lunes, 10 de junio de 2013

Javier Claure C. -Los albinos y la brujería muti



                                                     


La brujería es un fenómeno muy antiguo que, en mayor o menor grado, existe en todas partes del mundo. Durante la Edad Media había brujas buenas y malas. Las brujas de buena cepa daban consejos sobre la fertilidad, el amor y la sexualidad. Tenían conocimiento de diferentes plantas, piedras, cristales, árboles, animales etc. Eran curanderas y para sus rituales utilizaban el fuego, líquidos secretos, hierbas y restos de animales. Su avanzado conocimiento, sobre las cosas y la alquimia de la vida, era considerado como una amenaza en los círculos sociales de varones. A los rituales de las brujas desaforadas, acudía la gente hambrienta por la crueldad y la codicia. Pero también es cierto que la Iglesia Católica, durante la Inquisición, perseguía a las mujeres que se dedicaban a la brujería, y las arrojaba a una hoguera para que sigan su viaje eterno hacia el infierno.
En España en los siglos XVI y XVII, la mayoría de la gente creía que las brujas eran mujeres llenas de verrugas y que volaban sobre escobas por las noches. En África, actualmente, se podría decir que las diferentes formas de brujería son un evangelio. La gente común y corriente acude a los brujos y paga para conseguir felicidad, trabajo, riqueza, a su pareja deseada etc. Los pescadores asisten a rituales de hechicería para tener conocimiento de los bancos de pescado en el mar, y los mineros para encontrar las vetas de los metales preciosos. Incluso muchos intelectuales, posibles presidentes y alcaldes siguen los consejos de brujos y brujas, en sus campañas electorales, y creen que de esta manera pueden lograr sus objetivos más anhelados.
La “brujería muti”, que se utiliza en algunos países africanos, se basa al igual que en el medioevo en la utilización de hierbas, huesos y restos de animales para sus pócimas mágicas. Pero en su forma más primitiva y terrorífica, se emplean partes del cuerpo humano. Y según los hechiceros mejor si esas partes humanas son arrancadas en vivo. Así la víctima grita, sufre, llora de dolor; cosa que potencia los conjuros para lograr lo solicitado. Algunos chamanes han indicado que los albinos son “perfectas piezas” para este tipo de rituales. Pueden pagar hasta dos mil dólares por una pierna o un brazo de una persona albina. O sea, el haber nacido albino es una peste amarilla en ciertos países africanos. Su primer enemigo es el sol y su condición blanquecina, en medio de la negritud, los ha condenado a una especie de ostracismo social.
Los albinos son considerados hijos del demonio y parias que llegaron al mundo por castigo. Pero paradójicamente a esta realidad; sus huesos, sus órganos, sus genitales y sus extremidades, conforme a opiniones de algunos magos, están impregnados de divinidad y son requeridos para rituales de magia negra. Por lo tanto, no es sorprendente que las tumbas de albinos sean profanadas para robar esos huesos que yacen bajo la tierra, y venderlos en el mercado negro. Pero los hechos han ido mucho más allá. En algunos países, los albinos son perseguidos hasta arráncales una pierna, un ojo, una mano o un brazo. Hay testimonios espeluznantes de víctimas que han sido mutiladas o mutilados a machetazos.  Mi interlocutor comentó lo siguiente: “una vez vi cómo le cortaron el brazo izquierdo a una muchacha albina  de doce años. Se acercaron tres hombres, dos de ellos la sujetaron fuerte, y el tercero empezó a dar machetazos hasta arrancarle el brazo. La chica gritaba y lloraba desesperadamente. Y antes de escaparse con el brazo, dejaron una botella con un líquido para echar a la herida y cicatrizarla. Nunca me olvidaré de esos gritos. Seguramente vendieron su brazo a los brujos”.   Luego otra persona tomó la palabra: “En un pueblo no muy lejos de aquí, una mujer tuvo un hijo albino. Su familia aseguraba que ese niño traía mala suerte. Le aconsejaron que lo vista de negro y lo deje abandonado en una choza. La madre no entendía muy bien el por qué, pero obedeció a las recomendaciones. Después de unas horas, llegaron varios hombres a la choza y le cortaron, con machete, las piernas al recién nacido. Finalmente lo mataron y se lo llevaron todo el cuerpo pequeño”.
Los albinos, desde la gestación, están marcados por la pesadumbre y cuando llegan al mundo son discriminados de todas partes. Estos seres humanos que, a consecuencia de una mutación, nacieron con piel blanca, pelo rubio y muchas veces con ojos verdes o azules, van cargando, en sus espaldas, las malditas cadenas del destino.
En algunos países africanos creen que las mujeres que dieron a luz a un ser humano albino, han sido víctimas de maldición y por eso traen mala suerte al resto de la familia. Vicky Ntetema, mujer valiente y ex periodista de la BBC en Dar es Salam (capital de Tanzania), ha hecho públicamente denuncias sobre el mal trato a los albinos. Y como consecuencia, está amenazada, camina con guardaespaldas y a veces utiliza velos para taparse la cara y ocultar su identidad. Ha fundado, en 2010, la ONG, “Bajo el Mismo Sol” (Under the Same Sun) para la protección de albinos. Uno de los objetivos es informar a le gente acerca del albinismo. De manera que las personas afectadas con este mal, no sean discriminadas en la sociedad. En resumidas cuentas: “Bajo el Mismo Sol”, es una organización que intenta prevenir la destrucción del hombre por el hombre.

