miércoles, 30 de noviembre de 2011

María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena














Ranitas Humanas

Correteaban por el piso desmayado de mayólicas olvidadas…Eran “ranitas humanas” en un día de lluvia pertinaz que las impulsaba a jugar dándole algo de brillo a ese momento —especialmente gris de sus vidas-
¡Juancito echó el barco en el charco! Y mientras sus piernitas se mojaban y el papel se empapaba haciendo que la nave perdiera equilibrio, el niño…preguntó por su papá: “Un largo tiempo de cárceles” que hoy lo miraba desde la ventanilla enrejada de un móvil policial, en el que se trasladaba a todo “reo peligroso. Juancito lo buscaba desde sus 4 años, con una mirada vacía de ilusiones, pero reclamándolo a viva voz. María…Su hermana y “madrecita” también había venido, con sus apenas cinco años lo cuidaba, pero de a ratos se zambullía en la aventura de ese juego que le proponía la lluvia… En tanto…Los empleados de aquel juzgado procuraban mantenerlos alejados de la cruda realidad no dejándolos entrar en la “Sala de Audiencias”…¡Como si un “no” fuera importante en esa coyuntura de ausencias…Sordo dolor que no puede traducirse en palabras inmediatas y oportunas. Prohibiciones que borran la ternura instalando una ilógica autoridad, mientras la vida pasa entre hojarascas de indiferenciaprogramada.
¡Cuidado Juancito! Tus pocos años no entienden de viejas y derruídas casonas estatales…¿Sabes? En sus historias se fue instalando un tiempo de descuido, como si el revoque carcomido de sus paredes hubiera querido emular la vaciedad de espíritu…
¡Cuidado Juancito! ¡Vas a cortarte! Esa puerta de añosa madera que divide la galería de la sala principal, es pesada, y tiene vidrios rotos…Transparencia de un presupuesto calculado sin interés legítimo…“¡No me hagas enojar Juancito!” …-expresé- sacando a relucir mi cara más seria, hasta que lo escuché…”¡Quiero ir con mi papá!” —me dijo- mientras los mocos le resbalaban por su boca pequeña, enredándose en sus lágrimas insistentes y caprichosas… María, su hermana “madrecita” lo rescató…“Haceme un juego” —pidió chantajeándome- “Haceme un juego y lo llevo”.
Imprevistamente me sorprendí interrumpìendo mis tareas más urgentes y comenzando a cortar cartoncitos de todos colores, para sellar luego -con letras y números muy grandes cada uno-…Prontamente la magia del momento transformó ese material en un buen mazo de cartas que —una a una- esparcidas sobre el sucio piso ganaban más espacio provocando la pelea de los niños por su posesión. Así pude calmarlos un rato…Y volví a mi tarea.
¡De pronto…Tocaron a la puerta de mi oficina! Era un Juancito en el que se confundían los rotos calzoncillos con el deshilachado short…Tenía un trozo de pan quitado al paso en la mano y apretaba fuertemente los cartoncitos de colores en sus manitas. María, la hermana-madrecita lo había dejado solo porque se fue a hacer pis, y él también quería “mear”…Suspendí entonces nuevamente mi tarea para guiarlo hasta el herrumbroso hinodoro de aquél baño destinado al público y dándome vuelta me dispuse a esperarlo, ya que el baño quedaba muy distante, y llovía…
Después de un largo rato de espera, me decidí a “espiar” por uno de los agujeros de la puerta de aquel baño, y vi que Juancito no estaba en él… ¡Escuché entonces una carcajada chiquita! Juancito me sonreía desde un rincón de la galería. Sonreía y gozaba. Gozaba porque pudo “más que yo” y porque “me jodió”- según lo dijo-. Eso terminó por cautivarme…
Repentinamente en la “Sala de Audiencias” hubo gran movimiento…Estaba finalizando el debate y por las ventanillas rotas de la añosa puerta de vidrio y madera que dividía la galería de esa sala principal, se podía observar que el papá de Juancito era regresado al móvil del Servicio Penitenciario Federal. Con manos esposadas y sin mirar atrás se iba la ilusión de Juancito y de María: Ellos habían venido con su abuela para verlo…Hacía 9 largos meses que no tenían contacto… Su mamá “meretriz” tampoco estaba…
¡Se me ocurrió entonces que un buen café con leche podría hacer que Juancito, el más pequeño, no fijara ese momento! Y me puse a calentar el agua mientras que -con el papel arrugado de un oficio vencido- iba formando nuevos barquitos de papel. Con panza llena, Juancito jugaría divertido…
La abuela, que había despedido a su hijo desde tres metros de distancia con el hondo sentir de un vientre desgajado, volvió junto a los niños… Su rostro ya no tenía expresión lastimosa. Su gesto era determinado: “Debía seguir adelante”…María, la niña madrecita, sentadita en un rincón, dormía una siesta adelantada por el hambre…
¡Estadística de gastos! Planillas impresas donde cada supuesta necesidad tiene un número y un casillero que debe ser llenado y rendido el último día hábil de cada mes…¿En qué planilla de gastos cabe la necesidad de amor? ¿En cuántos casilleros podré colocar la deuda de una sonrisa o la promesa de una niñez sostenida desde el Estado, en educación y salud? ¿Cómo puedo sumar y restar las desilusiones haciendo cálculos matemáticos, y cómo explicarle a estas ranitas humanas que la historia oficial se repite, que los temas se agregan, que la gente se olvida...
“Ñande Gente” no entiende…No puede entender, hasta que le enseñemos como hacerlo…
Las “ranitas humanas” dueñas de un quejido lastimero y constante, a veces sonrisa y a veces llanto, piden por juguetes, por dos padres y un techo y en tanto… Huelen a vacío, al frío y al hambre de los días y las noches contadas desde el piso de tierra de un rancho compartido; desde las frazaditas agujereadas que tapan sus sueños, alternados con vigilias de liendres permanentes…SON RANITAS HUMANAS QUE ME DUELEN.
Cuando el timbre indicó el fin de jornada, tenía la sonrisa de Juancito instalada en el alma… Y supe que ese día “Juancito me jodió”.






