miércoles, 27 de febrero de 2013

Sofía Santaclara




Lacrimatorio



Hoy se ha roto el frasco de las lágrimas, hace algún tiempo decidí que algo que dolía tanto debía de ser valioso, dolor en esencia, y se me ocurrió coleccionar lágrimas, las vertía ahí, en un antiguo frasco de perfume, alargado y transparente, ese cristal que tanto me gusta, el sistema era sencillo, sólo tenía que encajar mi ojo en su boca y arrastrarlo con cuidado, por mucho que me pareciese que había llorado, apenas aumentaba el volumen, deben de ser densas mis lágrimas. Era su castigo, hacerlas cautivas, como si de una pócima se tratase, me gustaba observarlas dolor en estado líquido.

Hoy necesité usarlo y me escondí con él y me resbaló de las manos y se rompió y me quise morir de la rabia, o de la pena, todas por el suelo, derramadas por segunda vez, y quise llorar, y no pude llorar, pues no tenía donde guardarlas y las necesitaba con las otras, todas mezcladas, todas distintas, cada una de un sitio, porque las hay que duelen en el pecho, en la cabeza, las de hoy dolían en la garganta, dolían mucho y las tuve que tragar.

(c) Sofía Santaclara

España

www.sofiasantaclara.com

(c) de la fotografía y del relato Lacrimatorio: Sofía Santaclara

S

sábado, 16 de febrero de 2013

Diego Niño


Desencuentro*



Tropiezan en una encrucijada. Se presentan las preguntas y respuestas de protocolo y bajo este diálogo se escuchan las sombras arrastrando miradas, brisas apolilladas, pronombres empolvados, hasta llevarlos al presente que tiene algo de eternidad y de brevedad. Conservas los ojos de melancolía, dice él; los guardé para ti, responde ella, sonríen sabiendo que no hay más palabras ni más horizonte que este breve instante. Ella le da la mano y continúa su camino al tiempo que él ve que le ha quedado una brizna de esperanza aferrada a la palma de la mano…

© Diego Niño 
Diego Niño  (Bogotá, 1979) es matemático de profesión. Vive en Bogotá, Colombia
*el microrrelato Desencuentro resultó finalista en el Primer concurso de microrrelatos organizado por la revista Archivos del Sur 


