martes, 31 de enero de 2012

Constanza Belén Oyarzún Morales




































¿Por qué la vida es así de injusta?



Muchas veces yo me pregunto por qué mi vida es tan agradable, sin ninguna dificultad. Mi familia es de una clase socioeconómica muy alta, mi mamá es una persona egoísta que solo piensa en ella, a veces yo creo que ella necesita ayuda psicológica, porque todo lo que ella piensa se basa en ella, compras y muchos viajes. A veces me gustaría que ella fuese como son todas las madres, es decir que se preocupan por sus hijos si les pasa algo, en la parte emocional como en la salud, pero lamentablemente mi madre no es una madre preocupada por mí. Mi papá es ese tipo de hombre trabajador que nunca pasa en la casa porque según él quiere lo mejor para mi madre y para mí. Yo encuentro que lo principal en la vida de un ser humano no es el dinero, lo más importante es tener el cariño familiar que sólo tus padres te pueden dar.

En la casa cuando mis padres no están yo me quedo con los empleados de la casa, ellos parecen una verdadera familia porque siempre están preguntándome cómo estoy, cómo me siento, no sé si es porque es su trabajo, o porque en realidad me quieren.

Hay muchos niños de la localidad que dicen que no les gusta tener hermanos pero yo lo desmiento porque si no tienes hermanos no tienes con quien jugar o a quien contarle tus secretos más íntimos, no me gustaría tener que contárselos a los empleados, porque no me sentiría a gusto contándoselos, yo sé que me darían buenos consejos, lo digo por su edad pero no me imagino compartiendo mis vivencias de cada día. Otra cosa que me disgusta de los niños de mi localidad es que dicen que no les gusta ir al colegio porque se aburren, esa es la cosa más absurda que yo he escuchado. A mí me gustaría ir a una escuela municipal porque siento que allí son más cariñosos y te ayudan en los estudios y te dan consejos para poder superarte como persona. Está bien que mis padres tengan dinero pero todo el dinero que tenemos no se compara con la felicidad que siente un niño indigente al recibir el más mínimo de los regalos.

Cuando sea mayor me gustaría poder ayudar a superarse a todos esos niños que no cuentan con las cosas que yo muchas veces desperdicio por mañosa. Me encantaría que mis padres cambiaran de parecer, que ya no fuesen más esas personas egoístas que solo viven en su mundo, me gustaría que compartieran las cosas que tenemos con los que no tienen nada, pero al parecer mis padres nunca van a cambiar porque Dios quiso que ellos fuesen así. Yo acepto que ellos sean así, no me queda otra cosa más que resignarme a mi vida. Yo soy feliz pero no al cien por ciento como lo son las otras personas, siento que algo me falta y no sé qué será, pero me gustaría saberlo.

Muchas personas piensan que aquéllas que tienen mucho dinero solo piensan en sí mismos pero al parecer no me conocen, yo soy ese tipo de joven adinerada que no gasta tanto dinero en joyas, maquillaje o ropa, yo me visto lo más sencilla posible para poder parecerme en algo a las jóvenes de mi edad. Me gustaría poder ayudar, dar todas las cosas que pueda regalar a las personas que necesiten de algo que yo les pueda facilitar, me encantaría pero las personas piensan que todas las demás son iguales, lástima porque yo creo que hay más personas que piensan lo mismo que pienso yo sobre el dinero o la ayuda que uno le puede brindar a otros necesitados. Yo pienso eso, no sé si será.

Yo a veces veo en la televisión que hay personas indigentes que mueren en la calle con hipotermia; le voy a proponer a mi padre que pongamos una pensión para todos esos indigentes, darles comida, darles asilo, cosas que ellos necesitan, espero que me apoye, eso sí me gustaría contratar a personas capacitadas como médicos de diferentes áreas de la medicina para poder ayudar a los que sufran alguna enfermedad. Además de doctores me gustaría contratar a cocineras, asistentes sociales y profesores porque encuentro que lo más importante que se necesita saber es leer, escribir etc.

Espero que me funcione de todo corazón todo lo que me gustaría hacer, es sin fines de lucro porque hay personas que solo se interesan en el dinero que les va a dar hacer una buena causa. Yo quiero hacer esto porque es un caso de empatía (es decir, ponerse en el lugar de otra persona). Uno nunca sabe lo que pueda pasar el día de mañana, a lo mejor alguien de mi familia o amigo algún día pase por lo que pasan todas esas pobres personas.

Ojalá que me funcionen mis ideas de solidaridad.

(c)Constanza Belén Oyarzún Morales

8° básico

Escuela Básica Amelia Lynch de Lyon




Chile




Cuento de la Antología Cuentos y Poemas de Pichidegua


selección de Reinaldo E. Marchant y Verónica Klare

Jorge Pérez Ruz


























El potrillo salvaje



Había una vez un potrillo que era muy salvaje que lo habían encontrado en la carretera de la fruta.
Un día fui con mi abuelito a vender melones al mercado de Rancagua, como nosotros llevamos pocos melones, no íbamos tan cargados. Cuando íbamos a mitad de camino nos encontramos un potrillo abandonado, nos bajamos y le pusimos una frazada encima, lo tapamos muy bien y lo llevamos a la casa. Pasaron los días y le hicimos una pesebrera para que allí durmiera el potrillo.
Él era muy salvaje y no le gustaba que le hicieran cariño, lo que más le gustaba era correr y saltar. Un día fui a darle comida y vi que estaba muy triste porque se sentía muy solo, le faltaba amor de mamá. Ese día lo vi tan triste que me dieron ganas de llorar, fui hacia allá y me senté a su lado, le di leche en su mamadera y se durmió hasta el otro día.
Al día siguiente en la mañana desperté, lo fui a ver y no estaba. Yo estaba muy preocupado, no sabía qué hacer, llame a los carabineros. Como había domadura, llamé a mi abuelo y la respuesta que me dio fue que había llevado al potrillo para que lo amansaran. Ese día pasé el susto más grande de mi vida.
Fui hacia donde estaba mi abuelo y justo llegué cuando iban a domar al potrillo, salieron con él y no lo pudieron domar, pues se escapó y llegó al lado mío. Pasaron los días y al potrillo no lo pudieron domar, mi potrillo se domaba con amor.



