viernes, 2 de diciembre de 2016

La muertita o la novela que (fragmento)- Susana Szwarc

Susana Szwarc

tapa del libro La muertita o la novela que-
 editorial La mariposa y la iguana






                                               

Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino y la muertita hizo una inclinación con la cabeza.
Ya empezaban a darse cuenta, no del todo pero sí de algo.
Un olor a tristeza iba segregando y quedaba la segregación por el aire por el piso.
La muertita estornudó, para su sorpresa. No había supuesto eso. Tendría que cuidar los detalles. Tendría que aprender.

La muertita comenzó a viajar, pensó que esa era una forma de distraerse o mejor, de entretenerse.
Se aburría, había aprendido que ese estado -el de muertita- era fatigoso sobre todo por el aburrimiento.
Tomaba el subte en cualquier parte, llegaba al final del viaje, cambiaba de vagón, llegaba a una estación cualquiera, volvía a cambiar de vagón. Hasta el último tren. A veces salía a la calle pero prefería los subsuelos.

Vivir en el subsuelo. Dormir en el suelo, dormirse y, después, abrir los ojos.   Preguntarse: ¿por qué aquí?
La boca dice: morí. Un mucho, un poco, un rato, un para siempre. No hay respuesta.
Intentar, entonces, moverse y llegar a la verticalidad.

Estaba quieta aunque tenía la sensación de mecerse como si estuviera en un trapecio.
Entonces movió las manos, se tocó una ceja para tener idea del cuerpo.
Cuerpo de carne. Cuerpo de aire. Cuerpo despojado.
Quieta, se mecía.

Lo que no podía dilucidar la muertita era ese susto que le salía de alguna parte. Piel de gallina, eso le daba el temblor como si hiciera un gran frío. Sin embargo, en el subsuelo, por lo general hacía calor, como  en la calle;  se daba cuenta por la ropa de los otros. Brazos al desnudo. Pero volviendo al susto: ¿a qué?
Cuando la miraban veía también el susto ajeno. Ella daba miedo. Era como ese perro que intentó tener. Los dos se temían y retiraban el cuerpo, los huesos. Se reiteraban.

La muertita mira por la ventana y ve a un niño chino tomando una mamadera.
El niño chino tendrá unos cinco años y cada uno que pasa le dice que está grande para tomar mamadera. Pero él sigue su acción, como si no entendiera.
Pusieron rejas en la puerta de esa tintorería- lavadero y hasta parece que cambiaron los dueños.
Hicieron ellos mismos las rejas y un ruido de sierra, de taladro, de agujereadora, de aullido, resonó días y noches enteras.

El niño chino terminó de beber y arrojó la mamadera hacia la ventana.
Embocó.
Cuando sintió algo como hambre, salió. Lenta, llegó a la panadería. Al salir, giró la cabeza. Lo vio a Marcelo.
Mar. Lo llamó. Aunque no podía ser. Marcelo se había suicidado hacía dos años.
Andaba cansado y se tiró de una terraza. Cayó mal, agonizaba agonizaba.
Le dolía todo. La boca rota, no podía hablar. Por el celular la muertita le hablaba y él, un golpecito, quería decir sí. Dos golpecitos, querían decir no.
No fue a visitarlo. Estaba en el hospital de Bahía Blanca.
¿Tenés sed? Un golpecito. ¿Calor? Dos golpecitos.
Hasta que no pudo más.
El que se parecía a Marcelo, llevaba a Proust en los brazos. Como Marcelo.
La muertita sostenía la pared.
La pared: un pañuelo.
Marcelo llevaba a Proust en los brazos y ella la pared.
Le picaba la cabeza, se quería rascar. Si la  soltaba, las cosas del mundo no dejarían de caer, se irían más allá del subsuelo. Irrecuperables.

Vio cielo, estrellas, luna. Sin embargo sabía que eso también era el subsuelo.

La muertita se había puesto la remera al revés. La costura estaba allí, al afuera; se dio cuenta después de andar un día entero o más, así, al revés. Y tirando la soga.
Sudaba como una garrapata.
La cuestión es que nadie le dijo nada de la remera, de las costuras, ni siquiera de la soga.
No había ningún otro que mirara más que el propio pie. A no pisarse, a no pisarse.
Taca taca los pasos.
La muertita se dio vuelta la remera aunque no sabía si quería cambiar la suerte.

Quería anotar: la remera al revés. Y también soga-árbol. En su cuaderno puso soga y árbol entre paréntesis y la pregunta: ¿pueden estas palabras ir juntas?

(c) Susana Szwarc
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.

En "La muertita o la novela que", todo el espectro de lo que constituye la estructura del ser humano contemporáneo aparece como en un escenario en el que a alguien se le van desgarrando las innumerables pieles superpuestas (convenciones colectivas y rituales, apetito de poder, belicosidad, pecados ecológicos, discriminación, control del otro) y que se nos enciman a medida que el rebaño social opera.
"La muertita" elige su propia dirección a contramano, dentro de ese núcleo social que nos condiciona.
Ella elige un subsuelo como alojamiento, como tantos de nosotros.

Sonia Catela


Fragmento del texto de Walter Romero leído el  8/6/2016 en la presentación de La muertita o la novela que (Editorial la Mariposa y la iguana).
(…)¿Qué texto es La muertita? ¿Una falsa novela policial? Acaso se le escabulleron o se le escaparon  algunos elementos: hay un cadáver, hay dos detectives, hay sangre pero falta el armazón; por eso es una novela con lo que queda, lo que resta: esqueletos de una forma, o novela que trabaja con las formas pero sin llenarlas ni rellenarlas, que duda de que la palabra complete. Eso que es mejor que el lector lo termine o cierre
¿Una novela china? Tiene varios indicios y hasta las unidades de peligro y de salvación parecen venir de ese exotismo cercano, de esa orientalidad doméstica que atraviesa Buenos Aires, en eso es una novela de las antípodas del acá nomas: la muertita puede vivir en un sótano cualquiera de Buenos Aires frente a un lavadero chino.Pero no habilita demasiado la “narración china”, es deceptiva una vez más; pienso en la mafia china, en la posibilidad de esa narración paralela, y me la deja en suspenso. La muertita es una novela sobre las formas narrativas aleladas, vaciadas de sobrecontenido; Szwarc, con tarea de artesana, pone a colgar las formas narrativas para que se aireen y las cuelga en sogas o en hilos que son, a su vez, la fantasmática siempre presente de la muerte —o del suicido—de esas mismas formas: la muerte de la novela, la muerte de la narración tal como la conocemos; las cuelga para mostrarnos —o ponernos en la cara— el hastío de lo sobre narrado de nuestraera, de lo sobre escrito, por eso se expresa en coágulos, en párrafos solos y colgados en la página, que el lector una vez más sutura, une, enlaza.
¿Un cuento de hadas negro? En la tradición kafkiana, es decir, en la tradición del coleóptero checo de La metamorfosis. Gregor Samsa es el antecesor de la muertita como personaje del anonadamiento, que nada tiene que ver con el ratón de ojos inteligentes, pero cuidado que en el texto hay cobradores de expensas, hay detectives, formas ominosas del conte de fées negro como los tres hombres barbudos kafkianos. Y no hay una hermana que toque el violín, pero hay un canto que desea salir de ese estado de dominación a la que la muertita está confinado y su canto —como si cantar “fuera buscar la arena de los vidrios”— se enlaza con el libertario deseo de ese otro personaje femenino María marina, nacida en Villaguay y que canta tangos como Azucena Maizani. O también puede ser la versión oscura de la cenicienta urbana, tullidita, hecha de costuras (como un personaje de Tim Burton) con esa remera que se pone al revés y que pone de manifiesto las junturas…como cuando sin darse cuenta la muertita “se dio cuenta que había traído el zapato”: hay algo de ese humor negro y oscuro, ominoso, en la relectura ya sea de Kafka o de los cuentos tradicionales intervenidos (…)Novela neoexistencial, diré para ponerle nombre o meter este texto raro en las taxonomías caras al profesor de literatura que soy. “Todos somos la muertita”, todos somos un poco este personaje funambulesco, hecho de puros estados, hecho de la preferencia por los sótanos, atravesado por el anonadamiento y que a veces tenemos que tocar la ceja para saber que hay un cuerpo, personaje que “parece” vertical pero que se nos presenta como en el yacer de las mínimas muertes de todos los días. Un momento crucial de este relato me hizo detenerme y levantar la cabeza (de manera barthesiana), con un puntual pretérito perfecto simple la muertita dice: morí. Y lo dice como quien se suicida en un estornudo o como quien lo deja a uno —como esta novela de Szwarc— felizmente, con todas las preguntas en la boca.-

