domingo, 24 de julio de 2011

Jorge Durán



Para Elisa

Todos los días viajo en el subterráneo de la línea C (Constitución – Retiro) en la ciudad de Buenos Aires.

En algunas oportunidades encuentro a personas que ya las he visto anteriormente.

A este hombre que ahora no dejo de mirar creo haberlo visto con anterioridad, pero no en el subte, de esto estoy segura.

Cabello blanco no muy abundante arriba, pero si largo atrás y se toma la colita con un elástico dorado. Alto, delgado, las manos muy blancas, pulcras, los dedos largos. Lleva un anillo con una piedra negra. Su rostro realmente habla. No es una persona común que pase desapercibida.

Sobretodo gris, camisa blanca y corbata negra.

No, este hombre no es una persona cualquiera…

En uno de los bolsillos del sobretodo que sobresalen hacia arriba, lleva algo así como hojas pentagramadas mezcladas con piezas de música.

Hoy hubo mucho trabajo en la oficina. Estuve muy ocupada y me olvidé totalmente del hombre del subterráneo.

Ahora que estoy en mi departamento, me vuelvo a acordar del hombre, tanto que no puedo leer el libro que empecé hace unos días en virtud de los pensamientos que me acosan.

Hace ya un par de semanas que no lo he vuelto a ver.

No se porqué causa quedé tan preocupada por esa persona…

Pasaron varias semanas y esta tarde lo he visto desde el taxi que me lleva.

Hago detener el coche y bajo raudamente.

Por más que busco y busco por las calles alrededor de donde lo vi no puedo encontrarlo. Es por el barrio de San Telmo.

Entro a un café y me recrimino a mi misma esta circunstancia tan absurda que me ocurre. Me prometo sacarme esta idea de la cabeza.

-¡Que me importa quien es!

-¿Me importa acaso?

-¡No, no, para nada!..

Esta última semana también he tenido mucho trabajo.

Después de ocho días de no haberme acordado del hombre, hoy mientras que caminaba por San Telmo rumbo a casa de una amiga creí escuchar su voz. Si, creo haber escuchado sus voz.

-¿Pero acaso lo he sentido hablar anteriormente?

-¿Acaso conozco su voz?

Volví a la casa donde creí escuchar la voz.

Casita pequeña. Una puerta muy alta con vidrios biselados y dos ventanas a los costados con cortinas blancas pesadas.

Alguien tocaba el piano. Mejor dicho, alguien ejecutaba torpemente “Para Elisa”.

Estoy segura que alguien habló. Pero si seguía parada ahí tendría problemas. Opté por retirarme.

Cuando llegué a la casa de mi amiga pensé en contarle el caso pero se me fue de la mente. Entonces tomamos el té y hablamos cosas banales.

Mas tarde, ya a solas, me sentí contenta por eso.

Han pasado algunos días y no me he acordado del hombre hasta hoy.

Caminaba por Recoleta y vi de atrás un hombre de sobretodo gris con papeles en el bolsillo. Lo seguí hasta pasarlo y al darme vuelta para cerciorarme de su aspecto noté que no era El.

-¡Así no puedo seguir! -me dije. -¡Así no puedo seguir!..

Días después caminaba por la vereda aquella de San Telmo y al pasar por la casita pequeña escuché la voz. Alguien tocaba “Para Elisa” torpemente.

Si, escuché perfectamente cuando dijo: -Mi bemol, mi bemol, corrigiendo al alumno torpe.

Corrí a la casa de mi amiga y le conté todo de un tirón.

Fuimos hasta la casa donde escuché la voz y le preguntamos a la señora que nos atendió acerca del profesor de música.

-Si, -nos dijo. -Mi hijo que hoy tiene treinta años y es pianista fue su alumno, pero el profesor ya murió hace muchos años. -Se llamaba Germán.

Trajo entonces una foto del hombre. Ahí estaba: De pie al lado del piano vertical. La camisa blanca, la corbata negra, el sobretodo gris con las partituras en uno de los bolsillos. Una mano sobre el hombro del niño mostraba el anillo con la piedra negra.

Claro, su rostro era más joven…

(c) Jorge Durán

Acerca del autor:

Jorge Durán Estudiante en el conservatorio músico actoral de la profesora

Rita Alberto en Villa Huidobro (CORDOBA- Argentina-.)

Participante en  talleres radio teatrales en Mendoza. Argtna.

