jueves, 20 de abril de 2017

Los primos - Araceli Otamendi


Nunca supe muy bien cuál fue el origen del parentesco, se empeñaron 
en decirme a mi, "prima" y a Roberto "primo". Eramos vecinos desde hacía años.
Ellos eran un matrimonio solo. Nunca los visitaba nadie. El hombre
era gordo, demasiado gordo, la mujer también. De noche, a la hora de la comida
a través del pasillo se escuchaban risas, parecían alegres, pero eso sólo duró
algunos años. Seguramente veían algún programa de televisión. 
Cuando Roberto empezó a progresar en el trabajo y nos pudimos
comprar un pequeño auto, los vecinos empezaron a mirarnos con mala cara. El hombre
viajaba en taxi porque la gordura le impedía subir a un ómnibus. La mujer era más
delgada y también trabajaba. Creo que el problema empezó cuando la mujer dejó
de trabajar. Cuando yo llegaba a casa, la veía a ella, desde la calle, mirando por la ventana.
Nos saludábamos, como siempre. Pero había algo extraño en su mirada. Hasta que
un día, serían las siete de la tarde, alguien tocó el timbre. Me acerqué a la mirilla y 
vi que eran los vecinos y abrí la puerta. ¿Qué tal? - dije. 
- Queremos hablar un momento con usted. Las caras del hombre y la mujer no parecían
las mismas de siempre. Había algo extraño, un brillo, en la mirada de los dos. 
Les ofrecí sentarse. El hombre era tan gordo que tenía problemas hasta para 
estar en una silla. Enseguida empezaron a hablar de un parentesco, al parecer
todos éramos primos, el hombre y la mujer entre ellos, y ellos entre Roberto y yo.
Casi no podía creer lo que estaba escuchando. En eso Roberto abrió la puerta del
departamento y sorprendido dijo: - Buenas noches ¿pasó algo?
Le hice una seña, habitual entre nosotros, para advertirle que sí, algo raro estaba pasando.
- Sí señor, dijo el hombre, con voz altisonante. - Pasa que somos primos y usted no lo
 quiere reconocer.
- Ajá - contestó Roberto, mirando hacia el teléfono. 
El hombre seguía hablando y dando detalles del parentesco y todo se tornaba cada vez
más extraño. Mientras Roberto iba hacia el dormitorio, les ofrecí un refresco a "los primos".
Bebieron el refresco y se fueron a los pocos minutos.
- Están locos, hay que hacer algo - dijo Roberto.
- Sí, mudarnos - contesté. 

Esa noche Roberto y yo nos reímos, creo que fue la única noche que reímos después de
semejante escena de "los primos". Tardamos meses, creo que años en volver a reir, hasta que el "primo" murió y la mujer, "la prima", casi no salía de la casa.

(c) Araceli Otamendi 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

lunes, 3 de abril de 2017

Zapatitos de charol - Dolores González Opazo

                           
                                       


                                                                            (Para Laurita )

                          Si hay momentos que con el tiempo y la edad recuerdas
con nostalgia, son los años de la infancia. Particularmente hay historias que
cada cierto tiempo he recordado con algo de tristeza, otras simplemente me
han hecho reír de buenas ganas . Hoy un acontecimiento importante me ha
llevado hasta aquellos tiempos para descubrir en un particular recuerdo , el
cambio que la vida hace con nosotros, lo que el tiempo y los años se encargan
muchas veces de transformar .

                 A la edad de seis años , ya deseaba entrar como aquellas niñas
mas grandes al colegio ,así es que mi mamá me puso de oyente como se
llamaba en aquellos tiempos en la única escuela del pueblo. Allá en el lugar en
donde vivía había solo una escuela para niñas , donde íbamos las pobres y
también las ricas , todas juntas en una misma sala ….amigas todas jugando a
la ronda .

                 Yo era la segunda hija de una familia en donde habíamos llegado
mas por casualidad que por deseos , dos mujeres Eliana y Rosa que era yo, y
Manuel el mayor .

                  Mi padre hacía un tiempo largo había partido de nuestro lado ,
dejándonos al cuidado de nuestra madre , una mujer trabajadora y sufriente,
silenciosa y dolida como ella sola. Sus sacrificios de lavandera solo alcanzaban
para un mediano alimento , y eran muchas las ocasiones en que ella se negaba
a recibir, la parte que le correspondía , aduciendo que le hacia daño al
estomago , solo para repartirnos y aumentarnos la ración .

                 Aunque la niñez no permite que comprendamos las diferencias
que hacen los mayores , había situaciones que ocurrían, y que hicieron en
algún momento que nos diéramos cuenta , que éramos diferentes. Aunque
pequeños aún ,sentíamos muchas veces en el corazón el desprecio sobre todo
de los mayores . La pobreza es a veces símbolo de desprecio y la sufríamos en
silencio . Nuestra madre , que se daba cuenta de esto , solo nos pedía que
humildemente nos retiráramos de donde no éramos bien queridos.

                 Sin embargo, cada noche cuando dormíamos yo la escuchaba
rezar el rosario , ella le pedía a ese dios que según ella nos enseñaba y que
protegía a los humildes y buenos de corazón , que interviniera en las almas de
quienes nos marginaban por ser pobres , sin embargo aquel en el que ella
tanto creía ,no parecía escucharla.
                   Mi madre como ya dije una buena lavandera , recorría junto a mi
hermano mayor , grandes extensiones de terreno , en busca de la ropa sucia
que debía lavar . El con sus largas y delgaduchas piernas la acompañaba en
busca del lavado , luego después de llegar a la casa comenzaba el trabajo
realmente . En aquellos días el lavado no era cosa simple ni tampoco bien
pagado ,primero se debía separar lo blanco de lo de color , remojar ,
desmugrar y luego venia la parte mas pesada el lavado con la escobilla ,
completándose el trabajo con el hervido de la ropa blanca el enjuague y por
último el azulado.

                 Mi madre se levantaba muy temprano para terminar entrada la
noche ,pero finalmente descansaba después de dejar todo tendido y muy
estirado. Al día siguiente venía el duro trabajo de planchar . En fin, en tres días
ya el trabajo estaba completo, y partía otra vez a dejar su carga olorosa y bien
planchada , para traer otro gran bulto de vuelta.

                 En aquellos días hice buena amistad con mi compañera de banco
en la escuela ,ella era hija única de la profesora de dos cursos mas altos y la
acompañaba a diario a la escuela, su padre dueño de un gran almacén del
pueblo ,gozaba de una fortuna abundante y del respeto de todos .

                     En una gran casa vivía mi amiga Margarita . Su abuela era una
mujer alta e imponente con una cara siempre seria . En un par de ocasiones yo
había acompañado a mi amiga hasta su hermosa casa ,sin atreverme a entrar
aunque muchas veces ella insistió en que lo hiciera , la figura de la abuela me
atemorizaba mucho , por lo tanto jamás me acercaba , por miedo a
encontrarme con su cara seria y malhumorada.
                      Margarita era una hermosa y tierna niña , tenía un gran
parecido con su madre ,de voz suave y risa ligera . Cada día compartía
conmigo parte de su colación , como entendiendo sin que yo se lo dijera que mi
estomago pedía alimento. Crecimos juntas jugábamos en la escuela cada día y
cuando enfermaba y no asistía yo la extrañaba enormemente.

                     En una ocasión ella me comentó, que en pocos días más
estaría de cumpleaños

    - El viernes estaré de cumpleaños Rosita – me comentó
    - Entonces ¿no vendrás a la escuela ? - respondí
    - Vendré , mi mamá me preparara unas ricas onces . ¿Te gustaría ir a mi

         casa ? preguntó
    - Si – respondí rapidito- pero no creo que pueda- agregue
    - Pero porque no , Mira Rosita si no vienes voy a enojarme contigo
    - Es que tu abuela puede molestarse
    - No, tienes que venir no mas ya sabes – insistió

Llegando a la casa le comenté feliz a mi madre de la invitación, ella después de
escucharme , sonriendo me dijo

    - Pero no es bueno que vayas hija –
    - Yo le dije a la Margarita mamita , pero ella insistió y como es mi amiga
quisiera ir.
    - No – volvió a repetir mi madre – no quiero que tengas algún problema

                     Apenada , no volví a comentar el tema , sin embargo Margarita
no dejaba de insistir . Todas querían ir a su fiesta y yo que estaba invitada de
las primeras no podía asistir. Eso me entristecía mucho , pero también
entendía las razones de mi madre para negarme el permiso.

