martes, 16 de diciembre de 2014

Reinaldo Edmundo Marchant - Nube

tapa del libro El lugar donde la Nube Paraba - Reinaldo Edmundo Marchant
editorial Amanuense (Chile)


NUBE

Mi madre no me enseñó a leer ni a escribir, pues ella no sabía. Tampoco me inculcó matemática, lo ignoraba. No pudo adiestrarme en la historia ni la geografía. Permaneciendo en el vientre, aún sin saber cómo era mi cuerpo, le hablaba al Padre y a mí. A ambos no visualizaba.

Sólo tenía fe. Esa era su suprema confianza.

Al Padre Superior me encomendaba y en mí sembraba la creencia.

Cuando fui grande, descubrí que el triunfo de las cosas radica en reconocer que lo Celestial existe, aunque no se toca ni se ve. Ahí está el valor supremo. La convicción máxima. El Padre y yo éramos invisibles ante sus ojos, no así en su corazón. ¡Ahí palpitaba un hálito sagrado que jamás podré describir!

Yo la divertía con mis movimientos, el Todopoderoso le entregaba consuelos y esperanza. Todos los menesteres del hogar los realizaba hablando con Él. La escuchaba con oídos sorprendidos. Le preguntaba a quién se dirigía con sublime fervor:

-Al Hacedor de la tierra y los cielos que siempre nos ve- respondía con una certeza y naturalidad difícil de no creer.

Mi madre no pudo aleccionarme en la física ni la métrica. Nunca tomó un libro ni leyó un diario de la ocasión. Ni siquiera pudo ojear una línea de lo que escribiría su hijo menor. Su sabiduría estaba en los colores de la planicie. En los matices del tiempo. En los rayos azulinos del sol y en esas palabras que, desde el origen, atentamente escuchó.

Tenía un guía que nunca fallaba, el Señor.
Mi mente de niño no entendía esa confianza sobrenatural que derramaba. Testigo de carencia de puchero y de bienes, Rosa nombre que se inventó para confundir a ilusos- aún en los momentos materiales más lúgubres, no abandonaba el amor que profesaba ante el Creador.


-Jehová es mi Pastor. Nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar*- decía cual si fuera la letra de una canción.

Llanamente me explicó que fijara la atención en esa Persona justa, para ser cambiado de adentro hacia fuera. Para huir del mal y nunca ser alcanzado por el dolor. Insistentemente me pedía que pensara y creyera en su Salvador. Que lo hiciera limpiamente, crédulo a más no poder. Que de este modo bajarían sorpresas, que el mundo jamás podría entender.
Confesó con inenarrable inocencia lo sentía- que Jesús deseaba establecer un vínculo de amor y de amistad con seres que se han criado bajo el desamparo y distantes de quienes ostentan el poder.


Que sería el único Hombre misericordioso que jamás me desatendería, y que algún día en carne propia lo habría de reconocer.

"Comprobarás que velará por tus pasos en días con sombras y luz", aseguraba bañada en un agrado que contagiaba lo más íntimo de mi ser.
Con esas elementales enseñanzas las mayores de mi vida-, avancé por el rabioso bosque terrenal, tratando de evadir aquel polvo que soplaba aire rancio en la nariz. Me hice fuerte en la soledad, valiente en las penurias, un poderoso creyente de su bondad. Como carecía de progenitor, a Jehová nombré mi padre y a su Hijo le declaré una sincera amistad.


En días salpicados de nubarrones, recurro a aquellas primeras enseñanzas, levanto la vista para obedecer a la luminosa nube de lo Alto, y exhorto sumido en gratitud:

- ¡Amén, madre, amén, por presentarme Amigos cálidos que nunca dejaré de querer!







*Salmo 23: 1



(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

El cuento Nube pertenece al libro El lugar donde la Nube Paraba, de Reinaldo Edmundo Marchant, publicado por la editorial Amanuense (Chile)

Reinaldo Edmundo Marchant - Luz

tapa del libro El lugar donde la Nube Paraba - Reinaldo Edmundo Marchant
editorial Amanuense (Chile)


LUZ

Jesús es un amigo. Nuestro buen pastor. Le hablo lo que me ocurre. Nadie escucha con su atención. Todas las cosas imposibles revelo a su Corazón. Sé que el fruto de su Espíritu es amor y perdón. Está montado sobre un asno. Es sencillo y humilde, como la pequeña flor.

Jesús es luz en las tinieblas, libera a almas perdidas. Cada día diálogo con Él. Siempre agradezco lo que regala. La aparición del día. Aquel pajarillo que revuela tintineando notas alegres. Esa semilla que alimenta y la dicha que genera la fe. Enseña que a nada se debe temer. Que sigamos caminando con las manos abiertas, a la manera de un ave jugando con el sombrero de un rey.

Clemente y piadoso es este amigo. Lo que dice es sabiduría Divina, una deliciosa fuente de agua cristalina. Acompaña sin dejarse ver. Toca el hombro para que se entienda que se encuentra atento por ahí, vigilando el prado de aves que no les faltará qué comer. Brinda la misma protección que a Judas Iscariote, quien lo traicionó y luego santiguó con su perdón.

Jesús es palpable. Tiene franqueza de camarada. Es accesible como una ventana al sol. Dispone a los amados para que se fortalezcan en respeto y bondad. Con voz amable invita a recorrer los secretos eternos. De cuando en vez, utiliza metáforas de correcciones hacia el hombre que desea renacer.

En momentos de zozobras lo invoqué y mi ánimo comenzó a sostener. Aguardaba ese arrepentimiento que no podía desprender. Sin ostentación, me hartó de alivio. Robusteció la lámpara de los ojos. Traspasé sentimientos llenos de pesar. Desdichas. Heridas abiertas con sal. A menudo lo escucho decir: siempre cuéntale al Padre que hiciste lo que te vio hacer.

Cristo es un compañero universal. Diseñó un plan de adoración para los que están en faltas y no pueden avanzar. Le gusta amar que ser amado. Oír a los que padecen y no encuentran paz. Siembra consuelo en seres humildes. A aquellos quela gente llama basura, los declara tesoro del Reino Celestial.

