sábado, 26 de abril de 2014

Reinaldo Edmundo Marchant - La mesa del escritor



La mesa del escritor          

La mesa del escritor es de madera rústica.
Está ubicada hacia un rincón del cuarto. En la cubierta hay manchas de café, anotaciones crepusculares, un par de pensamientos, esa caja de cartón con manuscritos, y lápices, abundantes  lápices de distintos colores.
El entorno se halla rodeado de libros, enciclopedias, Biblia de distintos credos, y una fotografía pegada al marco, imagen del creador junto a dos hermanitos, en demostración  de una niñez pobre, en aquel campamento de ranchas y banderas chilenas, donde sobresalía  un letrero instalado con decisión sobre la tierra, pregonando un mensaje henchido de coraje: "Los de aquí no se rinden".
Al centro de ese universo, cual sol esplendente asomando en medio de  la bruma, luce la máquina manual de pulsar. Es de color incoloro. De  cinta minúscula y teclado cuyas letras están gastadas por los dos dedos que diariamente la acarician.
Nadie como esa máquina lo conoce más. Sabe de sus pesquisas elevadas, llantos, sufrimientos y aquellas esporádicas alegrías que él desprende cuando nace un párrafo con un material que antes ignoraba.
Sin noción de la tarea del día, se ubica al frente de aquel millonario arsenal.
Se acoda en el revestimiento.  Medita, con la vista en otra latitud.
La silla de mimbre cruje. Afuera cantan unos pájaros. La mañana cae silente. Sus pensamientos salen a revolotear por el firmamento. Viajan a través de todo lo conjeturado. De pronto, cae una palabra. Luego otra (no se da cuenta). Sabe que en ese oficio nadie lo ayudará. Está  desarrollando la labor más deshabitada del  firmamento.
A nadie podrá contar siquiera un segundo detalles de ese viaje; pocos lo entenderán, lo tomarán por humorista, irresponsable, un ocioso que evita  ser funcionario público.
El mundo avanza por otros cauces y él ahí, en un rincón clandestino, entrometido en un paraíso recóndito donde no llega la policía ni los acreedores. Se sabe una especie de delincuente, misántropo, un parasito de la sociedad  combatiendo contra las caudalosas oportunidades de un planeta que se describe lleno de oportunidades.
El anafe no calienta la habitación. El frío  cala los huesos. Se restriega inconsciente los pies.  Inserto en otra región, su hábitat natural deja de existir. Lo envuelve otra temperatura. Un universo que ignora revolotea en su corazón. Se sumerge en abstracción. Es criatura muerta por un breve intervalo. Debe ser así, transportarse. Ha caído en dulcísimos ensueños. Lo inmediato no importa. Ahí dejó de ser un ciudadano común, inscrito en los registros estatales. Con derecho a sufragar y a pagar impuestos.
No se acuerda de sí mismo.
Pierde noción de su nombre, de su familia, de todo.
Ha penetrado al escenario de la creación. Donde no hay trampas ni malhechores. Por donde caminan duendes y sueños imposibles. Descendió a la verdadera democracia literaria. Abandonó a un tal Gumersindo  Cáceres, su nombre de pila. Ahora comparte destino con seres de carne y huesos que pinceló sin saber por qué y para qué.
En esos mundos a veces se encuentra con la persona que añora y con una cosmografía  que lo acoge en su imperfección.
El viaje es difícil pero no largo. Es bello aunque instantáneo. Puede durar apenas unas horas. Enseguida viene el duro despertar. Todo quedó retratado en un par de párrafos. O líneas.
Al despertar, no puede entender quién escribió en su ausencia. Alguien tecleó sin duda su máquina, dirigió su vida, agitó las manos y dejó caer en su mente la coordinación de párrafos.
Suda. El corazón palpita como si viniera de una sufrida carrera por los jardines de la montaña.
Piensa: no existe otra fantasía más fascinante que aquel viaje por los frondosos senderos de la imaginación. ¡Si uno viviera adherido a esa extensión infinita!
Hasta que aparece  el hambre, la sed, las ganas de un estimulante; llegó el frío que no pudo enmascarar con la llamita del anafe. Queda sin fuerzas acodado frente a la máquina de escribir. Deberá aguardar otra nueva jornada. Lo peor: ahora hay que salir al mundo.  Ese que apresuradamente avanza a contrapelo, con señales satelitales y comunicación virtual.
Observa por la ventana los acelerados pasos de transeúntes que tienen ojos y no ven, tienen oídos y no escuchan; tintinea el ruido de los vehículos.  Sospecha que es un pájaro cazado.
A lo lejos un perro ladra al viento, ¡qué bella música!
Lentamente ordena hojas, quita  el aroma y la naturaleza de los otros escenarios que pernoctó. Tarea inútil como ineficaz: ¡se nota en apariencia que pertenece a rincones inaccesibles!
Aprendió, en su sencillo taller de jornalero, que sólo basta tener un lápiz y unas carillas para describir lo que antes ningún ser humano había sembrado.
Con esas herramientas elementales, más un corazón dispuesto, puede entregar lo que quizás ansiosamente buscan sus sentimientos: ¡compañía!

