viva. Ya no tenía certezas. Nicolle abrió la puerta de la cocina y el gato entró rápidamente. Nicolle miró apenas la superficie del balde: el monstruo estaba ahí flotando, latía como un gran corazón oscuro. Nicolle cerró la puerta de la cocina con doble vuelta de llave. Verificó que todo estuviera en orden: las cortinas corridas, el reloj de pared funcionaba, el motor de la heladera hacía ruido como siempre. Solamente faltaba que volviera Marco de dar una vuelta.
Nicolle fue a buscar nuevamente el libro de cuentos de misterio. Lo abrió en la página donde había detenido la lectura. Pensó de nuevo en la tortuga, o en el monstruo.
También pensó en la caparazón que le faltaba y en que tal vez hubiera un monstruo más grande aún que esa tortuga y sería el que le había arrancado la caparazón y no se sabía dónde estaba. O tal vez el monstruo no existía y la caparazón se hubiera desprendido de la tortuga. Tal vez no sea todo nada más que una pesadilla, un nuevo animal que se suma al bestiario del espectáculo de los sueños. Tal vez, más tarde, vuelva a soñar con ella, encerrada en el balde de agua, oscura y espesa, latiendo arrítmicametne, en la oscuridad de la noche, seguiré interrogándome, tal vez sin respuesta.

© Araceli Otamendi 

imagen: Esteban Lisa

martes, 12 de abril de 2011

Ricardo Iribarren



El accidente

Al cumplir dieciocho años, mis padres me permitieron ir al café de la esquina. Ansiaba amanecer bebiendo ginebra, sentado a una mesa de madera llena de arañazos y leyendas de otras épocas. La mesa por la que habrían pasado tantos solitarios. Aquel primer día leí con devoción las letras de tango escritas en las paredes y miré en detalle las fotos de los cafés más famosos de Buenos Aires.

Así empezaron los años anteriores al accidente. El café me atraía, pero despreciaba a los viejos alcohólicos, blancos, gordos, como enormes peces muertos que jugaban al billar, bebiendo copa tras copa y ocultando sus vientres enormes debajo de camisas descoloridas. Yo me asomaba desafiante a la vida. A través del ventanal, esperaba el vuelo del gorrión en la vereda; escuchaba los pregones de los vendedores de periódicos; anticipaba los camiones de la basura y los policías que cambiaban de ronda. Solía deleitarme con imágenes de mi futuro. Aunque había abandonado tres carreras, tenía claro que iba a ser alguien, como repetía diariamente mi familia.

No sé cuándo la vi por primera vez. En esos años hubo temporadas lluviosas y frías, pero también primaveras con los días más largos y estallidos de sol en los veranos. Sin embargo, la asocio a la lluvia, a la niebla, a la humedad; al sentimiento de opresión que acompaña los días grises. Tengo la inexplicable certeza que en ese paisaje cobraba sentido su ropa: vestido hindú de una pieza, propio de los sesenta; una chaqueta rojo pastel que ajustaba su torso y cubría el talle; falda larga cubriendo las rodillas y zapatos negros con una hebilla que cruzaba los empeines. Caminaba de costado, apuntando con la cabeza hacia el este de la ciudad, emergiendo de un universo donde la llovizna lustraba fatalmente las aceras, las alcantarillas y los cantos rodados del asfalto



Durante algún tiempo la miré indiferente, hasta que sus ropas me llamaron la atención; con el camarero del café hice una broma sobre una chica que vestía raro. Él rió y dijo que no la había visto. Entonces su cruzar apurado se convirtió en una de las tantas rutinas, como las picadas, el café, la ginebra y el rumor de los viejos obesos que no dejaban el billar.
La esperé día tras día, mirando atento el reloj, temeroso de su retraso. Apenas las agujas marcaban las siete y cuarto, aparecía sorteando las mismas piedras, los mismos charcos, y cuando estaba en la mitad de la calle, sin la sombra espesa de los edificios, podía ver parte de su rostro; perfil alargado, nariz curva y tan sólo uno de sus ojos que parecía mirar desde el fondo de un lago.