lunes, 17 de octubre de 2016

Duendes mágicos - Erasmo Sondereguer

                                                                                                                                                                   
foto:(c) Revista Archivos del Sur - victrola, fotografía tomada en
Museo Casa de Carlos Gardel (Buenos Aires)
Duendes mágicos, sin silencios tristes. Surgieron sin ser vistos, en ese infierno descomunal y bárbaro. Invisibles, se introdujeron veloces en la máquina incendiada y rescataron ese cuerpo, que las llamas incontenibles estaban devorando. Lo lograron sacar, haciéndolo invisible como ellos. Lo llevaron a su guarida, en las entrañas terrestres. Lo depositaron en una cama oval, sobre un manto intensamente rojo. Y lo contemplaron allí, tendido boca arriba. Parecía dormir. Ojos blandamente cerrados, labios entreabiertos. Su rostro se veía afectado  por el fuego, en diferentes sitios. Gran parte de su cuerpo también estaba quemado. Sumieron al hombre en un profundo sueño y como el mejor equipo médico, lo despojaron de los restos de su ropa y lo limpiaron con mucho cuidado,  no dejándole el menor rastro de piel muerta. Luego lo cubrieron, incluyendo su cara, con un ungüento amarillo y lo vendaron, pareciendo estar viendo a una  momia de reciente factura.
Transcurrieron diez días, durante los cuales se lo curó convenientemente. Al término de ese tiempo, retiraron las vendas. De inmediato, y después de observar los resultados de la cura, lo vistieron con un ambo de tela muy fina. Minutos después, el hombre despertaba. Feas marcas de quemaduras habían quedado en su rostro y en su cuerpo. Nada más pudieron hacer los duendes. Pero sabían que existía un motivo que limitaba sus poderes. Y ese motivo, posiblemente, se develaría más adelante. Por lo que la magia de los duendes, no alcanzó para suprimir la monstruosidad dejada por las llamas. No había espejos que pudieran mostrarle lo que sus manos comprobasen al tacto. Pese a lo horrendo de su aspecto, no hubo quejas ni lamentaciones de su parte. Miró a los simpáticos y eficientes duendes y les dijo, casi en un murmullo, como si no pudiese o no quisiera hablar en un tono más alto:
-Gracias. Infinidad de gracias, queridos amigos. Me han  salvado. Me han  devuelto a la vida. Gracias- terminó, con una sonrisa feliz.
     Los simpáticos hombrecitos, sonrieron de igual forma.
Y ellos no sabían lo que sucedería después. Escucharon y luego vieron, con asombro, lo que crecía con celeridad altamente sorprendente, maravillándolos. Y era la voz de ese hombre, extendiéndose, adquiriendo una inconmensurable belleza y cálida cadencia. Y él era el sorprendido por la magia que se producía. No había espejos pero se estaba viendo. El canto brotaba espléndido de su interior. Catarata preciosa manifestándose y quedando indeleble. Y lo vieron allí. El juglar magnífico. Y dejó, como presente imborrable, la última nota del tango interpretado. Y entonces todo volvió al comienzo de su fin, aquél que fuese truncado por los mágicos duendes. Al tocarse el rostro, notó lo que creía desaparecido y que sólo con el canto eliminaba. Y la perennidad  en su voz, ya fue constante.
Y lo dieron por muerto. Pero del horrible dolor de la tremenda pérdida, fue surgiendo,    como paliativo imprescindible, para un pueblo que erige a sus ídolos, el renacimiento e inmortalidad del más grande de ellos.  Y ese pueblo lo vio llegar, como si sólo se hubiera ido por poco tiempo, bajando de su automóvil. Su sombrero, levemente inclinado. Saludó con su prodigiosa sonrisa. Y esforzándose para caminar por entre esa muchedumbre que lo aclamaba y que, curiosamente, con respeto lo dejaba pasar, entró al teatro.
En semejanza con el Fantasma de la Ópera, se quitó la mascarilla que le ocultaba las horribles quemaduras, al sentarse frente al espejo de su camarín.
Sin ser percibido, entró al oscuro escenario. Comenzó la orquesta. Y al escucharse la hermosa voz, una luz blanca e intensa iluminó al cantante. Un rostro sin marcas, el mismo que se viera antes del accidente. Al término de cada tema, la luz lo dejaba en penumbras, volviendo aquélla, al comienzo de otra interpretación. Y en su rostro impecable, su indeleble sonrisa.
Diferentes e innumerables fotos del artista, poblaban el frente, la entrada y el hall del teatro. Y su voz, despertando sentimientos, envolvía con su calidez. Como  oleadas inmensas, penetraba la gente. Era imposible que en aquel recinto se pudiese albergar a tamaña cantidad de personas. Si un observador hubiese estado desde un comienzo, dentro de la sala, hubiese comprobado que algo extraordinario sucedía. El público se iba acomodando en las butacas, las que al parecer, no terminaban nunca de ocuparse. Era incesante el fluir del enorme gentío. Y en escena, el cantante, magnífico, entonando lo que él hiciera famoso. El público estallaba ante cada interpretación.
La increíble noticia se esparció violentamente. Y en Buenos Aires, se repetía incesante. En las primeras planas de los diarios y en las radios, martillaban con la maravillosa nueva.
Y de todas partes llegaban para verlo y escucharlo. Pero acercarse a él resultaba imposible. Al cesar su voz, se hacía el silencio y la oscuridad, desapareciendo el artista. Muchos periodistas y fanáticos, portando luces y subiendo al escenario, intentaban acercársele. Pero no lo hallaban. Se metían por puertas, que daban acceso a los camarines y a otros lugares, donde pudiese estar el hombre inalcanzable, sin encontrarlo. Llegándose a pensar, entonces, en que todo era un truco, magnífica y misteriosamente planeado.
Y él, en la tristeza de su soledad, sentía que, tal vez, era mejor estar muerto. Y se acordó, lamentándose, del Fantasma de la Ópera.
Y una noche, convenciendo a sus amigos duendes, de llevar a cabo lo que decidiera, se presentó ante el incesante público y cantó ante ellos. Al finalizar su primera interpretación, no se hizo la oscuridad como sucediera hasta entonces. Y todos lo vieron. De pie, sonriendo, con la calidez de su bondad, de lo humilde de su ser y de su humana grandeza. Lo vieron.
"Cada día canta mejor". La frase, que recorriendo los tiempos, se extendía en todo su significado.

(c) Erasmo Sondereguer
México 

Erasmo Pedro Sondereguer (Buenos Aires, 1939) empezó a escribir a los doce años, alentado por su padre que era escritor.
En 1970 publicó el poemario Canto y Realidad y en 1994 la novela Regresa para regresar.
Ha publicado en internet en las revistas: Letralia, El Túnel, Ariatna, Otro Cielo, Cronopio, sinfín, Archivos del Sur, y otras. En el diario Buenos Aires, Corazón porteño. En todos, poemas y cuentos. Y una novela: Expiación, en la editorial elaleph.
A principios de 1980, participó en Buenos Aires, una exposición colectiva de poemas ilustrados.
En México, publicó  en los periódicos, La Opinión, el Sudcaliforniano, y en la revista Análisis.
Tiene escritas además, otras novelas.
Vive en México. Su esposa es mexicana.

viernes, 26 de agosto de 2016

Trenzas - (fragmento) - Susana Szwarc

Susana Szwarc


(Buenos Aires)

La escritora Susana Swarc ha publicado recientemente la reedición de su novela
"Trenzas".
A continuación se publica un fragmento:
 

Trenzas
(fragmento)


Se acercó a la ventana.
¿Llegaría hasta ella el aroma de la tierra mojada?
Esperó.
Esperó hasta el momento en que las gotas empeza ron a desparramarse lentas, suaves. Entonces, cerró los ojos para escuchar el ruido que aumentaba.
Y cuando se largó el chaparrón, ella entró en la lluvia.
Hasta que la lluvia se calmó.
*
Demasiado calor. Ni una sola nube en el cielo. La mu jer cruza el pueblo en la hora de la siesta. Los finos tacos de sus zapatos marcan la tierra.
 