    - La Rosita dice que no querís que vaya a la fiesta de la hija de la
profesora – dijo la tia María, que era la hermana mayor de mi madre

    - No ,es que yo se que pueden tratarla mal , tu sabis que hace tiempo , ya
nadie nos mira muy bien – responde la mujer casi en un susurro

    - Y tu no tenis la culpa de estar sola – ataco María – además tu te ganai tu
plato de comida con harto esfuerzo , no pedís ni robai -

    - Si pero eso algunos no lo entienden- respondió mi madre con tristeza en
la voz.

    - Algunos serán poh , porque aquí no todos piensan mal de ti y de tus
cabros – dijo María . después de too que culpa tenis, de que tu mario se haiga
ido -

    - Además como queris que la mande ¿ no puede presentarse a la fiesta
con calamorros – agregó tristona mi madre– pa que se rían de ella

    - Pero dime , si yo arreglo eso , la dejariai ir?
    - Capaz poh – respondió la mujer riendo

                     Y la tía María trajo de no de donde , un par de zapatos azules
casi nuevos , lo único malo era que me quedaban algo grandes, pero les
acomode en la punta una pelota de algodón y me quedaron perfectos

                     Y así fue que el día del cumpleaños , aparecí por la casa de la
Margarita . Con mi delantal dominguero bien lavado y almidonado , bien
bañada y peinada con una larga trenza . Los zapatos me incomodaban un
poco ya que se me salían al caminar , pero yo estaba tan feliz que casi no lo
notaba. Mi madre me arregló un canasto de mimbre con hojas de la higuera ,
colocando en el las brevas mas grandes y negritas y agregó media docena de
huevos de la periquita .

    - Cuando llegue , entréguele este regalito a la Margarita ¿ escucho mija ?-
Me dijo – nunca se debe llegar con las manos pelas-

Después de darle un gran beso, partí apuradita pa no llegar tarde a la fiesta.

                     Al llegar felizmente me encontré con mi amiga que estaba en
su puerta recibiendo a los invitados , al verme rió feliz

    - Que bueno Rosita , ya creía que no venías – dijo abrazándome
    - Toma mi mamita te manda este regalo – le dije algo avergonzada , al ver
que llegaban niñas con lindos obsequios .

Margarita tomó de la canasta y alegre me dijo

    - Que bueno Rosita me encantan las brevas-

                     La fiesta estaba linda y había tanto para comer, que yo no
sabía por donde empezar. Había mucha gente pero la abuela de Margarita se
esmeraba en perseguirme con su mirada de halcón. En un momento para mi
desgracia, quede cerca de ella y oí cuando comentaba a otra vieja
empingorotada

    - Esta es la hija de la lavandera , la Margarita insistió en invitarla – luego
agregó- hay que tenerla vigilada tu sabes, estos son todos ladrones-

                     Me alejé para no incomodarla y para no escucharla . Como los
zapatos ya no podía sostenerlos y ni siquiera podía correr por temor a que se
me salieran, me senté a mirar a las niñas jugar , la Margarita que se dio cuenta
se acercó y me dijo

    - Que te pasa Rosita , estas enferma?-
    - Si – mentí – pero ya estaré bien
    - Ven –me dijo tomándome de la mano – recuéstate aquí un ratito y
descansa

                     Me dejó en su dormitorio , recostada sobre hermosos cojines
envuelados cerré los ojos y soñé que era yo una bella princesita , en un castillo
encantado , abrí una y otra vez los ojos para volverlos a cerrar y volver a soñar.

                     En uno de esos sueños estaba cuando vi que al costado de la
cama , había una gran cuna de muñecas , con muchas de ellas , rubias,
morenas , trigueñas , en fin de todos los colores , y además muchísimos
regalos y juguetes . Me acerqué y tome una rubia de ojos muy azules ,
perfumada y suave , luego tome entre mis brazos una trigueña y la acune
cerrando los ojos , aspirando el dulce aroma de la felicidad. En eso estaba
cuando apareció bruscamente la abuela de Margarita

    - ! Que estas haciendo ladrona ¡– me grito

Solo atiné a soltar las muñecas de mis manos y a mostrárselas a ella vacías

- Ladrona vete de aquí , le dije a Margarita que nada bueno podía salir de
la hija de la lavandera – Y tomándome de un brazo me arrastro fuera de la casa
.

                     Antes de que me marchara llorando de su casa y sin poder ver
a mi amiga para explicarle , la bruja salió con mi canasto y me lo entregó
    - Toma Nosotros no necesitamos tus brevas y tus huevos-

                     Llorando caminé hasta mi casa , había perdido un zapato en la
revoltura y no sabía como podría explicar a mi madre lo ocurrido. Llegando a la
casa solo quedé en silencio, mi madre solo dijo ,

    - Hija tenis que aprender , tu no podis ser igual que ellos ,la vida es así y
ni Dios puede cambiar lo que es

En silencio y llorando no podía comprender las diferencias que existían ,

    - Diosito porque permitis todo esto , yo no robé nada , yo solo quería ser
feliz- Y así me dormí con mi pena .

                     Al día siguiente , cuando me encontraba alimentando a las
aves en el patio trasero , mi madre me avisó que tenía una visita . Era
Margarita y su mamá , mi amiga llorando me abrazo

    - Perdóname Rosita porque no estuve contigo , ni siquiera me enteré de lo
que pasaba-

    - Margarita yo solo quiero decirte , que no robe nada – explique
    - Lo sé amiga , pero dime que no dejaremos de ser amigas por este
malentendido-
    - No te preocupes – fue lo único que pude decir-

Enseguida acercándose a mi madre le dijo .

       - Vengo también a buscar mis brevas y mis huevos , ah y te traigo en
esa bolsa tu zapato que se te quedo como el de la cenicienta – agregó riendo
mientras me entregaba una bolsa de alegres y brillantes colores que guarde
celosamente. Allí venía mi zapato y un regalo de mi amiga tal vez a modo de
disculpas

                     Nuestra amistad continuó solo por un tiempo mas , luego ella
partió a estudiar a Santiago y ya no volvimos a vernos . Yo también partiría
tiempo después , para alejarnos una de otra definitivamente.

                     Pasado el tiempo y como dicen, nunca faltan esas almas
buenas y caritativas que dan sin esperar a cambio . Una de las patronas de un
fundo cercano ,donde mi madre llegaba en busca de ropa para lavar , le pidió
que partiera con ella , pa Santiago pa hacerse cargo de una gran casona que
tenía medio abandona . Mi madre solo quedo en silencio , pero cuando supo
que también podía venirse con sus tres chiquillos , no lo pensó mas , lavo las
pocas pilchas que teníamos cerro las puertas de nuestra casita , recogió
algunos pequeños recuerdos , su biblia y su rosario. Y así fue como una
mañana algo fría, un auto brillante como el sol , se detuvo frente a nuestra
humilde casa, la patrona acomodo nuestros pocos bultos, nos sentó a nosotros
tres como hijos de ricos, en el asiento de atrás. Y mi madre fue su copiloto y su
compañera desde ahí y para siempre , en el gran Santiago. Dejamos nuestro
pueblo para nunca mas volver.

                     Llegando a Santiago la patrona rápidamente nos matriculó en
un colegio , cerca de la casona . De primera no la pasamos muy bien , éramos
diferentes , pero ella se encargó que nadie nos lo hiciera notar . Y así crecimos
en una casa de ricos , sobrados de todo lo que un día nos faltó . Pasado los
años, mi hermana decidió que quería seguir al lado de nuestra madre , le
gustaba el trabajo de la casa. Manuel estudio auditoria y se hizo cargo de
administrar los negocios de la patrona ,era todo un señor . Y yo me decidí por
la medicina aunque no olvidaba mis gustos por las letras .

