lunes, 26 de septiembre de 2011

Diego Fernando Clavijo Gutiérrez




El chico que corría tras el mirlo


“Miráis una estrella por dos motivos: porque es luminosa y por que es impenetrable;
Pues a vuestro lado tenéis una radiación más suave y un misterio más grande: La mujer. ”
Víctor Hugo (Los miserables)











Los fracasos amorosos son más comunes y reedificantes que los triunfos de la amistad. El chico que refiere esta historia, estaba falto de ideas. Agotó todas las posibilidades en su cabeza, la conquista se convertía en un asunto de imposibilidad demostrada. No bastaron flores, ni bombones, ni poesías ni declaraciones mundanas. Su amada quería amistad, todo intento por cambiar su opinión resultaba vano, cualquier iniciativa tomada se transformó en cenizas y las cenizas en frustración. Aquellas extrañas vivencias, demostraban es que los deseos más superficiales pueden cambiarnos la vida, empañándola cuando son imaginación y ennegreciéndola cuando son realidad.
El par de amigos concluía un breve paseo de campo, en el cual él, padeció todo el camino ante el arduo deseo que le martirizaba, era la sencilla elocuencia de llevarla tomada de la mano. Pero ella, veía tal actitud como una representación dramática, de la obra que concluiría con aquella amistad. Se negaba rotundamente sin dar razones. Sólo se dedicaba a cruzarse de brazos y tratar de hacer amena una conversación que para él era un calvario.
Sobre el cielo, una bandada de mirlos revoleteaba nerviosamente, opacando de algún modo, la claridad de la tarde bordeada de nubes de colores. El par de chicos, se recostó cansads en la base de un árbol de dimensiones colosales a observar curioso el espectáculo, ella le veía radiante y emocionada, el chico en cambio, aún cubierto de impacientes emociones sólo vivía extraviado en una utópica escena romántica con su adorada. Un quejido asustó al muchacho cuando quiso ponerse más cómodo recostando un brazo sobre el césped lleno de hojas secas.
- ¿Qué fue eso? – preguntó ella.
El no contestó. Curioseó con su mirada alrededor de la base del árbol. Allí, en medio del suave colchón de hojas secas, un mirlo pichón agonizaba de muerte sin duda por el abandono de su madre. Sus patitas temblaban, sus alas eran insignificantes, su plumaje pardo rojizo y su pico poseía una delicadeza cartilaginosa. Ella sorprendió al muchacho por la espalda y al ver la pobre ave desfalleciendo le tomó en sus manos y le cubrió con un pañuelito de flores que llevaba en el bolsillo.
Era un alma naturista, le acariciaba y le decía dulces palabras mientras prometía cuidarlo. Tal era la ternura derrapante de aquella muchacha que su gran amigo al ver aquellas atenciones, deseó estar en lugar del mirlo. Hasta pudo ver como por la frágil mejilla izquierda de la chica, se paseaba una lágrima dolorosa y compasiva, la cual recorrería toda la porcelanosa extensión de su rostro hasta caer en las hojas secas. El mirlo fue llevado a casa de la chica con todo el cuidado posible por parte de ella. Al muchacho en cambio, le pareció un acto obsoleto, una obra que solo retardaría una muerte inminente, una tentación a la señora parca que no faltaría a la cita con su víctima en un corto lapso de tiempo.
Aquella noche el mirlo agonizó, estuvo tentado de irse a un poco más acá del más allá, padeció ante un dolor maternal y miraba su nueva ama exhausto. Ella le dio agua con una jeringa, y granos de arroz con una espátula de roble. Le cuidó, le consintió como si hablásemos de un niño y no durmió por miedo a que el descanso, le privara de saciar las necesidades de su avecilla. Una noche en que su gran amigo la olvidÓ. Él esperaba verla al día siguiente, día en que el avecilla estaría muerta según su pensar y donde a lo mejor, su enamorada necesitaría consuelo. Resulta a veces complicado comprender la inmensa ternura que resguarda la figura femenina, la cual muestra una sensibilidad tan marcada, que los hombres, diabólicos muchas veces en su actuar, se aprovechan de esto, haciéndolas sentir, necesitadas de abrazos y refugio, buscando ellos, algo más.
El sol iluminó la alborada, la avecilla seguía en delicado estado pero aún con vida. Su nana con esmerada ternura se encargaba de cuidarle cada segundo de agonía. Hubo una indiferencia total ante la matutina visita que su amigo solía hacerle, era un punto en que solo le importaba la vida de su paciente, ya tendría tiempo para seguir cultivando una falsa amistad.
-Y si me entrego al cuidado del pequeño mirlo – pensó el chico –, a lo mejor ella ve con gracia mi corazón y puedo llegar a cautivarla.
Así lo hizo. Se mantuvo todo el día al lado de la chica, aparentemente interesado en el moribundo pajarito.
-¿Me acompañarías esta noche? – preguntó ella.
Melodía armoniosa para sus oídos. Sólo existía una respuesta para la tremenda petición que le llegaba al centro de su gozo. Salió dichoso rumbo a su casa, cenaría un poco, empacaría su pijama y volvería sin pérdida alguna de tiempo a la casa de lo para él era una conquista resuelta.
Las calles desiertas, el cielo estrellado y la luna… bueno, totalmente esplendorosa, exhibiendo su palidez en el perigeo de su magia. Estos detalles parecieron cegar al chico, que se quedó un rato deleitándose con la exquisitez de aquel cielo.
-Daría lo que fuera por ella – dijo susurrando.
-¿Lo que sea? – pregunto una voz en su cabeza.
-Lo que sea – respondió él indiferente. Como si oír voces desconocidas en el aire fuese algo rutinario, como si se tratase de una serie de sonidos hipnotizadores y agradables.
-¿Darías tu vida? – preguntó la voz con tono sombrío.
-¡Oh de ninguna forma! – respondió él exaltándose – si no tengo vida para amarla entonces no habría razón para amarla.
-¿Darías tu cuerpo?
-¡Oh no! Un cuerpo sin alma es menos aterrador que un alma sin cuerpo, pero igual no me valdría mucho. Para que quiero que me ame si no tengo un cuerpo en el cual ella pueda pintar caricias.
-¿Darías tu alma?
-Creo que tampoco sería posible. Por que con ella se irían todos esos nobles sentimientos que siento por ella.
-¿Crees ella daría su cuerpo o su alma por salvar al mirlo?
-Bueno es difícil saberlo –respondió el chico-, es una cuestión que sólo podría responder ella.
-Pregúntale – propuso la voz - si su respuesta es positiva el mirlo se salvará y aquella chica será tuya.
Y dicho esto, quedó el chico en el más pérfido silencio. Quedó anonadado por esa extraña alucinación. Partió rumbo a casa de su amada y mientras llegaba ojeó de nuevo la luna. Ya no le pareció tan hermosa, sino al contrario, desleal y siniestra.
La velada fue común pero armoniosa, con rayos amorosos. Sería un verdadero espectáculo poder ver algún día escena parecida. Un par de muchachos jóvenes y bien parecidos, rodeando con su presencia el cuerpo casi inerte de un insignificante pajarillo. Este último, rodeado de una toallita de flores, de ternura y de amor puro.
-¿Qué darías por ver bien esta avecilla?
-Daría lo que fuera.
-¿Darías tu vida?
-La daría – respondió ella inmóvil ante las curiosas preguntas de su compañero -, me valdría la felicidad de dar vida a otro ser para sacrificar la mía.
-¿Darías tu cuerpo?
-Lo daría. Mi cuerpo de hecho no alcanzaría para comprar la plenitud que significaría ver el pequeño mirlo volar libre
-¿Darías tu alma?
-La daría – respondió ella sin vacilar – quizás eso bastase para que el mirlo pudiera desplegar sus lastimadas alas y mezclarlas con el viento.
En ese momento no pasó nada. Ella igual de dedicada al cuidado del ave y él con las mismas intenciones de conquista. Pero a pesar de lo impasible del momento, el chico sintió centellas devorando su mente, serpientes venenosas carcomiendo su corazón, y su alma… su alma bien, intacta. El muchacho comprendió muchas cosas, entendió por primera vez la nobleza agigantada de su querida, descubrió ese matiz desinteresado que resalta en la mujer cuando tiene el cuidado ajeno de por medio; porque el cariño encerrado en sus senos, las convierte en seres incapaces de pensar en su bien, antes que en el bienestar ajeno.
«Oh grandiosa compañía he ganado sin merecerlo» - pensó él. Esos hechos que le mostraban una perspectiva diferente le enloquecieron terriblemente, sintió como su amor se duplicaba y las ansias de tenerla se alborotaban dentro de su ser. ¿Y como juzgarlo? No hay manera. No hay reproche válido. Nadie puede contenerse al encanto natural de una ser lleno de virtudes y sapiencia. Es esa asombrosa evolución del hombre que combate con besos en vez de con golpes, que se alimenta de esmero en vez de simpleza, que engaña con miradas en vez de con farsas; es la encarnación de lo divino en ser humano, es ese inevitable hecho de generar amor.
Era la segunda noche que la chica pasaba en vela, el chico no logró tal cosa y durmió durante varias horas. Al despertar se encontró sólo en el cuarto de su amada, salió de éste y siguió las dulces sonrisas que adornaban la mañana. Era ella. Subió unas gradas de cemento y faltas de baldosa y llegó a una especie de terraza; que alegría inmensa ver su adorada dar danzando dichosa mientras el tierno pichón daba brinquitos de excitación. Era una realidad, el mirlo estaba sanado. Volvía a vivir. No acababa de calmar emoción cuando sintió un deseado abrazo que rodeaba su cuello y un beso fugaz que le hizo tiritar los huesos.
-Gracias – dijo ella – tu compañía anoche me alentó mucho el espíritu.
No respondió nada. Solo supo que el siguiente año de su vida fue el más placentero de los vividos hasta allí.
Ella le dio una oportunidad como algo más que amigos, la relación fue perfecta, sin contratiempos, peleas ni decepciones. El mirlo seguía con ellos, crecía y cada vez se veía más esbelto; y sin importar los múltiples esfuerzos de los chicos por regalarle la libertad, el noble pajarito se negaba a volar.
Como ya se dijo, pasó un año completo. Aquellos primeros doce meses inolvidables en la vida de cualquier enamorado. La decisión estaba tomada, forzarían al mirlo a emprender vuelo y tocar la libertad con sus uñas. Sería difícil para el ave, más aún para la pareja, aquel mirlo era el símbolo perfecto de su dulce y placentera relación. Era la bandera de aquella guerra ganada. Pero dar libertad es lo mejor, a la naturaleza lo que es de la naturaleza.
El chico tardó un poco en llegar a la cita aquella tarde de un jueves. La muchacha le esperó paciente, en el lugar de encuentro, una vasta llanura de verdes variados y pastos simétricos. Mientras lo esperaba, ella trató de incentivar su adorado mirlo, le tomaba y lo tiraba al aire, pero el ave, que volaba ya muy bien, se volvía neciamente al lado de su acogedora ama.
-Vuela - le decía ella – eres libre.
Y el mirlo apenas movía la cabeza a los costados como si entendiera la situación mejor que la chica, y permanecía inmóvil. Ella se sentó, le miró a los ojos, le acarició y le susurró dulces expresiones de cariño. De nuevo lo lanzó el aire, pero el mirlo regresaba de nuevo a su lado.
-¿No quieres volar?
Y el mirlo movió su cabeza de un costado a otro como dando a entender una negativa.
-¿Por qué? – preguntó ella.
Y entonces, lo extraordinario pareció adueñarse de la situación. El mirlo empezó a revoletear de un lado a otro, parecía feliz, libre, agradecido. Recogía ramitas y pedacitos de hojas, les tomaba en su pico, las llevaba al frente de su ama y las ordenaba en estricto orden mientras la chica le contemplaba sorprendida. Nunca se vio volar ningún otro pajarito con tanta algarabía. Finalmente el mirlo, cumplida su labor, se postró calmadamente de nuevo frente a la chica. Esta divisó estupefacta la obra de su avecilla, con ramas pequeñas y pedacitos de hojas se veía en el prado, escrita la palabra: “alma”.
La chica se pasmó por unos segundos, recordó aquella noche fría que entre sus cuidados, el nombrado mirlo salió de la agonía. Recordó las preguntas de su entonces amigo, aquellas que le interrogaban si daría el alma por la vida del mirlo. Recordó su respuesta afirmativa. Los recuerdos le causaron temores, pero luego se avergonzó de pensar en tales ridiculeces. Sonrió, miró al mirlo y le dijo:
-¿Tú tienes mi alma?
En esta ocasión el mirlo movió su cabecita de arriba hacía abajo y viceversa. La respuesta era un “si” irrefutable. Ella le sonrió de nuevo y agregó:
-Llévatela. Me has dado alegrías y brindado compañía. Te quiero demasiado, es lo menos que puedo darte.
El ave parecía no entender sus palabras, para éste, el quedarse al lado de quién le dio generosamente el alma y la vida era más comprensible. La miraba fijamente, a sus espaldas pudo divisar como su enamorado se acercaba alegremente con un par de rosas en la mano.
-Vete. Vuela. Eres libre – insistía ella, pero el mirlo no se movía.
-Bueno - agregó ella - , si me quieres agradecer el salvarte la vida debes volar libre de cadenas por los vientos del mundo. Quiero que mi alma conozca el infinito. ¡Vuela!
Ante estas últimas palabras el mirlo dudó. Sintió como una lágrima le rebozaba el ojo y se disolvía en sus plumas. Miró de nuevo al chico, estaba ya lo bastante cerca, pero no había hecho ruido alguno, seguro quería sorprender a su amada. El mirlo cerró los ojos, alzó sus alas y extendió su vuelo sobre el horizonte. Cuando el chico vio ese espectáculo se emocionó sobremanera, se apresuró a abrazar a su amada emocionada pero esta pronto se desmayó en sus brazos. La palabra “alma” palpitaba escrita en el prado, el chico lo comprendió todo. Soltando a su amada y arrojando las rosas a cualquier parte, echó a correr enloquecidamente en la dirección en que el mirlo emprendiera su vuelo.
¿Acaso no es la visión del hecho una descripción clara de la mujer? Si lo es. El alma de la mujer hecha para desparramar afecto, y todo su ser, que enaltece excepcionalmente el significado de un sacrificio. Y si un mirlo enfermo basta para que una damisela entregue su alma, ahora, ¿Acaso no haría una mujer lo imposible por la sonrisa de un niño, por el abrazo de un anciano, por la mirada esperanzadora de sus hijos o el bienestar permanente de sus padres? ¿No es acaso el ser más dignificable, más amable, más esplendoroso y más tierno que pueda existir? Que tontos interrogantes. Tontos, porque requieren de una respuesta indiscutiblemente obvia, además de positiva.
La chica murió. Y del chico nunca se volvió a saber nada. Pero cuentan los viejos sabios, que en las noches estrelladas de luna llena, en las grandes llanuras despejadas, se ve a un mirlo volar muy bajo con incansable actitud. Detrás de este, un chico corre desesperado sin detenerse un solo segundo, como si no tuviesen necesidad de beber, comer ni descansar. Vuelan y corren como almas pasajeras. El chico se ve nervioso y temeroso. Desesperado, en los ojos de aquel eterno corredor se ve la única y clara intención de atrapar el mirlo, como si de ello dependiera su futuro, como si de ese sencillo detalle dependiera su felicidad, como si del mirlo dependiera… la vida de su amada.
(c) Diego Fernando Clavijo Gutiérrez
Santander