viernes, 8 de febrero de 2013

María Antonia Sassi

María Antonia Sassi 

JARDIN DE INFANTES Nº …
Conduciendo  mi  pequeño automóvil blindaje enchapado que cubre el  ser tras las nubladas y ennegrecidas ventanillas, protección escasa  en  las calles  excesivamente transitadas del pueblo hoy convertido en ciudad,  trato de ser puntual con la hora de entrada del turno tarde del hermoso Jardín de Infantes al cual pertenezoc, pero el tránsito a veces me lo impide.                                                                                                                                                                                                                                  Formo parte  del personal docente del establecimiento, con veinte años de servicio frente a sala. En ciertos momentos mis recuerdos tienen la clarividencia de las directoras de mi residencia,  compañeras que pasaron por  la escuela, porteras y porteros.
           La estructura edilicia del jardín  tiene las características de  principios del siglo XX, con amplios ventanales y una gran puerta de entrada que desemboca en un  enorme patio en cuyo entorno circular se encuentran las salitas, la biblioteca, la sala de música, la Dirección,  la cocina y los baños. Al finalizar el patio, una enorme arcada nos introduce en el hermoso jardín rodeado de plantas y árboles, donde están ubicados los juegos infantiles; en un costado, el galpón donde Alejandro, el portero, guarda sus herramientas y siempre lo acompaña  vigilando sus movimientos un hermoso gato negro de espeso pelaje que desde hace algunos años habita en el establecimiento y   es la curiosidad e intriga de los pequeños.  
 Mi turno fue siempre el de  tarde; hoy  precisamente citamos  a todos los papis de los nenes para comenzar los preparativos de la próxima celebración de los cien años de la institución.
            Citados a las quince horas, llegaron casi puntuales. Siempre  sucede que algún retrasado toque el timbre en plena reunión.
            En esta oportunidad debía pasar el libro de firmas, texto que no encontré. Revisé en Dirección, la biblioteca, los armarios, pregunté a la preceptora,  pero el citado libro no apareció.    
            Nos despedimos ya sobre la hora de salida, cuando Alejandro  el nuevo portero comenzaba la limpieza de los salones. Angustiado confesó a la Directora que no tenía voluntad de quedarse solo, sino que prefería realizar sus tareas mientras el personal docente se hallaba de turno.
            La Directora, asombrada,  no entendía su actitud, siempre  había cumplido su horario sin dificultad. Alejandro comentó que durante varios días escuchó descargar, de tanto en tanto,  los depósitos de los baños de las salitas y del patio.
            Alicia -la directora-  no podía controlar su risa, cosa que fastidió al portero ante la incredulidad y desconfianza de la docente.
            Pasaron varios días y  no conseguí hallar el  libro de firmas. Me distrajo la seño de la salita de  cuatro, contándome que ella y los nenes se entretenían mirando al señor que trabajaba en el galpón con un guardapolvo de color azul oscuro, de baja estatura y cabello entrecano.
            Alarmada la invité a acercarse   al galpón. Allí no había nadie; la seño y los nenes aseguraron que sí, que lo observaron. No podía salir de mi asombro. Me acerqué al galpón  casi a oscuras, ya que el sol comenzaba a esconderse en la media tarde  de invierno,  pero me salió al paso el enorme gato con sus lamentos que  se interpuso en mi intento de entrar allí.  Sus amarillentos ojos resaltaban en la penumbra como dos lámparas encendidas; su encorvado lomo en posición de felino enfurecido enardecía en punta su pelaje y la cola como báculo amenazante cerró la puerta de un golpe. Encerrada con el animal comencé a gritar y a dar golpes en la puerta, pues todo intento de abrirla fracasaba.   Alejandro que pasaba en ese momento en busca de los aros y las  pelotas escuchó mi llamado, forzó el pestillo y por fin salí al aire libre. Mi palidez y temblor preocuparon al personal, mientras yo trataba de explicar lo sucedido.     
           Al día siguiente, Alejandro y yo llegamos simultáneamente; le noté el semblante  pálido,  más delgado, casi desencajado, su aspecto cambiado. Era otra persona, distinta a cuando ingresó como personal auxiliar. Intenté un diálogo, pero  no demostró interés en él.
            Su mal humor era evidente y sobre todo con la directora. Trataba en lo posible de no permanecer en la escuela; sus tareas concluían ni bien los docentes y niños traspasaban la puerta.          
            En el recreo comentó, que  encontró los registros de aula tirados por el parque y que la noche anterior él  iba apagando las luces y a medida que se alejaba, las mismas se volvían a encender.  Mientras esto sucedía, oía pasos en las salas. 
            Atemorizado, casi corriendo se alejó del lugar; cerró la puerta y se marchó. Pasadas dos horas en compañía de su esposa regresó al Jardín y abriendo sigilosamente la puerta de entrada, observó que las luces se habían apagado.
          El sábado fue la fecha de  celebración del Centenario del Jardín. Entre bailes, cantos y discursos recordamos a los protagonistas más notorios del establecimiento y entre el personal auxiliar,  Fernando, uno de los primeros porteros que usaba guardapolvo azul oscuro, cariñoso con los nenes y atento con el personal. Se lo recordó con un reconocimiento especial ya que murió precisamente en el jardín  un día cambiando las flores de  estación al pie del mástil de la bandera. Paro respiratorio diagnosticó el médico de guardia del hospital. En el acto, sus familiares recibieron una medalla recordatoria.
           