                     Hoy por casualidad , llegue a esta ciudad para dar un seminario
sobre Medicina Nuclear . En medio de mi alocución , note que alguien me
miraba fijamente , y descubrí casi en el fondo del auditórium un par de ojos
verdes que sonreían , desvié la mirada sin poder traer a mi memoria a la
dueña de esos bellos y expresivos ojos , pero sabiendo que vivían en mi
memoria.

                      Finalizando el seminario , la vi parada muy cerca de donde yo
estaba , apenas pudo hacerlo se acerco a mi.

    - Hola Rosita , ¿ me recuerdas?- dijo muy bajito
    - La verdad – respondí – creo conocerla ¿ porque no me ayuda – dije
sonriendo
    - Soy Margarita tu amiga de la niñez – me dijo con un tono casi triste
    - Margarita – dije feliz y sorprendida – tanto tiempo sin saber de ti , y como

         estas-
    - Pufff – dijo – es un largo cuento . Supe que darías aquí una charla y me
arme de valor para verte-
    - Pero bueno – dije – ven conmigo te invito a almorzar, esto debemos
celebrarlo-
                     Aunque en el trayecto nos dedicamos a recordar , vi en ella y
en sus ojos verdes , un velo de tristeza que nunca la abandono. Representaba
en realidad muchos mas años de los que tenía, solo sus ojos parecían ser los
mismos. Ya en el almuerzo comenzó a contarme de su vida

    - He sufrido mucho Rosita , me case al poco tiempo de terminar de
estudiar , no estudie mucho no lo necesitaba , él me lo daba todo o casi todo.

    - Bueno respondí esa fue tu suerte , pero …¿porque te veo triste amiga?-
    - Porque lo estoy – dijo- al poco tiempo mi familia, por algunos malos
negocios perdió la fortuna que los hacia enorgullecerse ,y bueno mi marido me
abandono por la misma razón -.
    - ¿Pero no volviste al pueblo ?-
    - No , allá nada quedó , mis abuelos murieron y mi madre compro una
pequeña y humilde casa con su jubilación , allí vivo sola . Ella murió hace dos
años-.
    - Y que haces ahora Margarita ? – pregunto
     - Trabajo en una casa como dama de compañía-luego agregó con
 melancolía – de algo sirvieron mis años de niña rica y mis buenos modales -

                      Sin entender mucho a la vida , pase con ella una agradable
tarde , quise un par de veces recordar ese duro momento en que fui expulsada
de su casa , pero ella parecía haberlo olvidado y quizás así era mejor .

                     Aunque nunca fui ni he sido una creyente , perseverar parece
ser importante, mi madre a pesar de todo nunca perdió la esperanza y la fe en
aquel que ella decía todo lo podía, en ese ser en el que ella creía y que decía
que había puesto en su camino a esa bondadosa mujer que cambió nuestra
vida . Yo respeto las ideas de mi madre, quizás sea cierto que ese alguien
respondió a sus pedidos y a sus oraciones las que finalmente dieron sus
frutos.

                     La vida es extraña, es como una rueda de la fortuna, una vez
arriba y mas tarde quizás al final. A Margarita no volví a verla,sin embargo
hoy busqué en aquel lugar donde guardo mis más preciados recuerdos . Y
encontré allí lo que cada cierto tiempo aprisiono contra mi pecho ,eso que me
dio fuerzas cuando estuve cansada y lo que me hizo crecer como persona .

                     Saqué desde el fondo de mi closet, una bolsa de brillantes
colores con un viejo zapato azul en su interior, y un par de hermosos y
brillantes zapatitos de charol negros ,que guarde como un preciado recuerdo, y
que jamás pude agradecer.

(c)Dolores Gonzalez Opazo
Villa Alegre
Chile

        Dolores González Opazo es chilena nacida en Villa Alegre, pintoresco pueblo de la séptima region, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda , que impregnó en ella el amor por el campo y suscostumbres. Aunque su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres, tradiciones, cuentos y leyendas de su tierra, es desde hace pocos años cuando se decidió a entregar y publicar cada una de sus letras .

En el 2007 gana el segundo lugar en su primer concurso con el cuento " El hijo profesor ".

En el año 2012 fue publicada en la antologia llamada "Cuentos en movimiento" con su cuento "
El tren de la medianoche".
En el año 2013 su cuento "Miseria de vida " recibe el galardon en Letras de Chile.
En el año 2015 la revista de narrativa argentina , Archivos del sur publica su cuento " Chicha de
manzana " y en el mismo año gana el concurso "Lineas de vida " con el cuento " Natalia historia
de una solitaria " cuento que fue publicado en antologia del mismo nombre
Revista Archivos del Sur nuevamente la publica en dos ocasiones en el año 2016 con " Velorio del
angelito" y " Espejo del alma".
Casada con 2 hijos y una nieta a quienes a inculcado el amor por su tierra ,las letras, el cuento y la
poesía. Actualmente dedica su tiempo a sus escritos, cuentos y poemas recordando en cada una
de sus publicaciones a la tierra que la vio nacer y a quien dedica cada uno de sus logros.

viernes, 24 de febrero de 2017

Mis primeros cien días - José Respaldiza Rojas


De pronto me aburrí, si pues, cualquiera se aburre,  porque no pasaba nada diferente, todo el día metido en el agua, bucea y bucea, todo me parecía igual, y además encerrado, así que decidí salir, entonces me puse a patear y patear a más no poder, tanto que asusté a todos en casa.
- Que ya viene.
-¿Qué cosa?
- Sí, se mueve demasiado, de arriba para abajo, empuja que te empuja.
- Entonces, no perdamos tiempo y vamos.


Mi madre apareció en la Maternidad de Lima, en un cuarto individual y yo sin poder ver lo que pasa afuera.


¡Quiero salir!