(c) María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena






Goya



Provincia de Corrientes



Argentina

jueves, 3 de noviembre de 2011

María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena


















































Infancia


La lluvia calaba pertinaz, y amenazaba seguir -según juguetonas tala lunas que adornaban el patio -unas más saltarinas que otras- cuando Elisa hurgó en sus nostalgias y recordó “aquella siesta”. Había atravesado la galería de la “Casa del Niño” donde vivía –antes de que llegara el padre Antonio—y metió “sus patitas” en el charco…
De niña, Elisa gustaba de jugar descalza. Le agradaba ver que el agua "se le trepaba" cuando apoyaba los piececitos en los patios anegados, como buscando ser alzada. ¡Así solía hacer ella cuando pasaba Raquel, la única que por aquel entonces le demostraba cariño! Cuando llovía, en aquella casona se pasaba "chapaleando" al patio general, y las marcas se notaban en cualquier calzado después... Los piececitos de Elisa, desnudos, no las mostraban…Su humanidad entera tenía otras marcas, aunque la mayoría de ellas no se advertían a simple vista.
Paja y barro haciendo de ladrillos, aunque desgastados, que se pegaban a una "pared" de tacuaras cruzadas dejando pasar frío y calor, un padre alcohólico -borracho de sociedad indiferente- y una madre que a duras penas se amañaba con los otros cuatro hermanitos, dejándola al cuidado de todos cuando debía salir a lavar ropa para arrimar monedas, sólo eso tuvo Elisa como infancia... ¡Y también los juegos a la orilla del arroyo, próximo al basural! Entre sus "hermanitos-hijos" Juan, de apenas un año, era su preferido. Tiempo después, algún informe de la Asesoría de Menores dio por tierra con sus aventuras haciéndola tomar conciencia -repentinamente- de que también existían "otras casas" donde podía vivir. Eran las que respaldaba la iglesia, en las que todos eran guiados en el trabajo y la disciplina. Y allá fue, llevada sin preguntas, y sin abrazos. Todavía recordaba el rostro seco de su madre con sus hermanitos "a upa" y la mirada "blandengue" de su desaliñado padre cuando la retiraron los del servicio social. ¡Para ellos significó una boca menos que engañar con el raído alimento de todos los días, mendrugos que a veces eran "mojados" con algo de vino, para que las noches de hambre no se escucharan!.. Algo le dijo entonces que no debía llorar y se dejó llevar sin oponer resistencia, con la aparente indiferencia de un asombro que no encontró respuestas inmediatas… Sólo sintió no haber podido avisar a Raquel...
Raquel era una joven que accidentalmente vio pasar un día, cuando jugaba cerca del arroyo -al costado del rancho, cerca del basural- por la ruta larga que conducía al puerto de su ciudad. Sus miradas se cruzaron y Elisa, con su sonrisita sin dientes delanteros, enmarcada por lacios y desgreñados cabellos “rubio-terroso” que más habrían parecido un ovillo mal desatado, levantó sus manitos diciéndole "chau seño" -como le habían enseñado en la escuela de la rivera-. Raquel le contestó "chau" y desde ese día todo se convirtió para las dos, en una linda y cariñosa aventura, que después se volvió futuro para la niña. Ella la veía pasar, y la esperaba todos los días. La muchacha siempre le dejaba algo. Primero fue una golosina, después una leche que, invariablemente, Elisa compartía trago a trago con sus hermanitos hasta verle el fondo al envase. Todos los días esa rutina, hasta que una vez Raquel vino en auto y la invitó a pasear, pidiéndole permiso a su padre, que a cambio de unas monedas les dio el sí. ¡Que bien olía Raquel! A Elisa ese olor se le metió en la memoria...