(c) Javier Claure C.

Estocolmo
Javier Claure C. es un escritor boliviano radicado en Suecia 

* Este relato está basado en conversaciones con personas (algunas albinas) en Banjul (Gambia) y en Dakar (Senegal). 


 el relato y la fotografía fueron enviados por Javier Claure C. para su publicación en la revista Archivos del Sur

viernes, 24 de mayo de 2013

Araceli Otamendi - El poder de los números



El poder de los números

Hay cosas que como un agujero negro, te pueden tragar. Una de esas cosas debe ser el cero.
La pantalla flota en el agua, sin cables, sin peligro.  Las tres menos cinco,  enero, año dos mil veinte. Ahora  las cárceles no existen y todo es una gran cárcel, las imágenes se ven como en una pantalla de cine. Hace poco se casó el último rey del planeta. Como en toda simbología, el casamiento se celebró con un ritual y magníficos trajes. Los novios se subieron después a un tren, iba por las calles, era un tren semejante a un gran juguete, donde también viajaba el séquito nupcial. Como parte de la seguridad de la comitiva, nadie podía sustraerse a ello, los seguí desde la pantalla, poco después irrumpieron en la escena varios trenes más. Casi todos iguales, salvo algún detalle. El primero, el del rey y su nueva mujer, enfiló hacia un bosque. El segundo, hizo casi el mismo camino  y se perdió detrás de una fuente. El tercero y el cuarto, anduvieron detrás del primero. Después de contar cuatro trenes, cambié el canal.
Pero sólo unos pocos sabíamos que el chip del rey y el de  la novia incrustados bajo la piel de sus brazos, daba otra señal. Estaban muy lejos del lugar que la pantalla indicaba. Sólo un niño podía haber dicho "no es el rey" como en el cuento de Andersen.
Los gps funcionan correctamente, todo está en su lugar. Mi chip, por ejemplo, da la señal verdadera de dónde estoy, en la piscina, y sé, que en el fondo a la unidad de control no le preocupa. Todo queda registrado, fecha, hora y lugar.
Ahora pasa un avión por el cielo y le hago señas como en una acto reflejo. El avión, conducido en forma automática, hace un seguimiento de los chips y los datos de los gps y compara. Los códigos binarios, dónde todo se representa por ceros y unos, no pueden fallar. Para eso están las matemáticas, dominándolo todo desde hace muchos años. Las matemáticas, lograron meternos a todos en esta vida de chips, de gps, de ordenadores, de automaticidades. Los códigos binarios, tan despreciados por algunos, han dado en la clave. Cualquier letra, cualquier imagen puede ser transformada a números, ceros o unos, dado que hay infinitas combinaciones.
Sólo me queda hacer múltiples cálculos hasta revelar la última cifra.


© Araceli Otamendi

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cecilia Prada - Noches de años dorados*




Cecilia Prada



Noches de años dorados



          Doménico tenía rastas y olía mal.