Colombia





El chico que corría tras el mirlo resultó finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer.






Diego Fernando Clavijo Gutiérrez (Pamplona, Colombia, 1988) se considera un amante desquiciado de los libros.

imagen: Surucuá, dibujo de Irma Dariozzi - de la muestra en el Jardín Japonés de la ciudad de B uenos Aires -

viernes, 23 de septiembre de 2011

Pandora Coelho












Albañil




Marta estaba casada con un fontanero desde hacía quince años.

Habían pasado muchas dificultades, pero siempre las han superado por el compañerismo que tenían el uno con el otro.

Su hijo mayor, de trece años, ya era casi un hombre.

Estaba muy orgullosa del adolescente que se había transformado, tan bello, trabajador y responsable.

Ya su hija pequeña, de diez años, era la princesa de la casa, siempre dispuesta a ayudar a quien fuera.

Marta trabajaba como administrativo en un grande hipermercado desde hacía diez años. Pero entonces llegaron las crisis y su despido fue inminente.

Desesperada por conseguir otro trabajo, Marta se presentó a todo tipo de puesto ligado a su carrera de administrativa, pero con la situación actual del país, siempre ponían impedimentos. Hora era por la edad, hora por la experiencia, hora por su condición de madre y responsable de dos menores.

Desesperada, se apuntó a un curso de albañilería, ya que, como administrativa le estaba siendo casi imposible la recolocación.

Su marido, que siempre le ha apoyado en todo, también le animó en hacer el curso.

Cuando era adolescente, su padre construyó una casa, la cual, aun vivían hoy en día y Marta le ayudó en la tarea de construcción, haciendo pasta, recogiendo ladrillos, entre otras cosas.

Cuando se casó, y después de nacer el primero hijo, compraron una casa en un pueblo, donde pasaron años de reforma. Ella nunca dejó de ayudar a su marido en el trabajo de la casa, pues decía que era algo de los dos.

Le llamaron para una entrevista.

Animada, fue a la entrevista que nada más lejos estaba de lo que ella pensaba ser.

La habían escogido como alumna trabajadora en el curso de albañilería.

El grupo era pequeño, diez alumnos divididos en cuatro hombres y seis mujeres.

Todas las mujeres eran casadas, madres y mayores.

Esto le animó. Pues vio que no solamente ella se encontraba en la desafortunada posición de descalificada.

El profesor, un hombre de mediana edad, bajito y regordete, resultó ser el mejor monitor de esta profesión. Era muy paciente, comprensivo y amable.

Lo mismo no pasaba con sus compañeros masculinos, hombres de mediana edad, que tenían la idea fija de que este tipo de trabajo no era para mujeres.

Para ella, cada día era una nueva aventura de aprendizaje. Le encantaba poder trabajar con las manos y construir algo.

A lo largo del curso, que duró doce meses, ella les demostró ser más que capacitada de ejercer la profesión.

Tenían como proyecto, restaurar una vieja escuela y hacer de ella un centro cultural para el pueblo.

Restauraron el tejado, quitaron la carga de las paredes y la volvieron a cargar y enlucir.

En la fachada, colocaron piedras.

En el suelo, colocaron parquet.

En fin, la vieja escuela estaba tomando forma de un bellísimo centro cultural.

Hicieron una cocina, dos baños y los alicataron y baldosaron.

Cierto día después del trabajo, llegó a casa y no tardó en llamaren a la puerta.

Abrió y un agente de policía preguntó por ella.

- Si, soy yo. – contestó.

Su hijo mayor, que ya había llegado del instituto, se acercó por detrás y pudo escuchar lo que le informaba el agente.

- Su marido. – comenzó el agente, pero paró un instante – Su marido ha tenido un accidente y está en el hospital general.

Ella casi se desploma. ¿Qué habría pasado?

El agente le informó de que su marido estaba trabajando en un tejado y se resbaló. Y aun que usaba el equipamiento apropiado, éste no suportó su peso y la caída de ocho o nueve metros, fue inevitable.

Más que deprisa, cogió su bolso, dejó su hija pequeña a los cuidados del mayor y se fue al hospital.

Llegó allí y no tardó a que un médico, un joven de unos treinta años, muy simpático la recibiera.

- Hola, me llamo David. – se presentó el médico, extendiéndole la mano – Su marido llegó al hospital con tres costillas rotas, las cuales le perforaron el pulmón derecho.

Ella apenas escuchaba lo que el médico le explicaba, pero algo prendió su atención.

- Hace veinte minutos que perdimos su marido. – concluyó el médico.

Ella que se preguntaba, constantemente como iría encontrar al hombre que amaba, que siempre la había apoyado, que le había dado dos hijos lindos.

De repente todo desapareció y quedó todo negro, oscuro, sin color.

Ella no sintió nada más que el suelo frío.

Cuando despertó estaba acostada en una camilla y la cabeza le daba vueltas y dolía mucho.

Fue el propio Dr. David quien vino a verla.

- ¿Cómo te encuentras? – preguntó al verla despierta.

- ¿Qué ha pasado? - quiso saber ella.

El médico le informó de que se había desmayado al recibir la noticia de su marido.

Entonces recordó todo y lloró.

Lloró por perder la única persona que le había ayudado. Lloró por sus hijos que ahora quedaban huérfanos de padre. Lloró por su suegra que acababa de perder un hijo.

Con mucha tristeza en el corazón, pero siendo fuerte para sus hijos, ella preparó el velatorio.

Dos días después del entierro, estaba sentada en su cama matrimonial, con el cuaderno de firmas en una mano y la fotografía de su marido en la otra.

No sabía que podría hacer o mejor que iba hacer. Ahora estaba sola, con dos hijos para criar. Se sentía vacía, como si le faltara la mitad de su ser.

La semana siguiente, reincorporó al curso, pues le quedaban sólo dos meses para terminarlo.

En la graduación, ella recibió un premio, junto con otros dos compañeros como los mejores alumnos.

Otra vez lloró por no poder compartirlo con nadie. Le faltaba una pieza importante en su vida. Su marido, la persona que le había apoyado tanto en la realización de este curso.

No más terminar el curso, le llamaron de una empresa en el área de la construcción. Debería trabajar como albañil.

Necesitando el sueldo, ella aceptó.

El trabajo estaba constituido básicamente, de reparaciones fáciles. Cargado, enlucido, alicatado y baldosado.

Ella comenzó a trabajar con otros dos oficiales. Hombres de mediana edad, con muchos años en la profesión.

Al principio le costó un poco adaptarse, pues el trabajo era duro, pero poco a poco, ella fue adquiriendo experiencia.

Después de dos años trabajando como tercero oficial de albañilería, su jefe le subió de categoría.

Estaba feliz, pues esto significaría que subirían también su sueldo.

Su hijo mayor, ahora con quince años, consiguió trabajo, también en la construcción y alguna que otra vez coincidían en las obras que trabajaban.

En su casa, todo funcionaba bien. Todos colaboraban.

Ella vivía para su trabajo y sus hijos.

La vida comenzó a serles más llevadera. Pues ahora tenían dos sueldos, más la pensión.

Juntos, terminaron con la reparación de la casa en el pueblo y decidieron ir a vivir allí. Sería más fácil para ellos, pues con el trozo de terreno que tenían podían hacer una huerta y ahorrar algo más.

Ella comenzó a hacer cursos relacionados con su profesión actual. Encargado de obra, Interpretación de planos, Métodos de presupuestos, entre otros.

Su hijo ya no era peón de albañilería, había subido de cargaría para oficial de tercera en albañilería.

Entonces ella tuvo una idea muy atrevida.

- Podíamos abrir una pequeña empresa de reformas. – sugirió a su hijo.

- Mamá, no soy un profesional aun, no como tú.

Ella le explicó que se dedicarían a reformas pequeñas, ella sería el oficial y él le ayudaría, así podría ir adquiriendo experiencia.

- ¿Crees que podrá dar cierto? – preguntó su hijo.

Ella no podía saber nada del futuro, pero estaba dispuesta a luchar por algo mejor.

En cuestión de meses, abrió la empresa y poco a poco fue haciendo propagandas.

Tenía todo a su favor.

Tenía estudios de administrativo y experiencia en esta área. Pero también tenía estudios y experiencia en la construcción.

Y lo más importante era que su hijo la apoyaba, tal como solía hacer su padre. Esto a ella le daba fuerzas, mucha fuerza para seguir caminando hacía adelante.

Comenzaron como una pequeña empresa de reformas. El trabajo no les abundaba, pero tampoco les faltaba. Podían llegar bien a fin de mes y pagar todas las cuentas.

Cuando la crisis apretó aun más, tuvieron momentos difíciles, muy difíciles, pero siguieron adelante. Apretaron el cinturón como pudieron y salieron adelante.

Más una vez la suerte les sonrió.

Superada las dificultades, la hipoteca pagada, ahora era el momento de concentrar en su hijo que había dado su juventud a ella, cuando quedó sola.

Mandó a su hijo mayor a la universidad, a cursar algo que al joven le hacía ilusión, la arquitectura. Sí, salió arquitecto.

Su hija ahora con diesesiete años, estaba lista para entrar en la universidad, pero, su hermano aun estaba estudiando.

Su madre no podría pagar las dos universidades, así que optó por hacer cursos aquí y allá para ayudar su madre, hasta que su hermano terminada la carrera.

Una vez terminada la carrera, el hijo asumió el control de la empresa, ampliando las posibilidades y envió a su hermana pequeña a estudiar lo que a ella le agradaba, los números.

Ésta optó por gestión y administración de empresas, así podría llevar las cuentas de la empresa, mientras que su hermano llevaría la parte práctica.

Marta agradecía a Dios todos los días, por haber tenido dos hijos tan comprensivos y colaboradores.

El joven no era de salir, ni de meterse en problemas, desde que su padre había muerto, el niño se había hecho hombre. Procuraba ayudar a su madre y hermana en todo que podía.

De la misma forma, la joven era responsable y colaboradora.

Después que su hija terminara los estudios y se ocupara de la parte burocrática de la empresa. Marta comenzó a pensar en la posibilidad de retirarse. Ya tenía la edad avanzada.