Busca ovejas perdidas. Si falta una de un millar, a esa sale a encontrar. Hizo crecer una calabacera, que en una noche nació y en la otra noche pereció. Es inseparable incluso cuando nadie lo es con Él. Glorificó a quienes lo negaron. En la Cruz clavaron sus Manos, y a un ladrón aseguró su redención. Nunca olvida al huérfano. Al que está en abandono. Cuando la vida se pone dura, rescata de espesos bosques, sin esperar nada a cambio.

Sabemos que es el Hijo de María y José. Puso la otra mejilla. Predicó parábolas para librarse de la maldición. Es intermediario de un Ser Superior. A su tiempo satisface lo que necesitamos. De tanto apreciarlo en la piel, suelo imaginarlo a la manera de un niño sabio que recoge las desventuras que a modo de trampas ponen en los pies.

En medio de turbulencias paganas, a incrédulos resaltó que nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos*. Así es el Mesías, nacido en una modesta casa de Belén. Quien, en medio del bullicio terrestre, no se cansó de amar, dar y servir. Y hasta hoy derrama confianza, sentado a la diestra de su Padre, en el Tercer Cielo, frente a la música de un mar sonoro.




Juan 15:13


(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

El cuento Luz pertenece al libro El lugar donde la Nube Paraba publicado por editorial Amanuense, Chile.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Denise Lopretto - ¿Sueñan los androides con tareas domésticas?

El cuento ¿Sueñan los androides con tareas domésticas?, de Denise Lopretto resultó finalista en el Segundo Concurso de cuento de tema libre Revista Archivos del Sur


¿Sueñan los androides con tareas domésticas?


Cómo terminé en medio de una pelea a muerte con un robot humanoide es algo difícil de creer, incluso para mí. Pero eso fue exactamente lo que pasó.

Un día, al volver del trabajo, abrí la puerta de casa, ¿y qué veo? Una chica de un metro y medio de alto más o menos, muy bien formada aunque de contextura pequeña, vestida con ropa mía de entrecasa. Tenía el cabello rubio claro, lacio, largo hasta la cintura; los ojos, cerrados, y el rostro, inexpresivo. Era hermosa, pero no pude evitar sentir un escalofrío.

Un movimiento detrás de ella me hizo saber que Bruno, mi marido, estaba haciéndole algo; tan concentrado estaba que ni se había percatado de mi llegada. Carraspeé un poco y hablé.

-¿Y esto?

Asomó la cabeza por un costado, alegre como un chico el día de su cumpleaños.

-¡Llegaste antes! Estaba terminando de configurarla. ¿Te gusta?

-¿Qué es esto?

Se enderezó, puso la mano en el hombro de la cosa ésa, fuera lo que fuera, y dijo:

-¿Te acordás cuando dijiste que querías que alguien te ayudara con las cosas de la casa?

-Sí, pero con "alguien" me refería a vos…

Sin prestarme la más mínima atención, dio un paso hacia atrás, estiró los brazos abriendo las manos hacia el robot y dijo:

-Taráaaaaan!! ¿Qué te parece?

Con tal de no lavar los platos es capaz de cualquier cosa, pensé, aunque sabía que igual habría terminado construyendo algo por el estilo tarde o temprano. Yo sólo le había dado la excusa. Y mejor uno pequeño y constructivo, que uno gigante que destruya todo el barrio. No quise parecer desagradecida, así que traté de ocultar mi consternación lo mejor que pude. Después de todo, quién sabe los años que le había llevado. Di una vuelta alrededor del robot, y vi que en una muñeca tenía escrito R.O.B.O.T.I.N.A. # 5.

-Es muy bonita, amor… ¿Qué significa la sigla?

-Robot Ogareño Blindado Omnímodo Transformable Inteligente Naturalmente Adaptable. Es la quinta versión. El primer prototipo totalmente funcional.

Volví a mirarla, tratando de alegrarme.

-Muy, muy linda… Pero "hogareño" va con hache, amor.

Le levantó un mechón de cabello detrás de la oreja izquierda y presionó un botón. El robot se enderezó y comenzó a mover las articulaciones. Habría pasado por una persona real de no haber sido por el ligero chirrido de los servos.

-Los muchachos de la fábrica me ayudaron a construirla: el Chino hizo toda la parte de diseño y el Flaco programó la inteligencia artificial. Yo solo habría tardado el doble de tiempo. Igual, lo más difícil fue mantenerlo en secreto para que no te enteraras. A que es el mejor regalo sorpresa del mundo, ¿no?

El robot abrió los ojos y habló:

-Di-ga-la-de-no-mi-na-ción.

Una voz femenina muy suave, sin ningún tipo de inflexión. El cabello de la nuca se me erizó. Sus ojos miraban más allá de mí con una inquietante expresión de vacío. Me sentí transparente.

-Quiere que le des un nombre, Ana.

Durante unos instantes, permanecí de pie en la sala, con el bolso en la mano y la campera todavía puesta mientras Bruno esperaba mi respuesta. Pero mi mente, para variar, iba atrasada en la conversación.

-Pará, ¿dijiste "inteligencia artificial"?

-Sí, aprende y se adapta re fácil, podría hacer los mandados si quisieras.

Pero yo tenía suficiente ciencia ficción encima como para saber que tal cosa sólo podía terminar mal.
-¿Pero vos estás loco? No aprendió nada viendo Matrix, pensé. -¿No te acordás de que el Flaco contó que sus I.A. hacían cosas raras? Vos mismo decías que…

-No te preocupes, me dijo que corrigió todo eso; ahora es perfectamente seguro. agregó, señalando al robot. Lo miraba con tanto cariño que era casi conmovedor. Como si no tuviera una hija ya, pensé.

Dale, ponele un nombre volvió a decir.


Ahora tenía otra, pero nacida de su cabeza.

-Minerva.

-Más horrible no se te ocurrió, ¿no?

