lunes, 27 de febrero de 2012

Araceli Otamendi






















La familia disparate*





Las dos mujeres están reunidas en una habitación mientras los dos niños juegan. Mientras una de las mujeres, Diana, anota algo en un papel, la otra, Patricia, ensaya una música en el yamaha y tararea "a mi me vuelve loca tu forma de seeerrrrrr, a mi me vuelve loca tu forma de seerrrrrr" (1).



—Pará aquí —dice Diana.
—¿Por qué?
—Porque ahora tiene que aparecer la tía, la tía gorda.
—¿Y quién va a hacer de tía?
—No sé, todavía nadie quiso el papel, cualquiera, cualquiera que quiera hacerlo.


Hace más de dos horas que ensayan la obra que representarán en la escuela de los niños. Ya han escrito los diálogos, diseñado la escenografía y el vestuario y han elegido la música de Los Decadentes.
Patricia está entusiasmada con el yamaha, hace tiempo que aprendió a tocar música ahí pero el hombre con el que estaba casada, un médico, no era justamente un hombre alegre y no le gustaba que su mujer se dedicara a las artes. Patricia también estudia cine, tiene una cámara de video y le encanta grabar lo que sea: al hijo en los actos escolares, en los cumpleaños, algunas escenas en la calle. En cambio Diana escribe, solamente escribe, ha terminado varias novelas y cuentos y aún no ha publicado una línea. Las dos mujeres se dedican además a criar a los niños que están ahí, en la habitación de al lado, jugando. Cada tanto se escucha algún golpe y las dos mujeres corren para ver qué ha pasado. Los niños, de alrededor de tres años ensayan todo tipo de juegos con unos muñecos de plástico. Cada tanto juegan a la pelota y la golpean contra la puerta.


—Esta casa es muy chica —dice Patricia—. Desde que Martín se mudó a mi casa con su nueva mujer y yo me vine aquí con Nicolás.
—¿Por qué no hicieron al revés? ¿Ellos se quedaban aquí y ustedes allá?
—Porque la mujer de Martín está embarazada y quiso cambiar de casa, dice que necesita más lugar para cuando nazca el bebé.
—No te veo muy feliz.
—Tampoco era feliz con Martín, me aburría. Ahora voy al teatro cuando quiero, estudio cine.
—Pero estás sola.
—Sola con mi hijo. ¿Qué voy a tener, un amante? ¿A esta altura? Tendría otro marido, y sino, mejor nada. Los fines de semana voy a bailar, al teatro, salgo con mis amigos ¿para qué quiero más?


Las dos mujeres se habían quedado en silencio. Patricia preparó café para las dos y leche con chocolate para los niños. Sentadas en el living las dos mujeres seguían conversando.


—¿Y no será exagerado lo que hacemos? Después de todo es un acto en la escuela y nada más —dijo Patricia.
—Sí, es un acto en la escuela pero no te olvides que no es cualquier escuela.


Era cierto, a esa escuela iban los hijos de directores de cine, de los escritores, de los actores. Las madres y los padres que iban a llevar a los hijos a la escuela se saludaban con gente que veían en otros horarios en la televisión, en el cine o en el teatro. Los temas de conversación eran casi siempre sobre los niños, espectáculos o libros.
Patricia y Diana estaban agotadas, llevaban días y días preparando la obra de teatro, una comedia donde cada miembro de una familia cumplía un rol disparatado. Así había una madre que compraba caramelos y chocolates para los hijos en lugar de comida, un abuelo sordo que miraba televisión y escuchaba música al mismo tiempo, una tía gorda que no pasaba por la puerta y llevaba un vestido relleno de globos entre otros personajes. También habían ensayado en la escuela varias veces, las actrices serían otras madres.
Patricia y Diana estaban agotadas pero se veían felices ensayando y dirigiendo una vez más la obra. De pronto sonó el timbre y Patricia atendió.




—Es Marcela, mi hermana —dijo Patricia.


Marcela estudiaba letras, venía de la facultad, era más joven que Patricia y que Diana. Marcela saludó a Patricia y a Diana y enseguida se puso en la órbita de las dos mujeres y presenció el ensayo.
Diana leía el texto y hacía la voz de cada personaje mientras Patricia musicalizaba en el yamahaa. Marcela las miraba atenta, y casi con seguridad apuntando algo en su mente. Cuando cesó la música y Patricia se sentó, Marcela soltó una carcajada.




—Danos tu veredicto —dijo Patricia.
—Está bien, es divertida pero diganmé; ¿por qué se matan así para que salga todo perfecto?
—Queremos que salga bien, que los niños y los padres y madres se diviertan.
—Pero las cosas no son tan así —afirmó Marcela.
—¿Y entonces cómo las harías vos? —preguntó Patricia mientras Diana miraba atentamente a Patricia y después a Marcela.
Marcela encendió un cigarrillo inhaló el humo y después lo exhaló:


— Diganmé ¿no estarán frustradas ustedes dos?


Patricia y Diana se miraron durante algunos momentos y la risa de Marcela contagió a las dos.
Desde la habitación de los niños llegó de nuevo el sonido de una sirena y las tres mujeres vieron aparecer un auto de juguete, color amarillo con una luz dando vueltas en el techo que se acercaba a toda velocidad.
Algunos días después Patricia y Diana dirigían y musicalizaban "La familia disparate" en la escuela, ante un público compuesto por niños, maestros, directores y padres. Hubo tortazos de crema, un tomate en la cabeza de Patricia y la satisfacción de mirar el brillo de alegría en los ojos de los niños.