Con el cabello graso y tirante hacia los lados de la cabeza él trenzaba sus rastas que ataba atrás. Ella nunca había visto un hombre con rastas. Empujó  a su madre y comenzó a reír. Su madre dijo que él era napolitano y que en su  tierra los hombres llevaban el pelo así. Y que  ella dejara de reír, porque era feo que una  muchacha estuviera riendo en la iglesia.
Doménico era uno de los hombres más importantes que iba a cantar la Novena de Navidad en el Santuario del Corazón de Jesús. Todos hombres parecidos a su padre, medio gordos, medio viejos, se saludaban levantando el sombrero en la puerta de la iglesia. Algunos sólo hablaban en italiano, y fue así que ella aprendió que   buona sera quería decir buenas noches y no tenía nada que ver con la cera Parquetina que pasaban en el suelo.
Importantes, separados de las mujeres como si no las conociesen, ellos avanzaban por  la nave central de la iglesia, que en aquellos días de años dorados estaba toda iluminada, y se dirigían  a los asientos delanteros. Pero ella, la única hija, la única niña iba con ellos los hombres importantes, iba de la mano del padre.
Descubría risitas en los ojos suspirantes de las señoras que estaban envueltas en sus velos, de rodillas, con la cabeza baja mientras que el grupo de ganadores caminaba con la cabeza erguida por la nave central de la iglesia, dirigiéndose directamente a la divinidad, los hombres de la Cofradía del Santísimo Sacramento.
El mundo todo dividido como una torta. Mujeres para acá, hombres para allá. En tajadas coloridas, las personas, el mundo. Las muchachas solteras eran Hijas de María, usaban un  vestido blanco de manga larga y una cinta en forma de V con una medalla verde y cadena corta para las aspirantes, azul y cadena larga para las que habían sido aceptadas. Cuando la bendición terminaba, ellas tiraban de la cinta, besaban la medalla y mantenían la cinta doblada en una bolsa. Ella estaba celosa. No podía esperar para crecer. Pero cuando ellas se casaban, ya no podían vestir de blanco. No podían ser más Hijas de María. Blanco y azul eran los colores de Nuestra Señora y de las muchachas vírgenes, porque Nuestra Señora había sido virgen, antes, durante y después del parto, y quien sabe aquello qué es lo que quería decir.
Las mujeres casadas vestían de negro o colores  oscuros y  usaban una cinta roja, del Santísimo, decían. Eran todas medio gordas y tristes. Y un día ella oyó una discusión entre la madre y la tía Eduarda hermana del padre, que nunca se había casado pero vestía de negro porque tenía más de 44 años. Y la tía le dijo a la madre que una mujer casada no podía usar una pollera rosa, dónde se vio, no quedaba bien. Y que ella se cuidase más, al final ya tenía veinticinco años y debía comportarse como una señora.
       Los hombres solteros ¿son Hijos de María?
Todo el mundo se reía mucho. Las personas estaban siempre riéndose de sus preguntas.
       Congregación Mariana, se dice así, había corregido
su  tío, que también usaba una cinta azul en el traje gris.
                    Pero lo más hermoso e importante eran los hombres de la Hermandad  del Santísimo que usaban una capa roja como Papá Noel, llamada opa(1) y tenían privilegios, llevar antorchas, cargar el palio, que era un pano rojo como una choza en la playa extendida sobre cuatro bastones dorados y que cubría el Santísimo Sacramento en la procesión – ella pensaba que era para que él se cubriera  de la lluvia.
Los hombres, sólo ellos podían llevar el palio  y acercarse al Santísimo Sacramento, los hombres más viejos, serios, casados, gordos. ¿Sería que ellos  no tenían miedo del Santísimo? Ella tenía mucho miedo, por el Santísimo, porque  hasta el Padre sólo podía entrar en esa caja dorada llamada sagrario y celebrar  con una toalla dorada ¿sino se quemaba?
Porque el Santísimo , ah, el Santísimo , la gente no debía  ni siquiera mirar  cuando el sacerdote eleva la hostia consagrada en la misa
      - Baja la cabeza, chica.
               –¿Si veía, se quedaba ciega?
El Santísimo Sacramento se asocia siempre con  rayos. El sagrario tenía rayos de oro que rodean el cuerpo de Nuestro Señor y a quien tomara la Hostia consagrada, que era el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, vendría un rayo caído del cielo y lo fulminaría. Se llama sacrilegio. Era un pecado que no tenía perdón. El peor de los pecados.
       Pero el padre tomaba la hostia. El se lavaba las manos antes, una palangana de oro, mientras que en el altar cubierto de rojo  solo el coroínha(2), el chico que lo ayudaba, podría estar cerca de él, porque era un niño. Pero sólo el padre, porque era Padre y porque era un hombre, podía tocar la hostia. Las mujeres no podían tocarla, nunca podían tocarla.
–¿Si me lavo las manos antes?
       No.

     Y más tarde, cuando, cinco años después, diez días después de cumplir los diez años, tuvo su menstruación, estuvo ayudando a su madre a  hornear masa de pan y la masa se agrió por su culpa. La madre dijo que cuando la mujer estaba indispuesta las cosas salían amargas. Y entonces comprendió por qué las mujeres no podían conseguir tocar la hostia  - agriaban el cuerpo de Nuestro Señor. Se sentía sucia y humillada. Y se puso a llorar.
La sangre menstrual .... tenía un olor medio ácido, ser una mujer era entonces eso, la humillación, el secreto, mantenerse  siempre en los rincones, a la sombra, de rodillas en los bancos de la iglesia mientras los hombres iban con la cabeza erguida buscando  los asientos delanteros, el lugar les pertenecía  por derecho divino.
Pero ella – sería diferente de todos, de las mujeres, de los otros niños – ella porque solamente ella admitida, con abrazos en sus cinco años de rizos color avellana, en el coro de hombres en la Novena de Navidad que era la cosa más hermosa del mundo. Y si tenía suerte podía tironear del padre hacia un banco bien lejos de Domenico, que tenía rastas y olía mal.
   El coro de hombres cerca del órgano cantaba en latín. En aquellos días, la organista, doña Francisca, descansaba. Venía  un organista de afuera, un hombre, porque las mujeres sólo servían para hacer las cosas de todos los días, decía el Padre. Incluso los grandes cocineros son hombres.

