viernes, 20 de diciembre de 2013

Alberto Bellido García - Microrrelato de la calabaza ardiente



Alberto Bellido García 

Medianoche en el pueblo. Alberto, un niño de ocho años, no podía conciliar el sueño. Escuchó, procedente de la Iglesia, las doce campanadas y se sobresaltó. La puerta de la habitación chirrió y se movió casi imperceptiblemente.
Aquella tarde había ido al cementerio con sus padres para visitar a los familiares difuntos. A la salida, varios chicos, con calabazas en las cabezas, rodearon a Alberto, riéndose y asustándole. Su padre le dijo: -Oye, Alberto, ¿Por qué no les dices que te dejen una calabaza?-. Pero el niño, lejos de tranquilizarse, salió corriendo hacia su casa. Era demasiado miedoso.
Esa noche de difuntos, Alberto estaba solo en casa. Bueno, en realidad, sus padres no se hallaban muy lejos. Estaban tomando el fresco con los vecinos pues, extrañamente para esas fechas, la noche era apacible y carente de frío.
La puerta siguió abriéndose hasta que Alberto pudo contemplar con nitidez la oscuridad del pasillo. Comenzó a temblar de forma compulsiva, como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Se tocó la frente con la mano. Un sudor frío se había apoderado de él, como si estuviera enfermo.
El chico, aterrorizado hasta la médula, se puso a gritar: -¡Mamá, papá! ¿Sois vosotros? ¿Hay alguien ahí?-. Pero nadie respondió. Alberto encendió la lámpara de la mesilla de noche, cogió un cortauñas, se levantó y se puso las zapatillas de andar por casa, aventurándose por el pasillo.
De repente, casi le dio un vuelco al corazón. La puerta principal estaba abierta y alguien con una calabaza en la cabeza lo observó, sonrió y luego desapareció. En ese instante, decidió armarse de valor. Pensó que no era más que un chico que, con la connivencia de sus padres, estaba gastándole una broma. Se puso a correr persiguiendo al intruso, pero cuando salió al corral, no había ni rastro del bromista.
Una risotada surgió proveniente de la panera y Alberto reemprendió la caza de la calabaza. Sin embargo, cuando encendió la luz de aquella dependencia de la casa, un  silencio sepulcral se apoderó de la noche. Transcurrieron unos tensos instantes que se le hicieron eternos. Y, de nuevo, las risas rompieron la quietud nocturna. El intruso se había ocultado en el garaje. Alberto fue hasta allí y descubrió que su puerta también estaba abierta.
Alberto alzó la mirada hacia el horizonte, y gracias a la luz de la luna llena, vislumbró a la calabaza corriendo por el sendero que partía en dos la tierra anexa a la casa. Reanudada la persecución, llegó hasta el pozo que suministraba el riego a un huerto y avanzó hasta un nogal cercano. En ese momento, un coro de risas lo asustó.
Alberto sujetó con fuerza el cortauñas y giró varias veces sobre sí mismo, pues se sentía rodeado por unas presencias amenazadoras. Y, cuando estaba más aturdido, varias calabazas surgieron de la oscuridad, abalanzándose sobre él y devorándole.
Sus gritos se convirtieron en susurros y su cuerpo, ensangrentado, quedó inerte sobre la tierra.

(c) Alberto Bellido García 
Salamanca
España

Alberto Bellido García es un escritor español, actualmente vive en Salamanca.


-Dirección de Blog en Blogspot: www.albertobellido.blogspot.com
-Direcciones de Blog en Wordpress: www.bellidoalberto.wordpress.com y http://tiburon666.wordpress.com/
Ha publicado:
-Novelas: La estantería misteriosa y La vida de Julián y Paquita.
-Guiones de Cine:La mafia ataca de nuevo, El maletín, Historia de las mil y una drogas, Robert, un policía de la Gran Manzana, El purgatorio, Los experimentos del Doctor Pajuelo, El último vampiro, Atraco imperfecto y La calabaza andante.. Coguionista de Evidencia.
-Relatos Cortos: La injusticia y la mala conciencia, El crimen de la Plaza Mayor de Salamanca, Un enamoramiento bobo/Un bobo enamoramiento, Las pateras de la discordia, La tragedia de Sanabria y Robert, un policía de la Gran Manzana.
-Cortometraje: Última jugada, como Actor Protagonista.
-Poemas y poesías.
-Colaborador en la revista de cine fantástico y de terror Scifiworld, en su edición digital, con artículos de cine.
-Colaborador en la revista digital gótica Ultratumba, con relatos cortos.
-Colaborador en la revista digital de Castilla y León, con críticas de películas, artículos de cine y guiones cinematográficos.
-Colaborador en la revista digital de cine fantástico Penumbria, con relatos cortos.
-Coordinador, encargado de la comunicación, editor de la sección de cine y teatro y colaborador de la revista digital de cultura Astrolabium.