Va absolutamente vestida: zapatos, medias, vestido de flores y hasta un pañuelo cubriendo del polvo sus lar guísimos cabellos.
*
Había descendido del tren porque creyó reconocer ese pueblo, como si alguna vez, antes, hace mucho, lo hu biese mirado.
Por ejemplo, sería un lugar llano, seco. Después del largo recorrido no quedaban casas. Sólo a su alre dedor árboles y tierra.
Tenía sed. Y vio no demasiado lejos un charco su cio. En esas aguas mojó sus manos.
*
El calor aumentaba en esos lugares sin piedad.
Por fin llegó a su pueblo. Reconoció, invadida, el antiguo olor. Deseaba un jugo de pomelo.
Entonces vio a una de sus hermanas.
Se abrazaron. Hablaban las dos a la vez.
*
Las mujeres reían, lloraban, reían, lloraban. La nenita se unió. Juntas caminaron hasta la casa de la infancia.
*
Querida:
las arañas están más gordas, las telarañas abundan y ellos han envejecido. Pensé que aquí revisaría y co rregiría mis escritos pero las puertas no existen y ella habla, habla. Y cuando no habla, gira en torno a uno como un fantasma, de manera que es imposible algún momento de soledad. Además ella siempre parece ha blar en otro idioma y yo casi siempre entiendo otra cosa.
Hasta pronto.
*
Recordando. Extrañando. Mucho antes de partir.
 
(c) Susana Szwarc

 
 
 
Comentario publicado en la contratapa del libro:
 
 
Este libro es una investigación y una invitación. Una investigación en el fondo opaco de las cosas que se nombran; una invitación a la luminosidad que adquieren las cosas cuando los nombres saben qué designan. El mérito de Susana Szwarc radica en el acercamiento a las cosas sin el pretexto de una intriga o una anécdota. El peso de las cosas está ya dado por una fuerza anterior al relato, por una gravedad que está en las palabras mismas y no en los desarrollos ni en las explicaciones.
En Trenzas, la privacidad de un pequeño universo poblado de ambigüedades coloca al lector en una zona de suspenso. ¿Es, todo lo que se dice, real? Lo es en términos de una ficción responsable, no de las leyes de una verosimilitud preestablecida. Porque la realidad atenuada y discontinua de este texto yace en la escritura misma. Sin embargo, un mundo hecho de múltiples sustancias la memoria, sus fantasmas y formas vacantes queda convocado con nitidez y precisión.
Contra un argumento muy antiguo que sostiene la supremacía de una estructura cuya previsión puede servir a todos los fines de la providencia, este providencial libro de Szwarc se obliga a ajustar sus partes a cada momento y animar con su aliento los engranajes de una emotiva y emocionante máquina verbal.


Susana Szwarc nació en Quitilipi (Provincia del Chaco) y luego vivió un exilio interior, enviada a la Ciudad de Buenos Aires donde reside actualmente. Ha publicado en narrativa libros como El artista del sueño, La novela Trenzas que reedita para este año editorial Entropía. Una felicidad liviana, etc. En poesía En lo separado, Bailen las estepas, El ojo de Celan, entre otros. Su libro de poesía "Bárbara dice" ha sido traducido por Cristina Madero al francés (Editorial Abra Pampa 2013) y actualmente el poeta Alessio Brandolini traduce El ojo de Celan. En marzo, en librerías y ferias "La muertita o la novela que publica la editorial La mariposa y la iguana. Tiene publicados cuentos en literatura infantil y pertenece al Club Argentino de Kamishibai. Su cuento "No camines en el barro" ha sido llevado a la ópera por el compositor Cristian Varela. Ha formado parte de El plan de lectura de la profesora Hebe Clementi y de los talleres de arte de la Biblioteca Nacional.







viernes, 17 de junio de 2016

Estoy aquí - José Respaldiza Rojas



 

   A un cuarto para las ocho, Elvira bajó del segundo piso y se dirigió, como todas las mañanas, al cuarto de la tía Georgina, le extrañó no oír los gritos de levántenme que a diario se pronunciaba.
Grande fue su sorpresa al ver el cuarto vacío, parpadeó varias veces, efectivamente no había ninguna persona, entonces corrió a la sala-comedor y su sillón también estaba vacío, fue al baño, en la creencia que hubiera ido para hacer sus necesidades, pero también permanecía desocupado.

Llamó a gritos a sus hijas Alionca y Cinia, quienes acudieron con presteza y preguntaron:

-Mamá ¿qué pasa?

-La tía no está les respondió.

-Eso es imposible mamá, seguro no has mirado bien.

-Vayan, vayan a ver.

Fueron y se quedaron impresionadas, la tía se había esfumado, desapareció como por arte de bilibirloque. ¿A dónde se fue?
La emoción fue tan grande que no hablaban entre ellas, más bien gritaban por efecto de los nervios, en eso una voz habló y no fue escuchada. La voz insistió:

-Aquí estoy.

Ahora si la oyeron perfectamente, la piel se les puso de gallina ¿de dónde viene esa voz? Lo primero que se les vino a la cabeza fue:- de ultratumba. Cayeron de rodillas, se santiguaron y dieron inicio al Ave María, estaban por la mitad cuando la voz habló por tercera vez:

-Aquí estoy.

Entonces con gran miedo fueron nuevamente al cuarto, la puerta estaba abierta, pero la tocaron.

-Aquí estoy se escuchó.

Se agacharon para ver debajo de la cama y zas, se dieron con la figura de la tía que las miraba, buscaron encima y notaron que la cama no chocaba contra la pared, había una ligera abertura y por allí se escurrió la tía y pasó la noche debajo.
Procedieron a sacarla con mucha delicadeza, con unos paños con agua tibia la limpiaron, fueron moviendo con suavidad sus extremidades, notando que no tenía nada roto, Le pusieron su vestido para llevarla a que le hicieran una revisión médica, pero ella pidió que primero le dieran su leche.
Luego la llevaron a Emergencia del moderno Hospital del Callao. Le hicieron una radiografía del brazo comprobando que tenía unos huesos de una chiquilla de veinte años, ni huellas de osteoporosis, salvo un gran moretón y un susto, ella estaba perfectamente bien.

Gloria a ti, mujer roble, con tus bien ganados 105 años.



(c) José Respaldiza Rojas

Lima

Perú

 

José Respaldiza Rojas (Lima 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad



miércoles, 1 de junio de 2016

Espejo del alma - Dolores González Opazo




Toda la noche había llovido a cántaros, el viento soplaba con fuerza , ululando por entre los recovecos y el barro del callejón. Los truenos y los relámpagos no me habían dejado dormir en toda la noche, lloré con la cara metida bajo mi almohada de lana de cordero, para no escucharlos, sin embargo con cada tronar, mis lágrimas volvían a brotar. Mi abuela al parecer estaba en las mismas, porque cada vez que asomaba la nariz por debajo de las sábanas, la veía sentada en la cama con su rosario en la mano y en algún momento seguro, silenciosamente se había levantado, porque de entre las cenizas del brasero del comedor salía un delgado hilito de humo, que se disolvía entre las murallas del caserón; eran ramas secas de olivo, de esas ramas benditas de semana santa, que según ella nos protegerían de esas inclemencias del tiempo.

Ya en la mañana tipo siete, los truenos silenciaron en su tronadura y con voz asustada aun le pregunté a la abuela:

-¿Mamita ya se fueron ? -
- Siii niña ya se fueron, ya se pasaron pa la Argentina me respondió- ahora duerme más mejor .


Y así lo hice, confiada y respirando profundo, al fin se habían ido con su sonajera a asustar a otras gentes , al otro lado de la montaña a otras tierras.