Jorge Pérez Ruz

5° básico

Escuela Básica Amelia Lynch de Lyon




Chile








Cuento de la Antología Cuentos y Poemas de Pichidegua




Selección de Reinaldo E. Marchant y Verónica Klare




Chile

Isidora Magdalena Azúa Lizana












El deseo eterno



Los años pasan pero jamás olvidaré este día, o mejor dicho estos meses, este año en especial. Mi deseo más grande era tener un hermano que ahuyentara mis momentos de aburrimiento, calmara mi temor y me acompañara hasta el resto de mi vida.
Sin embargo ese deseo parecía inalcanzable ya que año a año se hacía eterno sin esa personita a mi lado. Mis 6, mis 7, mis 8, mis 9, mis 10 y finalmente mis 11, mis dulces 11 años. Jamás pensé que este año se cumpliría mi deseo eterno y tampoco me imaginé que iba a ocurrir la pesadilla más maldita de mi vida ... ahora iré al grano, comenzaré a relatar lo ocurrido comenzando del principio del 2011 y un poquito del 2010.
Mayo 2010: a cada paso una hoja caída de los árboles. Iba de regreso a casa tras un extenso día de estudios, agotada y casi sin ánimos abrí la puerta de mi casa, tiré la mochila y me senté en el sillón. Mi mamá me aguardaba sonriente y me dijo: tendrás un hermano o una hermana. Con esa frase recuperé los ánimos y empecé a saltar gritando. Enseguida le avisé a mi papá pero él ya sabía. Como no tenía a quien contarle casi se entera todo el poblado. Desde ese día pasaron días soleados, tardes oscuras, días nublados muy gélidos y días en que los helados reinaban como postre preferido.
La espera era infinita, eterna, perpetua, pero con paciencia todo era posible, mi espera requería de una enorme paciencia.
Enero 2011: año nuevo, fiesta ya que estamos cerca de la fecha en que una nueva vida llenará los corazones de nuestra gran familia. Ese día estábamos todos, no faltaba absolutamente nadie, todos estábamos en perfecta salud y estado.
Febrero 2011: el calor invadía absolutamente todo y mi hermano crecía dentro del vientre de mi mamá.
Marzo 2011: finalmente marzo 25, éste fue el día más maravilloso, nació mi hermano, era una alegría gigante que me invadía aunque con un poco de temor porque no sabía cómo enfrentar la situación. Como toda una hermana primeriza, llamé a mi papá para saber cómo estaba él, mi mama, y por supuesto mi hermano. Él me dijo que estaban bien, y muy alegres de recibir a mi hermano, sólo que había nacido con síndrome de Down. Cuando supe esto lloré a mares porque tenía miedo que le pudiera pasar algo a mi hermano y tampoco nací sabiendo cómo enfrentar una situación así. Cuando llegó mi papa de regreso a casa me abracé a él y lloré mucho de emoción y de miedo, cosas muy mezcladas imposibles de entender.
26 de marzo 2011: un nuevo día y tengo un hermano, estaba feliz. Partimos en la mañana rumbo al hospital a buscar a mi mamá y al dulce niño registrado como Renato. Cuando llegamos al hospital tuvimos muchas dificultades para ver a mi mamá porque a los niños a veces no los dejan subir hacia las respectivas salas donde se encontraban los pacientes, pero después de todo subí con un nudo en la garganta de felicidad y muchas cosas a la vez. Cuando entré al sector de maternidad vi el rostro de mi mamá sonriente y la abracé con temor pues se me había olvidado que ese ser que habitaba en el vientre de mi mamá ya estaba afuera.
Luego pregunté a mi mamá por mi hermano y ella me dijo que debido a unas dificultades de respiración estaba internado en neonatología sólo por unos días. En ese momento yo creía que lo tendríamos de vuelta en casa en unos dos días más pero no sabía lo que me esperaba.
Pasaban los días y mi hermano no llegaba así que mis papas debían ir a visitarlo, viajaban todos los días al hospital, cada día con una gran inquietud. Renato no llegaba jamás, la espera se hacía más eterna cada día. Cuántas lágrimas no fueron derramadas, cuántas veces no dormíamos pensando en él, cuántas veces el ánimo decaía, pero por el éramos capaces de hacer todo. La angustia invadía nuestra casa.
Abril 2011: esta es la parte triste, 6 de abril en la madrugada. Este día fue un día fatal que estará marcado por el resto de mi vida. Estaba soñando cuando me nombraron y me desperté. Era mi papá, lo saludé y me senté en la cama, pensé que era un día como todos los demás y pensaba que asistiría a la escuela feliz como lo habitual pero no. Mi papá al momento me dijo: hija, tu tata se murió. Yo no lo podía creer y las lágrimas brotaron de mis ojos ya cansados de tanto llorar por mi hermano. Ese día el mundo se me venía abajo, no tenía a mi hermano, y mi tata se había dormido eternamente. Estaba desecha, pero que más le puedo hacer, la vida y el destino querían eso para mí.
Mayo 2011: esta fue una alegría que no se puede explicar con palabras, fue un sentimiento tan profundo que no puedo explicarlo.
El día 12 de mayo, con un mes y unos pocos días, llegó mi hermano a casa. Esto era tan bueno, agradecía a Dios por habérmelo devuelto a casa. Cuando lo vi era tan especial, su carita de ángel es irresistible, refleja tanta benevolencia, tanta inocencia que hasta cuando hablo de él me emociono porque lo amo.
Él es mi razón de ser, sin él el día se nubla y yo soy un alma en pena. Dicen que los niños como él son ángeles que bajaron del cielo, y que es un privilegio tener un niño así porque sólo llegan a las familias que los aman como sean y éste es el caso de mi familia, lo adoramos por sobre todas las cosas y estamos muy felices de tenerlo a nuestro lado, y por eso hoy tengo inspiración y puedo escribir esta anécdota.
Hoy mi hermano tiene ya cinco meses de vida, la cual alegra día a día nuestro existir. Mi deseo se cumplió este año y lo disfrutaré al máximo, y cuidaré el resto de mi vida porque no cualquier persona tiene a su lado un ángel como yo tengo. ¡Oh, fortuna mía!

(c)Isidora Magdalena Azúa Lizana

6° básico

Escuela Básica Pataguas Cerro
Chile

Cuento de la Antología Cuentos y Poemas de Pichideagua
Selección de Reinaldo E. Marchant y Verónica Klare
Chile

lunes, 30 de enero de 2012

Araceli Otamendi







































Cuando baja el sol

Dicen que el crepúsculo, cuando baja el sol, cuando se va ocultando y el cielo se torna de color rosado, es la peor hora del día. Nos desconectamos, nuestra atención disminuye, debemos aflojarnos y es mejor no hacer nada. Puede ser, al menos eso lo decían cuando aprendí a manejar. No salgan a la ruta a la hora del crepúsculo cuando el sol baja, repetía el profesor una y otra vez. Y si están viajando paren, estacionen el auto en alguna estación de servicio y esperen a que se haga la noche, que haya oscuridad.
Será por eso que muchas veces, a esa hora, que también llaman la hora del llanto cuando se trata de bebés, salgo a caminar. Es que debe ser la hora en que llorábamos cuando éramos chicos, la incipiente oscuridad, el cielo rosa nos va avisando que el día se va a terminar. Es también la hora en que lloraban mis hijos sin motivo, hasta que el médico me lo enseñó, como el profesor que me enseñó a manejar: a esa hora nos desconectamos, es la hora de la angustia en los bebés, es la hora del llanto.

