viernes, 17 de junio de 2016

Estoy aquí - José Respaldiza Rojas



 

   A un cuarto para las ocho, Elvira bajó del segundo piso y se dirigió, como todas las mañanas, al cuarto de la tía Georgina, le extrañó no oír los gritos de levántenme que a diario se pronunciaba.
Grande fue su sorpresa al ver el cuarto vacío, parpadeó varias veces, efectivamente no había ninguna persona, entonces corrió a la sala-comedor y su sillón también estaba vacío, fue al baño, en la creencia que hubiera ido para hacer sus necesidades, pero también permanecía desocupado.

Llamó a gritos a sus hijas Alionca y Cinia, quienes acudieron con presteza y preguntaron:

-Mamá ¿qué pasa?

-La tía no está les respondió.

-Eso es imposible mamá, seguro no has mirado bien.

-Vayan, vayan a ver.

Fueron y se quedaron impresionadas, la tía se había esfumado, desapareció como por arte de bilibirloque. ¿A dónde se fue?
La emoción fue tan grande que no hablaban entre ellas, más bien gritaban por efecto de los nervios, en eso una voz habló y no fue escuchada. La voz insistió:

-Aquí estoy.

Ahora si la oyeron perfectamente, la piel se les puso de gallina ¿de dónde viene esa voz? Lo primero que se les vino a la cabeza fue:- de ultratumba. Cayeron de rodillas, se santiguaron y dieron inicio al Ave María, estaban por la mitad cuando la voz habló por tercera vez:

-Aquí estoy.

Entonces con gran miedo fueron nuevamente al cuarto, la puerta estaba abierta, pero la tocaron.

-Aquí estoy se escuchó.

Se agacharon para ver debajo de la cama y zas, se dieron con la figura de la tía que las miraba, buscaron encima y notaron que la cama no chocaba contra la pared, había una ligera abertura y por allí se escurrió la tía y pasó la noche debajo.
Procedieron a sacarla con mucha delicadeza, con unos paños con agua tibia la limpiaron, fueron moviendo con suavidad sus extremidades, notando que no tenía nada roto, Le pusieron su vestido para llevarla a que le hicieran una revisión médica, pero ella pidió que primero le dieran su leche.
Luego la llevaron a Emergencia del moderno Hospital del Callao. Le hicieron una radiografía del brazo comprobando que tenía unos huesos de una chiquilla de veinte años, ni huellas de osteoporosis, salvo un gran moretón y un susto, ella estaba perfectamente bien.

Gloria a ti, mujer roble, con tus bien ganados 105 años.



(c) José Respaldiza Rojas

Lima

Perú

 

José Respaldiza Rojas (Lima 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad



miércoles, 1 de junio de 2016

Espejo del alma - Dolores González Opazo




Toda la noche había llovido a cántaros, el viento soplaba con fuerza , ululando por entre los recovecos y el barro del callejón. Los truenos y los relámpagos no me habían dejado dormir en toda la noche, lloré con la cara metida bajo mi almohada de lana de cordero, para no escucharlos, sin embargo con cada tronar, mis lágrimas volvían a brotar. Mi abuela al parecer estaba en las mismas, porque cada vez que asomaba la nariz por debajo de las sábanas, la veía sentada en la cama con su rosario en la mano y en algún momento seguro, silenciosamente se había levantado, porque de entre las cenizas del brasero del comedor salía un delgado hilito de humo, que se disolvía entre las murallas del caserón; eran ramas secas de olivo, de esas ramas benditas de semana santa, que según ella nos protegerían de esas inclemencias del tiempo.

Ya en la mañana tipo siete, los truenos silenciaron en su tronadura y con voz asustada aun le pregunté a la abuela:

-¿Mamita ya se fueron ? -
- Siii niña ya se fueron, ya se pasaron pa la Argentina me respondió- ahora duerme más mejor .


Y así lo hice, confiada y respirando profundo, al fin se habían ido con su sonajera a asustar a otras gentes , al otro lado de la montaña a otras tierras.

Estaba durmiendo de lo más tranquila cuando siento la voz de la abuela , remeciéndome .
-Ya levántate , el mate está listo y es bien re tarde ya y salió de la pieza refunfuñando.


La verdad ya no llovía, unas leves ráfagas de viento algo tibio zamarreaba el guindo que golpeaba la ventana, y como tarea de día de lluvia , me tocaba partir nueces. Arrastré la canasta con las dos manos hasta mi silla de totora que estaba en la cocina junto al brasero ,y mientras la abuela cocinaba silenciosa , yo partía y partía nueces con la tenaza.
Tan ensimismada en mi trabajo estaba, que no sentí el silbido en la calle, la abuela salió tranqueando a mirar y al regresar me dijo:

-Ya deja eso ahí no más , allá afuera esta "el chino" esperándote pa ir a los camarones-

Mientras yo tironeaba no sin esfuerzo la canasta, ella buscó la bolsa de género que siempre yo llevaba para estos casos, tomé mi morral y lo crucé en mis hombros, ella me miró y echó en él un par de calcetas gruesas, de esas que cada año le compraba a los cochayuyeros que pasaban con sus mulas, y dos pedazos grandes de tortilla de rescoldo y saco de la zaranda, que colgaba en la cocina un trozo de queso y lo echo junto a la tortilla, mientras refunfuñaba y refunfuñaba, quien sabe qué.
Salí a la calle y ahí estaba "el chino" esperando por mi, con su larga chaqueta café, esa que le quedaba grande y larga de mangas, con los pantalones algo cortos y un sombrero lleno de hoyos, por el que sobresalía su largo pelo . Con su media sonrisa se acercó y con mucho cuidado me sacó el morral cruzándoselo el entre sus hombros, dio media vuelta y comenzó a caminar a tranco largo con sus bototos de guerra, camino del callejón donde el vivía, en un rancho medio oculto entre los árboles a medio camino.
"El Chino" era mi amigo de siempre , yo medio silenciosa acostumbrada a conversar solo con mis perros o sola de vez en cuando, porque mi abuela era de poca labia , y con mi amigo que no articulaba palabra solo lo estrictamente necesario, le hablaba y le hablaba caminando detrás de él, a su lado yo parecía una gran conversadora. Mientras yo le conversaba una y otra cosa, el solo me miraba y sonreía con su blanca hilera de dientes y sus ojos pardos.

Llegando al potrero nos saltábamos los alambres yo ayudada en todo momento y él saltando como cabra de monte.
-Mire me decía apuntando la gran cantidad de pequeños montículos de barro, hecho por los camarones Hay muchos muchos era todo su conversar.

Comenzábamos nuestra tarea de meter y sacar rápidamente la mano de las cuevas, yo gritaba a todo pulmón, cuando un bicharraco se agarraba de mi calceta y el reía de buenas ganas. En el descanso nos sentábamos a comer la tortilla con queso, mientras él me conversaba bajito sobre lo que ocurría alrededor. "El chino" no sabía leer, porque no iba a la escuela, yo a mis ocho años me sentía toda una sabihonda, juntando las letras y enseñándole a leerlas. Sin embargo él no aprendía, o quizás si lo hacía pero para hacerme rabiar se equivocaba de adrede . Era pillo "el chino" pero yo lo quería.
Cuando terminábamos nuestra tarea de agarrar camarones ya cayendo la tarde, él que tenía su bolsa arrebalsada sacaba de los suyos y le echaba a la mía si me faltaban. Y partíamos de vuelta cuando ya casi anochecía, llenos de barro hasta las orejas y él con su largo pelo asomándole por entre los orificios del sombrero. Llegábamos a la casa y antes de que yo entrara me tomaba del brazo, y me hacía zapatear para quitar un poco de barro de los calamorros, me entregaba mi bolsa y sin decir palabra se devolvía otra vez a su callejón.

A veces pasaban varios días y el no aparecía, de repente miraba hacia la calle y ahí estaba parado frente a la casa sin decir palabra, esperando que yo lo llamara. En mis días de cosecha de la aceituna de los olivos de la casa , el venía para ayudarme a sacarlas y luego prepararlas sin siquiera pedírselo. Yo le contaba adivinanzas mientras duraba la cosecha y le leía entre leyendo e inventándole cuentos de mi silabario . El escuchaba atentamente y me enseñaba a hacer bailar el trompo, me traía ondas de regalo y piedrecitas redonditas para lanzarles a los pájaros.
"El chino" nunca vino a ninguno de mis cumpleaños, a pesar que yo lo invitaba, a veces lo vi mirando desde lejos, pero nunca se acercaba,sin embargo nunca dejaba de traerme algún obsequio , un puñado de huevecitos de perdiz, hasta un conejito chiquito me trajo una vez. Y me traía de esas flores que tanto me gustaban, esas amarillitas con corazón negro y blanco que yo llamaba chinitas y me las plantaba en el jardín de la casa. Hoy pienso como me habría gustado que "el chino" hablara un poquito, para saber lo que sentía, todos le decían por su apodo y nunca supe como se llamaba, una vez mi abuela me dijo que se llamaba Roberto yo le pregunte a él, y no me respondió. Llegué llorando a la casa un día que vi como unos niños le lanzaban piedras mientras +el caminaba solo con su bolsa de compras, quise pegarles a todos pero no pude , solo les lancé un par de piedras para correrlos cuando él ya se había perdido en su callejón.
Era buen amigo " El Chino ", un día me vio llorando , porque mi mamá me había prometido ir a buscarme y no lo hizo, me quede esperándola bien bañada y con los zapatos lustrados, pero no apareció y él me acompañó hasta la noche afuera de la casa sentada en la piedra, mirándome como lloraba . Al otro día apareció por la casa y cuando se acercó me dijo que metiera la mano en el bolsillo de su chaqueta gigante,  y ahí estaba " el amarillo" mi gato peludito y suavecito.
-Ese gato se te va a morir niña dijo mi abuela cuando lo vio muy chiquito como una bolita de lana- dile al chino que se lo lleve de vuelta mejor.