Cuando regresaron del paseo, la niña -bien peinada y sin hambre, vestida con camisita a cuadros y una pollerita "vaquero" -que luego desapareció del rancho-- era otra muchachita. Una roja "colita" ataba sus cabellos, despejando su carita. Desde entonces tomaba impulso, todas las siestas, y se le trepaba a Raquel cuando ella pasaba... Siempre lo mismo, hasta el día en que se la llevaron, por denuncia de una vecina que dijo en el juzgado que su papá "molestaba a la de 9, toqueteándola cuando estaba borracho".
A pesar de lo ocurrido, intensificando esfuerzos, Raquel pudo encontrarla. Ni bien supo que la niña fue trasladada se dispuso a buscarla. "La Casa del Niño"-el lugar donde Elisa vivió desde que salió de su rancho hasta que la muchacha la encontró- era grande. Antonio, un sacerdote viejito de azul y transparente mirada, cada domingo traía juguetes a los niños y les contaba de la Mamá Virgen y del niñito Jesús. La tarde de sus recuerdos -cuando la puerta se abrió- a Elisa le costó creer lo que sus ojos vieron: ¡Al lado de Antonio estaba Raquel! Algo más delgada - quizás no era tan joven como ella había creído- la saludó desde la puerta y ella corrió para trepársele... La muchacha la sacó de allí una semana después... ¿Cómo lo habría conseguido? ¡Lo cierto fue que ¡Otra vez le cambió la vida! El hecho de estar bien vestida, mejor peinada, sin hambre y con todos los controles de salud, hicieron posible que la sonrisa de aquella niña - con todos los dientes crecidos y sanos- denotara la sonrisa de una niña cuidada. Y desde entonces, su vida tomó otro rumbo.
Con el tiempo, pudo saberlo todo. La muchacha había buscado juzgado por juzgado hasta encontrarla, y se anotó como madre sustituta primero, y como adoptante después. Con un cargo oficial, en la Defensoría del pueblo, pudo sortear los obstáculos que se le presentaron para que aún siendo soltera le entregaran a la niña, además su cuidada moral ayudó a esa decisión, pues eran tiempos en los que eso aún se cuidaba con esmero. Se podía adoptar, pero quienes lo solicitaban debían ser ejemplo de vida… Más tarde, en la "escuela del centro" fueron enseñando a la niña muchas cosas, cosas y palabras nuevas que en cada tarde Elisa comentaba con una Raquel cada vez más blanca, como si la piel se le estuviera destiñendo. Aprendió que si quería “ser alguien” debía estudiar y procurar ser la mejor, y empeñándose lo hizo. Fue reemplazando el rostro seco de su madre y el aspecto blandengue de su padre, por la firmeza de su educación y la mirada cariñosa de esa mujer. De “su” Raquel. Sus "hermanitos- hijos" habían quedado en el rancho aquél... ¡A ellos sí los extrañaba! Y mucho. Sobre todo a Juan, su preferido.
¡A Elisa le había dolido tanto crecer! Cada día marcó en ella un gris de ausencia, aunque el cariño de su benefactora suavizaba en ocasiones aquel sordo dolor... Formalizada su "adopción plena", Raquel le dijo que debía seguir estudiando en la vecina ciudad y desde su partida, la estrecha comunicación que mantuvieron la ayudó a sostener lo que había sido su infancia sin abrazos, que se prolongó en una tímida y expectante juventud. Se convenció de continuar luchando por ser alguien, aunque supo que debía alejarse de todo lo que había hecho sufrir, o no lo conseguiría. Sus inmejorables notas le aseguraron becas, y éstas una educación privada y acelerada, algo que precisamente Raquel buscaba para ella, aunque sin decirlo…Primero la sorprendió su primer título de “Trabajadora Social” luego el de Asistente y siguió por más... Hasta que un día su benefactora la llamó. Volver a encontrarse con su pasado era una idea que la desconcertaba... Pero no dudó. Y regresó al pueblo.