Y fue una tarde, cuando baja el sol que la encontré en la calle, mientras caminaba. Llamémosla Mara. Hacía años que no nos veíamos, ella me llamó, la miré durante algunos segundos y la reconocí. Me preguntó si podíamos tomar algo y conversar, tal vez en algún bar. Sí, dije. Tenía tiempo y no me costaba nada hacerlo.
Años que no nos veíamos y ya no recordaba el motivo del alejamiento. Tampoco teníamos muchos temas de conversación, más que contarnos retazos de nuestra vida, tal vez. Nunca habíamos coincidido en casi nada.
Creo que pedí un café y ella una bebida sin alcohol, una gaseosa. Fumaba, tosía. Yo la miraba. Me dí cuenta en ese momento, cuando ella fumaba y el humo del cigarrillo subía y se esfumaba hacia la calle - estábamos en la vereda -, que no tenía nada que decirle.
Éramos dos extrañas, después de tanto tiempo. Porque para que haya una amistad se
requiere tiempo, cuidado, es como regar una planta y compartir muchas cosas.
Decidí escucharla. Y mientras lo hacía miraba el cable de teléfono que cruzaba la calle de vereda a vereda, donde las palomas, que parecían varias docenas se mantenían una al lado de la otra. Es una plaga, decían, que azotaba la ciudad. Cantidad de palomas por todas partes. En la vereda, sobre las cornisas, en los cables. Y debía ser que la población de palomas había crecido tanto porque hay muchas personas solas que se entretienen con eso, arrojando a los pájaros migas de pan húmedas en las esquinas, en los parques. Y los pájaros comen y comen, a veces parecería que van a reventar. Y las palomas eran tantas que también venían en esos días a mi balcón a caminar, a pasear mientras el gato dormía. y no las podía ahuyentar. Caminaban moviendo su silueta gris peltre, de una punta a la otra como si estuvieran en su casa.
Escuché el relato de la vida de Mara, las ilusiones efímeras, los fracasos sentimentales. Ya no creía en el príncipe azul, ese que aparecería alguna vez, confesaba.
Había sido bonita, ya no lo era. Se había convertido en otra persona, muy distinta a la que yo recordaba haber conocido. Me fuí armando de paciencia para seguir escuchando el relato.
Mentalmente iba comparando a Mara con ese recuerdo de ella que tenía en la memoria, quise escucharla, saber qué tenía para decirme, por qué me había llamado. Toda persona que se nos acerca nos trae un mensaje, decía Marguerite Yourcenar. Será por eso que seguí ahí sentada.
Pero ella se entretenía en contarme un cúmulo de frustraciones y de ruinas, no se daba
respiro ni me lo daba. Quise saber si había algo positivo en su vida ahora. Pero no, era tanto
lo del otro signo, que no se veía la luz, sólo había oscuridad.
Ya no veía el momento de irme de ahí, seguir caminando, volver a mi casa, leer un libro, cualquier cosa antes de seguir escuchando. Porque sabía que además, no iba a poder ayudarla. Su vida ya estaba hecha. Toda vida es un proceso de demolición, decía Scott Fitzgerald. Y en el caso de Mara la vida vivida tan rápido, sin medida, había arrasado con un montón de cosas. Y ella estaba ahí, contándome lo más tranquila, ese tsunami que había sido su vida, esa reclusión que era lo único que tenía ahora.
Con que era eso. Algunos en esta gran ciudad se entretienen dando de comer a las palomas, arrojándoles pan en la calle. Y otras personas como Mara buscan a alguien, tal vez a una extraña como yo, porque ya éramos dos extrañas, para mitigar su soledad.
La dejé hablar unos minutos más. Llamé a la moza que nos había atendido y le pedí la cuenta.


(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

viernes, 27 de enero de 2012

Araceli Otamendi


































La Cruz del Sur

"Oh, Cruz del Sur, oh trébol de fósforo fragante,
con cuatro besos hoy penetro tu hermosura [...] luciérnaga a la unidad del cielo condenada, descansa en mí, cerremos tus ojos y los míos. Por un minuto, duerme con la noche de los hombres.
Enciende en mí tus cuatro números constelados [...]"


Oda a la Cruz del Sur, Pablo Neruda.


Una lluvia fina, insistente, lo va empañando todo. Hoy es la noche del fin del mundo, como lo fue alguna vez para mí cuando me fuí del pueblo donde había nacido a vivir a la gran ciudad. Voy a enterrar una porción de noche en la tierra redonda de una maceta, donde enterré a mi gata blanca alguna vez y donde ahora renacen plantas y flores en lugar de los huesos del dulce animal. Ahora voy a enterrar una porción de noche, pero no de una noche cualquiera, sino de una porción de noche de Navidad. Nunca fuí a Mau-Mau, era demasiado chica para ir ahí. Nadie quería llevarme, los grandes se divertían, yo observaba. Me preguntaron en esa época qué opinaba de los hombres de traje y corbata. Mi papá los usaba, yo lo quería ¿qué iba a decir? El trabajaba y nunca me había faltado nada. Era un hombre de una inmensa sensibilidad.


