lunes, 17 de octubre de 2016

Duendes mágicos - Erasmo Sondereguer

                                                                                                                                                                   
foto:(c) Revista Archivos del Sur - victrola, fotografía tomada en
Museo Casa de Carlos Gardel (Buenos Aires)
Duendes mágicos, sin silencios tristes. Surgieron sin ser vistos, en ese infierno descomunal y bárbaro. Invisibles, se introdujeron veloces en la máquina incendiada y rescataron ese cuerpo, que las llamas incontenibles estaban devorando. Lo lograron sacar, haciéndolo invisible como ellos. Lo llevaron a su guarida, en las entrañas terrestres. Lo depositaron en una cama oval, sobre un manto intensamente rojo. Y lo contemplaron allí, tendido boca arriba. Parecía dormir. Ojos blandamente cerrados, labios entreabiertos. Su rostro se veía afectado  por el fuego, en diferentes sitios. Gran parte de su cuerpo también estaba quemado. Sumieron al hombre en un profundo sueño y como el mejor equipo médico, lo despojaron de los restos de su ropa y lo limpiaron con mucho cuidado,  no dejándole el menor rastro de piel muerta. Luego lo cubrieron, incluyendo su cara, con un ungüento amarillo y lo vendaron, pareciendo estar viendo a una  momia de reciente factura.
Transcurrieron diez días, durante los cuales se lo curó convenientemente. Al término de ese tiempo, retiraron las vendas. De inmediato, y después de observar los resultados de la cura, lo vistieron con un ambo de tela muy fina. Minutos después, el hombre despertaba. Feas marcas de quemaduras habían quedado en su rostro y en su cuerpo. Nada más pudieron hacer los duendes. Pero sabían que existía un motivo que limitaba sus poderes. Y ese motivo, posiblemente, se develaría más adelante. Por lo que la magia de los duendes, no alcanzó para suprimir la monstruosidad dejada por las llamas. No había espejos que pudieran mostrarle lo que sus manos comprobasen al tacto. Pese a lo horrendo de su aspecto, no hubo quejas ni lamentaciones de su parte. Miró a los simpáticos y eficientes duendes y les dijo, casi en un murmullo, como si no pudiese o no quisiera hablar en un tono más alto:
-Gracias. Infinidad de gracias, queridos amigos. Me han  salvado. Me han  devuelto a la vida. Gracias- terminó, con una sonrisa feliz.
     Los simpáticos hombrecitos, sonrieron de igual forma.
Y ellos no sabían lo que sucedería después. Escucharon y luego vieron, con asombro, lo que crecía con celeridad altamente sorprendente, maravillándolos. Y era la voz de ese hombre, extendiéndose, adquiriendo una inconmensurable belleza y cálida cadencia. Y él era el sorprendido por la magia que se producía. No había espejos pero se estaba viendo. El canto brotaba espléndido de su interior. Catarata preciosa manifestándose y quedando indeleble. Y lo vieron allí. El juglar magnífico. Y dejó, como presente imborrable, la última nota del tango interpretado. Y entonces todo volvió al comienzo de su fin, aquél que fuese truncado por los mágicos duendes. Al tocarse el rostro, notó lo que creía desaparecido y que sólo con el canto eliminaba. Y la perennidad  en su voz, ya fue constante.
Y lo dieron por muerto. Pero del horrible dolor de la tremenda pérdida, fue surgiendo,    como paliativo imprescindible, para un pueblo que erige a sus ídolos, el renacimiento e inmortalidad del más grande de ellos.  Y ese pueblo lo vio llegar, como si sólo se hubiera ido por poco tiempo, bajando de su automóvil. Su sombrero, levemente inclinado. Saludó con su prodigiosa sonrisa. Y esforzándose para caminar por entre esa muchedumbre que lo aclamaba y que, curiosamente, con respeto lo dejaba pasar, entró al teatro.
En semejanza con el Fantasma de la Ópera, se quitó la mascarilla que le ocultaba las horribles quemaduras, al sentarse frente al espejo de su camarín.
Sin ser percibido, entró al oscuro escenario. Comenzó la orquesta. Y al escucharse la hermosa voz, una luz blanca e intensa iluminó al cantante. Un rostro sin marcas, el mismo que se viera antes del accidente. Al término de cada tema, la luz lo dejaba en penumbras, volviendo aquélla, al comienzo de otra interpretación. Y en su rostro impecable, su indeleble sonrisa.
Diferentes e innumerables fotos del artista, poblaban el frente, la entrada y el hall del teatro. Y su voz, despertando sentimientos, envolvía con su calidez. Como  oleadas inmensas, penetraba la gente. Era imposible que en aquel recinto se pudiese albergar a tamaña cantidad de personas. Si un observador hubiese estado desde un comienzo, dentro de la sala, hubiese comprobado que algo extraordinario sucedía. El público se iba acomodando en las butacas, las que al parecer, no terminaban nunca de ocuparse. Era incesante el fluir del enorme gentío. Y en escena, el cantante, magnífico, entonando lo que él hiciera famoso. El público estallaba ante cada interpretación.
La increíble noticia se esparció violentamente. Y en Buenos Aires, se repetía incesante. En las primeras planas de los diarios y en las radios, martillaban con la maravillosa nueva.
Y de todas partes llegaban para verlo y escucharlo. Pero acercarse a él resultaba imposible. Al cesar su voz, se hacía el silencio y la oscuridad, desapareciendo el artista. Muchos periodistas y fanáticos, portando luces y subiendo al escenario, intentaban acercársele. Pero no lo hallaban. Se metían por puertas, que daban acceso a los camarines y a otros lugares, donde pudiese estar el hombre inalcanzable, sin encontrarlo. Llegándose a pensar, entonces, en que todo era un truco, magnífica y misteriosamente planeado.
Y él, en la tristeza de su soledad, sentía que, tal vez, era mejor estar muerto. Y se acordó, lamentándose, del Fantasma de la Ópera.
Y una noche, convenciendo a sus amigos duendes, de llevar a cabo lo que decidiera, se presentó ante el incesante público y cantó ante ellos. Al finalizar su primera interpretación, no se hizo la oscuridad como sucediera hasta entonces. Y todos lo vieron. De pie, sonriendo, con la calidez de su bondad, de lo humilde de su ser y de su humana grandeza. Lo vieron.
"Cada día canta mejor". La frase, que recorriendo los tiempos, se extendía en todo su significado.

(c) Erasmo Sondereguer
México 

Erasmo Pedro Sondereguer (Buenos Aires, 1939) empezó a escribir a los doce años, alentado por su padre que era escritor.
En 1970 publicó el poemario Canto y Realidad y en 1994 la novela Regresa para regresar.
Ha publicado en internet en las revistas: Letralia, El Túnel, Ariatna, Otro Cielo, Cronopio, sinfín, Archivos del Sur, y otras. En el diario Buenos Aires, Corazón porteño. En todos, poemas y cuentos. Y una novela: Expiación, en la editorial elaleph.
A principios de 1980, participó en Buenos Aires, una exposición colectiva de poemas ilustrados.
En México, publicó  en los periódicos, La Opinión, el Sudcaliforniano, y en la revista Análisis.
Tiene escritas además, otras novelas.
Vive en México. Su esposa es mexicana.

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