Participa durante un año y medio a talleres en el conservatorio Nacional de Buenos Aires.

Alumno de la directora Galina Tolmacheva, “regisseur” del Instituto de Arte Escénico de la Universidad Nacional de Cuyo.

Fundador en la ciudad de Mendoza del teatro independiente del hombre. Director de la puesta en escena de La mujerzuela respetuosa de Jean Paúl Sartre, en Mendoza.

Co -fundador de Pequeño Teatro. En Mendoza.

Ayudante de dirección de la obra de Hugo Betti Delito en la isla de las cabras, en Mendoza.

Co fundador del teatro independiente La Avispa en Mendoza.

Actor en las siguientes obras: Trescientos millones de Roberto Arlt. El puente de Gorostiza. Farsa y justicia del corregidor de Alejandro Casona. Un amante en la ciudad de Ezio de Rico y otras. Tiene una novela, un libro de cuentos y un radio teatro escritos que permanecen inéditos.

Ganador de un concurso de la sociedad Mendocina de escritores por su cuento Marcelina y publicado por la revista Mediterránea de Córdoba. Premiado por la FAO por su cuento La Fidela con mención honorífica. Y publicado en una antología.

Premiado por Ediciones del Árbol de Buenos Aires, por el mismo cuento y publicado en una antología. Premiado por Ediciones Orola DE Madrid (España) por su cuento ADIÓS MAMÁ y publicado en antología tomo III. Escribe en varias publicaciones internacionales. Escribió por varios años en el semanario PROPÓSITOS, de la ciudad de Mendoza, sobre temática teatral.

Escribe cuentos como actividad principal. Tiene un libro terminado con el título: “ Cuentos para leer en voz alta “.

En el teatro del colegio Esqiú de Mar del Plata presentó con su dirección y puesta: La zorra y las uvas de Guillermo Figuereido.

lunes, 4 de julio de 2011

Lygia Fagundes Telles


ilustración: Araceli Otamendi, collage y técnica mixta



Lygia Fagundes Telles en las III Jornadas Internacionales
de Mujeres Escritoras en San Pablo, Brasil (2010)


El muchacho del saxofón

Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.


No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.

- ¿Qué es eso? – le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba música hasta nuestra mesa-. ¿Quién está tocando?

- Es el muchacho del saxofón.

Mastiqué más despacio. Ya había escuchao antes saxofón, pero ése de la pensión no lo conseguiría reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.

- ¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?

James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.

- Sí, aquí encima.

Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.

- Es una música cruelmente triste – continué.

- Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro –contestó James, mojando la miga de pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.

-Y contigo, ¿también se acostó?

- Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¡me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse...

“Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante, como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal.

La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.

- Parece alguien pidiendo socorro – dije, llenando de cerveza mi vaso-¿No tendrá una música más alegre?

James se encogió de hombros.

- Los cuernos duelen ...

En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.

- Pero, ¿por qué? – pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.

- ¿Y los demás no reclaman?

- Ya se acostumbraron.

Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientes que le sobraban.

Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. “Un enano”, pensé.

Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. “Cambió de ropa”, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero qué diablo de enano es ése que cambia de ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado de lado.

- ¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? – le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.

- Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas...

Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.

- Con permiso.

No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón.
En ese momento el saxofón ya había parado. Me quedé mirándola. Era delgada, sí, pero tenía el trasero redondo y un andar muy cadencioso. El vestido rojo no podía ser más corto.
Ocupó una mesa solitaria y bajando los ojos empezó a descascarar el pan con la punta de la uña roja. De pronto se rió y le apareció un hoyito en el mentón. ¡Qué ganas tuve, carajo, de ir allí, agarrarla por la barbilla y saber por qué se estaba riendo! Me quedé riendo yo también.

- ¿A qué hora es la cena? – pregunté a la dueña, mientras pagaba.

- Va de las siete a las nueve. Mis pensionistas fijos suelen comer a las ocho – me avisó, doblando el dinero y
mirando socarronamente a la mujer de rojo. ¿A usted le gustó la comida?

Volví a las ocho en punto. El tal James ya masticaba su bife.
En la sala estaban un vejete de barbilla, profesor de magia, a lo que parecía, y el enano de ropa a cuadros. Pero ella no estaba. Me animé un poco cuando vino un plato de pasteles: tengo locura por los pasteles. James empezó a hablar entonces de una pelea en el parque de diversiones, ella entró, charlando bajito con un tipo de bigote pelirrojo. Subieron la escalera como dos gatos pisando mullidamente. No tardó nada y ya el saxofón se puso otra vez a tocar.