Los sacerdotes cantaban y el coro de Hermanos del Santísimo respondían a coro:
         Regem venturum Domine
         Venite adoremus

A la salida de la iglesia su madre y su tía decían que habían escuchado una vocecita  desafinada cantando:
                    Legem ventulum Domine
           Venite adolemus 

       Pero a ella no le importaba. Ella sabía latín. Ella cantaba en el coro de hombres. Ella era diferente.
       Se había ganado el derecho a hablar.

(1) opa, en portugués en el original, especie de capa sin mangas de color violeta como
 vestimenta de los obispos, que vestían   los hombres que rodeaban el Santísimo

(2)coroínha, en portugués en el original, monaguillo. 


(c) Cecilia Prada
San Pablo
Brasil

Título original:   Noites de anjos dourados  -traducido del portugués al español: (c) Araceli Otamendi, versión autorizada por Cecilia Prada para su publicación en la revista Archivos del Sur 

Cecilia Prada es una periodista y escritora brasileña. Ha publicado trece libros y ha recibido cuatro premios literarios, y el "Premio de ESSO Reportagem/1980" Folha de São Paulo. También fue diplomática de carrera. Este cuento  pertenece al libro ESTUDOS DE INTERIORES PARA UMA ARQUITETURA DA SOLIDÃO (Editora DBA-SP-2004). También tiene cuentos publicados en antologías, en Brasil y en el extranjero: en Alemania, Suiza, Italia, Estados Unidos, los países escandinavos y en Portugal.



sábado, 13 de abril de 2013

Magda Lago Russo - La caja de Nyco




LA CAJA DE NYCO 

                                            

Inés Álvarez de Torres es una mujer de temple fuerte, segura de sí misma, que lo encubre con un trato amable y cortés.

Su actitud frente a la vida es optimista y no permite flaquear ante los inconvenientes.

Su vida social es muy activa, su foto se encuentra en las revistas más conocidas junto a personajes destacados en el arte y la cultura.

Nicolás Torres Jiménez, su esposo, había recibido de sus ascendientes una editorial muy conocida en el país por donde pasaron hasta su muerte, los escritores de todas las épocas.
Inés provenía de una familia donde la lectura era una de las disciplinas más importantes, por lo tanto al casarse con Nicolás aumentó el aporte formativo para la prosperidad de la empresa.
A través de los años, conocieron autores que se hicieron famosos  con  sus obras y también los que pasaron sin pena ni gloria.
Amantes del arte y el conocimiento, organizaban salones literarios donde concurrían los personajes más selectos.
Al morir Nicolás, dos años atrás, Inés vendió la editorial. Nadie puede comprender como con una integridad única, superó la muerte de Nicolás El secreto de su  fuerza y entereza, Inés lo guarda en lo que ella llama “La Caja de Nyco” donde pequeños trozos de papel con frases escritas que Nicolás dejaba todas las noches sobre su mesa de luz, son conservados como el mayor de los tesoros. Cuando siente que la angustia y la melancolía la abordan, recurre a la lectura de los pequeños párrafos, que despiertan en ella los recuerdos y las más puras emociones. A veces se enternece con...

“pero mudo y absorto de rodillas como adora a Dios ante su altar como yo te he querido...desengáñate ¡así no te querrán!”

O sus ojos se empañan ante:”Recibe un millón de besos, pero no me los devuelvas, porque me queman la sangre” y… “Yo no quiero más que tu vida,  son en ti los supremos elementos

Hay ¡tanto amor! guardado que no necesita de más nada para poder vivir  el resto de vida.
En una de esas noches donde hostigada por el dolor no puede conciliar el sueño, recurre a la “caja”, toma los trozos de papel, los estruja entre los dedos, luego los alisa, toma uno al azar y lee :

Amada ven. El bosque es nuestro templo; allí ondea y flota un santo perfume de amor”.