Sin embargo yo no se lo devolví y el gatito tampoco se murió.

Unos años después, cuando la abuela enfermo de loquería y me fui a vivir con mis padres , dejé de ver a mi amigo; y aunque hubo ocasiones en que se acercó a la casona para mirarme de lejos, ya no hubo tardes de camarones , y las caminatas a cazar perdices fueron más esporádicas. Mi mamá no quería que el se acercara a la casa ni a mi, él lo sabía , así es que a veces me esperaba camino de la escuela, traía de regalo ciruelas pintonas, me llevaba la bolsa de cuadernos, me dejaba afuera de mi casa y sin decir palabra se alejaba . Hubo veces en que me dejó pequeños obsequios en el jardín de la casona entre las abundantes plantas. Cuando me fui de la casa de la abuela, también me llevé a mi gato " el amarillo" que él me había regalado casi recién nacido, vivió conmigo muchos años hasta que un día ya no volvió de sus andanzas. Dicen que cuando los gatos sienten muy de cerca la muerte, simplemente se alejan para morir solos. Capaz que fue lo que le ocurrió a " el amarillo"…
En esos días también llegó a vivir al pueblo la familia del Eduardo, era compañero de colegio y amigo de mi hermano. Íbamos a jugar a su casa y él y sus hermanas iban a la nuestra, yo tenía amigos nuevos y poco a poco me fui alejando de mi inseparable compañero "El Chino ". Una vez mientras jugábamos en la casa del Eduardo vi a mi amigo mirando desde la calle, cuando lo miré el levantó un poco su mano para saludarme, quise correr a saludarlo pero titubié por unos momentos, mis amigos seguro se burlarían de mi, esos momentos de indecisión fueron suficientes para él, porque cuando volví a verlo ya no estaba. Entre a estudiar a un colegio de monjas y ya no tenía tiempo de andar aventurando, ni cazando conejos , ni disparando la onda . Quería ser escritora no cazadora.
Fue en mi cumpleaños número doce en que vi por última vez a mi amigo. Ese día había muchos invitados en la casa , y yo lo había invitado también a el , sabiendo eso si que no se aparecería. Sin embargo esta vez fue diferente, el llegó muy cerca de la casa y se detuvo a esperar que yo saliera, sin embargo los niños invitados lo vieron antes que yo, y encontraron divertido molestarlo gritándole y lanzándole piedras. Cuando escuché los gritos salí a mirar y lo vi parado frente a ellos. Quise acercarme a decirle que podíamos entrar pero ya no era posible , el estaba muy enojado. Se había quitado su viejo sombrero y lo sostenía con rabia en las manos, su larga cabellera la tenía por los ojos que brillaban de rabia. Aunque vestía su ropa de siempre al acercarme a su lado sentí el olor del shampoo en su cabellera , el Chino ya no era un niño, por primera vez me di cuenta que era un adolescente y que pensaba también como un hombre grande. Me acerqué y me miró con los ojos brillantes, me entregó una pequeña jaula hecha de palitos sin decir palabra, desde dentro un conejito me miraba alegremente, intenté tomarle la mano como lo hacía tantas veces cuando lo veía molesto, pero la quitó y se alejó dándome una última mirada entre triste y enojado . Nunca mas lo vi, se fue de mi lado y no volvió.

Un día amanecí con pena y me dio nostalgia de su compañía, tomé la bici y fui a su rancho para verlo, estuve mucho rato parada en la puerta de palos que había a la entrada de su casa , y nunca apareció, aunque se que estaba en la casa porque su perro "silencio" que nunca se alejaba de él ,me miraba desde la puerta con un ojo abierto, "El Chino" simplemente no quiso volver a verme y con algo de pena me alejé también.
Mi vida había cambiado radicalmente, en el nuevo colegio conocí niñas de mi edad, con ideas y vidas diferentes, poco a poco fui olvidando a mi primer y mejor amigo . Y aunque a veces cuando me sentía sola me acordaba de él , al poco rato ya lo olvidaba. Pasaron los años y "El Chino" desapareció definitivamente de mi vida , aunque cada cumpleaños mío, siempre aparecía un regalo desconocido en la puerta de la casa y yo sabía que era de el, nunca lo dije porque mi mama era capaz de ir a su casa y hasta golpearlo, así era ella y nada se podía hacer para cambiarla.
Cuando me vine a vivir a Santiago no regresé a mi pueblo nunca más , mi mamá dijo que vendríamos por poco tiempo y nunca hubo retorno, el pueblo y sus callecitas con sus viejas casas antiguas, y ese peculiar y fragante aroma de los naranjales en flor, pasó a ser parte de misrecuerdos atesorados mágicamente en mi memoria. Los años y el tiempo pasan inexplicablemente demasiado rápido , y aunque nuestras historias son muchas, hay recuerdos especiales que quedan ahí guardados para siempre .
Hoy casi cuarenta años después de haberme alejado de mis lugares de infancia y esa pura y limpia adolescencia , vuelvo otra vez, ahora acompañada de mi pequeña gran familia. Nada ha cambiado , solo un par de casas de más y varios rostros desconocidos para mi.
A recorrer salimos un día esas serpenteantes callejuelas llenas de nostalgias que parecen perderse en la distancia, allí los míos llenos de preguntas gozaban de la belleza y del paisaje de mi tierra. En uno de esos días, recorriendo esa larga calle donde viví mi infancia , corriendo tras los conejos, sacando camarones y buscando niditos de pájaros, vi una hermosa y blanca casa entre eucaliptos y árboles frutales que no recordaba de antes, un par de sauces llorones con un pequeño puente de madera a la entrada, cruzaba una pequeña acequia donde corría veloz el agua clara, y lo más hermoso un camino de "chinitas" que adornaban el gran jardín desde la puerta de entrada hasta el mismo corredor de la casa . Lentamente fui reconociendo el lugar, era mi campo de correrías en esos años de infancia, y volví a recordar a mi amigo , ese que nunca volvió.
Ensimismada en mis pensamientos recordando mis años de esa infancia feliz y despreocupada, no sentí que a mis espaldas se había estacionado una gran camioneta blanca, su conductor me miraba fijamente desde dentro, mientras yo me retrocedía lentamente a un lado para darle el paso. Tras el vidrio del parabrisas unos ojos pardos bajo el ala de un sombrero gris, y una melena de largo cabello oscuro se clavaron en mi. Pasó lentamente a mi lado sin quitar los ojos de los míos, nada había cambiado su mirada era la misma. Por unos segundos volví al pasado, estacionó su vehículo en el fondo de la gran casa, tardó unos minutos en bajar quizás tan sorprendido como yo, cuando lo hizo y caminó lentamente hacia mi reconocí en el su figura y su forma de caminar… nada había cambiado, solo faltaba su gran y larga chaqueta ; y pude sentir por unos momentos su silenciosa voz que me hablaba .
"El chino" era aún mi amigo y pude darme cuenta que aunque yo lo había olvidado , el seguía estando en mi vida ….como un espejo del alma…..

(c) Dolores González Opazo
Santiago de Chile
Dolores González Opazo es chilena, nacida en Villa Alegre pintoresco pueblo de la séptima región, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda, que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres , tradiciones , cuentos y leyendas de su tierra. En el año 2015 Revista Archivos del sur publicó su cuento " Chicha de manzana " y en el mismo año ganó el concurso "Líneas de vida " con el cuento " Natalia historia de una desconocida ". En el año 2016 Revista Archivos del sur publicó el cuento " El velorio del angelito". Trabaja como bibliotecaria, además de hacer lo que más le gusta escribir. Entre libros se siente a gusto y goza con cada letra que llega a sus manos. Casada con 2 hijos y una nieta a quienes ha inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía. Radica actualmente en Santiago de Chile.