- Sì, señor – dije, y James pensó que yo estaba hablando de la pelea.

- ¡Lo peor es que yo estaba completamente borracho, mal me pude defender!

Mordí un pastel con más humo dentro que otra osa. Examiné los restantes, intentando descubrir alguno más rellenito.

- ¡Cómo toca de bien ese condenado...! ¿Quiere decir que nunca viene a comer?

James tardó en entender de lo que estaba hablando. Hizo una mueca. Ciertamente prefería el asunto del parque.

- Come en la habitación, quién sabe, tiene vergüenza de la gente – refunfuñó, sacando un palillo-. Me da
pena, pero a veces le tengo rabia, cornudo idiota. ¡Si fuese otro, ya habría acabado con la vida de ella!

Ahora la música subía a un agudo tan estridente que me dolían los oídos. Pensé de nuevo en la muchacha
deshaciéndose de dolor en la carrocería, pidiendo socorro a no sé quién más.

- ¡No soporto eso, carajo!

- ¿Lo qué?

Crucé los cubiertos. La música al máximo, los dos al máximo encerrados en la habitación y yo allí, viendo al
canalla de James limpiarse los dientes. Tuve ganas de arrojar al techo mi plato de guayaba con queso y escabullirme lejos de todo aquel malestar.

- ¿Es fresco el café? – le pregunté al mulatito, que ya limpiaba la mesa aceitosa con un trapo mugriento como su propia cara.

- Hecho ahora.

Por la cara, vi que era mentira.

- No es necesario, lo tomo en la esquina.

Paró la música. Pagué, guardé el cambio y miré fijamente hacia la puerta porque tuve el presagio que ella iba
a aparecer. Y apareció con un airecito de gata de tejado, el pelo suelto en la espalda y el vestidito amarillo, aún más corto que el rojo. El tipo del bigote pasó enseguida, abrochándose la chaqueta.

Saludó a la dueña, puso cara de quien tiene mucho que hacer y salió a la calle.

- ¡Sí, señor!

- ¿Sí señor, qué? – preguntó James.

- Cuando ella entra en el cuarto con un fulano, él empieza a tocar, y para, cuando ella termina. ¿Te diste

cuenta?

Basta que ella se encierre y él empieza.

James pidió otra cerveza. Miró el techo.

- Las mujeres son el demonio ...

Me levanté, y cuando pasé junto a la mesa de ella, anduve más despacio. Entonces dejó caer la servilleta.
Al agacharme, me agradeció, con los ojos bajos.

- Vaya, no hacía falta que se molestase.

Raspé un fósforo para encenderle el cigarrillo. Sentí fuerte su perfume.

- ¿Mañana? – le pregunté, ofreciéndole los fósforos-. ¿A las siete está bien?

- Es la puerta que queda al lado de la escalera, a la derecha de quién sube.

Salí enseguida, fingiendo no ver la carita maliciosa de uno de los enanos que estaba cerca, y arranqué en mi camión, antes que la dueña viniese a preguntarme si me estaba gustando el menjunje. Al día siguiente llegué a las siete en punto. Llovía a cántaros y tenía que viajar toda la noche. El pequeño mulato ya amontonaba en las sillas los almohadones para los enanos. Subí la escalera sin hacer ruido, preparándome para explicar que iba al W.C. por si alguien aparecía. Pero nadie apareció. En la primera puerta, la de la derecha de la escalera, golpée suavemente y fui entrando. No sé cuánto tiempo me quedé parado en medio del cuarto: estaba allí un muchacho con un saxofón. Estaba sentado en una silla, en mangas de camisa, mirándome sin decir una palabra. No parecía ni siquiera asustado, sólo me miraba.

- Perdón, me equivoqué de habitación – le dije, con una voz que no sé aun hoy a dónde fui a buscar.

El muchacho apretó el saxofón contra el pecho hundido.

-Es en la puerta siguiente – dijo con voz de susurro, señalando con la cabeza.

Busqué los cigarrillos sólo para hacer algo. ¡Qué situación, carajo! ¡Si pudiese, agarraría a aquella tipa por el pelo, la muy estúpida! Le ofrecí un cigarrillo.

- ¿Quieres uno?