Estaba durmiendo de lo más tranquila cuando siento la voz de la abuela , remeciéndome .
-Ya levántate , el mate está listo y es bien re tarde ya y salió de la pieza refunfuñando.


La verdad ya no llovía, unas leves ráfagas de viento algo tibio zamarreaba el guindo que golpeaba la ventana, y como tarea de día de lluvia , me tocaba partir nueces. Arrastré la canasta con las dos manos hasta mi silla de totora que estaba en la cocina junto al brasero ,y mientras la abuela cocinaba silenciosa , yo partía y partía nueces con la tenaza.
Tan ensimismada en mi trabajo estaba, que no sentí el silbido en la calle, la abuela salió tranqueando a mirar y al regresar me dijo:

-Ya deja eso ahí no más , allá afuera esta "el chino" esperándote pa ir a los camarones-

Mientras yo tironeaba no sin esfuerzo la canasta, ella buscó la bolsa de género que siempre yo llevaba para estos casos, tomé mi morral y lo crucé en mis hombros, ella me miró y echó en él un par de calcetas gruesas, de esas que cada año le compraba a los cochayuyeros que pasaban con sus mulas, y dos pedazos grandes de tortilla de rescoldo y saco de la zaranda, que colgaba en la cocina un trozo de queso y lo echo junto a la tortilla, mientras refunfuñaba y refunfuñaba, quien sabe qué.
Salí a la calle y ahí estaba "el chino" esperando por mi, con su larga chaqueta café, esa que le quedaba grande y larga de mangas, con los pantalones algo cortos y un sombrero lleno de hoyos, por el que sobresalía su largo pelo . Con su media sonrisa se acercó y con mucho cuidado me sacó el morral cruzándoselo el entre sus hombros, dio media vuelta y comenzó a caminar a tranco largo con sus bototos de guerra, camino del callejón donde el vivía, en un rancho medio oculto entre los árboles a medio camino.
"El Chino" era mi amigo de siempre , yo medio silenciosa acostumbrada a conversar solo con mis perros o sola de vez en cuando, porque mi abuela era de poca labia , y con mi amigo que no articulaba palabra solo lo estrictamente necesario, le hablaba y le hablaba caminando detrás de él, a su lado yo parecía una gran conversadora. Mientras yo le conversaba una y otra cosa, el solo me miraba y sonreía con su blanca hilera de dientes y sus ojos pardos.

Llegando al potrero nos saltábamos los alambres yo ayudada en todo momento y él saltando como cabra de monte.
-Mire me decía apuntando la gran cantidad de pequeños montículos de barro, hecho por los camarones Hay muchos muchos era todo su conversar.

Comenzábamos nuestra tarea de meter y sacar rápidamente la mano de las cuevas, yo gritaba a todo pulmón, cuando un bicharraco se agarraba de mi calceta y el reía de buenas ganas. En el descanso nos sentábamos a comer la tortilla con queso, mientras él me conversaba bajito sobre lo que ocurría alrededor. "El chino" no sabía leer, porque no iba a la escuela, yo a mis ocho años me sentía toda una sabihonda, juntando las letras y enseñándole a leerlas. Sin embargo él no aprendía, o quizás si lo hacía pero para hacerme rabiar se equivocaba de adrede . Era pillo "el chino" pero yo lo quería.
Cuando terminábamos nuestra tarea de agarrar camarones ya cayendo la tarde, él que tenía su bolsa arrebalsada sacaba de los suyos y le echaba a la mía si me faltaban. Y partíamos de vuelta cuando ya casi anochecía, llenos de barro hasta las orejas y él con su largo pelo asomándole por entre los orificios del sombrero. Llegábamos a la casa y antes de que yo entrara me tomaba del brazo, y me hacía zapatear para quitar un poco de barro de los calamorros, me entregaba mi bolsa y sin decir palabra se devolvía otra vez a su callejón.

A veces pasaban varios días y el no aparecía, de repente miraba hacia la calle y ahí estaba parado frente a la casa sin decir palabra, esperando que yo lo llamara. En mis días de cosecha de la aceituna de los olivos de la casa , el venía para ayudarme a sacarlas y luego prepararlas sin siquiera pedírselo. Yo le contaba adivinanzas mientras duraba la cosecha y le leía entre leyendo e inventándole cuentos de mi silabario . El escuchaba atentamente y me enseñaba a hacer bailar el trompo, me traía ondas de regalo y piedrecitas redonditas para lanzarles a los pájaros.
"El chino" nunca vino a ninguno de mis cumpleaños, a pesar que yo lo invitaba, a veces lo vi mirando desde lejos, pero nunca se acercaba,sin embargo nunca dejaba de traerme algún obsequio , un puñado de huevecitos de perdiz, hasta un conejito chiquito me trajo una vez. Y me traía de esas flores que tanto me gustaban, esas amarillitas con corazón negro y blanco que yo llamaba chinitas y me las plantaba en el jardín de la casa. Hoy pienso como me habría gustado que "el chino" hablara un poquito, para saber lo que sentía, todos le decían por su apodo y nunca supe como se llamaba, una vez mi abuela me dijo que se llamaba Roberto yo le pregunte a él, y no me respondió. Llegué llorando a la casa un día que vi como unos niños le lanzaban piedras mientras +el caminaba solo con su bolsa de compras, quise pegarles a todos pero no pude , solo les lancé un par de piedras para correrlos cuando él ya se había perdido en su callejón.
Era buen amigo " El Chino ", un día me vio llorando , porque mi mamá me había prometido ir a buscarme y no lo hizo, me quede esperándola bien bañada y con los zapatos lustrados, pero no apareció y él me acompañó hasta la noche afuera de la casa sentada en la piedra, mirándome como lloraba . Al otro día apareció por la casa y cuando se acercó me dijo que metiera la mano en el bolsillo de su chaqueta gigante,  y ahí estaba " el amarillo" mi gato peludito y suavecito.
-Ese gato se te va a morir niña dijo mi abuela cuando lo vio muy chiquito como una bolita de lana- dile al chino que se lo lleve de vuelta mejor.


Sin embargo yo no se lo devolví y el gatito tampoco se murió.

Unos años después, cuando la abuela enfermo de loquería y me fui a vivir con mis padres , dejé de ver a mi amigo; y aunque hubo ocasiones en que se acercó a la casona para mirarme de lejos, ya no hubo tardes de camarones , y las caminatas a cazar perdices fueron más esporádicas. Mi mamá no quería que el se acercara a la casa ni a mi, él lo sabía , así es que a veces me esperaba camino de la escuela, traía de regalo ciruelas pintonas, me llevaba la bolsa de cuadernos, me dejaba afuera de mi casa y sin decir palabra se alejaba . Hubo veces en que me dejó pequeños obsequios en el jardín de la casona entre las abundantes plantas. Cuando me fui de la casa de la abuela, también me llevé a mi gato " el amarillo" que él me había regalado casi recién nacido, vivió conmigo muchos años hasta que un día ya no volvió de sus andanzas. Dicen que cuando los gatos sienten muy de cerca la muerte, simplemente se alejan para morir solos. Capaz que fue lo que le ocurrió a " el amarillo"…
En esos días también llegó a vivir al pueblo la familia del Eduardo, era compañero de colegio y amigo de mi hermano. Íbamos a jugar a su casa y él y sus hermanas iban a la nuestra, yo tenía amigos nuevos y poco a poco me fui alejando de mi inseparable compañero "El Chino ". Una vez mientras jugábamos en la casa del Eduardo vi a mi amigo mirando desde la calle, cuando lo miré el levantó un poco su mano para saludarme, quise correr a saludarlo pero titubié por unos momentos, mis amigos seguro se burlarían de mi, esos momentos de indecisión fueron suficientes para él, porque cuando volví a verlo ya no estaba. Entre a estudiar a un colegio de monjas y ya no tenía tiempo de andar aventurando, ni cazando conejos , ni disparando la onda . Quería ser escritora no cazadora.
Fue en mi cumpleaños número doce en que vi por última vez a mi amigo. Ese día había muchos invitados en la casa , y yo lo había invitado también a el , sabiendo eso si que no se aparecería. Sin embargo esta vez fue diferente, el llegó muy cerca de la casa y se detuvo a esperar que yo saliera, sin embargo los niños invitados lo vieron antes que yo, y encontraron divertido molestarlo gritándole y lanzándole piedras. Cuando escuché los gritos salí a mirar y lo vi parado frente a ellos. Quise acercarme a decirle que podíamos entrar pero ya no era posible , el estaba muy enojado. Se había quitado su viejo sombrero y lo sostenía con rabia en las manos, su larga cabellera la tenía por los ojos que brillaban de rabia. Aunque vestía su ropa de siempre al acercarme a su lado sentí el olor del shampoo en su cabellera , el Chino ya no era un niño, por primera vez me di cuenta que era un adolescente y que pensaba también como un hombre grande. Me acerqué y me miró con los ojos brillantes, me entregó una pequeña jaula hecha de palitos sin decir palabra, desde dentro un conejito me miraba alegremente, intenté tomarle la mano como lo hacía tantas veces cuando lo veía molesto, pero la quitó y se alejó dándome una última mirada entre triste y enojado . Nunca mas lo vi, se fue de mi lado y no volvió.