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

El cuento La mesa del escritor ha sido publicada con la autorización del autor y de la editorial Amanuense








sábado, 19 de abril de 2014

Jairo Prieto Macías - Banten

Jairo Prieto Macías 



Banten
   



      A las tres de la madrugada escuché la bulla. Estaba barnizando un seibó. Me apoderé de un martillo, apagué la luz y me asomé por la ventana. Observé la solitaria calle, oscura. Me quedé rato fisgoneando, no vaya a hacer que unos malandros quieran robarme. Los hechos ocurrieron, lo sé, sin mucha lógica, pero mi vida no podría afirmar que sea común. Detesto los grupos, hablo poco, y sólo salgo a la calle para comprar y vender madera. Soy carpintero. Me urge contar, no sé si estos rasgos tengan importancia para un cuento y tampoco me importa. Sólo quiero narrar cómo conocí a Banten. Escribir es la manera que ella me enseñó para desahogarme sin necesidad de hablarle al espejo.
Relataré tal cual sucedieron las cosas, sólo pasaré por alto los hechos menos relevantes.
Mi nombre es Sarmiento Álvarez. Mucha soledad se acumula en mí, vivo solo desde la muerte de mi madre, asesinada por el ejército en 1989, la tarde del estallido popular. Ecos de rabia hay en mí, pero luchar contra el gobierno opresor es suicidarse. Siempre he vivido en esta casa, en la calle La Cruz.  Mi madre la compró con mi padre. Ella siempre fue costurera, trabajó un tiempo en una empresa pero los dueños se fueron del país con los ahorros de todos los trabajadores. Mi madre por ese tiempo no paraba de llorar, dejamos de ir a la escuela, lo recuerdo todo con un poco de rencor. Mi padre era obrero de la fábrica de cemento, murió de cirrosis. Banten dice que la gente que toma es para olvidarse de la vida miserable que lleva. Yo tomo. Tomo para poderme concentrar en la moldura de la madera. Uno canta, dice cosas para entretener a la tristeza. Banten escribe, es poeta. Ella viaja todo el tiempo, dice que la literatura salva vida, que ella se lo debe todo a la escritura. Me habló de ella. Creí que se iba a quedar para toda la vida, pero la gente es rara, un día prometen algo y al rato se van. Acaso en este momento, no quiero pensar, esté prometiéndole lo mismo a otro, ojalá que no.
  Esa noche no hizo frío. La brisa era fresca, calientita. Escuché la vida de Banten. Dijo que su niñez fue feliz, que su padre a pesar que no vivió con ella la visitaba, la llevaba al parque. Su madre es bioanalista, y su hermano geógrafo. Le dicen Banten por cariño, al parecer a todas las personas cuando niña, ella le decía Banten, y por ello, todos le dijeron a ella Banten; menos su madre, su madre le dice Patico, y su hermano Muñi o Patico, pero ella prefiere que le digan Muñi o Banten.
 Abrí la puerta. Se presentó como Banten por costumbre, la verdad ella quería decir Alejandra, pero no, no le salió su verdadero nombre, cuando abrí la puerta me dijo, Hola, buenas noches, ¿será que puedo poner mi carpa en su jardín?, es sólo por hoy; Me pareció rara la petición. No sé, fue como un impulso, su mirada de río, tormentoso, raro. Pasé adelante, dije. Ella estiró la mano, deslizándola por el borde de la puerta con prevención. Banten, mi nombre es Banten. Mucho gusto señorita. Ella pasó fisgoneando con temor la casa. Observó los instrumentos, y las maderas picadas. ¿Es pintor?; No, soy carpintero. Lo digo por el olor. Es el barniz. Aunque también pinto, todos esos cuadros los he hecho yo. Paseó su mirada, se acercó a algunos, me preguntó sobre la composición y otras cosas que respondí por responder. Sin darme cuenta estábamos tomando vino, sentados en el suelo, conversando sobre la vida, la escritura y su niñez. Le conté en breves episodios mi vida. La vida que llevo desde hace veinte años. Se sorprendió que no viva con nadie, que no me haya casado, que no quiera tener hijos. Se sorprendió que sólo salga a la calle a comprar madera, hacerle formas y venderla labrada. Se sorprendió que casi no coma, que viva entre el aserrín, los potes de pintura, los periódicos tirados por todos lados, y la oscuridad. Después, se confesó: Creí que acá no vivía nadie, por eso me acerqué, la verdad toqué la puerta con la esperanza que no hubiera nadie, pero cuando lo vi asomado en la ventana, dije, ya es tarde, disimula y te vas. Yo la miraba con miedo, lástima, congoja, amor. No sé qué hacía una mujer como ella hablando con un hombre como yo. No sé como una mujer como ella dijera que no era feliz. No entiendo como una mujer como ella estuviera huyendo de algo, o de ella misma como afirmó que andaba.  No sé en qué momento Banten me dijo que me amaba, no sé en qué momento nos desnudamos, no sé en qué momento amaneció. No estaba. No sé si lo soñé. Los dos vasos de vino están servidos, intactos. Hay una manta tirada en el suelo, y un zarcillo de mujer. Ahora la espero, me asomo en la ventana a esperarla, sin lógica, sin argumento, que venga y ya. Que aparezca como la primera vez, que vuelva el tiempo de ayer escurrido. Que venga con más amor porque duele esta pérdida. Recuerdo sus grandes ojos marrones, su sonrisa fresca, su voz, sus labios gruesos. Anhelo su cuerpo.
El tiempo transcurre. Habito esta casa, la he limpiado, esta casa donde no viviremos, creando espacio en los muros donde imagino las fotos de los dos que no estarán, voy floreciendo los jardines, salgo a la calle a hacer la ruta que íbamos a hacer juntos, abro las ventanas esperando que un día cualquiera llegues de nuevo, Banten.