- Gracias, no puedo fumar.

Fui retrocediendo de espaldas. Y de repente no aguanté. Si él hubiese esbozado cualquier gesto, dicho cualquier cosa, aún me dominaría, pero aquella calma brutal me sacó de quicio.

- ¿Y tú aceptas todo eso así tan tranquilo? ¿Por qué no le das una buena paliza, no la mandas a patadas con maleta y todo al centro de la calle? ¡Si fuese tú, carajo, ya la habría partido al medio! Perdóname por entrometerme, ¡pero no irás a decir que no haces nada!

- Yo toco el saxofón.

Me quedé mirando primero su cara, que de tan blanca parecía hecha de yeso. Después miré el saxofón. El dejaba deslizar sus largos dedos por los botones, de abajo para arriba, de arriba para abajo, muy despacio, esperando que yo saliese para empezar a tocar. Limpió con un pañuelo la boquilla del instrumento, antes de empezar con aquellos malditos aullidos.

Golpée la puerta. En ese momento la puerta de al lado se abrió despacito. Conseguí ver la mano de ella, agarrando la manija para que el viento no la abriese demasiado. Me quedé aún detenido un instante, sin saber qué hacer. Juro que no tomé enseguida la decisión, ella estaba esperando y yo parado como un idiota; entonces, ¡Cristo bendito! ¿Y entonces? Fue cuando empezó muy lentamente la música del saxofón. Me quedé capón en el mismo momento, porra. Bajé la escalera a saltos. En la calle tropecé con uno de los enanos metido en un impermeable, esquivé otro que ya venía detrás y me encerré en el camión. Oscuridad y lluvia. Cuando puse en marcha el motor, el saxofón ya subía a un agudo que no llegaba nunca al final. Mi ansia por huir era tan fuerte que el camión arrancó desenfrenado, de golpe.

(c) Lygia Fagundes Telles

San Pablo

Brasil

ver espacio de autor:
http://revistaarchivosdelsur.blogspot.com/2011/07/espacio-de-autor-lygia-fagundes-telles.html

*versión en castellano autorizada por la autora para la publicación en la revista Archivos del Sur.

domingo, 3 de julio de 2011

Carlos Meneses

Agua - fotografía (c) Araceli Otamendi

Viajar sin equipaje - guión de cine


(provisional)





Primer enfoque: Sólo se ven unos pies de mujer que caminan a buen ritmo. (La toma está hecha por delante del personaje)



Segundo enfoque: un camino muy largo, se pierde en el infinito. Los pies de mujer dan pasos sin avanzar.



Tercer enfoque: La cámara sube hasta las rodillas de la mujer. Se puede ver la parte inferior de las dos maletas que ella lleva en las manos. Se ve algo del camino. Los pies se siguen moviendo sobre el mismo sitio del sendero.



Audio 1 : (voz de hombre) Es peligroso seguir un camino desconocido.



Cuarto Enfoque: La cámara muestra la espalda algo curvada de una mujer por el peso de las maletas. Lleva otra pequeña como una mochila colgando de los hombros. Hacia adelante sólo se ve el camino. No hay gente, ni animales, a los costados del camino y muy lejos se ven 2 o 3 casas.



Quinto enfoque: La cámara muestra un sol radiante.



Audio 2: ( La misma voz anterior ) Las doce del mediodía.



Sexto enfoque: Se ven nuevamente sólo los pies de la mujer que está calzada con sandalias. Y los pies de un hombre que viene en sentido contrario.



Séptimo enfoque: la cámara los muestra a los dos de cuerpo entero, ella de espaldas, es delgada, rubia, está vestida con una falda beige y una blusa color chocolate. Se han detenido los dos en el camino.



Audio 3: (voz de la mujer) ¿Este es el camino que lleva a la verdad?



Audio 4: (voz del hombre, mayor, con aspecto de campesino) No. Por aquí se va a la gran ciudad. (señala hacia lo que puede suponerse el final del camino)



Audio 5: (voz de la mujer. Ha dejado en el suelo una de las maletas que llevaba en las manos) ¿Dígame dónde puedo encontrar un lugar de descanso?



Octavo enfoque: (Se ve a la mujer de frente. Es agraciada, de unos 40 años de edad. Parece cansada pero mantiene una sonrisa muy grata).



Audio 6: (El hombre hace gesto de desconocimiento) Nadie descansa. Aquí se trabaja sin pausa. Hay muchos problemas que resolver. La vida siempre es muy dura.