Grité, pero nadie me escuchó, algo está funcionando mal, no puedo saber cómo es lo de afuera y los de afuera no pueden oírme.
Escucho decir o creo estar escuchando que estamos en el mes de mayo, si, ese es el mes en que me decidí aventurarme a conocer lo de afuera, ya pasaron veinticuatro días, no sucede nada, todos los días son iguales, ya se viene la hora de almorzar, si porque es costumbre que toda la familia se junte en torno a una mesa a las doce del día para almorzar, aún falta media hora cuando en eso un fuerte rumor salió de las entrañas de la tierra, guitarra llama a cajón, cajón a la voz primera, ajustarse la pollera, como dijo Nicomedes Santa Cruz y es que a la ciudad de Lima se le antojó bailar una marinera con su fuga más y arrancó un terremoto de padre y señor mío. Me estoy refiriendo al movimiento sísmico que asoló la capital y el primer puerto en 1940. Mi madre se sentó en el borde de la cama, metió sus pies en las chancletas que estaban en el piso, se ajustó la bata y chau maternidad.
Salió a la calle caminando como pato por lo abultado de la barriga, detrás de ella una enfermera trataba de contenerla, nada señor, proseguía caminando rumbo a su casa, señora por favor vuelva, todo se movía a su alrededor y ella camina que camina por el centro de la pista porque por suerte circulaban muy pocos automóviles. Llegó al jirón Ancash, bajó hasta la Plazuela de la Buena Muerte, bordeó la iglesia del mismo nombre y cuando iba a entrar a la casona de cadena, donde hoy funciona el Hospital San Camilo….zasss se vino abajo el balcón situado a la derecha, levantando una gran polvareda. Toda la casa bailaba, alguna de sus paredes se rajaron Nada de eso asustó a mi madre que procedió a subir las escaleras de mármol.
Mi padre laboraba como meritorio en el Museo Nacional de Arqueología, que por entonces funcionaba en la cuadra seis de la Avenida Alfonso Ugarte, donde actualmente funciona el Museo Nacional de la Cultura Peruana. ¿Qué es meritorio? Como el país atravesaba una crisis económica, por el efecto rebote de la II Guerra Mundial, escaseaban los nombramientos, había que hacer méritos para lograrlo, de allí el nombre y hasta entonces se recibía como salario una propina. Por efecto del movimiento telúrico, el lugar donde él se encontraba, la puerta se cerró por fuera, quedándose encerrado, felizmente el portero pasó revista por todo el local, antes de cerrar el museo y debido a esa acción pudo ser  liberado mi padre de su encierro involuntario. De inmediato empezó a correr rumbo a la casa, a donde llegó casi sin aliento, sudoroso y cansado
Armando Villanueva del Campo, que se encontraba preso en El Frontón, relata que vio cómo se venía abajo el acantilado de Magdalena y San Miguel elevándose una nube de polvo, así fue cómo se perdió la playa de los baños del Bertoloto, cuando gran paste del acantilado se desprendió, otro personaje que narra lo acontecido es Julio Ramón Ribeyro y está en su libro La Palabra del mudo.
Bueno, nada de lo narrado pude verlo, como tampoco escuché el yaraví 24 de mayo así como tampoco el vals Terremoto del Perú cuya letra y música se debe a Ernesto Nolli Lira.
Pepe ¿quién te eligió para que escribas tus primeros cien días? Yo fui elegido para ser el primogénito de la familia Respaldiza Rojas,  Creías que los únicos que tienen sus primeros cien días son los presidentes de la república, no señor, yo también los tengo ¿Cómo te quedó el ojo?
Estamos en 1935, un año terrible para quién va a ser mi madre, su prometido, estudiante de la Escuela de Ingeniería, debido a las constantes huelgas, su familia decidió enviarlo a estudiar a Chile. Parece que en tierras mapochas conoció a una chica con quien mantuvo un ligero amorío, al graduarse de ingeniero, corta con ella y regresa a Lima, pero ella decidió seguirlo y al llegar zasss se metió en su casa, ocasionando un lío mayúsculo. El declaró frente a sus padres que tenía un compromiso formal con mi madre y que debía cumplir con la palabra empeñada. La chilena se negó a salir de la casa.
Debemos señalar al lector que mi madre nació en Iquique, cuando aún era tierra peruana ocupada por tropas chilenas y que la familia, por la fuerza, se vieron obligados a abandonar el suelo natal, la pasión y devoción por la patria era una bandera que flameaba al tope.
El incidente que tuvo dicho ingeniero con una chilena bastó para que mi madre rompiera todo compromiso matrimonial, atravesando un período depresivo.
Por entonces para festejar un cumpleaños u otro acontecimiento trascendental se organizaba, la persona agasajada ponía la casa y la fiesta se financiaba vendiendo tarjetas de entrada. La tía Angelina, la segunda de los nueve hermanos, celebraba su cumpleaños y como era estudiante de enfermería, profesión mal vista por la sociedad por lo cual debía esconder su nombre y una amiga, que vivía en La Victoria prestó la casa y fueron a donde mi abuelo Ruperto Rojas Chirinos, hombre poco acostumbrado a las fiestas pese a ser chiclayano, para que concediera el permiso para que mi tía Angelina se trasladara a la casa anfitriona. Mi abuelo se negó de plano, aduciendo que todo aquel con compraba la tarjeta de entrada tenía el derecho de asistir sin que nadie pudiera impedírselo. Tras tiras y aflojes la fiesta se realizó en la casa de la Buena Muerte, porque mi abuelo corrió con todos los gastos. Mis tíos quedaron encantados con ese tipo de reunión y continuaron practicándola a escondidas de mi abuelo, pero con el consentimiento de mi abuela Rosa Amelia Zorrilla Parrilla, que como buena norteña ayabaquina gustaba de las fiestas
Por entonces estaba de moda estudiar piano e inglés y se tenía como de muy buen gusto tener un profesor particular. Para que enseñara inglés contrataron los servicios de quien luego sería mi tío Alfonso y como le daban una sorpresa a la que sería mi madre, por ser su cumpleaños, el profesor de inglés adquirió una tarjeta y le dio otra a quien luego sería mi padre. Así, se conoció María Teresa con José Ricardo.
Tras un largo periodo de enamorados, en 1939 decidieron ser novios, al año siguiente, en el mes de junio, decidí salir de todas maneras. Mi padre y mi tía Georgina salieron en busca de una partera.
El 12 de junio pedí mi desayuno y arranqué a mamar, chupa y chupa, pero nada, pedí un palito para desatorar el pezón y nadie me hacía caso, bueno digamos que no me entendían.
-¿Por qué llora tanto
-¿Tendrá gases en su barriguita?
-No sé – dijo mi madre – ya le saqué su chanchito.
-¿Quizá se ensució?
-No, ya lo revisé y está limpio.
-Tengo hambre – dije.
-Cámbiele de posición.
-Tengo hambre -insití- tengo hambre, tengo hambre.
-¿Le dolerá algo?
-Ya les dije que tengo hambre ¿no me entienden? hambre.
-Dámelo, lo sacaré al patio, pueda que se calme.
Me quedé dormido de tantas vueltas que me dieron y a pesar de mi insistencia mi hambre no se sació. Este problema duró casi una semana cuando el médico que me vino a ver se dio cuenta de mi feroz apetito, ya que bastaba que algo se pusiera a mi alcance para que volteara de inmediato para intentar cogerlo con la boca de manera desesperada.-¿
-Alguien de la familia está dando que lactar? – preguntó el médico.
-Nadie – contestó mi mamá.
-¿No conocen de alguien que lo esté haciendo?
-La esposa de un amigo tuvo una mujercita - acotó mi padre.
- ¿Y tienen confianza?
- Sí, este amigo es mi compañero de colegio.

-Bueno les aconsejo que lleven a su bebé a donde esa señora para que le dé de mamar.
-Gracias doctor, eso haremos
Y fui a dar a casa del doctor Roberto Gallesi Manzanares. Pasé de una teta blanca a una de color negro, Pepe se dice seno, que seno ni que coseno, los bebés decimos teta y yo digo teta y teta será. Bueno, por esos avatares del destino, pasé de tener una madre biológica a tener una madre de leche. La institución de las madres de leche desapareció, creo ser el último que gozó con tener dos juegos de teta.
Todo eso sucedió en mis primeros 100 días. Casi se me olvida, por fin sacié mi hambre, mamé de lo más bien de esa teta y la mengua en la producción de lácteos de mi madre se arregló con una pezonera. Yujuyujo tú no tienes dos madres que llenan la pancita, y cuatro tetas que te ponen virolo, yupiiiii.



(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú

José Respaldiza Rojas (Lima 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.



sábado, 28 de enero de 2017

Allende, la leche y yo*- Reinaldo E. Marchant

tapa del libro Allende, la leche y yo


Reinaldo Edmundo Marchant (centro) con Manuel Silva Acevedo
Premio Nacional de Literatura 2016
(derecha) y el diputado
Daniel Melo en la presentación del libro 





