Entonces su hijo decidió casarse. La joven era de muy buena familia y además ingeniera. Hasta parecía que su hijo había pensado en todo.

En dos años, compró la casa de al lado y la reformó. Cuando se casó, su joven esposa ya estaba embarazada de tres meses.

Era toda una alegría para Marta, ver a su hijo, tan bien encaminado en la vida y ahora iba a ser padre. Era todo un orgullo para ella decir que iría ser abuela.

Ya pasada la tormenta de la boda, Marta decidió definitivamente retirarse.

A sus cincuenta y dos años, ella se retiró, quería cuidar de su nieto.

Su puesto fue ocupado por su hija y su nuera.

La empresa estaba creciendo cada año, a pesar de la crisis.

Tenían ocho empleados y mucho trabajo.

Cuando su nieto cumplió cinco años, se casó si hija con el propietario de una cadena de tiendas de materiales de construcciones.

Fue el salto que necesitaban.

Sus hijos habían pensado en sus vidas como un todo.

Unieron las empresas y crearon una de las mayores empresas de construcción del norte de España.

Hoy en día, Marta es una anciana de sesenta y cinco, aun que marchosa, vive para cuidar de sus tres nietos. El mayor tiene hoy la misma edad que tenía su hijo cuando su marido falleció.

- As veces la vida nos enseña el camino, pero no conseguimos entender las señales y dejamos pasar las buenas oportunidades. Atender bien las señales es imprescindible para una vida llena de amor y suceso. – decía ella a su hijo cuando le veía triste o preocupado por algo.

Siempre fue una mujer muy fuerte, positiva y luchadora.

Así describo la mujer de hoy en día.




(c) Pandora Coelho (seudónimo)




Asturias




España




Albañil resultó finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer, la autora, con el seudónimo de Pandora Coelho autorizó su publicación.


La imagen es gentileza de la autora.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Juan Carlos Pérez López









Un destello verde sobre la mar

Su existencia ha llegado a tal punto que la mayor cota de igualdad a la que puede aspirar (o la que puede esperar) no es sino el silencio atronador.
Ella está convencida de que al atardecer, cuando el sol sanguinolento se sumerge en la última línea del mar para aliviar sus heridas, el astro rey deja sobre el piélago marino, sereno y borroso, un destello remolón impregnado de esperanza, y con el que nos proclama que siempre habrá un nuevo amanecer, un lapso de tiempo renovado para canjear los malos augurios por expectativas resplandecientes. No duda de que si logra descubrir ese rayo solar - cree que es de color verde- su suerte se vestirá con un gabán de buena ventura.
Ella está en la playa. Se saca los zapatos. Acaricia con los pies desnudos la arena mojada. Se estremece, pero se descubre reconfortada. Remoja su mirada en la espuma del oleaje, que se acerca remolona hasta ella para robarle, en su retirada mar adentro, los trazos del corazón que ha dibujado con la punta de los dedos. Se deja caer sobre la arena. Su vista se zambulle en el caleidoscopio de matices ruborizados con que se tiñe el cielo en su tránsito hacia la penumbra. Remueve la arena con sus brazos y piernas, esbozando un aspa en movimiento. Sonríe, y ríe, y se carcajea, su alegría como un oleaje batiendo sobre un malecón solitario.
Se incorpora. El sol acaricia el horizonte. Una brisa suave remueve su cabello, lisonjeando su piel, sus vellos erizados. Recuerda…

Sobre si se casó enamorada o no, ese es asunto que a estas alturas ella ni se cuestiona. Se casó, y punto. Y eso es lo que realmente cuenta a la hora de la verdad, de su realidad: un bramido de desventura. Y si se casó, desde luego, fue un acto nada deliberado con la almohada que se convirtió en un impulso de liberación que dejó de lado razones aireadas por aleteos de mariposas en el estómago. Supone, tal vez, que sí lo quiso. Pero de eso hace tanto tiempo que la desmemoria se acercó a ella para abrigarla de los estremecimientos que le causaba en su alma el desamor.
Estaba, más que harta, cansada; abatida ante la encrucijada en la que había quedado atrancada su existencia. No sabía para dónde tirar o mirar, sus decisiones amordazadas, sus ojos infectados de tristeza. Pero lo que tenía claro era que no podía quedarse de brazos cruzados, que ya estaba fatigada de abrazar su pecho para acunar su congoja. Había llegado la hora de tomar una decisión, de someter su vida a cirugía mayor.
Poco a poco, sin darme cuenta, mi piel ha adquirido el color de la cera que aguarda pacientemente para fundirse sin remedio ante el influjo de una llama. Pero tu presencia ya no me transmite la calidez con la que hace años se derretía mi corazón y que me hacía sentir impaciente hasta que escuchaba la llave girando en el bombín de la cerradura: cuando llegabas me inundaba la felicidad, licuándose mis angustias. Ahora siento temor, y tiemblo de pies a cabeza.
¡Qué verdad más inmensa es que las cosas buenas duran poco! ¡Que lo bueno si breve dos veces bueno…! Nadie duda de esas certezas, aunque yo hubiera dado todo porque nuestra larga historia de amor no se hubiera convertido en un fantasma, en un espectro que hoy en día chorrea sus suspiros por todos los rincones de nuestro hogar, un páramo donde el musgo helado del menosprecio ha colonizado nuestros sentimientos, dejándolos hechos partículas sin pulso ni aliento. Mis ilusiones se han roto como las cuerdas de una guitarra.
Ella nació en el seno de un hogar humilde donde el lugar predominante lo ocupaban los varones, todos ellos dedicados a la minería. A la mesa, de día o de noche, el bocado más glorioso estaba reservado para el padre; luego se servía a los hermanos, y lo que sobraba, sí, sí, lo que sobraba, (que no es exagerar) para su madre y para ella, que eran las que trabajaban en casa, que ese casi no era trabajo, según ellos. Eso sí: se levantaban las primeras y se acostaban las últimas, en una labor nada reconocida de sol a sol o mejor aún: de madrugada a madrugada, pues salían de la cama cuando el puñetero gallo no tenía otra cosa que hacer más que ponerse a cantar sin venir a cuento; y se iban a descansar cuando dejaban la vivienda totalmente dispuesta para el día siguiente, y nunca antes de las doce de la noche.
Cuando al alba la casa se ponía en planta, ella ya había ordeñado las vacas y había preparado el fuego y el café para su padre y sus hermanos, quienes remoloneaban en la cama, apurando los últimos minutos de la calidez de las sábanas. Mientras estos desayunaban, ella preparaba los canastos con la comida. Luego salía a la puerta a despedirlos; nunca un beso de despedida ni unas palabras de agradecimiento; eso sí: más de un grito se llevó del padre y de los hermanos cuando estos no tenían a mano a ninguna otra para desahogarse de sus problemas o frustraciones. Y nunca una disculpa para remediar el dolor de las muchas broncas injustas que tuvo que tragarse en silencio. ¿Para qué excusas o pretextos, si ella era mujer y sabía cuál era su labor y su sitio? No necesitaba buenas palabras; menos aun cariñosas, que ya vendría un mozo a cortejarla y a endulzarle las orejas. Y ella, en silencio, rezaba para que así pronto sucediera.
No había día en que no tuviera que atender a los animales: limpiaba las cuadras que estaban justo debajo del piso que habitábamos; las sacaba a pastar, o si hacía malo les daba de comer en el abrigadero, acarreando enormes fardos de paja que eran más voluminosos que mi figura de moza fragilucha, casi invisible a los ojos de los que estaban a mi alrededor, siempre dándome órdenes continuas e insultos permanentes, pero luego ignorándome.
Mientras realizaba las labores de la huerta, recolectando las verduras y hortalizas, o arrancaba las malas hierbas, veía cómo mi hermano pequeño salía de casa camino de la escuela, ese viejo edificio con el que yo soñaba. Siempre iba lustroso y bien peinado, que de que estuviera resplandeciente se ocupaba mi madre sin falta. Yo salía corriendo, antes de que se perdiera por el camino, y lo achuchaba entre mis brazos, y lo besaba y le susurraba al oído: <>
Me quedaba con las ganas de acompañarlo, no hasta la puerta de la escuela sino hasta adentro de la clase, para sentarme a su lado en el pupitre, que sólo las cuatro reglas, leer y un trazo tembloroso de escritura me dejaron aprender. Y menos mal, que la lectura de muchos libros me salvó de mi realidad.
Con dieciocho años se casó. Lo conoció en un baile del pueblo. Era forastero. Le enmeló los oídos con su encantadora voz de tenor, con un rosario de promesas azules que, al fin, como cuentas desperdigadas por el suelo, la abocaron a una existencia en blanco y negro. En su matrimonio no hubo color alguno, salvo el del luto del trato que le dispensaba el esposo.
El mayor calvario que pasó fue tener que aguantar sus enfados continuos, sin un motivo sin un porqué; sus constantes salidas de tono, sus subidas de voz injustificadas e inesperadas; sus humillaciones, sin importarle un bledo que hubiera gente delante, o mejor: importándole mucho, que así causaba más daño y él más se engrandecía ante la afrenta causada de manera gratuita, sintiéndose poderoso y superior, pero sin darse cuenta de que arrastraba su matrimonio por un lodazal en el que ella se ahogaba, dando brazadas frenéticas, pero cada vez más debilitadas; se estaba dejando apagar en sus miserias.
Siempre culpándome de todos sus malos momentos, de su malhumor, de sus cansancios; incluso de que no le diera un hijo, y eso que nunca consintió en acudir a hacerse un reconocimiento médico. Porque para él estaba más que claro que yo era la que no servía, porque no tenía más que mirarme a un espejo: siempre tan delgada, tan desarreglada, con la cabeza agachada, con los brazos caídos. Pero él sin reconocer que quizá era porque me sentía cansada, ultrajada. No paraba ni un solo momento para que la casa estuviera como un jaspe, que era así como él lo exigía, con la comida a su punto y hora; con la ropa limpia, planchada y ordenada en el armario, que a lo mejor él pensaba que las faenas del hogar se hacían solas. Sin preguntarse una sola vez si quizá él no era en buena parte el responsable de mi aspecto descuidado. Y no crean que trato de echar balones fuera; sé cuál es mi parte de culpa: tener una autoestima baja; la que me obligaron a tener; con la que he aprendido a convivir.
Así ha sido casi desde el principio: rumiando todas mis congojas en soledad, en el aislamiento, en la rabia que me ahogaba cuando él salía solo, sin hora de vuelta, sin preguntarme si quería acompañarlo o me quedaba… Sin yo decirle que yo sí que podía tener hijos, que así lo atestiguaban los médicos a los que acudí para que me curaran de una falta que nunca tuve, salvo en su imaginación retorcida y machista.
Una mañana descubrió que ya nada importaba; que lo mejor para ella era callar; que ese era el lugar donde todos estaban a la misma altura; que dentro del silencio se sentía redimida de la opresión tan asfixiante que reinaba entre las cuatro paredes de aquella casa desolada. Y se fue sin dejar una nota.
Las olas cosquillean las plantas de sus pies. Se incorpora. Las partículas de fina arena están adheridas como lapas a su ropa. Se adentra en el mar. El agua está fría, pero no detiene su avance, el oleaje estallando en su cuerpo. Miles de gotas saladas caracolean sobre su rostro. Rebusca con sus manos, juntas a modo de batea, sobre la superficie marina. Se gira sobre sus pasos. En el recipiente formado por sus manos lleva un retazo del mar, teñido por el sol que sangra cada vez más a lo lejos. Escudriña con los ojos, llenos de escozor por el salitre. El agua se escurre entre sus dedos. No encuentra lo que busca.
Se llena los bolsillos de su ropa con gran cantidad de arena mojada, conchas y caracolas y algunas piedras. Apenas puede arrastrar el abrigo, empapado hasta la última fibra y con un lastre adicional. Vuelve a sumergirse en el mar. Esta vez se adentrará más aun. No sabe nadar, pero no importa.
Sólo anhelo acariciar aquello con lo que tantas veces soñé: un destello verde sobre la mar.

(c) Juan Carlos Pérez López
Sevilla

España

Un destello sobre la mar resultó finalista en el Concurso de cuentos Contra toda violencia hacia la mujer organizado por la revista Archivos del Sur.

