domingo, 30 de noviembre de 2014

Anali Ubalde Enriquez - Supay Creador

Anali Ubalde Enriquez

 
 
Supay creador cuento de Anali Ubalde Enriquez ha sido seleccionado como cuento ganador en el Segundo Concurso de cuento de tema libre Revista Archivos del Sur.
 
SUPAY CREADOR
Caminaba entre los pasadizos iluminados a media luz, a Sandino se le había ocurrido colocar este tipo de focos, de luz amarilla, como estrellas apagándose. Desde la puerta principal, hecha de madera, aunque ya desgastada por la humedad y el tiempo hasta el rectángulo que servía de recibidor, todo tenía ese gesto esplendoroso que Sandino creaba.
Cada casa tenía ese soplo azul de un tiempo paralelo, hechas por igual, con el zaguán iluminado a medias por la noche y el patio con huertas de papas brillando al sol de ese diciembre intenso cuando los pobladores comenzaron a vivir en la ciudad de Sandino. Tan parecidas eran en todo que en algunas ocasiones confundida con la estandarización había llegado a la misma casa para entrevistar a los habitantes, quienes entre monosílabos de su dialecto difícil le indicaban que ya había pasado por allí. En más de una ocasión y cada vez que ordenaba sus sentidos comentaba con Sandino acerca de esta elaboración mágica que podía tal vez causar algún perjuicio en la vida de los pobladores. Sandino le explicaba que por una pura razón práctica, no era buena idea volver al crecimiento de la ciudad de manera empírica como las invasiones en la capital que la habían hecho crecer de manera monstruosa y deforme, aquí tenían la oportunidad de planificar el entorno, la vida y su devenir.
Habían trabajado juntos desde antes que se anunciara la reubicación de los afectados por la minería. Recordó como habían trazado con delicadeza cada casa, cada pozo de agua, lo delimitaron todo juntamente con Manuel León, una especie de patriarca con el que prácticamente vivían. El y Sandino trazaron la ciudad de los sueños rotos de los desarraigados. El éxodo había comenzado en setiembre, los diez mil habitantes en reuniones febriles habían decidido otorgar la ejecución de la obra a la empresa de Sandino, quien con su mirada de otro mundo insertó el estilo rococó en la nueva ciudad ante la sorpresa de Manuel León, que prefería más bien algo muy andino, acorde a los cuatro mil metros de altura donde estaban casi tocando el cielo, que ella todavía recordaba cuando alguna luz le obligaba a entrecerrar los ojos.
La ciudad fue edificada entre el apu Cusipata y el rio Yanamayo, oscuro como la noche, los pobladores habían tenido largas conversaciones con Manuel León y los otros líderes y acordaron que ésta sería la tierra prometida, Sandino tenía su confianza por ser parte de ellos, a ella en cambio la miraban desde adentro como queriendo saber su pasado y hasta su ultimo latido. Sandino tenía aspecto de faquir, en algún momento se había pensado que era un brujo o en todo caso, para ella al menos, alguien distinto, que hablaba el dialecto prohibido pero con la mirada en otro sitio. Ella que trabajaba con él y siempre estaba a su lado concluyó que tal vez no volvería  a verlo.
Había sido una extraña serie de casualidades llegar a trabajar a aquí, desde la capital ella escuchaba las noticias de la creación de la nueva ciudad y cuando llegó a lo que había sido Jayllihuaya, sentir vértigo al ver la enorme boca abierta en medio de la ciudad, el aire viciado en sus pulmones y la visión de Sandino fue todo uno. Parecía haber salido entre los vapores del cobre, como un supay o menos cómico que un muqui, esas fantasías que ella todavía creía cuando vivía en la cordillera nevada de su niñez, a lo largo de los meses de trabajo concluía que el mal era así, como Sandino, con la perversión en el rostro, entre la burla y el juego, como un sarcasmo.
Cuando los planos estuvieron terminados, vio con prudencia la rapidez con que fueron apareciendo la plaza de armas, las quintas y la municipalidad con su retintín de mudéjar. El supay creador, pues Sandino era arquitecto, había pensado con desenfreno hasta los lugares más remotos de encuentros ocasionales, haciendo que el azar sea controlado, las calles empedradas orientaban hacia el sol, sin importar la dirección que tomaba uno y con la misma precisión del teodolito se determinó el tiempo de los paseos familiares y posiblemente la duración de los días.
A veces ella echaba de menos los hados que en su vida anterior en la capital se había regodeado en creer, pero miraba a Sandino y su exactitud rayana en la locura de medirlo todo, y comenzaba sus dudas. De alguna manera extraña se sentía sin ánimos de contrariar a Sandino, porque era agradable sentarse después del almuerzo a conversar con él cerca al río, corregido en su cauce por supuesto, al extremo izquierdo de la ciudad nueva y radiante como una paloma blanca, nunca había tenido al mal tan de cerca, tan tibio y  tan suave.
Cada palabra de Sandino parecía tener un peso especial, tenía un signo intenso en su frente, algo que decía que pertenecía a estos lugares altos, le parecía verse a sí  misma ya lejana, cuando volviera a la capital y el quedándose como el dueño de esta ciudad que más bien parecía un mundo aparte. Manuel León, que al principio se mostraba escéptico con el aspecto del quattrocento que había adquirido la nueva Jayllihuaya, terminó por amoldarse perfectamente a las nuevas construcciones y aplicar a la población misma un estilo que no desentonara con el espacio por completo dominado por las manos expertas de Sandino.
Lo cierto era que Sandino se quedaría a vivir aquí en Jayllihuaya, mientras ella debía volver a la capital, alguna vez en todos los meses que pasaron trabajando se había preguntado si por esas cosas que tienen los golpes de suerte Sandino habría sentido lo mismo, el latido acelerado desde la boca del estómago hasta el temblor en las manos. Posiblemente no, Sandino parecía estar interesado en cosas más altas, la iglesia había sido recientemente inaugurada, el día domingo antes de Navidad lo vio por última vez incitando a los pobladores a ir al templo de trazos exquisitos, vestido de negro, con botas y mirando al crucificado desde la plaza como a un rival, tiempo después incluiría a este atuendo un látigo con el que solía amenazar a los borrachines amanecidos el día sagrado, aunque ella nunca lo sabría.
Una vez en la capital, dejando de lado los espectros, se sentaba mirando a la avenida y se imaginaba a Sandino en el mediodía feroz de Jayllihuaya y sus más grandes temores retornaban a ella, el olor a cobre que había adquirido en casi un año de estar tan cerca a él brotaba cada vez que escuchaba en las noticias acerca de la creación de nuevas ciudades, poblaciones trasladadas por las secuelas de la minería, donde estaría él otra vez levantando desde sus cimientos nuevos universos.
(c)Anali Ubalde Enriquez

