miércoles, 31 de julio de 2013

La segunda caminata por el Polonio* - Tamara Smerling

Tamara Smerling


La segunda caminata por el Polonio, de Tamara Smerling es el cuento ganador del concurso Todos los juegos en la categoría mayores de 30 años.

La segunda caminata por el Polonio
 
Un grupo de familias deambulaba con sus hijos por las costas uruguayas durante el verano de 1989. Yo tenía once años. Habíamos llegado a La Paloma junto a mis tíos, mis primos y unos amigos. Se trataba de un balneario donde se erigía desde una casa con forma de máquina de escribir hasta un faro que irradiaba luz durante todas las noches para señalizar la travesía a los barcos: Un marco con características grandilocuentes para una niña que recién comenzaba a descubrir el mundo. Sin embargo, la experiencia de la ciudad con nombre de pájaro, no quedaba allí: Solo unos pocos kilómetros más al norte, les habían comentado a nuestros padres que existía otro paraje, un pueblo de pescadores perdido en las costas del mar Atlántico que era las delicias de los buenos gourmets porque allí podía degustarse unas riquísimas milanesas de aletas de tiburón. El único escollo que había que sortear para llegar a ese paraíso era el arribo: Más de treinta kilómetros de médanos y dunas que debían atravesarse por carros tirados a caballo. También unos modernos y carísimos jeeps que, para un grupo de familias de clase media de Córdoba y Rosario, les estaba impedido por no faltar a las tradiciones. No había otro modo de llegar al Polonio, esa punta que se hundía en el mar y que los pescadores buscaban conservar de los malos turistas. Entonces alquilamos los carros y los caballos.

Mis primos y yo, mis tíos y nuestros padres íbamos desencajados en la tarea de sostenernos en aquel medio de transporte, tan similar a cirujas que cuecen las calles buscando basura. Difícil sortilegio el de esos parias de estas urbes que deben anclarse en esos medios de locomoción para ganarse la vida. Desde entonces los respeto porque si bien yo languidecía en el asomo de la adolescencia por unas piernas flacas y altas no lograba anclarme en el carro de los tres caballos e imaginaba en esas horas de travesía que podía caer al vacío en cualquier momento y, sin más, romperme la cabeza. En otros momentos del viaje, mi mente, en cambio, divagaba por esa imaginación que siempre se mostró tan profusa: yo era una dama antigua que con su velo tapaba el sol para no acrecentar las pecas ni manchar la piel con el astro y mi vestido de tul italiano se confundía con aquella carreta tirada por los caballos para llegar a algún castillo del siglo XVIII y convertirme en princesa o algo semejante ¡Tantas películas de la infancia acrecentaban mi inocencia! Mientras tanto, mi padre –que siempre fue lo más parecido a un oso–, con un metro noventa de estatura y más de 150 kilos debajo de sus hombros, se devaneaba en sostener su humanidad en la travesía. Mi madre, por su parte, delgada y risueña, se deleitaba con la experiencia moviéndose sobre su ¿asiento? pillándose de la risa. Mis tíos y primos se debatían en situaciones similares. Sus risas desconcentraban mi sueño de princesa.

Al llegar al Polonio, cumpliendo obligadamente con los rituales y su travesía, me dolieron los ojos ¡hasta que vi el mar! Se abría en toda su plenitud, sobre dos brazos que iban surcando los médanos en distintas bahías. El viaje a carreta bamboleante nos había dejado exhaustos. Sin embargo, nada podía ser tan blanco, ni tanta arena, ni tanto mar azul ni tantos lobos marinos, ni tan escasos pescadores ni tan ricas las milanesas de aletas de tiburones. Allí no había agua ni electricidad ni televisores ni nada parecido. Las dunas no podían ser tan altas ni el sol que picaba tan fuerte y el Polonio se presentaba como una marca a fuego de lo que sería una gran aventura imborrable para los años siguientes, repetida a destajo en tantos asados y mesas familiares. Las playas completamente mente desoladas se abrían inconmensurables y la eterna mirada hacia arriba para preguntar si podíamos perdernos en ese desierto se hizo una necesidad suprema: mis primos y yo les preguntamos a nuestros padres si podíamos desandar el camino que nos llevaba hasta esas dunas, en una arriesgada aventura que podía –tal vez– costarnos la infancia.