Acerca del autor:

Juan Carlos Pérez López ha recibido los siguientes premios:


PREMIOS 2010:
Finalista del IV Certamen de Novela Corta “Encina de Plata” 2010.
Primer Premio del XXIV Certamen Internacional Álvarez Tendero, de Arjona (Jaén) con la obra titulada “El silbato del tren”.
Primer Premio II Certamen “Totana en Igualdad, 2010” convocado por el ayuntamiento de Totana (Murcia), con la obra “A través del cristal”.
Segundo Premio del XIII Certamen de Cartas de Amor y Desamor de Onda Marina, Fernán Núñez (Córdoba) 2010 con la carta titulada “Tras las rejas”.
Tercer Premio del Certamen de Cartas de Amor de Carrión de los Céspedes (Sevilla) 2010 con la obra titulada “Dicen que no tenemos tiempo”.
Segundo Accésit del Certamen “En igualdad” de Coria del Rio (Sevilla) 2010 con la obra titulada “El traje”.
Segundo Premio del certamen de Cartas de Amor “Fundación Concha de Navalmoral de la Mata (Cáceres) 2010 con la obra titulada “Amor descuidado”.
Primer finalista en el certamen de Relatos de Mujer de Navalmoral de la Mata 2010 con la obra “Presidios de desigualdad”.
Segundo Finalista en el Certamen de Cartas de Amor Pablo Neruda de Coria (Cáceres) con la obra “Boceto de Miradas”.
Tercer Premio del Certamen Relatos de Mujer 2010 de la Asociación de Mujeres “El Despertar”, de Porcuna (Jaén), con la obra “La bolsa con la basura”.

imagen: Alfredo Volpi - fachada con sirena

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tamara Guirao Espiñeira









Mujer emberà





Las luces que surgen de repente en la selva forman parte de una conseja de animales, plantas y hombres que advierten de los peligros de aventurarse en las aldeas de cristal para huir de la monotonía y la tranquilidad de la selva.
Aquella madrugada plagada de estrellas, bajo la rutilante luz de la luna llena, como en todas, él se despertó de pronto tan sobresaltado en la noche aciaga que sentía a voces el vacío inmenso de aquella dolorosa ausencia en el lecho conyugal desocupado a medias. Ella ya no estaría nunca jamás allí con Él por mucho que Él la soñase y era increíblemente duro despertarse de repente cada maldita madrugada para tener que cerciorarse de la existencia de su vacío. El poder quedarse dormido era inmensamente difícil sin el sonido monótono, acompasado y decreciente de su respiración inconsciente. Cada noche era aún mucho más eterna que la anterior y las pagaba todas juntas la mañana del día subsiguiente porque le encontraba por fin dormido, vencido por la desesperanza y la soledad, tortuosas compañeras en el camino terrible de su alma desolada.
Algún tiempo atrás, Ella se había ido en pos del invasor hombre blanco que la engañó sutilmente con miles de promesas hechiceras y bagatelas deslumbrantes, que la invitó a conocer riberas secas colmadas de chozas gigantescas hechas de enormes piedras imposibles, que le ofreció recorrer las aldeas de cristal con pieles en los pies, a perderse sin temor y buscando la gloria en un nuevo y desconocido universo lleno de sensaciones ignoradas, y, especialmente, a alejarse de Él y de su influjo para siempre. La brujería del progreso había profanado la selva para robar la perla de las palmeras.
Así fue como Él perdió su cuerpo del color de la tierra, sus ojos del color oceánico de las hojas de las palmeras, su caudalosa risa que se desbordaba en torrentes y deshacía en añicos la calma a cualquier hora del día. Perdió también sus lágrimas que brotaban en ráfagas tan espontáneas y tan poco duraderas como las tormentas usuales de la estación del calor. Ante todo perdió su dulce compañía en las largas noches de la selva, que se hicieron aún más largas sin Ella y su ausencia inexorable lo invadió todo: el lecho, el silencio, el calor, el aire. Todo era su ausencia y no había nada más.
De vez en cuando, para volver a herirle, un eco perdido recuperaba notas melodiosas de su voz olvidada en canciones de pájaros y ramas.
Todas las noches Ella surgía en sus sueños como si no se hubiese ido realmente jamás. Una noche tras otra, Ella enseñándole una hoja caída, Ella dando leche a una cría de león junto a su madre muerta, Ella llorando porque Él se había atrevido a dejarla sola en la copa de un árbol, Ella sonriendo, Ella en sus brazos ... y ahí, soñándola en sus brazos, despertaba una y otra noche, cada noche, todas las noches... Y todas las noches el silencio lo invadía todo, y propagaba a los cuatro vientos su ausencia y el dolor que de ella nacía. Y la nada avariciosa perpetuaba el silencio que se callaba quizás más para denunciar aquella defraudante ausencia.
Pero esa noche era totalmente distinta. Las estrellas se conjuntaron en el firmamento de una manera distinta, eclipsándose por turnos equitativos unas a otras en un juego tan sumamente infantil que desconcertó de plano a los astrónomos, que miraron estupefactos las lentes de sus telescopios y se acostaron más temprano que de costumbre creyendo que estaban borrachos, que quizás llevaban demasiadas noches estudiando, que la luna llena les deslumbraba y coincidieron en que era imposible trabajar. Alguno decidió no volver a echarle unas gotas al café con leche. El río murmuraba corrientes de aguas incoloras distintas, la luna iluminaba nubes inodoras distintas, las piedras emitían brillos deslumbradores distintos y Él ya no era el Él que fue siempre, sino que era un Él distinto.
La amaba por encima de todo, eso era lo único que no había cambiado en lo distinto del ambiente que le embargaba y la amaba tanto que su cerebro había decido hacer algo distinto que soñarla: recuperarla. Él también surcaría decidido y sin temor los oscuros y prohibidos caminos que conducían a la aldea de cristal y al hombre blanco, aunque los dioses devoradores al verse así traicionados le ahogasen sin piedad ni compasión en los charcos cenagosos de la venganza.
Tenía miedo de que un sol distinto, al que nunca adoró, le acompañase en su camino y le hiciese pagar nuevos tributos de sangre para sufragar su nueva vasallía. Tenía miedo de encontrarla a Ella tan cambiada que fuese incapaz de amarla. Tenía miedo de morir y no llegar adondequiera que ella estuviese, porque seguro que la hallaría esperándole. Los pájaros se arremolinaban a su paso, advirtiéndole del peligro.
Y su miedo crecía y crecía desesperadamente, como una hiedra trepadora. Su gesto se tergiversó y sus movimientos se hicieron más torpes, como si perdiera la condición de ser humano poco a poco.
Recogió poco a poco todos sus pobres enseres y escogió lo que iba a portar en su camino. Sin embargo, era todo tan distinto que decidió irse con las manos vacías. Llevarse a sí mismo ya era carga más que suficiente. Trazó un mapa en su mente del camino posible y también de las alternativas imposibles, mas era inútil desarrollar un plano concreto cuando no sabía a donde ir, así que decidió confiar en los susurros ululantes del viento, en la orientación concesiva de las piedras y en los guiños fugaces que le remitirían honradas las estrellas desde el firmamento.
Llegó el momento oportuno. Emprendió el camino cuando creyó que ya nadie le observaba y que ya nadie conocería su decisión hasta que fuera demasiado tarde. Pero dos personas lo supieron al tiempo que él plantaba el primer pie descalzo fuera de su cabaña. Ella se despertó de golpe en su suave cama de plumas, de su dura casa de piedras, de su frágil aldea de cristal y la Madre Tierra llovió otra lágrima azul porque otro hijo más se le iba al infierno de los descastados, sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.
Él emprendió el camino sin mirar ni una sola vez atrás y aún ni siquiera había amanecido cuando su escueta balsa tembló arrastrada por la ruidosa corriente de la ría y ante los atónitos y agigantados ojos de Él nació el mar. Devoró con la mirada aquella vasta inmensidad verde y le sonrió a los delfines.
Cuando Ella vio por primera vez el inmenso mar y sintió el bamboleo de las olas, pensó que había merecido la pena dejarlo todo de lado para conocer el resto del mundo. Creyó que todas las noches que había llorado en silencio porque se sentía muy pequeña en los brazos de Él habían servido para que ahora pudiera sentir dentro de sí el océano en toda su grandiosa inconmensurabilidad, sobre todo, si se lo comparaba con ella misma y su propia pequeñez.
A veces echaba mucho de menos cosas de las que había dejado atrás: la mano segura que encendía fuegos acogedores todas las noches, el abrazo fuerte y recio que la esperaba siempre cuando el dolor, la soledad y la muerte acechaban ahí fuera, la voz que le prometía que todo iba a ir bien y jamás se equivocaba, los besos que crepitaban veloces en llamaradas de cariño y las manos que buscaban cómplices el amanecer acompañadas. El amor cotidiano que Él derramaba.
Todo eso lo perdió cuando aceptó sin rechistar la soledad disfrazada que le traía el hombre blanco. El hombre blanco no era un hombre lujurioso que buscara los placeres de su cuerpo, sino la personificación del hambre de cariño, de saber qué hay ahí fuera, de ver el sol brillar en todos los ojos de todos los hombres, blancos o no, de toda la tierra, desde todos los barcos y chalupas, desde todos los océanos y mares, desde todas las aldeas y pueblos, desde todos los abrazos y besos, desde todas las arenas y tierras. Aunque el dolor la persiguiese incansablemente.
Ella sabía que no echaba en falta a Él ni a ningún otro. Sabía que las ansias desbocadas que la acosaban desde niña no se detenían en Él, sabía que otros serían los que ocuparan su abrazo vacante, recogerían sus lágrimas, reflejarían sus sonrisas, cerrarían los ojos en sus besos. Llegarían las noches amorosas y no dormiría sola ni el frío de la nostalgia se alojaría en sus sábanas ...
No obstante la aterrorizaba incesantemente el espectro de la soledad por las noches y le dolía cuando las gaviotas le narraban las últimas hazañas de Él en los campos del amor y de la vida. Ella, que salió a toda velocidad y con ventaja hacia la meta, había caído en la primera trampa, mientras él la adelantaba por otro sendero que no era un atajo. La sombra de la derrota planeaba sobre ella como antes los buitres carroñeros de la selva cuando estaba enferma. Recordarle o saber de Él era dolor.
Y la Madre Tierra, su madre, también le dolía. Le dolía en las entrañas con ese dolor inmenso que da la sensación de no sentirse comprendido. Así, Ella era el caballero de Olmedo, muerto a traición en el bosque por haber acudido a una cita como era su deber. Ella era Van Gogh y no había vendido aún ningún cuadro y se sumía cada día más y más en la pobreza y en la locura. Ella era Cervantes que triunfaba con el Quijote y tenía que reírse él mismo de sus versos antes de que lo hiciera Lope de Vega. Ella ya no era Ella porque ya no tenía a la madre que tenía antes ni tenía al Él que la sostenía. ¿Quién era entonces? No sabe, no contesta.
Así que en medio de la noche lloró una vez más y sintió que era el destino quien la abrazaba y decidió entonces no volver a depender de nadie.
Paradójicamente se habían cumplido en poco tiempo todas las promesas hechiceras que le había hecho el hombre blanco. Conocía al menos un millón de nuevos objetos, formas, colores, luces, aldeas, piedras, gentes, tierras, arenas, voces... pero estaba absolutamente sola y toda la gloria fastuosa que se derramaba ante su mirada sorprendida era inútil.
Quería volver a la Madre Tierra pero su madre le negaba el camino. ¿Cómo volver al lugar donde todas las puertas están cerradas y no tienes llave y has perdido la dirección del único cerrajero? Quería refugiarse en el regazo de su madre y llorar hasta expulsar todos los demonios que la asolaban. Imposible, ya no había medio de contacto con su madre, sus ondas filiales ya no tenían cobertura.
Toda esta situación removía en su cabeza rumores nacidos a causa del abandono de su padre y le hacía ver lo sola que estaba y lo solísima que se quedaría. Así que soñó tantas veces en noches repetidas con su padre que la volvía loca que la desasosegaba el temor de volverse tan loca como lo estaba él y de ser una niña eterna para toda la posteridad, y de ser tan inútil que ni siquiera sirviese para hacer daño y echarse a sí misma la culpa no arreglaba nada. Así que la culpa se sumaba de incógnito a su temor y unidos junto con el insomnio hacían tal escándalo en su apabullado cerebro que no la dejaban dormir tranquila.
En su cabeza repiqueteaban uno tras otro e incluso todos a la vez los golpes que la vida le había dado en veinte años de existencia y era tan amargos los ecos que le repìqueteaban en las sienes que casi no merecía la pena acostarse de noche y rendirse a la amargura de lo cotidiano y de lo ya sabido.
Y entonces le daba por soñar que era Ella la verdadera madre de su padre y que era Ella quien le había abandonado y que él se sentía como se sentía ahora Ella sin madre y por lo tanto Ella tenía la culpa de que su padre fuera el desastre que siempre fue. Y se despertaba llorando a lágrima viva por las noches porque estaba sola en la aldea de cristal y no estaba Él y tampoco había una Madre Tierra que afirmase el suelo cuando éste se deshacía bajo sus pies. Y padre, tener, no lo tuvo nunca. Dormitaba y se develaba en un sinfín continuo de asechanzas.
Y tenía muchísimo frío. Tenía tantísimo frío que todas las mantas, aunque fueran incluso de lana, le dejaban los pies completamente desnudos y entonces no podía conciliar el sueño. Tenía tantísimo frío que agarró un catarro que la hacía toser descontroladamente durante horas y horas. Tosía tan fuerte que los esputos eran parte de sus entrañas y sólo su madre podría curarle el frío que la devastaba, pero su madre estaba encerrada en su ira y en su orgullo.
La Madre Tierra estaba tan terminantemente cerrada que todo ese año fue Miércoles de Ceniza y los pájaros fallecían soñando que llegaba al fin la Semana Santa y con ella también arribaba al fin la primavera. Pero el cielo seguía tozudamente gris y los pájaros se derramaban de sus nidos muertos de desazón y de tristeza. A los zorros les daban tanta pena que no se los podían comer, sino que los tomaban tiernamente entre sus dientes y les enterraban en el punto más alto de la colina, para que fueran los primeros en ver el sol cuando este volviese a amanecer. Y no amanecía, ni en la selva ni en las aldeas de cristal del hombre blanco.
La Madre Tierra estaba airada porque sus hijos descastados la habían abandonado y se negaban a ver con ella el camino terco de la verdad que hacia ella convergía. Sus hijos estaban hechizados por las promesas hechiceras del hombre blanco, por unas cataratas tormentosas que nacieron en sus ojos de las palabras de las promesas hirientes. No la defendieron de las promesas del progreso y del futuro. Así que no vieron, o no quisieron ver, que tras esas palabras aduladoras llegarían hasta ellos el rencor y la guerra. La Madre Tierra se quedaría congelada en su isla segura, preparada y alerta para la defensa, sola, pero convencida de estar defendiendo con razones para ello la única verdad verdadera del espejo nítido de la vida.
A la Madre Tierra le dolían inmensamente sus hijos, pero también se dolía inmensamente de ella misma, con lo que el silencio y la mirada rencorosa eran el único intercambio personal que se dignaba a permitirse cuando llegaban a sus oídos los avatares de sus hijos traidores. La Madre Tierra era la única ofendida en la reyerta y prefería ayunar antes que comer con las causas primeras del desastre. Cuando la azuzaran los carros de combate, llovería, y así sus ruedas quedarían atascadas en baches enlodados y el enemigo no podría avanzar.
Aunque sus hijos invocaran el amor que les tuvo antes de ser distintos a ella, Madre Tierra no olvidaría las explosiones nucleares que retumbaban en su cabeza aquella tarde que asesinó el Carnaval una confusa exposición de ideas.
No hubo gritos ni ayes de dolor. Fue una batalla fría, pero sanguinolenta. Dejó úlceras y no heridas.
Él atravesó los mares en su chalupa, protegido de los vientos gracias a su camisa, y sus pies, poco habituados a vestirse, encontraron enseguida el camino en cuanto se cubrieron de pieles, y una vez en el itinerario correcto divisó a lo lejos la casa de Ella quien, al descubrirle a partir de su sombra en la ventana, echó a correr tan veloz, y más desesperada que la vez que se marchó con el hombre blanco, y Él salió disparado detrás de Ella.
Y corrieron sin parar y recorrieron centrales nucleares, y palacios presidenciales, y destruyeron armas químicas y minas antipersona en su camino y los aviones espía en vez de enviarse misiles mutuamente se intercambiaban sus respectivas posiciones en varios idiomas y sabían perfectamente que Ella corría porque no merecía la pena quedarse para siempre con un Él tan humillado que era capaz de perseguirla después de haberla dejado irse y de haber intentado cambiarla por otras ellas en rebajas e incluso en saldos y... Cuando se cansó y se dio cuenta de que tenía que pararse para tomar un poco de aire para poder seguir y de que entonces Él la alcanzaría ...optó por parase en seco, con lo que Él casi la atropella porque corría súbito impulsado por la soledad, por el deseo y por la costumbre.
Así que Ella razonó con Él por una vez en su vida, detuvo sus besos y sus abrazos con un gesto, no sonrió para no darle falsas esperanzas y le dijo: "ya no te quiero". Él escuchó esto muy entero, aunque de repente se le sobresaltaron los ojos y se fue derritiendo poco a poco, como la sombra que siempre fue.
Ella se sentó sobre una roca, se cortó las uñas y, de espaldas a los restos de Él, esperó congelada a que su madre la recogiese.