-Mi-ner-va. Di-ga-su-de-no-mi-na-ción.

-Ana.

-A-na.






A la larga me acostumbré y llegué a pensar que el Flaco tenía razón. Minerva era dócil y eficiente, y aprendía muy rápido. En un mes limpiaba, lavaba y ordenaba exactamente como yo le había enseñado, e incluso mejor. Y como tenía las piernas y los brazos extensibles, adopté la costumbre de pedirle que me alcanzara las cosas en lugar de subirme a las sillas. Pronto olvidé mis aprensiones del comienzo, más que nada por el hecho de que tenía más tiempo para dedicarle a Zoe, al trabajo, al jardín, a mis amigas... Bruno también se vio beneficiado, pues a menudo se la llevaba al taller para que lo ayudara en sus proyectos, y siempre decía que era la asistente ideal. Incluso Zoe la había aceptado como niñera las pocas veces que la dejábamos con ella.

Pronto se convirtió en un miembro más de la familia.






No sé cuándo comencé a pensar que pasaba algo raro. Quizás fue una acumulación gradual de detalles que de pronto se hicieron notar, o sólo se le había quemado un circuito de un día para el otro. El caso es que de repente me obsesionaba la idea de que Minerva me odiaba. Me parecía que hacía de mala gana lo que yo le pedía. A veces se me ocurría que pasaba demasiado tiempo con Bruno. Me puse paranoica. Comencé a vigilarla constantemente, revisaba lo que hacía, buscaba cualquier excusa para salir de la casa con tal de no quedarme sola con ella.

Traté de tranquilizarme; me dije que era sólo mi imaginación, que había leído demasiados cuentos de Asimov, pero no sirvió de nada. Por supuesto que cuando le comuniqué mis inquietudes a Bruno, no me creyó. "Vos y tus cuentos apocalípticos", me decía, "Es perfectamente segura." Pero no llegaba a convencerme.

Hasta que una vez abrí los ojos a mitad de la noche y la vi de pie, de mi lado de la cama, observándome, si es que puede decirse tal cosa. Creo que desperté a toda la cuadra con el grito que di. Tuve un ataque de nervios, de modo que Bruno se la llevó al taller y la desactivó. Volvió con una taza de tilo bien cargado, y me calmó diciéndome que llamaría al Flaco para que revisara la I. A. cuanto antes.

Al día siguiente me fui a trabajar. Minerva había quedado encendida para limpiar el sótano, donde Bruno tenía su taller. Él se había llevado a Zoe a lo de su madre, ya que se había tomado la tarde libre, y me había prometido que estarían en casa antes que yo para que no tuviera que quedarme sola con el robot.

Sin embargo, al volver, me di cuenta de que aún no habían llegado. Minerva había salido del taller y estaba junto a la biblioteca, destruyendo sistemáticamente mis libros. Una montaña de hojas de papel desgarradas le cubría los pies. Me quedé helada en la puerta sin poder creer lo que veía. Ella giró la cabeza, y por un instante nos miramos en silencio, hasta que soltó el volumen que tenía en las manos y se lanzó hacia mí.

Me derribó e hizo que me golpeara la cabeza contra la puerta. Creo que me desvanecí por unos segundos, porque recuerdo despertarme y sentir que alguien me arrastraba del brazo derecho por las escaleras. Tuve la suerte de tomar a tiempo la escoba, que había quedado a un lado, y le di en la cabeza a Minerva con toda la fuerza de que era capaz. Siguió arrastrándome. Volví a golpearla donde podía, tres, cuatro veces, hasta que logré que me soltara.

Caí por los pocos escalones que había subido y me incorporé. El hombro derecho me dolía horrores, pero tomé la escoba con las dos manos y me puse en guardia. Minerva no se movió. Sólo estiró sus brazos hacia mí con una velocidad tal que apenas pude esquivarla. Las manos siguieron de largo y atravesaron la puerta. Ella permaneció inmóvil, salvo por sus brazos, que retrocedieron haciendo caer algunos trozos de madera y se volvieron hacia mí otra vez, como serpientes.

Una y otra vez siguió atacándome, y yo la evitaba como podía, defendiéndome con la escoba. Los golpes apenas le hacían mella, así que me vi obligada a improvisar. Mientras continuaba eludiendo sus embates, me las arreglé para subir las escaleras, sujetar a Minerva de los hombros y hacerme a un lado justo antes de que sus manos me alcanzaran. Se golpeó en pleno rostro y la solté para dejar que rodara escaleras abajo.

Se había dañado gran parte de la cabeza, por lo que había perdido el control de sus extremidades, pero así y todo seguía moviéndose. Sus brazos y piernas, ahora también extendidas, serpenteaban por toda la sala destruyendo lo poco que había quedado entero.

Me acerqué con cuidado y la golpeé hasta que dejó de funcionar.






Bruno llegó media hora después, con Zoe en brazos, pues se había quedado dormida. Yo estaba medio recostada en el umbral de la casa, tal como había quedado de la pelea. Había gastado la poca energía que me quedaba arrastrando a Minerva escaleras arriba hasta el dormitorio para arrojarla por la ventana a la calle, sólo para desquitarme. Algunos vecinos rodeaban el montón de metal y cables, como si eso fuera a darles algún tipo de explicación. Ninguno se me había acercado. Después de un combate a muerte con mi propio Terminator, no me sentía con ganas de conversar con nadie, y probablemente se me notaba en la cara.

Los ojos de Bruno, al ver el desastre, no podían abrirse más:

-¿Qué pasó?

-Nada respondí-, que ni a los robots les gusta hacer las tareas domésticas.



(c) Denise Lopretto

Temperley

Provincia de Buenos Aires

 

Denise Lopretto nació en la ciudad de Buenos Aires el 25/02/1983. Es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Desde 2013 vive en Temperley, provincia de Buenos Aires. En octubre de ese mismo año comenzó a participar del taller de escritura "Móntame una escena", de Literautas.com. En abril de 2014 creó el blog literario "Primera Naturaleza", donde publica la mayoría de sus relatos.