Lima
Perú


Anali Ubalde Enriquez nació en Lima el 27 de octubre de 1984, aunque toda su infancia y adolescencia las pasó en el departamento de Puno, al sur del país, lo cual sirvió para orientar sus cuentos hacia este ambiente y vida en provincia. Actualmente es casada, estudió Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, tiene un post grado en Literatura con especialidad en Estudios Culturales en la misma Universidad y ha ganado premios literarios en España, Chile y Argentina:
 
Cuento "Un olvido", finalista en el concurso "Voces de mi país" de la Editorial Mar en Proa, España 2011.

Cuento "Las perversiones de Nena Hidalgo", 1er puesto en el concurso de cuento "Bajo el don de la ebriedad" de la editorial Innovalibros, España, 2011.

Cuento "Techos Blancos", 1er puesto en categoría internacional en el concurso "Casa de la UNCO, Mundo Literario de Limache", Chile, 2012.

Cuento "Fantasma", finalista en el concurso "Cuentos por correo" de la Editorial OSIRIS, España, 2013.

Cuento "Planificación", publicado en la Antología "Profesor Dimarco", Argentina, 2013.

Cuento "Letanías de Marzo", publicado por el diario El Comercio, Perú, 2014.

Cuento "Voz en Off", publicado en la Antología de "Vislumbrando horizontes" Editorial Libróptica, Argentina, 2014.

Microcuento "Urbe", publicado en la Antología "Amores" de la Editorial Letras con Arte, 2014.






 

Matías Bragagnolo - El asesino de Luisiana


Matías Bragagnolo



El cuento El asesino de Luisiana, de Matías Bragagnolo resultó finalista en el Segundo concurso de cuentos de tema libre Revista Archivos del Sur.


El asesino de Luisiana




Pobre Jerry Lee. Seguramente vivió maldiciendo, como yo. Quizás todavía lo haga con más frecuencia, ahora que es un viejo zorro. El Asesino fue un incomprendido. Como yo. Somos iguales. Somos uno. Desde el primer día que lo escuché.

Oí por primera vez "Great Balls of Fire" a los nueve años, por la radio. Ya vivíamos en el departamento de la calle Venezuela, y a partir de ahí la canción sonó una docena de veces más en la radio de casa. Dejaba la radio encendida las veinticuatro horas del día y cada vez que la ponían (una o dos veces al mes) no podía sino vibrar al compás de la música. Pero ni siquiera sabía el nombre de la canción ni quien la tocaba. Creo también haber escuchado "What I’d Say" en algún programa de T.V., pero no estoy seguro. Hasta que en un noticiero de la T.V., cuando ya había cumplido mis diez años, lo vi. Era un concierto viejo, en blanco y negro, pero estaba un tal Jerry Lee Lewis tocando "Great Balls of Fire". En un principio me sentí confundido porque pensé que quien cantaba la canción era el cómico Jerry Lewis, pese a que el pianista de las imágenes no se parecía a él; pero en seguida comprendí que no podía ser así. Lo que decía la voz del cronista era que El Asesino había estado tocando en Buenos Aires. Se habían vendido unas cuantas entradas para las dos noches, y en una de ellas (no recuerdo cual) el desgraciado se había marchado luego de tocar un par de minutos. La turba había arrojado todas las butacas al escenario. Ese era mi Jerry.