(1) Letra de la canción de Los Decadentes "Loco (Tu forma de ser)"






*La familia disparate pertenece a la serie de cuentos Tardes de madres, de la autora




© Araceli Otamendi - todos los derechos reservados


imagen: (c) Joaquín Torres García (Muestra Juguetes transformables, Malba)

sábado, 18 de febrero de 2012

Guillermo Tedio














Tras el antifaz hay un aroma*



Mis relaciones con Susana caían inevitablemente al piso. Era un final sin el alboroto de las recriminaciones gritadas y quizás por eso mismo doloroso, porque un escándalo de maldiciones y golpes como el zafarrancho que a diario vivían nuestros vecinos de piso —el gordo Cepeda y su mujer—, quebrándose platos en la cabeza, arañándose la cara y mandándose al infierno, daba la posibilidad de enmascarar con el ruido los remordimientos y esa molesta y doble percepción de sentirse agresor y agredido pero en cambio, aquel naufragio silencioso —la cobarde fuga de nuestras caras— hacía más duro el porrazo de la caída. Unas veces era el hombre —otras la mujer— quien metía a la carrera varias mudas de ropa en la maleta y salía del apartamento, tirando la puerta y gritando que se largaba para siempre jamás. Y al día siguiente ya estaba el muchacho del Jardín Americano trayendo el proverbial ramo de gladiolos con una tarjeta en la que el gordo arrepentido pedía perdón y declaraba por enésima vez su amor eterno, o de parte de ella, un cocinero de restaurante chino, portando una enorme bandeja de tres carnes con verduras. Para los Cepeda, las peleas eran parte de su erotismo y las gozaban tanto como las reconciliaciones con mariachis o tríos, canastas de flores o comida china. Nosotros, en cambio, sabíamos de la catástrofe por la evasión de la mirada y el rictus de despiadado fracaso que ensombrecía nuestras bocas.
En ciertos momentos, yo había iniciado las tentativas de un regreso al principio feliz, utilizando de intermediaria a la niña cuando proponía ir juntos a las playas de Salgar o a un cine que exhibía la historia de algún héroe infantil. Al momento de salir, un negocio urgente pedía mi presencia, todo para no cederle terreno a Susana, mientras la niña recibía las heridas del silencioso fuego cruzado. Machista sin remedio, me había convencido de que la rutina de una vida en común por más de cinco años con la misma mujer, a pesar de la carita dulce de Feliza, era un lento y masoquista suicidio que rayaba en la necedad. Y sin embargo, a veces pensaba que todo no estaba perdido y avanzaba la mano para iniciar una caricia pero nunca llegaba a tocar la piel de Susana que al contacto seguramente se hubiera replegado como si la rozara la pata húmeda y repulsiva de una alimaña. Mi mano se quedaba crispada y suspendida en el aire y mi boca colgaba inútil en el simulacro de un beso y luego la careta del cigarrillo y el humo y durante el día el narcótico del trabajo en la oficina, con los clientes exigiéndome resultados en sus demandas. Y en medio de la rutina y las piernas cerradas de Susana, el viaje a casas de cita con mujeres desesperadas que me dejaban exhausto y con la conciencia remordida como cualquier perfecto cristiano, cuando en las charlas con Cepeda y otros abogados, pregonaba siempre un ateísmo escandaloso.
Aquella tarde de martes de carnaval, última jornada de Momo, me tiré a la calle, al borbollón sin ataduras que siempre he detestado hasta el extremo de alejarme otras veces a playas solitarias mientras Barranquilla vive su borrachera de mundo al revés. Me metí a fondo en el laberinto de la música que no dejaba oportunidad para la quietud, entre máscaras y capuchones de colorines y viudas que lloraban sobre un Joselito cachondo, muerto en su ley de gozón. Ni siquiera anuncié mi salida, apenas una caricia en la mejilla de Feliza, quien se había negado a probar alimento, entendiendo a sus cinco años que la hoguera estaba ardiendo. Bajé al tumulto del Barrio Abajo y sentí que agonizaba en esa búsqueda de vida y, por supuesto, el carnaval no me cerró las puertas, abrió su vagina promiscua y me atrapó entre sus pliegues de libertad y contacto.
Deambulé por sitios nunca visitados, por calles marginales de otros mundos, bebiendo el ron blanco, de carretero, que me ofrecían en todas las esquinas, fuera del alcance de los amigos, sin los prejuicios de la odiosa perorata de los conocidos. Quería simplemente perderme en la multitud, en una aspiración contradictoria y sin esperanza a estar conmigo mismo en mitad de la fiesta colectiva. Aparté los últimos remilgos de la náusea y me hundí, dueño del ritmo y del estruendo, entre la masa pulposa y prisionera de su propio movimiento.
En cierto momento me vi bailando en un salón inmenso, absorbido por el oleaje sudoroso de la barahúnda de congos, toros, diablos, muertes pero no estaba solo: tenía entre mis manos una espalda cuyos omoplatos se plegaban a la cadencia del piano de Ricardo Ray. No había ocasión para detenerse, la ronda del baile exigía seguir, siempre seguir sobre el timbre metálico de las trompetas y el estallido de los timbales, como lo hacía el hombre disfrazado de marimonda que bailaba cerca de nosotros con una pareja vestida de mono cuco, entregados ambos a la música en un arrebato catártico, haciendo pases eléctricos con la voz del Bobby diciendo agúzate, que te están velando, que este individuo no sabe en qué se metió.
Definitivamente estaba borracho. De encontrarme sobrio, me hubiera acordado del instante en que la invité a bailar o ella a mí, no lo sabía. Estaba allí, con aquel cuerpo entre mis brazos, el relámpago de la cintura batiendo prometedora su pelvis. Nos atraíamos: ella la piedra imán y yo la escoria. La mujer se apretaba a mi piel, sin la menor intención de evitar el roce. Yo palpaba sus hombros en un recorrido pausado que dejaba sin riendas, en mi sangre, al animal hambriento que el licor había despertado. Ella ocultaba la cara con un antifaz de peluche negro y un velo tenue bajo el que se insinuaba la boca roja mientras el cuerpo duro, incrustado en el mío sin brechas de respiro, se movía tras la tela elástica del disfraz de manchas negras sobre fondo amarillo, ay que no que no, así no me quedo yo. Buscaba una identidad tras el antifaz. Encontraba unos ojos que me miraban con un extraño rescoldo de malicia. La música dejó una tregua y antes de retirar el rostro del cuello de la gata, una inspiración profunda hizo que un aroma tibio golpeara mi olfato: un perfume de lirios que me trajo a la memoria el rostro de Susana mirándome desde sus ojos silenciosos. Cepeda contaba la historia del hombre enmascarado que salía a su conquista amorosa de carnaval y bailaba toda la noche con una mujer también disfrazada hasta que al amanecer, cuando se quitaban los antifaces en el cuarto de la casa de citas a donde habían llegado para el acto final, el tipo se encontraba con su propia madre. El efluvio de lirios desapareció barrido por la trompeta que remeció el aire y trajo el arrebato de la negra Amparo, lanzando al gentío nuevamente al turbión de la marea. Borré de un manotazo el recuerdo de Susana y giré otra vez con el dúctil y cálido oleaje de caderas golpeando mis ingles, sacando de mi sangre un placer desamarrado que me quitaba de pronto de encima muchas noches de desencuentros.