"Canción de medianoche" - Finalista en el concurso "La lupa ediciones 2013"

"Déjà vu" - Publicado en la 2º antología del taller "Móntame una escena" 2013 - 2014

"Ajo a todo" - Publicado en la antología "Vislumbrando horizontes 2014" de la editorial Libróptica







martes, 2 de diciembre de 2014

Federico Rivero Scarani - El imponderable Señor Azul

Federico Rivero Scarani


El cuento El imponderable Señor Azul, de Federico Rivero Scarani resultó finalista en el Segundo Concurso de cuentos de tema libre Revista Archivos del Sur, con el seudónimo Renato Russo.

El imponderable Señor Azul

No sé ni cuándo vino ni por qué. Preguntarse esto es valorar el tiempo y el hecho acontecido en ese tiempo. Es por ese motivo que comenzaré a narrar la historia en cuestión, tratando de ser lo más fiel a lo acontecido a pesar de ciertas lagunas mentales sufridas.

Tomando un largo café con el Señor Bordoli durante una fría tarde de junio, entablamos una animada conversación sobre diversos temas. El lugar era acogedor, y éramos pocos los que nos encontrábamos ahí. Los afiches y los cuadros sobre la pared inducían a una sugestión inefable en mi espíritu, que sino era de desagrado tampoco era de alegría ni muchos menos. El Señor Bordoli, de más de sesenta años y de un garbo envidiable, pasó rápidamente de una conversación a otra; el tono de su voz había cambiado, era grave y pausado, lo que me llevó a prestar más atención a sus palabras.

- Yo experimenté un inmenso desagrado y a la vez una fascinación tentadora aunque me contuve por temor.-, expresó fríamente mirándome a los ojos.

- ¿Qué fue lo que experimentó?

- El encuentro con el Señor Azul.- me respondió quizás con un dejo de temor y admiración a la vez.

- ¿Y quién es ese Señor Azul?

- Es indefinible, diría que estrambótico. Una "persona" que espero nunca más volver a ver.

- Le hizo pasar un mal rato.

- ¡Peor que eso! Me quitó las ganas de vivir; y si vivo es por puro instinto de conservación. Debí refugiarme durante años en la psiquiatría, me fui curando pero con el riesgo de perder la razón, no solo por el encuentro, sino por la desconfianza que despertaba en los profesionales de la salud.

- ¿Me quiere contar la historia?-, le pregunté con curiosidad nada disimulada.

- Si está dispuesto a tomar otro café conmigo lo haré, pero con la condición además de que no me haga ningún juicio mientras hable, ni tampoco me interrumpa. Después piense lo que se le antoje, no mitigue el desprecio y la burla si lo desea.

Accedí escuchar la historia del encuentro y fue así que comenzó.

En el invierno acostumbraba a pasar varios días en una casa que tengo en un balneario , pero no fui más después del encuentro con el Señor Azul. Me gustaba sentarme al lado de la estufa con el fuego ardiendo sobre un trafoguero mientras bebía un cognac escuchando a Vivaldi. Adoraba el Invierno de las Cuatro Estaciones, en tanto el mar y el viento rugían afuera envolviendo el paisaje de eucaliptos y pinos. Una tarde me excedí con el cognac trayéndome como consecuencia una borrachera inmunda que casi me lleva al vómito. Me dormí, o mejor dicho, me desmayé en el sillón al lado del fuego crepitante. Cuando desperté del letargo la resaca me hería las sienes y el espíritu; intenté levantarme para beber agua pero no pude, y fue en ese momento de enferma voluntad donde escuché un zapateo en la cocina, luego unos pasos que se acercaban y finalmente una figura toda de azul, camisa, corbata, pantalones y zapatos, ¡y también la cara, el pelo y el bigotito!, ¡y hasta los dientes se dejaban ver azules desde una sonrisa cínica!, pero lo peor eran los ojos de un azul profundo y malignos que me miraban con reproche y sarcasmo.

- ¿Qué hacés, viejito?-, dijo su voz gangosa-. ¡Te pasaste de la raya, perejil!

- ¿Quién es usted?-, le pregunté con la lengua trabada y reseca.

- ¿Quién soy?, ¡y que te importa quien sea, zapato! Igual me voy a presentar-, y comenzó a zapatear sacando no sé de dónde un bastón blanco y grueso con el que me pegó en una rodilla. Grité del dolor y me dijo que no fuese cobarde, que un hombre ni grita ni llora por un simple y maldito golpe en la rodilla. Me enfurecí y la resaca se me fue casi de golpe, pero me calmó de prepo amenazándome con el bastón blanco.

- ¡No te sulfures, pituco, que te voy a decir por qué estoy acá! Deberías saber a tu edad que "la gloria es el sol de los muertos" (Balzac) y estás ahí echado como un sapo en el paso sin hacer nada, y no es que ignores que la pereza es un pecado porque lo sabés más que yo; deberías tener en cuenta que en la vida "Taciti, soli, sanza compania/ n’andavam l’un dinanzi e l’altro dopo/ come i frati minor vanno per via" . (Canto XXIII, Infierno, Divina Comedia de Dante Alighieri: "Callados, solos, sin compañía, íbamos el uno detrás del otro como frailes menores por sus caminos").¡Y no te hacés problemas, claro, si la copa te quita la soledad! O te la trae como si fuese una muleta. ¡La disfrutas, viejito glotón, porque el pobrecito sufrió tanto ...!, "Tu as souffet de l’amour a vingt et á trente ans ... e tu bois cet alcohol brûlant comme ta vie, ta vie que tu bois comme eau-de-vie". ("Has sufrido de amor a los veinte y a los treinta años … y tú bebes este alcohol ardiente como tu vida, tu vida que bebes como si fuera aguardiente", Apollinaire, Zona). ¿No, mi querido?.

Luego de esta larga cháchara e incomprensible me acercó el rostro azul a mi cara abriendo la boca de lengua azul y me mordió la mejilla con sus dientes azules y no me soltó por un buen rato.

