sábado, 23 de junio de 2012

Gabriela Aguilera Valdivia



Qué sabor tiene la carne


En memoria de Lizzie Borden

La bandeja de aislapol está sobre la mesa de la cocina, aún cubierta por el plástico que le ponen en los supermercados. Se ve roja, enrojecida más bien. Le echan colorantes para que los compradores se tienten y no vean el blanco de la grasa. Algo de sangre acuosa se ha escurrido hacia abajo y gotea de la mesa al suelo de cerámicas grises.

Escucho. No hay más que el sonido de los pájaros y lejano, el motor de algún auto que pasa por la calle. El vecino más próximo vive a cuatro mil metros de aquí pero cerré el portón con candado y apagué la luz de la entrada, por si a alguien se le ocurriera pasar a saludarme e interrumpir mi labor. Desde una de las ventanas distingo el contorno borroso de la cordillera y desde la otra, la luminosidad de Santiago, muy abajo.

Me saqué la ropa para facilitar mis movimientos. El sudor me baña por el esfuerzo que ha significado arrastrar al animal y colgarlo del gancho. Un animal muerto pesa demasiado. Estoy envuelta en mi olor y en el que emana la presa dispuesta para el faenamiento.

Tomo la bandeja de carne molida cuatro por ciento de materia grasa. Tártaro le llaman, como si fuera diferente a la molida especial o la molida corriente. Entierro los dedos y el plástico se rompe. Huelo su contenido. No se parece a nada. Es olor a carne, diría alguien que no sabe. Pero yo sé que la carne no huele así. La carne que venden no huele igual a la otra, a la natural, la que está fresca, la que una misma puede desprender de una bestia recién sacrificada, colgando de las patas en un gancho. Esa tiene un aroma diferente. Y otro sabor.

Me acerco al animal que hasta hace un rato mantenía una postura confiada, al que elegí entre muchos y atraje sin darle tiempo a sentir temor. El miedo provoca el derrame de adrenalina, lo que endurece la carne.

Lo muevo con suavidad, observando cómo se balancea, en un vaivén circular que se va deteniendo en pausas. Tomo el cuchillo cocinero y compruebo que la hoja esté afilada, antes de hundirla con destreza en su cuello. Emite un sonido ahogado y se estremece. Esto es lo más sucio. Crecí en un lugar donde los hombres sacrificaban reses y yo misma lo hice en muchas oportunidades. Sé que aunque haga esta operación con cuidado, terminaré ensangrentada y pegajosa.

La sangre se escurre densa hasta el suelo de cerámicas grises. Pongo una palangana para recibirla y la aliño antes de que coagule para beber un poco aunque me escuezan los labios. La sangre se pega en el mango rojo del cuchillo cocinero, en mis manos, en mis pechos, en mi pelo largo. Más tarde me daré una ducha caliente.

Abro el abdomen, tajeándolo desde la punta del esternón hasta el bajo vientre. Es una maniobra que exige práctica. Extraigo los interiores, el estómago, los pulmones, el corazón que tiene el tamaño de un puño cerrado. Todo sangra, sangra, y si no tengo cuidado, pueden desbordarse otros fluidos. Orina, por ejemplo, aunque cuido de no rozar la vejiga con la punta del cuchillo. Las heces podrían ser otro problema, si es que actúo con torpeza en el acto de extraer el intestino grueso.

Si esto llegara a pasar el intenso olor tan intenso cubrirá al de la sangre fresca que ensucia el piso y moja mi cuerpo, cayendo en hilos, marcándome, formando charcos espesos en los que chapotean mis pies. Tengo que proceder rápido y usar baldes de los que venden para mezclar las pinturas. Contienen hasta diez litros y se necesitan dos para sacar los interiores al patio. Los perros darán cuenta de ellos.

La labor más delicada consiste en deslizar la hoja para separar el pellejo. Esto deja al aire la capa de grasa y el brillo seroso de la envoltura que cubre el cuerpo. Termino de arrancar la piel, teniendo cuidado con hacer cortes limpios para no dañarla, para que salga íntegra, sin orificios provocados por la prisa, impecable en su desprendimiento, cayendo ante mí, haciendo el sonido exacto de un vestido de seda que resbala de un cuerpo hasta el suelo.

El animal colgado de los pies queda desnudo, realmente desnudo, más que yo, con su interioridad expuesta a la luz, entregado de verdad, aún balanceándose en movimientos lentos de batir de campanas.