El cuento Espejo del alma fue enviado por Dolores González Opazo para su publicación en la revista Archivos del Sur

miércoles, 25 de mayo de 2016

Campos de lluvia - Araceli Otamendi






Íbamos a mucha velocidad, él conducía. Primero por calles asfaltadas hasta salir de la ciudad, luego, el auto se desplazaba por la autopista, corría. Edificios, carteles llamativos, luminosos, luces encendidas en la neblina.
Un día de semana lleno de ocupaciones, de trabajos, obligaciones, llamadas telefónicas, mensajes, sms, timbres, personas, autos, colectivos, trenes, aviones, barcos, lanchas, ¡cuántas cosas! ocupaban nuestros días. Éramos jóvenes, muy jóvenes cuando salimos a la ruta, ¿a cuánta distancia estamos?
pregunté. Pero él, apurado por llegar a destino, aferrado al volante, no me escuchaba, entonces yo miraba a través de los vidrios del auto los terraplenes, el tren en las vías casi paralelas a la autopista, después cruzándose, con las caras de las personas, pasajeros asomados también contra los vidrios de las ventanillas. Eran caras ajenas, con la pereza despejada de los rostros que se disponían a llegar al trabajo. Ya era la media mañana.
El cielo gris se había convertido casi en negro, algunos nubarrones, algún trueno lejano, el olor de la tierra mojada, pájaros que volaban rápido anticipaban una tormenta. Le pedí a él que nos detuviéramos en algún bar de la ruta, que no siguiéramos por la autopista congestionada, donde otros autos también veloces cruzaban el carril, apurados por llegar. Nos detuvimos en el peaje y empezó a llover. Y mientras él pagaba al hombre de la casilla del peaje y extendía la mano para recibir el vuelto yo veía estrellarse las gotas de lluvia en el vidrio, gotas espléndidas como cristales se deshacían brillantes, una gota se transformaba en varias, en cientos de otras gotas y después en agua hasta bajar nuevamente desplazándose por el metal del auto. Yo iba pensando en no sé qué cuento que escribiría o había terminado de escribir. Él seguramente en alguna otra cosa. La música de la radio emitía algunos sonidos como instrumentales, la voz de algún locutor la interrumpía de vez en cuando. Ya habíamos avanzado algunos kilómetros después del último peaje.
El cielo se había convertido en un telón de acero gris, de vez en cuando algún pájaro se cruzaba a la altura del auto. Habíamos dejado atrás los edificios, las calles de asfalto, los símbolos mas representativos de la ciudad. Y fue entonces cuando los vimos: eran caballos, caballos oscuros, erguidos, elegantes, de piel lustrosa, trotando por un campo verde, de pasto muy verde y mojado, un hombre los hacía trotar. El auto se detuvo ahí y los dos nos quedamos adentro, mirando los caballos a través del vidrio del parabrisas.
Apagué la radio. Los animales se desplazaban alrededor de ese campo mojado, de forma circular como una pista de circo. Eran varios. Y cada vez los caballos trotaban más y mejor, la piel brillante, las crines alborotadas, después al galope. Nos quedamos mirando en silencio ese espectáculo luminoso, tan bello, tan fantástico que como un sueño había irrumpido así en medio del paisaje. Al fondo, entre los árboles, alguna oscuridad. Y los ruidos, los ruidos del campo, gritos de pájaros, el balido de alguna oveja, el mugido de las vacas, algún chimango. Todo eso nos entretuvo, perdimos la noción del tiempo, ni siquiera teníamos ganas de comer. Detrás del vidrio éramos como dos fantasmas que en un cine, detrás del telón, miran pasar la vida mientras los espectadores disfrutan de un film y ellos no están ni en uno ni en otro lugar. Por la oscuridad, supimos que había llegado la noche. Los caballos se retiraron del campo de lluvia al trote, conducidos por el hombre, seguramente un cuidador. Los ruidos de los animales, de los pájaros, se habían convertido en otros, algunos más chillones, como indicando algo, algún aviso, alguna contraseña para los de su especie. Y nosotros, después de ese espectáculo tan animado, tan bello de esos animales trotando, continuamos el viaje, nuestra ruta, nuestros días, nuestras noches, como siempre, un poco más cansados, con más días a cuestas, con teléfonos, celulares, autos, colectivos, edificios, trenes, carteles luminosos vendiendo productos, ruidos, música, obligaciones, cuentas, trabajos, imágenes, hasta una nueva mañana.

© Araceli Otamendi



domingo, 17 de abril de 2016

Parafraseando Réquiem por un mundo desfallecido - Javier Claure Covarrubias

Javier Claure C.
Tío de la mina
ilustración de Sandra Berg Mozard


Todo era transparente a mi alrededor. Yo estuve en el vientre de mi madre nadando en el líquido amniótico durante varios meses. Yo era rebelde desde mi gestación. A veces me daba vueltas como un astronauta. Otras veces, me desplazaba hacia la izquierda provocando una leve punzada. De pronto llegaron las contracciones, mi madre pujaba con fuerza y lágrimas caían por sus mejillas. Finalmente rodó la envoltura, y llegué a este mundo de alegrías y de dolor.
Yo nací en un lugar en donde las palliris, a la intemperie, martillan y martillan las piedras como Penélopes del altiplano; para encontrar el dorado de sus sueños. Pero en el dobladillo de sus polleras encuentran las cruces de su existir. En ese mismo lugar misterioso, plateado por el estaño, sale el Tío de la mina, todas las noches, con su farolito rojo amarillo verde. Corre por la calle Junín, y cuando llega a la altura donde se encontraba la cruz verde grita a los cuatro vientos. Apunta con su dedo a los malhechores y se ríe a carcajadas. Pero también multiplica, con su varita mágica, la alegría en los Carnavales.
Yo no soy de medias tintas, me gusta que vean la carne de mi rostro. Por eso he blasfemado contra la monarquía, ladrones sin causa. Yo sufro de esa enfermedad que se llama mal de boca con fundamento. A mí que no me vengan con cartas falsificadas, con abogados delincuentes ni cálculos mal hechos. Porque yo soy la bulla que saca puntas a la verdad. Soy ácido sulfúrico ante el delito, y mi flecha rompe la palabra oculta en cada lengua. De haber sido un pajarillo manzanero, he pasado a ser un pajarraco juicioso y capaz de dar forma al roble, capaz de quitar el último deseo que anhela la maldad. Entonces mi acción es simple. Cada madrugada, en verano y en invierno, abro mi ventana y echo a volar golondrinas, de todo color, con la única esperanza de que reine la Paz en la Tierra, de que se cante por fin el feliz cumpleaños. Y, sobre todo, para que nunca más se repita la historia en Juffure, de donde salió, a latigazos, el joven Kunta Kinte. África es una hermosa corona ancestral, un corazón abierto lleno de secretos. Y desde Senegal, el impresionante monumento del renacimiento africano, ruge como león para desafiar a los invasores. Yaa Asantewaa, Lumumba y Mandela sembraron estrellas en el continente africano.
Nadie se atrevió a decir la verdad, todos se ocultaron detrás de la mentira. Pero en realidad, no hubo silencio. Los dardos viajaron por su camino, las secuelas colaterales de la Unión Europea se pusieron sobre la mesa, y un camión permaneció volcado dentro de un enorme cilindro metálico. Sin embargo, ayer a las dos de la tarde, pasó el cartero por mi casa con un serrucho en las manos. A mi vecina, a esa guapa mujer de Eritrea, le serruchó todas sus cartas. Al libanés, ese hombre serio que dicen que ha estado en la guerra de su país, sin más ni más; le serruchó su puerta. Y a mí me tiró por el buzón: un ramillete de poemas fosforescentes. Y cuando la noche se hincaba respirando como una serpiente recién nacida, el arcángel partió el útero de la Pachamama, para despojar del mundo y de sus habitantes toda esclavitud, toda cadena impuesta por los más fuertes y todos los tabúes que no dejan actuar a los seres humanos. Así la media noche se convirtió en un pájaro en llamas con las alas abiertas. Y por caer fuego como lava desbordada, las ánforas giraron 360 grados. Se ejerció la correlación de fuerzas y los juicios hablaron por sí mismos.
Pero … ¿Por qué esos ataques de furia mostrando su ejército en las fronteras? ¿Por qué esa disertación putrefacta? Por más que quieran, no pueden. Por la rotunda victoria de Evo y su gobierno en la Haya. El tiempo y el avance de la humanidad es el factor clave para reparar una injusticia continental. El tiempo es un caballero de cien mutaciones y la polilla que muerde los recuerdos. Precisamente en el transcurrir del tiempo, en un punto geográfico determinado, Mariama Diallo, estuvo poseída por el gran deseo de su corazón. Fue, entonces, cuando su vestido adivinó lo prohibido desmoronando cualquier partícula. Sus elipses cayeron a la chúcara geometría y un suave quejido, ocasionó el efecto candado. Pues digan lo que digan, allí estaba ella como una sola palmera.
A todo esto ¿Cómo explicar a la manada de osos polares que se derriten los montes de hielo? Y que el mar se comerá a muchas ciudades. ¿Cómo explicar al efecto invernadero que vivimos enfermos de consumo? Como si fuese el sexo de cada día, como si la energía fuese interminable. En fin, todo ocupa un lugar en el espacio: una caja de chocolates de dos pisos, finito. La secuencia de números primos, infinito. Y donde aman la vida con pasión, no existe el odio ni las guerras. Más allá de la raya, una lavandera orea las suciedades de la dueña de casa.
Y ahora llegó el adiós despuntando en la vía férrea. Te invito a meditar sobre el adiós. Para unos puede ser una breve pausa y para otros un boleto al otro mundo. Adiós porque no conoces el vocablo perdón, porque tu movida se impregnó de lo fúnebre y el portón se cerró con plomo fundido. Al otro lado, ese cuerpo llorón y solitario se acuchilla cada noche por su pecado a flor de piel. Adiós con letra serpiente, con hormigas sobre tu cabeza y con esta mirada acusadora. Todo es adiós: el futuro es adiós, la comida es adiós.