(c) Tamara Guirao Espiñeira






Rennes, Francia






Mujer Emberá resultó finalista en el Concurso Contra toda violencia hacia la mujer


Tamara Guirao Espiñeira nació en A Coruña, España en 1978. Actualmente vive en Rennes, Francia.

En 1997 y en 1999 gana los 2º premios de poesía y narrativa de la R.U. Monte da Condesa. En 1999 gana el 1º premio de poesía del C.M. Fonseca.
Entre 1997 y 2002 funda y colabora con los colectivos poéticos Ollo y Pozo de Ideas, organizando recitales y contribuyendo a varias publicaciones como “A Xanela” y “O Correo Galego”.
Entre 2000 y 2002 dirige el grupo de teatro “Enxebre” con piezas propias.
Entre 2002 y 2007 atraviesa una crisis que la aleja de la escritura. En 2007
nace el blog “Nos pasos” recomendado por “Poemas del Alma” y hoy extinto. En este año gana el 2º premio en el certamen Derechos Ciudadanos en Galicia 2006, promovido por el Mpdc con el trabajo La protección de datos en Galicia: la deslocalización del telemarketing.
Entre 2007 y 2009 colabora esporádicamente con otros blogs y publicaciones electrónicas como Kebrantaversos, Fernando Sarria, El Pais, Poesias.es, La Vanguardia, Microrrelatos sobre Abogados, Relatos del Andurrial, Girapoema, etc…


Miembro del grupo “Los condenados” desde 2009 y “Les adhésifs” desde 2010, publica recientemente el blog “Generación Tortuga” (generaciontortuga.blogspot.com).
Finalista en el Certamen “Cuentos Infantiles” de Ediciones Fergutson en 2010 y en el “VIII Concurso Anual de Poesía de La Librería Mediática y Tvlecturas” en 2011.


imagen: Nicolás García Uriburu - de la nota Nicolás García Uriburu en la colección Fortabat-