martes, 17 de diciembre de 2013

Araceli Otamendi -Una conversación cerca de Navidad



Una conversación cerca de Navidad

El agua seguía saliendo a cántaros ¿sería por eso que llamaba? Siempre tuvo intuición. Sonó el teléfono y atendí. La voz se oía lejana, era una voz diáfana, y a la vez parecía que contenía una risa. Hola, dijo. Hola ¿sos vos? ¿tanto tiempo? Sí, soy yo y estoy en París. Hace frío ¿no? Sí, hace mucho frío pero tengo encendida la calefacción. ¿Y vos cómo estás? En el balcón, pintando, digo, entre las plantas. ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué? ¿Ibas a venir? Estoy en París, pronto viajo a Buenos Aires, voy a estar en esa fiesta junto a vos, vos también vas a ir.  ¿De qué fiesta habla? Ah, ¿no sabías nada? lo dejo hablar, tal vez me entere de algo, tal vez haya alguna verdad en todo lo que me está contando. Mañana es Navidad, digo, ¿con quién lo pasás? No digas a nadie, dice casi en voz baja. Me quedo en casa solo pero ya armé el árbol. Ajá, digo. ¿Y cómo es ese árbol? Lleno de luces, con adornos plata y rojos como flores. Lo imagino con su soledad,  con un árbol tal vez hecho solo en su imaginación pero que él describe en detalle. Tal vez ponga el bolero de Ravel y coma pan dulce y tome champagne. Tengo ganas de contarle mis cuatro verdades pero me contengo. Basta con las mentiras de él. O tal vez sean verdades. Me habla como si estuviera vivo y en esa ciudad, me cuenta acerca del árbol y de cómo se ve París por la ventana, con los tejados cubiertos de nieve.  Y yo le cuento que las plantas del balcón están muy lindas y que había dos huevos de pájaro en un nido y hoy amanecieron rotos y tal vez comidos por un pájaro o algún otro animal. No me cuentes eso, dice. Decime qué estabas pintando. Manchas, sólo manchas de colores y tal vez algo... Qué suerte que tenés, contesta. Y yo solo aquí en París, armando todavía el árbol, afuera está nevando. La voz de él se desvanece casi. Antes de terminar la comunicación me cuenta un chiste con la ironía que él solo usa para esas cosas. Adentro está el árbol, dice. Cada uno vive su mentira, pienso. Cada uno se engaña y miente como puede aunque sea en el propio escenario de su imaginación. Me despido. El  teléfono se queda inerte, callado, mudo ¿el teléfono miente? Hace algunos minutos me parecía tenerlo a lado, la figura nítida se dibujaba y la voz de él, sus palabras, dibujaban el árbol. Ahora todo eso se ha desvanecido. Ahora sólo pienso en el árbol que él describió con luces y adornos para acompañarlo en esa Navidad tan fría. La noche continúa, apenas en penumbras llego a una casa vacía y silenciosa dónde encuentro a un niño ante la puerta ¿quién es él? pienso. Se acerca y me tiende la mano. Entramos a la casa juntos, es una casa vacía, deshabitada, una casa de paredes casi sin color, gastadas por el uso y los años. El niño me mira y no dice nada. Caminamos. En una silla en una esquina de la sala hay una manta. La tomo y se la doy al niño para que duerma abrigado. La noche es larga y hay que pasar las horas. Y así seguimos en la espera. A través de las rendijas de las celosías miro por la ventana. Pienso en la conversación anterior, llena de adornos y de luces, tal vez una mentira de él para llenar sus horas de vacío y soledad. Hay que pasar también por esa oscuridad de la casa, como él solo con su árbol, hasta que llegue el día, hasta que llegue la luz, hasta que se abra un nuevo día al amanecer.

(c) Araceli Otamendi

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La mujer que está sola y espera*- Marcos Rodrigo Ramos