Desde ese día no pude menos que vivir para él. Lamentablemente en casa sólo teníamos una radio con casetera, nada de bandeja para compact discs ni tocadiscos. Así que lo primero que conseguí fue un "Grandes Éxitos" de edición nacional. Que bastó para enloquecerme. Esa música representaba todos mis deseos insatisfechos. Esa música estaba hecha por el mismísimo y complaciente Satán. Jerry Lee había sido más grande que Elvis. Lo probaban muchas canciones que ambos habían versionado: "Hound Dog", "Whole lotta shakin’", "High Heel Sneakers", "Just a Little Bit" o "Green Green Grass of Home". Jerry Lee Lewis era superior al Rey mismo. Jerry Lee Lewis era superior Chuck Berry también (sus versiones de "Roll over Beethoven" o "Sweet Little Sixteen" expusieron esta verdad). Ni siquiera la aclamada Janis Joplin pudo superarlo con su asquerosa versión de "Me & Bobby Mc Gee".

Simultáneamente con la compra del "Grandes Éxitos", algo fantástico ocurrió un domingo luego del almuerzo: enciendo la tele y, luego de ver el final de una estúpida película con animales que hablaban, me encuentro con el inicio de "Grandes Bolas de Fuego", la historia de Jerry Lee dramatizada. Eso terminó de extasiarme. Jerry Lee era Dios. A Jerry Lee le importaba un rábano todo. ¡Se había casado con su prima de 14 años! ¡Había prendido fuego un piano sólo porque había sido obligado a ser telonero de Chuck Berry! Jerry Lee había vivido la vida tan intensamente que se había hecho odiar por un montón de gente que, al fin y al cabo, no la había pasado ni un poco tan bien como Jerry. Ese domingo por la noche no pude dormir, y al día siguiente me quedé dormido en el banco durante uno de los recreos.

Lo primero que tuve que hacer (aparte de seguir ahorrando monedas y comprando cassettes de Jerry Lee) fue convencer a mi mamá de que me enviara a clases particulares de inglés luego de la escuela. Mi papá no estuvo muy de acuerdo porque odia a los ingleses por lo de la guerra de Malvinas, pero yo insistí y él le dio el dinero a mami para que me pagara dos clases semanales con una profesora que vivía en nuestro edificio y que había pasado un volante por debajo de nuestra puerta.

El inglés no me costó nada, y en cuanto pude me compré una revista con fotos de Jerry Lee, su historia y algunas letras de sus canciones. Eso ayudó muchísimo, porque aunque yo ya llevaba dos años aprendiendo inglés y entendía a la perfección los cassettes de práctica, no lograba entender una sola palabra de lo que cantaba Jerry Lee. Así, pude aprenderme de memoria seis de sus canciones.

El siguiente paso, a los trece, fue convencer a mi mamá para que me enviara a clases de piano. La situación económica no era buena, así que ella me dio a elegir entre seguir estudiando inglés o empezar con las clases de piano. Mi inglés era ya muy bueno, y si podía cantar a la perfección el "Lewis Boogie" sin equivocarme, eso quería decir que podía prescindir de las clases. Así que todos los martes a las seis en punto, después de tomar la leche luego del colegio, caminaba dos cuadras hasta la calle Saavedra, donde vivía la señora Margarita, que era una mujer algo mayor que mamá, sorda de un oído y con una ternura tan infinita como su falsedad. Vivía sola en un departamentito de la planta baja de un edificio bastante antiguo, con paredes muy ornamentadas. El lugar en el que la señora Margarita daba sus clases era una habitación tupidamente amoblada con mesas, sillas, sillones y bibliotecas de madera, en la que apenas cabía el fabuloso piano de cola en el que yo tocaría. El papel amarillo que empapelaba las paredes, las cortinas con florcitas rojas, los cuadros que mostraban imágenes de patos y de cazadores a caballo con perros me hacían fantasear pensando que Jerry Lee podía haber crecido en un ambiente así.

Dedicábamos la primera media hora a la maldita teoría y al más tedioso solfeo, para después disfrutar frente al piano. Mi corazón se aceleraba con cada minuto que pasaba mientras se acercaban las seis y media.