Como si fuera una premonición, lo separa y lo coloca dentro del libro de cabecera, desde ahora ese será el mensaje que la ayudará a vivir el tiempo que le queda.
El día llegará…  sentirá en su alma:”Amada ven...” será el llamado  que la unirá a su querido Nyco en un encuentro sin fin.
Por un instante piensa en aquella poesía de Rubén:

“...pues no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo,
         ni mayor pesadumbre que la vida consciente,”


Nota: Frases extraídas de poemas de: Gustavo Adolfo Bécquer, Pablo Neruda, Delmira Agustini , Rubén  Darío.


(c)Magda Lago Russo

Montevideo
Uruguay

jueves, 21 de marzo de 2013

Reinaldo E. Marchant- Me gusta más cuando la sueño (fragmento)





Reinaldo Edmundo Marchant

Me gusta más cuando la sueño (novela-fragmento)

Alguien tal vez se pregunte por qué he decidido soltar a los bichitos que dormían en mí y sólo puedo responder: "ni yo lo sé. Simplemente tenía que hacerlo". Sí he dispuesto todo esto para que dejaran de comentar que parecía estúpido y boquiabierto  el día completo.

He de afirmar sin tardanza: lo que sostienen tus manos no es una novela. Es la puerta que abrí para que toquen mis carnes. O la inercia vital que las sacude.

Hasta ahora nadie conoce mi nombre y ello me enaltece. Quedaré agradecido si descubren al hombre que se oculta en la montonera de colores.

Al hombre aislado, sin relación con los demás, que viene a ofrecer el amor de sus movimientos, retablo que se desborda en inocencia (perdón por hablar con este modo: no tengo otro).

He amado profundamente un sueño y no sé qué significa. Lo mismo que la vida, que un día comienza y nunca se sabe como termina.

Ya sé que todo cuanto emprendemos es insignificante al lado de la simple brisa que acompaña a los ríos.  Pero es necesario hacer un mínimo ejercicio: fundar lugares donde en libertad se agiten espejismos, pues por ahí, sin sobresalto, podrá descender repentinamente un ideal.

Quizás sea un pájaro con facha de soberano y héroe, emplumado en abundancia y de chispeantes ojos amarillos. La mismísima ave que, un buen día,  cayó a pernoctar en las ramas de mi geografía.

No tengo más que ofrecer que un surtido de palabras. Si llegan a ellas, desde algún lugar sentiré vuestro aliento y, juntos, estremeceremos a las cosas que viajaban en solitario.

Ya pasó mucho tiempo de aquello y he llegado a una conclusión: la belleza también se anida en unos pensamientos que el mundo ignora. La luz ilumina las imperfecciones. Es hora de que conozcan las mías. Aunque no lo crean ¡esa será mi victoria!

Deliberadamente ofrezco mi mano para que asistan a mis paisajes. La puerta está ahí, pueden abrirla. Adentro podrán  refrescar los corazones y tocar las huellas del viajero que, hasta ayer, se ocultaba bajo la sombra  de un árbol milagroso.

He preparado el mínimo detalle para que puramente las bofeteadas  impacten en mi cara. De sus rostros, radiantes y normales, yo velaré con celo y bravura. ¡Es una promesa!
                                                                     
Existe algo que, creo, afirmé en algún instante: Me gusta más cuando la sueño. Porque cuando la sueño no le hago daño ni me hace daño. Créanme: no se trata de lo que ustedes piensan...

















































LA historia comenzó un martes por la mañana.

Hurgaba la tierra de un macetero. Era un tiesto redondo y ancho. De greda. Tan ancho era que mis brazos no lo cruzaban. Observaba la cadena social que armaban las hormigas, deslizándose en hilera por el delgado chorro de una madera. La fuerza no nace de la fuerza, la fuerza nace de nuestra debilidad, era el lema que las conducían en ese trajín incansable, moviéndose en columna de forma constante, unas apoyadas en las otras, tomadas de las invisibles manos, con persistencia, orden y sentido del deber, compartiendo el grano de azúcar o de sobra, manteniendo la comunidad milenaria que habían construido. Yo seguidamente las analizaba y entre dientes susurraba: el mundo sería más sensato si fuéramos como las hormigas.

Y sonreía por el imposible.

Habitábamos un viejo y pequeño caserío, frente al Parque Forestal y a boca de jarro del río. En la vereda inmediata existía hace más de ciento ochenta años, según versión de mamá, un extraordinario plátano oriental con un espeso amasijo de hojas y ramas, alargado fácilmente veinte metros arriba, tan anchuroso que una vez no pude medir su tronco áspero y plegado de arrugas.

El millar de hojas y ramas no dejaban ver el caserón y eso me gustaba.

Como no había patio trasero, mamá llenaba de maceteros y tiestos de mimbres aquel oblongo balcón de madera, montado por un arquitecto de apellido Zenteno, el primer rentista del inmueble.