domingo, 11 de septiembre de 2011

Patrocinio Navarro Rodríguez









La pequeña Sen Yui







Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, nació una pequeña niña llamada Sen Yui, la primogénita de una familia de campesinos pobres, muy pobres. Como era normal en aquella y en otras aldeas de la China rural y profunda, sus padres hubieran deseado tener un solo hijo y que este hubiera sido varón, pero nació una niña.
El padre se mostró bastante malhumorado cuando comprobó que, después del parto, era una hermosa hembra lo que se dibujaba ante sus ojos. No pudo controlar su ira y culpó gravemente a su esposa de no haberle dado un hijo varón
--No sirves ni para tener hijos—le reprochaba a su esposa--. Si lo hubieras deseado tanto como yo, me habrías dado un hijo varón.
--Los dioses nos han sido favorables y nos han entregado una bella hija sana—respondía su esposa para aliviar su descontento.
--Calla, ya pensaré lo que haré con la niña—contestó el padre
Tras escuchar las palabras de su marido, la joven Fiyi, madre de Sen Yui, arropó a su hija fuertemente contra su pecho y pensó que nada ni nadie la apartaría de aquella pequeña criatura. La niña sorprendida y presionada por la fuerza de los brazos de su madre rompió a llorar hasta que Fiyi comprendió que la apresaba con demasiado ímpetu, y fue cediendo en su empeño de aprisionarla con sus brazos. La pequeña, ya aliviada, siguió sintiendo la pasión de su madre y le mostró una sonrosada y diminuta sonrisa que llenó de alborozo su corazón.
Sen Yui fue creciendo bajo el calor del amor materno y el desprecio y la frialdad de un padre que no cedió jamás en su empeño en conseguir un varón. Fiyi mostraba resistencia a quedarse una vez más en estado porque temía que algo malo podría devenir a su hija si llegaba una nueva criatura a su casa.
De vez en cuando, y alentada por algunas vecinas, Fiyi acudía a la casa de una vieja hechicera que le suministraba pócimas y conjuros para no quedar de nuevo en estado. Esto parecía surtir efecto, pues el padre, por mucho que buscaba al hijo varón, no conseguía que su mujer quedara encinta. Maldecía una y otra vez a su esposa y a la mala fortuna que le había acompañado desde el día que tuvieron a Sen Yui.
Era tal el odio que le iba teniendo a su hija que no podía más que mostrarle repulsa y malos modos cada vez que la tenía cerca, así que la pequeña, día a día, se fue apartando de su progenitor y cada vez que lo veía aparecer por la puerta se alejaba al extremo de la insignificante vivienda donde no se pudiera hacer notar. ”Cuando llegue tu padre no le digas nada, no le hables, no le molestes, te haces invisible a sus ojos. Es un juego entre tú y mamá…”, le decía su madre mientras comprobaba el temor que iba creciendo tanto en el espíritu de su hija como en el suyo propio.
La pequeña se había acostumbrado a aquello que le parecía más bien un juego y se hacía invisible a los ojos de su padre, era el momento de jugar a solas en aquel escondite que se había encontrado entre cestos de mimbre y mantas a cuadros que servían para poner a secar los hijos y las pasas del campo. Allí se sentía protegida, bajo aquel manto que la cubría completamente se divertía con una muñeca hecha de tela cuya forma semejaba tanto a la de una patata.
Una mañana Fiyi se sintió indispuesta. Hacía tiempo que había dejado de acudir a la vieja hechicera por falta de dinero y pensó que ésta la habría traicionado lanzándole un conjuro. El malestar continuó y cada día se levantaba vomitando y mareada. Sus malos presagios se cumplieron, y lo que hubiera sido una bendición para cualquier mujer de este planeta para ella se convirtió en la peor de sus pesadillas, estaba embarazada. Maldecía una y otra vez su cuerpo mientras se golpeaba el vientre con sus pequeñas manos ennegrecidas por el arduo trabajo al sol. Nadie más que ella tuvo tan claro que ya nada sería igual para su pequeña hija, su princesita de ojos rajados.
Y el nuevo vástago nació ante la mirada atenta de su hermana que esperaba con impaciencia e ilusión la llegada de la nueva criatura. Una gran sonrisa arrancó de sus labios cuando su madre, aún dolorida por el parto, mostró a su esposo y a Sen Yui el recién nacido. Por fin se había cumplido el deseo del marido y había germinado la semilla con un chico que mantendría la tradición del hijo varón. Tal era la alegría del padre que durante un tiempo descubrió a su esposa el afecto que llevaba años sin mostrarle, dándole el calor y la ternura que ella ya había olvidado.
Sen Yui seguía en su escondite y, allí refugiada, acudía junto a ella su pequeño hermano persiguiendo el juego y el cariño de esta. Ya no habitaba sola en aquel frío rincón, ahora tenía el calor de un hermano para compartir una infancia no del todo feliz.
La miseria fue estrechando la casa de la familia de Sen Yui y el poco dinero que llegaba era para el nuevo retoño, debía crecer grande y fuerte como le correspondía a un hijo varón. La madre, a escondidas, intentaba guardar algo para la niña pero la situación se agravaba cada día más. No había comida para todos, ya presagiaba la madre la ruina que se les venía encima y ahora, más que nunca, temía por la salud de su hija si la dejaba desnutrida para alimentar a su nuevo hijo.
Aprovechando que el niño andaba enfermo y que Fiyi había acudido a la ciudad para curarlo, el padre tomó a su hija, le colocó sus pequeñas piernas entre las caderas y la llevó lejos, a un lugar donde nadie pudiera reconocerla como hija suya. Tenía pensado desde hacía tiempo venderla y aprovechó la ausencia de su esposa para hacerlo. Tomó el camino hacia una aldea distante de la suya y con la niña, unas veces a cuestas y otras tirando de ella, anduvo durante parte del día y de la noche hasta llegar a su destino y apartarla para siempre de sus vidas.
En un viejo caserón retirado del mundo se encontró con su compradora.
--Toma tres monedas de plata, lo acordado—apuntó una señora con desprecio mientras le entregaba el dinero.
--Dijimos seis, eso fue lo que yo pacté en el pueblo con la vieja hechicera…--respondió el `padre indignado por el dinero que le daba.
--¿Lo tomas o lo dejas…? Te la puedes llevar por donde la has traído si es lo que prefieres, aquí la mercancía no nos falta.
Pero el padre no mostró más empeño y soltó indignado, de golpe, a Sen Yui ante aquel portalón de madera carcomida por la podredumbre y los años. La arrojó a los pies de aquella enorme figura femenina como si se tratara de un saco de desechos, pero no era un desecho, era una pequeña criatura que en pocas horas había perdido el amparo de su madre, su hada madrina, por tres monedas de plata.
La pequeña fue instalada en una habitación sin ningún tipo de compañía mas que un llanto sordo que la ahogaba mientras pensaba en su verdadera familia. Desde dentro se oían voces cercanas, llantos de bebés, murmullos incomprensibles… Pasaron dos días y el único contacto que había tenido con el mundo era el de una joven de pocas palabras que le traía un plato de arroz y un vaso de té cada tres o cuatro horas. La niña tomaba con resignación la comida que le proporcionaban y esperaba que de un momento a otro la sacaran de aquella reclusión.
Al tercer día vino a buscarla la señora que había entregado las monedas a su padre y tomando a Sen Yui por un mechón de su pelo la arrojó con ímpetu hacia fuera de la habitación mientras le indicaba algunas obligaciones que debería cumplir para que su vida siguiera teniendo sentido: “No intentes huir, por aquí no hay más que bosque y animales terribles que te devorarán si abandonas esta casa. Aquí ayudarás a las otras chicas mayores a limpiar y a cuidar de los pequeños, y si no lo haces te encontrarás con mis manos y estoy segura de que eso no te gustará nada.”
Sen Yui, hipnotizada ante lo que decía la impresionante mujer, movió su pequeño cuello de arriba a abajo en señal de conformidad y siguió a su dueña hasta la cocina donde tenía colocado un pequeño poyete pegado a la pila de platos para comenzar la tarea que le había sido encomendada. Allí había tres niñas, vendidas como ella, que la miraban con cara de tristeza e indiferencia, haciéndose copartícipes de la infelicidad que sumía en aquel momento a la pequeña que apenas habría cumplido los ocho años. Nadie se le arrimaba para tenderle esa mano, ese calor que tanto hubiera agradecido en aquellos momentos.
Un día se le acercó una niña cojita de dulce mirada y pocos años más que Sen Yui y, a escondidas, le habló con total seriedad:
--Esta noche saldré de la casa para entregar dos bebés y tú debes colocarte detrás de la cortina para poder escapar cuando la puerta quede entreabierta, que así la dejaré yo para que cojas la ocasión y escapes sin que nadie se dé cuenta.
--Pero hay animales salvajes en el bosque y yo tengo miedo de no poder liberarme de sus garras—respondió Sen Yui.
--Algunos hombres son animales salvajes, entran y salen de esta casa llevándose a los bebés como si fueran ganado de compra y venta. Si no huyes llegará el momento en que la dueña te entregue a ti también. Corre fuera y busca a tu familia, atraviesa el bosque si es necesario y reza para que puedas regresar a tu hogar—le insistió la pequeña cojita.
Sen Yui esperó a que llegara la noche y aprovechó la salida de su amiga para seguir las indicaciones que ésta le había dado. Se arropó en una enorme capa de lana que había encontrado en una cuna vacía y corrió bosque adentro hasta que sus piernas aguantaron. Por el camino sentía ruidos, veía sombras, escuchaba fantasmas, pero un hondo sentimiento de libertad la hacía dirigirse hacia lo más profundo del bosque.
Llegó al hueco de una cueva y allí, entre el follaje acumulado por algún animal, lanzó su cuerpo que despavorido no tardó en dormirse y sumirse en un sueño maravilloso: Aparecía una hermosa dama de cabellos castaños, como la misma tierra, y el cuerpo blanquecino, como gráciles azucenas, destacando unos labios sonrosados que apenas movía al hablar: “Soy Madre Naturaleza y tú, desde hoy, eres mi hija. Te protegeré en mi bosque pero a cambio protegerás a tus hermanos y a mí misma con tu canto cuando creas que el hombre malvado viene a dañarnos. Jugarás a ser invisible, como lo hacías con tu verdadera madre, hasta que tu cuerpo y tu fuerza te permitan arrojarte de nuevo al mundo de los seres humanos.”
Sen Yui despertó con los sentidos puestos en su nuevo hogar. ¿Había sido solo un sueño o era un sueño muy real? Lo cierto es que se sintió distinta en el momento en que rayó la primera luz que venía del exterior. Miró hacía los lados y estaba en la madriguera de algún animal, no muy lejos de ella dormía un enorme oso de corpulencia descomunal, pero no la había tocado ni la había percibido. Con mucho cuidado y sigilo abandonó la cueva y se lanzó al exterior, una vez fuera pudo comprobar que su sueño era verdadero y que su cuerpo ya no era su cuerpo, estaba cubierto por un manto de liquen de finísima textura, sus cabellos eran hilos verdosos y sus manos eran pequeños tronquitos, divididas en cinco ramas de apenas unos centímetros. No sentía frío ni miedo, y la angustia de la soledad había desaparecido de sus sentimientos, era parte de la naturaleza y su nueva madre sabría protegerla.
Sen Yui se fue familiarizando con el bosque, bebía extendiendo sus pies, que alargados en forma de raíces se acercaban a la orilla de los riachuelos; manaba de la sabia que tomaba de los árboles, clavando con delicadeza sus finos dedos de madera sobre los tallos y los troncos hasta encontrar la fuente del alimento. Así iba creciendo en conocimientos y su cuerpo mostraba una apariencia cada vez más humana, pero sin perder el disfraz del que le había dotado Madre Naturaleza.
Cumplía su parte del trato y ahuyentaba a los hombres que con propósitos malvados acudían a dar caza a los animales sagrados, a talar los árboles que acababan de germinar o a incendiar con despropósito el bosque encantado. Sen Yui les lanzaba su canto, mágico como el de las sirenas, de manera que los adormecía en un dulce letargo del que no salían hasta bien entrada la noche y, cuando despertaban, huían despavoridos ante la posibilidad de ser devorados por los osos y lobos, que acudían a las sombra de la niebla bajo la luz de la luna.
Pero un día, antes de comenzar su canto, se quedó contemplando a un joven, que arrimado al riachuelo pescaba algunas piezas y las metía en un pequeño cesto de mimbre con un manto a cuadros. Aún seguía recordando de vez en cuando los momentos más felices con su familia y aunque en el bosque había encontrado el amparo de Madre Naturaleza y de todos los seres vivos con los que compartían su nueva vida, algo en el fondo de su alma la llevaba a la nostalgia de un tiempo pasado en el entorno de los seres humanos. Observaba al chico desde lo lejos, sabía que algo lo unía a ese joven, pero su nueva apariencia le impidió acercarse. Con todo, lo acompañó hasta su salida del bosque y veló por su seguridad como si volviera a correr detrás de su hermano pequeño.
Aquella noche Sen Yui volvió a la cueva y se arropó de la misma manera que lo había hecho años atrás, colocó su cuerpo entre las hojas secas y apagó su mente esperando la llegada del nuevo día. Pero aquella noche iba a ser distinta, aquella noche volvió a soñar con Madre Naturaleza y en su sueño ella le volvió a hablar de su existencia: “Has vivido con nosotros todos estos años y has sido una más entre tus nuevos hermanos, has cuidado de ellos y has encantado a los hombres injustos para aliviar su ira y su odio contra el bosque; has aprendido a vivir por ti sola, a oler y a sentir el peligro. Ya ha llegado la hora de quitarte mi manto verde y cubrir tu cuerpo con la delicada piel aterciopelada con la que naciste. Tomarás a tu hermano de la mano y él te conducirá de nuevo a tu hogar; regresarás a tu casa y consolarás a tu madre de tu larga ausencia.”
A la mañana siguiente se levantó con la misma apariencia con la que se había acostado y sintió pena de no verse reflejada una mujer en el espejo del río. Pero la felicidad retornó al ver como se acercaba a la ribera el joven pescador del día anterior y, contorneando su cuerpo, se arrimaba cada vez más al amparo de la sombra que ella le daba. Ya pegado a su tronco lo miró con la misma alegría que el día en que lo vio nacer. El joven se apoyó sobre ella, sintió un movimiento brusco sobre su espalda y, sin salir de su asombro, contempló la más asombrosa de las transformaciones: una capa de verdor caía sobre sus pies, un rostro anaranjado sonreía y brillaba bajo el sol de la mañana, una forma humana se iba dibujando delante de sus ojos, aquel árbol se había convertido en una mujer. Su calor comenzó a traspasar el cuerpo de la hermosa joven quien, ante la mirada impresionada del pescador, le susurró algunas palabras serenas mientras le cogía de la mano: “Regresamos a casa, hermano.”
Sen Yui se cubrió de nuevo con el manto a cuadros, el mismo que la había protegido de pequeña, y ahora, segura, acompañada de su hermano salió sin miedo del bosque para regresar a la vida con los seres humanos.







(c)Patrocinio Navarro Rodríguez



Mairena del Alcor



Sevilla



España






La pequeña Sen Yui resultó finalista en el Concurso contra toda violencia hacia la mujer

Acerca de la autora






Patrocinio Navarro Rodríguez:






Nacida en Mairena del Alcor , Sevilla, España, ejerce de profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Alcores de la misma localidad. Aficionada a la lectura y a la escritura, ha escrito varios cuentos y relatos cortos, es ganadora del Certamen de narrativa corta de la ciudad de Arahal 2010, con la obra Los sueños son palabras y tiene en proyecto de publicación una novela infantil.

imagen: Eduardo Serna

viernes, 9 de septiembre de 2011

Andrés Bonvin



















A la par







Cada mañana se dirige Ana a la elegida rutina, desde la mortecina soledad de su monoambiente hacia la luminosidad de su trabajo, excesivamente iluminado por los innúmeros “cascos” voltaicos que cuelgan como inmensas gotas de agua petrificada, conducida por el vibrante minibús que exhala su viciada combustión, tiñendo el aire con grisáceo polvo que se expande caprichoso. A su lado, legañoso y en silencio, va su marido.
El tráfico, como para no perder la costumbre, se atora estúpidamente y se detiene, avanza unos metros y se detiene, como retando a los aún apacibles conductores a perder el sosiego y ganar la locura. Cubre una inmensa esponja de nubes aliadas el cielo que, acústico, devuelve cada insulto, cada grito y cada bocinazo que brota desde la tierra.
Ana vio siempre esta imagen, que cíclicamente se repetía sin importar la estación, como cualquier atractivo paisaje que, aunque no conocía más que el de la ciudad, podría humano contemplar. Y cada día sonreía a la mañana, divertida por el trajín del proletariado al que pertenecía con orgullo.
- Carlitos, te quedas aquí –decía a su compañero de vida tirándole maternalmente del brazo, instándolo a bajar del rectángulo de chapa vibrante. Y lo miraba alejarse con paso lento hasta que doblaba la esquina, y el minibús retomaba su nerviosa marcha en dirección al Cementerio.
Carlitos trabajaba, al igual que ella, seis días a la semana durante ocho rigurosas horas bajo la estricta mirada de su jefe. Trabajaba en la construcción tras los comandos de una grúa –donde se sentía verdaderamente a gusto por llevar el control de aquel mastodonte de hierro que nunca, jamás desobedecía sus órdenes- y ella, a la par, en la confección tras una máquina de coser.
Y con cada punto que su máquina da, respaldado por el seco ruido de sus engranajes, Ana expulsa los demonios y las tristezas del trabajo, desecha los pensamientos de una vida cómoda de hogar, de ama de casa.
Así, los días. Hasta que sus temores, los más secretos e inevitables, gestan la forma de un hombrecito frágil.
Siete meses de encierro y no más resistió Viscami, huella de su destino, en un vientre que, hasta semanas antes, se resistía a demostrar el redondeado influjo de su actualidad, respaldado por las ropas zurcidas a escondidas en las horas de trabajo.
Ana no quería que su jefe la enviara a reposar en casa, por no despertar sospechas en su marido que, despreocupado de todo, aún ignoraba la realidad de la situación.
Y, cuando el parto prematuro se dio sobre un colchón de coloridos retazos de tela, forzado tras el intento de levantar un pesado rollo de tela, su jefe la envió a casa, cristianamente dichoso por el nuevo nacimiento, y la madre primeriza obedeció no sin interna pena, contrariada por la belleza de su nueva adquisición.
Y, mientras esperaba la llegada de Carlitos, temerosa de su reacción, no como padre sino como desinformado marido, contemplaba la redondeada rojez de su hijito. Y no podía creer, o no se hacía la idea, de que tan frágil y diminuto hombrecito tuviera el poder de contradecir sus deseos, de conminarla a la vida que tanto empeño puso en esquivar. Y lo odiaba por momentos y lo adoraba en otros, especialmente cuando, aún ciego, extendía una de sus manitos para aferrarse a uno de sus dedos.
Así pasó las horas hasta que, ensombrecido, el ocaso condujo a Carlitos ante la puerta de calle.
- Mira lo que he encontrado en mi vientre –dijo inocente y atenta a la reacción del nuevo padre, quien, extasiado por la repentina dádiva, aunque no inesperada –pues algo intuía hacía ya algunas semanas que podrían reunirse entre uno y dos meses-, omitió todo reproche y se hincó de rodillas ante el regazo de su querida que rodeaba con el calor de sus brazos el amor transformado en materia.
- Ahora tendremos que trabajar el doble.
- ¡Mira! ¡Tiene tus ojos grandes de miel! –dijo ella sin pensar en el futuro por parecerle injusto con el niño.
- ¡Sí, y tu nariz redonda y chiquitita! –dijo él, olvidado de todo.