(c) Jairo Prieto  Macías
 Caracas, 2012

Jairo Prieto Macías
Ocumare Del Tuy en 1987. Poemas suyos han sido traducidos al portugués y al francés en antologías latinoamericanas. Ha publicado los poemarios: “Cuánto pesa un río” (2006) y “Primicia de huesos” (2012). Ha escrito y filmado guiones cinematográficos para cortometrajes de ficción y documentales.

http://www.jairoprietomacia.blogspot.com/ 

lunes, 14 de abril de 2014

Jairo Prieto Macías - Ocumare del Tuy


                                     


                                       
Jairo Prieto Macías



















Ocumare del Tuy


   Toda la tierra está llena de cemento. Pasó a la historia los cuentos de brujas, los aparecidos, y los papagayos. Cada vez se construyen más casas y no hay espacio para nada. No se levantan ni siquiera las matas de mangos que abundaban cuando era carajito. Recuerdo que cuando niños, mis hermanos y yo, nos escondíamos en el cambural de la casa. Jugábamos a las escondidas, y lo más seguro era el cambural, era imposible que te descubrieran con facilidad en esa selva. Pasábamos la tarde y la entrada de la noche jugando la escondida.
           - Vengan a comer, gritaba mamá
Nosotros salíamos corriendo, riéndonos aún sin saber de dónde salía ese plato de comida. ¡Qué sacrificio hacia mamá para que no nos faltara la comida!.
La casa se fue levantando poco a poco. Primero fue de zinc, luego a los años, fue de madera, y techo de zinc. Cuando tenía diez años, a mi padre yo lo veía abrirle semerendo hoyos a la tierra. Todas las mañanas sacaba el pico, la pala, la chícora, y solito empezaba a abrirle esos inmensos agujeros al suelo. Mi madre, estaba en el terreno, desenterrando el ocumo, recogiendo la guanábana, pilando el maíz. Semanas tras semanas era la rutina. La televisión nos informó que en Caracas se estaban matando, había saqueos por todos lados. Se hablaba de Caracas como un lugar lejano.
  Asistíamos a la escuela. A mi hermano siempre lo felicitaban en la entrega de boletas, era muy colaborador, y tenía buenas ocurrencias para los eventos de la escuela, era el más colaborador de las clases. En cambio yo, siempre traía quejas.
         -    Su hijo no hace caso, se queda dormido en plena clase. Su hijo viene a pelear. Pellizca a las niñas, su hijo…su hijo…
Mamá decía que era importante asistir a clases, prestar atención porque eso era importante.
         -  Hazme caso, algún día te darás cuenta, y es mi responsabilidad que no sea tarde, decía.
No entendía por qué era importante. Si en casa nosotros mismos sembrábamos nuestros alimentos, si nosotros mismos cambiamos alimentos con los tejidos de la señora Elizabeth, si nosotros mismos intercambiábamos los alimentos con los calzados del señor Medina. Si nosotros mismos, cambiábamos el ocumo y las guanábana por arroz con los Machuca. No entendía que importancia era escuchar a la maestra, torturándonos que 2 + dos son 4, y que sólo de solamente lleva acento y el de soledad no. Tampoco me importaba. Pero mi hermano, que siempre ha sido más inteligente que yo, comprendiendo la realidad, adelantándose como buen analista que siempre ha sido, entraba a clases, prestaba atención; era la mano derecha de la maestra, a la izquierda siempre estuve yo.
Por qué eres tan flojo, me decía la maestra, si tu hermano es tan inteligente
No entendía. Para mí lo importante era salir al patio y desenterrar los alimentos que quería comer, o cambiarlos con los vecinos. No como la maestra que tenía que ir al abasto del señor De Sousa y hacer una cola para comprar tomates. Y siempre se quejaba que el sueldo no le alcanzaba para nada, que ni siquiera comía lo que le provocaba porque todo era muy caro.
         -   Maestra, por qué usted no siembra los tomates en el patio de su casa- le pregunté
         -   Jejejejeje qué cosas dices chico
         -  Es que ayer la vi haciendo una cola donde el portugués, y me quede mirándola, porque estaba esperando ver a la hija del portugués que es mi amiga, y pronto será mi novia, maestra, y la vi a usted comprar tomates. Usted puede sembrar tomaste en su casa maestra. Mi mamá siembra ocumo y guanábana
          -  Ejejejejej, ¿terminaste la tarea?
          -   No.
          - Entonces hazla