A intervalos regresaba el remezón interior, el tope seco que me devolvía, como en una carambola, la realidad de mi vida fracasada. Ahí estaba la torpe historia repetida: la autocompasión y el lloriqueo interior por no haber logrado las metas que ni siquiera tenía definidas porque en realidad nunca había sabido para dónde iba. Siempre dando palos de ciego, como ocurrió con la pintura —antes del Derecho— en que agarrado a la perorata en desuso de la trascendencia, busqué sin encontrar la línea ni el color ni el sentido. Una noche quemé las telas y tiré a la basura los pinceles y los óleos. Incapaz de definir mis objetivos, por pereza y falta de voluntad, me hice abogado. Después vinieron las excusas verdes de la zorra ante las uvas, el empecinamiento en hallar un culpable fuera de mí, y en esa actitud irresponsable, siempre era Susana la que llevaba del bulto, como en aquel momento en que giraba en el tumulto con la gata, aunque no había nada serio en mi comunicación con el cuerpo vibrante que se volcaba deliciosamente al mío. Siempre evitaba ponerle el rostro a la realidad. En lugar de prestarle atención, con todos los sentidos, a la mujer que tenía entre mis brazos, me lanzaba en el saco sin fondo de una metafísica trasnochada y hedionda a patetismo. Era una trampa en que caían mis instintos primarios, una forma de evasión, de imaginar que podía ponerme derecho cuando era un jorobado de mierda, un cobarde cómodo frente a la exacta concreción de Susana, quien seguramente seguía allá, aferrada a la carita salvadora de Feliza, padeciendo su rutina nocturna de desvelo mientras yo braceaba prisionero del ritmo y el montón. Me convencía de que aquella fuga de animal perseguido no era, de ninguna manera, la forma de encontrarle fin a mi laberinto pero cuando había buscado una solución cuerda, se me cerraban todas las puertas. Muchas noches de insomnio había deseado la comunicación pero la oportunidad de una caricia o una palabra de rescate que propiciara el reencuentro, no se producía. Los Cepeda, pesos pesados del comer y el gozar, peleaban y al rato ya estaban dándose besos, mirándose con impudicia y pidiendo permiso para largarse a follar. Burdos y vulgares, eran mejores que nosotros. Su mundo elemental no tenía cloacas metafísicas. En cambio, nosotros vivíamos juntos pero no revueltos. Por las noches, en la oscuridad de la habitación, presentía a Susana con una mordaza, sumida en un silencio sin grietas, compacto, que clausuraba el diálogo. Percibía apenas sus ojos iluminando como brasas la densidad de la alcoba y a veces escuchaba un sollozo que se cortaba de pronto. Después, en el día, el sabor amargo de la vida inútil y sin salida en medio de la monotonía cotidiana de las oficinas judiciales y las rabietas de Feliza descuartizando la última muñeca.
Un suspiro profundo de la mujer me sacó de la meditación absurda en medio del ritmo de las timbas y los bongóes y la venida de Richie como bestia tocando un tumbao. Miré de nuevo el fondo del antifaz. Los ojos se rieron descarados en su malicia. Me vi envilecido por la ingenuidad y el ridículo. Pensé que la pueril borrachera me había hecho víctima de aquella grotesca encerrona. Contaba también Cepeda de travestidos que aprovechan el artificio del carnaval para salir a cazar incautos, o solteronas decrépitas que usan el antifaz y el capuchón para soltar sus ganas reprimidas en el anonimato del tumulto. La masa que giraba a mi alrededor quizás no estaba ensimismada en su propia danza sino vigilante de las evoluciones que yo daba con aquel cuerpo que abrazaba con rabia y con gusto. El asunto parecía resuelto. Ya podía explicarme la ironía que se insinuaba tras el peluche y el velo. El hombre vestido de marimonda a la usanza antigua —el pantalón y la camisa puestos al revés y las manos enfundadas en guantes rotosos— y su pareja envuelta en los colorines satinados del mono cuco se me acercaron confianzudos y me dieron a beber su ron barato a pico de botella. Luego sonaron sus pitos burlones de culo pedorrero y señalando a la gata que se movía entre mis brazos, ejecutaron con las manos y la pelvis un movimiento de cogida obscena.
Pensé que la tonta borrachera me había hecho víctima de aquella trampa grotesca. Escudriñé las pupilas de la tigresa y me encontré con un fulgor taimado e intermitente en el relampagueo de los párpados. El calor que venía de la piel oculta me dejaba sin defensas. Sentía mis piernas y rodillas cruzándose con las de mi pareja en un juego rítmico que me mantenía pegado a ella. No había engaño posible: ni solterona ni marica. Era un cuerpo de mujer joven el que llenaba mis brazos. No me quedaba duda sobre la sensual feminidad cuando palpaba la quiebra de la cintura, el turgente comienzo de la cadera batidora, los senos presionando contra mi pecho sus pezones calientes mientras el muslo lleno y decisivo se incrustaba entre los míos. No, definitivamente conmigo no iba una de aquellas historias de travestidos aprovechándose de un pobre hombre borracho de ron cerrero y soledad.
Para mí seguía siendo un misterio el momento en que la invité a bailar. Tal vez había sido ella misma la que al verme abandonado y sin destino en medio de la risa, tan poca cosa fuera de sitio en el bullicio, me había cogido de la mano y metido en el ritmo del sonido bestial. Debía estar envejeciendo cuando unos tragos de licor me dejaban tan pronto aquellas lagunas en la memoria.
Le hablé al oído, casi gritando para imponer mi voz sobre la música excedida en su volumen y rocé con mi boca la piel de su cuello húmedo en una búsqueda de sensibilidad erógena. No sé lo que le dije, que bailaba muy bien o cualquier cosa. De la cara sin rostro brotó simplemente una risa entre dientes que se burlaba, por lo menos eso creí yo. De nuevo me golpeó la preocupación de estar siendo víctima de una mascarada. Se reía de mí el insolente cacorro o la atrevida solterona. Gozaba conmigo atrapado allí en el epicentro del tumulto. Me lancé a fondo para averiguar de una vez por todas el tamaño de mi ridículo. Más allá seguían bailando la marimonda y su pareja, ambos gordiflones y felices, bebiendo su repugnante ron a pico de frasco, sonando sus pitos y haciendo en dirección a nosotros sus gestos procaces de follar hasta el fondo.
Con un tono que me sonó apremiante, pregunté a la tigresa cómo se llamaba, dónde vivía, si era casada o soltera, el lugar común de las frases iniciales de conquista. No había señal de respuesta, apenas la repetición de la risa subterránea, el rumor de una boca quizás envejecida al otro lado del velo y el antifaz y por instantes el leve toque del aroma de lirios. Sospeché una especie de contradicción entre la sorna de la risa y la insinuación que proponían las piernas al acercarse más, mostrando una aquiescencia en el paso lento que pedía el acordeón de Emilianito, en el trastabilleo de pies, en la natural entrega de la pelvis y las caderas. Y ahí estaba precisamente lo extraño: no había palabras, solo risa y regalo del cuerpo. Decidí jugarme el todo, batirme a fondo. Apreté la cintura con un movimiento violento hasta casi hacerle daño y entonces la tigresa se contrajo retirándose un poco con una evolución de carne lastimada. Del antifaz me llegó una voz sensual y consentidora en el tono, casi un quejido. La invité con un ruego a salir del baile, le hablé con vehemencia y afán, soltando al animal que iba creciendo bajo mi piel. Le propuse ir a un sitio donde pudiéramos estar solos. Sentí que debía llegar con ella a la intimidad sin mentiras de la piel desnuda. La mujer volvió a responder con el acercamiento y la sutil fragancia vibró nuevamente en mi olfato por una fracción de segundo para perderse en el ya agrio ambiente de los cuerpos sudados tras el satín y las máscaras. Sentí coraje y al mismo tiempo desconsuelo por la rutina mierdosa de mi vida.