Aquello no alcanzaba para decidir si era hermosa. La chaqueta sobre el vestido cubría los pechos y las nalgas. La falda amplia y larga ocultaba la forma de sus piernas. Sólo en el caminar podía apreciar el balanceo gracioso de sus caderas.
Pasaron los meses y cada día estaba más atento a su llegada. Cuando atravesaba la esquina y la dejaba de ver, mi corazón se aceleraba y no podía controlar el temblor de mis manos. Quedaba cansado, como luego de un gran esfuerzo y tardaba un rato en reponerme.



En la zona había algunas empresas de costura; quizá trabajara en una de ellas. El vestido de la India y la chaqueta masculina no correspondían a una tarea administrativa, pero era posible que llegara a un sitio y se cambiara de ropa... Llenaba servilletas de tratando de establecer el destino de la desconocida. Durante mucho tiempo guardé los apuntes con mis especulaciones.



Mujer casada que acude a visitar a su amante.



Mujer que lleva la comida a un familiar en la cárcel de Caseros (Uno de los buses que recorría la avenida, llegaba hasta allí)



Prostituta que baila desnuda para un viejo que no hace otra cosa que tomarle fotos

Un compañero del café se dedicaba a entrenar niños para competencias de atletismo. Pedí prestado su cronómetro y durante dos días calculé en segundos y en décimas el tiempo que tardaba en cruzar la calle. Era exactamente el mismo Pensé que había un error, que no podía repetir la marca. El tercer día también lo hizo. Entonces advertí que los coches se repetían: una rastrojera despintada, un Polo blanco, un Regata azul, y un par más que no pude identificar.





Decidí no ser un espectador y esperarla en la cabecera de la diagonal donde debía aparecer. Era el primer día del otoño y lloviznaba. Llevé el cronómetro y medí los segundos. Según mis cálculos, cuando el semáforo cambiara a rojo cruzaría yo, y en el rojo siguiente lo haría ella. Me detuve cerca de la esquina y miré atentamente los transeúntes. Dos ancianos, una mujer de mediana edad y un par de adolescentes. La desconocida debía aparecer completando el minuto cuarenta y seis segundos más dos décimas, ese record inamovible que jamás llegaría a las oficinas del Guiness, a los periódicos o a la televisión.

Al superar el tiempo establecido, pensé en algún desajuste en el semáforo, o un exceso de transeúntes. Cuando pasaron diez minutos sin novedad, me asomé. Un grupo de personas cruzaban y se dirigían hacia mí, pero ella no estaba.

Algo había salido mal y caí en una profunda e inexplicable depresión. Sentí que todo había acabado, que el universo se detendría en cualquier momento. Después de dos días sin comer, bañarme ni levantarme de la cama, acepté el caldo que diariamente me traía mi madre y me sentí mejor. Fui al baño y me miré al espejo: demacrado, con señales de sufrimiento en el rostro. No debía regresar al café. Esa desconocida me obsesionaba. En el cuarto día almorcé con mi familia y anuncié sonoramente que volvería a estudiar, pero sólo recibí miradas de escepticismo.



A la noche soñé con ella, desperté a la madrugada y partí hacia el bar. Llegué antes de las siete, pedí una ginebra y me senté junto a la ventana. De pronto apareció, caminando apurada como siempre, mientras cruzaban la calle el Regata y la rastrojera. Me levanté y salí del café dispuesto a hablar con ella. En ese momento la falda hindú dobló la esquina y no la seguí. Su presencia me había devuelto el ánimo y pensé en una estrategia para abordarla. Volví al café y me acerqué a los viejos reunidos alrededor del billar.



Braulio, tú tienes una camioneta

Tengo una chatita



No seas anticuado. Chatas eran las de antes, las que se arrastraban con caballos. Tú tienes una camioneta vieja, hecha mierda, pero camioneta. Necesito que me hagas un favor



¿Algún flete?



− No. Debes estar a las siete de la mañana en el semáforo de esta calle. Una mujer va a cruzar y la vas a reconocer porque viste ropas muy raras, una falda hindú y un saco...



¿Falda hindú? ¿Qué es eso?