Lo primero que aprendí a tocar fue el "Arrorró". Me costaba mucho coordinar con el acompañamiento de la mano izquierda, y eso me ponía muy tenso. Entonces trataba de pensar en la forma natural de tocar el piano que tenía Jerry Lee, y en eso que había dicho de que sus dedos tenían cerebro. Trataba de pensar en eso y trataba de no pensar en que, según cuenta la leyenda, Jerry había aprendido a tocar el piano en sólo dos semanas. Y así lograba relajarme, pero con la relajación venían los errores y, para colmo, la señora Margarita no me dejaba pasar a otra pieza hasta que no aprendiera el "Arrorró".

Al final de cada clase, la señora Margarita me hacía tocar entera la pieza que estuviera aprendiendo, para saber si yo podía pasar a la siguiente. La clase que siguió a la clase en que toqué a la perfección el "Arrorró", estaba tan orgulloso que llevé un peine de bolsillo que había encontrado tirado detrás del botiquín del baño, en casa, y luego de que la señora Margarita hubiera puesto ante mí la partitura de "Cuando los santos vienen marchando", yo saqué mi peine y peiné mi flequillo ondulado (igual al de Jerry Lee, sólo que pelirrojo) delante de ella. "¡Uy! Te viniste coqueto hoy", me dijo, y yo respondí, torciendo la boca: "Se equivoca, señora, es una vieja costumbre". Me miró asombrada y atemorizada: yo siempre era algo afectado para hablar y jamás decía algo rudo. Pero bueno, el momento de tensión pasó y luego, al verme sacar el peine cada diez minutos, ya no decía nada.

Luego vino un breve fragmento para principiantes de "Para Elisa", y a esa le siguió el vals de Strauss "Rosas del Sur", que nunca llegué a terminar de aprender por lo que paso a relatar:

Había pasado ya un año y cuatro meses desde que había empezado mi aprendizaje, y como otra vez era invierno, mi mamá iba a buscarme cada noche a las siete en punto. Una noche el portero sonó más temprano que de costumbre, digamos unos diez minutos antes. La señora Margarita, al escuchar el timbre, sólo se disculpó y me pidió que siguiera practicando solo. Al igual que siempre hacía cada vez que la señora Margarita salía de la habitación para atender el teléfono en la cocina, empecé a tocar algo de Jerry Lee. Era algo difícil, pero yo siempre lograba improvisar y tocar sus temas a la perfección, cantándolos por lo bajo y tratando de evitar que mi pie presionara demasiado el pedal que aumenta la resonancia del piano. (Me daba risa ver la cara de extrañeza que ponía la señora Margarita al volver, luego de haber escuchado con un oído todo nuestro rock and roll. "¿Estuviste practicando?", decía, o "¿Y? ¿Cómo va?", fingiendo no haber escuchado nada, atemorizada por la música del Asesino). Pero bueno, esa noche los minutos pasaron y el reloj dio las siete. Dejé de tocar y esperé en silencio hasta que las agujas del reloj cu-cú dieran las siete y cinco. Decidí acercarme a la puerta para investigar qué estaba pasando. Me paré a la puerta de la cocina, junto al pasillo y escuché. Las voces susurrantes de mi mamá y de la bastarda señora Margarita llegaban desde la puerta, que daba al patio central del edificio. "Mire, yo soy todo lo sincera que puedo ser, y no me gusta robarle la plata a nadie", decía la vieja. "Pero, vio, no... no es lo de él. A lo mejor en los deportes anda mejor, pero... no... no tiene aptitudes para la música. Yo lo veo, y lo veo con ganas y entusiasmo, pero le falta... es talento lo que le falta". A lo que mi mamá replicaba "Y sí, yo entiendo, pero vio que él está entusiasmado...".

No quise escuchar más. Nadie insulta al Asesino. Me volví, tomé de la mesada una cajita de fósforos y volví al living. La tapa del piano estaba levantada. Prendí un fósforo y lo tiré adentro. Se consumió y se apagó, sin que la llama abrazara la madera o alguna cuerda. Prendí otro y lo tiré. Se apagó también. Entonces prendí dos a la vez, y otros dos y otros dos, y todos caían entre las cuerdas pero no lograba el incendio necesario para tocar "Whole lotta shakin’", tal como Jerry Lee lo hizo cuando fue subestimado. Era increíble: una colilla de cigarrillo puede causar un incendio forestal pero una decena de fósforos encendidos no servían para incendiar un piano.

Y estaba a punto de encender la caja de fósforos con los fósforos restantes adentro, para finalmente lograr mi cometido (eso no podía fallar), cuando la señora Margarita entró en la sala. Concentrado como estaba, no había escuchado sus pasos al venir por el piso de madera.