Ni bien entró a la casa advirtió que el tiempo realmente había pasado para Raquel... ¡Se la veía tan poco saludable! –Supo luego que había estado enferma desde joven, aunque no lo demostrara jamás--. Sólo aquella mirada suya seguía siendo la misma. Y también su perfume... ¡El inconfundible olor que a Elisa le dictaba la memoria cuando extrañaba su regazo! El aroma de quien abonó su infancia desde que se encontraron... El olor de quien le hizo conocer que el amor tiene muchas caras, pero que siempre tenía su base en el respeto mutuo.
A los pocos días, en la notaría y frente al testamento, Elisa fue enterándose de más cosas, y se le atropellaron los recuerdos. En la administración en la que trabajara Raquel, desde hacía años y por expreso pedido suyo, tenían asignado un puesto para ella. Conduciría la Secretaría de la Niñez y Juventud –según le explicaron- el objetivo más fuerte de ese organismo era la lucha contra las adicciones, una fuente poderosa de destrucción que amenazaba hundirlos, desde que la explotación de la pobreza surgió en esa parte del continente. Tras un sufrimiento de años y varias puebladas silenciosas, la fuerza política hubo de convencerse: Era preciso reconstruir la sociedad y la familia. Y para ello no escatimarían esfuerzos aunque torcer el rumbo impuesto por una oficialidad ignorante del grito universal, todavía acarreara muchos padecimientos…
Elisa tendría a su cargo los controles de toda la minoridad de la ciudad... Aunque desde el dolor, supo que en sus propias manos estaba sanar las heridas de su infancia y contener a quienes aún no habían podido hacer escuchar su voz... Y todo lo haría en memoria de Raquel.
Un repentino pensamiento sacudió ese mágico momento de recuerdos… Le pareció escuchar la voz de Juan, su preferido entre los “hermanitos –hijos” de aquella infancia sórdida…Y sintió en la nariz el cosquilleo que siempre le producía su naricita, restregándose –mocosa y sucia -contra la suya. Entonces alzó una mano y “calmó el picor”, sonriéndole a su nostalgia…
Muy pronto el sol comenzó a abrigar sus pensamientos despejando la humedad, y después de un reconfortante café las ideas se le atropellaron en la mente…



(c) María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena


Goya


Provincia de Corrientes


Argentina



Ma. Alicia Gómez (de Balbuena) nació y vive en la ciudad de Goya (Corrientes)

Locutora Nacional para radio y televisión (carnet 4513), creadora y conductora del programa radial infantil “Chiquilladas” premio “Santa Clara de Asís” 1980 (L.T.7 “Radio Corrientes”). Presentadora de espectáculos literarios. Integró la comisión directiva de SADE-Seccional Goya y fue autora de los comentarios periodísticos de la entidad de letras en la gráfica hasta el año 2008. Ha ganado varios premios, entre ellos el primer premio del Concurso poético sobre el Carnaval de Goya, Corrientes y el premio Jorge Luis Borges en narrativa con el cuento Sapukay Yarará y ha publicado sus obras en diversas antologías y libros.








acerca de la autora:








imagen: Ricardo Supisiche, tinta sobre papel, (de la colección del Museo de Arte Contemporáneo, Universidad Nacional del Litoral)