Un vestido largo y una chaqueta de hombre



¿Qué? ¿Te buscaste una mina medio rara?

No, Braulio, lo que tienes que hacer es detenerte junto a ella, como si no la hubieras visto. Tu camioneta tiene buenos frenos. Esperamos que se asuste, que te diga algo, quizá te insulte, y es ahí donde intervengo yo. Soy un desconocido que la ayuda, ¿me entiendes?



Ya veo, te la querés levantar...



Braulio no estaba convencido. La camioneta tenía buenos frenos, pero era un riesgo. Lo persuadí con un billete de veinte pesos.





Yo voy a estar en la vereda, y cuando ella cruce tú avanzas y frenas casi rozándola ¿Me entiendes? ¿Te animas?



Repetí la pregunta muchas veces y en todas Braulio abría sus ojos y movía las orejas al responder que sí.

Esa noche no dormí y antes que amaneciera ya me había vestido, temblando de excitación. Estuve en el café a las seis y para entonarme tomé dos aperitivos y comí ansiosamente un salamín acompañado por queso en trocitos. A un cuarto para las siete estuve en la acera, a una distancia discreta de la senda peatonal, el lugar exacto por el que cruzaría. Mi corazón latió con fuerza cuando vi a lo lejos la camioneta de Braulio y escuché el ruido traqueteante del motor.



Ella se detuvo a unos diez metros de donde la esperaba. Llovía. El cielo estaba cargado de nubes y los relámpagos y los truenos estallaban cada cinco minutos. Curiosamente recuerdo el calor del sol corriendo por mis manos y mi cara. La miré con atención, sin disimulo. El vestido era el mismo, sólo que había cambiado de calzado. Sandalias de cuero marrón en vez de los zapatos cerrados con hebilla. Era delgada. Su nariz formaba un ángulo extraño y el carmín apenas delineaba sus labios. Esperó el cambio del semáforo junto a los otros transeúntes. Lo único que alteraba la escena era la trompa de la camioneta de Braulio junto a la rastrojera



Al sentir que la miraba, levantó la cabeza y me observó asombrada. Sonrió. Sus dientes eran perfectos y su sonrisa pareció llenar mi sangre. Levanté la mano y ella contestó el saludo. De pronto se volvió; el semáforo estaba en verde. Se dispuso a cruzar y unos metros más allá, Braulio avanzó con su camioneta.

¡No! — grité, pero siguió caminando apurada, inclinada hacia un costado, repitiendo el movimiento de siempre



¡No...!



Braulio marchaba hacia ella; debía detenerse, pero no lo hizo. La embistió y la arrojó hacia adelante y hacia arriba. Voló como un globo de gas hasta convertirse en un punto entre las nubes grises. Bajó planeando al compás del viento y golpeó con violencia contra los adoquines. Rebotó tres veces y quedó inmóvil.



¡No!



Otro automóvil pasó por encima de su cuerpo y los huesos crujieron. La gente iba y venía sin advertir nada. La camioneta de Braulio siguió y se detuvo en la esquina, como esperando. Los demás coches continuaron, hasta que el semáforo volvió a cortar. Corrí hacia el cuerpo que se agitaba torpemente en el asfalto. Me arrodillé junto a ella. Tenía los ojos abiertos y un hilo de sangre caía por su comisura. Había perdido una sandalia y su falda hindú estaba sucia. La tomé de la espalda y me miró fijamente

      No tengo tareas que cumplir... — la interrumpió un estertor — Tú tienes de sobra, aún para guardar. Soy una niña que no sonríe todavía. Siempre desamparada, como quien no tiene un hogar...



No digas eso murmuré. Escuché el chillido de unos frenos a pocos centímetros. La gente se agitaba a mi alrededor Quédate tranquila — agregué con una voz que me pareció hueca Están llamando a la ambulancia.



Aquello no tenía sentido. Se estaba muriendo y nadie hacía nada.