 

 

* El apelativo de palliri viene de la palabra quechua "pallar" que significa recolectar. La palliri es generalmente una mujer que escoge, a martillazos, el mineral de las rocas.
* Pachamama: Madre Tierra

(c) Javier Claure Covarrubias

Estocolmo
Suecia

Javier Claure Covarrubias nació en Oruro, capital folklórica de Bolivia. Es miembro del Pen-Club Internacional, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Oruro (UNPE) y de la Sociedad de Escritores Suecos. Ejerce el periodismo cultural. Tiene poemas y artículos dispersos en publicaciones de Suecia, Bolivia y en diferentes sitios de Internet.
Fue uno de los organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa (Estocolmo, 1991).
Ha estudiado informática en la Escuela Real de Tecnología (Kungliga Tekniska Högskolan) y en la Universidad de Uppsala. También estudió matemátias en la Universidad de Estocolmo, casa de estudios donde además obtuvo una maestría en Pedagogía.
Formó parte de la redacción de las revistas literarias "Contraluz" y "Noche Literaria". Algunos de sus poemas han sido seleccionados para las siguientes antologías: "El libro de todos" (1999), "La poesía en Oruro" (2005), "Poesía Boliviana en Suecia" (2005), "Antología comentada de la Poesía Boliviana" (2010) y "Antología de la poesía universal, poetas del siglo XXI" (2010). Forma parte del "Diccionario de autores orureños" (2007).
Ha publicado "Preámbulos y ausencias" (2004), "Con el fuego en la palabra" (2006) y "Extraño oficio" (2010). En 2014 publicó el libro "Réquiem por un mundo desfallecido.



sábado, 16 de abril de 2016

El hombrecito de la fortuna amorosa adversa -Facundo Yedro



Facundo Yedro

 
En la ciudad de Agranama, en los tugurios de mala reputación suele recordarse, con cierto aire melancólico la historia del matemático Gentile, el hombrecito de la fortuna amorosa adversa. Según cuentan, la tragedia del amor solo incurría, irónicamente, luego de un beso. Como un desatino cruel, cada ósculo acompañaba el dramatismo del olvido permanente. En ciertas ocasiones, la madrugada lo encontraba retirando su boca de alguien que no recordaba quien era. Y las muchachas entre sollozos y lamentos creían que aquel padecimiento no era más que una indecorosa puesta en escena para no incurrir en los miserables actos de encuentros persistentes.
En el barrio, el deseo de mantenerle oculto aquella afección había sido siempre la principal tarea de su familia. Concluían que la ignorancia siempre atrae la dicha y, como contraposición, lo que se nos revela solo ocurre para acercarnos un poco más al infortunio y la desgracia. Por ello, solo se remitían a ofrecerles respuestas engañosas cuando preguntaba que era besar y porque jamás acaso había experimentado aquella sensación. Sin embargo, las tareas habían resultado infructuosas, en parte por las malas maniobras de algunos vecinos dotados con la torpeza, que se sobrepasaban con comentarios desafortunados:
- ¡Ahí va el besador sin memoria!
Sin más remedios, la familia confesó el mal que lo aquejaba. A partir de conocer su lúgubre destino, Gentile, optó por tomar drásticas decisiones. Comenzó a besar a aquellas muchachitas a las que encontraba poco atractivas y cuya consecuencia de olvido no le generaría tanta desdicha. Con el tiempo llegó a dos conclusiones, la primera que la maniobra resultaba indiferente ya que igualmente jamás recordaba los encuentros, la segunda era que en el barrio habían comenzado a asignarlo dentro de la nómina de personas que mantenían relaciones amorosas esporádicas con mujercitas poco agraciadas:
- ¡Ahí va el bichero!
Solo algunas veces, de puro comedido que era, arremetía a favor de un amor que creía venturoso pero luego recaía nuevamente en los crueles asuntos de la amnesia permanente. Lo que si advertía, y de eso estaba seguro, era que jamás había realizado un contacto con Laura, la chica de la vuelta que tanto anhelaba. Sus silogismos se valían de deducciones realizadas por el simple acto del recuerdo. Cada día podía evocarla casi desde el primer momento que la había observado. Todas las noches antes de dormir rememoraba eventos en las que ella estuviera presente, y al hacerlos concluía que ese día no la había besado. Lo que le generaba sentimientos polarizados, sabiendo que sostenía la gracia del recuerdo pero el infortunio del desamor, algo frecuente en las pasiones no resueltas.
Paradójicamente la leyenda sugería que Laura también guardaba en ella un poder que la alejaba de algunos amantes: sus besos generaban en la otredad la imposibilidad del olvido. Cada enamorado, atraído por los ávidos deseos, permanecía para siempre solo pudiendo recordar aquel suceso. Suárez, el publicista de la ciudad, había sido uno de los primeros afectados por la consecuencia de los arrebatos amorosos. Según comentaban en el barrio, los padecimientos fueron tales que la única solución que encontraron para erradicar el mal era someterlo a una intervención quirúrgica para extirpar la región de los recuerdos. Pero Suárez nunca asistió a la cirugía, quizás porque jamás pudo recordar el día y la hora de la operación.
Gentile proyectaba cálculos matemáticos de probabilidades de recuerdos y olvidos, estudiaba la composición química del beso, realizaba operaciones para determinar la energía de las pasiones, la materia de la indiferencia, el tiempo y hasta el espacio del desengaño. Toda su rutina estaba avocada a lograr predecir qué sucedería si sus labios de amnesia se unieran a los de remembranza de Laura. Algunos compañeros le aconsejaban que se olvidara de ella y él le contestaba que la única forma de lograrlo era besándola, pero ello generaría un recuerdo permanente por la maldición de su vecina, una amnesia recordatoria con consecuencias devastadoras sin precedentes.
Una madrugada, luego de regresar de algún sitio que no recordaba exactamente, Gentile se percató que una silueta de alguien parecida a Laura se acercaba en dirección a su casa. Como una especie de amante clandestino lo asaltó el pánico y corrió en círculo durante unas tres o cuatro vueltas. Finalmente el cansancio lo encontró recostado sobre el asfalto, jadeando, mientras Laura pasaba a su lado sin siquiera percatarse de él.
La leyenda cuenta que un día Gentile, finalmente, dejó de reconocer quien era esa muchachita de la vuelta de su casa y nunca más la pudo recordar. Algunos desconfiados aseguran que eso fue tan solo una lastimosa maniobra, dispuesto a convencerse que algunos falsos relatos suelen ser preferibles a la fatalidad del amor no consumado.

(c) Facundo Yedro

Río Cuarto

Provincia de Córdoba

República Argentina



Facundo Yedro (28), de profesión Odontólogo. Desde el año 2013 asiste al Taller Literario Municipal de la localidad de Coronel Moldes, Córdoba. Obtuvo el primer premio en Concurso Literario organizado por la Sociedad de Escritores de Rio Cuarto, en diciembre de 2014. Participó en la edición de dos libros del taller municipal, Encuentro en cuentos (2014) y Letras de Moldes (2015). Ha publicado cuentos en el diario Puntal y en la revista El Decidor. Disfruta de la lectura de Julio Cortázar, Ray Bradbury, Alejandro Dolina, García Márquez.








sábado, 19 de marzo de 2016

Recaló en Buenos Aires - Araceli Otamendi







                                  "Hay que ayudar al poeta"

                                        Armando Buscarini


La tarde de un bochornoso 12 de febrero, de un año del siglo XXI, entré a un bar de la Avenida Paseo Colón. Había un sol rojo en el cielo y nubes blancas con formas de animales, hacía demasiado calor para andar por la calle. Me senté cerca de una ventana, y puse los tres libros que traía, en la mesa. Uno de ellos, era de Armando Buscarini, el poeta bohemio y pobre que había sido concebido en Buenos Aires, hijo de una mujer española que había venido a buscar suerte a esta ciudad y un marinero italiano de apellido Buscarini, al que jamás había vuelto a ver.
La camarera que atendía las mesas, una mujer joven, bonita, de pelo y ojos oscuros, vestida con pantalones negros, remera y un delantal rojo y negro, se acercó a la mesa. Pedí un café cortado y una jarra de agua con hielo. Ella miró los libros y sonrió. Hablaba con acento castizo, venía de Madrid y hacía dos años que estaba trabajando en Buenos Aires.


- ¿Armando Buscarini? - preguntó señalando el libro

- Sí - dije. Es un libro de poemas ¿lo conoce?

- Claro, aseguró

Y luego se largó a contar una historia que parecía cierta, aunque no sé, me quedaron dudas. Ella, mejor dicho su madre era pariente de la madre de Armando Buscarini, el poeta bohemio, maldito y pobre que había muerto enfermo en un manicomio.