(c)Andrés Bonvin



Buenos Aires









cuento finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer

acerca del autor






Andrés Bonvin (Esperanza, Santa Fé, Argentina,1982)
vive en Buenos Aires, Argentina

Antecedentes literarios: Fundador del Movimiento Artístico Latinoamericano. Ha publicado relatos y artículos en diversos diarios, revistas y portales, tanto físicos como virtuales. Ganador del certamen 2010 de “Relatos para Todos”. En 2009 publica su novela ejemplar “La Noche del Día” y, actualmente, trabaja en una novela costumbrista en la Isla de la Luna (Bolivia) y en el “Proyecto Aymara” que trata de una recopilación de mitos y leyendas de aquella cultura en la región boliviana del Lago Titikaka.

martes, 6 de septiembre de 2011

Ada Inés Lerner












Una entrevista especial









Caminaba yo por Perú hacia Avenida de Mayo. La noche se presentaba sombría con sus ráfagas de viento cuando me parece que lo veo en un barcito en una mesa cercana a la puerta. Está solo y quizás por eso me animo a entrar; debería lograr interesarlo en mis preguntas y conseguir el reportaje ¿y entonces? Todo el aplomo del primer impulso se desarma en mi interior. ¿Cómo abordar a un muerto célebre, a ese hombre, a ese escritor magnífico, que lee absorto frente a mí? No se me ocurre absolutamente nada. Busco apoyo en el respaldo de la silla y me enderezo un poco; me quedo mirándolo, sin poder articular palabra. Roberto Arlt, de él se trata, sigue concentrado en lo que hace. Repite la lectura, busca vaya a saber uno qué secretos. Todos los movimientos los hace con calmada precisión, con obstinación, tal como se adivina en sus labios finos y apretados. ¿Es esta una intromisión de la eternidad en la vida? ¿Desaparecerá de pronto?
Periodista - Disculpe la interrupción ¿Usted es Roberto Arlt?
R.Arlt - Otras personas me han preguntado: ¿Dígame, ese Arlt no es seudónimo? Me llamo Roberto Godofredo Christophersen Arlt
P - Bueno, eso ya lo sé, la historia de su familia inmigrante y todo eso..
RA - Entonces usted comprende que no es cosa agradable andar demostrándole a la gente que soy quien soy y que una vocal y tres consonantes pueden ser un ape llido. Yo no tengo la culpa que un señor ancestral, nacido vaya a saber en qué remota aldea de Germanía o Prusia, se llamara Arlt. No, yo no tengo la culpa pero creo ser el que usted piensa.
P - No, claro que no, quiero decir sí, si .
¿Será un sueño? Ahora pierdo de a poco la timidez y sigo observándolo casi con descaro. ¿Cómo serán los pensamientos de un muerto? Me agacho como si se me hubiera caído algo, para hacer tiempo. Al enderezarme, quizá el mismo movimiento, me hace tropezar
RA - Perdón, ¿gusta sentarse, señorita? – las cejas tan pobladas, la mirada contrariada y ése rictus... me hacen dudar pero ya estoy jugada.
Me siento frente a él, parece haber aceptado un contrato implícito.
P - ¿Le molesta si abro mi notebook? Tengo parte de su biografía aquí. Casi como si lo hubiera estado buscando.
RA - ¡Qué invento ése!, ¿no? Permítame ver ... impresionante, lleva todo aquí
P - ¿Le molesta si primero le hago algunas preguntas personales? La verdadera fecha de su nacimiento, por ejemplo.
RA - ¿Es importante? Nací el 2 de abril de 1900 y me anotaron el 26 de abril.
P – Bueno, pertenece usted a dos signos zodiacales, Aries y Tauro. A usted le interesaban las ciencias ocultas, de hecho escribió sobre ellas. En 1920 publica Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires.
RA – Hablemos de mi obra, ¿quiere? Algunos dicen que soy anarquista, otros un precursor del existencialismo, he colaborado con periódicos de izquierda Extrema Izquierda, Izquierda y Última Hora. y fui columnista de los diarios más importantes de la ciudad, hasta de La Nación... Después comienzo a publicar cuentos en Mundo Argentino, colaboro en Ultima Hora, Claridad y El Hogar,
P – Y también en la Revista Don Goyo, de su amigo Nalé Roxlo
RA – Bueno, verá yo era muy joven y él fue siempre mi amigo, un amigo entrañable, la revista era humorística y me gustaba...
P – ¿Se casó muy joven? Allá por 1922, en Córdoba con Carmen Antinucci ¿verdad?
RA – Está informada, sí, allí en 1923: en Cosquín nace nuestra hija Mirta Electra, pero esto pertenece a mi vida privada y habíamos quedado...
- P - Ya en Buenos Aires ... por 1927 se inicia como cronista policial en el diario Crítica. El 4 de marzo muere su padre Karl Arlt.
RA - Mi padre, como todo militar, tenía su lado sádico y perverso. Yo era travieso y solía hacer alguna de las mías, mi padre me amenazaba, mandándome a dormir y diciéndome que apenas saliera el sol me despertaría para darme flor de paliza. No dormía en toda la noche, torturado por la idea de que se hiciera de día. El insomnio ocasionado por esta tortura psicológica me acompañó toda la vida, siempre fui silencioso y huraño. Yo tenía 17años cuando dejé mi familia, como le dije mi padre era un tipo difícil, un padre kafkiano. ¿quiere un café?
P - Cortado, por favor. Lo busqué por los cafetines de Boedo y el barrio de Flores, leí que allí transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia y mire dónde lo vengo a encontrar.
RA - Yo aprendí todo en las calles del barrio de Flores. La necesidad me llevó a trabajar como pintor de brocha gorda, en una librería, aprendiz de hojalatero, en una fábrica de ladrillos. Algo sucede todos los días y uno no puede ser el mismo. Ahora soy cronista, un cronista meditabundo y aburrido. Aunque confieso que quiero ser rico.
P - Para no sufrir las humillaciones de ser pobre, como Remo Augusto Erdosain o ¿se siente más cerca de Silvio Astier? Hay quien dice que El juguete ... se acerca más a una autobiografía ¿quizá siente que a veces, usted es Erdosain o Astier? ¿O alguno de los dos es usted? - No me contesta, mira hacia fuera, marcas gestuales perpetradas en su rostro joven le dan un aire rudo; me siento incómoda – Le gusta escribir teatro, es evidente en su bibliografía: estrena, en1932: «El humillado», fragmento de Los siete locos, en el Teatro del Pueblo, la escenificación pertenece a Leónidas Barletta.
RA - (Se toma tiempo para el café y reclamar el vaso de agua, que no nos trajeron) ... del tiempo del grupo de Boedo ... gran amigo, excelente actor y director. En ese grupo estaban escritores como Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón, Alvaro Yunque y Elías Castelnuovo; nos reuníamos en la Editorial Claridad, en Boedo al 800, ahí se publicaron algunas de mis obras. Sí, me fascina el teatro.
P - ¿Para usted, la vida, qué sentido tiene? ¿Qué objetivo? – Ay otra vez, qué pregunta estúpida.
RA ­- No, ninguno. Siempre admiré a quienes mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio social hostil. Quisiera organizar mi vida sobre lo que me apasiona, ser inventor pero aún así le digo que si logro miles de pesos me retiraré del oficio de inventor para vivir definitivamente de mis rentas.
P - ¿Y quien hará la revolución social?
RA - La voz de los postergados por el sistema social vigente, ¿no dice algo así el farmaceútico Ergueta?
P - Usted es el autor. Creo que sí. Dígame si me equivoco: En 1926 aparece su primera novela, El juguete rabioso, con un marcado acento existencialista. Comienza a escribir en la revista Mundo Argentino, es redactor de los diarios El Mundo y La Nación, el diario Crítica,
RA - Allí conocí a Salvadora Medina Onrubia, la mujer de Natalio Botana, agitadora anarco feminista, personalidad polémica incluso entre los anarquistas, fue una gran amiga.
P - En 1931 aparece Los lanzallamas, segunda y última parte de Los siete locos, después aparece su última novela, El amor brujo, y comienza con el teatro, estrenando su obra 300 millones, participando del Teatro del Pueblo, fundado por Leónidas Barletta. Las Aguafuertes porteñas y sus cuentos en El jorobadito, Mundo Argentino y las Aguafuertes españolas,
RA - Tuve oportunidad de viajar a España, una España en la que ya se vivía la revolución social en las calles,
P - Y la pronta llegada de la guerra civil.
RA - Sí, los futuros académicos argentinos me reconocerán, y yo habré tenido el placer de haberme muerto sabiendo que años después me levantarán una estatua – volvía la ironía del narrador. Me pareció Erdosain el que sonrió halagado: - Yo siempre me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pero no creo que usted sea de las que...
P - No, yo no. Luego estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. Prueba de amor, «boceto teatral irrepresentable ante personas honestas», las «burlerías» La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible y El desierto entra en la ciudad, una farsa dramática: A veces parecía usted indagar en territorios de imaginación, rondar la literatura fantástica. Ha sido un autor prolífico y transitado varios géneros. Aunque usted parece conocer bien a la gente y a la sociedad
RA- ­ Sí, algo estudia uno para destruir esta sociedad. La sociedad actual se basa en la explotación del hombre, de la mujer, y del niño. Si quiere tener conciencia de lo que es la explotación capitalista, vaya a las fundiciones de hierro de Avellaneda, a los frigoríficos y a las fábricas de vidrio, manufactura de fósforos y tabaco. Sobre esta tierra quién tendrá piedad de nosotros. Míseros, no tenemos un Dios ante quien postramos y toda nuestra pobre vida llora.
P - Usted, crítico ácido de la sociedad burguesa estuvo relacionado con el grupo de Florida y con el de Boedo: desde este barrio popular defendían un arte comprometido con los problemas del hombre.

RA - No me casé con nadie, frecuenté el grupo de Florida, los llamados martinfierristas que se reunían en el café Richmond.
P – El de Tucumán y Florida
RA – Ya no recuerdo, no me sentía cómodo con esa gente aunque reconozco una deuda con Güiraldes. A mí me divertía contar de mis amistades con rufianes, falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de mis personajes: Dios canalla. A nosotros. Te hemos llamado y no has venido ... a veces se me ocurre que algunos santos eran tremendamente ateos. Y los de Florida eran hijos de gente bien... usted me entiende ...
P - Sí, claro, Borges, Ricardo Güiraldes, Pasemos a su salud en 1939 el médico comienza a advertirle sobre sus problemas de salud, sobre todo cardíacos.
RA – ¿Sabe usted eso? Si, es cierto ....- después de un silencio, sorbe un traguito de café y dice suavemente: en el 40 muere Carmen. ...
P - Según mis notas se edita El criador de gorilas, una selección de cuentos, y su última obra de teatro El desierto entra a la ciudad. Se casa con Elizabeth Schine en el Uruguay hasta que finalmente, el 26 de julio de 1942 muere en Buenos Aires tras un infarto. Su esposa declaró “Nunca vi morir a nadie de un ataque al corazón, pero lo de él fue muy angustioso”
La mirada se pierde y el silencio nos abraza. En el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes.
P - No debí decirle eso, no lo sabía – Hace una seña para restarle importancia y continúa con su obsesión por la riqueza.
RA - ...en definitiva, el dinero concederá a las ideas el peso y la violencia necesarios para arrastrar a los hombres.
P - ¿No ve en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de
la sociedad? -
RA – No, pero es una forma de poner la sociedad al desnudo. La literatura se muestra capaz de revelar las dimensiones profundas de la personalidad, mire, aunque Astier formó "el club de los caballeros de la media noche", las empresas colectivas no me interesan, incluso yo, Roberto Arlt formé una sociedad para patentar unas medias reforzadas, gomificadas, que no llegaron a ser comercializadas, y al decir de un amigo parecían botas de bombero .Buscaba hacerme rico con mis inventos. No, no me gustan las empresas colectivas.
P - ¿Ni siquiera cuando van encaminadas a mejorar las condiciones de vida de losdesheredados?
RA - No, soy individualista, aunque reincidí en la institución familiar tengo visión negativa... Puede verlo en mis personajes. Quizá sea temor a la miseria.
P - O...
RA - O en un mundo que se desmorona. - Me parece oír la voz burlona, cínica del narrador... - la falsedad de los valores, la inutilidad de los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible del fin.
P - Sin embargo los hombres de ésta y de todas las generaciones tienen absoluta necesidad de creer en algo ¿usted no? En El amor brujo usted insiste en la presentación de personajes obsesionados ...
RA ... Por la felicidad ,es muy humano, ¿no le parece? es que la fantasía permite evadirse de una existencia gris. Mis detractores aseguran que soy un canalla monstruoso, Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir hasta el matiz del color que tenían sus pensamientos.
P - ¿No se ha equivocado?
RA - Percibo los furores que encrespan los instintos y los deseos que conllevan las intenciones de hombres y mujeres
P - ¿Y cómo se siente, entonces?
RA - Entonces jamás estuve más solo si ellos y ellas son transparentes para mí. Me ha convertido en un sujeto taciturno e irónico.
Es en ese momento que recuerdo a algunos de sus personajes y al narrador de que le hablaba antes. Esta vez él está sentado allí, atendiendo a hombres y mujeres que se acercan a saludarlo, me repito varias veces: yo estoy despierta y no soy la única en este lugar que lo reconoce. Se lo ve ... tiene esa presencia porteña ... peinado al medio, con el mechón cano que cae
sobre la sienes, ceñudo entre cejas pobladas y oscuras. Desde que tengo memoria he visto el mismo rostro en las revistas y en los cuadros.
La noche ululaba como si fuera un bosque en el que me sentía perdida como solía sucederme entre sus personajes. Comprendía que mi silencio involuntario llevaba la entrevista a su fin.
RA - Señorita, soy un escritor y caminante: debo continuar, pero no crea mucho en lo que le digan de mí, más bien de fe a lo que le dice mi literatura.
Los hombres se declararán en huelga hasta que Dios se haga presente...
Es necesario cambiar la vida. Destruir el pasado. Quemar todos los libros que apestaron el alma del hombre. Hay que hacer la revolución social.