Yo soy pobre siguió ella — Tengo la mente de una loca. Tú eres claro y brillante. Yo soy como una sombra. Tú estás seguro de ti . Yo caigo como la tarde y me muevo como se mueve el océano…



Perdió consistencia y mis dedos atravesaron su cuerpo que vibró y se deshizo dejando en mis manos el vestido y la chaqueta. Unos segundos después se convirtieron en líquido y fluyeron por el declive de la calle hacia la abertura de las cloacas. Levanté la vista. Un policía me miraba.



¿Se siente bien muchacho? Está hablando solo. Interrumpe el tránsito

Me tomó de un brazo e hizo que me incorporara. En el lugar del cuerpo, una mancha verde desaparecía con la llovizna que no terminaba de caer.





No había nadie aseguró Braulio después Vos dijiste que era una mina, que debía frenar al lado, pero no había nadie en la calle.



La hiciste mierda, Braulio, la golpeaste con la camioneta, subió hasta el cielo y cuando cayó, otro coche le pasó por encima



...después te arrodillaste y hablabas y hablabas a un montón de ropa que no sé de dónde salió. Casi te matan los otros autos hasta que vino el cana...



La discusión siguió durante días. En el café, aunque lo pensaran, nadie iba a decir que yo estaba loco. Locos eran los de afuera, los yuppies vestidos con traje y corbata, los que trabajaban más de doce horas para ganar una miseria, los que se casaban y se iban del café.

Me senté en una mesa alejada del ventanal Ella no volvería y de hacerlo me acusaría de cosas terribles.



Ante la insistencia de mi madre, me inscribí en la facultad, pero nunca inicié las clases. En el café aprendí a jugar al billar y tomé ginebra con los más viejos. El primer día que lo hice tuve una inesperada sensación de alivio, y al mes de juego y alcohol, mi vientre había crecido como el de los demás.



Cuando se cumplió un año, estuve a las siete y cuarto junto al ventanal. Ella no apareció y el paisaje tampoco fue el mismo. Coches diferentes se sucedían unos a otros. A partir de su muerte, el mundo siguió un curso ajeno a mí.

A veces pensaba que el accidente fue necesario para terminar con el cruzar diario de la mujer, inocente en apariencia, pero que bloqueaba el fluir del universo. Desde ese momento, el río de las cosas y la gente corre con más fuerza. Poco a poco tuve la convicción de que aquello había sido el objetivo de mi vida. Ahora sólo me queda vegetar en el café, esperando el momento de mi muerte.
De tanto en tanto, dormido o despierto, la sueño en la vereda un momento antes de cruzar. Su enorme sonrisa, sus ojos brillantes. Ese instante fue el punto culminante de mi vida. Mi mayor emoción.

(c) Ricardo Iribarren 

Ricardo Iribarren es escritor. Nació en Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires


imagen: Rosemarie Trockel

domingo, 3 de abril de 2011

Cecilia Vetti

                                                        

La milonga de los jueves
                                                                                                   

     Al entrar al salón de baile, ya puedo salirme de mí. Dejo de ser Segismundo para convertirme en Cacho. Soy ese otro que espera la tarde de los jueves para darse alas y hasta para ser, no siendo.
     Un sitio vacío en el bar. Me quedo  sentado entre los hombres que fuman y conversan con la misma ansiedad, observando hacia el otro lado de la pista el andar de las mujeres. Acá las mujeres valen por su baile. Sólo por eso…
     El cuerpo tembloroso, los ojos buscando otros ojos, esperando una afirmación. Un tango bordea el silencio y se hace cómplice del después. Es allí cuando se borra el trabajo, la familia, los problemas cotidianos, el sueldo que no alcanza… Todo vale en este juego de destreza y poder, sólo somos acordes moviéndonos en la locura del abrazo. Y mi jermu se cree que hago horas extras.
    Ni siquiera sé en que momento me sumergí en esta quimera del tango; como si fuera lo más importante de mi vida.
     Las miro, las clasifico sin escrúpulos: ésa baila bien, es una de las mejores, seguro que hoy no me mira. Éstas minas tienen un raye… Me lo dice su gesto. Mi cuerpo acusa la rigidez de la espera. Coca, o La Flaca, como le dicen, es una mujer común, más bien fea, ni siquiera tiene prestancia, pero sus piernas son un fluir de tango bordando magia sobre el piso encerado.  Puede conseguir cualquier cosa con las piernas. Bueno, siempre que tenga un macho bien puesto que la sepa llevar con maestría. Todos lo saben… Esta es una cacería en penumbras, y no porque falte luz. Nosotros estamos en penumbras.
     Hoy ha venido “el viejo” ¡Lo que faltaba! Todas se lo disputan. El viejo viene desde mucho antes con esto del tango. Es como un sacerdote de la milonga, puede oficiar todos los ritos. Cuando el viejo saca a una mina, ya está consagrada.
    Cabecea a la Coca, la flaca va derritiéndose a su encuentro. Nos quedamos expectantes observando la soltura de sus pasos, la leve inclinación del cuerpo apretando la cintura de la flaca como si le diera cuerda a una muñeca. Cuando el viejo está en la pista, los demás siempre sobramos. ¡Viejo del diablo! ¡Qué bien bailás! ¡Para vos, todas las milongueras!…
     Ahora llegó el Rubio, otro que se las trae…