- ¿Ha leído sus poemas? - le pregunté

- Sí, por supuesto. El no ha tenido suerte cuando vivía y ahora es famoso.

La chica me dijo que había venido a probar suerte en Buenos Aires, que aquí había posibilidades y que vivía en una pensión.
Me imaginé a la madre de Armando Buscarini cuando llegó al puerto, luego a la ciudad, buscando trabajo y se encontró con el marinero, después padre del poeta.
Pero la chica tenía los ojos oscuros y brillantes como escarabajos, era alegre y atendía las mesas con rapidez. No me pareció que corriera la misma suerte que la madre del poeta.
La puerta del bar quedaba entreabierta cuando entraba o salía alguien, y el vaho caliente de la tarde entraba al lugar, no era suficiente con el ventilador de techo que apenas alcanzaba para refrescar el ambiente.
Mientras tomaba el café, pensaba en el poeta que vendía sus opúsculos poéticos por la calle, le escribía a Rafael Cansinos Assens, y amenazaba con quitarse la vida a los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, si no le ayudaban.
La camararera se acercó a mi mesa, quedaban solamente una o dos personas en el bar, y me comentó que ella era de Madrid y que su abuela había vivido en Rosario y en Buenos Aires en una época y que había vuelto a España y sabía que era pariente de la madre de Armando Buscarini. Luego le pregunté el apellido y me dijo, entonces me di cuenta que yo también podría tener un parentesco con ellas y con la madre del poeta, porque un tío de mi madre había vivido también durante la misma época en Rosario y en Buenos Aires y se había vuelto a España para no volver más. Y el apellido era el mismo ¿casualidad?
Cuando terminé de pensar en todo esto, la camarera estaba atendiendo otra mesa y yo me dedicaba a leer los libros de poesía que tenía, especialmente el de Buscarini.
El poeta tenía treinta y cuatro años cuando murió, enfermo de tuberculosis, en un manicomio.
Imaginé a Rafael Cansinos Assens cuando respondía las cartas de Armando Buscarini, y recordé las palabras de Jorge Luis Borges cuando hablaba de Cansinos Assens, un periodista y escritor notable y pobre materialmente, que convivía con cientos de libros apilados en su casa.
Le pagué el café a la chica de acento castizo y salí del bar. Eran casi las seis de la tarde.
Llevaba el libro de Armando Buscarini en la mano, junto a los otros dos. Caminé dos o tres cuadras hasta la avenida Brasil y crucé hasta el Parque Lezama. Algunos pájaros volaban entre los árboles y cantaban. Mientras seguía caminando la frase de Armando Buscarini resonaba en mis oídos:

"Hay que ayudar al poeta".

(c) Araceli Otamendi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires



 

martes, 1 de marzo de 2016

El velorio del angelito - Dolores González Opazo

El velorio del angelito  

A Laurita

    Tenía siete años cuando a mi familia llegó un nuevo integrante. Pequeñito con un mechón de cabello que caía sobre su frente, ojitos muy negros como dos brillantes aceitunas y de largos deditos que sacaba por entre los orificios de su blanco chal, tejido delicadamente por las manos de mi madre. Siempre estaba muy calentito y yo me pasaba las horas contemplándolo arrodillada al costado de la cama, tocándole con la punta de mis dedos sus manitas, y mirando esas margaritas que se hacían en sus mejillas al sonreír.
Yo vivía con mi abuela algo alejada de la casa de mi madre , por esa razón contaba los días con ansias marcando el calendario, para que llegara el fin de semana pa partir y contemplar a la guagüita nueva, esa que había alegrado la gran casona con su llanto desde su llegada. Su olorcito a esa crema de guagua y su piel suavecita y tibia, me llenaban de un gozo inexplicable y podía estar a su lado contemplándolo , sin apenas respirar, solo gozando de su compañía durante largo rato. Era hermoso el Guido y yo lo quería con un cariño entrañable.
El Guido había llegado para traer alegría y paz a nuestra casa, desde su llegada, habían desaparecido los gritos chillones de mi madre y las palabrotas de mi padre. Su llanto suave e inocente se confundía con los cantos de las pequeñas golondrinas, que habitaban el florido árbol de camelias del jardín.
Pero un día al volver de la escuela, encontré a la abuela esperándome en la puerta de la casa, muy triste y algo llorosa, ella era de pocas palabras y entre murmullos me dijo:

- Güeno chiquilla , tomate unos mates y sácate el delantal y vamos pa tu casa porque el Guido se jue pal cielo - y no dijo nada más. Así era ella solo hablaba lo justo y necesario.

- ¿Y porque se jue pallá abuela? - dije extrañada sin entender - mi mamita se va a enojar - agregué preocupada y algo triste .

Pensé preocupada que eso quizás significaba que ya no volvería a verlo, el cielo podía tal vez ser un lugar lejano.

- ¡Güeno se jue pallá no más poh , allí van a parar los angelitos¡ - respondió la abuela con la voz agria , mientras murmuraba algo entre dientes.

Luego tomó ese su chal negro, el que se ponía pa algunas ocasiones y me agarró de un ala , yo persiguiéndola sin entender que era lo que pasaba y ella caminando rapidito murmurando quien sabe qué cosas, y yo de atrás casi corriendo pa no quedar sola en el oscuro y solitario callejón Villalegrino.
Pasamos a tranco largo la oscura alameda y llegamos a la casona iluminada ya entrada la noche, la abuela pasó derechito pa ver a mi mamita, que dijeron estaba algo enferma , y yo me quedé parada en medio de una habitación llena de gente, que alrededor de un gran brasero conversaban en voz baja. Había llovido y el frío calaba los huesos, por eso la nana Isabel se encargaba de entibiarles las tripas con mate a algunos ,y a otros con un tibio tazón de vino hervido con naranja.
Ahí no más fue cuando me di cuenta que, en la otra punta de la pieza había una mesa con una sábana blanca y encima de ella una sillita de mimbre también blanca. Sin embargo lo más terrible, fue ver que sentadito en esa silla, estaba mi hermanito el Guido , con sus dos manitas juntas y un par de alitas de suaves plumas, que salían de su espalda.
Al verlo los pensamientos se me entrecruzaron , no lograba entender porque lo tenían ahí tan solito y con tanto frío, al ver mi desconcierto la nana Isabel se acercó y me dijo abrazándome:

-El Guidito se jue pal cielo mi niña - y se tapó la cara con sus manos . Y la sentí sollozar bien bajito- ¡pobrecito el angelito ¡– murmuro entre lagrimones.

Yo lo miraba una y otra vez, y despacito lo llamaba por su nombre, casi murmurando muy bajito como pa no despertarlo, sin embargo él estaba muy quietecito y pálido casi transparente, parecía dormir plácidamente y nunca abrió los ojitos, ni volvió otra vez a sonreírme como antes.
Me acerqué y le tomé una de sus manitas, estaba muy helada, acaricié por unos momentos sus largos deditos, con sus uñitas pequeñitas y algo moradas, con la esperanza que lo que estaba ocurriendo no fuera nada malo.
Debe tener frío- pensé - habría que abrigarlo. Y me quedé apegadita a él como pa darle mi calor con su manito tomada entre las mías.
Aquella noche nadie durmió,la gente se la pasó contando cuentos de espíritus vagabundos, y comiendo de la cazuela que había hecho la nana Isabel entre puros lagrimones.
Yo en medio de ellos, no sacaba la mirada del Guido, de vez en cuando me acercaba a su lado y lo tocaba. Como estaba tan helado pensé en sacarlo de la silla y tomarlo en mis brazos, para acercarlo un ratito al brasero y calentarlo, ya que no dejaba de pensar que quizás tenia frío. Pero luego desistí por temor a que se le rompieran sus alitas y mas tarde no pudiera volar pal cielo.
Durante la noche el sueño me venció y por unas horas me olvide del Guido, sin embargo ya de mañana desperté sobresaltada, acurrucada en el negro sillón felpudo. Apenas abrí los ojos me acordé que mi hermanito tenia que volar y casi corriendo salí en su busca. Por el camino choqué con la Nana que con los ojos hinchados, preparaba el desayuno pa todos los que dormitaban alrededor del brasero.
- Nanita - dije - es mejor que el Guido no vuele na pal cielo


- Tranquilita,hay que dejarlo que vuele como un pajarito- dijo moviendo las manos imitando a un pájaro- va irse pal cielo mi niña hay que dejarlo nomá.
- Es que yo creo que mi mamita va a enojarse dije.

- Ya mi chiquillita queese tranquilita déjelo así no más repitió la nana Isabel, mientras se limpiaba, los ojos y la nariz con la manga de su chaleco.