Se trataba, claro, de una prueba fundamental de convertirnos en adultos: que nos dejaran inspeccionar sin la mirada de un mayor ese trecho luminoso y perdido donde no había más que mar y arena. Nos resultaba realmente increíble. Aprobaron el pedido y allí partimos por el extenso recorrido de la bahía: los médanos parecían cercanos y la idea era atravesarlos por la propia experiencia y dejarlos documentados en nuestros recuerdos subiéndonos a ellos y tirándonos desde la punta y colmarnos de la arena. Pero nunca llegamos a ninguna parte: la caminata se hacía insostenible y la soledad del paraje comenzó a darnos temor. Yo estoy segura –ahora— que pasaron horas y horas. En el camino, los lobos muertos aparecían por doquier, languidecían en la playa y era lo único parecido a un ser vivo que podíamos encontrar en metros a la redonda. Tanto susto ayudó a que diéramos media vuelta y retornáramos al regazo de nuestros padres.

Cuando crecí y pude decidir mis propios destinos, viajé intrigada una vez más al paraje. El recuerdo de diez años después no podía ser tan distinto. No sé si fue la erosión y el cambio climático o que los carros tirados por la tríada de caballos habían sido reemplazados por unos camiones gigantes repletos de turistas atiborrados –y que, claro está, se mostraban apropiados para cruzar el desierto–, que ya nada me pareció lo mismo. Las dunas se habían achicado cuantiosamente. Sí, los médanos ya no eran tan altos ni el mar me parecía tan azul. De las loberías ya no quedaba nada y sí me crucé con intelectuales y escritores porteños que elegían ese paraje para pasar sus eneros y febreros lejos del mundanal bullicio de Punta del Este. Pero esta vez había pasado los veinte años y quería completar el trecho que a los once me había encandilado. Por eso, decidida, emprendí el regreso al camino que no había desandado en 1989 para demostrar mi valentía y cruzar las dunas que, aunque ya no eran tan altas, seguían siendo igual de misteriosas y oscuras. Y, sabiendo lo que andaba buscando, comencé a caminar. 

(c) Tamara Smerling
San Isidro
Provincia de Buenos Aires

*cuento ganador del concurso Todos los juegos (mayores de 30 años)

Acerca de la autora:
Tamara Smerling (Rosario, 1977). Se graduó en Comunicación por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), realizó un posgrado en Planificación y Gestión de Medios, una maestría en Periodismo en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y un doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Fue docente del Taller de Redacción II de la carrera de Comunicación Social de la UNR y del Taller de Comunicación Periodística de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA. Después de realizar algunos trabajos en radio (Radio Dos, FM TL 105, Radio Río), en 1998 ingresó al diario El Ciudadano, donde se desempeñó como cronista de espectáculos en Rosario. En 2003 ganó la beca Nuevos Periodistas Diario Clarín, otorgada por la Fundación Noble en Buenos Aires. En 2005 ingresó al diario Perfil y en 2008 a Crítica donde trabajó como redactora de las secciones Sociedad y Educación. También fue productora de programas culturales en Canal (á), History Channel y Canal 7 y colaboró en la investigación de libros de Luis Majul y Martín Caparrós. Ahora prepara su primer libro de no ficción junto a Ariel Zak y trabaja como docente y coordinadora académica de la Maestría en Periodismo de la UBA.



lunes, 29 de julio de 2013

Njongal Jigeen: La ablación - Tere Marichal Lugo


                                   
Njongal Jigeen: La ablación

                                                           

135 millones de mujeres de todo el mundo han sufrido la clitoridectomía. En cualquier caso la ablación es una agresión  que tiene graves consecuencias físicas y psicológicas y forma parte de los mecanismos de opresión de  las mujeres, ya que está destinada a controlar la sexualidad de las mujeres y a veces a aumentar el placer de los hombres a costa de ellas. Cada año dos millones de niñas de entre cuatro y 12 años son víctimas de mutilaciones genitales.


