Y así como lo encontré, desapareció. Yo pienso que le era imposible seguir la tarea en su época, en aquel mundo convulsionado.. Por eso se fue y por eso parece querer volver: nuestra realidad necesita un pintor que utilice los materiales de la ironía y la furia de su errabunda vida de inventor.
Al atravesar el mundo Arlt y entrar en la redacción me doy cuenta de que mis pensamientos están desordenados y confusos. ¡Qué oportunidad que me dio la vida o la muerte!: conocer mejor a este hombre que sigue vivo en el corazón de muchos Astier, o en algunas Tacuara y en tanta gente más de ésta Buenos Aires que le pertenece a él y a mí, como su lectora.

(c) Ada Inés Lerner




Castelar, Provincia de Buenos Aires
cuento finalista en el concurso "Universo Arlt", Universidad del Centro, Tandil


imagen: retrato de Roberto Arlt (c) Ricardo Carpani

sábado, 3 de septiembre de 2011

Carlos Caizza












El trámite



- Señorita, necesito saber...

- Sírvase este número y espere. Un oficial de Banca Personal la atenderá.

-¿...?

-Pase, la llamarán por el número.

- ¡Ah! Gracias.



Como las sillas estaban todas ocupadas, la anciana se quedó de pie cerca del televisor que, colgado de un extremo de la salita, mostraba la felicidad completa de aquellas personas que habían decidido confiar sus vidas a esa institución. Al menos logró distraerse con las imágenes, olvidando la incómoda espera. Su cerebro casi dejó de funcionar. Al igual que un teléfono con fiebre, solo recibía los impactos, no muy sofisticados, del video. Con los ojos muy abiertos, como los de una araña perpleja al ver escapar su presa, se abandonó a la experiencia.

Al rato, una empleada gritó su número por dos veces; alguien le tocó el brazo “Señora, es su turno”. Manteniendo la vista aún atenta al televisor, se dejó guiar hasta la oficinita de vidrio y fluorescentes.



-Tome asiento. ¿En qué puedo ayudarle?
- Mire señorita, resulta que...

- Dígame su número de documento, por favor.
- Si me espera un segundo...



Comenzó a buscar en su cartera. Con movimientos torpes se puso a desabrochar el cierre, muy maltratado por el uso y el tiempo.



-Por aquí lo tengo...; es que llevo tantas cosas. Sin ir más lejos, tengo hasta un regalo para mi nieto... ¡Ahá! Lo encontré. Sírvase.



La empleada tomó el documento y cargó el dato en pantalla, devolviéndoselo.



-Señora, Usted no me aparece como cliente de éste Banco…

-No chica, no. Mi hijo es el cliente. ¡Yo no!

-Pero, entonces, necesito el número de documento de su hijo. ¿Lo tiene?

-Si claro, él me lo anotó en un papel que tengo por aquí.



Comenzó, nuevamente, a rebuscar en la desvencijada bolsa, al tiempo que aseguraba haber colocado, bien a mano, la anotación que le dieran. Por fin, tras encontrarlo le pasó el papelito a la empleada la que, dando muestras de fastidio, se puso a cargar el nuevo dato.



-Bien, ahora sí. Acá me aparece una Caja de Ahorros y una tarjeta de crédito. No veo ningún problema. ¿Qué necesita?

-Mi hijo sacó aquí un crédito y como no le están llegando los, no le llegan los...

__ Los resúmenes de su cuenta. Puede haber una confusión con el domicilio. Déjeme

ver...Aquí figura: Trocadero 3525 ¿Es correcto?



-Sí, creo que lo de la tarjeta lo está recibiendo pero, lo del crédito no.

- Bien, no hay problema. Ahora agrego para que le envíen, también, los pagos del crédito a la misma dirección. Un segundito... ¿Sabe qué? Acá no me aparece como que su hijo tenga un crédito con nosotros. Por ese motivo no le llega nada ¿Comprende?

-Mire señorita por acá tengo la nota que Ustedes le enviaron...



La mujer torna a revolver el cul’ de sac hasta dar con un sobre.



- Mire, mire, fíjese, acá dice algo que Oscarcito no entendió.



Apretando los labios, la joven recibió el manoseado envío con resignación no disimulada. Lo abrió y, luego de leer, la empleada dijo: “Esta notificación le comunica que el crédito pasó a formar parte de un Fondo Fiduciario. Por lo tanto, nosotros no somos, ahora, responsables. Aquí mismo se le informa de un ‘cero ochocientos’ para que llame y averigüe en qué lugar le toca realizar sus pagos.”



La mujer miró la nota y, con aire quejoso, comentó:



-¡Ve Usted, ve Usted! Yo le dije al nene: ¿Por qué no vas vos Oscarcito? A mi no me van a dar ¡ni cinco de bola!

- No, no, no Señora. No se trata de eso. Es que la nota es clara...

- Mire joven, yo creo que hay un error. Mi hijo sacó el crédito acá, en este Banco. El está al día con las cuotas pero, ahora, resulta que no tiene el crédito. Dígame ¿Cómo se lo voy a explicar? Se va a poner muy mal y, seguramente, se va a enojar mucho.

-Señora, él tiene que pagar las cuotas en otro Banco. Nuestro Banco vendió este crédito a un Fondo de Inversión. Entonces, el Administrador de esos fondos es, en éste momento, otra institución.

-¿Y...?

-Tendrá que llamar a ese teléfono y le dirán cuál le tocó. Eso sí, como las últimas cuotas no las tienen registradas como pagas, le van a aplicar intereses. Es una lástima, pero no hay forma de esquivarlo.

-¡Qué barbaridad! Yo estoy segura que mi hijo depósito los pagos. Él es muy responsable. Espere, por aquí tengo algo más que Oscarcito me dio. Un segundito, ya se lo doy.



La insegura mano se introdujo en el interior de aquel bazar ambulante. Como para desalojar una parte de ese volumen, comenzó a dejar sobre el escritorio una variedad de objetos. Pañuelos más o menos usados, un paquete de pastillas abierto, un espejito, un revólver...



La empleada dio un respingo e, inmediatamente, metió la mano bajo el escritorio. En segundos, un policía y un custodio se hicieron presentes. Al ver el arma, se abalanzaron sobre la anciana arrebatándole el revólver y la cartera. De inmediato, un pequeño tumulto de curiosos rodeó el box, por lo que el Gerente tuvo alguna dificultad para llegar hasta allí. Se encontró con una situación ridícula y maldijo no haberse ido a Casa Matriz. Allí hubiera almorzado con algún capo, en lugar de presenciar escenas surrealistas.

La joven empleada no hacía más que dar “Gracias a Dios”, mientras el golpeteo de su zapato contra el piso semejaba el espasmo de una tos convulsa.

Por fin, el Gerente logró concentrar la atención de todos y, ya conciente de la importancia de su intervención, elevó la voz al preguntar a su subordinada cuál es el problema.



- Señor, esta mujer me amenazó con un revólver.

- ¿Es cierto eso, Señora? Preguntó mirando a la confundida mujer.

- Si me devuelven la cartera puedo encontrar lo que me dio mi hijo.

-Su hijo... ¿De quién habla la Señora? (Agregó mirando a la empleada)

- Se trata de un cliente que tenía un crédito que pasó al Fideicomiso. No entiende el procedimiento. Yo traté de explicarle...

- Pero no lo logró.



En eso, el custodio se acercó para susurrarle algo al Gerente. Éste asintió y, luego, dirigiéndose a la mujer le pidió que “disculpara las molestias y que todo se aclararía. Que el Banco no quiso provocar ningún daño, ni a su hijo ni a ella.”



-Señora, ya entendí el problema. Yo mismo daré la orden para que continúen abonando las cuotas en ésta misma sucursal, hasta tanto se aclare la situación. Y Usted, Señorita –agregó dirigiéndose a la joven- se ocupará de los detalles. ¡Ah! Consiga un auto, a nuestro cargo, que la lleve hasta su casa.
Aprovechó el viaje de regreso mirando el paisaje ciudadano, descubriendo, sin entender del todo, los cambios, los edificios y la actitud del conductor que manejaba con una mano y con la otra asomaba un cigarrillo por la ventanilla. Le causó cierta admiración alguien que pudiera estar atento a tantas cosas a la vez. Quince minutos más tarde bajó, con habitual dificultad, frente a su casa. ¡Su casa!

¡Cómo había cambiado! Claro, cuando Oscarcito se quedó sin trabajo, él propuso armar una verdulería en el jardín. No pudo negarse, pero extrañaba horrores el placer de cuidar sus rosales y ver la Santa Rita en flor, esa que tuvieron que sacar para armar el improvisado local. Sin embargó fue compensada con la frecuente presencia de Pablito, su nieto. Entró, pues, en el precario local atestado de cajones y verdura en exhibición. Siempre la impresionó la enorme balanza que colgaba, oscilante, en el centro mismo del ambiente. La báscula, blanca y precisa, era el orgullo de su hijo. Éste acostumbraba colocar a Pablito en ella, para pesarlo y divertirse con la improvisada hamaca.
La mujer miró y se sentó en la única silla disponible; suspiró un par de veces y se dispuso a esperar que el Oscar terminara de acomodar las manzanas.

- ¿Y vieja, cómo le fue?

-Lo más bien. ¡Hubieras visto cómo se preocuparon! Hasta el Gerente vino a verme y fue él mismo quien se ocupó del asunto.

-¡Yo sabía que mi viejita no me iba a fallar! –dijo mientras le daba un beso.



El hijo, continuó acomodando la fruta y, con la inocencia en la boca, le preguntó:

-Ma’, ¿pudo cambiar el juguete de Pablito?



Un rubor de vergüenza pintó arrugas. Como un relámpago se cruzó por su memoria la situación en el Banco y el momento en que dejara la réplica de plástico sobre el escritorio.

- Oscarcito, le voy a comprar otra cosa. No tenían el mismo modelo (mintió) y, además, es chico para andar con un revólver, aunque sea de juguete.

-Ta’ bien vieja, pero elija algo lindo. No importa si hay que agregar. Pasaron unos segundos y cuando parecía que todo estaba dicho...

-Ma’, te tengo una noticia, bah... un notición. Parece que el Chacho va a poner un puesto en el Mercado Central. Me quiere a mí como encargado. ¿Qué le parece?

-¿Y el negocio? Conmigo no cuentes...

- No Má’, lo cerramos y listo.



La anciana, suavemente, se reacomodó en la silla, entrecerró los párpados y se imaginó con la regadera, de nuevo entre sus rosas y las hortensias. Eso sí, en lugar de la Santa Rita, ya perdida, pondría un jazmín; y la verdulería fuera, fuera, fuera. Después de lo del Banco, después de comprobar lo bien que le había salido todo, tomó la decisión: ¡Era hora de hacer algunos cambios y los haría! ¡Vaya si los haría!

(c) Carlos Caizza
Buenos Aires

El trámite resultó finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer

Acerca del autor


Carlos Caizza desde hace algunos años integra el grupo Mundo Sur Escritores. De modo Cooperativo ha publicado la Antología de cuentos “Dejando Rastros”. Actualmente, tiene en preparación una Antología propia, también de cuentos. Con cuentos premiados, actualmente colaboro con la Secretaría de Cultura de Benferri (España).




imagen: Eugenio Daneri, La madre