No iba a retroceder. Tenía que llegar hasta el final de la indagación. Agarré la mano de la mujer y la encontré condescendiente y cálida. Frené el baile y comencé a avanzar por entre el montón que se aferraba impenetrable a la voz de Poncho interpretando a Alejo: Me han dicho que el chupaflor coge el aroma en el aire y mientras hendía la muchedumbre, buscaba argumentos con los que intentaba explicar mi comportamiento y yo he cogido un amor lo más sencillo en un baile. Manoteaba contra capuchas y cuerpos que protestaban ante mis empujones apremiantes. No determiné los ojos de nadie ni respondí a los insultos con que me zarandeaban. Entre Susana y yo no se había producido un escándalo, ni siquiera un leve reproche en voz baja. La mujer me seguía sumisa, casi arrastrada por mi mano cuyas uñas se le clavaban hasta herirla. Quizás allí, en aquel mutismo sostenido que envolvía nuestras relaciones, estaba la razón de la trampa que nos separaba. La masa se resistía a soltarnos, nos hacía creer por momentos que nos dejaba libres para volver a tragarnos con una inspiración airada. Sentí el sonido de un pito en mi oído derecho. La maldita marimonda, moviendo sus grandes orejas de cartón, me obstruía el camino. Sin podérselo evitar, me cogió por los hombros, me remeció con fuerza y luego, balanceando su brazo derecho y su mano enguantada en un acto de meter y sacar, señaló a la tigresa y me gritó en la cara con su aliento etílico: Duro con ella, Roberto, dale lo que quiere. Lo empujé contra la multitud que se contrajo en un flujo y reflujo de protestas. El se rió estruendosamente y gritó una vulgaridad. Seguí avanzando. A veces me armaba con el sincero propósito de discutir con Susana, bajo la mayor objetividad, los detalles nocivos que habían venido acumulándose hasta formar aquella invisible pared de resentimiento, pero una extraña y filosa pereza me enmudecía. La multitud se volvía un tejido apretado en el que braceaba buscando un espacio libre. Quizás Susana también intentaba el diálogo y se topaba con un tarugo de miedos y dificultades que frenaban sus palabras. El montón mostró un atajo por donde escapar y me lancé con hambre hacia la puerta.
Aún no soltaba a la mujer, continuaba aferrado a su mano, ejerciendo una presión compulsiva a la que ella se abandonaba. Caminamos un trecho por el andén, los ojos fijos en la extensión de la calle, inquiriendo con impaciencia un auto libre. Evadí los sitios donde podía toparme con la indiscreción de caras conocidas. Le pedí al chofer del destartalado chevrolet que nos llevara a un lugar cercano, no importaba que fuera barato, y el hombre asintió comprensivo, dibujando una sonrisa maliciosa que remarcó con un guiño. Bajé el vidrio de la ventanilla y la brisa sacudió un poco el humo de la borrachera, mostrándome cuán extravagante era la situación que vivía, metido en un carro, rumbo a una casa de citas de mala muerte, con una mujer desconocida, misteriosa, disfrazada de gata, que permanecía compuesta en el asiento, casi rígida, mirando hacia adelante, las manos inmóviles sobre los muslos llenos y compactos. Me mantenía tenso a su lado, sin tocarla. En el espejo retrovisor, la cara del conductor persistía en juguetear con su gesto malicioso. En un momento la mujer volteó la cabeza y me miró fijamente como hubiera querido que algunas veces me mirara Susana. Acentuadas por el peluche del antifaz, percibí las pupilas grandes y negras, las largas pestañas arqueadas. Decidí pasar el brazo por el espaldar para estrecharla. Toqué la redondez del hombro y entonces ella se inclinó, levantó el velo y rozó mi mejilla con sus labios. Sentí una oleada de alegría, de gozo inundando mis huesos como un perro que ha atravesado solitario un arenal y se encuentra de pronto con la mano del amo ofreciéndole agua fresca. Palpé la violenta erección que me dolía entre las ingles.
El auto se internó por vericuetos sin pavimento donde se acumulaban mujeres de alquiler y congos y diablos borrachos con la cara cubierta de harina, en medio del descuartizamiento de trapo de muchos Joselitos ya sin dolientes. Finalmente, el chofer detuvo el carro con un frenazo malintencionado. Le pagué y escuché que, siempre sonriendo taimado, me susurraba algo así como cuidado con las uñas de la gata, patrón. Se trataba de un cuchitril desvencijado, de paredes retocadas infinidad de veces con mala pintura, descascaradas por acción del salitre y la intemperie. No sabía realmente donde me encontraba pero allí estaba, dispuesto a darle desahogos a mi fruición con aquella mujer enervante. Entramos y nos vimos en un saloncito recibidor dispuesto con un horrible armatoste que hacía de mostrador. Nos atendió una mujer abotagada y de ojos diminutos, como los de una lagartija, que parecían no perder el menor detalle. Pagué, di el nombre apócrifo de Alejandro Obregón que la empleada anotó en un libro pringoso mientras me preguntaba, maldita bruja, con el sarcasmo bailando en su boca, sobre los cóndores y las barracudas, y yo le dije que Botero estaba necesitando una modelo. Corrida, la mujer me entregó la llave, indicándome el número de la habitación. Subimos por una empinada y estrecha escalera de madera que tronaba bajo nuestros zapatos. Llegamos al segundo piso, a un pasillo también estrecho, con varias puertas laterales. Bajo la raquítica luz de un bombillo, busqué la pieza asignada, ya exasperado por el enrarecido ambiente.
El aposento no era tan pequeño ni tan ruinoso como lo había imaginado. Un viejo reloj de pared marcaba las doce y cuarto de la noche y pensé que el carnaval había terminado y pronto, en el cansancio de la madrugada del miércoles, comenzarían a pasar los pecadores arrepentidos en busca de la cruz de ceniza redentora sobre sus frentes. La cama aparecía cubierta por una sábana extrañamente limpia. Las paredes presentaban, aún en buen estado, un papel decorativo de pajaritas azules, y exhibían un desnudo de almanaque en el que una rubia enseñaba al espectador los globos de sus senos inmensos. En el centro del techo, una lámpara circular de luz fluorescente. En uno de los rincones, una mesita con una jarra de plástico y un vaso sospechosamente opaco. Nos quedamos mirándonos por un instante. Luego, ella se sentó en el borde de la cama y yo me acerqué alterado por una ansiedad que apenas alcanzaba a reprimir. Le cogí el mentón, le levanté el rostro, separé el velo de su boca y la besé hasta sentir su lengua tamborileando sobre mis dientes. Se separó, me sonrió, poniéndose de pie, y comenzó el ritual de quitarse la ropa. Lo hizo lentamente, con seguridad, sin rubores, como en un strip-tease, con los últimos estertores de la música del carnaval colándose por las hendijas de la ventana. Yo seguía sus ademanes mientras el deseo me atormentaba. Primero un brazo, estirando la abertura del cuello. Luego el otro, dejando descubierto el busto sin brasier. Yo estaba inmóvil, mirando cómo el cuerpo emergía de la trusa color tigre en una temblorosa desnudez de contornos que aceleraban mis pulsaciones. Me fijé en las diminutas pecas de sus senos. La cintura iba surgiendo conectada a las caderas y muslos en un lento descenso que aceleraba mis ganas de amor. El vientre mostró un montículo de vello cobrizo que la luz opalina volvía púrpura. Consciente de que yo había aceptado el pacto silencioso de no quitarse el antifaz, se tendió segura sobre la sábana. Me desnudé en silencio, sin dejar de contemplarla, mientras ella apartaba el velo de la boca y me sonreía.
Empecé a acariciarla con una ternura apremiante, casi violenta, mirándola a los ojos defendidos por el negro del peluche. Toqué sus senos con vehemencia hasta sentir el duro y fogoso enrojecimiento de sus pezones. En los largos besos, su lengua era una llama que volvía cenizas mi soledad. Respiré el olor de sus axilas, muslos y vientre, y la fui poseyendo con morosidad, prolongando la identificación erógena hasta que mi mente se sacudió aturdida por el orgasmo y ella se contrajo en largos gemidos de reconciliación, hundiéndome las uñas de gata en la espalda con una dulce crispación vengativa.
Cuando desperté, estaba solo y desnudo en el cuarto de aquel hotelucho de ocasión. Fui hasta la ventana y vi pasar las primeras beatas hacia misa, santiguándose ante los diablos borrachos que tirados en el andén y blancos de harina, aún masticaban letanías obscenas. Carnaval y cuaresma, pensé. Regresé a la cama y sentí, untado a mi piel, un leve toque de fragancia de lirios. Entonces, sin poderlo evitar, pensé que el gordo Cepeda y su mujer —con sus vulgares disfraces de marimonda y mono cuco— eran los mejores amigos del mundo.