Njongal Jigeen





Solo escuché un rugido, seguramente inventé un león. Espero ese momento.  Ahora me pierdo. Mi madre me encuentra y me convence y quiero memorizar lo que me dice, sus palabras son como viento que arranca piedras de la tierra. Quiero creer en lo que ella repite una y otra vez. Madre teje mi vestido. Tiene los colores de la ceremonia de la oscura cueva donde me encerrarán. El vestido se incendia y se deshace rápidamente, debe ser porque no he dado nada a cambio y ella espera. Quisiera darle mi dedo o mi oreja. Madre ya sabe cómo es. En esta espera tienes que dar algo a cambio. Pero yo no tengo nada. Yo sólo  tengo mi carne y tampoco la tengo porque no me pertenezco. Hace calor en este risco desde donde puedo ver la inmensidad vestida de calma. Me siento poderosa porque veo todo chiquitito. Son los poros de la tierra lo que veo más allá.  Esta tierra rojiza que respira de forma acelerada, salpicando de polvo la memoria. Una vez más escucho ese rugido que me persigue. Madre aparece con su peinado de reina maltrecha.

-Pierdes un trozo de carne y ganas dignidad, dice ella mientras teje en la cima de este risco.  Ya hemos pagado un kilo de jabón negro y 5,000 francos; las ceremonias tienen su precio. Todo tiene un precio.

- ¿Cuanto cuesta un rugido? le pregunto pero ella no contesta.  Me ignora porque los misterios de la vida se callan para no despertar a los espíritus curiosos.  Los buitres vuelan a lo lejos. Esperan, al igual que todos por la carne fresca de mi cuerpo tan flacucho.

Juego entre los baobab.  Me escondo entre ellos. De momento soy una rama. Soy parte del tronco. Soy un animal de mirada audaz. Me plantaré al revés, como los baobab. Me convertiré en leyenda. Dejaré que la tejedora viva en mí. Seré miembro de los Kikuyu y exhibiré mis collares y brazaletes como los Samburu, seré una Masai y moriré de pena si me encierran para siempre. Pero soy camaleón trepando este baobab que me abraza y me protege de las hienas que acechan.  Mis antepasados pasan corriendo con sus escudos y lanzas.

Pierdo solamente carne y podré ser seleccionada  entre otras y no más miseria y tal vez no más llanto. La familia gana estima. Perder carne no significa nada. Es sólo una parte de mi cuerpo que siempre ha estado esperando. No la puedes ver, así que olvídala. Veo sangre por todas partes, pero no importa. Ya estoy convencida. 

- El día de tu boda, desplegaré una sabana bañada en sangre y todos sabrán que te has casado virgen. El honor salpicara la lengua de tu padre y nadie podrá dedicarse a darle cuerda suelta a comentarios que puedan avergonzar a tu marido. Caminará erguido con la frente en alto como guerrero invencible. Nunca tendrá sed. Parirás los hijos que desee y el honor estará sembrado sobre tu pecho con sus raíces fuertes y anchas, como mis tatuajes,- dice madre mientras continua con sus labores.

Me detengo, hay fango a mi alrededor, comienzo a sumergirme en él como si fuera un lago majestuoso esperando para convertirme en sirena, pero madre aparece y nuevamente me susurra en el oído algo que no entiendo. Luego  madre grita con furia:  ¡castidad! Y comienza una danza frenética que nunca antes había visto. Está poseída por uno de mis antepasados que reclama honor. Ahora Madre es casi una diosa. Madre tiene dos vidas, dos conciencias, dos memorias, dos personalidades que transitan bailando violentamente, arrasando todo a su paso. Sólo un rugido, eso fue lo que escuché. Me escondo detrás de una máscara y me convierto en una Bambudya. Soy invisible. Me concentro. Ella me huele y a pesar de que no me ve, me toma de la mano y mueve sus labios carnosos y la escucho porque he aprendido a guardar silencio. Soy un pedazo de carne sobre la mesa. Carne roja que se desangra.  Vuelan las moscas y me rodean como si yo fuera un panal único, dulce, exquisito.