El tren llegó puntual como nunca. Amalia miró su rostro en el reflejo de la ventanilla antes de descender y por un momento le costó reconocerse. Siempre le ocurría lo mismo cuando de un día para otro cambiaba su peinado. Es sólo cuestión de acostumbrarme, ¿un nuevo color, otra forma, alcanzan para ser otra? Era ingenuo creerlo pero cada cuarenta y cinco días exactos lo volvía a intentar.
El cielo estaba a tono con su mirada, caían algunas gotas sobre el asfalto y ella sin paraguas. Logró subir al ómnibus antes que la lluvia cayera con todo su poder sobre la ciudad. Lloró por un momento breve sin entender muy bien porqué. Bien abrigada, su problema era el calzado; otro día trabajando con los pies mojados y a la noche resfrío seguro.
Entró a la oficina, todavía no había llegado nadie. Dejó el sobretodo y se secó un poco en el baño, volvió a no reconocerse frente al espejo, le habían cortado demasiado el pelo. Sin embargo  se notó un aire distinguido, como de artista de película en blanco y negro. Imaginó a su jefe, el señor Ramírez, invitándola a cenar a un lugar fino, diciéndole: Mejor no nos quedemos acá, mejor fugarnos, ¿por qué no a la costa? Nunca pasó nada, sólo aquella tarde que… Es un hombre casado, felizmente casado.
-Hola Amalia.
-Buenos días, señor.
-Se mojó mucho. Va a resfriarse.
- Y sí. ¿Por qué no me dejás ir a casa así no me enfermo? No hay problema.
Aparece frente a ella la montaña de papeles para pasar a la computadora, el reloj lento va comiendo los segundos, deglutiéndolos sin apuro, y ella espera sin esperar la hora de salida.
Ya a las seis diluviaba, siempre fue la última en irse. El señor Ramírez o alguno de sus compañeros con auto podrían haberla acercado a la estación, o llevarla Gómez, si vivía apenas a dos cuadras de su departamento.
-Disculpame. Mi señora es muy celosa.
-No hay problema. ¿Qué te hacés el santo si todos sabemos, todos menos tu señora, lo mujeriego que sos?
En el vagón, empapada y con las botas húmedas, se permitió otro par de lágrimas sin sentido. Llorar en el tren se había vuelto un mal hábito.
En el departamento encontró mezclado junto a boletas e impuestos un sobre blanco, era carta de Juan Carlos, su antiguo novio, hace seis años la había dejado por otra luego de diez de convivencia. “Tengo que hablar con vos. Paso el miércoles a las ocho.”
¡Hoy a las ocho! ¿Qué te pasó? ¿Tu esposa ya no te atiende y querés venir conmigo? Son las siete. ¿Qué hago?
Se sacó la ropa y se dio una ducha rápida. Eligió ponerse una remera negra y un pantalón de jogging, omitió el corpiño. Lavó algunas tazas y, ya para las ocho, todo estaba perfecto, incluso ella. Tres años sin sexo es mucho para cualquiera. Se miró en el espejo, esta vez le gustó no reconocerse. La verdad que estás linda Amalia. ¡Qué una potra! Le dieron gracia sus propias palabras, parezco un camionero hablando así.
El timbre sonó y no necesito ver por la mirilla para saber quién era. Lo saludó con un beso y le ofreció un café. Miserable, podrías haber traído aunque sea torta o facturas.
-¿Tenés galletitas?
-Sí, tomá.
-Gracias. Estoy con un poco de hambre.
Lo que falta. ¿Me vas a pedir cocinar?
-No tengo nada en la heladera. ¿Querés ir a buscar un pollo a la rotisería de la esquina?
-No, está bien. Con el café y las galletitas me arreglo.
  ¿Y si quiero comer yo? Siempre pensando sólo en vos.
-Seguís igual.
-No creas, la panza creció y el pelo está teñido. ¿Se nota?
  Por supuesto, estás hecho bolsa. 
-No, para nada.
-Las calles de Villa Verde siguen igual de rotas, o un poco más.
-Sí. ¿Y vos? ¿Qué necesitás?
-No sé, quise hablar. Me nació la necesidad y vine. De repente me sentí solo. Es así, como decías siempre, podés vivir con veinte personas y estar en la más absoluta soledad. ¿Te pasa también, no?
-¿A quién no? ¿Todo bien con tu familia?
-Sí, los chicos están bárbaro.
-¿Y con tu señora? ¿Cómo está la bruja?
-Sin conflictos. ¿No te pasó nunca sentirte mal y no saber por qué?
Entonces la tomó de la mano,  la abrazó por la cintura tocándole la cola y apoyó su cabeza entre sus pechos. Cuando las manos entraron en la remera y fueron subiendo, ella lo detuvo. Él la miró a los ojos y la descubrió llorando.
-Me haría mal.
-Perdoname. No quise lastimarte.
-Bueno.
-No tendría que haber venido. Mejor me voy.
-Volvé cuando quieras.
-Nos vemos.
La besó y se fue. Amalia pensó en el rostro del hombre. No se había ido enojado, sí se fue triste, así también vino. Abrió la ventana y por ella entró el gato en dirección a su plato de comida. A lo lejos, se sentía el ruido del tren, quizás Juan Carlos ya estaría en el vagón, sentado, pensando en ella, o quizás estaría pensando en su familia, en sus hijos, o en su mujer con la que haría el amor y luego dormiría abrazado. Una suave brisa le acarició la cara. Respiró hondo al ver el reflejo de su rostro en el vidrio. 

(c) Marcos Rodrigo Ramos
Moreno
Provincia de Buenos Aires

*Cuento que es parte del libro “La novia de los minotauros” de próxima edición

ilustración: Araceli Otamendi