jueves, 29 de diciembre de 2016

Piezas de ajedrez - Araceli Otamendi

piezas de ajedrez encontradas en una vidriera (c) Araceli Otamendi 

El poeta ciego escribe el poema, sabe que Dios mueve al jugador y éste la pieza.(*)
¿Qué juego de ajedrez traerá el nuevo año? ¿Dónde estarán los peones, dónde la reina?
¿Las torres? ¿el alfil? ¿caballo? ¿rey? ¿Qué juego nos depara la suerte? ¿piezas blancas, piezas negras?
El destino sabe - pero no lo dice - Dios sabe. ¿Qué niños con máscaras pintadas de colores
aparecen en la noche? ¿quiénes son?
¿Qué lugares inhóspitos habré de recorrer una vez más? Deambulando, la oscuridad
se achica al límite. Camino por ahí, piso papel picado, serpentinas azules, violetas.
Húmedos papelitos, pisoteados también. Hay que dejar salir el agua, para
que todo seque, se escurra, se vacíe, el agua se irá alguna vez.
La suerte está echada en el tablero de ajedrez, las piezas se mueven incansables
Durante un segundo, parecen mirarme, serias, calladas, tal vez al acecho.
Será inútil interrogarlas, desconozco el juego.
Sola, frente al tablero de ajedrez miro las piezas cara a cara.

(c) Araceli Otamendi

Ciudad Autónoma de Buenos Aires 


(*) "....Dios mueve al jugador y éste la pieza..." (del poema Ajedrez
de Jorge Luis Borges

viernes, 2 de diciembre de 2016

La muertita o la novela que (fragmento)- Susana Szwarc

Susana Szwarc

tapa del libro La muertita o la novela que-
 editorial La mariposa y la iguana






                                               

Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino y la muertita hizo una inclinación con la cabeza.
Ya empezaban a darse cuenta, no del todo pero sí de algo.
Un olor a tristeza iba segregando y quedaba la segregación por el aire por el piso.
La muertita estornudó, para su sorpresa. No había supuesto eso. Tendría que cuidar los detalles. Tendría que aprender.

La muertita comenzó a viajar, pensó que esa era una forma de distraerse o mejor, de entretenerse.
Se aburría, había aprendido que ese estado -el de muertita- era fatigoso sobre todo por el aburrimiento.
Tomaba el subte en cualquier parte, llegaba al final del viaje, cambiaba de vagón, llegaba a una estación cualquiera, volvía a cambiar de vagón. Hasta el último tren. A veces salía a la calle pero prefería los subsuelos.

Vivir en el subsuelo. Dormir en el suelo, dormirse y, después, abrir los ojos.   Preguntarse: ¿por qué aquí?
La boca dice: morí. Un mucho, un poco, un rato, un para siempre. No hay respuesta.
Intentar, entonces, moverse y llegar a la verticalidad.

Estaba quieta aunque tenía la sensación de mecerse como si estuviera en un trapecio.
Entonces movió las manos, se tocó una ceja para tener idea del cuerpo.
Cuerpo de carne. Cuerpo de aire. Cuerpo despojado.
Quieta, se mecía.

Lo que no podía dilucidar la muertita era ese susto que le salía de alguna parte. Piel de gallina, eso le daba el temblor como si hiciera un gran frío. Sin embargo, en el subsuelo, por lo general hacía calor, como  en la calle;  se daba cuenta por la ropa de los otros. Brazos al desnudo. Pero volviendo al susto: ¿a qué?
Cuando la miraban veía también el susto ajeno. Ella daba miedo. Era como ese perro que intentó tener. Los dos se temían y retiraban el cuerpo, los huesos. Se reiteraban.

La muertita mira por la ventana y ve a un niño chino tomando una mamadera.
El niño chino tendrá unos cinco años y cada uno que pasa le dice que está grande para tomar mamadera. Pero él sigue su acción, como si no entendiera.
Pusieron rejas en la puerta de esa tintorería- lavadero y hasta parece que cambiaron los dueños.
Hicieron ellos mismos las rejas y un ruido de sierra, de taladro, de agujereadora, de aullido, resonó días y noches enteras.