- Te ofrezco este pedazo de mi carne. La más sagrada. La que nadie más verá. Esa carne de olores intensos y oscuros susurros incoherentes que pueden enloquecerte, lo digo mirándolo a los ojos y el me lame los pies como si fuera un cachorro amoroso.  Soy su reina intacta. Reina de cuarzo y diamante. En mis cuevas profundas de ríos cristalinos que sacian la sed del que busca. En mi la larga espera del pesado sueño empapado en agua de mar y escamas de pez dorado.

El rugido interrumpe el deseo y mi madre espanta el temor con aquella raíz larga y poderosa que guarda como trofeo de guerra.

Todos esperan. Todos sabrán que nadie ha penetrado en mis sueños más intensos y podrán ofrecerle a mi padre vacas, lana y collares de cuentas y mi cuerpo costará más que este fino pedazo de carne que se abre como flor cuando mi cuerpo me pide cantazos de luna roja. Eso es, seré como las demás. Como debe ser. Atemorizaré a todos con mi mirada protegida por la oración y el honor. Tendré buen juicio, lo juro. Todo a cambio de este pedazo de mi cuerpo y llegará el filoso cuchillo de esa mujer anciana que ya sabe cuando es hora de parir. Seré la más fértil. Pariré todos los años y mi familia será la más fuerte y digna.

- Déjame darte la carne fresca que arrancaron de mi cuerpo, anda sáciate con ella, le digo porque así lo escuché. Embárrate las manos con mi sangre y déjame saber que no tiene mancha alguna. Camino entre las garzas. Soy un leopardo que espera, un manto de arena donde te acuestas sin temor y que seduce tu piel,  la luna hinchada empapada en miel, una naranja jugosa que saciará tu sed.

Me enloquece ese rugido, dime de dónde viene. Seré dedicada, jamás me quejaré. Es mi madre la que me aleja, pero ese rugido salvaje me persigue. Acecha, está esperando. Ambos esperamos. He aquí mi carne, sin mancha alguna.  Huélela, saboréala. Es carne fresca para el sacrificio. Llévame a lo alto de la montaña y déjame caer. Deja que mi cuerpo vaya cayendo y mi piel vaya pintando esa montaña de piedra y tiempo con esta sangre que parece culebra  danzarina. Mi madre me levanta y me carga en brazos y va rezando. Entona ese cántico que parece lluvia rabiosa.

- Si yo fuera de sal, también seria inalcanzable.  Todo mi ser desperdigado y sin ataduras. No me podrían atar. Me disolvería una y otra vez. Mi tatarabuela me regala los huesos de sus dedos para que me sirvan de amuleto. Ya estoy protegida.

Es temprano y ya los ancianos del clan han seleccionado a mi madrina. No seré la única y me morderé los labios hasta sangrar para no gritar. Eso es, dejaré el miedo aquí acostado. Entre  estas cuentas de cristal y mi sueño pesado. ¿En qué espacio del cuerpo habitará el miedo? ¿En qué espacio se esconderá? Si lo supiera me lo arrancaría antes que llegue el amanecer. ¿Donde se esconderán la tristeza y el dolor? En algún rincón de esta piel que suda y brilla como piel de pantera  cautiva...

Madre dice que podré caminar mirando a todos con orgullo. Eso es, un trozo de carne a cambio de...en ese momento despertó. Comenzaba a correr y un grupo de cazadores la perseguía, por eso despertó. No había amanecido, pero escuchaba el sonido de los tarros de barro y la voz de su madre. Recordó ese rugido que se sueña cuando hay luna llena. Sólo eso recordaba.

Este día hay silencio en la casa de barro y paja. Este día de sol que ruge y todos esperan.