Hundo la punta del cuchillo para abrir la capa serosa que se rasga con un sonido áspero. Entonces, todo es un ir desgajando tendones, rebanando cartílagos y nervios con cortes precisos, sin dejar fibras colgando, tan poco estéticas, tan degradantes para la obra de arte que es destazar al animal que cuelga desde el gancho de la viga de la cocina. Separo limpiamente el músculo que corre de ingle a rodilla, completo, perfecto en su dimensión y lo deposito sobre la mesa, sano y hermoso. Parece temblar en las últimas señales de vida. Lo acaricio con los dedos, serpenteando mi mano de arriba a abajo.

Hago un corte en el centro y la carne queda ante mis ojos, dejando escurrir el líquido carmesí, aguado. Acerco el trozo a mi nariz con las dos manos, degustando el aroma fresco de la sangre, tocando la textura de la carne, gozando de ese color que tiene la musculatura de un animal recién faenado. Llevo el pedazo hasta mi boca, que se hace agua, que duele con el ejercicio involuntario de las glándulas salivales y mis dientes crujen uno contra otro, preparándose para masticar, los colmillos dispuestos a desgarrar las fibras rojas y blancas, la lengua tapizada por la naturalidad salvaje del sabor animal, las dentelladas de la depredadora que soy en la cocina de una casa clavada en lo más alto de Peñalolén.

Muerdo, desgajo, saboreo el gusto de la carne del animal que se balancea sin hablar, sin tocarme, sin esperar nada, colgando inerme desde el gancho. Un animal que hasta hace unas horas estaba sentado en el sofá de mi sala, bebiendo una copa de vino preparada especialmente para él, sin que me importara su identidad ni su historia, sólo los músculos que se movían bajo su piel, que ahora formarán parte de mi cuerpo, que llenan mi boca con el sabor salado de la carne de verdad, la carne fresca de un animal recién despostado.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia
 
Santiago de Chile

Gabriela Aguilera Valdivia




Ecuación Lógica


Al Zorro, cuyo tremendismo barroco enlaza tan bien con el mío



Si

un grupo de hombres estuviera en un bar una noche de viernes, después del trabajo, bebiendo cerveza, jugando unas partidas de cacho, mirando el televisor que está suspendido en la pared, levantándose por turnos para ir al baño y el garzón hubiera retirado vasos y ceniceros vacíos en mas de tres oportunidades.

Si

cerca de la medianoche entrara una mujer sola y se instalara en una mesa próxima a la del grupo de hombres. Ellos mirarían sus piernas largas, el vestido blanco ceñido, los pechos grandes y enmudecerían volteando la cabeza hasta constatar que pide algo al garzón y saca sus cigarrillos. “Puta”, dictaminaría uno y los otros asentirían, sopesando con los ojos a la mujer, que movería la cabeza para sacudirse el deseo que la agrede.

Si

esta mujer oliera el aroma bestial que emanan los hombres de la mesa y fingiera que no le importa, actuando como si estuviera acostumbrada a provocar esas reacciones cuando entra a un lugar como ése, escuchando sin oír lo que los hombres gritan, fumando y bebiendo la cerveza que ha pedido, en compañía de su propia imagen en el espejo de la pared.

Si

los hombres apostaran acerca de cuál de ellos podrá levantarse a la chica de blanco, garantizado el silencio del grupo para proteger al ganador y que durante una semana lo elevará por sobre sus compañeros. Ejercitarían sus dotes de seductores, haciendo propuestas a la mujer, alabando su cuerpo, destazándola en medio del bar lleno de humo.

Si

se abriera la puerta del boliche y entrara alguien que viste pantalón oscuro y chaqueta de cuero, alguien que los hombres confunden a primera vista con un congénere, que pasa junto a ellos y se sienta en la mesa de atrás, de espalda a la suya y luego cayeran en la cuenta de que es una mujer. “Tortillera”, dictaminaría uno de los hombres y los otros se reirían. La recién llegada repararía en la otra, mirándola como los hombres, que no dejan de hacerle proposiciones y bromas de doble sentido, provocándola sin que ella haga ni un solo gesto que delate siquiera si los oye.

Si

la mujer de la chaqueta de cuero mirara a los hombres con una sonrisa burlona, echándose hacia atrás en el asiento rojo plastificado, sorprendiéndolos al decir “Apuesto. Soy más macho que ustedes. La mina es mía”. Uno de los hombres se levantaría amenazador y los otros lo calmarían, obligándolo a sentarse. Concluirían que la del vestido blanco se ve muy hembra y con toda seguridad no los ha considerado porque está tomando un descanso entre cliente y cliente. Que jamás una mujer así iba a irse con una marimacho por algo que no fuera plata.