(c) Guillermo Tedio
Barranquilla






Colombia




Sobre el autor:

Guillermo Tedio, seudónimo literario de Manuel Guillermo Ortega, cuentista y crítico literario. Coordinador del Área de Literatura de la Universidad del Atlántico (Barranquilla, COLOMBIA). Dirige en Internet la Revista de Estudios Literarios LA CASA DE ASTERIÓN y el SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA: http://lacasadeasterion.homestead.com/



* "Tras el antifaz hay un aroma" es un cuento perteneciente al libro El crujido del fuego, de Guillermo Tedio.


imagen: Carnaval veneciano - Gabriel Perrone (fragmento)

martes, 14 de febrero de 2012

Ernesto Escobar Ulloa












El héroe Sonugla

Sonugla, no sé del mundo. ¿Del futuro que sé?
¿Del espacio si abandonara el tiempo? ¿Quedaría renco, sin curva?
¿Caminaría sin cabeza como el gallo que mi abuela mató en el jardin?



El día irrepetible de su muerte hizo irrepetible su vida.
El cortejo fúnebre prendió la llama que los alumbró en la caverna.
Por aquello que sintieron, al espíritu que los alentó lo llamaron "aire",
porque solo el aire hacía hablar las ramas con las que forjaban pinceles.
A la roca la llamaron "abertura", como llamaban a la ventana que cada
amanecer cruzaban rumbo al bosque, habían conseguido mirar a través de ella.
A la tinta le pusieron "río", por deslizarse gracias a una corriente interna
superior a sus fuerzas. Entonces alguien dijo: "el río trae pero también lleva el río".
Nadie se opuso a la facultad de nombrar ni supieron localizar
el sentimiento que a todos pesó, por entrar en el campo del "saber oscuro".
Un "saber claro" era que solo la luna, el sol y las hembras creaban,
sus hijos eran los días, las noches y los hombres.
De pronto una tarde el gran fresco cobró vida,
regresó la hazaña del día irrepetible de su muerte en que cazaron al gigante.
La táctica que urdió podía leerse ahora en la roca:
se lo veía agrupando fuerzas, señalando escondites,
considerando la dirección de la luz y la idoneidad del terreno y las armas,
hasta escucharon su voz dirigiendo el ataque.
Pensaron que los hijos de sus hijos y los hijos de estos,
cuya abreviación designaba al "tiempo humano por venir" -distinto del "tiempo natural sin final"-
tendrían en la imagen una fuente de conocimiento primero.
La mejor manera de honrarlo fue situarlo en la roca eterna.
Sin pretenderlo, de manera oscura, ellos también se vieron en la imagen,
como en el agua estancada, y en vista de que al faltar él no estaban todos,
le pusieron "Sonugla", reflejo de "Algunos".
Y con ese nuevo nombre lo recordaron,
invocando el silencio.