Salvador Allende fue un amigo que conocí, siendo un niño, en un masivo encuentro de campaña política que se realizó  en el Teatro de San Miguel, hacia  fines  de los años sesenta.
La noche anterior, mi madre me pidió que la esperara a la bajada del micro, en el paradero seis de Gran Avenida, frente de donde luciera la famosa efigie del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, a eso de las seis de la tarde.  A esa hora ella quedaba libre de su labor de empleada doméstica.
De ahí caminaríamos hasta el popular acontecimiento, que movilizaría  a miles de adherentes. En el lugar, además, se hallaban mis cuatro hermanos mayores. Lo que mi madre no sabía era que los viejos del barrio también habían invitado a un grupo de muchachos que jugábamos en el club de fútbol Unión Milán, nos pasaron  banderas, chapitas y afiches con la figura del candidato de la Unidad Popular. De modo que cuando  descendió del microbús, yo estaba agitando  un pequeño lienzo  y en la otra mano sostenía un  afiche con el rostro del “Chicho”.
Al verme, se  alegró sobremanera. Me preguntó dónde  había conseguido esos materiales. Luego del explicoteo,  para no quedar mal, ella extrajo de su cartera un montón de panfletos que llamaban a votar  por el candidato del  pueblo: mi progenitora era una declarada allendista, abrazaba  sus sueños y proyectos sociales, y cuando se enteró que lo ejecutaron en La Moneda, abandonado por sus cobardes  aliados, dijo: “murió solo, igual que Cristo”.
En aquel bullicioso y alegre acto, no me senté al lado de ella. Los  productores del evento,  tenían una ubicación cercana al escenario para toda una camada de adolescentes,  jóvenes,  dirigentes vecinales, líderes de la legendaria Sala Chile y partidos políticos que apoyaban la aspiración política de Salvador Allende.
Previo al discurso de él, se presentaron grupos musicales, luego hablaron dueñas de casas, trabajadores y representantes de sindicatos. Un muchacho de la rama juvenil del  Unión Milán, quien luego sería un destacado militante del MIR, hizo uso de la palabra ganando la admiración por su locuacidad y determinación revolucionaria. Un dirigente del club, al oír con atención su decidido mensaje, aseguró: “si Ramoncito jugara como habla, sería Pelé…”. Nos matamos de la risa.
Hasta que al fin anunciaron la presencia del postulante a la Moneda, Salvador Allende.
Yo me levanté como resorte para verlo, a la vez, buscaba la cara de mi madre que, intuía, debía estar llena de complacencia.  La aglomeración era tal, que no la divisé. ¡Ahí está el compañero Allende!, dijo don Mario Álvarez,  encargado de las inferiores donde jugábamos, y se rompía las manos aplaudiendo.
Salvador Allende se puso frente al micrófono, con una serenidad pasmosa y un halo de  prestancia a toda prueba. En el bolsillo pequeño de su chaqueta sobresalía un pañuelo color lila. Cuando comenzó su alocución, un silencio de respeto solemne cubrió al enorme teatro, que sólo era alterado cuando la multitud celebraba con vítores  sus simple pero profundos mensajes, que siempre tenían un destinatario: los pobres.  El mejoramiento de vida de los pobres. La dignidad de los pobres. La justicia e igualdad que merecerían los pobres. Y, algo que llamó mi atención, ¡los niños! ¡El futuro de los niños!
Uno de los momentos estelares fue cuando anunció la creación del Ministerio de la Infancia. El teatro casi se vino abajo aplaudiendo esa noble creación, que una sanguinaria derecha política más adelante no permitiría que la convirtiera en Ley.
Cerca de la medianoche, cuando regresé a casa con mi madre,  hermanos y grupos de amigos, ella lucía feliz. Le generaba  satisfacción  constatar que en esa lucha sus hijos la acompañaban. Notaba en su cara la esperanza de un futuro promisorio. Que se avecinaban épocas -si los sempiternos grupos económicos lo  permitían- luminosas con el doctor Allende en la Presidencia.
Cuando me extendí en la cama, pasé  largas horas cavilando  en esa experiencia única. Había aprendido muchas cosas.  Yo casi exclusivamente me dedicaba a jugar fútbol. Los  avezados dirigentes del club me habían enseñado que asumiera esa aspiración como un  oficio hermoso aunque demasiado transitorio en la vida. Todo mi porvenir estaba colocado en esa posibilidad, propia de niños de condición humilde, que crecen prácticamente divirtiéndose en canchas de tierra. Esa vez, sin embargo, comprendí que la existencia era más amplia, diversa, con mil maneras conviviendo a su alrededor. ¡Vislumbré dolor y necesidades! Vi rostros rendidos. Abnegados. Con el tormento de sacrificios marcados en las frentes.  ¡En los ojos de esa multitud palpitaba el anhelo de desprenderse de aquella perpetua mendicidad!
Comprobé que brotaba una gran expectativa de mejoramiento de condiciones  para el mayor segmento de la población: ¡al fin podía llegar al poder  por la vía pacífica  una autoridad que demostraba  conocer sus reales miserias y ambicionaba modificarlas en un acto de suprema humanidad!
Repasé, durante horas,  incansablemente la figura de aquel señor de lentes, médico de profesión, proveniente de una adinerada familia, que utilizando un lenguaje fluido, a ratos poético, ofrecía su empeño superior  para crear un país igualitario, donde los que tenían la voracidad de las riquezas cesarán de explotar a seres  quebrantados  como…¡mi madre!
En esa oportunidad  me hice amigo para siempre de Salvador Allende. Y esa fraternidad crecería el doble cuando, más adelante, participé en la distribución del medio litro de leche que se otorgaría a cada niño de Chile.
En ese temprano período vital, llevaba una vida  simple.  Consagraba los  días a practicar fútbol.  Estudiaba en una escuela  pública y desarrollaba  trabajitos esporádicos para conseguir unos pesos. Como la mayoría de los chicos de mi barrio, vendía helados en el cine San Miguel, lustraba zapatos en las paradas de microbuses de la Gran Avenida y era uno de esos tantos canillitas que ofrecían el diario de la tarde. Cuando el asunto andaba bien, le alcanzaba algún dinero a mi madre. O compraba algo de alimentación para nuestro  hogar. ¡Tenía una maravillosa infancia, donde el desarrollo de la sencillez era la enseñanza constante que recibíamos de parte de los mayores!
Cuando se confirmó el histórico triunfo de Salvador Allende, el movimiento popular, social y deportivo de la comuna de  San Miguel adquirió  una efervescencia extraordinaria que nunca se había experimentado.
Un hecho especial  quedaría grabado a fuego,  para siempre,  en mi memoria: ¡ver en las calles a la gente abrazándose y llorando de emoción por el histórico triunfo popular! Una de esas personas era mi madre. ¡Jamás vi repetida  esa imagen en Chile!
Brotaba en el país una esperada conquista  de justicia largamente esperada.  Posibilidades  de convivir en una democracia que tomara en cuenta y  pusiera los ojos en las eternas precariedades para subsistir que padecía el setenta por ciento de la población.
La tradición indica que los gobiernos de turno dedican todo su capital en presentar logros pequeños pero mediáticos, ojalá de una poderosa casta  de élite, porque resuenan mucho más en los medios: ¡para ellos no es noticia sacar del estiércol a la clase desamparada!
¡Los pobres seguirán siendo la principal causa por la cual  vale la pena combatir de verdad! Salvador Allende quería, con ímpetu y honestidad, terminar con esta afrenta. Por esa razón me declaré soberanamente su amigo.
A partir de entonces, se propagaron las actividades sociales  y el compañerismo a lo largo del territorio nacional. San Miguel, en ese momento   la comuna  más poblada y grande de Chile, reconocido bastión de lucha contra la oligarquía, que luego la dictadura dividió  en tres zonas para acabar con el “cáncer marxista”, se convirtió en un sólido estamento que defendía los propósitos esenciales de la Unidad Popular.
A su vez, la Sala Chile (sitio histórico que para el Golpe de Estado fue  allanada y utilizada para fusilamientos masivos), permanecía abierta todos los días de la semana. Ahí se desarrollaron talleres culturales y de formación política. Además, los diversos gremios de trabajadores se reunían para cooperar activamente en ese proyecto único de la vida nacional. Se crearon en esta comuna  Asociaciones de Fútbol y nacieron más de cien clubes amateur. Abundaban las canchas deportivas, las agrupaciones musicales, los talentos literarios, las asociaciones teatrales y muchas disciplinas artísticas.
Ese inolvidable año 1970 ofrecía al mundo dos perlas que surgen  cada cien años: la perfección absoluta de la Selección de Fútbol de Brasil, Campeón  del Mundo en México,  y el prohombre Salvador Allende, que abrazó la causa de los desvalidos hasta brindar su vida como pocos personajes en la historia universal.
Así conocí las Primeras Cuarenta Medidas del Gobierno Popular, que contenía, entre otras grandes ideas,  educación y alimentación gratuita, entrega de libros y útiles,  y ese medio litro de leche diario a los estudiantes, que nunca olvidaría.
Cursaba el sexto año de preparatoria por  esa fecha. Era un alumno de notas  algo mediocres. No obstante, mis compañeros me eligieron para cumplir una tarea imperecedera: repartir cada mañana el  medio litro de leche caliente a los demás estudiantes.
Para realizar semejante cometido, docentes del establecimiento nos prepararon, enseñaron el procedimiento y el delicado sentido humano de aquel  cumplimiento solidario. Uno de ellos, el maestro de filosofía y educación cívica,  nos dijo que en cada jarra de alimento que entregábamos,  se compartían los sentimientos  más caros del Presidente Allende.
De modo que ese sería mi aporte en el inicio  del gobierno popular: luego del primer campanazo de recreo,  concedíamos junto a otros alumnos la porción de leche a toda la comunidad de  la escuela, que la aguardaban con ansia haciendo una correcta fila, en perfecto orden.  Unas señoras encargadas de la alimentación, nos ponían unos enormes recipientes llenos de  ese sustento, que íbamos sacando y pasando en su justa medida a los compañeros.
Cuando le narraba a mi madre la dinámica de esa experiencia, se ponía contenta, y me instaba a desarrollar un espíritu fraterno permanente, que se ocupara siempre “por las necesidades de los demás”.
Sin embargo, con el pasar de los agitados  meses, en lo sucesivo ella comenzó a expresar  su preocupación por el surgimiento de una extrema derecha violentista, avalada y financiada por poderosos grupos económicos, que abiertamente alimentaban la desestabilización  hacia el  gobierno escogido democráticamente.
Igualmente, no le caía  en gracia  muchos dirigentes que aparecían constantemente al lado del mandatario en sus actividades y presentaciones. No creía en ellos porque suponía que reunían todas las características de  “Agentes de la CIA”. Discurría que no lo ayudaban ni, menos, lo defendían con la fuerza con que la oligarquía  chilena lo hacía por su intocable fortuna, “¡lo peor que puede ocurrir es que esos dirigentes estén sirviendo a los intereses de los yanquis para derrocar al régimen del doctor Allende!”, le oí decir en varias oportunidades.
Hasta que vino el Golpe de Estado. Un 11 de septiembre de 1973. El día más infausto de la historia de Chile.
Ese ominoso hecho  detuvo el tiempo, la vida, los sueños, ¡todo! Empezaba a carcomer la piel una larga pesadilla que se extendería por diecisiete años, perjudicando la vida libre y plena de varias generaciones. Aquella tarde, como solía hacerlo, esperé a mi madre en la esquina de Milán con la Gran Avenida.  Los aviones y helicópteros transitaban como culebras vivas por los cielos.
Con megáfonos en mano, uniformados que se movilizaban en vehículos de guerra, exigían  con autoritarismo y violencia verbal  que las personas  entraran a sus casas, mostrando con animadversión las subametralladoras.
No había locomoción ni medio de transporte alguno. La clase trabajadora regresaba a sus hogares a pie, en silencio, cabizbajos.  A través de  la radio se comunicaban Bandos Militares y una veintena de prohibiciones para transitar por el territorio nacional.
El Palacio de Moneda ya había sido bombardeado e incendiado en un acto antipatriótico sin precedentes.
La gente se hallaba confundida. Amedrentada. Muchos preguntaban por sus seres queridos. Hasta que, hacia el atardecer, al fin,  divisé a mi madre.
Venía exhausta y bañada de un desconsuelo que se mezclaba con la frustración.  Esos sus ojos de color  trasuntaban  una  infinita melancolía imposible de borrar de mi memoria.
Nos abrazamos, en medio de la presurosa aglomeración que retornaba a sus hogares. Luego me preguntó por mis hermanos. Le conté que, junto a otros dirigentes, los dos mayores  habían pasado a la clandestinidad.  Era la recomendación que recibieron y que finalmente salvaría sus vidas. Avizoró que vendrían años terribles, “al Presidente Allende lo traicionó la derecha y  un montón de políticos “gallinas” cercanos a él”, insistió, con evidente malestar.
Señaló que era el principio de una tragedia que en ese momento inicial no se podía medir en su dimensión. Enseguida, comentó  un asunto que tampoco olvidaría, “¡me desilusionaron los curas que apoyaron el Golpe de Estado!”.  Le resultó duro señalar aquello: Rosita Marchant, mi  progenitora, era una ferviente devota  de Jesús y de Jehová. Tenía pegada en la comisura de los labios sus maravillosas Enseñanzas.
Mientras caminamos a casa,  me consultó si había concurrido a la escuela por la mañana. Respondí afirmativamente.