Audio 7: (voz de mujer) ¿Cómo puedo encontrar el camino de la verdad?



Noveno enfoque: (Se ven las dos caras de perfil) Los dos miran hacia el infinito.



Audio 8: (voz del hombre) Desande el camino. Al llegar a la plaza Actividad, busque la calle Rabia, ahí hay una oficina, siempre está abierta, y le darán las señas que usted necesita.



Décimo enfoque: Nuevamente los pies de mujer que desandan el camino.



Décimo primer enfoque: (La mujer llega a la oficina que le han indicado) Encuentra a una mujer de su edad)



Audio 9: (Voz de mujer viajera) Buenos días, Busco el camino que lleva a la verdad



Décimo segundo enfoque: Tomado desde detrás de la mujer que atiende. Se le ve la nuca y a la viajera de frente, que ha dejado sus dos maletas en el suelo.



Audio 10: (voz de la empleada de la oficina) Debe estar muy lejos. Nunca he ido por ahí, no sé dónde puede estar ese camino. Vaya hasta el final de esta calle, encontrará la avenida del Odio. Luego de recorrerla toda, hallará el parque de la Indiferencia. Ahí pregunte. Creo que debe estar cerca lo que usted busca.



Décimo tercer enfoque: Se ve de lejos a la mujer de espaldas, cargando sus maletas, yendo por las calles que le han indicado. No encuentra a nadie en su camino. Los edificios son muy altos. Parece una ciudad vacía.



Décimo cuarto enfoque: La viajera en el parque de la Indiferencia, mira hacia todos los lados en busca de alguien que pueda señalarle el camino a seguir. Las maletas y la mochila están en el suelo. Ella da muestras de fatiga.



Décimo quinto enfoque: (Aparece el mismo hombre que encontró en el anterior camino. Está vestido con alguna elegancia, parece un gerente o un alto funcionario) Ella avanza hasta él, lo chista y agita una mano para llamarle la atención.



Audio 11: (Voz de la viajera) Señor, puede decirme dónde queda el camino de la Verdad?



Décimo sexto enfoque: (Se les ve a los dos frente a frente. El parece molesto por la interrupción.



Audio 12: (Voz del hombre molesto) Creo que ese camino no existe.



Décimo séptimo enfoque: La viajera que ha quedado sola en el enorme parque, tiene una mirada desolada y acusa gran cansancio.



Décimo octavo enfoque: La mujer se sienta sobre una de sus maletas, se quita las sandalias.



Décimo noveno enfoque: Se verán sólo los pies de la mujer sentada sobre la maleta. Con una mano hace masajes a sus pies extenuados.



Vigésimo enfoque: La mujer ha visto una persona como a 50 metros. Se levanta y corre hacia ella descalza haciendo señas con ambas manos y dando voces.



Vigésimo primer enfoque.- (una mujer se detiene al ver a la viajera. Es la misma de la oficina, está vestida y maquillada como una jovencita)



Audio 13: (Voz de la mujer descalza) ¡Por favor!, ¿dónde está el camino que lleva a la Verdad?



Audio 14: (Voz de la jovencita) ¿La verdad? ¿Camino? No conozco nada de eso.



Vigésimo segundo enfoque: Las dos conversan frente a frente. La jovencita mira las maletas y las sandalias que están abandonadas unos metros más allá, y los pies desnudos de la mujer.



Audio 15: (Voz de la jovencita) ¿Por qué se ha quitado los zapatos? ¿Le molestan?



Audio 16: (Voz de la mujer viajera) Estoy muy cansada. Llevo horas andando y no encuentro lo que busco.



Vigésimo tercer enfoque: La jovencita hace un gesto para demostrar que no puede ayudarla en nada. Se dispone a seguir su camino.



Audio 17: (Voz de la jovencita) Vaya a la calle del Odio (señala hacia donde la viajera ya ha estado) Ahí hay una oficina donde le pueden informar.



Vigésimo cuarto enfoque: (Primer plano de la mujer viajera). Se la nota molesta, hasta desesperada.



Audio 18: (Voz de la viajera) Cómo puede ser posible que nadie conozca ese camino.



Vigésimo quinto enfoque: La jovencita se aleja, se le ve de espaldas hasta que se pierde al doblar una esquina.