Madre sabía que ya había despertado. Ella huele miradas y silencios. Nuevamente comenzó a susurrarme en el oído aquellas oraciones que parecían olas rabiosas, entrando por mis tímpanos y limpiando todo lo que pudiera confundir.

-          -Tienes que querer creer. ¿Entiendes? Te muerdes los labios y te aguantas los gritos. Gritar denota cobardía y no permitiré que nos avergüences.  Yo también lo hice a los doce años, me dice ella agarrando con fuerza mis delgados brazos. Madre era más joven que yo, por eso se volvió tan poderosa.

-          -En la espera las mujeres nos volvemos poderosas, porque vamos tejiendo en silencio y armando nuestros tapices, decía ella mientras me miraba intensamente regalándome su sabiduría.

Luciré un vestido nuevo que se manchará. Caminaré descalza y no sentiré frío. Cerraré los ojos como lo hizo madre. Hemos esperado demasiado tiempo, pero demasiado tiempo es como ese rugido que no se marcha nunca. Respiras con fuerza. Te tiemblan las piernas. Sabes todo y no sabes nada. Tus músculos se tensan. Quieres llorar, tal vez otras lo hagan, pero tú no. Tu estirpe es de mujeres que saben callar y doblarse y que esperan todo el tiempo que sea necesario. Que deshacen y nuevamente comienzan. Que cargan y buscan porque alguien lo tiene que hacer.

Masticas la nuez de cola. Te atan con fuerza. Te abren las piernas y viene la vieja matrona, la que sabe cortar la cantidad exacta de carne que tienes que dar a cambio y con el filoso cuchillo o con un trozo de vidrio te deja la marca y te cose y te cose y sangras, pero no gritas, porque solo escuchas el rugido. En ese momento estás lejos, corriendo con la gacela, huyendo de los cazadores. Todos observan, hay que estar bien seguros que se cierra con fuerza ese pasadizo que nació abierto y te lleva a los arrecifes donde se esconden las sirenas de la noche y la obsesión.


Ya no estas aquí. Te llevan en brazos. Tu cuerpo parece un pedazo de tela liviana como la seda. Un día, luego de esta espera cubierta de caparazones vendrá ese hombre guerrero y ofrecerá vacas, vasijas y tal vez algunas cabras y romperá tus hilos. Nuevamente la sangre será tu perfume y solo escucharas ese rugido, que no se separa de ti.

Es sólo un trozo de carne. Sólo eso tienes que dar a cambio. Ahora siéntate a esperar. Ve tejiendo el vestido de tu hija. Ve memorizando todo lo que tendrás que decirle para que defienda su honor. Será Intocable como tú. Como tu madre y tu abuela. Como todas las mujeres de tu aldea que dieron a cambio solo un trozo de carne insignificante. Tejedoras incansables que transitan por la vida conociendo lo que es el dolor constante, ese que llega a enloquecer, porque lo cargas tú sola, donde nadie más lo puede ver. Ese que late y late y no se detiene. Ese que te quieres arrancar porque te debilita y de momento sabes que sólo muriéndote podrás  sacártelo de encima.

No pudo caminar durante mucho tiempo. Cuando llega el amanecer vestido de sol desnudo, el silencio se sienta a su lado. Tal vez está olvidando. Su mirada es de miel que va creciendo en panal. No permite que su madre se le acerque. Se la pasa atando nudos y los vuelve a deshacer. Dicen que está esperando un guerrero poderoso que le regale escudos y una piel de león. Bodowissi la acompaña. Ella sueña que es una araña que habita en un lejano baobab.

Njongal Jigeen, Njongal Jigeen...el viento susurra sin cesar, llevando historias de una aldea a otra. Njongal Jigeen, es la ceremonia  que defiende la pureza y el honor de nosotras las mujeres que tenemos que dar nuestra carne a cambio de...

Así es como ha sido siempre en esta espera de nudos atados que nos amarran los deseos en la noche de la luna oscura, donde sólo escuchas  el rugido, allí bien escondido...tal vez en ese lugar donde quisieras estar.