(c) Ernesto Escobar Ulloa

Ernesto Escobar Ulloa (Lima, 1971) Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza, más tarde hizo un Máster de enseñanza de español a extranjeros en la Universidad de Alcalá de Henares. Se trasladó a Barcelona en el 2002. Ha sido colaborador de las revistas Lateral, Cuadernos Cervantes, entre otras, y editor de The Barcelona Review. Actualmente dirige Canal-L. http://www.canal-l.com/

blog:
http://caballoajedrez.blogspot.com/

imagen: fotografía intervenida (c) Araceli Otamendi

lunes, 13 de febrero de 2012

Araceli Otamendi









Origen de los pájaros

Ella lloró mucho hasta quedar seca. El especialista la decepcionó, le quitó toda esperanza. Entonces todo dio vueltas y giró mil veces a su alrededor hasta que se quedó dormida, casi muerta. Nunca podría tener hijos.



Iba a escapar del tiempo, a vivir fuera de él. Se fue a vivir a un bosque donde siempre era otoño, a una pequeña casa de madera y techo de vidrio. A través del cristal se podían ver las estrellas titilantes, burbujeantes, todo estaba tan cerca. Se podía alcanzar una estrella estirando la mano. Le pareció escuchar una respuesta y como si alguien le dictara al oido buscó arcilla del río y la trajo a su casa. Esperaba que se fuera el sol y cuando se encendían los grillos iniciaba su paciente tarea. Primero la cabeza, luego las manos, el torso, los pies, las piernas, los brazos. Los niños de barro nunca tenían sexo. Hizo miles y miles. Los cocía en un horno de barro y los apilaba dentro de la casa.
Así durante años. Hasta que fue casi vieja y sus manos se agrietaron de tanto modelar arcilla y la piel le ardía hasta quedar en carne viva.
Sabía que el sueño se iba a terminar, tenía que hacerlo durar hasta la eternidad. Entonces se
bañó varios días con agua de lluvia y se cubrió con pieles que había cerca de la casa y otra vez
le pidió a Dios que no la dejara sola. Fue entonces que cayó una estrella muy cerca de donde estaba y la bañó llenándola de luz. Y fue otra vez joven y llena de vida. Enseguida supo qué hacer. Juntó todas las flores silvestres que crecían en el prado cerca del bosque y preparó una pócima muy dulzona de color amarillo intenso y la bebió durante varios días hasta que no hubo más. Caminó por el bosque con rumbo incierto hasta que cayó en un sueño más profundo todavía. Su cuerpo se cubrió de hojas que caían de los árboles, así que estaba vestida con un manto de ocres y sobre ella dormían los pájaros.
Llegó la primavera y éstos tuvieron que hacer sus nidos y comenzaron a sacarle los pelos. Pero como éstos eran de luz de la estrella, los nidos brillaban arriba de los árboles y cada nido se llenaba de huevos de dónde nacían los pájaros más maravillosos del universo.




(c) Araceli Otamendi


imagen: fotografía intervenida (c) Araceli Otamendi

sábado, 11 de febrero de 2012

Araceli Otamendi











Flores rojas para Sebastián




"Soy, en gran medida, la misma prosa que escribo. Me desarrollo en fragmentos y párrafos, me convierto en puntuaciones y, en la distribución desencadenada de las imágenes, me visto, como los niños, de rey con papel de diario, o, en el modo como creo el ritmo de una serie de palabras me corono, como los locos, de flores secas que siguen vivas en mis sueños".

"Jamás desembarcamos de nosotros. Nunca arribamos a otro, a no ser convirtiéndonos en otros a través de la imaginación sensible de nosotros mismos".