Un día amanecí con pena y me dio nostalgia de su compañía, tomé la bici y fui a su rancho para verlo, estuve mucho rato parada en la puerta de palos que había a la entrada de su casa , y nunca apareció, aunque se que estaba en la casa porque su perro "silencio" que nunca se alejaba de él ,me miraba desde la puerta con un ojo abierto, "El Chino" simplemente no quiso volver a verme y con algo de pena me alejé también.
Mi vida había cambiado radicalmente, en el nuevo colegio conocí niñas de mi edad, con ideas y vidas diferentes, poco a poco fui olvidando a mi primer y mejor amigo . Y aunque a veces cuando me sentía sola me acordaba de él , al poco rato ya lo olvidaba. Pasaron los años y "El Chino" desapareció definitivamente de mi vida , aunque cada cumpleaños mío, siempre aparecía un regalo desconocido en la puerta de la casa y yo sabía que era de el, nunca lo dije porque mi mama era capaz de ir a su casa y hasta golpearlo, así era ella y nada se podía hacer para cambiarla.
Cuando me vine a vivir a Santiago no regresé a mi pueblo nunca más , mi mamá dijo que vendríamos por poco tiempo y nunca hubo retorno, el pueblo y sus callecitas con sus viejas casas antiguas, y ese peculiar y fragante aroma de los naranjales en flor, pasó a ser parte de misrecuerdos atesorados mágicamente en mi memoria. Los años y el tiempo pasan inexplicablemente demasiado rápido , y aunque nuestras historias son muchas, hay recuerdos especiales que quedan ahí guardados para siempre .
Hoy casi cuarenta años después de haberme alejado de mis lugares de infancia y esa pura y limpia adolescencia , vuelvo otra vez, ahora acompañada de mi pequeña gran familia. Nada ha cambiado , solo un par de casas de más y varios rostros desconocidos para mi.
A recorrer salimos un día esas serpenteantes callejuelas llenas de nostalgias que parecen perderse en la distancia, allí los míos llenos de preguntas gozaban de la belleza y del paisaje de mi tierra. En uno de esos días, recorriendo esa larga calle donde viví mi infancia , corriendo tras los conejos, sacando camarones y buscando niditos de pájaros, vi una hermosa y blanca casa entre eucaliptos y árboles frutales que no recordaba de antes, un par de sauces llorones con un pequeño puente de madera a la entrada, cruzaba una pequeña acequia donde corría veloz el agua clara, y lo más hermoso un camino de "chinitas" que adornaban el gran jardín desde la puerta de entrada hasta el mismo corredor de la casa . Lentamente fui reconociendo el lugar, era mi campo de correrías en esos años de infancia, y volví a recordar a mi amigo , ese que nunca volvió.
Ensimismada en mis pensamientos recordando mis años de esa infancia feliz y despreocupada, no sentí que a mis espaldas se había estacionado una gran camioneta blanca, su conductor me miraba fijamente desde dentro, mientras yo me retrocedía lentamente a un lado para darle el paso. Tras el vidrio del parabrisas unos ojos pardos bajo el ala de un sombrero gris, y una melena de largo cabello oscuro se clavaron en mi. Pasó lentamente a mi lado sin quitar los ojos de los míos, nada había cambiado su mirada era la misma. Por unos segundos volví al pasado, estacionó su vehículo en el fondo de la gran casa, tardó unos minutos en bajar quizás tan sorprendido como yo, cuando lo hizo y caminó lentamente hacia mi reconocí en el su figura y su forma de caminar… nada había cambiado, solo faltaba su gran y larga chaqueta ; y pude sentir por unos momentos su silenciosa voz que me hablaba .
"El chino" era aún mi amigo y pude darme cuenta que aunque yo lo había olvidado , el seguía estando en mi vida ….como un espejo del alma…..

(c) Dolores González Opazo
Santiago de Chile
Dolores González Opazo es chilena, nacida en Villa Alegre pintoresco pueblo de la séptima región, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda, que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres , tradiciones , cuentos y leyendas de su tierra. En el año 2015 Revista Archivos del sur publicó su cuento " Chicha de manzana " y en el mismo año ganó el concurso "Líneas de vida " con el cuento " Natalia historia de una desconocida ". En el año 2016 Revista Archivos del sur publicó el cuento " El velorio del angelito". Trabaja como bibliotecaria, además de hacer lo que más le gusta escribir. Entre libros se siente a gusto y goza con cada letra que llega a sus manos. Casada con 2 hijos y una nieta a quienes ha inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía. Radica actualmente en Santiago de Chile.

El cuento Espejo del alma fue enviado por Dolores González Opazo para su publicación en la revista Archivos del Sur

miércoles, 25 de mayo de 2016

Campos de lluvia - Araceli Otamendi






Íbamos a mucha velocidad, él conducía. Primero por calles asfaltadas hasta salir de la ciudad, luego, el auto se desplazaba por la autopista, corría. Edificios, carteles llamativos, luminosos, luces encendidas en la neblina.
Un día de semana lleno de ocupaciones, de trabajos, obligaciones, llamadas telefónicas, mensajes, sms, timbres, personas, autos, colectivos, trenes, aviones, barcos, lanchas, ¡cuántas cosas! ocupaban nuestros días. Éramos jóvenes, muy jóvenes cuando salimos a la ruta, ¿a cuánta distancia estamos?
pregunté. Pero él, apurado por llegar a destino, aferrado al volante, no me escuchaba, entonces yo miraba a través de los vidrios del auto los terraplenes, el tren en las vías casi paralelas a la autopista, después cruzándose, con las caras de las personas, pasajeros asomados también contra los vidrios de las ventanillas. Eran caras ajenas, con la pereza despejada de los rostros que se disponían a llegar al trabajo. Ya era la media mañana.
El cielo gris se había convertido casi en negro, algunos nubarrones, algún trueno lejano, el olor de la tierra mojada, pájaros que volaban rápido anticipaban una tormenta. Le pedí a él que nos detuviéramos en algún bar de la ruta, que no siguiéramos por la autopista congestionada, donde otros autos también veloces cruzaban el carril, apurados por llegar. Nos detuvimos en el peaje y empezó a llover. Y mientras él pagaba al hombre de la casilla del peaje y extendía la mano para recibir el vuelto yo veía estrellarse las gotas de lluvia en el vidrio, gotas espléndidas como cristales se deshacían brillantes, una gota se transformaba en varias, en cientos de otras gotas y después en agua hasta bajar nuevamente desplazándose por el metal del auto. Yo iba pensando en no sé qué cuento que escribiría o había terminado de escribir. Él seguramente en alguna otra cosa. La música de la radio emitía algunos sonidos como instrumentales, la voz de algún locutor la interrumpía de vez en cuando. Ya habíamos avanzado algunos kilómetros después del último peaje.
El cielo se había convertido en un telón de acero gris, de vez en cuando algún pájaro se cruzaba a la altura del auto. Habíamos dejado atrás los edificios, las calles de asfalto, los símbolos mas representativos de la ciudad. Y fue entonces cuando los vimos: eran caballos, caballos oscuros, erguidos, elegantes, de piel lustrosa, trotando por un campo verde, de pasto muy verde y mojado, un hombre los hacía trotar. El auto se detuvo ahí y los dos nos quedamos adentro, mirando los caballos a través del vidrio del parabrisas.
Apagué la radio. Los animales se desplazaban alrededor de ese campo mojado, de forma circular como una pista de circo. Eran varios. Y cada vez los caballos trotaban más y mejor, la piel brillante, las crines alborotadas, después al galope. Nos quedamos mirando en silencio ese espectáculo luminoso, tan bello, tan fantástico que como un sueño había irrumpido así en medio del paisaje. Al fondo, entre los árboles, alguna oscuridad. Y los ruidos, los ruidos del campo, gritos de pájaros, el balido de alguna oveja, el mugido de las vacas, algún chimango. Todo eso nos entretuvo, perdimos la noción del tiempo, ni siquiera teníamos ganas de comer. Detrás del vidrio éramos como dos fantasmas que en un cine, detrás del telón, miran pasar la vida mientras los espectadores disfrutan de un film y ellos no están ni en uno ni en otro lugar. Por la oscuridad, supimos que había llegado la noche. Los caballos se retiraron del campo de lluvia al trote, conducidos por el hombre, seguramente un cuidador. Los ruidos de los animales, de los pájaros, se habían convertido en otros, algunos más chillones, como indicando algo, algún aviso, alguna contraseña para los de su especie. Y nosotros, después de ese espectáculo tan animado, tan bello de esos animales trotando, continuamos el viaje, nuestra ruta, nuestros días, nuestras noches, como siempre, un poco más cansados, con más días a cuestas, con teléfonos, celulares, autos, colectivos, edificios, trenes, carteles luminosos vendiendo productos, ruidos, música, obligaciones, cuentas, trabajos, imágenes, hasta una nueva mañana.