No sabía si continuar con el plan o insultarla. En lugar de eso me quedé inmóvil, mientras la vieja empezaba a gritar y me arrastraba del brazo al pasillo. Por un momento me dejé arrastrar, hasta que reaccioné: tenía catorce años, y por más que mi contextura física no me ayudara, ya no era un niño. Me zafé de un tirón y estuve a punto de atacarla, pero la entrada de mi mamá me dejó tranquilo como un corderito. Entonces vino una reprimenda en estéreo, en la cual las dos me miraban como si acabaran de ver un fantasma.

Conclusión: nada de música por dos meses y no más clases de piano con la aterrorizada y gorda señora Margarita. Y ¿qué importaba? ¡Si yo ya podía tocar a la perfección los temas de Jerry Lee!

Por esos días las poluciones nocturnas se habían hecho cosa de todos los días y ya estaba harto de levantarme mojado: tenía que conseguir una novia. Una novia como la que tenía Jerry Lee.

Yo tenía muchas primas, y una de ellas era Silvina, que cumplía quince y festejaba su cumpleaños en un boliche de la calle Ayacucho. Fuimos todos (mamá, papá y yo), y Silvina estaba espléndida. Bailé el vals con ella (hasta que el idiota de Adriano, su hermano, me quitó el lugar) y logré que mi mamá me dejara quedarme aún después de que ellos se fueran, con la promesa de que volvería antes de las tres y media en un taxi. Una vez se hubieron ido, traté de todas las formas de acercarme a mi prima. Pero no encontraba la forma correcta de hacerlo; a decir verdad, sólo había hablado con ella una o dos veces en mi vida. Ni siquiera solíamos jugar de niños. Tuve que morderme de bronca cuando pasaron "Great Balls of Fire": no pude llegar a ella para bailar porque estaba bailando con todas sus amigas.

Finalmente vi que salía de la pista y se sentaba sola en una silla junto a una mesa desocupada. Me peiné mientras me paraba de mi silla y, mientras me acercaba caminando lentamente, saqué un cigarrillo que había llevado para la ocasión y lo prendí. Yo no fumo, pero días antes de la fiesta acepté, en el baño del colegio, un cigarrillo que me ofreció uno de los chicos. Todos se rieron cuando tosí, pero a mí no me importó y lo terminé. Durante el resto de la semana había vuelto al baño para practicar un par de veces, y ese viernes pedí uno antes de volver a clases, uno que guardé para la fiesta. Tenía que parecer más grande, ya que aún no había cumplido los quince. Me senté junto a ella y le dije: "Estás muy linda". Ella sonrió y me preguntó por mis padres. Yo le dije que se habían ido pero que yo prefería quedarme. Y agregué: "Que se vayan ellos, si quieren".

Ella sonreía, coqueta. "Bueno, me voy a bailar de vuelta", dijo. Y ya eran las tres menos diez. Fucking shit.

Mi primer fracaso no me desanimó, porque yo también soy el Asesino. Pero era evidente que no le interesaba a Silvina. Así que traté de pensar en otra prima que quisiera ser mi novia y, eventualmente, mi esposa. Tenía que seducirla y ganármela, no valía violarla o abusar de ella, porque Jerry Lee no lo hizo así.

Pero no había muchas posibilidades de encontrar alguna otra prima que yo conociera. Casi todas estaban casadas o eran demasiado feas. Sólo Silvina valía la pena. Empecé a llamarla por teléfono cada vez que mis viejos salían de casa. Al principio me atendía con un tono de voz más bien divertido, y las llamadas no eran muy largas. Pero después parecía aburrirse. Claro, había muchos silencios en la línea, ninguno de los dos sabía demasiado acerca de la vida o las preferencias del otro. En las últimas llamadas tengo que admitir que me sentí bastante idiota, ya que ella ponía cualquier excusa para cortar la comunicación. Lamenté haber sido tan cordial con ella.

Pero todas mis penas y mis infructuosos intentos iban a ser compensados. La semana después de mi cumpleaños número dieciséis aparecieron de visita una prima de mi papá con sus dos hijos: un chico y... una chica, quien, al fin y al cabo, era algo así como una prima. La verdad es que no estaba para nada buena, ni siquiera era linda. No tenía buenos senos, ni trasero, ni nada. El único atractivo que tenía, pese a ser algo retardada y excesivamente dependiente de su madre (no estudiaba ni trabajaba), era su edad: diecinueve años. Yo ya tenía barba y había alcanzado el metro setenta que ahora tengo, y eso creo que hizo que la fea se fijara en mí, con mi jopo undulado en la frente.