Alejandro manifiesta una notoria serenidad,  su rostro esboza una sonrisa, y  me comenta  la casualidad  de que  desde la última fiesta, no  se repitieron hechos extraños y  otra cosa añade: “El gato desapareció del  jardín”. 
(c) María Antonia Sassi
Moreno 
Provincia de Buenos Aires
República Argentina

María Antonia Sassi es Licenciada en Letras. 





















lunes, 4 de febrero de 2013

Beatriz Helena Ramos Amaral



Beatriz Helena Ramos Amaral 

Valladolid 

  Es temprano, pero ya preparo la fiesta, limando los rebordes. Atravieso el pasillo del departamento  y alcanzo  la primera puerta. Una más. Otra. Y otra. Son puertas con grietas que no reconocen límites. Yo sé que, en cualquier momento, entre los vacíos de un tejido ancestral, Valladolid vendrá, como siempre, como un emblema o cimiento de una resonancia casi legible. Sé que se extenderá por  los patios y monasterios, diciendo septiembre, septiembre, con su tono de ayer y su timbre extraordinariamente grave.
Abrigos de colores desvaídos  tejen ilusiones en mapas imprevistos. Navegaré  noches abiertas e ibéricas siempre hacia el  noroeste, cruzando los barrios, Vadillos, Delicias, San Isidro, Victoria, Parque Alameda, Paseo Zorrilla-Campo Grande.
  ¿Por qué, Valladolid? ¿Sabré rehacer contornos de otro continente? ¿Podré fingir que ignoro contrastes y transparencias? ¿Por qué insistir en el tema de tus calles y tus costumbres? Hoy: cine al aire libre, cerca de esta luna inmensa y sin presagios. Hay poco tiempo para los enredos de la tierra y para la memoria de las trenzas. Pueblos de Castilla y León. Vega. Estrellas conocidas. Tohallas y retazos amarillos que extienden mis recuerdos.
Debo seguir el camino a través de las grietas. Ahora hay hendiduras en la pared. Pequeñas hendiduras que reabren  estas transgresiones casi imperdonables de otro tiempo. Oigo Stella Splendens y ¿Qué me quereis, caballero? Oigo una guitarra. Una conocida melodía. Voces de los cantantes que me cercan, cercada, ricercari, todos-todos reconocen mis pasos. Uno de ellos me presenta una melodía. Que recuerdo. Sí. Es Dima Robadora del Cancionero de Upsala. Pero los ojos de la cantante son pájaros sin alas. No tienen proporción de miedo para el salto. Valladolid ¿quién tiene apuro?
¿Quién domina tus ritmos y caprichos?
Esbozaré pretextos para el uso de las zandalias. Audacias conducen colores nuevos en las zandalias. ¿Quién sabrá de algún daño? Ninguna oportunidad. Tres días para desistir, no tardo. Oiré cantigas de Martim Codax. Todo se hace presente en esta mezcla de imprevistos que me toma.
Espero, diariamente, que alguna hipótesis desvele el temple de la brecha, quiere decir, que algún sentido emane del improvisado movimiento que me trae a la provincia. Al noroeste, soy otra. ¿Semejanzas? Digo: aún es pronto. No sé. Semejanzas de contexto, dirá el intérprete, en su diván, planteando respuestas. Intervalos que hilvano.
                            Leeré los interlineados del subtítulo. Seré retrato. O sombra. Seré volátil, el hilo-memoria del pasaje. ¿Cuadernos para anotar? Los dejé en el jardín. Glosas. Cláusulas. Principios. Ironías perdidas. Pero no te pierdo, Valladolid, pues me agarro a la espiral de tus preceptos. Recogeré todos los datos. Seré de nuevo. Allá. Seré. Sándalo-zandalias, qué ganas. Haré promesas. Iré.
Soy la noche, la brea de fronteras desechas. Todo es deliciosamente inusitado. Alguien, de nuevo, baraja  las cartas. Oráculos: semillas inconclusas. El fraseado reincidente. Capas adivinatorias adelantan calendarios. Repertorio de nieblas. Alguien, sabiendo, fortifica la adicción.
Al borde del impasse, un maestro mira el cierre de la escena. Todo es devuelto. Ninguna idea me abandona. Piden que confiese. Exigen. Ordenan. ¿Quién escribe la certeza del retorno? ¿Quién comienza? Valladolid, si abrieras las palabras, si las letras escribieran, sabré.
Plural, plural en este engranaje. Conjunciones que se sustituyen, grafemas mutantes, alternancia de vocales, agua y fuego, Otiot Hahemshech.
Poco tiempo para la pesca. Todos me interrogan.
Valladolid trae ardores para el espanto. Antorchas. Y es solamente fuego, ahora.
Llamaradas  por las brechas me conocen. De rodillas, ¿qué palabra se arrepiente?