© Araceli Otamendi



domingo, 17 de abril de 2016

Parafraseando Réquiem por un mundo desfallecido - Javier Claure Covarrubias

Javier Claure C.
Tío de la mina
ilustración de Sandra Berg Mozard


Todo era transparente a mi alrededor. Yo estuve en el vientre de mi madre nadando en el líquido amniótico durante varios meses. Yo era rebelde desde mi gestación. A veces me daba vueltas como un astronauta. Otras veces, me desplazaba hacia la izquierda provocando una leve punzada. De pronto llegaron las contracciones, mi madre pujaba con fuerza y lágrimas caían por sus mejillas. Finalmente rodó la envoltura, y llegué a este mundo de alegrías y de dolor.
Yo nací en un lugar en donde las palliris, a la intemperie, martillan y martillan las piedras como Penélopes del altiplano; para encontrar el dorado de sus sueños. Pero en el dobladillo de sus polleras encuentran las cruces de su existir. En ese mismo lugar misterioso, plateado por el estaño, sale el Tío de la mina, todas las noches, con su farolito rojo amarillo verde. Corre por la calle Junín, y cuando llega a la altura donde se encontraba la cruz verde grita a los cuatro vientos. Apunta con su dedo a los malhechores y se ríe a carcajadas. Pero también multiplica, con su varita mágica, la alegría en los Carnavales.
Yo no soy de medias tintas, me gusta que vean la carne de mi rostro. Por eso he blasfemado contra la monarquía, ladrones sin causa. Yo sufro de esa enfermedad que se llama mal de boca con fundamento. A mí que no me vengan con cartas falsificadas, con abogados delincuentes ni cálculos mal hechos. Porque yo soy la bulla que saca puntas a la verdad. Soy ácido sulfúrico ante el delito, y mi flecha rompe la palabra oculta en cada lengua. De haber sido un pajarillo manzanero, he pasado a ser un pajarraco juicioso y capaz de dar forma al roble, capaz de quitar el último deseo que anhela la maldad. Entonces mi acción es simple. Cada madrugada, en verano y en invierno, abro mi ventana y echo a volar golondrinas, de todo color, con la única esperanza de que reine la Paz en la Tierra, de que se cante por fin el feliz cumpleaños. Y, sobre todo, para que nunca más se repita la historia en Juffure, de donde salió, a latigazos, el joven Kunta Kinte. África es una hermosa corona ancestral, un corazón abierto lleno de secretos. Y desde Senegal, el impresionante monumento del renacimiento africano, ruge como león para desafiar a los invasores. Yaa Asantewaa, Lumumba y Mandela sembraron estrellas en el continente africano.
Nadie se atrevió a decir la verdad, todos se ocultaron detrás de la mentira. Pero en realidad, no hubo silencio. Los dardos viajaron por su camino, las secuelas colaterales de la Unión Europea se pusieron sobre la mesa, y un camión permaneció volcado dentro de un enorme cilindro metálico. Sin embargo, ayer a las dos de la tarde, pasó el cartero por mi casa con un serrucho en las manos. A mi vecina, a esa guapa mujer de Eritrea, le serruchó todas sus cartas. Al libanés, ese hombre serio que dicen que ha estado en la guerra de su país, sin más ni más; le serruchó su puerta. Y a mí me tiró por el buzón: un ramillete de poemas fosforescentes. Y cuando la noche se hincaba respirando como una serpiente recién nacida, el arcángel partió el útero de la Pachamama, para despojar del mundo y de sus habitantes toda esclavitud, toda cadena impuesta por los más fuertes y todos los tabúes que no dejan actuar a los seres humanos. Así la media noche se convirtió en un pájaro en llamas con las alas abiertas. Y por caer fuego como lava desbordada, las ánforas giraron 360 grados. Se ejerció la correlación de fuerzas y los juicios hablaron por sí mismos.
Pero … ¿Por qué esos ataques de furia mostrando su ejército en las fronteras? ¿Por qué esa disertación putrefacta? Por más que quieran, no pueden. Por la rotunda victoria de Evo y su gobierno en la Haya. El tiempo y el avance de la humanidad es el factor clave para reparar una injusticia continental. El tiempo es un caballero de cien mutaciones y la polilla que muerde los recuerdos. Precisamente en el transcurrir del tiempo, en un punto geográfico determinado, Mariama Diallo, estuvo poseída por el gran deseo de su corazón. Fue, entonces, cuando su vestido adivinó lo prohibido desmoronando cualquier partícula. Sus elipses cayeron a la chúcara geometría y un suave quejido, ocasionó el efecto candado. Pues digan lo que digan, allí estaba ella como una sola palmera.
A todo esto ¿Cómo explicar a la manada de osos polares que se derriten los montes de hielo? Y que el mar se comerá a muchas ciudades. ¿Cómo explicar al efecto invernadero que vivimos enfermos de consumo? Como si fuese el sexo de cada día, como si la energía fuese interminable. En fin, todo ocupa un lugar en el espacio: una caja de chocolates de dos pisos, finito. La secuencia de números primos, infinito. Y donde aman la vida con pasión, no existe el odio ni las guerras. Más allá de la raya, una lavandera orea las suciedades de la dueña de casa.
Y ahora llegó el adiós despuntando en la vía férrea. Te invito a meditar sobre el adiós. Para unos puede ser una breve pausa y para otros un boleto al otro mundo. Adiós porque no conoces el vocablo perdón, porque tu movida se impregnó de lo fúnebre y el portón se cerró con plomo fundido. Al otro lado, ese cuerpo llorón y solitario se acuchilla cada noche por su pecado a flor de piel. Adiós con letra serpiente, con hormigas sobre tu cabeza y con esta mirada acusadora. Todo es adiós: el futuro es adiós, la comida es adiós.