Esta vez tenía que actuar con cuidado para no fallar otra vez. Ya no tocaba el piano, y si no conseguía engancharme con una de mis primas, ya nada me acercaría a Jerry Lee. Ni la miré. En vez de eso me dediqué a hacer amistad con mi primo, José. Le mostré mis cassettes de Jerry Lee y escuchamos música, pese a que él escuchaba esa mierda del heavy metal. Paradójicamente, fue ella la que se interesó por Jerry Lee al ojear una de mis revistas. Durante esa tarde logré encandilar a mis primos, y ellos le rogaron a su madre que me invitara a pasar unos días con ellos en Monte Grande, donde vivían con su padre, que trabajaba como camionero. Mientras ellos la convencían, yo me encerré en el baño y me peiné el jopo frente al espejo. Si a ella le había agradado Jerry Lee, seguramente era porque yo también le gustaba.

La invitación quedó firme, bajo la condición de que no reprobara ninguna materia, y ni bien terminé tercer año partí de Constitución en tren para Monte Grande. No puedo explicar cuán enorme fue mi gozo al ver a mi prima (de ahora en adelante, Ana) parada en el andén esperándome. Y... si bien es cierto que mi gozo fue grande, más grande fue la emoción que me embargó cuando entré en la sala de la hermosa casita de mis familiares arrastrando mi pesado bolso azul. Parado majestuosamente junto a la pared opuesta a la puerta de entrada había... había... un piano. Un piano. ¡Para terminar de convertirme en Jerry Lee! Era la situación perfecta, pero me desagrada verme obligado a contar los días que siguieron, no por lo que fueron, si no por lo poco que significaron. Ana pasaba gran parte del tiempo conmigo, debido a que José estaba siempre de viaje con su padre. Y empezamos a tener una química que yo consideré (fuck it!) romántica. Incluso a veces, al atardecer, ella, mi tía y yo solíamos ir a tomar un helado a la heladería de la esquina. Ana y yo hicimos tortas, jugamos a los naipes y miramos telenovelas. Bah, yo, en realidad, soportaba esas telenovelas con la mirada perdida en la pantalla, totalmente aburrido. Sólo lo hacía para complacerla y terminar de enamorarla. Pero ella fue una ingrata. Esperé el momento que yo creí justo y decidí preguntarle qué era lo que ella sentía por mí. Fue un día en que José y el padre también habían salido de viaje. Había convencido a Ana para que me dejara tocar ese intocable piano (nunca nadie pudo explicarme con qué propósito lo habían adquirido), mientras su madre dormía la siesta. Toqué un tema de Jerry Lee atrás del otro, y ella, parada detrás de mí, no paraba de reírse. Incluso cuando toqué unas notas con el talón me tomó cariñosamente de los hombros. Entonces era el momento oportuno.

La tomé por la barbilla e intenté besarla de la manera más romántica posible. Pero no sólo se resistió, sino que tuvo una especie de ataque de nervios, y me preguntó una y otra vez que qué carajo pretendía de ella. Ni siquiera me molesté en querer explicarle algo. Salí al patio y ahí pasé el día hasta que su madre se levantó. Mientras tanto, ella estaba en su habitación del primer piso. Mientras mi tía estaba distraída preparándome una leche chocolatada y cortando torta, marqué en el teléfono el número 115 y colgué. El teléfono sonó al instante y yo corrí a atender. Fingí hablar con mi mamá, diciendo que sí, que a mí también me parecía que ya era hora de que regresara. La prima de mi papá había escuchado todo, así que no necesité repetirle que por la mañana me iría. Se apenó, pero no sospechó nada, ni lo de Ana ni lo del falso llamado.

Esa noche no podía dormir. Permanentemente sonaba en mi cabeza el "Lovesick Blues". Tengo que admitir que tenía el orgullo destrozado. De veras había creído que ella estaba enamorada de mi. Pero no podía dejarme abatir por la desesperanza. Quizás ella realmente estuviera enamorada de mí, sólo que no se animaba a admitirlo. Quizás mi osadía (digna de Jerry Lee) la había asombrado.

Bueno, pero todavía tenía una carta en la manga que la asombraría aún más. Y si con eso no se animaba a demostrar su amor por mí, entonces que se fuera al demonio.

Sigilosamente salí del cuarto de José. Me paré junto a la puerta del cuarto de Ana y escuché con una oreja apoyada en la puerta. Parecía que dormía. O no. Como fuera, no estaba llorando. No había bajado a comer, argumentando que le dolía la panza. Mentirosa de mierda.

Bajé las escaleras ceremoniosamente. Dentro de la estufa a leña, donde en invierno se consumían los troncos, había una botellita con kerosén. Le quité el tapón de corcho y esparcí el contenido sobre el piano. Traje fósforos de la cocina, y esta vez el piano sí ardió, al compás de "Whole lotta shaking". La prima de mi papá tenía un sueño muy pesado, pero Ana había logrado despertarla para que presenciara el show del discípulo más fiel de Jerry Lee Lewis. Cuando llegaron la ambulancia, los bomberos y la policía, yo ya había dejado de tocar no sólo porque ya no tenía audiencia, sino porque además el piano había dejado de emitir sonidos armónicos. La casa se quemó íntegra, y yo estuve detenido un par de horas, hasta que el abogado que mami contrató me sacó. Dicen que, con suerte, me van a internar.