- ¿Pero estás loco o endemoniado, mamarracho?-, le grité tomándome la cara y con la intención de partirle la botella por la crisma; pero fue tan rápido y hábil que me tomó la botella y la partió contra la estufa avivando el fuego con el resto de líquido, con el pico de la botella se me acercó amenazándome y canturreando "Living la vida hermosa, living la vida hermosa, ¡olé!" Buscó un silla y se sentó cruzando las piernas frente a mí. No me dejaba levantarme del sillón, así que tuve que quedarme postrado escuchándolo.

- Nacés, vas a la escuela, crecés y comenzás a trabajar; te fornicás a la mujer que te pasa al lado, ¡asquerosa concupiscencia!, te jubilás, envejecés, te emborrachás y te ... ¡morís!, jajajajajajajarajaja, y rellenás todo ese tiempo con habladurías, consumiendo confort, criando los berretines de tus hijos, pagando cuentas etcétera, etcétera. ¡Y no te jugaste jamás por nada! "Questo misero modo/ tegnon l’anime triste di coloro/ che visser sanza infamia e sanza lo do" ("Esta mísera suerte sufren las almas tristes de aquellos que torpemente vivieron sin vituperio ni alabanza", Canto III, Infierno, Divina Comedia, Dante)

- ¿Y usted quién es para venir a juzgarme sin conocerme?¿De dónde salió? Supongo que de un tarro de pintura.

- ¡Exacto! Soy un genio moderno y por eso vine a cumplirte tres deseos que son: molerte a palos, arrancarte los pocos pelos que te quedan, y llevarte atado a un asilo.

- Usted está muy mal, mister Blue, en serio se lo digo; su facha lo dice todo: pintado y vestido de azul, ¡¿Cómo entró a mi casa?!
- Por algo llamado puerta mientras dormías la mona. ¿Acaso te olvidaste cuando prometiste aquella vez, desesperado por tu hijo accidentado, que serías capaz de vender tu alma? Pues te digo que ya lo hiciste, yo no la compré sino que vos la vendiste. Y ahora estoy acá para recordártelo. "¡Cuán por encima de todas la riquezas está la prudencia!" (Tiresias, "Antígona", Sófocles)y de esa virtud de las virtudes no tenés la menor idea. En ese momento saltó del asiento y se puso a representar una farsa mezclándola con un zapateo de music hall.



- ¡Usted está hablando estupideces! Jamás prometí nada, y si lo hubiera hecho no vendí ni un átomo de mi alma y pongo a dios por testigo.

- "No tomes en vano el nombre de Yavé, tu Dios, porque Yavé no dejará sin castigo a aquel que toma su nombre en vano", (Éxodo, 20:7),circunspecto y burlón deteniéndose con talante grave en tanto se retorcía el bigotito azul.

- ¡Por favor déjese de citar y de hablarme en otro idioma! Quiero saber qué lo trajo hasta aquí; yo no molesté a nadie ni me metí en casa ajena. Le suplico, de verdad, que me ahorre el sufrimiento que me está causando.

- ¡Ah, no no no no no! Usted se equivoca, doctor; usted está envilecido y eso es una enfermedad, yo soy el médico. ¡Alégrese que vengo a curarlo!- Y diciendo esto comienza de nuevo a bailotear, a saltar, tomó un charango que estaba colgado en la pared y lo rasgó sacando atroces sonidos infernales que me taladraban la cabeza. Nuevamente comenzó a canturrear.

- "Yo soy el tenebroso, el viudo, el desdichado,/ el aquitanio príncipe de la torre sombría./ Mi sola estrella ha muerto; mi laúd constelado/ ostenta el negro sol de la melancolía" (Gèrard de Nerval)

Parecía que sus palabras también eran azules como sus manos y todo ese rostro estirado y bufonesco. Le supliqué que parara, que se detuviera en su loca palabrería y gestualidad, pero era en vano; dejaba el charango y tamborileaba sobre la mesa con el bastón y la mano, cruzaba las piernas constantemente mientras cantaba sin fin el estribillo.

- "Y he cruzado dos veces el agua del Aquerón". (Gerard de Nerval) Me has dejado solo como un cabello en el peine -, y reía la estupidez que le salía de la boca azul.

- No seas tímido, vení a divertirte, ¿o acaso necesitas otra botellita, mamón? Te voy a contar la historia de ropero glotón y del bombón eléctrico. Resulta que una vez un ropero ...
- ¡Cállese, demente! grité como energúmeno y quise levantarme, pero el Señor Azul fue tan rápido que me atajó por los hombros empujándome hacia atrás con tal fuerza que casi vuelco el sillón con mi caída.


- Usted no está en condiciones de exigir nada: 1- tiene derecho a guardar silencio porque lo que diga podrá ser usado en su contra,, 2- si no tiene un abogado mejor porque no sirven para nada, 3- el Estado le brindará uno, si usted lo suplica, para que lo enloquezca, 4- "Los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur", (Vicente Huidobro).

Comencé a llorar como un chiquilín; era tan grande la angustia y la desesperación que no podía reprimir el llanto; sin embargo no impidió que me siguiera torturando con palabras y gestos. Era una maldición, una pesadilla de nunca acabar; creí que me estaba volviendo loco cuando de pronto se hizo silencio. El Señor Azul no estaba, se había esfumado con rapidez. Observé alrededor y no lo vi. Me levanté del sillón trastabillando y me dirigí a la cocina, tampoco lo encontré. Suspiré profundamente aliviado. Cuando volví al lado de la estufa tambaleándome lo encontré sentado en el sillón.