 

 

* El apelativo de palliri viene de la palabra quechua "pallar" que significa recolectar. La palliri es generalmente una mujer que escoge, a martillazos, el mineral de las rocas.
* Pachamama: Madre Tierra

(c) Javier Claure Covarrubias

Estocolmo
Suecia

Javier Claure Covarrubias nació en Oruro, capital folklórica de Bolivia. Es miembro del Pen-Club Internacional, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Oruro (UNPE) y de la Sociedad de Escritores Suecos. Ejerce el periodismo cultural. Tiene poemas y artículos dispersos en publicaciones de Suecia, Bolivia y en diferentes sitios de Internet.
Fue uno de los organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa (Estocolmo, 1991).
Ha estudiado informática en la Escuela Real de Tecnología (Kungliga Tekniska Högskolan) y en la Universidad de Uppsala. También estudió matemátias en la Universidad de Estocolmo, casa de estudios donde además obtuvo una maestría en Pedagogía.
Formó parte de la redacción de las revistas literarias "Contraluz" y "Noche Literaria". Algunos de sus poemas han sido seleccionados para las siguientes antologías: "El libro de todos" (1999), "La poesía en Oruro" (2005), "Poesía Boliviana en Suecia" (2005), "Antología comentada de la Poesía Boliviana" (2010) y "Antología de la poesía universal, poetas del siglo XXI" (2010). Forma parte del "Diccionario de autores orureños" (2007).
Ha publicado "Preámbulos y ausencias" (2004), "Con el fuego en la palabra" (2006) y "Extraño oficio" (2010). En 2014 publicó el libro "Réquiem por un mundo desfallecido.



sábado, 16 de abril de 2016

El hombrecito de la fortuna amorosa adversa -Facundo Yedro



Facundo Yedro

 
En la ciudad de Agranama, en los tugurios de mala reputación suele recordarse, con cierto aire melancólico la historia del matemático Gentile, el hombrecito de la fortuna amorosa adversa. Según cuentan, la tragedia del amor solo incurría, irónicamente, luego de un beso. Como un desatino cruel, cada ósculo acompañaba el dramatismo del olvido permanente. En ciertas ocasiones, la madrugada lo encontraba retirando su boca de alguien que no recordaba quien era. Y las muchachas entre sollozos y lamentos creían que aquel padecimiento no era más que una indecorosa puesta en escena para no incurrir en los miserables actos de encuentros persistentes.
En el barrio, el deseo de mantenerle oculto aquella afección había sido siempre la principal tarea de su familia. Concluían que la ignorancia siempre atrae la dicha y, como contraposición, lo que se nos revela solo ocurre para acercarnos un poco más al infortunio y la desgracia. Por ello, solo se remitían a ofrecerles respuestas engañosas cuando preguntaba que era besar y porque jamás acaso había experimentado aquella sensación. Sin embargo, las tareas habían resultado infructuosas, en parte por las malas maniobras de algunos vecinos dotados con la torpeza, que se sobrepasaban con comentarios desafortunados:
- ¡Ahí va el besador sin memoria!
Sin más remedios, la familia confesó el mal que lo aquejaba. A partir de conocer su lúgubre destino, Gentile, optó por tomar drásticas decisiones. Comenzó a besar a aquellas muchachitas a las que encontraba poco atractivas y cuya consecuencia de olvido no le generaría tanta desdicha. Con el tiempo llegó a dos conclusiones, la primera que la maniobra resultaba indiferente ya que igualmente jamás recordaba los encuentros, la segunda era que en el barrio habían comenzado a asignarlo dentro de la nómina de personas que mantenían relaciones amorosas esporádicas con mujercitas poco agraciadas:
- ¡Ahí va el bichero!
Solo algunas veces, de puro comedido que era, arremetía a favor de un amor que creía venturoso pero luego recaía nuevamente en los crueles asuntos de la amnesia permanente. Lo que si advertía, y de eso estaba seguro, era que jamás había realizado un contacto con Laura, la chica de la vuelta que tanto anhelaba. Sus silogismos se valían de deducciones realizadas por el simple acto del recuerdo. Cada día podía evocarla casi desde el primer momento que la había observado. Todas las noches antes de dormir rememoraba eventos en las que ella estuviera presente, y al hacerlos concluía que ese día no la había besado. Lo que le generaba sentimientos polarizados, sabiendo que sostenía la gracia del recuerdo pero el infortunio del desamor, algo frecuente en las pasiones no resueltas.
Paradójicamente la leyenda sugería que Laura también guardaba en ella un poder que la alejaba de algunos amantes: sus besos generaban en la otredad la imposibilidad del olvido. Cada enamorado, atraído por los ávidos deseos, permanecía para siempre solo pudiendo recordar aquel suceso. Suárez, el publicista de la ciudad, había sido uno de los primeros afectados por la consecuencia de los arrebatos amorosos. Según comentaban en el barrio, los padecimientos fueron tales que la única solución que encontraron para erradicar el mal era someterlo a una intervención quirúrgica para extirpar la región de los recuerdos. Pero Suárez nunca asistió a la cirugía, quizás porque jamás pudo recordar el día y la hora de la operación.
Gentile proyectaba cálculos matemáticos de probabilidades de recuerdos y olvidos, estudiaba la composición química del beso, realizaba operaciones para determinar la energía de las pasiones, la materia de la indiferencia, el tiempo y hasta el espacio del desengaño. Toda su rutina estaba avocada a lograr predecir qué sucedería si sus labios de amnesia se unieran a los de remembranza de Laura. Algunos compañeros le aconsejaban que se olvidara de ella y él le contestaba que la única forma de lograrlo era besándola, pero ello generaría un recuerdo permanente por la maldición de su vecina, una amnesia recordatoria con consecuencias devastadoras sin precedentes.
Una madrugada, luego de regresar de algún sitio que no recordaba exactamente, Gentile se percató que una silueta de alguien parecida a Laura se acercaba en dirección a su casa. Como una especie de amante clandestino lo asaltó el pánico y corrió en círculo durante unas tres o cuatro vueltas. Finalmente el cansancio lo encontró recostado sobre el asfalto, jadeando, mientras Laura pasaba a su lado sin siquiera percatarse de él.
La leyenda cuenta que un día Gentile, finalmente, dejó de reconocer quien era esa muchachita de la vuelta de su casa y nunca más la pudo recordar. Algunos desconfiados aseguran que eso fue tan solo una lastimosa maniobra, dispuesto a convencerse que algunos falsos relatos suelen ser preferibles a la fatalidad del amor no consumado.

(c) Facundo Yedro

Río Cuarto

Provincia de Córdoba

República Argentina



Facundo Yedro (28), de profesión Odontólogo. Desde el año 2013 asiste al Taller Literario Municipal de la localidad de Coronel Moldes, Córdoba. Obtuvo el primer premio en Concurso Literario organizado por la Sociedad de Escritores de Rio Cuarto, en diciembre de 2014. Participó en la edición de dos libros del taller municipal, Encuentro en cuentos (2014) y Letras de Moldes (2015). Ha publicado cuentos en el diario Puntal y en la revista El Decidor. Disfruta de la lectura de Julio Cortázar, Ray Bradbury, Alejandro Dolina, García Márquez.








sábado, 19 de marzo de 2016

Recaló en Buenos Aires - Araceli Otamendi







                                  "Hay que ayudar al poeta"

                                        Armando Buscarini


La tarde de un bochornoso 12 de febrero, de un año del siglo XXI, entré a un bar de la Avenida Paseo Colón. Había un sol rojo en el cielo y nubes blancas con formas de animales, hacía demasiado calor para andar por la calle. Me senté cerca de una ventana, y puse los tres libros que traía, en la mesa. Uno de ellos, era de Armando Buscarini, el poeta bohemio y pobre que había sido concebido en Buenos Aires, hijo de una mujer española que había venido a buscar suerte a esta ciudad y un marinero italiano de apellido Buscarini, al que jamás había vuelto a ver.
La camarera que atendía las mesas, una mujer joven, bonita, de pelo y ojos oscuros, vestida con pantalones negros, remera y un delantal rojo y negro, se acercó a la mesa. Pedí un café cortado y una jarra de agua con hielo. Ella miró los libros y sonrió. Hablaba con acento castizo, venía de Madrid y hacía dos años que estaba trabajando en Buenos Aires.


- ¿Armando Buscarini? - preguntó señalando el libro

- Sí - dije. Es un libro de poemas ¿lo conoce?