Mis padres están devastados. Me tratan con cuidado. Casi no me hablan. Incluso el abogado parece tenerme miedo. Me explica con mucho cuidado que, pese a no tener yo dieciocho años, el Estado tiene todo un sistema para encerrar a los chicos con problemas de adaptación. Por eso dice que hará todo lo posible para que no me encierren en uno de esos institutos de menores, que sólo debo seguir actuando como lo hago siempre. Sólo así lograremos algo. Aunque me aclara que es posible que aun cuando salga todo bien yo tenga que pasar igualmente un tiempo encerrado, pero en un lugar menos peligroso. Manicomio, le llaman.

Pero yo soy como Jerry Lee: no me importa un carajo de nada. El rock and roll es así. Y Jerry Lee Lewis es como yo. Yo también soy El Asesino, pese a no haber nacido en Louisiana. Pese a no haber matado a nadie. Bueno... Jerry Lee tampoco lo hizo. ¿No?

(c) Matías Bragagnolo

La Plata

Provincia de Buenos Aires

Matías Bragagnolo nació en la ciudad de La Plata en 1980. Se graduó de abogado en 2005, profesión que ejerce desde entonces. Su ensayo "La insignificancia, lo ilustre, lo efímero y el final autoimpuesto de la existencia" fue publicado en 2004 en la revista semanal Una Theta de Puebla, México. Su poema "En el establo" fue publicado en la antología de poesía erótica Sexo bonito (Sensualia.es, julio 2014) luego de obtener un puesto como finalista en el concurso respectivo. Su poema "El vórtice de la hipnosis estelar" fue finalista del Certamen de cuento y poesía La lupa cultural 2013, y en enero de 2014 fue publicado en la Revista Kundra (Argentina). Su novela "Petite Mort", centrada en el mito del cine snuff, fue finalista del concurso Laura Palmer no ha muerto (Editorial Gárgola, Argentina, 2010) y del concurso de novela negra Extremo Negro - BAN! (2013); y fue publicada en agosto de 2014 por el sello Extremo Negro del grupo editorial Del Nuevo Extremo. Entre su producción aun inédita se cuentan cinco novelas más, una veintena de cuentos y una centena de poemas.








 

lunes, 17 de noviembre de 2014

Margarita Wanceulen Rivas - La enfermedad


Margarita Wanceulen Rivas
En la sala pequeña donde él esperaba los resultados de la última prueba, se podía oír apenas un hilillo de música ambiental, que salía por los pequeños altavoces instalados al efecto para amenizar aquellas largas horas. No estaba del todo mal aquella idea, sobre todo teniendo en cuenta que a veces los resultados se hacían de rogar bastante y los pacientes, así entre medio aterrorizados y medio aturdidos por una conciencia suspendida, presuponían amargamente como sería así, de golpe, transitar de repente por el lado oscuro de la vida donde nadie desea habitar, en el de la enfermedad.

Él lo sabía bien. No era la primera vez que acudía a aquella sala. Todo comenzó cinco años atrás aproximadamente, cuando en una revisión de rutina, le diagnosticaron aquella enfermedad innombrable. Recordaba cuando acudió con su esposa. Fue entonces la primera vez que transitó por el lado cenagoso, en esa espera oscura donde el cuerpo no tiembla, no grita, no llora, sino que se encuentra suspendido en ese paréntesis del tiempo que significa la espera de los resultados que le devolverán como con una ola gozosa a la orilla, a salvo como un niño reconfortado por una caricia. O lo tragará el océano si los resultados no son buenos y se verá envuelto en una tormenta permanente, encontrándose mañana en una hora velada, en un despertar ausente, donde no se sabe a ciencia cierta si es posible el futuro.

Varias veces fue engullido por estas olas, por esta mar bravía, varias fue expulsado del paraíso que transitan con normalidad por la calle los que pensaban en otras historias: qué comerán mañana, qué prenda vestirán o quién se encargará de recoger a los niños del colegio.

"La vida no deja de transitar", pensó mientras se apretaba con fuerza la chaqueta. Tenía frío. Estaba solo. Su mujer había volado, se había esfumado años atrás. No aguantó la presión.

"Hizo bien, después de todo, ¿qué hace una mujer joven como ella al lado de un enfermo?".

No se contestó a sí mismo. No hacía falta.

Se preguntó si hubiera aguantado él la situación en caso de ser al revés, y qué habría hecho de ser ella la que hubiese enfermado gravemente.