De él se contaba que tenía un perro juguetón, que se plantaba a correr cuando llovía, a tragar goteritas y que gustaba olfatear amistosamente a una paloma que indefectiblemente se detenía en la barandilla hacia el atardecer. En cierta ocasión, al bajar por el Puente Peatonal Condell, el sabueso descubrió fenecida a la paloma y el martirio lo apesadumbró en extremo: jamás regresó al balconcillo.

El arquitecto, que no pudo soportar la tristeza de su mascota, se mudó en cosa  de semanas y llegamos nosotros, con dos camiones colmados de vasijas y cachivaches, lámparas de lágrimas, santos de maderas, platería, retratos de araucanos antiguos, jarrones isabelinos de porcelana, sahumadores, un par de candelabros, un sillón giratorio, dos alfombras persa Keshan, algunos cuadros de paisajes bucólicos, objetos decorativos, una colección de cajas de madera y bronce, una cruz colonial de fierro fundido, un piano corto de marca Erard, mesa de comedor en caoba y muebles más vetustos que finos, estilo Luis XV (según mamá). Bueno, de todo no puedo dar absoluta fe...


La casa se hallaba a unos cuantos pasos del afluente.

Para llegar al parque apenas debíamos cruzar algunos de los tantos puentes peatonales. Se extendían ante mi ventana los limpios cielos, la ribera de las aguas y el ramaje de aquel gigantesco árbol. Desde ahí la atmósfera cambiaba un par de veces al día y conocía esos horarios. ¡Una tarde, mientras mi hermana tocaba el piano, me pareció encontrar dentro de mi habitación a una imprudente luna!

Era un caserío de muchas piezas separadas con pilares de madera y un anchísimo ventanal que daba al exterior. Usualmente estaba abierto para que entrara aire fresco. En el cuarto de visita colgaban unas lámparas de bambú y cortinas de coscolino, que dejó a modo de obsequio el arquitecto Zenteno.  Desde el umbral, admiraba las cumbres de la Cordillera de Los Andes y en momentos de quietud, ponía atención a palomas y tórtolas que arrullaban en sus nidales.

En ese momento el universo era un revoltijo de paisajes que deslumbraban.

Me encantaba ese cariño con que mamá alimentaba, cuidaba y hasta le hablaba a las plantas. Nunca pensé que estaba loca porque le conferenciaba a las plantas. Otra gente sí decía que tenía pelados los cables. Yo no. Era cándido lo que hacía con la naturaleza. Ella afirmaba que las matas oían lo que uno decía, y que se ponían más agraciadas, engordaban felices, que las flores y plantas eran como nosotros, simples mortales, pero con sentimientos sumamente más puros.

—¡Son los angelitos del planeta! —afirmaba—. ¡Como tú!  

Y yo le sonreía a esa sentencia. 

Apuntaba que las flores debían ser cortadas a primera hora de la mañana, con el rocío encima, y había que seleccionar a las que estaban con la boca entreabierta, para que la fragancia, brillo y el color se mantuvieran durante días. 

Cuando las ponía en un espacioso jarro de cristal, las agrupaba en armonía, a buena altura, dobladas o rectas, de modo que «la flor parezca indicar algo», de  esa forma preservaban su belleza natural, «cada una debe mirar en cierta dirección y encaje como si fuera una criatura viva». Me enseñaba que las flores tenían que sobresalir un pie y tres o cuatro pulgadas de la boca del jarrón, «si no es así estarán ahogadas y carecerán de elegancia». Aseguraba que su gran alimento era el rocío matinal o el agua de lluvia. Ante la escasez de estos nutrientes, se debía recurrir a la miel o agua hervida, «es preciso atenderlas cada día para que nunca marchiten. Como todas las cosas de la vida...». Yo la miraba y oía.

Y sonreía mucho, sí, con los ojos achinados.

En momentos de soledad, cuando ella salía de compras o no estaba simplemente en casa, partía al balcón, y también platicaba a las plantas y flores, les silbaba canciones, soltaba galanterías, aseaba cuidadosamente sus pétalos y el tapiz de capa espesa de hojas anaranjadas, es decir me afanaba exactamente en lo que mamá repetía día a día. Y me sentía bien. Con una serenidad espiritual. Era como rezar. Porque cuando uno reza lo hace teniendo certeza de que Dios y su Hijo escuchan... En alguna parte escuchan. Bueno, no era mi afán ir tan lejos.

Perdón.