Nunca fuí a muchos lugares que estaban de moda en esa época, yo era de la provincia, insertada en la ciudad. Ahora me pregunto si "prendí" alguna vez.
Aquella ventana ahora a oscuras queda atrás cuando el auto se aleja rumbo a otro lugar, lejos,
para celebrar la Navidad. Pero antes, mucho antes de este relato, esa ventana, muy parecida a otras del edificio hacía de marco a un árbol grande, un pino con finas y verdes hojas de plástico adornado con billetes de diez, veinte, cincuenta, cien pesos, distintas denominaciones, en cada rama.
Pronto, cuando llegue a la casa de algún familiar, escucharé canciones de Maísa Mattarazo, Toquinho o Vinicius, en fin, bossa nova, en un jardín alrededor de una piscina, o tal vez, si la noche está fea y la lluvia insiste, comeré a resguardo en la mesa puesta para la Navidad. Alguna vez, detrás de esa ventana a oscuras, de la que sólo se ve el marco desde afuera y un rectángulo negro como la noche hubo un árbol de Navidad adornado con billetes, moneda contante y sonante. Ahora estoy lejos, muy lejos de esa ventana, atravesando la gran ciudad. El que llegaba para adornar el árbol era un hombre calvo, de una calva lustrosa y cara vulgar, tal vez un poco repugnante. Él bajaba de un auto no muy nuevo y grande, cerraba la puerta con estrépito, venía cargado de regalos. Los regalos eran para su ahijada y para la madre de la niña. El padre de la chica, era un hombre triste, de ojos de mirada ausente, casi no hablaba. Yo me había hecho amiga de la niña a poco de vivir ahí. Y como venía de una ciudad más chica, en laprovincia, estaba acostumbrada a la vida de pueblo. A visitar a uno y a otro, a tener amigas, a ir de casa en casa, a que me visitaran. Estaba acostumbrada a celebrar la Navidad en el jardín o en el patio, a mirar la Cruz del Sur en el cielo y a que los grillos cantaran en la ventana. A buscar el consuelo y la voz de papá cuando los perros ladraban demasiado fuerte y me despertaba después que el Niño Dios llegara y ya hubiera abierto los regalos de Navidad.
La vida de una gran ciudad como Buenos Aires se me hacía incomprensible. Fue así como la conocí a Mónica.
Y el hombre, al que llamaban el padrino, llegó esa tarde, cuando yo estaba ahí jugando con Mónica, creo que a las cartas. La madre de Mónica le abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba muy arreglada, maquillada, se veía casi feliz. El padre de la chica no estaba. Era víspera de Nochebuena.
El padrino se sentó y se puso a conversar con la madre de Mónica mientras mi amiga y yo jugábamos a las cartas, o tal vez a algún juego de esos.
Poco después la madre nos llamó a tomar alguna gaseosa con sandwiches o galletas. Y fue entonces cuando el hombre, para nuestra sorpresa, sacó de los bolsillos un sinnúmero de billetes de diez, veinte, cincuenta, cien pesos y empezó a atarlos de a uno en las ramas del árbol navideño. Mónica y yo lo mirábamos con estupor. Parecía que los billetes hubieran brotado del árbol, algo así como un milagro.
Mónica estaba contenta y la madre también se veía contenta. Después de un tiempo, volví a mi casa, y conté la novedad. Y un manto de niebla como la de esta noche de lluvia empezó a velarlo todo. Se decía por ahí, que el matrimonio de los padres de Mónica andaba mal, que él no tenía trabajo o tenía changas. Que el padrino... etc., etc., etc.,. Esas cosas que se dicen cuando un hombre que no es un familiar visita a una mujer. Aunque sea el padrino de su descendencia. Durante dos o tres Navidades más, ví al padrino de Mónica repetir el rito de los billetes en el árbol navideño. Nunca dejó de llamarme la atención que en lugar de regalos o adornos, se colgara dinero del árbol. Poco después, Mónica y sus padres se fueron a vivir a la provincia. Él había conseguido un trabajo estable y algunas veces Mónica y yo hablábamos por teléfono. Otras amigas, nuevos intereses, fueron ocupando el lugar de Mónica.
Hasta que un día Mónica volvió a vivir a su casa. Había pasado el tiempo y se notaba. Estaba más alta, más delgada y también más retraída. Ella y yo éramos dos extrañas, ya no nos visitábamos más. El padre de Mónica se había ido de la casa y la madre trabajaba todo el día afuera. Mónica quedaba sola.
Una tarde, unos gritos de desesperación y tremendos golpes en la puerta hicieron que todos saliéramos de nuestras casas para ver qué ocurría. La puerta fue derribada y la mujer entró.
Hicieron lo imposible para revivirla, Mónica había muerto algunas horas antes. Nunca se supo si fue por una medicación que tomaba para adelgazar, o por qué. La madre no tenía consuelo. No lo tuvo más.
Pronto llegaremos a la casa de algún familiar donde se celebra la cena navideña. Es Nochebuena, en algún rincón de la casa, o tal vez afuera, estará armado el árbol de Navidad, con adornos brillantes, de colores, luces eléctricas. Pronto escucharé una canción de Maísa Mattarazzo, Toquinho o Vinicius, bossa nova, antes de sentarme a comer como todos los años. Entonces, una vez más, buscaré la Cruz del Sur en el cielo, la estrella que nos salve.




(c)Araceli Otamendi- todos los derechos reservados

martes, 24 de enero de 2012

Araceli Otamendi


















El Día de San Valentín (II)

El redoble de los tambores ahi en la playa, las fogatas cercanas que los adolescentes han iniciado en la noche, el sonido de alguna guitarra, el canto de los pájaros van anunciando el alba. Salgo a caminar por la arena, Horacio duerme. Cuántas cosas pueden hacer que el dolor de cabeza me parta en dos, cuando las fieras que yacen dormidas en el inconsciente empiezan a golpear como el sonido de esos tambores. Fieras, preparadas para salir en cualquier momento. ¡Malditos animales! Se enroscan en el fondo del alma, un descuido y saltan. Será por eso que camino ahora cerca del mar, miro el horizonte, lavo mis pensamientos con el verde y el azul del agua. Horas atrás, apenas algunos días hace, se ha casado Laura. Fue hace poco, el 14 de febrero, Día de San Valentín, que según dicen, es el día de los enamorados.
Debe ser una de las últimas deudas que había que pagar. Recién empieza el año y estoy en la arena, bordeando el agua, haciendo el primer balance, el debe y el haber, y calculando el saldo.
Pero si toda mi vida estuve pagando cuentas, seguramente no eran mías. Deudas y más deudas. Venían arrastrándose. Y yo pagando, pagando, pagando. Un pájaro camina por la arena, luego vienen dos o tres. Decido instalarme en la arena húmeda cerca de ellos. Sobre la cómoda de la habitación de Laura dejé el tocado de novia, el vestido que lució ese día tan importante. Antes de hacer la valija para venir aquí, envolví el cuadro con el diploma de arquitecta de Laura en papel de seda para que se lo lleve cuando vuelva. Quise darme una vuelta por su cuarto, mirar fotografías.
A la hora de los consejos no quise dárselos. Fueron muchas palabras que empezaron mientras la tenía en la panza. Muchas palabras, susurrándole a la hora de la siesta, nombrándola, Laura. No podía hablar del dolor, del que casi me muero, cuando tenías veinte años. Entonces
fue ese descubrimiento ¿a través de los sueños? ¿Otra mujer? Tal vez ... Decidí ocultártelo.
Todavía faltaba mucho para que te recibieras de arquitecta. Decidí ignorarlo, y todo siguió adelante. Ahora yo tenía una deuda menos y él una más. Y vos necesitabas tanto de mí,
tanta contención, tantas palabras. Y ahora que te veía tan realizada, tan feliz, tan mujer, decidí
callar, resisitir, somos grandes ¿para qué hablar? Sé que cuando vuelvas vas a tener la delicadeza de traerme un regalo. Te gusta sorprenderme, como cuando eras chica y a veces improvisabas un cuadro. Colores y formas dibujadas con tu mano infantil me alegraban durante muchos días, aún lo hacen. Laura, maravilla del mundo. Te susurro palabras aunque estés lejos, aunque no me escuches. Sobre todo a la hora de la siesta. Es la hora en que esas malditas fieras pueden surgir y asaltar la realidad. Hoy se han adelantado. Entonces me incorporo dejando huellas en la arena, y sigo caminando, dueña y señora de mi destino, aunque indefectiblemente sé, como dice Pessoa, que toda mi vida es un recibo que sigue sin firmar.