- "Veritas non est vernilis (La verdad no es servil)- dijo con parquedad. Y continuó: Soy lo que soy, una fiebre, un trastorno, una alucinación, un enigma que nace de tu cerebro. Se nace hormiga, o paloma, o medusa; se nace hombre y por qué no nacer como entidad superior? Siéntese, por favor. Hay pájaros que parasitan a otros pájaros, el tordo, por ejemplo. Y el hombre no debe extrañarse de tal conducta, sea de un animal o de una planta. El león mata los cachorros para que la hembra entre en celo. Son irracionales. Sin embargo el hombre se distingue de ellos aunque asumiendo conductas similares. Un sistema político o económico es una abstracción, pero las consecuencias de los mismos se perciben. Durante milenios el hombre abusó de su prójimo, y lo sigue haciendo con la ilusión, creada por el sistema, de que ahora se vive históricamente mejor que siglos anteriores. La comodidad y el confort embrutecen tanto como la ignorancia, de hecho es una clase de ignorancia refinada. Las alas de las mariposas en Pekín provocan huracanes en la Florida; esto ilustra que todo está interrelacionado. Un atentado en Londres mata decenas de personas, a los días significativamente, en Pakistán, mueren centenares de personas por el choque de trenes; ¡vaya casualidad, los terroristas eran de origen pakistaní! Otro caso: hacen estallar un misil en un asteroide con el objetivo de "estudiar" ciertas reacciones, como si las potencias humanas fueran análogas a las de una piedra que flota en el espacio; unos días después un cometa cae aquí en el río a unos centenares de kilómetros. El dedo toca el péndulo y éste se mueve; y a veces con esto no alcanza; intentan tocar el péndulo dentro de cincuenta años, a partir de ahora se planifica, se estudia, se observa, se calculan probabilidades y se construye un modelo de futuro para ser aplicado en próximas décadas. El poder del capital se invierte en nuevas probabilidades de vida para sí mismo; se construirá para un sistema dominante y no para el hombre. El símbolo se lo tragará. Millones de seres humanos ignoran el movimiento de hilos y quiénes lo manejan. La realidad se va construyendo al ritmo del látigo de los poderosos; guerras étnicas, guerras económicas nacen del mismo germen. El dominio y el poder se construyen paralelamente a la realidad, ¿acaso no existe otra alternativa de realidad?. No me pongo metafísico. Res rei. El instinto de supremacía junto al de conservación hacen que muchos se mantengan de pie sobre la humanidad de tantos. El hombre actual extingue a su hermano como lo hizo el cromagnon con el neardenthal, pestes elaboradas en laboratorios estelares, división entre los pueblos, hambre fomentada y mientras la hipnosis de la información en aludes no permite procesar ni reflexionar nada; se multiplica hasta la n potencia creando un noctambulismo que lleva a la rutina e impide un instante de reflexión sobre "cómo estoy parado en el mundo" o "adónde voy con tanta prisa; y se cercena la espiritualidad, esa vitalidad anímica que, aliada a la imaginación, hace que el hombre sea un ser humano. Al no haber espiritualidad ni imaginación la persona se anquilosa y satisface sus deseos precarios o naturales por medio de la adquisición simbólica del consumismo. ¿Y la insatisfacción? Cuando se tienen todas las necesidades básicas satisfechas, al costo del trabajo, de los horarios y del rumor de la "máquina", algún vacío queda por llenar. Ese vacío está insatisfecho, y podrías satisfacerlo con las bellezas del arte o de la naturaleza, o con una buena comida, o con un reloj; pero cuando ese monstruo no se satisface con nada, ni material ni emocional, ¿qué queda? Un deseo frustrado que acarrea, en ocasiones, la ira, o un hambre feroz de poseer algo, apropiárselo, como si la cosa o el objeto tuviesen alma para beberla igual que un licor. Por eso la constante búsqueda de satisfacción y de hedonismo sino deviene la frustración. Quizás sea esa la meta del hombre en esta tierra, su objetivo primordial, su quintaesencia. Es posible que la suma de voluntades, que de hecho están dirigidas y digitalizadas, sea esa búsqueda de lo inefable que en definitiva no es más que un puzzle de infinitas cosas materiales y emocionales. ¡Vaya el libre albedrío! Cada persona, como tú, tiene su puzzle y jamás lo logran armar. Los desdichados, los olvidados y postergados de alguna manera también lo tienen a menor escala. Y esa entelequia denominada humanidad conforma un gran rebaño dirigido por voces del poder, por signos producidos por este y por tradiciones anquilosadas. Toda la aventura del hombre se resume en la constante búsqueda que equilibra y desequilibra, y en este vaivén den vueltas bajo la sombra del árbol de la Ciencia para el Bien o para el Mal. Aquella serpiente es el gran símbolo de la insatisfacción humana durante aquel tiempo sin tiempo en el que se hablaba directamente con Dios y este respondía. Con el lenguaje dado como don el hombre habló directamente con Dios, pero también habló y escuchó a la serpiente, es decir, se escuchó a sí mismo aún desconociendo su innato deseo de poseerlo todo. Ya Babel habría sido el prístino intento de globalización, se dirá que terminó con el magno proyecto de soberbia, el pecado más de moda. La vanidad, que refleja el autoengaño de la ignorancia, la ceguera de la vanidad.
Ahora que te observo mientras te hablo, aprecio que tu gesto se ha demudado pasando de la crispación a la tolerancia atenta de mis palabras. Creíste que por ser yo una quimera no podía hablar con cierto tono de seriedad, más allá de mis estultos conceptos, al menos me reconozco como una entidad con falencias. Y te diré, además, que desconfío de los virtuosos. suficiente don es una virtud, porque cuando muchas se tienen se mezclan entre ellos haciéndose oscuras y turbias. Descubrir tu virtud se asemeja a los dones de las Hadas de las que escribió Baudelaire; se nace con uno y se lo lleva siempre aun en las peores tormentas emocionales. Descúbrelo y serás otro hombre. No te confiaré, porque no estás apto pues desconoces las negras puertas de diamante, de cual región provengo. Deberás, si quieres, dilucidarlo por tus propios medios, y ni aún con la mejor buena voluntad, creo, en lo personal, que descubrirás dicha región vedada a la gran mayoría de los hombres. No estamos solos en el mundo, y no es una frase manida; se está solo cuando la voluntad se enferma, o la tristeza embarga, cuando la insatisfacción corroe el tuétano y el espíritu (y no olvides que este es parte del alma junto con la memoria, la voluntad y el entendimiento, sus tres potencias) El quid estriba en mantener la armonía, como una dulce melodía, y es tarea ardua. No soy un filósofo ateniense, pero los conocí y dieron mucho que hablar. Lo voy dejando, mi buen señor, y espero no haberlo trastornado.