Si

los hombres vieran que la recién llegada sonríe a la otra, le hace gestos con la boca, invitándola sin hablar, pensarían que es divertido verla comportándose igual que ellos, tratando de asemejarse a ellos. “Le falta uno de éstos”, diría uno de los hombres, tocándose la entrepierna y los otros reirían a carcajadas. Y dejarían de jugar al cacho, porque sentirían que están en un juego diferente ahora, en el que los contrincantes son ellos y la otra. Macho, machito, machote, quién se levantará a la mina del vestido blanco ceñido.

Si

la del vestido blanco ceñido reparara en la otra, que no deja de insinuársele y modular palabras que los hombres no logran captar en su totalidad. Las dos mujeres se mirarían a través del humo que las envuelve, el reflejo de ambas sonriendo en el espejo de la pared. Los hombres enmudecerían al contemplar ese ir y venir de miradas y sonrisas y verían a la mujer de chaqueta de cuero levantarse para ir hasta la blanco, pidiendo dos schop al garzón.

Si

los hombres las vieran, la del vestido blanco echándose el pelo hacia atrás y la de chaqueta de cuero aproximándose a ella como para besarla pero no lo hace. Ninguno diría nada y volverían a concentrarse en tirar los dados sobre la mesa. Diez minutos más tarde verían pasar a las dos mujeres, escucharían sus risas y la de la chaqueta de cuero abriría la puerta del bar para dejar pasar a la del vestido blanco. La puerta se cerrará tras ellas, con lentitud.

Si

ya fuera imposible mantener la pantomima del juego de dados y los clientes de las otras mesas se rieran y bromearan con lo que acaba de ocurrir. El garzón les preguntaría si quieren algo más porque van a cerrar en un rato y ellos percibirían la burla, el cosquilleo de la alegría que le causa al tipo el fracaso del grupo de perdedores que ya no jugarán más al cacho, sino que pagarán la cuenta y se dirigirán hacia la puerta con rapidez, viendo desde la vereda a las mujeres que atraviesan hacia el parque de Los Reyes, abrazadas.

Entonces

correrán hasta donde están ellas, las agarrarán de los brazos, las golpearán en la cara y el estómago y la del vestido blanco huirá entre gritos, buscando refugio en la oscuridad del parque. Los hombres le darán duro a la mujer de chaqueta de cuero, que se encogerá en el suelo, gritando, con el rostro hecho pedazos por las patadas, la mujer que será sangre y huesos rotos, con las puntas de los zapatos de esos hombres clavadas en el cuerpo como hojas de cuchillos que han esperado toda la noche para sacrificarla.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia

Santiago de Chile
































Gabriela Aguilera Valdivia




Vine a cobrar lo que me debes


Te he seguido y sé con quién sales, a qué hora vuelves. Escuché cuando detuviste el auto, el sonido de la puerta al abrirse, las llaves que dejaste caer en el pocillo rojo que está sobre el arrimo de la entrada. Después, tarareando, te metiste a la ducha.
Creíste que firmando los papeles del divorcio todo se había acabado. Tienes que saber que no es así. Hay cuentas pendientes. Tú me debes demasiado. Estás obligada a pagarme y yo vine a cobrar esa deuda. Con ayuda de la pistola que descansa en el bolsillo de mi chaqueta.
A pesar de que cambiaste las cerraduras, pude entrar. Yo entro a donde quiera. No me creíste cuando te dije que no importaba dónde te escondieras, que no importaba cuántas denuncias pusieras, cuántas órdenes de restricción llevaran mi nombre. Yo te iba a encontrar, te iba a tener frente a mí. Porque así quiero que sea.
Abrí el mueble bar, me serví un trago y me senté a esperarte en el sofá blanco, recostado en los cojines. Tengo derecho. Esta es mi casa aunque me hayas sacado de aquí. Te quedaste con los hijos, con los amigos, con parte del dinero y con este sofá, que compramos juntos.
Fueron buenos tiempos… Te dedicabas a cuidar de la casa y a criar a los hijos y yo pensaba que eras feliz. La vida era simple y fácil entonces. Pero te dio por volver a aficiones que tenías antes de que nos conociéramos, incluso retomaste amistades que eran sólo tuyas. Me dejaste fuera. Volviste a hablar de temas que yo no entendía, dejando en evidencia que intelectualmente, yo era inferior a ti. Te reías de lo que hablaba, descalificabas cualquier cosa que yo hiciera. Te alejaste, tomaste aires de reina, me abandonaste.
Me sacaba de quicio que protagonizaras las películas, dejándome eternamente los roles secundarios. Recuerdo las veces que monopolizaste las conversaciones con tus ocurrencias y tu risa.
Nunca entendí de qué te quejabas. Te lo di todo, incluso adelantándome a tus deseos, porque era capaz de adivinar lo que pensabas, lo que querías. Estuve a tus órdenes durante treinta años, dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier sacrificio para que estuvieras contenta y me amaras, a veces pidiéndote que me lo dijeras, aunque no fuera cierto. Te mostré el mundo. Fuimos a lugares que los perdedores que te rodean ahora no conocerán nunca. Pero para las mujeres nada es suficiente, siempre quieren más.
Y una noche de septiembre me comunicaste que ibas a separarte y hablaste de la libertad, de tu necesidad de crear, una sarta de tonterías que no tenían sentido para mí. Te abofeteé, claro que sí. Estúpida. Creíste que era fácil terminar conmigo. Por formulismo te pregunté si había alguien más y contestaste que no. >Supe que decías la verdad y entonces traté de convencerte para que reconstruyéramos el matrimonio, apelando a eso de que lo más importante es la familia. Estaba dispuesto a aceptar las migajas de cariño que quisieras darme, con tal de seguir a tus pies, admirándote, igual que un perro, conformándome con unas cuantas caricias que me entregabas de limosna.
Qué te has imaginado, imbécil. La gente me felicitaba por estar casado con una mujer como tú. Muchos de mis amigos te deseaban, podía verlo en la manera en que te observaban y sé que algunos de ellos se acercaron a ti después de que nos separamos. Te perseguí durante meses, manteniendo amantes, claro, qué te crees, desgraciada... No iba a dejar que nadie me viera en el suelo, derrotado, vaciando botella tras botella. Cuestión de dignidad. Sin embargo, tú sabes que eres la primera y la única. Siempre lo serás. Mi mujer. Mi esposa.
Me sirvo otro whisky y me digo que no vas a tener la última palabra, no te vas a salir con la tuya, no te quedarás riéndote de mí. Piensas que me has vencido, que porque estamos divorciados y pusiste distancia entre los dos, ganaste la guerra.
Te oigo cantar bajo el agua y tarareo contigo. Cierras la ducha y preguntas quién anda ahí. Esa es una de tus preguntas clásicas. “Quién anda ahí”, decías, pesquisándome en mi propia casa. Debo reconocerlo…tienes buen oído.
Sales del baño y entras al living con cautela, envuelta en una toalla. Me ves y das la vuelta, gritando. Te agarro del brazo y te obligo a sentarte en el sofá blanco. “Vas a escucharme, maldita infeliz”, te digo, “ ahora vas a escucharme.
Tienes miedo, lo veo en tus ojos, en la forma en que tiembla tu mano sujetando la toalla que te cubre. “¡Tú eres la culpable!”, te grito, “Me provocaste, me acorralaste, me robaste lo que es mío, asesorada por esa abogadilla, otra perra igual a ti”. Lloras, murmurando, “Por favor, por favor”. No me conmueves con tus lágrimas. Arruinaste mi vida. No quisiste obedecerme, no me hiciste caso. Y yo te lo advertí más de una vez.
Tratas de huir de nuevo, aprovechando el momento en que estoy tomando el último trago de whisky. Te alcanzo, te tomo del cuello, apretando tu garganta con mis manos, inmovilizándote contra la pared. Cómo te cuesta respirar, maldita. Quiero que sientas lo que es que le falte el aire a uno. Intentas rasguñarme y entonces te suelto y te golpeo en el estómago. Caes sobre la alfombra, la misma alfombra sobre la que me arrastré hace unos meses, suplicándote que me dejaras volver. Estás doblada en dos, afirmándote en el sofá blanco. Me enfurece verte llorar así, debilitada en tu desnudez, hecha un ovillo en el suelo. Te golpeo en la cara con el puño cerrado y te sangra la boca y la nariz. “¡No tienes derecho a jugar a la víctima!”, grito, “¡El único perjudicado aquí soy yo!”.
Estás a mis pies ahora, en el lugar que he deseado tenerte desde que empezó todo esto. Levantas la mano y te agarras de mi pantalón. Acabas de ensuciarme con tu sangre. Saco la pistola, la levanto, la acerco a tu cabeza y aprieto el gatillo. La bala estalla en sangre que mancha el tapiz blanco del sofá.

Ahora sí estamos a mano. Las cuentas están saldadas.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia

Santiago de Chile

Acerca de la autora:

Gabriela Aguilera Valdivia


Es escritora, narradora y antropóloga, formada en estudios mexicanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Es profesora suplente en los cursos de la escritora Pía Barros, miembro del comité editorial de Asterión Ediciones y actual Presidente de la Corporación de Letras de Chile. Publicó tres libros de cuentos y tres de microcuentos, y también en antologías de Cuba, Argentina, Estados Unidos, Venezuela y España. Su publicación más reciente es la novela Saint Michel.