(c) Araceli Otamendi


El Día de San Valentín pertenece a la serie de cuentos El Día de San Valentín

lunes, 16 de enero de 2012

María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena




























¿Cómo no buscar a Jesús?


Hacía mucho tiempo que ya nada lograba emocionarme, hasta ese día.
Caminaba descalza por las arenas blandas de aquella orilla correntina- mezcla de tierra y ladrillo picado- mientras desataba recuerdos y cansancios apilados en algún rincón del corazón, tratando de encontrar la magia de una sonrisa que lavara las heridas del alma, cuando el horizonte me devolvió otra imagen: La de un pequeño que jugaba más allá...
Acerqué mis pasos hasta él, que ni siquiera los advirtió –o al menos eso me pareció- y me acuclillé a su lado. Los dos mirando al frente. Los dos atrapando las luces que cabalgaban en la cresta de las aguas, cedidas por la redonda luna del Taragüi... Ambos en silencio por bastante tiempo.
De pronto sentí necesidad de saber y hablé, aún mirando las aguas que ya me devolvían luces y sombras… -¿De dónde sos amiguito?-

-No tengo amigos yo- , me respondió con voz transparente, casi vacía. Vengo a buscarlo

-¿Al río? ¿A estas horas y solo?

-Sí. A estas horas porque después voy a trabajar. Debo cuidar a mi hermanito más chico. Nació hace poco- Ahora duerme.

Miré sus pocos años y se me arrugó el alma. Nuestra realidad era ésa. ¿De qué podía asombrarme? Ahora era trabajo lo que antes vivíamos con naturalidad, dentro de un profundo amor familiar, casi sin notarlo, sólo sintiéndolo…

-¿Qué buscás aquí? Está próxima la Navidad. La gente está en sus casas o buscando regalos por las calles

-Ya te dije: Un amigo

-….

Ante mi desconcierto, se arrodilló en la orilla mojada y juntando sus manitos habló mirando el río…

“Sé que estás ahí .Hoy te vine a buscar porque quiero tener un amigo, pero no sé cuándo podré venir otra vez. Acordate de mí esta noche. Y si podés, vení a mi casita mañana- Te quiero mucho. Chau…” Y haciendo una mueca se secó una lágrima mocosa mientras agitaba sus dos manitos despidiéndose. Pero se quedó en silencio mirando el agua, como pensando…O soñando.

-¿ Podés decirme a quién le hablabas? –dije interrumpiendo el momento

-A Jesús. Quiero tener un amigo-

-Podés tener dos esta noche, si querés, le dije emocionada..

-Recién entonces me miró y vi que sus ojos tenían un reflejo de asombro.

-No sé dónde está el otro…

"Aquí "-- Vamos a tu casita--…Y comencé a caminar junto a él

Llegamos al poco rato, los dos en silencio, después de caminar juntos un buen trecho por terrenos difíciles. Se quedó en la puerta de una casilla de madera, pero no me invitó a entrar. Sólo me miró- como si quisiera encontrar en mí alguna impresión- y dijo:

-Bueno doña, ya llegamos, pero no puede entrar, todo está muy sucio ahí.

-“Eso no importa, dejáme pasar un ratito”, y le di la mano agachándome hasta atravesar la portadita de madera. Pero al entrar no encontré a nadie…Sólo algunas ropas sucias tiradas, un balde a medio llenar, un perrito durmiendo y muchas moscas, nada más…

-¿Y tu hermanito?

-Ahora duerme. Lo llevó la vecina mientras yo iba a juntar agua, pero me escapé un ratito…

-¿Y tu mamá?

-No tengo mamá. “Se fue al cielo cuando nació mi hermanito. Por eso le fui a decir a Jesús que quiero ser su amigo y que venga a mi casita mañana, le quiero pedir que me traiga una”.

….Sentí que ya la había encontrado. Y que todo el cansancio apilado en mi alma se quedó, transformado, cabrilleando sobre las olas de mi río Paraná…

(c) María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena




Goya


Provincia de Corrientes


imagen: Ricardo Supisiche, colección MAC - Universidad Nacional del Litoral

jueves, 5 de enero de 2012

Oscar Armando Bidabehere




















No lo sabes


"El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante"

Octavio Paz



El aromo está en flor. Dueño y señor. Semeja un pavo real, verde pálido, agitando su plumaje, orlado con guirnaldas amarillas. Es invierno. Julio. Los árboles de hojas caducas, en su muda desnudez, llevan la desolación de la intemperie sin fin. Desarraigado, atravesando vaivenes laborales donde la monotonía ha estado ausente, después del naufragio, mi cansado cuerpo ha encontrado refugio en las inmediaciones del arroyo Tapalqué, al pie de suaves elevaciones que prologan las Sierras Bayas, de donde emana una energía telúrica que imanta a quienes deambulan entre su bosque de fresnos y las estribaciones rocosas, a pesar de las heridas, que en su roja cresta, le propinan los mazazos del hombre. Me hallo transitando, quizás, la curva final, viendo crecer lo que he plantado, dándole guarida a los pájaros, lejos de cazadores furtivos, empeñados en cegar toda forma de vida. Protegidas, las canoras aves, han hecho su territorio en el escarpado lugar donde paso mis días, entre ramilletes de margaritas silvestres que le dan una tonalidad especial al terreno. Esa música secreta que empalaga el alma, cuando calandrias, benteveos, gorriones, irrumpen al clarear, demandando alimento, y revolotean en las ventanas de la galería, ante los comederos vacíos. La polifonía se repite con intermitencias y sin aviso. Es un código tácito, un idioma inteligible que espanta el tronar de las cañoneras urbanas, cruce hilarante de sirenas, bocinazos y chillidos de frenos, eco menguado por la distancia, que se disipa derrotado en el aire. Por el contrario, aquel pentagrama, de menudos corazones alterados, que vienen de la naturaleza, mitiga mis dolores y siempre me recuerdan al inefable Nicanor Parra repitiendo el ritual de la contemplación de los pájaros picoteando frente a los ventanales de su quinta. El péndulo del reloj oscila inexorable, un tic-tac que pontifica sobre la brevedad de la existencia. Hay un día escondido que me aguarda, no puedo dejarme sorprender si los plazos se agotan, hay una pulsión, como asomarme a aquella mínima historia, y aun me interrogo, ¿ las ondas sonoras se perderán en el vacío?