- Nuestra estirpe es de mujeres puras. No tenemos mancha alguna y nuestras hijas son como nosotras: Intocables.

Las mujeres cuchicheaban entre ellas, mientras las niñas escuchaban con atención, porque así se aprende rápidamente. De vez en cuando una carcajada.

Aquella tierra codiciada por todos,  llena de estrías, levantaba su velo polvoriento de reina deshecha. Sobre su cuerpo la sangre virgen se mezclaba, dejando manchas profundas sobre los diminutos poros de su enorme extensión de piel mil veces intercambiada por marfil, esclavos, sal, oro, vasijas, pieles o tambores.

-          ¿Dime madre, cuanto cuesta el rugido de un león?, contéstame. Contéstame madre,
-           ¿Cuanto cuesta? ¿Cuantos hilos tengo que darle a cambio? Contéstame.

-          Un kilo de jabón negro y cinco mil francos, contestaba ella mecánicamente, mientras teje sin tregua el vestido de la ceremonia de su hija menor.

El rugido se iba apagando como el sol tostado cuando se lo traga la noche.



BAMBUDYA : MIEMBROS DE UNA SOCIEDAD SECRETA. ERAN PARA LOS REYES LUBA LOS CONSERVADORES Y LOS RECITADORES DEL SABER HISTORICO.

BODOWISSI, DIOSA DE LA NATURALEZA

*de la Antología Penélope Mujeres que esperan de Tere Marichal Lugo

(c) Tere Marichal Lugo
Ponce
Puerto Rico
Tere Marichal Lugo, Ponce, Puerto Rico. Dramaturga, titiritera, libretista y productora de televisión. Estudia escenografía en el Instituto de Teatro de Barcelona y en la Universidad de Puerto Rico. Cuenta con dos antologías de cuentos "Penélope, mujeres que esperan" ,"Ojo de sirena". Han representado más de veinte de sus obras, entre las cuales: "Pista de Circo", "Las horas de los dioses nocturnos" (Premio René Marquez) "Isla Antillana", "Rejum", "Cortaron a Elena". Publicó recientemente dos antologías de cuentos infantiles. Fue productora y libretista del programa de televisión para niños: "La casa de María Chuzema" que se transmite en Puerto Rico y EE.UU. Libretista del programa Lexikon. Recibe dos premios EMMY por dos libretos para documentales. Actualmente trabaja como ilustradora y escritora de Camera Mundi Inc. 
El trabajo de Marichal-Lugo aparece  ampliamente reseñado en el Gran Diccionario de autores Latinoamericanos de Literatura  Infantil y Juvenil. 
En el año 2006,  EPA (Environmental Protection Agency) le otorgó un  premio por su trabajo realizado en pro del ambiente. 






domingo, 21 de julio de 2013

Te lo prometo* - Iván Manuel Gazzo

Iván Manuel Gazzo


Te lo prometo es el cuento ganador del Concurso Todos los juegos organizado por la revista Archivos del Sur, en el marco de su décimo aniversario, en la categoría menores de 30 años.

Te lo prometo 


Lucrecia se atrevió a bajarse del bondi…


Penumbra la madrugada.


Lento Chevrolet, de modelo 47’   flotando directo a “Temperley”…


Su número de la suerte: 278


Deslizando sus piernas en bosques pintados sobre la vereda… Sus tacos altos, y una extensa pollera.

En el suelo había arañas rojas.

Sonó el primer bandoneón.

El charco vidrio, pisando su mirada… Dio cuenta.


Entre vueltas, un viento la arrastró a una avenida, dónde las raíces negras se entrelazan entre los semáforos…


Tan lejos se sentía, remota… En líneas del frío campo. A huida de toda gente y con el rastro de sus huellas en la arena asfaltada.

Mitades precisas…

Concierto dividido en la ciudadela. 

Atravesando autos, y el cólera de los edificios fantasmas. Mientras el trombón, arriba de una antena, se estremecía asomando un quejido grave e infinito.