Ese día le escribí una carta a la hija del portugués. Pero no recibí respuesta.
Pasé de grado. En las vacaciones nos fuimos a la playa. Bailamos tambor. A mi hermano le compraron una cámara fotográfica, y le prometió a mamá que iba hacer cine. En el pueblo donde estábamos, los pescadores cambiaban el pescado por papas, por limones, por plátanos.
En Ocumare del Tuy el clima es seco. Es preferible que las casas tengan el techo alto, y con suficiente ventilación. Algunas personas compran ventilador por habitación, menos en la cocina para que no apague las hornillas. Se barre las casas en las mañanas. En la tarde uno se baña, se prepara una buena taza de café, y se conversa con los vecinos.
Los fines de semana se cruzan la montaña y se va al río. Si tienes paciencia puedes traer bocachicos, porque es de pacientes pescar.
Mi hermano ve televisión casi todo el día. Hace sus tareas y ve televisión. Cada día comparte menos. Mi mamá dice que ya está creciendo y por eso se ha puesto así; pero yo creo que es porque es inteligente.
         -   Acá son puros brutos, nadie tiene ni siquiera el bachillerato, maldito pueblo, analfabeta, dije una tarde que me molesté con Topacio, la vecina más bonita, la reina de mi corazón
Topacio tiene las tetas grandes, y habla todo el tiempo de modelaje. Ella va a casa a hacer las tareas con mi hermano.
          -  Por qué estudian, les pregunté un día que se quejaban de lo que hacían
          -  Para ser alguien en la vida, dijo mi hermano. Topacio nos miró a los dos, y se rió.
Yo me fui a jugar a cazar sapos. Ese día me enamoré de nuevo. Conocí a una chica nueva que vendía conservas de coco. Entonces mi tarde era esperar sentado en la acera frente a la casa a esperar a la chica de las conservas. Mi hermano seguía encerrado en casa haciendo tarea, así pasó su vida, hasta que un día se fue a Caracas y no volvió más.
Esta mañana presente la prueba obligatoria para ingresar a la universidad y me preguntaron ¿Cómo hizo Hitler para tomar el poder?, y cosas así, después que salí de la prueba conversé con una gente que analizaban sus respuestas, me acerqué y les dije que no sabía las respuesta de la prueba porque yo quiero estudiar agroecología, y estudié solo lo relacionado a eso. Me miraron con lástima, y me dijeron, debes saber de todo, debes saber cultura general mijo.
Ocumare del Tuy huele a mango, a tierra seca, a sudor de borracho. En las noches salen los hombres habitados por los demonios, se escuchan disparos, y cantares de gallos. Esta tierra tiende puentes entre la añoranza y la angustia, en el azar implacable de sus días soleados. Mi pueblo, donde los ríos fueron tragados por excrementos  industriales. Mi pueblo, donde divertirse es disparar y embriagarse con ron en la plaza. En Ocumare del Tuy hay que andar callado, uno nunca sabe que gatillo lo está espiando sin clemencia.

(c) Jairo Prieto Macías

 Caracas, 2011

Jairo Prieto Macías
Ocumare Del Tuy en 1987. Poemas suyos han sido traducidos al portugués y al francés en antologías latinoamericanas. Ha publicado los poemarios: “Cuánto pesa un río” (2006) y “Primicia de huesos” (2012). Ha escrito y filmado guiones cinematográficos para cortometrajes de ficción y documentales.

http://www.jairoprietomacia.blogspot.com/