     -Llegué temprano como siempre y los militares nos mandaron de regreso a  casa… –expresé. Y redondeé, de forma natural-. No pude entregar la leche a los estudiantes…

Escuchó con sabiduría materna esa mi ingenua explicación.
Hecho esto, apuramos el paso.  Repicaban las balas, ¡bah, desde temprano se escuchan a la manera de detonaciones en distintos lugares! En mi cabeza  ahora de adolescente,  palpitaba  una gran preocupación: ¿cuándo volvería a entregar el medio litro de leche a los demás niños?

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

Reinaldo Edmundo Marchant es un escritor y diplomático chileno.

*cuento que da el título al libro de Reinaldo Edmundo Marchant, presentado en Santiago de Chile
editado por Editorial Mago.











jueves, 29 de diciembre de 2016

Piezas de ajedrez - Araceli Otamendi

piezas de ajedrez encontradas en una vidriera (c) Araceli Otamendi 

El poeta ciego escribe el poema, sabe que Dios mueve al jugador y éste la pieza.(*)
¿Qué juego de ajedrez traerá el nuevo año? ¿Dónde estarán los peones, dónde la reina?
¿Las torres? ¿el alfil? ¿caballo? ¿rey? ¿Qué juego nos depara la suerte? ¿piezas blancas, piezas negras?
El destino sabe - pero no lo dice - Dios sabe. ¿Qué niños con máscaras pintadas de colores
aparecen en la noche? ¿quiénes son?
¿Qué lugares inhóspitos habré de recorrer una vez más? Deambulando, la oscuridad
se achica al límite. Camino por ahí, piso papel picado, serpentinas azules, violetas.
Húmedos papelitos, pisoteados también. Hay que dejar salir el agua, para
que todo seque, se escurra, se vacíe, el agua se irá alguna vez.
La suerte está echada en el tablero de ajedrez, las piezas se mueven incansables
Durante un segundo, parecen mirarme, serias, calladas, tal vez al acecho.
Será inútil interrogarlas, desconozco el juego.
Sola, frente al tablero de ajedrez miro las piezas cara a cara.

(c) Araceli Otamendi

Ciudad Autónoma de Buenos Aires 


(*) "....Dios mueve al jugador y éste la pieza..." (del poema Ajedrez
de Jorge Luis Borges

viernes, 2 de diciembre de 2016

La muertita o la novela que (fragmento)- Susana Szwarc

Susana Szwarc

tapa del libro La muertita o la novela que-
 editorial La mariposa y la iguana






                                               

Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino y la muertita hizo una inclinación con la cabeza.
Ya empezaban a darse cuenta, no del todo pero sí de algo.
Un olor a tristeza iba segregando y quedaba la segregación por el aire por el piso.
La muertita estornudó, para su sorpresa. No había supuesto eso. Tendría que cuidar los detalles. Tendría que aprender.

La muertita comenzó a viajar, pensó que esa era una forma de distraerse o mejor, de entretenerse.
Se aburría, había aprendido que ese estado -el de muertita- era fatigoso sobre todo por el aburrimiento.
Tomaba el subte en cualquier parte, llegaba al final del viaje, cambiaba de vagón, llegaba a una estación cualquiera, volvía a cambiar de vagón. Hasta el último tren. A veces salía a la calle pero prefería los subsuelos.