A la hora del almuerzo quise comer a su lado, pero me llevaron pa la cocina, comí ligerito y cuando volví pal lado de él, recorrí la mirada por la pieza, y vi que el Guido ya no estaba sentadito y pensé que ya había volado. Asustada y llorosa corrí por la casa pensando como era que el angelito, hubiera volado sin esperarme. Y lo encontr , estaba dentro de una pequeña caja blanca con adornos dorados. Lo miré unos momentos por entre el vidrio y me di cuenta que nada bueno estaba ocurriendo, la gente lloraba mucho y escuchando escuchando entendí que el Guido se había muerto.
Mi mamá estaba sentada con las manos sobre la caja, llorando sin ruidos, murmuraba algunas palabras que no pude entender y tocaba repetidamente la blanca madera de la caja. La vieja Rumilia que lavaba los pañales del Guido, comenzó una especie de rezo cantadito y lloroso, las mujeres gemían lastimeramente y yo aferrada de la mano de la nana Isabel, sentía un dolor aguijoneante en mi corazón. Ya no volvería a ver a mi hermanito.
Comenzaron los preparativos y yo continuaba vagabundeando por la casa sin entender lo que ocurría. Me agarraron del brazo y nos pusieron en una fila pa emprender la caminata.
Mi hermano mayor llevó la cajita junto a tres primos hasta el cementerio, y a mi me pasaron una cruz blanca que llevé orgullosa delante del cortejo.
Habíamos caminado un par de metros cuando escuché a mi mamita gritar que no se lo llevaran. Quise devolverme con él, pero alguien me tomó del hombro y me empujó suavemente, pa que siguiera avanzando. Íbamos lejos de la casa y aún se podían escuchar los gritos y el llanto desgarrador de mi madre .
Al llegar al cementerio , ya no pude aguantar más y sentada encima de una tumba de tierra, con las sucias manos tapando mis ojos lloré, al ver que colocaban sobre su cajita sus blancas alitas y luego echaban tierra encima de ellas. Cuando todo acabó, quise esperar para verlo volar, pero no pude hacerlo, mi papá nos tomó de una mano y nos llevó en total silencio de vuelta pa la casa.
Ese día fue mi primer encuentro con la muerte, la que vendría muchas veces más a mi vida, para llevarse en cada viaje algo de mi, y dejar en cada una de sus visitas un profundo vacío en mi corazón.
Pero yo no lo olvidé y tiempo después, una tarde le pregunté a la abuela por él. Ella respondió que después que lo habíamos dejado, él había volado hasta el cielo para encontrarse con los otros angelitos, que había en el mundo.


-¿Y aonde anda ahora abuela? dije algo triste y llorosa .

-Esta allá poh dijo apuntando con el dedo a una estrella pequeñita, que brillaba levemente al lado de las tres Marías,- ahí ta tu hermanito mi niña ¿lo veis?-


Sé que el angelito al emprender su vuelo aquella tarde, se llevó con él parte del corazón de mi madre, se llevó los días de alegría y de refulgente sol que había traído a nuestra casa, se llevó la esperanza de arreglar los nubarrones que hacia tantito rodeaban la vida familiar, se fue con la ternura y la pureza que faltaba en nuestra casa y que nos había invadido con su breve estadía, y definitivamente partió también con un poco de mi alma.
Sin embargo sé también, que cuando estoy triste y algo melancólica puedo esperar la noche y elevar mis ojos, para buscarlo en el azul profundo del cielo estrellado, y encontrarlo allí sonriéndome como siempre desde su pequeña y luminosa estrella ,allí lo veo guiñarme un ojito desde lo alto y entregarme con su sonrisa de siempre el valor que de tanto en tanto parece abandonarme. Y yo desde aquí, con una pequeña lágrima de agradecimiento sonrió y levanto mi mano, para a cambio enviarle un beso y decirle despacito….

…….te quiero angelito ……..      


 

(c) Dolores González Opazo

Santiago de Chile
 

Dolores González Opazo nació en Villa Alegre pintoresco pueblo de la séptima region de Chile, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda, que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres, tradiciones, cuentos y leyendas de su tierra.
En el año 2015 la revista Archivos del Sur publicó su cuento "Chicha de manzana " y en el mismo año ganó el concurso "Lineas de vida " con el cuento "Natalia historia de una solitaria".
Trabaja como bibliotecaria, ademas de hacer lo que más le gusta, escribir . Entre libros se siente a gusto y goza con cada letra que llega a sus manos. Casada con dos hijos y una nieta a quienes a inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía.

domingo, 14 de febrero de 2016

Cita incierta - Maritza Morales Valero















Cita incierta

Bella Habana, rodaba en tu madrugada de noches insomnes. La alejada quietud me extraña. Unas luces de oro y plata, iluminan el muro que retiene a las olas. El guiño del faro de una añeja fortaleza avizora mi llegada. Mi lente retiene la mar, siempre para mí la mar, inunda mis ojos, arde en mi piel. Una llama perenne temblorosa en las aguas cruza la bahía, tiñe el alba de negro. Barcos dormidos dibujan el espejo, los olores de las aguas son diversos y los hoyos sorpresivos me despiertan. La cortesía se empeña en ser hallada, más la prisa del día no la encuentra.
Un parque funerario nos acecha con sus muertos de esperanzas y de sueños. Oradores marcan con un sello y un silencio espontáneo avergüenza. Bella Habana incomprensible. Una fila interminable de cabezas reclinadas, soldaditos de ilusiones entre pliegos pre pagados. Ser tozudo en este instante no coopera y sumisos los ojos se acumulan en las rejas añorando que aparezca el elegido, sortilegio que no aguanta mi impaciencia. En el parque funerario ya no hay sombra y los pasos me traicionan y me olvido de la espera. Camino suavemente, cruzo el cerco prohibido, alarde de prepotencia. La brisa del mar siempre me alegra. Unas astas sin sentido desafían a mi cielo y no acabo de entender el por qué de las banderas. Lo mío no lo oculto a los extraños, ni lo exhibo, ni lo anuncio en insistencia. Bella Habana, que te entiendan tus nativos, menos yo, que no soy de este planeta. Bella Habana, ¿me perdonas?, no te niego tu belleza, podré amarte para siempre, pero hoy no. Vuelvo pronto por los sueños no cumplidos, con las arcas llenas, a apostarlas nuevamente a ilusiones o a quimeras. Me regreso reprobado de esta cita incierta.

(c) Maritza Morales Valero
Guayos
Sancti Spíritus
Cuba


Maritza Morales Valero (Guayos, Sancti Spíritus, Cuba, 1968) es poeta y narradora (literatura infantil y para adultos). Graduada de nivel medio superior, de formación autodidacta.
Se incorporó en el 2014 al Taller Literario Fayad Jamis de Guayos, donde ha participado en encuentros de escritores aficionados y ha obtenido premios y menciones en narrativa infantil, para adultos y en poesía. Tiene inéditos cuentos y relatos, para niños y adultos, y poesía. Ha colaborado con revistas infantiles y programas radiales. Fue finalista en el Concurso Nacional de Microrrelatos, auspiciado por la revista mexicana Papeles de la Mancuspia donde fue publicada su obra Cena Homenaje.

El texto Cita incierta y las fotografías fueron enviados por la autora para su publicación en la revista Archivos del Sur





viernes, 22 de enero de 2016

Sopas de mi recuerdo *- José Respaldiza Rojas




Ahora que Gastón y Mistura han puesto a nuestra gastronomía a nivel mundial. Quiero rescatar un plato muy poco promocionado: la sopa No soy cocinero aunque se cocinar ya que mis padres concibieron sólo hijos varones y debido a ello nos fue menester aprender a cocinar, barrer, zurcir, lavar, planchar, conocer los diferentes tipo de carne de res, reconocer si es fresco el pescado que adquirimos en el mercado. Debo confesar que el cocinar no es algo de mi preferencia, mis dos hermanos, Luis y Alfonso fallecido- lo hacen con maestría, por eso mi aporte será literario.

Cuando los niños dicen algunas incoherencias, los adultos meneamos la cabeza, esbozamos una sonrisa y decimos, pera nuestro adentro: Que les podemos pedir si son niños, pero los adultos también tropezamos con la misma piedra y nadie dice nada, así es como debemos entender que bauticen como sopa algo que sabemos no es sopa.
En este recuerdo hallarás sopas que no son sopas, entonces sonríe y di: Son cosas de los adultos.
Quiero dejar en claro que soy limeño, nacido en los Barrio Altos, pero no me agrada el ají, y debido a ello omito poner el ají en los ingredientes, a quienes si les agrada el picor están en total libertad de incluirlo en las recetas.
Se me quedan en el tintero el Chairo, nunca escuché hablar de él, el Salmorejo que tomé en algún lugar Francia limítrofe con España, la Patashca que también la tomé, pero mi memoria es renuente a colaborar indicándome dónde la probé y en qué circunstancias, y la Sopa a la minuta que preparaba mi madre, con mucho amor, pero poco sabor,