Vigésimo sexto enfoque: La mujer viajera retorna al sitio donde han quedado sus maletas y sus sandalias. Se vuelve a sentar en una maleta y se tapa la cara con ambas manos. Permanece quieta en esa posición.



Vigésimo séptimo enfoque.- Se ve venir lentamente a una mujer vieja.(Es la misma de la oficina y la jovencita, está maquillada de vieja, vestida de negro y algo encorvada) Llega hasta donde esta la viajera angustiada. Durante un momento sólo la mira.



Audio 19: (Voz de la vieja) ¿Por qué está triste? ¿Se ha perdido? ¿Le han robado? ¿Qué le pasa en los pies?



Vigésimo octavo enfoque: La viajera quita las manos de la cara y mira a la vieja con ojos muy tristes.



Audio 20: (Voz de la vieja) Usted no es de este lugar, ¿qué busca?



Vigésimo noveno enfoque: La mujer viajera levanta la cabeza y mira a la vieja. (No tiene ánimo para responderle)



Trigésimo enfoque: Muestra a la vieja se agachada para quedar a la altura de la cabeza de la viajera que sigue sentada.



Audio 21: (Voz de la vieja) ¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? ¿Qué profesión tiene? ¿No puede hablar? Tiene cara de miedo. (Pregunta sin dar pausa)



Trigésimo primer enfoque: La viajera hace un esfuerzo por levantarse. Al fin queda de pie delante de la vieja.



Audio 22.- (Voz de la Viajera, muy desmayada) Busco un camino.



Trigésimo segundo enfoque: Se verá los pies de la mujer viajera tratando de calzarse sin ayuda de las manos.



Audio 23: (Voz de la vieja) ¿Qué camino? ¿Para qué quiere ir por ese camino? ¿en qué trabaja?¿por qué está sola? ¿No tiene marido, novio, ningún hombre? ¿Ha estado andando mucho? Tiene los pies hinchados.



Trigésimo tercer enfoque: Se verá los pies de la viajera, ha conseguido ponerse una sandalia, el otro pie está descalzo.



Audio 24: (Voz de la mujer viajera, aun débil) Busco el camino que lleva a la Verdad.



Trigésimo cuarto enfoque: Se muestra la cara de extrañeza de la vieja ante la respuesta de la mujer de las maletas.



Audio 25: ¿La Verdad? ¿Y para qué quiere ir a ese sitio? Nunca he oído mencionar ese camino. Lo que tiene que hacer es descansar, y dejar las maletas, portarlas le cansa más.



Trigésimo quinto enfoque: La Viajera es captada de frente y se le nota un gesto de inicio de decepción porque nadie la entiende.



Audio 26: (Voz de la mujer viajera) Sí, existe ese camino. Siempre me dijeron que vaya por él hasta el final y llegaré a la Verdad. Estoy muy cansada, necesitaría descansar un momento, luego seguiré andando.



Audio 27: (Voz de la Vieja) Quédese un momento aquí. Siéntese sobre su equipaje. Yo iré a casa de un hombre que sabe de todo, es un sabio. El debe saber dónde empieza ese camino de la Verdad.



Trigésimo sexto enfoque: Se verá a la Viajera sentándose sobre una maleta y tratando, a la vez, de calzarse el otro pie.



Audio 28: (Voz de la viajera) Sí, vaya donde ese señor pronto por favor, y vuelva, yo la espero aquí.



Trigésimo séptimo enfoque: Se verá a la Vieja alejándose un par de pasos, luego se vuelve hacia la otra mujer que está sentada sobre la maleta para hacerle nuevas preguntas.



Audio 29: (Voz de la vieja desde lejos) No me ha dicho cómo se llama. Tampoco en qué trabaja, ni dónde vive. Tiene que decirme todo eso para consultar con ese hombre sabio.



Trigésimo octavo enfoque: Se le ve a la Viajera tratando de levantarse nuevamente, como dispuesta a reunirse otra vez con la Vieja que está a bastantes pasos más allá, y responderle las preguntas que le ha hecho.



Trigésimo noveno enfoque: Las dos mujeres están frente a frente.



Audio 30: (Voz de Viajera) Mi nombre es Poema. Mi trabajo es buscar el camino de la Verdad. No sé dónde vivo. Es un mundo tan horrible como cualquier otro.



Audio 31: (Voz de Vieja) Se lo diré al hombre sabio, le diré que venga conmigo para que converse contigo. Espérame aquí.



