sábado, 18 de agosto de 2012

Carlos Meneses




Flor de amor



En enero le brotaron claveles rojos mientras leía la carta que él le había escrito. Toda la familia, estupefacta primero, alborozada después, la rodeó cariñosamente. La madre, tras besarla emocionada, fue la primera en arrancarle las flores y comprobar que eran tan naturales como las de cualquier jardín. Luego, pidió a sus otros hijos que salieran a venderlas aunque, como es lógico, se reservó unas cuantas para ella. Al día siguiente fue el padre el que quedó absorto cuando vio a su hija nuevamente cubierta de claveles, los que con presteza la fueron arrancados y vendidos en la ciudad. Así se sucedieron los días hasta la llegada de febrero y, en medio de los suspiros y cándidas miradas a lontananza producidas por una nueva carta, nacieron hermosas margaritas que la familia en pleno se encargó de recortar. En ese mismo mes llegaron dos cartas más, coincidiendo con la frondosidad del florecimiento. El padre, muy satisfecho con la novedad, decidió abandonar su trabajo en la fábrica y montar una floristería. Al mes siguiente brotaron magnolias. La madre estuvo muy contenta porque era su flor favorita. Poco a poco todos los hermanos dejaron sus respectivos trabajos y comenzaron a cumplir tareas en el flamante negocio del padre. Cuando llegó el mes de abril hubo alegres apuestas entre los familiares. Unos aseguraban que nacerían crisantemos, otros creían que serían azucenas. Pero pasaron los primeros días sin que brotara una sola flor, lo que causó cierto pánico en el hogar, hasta que alguien recordó que habían transcurrido semanas sin que el cartero llamase a la puerta. En esos días de escasez epistolar, ella salía de su casa y mirando hacia el horizonte suspiraba candorosa, como si estuviese orando en silencio hacia las lejanías. Fue justamente en esos momentos de dulce clamor esperanzado en que se solía sumergir, cuando unos pálidos pero bellos y enormes gladiolos la empezaron a cubrir desde la cabeza hasta los pies. La familia, convencida de haber superado el mal momento, respiró tranquila y miró con optimismo hacia el futuro. En los días subsiguientes, no obstante no llegar carta, siguieron brotando gladiolos sin cesar hasta la entrada del mes de mayo. Una noche, mientras padres y hermanos discutían en la sobremesa, y no sin algún temor, qué flor les daría ese mes, tuvieron la oportuna visita del cartero. La madre descubrió una letra extraña en el sobre. El padre, muy previsor, sugirió leer la carta antes de entregársela. El tema fue motivo de discusión durante algunos días, pero las diferencias cesaron cuando vieron que la dulce enamorada empezaba a cubrirse de orquídeas. La familia, sumamente regocijada, aunque no totalmente alejada del miedo, se reunió una noche mientras ella dormía. El cambio de opiniones entre padre e hijos estuvo a punto de ser agrio pero, finalmente, reinó la cor-dura. Al final, todos estuvieron de acuerdo en no decirle una sola palabra acerca de la decisión que habían tomado. La hermana mayor quiso saber qué harían en el caso de que la enfermedad avanzase y les llegara una triste noticia. Un gesto de terror se apoderó de todos los familiares que debieron sentir, por un momento, la amarga sensación de enfrentarse nuevamente con la imagen de la pobreza. No obstante, de inmediato se dieron ánimos unos a otros, diciéndose que no sería un mal grave, y que tratándose de un hombre joven, tampoco sería de larga duración. Terminado el mes de mayo y ante la ausencia de noticias, a alguno de los hermanos se le ocurrió la falsificación de una carta y a otro la fabulación de un mensaje oral que les traía un amigo. Pero debieron desistir de tales remedios porque a los pocos días comenzaron a florecer camelias. Transcurrida otra semana, una mañana la madre, acostumbrada a acercarse muy de madrugada a la cama de su hija, con el fin de ser la que le arrancase las primeras flores, tuvo momentos de horrible angustia al encontrarla desprovista del más leve rastro de florecimiento. No se atrevieron a preguntarle qué le estaba pasando, pero sí trataron el caso entre ellos. Aterrorizados la escuchaban llorar en las noches y, a veces, hasta la veían hablar y gesticular en su oscura soledad, con una delicadeza y una abnegación que les parecía que él se hallaba frente a ella. Ante el imponente temor de que el jardín se marchitase totalmente y para siempre, decidieron urdir una treta. Decirle, casi indirectamente, como si hablasen de estrellas o de países inefables, que sabían de su propia llegada. Sin embargo, ella no parecía escucharles, y no hacía más que suspirar entrecerrando los ojos. La madre, en esas mañanas frías en que llegaba con paso cansino hasta su cama, repetía quedo pero junto a sus oídos, el nombre del muchacho. La hermana mayor tenía a su cargo el espíritu de la farsa, y aseguraba que un amigo de él la había llamado para anunciar que él vendría en días muy próximos. Cuando ocurría todo esto ella sólo atinaba a sonreír débilmente y era en esos precisos instantes cuando, tímidamente, brotaba alguna camelia, y toda la familia miraba con ansiedad la cara, el pelo, las piernas, en espera de que nacieran otras flores más. Tras una noche de horribles presentimientos y forzadas cavilaciones, pues había concluido el mes de junio sin contar con la presencia del cartero, la madre acudió como siempre, casi a la alborada, a la cama de la inocente enamorada y, al verla, no pudo contener un grito de estentóreo jubilo. La cama estaba cubierta de flores que se desbordaban y caían al suelo. Claveles, lilas, magnolias, rosas, azucenas, crisantemos. Una deliciosa fragancia y una hermosa variedad de colores. Llamó a voces a todos los hermanos, quienes aun soñolientos llegaron junto a ella y se asombraron ante el prodigio. La tarea de recoger flores del suelo, de sobre los muebles, de la cama, se inició de inmediato. Unos agachados, otros a gatas, iban recolectando las rosas, los claveles, los crisantemos. Los depositaban en canastas, trasladando estas, cuando llenas, a las otras habitaciones. Trabajaban febrilmente, con la satisfacción pintada no solo en los ojos, sino en cada movimiento. Tenían la seguridad de que la crisis estaba superada, de que el miedo debía quedar atrás. Alguno no podía evitar una risa nerviosa de alegría. Otros indicaban que se terminara de recoger todas las flores del suelo para luego continuar con las de la cama. Ninguno, ni la madre que solía hacerlo casi siempre, se preocupó por arrancarle las flores que le cubrían la cara y besarla en la frente. Sólo cuando el suelo quedó limpio, se decidió a acometer esa tarea. Fue en ese preciso instante cuando se escuchó la voz del cartero que traía una nueva carta. Todos quedaron quietos una fracción de segundo, pero luego continuaron en lo suyo. El padre descubrió una letra desconocida en el sobre, nervioso lo desgarró y leyó en voz baja, enrojeciendo tras cada palabra. La madre buscó con ahínco el rostro de su hija bajo las gardenias, bajo las violetas y los claveles. Los hermanos quisieron descubrirle los pies y siguieron llenando canastas con flores. Mientras el padre se dirigía a ellos para comunicarles el contenido de la carta, los hermanos y la madre seguían luchando, con más rabia que pena, por encontrarla debajo de las últimas flores.