El Chevrolet se perdía en líneas hacia el Río de la Plata


“Quiero viajar a París y encontrarte” argumentaba por teléfono mudo, la cabina de sus sueños. Enamorada del susto, ya estaba sola.


Sin embargo, ella seguía pensando… La borrasca eterna, truena los cambios de la tarde. Y rujían las tormentas al mar, a un sur amado… Misterioso.


“El puerto desolado, apoyado arriba de otra ventana irrealidad, mientras la joven saca fotos a un sol azul. Días en esplendor de su caricia”

Lucre ojeaba los taxis de la avenida, algunos con gente, otros vacíos. Descubrir ajenos, encariñados, algunos ya muertos… Fantasmas de encanto y viento.

Mientras, el piano suena y ella se ilusiona en su habitación…

La lluvia sumergía su rostro en la avenida, y el marfil insostenible acariciaba su hombre: Luis…

El dormitorio despierto, triangular, con el sillón apoyado en el techo, con sus colchones colgando hacia abajo. La ventana se abría, y las brisas relevantes cocían su excitar solitario. Sabía que lo estaría esperando… Pero en sueños.

Lejos. Quizás en México.

“Hola. Te estoy observando Lucre…”

                                                           “A piú tardi…”


Miraba los taxis moverse, acelerados, irrelevantes, luces amarillas en la mañana ya oscura…
Gris su examen, y mojada la sequía en sus entrañas.


“Recuerda Lucre… “

Sus manos en el piano acelerado y la cama, con sábanas tan blancas que no veía su respiración. Un compás de notas en si bemol, y otras pinturas de Van Gogh en el resonar de una cena a las velas.


Se sumergía en las noches que parecía todo arder fuego.


Las cortinas caían, se deshilachaban en cenizas, junto a los vasos negros y calcinados.

Pero ya no estaba, y ella… En calle de selva. Su boletito en mano fría y retocadas uñas rosas, mirar los taxis y empapados los ojos, atareando un estornudo.

                                                                            Pasaban 5 segundos… Ése era el juego.


Y no sabía dónde ir… A lo lejos, el avión se mostraba irreversible, la tempestad mojaba y el piano la escondía… Y le decía:

“Espero tus manos. Ayer. Como alguna vez serán mías…
Mi amante”

-Te lo prometo -se decía… Repetía a cada instante. Confiada, buscando esperanza en sus labios frescos y rojos… Absorbiendo el jugo.


Lucre se desvistió en plena avenida, trató de huir… Dejó los tacos en el charco observando la secuencia de su sombra.

                       
Hubo perfume a jazmín…

Los líquidos la siguieron. Taxis tocaban bocina…

Se fueron sumergiendo ciudades.


Inundó hasta el avión lejano y Luis cargó su salvavidas ahogándose. Cuando el pañuelo delirante de flores se muere con el viento…


Con el piano miserable, y un Goya tenebroso en la esquina. Lucre desnuda la aurora oscura, corriente, mediocre… De un: “Te lo prometo”…


(c) Iván Manuel Gazzo

Acerca del autor 
Iván Manuel Gazzo

Nació en Junín, provincia de Buenos Aires el 30 de Agosto de 1990.
Actualmente vive en Merlo, San Luis. Viajó con sus padres a los 11 años en el año 2002, y luego se quedaron  en  Villa de Merlo. Es director y guionista de cine recibido de la Universidad de La Punta. Está ejerciendo su profesión hace ya un año con cortometrajes y proyectos audiovisuales comunitarios. Escritor de cuentos, poesías y relatos; por terminar su primer libro de literatura “Radiante amanecer del Virus”. Actualmente Finalista del certamen internacional y nacional “Mis Escritos” con dos obras, una de poesía y cuento respectivamente. 