(c) Beatriz Helena Ramos Amaral
San Pablo
Brasil 



Datos de la autora en el Espacio de autor

traducción al español © Araceli Otamendi

versión en español autorizada por Beatriz Helena Ramos Amaral para publicar enla
revista Archivos del Sur 

domingo, 3 de febrero de 2013

José Respaldiza Rojas


                                           

PASIÓN  Y  MUERTE
                                           

Era un domingo de otoño, era la tarde de un domingo de otoño, eran las tres y media de la tarde de un domingo de otoño, eran las tres y media de un aciago domingo de otoño.

 Para comenzar diré que siempre me gustó más jugar fútbol que verlo jugar, no soy y no fui buen jugador, incluso una vez me puse un chimpún, pero no acertaba a patear, digo esto para que se comprenda porque fui tan pocas veces al Estadio Nacional y las pocas que fui las tengo grabadas en mi memoria.
 Diré de paso que alcancé a ver el viejo Estadio Nacional de madera, regalo de la colonia inglesa al Centenario de nuestra independencia. Siempre me intrigó saber cómo pudo la madera soportar el paso de los cuaresmeros. Mi abuela materna me enseñó a poner un lavatorio con agua debajo del foco de la luz para que cayeran los cuaresmeros y se ahogaran.  Me es imposible pensar en la cantidad de gente, con un lavatorio lleno con agua, corriendo en el estadio para que se ahoguen las polillas que agujerean la madera.
 Quizá fue construido con cedro, o caoba de Panamá, o pino de Canadá, lo cierto que cuando se decidió edificar un estadio nuevo esas maderas eran muy cotizadas, por eso quién dio la buena pro, obtuvo lo suficiente como para tener una casa nueva, ¿Si o no, mi general? Casa sin lujos, pero amplia, bien aireada, iluminación natural y sobre todo gratis ¿Si o no, mi general? Como dice el refrán: A quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
 Fui al Estadio cuando a Luis Alejandro Rodríguez Olmedo, más conocido como el cholo Alex Olmedo, se le rindió un homenaje pues era, sin duda alguna, a los 21 años uno de los mejores tenistas del mundo, ganó la Copa Davis y en 1959 ganó el Gran Slam de Wimbledon. Alto, con porte atlético, corte de pelo casi al ras, mostraba una buena presencia. El Presidente Manuel Prado le otorgó los laureles deportivos.
 Ingresa al Estadio Alex y un atronador aplauso se escucha por varios minutos, lo que es aprovechado por Manuel Prado, Presidente de la República, para hacer su entrada, pero apenas lo vieron saludar quitándose su sombrero de tarro, los aplausos se trocaron en una silbatina generalizada, daba pena ver la impopularidad del presidente, pero a él todo le resbalaba.
 Después, a raíz de la llegada de una pareja de esposos argentinos, que fueron alojados en casa de mi abuela, pues trajeron una carta de recomendación de mi tío abuelo Huberto Rojas Chirinos, parece que eran anti peronistas, pero al buen callar le llaman Sancho, por ellos, digo, volví al Estadio Nacional, es que para que se agenciaran algo de dinero, un tío logró que le dieran una concesión para vender café en el Sudamericano de fútbol de 1957 que le tocó organizar al Perú, bueno, mi madre pidió que me aceptaran como vendedor, me dieron un uniforme y una especie de bandeja que se sujetaba al cuello mediante una correa de cuero, tiene varios agujeros donde se ponen vasos plásticos y, a su costado, un termo lleno de café. Me enviaron al lugar más chic y empecé a vocear:

-         Café, café, ¿quién quiere café?
En eso escucho que me llaman por mi apodo:

-         Oye sapo, dame café.