Fernando Pessoa



Flores rojas para Sebastián. Lindo título para un cuento pero ¿quién es Sebastián? ¿por qué flores rojas?. La cara de Almodóvar viene a la memoria. Tal vez una película, un guión, no sé. Y para colmo no conozco a ningún Sebastián. El nombre me gusta. Ahora, ¿cómo unir el nombre, a Sebastián, el barco donde estoy y el director de cine? Navego a la deriva, me dejo llevar por la corriente más profunda, más impetuosa, donde sopla más viento. Las luces reflejándose en el agua como soles diminutos, son tan perfectas...
Hay pájaros alrededor y cualquiera se preguntaría qué hago escribiendo a altas horas de la madrugada ¿debería decir de la noche?, en esta Buenos Aires, casi desierta, las ventanas del edificio de enfrente apagadas, es feriado largo, tres días, son muchos. Son pocos. Me gusta compartir mi vida con los de enfrente. Yo miro lo que hacen ellos, son jóvenes, estudian, reciben amigos, se divierten y bailan. Ellos mirarán lo que hago yo, me verán escribir o leer rodeada de libros apilados en el suelo, por todas partes, hablar por teléfono, conversar con los míos.
Almodóvar podría escribir una linda historia con este título, por lo menos un guión. Y yo, aquí, tecleando en la computadora, deseando que Sebastián aparezca, adivino sus facciones, el color de su pelo tan oscuro, su cara de casi niño, se parece a un amigo, lejano en el tiempo y en la distancia...Tu ausencia tan profunda...
Estabas lejos Sebastián, voy a llamarte así, esa noche, de aquél fin de año. Cuando decidí esperar el año nuevo en un barco. Todos, absolutamente todos, estábamos lejos. Hasta vos, Sebastián que ahora sólo sos un recuerdo, débil, impreciso, que se va dibujando mientras escribo. Eramos pocos en esa fiesta, al principio. Luego fueron llegando más. Jamás sabré por qué me invitaste, jamás te perdonaré que me hayas invitado. También, ahora recuerdo, estábamos cerca de año nuevo, hace mucho, hace años. Mala fecha para mí Sebastián, porque acostumbro hacer balance. Después de un tiempo, cuando todos habían bebido bastante, te acercaste para decirme algo, hablar de un poema. ¿Spicer? ¿Creeler? Casi no lo recuerdo. Me mantenía distante, apenas te conocía, no era mi hábitat. Insististe tanto en que fuera, conocería a tus amigos, a tu gente, tu casa, y finalmente fui. Había tanta gente importante ahí. Sebastián, estabas orgulloso de eso, tal vez algo de eso te conmovía y es cierto: eran importantes seguramente más para vos que para mí.
Seguiste hablando de poemas, con mi infinita curiosidad quise saber algo más del libro, del autor y me llevaste hasta la biblioteca. Me mostraste tus libros, estaban subrayadas algunas líneas. No podía adivinar la intención, las intenciones no se adivinan: se conocen, se confiesan, se comprueban. Quise leer entrelíneas. Me habías tocado con los ojos. Fue una noche de sobreentendidos. Al salir olvidé un libro que había comprado para mí: ya no recuerdo si era de Rimbaud o de Henri Miller. El libro quedó en una bolsa, colgado de un perchero, seguramente hamacándose . Quise recuperarlo al día siguiente. Pero era feriado, después fin de año, venían las vacaciones y no volvimos a vernos hasta mucho tiempo después.
Sigo navegando Sebastián, porque Almodóvar lo haría mejor que yo, las olas me llevan hacia un folletín sin salida ¿es que hay alguna? No quisiera dejar esto así. Con mi costumbre de adivinar cómo vive la gente con sólo ver los colores de su casa, pasé por tu cuarto. Y en el baño había plantas, muchas, frescas y lindas. Me pregunté si ahí exactamente habías instalado tu vida: en el baño, porque los demás lugares me parecieron muertos. Sí, Sebastián, muertos. Como me confesaste un día tantas cosas tuyas, meses después, cuando nos arriesgamos a seguir viéndonos y yo pensé que no había nada que decirnos, que muertos también estaban tus ideales, si es que alguna vez existieron: muertos y por el piso, del sofisticado bar de Buenos Aires donde conversábamos. Te serví de psicoanalista, Sebastián, porque me comentaste todo, absolutamente todo lo que iba pasando por tu mente. Te escuchaba paciente, pero al salir a la calle, mi cara se heló por el viento envistiéndome, intranquilizándome, dejándome perpleja: llegué a mi casa sin saber exactamente qué había estado haciendo en ese bar durante dos horas o más.
Seguramente Almodóvar lo habría hecho mejor, habría inventado algo gracioso, humorístico, una camarera arrojándonos una bebida fuerte a la cara , y un personaje que gritara. ¡Qué pocas cosas se me ocurren decirte ahora Sebastián! Tal vez debería haberte dicho todo junto, creo que te dije muchas cosas, esa noche, la primera, la última, no sé, alguna de esas veces en que conversamos tanto. Pero vos estás tan lejos y yo también Sebastián, es tan difícil acortar distancias... llenar ausencias... Tu ausencia... Saber que no estás.
El río me lleva por lugares inesperados, la primera estrella de la noche me indica el camino. No queda más que seguir el relato, la navegación, dejarse llevar por las olas, tan altas, pensar en el mar adonde desembocaremos en algunas horas, días, qué más da, Sebastián.
Al principio del cuento pensé en una frase: una mujer espera a Sebastián, ha puesto flores rojas en un vaso. A lo largo del cuento las flores han aparecido en el vaso, quietas, indiferentes, cortadas y frescas sólo para verlas mientras escribo.
Parece mentira que un recuerdo tan muerto como el de Sebastián haya resucitado ahora, justamente ahora que todos se han ido, en que las luces del departamento de enfrente, siempre poblado de estudiantes y jóvenes están apagadas. En que la radio y la televisión han cesado, en que las voces de los niños no se escuchan. En que los juegos ya no existen, por lo menos durante algunas horas y el silencio nocturno se adueña de la casa interrumpido solamente por el goteo de una canilla.
Veo las flores en mi imaginación y las tomo de sus tallos para arrojarlas al agua desde este débil bote en que ahora se ha transformado mi barco donde navegaré hasta que se deshaga.
Parece mentira que la imaginación me haya dado nada más que para esto. Las palabras se acaban como todo en la vida, Sebastián. Hasta que alguien ¿quién? las rescata, las rescribe y renacen.
Almodóvar lo habría hecho mejor, muchísimo mejor. Habría hecho un película con nosotros. Es una historia, que sólo vos y yo conocemos. Detrás de todo, o exactamente debajo, hay una novela y varios poemas cruzándose, malditos poemas, queridos poemas.
No quiero recordarlos. Este relato cumple la teoría de Hemingway, la del iceberg: es sólo un octavo de la totalidad de la historia. El resto está sumergido, a mucha profundidad.


(c) Araceli Otamendi


Flores rojas para Sebastián pertenece a la serie de cuentos El Día de San Valentín, de la autora.