No lo sabes. No imaginas cuanto significó en mí. Es tiempo de revelaciones. Con sus fulguraciones, hormiguean las ideas, estoy en medio de la tierra, lejos del mar que fuera umbral de nuestro encuentro. Quizás te sorprenda esta confesión tardía. Apelo a las imágenes para enviarte señales. Años, días, horas, se han ido apilando desde entonces. Rebobino la película. Cinema Paradiso. Soy ese adolescente que camina silbando, en la fila que marcha sobre el puente del río Kwai, respirando con aire de triunfo, recorriendo los senderos de la selva y atravesando el espacio con esa melodía inolvidable. Por esos tiempos tenía asignada la retaguardia, era mi lugar. El ultimo del pelotón. Allí, en el fondo, trasuntaba mi magullada autoestima, herida desde temprana edad, por obra y gracia de la zurdera. Hubo un cimbronazo que conmovió hasta los cimientos. Un día irrumpió sin golpear la puerta, fue cuando encontré tu mirada y la vibración me arrancó del ostracismo. Ocurrió algo extraño, una ebullición difícil de describir, un placer intenso como el orgasmo, pero con alas al viento, sin orillas, que llegó para quedarse. Un terrón de azúcar disolviéndose en mi interior, recorriendo, con un ímpetu abrasador, el profuso ramaje del árbol venoso, atravesando la epidermis como flechas encendidas. La dulzura que navega dentro de uno, hasta entrar en trance, que no queremos que acabe nunca. No culpes a mis ojos. Pensé que me habías elegido, que tenía chances de recalar en tus brazos. La ilusión vivió durante las noches. Azuzado por mis obsesiones, comenzaba la cuenta regresiva para volver a verte, amanece, los minutos inician su calesita y traen raudamente las golondrinas del mediodía, la hora de ir al colegio comercial. Allí tu figura brillaría entre todas. Poco, muy poco, y mi ansiedad capitulando. Después, el atardecer languidecía sobre la Bahía Uruguay, la bóveda celeste, nubes blancas ribeteadas con trazos rosa, suaves, mientras en el callejón crepuscular, se recorta un horizonte de llamaradas, borrando las huellas de la fuga. El ocaso terminaba perpetrando el secuestro de la luz hasta la mañana siguiente. Mientras en las islas se apagaban los ecos de pájaros y pingüinos, y un pequeño lobo marino, se asomaba a la superficie, rolando en su periplo cazador. En la aridez de la estepa patagónica, la sequedad en mi garganta y las llagas de los labios mordidos, inundaron la boca con un sabor amargo. Todo terminó siendo un espejismo, el idilio que no fue. Me miré por dentro, estaba convencido que tenía una vida a plazo fijo, que el destino trágico de mi padre sentenciaba el futuro. Sollozos y memoria de unos pasos volviendo a casa, taconeo elegante, ese perfume de tabaco y colonia precediendo su andar. Una herida abierta que no termina de cerrarse. Devoraba los libros de medicina para hallar la cura. No debía hacer sufrir a nadie y menos a alguien que desataba ese tsunami de ternura y pasión. Las respuestas superaban mi entendimiento. Y ahora el amor para mitigar los padecimientos. La oclusión de los canales del placer, merced a los grilletes religiosos, atenazando el deseo, cercenaban la audacia, a tono con la época. Debate contra natura, tener relaciones prematrimoniales, sí ó no, that is the question. Castigar el cuerpo, era lo que inspiraba el mensaje de nuestros consejeros espirituales, abonados a una castidad exasperante. No obstante, llegaban los ecos del movimiento hippie, horadando los diques del sistema, y esa melodía sobre el mundo como una manzana girando en silencio y muchos aspirantes a hincarle el diente. Los interrogantes asediaban. Presa de esa lucha interior, los miedos terminaron rodeándome como un musgo asfixiante. ¿Podrás entenderlo?

Cual metáfora de fuego, tu alumbramiento fue en Abril, cuando el otoño dejaba a su paso, un manto ocre bordado con hojas dispersas. Al influjo del enigmático cráter de la Laguna azul, cercanías de Monte Aymond, o quizás de ese paraje tiznado, en Río Turbio, o tal vez bajo el velo protector de la Virgen, enclavada en los hielos milenarios, que nos prodigara la febril imaginación de Cesar Aira. La meseta arisca, que nos vio nacer, abanicada por el viento sur. Esos aires, los tuyos, los míos, los nuestros. Las obligaciones laborales de tu padre te trajeron al pueblo donde nací, Puerto Deseado. Sin eso, nunca nos hubiéramos conocido. No hay casualidades, escucho las sabias palabras de la abuela Hoffman, en un rincón mágico, entre las sierras cordobesas. No existe el destino, se hace camino al andar. La vida es una línea punteada, con sinuosidades y brumosos hervores, curvas pronunciadas, grandes pendientes y cuestas transpiradas, hasta que la salida del sol renueva su condición de semilla con sabor a futuro. Un corazón que late sincopadamente en ese derrotero singular. ¿Cómo fue tú vida?. Cuantos vuelos te encontraron cruzando la noche. ¿Hubo más luces que sombras en el firmamento?

Para los quince años garabatee unos versos:”tus quince años han llegado/ y como un corcel alado/ tu corazón ha volado hacia el sueño tan ansiado”. El cielo se deshoja en racimos de nieve, los árboles de la plaza San Martín se visten de novia, y los copos van tapando las grietas que obnubilan la belleza, el paisaje gris parece un prado al que nunca han profanado. Había un icono que iluminaba tus afanes, aquel americano, JFK, que vio tronchada su vida bajo las balas conspirativas, y cada veintidós de noviembre acudías al templo a orar por él. ¡Qué lejana mi figura de aquel tótem moderno! Vinieron encuentros efímeros, una vez nos sentamos en el cine, por honor y gracia de nuestra condición de mejores alumnos. Dejaste las entradas, tímidamente, una tarde en mi casa, cuando estaba ausente. No supe leer aquel gesto. Desde el escenario, una guitarra y la voz de José Feliciano que surgía suave y melancólicamente, con aquel “reloj no marques la horas…”. Tu cercanía imantaba. Sentía una atracción desafiante, y no sabía cómo enfrentarla. Turbado, pensaba, que siempre habría alguien mejor que yo, y no lo resistiría. Los abandonos me causaban pavor, ya había perdido a mi padre con solo diez años. Hubo picnics en el cañadón “Quitapenas”. La escuela primero, el centro juvenil después, fueron los escenarios de los frecuentes cruces que se prolongaban luego en reuniones juveniles movilizados por la asistencia social, en el marco de la fe. Suelos escarchados, ojos que nos interpelan, contemplándonos impávidos, figuras estiradas caprichosamente, remedando quizás el pincel de Dalí, cóncavo y convexo, bordes de una cuerda que va y viene, y un calor intenso que las derretía mientras caminábamos. Miradas sostenidas que decían más que mil palabras. Como quien muestra las cartas, pero no hay juego, si uno no quiere jugar. Todo y nada, como un puñado de arena que se me escurre entre los dedos. Debo decir que te amé, con ese cúmulo de sensaciones que nunca antes había experimentado y que nunca más volví a sentir, hasta mucho tiempo después, pero con otros años, otros caminos surcados, una música distinta, a esa primera, que te tuvo como la más bella ejecutante. Eras mi Jaqueline Du Pre. Con el violonchelo al compás de las aguas del río, susurrando, dejando su estela de espuma, al fusionarse en un abrazo con el Atlántico. En ese aroma que trae la bajamar, mezcla rara de algas y moluscos, inscripto para siempre en nuestro ADN.