Volteo y el que me llama es el chino Vásquez, a su lado está el pato Hugo Passuni, Miguel Portocarrero y el zambo Alfredo Vergara. Avancé hacia ellos medio azorado y les doy un vaso con café a cada uno. El chino Vásquez me dice:

-         Siéntate.

Obedecí, pero se imaginan un vendedor uniformado con una cristina en la cabeza donde se lee con toda nitidez vendedor y con una bandeja llena de vasos plásticos encima de las rodillas, sentado en el sector pullman, el lugar mas caro del estadio, no, eso no puede ser, como un tornado se abalanza sobre mi un hombre musculoso y con su fornida mano, me toma del cuello para sacarme, pero el chino le dice:

-         Está conmigo.

Hay que ver la cara de asombro que puso el encargado de la seguridad. Esa vez fui al estadio todas las fechas del campeonato.
 Y ahora va lo bueno. Igual que la semana pasada e igual como había sucedido siempre, el chino Vásquez Pancorvo llegó a la cuadra del barrio y al instante lo abordaron el pato Hugo Passuni junto con otros amigos para pedirle entradas al estadio. El chino se hacía de rogar. Ante la insistencia de los amigos él iniciaba una suerte de interrogatorio:

-         ¿Cuál es el mejor equipo de fútbol del Perú?
-         El Alianza Lima.

Tenías que acertar para hacerte merecedor de una entrada. Claro, quien no sabía que el chino Vásquez era del Alianza, así que venía la siguiente pregunta:

-         En las Olimpiadas de Berlín ¿cuántos jugadores eran de Alianza?

Los interesados en obtener un ingreso gratuito no eran muchos, el pato Pasuni, Miguelito Portocarrero y pocas veces el negro Carlinchi y punto, eran entradas a Oriente con asientos pullman. Tras una maratónica ensalada de preguntas y respuestas, finalmente el chino les entregaba una entrada a cada uno. Alegre, jocoso, altote, zapatón, así era él, solidario como el solo.
 Como yo era aficionado a jugar fútbol callejero, pero no a ir al estadio, nunca pedí entrada alguna, pero quiso el destino que como sobró una entrada me la dieron a mi ese domingo del 24 de mayo de 1964, a un mes de cumplir mis 24 años. El estadio rebalsaba de hinchas que alentarían al equipo peruano jugando contra el equipo argentino.
 El partido fue aburridísimo y para colmo nos ganaba Argentina 1 a 0. Ya estaba por terminar el segundo tiempo, faltaban solo cinco minutos. Bastaba un empate para clasificar a los Juegos Olímpicos de Tokio. Yo me comía las uñas de puro nervioso.
 En eso el equipo peruano contraataca, avanza al campo rival, tiene la pelota Nongo Rodríguez que arremete por la banda, se acerca al arco, pero le da el pase a La Rosa, el público de pie grita:

Ya, ya, ya,  patea.

Dispara contra el arco, pero el defensa argentino rechaza la bola, se vuelve a escuchar otro rugido:

                        NOOOOOOO


Kilo Lobatón  se protege con el pie, la pelota rebota y se mete en el arco argentino. Como por un resorte todos se ponen de pie para gritar a una sola voz:

                        GOOOOOOL, GOL  PERUANO CARAJO

Fue un grito de alivio, un grito que salió desde el fondo de pecho La alegría se apodera de todo el estadio, al fin vamos a Tokio, si, nunca hay que perder la fe, una sonrisa se dibuja en los rostros del público, cuando en eso un pitazo cae como un balde lleno con agua, el árbitro anula ese legítimo gol, no explica porque lo anula, pero su voz es ley y se debe acatar. Ahora se desata una pifiadera multitudinaria. Los jugadores peruanos le reclaman al árbitro. La indignación crece. Un sector del público se abalanza hacia la cancha, pero el enmallado protector se lo impide.
 Cuando las pasiones se desbordan, éstas transcurren por senderos insospechados, ¿qué responsabilidad tenían los jugadores argentinos en este desaguisado? Ninguno, pero manotazos van, trompadas vienen, se forma una trifulca en medio de la cancha,  peleando ambos equipos, va una patada, tira un cabezazo, el árbitro es el mas golpeado. La policía encargada de la seguridad interviene aumentando la temperatura, un varazo aquí, otro acullá.
 De pronto, en un recoveco del enmallado aparece un hueco y por allí se mete un moreno que con mucha rapidez se suma al embrollo de puñetazos y patadas, por ese forado penetra otro personaje que es perseguido por los perros policías y masacrado a varazos, sigue la presión popular por entrar a la cancha, es entonces que el comandante Azambuja  ordena lanzar bombas lacrimógenas en una abundancia que linda con la generosidad. Nubes de gases invaden las tribunas y se desata el pánico lo que origina una estampida general. Todos tratan de abandonar el estadio y ganar las calles, la multitud desesperada avanza, pero las puertas 11 y 16 están cerradas, se abren hacia adentro, la primera fila de personas llegan a la puerta, intentan abrirla mas le es imposible retroceder, la ola humana presiona hacia delante y presiona y presiona con tal fuerza que las puertas metálicas empiezan a inflarse, el estadio parece estar embarazado, es un globo mortal donde se aplastan uno contra otros.
La turba enardecida ve el ómnibus del equipo argentino estacionado, entonces le prenden fuego y se calcina totalmente, dicen que colgaron de un árbol a un policía que trató de contenerlos, esa turba se desplaza rompiendo todo lo que pueden, puertas, ventanas, casetas policiales, avisos luminosos, es un caos humano que desaparecerá varios kilómetros adelante.
 Es penoso el traslado de los 315 muertos hacia el Hospital Obrero, allí los van colocando en el suelo, uno junto al otro, para que sus familiares puedan reconocerlos, estas tétricas escenas pasadas por la televisión,  fue espantoso ver cientos de cadáveres que fallecieron de una manera estúpida. Se decretó duelo nacional.
 Los jugadores del equipo argentino y el peruano fueron refugiados en sus camerinos hasta que cesó la violencia, de allí los trasladaron al Centro de Esparcimiento de Huampaní para que se tranquilizaran, el árbitro uruguayo esa misma noche tomó un avión rumbo a su país.

Desde esa fecha nunca más volví al Estadio Nacional, como se dice, quedé curado para siempre.

(c) José Respaldiza Rojas
El Callao
Perú 

sábado, 2 de febrero de 2013

Claudio Simiz



Claudio Simiz

Un día perdido 



            La Blanca ve cómo el hombre, bajo y muy abrigado, cierra la puerta lateral del edificio de oficinas, atraviesa la calle, y con raudo paso inicia el cruce diagonal de la plaza. La media mañana ha despoblado de chicos los canteros, algunos jubilados los reemplazan en los bancos, rodeados de palomas solícitas. En el centro está el carrito, estratégicamente ubicado. La Blanca da una última vuelta a la garrapiñada en la olla de cobre, y con disimulado cuidado inyecta el líquido transparente en la brochette de frutillas bañadas en chocolate. Bolsita de celofán, justo a tiempo.
- Fresquita la fruta, Maestro, recién hechita…
El hombre no se detiene; con un gesto le indica que está atacado del hígado y redobla el paso. La Blanca sabe que es su golosina preferida, se encoge de hombros, se quita el delantal, guarda cuidadosamente la fruta envenenada en el bolsillo y parte, con paso casi tan rápido como el de él, pero en sentido contrario.