Porfiadas ocasiones el gordo, mi padre, o una hermana me descubrieron dando de beber a un cedrón, por ejemplo, pero no me interrumpían. Oían que reseñaba cosas. Armaba pequeños diálogos. Decía esto y aquello.  Ahí mi hermana se ponía un dedo en la sien, como diciendo que estaba chiflado de la cabeza. Yo le respondía con besos y besos en la cara, le soltaba requiebros, acariciaba su cabello largo y radiante, hasta que ella decía: ¡ya, basta! Entonces me quedaba quieto, poniendo caritas chistosas que fingen los hazmerreíres de circo. De ahí ella decía: ¡Estás perdonado! Y mis ojos se ponían achinados de jolgorio.

Me encanta el cedrón. Al crecer expele un aroma primoroso, tan exquisito que le pedía al gordo creara un perfume con ese aliento, de forma que dejara de emperifollarse con una fragancia de bajo costo. Uno que compraba en la vega de Recoleta, que despedía un aroma sinceramente infame.

Papá tomaba a risa mi sugerencia.

Pues bien, esa mañana fue distinta a todas las anteriores. Natalia tecleaba suavemente un tema de Chopin y yo oía la música en el balcón, absorto en una especie de fascinación, cuando escucho gritar a mamá:

 —¡Peter, Peter!

Peter soy yo.

(c)Reinaldo E. Marchant

Santiago de Chile

fragmento de la novela Me gusta más cuando la sueño, Editorial Amanuense, publicación autorizada por el autor. 










miércoles, 27 de febrero de 2013

Sofía Santaclara




Lacrimatorio



Hoy se ha roto el frasco de las lágrimas, hace algún tiempo decidí que algo que dolía tanto debía de ser valioso, dolor en esencia, y se me ocurrió coleccionar lágrimas, las vertía ahí, en un antiguo frasco de perfume, alargado y transparente, ese cristal que tanto me gusta, el sistema era sencillo, sólo tenía que encajar mi ojo en su boca y arrastrarlo con cuidado, por mucho que me pareciese que había llorado, apenas aumentaba el volumen, deben de ser densas mis lágrimas. Era su castigo, hacerlas cautivas, como si de una pócima se tratase, me gustaba observarlas dolor en estado líquido.

Hoy necesité usarlo y me escondí con él y me resbaló de las manos y se rompió y me quise morir de la rabia, o de la pena, todas por el suelo, derramadas por segunda vez, y quise llorar, y no pude llorar, pues no tenía donde guardarlas y las necesitaba con las otras, todas mezcladas, todas distintas, cada una de un sitio, porque las hay que duelen en el pecho, en la cabeza, las de hoy dolían en la garganta, dolían mucho y las tuve que tragar.

(c) Sofía Santaclara

España

www.sofiasantaclara.com

(c) de la fotografía y del relato Lacrimatorio: Sofía Santaclara

S

sábado, 16 de febrero de 2013

Diego Niño


Desencuentro*



Tropiezan en una encrucijada. Se presentan las preguntas y respuestas de protocolo y bajo este diálogo se escuchan las sombras arrastrando miradas, brisas apolilladas, pronombres empolvados, hasta llevarlos al presente que tiene algo de eternidad y de brevedad. Conservas los ojos de melancolía, dice él; los guardé para ti, responde ella, sonríen sabiendo que no hay más palabras ni más horizonte que este breve instante. Ella le da la mano y continúa su camino al tiempo que él ve que le ha quedado una brizna de esperanza aferrada a la palma de la mano…

© Diego Niño 
Diego Niño  (Bogotá, 1979) es matemático de profesión. Vive en Bogotá, Colombia
*el microrrelato Desencuentro resultó finalista en el Primer concurso de microrrelatos organizado por la revista Archivos del Sur 