Mientras largaba su discurso no paraba de mover sus piernas cruzándolas de acá para allá; en un momento escuché un ruido en la cocina y me di vuelta, fue en ese momento que el Señor Azul se esfumó por la estufa. Desde ese momento nunca más lo vi. Se detuvo dejándome impávido, confuso y sobre todo diferente. Su presencia me cambió; su último discurso me llevó a la reflexión, que aún hoy la practico porque fueron muchas idea que me lanzó y que yo desconocía. Tuve que ponerme a estudiar nuevamente para comprender algo.


El Señor Bordoli encendió un cigarrillo y aspiró con ganas. Me mantuve callado un par de minutos y luego agregué.

Fue una experiencia de pesadilla si "realmente" sucedió. ¿Quién era el Señor Azul?

- Quizás un ángel, quizás un demonio, o ambas cosas .Tiene derecho a no creerme, resulta tan inverosímil.

- Desde luego que sí-, afirmé.

Nos despedimos hasta un próximo encuentro; tal vez tuviera que agregar algo más a este estrafalaria historia, o probablemente no se refiriera más a ella. La cuestión es que cada vez que me siento en mi sillón solo temo por la aparición del Señor Azul. Ahora que voy terminando de contar esta historia en base a lo que me confesó mi amigo, acabo de escuchar una risa en la cocina, y percibo una sombra, y esa sombra es azul.

(c) Federico Rivero Scarani

Montevideo

Uruguay


Federico Rivero Scarani Nació en Montevideo, República Oriental del Uruguay, el 25 de enero de 1969. Docente de Literatura egresado del Instituto de Profesores Artigas, Obras: "La Lira el Cobre y el Sur "(1993), "Ecos de la Estigia" (1998),"Atmósferas" (Mención Honorífica de la Intendencia Municipal de Montevideo, 1999), participó en el CD "Sala de experimentación y trabajos originales", Maldonado 2002,"Synteresis perdida"(2005), "Cuentos Completos" 2007, "El agua de las estrellas" (2013), "Desde el Ocaso" (2014) editado en las páginas digitales EspacioLatino.com/Camaléo.com. Colaboró en diversos medios del país como El Diario de la noche, Relaciones, Graffiti, y también en Verbo 21. com y Banda Hispânica.com Publicó un ensayo sobre el poeta uruguayo Julio Inverso ("El lado gótico de la poesía de Julio Inverso") editado por los Anales de la Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense (Madrid-España). "El simbolismo en la obra de Julio Inverso", escritores.org/baobac.com/ Agulha-Banda Hispánica. Participó en antologías de poetas uruguayos y colombianos ("El amplio jardín", 2011) y Poetas uruguayos y cubanos ("El manto de mi virtud"). Mención Honorífica por el trabajo "Un estudio estilístico de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca", 2014, Organizado por el Instituto de Estudios Iberoamericano de Andalusíes y la Universidad de La Plata (Argentina). Accésit Premio José M. Valverde, Catalunya, 2014. Fue docente de la cátedra de "Lenguaje y Comunicación", en el I.P.A. Corrector de las Pruebas para Aspirantes a ingresos a Institutos de Formación Docente, Aplicador de las mismas pruebas, Dictado de clases para la preparación de los Aspirantes.








lunes, 1 de diciembre de 2014

Aldo Rosales Velázquez - Los bares en Málaga

Aldo Rosales Velázquez
El cuento Los bares en Málaga, de Aldo Rosales Velázquez resultó finalista en el Segundo Concurso de Cuentos de tema libre  Revista Archivos del Sur.

 
Los bares en Málaga

 

 
-Piensa en un lugar, digamos… Málaga, ¿cómo son los bares ahí?

Ernesto tiembla al escuchar la pregunta. Cierra los ojos, respira hondo, comienza a imaginar ese lugar, aunque nunca había oído hablar de él. Las calles son rústicas, forradas de piedras lisas y brillantes, color miel, como panecillos duros. Toca la puerta de un edificio que cree reconocer como un bar, aunque no sabría decir por qué.

-Tocaste la puerta, eso es raro. Bien. ¿Y te han abierto?

Abre un hombre entrado en años, de pelo lacio y escaso, como cabellera de bebé. Contesta el buenas tardes con un español raro, ahuyenta las moscas sobre un trozo de queso en un pequeño plato de bordes desportillados sobre la única mesa. Regresa a su lugar tras la barra y recarga los brazos sobre ella.

-¿Es la única mesa?

Más al fondo, apenas iluminada por un foco en la pared, hay otra: frente a ella un hombre inmóvil; parece dormido. Entre sus manos, un vaso de líquido ámbar y, sobre sus piernas, como si fuera una cobija, un diario donde se lee: torero perdió la vida en la faena. El hombre tras la barra sirve cerveza en un vaso largo, delgado; lo coloca frente a Ernesto, espera.

-Vas a beber, supongo. En los bares, así como en las fiestas, se bebe, ¿no?; es algo inevitable. Digamos que en Málaga es de mala educación rechazar el primer vaso que, por cierto, es gratis; al menos eso te harán creer, porque al fin y al cabo te lo cobrarán discretamente. Así se estila allá.

Ernesto toma el vaso, inclina la cabeza en señal de saludo y bebe. Mira tras el hombre un calendario de 1986: los Alpes Suizos lucen esplendorosos, irreales. El techo es de vigas de madera y ladrillos rojos, como la casa de sus abuelos.

-¿De veras? ¿Como la casa de tus abuelos? Bien.