(c) Carlos Meneses

Carlos Meneses es un escritor y periodista de origen peruano, reside en España desde hace muchos años.









miércoles, 1 de agosto de 2012

Noemí Brown

Noemí Brown








Engaño


Querido Coco:



Te extrañará recibir una carta mía. Sabés que soy medio vago para escribir. Prefiero el teléfono. Pero qué sé yo. Lo que tengo que contarte es largo. Cómo me gustaría que estuvieras acá. Esto es demasiado grave y no me lo puedo bancar sólo.
Vos sabés que con Julia, queríamos tener un hijo, pero nunca se nos dio. ¿Te acordás que después de algunos años, cansados de esperar, recurrimos a un médico? Ella se hizo ver varias veces, y como no le encontraban nada malo, decidí consultar yo. Siempre le rajo a los hospitales, pero era muy importante para mí.
Recuerdo el día que apareció en casa con los análisis. Pasó antes por el consultorio del doctor para que viera los resultados. Se hizo cargo de todo, porque sabía que para mí era un asunto muy pesado. Con lágrimas en los ojos dijo que yo era estéril, que nunca iba a poder embarazarla. Al ver como reaccionaba con la noticia, me abrazó y lloramos juntos. Me sentí tan impotente, tan culpable de no poder darle un hijo, que le ofrecí el divorcio. Pero ella se portó de diez, y le restó importancia. Dijo que las cosas entre nosotros no iban a cambiar, y hasta ahora, fue realmente así. Verla bien a ella era lo único que necesitaba para resignarme. Y lo aceptamos, no más.
Y el saber que no había nada que esperar, nos daba cierta tranquilidad. Ya no vivíamos pendientes del mes, que el período de Julia, que la temperatura, que el atraso, que desilusionarse todos los meses. Todo eso pasó a la historia.
A veces, al ver los chicos de algún amigo, me volvía la culpa. Pero ella, siempre radiante. Se dedicó con todo a su carrera. Y a mí. No parecía que le faltara nada. Sabés lo fanática que es con su profesión. Y yo disfrutaba la vida que llevábamos, porque seguíamos tan enamorados como siempre y a veces, hasta nos envidiaban. Podíamos salir cuando se nos daba la gana, viajar, dormir a gusto, hacer todo lo que las parejas con hijos no pueden. Y ella, tenés que ver, estaba cada día más linda, parecía mucho más joven. Yo veía cómo la miraban los hombres.
Pero desde hace unos días estoy como loco. Todo se me vino abajo.
Buscando en la cartera de Julia, no sé qué, encontré medicamentos. Era un frasco de píldoras con nombre raro y me asusté pensando que estaba enferma y no me lo había dicho.
Decidido a enterarme, leí el prospecto. Una y otra vez. No había dudas. Eran anticonceptivos.
Para qué querría Julia eso, si yo soy estéril. Temblando, volví a dejarlos donde los había encontrado. Vos debés estar pensando lo mismo que pensé yo. Otro hombre. La idea me dejaba sin fuerzas. La seguí durante días, tratando de disimular. Haciendo como si nada. Esquivando su mirada, sin atreverme a preguntar.
Pero no hizo ningún movimiento sospechoso. Venía derecho a casa, desde el trabajo; estaba tan cariñosa como siempre. Nada. Nada. A lo mejor creés que debí preguntarle directamente a ella. Y seguro que tenés razón. Pero soy tan cobarde. No me animé. Algo me decía que no había otro. Revisé sus cosas día tras día, y contaba las píldoras como un loco. Ella las tomaba siempre, y yo, muriendo. Pero no me atreví a encararla.