No se atrevía a contestárselo a sí mismo. Si era realmente honesto no lo sabía del todo. En realidad no habría puesto la mano en el fuego por él tampoco. Quizás habría salido corriendo como hizo ella aquel primer día en que él se sostuvo de pie, después de la intervención.

"Lo he arreglado todo. No te preocupes, no te quedarás solo. He hablado con tu hermana la menor, ella te auxiliará. Después de todo, sabes que lo nuestro ya hacía tiempo que había terminado. No me guardes rencor, tú mejor que nadie sabes que no soy tan cruel, solo es que esta situación ya no la aguanto. Es imposible que continuemos así. Hoy ya has dado un paso adelante hacia tu curación, te han extirpado el mal. Ya verás como todo sale bien".

Y firmaba la carta con un "Te quiere. Isabel". Ese "te quiere, Isabel", le pesaría como una losa a lo largo de toda su vida. Cuando se encontraba ante situaciones como la de hoy, en la frontera, como él las definía, siempre recordaba las últimas palabras de la misiva de su esposa, las que le dejó el corazón paralizado:





"Te quiere, Isabel"

"Te quiere, Isabel"

"Te quiere, Isabel"










Y lo seguía repitiendo como un mantra, como una secuela de su enfermedad de la que no lograba desprenderse. Ya no la odiaba, al principio sí, la detestaba, no quería ni oír hablar de ella, la definía delante de sus familiares como "el gran error de su vida". Nunca creyó que llegaría a perdonarla. Pero ahora la veía de otra manera, el tiempo lo había suavizado todo:

"El tiempo lo suaviza todo", repetía mentalmente también, como si en esa repetición se convenciera de que el rencor ya hacía tiempo que había curado.

Su hermana menor le aconsejaba continuamente:

"Olvídala, era una mujer que no te merecía, pero no le guardes rencor hermano, el rencor te pudre las tripas"

Y entonces ella, volvía de nuevo a las tareas domésticas que le ayudaba a realizar ya que desde la primera operación él ya no había sido el mismo. Andaba con dificultad y se cansaba con frecuencia. No sabía exactamente si todo aquello era producto de la debilidad o era resultado del puro abatimiento.

Ahora allí se encontraba de nuevo en esta sala, como tantas otras veces. Se sabía de memoria el escenario: el cuadro con una fotografía donde aparecía un mar revuelto, con oleaje. Parecía un mar del Norte, quizás el Cantábrico en un día de temporal. Desde luego no era el Pacífico. Allá la litografía un tanto ajada por el tiempo donde se representaba una escena cotidiana del centro de la ciudad, sus puentes, el tornasolado del río, las luces de un día que bien podría ser del intenso verano. Era un cuadro bien elegido, reconfortaba, invitaba a disfrutar de la vida.

En ese momento, se escuchó una voz femenina que salía del fondo del pasillo:

"Señor Miravet, pase a la consulta del doctor Ibáñez"

Se levantó del sillón que había ocupado durante todo el tiempo con un impulso vigoroso, jovial que no le permitían sus piernas habitualmente.

La puerta del doctor se abrió lentamente y engulló a aquel hombre desorientado por la larga espera, como si no hubiese existido nunca. Como si nada, nunca, hubiera ocurrido.

© Margarita Wanceulen Rivas

Sevilla

España


Margarita Wanceulen Rivas  nació en Sevilla, lugar en el que reside y donde cursó sus estudios universitarios.

Ha realizado numerosas colaboraciones en blogs y revistas digitales, tales como:

- MUNDOPALABRAS.

- CANAL LITERATURA.

- ALAS( Asociación Literaria de la Sierra Norte).

- ASOCIACIÒN CULTURAL EL LABERINTO DE ARIADNA.

- REVISTA LETRAS TRL.

- REVISTA ESTILO AÚREO.

Hasta la fecha son dos los libros que ha publicado:

- " EL GRITO", selección de cuarenta relatos que significó su estreno ilusionado de la mano de Editorial Círculo Rojo en 2013.

- " LOS INOCENTES: CUENTOS, POESÍAS E HISTORIAS FELICES"( Uno Editorial, 2014), donde aborda el tema del maltrato animal y que constituye el nexo de unión de todos los relatos y poemas que en él aparecen.

Entre los reconocimientos recibidos, se pueden enumerar los siguientes:

- Segundo premio de poesía" LIBRO DEL TRIMESTRE MP" (diciembre, 2013)

- Seleccionada para formar parte de las siguientes Antologías: una de poesía " VERSOS EN EL AIRE III, y otra de relatos, que surgió del CONCURSO DE MICRORRELATOS DE TERROR, ambos convocados y publicados por Diversidad Literaria.


El cuento La enfermedad, biografía de la autora y fotografía han sido enviados por Margarita Wanceulen Rivas para su publicación en la Revista Archivos del Sur.