Aquellos tiempos de dictadura, junio del ‘66, los de la morsa de colmillos afilados, mostacho abonado al rigor, que amordazaba la vida cotidiana, tiempo histórico, que por complicidades cercanas, tu padre en funciones municipales, nos puso frente a frente. Fue en un baile, cuando a un amigo común, le trasmitiste el interrogante que te inquietaba, ¿qué detenía mis pasos hacia tu encuentro? La respuesta está desbordada por el desconcierto, no hubo oídos amigos que escucharan la arritmia que me dominaba. Sin resuello, partí a la Universidad. Lo que pasó, pasó, el movimiento de la vida no se detiene, no se congela. Luego la distancia hizo su faena, debilitando las ondas, ensanchando el vacío de la ausencia. Y llegó el joven que te retrató, cautivo de tus encantos, y era mi amigo, y se amaron. Guardé mi dolor, no habría de pelear por ti, nunca gritaría mi amor. Escuchaba otras voces que auspiciaban el romance, y mi nombre no estaba en la lista. Recibí tus cartas que atesoré por mucho tiempo, mientras conocía bellas mujeres que me hicieron temblar, la hermosura de sus cuerpos deslumbraba pero no tenían el encanto de aquel comienzo, eran segundos tiempos, fugacidades eróticas, y todos mis impulsos enajenados por la idea de Revolución. El polvo se fue acumulando, despintando las pisadas, cubriendo las marcas del pasado. Volví un día al pueblo, ya no estabas. Todo me pareció distinto. Caminé las playas buscando huellas, pocos años habían pasado, el agua esmaltaba los cantos rodados, aquí y allá. Iba adivinando las armoniosas curvas de unos pies que me hablaran de ti, parecía un buscador de oro. Sentía una presencia elusiva como si en el aire flotara la doncella que soñara Juanele a la vera del río. ¿Serías tú? Entre bandadas de gaviotas cocineras, iguales, todas iguales, con su plumaje blanco y negro, hurgando en las rocas de la Cueva de los leones marinos. Y allí, cuando las olas de la pleamar penetran erosionando las grutas y recovecos, que minutos antes recorrí, dibujando fugaces castillos de cristal en la rompiente, entre cuencos cavados en la piedra, pletóricos de agua tibia y tapizados por la policromía sutil de un jardín de algas, hay un chasquido que atrae la mirada, ese vuelo grácil, la esbeltez de una paloma antártica que me recuerda tu andar inasible. Y una luz, que viene del fondo oscuro, donde se agita la vida, siempre enigmático, como si un arenque errante emitiera sus destellos mandando un pedido de auxilio. Mucho después, en otras costas, presa del desvarío de la soledad, me hice espuma para acariciar tus pies y en esa comunión trasfundir algún efluvio mágico a mi cuerpo ajado. Siempre en dictadura, ya en el servicio militar, en un paraje extraño de las sierras de Curumalan, asiento de una colonia francesa, me encaramé en un desvencijado y bamboleante tren, rumbo a la urbe tanguera, Buenos Aires, mi hermano me esperaba, y la calle Corrientes, multitud enfrascada en su anonimato, que va y viene por una arteria poblada de libros que me seducen desde siempre, y ahí, entre tantos rostros ajenos a mi mundo, que circulan frenéticamente, como una aguja en un pajar, de pronto tú, una sonrisa que me hizo temblar, hablamos, te visité, estabas acompañada, charlamos, reímos, y nada más. Las páginas corren vertiginosas, nunca más, fue la última en que estuvimos tan cerca y tan lejos. Cuatro años más, enero del ´75, cuando las mieses doradas coloreaban el paisaje de un verano tórrido en la Bahía Blanca. Vino el canje atroz, aquella tarde fatal, yo no podía por el trabajo, y le pedí que me cubriera, la tarea consistía en propaganda callejera, no había riesgos en el horizonte que presagiaran el desenlace. ¿Ingenuidad, o destino escrito? Y se abatió la cárcel, mi hermano menor fue la prenda, reemplazándome en las mazmorras, torpeza siniestra de los esbirros, enredados con el mismo apellido, obviando que cada uno es único e irrepetible, mientras arreciaban los vientos del golpe de estado que intentábamos detener. Tuve que refugiarme en el pequeño círculo que me sostenía, pero como en el bolero, permanecí en el lugar de siempre, desafiando los malos augurios, esperando el milagro, cumpliendo con el deber a pesar de los temores. Cada visita al presidio me estrangulaba el vientre y tardaba en recuperarme. Hasta hubo lugar para la perplejidad, un día descubrí, a alguien que supo ser compañero de estudios, en el rostro uniformado del carcelero, que humillaba a los familiares, esgrimiendo su impunidad. Devolvió gentilezas, mandando a mi hermano al hoyo de castigo. Semidesnudo, oscuridad total, enterrado en vida. Sierra Chica, y sus oscuros muros, impresos de sangre, sudor y lágrimas de almas en pena. Siniestra historia si las hay. Cuarenta y cuatro meses tras los barrotes, clausurando la vida, tenía apenas veinte años, y lo que siguió, a aquel treinta de agosto, cuando se abrieron los cerrojos, se prolongó en una libertad condicional, con fisgones hostigando sus movimientos, manteniendo la pesadilla. Todo parecía una ruleta rusa, y había quienes pergeñaban emboscadas a cada paso. ¿Dónde, entonces, recostarme? Cuando quienes me conocían cruzaban la vereda despavoridos como si mi aparición representara a un fugado del leprosario. Fue nuevamente allí que te convoqué con el pensamiento. ¡Vaya, vaya! Caprichos del destino. No lo sabes aun, mujer, pero te he amado, en silencio, a la distancia, en la soledad de la noche” videlista”, la dictadura feroz que convirtió en sangre coagulada, lo que era verde, el suelo que nos cobijaba. Cuando arreciaba el vendaval, se abrían las madrigueras, y la jauría olfateaba todos los rincones. Recluido en la pequeñez de mi cuarto, el sube y baja del ascensor me hacía suspirar con un temor corrosivo, el hedor de las bestias se colaba por debajo de la puerta, anunciando que quizás se acercaba la hora, y entonces quería volver presuroso a esos días sin las acechanzas del afuera, cuando vivíamos ajenos al trepidar de la balacera, buscando afanosamente un oasis en medio del desierto y que el agua fresca saciara mi sed antes de expirar. Aun por mis venas corrían sensaciones como lava volcánica. Había brasas, encendidas, entibiando la piel. Mas nunca más te vi, aun así te tenía en lo más profundo de mi mente, donde no llegaban los ladridos del afuera. ¿Me recuerdas, aun con la insignificancia de mi silueta perdida en la neblina del ayer? A los pocos años, ese amigo, que ya no era tu novio, ni tu amante, fue deglutido por la maquinaria del terror que se había apropiado de nuestra patria. Luego el silencio, pesado como el plomo, hundiendo en el olvido nuestra pequeña historia. Y vendrían otros relatos. Espejos cotidianos que van cambiando nuestra apariencia. Hubo claveles rojos y crisantemos, y cartas amarillas, fotos sepias, otoñales, que nos hacen desertar de muchas ilusiones, acunadas en horas juveniles. Vivíamos a miles de kilómetros, un océano arado por los vientos malvineros, una vastedad yerma, un foso imposible de vadear entre uno y otro. En esa soledad, de vez en cuando volvía a mecerme abrazado a tu recuerdo, hasta que el despertador, una vez más, estridente, me volvía a la realidad