El niño chino terminó de beber y arrojó la mamadera hacia la ventana.
Embocó.
Cuando sintió algo como hambre, salió. Lenta, llegó a la panadería. Al salir, giró la cabeza. Lo vio a Marcelo.
Mar. Lo llamó. Aunque no podía ser. Marcelo se había suicidado hacía dos años.
Andaba cansado y se tiró de una terraza. Cayó mal, agonizaba agonizaba.
Le dolía todo. La boca rota, no podía hablar. Por el celular la muertita le hablaba y él, un golpecito, quería decir sí. Dos golpecitos, querían decir no.
No fue a visitarlo. Estaba en el hospital de Bahía Blanca.
¿Tenés sed? Un golpecito. ¿Calor? Dos golpecitos.
Hasta que no pudo más.
El que se parecía a Marcelo, llevaba a Proust en los brazos. Como Marcelo.
La muertita sostenía la pared.
La pared: un pañuelo.
Marcelo llevaba a Proust en los brazos y ella la pared.
Le picaba la cabeza, se quería rascar. Si la  soltaba, las cosas del mundo no dejarían de caer, se irían más allá del subsuelo. Irrecuperables.

Vio cielo, estrellas, luna. Sin embargo sabía que eso también era el subsuelo.

La muertita se había puesto la remera al revés. La costura estaba allí, al afuera; se dio cuenta después de andar un día entero o más, así, al revés. Y tirando la soga.
Sudaba como una garrapata.
La cuestión es que nadie le dijo nada de la remera, de las costuras, ni siquiera de la soga.
No había ningún otro que mirara más que el propio pie. A no pisarse, a no pisarse.
Taca taca los pasos.
La muertita se dio vuelta la remera aunque no sabía si quería cambiar la suerte.

Quería anotar: la remera al revés. Y también soga-árbol. En su cuaderno puso soga y árbol entre paréntesis y la pregunta: ¿pueden estas palabras ir juntas?

(c) Susana Szwarc
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.

En "La muertita o la novela que", todo el espectro de lo que constituye la estructura del ser humano contemporáneo aparece como en un escenario en el que a alguien se le van desgarrando las innumerables pieles superpuestas (convenciones colectivas y rituales, apetito de poder, belicosidad, pecados ecológicos, discriminación, control del otro) y que se nos enciman a medida que el rebaño social opera.
"La muertita" elige su propia dirección a contramano, dentro de ese núcleo social que nos condiciona.
Ella elige un subsuelo como alojamiento, como tantos de nosotros.

Sonia Catela


Fragmento del texto de Walter Romero leído el  8/6/2016 en la presentación de La muertita o la novela que (Editorial la Mariposa y la iguana).
(…)¿Qué texto es La muertita? ¿Una falsa novela policial? Acaso se le escabulleron o se le escaparon  algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta: esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas pero sin llenarlas ni rellenarlas, que duda de que la palabra complete. Eso que es mejor que el lector lo termine o cierre
¿Una novela china? Tiene varios indicios y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires, en eso es una novela de las antípodas del acá nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires frente a un lavadero chino.Pero no habilita demasiado la “narración china”, es deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas, vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a su vez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo sobre narrado de nuestraera, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que ver con el ratón de ojos inteligentes, pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas ominosas del conte de fées negro como los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín, pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la muertita está confinado y su canto —como si cantar “fuera buscar la arena de los vidrios”— se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino María marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al revés y que pone de manifiesto las junturas…como cuando sin darse cuenta la muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos tradicionales intervenidos (…)Novela neoexistencial, diré para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los sótanos, atravesado por el anonadamiento y que a veces tenemos que tocar la ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice: morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a uno —como esta novela de Szwarc— felizmente, con todas las preguntas en la boca.-