Cuatrigésimo enfoque: La Vieja se aleja. Poema permanece en el mismo sitio viéndola alejarse.



Cuatrigésimo primer enfoque: Poema vuelva a sentarse en la maleta dispuesta a esperar que vuelva la Vieja.



Cuatrigesimo segundo enfoque: por sobre la cabeza de Poema se ve que la Vieja y un hombre se acercan.



Cuatrigésimo cuarto enfoque: La Vieja en compañía del hombre Sabio llegan hasta donde está Poema.



Audio 32: (Voz de hombre dirigiéndose a Poema) ¿Por qué quiere encontrar el camino hacia la Verdad?



Audio 33: (Voz de Poema) Es urgente. Sin llegar a conocer la Verdad no podré seguir viviendo.



Cuatrigésimo quinto enfoque: Se verá a Poema tratándose de levantarse. El hombre que es el mismo de anteriores veces ahora tiene una vestimenta sencilla, una camisa y unos pantalones de pana, lentes de gruesas lunas y un libro en la mano.



Audio 34: (Vos del Hombre Sabio) ¿Cómo ha vivido hasta ahora? ¿Desde cuándo siente que ya no puede vivir donde vivía si no halla ese camino?



Audio 35: (voz de Poema) Hace mucho tiempo que busco ese camino. Todo lo que me rodea es horrible. No soporto más.



Cuatrigésimo sexto enfoque: (Una toma de abajo hacia arriba de los 3 personajes) La Vieja se abanica como prueba de que hace calor.



Audio 36: (Voz hombre Sabio) Creo que alguna vez he oído hablar de ese camino pero no lo conozco. ¿No quiere que le indique cómo llegar al camino del Consuelo? O ¿preferiría el de la Alegría? El que más he frecuentado yo es el del Saber, se lo recomiendo, podría interesarle. No está lejos.



Cuatrigésimo séptimo enfoque: Primer plano de la cara de Poesía. Hay una brizna de esperanza en su mirada.



Cuatrigésimo octavo enfoque: Primero el rostro del hombre que espera con alguna ansiedad la respuesta de Poesía. Luego la Vieja que parece cansada y agobiada por el calor.



Audio 37: (Voz de Poesía) El único camino que me interesa es el de la Verdad. Y quisiera encontrarlo pronto. Estoy muy cansada.



Audio 38: (Voz de Hombre Sabio) Venga a casa y descanse. Luego reemprende su marcha aunque no sabemos hacia dónde porque nadie conoce dónde está el camino de la Verdad.



Cuatrigésimo noveno enfoque.- Vuelve a levantar sus maletas y parece dispuesta a seguir andando.



Audio 39: (Voz de Poesía) Seguiré caminando, alguien tiene que saber cómo se va a la Verdad.



Quincuagésimo enfoque: Poesía, deja en el suelo una de sus maletas, haciendo un gesto de cansancio.



Audio 40: (Voz de la Vieja) ¿Pesa mucho esa maleta, muchacha?. Deje las maletas en mi casa. Vaya sin tanto peso. Es malo llevar un equipaje tan pesado en un viaje tan largo.



Quincuagésimo primer enfoque: Ella acepta que la vieja se quede con sus dos maletas, y se dispone a reemprender viaje. Lleva sólo la mochila.



Quincuagésimo segundo enfoque: Se verá a la Vieja llevándose las maletas, y el hombre acompaña un trecho a Poesía. Se les ve de espaldas.



Audio 41.- (Voz del hombre) La acompañaré hasta la avenida del Disgusto, de ahí vaya recto hasta que se encuentre con otra avenida llamada Sonrisas, es probable que ahí encuentre bastante gente, alguno, ojalá, le pueda dar indicaciones sobre lo que busca.



Quincuagésimo tercer enfoque: Se verá al hombre dándole la mano a Poesía en señal de despedida y luego a él señalándole con el brazo extendido la avenida por la que tiene que caminar.



Audio 42: (Voz de Poesía) ¿No me puede acompañar un trecho más largo?



Audio 43: (Voz del Hombre) Tengo un trabajo urgente que realizar. Más bien le ofrezco de comer y beber, debe estarlo necesitando.



Quincuagésimo cuarto enfoque: Se han detenido para hablar. Están frente a frente Poesía mira hacia el horizonte y murmura algo que no se le entiende.