Nadie te lo ha contado, pero muchas veces te vi sonriendo y otras secar tus lágrimas. ¿No sentiste, aunque sea, la brisa de mi presencia? Una sombra fugaz cubriéndote del quemante sol del verano. Y mientras el rocío humedecía tus labios, al despuntar el amanecer, en ancas de esas gotas que conjuraban la sequedad, ¿no notaste que estaba yo?. Lo sé, es tarde, me he quedado con la fotografía.” Volver a los diecisiete,” entona la voz de Mercedes Sosa. En el desván de los recuerdos tus ojos siguen teniendo una luz especial, imborrable. A veces, cuando he vuelto la mirada atrás, te encuentro, e imagino cómo habría sido aquel comienzo sin espinas, la música de Peppino di Capri, unidos por un granito de arena, y el mar rumoroso aplaudiendo el abrazo que funda nuestros cuerpos y el beso que nos debíamos. Escucha mujer, estas ahí entre mis añoranzas más sentidas. La que con su mirada hizo entrar en erupción el volcán del amor. La primera. El antes y el después. Me inclino en la playa, estoy en Cabo Blanco, con su peñón de alucinante fascinación, la voz ronca de los lobos marinos, los vuelos rasantes de los cormoranes protegiendo a sus crías y algas como ramos de flores perpetuos diseminadas en las playas que flanquean el promontorio rocoso, reluciente con sus barbas de guano. Pongo mi oído atento en uno de esos caracoles abandonados a su suerte, siento el rumor de las olas, agitándose, clamorosas y lo llevo conmigo para repetir el ritual de escuchar esa música atrapada en el laberinto misterioso. Miro el cielo, inquisidor, ¿deberé esperar otros cien años para que el cometa Halley te traiga nuevamente? El reloj, impiadoso cancerbero, sigue andando y centrifuga el pasado.

Te he buscado moviendo las antenas desde mi cabaña de ermitaño, temiendo tropezar con tu silueta, por los caminos de la imaginación, por los cien barrios porteños, entre miles, bajando del subte, en algún banco de plaza leyendo poesía. Imaginé la escena, sentado en una mesa del Café La Paz, te vi, repasando tus notas, y me acercaba. El hombre que escribe para liberar de la prisión a sus recuerdos, y la mujer ensimismada con Lope de Vega. Como una película muda, la imagen se diluyó en la atmósfera cosmopolita de la ciudad, entre los palos borrachos de la 9 de Julio y el perfume de los jazmines. No era verdad. Pronto volví a mis cabales. No quería verte, ni que me vieras, en el ahora, en la pendiente de los años, me basta la evocación y que no se rompa el embrujo.

No lo escucharás entre quienes te rodean, mujer, pero te he amado, como quizás nunca lo han hecho, sin haber rozado tu cuerpo, sentido tus manos sobre mi rostro, ni besado tus labios, una quimera inalcanzable. No lo sabes, ni lo has percibido, fue solo eso, un amor que se perdió, aterido por el frío, víctima de las sangrías de un afuera turbulento, que torció el curso de las aguas, abriendo surcos impensados, cambiando destinos, tronchando sueños. En la penumbra, también, las vacilaciones de un hombre, hacia una mujer, de cabellos ensortijados, mirada inquieta y cautivante, y una sonrisa inolvidable, con fragancia a menta y chocolate. Fuiste mi lumbre cuando soplaban vientos de fronda, hasta que las aguas se aquietaron en la ría y pude otear el horizonte, sin sobresaltos, desde el muelle de Ramón. En esa planicie que refleja un cielo de nubes onduladas, voluptuosas, con curvas de mujer, donde quizás, en otras latitudes, se inspire el gran Botero para dejar su marca en las calles de Oviedo, tuve una mujer amada, que no eras tú, hijos, nieto, otras sensaciones inescindibles del placer y la alegría. Llegó el momento de hablar, para que la espesura del tiempo no se devore aquel escenario, donde dirimen los trebejos, la partida trunca que nos reunió. Esgrimistas lanzando estocadas que no llegan a destino. Quizás, en algún recodo de los años, lo intuyo, con las luciérnagas titilando en la oscuridad, desmintiendo las hosquedad del mundo, juguetean las piezas de un final abierto, tú, la dama enhiesta, mariposa de luz, espejismo inabordable, y aquí, el alfil negro, caballero enmascarado, haciendo la diagonal, que conquiste la fortaleza.

(c)Oscar Armando Bidabehere

Olavarría

Provincia de Buenos Aires

Acerca del autor:

Oscar Armando Bidabehere, Puerto Deseado (1950), Santa Cruz, ha sido publicado en la Antología 2009 “El decir Textual” de Editorial de los Cuatro vientos, Tercer premio en categoría cuento con el titulo “Vuelo Crepuscular”. En 2005 resultó premiado en el concurso organizado por la Asociación residentes deseadenses de Capital Federal con el cuento “De cómo la Derecha devino en izquierda”, por un jurado presidido por la escritora Sylvia Iparraguirre. Sus relatos han sido publicados por Revista cultural Almiar – (España)-, “La vida en tres días” y en Editorial Ayesha .Aparece en los Cuadernos Culturales de la Patagonia: “Cada quince de julio…” y otros, en la Antología de poemas, cuentos y relatos breves de Ediciones El orden con “Lagrimas de Sal” y frecuentemente en el periódico El Orden, decano de la prensa santacruceña: últimamente, “Hombres de Hierro” en el centenario del ferrocarril año 2009 y también en el Proyecto Biblioteca patagónica con su relato “La vuelta al mundo en quince horas”. Inscripto en el realismo, se declara admirador de la literatura de Viñas y Onetti , voraz lector de Raul Gonzalez Tuñón, Juarroz, Gelman, Prévert y sigue la lista. En la actualidad reside en la ciudad de Olavarria, Provincia. De Buenos Aires