     Marisa mira con los ojos entrecerrados estudiando el panorama, no deja de relojear al viejo. Tiene bronca porque la sacó a la Coca, pero se hace la indiferente… Para esto estuvo ensayando toda la semana delante del espejo.     El viejo debe tener muchos años, pero ni siquiera tiene olor a viejo. ¡Tiene olor a tango! Cuando te aprieta la cintura con esas manos finas y transparentes, el mundo se detiene en una comunión de acordes. Me hace una ilusión bailar con el viejo, ahora tendré que decirle que sí al Rubio o al Cacho, otra no me queda, piensa mientras se calza uno de los zapatos. El Rubio se dejó el bigote, parece más delgado, además no baila tan mal. Lástima el perfume, no se lo aguanto. Voy  esperar que termine esta pieza y después lo miro fijo, como no queriendo lo que quiero. El Rubio se acerca, le sonrío. Ni siquiera le importa que esté bailando el viejo y nos desprestigie.

     Las otras, cansadas de esperar una seña considerable, se quedan apretadas a las sillas como fundas gastadas. Son tan amargas, si  no bailan con el fulano elegido se enculan. Y el Cacho allí parado, mirando… y la muy turra de la Marisa que lo dejó plantado. ¡Qué embromar! La verdad que esta mina sí le gusta.


     Marisa se observa las uñas y piensa: desde que me acoplé a este ritual, la tarde de los jueves es lo único que espero, después de estar toda la semana en el Banco controlando balances. Cuando regreso a mi departamento me la paso eligiendo ropa: una pollera ajustada o un vestido a la moda, nada especial. En los zapatos soy capaz de gastarme el sueldo. Tienen que ser los de mejor calidad y adaptarse al pie como un guante. Poco importa la ropa ni el maquillaje. Lo único que importa son las piernas en su lugar. Me digo: ¡Marisa, vos podés!
     La comparsita es una entrega, casi una violación del movimiento. Uno no piensa en nada, ni siquiera en este costado izquierdo que late en demasía, ni en el abuelo que ayer tuvo fiebre. Los jueves no puede pasar nada, el jueves es sólo esto…
     El Rubio aprendió un paso nuevo, hasta creo que puede hacer una presentación en algún salón de barrio. ¡Cómo lo van a aplaudir! ¡Locuras mías!... El viejo baila con la flaca, ni siquiera fue capaz de saludarme. Sigue el compás, levanta los hombros al dar la vuelta como el mejor de los virtuosos. ¡El viejo es una fiesta de tango! Yo no sé por qué estoy bailando y me pierdo de mirarlo. La flaca lo sigue bien. ¡Mosquita muerta!… ¿Cuántos años tendrá el viejo? Ojalá que no se muera nunca. Esto va a ser como una primavera sin flores cuando él no venga. Por distraerme creo que lo pisé al Rubio. No le gustan las distracciones, seguro que por un tiempo no me saca; hasta que se olvide o no encuentre otra mejor. Debe pensar que todos se dieron cuenta, noto la rigidez de su cuerpo. Al terminar me dice “Gracias Marisa.” Lo dice con burla, además, aprendió mi nombre.