viernes, 8 de febrero de 2013

María Antonia Sassi

María Antonia Sassi 

JARDIN DE INFANTES Nº …
Conduciendo  mi  pequeño automóvil blindaje enchapado que cubre el  ser tras las nubladas y ennegrecidas ventanillas, protección escasa  en  las calles  excesivamente transitadas del pueblo hoy convertido en ciudad,  trato de ser puntual con la hora de entrada del turno tarde del hermoso Jardín de Infantes al cual pertenezoc, pero el tránsito a veces me lo impide.                                                                                                                                                                                                                                  Formo parte  del personal docente del establecimiento, con veinte años de servicio frente a sala. En ciertos momentos mis recuerdos tienen la clarividencia de las directoras de mi residencia,  compañeras que pasaron por  la escuela, porteras y porteros.
           La estructura edilicia del jardín  tiene las características de  principios del siglo XX, con amplios ventanales y una gran puerta de entrada que desemboca en un  enorme patio en cuyo entorno circular se encuentran las salitas, la biblioteca, la sala de música, la Dirección,  la cocina y los baños. Al finalizar el patio, una enorme arcada nos introduce en el hermoso jardín rodeado de plantas y árboles, donde están ubicados los juegos infantiles; en un costado, el galpón donde Alejandro, el portero, guarda sus herramientas y siempre lo acompaña  vigilando sus movimientos un hermoso gato negro de espeso pelaje que desde hace algunos años habita en el establecimiento y   es la curiosidad e intriga de los pequeños.  
 Mi turno fue siempre el de  tarde; hoy  precisamente citamos  a todos los papis de los nenes para comenzar los preparativos de la próxima celebración de los cien años de la institución.
            Citados a las quince horas, llegaron casi puntuales. Siempre  sucede que algún retrasado toque el timbre en plena reunión.
            En esta oportunidad debía pasar el libro de firmas, texto que no encontré. Revisé en Dirección, la biblioteca, los armarios, pregunté a la preceptora,  pero el citado libro no apareció.    
            Nos despedimos ya sobre la hora de salida, cuando Alejandro  el nuevo portero comenzaba la limpieza de los salones. Angustiado confesó a la Directora que no tenía voluntad de quedarse solo, sino que prefería realizar sus tareas mientras el personal docente se hallaba de turno.
            La Directora, asombrada,  no entendía su actitud, siempre  había cumplido su horario sin dificultad. Alejandro comentó que durante varios días escuchó descargar, de tanto en tanto,  los depósitos de los baños de las salitas y del patio.
            Alicia -la directora-  no podía controlar su risa, cosa que fastidió al portero ante la incredulidad y desconfianza de la docente.
            Pasaron varios días y  no conseguí hallar el  libro de firmas. Me distrajo la seño de la salita de  cuatro, contándome que ella y los nenes se entretenían mirando al señor que trabajaba en el galpón con un guardapolvo de color azul oscuro, de baja estatura y cabello entrecano.
            Alarmada la invité a acercarse   al galpón. Allí no había nadie; la seño y los nenes aseguraron que sí, que lo observaron. No podía salir de mi asombro. Me acerqué al galpón  casi a oscuras, ya que el sol comenzaba a esconderse en la media tarde  de invierno,  pero me salió al paso el enorme gato con sus lamentos que  se interpuso en mi intento de entrar allí.  Sus amarillentos ojos resaltaban en la penumbra como dos lámparas encendidas; su encorvado lomo en posición de felino enfurecido enardecía en punta su pelaje y la cola como báculo amenazante cerró la puerta de un golpe. Encerrada con el animal comencé a gritar y a dar golpes en la puerta, pues todo intento de abrirla fracasaba.   Alejandro que pasaba en ese momento en busca de los aros y las  pelotas escuchó mi llamado, forzó el pestillo y por fin salí al aire libre. Mi palidez y temblor preocuparon al personal, mientras yo trataba de explicar lo sucedido.     
           Al día siguiente, Alejandro y yo llegamos simultáneamente; le noté el semblante  pálido,  más delgado, casi desencajado, su aspecto cambiado. Era otra persona, distinta a cuando ingresó como personal auxiliar. Intenté un diálogo, pero  no demostró interés en él.
            Su mal humor era evidente y sobre todo con la directora. Trataba en lo posible de no permanecer en la escuela; sus tareas concluían ni bien los docentes y niños traspasaban la puerta.          
            En el recreo comentó, que  encontró los registros de aula tirados por el parque y que la noche anterior él  iba apagando las luces y a medida que se alejaba, las mismas se volvían a encender.  Mientras esto sucedía, oía pasos en las salas. 
            Atemorizado, casi corriendo se alejó del lugar; cerró la puerta y se marchó. Pasadas dos horas en compañía de su esposa regresó al Jardín y abriendo sigilosamente la puerta de entrada, observó que las luces se habían apagado.
          El sábado fue la fecha de  celebración del Centenario del Jardín. Entre bailes, cantos y discursos recordamos a los protagonistas más notorios del establecimiento y entre el personal auxiliar,  Fernando, uno de los primeros porteros que usaba guardapolvo azul oscuro, cariñoso con los nenes y atento con el personal. Se lo recordó con un reconocimiento especial ya que murió precisamente en el jardín  un día cambiando las flores de  estación al pie del mástil de la bandera. Paro respiratorio diagnosticó el médico de guardia del hospital. En el acto, sus familiares recibieron una medalla recordatoria.
           
Alejandro manifiesta una notoria serenidad,  su rostro esboza una sonrisa, y  me comenta  la casualidad  de que  desde la última fiesta, no  se repitieron hechos extraños y  otra cosa añade: “El gato desapareció del  jardín”. 
(c) María Antonia Sassi
Moreno 
Provincia de Buenos Aires
República Argentina

María Antonia Sassi es Licenciada en Letras.