SOPA CHAYMANTA

La Universidad Nacional de Educación más conocida como La Cantuta nació como Escuela Normal Superior y de pronto, en 1959, el gobierno de Manuel Prado le quitó su categoría universitaria. En el Auditorio Central se reúnen profesores, alumnos y trabajadores y tras un prolongado debate, por unanimidad se rechaza esa absurda e injusta medida gubernamental y se declaran en huelga hasta que se respete su calidad superior y su autonomía universitaria.
El gobierno decreta cercar la Institución y da la orden: Nadie puede entrar y el que sale no entra.
Había dificultad para adquirir nuevos víveres con los cuales alimentar a los estudiantes internos, se recurrió a los animales de la granja y entonces la solidaridad flameó en el horizonte de Chosica, muchas madres de familia se organizaron para obtener víveres donados por los comerciantes de la zona, los trabajadores del ferrocarril central disminuían su velocidad para que al pasar por el paradero de la Cantuta se pudiera descargar, al paso, los costales llenos de productos alimenticios.
Corrió el rumor que la Cantuta sería recesada, había que entregarla al Ministerio de Educación, bueno pues, que la recibirán vacía. Un 21 de Abril de 1960, a las nueve y media de la noche, los estudiantes proceden a retirarse, luego de escuchar al doctor Walter Peñaloza cuyas palabras finales fueron una fábula de Esopo: El sapo tenía prisionera a la luciérnaga y casi sin respiración le preguntó ¿Por qué me matas? Su respuesta fue: Porque brillas mucho.
Se dio inicio a la Marcha de Sacrificio, rumbo a Lima a donde llegaron al día siguiente y se alojaron en el Gimnasio de la Universidad Mayor de San Marcos, que también estaba en huelga pues le habían arrebatado el co-gobierno a la Facultad de Medicina.
No bien estuvieron en el gimnasio una gran mayoría se sentaron en el suelo, en un ordenado desorden, se quitaron los zapatos, las medias y sus pies, ahora en libertad, latían en procura de sosiego, algunos decidieron dormitar, el necesario descanso cundía cuando una voz pide la atención de todos:
-Muchachos tenemos que organizarnos. - Deja descansar habló desde el fondo un cachimbo. - Y mañana ¿quién te dará de comer? Debemos conformar comisiones para ir a los mercados y recolectar víveres, otros a buscar leña. - ¿Algo más patrón? dijo alguien en son de broma. - Esto no es un juego, hay que visitar restaurantes para conseguir que nos presten ollas grandes, cucharones y todo lo indispensable. - ¿Y quién va a cocinar, si todos somos hombres? - Levanten la mano quienes sepan cocinar.

Nadie levantó la mano, sea por un exceso de machismo o por un abrumador cansancio, pero felizmente ese año, mediante una beca especial, ingresaron un grupo de alumnas a estudiar inglés, sin sospechar que lo primero que tuvieron que aprender sería a cocinar, algunas sabían hacerlo, pero no era lo mismo preparar un potaje para cinco familiares que hacerlo para cien personas.
A eso de las diez de la mañana empiezan a llegar los costales de yute repletos de comestibles.
-Esta leña humea mucho rezonga Sara Gonzales- parece que todavía está verde sigue mascullando y con el canto de su mano se refriega sus llorosos ojos.


En una mesa algo larga ponen a un lado las verduras, en otro las menestras, más allá, las carnes.

-¿Dónde pongo la hierba luisa?

- Al lado del toronjil y la pimpinela.

¿Y la receta? ¿Qué cocinaremos hoy? ¡Qué receta ni que ocho cuartos! Hay que improvisar salga pato o gallareta. Deciden picar muy menudo todo, sin desperdiciar nada, salvo las partes secas o malogradas. ¿El rabo de la betarraga? También entra al cuento.

Un voluntario va anotando las cosas que deben pedir: Sal, detergentes, azúcar, estropajos, escobas, un recogedor, sillao.
-También anota Ajinomoto acota presurosa Maura Ito.


-¿Qué es ajinomoto?

-Un sazonador.

Digamos que al tercer día ve la luz la sopa chaymanta, prima hermana de la porciúncula franciscana, de la que escribiremos luego, sopa elaborada con gran esfuerzo y sobre todo mucho amor, sopa hoy algo olvidada, pero que yace en el recuerdo de muchos chaymantas, ¡Gloria eterna a la sabrosa sopa chaymanta!

Casi me olvido, acompañaba a esa sopa, un delicioso vaso con Agua ´e locos, nombre popular con el que se designa al refresco de manzana.





LA SOPA DEL POBRE


Era 1969, de pronto recuerdo que debo pagar mi cuota mensual en la Librería Studium, situada en la Plaza Francia, para tal efecto debo cruzar la Plaza San Martín y zasss me doy con un señor de dos dimensiones por lo terrible flaco que es y para colmo enjuto, lucía un polo a rayas horizontales, un sombrero negro de tarro coronaba su cabeza. Del bolsillo saca un pote, lo abre, mete el dedo índice de su mano derecha y con él embadurna su cara de blanco, mientras con su mano izquierda sostiene un pequeño espejo, con lápiz de ceja acentúa su color, con un lápiz labial los enrojece aún más. Enseguida luego saca una tiza y pinta un círculo algo grande, si alguna persona intenta pasar sobre él, le hace una señal para lo rodee.

La gente se va agolpando alrededor de ese círculo, a los menores se les permite sentarse en el suelo. Hay gran expectativa por lo que hará. Cumplo con el deber de informar que en Lima vagan muchos locos mansos, son famosos Ño vela ´e sebo, Pan frío, Ño cagaleche, Fray Tomate, Mataobispo Manongo Moñón, pero el que se lleva la bandera es Cordero y Velarde, que se pasea vestido de frac y una banda presidencial cubre su pecho, se considera Presidente del Perú. Valla, usted a saber si aquel caballero es un candelejón más.

Transcurre un prudencial tiempo y se pone en movimiento, hay varias actuaciones como La carta, la bandera, el hombre que se baña en la piscina, pero la que rememoro se inicia cuando recoge del suelo un cartel que dice:

LA SOPA DEL POBRE

Pone casi al borde y al revés, su sombrero en el piso, es decir con la abertura mirando al cielo. Comienza arrastrando una olla pesada, la coloca en el centro del círculo y vierte agua, Mete algo debajo y hace como que le prende fuego, es la leña.

El que está desarrollando una función popular es Jorge Acuña, mimo peruano que acaba de cumplir sus Bodas de Oro como actor en el Teatro de la calle, actúa en total silencio, solo con gestos y movimientos, es un teatro donde no se paga entrada, no hay ningún cobro ni tampoco hay asientos de primera, segunda, todos pueden verlo, o no por igual, de pie, a los niños se le permite sentarse en el suelo, no hay discriminación, pero volvamos a su famosa sopa, mete el cucharón, prueba, hace un mohín y busca en la alacena, saca un frasco y empieza a echar su contenido, vuelve a probar, pone cara de satisfacción, claro le puso sal. Vuelve a probar y como que la falta algo, en eso ve pasar una mariposa y se decide cazarla, le cuesta algo de trabajo y zasss la chapa y la mete en la sopa, con el cucharón mueve un poco. Cuando, ve pasar por el piso algo que cruza con rapidez, estira un pie para pisarlo y se le escapa. Corre y le mete otro pisotón, se agacha y recoge algo que no sabemos si es una cucuracha o un ratón, pero va a parar en la sopa, la mueve. La prueba, hace un gesto de aprobación y ahora recorre el círculo para que los concurrentes también tomen un poco. Baja los brazos, inclina el cuerpo y el público aplaude con furor, muchos avanzan para poner unas monedas en el sombrero, en eso también avanzan dos policías y se llevan preso al mimo, lo meten en una comisaría situada al final del jirón Sandia. ¿Qué sucedió? Que al costado del Cine Colón queda el Club Nacional, local donde come la crema y nata de la sociedad limeña, allí todos los potajes son de primera, se come con cubiertos y servilleta de tela, mozos uniformados sirven los pedidos y por cierto les desagrada los olores de esa sopa del pobre, pero si es ficción, nada señor, que coman así en su casa.

Dentro de la comisaría el capitán comisario que no entiende porque lo han detenido, pero lo mete en el calabozo y allí el mimo da una función y como es del agrado de muchos policías, éstos lo ponen en libertad. Al día siguiente vuelve a la carga, llega de nuevo a la Plaza San Martín y presenta de arranque la sopa del pobre, ahora le pone como nuevo ingrediente, una pulga.

-¡Qué terco es este hombre! Que lo detengan otra vez, para que aprenda.

Con las justas logra terminar su función pues cuatro policías cargan con él, en la comisaría el capitán pregunta: ¿Cometió algún delito? Le responden que No. El capitán comisario menea la cabeza y vuelve a preguntar ¿Cometió alguna falta? La respuesta es negativa. Entonces sentencia siéntelo en la banca. Se repite lo de siempre, da una nueva función La sopa del pobre es vista con agrado y queda libre.

Como la calle es del pueblo y hay libertad de expresión, la plaza San Martín recibe al mimo como todos los días. Mira para todos los lados, no ve ningún guardia, de su bolsillo saca una tiza y marca su círculo, luego procede a maquillarse.

-Este no escarmienta, si cree que vamos a ceder, está muy equivocado.

Muestra su cartel, pone su sombrero en el suelo y a trabajar se ha dicho.

-Aló comisario, vengan y detengan a ese loco.

-¿Qué delito comete?

-No son suficientes las arcadas que nos produce su nauseabunda sopa.

-Pero la porciúncula de los padres franciscanos.