            A las tres de la tarde, la Blanca es otra. Tacos aguja, medias color hueso envolviendo sus largas piernas, rematadas en una minifalda gris y más arriba un top negro, donde los pechos se amotinan  de puro ceñidos y descubiertos. El pelo suelto enmarca el rostro provocativamente maquillado. Se alegra de que en ese pasillo del subte, al menos no haga frío, además allí el hombre no tendrá escapatoria. La inesperada dificultad son los otros hombres, que la fastidian todo el tiempo con sus insinuaciones y procacidades; a uno, francamente insoportable, le ha propinado un pisotón que, seguramente, le habrá fracturado un dedo. Y el hombre demora; La Blanca, con cierta impaciencia hunde su mano en la cartera y se recompone en contacto con la culata del ´38, cuyo seguro ha quitado. Espejito en mano se retoca los labios: nadie se resistiría a coger esa gema, y menos un cuarentón desaliñado. En ese momento desemboca él, perdido en la marea humana que desagota el tren. Ella había previsto salirle al paso y fingir un tropiezo, pero es él quien la choca, atolondrado y presuroso.
      - Disculpe, señor, yo quisiera…
El hombre, ruborizado, esboza una disculpa, recoge el pequeño libro de poemas que acaba de comprar y con una ligera reverencia vuelve a encolumnarse en la fluyente masa humana que asciende por la escalera mecánica. Ella, con una mezcla de frustración y despecho, se aleja de la escena lentamente, la mano en el interior de la cartera y un coro de miradas y frases soeces a su alrededor.

            Falta poco para las ocho. El frío se ha alzado como una sábana invisible sobre el puente. El hombre comienza a cruzarlo, una densa bruma se desprende de las aguas turbias. Unos metros detrás de él viene La Blanca: equipo de gimnasia, zapatillas, pelo recogido, riñonera. Esta vez no fallará; con el impulso del trote, un empujón inesperado desbarrancará al hombrecito por sobre esa baranda tan baja y endeble. El no sabe nadar y las aguas, despobladas de botes a esa hora, se lo devorarán sin testigos. El rumor creciente de un ciclomotor rubrica el inicio de la carrera de La Blanca, pero dos metros antes de llegar al hombre, siente un fuerte tirón que la arroja hacia un lado. El se sobresalta e intenta ayudarla a levantarse.
-         No, deje don…
Ella se da cuenta de que la oportunidad ha pasado, y sale  (escapa) detrás de los chicos del ciclomotor que le han arrebatado la riñonera. Los persigue una cuadra, súbitamente se da cuenta de que está a unos pasos de la casa del hombre, se acerca a la reja despintada y espía el interior de la casa. Voces confusas, entrecortadas traspasan las ventanas cerradas.
La Blanca lanza una carcajada, ve aproximarse la esmirriada figura y continúa su marcha. Tal vez se tome un pernod en el bar de la estación, a cuatro, cinco cuadras. Raro encontrar en los suburbios un lugar donde sirvan pernod. Rememora las frustraciones de ese día agitado, sonríe al reconocer su propia ansiedad. Tal vez al amanecer vuelva por lo suyo…o mejor otro día…

(c)Claudio Simiz

Moreno
Provincia de Buenos Aires
República Argentina 

 Claudio Simiz (Buenos Aires, 1960) ha publicado nueve volúmenes ,Tríadas, de 2009 (poesía), y De Solitarios (cuentos), 1º Premio Concurso Internacional Artetilcara 2010) son los últimos); obtuvo por su obra literaria numerosas distinciones en el país y el exterior, entre las que se destacan premios de la Universidad de Buenos Aires, del Sur, Faja de Honor SADE (2009), Internacional Poesía Guajana (Puerto Rico, 2010) y 2º premio Concurso latinoamericano “Carlos García” (El Salvador, 2011); este año ha recibido mención de honor en el Certamen Internacional de microrrelato “Garzón Céspedes” y el 2º Premio (poesía) en el Certamen Internacional “Gonzalo Rojas Pizarro”. Sus cuentos y relatos galardonados  figuran en numerosas selecciones locales y en una antología internacional. Colabora en publicaciones académicas y literarias de Argentina y Latinoamérica (La Zorra y el Cuervo, La Avispa, Cronopios, Punto en línea, Letras Salvajes, Baquiana, entre otras); ha sido traducido al guaraní, portugués e inglés. Se desempeña como docente e investigador en institutos de formación docente y universidades, se destacan sus publicaciones, conferencias y seminarios sobre literatura regional argentina. Con los grupos “Con-versando” y “Antes que venga ella” recorrió el interior del país brindando recitales poético-musicales. En diciembre de 2010 se estrenó su drama Circo Exodos en el marco del “Teatro del Bicentenario”. Reside en Moreno, Provincia de Buenos Aires desde 1993.