Vivir en el subsuelo. Dormir en el suelo, dormirse y, después, abrir los ojos.   Preguntarse: ¿por qué aquí?
La boca dice: morí. Un mucho, un poco, un rato, un para siempre. No hay respuesta.
Intentar, entonces, moverse y llegar a la verticalidad.

Estaba quieta aunque tenía la sensación de mecerse como si estuviera en un trapecio.
Entonces movió las manos, se tocó una ceja para tener idea del cuerpo.
Cuerpo de carne. Cuerpo de aire. Cuerpo despojado.
Quieta, se mecía.

Lo que no podía dilucidar la muertita era ese susto que le salía de alguna parte. Piel de gallina, eso le daba el temblor como si hiciera un gran frío. Sin embargo, en el subsuelo, por lo general hacía calor, como  en la calle;  se daba cuenta por la ropa de los otros. Brazos al desnudo. Pero volviendo al susto: ¿a qué?
Cuando la miraban veía también el susto ajeno. Ella daba miedo. Era como ese perro que intentó tener. Los dos se temían y retiraban el cuerpo, los huesos. Se reiteraban.

La muertita mira por la ventana y ve a un niño chino tomando una mamadera.
El niño chino tendrá unos cinco años y cada uno que pasa le dice que está grande para tomar mamadera. Pero él sigue su acción, como si no entendiera.
Pusieron rejas en la puerta de esa tintorería- lavadero y hasta parece que cambiaron los dueños.
Hicieron ellos mismos las rejas y un ruido de sierra, de taladro, de agujereadora, de aullido, resonó días y noches enteras.

El niño chino terminó de beber y arrojó la mamadera hacia la ventana.
Embocó.
Cuando sintió algo como hambre, salió. Lenta, llegó a la panadería. Al salir, giró la cabeza. Lo vio a Marcelo.
Mar. Lo llamó. Aunque no podía ser. Marcelo se había suicidado hacía dos años.
Andaba cansado y se tiró de una terraza. Cayó mal, agonizaba agonizaba.
Le dolía todo. La boca rota, no podía hablar. Por el celular la muertita le hablaba y él, un golpecito, quería decir sí. Dos golpecitos, querían decir no.
No fue a visitarlo. Estaba en el hospital de Bahía Blanca.
¿Tenés sed? Un golpecito. ¿Calor? Dos golpecitos.
Hasta que no pudo más.
El que se parecía a Marcelo, llevaba a Proust en los brazos. Como Marcelo.
La muertita sostenía la pared.
La pared: un pañuelo.
Marcelo llevaba a Proust en los brazos y ella la pared.
Le picaba la cabeza, se quería rascar. Si la  soltaba, las cosas del mundo no dejarían de caer, se irían más allá del subsuelo. Irrecuperables.

Vio cielo, estrellas, luna. Sin embargo sabía que eso también era el subsuelo.

La muertita se había puesto la remera al revés. La costura estaba allí, al afuera; se dio cuenta después de andar un día entero o más, así, al revés. Y tirando la soga.
Sudaba como una garrapata.
La cuestión es que nadie le dijo nada de la remera, de las costuras, ni siquiera de la soga.
No había ningún otro que mirara más que el propio pie. A no pisarse, a no pisarse.
Taca taca los pasos.
La muertita se dio vuelta la remera aunque no sabía si quería cambiar la suerte.

Quería anotar: la remera al revés. Y también soga-árbol. En su cuaderno puso soga y árbol entre paréntesis y la pregunta: ¿pueden estas palabras ir juntas?

(c) Susana Szwarc
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.

En "La muertita o la novela que", todo el espectro de lo que constituye la estructura del ser humano contemporáneo aparece como en un escenario en el que a alguien se le van desgarrando las innumerables pieles superpuestas (convenciones colectivas y rituales, apetito de poder, belicosidad, pecados ecológicos, discriminación, control del otro) y que se nos enciman a medida que el rebaño social opera.
"La muertita" elige su propia dirección a contramano, dentro de ese núcleo social que nos condiciona.
Ella elige un subsuelo como alojamiento, como tantos de nosotros.

Sonia Catela


Fragmento del texto de Walter Romero leído el  8/6/2016 en la presentación de La muertita o la novela que (Editorial la Mariposa y la iguana).
(…)¿Qué texto es La muertita? ¿Una falsa novela policial? Acaso se le escabulleron o se le escaparon  algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta: esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas pero sin llenarlas ni rellenarlas, que duda de que la palabra complete. Eso que es mejor que el lector lo termine o cierre
¿Una novela china? Tiene varios indicios y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires, en eso es una novela de las antípodas del acá nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires frente a un lavadero chino.Pero no habilita demasiado la “narración china”, es deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas, vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a su vez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo sobre narrado de nuestraera, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que ver con el ratón de ojos inteligentes, pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas ominosas del conte de fées negro como los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín, pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la muertita está confinado y su canto —como si cantar “fuera buscar la arena de los vidrios”— se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino María marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al revés y que pone de manifiesto las junturas…como cuando sin darse cuenta la muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos tradicionales intervenidos (…)Novela neoexistencial, diré para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los sótanos, atravesado por el anonadamiento y que a veces tenemos que tocar la ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice: morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a uno —como esta novela de Szwarc— felizmente, con todas las preguntas en la boca.-