     El rubio se muerde los labios. ¿A esta Marisa qué le pasa? ¿Está borracha o  tomó alguna yerba? La noté distante, su cuerpo no me obedecía. No voy a volver a sacarla porque va a ser peor el remedio que la enfermedad. ¡Por fin una buena! ¡Llegó Herminia! Con ésa sí hago pareja. El marido debe estar mejor, me dijo el del bar que estaba mal de lo bronquios. Para que  Herminia no apareciera en dos meses, se debía estar muriendo. Quizá ya es finado. Por las dudas no le pregunto. Espero que no haya perdido el estilo, cuando termine esta tanda me largo. Esa Marisa se desvive por mirar el baile del viejo, yo no sé para que sale si sólo le interesa mirar. Cabeceo, Herminia se adelanta, la recibo como si fuera una princesa reinante… Ella sonríe y se deja conducir, tiene las manos frías. ¡Hola, Rubio!, me dice. Nada más que eso. ¡Dios me la mandó!, con chirolita en los brazos ya puedo lucirme.

     Me lo imaginaba. El Rubio es muy rencoroso, la sacó a  Herminia, cuando volví del baño se hizo el otario y miró para el fondo, como si los cortinados rojos tuvieran forma de mujer. ¡Mejor!... La Flaca se quedó sentada, después de  tanto desparramo con el viejo debe de estar hecha polvo. Me acerco para saludarla. ¿Qué tal Coca? Me mira como si no me reconociera, creo que está mareada, seguro que hace horas que no come para sentirse más liviana. “¡Hola Marisa!, no me había dado cuenta que estabas. Apenas llegué, salí a bailar con Alfredo” El viejo se llama Alfredo. Bueno, por lo menos me enteré de algo. Chau Coca, te dejo descansar tranquila.  Relojeo al viejo, está parado cerca del bar, él también debe de estar reventado… No, derechito el viejo. Me mira, me hace una seña, miro para atrás por las dudas. Si me saca es seguro que está en las finales y piensa que le falta poco… Vuelve a cabecear, mi corazón golpea el esqueleto como si hubiera corrido una maratón. Justo hoy que estoy medio abombada, ya no me importa el rubio ni el pisotón. Cuando me toma y abraza mi cintura siento que este viejo puede hacerme viajar al paraíso sin pasaje. ¡Qué milonga! No tengo nada que envidiarle a la flaca. ¡Mirá Coca! ¡Mirá!...  Ya soy un orgasmo de tango adueñándome de la pista. Todos nos miran, bailo como si sólo existieran los jueves. ¡No te mueras nunca, Alfredo!, le digo al oído. Se ríe con una mueca rara, mueca de viejo, o de milonguero.

     El Rubio ve como las luces del salón se van apagando. Ya empieza a pincharlo la nostalgia. Él también tendrá que esperar al jueves para sentirse otra vez alguien, ni “gordo”, ni “che vos”. Le comienza una comezón en el cuerpo que sólo se le compondrá en una semana, porque hay otros salones, pero éste es el suyo.
     ¡Viejo del diablo! Nunca una ciática, nunca una vereda floja. Uno se pasa toda la semana meta ensayo en la academia y después la otra tiene el descaro de pisarlo. Ahora se me acerca el Cacho. -Chau, Cacho. Ni siquiera me di cuenta que estabas. ¿Te escondiste detrás de la cortina?- le digo en tono burlón. Frunce la cara y se va. No sé que le pasa al Cacho, ni siquiera apareció en la pista. Seguro que está metejoneado con Marisa, pero por el baile nada más. Mucho no le pide el cuerpo, se salvó del pisotón. Me termino el trago, y después a casita.

     Y el Rubio me dice “Chau, Cacho” como si me estuviera cargando, pude sentir la ironía en el chau, o en el Cacho. No sé. ¡Tengo una bronca! Marisa primero bailó con el Rubio, después se hizo la otaria para terminar bailando una milonga con el viejo. ¡Nada menos! Ni siquiera me miró ¡La muy desgraciada! Cuando no tiene compañero bien que me mira. Digo yo, y no es por desearle mal a nadie. ¡Dios me libre de malos pensamientos! ¿El viejo, tardará mucho en morirse?...