Ayer tomé una decisión. Pedí cita al médico que había mandado los estudios, porque cría que ella lo consultaba de vez en cuando. Mientras juntaba coraje le pregunté por la salud de mi esposa, pero el doctor estaba más desconcertado que yo. Tardó en ubicar a Julia. Hacía mucho que no la veía. Y consultando la historia clínica me precisó: hace diez años le llevó unos exámenes y después no volvió.
Entonces me preguntó cuántos hijos teníamos. Extrañado de que él no tuviera mi diagnóstico registrado, quise recordarle que yo era estéril. Me miró confundido y leyó en voz alta: “Los estudios sobre esterilidad no arrojan ninguna particularidad”. Subrayó con la lapicera lo que leía, mientras me miraba con lástima. Salí sin contestar. Caminé perdido, indefenso, atontado. A la hora en que Julia vuelve a casa, la estaba esperando, al fin, con un pedido de explicaciones.
Fue como si la conociera en ese momento. Cuando terminé de contarle, parecía diez años más vieja. ¿Por qué me había mentido?
Que quería recibirse, trabajar, dedicarse a mí. ¿No había valido la pena?
Que tenía que entenderla, con chicos todo hubiera sido distinto, se hubiera convertido en una amargada. O ¿No veía cómo están todas las mujeres? ¿No me daba cuenta de que sólo hablan de pañales?
Yo la miraba sin decir nada. Y ella seguía explicando, no paraba de hablar.
Que fue por los dos, que valió la pena. O ¿Me hubiera gustado verla gorda y resignada. Perder la libertad que teníamos, que dejara su carrera, que...
No le pude contestar. Cuando cerré la puerta de calle oí que repetía: “¿No valió la pena?”
Coco, pensarás que me acuerdo de vos sólo cuando te necesito. Tenés razón. Pero te necesito mucho. Por favor, contestame. Un abrazo.

Beto

(c)Noemí Brown

Adrogué

Provincia de Buenos Aires

acerca de la autora:

Noemí Brown es Licenciada en Ciencias de la Educación.
Breve curriculum literario


Hasta el año 2000: Ensayos relacionados con la profesión.

A partir del año 2000: Obras de ficción, como cuentista.


Algunos de los reconocimientos obtenidos

Mención X Concurso Interamericano de cuentos Fund. Avon -C.A.B.A. 2003

Primer Premio en el Concurso Miguel Briante -Gral. Belgrano -Bs. As.-2005

Primer Premio en el Concurso R. Tejada V. de Theaux -V. María-Cba. -2005

Finalista del Certamen A. M. Matute –Ed. Torremozas -Madrid -2006 y 2011

Primer Premio Carlos Casado -Casilda -Santa Fe -2007

Mención Única en Cuento Grupo Malos Ayres -Bs. As. -2009

Segundo Premio Carmen Martín Gaite -Madrid -2009

Finalista en el XI Concurso Juan Martín Sauras -Andorra -Teruel -2010

Finalista en el XXXIX Concurso Internacional de Guardo -Palencia -2010

Premio L. Marechal de Plata- Tres de Febrero -Bs. As. -2011



Algunas Antologías en las que participó:



Librería Mediática de Radio Nacional Venezuela- Caracas -2006

Colección Ellas también cuentan- Torremozas- Madrid -2006- 2011

Cuentos en el Aire- Editorial Planeta-C.A.B.A. -2006

Antología I y II de Relato Breve Contextos (cuatro cuentos) -C.A.B.A..-2003 y 2006

Dejando Rastros (seis cuentos)-Dunken- Bs. As. -2006

Antología Premio Nacional Tres de Febrero - Pcia. de Bs. As. -2006 y 2011

Antología Certamen Gonzalo Delfino -Gaiman-Chubut -2007---

Primer libro unitario:

“…basta un botón” -Ed. Blue Eagle Group -C.A.B.A. -2011