lunes, 6 de febrero de 2012

Rodolfo Modern
















De serpentibus e mulieribus

¿Quieren datos, quieren precisiones? ¿Datos y precisiones, precisiones y datos? En nombre de mis congéneres yo, hembra emancipada entre las serpientes de coral (¿no poseemos una piel adorable, que resalta en carteras y zapatos de mujer?), asumo la responsabilidad de mis dichos. Que me compete también como miembro fundador y presidente vitalicio de la SOCDERCOMUNISER (Sociedad por los derechos de la comunidad universal serpentaria), cuya personería jurídica se encuentra actualmente en trámite. Pero ya se sabe lo que es la burocracia. Hasta entre nosotras. Calumniadas, difamadas, vilipendiadas, odiadas, despreciadas, sojuzgadas, torturadas, perseguidas, postergadas, pisoteadas, tal es nuestro presente. Datos, precisiones, mil veces sí. Porque no fuimos nosotras quienes iniciamos las hostilidades, quienes creamos los mitos, vale decir, las mentiras, difíciles de sostener por una mente medianamente racional y normal. Como ocurre en un libro gordo, me contaron, donde se nos asigna un papel de seductoras y tentadoras respecto a ese despreciable, artera y específicamente venenosa especie de bípedos tontos, pero capaces de engatusar por momentos de debilidad a su superior. A pesar de nuestra aparente sinuosidad, nosotras, las serpientes, no somos vuelteras, sino francas, abiertas, lineales, aunque las líneas se plieguen, siempre armónica y graciosamente, en sugerentes posturas cúrvicas.
Los autores, sean quienes fueran, de ese libro, respetable por otros motivos que ahora no vienen al caso, nos causaron un daño irreparable, tan injusto como gratuito. Pero hay que ser honestos, no es de ellos la culpa. La culpa la tiene esa así llamada Eva, esa obesa, esa obsesa sexual de largas pestañas, mirada lánguida y turbadora, experta en el meneo de caderas, en frases melosas y carentes de sustancia. Que no sólo hizo recaer todo el desastre sobreviviente (¿cuántos miles de millones de bípedos hay?) en mi indefensa y sorprendida antecesora, sino que hasta se llevó a la cama (excúseme la cruda expresión) a ese palurdo infeliz, alelado, lleno de pelos, y que nadie sabe si realmetne era su legítimo marido, tras haberle hecho ingerir, según se refiere, un plato lleno de puré de manzanas.
¡Anatema sobre esa mujer infausta! ¡Anatema! Y anatema sobre todas sus descendientes, quienes heredaron y perpetraron los frutos de esa calumnia atroz. En cuanto a mí, tengo plena conciencia de no hacer mal a nadie, salvo en caso (autorizado por la ley) de legítima defensa. O cuando el hambre me acosa de un modo irresistible y he superado las cuotas asignadas a mi dieta. Acurrucada entre las piedras y la espesura, oculta, hecha un incómodo ovillo, en tantas ocasiones entre la espada y la pared, por decirlo así, clavo entonces mis colmillos (para eso están) en bichos en verdad despreciables, absolutamente dañinos o inútiles. Los enumero: ratas, ratoncillos, lauchas, sapos, comadrejas, lagartijas y murciélagos cuando no queda otro remedio, y pare de contar. Un instante, el proceso es rapidísimo, y ¡zás!, todo se acabó. No siempre es así. Por ejemplo, los pesados del género, las boas, esa mezcla de Charles Atlas y Schwarzenegger en cuanto a la musculatura, están meses y meses a dieta (la de ellas es forzosa). Y cuando los retortijones del hambre llegan a ser insoportables, sólo entonces engullen, lenta y dolorosamente, al albo y ensortijado corderillo, que andaba medio distraído en su cercanía. ¡Y cuánto tardan en digerirlo! De sólo pensarlo, da calambres. Bien, eso es todo o casi todo en nuestra existencia reptílica. No somos unas arrastradas, como vulgarmente se cree, pero la naturaleza se impone, no hay nada que hacerle. Como cuando asimismo empollamos pacientemente, henchidas de amor maternal, los huevos, una consecuencia de la mayor fuerza física de los machos, cargosos, insistentes, y que viven, vagos como son, con una sola idea fija.
Pero existe otra faceta entre nosotras. La esencial, diría yo. Pues si bien ese pueblo, meritorio y valioso, por muchas otras razones, nos ha hecho objeto de su repudio, otras etnias, posiblemente más iluminadas, más sagaces, nos han erigido en emblemas de prudencia, de astucia previsora y, sobre todo, de imagen indiscutible de la Dama sabiduría. Nuestra cabeza es chica, comparativamente hablando, pero lo que verdaderamente importa cabe allí. Me refiero al pensamiento, nada menos, al pensamiento puro, abstracto, ése que está fuera de la extensión y del tiempo. Nosotras pensamos, yo pienso, no sólo sobre la cosa en sí, sino sobre todo, sobre la cosa en mí, lo que le agrega a ese acto sublime una carnadura específica. De ahí parte del objeto de mi fundación, de la que he sentado las bases y sobre la que se erigirá el templo sacro que nuestra sacrificada existencia exige, y que conlleva, inexorablemente, el lema del eterno retorno.
Nosotras, yo, no somos esclavas de la divagación. Nuestros silogismos no son mero aire que tiende a disiparse. Apuntan a algo sólido, a eso que a falta de un término mejor llamamos Vida. Y todo eso sucede a pesar de nuestra mudez física, o de esa carencia de extremidades, (oh, si tuviéramos pulgar, qué es lo que no haríamos), y que al parecer le sobraban a la tal Eva.
Lo que me lleva, por vez última y definitiva, a volver a ocuparme de mi enemiga auténtica, la mujer. Me indigna, nos indigna, entonces, que en ciertos lenguajes humanos se nos identifique exclusivamente con lo femenino. Se habla de "la" serpiente. No somos
sexistas ni prejuiciosas, pero hay que saber distinguir. Por una parte están los machos, con sus desagradables y monótonas exigencias naturales. Por la otra, entre ratón y ratón, nosotras estamos abocadas al sublime pensamiento, dejando a un lado la inevitable crianza de nuestros polluelos. Nuestras elucubraciones pueden ser complejas, lo admito, pero los resultados, con toda evidencia, son inteligibles. Siempre añadimos un estrado al magno edificio del saber. En cambio, el cerebro de la mujer, de mayor tamaño que el nuestro y más pesaado, alberga pensamientos simples pero incongruentes, contradictorios, incomprensibles. Esto se lo he escuchado hasta el cansancio a todas sus parejas con las que han ejercido la convivencia.
También es cierto, para concluir, que nosotras somos bífidas y en ocasiones, pero sólo en ocasiones, ponzoñosas. En cambio las mujeres con una sola lengua hacen estragos, y son causa de úlceras y otros achaques mayores en sus interlocutores forzosos. Y ellas tienen la pretensión (resulta, en el fondo hasta gracioso), de llamarnos "víboras" a nosotras, como también muestran hacia nosotras su odio, su completa ausencia de compasión y comprensión. Para no referirme a su desprecio.
Señores del jurado, pongamos las cosas en su lugar. Algún defectillo, es cierto, nos cabe, pero invirtamos los juicios, por favor.
Las serpientes somos una cosa, las mujeres otra e infinitamente más nocivas. Para resumir, ya estamos hartas, lo que se dice hartas, también de su parloteo estéril y de su imperdonable frivolidad. Honorable jurado, ahora sólo queda aguardar el fallo, que, sin la más mínima duda, reivindicará nuestro honroso puesto en el cosmos. Que es lo que se quería demostrar.

(c) Rodolfo Modern


Ciudad Autónoma de Buenos Aires



Rodolfo Modern nació en Buenos Aires.
Primer Premio Nacional, Primer Premio de la Ciudad de Buenos Aires, Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes, Premio de Honor de la Fundación de la Poesía Argentina, Miembro titular de la Academia Argentina de Letras, Miembro correspondiente de la Real Academia Española
Rodolfo Modern nació en Buenos Aires, en 1922.

Ha publicado 14 libros de poesía, 7 de narrativa, 12 de ensayos y 3 de piezas de teatro.

Primer Premio Nacional, Primer Premio de la Ciudad de Buenos Aires, Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes, Premio de Honor de la Fundación de la Poesía Argentina.

Es miembro titular de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española.

Ha publicado en la revista Archivos del Sur los cuentos Acerca de Cloto y De serpentibus e mulieribus