Audio 4 : (Voz de hombre) ¿Son cómodas sus sandalias? Tal vez en casa haya unas zapatillas de mi mujer que le resulten mejores. Porque temo que va a tener que andar mucho.



Quincuagésimo quinto enfoque: Poesía agobiada por el cansancio y el calor, mueve la cabeza rechazando los ofrecimientos del Hombre Sabio. Pero no tiene gestos de malhumor.



Audio 45: (Voz de Poesía) Cuando se busca algo que nos significa lo más importante no se siente nada. Ni hambre, ni sed, ni frío ni calor. Sólo importa lo buscado el resto carece de valor y el cansancio no existe.



Quincuagésimo sexto enfoque: Muestra a Poesía de espaldas, dispuesta a volverse a poner en marcha. El Sabio parece a la expectativa de lo que pueda suceder.



Audio 46: (Voz de Hombre) Está usted obstinada con ese camino, la aplaudo con sinceridad pero creo que precisa un descanso. El cansancio, como la pobreza pueden destruir los ideales.



Audio 47: (Voz de Poesía) Lo mío no sé si entra dentro del término ideal. Considero el ideal algo así como una estrella fugaz que hay que atraparla con las manos. El camino de la Verdad es para mí un compromiso conmigo misma y a la vez con toda la humanidad. Ante eso no hay renuncias.



Audio 48: (Voz de hombre) Admirable su decisión. Aplaudo su valentía



Audio 49: (Voz de Poesía) Puede seguirme si le atrae lo que busco.



Audio 50: (Voz del hombre) ¿Y si ese camino no existiera?



Audio 51 (Voz de Poesía) Su existencia depende de mi esfuerzo.



Quincuagésimo séptimo enfoque: Poesía ha reemprendido su caminata. El hombre está quieto la ve alejarse, a cortos pasos pausados, inmarcesible en su decisión.



Quincuagésimo octavo enfoque: La mujer se ha alejado bastante. El Hombre Sabio da algunos pasos hacia ella como si hubiese decidido acompañarla. Unos pasos más allá parece arrepentirse y finalmente se detiene. La figura de Poesía se pierde en lontananza.

(c) Carlos Meneses
 
Carlos Meneses nació en Perú. Es escritor
Actualmente vive en Palma de Mallorca, España

sábado, 2 de julio de 2011

Magda Lago Russo



Mundo Imaginario




Algunas veces suelo entrar silenciosamente


a sentarme entre ellos...”

Fahrenheit 451”- Ray Bradbury



Cuando la nostalgia me invade, subo retardando el paso los escalones que separan la sala principal de la buhardilla. La penumbra acomete el lugar y allí me quedo, mirando alrededor donde la mezcla de objetos en desuso asemeja una pequeña feria, que la penumbra los transforma en seres de un mundo mágico.
El perchero con un solo brazo saluda con el sombrero campero. El baúl de mimbre se queja cuando levanto la tapa mostrando su contenido de libros de cuentos amarillos, acudiendo a mi mente las canciones de Heidi , los saltos de Caperucita por el bosque y la casa de Los tres chanchitos.
Las muñecas de pelo enmarañado elevan sus bracitos desnudos con afán para evadir el encierro. Los peluche forman un corrillo hablando todos juntos, un idioma propio.
Sobre la pared, el cuadro torcido de un payaso lanza una carcajada, mientras un lágrima rueda por su rostro de mil colores.
Pasando la mano por los viejos diarios, abro sus páginas que lanzan sus letras al espacio y se unen en frases que no entiendo
En un rincón una pelota desinflada, recuerda los juegos en el patio de la casa paterna.
La bicicleta tumbada en un rincón se esfuerza para enderezarse y comenzar los paseos por la plaza.
Mi imaginación vuela, siempre que subo a ese lugar, todo se transforma y por un tiempo que no mido, me siento una especie de mago.
Cuando la luz del día desaparece y enciendo la lámpara, todo vuelve a ser real. El perchero queda inmóvil, el baúl calla, el payaso no ríe, no oigo canciones ni coloquios y las letras de los diarios ocupan su sitio.
Muchas veces he pensado en desalojar el lugar, mi decisión se aplaza por los recuerdos que cada objeto guarda y la necesidad de estar sola a veces en ese mundo que invento en mi imaginación.


(c) Magda Lago Russo


Montevideo
Uruguay

imagen: Joaquín Torres García (de la muestra Aladdin.Juguetes transformables, en el Malba)