sábado, 13 de julio de 2013

Noche sin maquillaje- Araceli Otamendi



Aprendí a maquillarme mirando a mi madre y a una de mis tías, cómo
se pintaban delante de un espejo. Era toda una ceremonia y yo las
imitaba. Primero fue en los juegos infantiles: sacar las pinturas de
una cajita y embadurnarme la cara con base, los ojos con sombra
verde, los labios pintados de rouge. También el rubor en las mejillas.
A los dieciseis años aprendí a ponerme pestañas postizas, era todo
un ritual. Los ojos me quedaban grandes como arañas además de
sombra plateada y azul en los párpados. Yo era feliz así, con esa
cantidad de pintura en la cara, me hacía sentir grande, me hacía sentir
que pertenecía a esa familia de tantas mujeres que competían entre
sí para ver cuál era la más linda, la mejor vestida, la más arreglada.
Por consejo de una profesora de matemáticas nunca quise salir con
ningún chico del club. Ella contó una vez que en los vestuarios el padre
había escuchado cosas aberrantes de la mayoría de las mujeres del
club, las decían los hombres y él no quería que su hija estuviera en la
boca de ninguno de esos tipos del club. Así que simplemente, aunque
algún compañero de deportes me gustara, salía indefectiblemente con
alguien de afuera. Mi deporte principal era la esgrima, pero
también practicaba otros como natación y gimnasia. La mayoría de los
que practicaban ese deporte eran chicos lindos, tenían buenos cuerpos
y también la cara. Generalmente, eran armoniosos. Pero yo había tomado
una decisión y no la  iba a cambiar. A la sala de esgrima iba tremendamente
maquillada, como si fuera a una sesión fotográfica.
Fue una noche cuando me encontré desnuda ante la cámara, podríamos
decir. La cámara eran los ojos de un médico que hacía la visita nocturna a los
enfermos de un sanatorio. Yo estaba ahí, cuidando a mi madre internada. Ella
salió de la sala de operaciones pálida, tenía las manos frías y cuando despertó
no hacía más que llamar a la madre:

- Mamáaaa, mamáaaa...

El pedido de auxilio creo que se escuchaba hasta dos o tres pisos más abajo.
Me quedé entonces a cuidarla. La madre, es decir mi abuela, hacía tiempo que
vivía en su mundo infantil. Cuando íbamos a verla hablaba de sus hermanos,
Leonel y Aldo como si hubieran estado jugando juntos hasta hace un rato.
Entonces mamá ya no tenía mamá en su función de madre pero en su desesperación
la llamaba igual.
Sábado a la noche, mi novio me deja en la puerta del sanatorio, nos despedimos
con un beso y se va en el auto. Mientras subo en el ascensor pienso ¿adónde va?
¿se irá con otra mujer o tal vez a jugar al bowling con los amigos? ¿los amigos
incluyen también amigas? ¿me quiere o no me quiere? Soy muy joven y él también
lo es. Y aquí estoy, en la habitación, voy a pasar la noche cuidando a mi madre. empiezo
a sacarme el maquillaje, me pongo un camisón y me acuesto, con un libro para entrete-
nerme antes de dormir. Mamá está tranquila porque alguien la cuida, ya se ha olvidado
de llamar a la madre, que por otra parte, sabe que no puede venir. Y entonces aparece,
uno de los hombres más lindos de esgrima, alto, rubio, de ojos celestes, vestido con el
guardapolvo blanco. Es médico y está haciendo la visita nocturna a los pacientes. Me
quiero morir. Me meto debajo de la cama ¿o de la tierra? La mira a mi madre, la revisa,
mientras pienso:¿dónde me meto? entonces lo miro y me río y me dice:

- Yo a vos te conozco
- Yo a vos también - digo

Ahí me reconoce y se ríe:

- ¿Qué hacés acá?
- La cuido a mamá
- Sos distinta, sin el maquillaje
- Y vos también, con ese guardapolvo - le digo.

Nos seguimos riendo durante un rato, mamá sin entender, le explicaré después quién
es ese médico con el que me siento tan cómplice esa noche. Él de guardia nocturna
en ese sanatorio, visitando pacientes, yo haciéndole compañía a una enferma. Y la
noche de sábado tan ahí afuera, tan llena de luces nocturnas y de estrellas.

(c) Araceli Otamendi