(c) Cecilia Vetti

Banfield
Provincia de Buenos Aires
    
                       

viernes, 1 de abril de 2011

Juan Carlos Gómez

Joaquín Torres García - Teatro 



La pluma del oso

Dicen que había una vez una niña a la que le gustaba escuchar cuentos, cada día su padre le contaba uno antes de dormir y los fines de semana cuando salían a pasear. Ella se divertía con cada narración pero había una que le parecía la más tierna y desopilante. Tenía sus dudas acerca de si se la había leído o se la había improvisado, como tantos juegos que hacían, como por ejemplo la niña le hablaba en catalán y el padre le respondía en portugués acerca de una palabra que escribía una vez cada uno en castellano, así se entretenían aprendiendo.
Un día sábado cuando la niña esperaba a su padre, muy especial por cierto, ya que le había prometido un regalo.
Abordó en Barcelona el bus ochenta y uno en la Plaza España, como era su costumbre iba leyendo en el camino unos cuentos cortos de Juan Arreola el mejicano y del tucumano Anderson Imbert, soñoliento en un estado de sopor se despertó en la última parada, lo había vencido el sueño, bajó rápidamente en la calle Joan Carles de Gavá frente a la rotonda. La niña lo esperaba con su perrito Black, de una francesa rapera que se lo prestaba cuando salía de gira. Fueron a pasear   por un parque, entre las conversaciones le preguntó cómo era en verdad la pluma del oso.
El padre le recordó el cuento y se rieron mientras hacían el circuito de gimnasia informalmente. Luego se sentaron en la parte más alta del Auditori y de allí veían el paisaje, las montañas, el verde de la grama, el pasto seco, los pinos y demás coníferas, las casas, y un canal inmenso que lo atravesaba.
De allí fueron hasta el mercado de Gavá a los Tres Chavales; aquel día pidieron fideuá, la niña un jugo de naranja y el padre un quinto de cerveza, Black descansaba como un Pegaso debajo de la mesa sin chistar.
En una animada conversación, como era habitual en aquellos dos soñadores, la niña le mencionó el cuento de la pluma de oso y le preguntó directamente si existía tal pluma. Lo que no se sabe es si no escuchó, por el sonido de la música o el ruido de las conversaciones de la gente o hizo que no escuchaba,  mientras buscaba en los bolsillos de su chaqueta tejana, afanosamente,  el regalo que le había prometido y que tanta expectativa había provocado en la niña. Entre su ansiedad y al advertir desconcierto y desolación en la mirada de su padre, le preguntó: ¿Qué pasa papá?  A lo que el padre le respondió distraídamente: Nada; sacando la pulserita de plata, tenía enganchada azarosamente una pelusa violácea y gris ante la estupefacción de los dos y la fascinación de la niña mientras el padre le ponía la pulserita ella miraba enternecida la pluma del oso estallando de felicidad. El padre sólo atinó a compartir aquel momento mágico, preguntándose de dónde salió aquella minúscula pluma, tal vez de alguna paloma de la Plaza Catalunya. Sin imaginarse cómo habría llegado a enredarse en su regalo. 

(c) Juan Carlos Gómez

Barcelona

Juan Carlos Gómez : Nació en San Miguel de Tucumán, Argentina el 30 de agosto de 1961; estudió Letras en la Universidad Nacional de Tucumán; ha publicado fragmentos de sus obras, poemas cuentos, novelas, ensayos, artículos, etc; en revistas y diarios locales de Argentina; también publicó en diferentes revistas digitales como www.pontodevista.net, www.losnoveles.netRevista Archivos del Sur
 www.poetalatino.com; www.lamaquinadescribir.com. Actualmente vive en Barcelona, donde ha participado como coautor de documentales en los talleres de videos del TEB, www.ravalnet.org; conjuntamente con OVNI, Observatori de Vídeos No Identificat del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.