lunes, 17 de octubre de 2016

Duendes mágicos - Erasmo Sondereguer

                                                                                                                                                                   
foto:(c) Revista Archivos del Sur - victrola, fotografía tomada en
Museo Casa de Carlos Gardel (Buenos Aires)
Duendes mágicos, sin silencios tristes. Surgieron sin ser vistos, en ese infierno descomunal y bárbaro. Invisibles, se introdujeron veloces en la máquina incendiada y rescataron ese cuerpo, que las llamas incontenibles estaban devorando. Lo lograron sacar, haciéndolo invisible como ellos. Lo llevaron a su guarida, en las entrañas terrestres. Lo depositaron en una cama oval, sobre un manto intensamente rojo. Y lo contemplaron allí, tendido boca arriba. Parecía dormir. Ojos blandamente cerrados, labios entreabiertos. Su rostro se veía afectado  por el fuego, en diferentes sitios. Gran parte de su cuerpo también estaba quemado. Sumieron al hombre en un profundo sueño y como el mejor equipo médico, lo despojaron de los restos de su ropa y lo limpiaron con mucho cuidado,  no dejándole el menor rastro de piel muerta. Luego lo cubrieron, incluyendo su cara, con un ungüento amarillo y lo vendaron, pareciendo estar viendo a una  momia de reciente factura.
Transcurrieron diez días, durante los cuales se lo curó convenientemente. Al término de ese tiempo, retiraron las vendas. De inmediato, y después de observar los resultados de la cura, lo vistieron con un ambo de tela muy fina. Minutos después, el hombre despertaba. Feas marcas de quemaduras habían quedado en su rostro y en su cuerpo. Nada más pudieron hacer los duendes. Pero sabían que existía un motivo que limitaba sus poderes. Y ese motivo, posiblemente, se develaría más adelante. Por lo que la magia de los duendes, no alcanzó para suprimir la monstruosidad dejada por las llamas. No había espejos que pudieran mostrarle lo que sus manos comprobasen al tacto. Pese a lo horrendo de su aspecto, no hubo quejas ni lamentaciones de su parte. Miró a los simpáticos y eficientes duendes y les dijo, casi en un murmullo, como si no pudiese o no quisiera hablar en un tono más alto:
-Gracias. Infinidad de gracias, queridos amigos. Me han  salvado. Me han  devuelto a la vida. Gracias- terminó, con una sonrisa feliz.
     Los simpáticos hombrecitos, sonrieron de igual forma.
Y ellos no sabían lo que sucedería después. Escucharon y luego vieron, con asombro, lo que crecía con celeridad altamente sorprendente, maravillándolos. Y era la voz de ese hombre, extendiéndose, adquiriendo una inconmensurable belleza y cálida cadencia. Y él era el sorprendido por la magia que se producía. No había espejos pero se estaba viendo. El canto brotaba espléndido de su interior. Catarata preciosa manifestándose y quedando indeleble. Y lo vieron allí. El juglar magnífico. Y dejó, como presente imborrable, la última nota del tango interpretado. Y entonces todo volvió al comienzo de su fin, aquél que fuese truncado por los mágicos duendes. Al tocarse el rostro, notó lo que creía desaparecido y que sólo con el canto eliminaba. Y la perennidad  en su voz, ya fue constante.
Y lo dieron por muerto. Pero del horrible dolor de la tremenda pérdida, fue surgiendo,    como paliativo imprescindible, para un pueblo que erige a sus ídolos, el renacimiento e inmortalidad del más grande de ellos.  Y ese pueblo lo vio llegar, como si sólo se hubiera ido por poco tiempo, bajando de su automóvil. Su sombrero, levemente inclinado. Saludó con su prodigiosa sonrisa. Y esforzándose para caminar por entre esa muchedumbre que lo aclamaba y que, curiosamente, con respeto lo dejaba pasar, entró al teatro.
En semejanza con el Fantasma de la Ópera, se quitó la mascarilla que le ocultaba las horribles quemaduras, al sentarse frente al espejo de su camarín.
Sin ser percibido, entró al oscuro escenario. Comenzó la orquesta. Y al escucharse la hermosa voz, una luz blanca e intensa iluminó al cantante. Un rostro sin marcas, el mismo que se viera antes del accidente. Al término de cada tema, la luz lo dejaba en penumbras, volviendo aquélla, al comienzo de otra interpretación. Y en su rostro impecable, su indeleble sonrisa.
Diferentes e innumerables fotos del artista, poblaban el frente, la entrada y el hall del teatro. Y su voz, despertando sentimientos, envolvía con su calidez. Como  oleadas inmensas, penetraba la gente. Era imposible que en aquel recinto se pudiese albergar a tamaña cantidad de personas. Si un observador hubiese estado desde un comienzo, dentro de la sala, hubiese comprobado que algo extraordinario sucedía. El público se iba acomodando en las butacas, las que al parecer, no terminaban nunca de ocuparse. Era incesante el fluir del enorme gentío. Y en escena, el cantante, magnífico, entonando lo que él hiciera famoso. El público estallaba ante cada interpretación.
La increíble noticia se esparció violentamente. Y en Buenos Aires, se repetía incesante. En las primeras planas de los diarios y en las radios, martillaban con la maravillosa nueva.
Y de todas partes llegaban para verlo y escucharlo. Pero acercarse a él resultaba imposible. Al cesar su voz, se hacía el silencio y la oscuridad, desapareciendo el artista. Muchos periodistas y fanáticos, portando luces y subiendo al escenario, intentaban acercársele. Pero no lo hallaban. Se metían por puertas, que daban acceso a los camarines y a otros lugares, donde pudiese estar el hombre inalcanzable, sin encontrarlo. Llegándose a pensar, entonces, en que todo era un truco, magnífica y misteriosamente planeado.
Y él, en la tristeza de su soledad, sentía que, tal vez, era mejor estar muerto. Y se acordó, lamentándose, del Fantasma de la Ópera.
Y una noche, convenciendo a sus amigos duendes, de llevar a cabo lo que decidiera, se presentó ante el incesante público y cantó ante ellos. Al finalizar su primera interpretación, no se hizo la oscuridad como sucediera hasta entonces. Y todos lo vieron. De pie, sonriendo, con la calidez de su bondad, de lo humilde de su ser y de su humana grandeza. Lo vieron.
"Cada día canta mejor". La frase, que recorriendo los tiempos, se extendía en todo su significado.

(c) Erasmo Sondereguer
México 

Erasmo Pedro Sondereguer (Buenos Aires, 1939) empezó a escribir a los doce años, alentado por su padre que era escritor.
En 1970 publicó el poemario Canto y Realidad y en 1994 la novela Regresa para regresar.
Ha publicado en internet en las revistas: Letralia, El Túnel, Ariatna, Otro Cielo, Cronopio, sinfín, Archivos del Sur, y otras. En el diario Buenos Aires, Corazón porteño. En todos, poemas y cuentos. Y una novela: Expiación, en la editorial elaleph.
A principios de 1980, participó en Buenos Aires, una exposición colectiva de poemas ilustrados.
En México, publicó  en los periódicos, La Opinión, el Sudcaliforniano, y en la revista Análisis.
Tiene escritas además, otras novelas.
Vive en México. Su esposa es mexicana.

viernes, 26 de agosto de 2016

Trenzas - (fragmento) - Susana Szwarc

Susana Szwarc


(Buenos Aires)

La escritora Susana Swarc ha publicado recientemente la reedición de su novela
"Trenzas".
A continuación se publica un fragmento:
 

Trenzas
(fragmento)


Se acercó a la ventana.
¿Llegaría hasta ella el aroma de la tierra mojada?
Esperó.
Esperó hasta el momento en que las gotas empeza ron a desparramarse lentas, suaves. Entonces, cerró los ojos para escuchar el ruido que aumentaba.
Y cuando se largó el chaparrón, ella entró en la lluvia.
Hasta que la lluvia se calmó.
*
Demasiado calor. Ni una sola nube en el cielo. La mu jer cruza el pueblo en la hora de la siesta. Los finos tacos de sus zapatos marcan la tierra.
 
Va absolutamente vestida: zapatos, medias, vestido de flores y hasta un pañuelo cubriendo del polvo sus lar guísimos cabellos.
*
Había descendido del tren porque creyó reconocer ese pueblo, como si alguna vez, antes, hace mucho, lo hu biese mirado.
Por ejemplo, sería un lugar llano, seco. Después del largo recorrido no quedaban casas. Sólo a su alre dedor árboles y tierra.
Tenía sed. Y vio no demasiado lejos un charco su cio. En esas aguas mojó sus manos.
*
El calor aumentaba en esos lugares sin piedad.
Por fin llegó a su pueblo. Reconoció, invadida, el antiguo olor. Deseaba un jugo de pomelo.
Entonces vio a una de sus hermanas.
Se abrazaron. Hablaban las dos a la vez.
*
Las mujeres reían, lloraban, reían, lloraban. La nenita se unió. Juntas caminaron hasta la casa de la infancia.
*
Querida:
las arañas están más gordas, las telarañas abundan y ellos han envejecido. Pensé que aquí revisaría y co rregiría mis escritos pero las puertas no existen y ella habla, habla. Y cuando no habla, gira en torno a uno como un fantasma, de manera que es imposible algún momento de soledad. Además ella siempre parece ha blar en otro idioma y yo casi siempre entiendo otra cosa.
Hasta pronto.
*
Recordando. Extrañando. Mucho antes de partir.
 
(c) Susana Szwarc

 
 
 
Comentario publicado en la contratapa del libro:
 
 
Este libro es una investigación y una invitación. Una investigación en el fondo opaco de las cosas que se nombran; una invitación a la luminosidad que adquieren las cosas cuando los nombres saben qué designan. El mérito de Susana Szwarc radica en el acercamiento a las cosas sin el pretexto de una intriga o una anécdota. El peso de las cosas está ya dado por una fuerza anterior al relato, por una gravedad que está en las palabras mismas y no en los desarrollos ni en las explicaciones.
En Trenzas, la privacidad de un pequeño universo poblado de ambigüedades coloca al lector en una zona de suspenso. ¿Es, todo lo que se dice, real? Lo es en términos de una ficción responsable, no de las leyes de una verosimilitud preestablecida. Porque la realidad atenuada y discontinua de este texto yace en la escritura misma. Sin embargo, un mundo hecho de múltiples sustancias la memoria, sus fantasmas y formas vacantes queda convocado con nitidez y precisión.
Contra un argumento muy antiguo que sostiene la supremacía de una estructura cuya previsión puede servir a todos los fines de la providencia, este providencial libro de Szwarc se obliga a ajustar sus partes a cada momento y animar con su aliento los engranajes de una emotiva y emocionante máquina verbal.


Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.