-Nada señor, eso sucede en el Rimac y no en el centro de la ciudad.

Apenas tiene tiempo de completar su sopa del pobre, cuando esta vez lo llevan con esposas. Al poner un pie en la comisaría, le quitan las esposas y el capitán comisario le pide que haga La bandera, por supuesto también pone en escena La sopa de pobre y queda libre.

En esta cuarta vez, cansado de que lo metan preso, llega a la Plaza San Martín como viniendo del Callao, mira con atención para todos lados, entra a uno de los portales, no ve nada extraño, pero no bien pisa el centro de la plaza, de inmediato sale un grupo de policías que se lo llevan a la comisaría de Monserrate, donde no le permiten dar su función y lo tienen dos días en el calabozo. Al salir, una voz amiga le aconseja que tenga cuidado porque lo quieren desaparecer. Entonces Acuña decide llevarse su sopa del pobre a Suecia donde reside hasta la fecha. ¿No te has formulado la pregunta del porqué de tal persecución? Claro, se debe a que estaba enseñando a los pobres a vivir al margen del mercado de consumo y eso ya ocurrió en la India, con Gandi y tuvieron que matarlo.

(c) José Respaldiza Rojas

Lima

Perú

*fragmento del libro "Sopas de mi recuerdo" enviado y autorizado por el autor para
la publicación en la revista Archivos del Sur.
José Respaldiza Rojas (1940 Lima Perú) Decano de la Facultad de Pedagogía, de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, ensayista de temas pedagógicos, se ha especializado en literatura infantil. Es Magíster en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra Adivinanza, Las fabulosas fábulas, Fabulario y otras obras. Es miembro de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil APLIJ del Centro de Documentación e Información de Literatura Infantil y Juvenil CEDELIJ- y del Centro de Investigación y Difusión de la Literatura Infantil Andina y Amazónica del Perú





lunes, 7 de diciembre de 2015

A salvo - Araceli Otamendi


paisaje rural (c) Araceli Otamendi



"Si el sol se apartara de su curso, las Erinias lo perseguirían y castigarían"

                Heráclito

 
"A las Erinias se les sacrificaban ovejas negras y libaciones de νηφάλια nêphalia, mezcla de miel y agua" **






Ahora, en la sala de espera antes de embarcarse en el vuelo 407 hacia un país de Europa, Zinia pensaba en los últimos días transcurridos en Buenos Aires. Ahora sí, estaba a salvo. ¿Acaso no sería una gran oportunidad ir a pasar las fiestas a otro lugar? Vivir, sí, vivir un poco. A salvo del trabajo que ya detestaba, con todas esas apariencias que tenía que sostener de la mañana a la noche, vistiéndose con esos vestidos de cocktail que más que nada la hacían parecer una modelo de una revista femenina, una sombra de lo que ella era en verdad. ¿Pero cuál verdad? ¿Acaso no había sentido desde hacía mucho que había que vivir de otra manera? Casi nadie sabía entre sus amistades que ella se iba, que no estaría en la ciudad cuando se escucharan los típicos estallidos de los cohetes ni los fuegos artificiales iluminaran el cielo nocturno. Se acercaba el fin de año y los perros se exacerban y gritan, aúllan también antes de esconderse en algún rincón o tal vez escaparse a la calle buscando protección. En pocos minutos iba a dejar atrás muchas cosas, quién sabe cuándo iba a volver. ¿Y quién podría saberlo? Dejar atrás tantas cosas que ahora ¿quién sabe por cuánto tiempo? se le figuraban ridículas: los altares del Gauchito Gil que en el último tiempo se habían erigido en la ciudad, antes se los veía sólo en el campo, los había visto en la calle, pintados de rojo,o tal vez en una plaza, llenos de ofrendas: flores, de plástico y de las otras, botellas, recuerdos para agradecer al santo. El carro a caballo de los que venían a juntar cartones con el típico y monótono ruido del animal que hacía sonar sus cascos en el asfalto, a ciertas horas del día. Parecía que el campo había entrado en la ciudad. Escenas, puras escenas como las que ella presenciaba en su día a día en el trabajo. Como las que había visto en su infancia y que ahora casi, no recordaba. Entonces mentía, mentía mucho, sonreía a más no poder cuando le traían algún catálogo con las últimas producciones de un artista o de un seudoartista.
O alguna tarjeta de presentación. O quién sabe qué. Y debía mantenerse firme, simpática, sonriente, aunque le pesara todo ese disfraz, aunque supiera que ya no le quedaba tiempo para muchas cosas.
La voz por el micrófono llamaba a los pasajeros del vuelo 407, había que dejar el asiento, con la bolsa del freeshop en la mano, envoltorio de algún perfume quizás tomado al azar, pagado con esas horas de simulación, ahora de tardío arrepentimiento....
Únicamente le había dicho a un amigo, L. que no estaría en Buenos Aires cuando el reloj marcara el inicio de un nuevo año. L., que se encerraba en el departamento y fingía no estar, para que nadie supiera que estaba solo, y que pasaría Navidad y año nuevo solo frente al televisor con la única compañía de la comida, la bebida y la pantalla titilante. L. le había deseado suerte, y feliz año, que lo empieces muy bien, que no sufras el frío de Europa, si te hubieras quedado tal vez nos habríamos reunido, ¿quién sabe?
En el asiento junto a la ventanilla podía observar las nubes, pasaban rápido, se estiraban en el cielo azul. Después que la azafata diera la explicación sobre cómo ponerse la máscara y encontrar el salvavidas en caso de emergencia, buscaba en la libreta el número de teléfono del hotel de campo donde se alojaría. En la campiña, sí, a salvo de todo, pensaba.
A su lado se había sentado un hombre que ocupaba más espacio de lo que su asiento le permitía. Viajaría incómoda, deseaba llegar cuanto antes, había planificado todo muy bien. Faltaban muchas horas de vuelo, todavía.
La cara del perrito dejado al cuidado de una mujer que se ocupaba de dar atención a animales domésticos, se le presentaba ahora con los ojos tristes de una mascota que se sabía abandonada. Le había pagado a esa mujer muy bien, todo por adelantado. En ese sentido, tenía la conciencia tranquila. No iba a pensar mucho más en eso. Se concentraría en lo que iba a hacer, en las fantásticas excursiones que la página web del hotel de campo prometía: senderismo, paseos por el bosque, a pie y a caballo, piscina climatizada, deportes de invierno, excursiones a castillos, visitas guiadas, observación de fauna y flora, y por qué no, también vida nocturna, alguna que otra vez.
Ah, ¡qué a salvo se sentía a tantos metros del suelo! con esas nubes blancas y ese cielo azul, a tanta distancia de todo...
Cuando Zinia por fin se instaló en el hotel de la campiña, se encontró con el señor M. casi enseguida.
El señor también se había alojado ahí para pasar fin de año en un hotel de zona rural. Experto en arquería, le gustaba pasar las fiestas lejos de la ciudad, a salvo ¿de qué?
Le dijo su nombre, Zinia y al señor M. se le dibujó una sonrisa. ¿Zinia como la flor de papel? no le contestó, le pareció guarango, imprudente, fuera de foco que le hiciera esa pregunta. Sin embargo el señor M. la invitó después, esa noche, a tomar algo en el hotel. Zinia aceptó, olvidándose de la guaranguería del señor M. tal vez por unos instantes. Estaba en ese paraíso rural, donde no había muchos huéspedes.
Las enormes piedras de las paredes denotaban el paso del tiempo. ¿Quiénes habían estado antes ahí? se preguntaba. El señor M. que hablaba también en español, empezó a contarle historias del lugar. Ya se había alojado ahi en otras ocasiones y casi enseguida le confesó que era un experto en arquería. ¿Sería como Guillermo Tell? Zinia empezó a imaginarse al señor M. con un sombrero, arrojando flecha tras flecha a un blanco ¿pero acertaría? Ahora era ella la que sonreía con las historias que el señor M. le contaba.
Cuando él empezó a hacer preguntas, las típicas preguntas acerca de su ocupación, Zinia decidió mantener el misterio. Arte, se ocupaba de arte. Yo también, dijo el señor M. Ahora sí, no estaba a salvo. Arquero y artista. Zinia se disculpó después de algunos minutos, cuando la conversación había decaído, todavía tenía que deshacer alguna valija, ordenar la ropa ¿había traído tanta? Había que acostarse temprano porque mañana le esperaba una excursión para observar la flora y la fauna del lugar. El señor M. la despidió entonces con la frase: hace mucho tiempo tuve zinias en mi jardín. ¿Y qué pasó con ellas? Pero el hombre no le contestó, levantó la copa e hizo un brindis en el aire, saludó con la cabeza.
Zinia subió por la larga escalera del hotel hasta el segundo piso. En el pasillo que conducía a su habitación podía ver por la ventana la noche estrellada y algunos copos de nieve en el suelo. Abrió la puerta del cuarto, la habitación estaba calefaccionada a más no poder, y con el control remoto encendió el televisor. Se recostó en la cama, estaba cansada, había sido un viaje largo, muy largo.

(c) Araceli Otamendi
Buenos Aires
República Argentina

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