Quiere platicar algo con el hombre tras la barra. Habla del clima en Málaga: templado con posibilidades de lluvia, raro en esa época del año ¿no? Bueno, cómo saber. El hombre de cabellera de bebé sonríe: extranjeros, quizás se esté diciendo por lo bajo, cómo saber eso también. Bebe otro poco y mira alrededor: el bar está demasiado vacío para esas horas de la tarde, ¿no? Claro, cómo saberlo. El queso vuelve a llenarse de moscas que toman su tiempo para hacer lo que sea que hagan las moscas en Málaga.

-¿Sigues bebiendo…? No, está bien, tú dime.

Ernesto pide otro vaso antes de acabar el primero. Vuelve a mirar el calendario: no recuerda si había visto el año 1986 o 1996 la primera vez, pero ahora ha cambiado. El hombre de la mesa del fondo también ha cambiado: ahora es una mujer. El queso lleno de moscas ha desaparecido, así como la mesa donde estaba. Ernesto mira el vaso, como si ahí estuvieran las respuestas o las cosas que ya no encuentra. Nada. Un líquido violáceo que dice bien poco, casi nada. ¿Será normal el calor así de húmedo en Málaga?

-Sí, dicen que Málaga es como una lágrima: húmedo, salino, doloroso. Eso dicen, ¿tú lo crees? Bueno, ¿y la mujer?

Ernesto se acerca a la mesa y mira a la mujer que lee un periódico donde se anuncia que al día siguiente picará "Manos" para Manuel García. Se sienta sin preguntar si puede. Conversan. El ventilador hace el sonido de un moscardón, descuartiza el techo de tabique rojo y tablas apolilladas. La mujer huele a cigarro y a perfume dulzón, una combinación de mujer fuerte.

-¿Así son las mujeres fuertes? ¿Qué más?

Hablan de las corridas de toros. Ella dice que son muy, cómo decirlo, ¿españolas? Un adjetivo que nada dice a Ernesto: no sabe si es bueno o malo. La mujer agita el vaso sobre la cabeza, en dirección al hombre de la barra, y se lleva un cigarro a la boca. Enciende ambos, el de ella y el de Ernesto, aunque él no recuerda haberse llevado uno a la boca, ni siquiera sabía que fumaba: debe ser Málaga.

-¿Una mujer que bebe y fuma? Sígueme diciendo cómo es Málaga.
Málaga es de calles fuertes. Sí, así las describiría Ernesto: calles fuertes, veredas de viejos panecillos de miel. Avanza del brazo de la mujer. En una esquina, bajo una farola inútil como todas las farolas durante el día- unos viejos hablan a gritos, pero no riñen: celebran que el sábado entrante pelea el hijo de uno de ellos. Es mecánico durante el día, boxeador durante las noches. Debe oler a grasa, porque el aroma que uno carga denuncia lo que uno es. La mujer sigue amarrada al brazo de Ernesto.


-¿Cómo es ella?

Ernesto la mira: no sabría describirla. Es bella, de eso no hay duda, pero quizás de una belleza muy, ¿malagueña?; lo de los adjetivos ambiguos se contagia, piensa Ernesto. Ella le dice que está ahí para escribir un libro sobre psicología infantil, que al otro día buscará un fotógrafo que le dé imágenes para ilustrarlo. Bien, es una buena idea. Caminan lentamente, como si cada paso los acercara a un lugar que los ha de separar para siempre; no saben. La noche les empieza a llover encima, tan a prisa que sienten como si pesara, como si las sombras tuvieran cuerpo.

-Te gusta Málaga, ¿no es cierto? Ahí no hay carros. Bueno, en tu Málaga. A mí me suena como Portugal, o tal vez es aquí, nuestra ciudad, sólo que con tantas cosas tuyas que ya ni la reconoces. ¿Van a viajar en carro?

Ernesto avanza con la mujer al lado. Ella le dice que tiene un auto, que mejor vayan en él, que ella conduce porque lo nota cansado, un poco ebrio; él sabe que eso sería lo correcto, pero no puede contestar. En un café, un hombre escribe en una libreta: parece esperar a alguien; voltea a cada momento hacia la entrada. Una fuente en medio de la plaza, como un recuerdo de otros tiempos: bordes húmedos y resbalosos, diseño antiguo, hecha de piedras redondas y grises como vientre de pez. Él y la mujer se acercan, se inclinan sobre el agua y lanzan una moneda a la que va amarrada un deseo. El choque del metal contra el agua le destroza el rostro a la mujer, y no se le reconstruye por más tiempo que pase, como si hubiera tenido un accidente… Ernesto no puede más, abre los ojos, mira al terapeuta apagar su cigarrillo. Sobre el escritorio hay una revista de psicología, "La convención de Málaga". La calle, a través de la ventana, es una película muda. La voz de la secretaria se escucha detrás de la puerta, de donde también llega su perfume: habla con otros pacientes.

-Fue un buen ejercicio, ¿no lo crees?

-Creo…

-¿Por qué no hay carros en Málaga? ¿Por qué ahí sí beberías otra vez?

-No sé, yo sólo…

-Está bien, sólo preguntaba. Así lo dejamos, ¿te parece? Ahora sí, ¿hablamos de lo que quedó inconcluso la sesión pasada?

Ernesto calla, se lleva a los labios un vaso de agua. Respira hondo. Tiembla.

-Sí… hablábamos sobre el día que la conocí… me duele pensar que se parece a ese otro día.

-¿Qué día? Dilo, anda.

-Ese día….ese otro día.

Ernesto mira los autos pasar: aprieta los ojos. Recuerda la calle de ese día, resbalosa como las piedras de la fuente. El doctor se acaricia la cabeza casi calva, brillosa, luego apunta algo en una hoja amarillenta, maltratada, donde aparece, en la parte superior, el nombre completo de Ernesto. A un lado, en letras subrayadas, viudo.




(c) Aldo Rosales Velázquez
Ciudad de México
México


 

 

Aldo Rosales Velazquez, ciudad de México, 1986. Autor de los libros de cuentos Luego, tal vez, seguir andando, Río arriba ,2012, y Entre cuatro esquinas, Fondo editorial Tierra adentro, 2013. Coordinador del taller de creación literaria del Faro indios verdes.