miércoles, 25 de mayo de 2016

Campos de lluvia - Araceli Otamendi






Íbamos a mucha velocidad, él conducía. Primero por calles asfaltadas hasta salir de la ciudad, luego, el auto se desplazaba por la autopista, corría. Edificios, carteles llamativos, luminosos, luces encendidas en la neblina.
Un día de semana lleno de ocupaciones, de trabajos, obligaciones, llamadas telefónicas, mensajes, sms, timbres, personas, autos, colectivos, trenes, aviones, barcos, lanchas, ¡cuántas cosas! ocupaban nuestros días. Éramos jóvenes, muy jóvenes cuando salimos a la ruta, ¿a cuánta distancia estamos?
pregunté. Pero él, apurado por llegar a destino, aferrado al volante, no me escuchaba, entonces yo miraba a través de los vidrios del auto los terraplenes, el tren en las vías casi paralelas a la autopista, después cruzándose, con las caras de las personas, pasajeros asomados también contra los vidrios de las ventanillas. Eran caras ajenas, con la pereza despejada de los rostros que se disponían a llegar al trabajo. Ya era la media mañana.
El cielo gris se había convertido casi en negro, algunos nubarrones, algún trueno lejano, el olor de la tierra mojada, pájaros que volaban rápido anticipaban una tormenta. Le pedí a él que nos detuviéramos en algún bar de la ruta, que no siguiéramos por la autopista congestionada, donde otros autos también veloces cruzaban el carril, apurados por llegar. Nos detuvimos en el peaje y empezó a llover. Y mientras él pagaba al hombre de la casilla del peaje y extendía la mano para recibir el vuelto yo veía estrellarse las gotas de lluvia en el vidrio, gotas espléndidas como cristales se deshacían brillantes, una gota se transformaba en varias, en cientos de otras gotas y después en agua hasta bajar nuevamente desplazándose por el metal del auto. Yo iba pensando en no sé qué cuento que escribiría o había terminado de escribir. Él seguramente en alguna otra cosa. La música de la radio emitía algunos sonidos como instrumentales, la voz de algún locutor la interrumpía de vez en cuando. Ya habíamos avanzado algunos kilómetros después del último peaje.
El cielo se había convertido en un telón de acero gris, de vez en cuando algún pájaro se cruzaba a la altura del auto. Habíamos dejado atrás los edificios, las calles de asfalto, los símbolos mas representativos de la ciudad. Y fue entonces cuando los vimos: eran caballos, caballos oscuros, erguidos, elegantes, de piel lustrosa, trotando por un campo verde, de pasto muy verde y mojado, un hombre los hacía trotar. El auto se detuvo ahí y los dos nos quedamos adentro, mirando los caballos a través del vidrio del parabrisas.
Apagué la radio. Los animales se desplazaban alrededor de ese campo mojado, de forma circular como una pista de circo. Eran varios. Y cada vez los caballos trotaban más y mejor, la piel brillante, las crines alborotadas, después al galope. Nos quedamos mirando en silencio ese espectáculo luminoso, tan bello, tan fantástico que como un sueño había irrumpido así en medio del paisaje. Al fondo, entre los árboles, alguna oscuridad. Y los ruidos, los ruidos del campo, gritos de pájaros, el balido de alguna oveja, el mugido de las vacas, algún chimango. Todo eso nos entretuvo, perdimos la noción del tiempo, ni siquiera teníamos ganas de comer. Detrás del vidrio éramos como dos fantasmas que en un cine, detrás del telón, miran pasar la vida mientras los espectadores disfrutan de un film y ellos no están ni en uno ni en otro lugar. Por la oscuridad, supimos que había llegado la noche. Los caballos se retiraron del campo de lluvia al trote, conducidos por el hombre, seguramente un cuidador. Los ruidos de los animales, de los pájaros, se habían convertido en otros, algunos más chillones, como indicando algo, algún aviso, alguna contraseña para los de su especie. Y nosotros, después de ese espectáculo tan animado, tan bello de esos animales trotando, continuamos el viaje, nuestra ruta, nuestros días, nuestras noches, como siempre, un poco más cansados, con más días a cuestas, con teléfonos, celulares, autos, colectivos, edificios, trenes, carteles luminosos vendiendo productos, ruidos, música, obligaciones, cuentas, trabajos, imágenes, hasta una nueva mañana.

© Araceli Otamendi



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