- Claro, aseguró

Y luego se largó a contar una historia que parecía cierta, aunque no sé, me quedaron dudas. Ella, mejor dicho su madre era pariente de la madre de Armando Buscarini, el poeta bohemio, maldito y pobre que había muerto enfermo en un manicomio.

- ¿Ha leído sus poemas? - le pregunté

- Sí, por supuesto. El no ha tenido suerte cuando vivía y ahora es famoso.

La chica me dijo que había venido a probar suerte en Buenos Aires, que aquí había posibilidades y que vivía en una pensión.
Me imaginé a la madre de Armando Buscarini cuando llegó al puerto, luego a la ciudad, buscando trabajo y se encontró con el marinero, después padre del poeta.
Pero la chica tenía los ojos oscuros y brillantes como escarabajos, era alegre y atendía las mesas con rapidez. No me pareció que corriera la misma suerte que la madre del poeta.
La puerta del bar quedaba entreabierta cuando entraba o salía alguien, y el vaho caliente de la tarde entraba al lugar, no era suficiente con el ventilador de techo que apenas alcanzaba para refrescar el ambiente.
Mientras tomaba el café, pensaba en el poeta que vendía sus opúsculos poéticos por la calle, le escribía a Rafael Cansinos Assens, y amenazaba con quitarse la vida a los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, si no le ayudaban.
La camararera se acercó a mi mesa, quedaban solamente una o dos personas en el bar, y me comentó que ella era de Madrid y que su abuela había vivido en Rosario y en Buenos Aires en una época y que había vuelto a España y sabía que era pariente de la madre de Armando Buscarini. Luego le pregunté el apellido y me dijo, entonces me di cuenta que yo también podría tener un parentesco con ellas y con la madre del poeta, porque un tío de mi madre había vivido también durante la misma época en Rosario y en Buenos Aires y se había vuelto a España para no volver más. Y el apellido era el mismo ¿casualidad?
Cuando terminé de pensar en todo esto, la camarera estaba atendiendo otra mesa y yo me dedicaba a leer los libros de poesía que tenía, especialmente el de Buscarini.
El poeta tenía treinta y cuatro años cuando murió, enfermo de tuberculosis, en un manicomio.
Imaginé a Rafael Cansinos Assens cuando respondía las cartas de Armando Buscarini, y recordé las palabras de Jorge Luis Borges cuando hablaba de Cansinos Assens, un periodista y escritor notable y pobre materialmente, que convivía con cientos de libros apilados en su casa.
Le pagué el café a la chica de acento castizo y salí del bar. Eran casi las seis de la tarde.
Llevaba el libro de Armando Buscarini en la mano, junto a los otros dos. Caminé dos o tres cuadras hasta la avenida Brasil y crucé hasta el Parque Lezama. Algunos pájaros volaban entre los árboles y cantaban. Mientras seguía caminando la frase de Armando Buscarini resonaba en mis oídos:

"Hay que ayudar al poeta".

(c) Araceli Otamendi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires



 

martes, 1 de marzo de 2016

El velorio del angelito - Dolores González Opazo

El velorio del angelito  

A Laurita

    Tenía siete años cuando a mi familia llegó un nuevo integrante. Pequeñito con un mechón de cabello que caía sobre su frente, ojitos muy negros como dos brillantes aceitunas y de largos deditos que sacaba por entre los orificios de su blanco chal, tejido delicadamente por las manos de mi madre. Siempre estaba muy calentito y yo me pasaba las horas contemplándolo arrodillada al costado de la cama, tocándole con la punta de mis dedos sus manitas, y mirando esas margaritas que se hacían en sus mejillas al sonreír.
Yo vivía con mi abuela algo alejada de la casa de mi madre , por esa razón contaba los días con ansias marcando el calendario, para que llegara el fin de semana pa partir y contemplar a la guagüita nueva, esa que había alegrado la gran casona con su llanto desde su llegada. Su olorcito a esa crema de guagua y su piel suavecita y tibia, me llenaban de un gozo inexplicable y podía estar a su lado contemplándolo , sin apenas respirar, solo gozando de su compañía durante largo rato. Era hermoso el Guido y yo lo quería con un cariño entrañable.
El Guido había llegado para traer alegría y paz a nuestra casa, desde su llegada, habían desaparecido los gritos chillones de mi madre y las palabrotas de mi padre. Su llanto suave e inocente se confundía con los cantos de las pequeñas golondrinas, que habitaban el florido árbol de camelias del jardín.
Pero un día al volver de la escuela, encontré a la abuela esperándome en la puerta de la casa, muy triste y algo llorosa, ella era de pocas palabras y entre murmullos me dijo:

- Güeno chiquilla , tomate unos mates y sácate el delantal y vamos pa tu casa porque el Guido se jue pal cielo - y no dijo nada más. Así era ella solo hablaba lo justo y necesario.

- ¿Y porque se jue pallá abuela? - dije extrañada sin entender - mi mamita se va a enojar - agregué preocupada y algo triste .

Pensé preocupada que eso quizás significaba que ya no volvería a verlo, el cielo podía tal vez ser un lugar lejano.

- ¡Güeno se jue pallá no más poh , allí van a parar los angelitos¡ - respondió la abuela con la voz agria , mientras murmuraba algo entre dientes.

Luego tomó ese su chal negro, el que se ponía pa algunas ocasiones y me agarró de un ala , yo persiguiéndola sin entender que era lo que pasaba y ella caminando rapidito murmurando quien sabe qué cosas, y yo de atrás casi corriendo pa no quedar sola en el oscuro y solitario callejón Villalegrino.
Pasamos a tranco largo la oscura alameda y llegamos a la casona iluminada ya entrada la noche, la abuela pasó derechito pa ver a mi mamita, que dijeron estaba algo enferma , y yo me quedé parada en medio de una habitación llena de gente, que alrededor de un gran brasero conversaban en voz baja. Había llovido y el frío calaba los huesos, por eso la nana Isabel se encargaba de entibiarles las tripas con mate a algunos ,y a otros con un tibio tazón de vino hervido con naranja.
Ahí no más fue cuando me di cuenta que, en la otra punta de la pieza había una mesa con una sábana blanca y encima de ella una sillita de mimbre también blanca. Sin embargo lo más terrible, fue ver que sentadito en esa silla, estaba mi hermanito el Guido , con sus dos manitas juntas y un par de alitas de suaves plumas, que salían de su espalda.
Al verlo los pensamientos se me entrecruzaron , no lograba entender porque lo tenían ahí tan solito y con tanto frío, al ver mi desconcierto la nana Isabel se acercó y me dijo abrazándome:

-El Guidito se jue pal cielo mi niña - y se tapó la cara con sus manos . Y la sentí sollozar bien bajito- ¡pobrecito el angelito ¡– murmuro entre lagrimones.

Yo lo miraba una y otra vez, y despacito lo llamaba por su nombre, casi murmurando muy bajito como pa no despertarlo, sin embargo él estaba muy quietecito y pálido casi transparente, parecía dormir plácidamente y nunca abrió los ojitos, ni volvió otra vez a sonreírme como antes.
Me acerqué y le tomé una de sus manitas, estaba muy helada, acaricié por unos momentos sus largos deditos, con sus uñitas pequeñitas y algo moradas, con la esperanza que lo que estaba ocurriendo no fuera nada malo.
Debe tener frío- pensé - habría que abrigarlo. Y me quedé apegadita a él como pa darle mi calor con su manito tomada entre las mías.
Aquella noche nadie durmió,la gente se la pasó contando cuentos de espíritus vagabundos, y comiendo de la cazuela que había hecho la nana Isabel entre puros lagrimones.
Yo en medio de ellos, no sacaba la mirada del Guido, de vez en cuando me acercaba a su lado y lo tocaba. Como estaba tan helado pensé en sacarlo de la silla y tomarlo en mis brazos, para acercarlo un ratito al brasero y calentarlo, ya que no dejaba de pensar que quizás tenia frío. Pero luego desistí por temor a que se le rompieran sus alitas y mas tarde no pudiera volar pal cielo.
Durante la noche el sueño me venció y por unas horas me olvide del Guido, sin embargo ya de mañana desperté sobresaltada, acurrucada en el negro sillón felpudo. Apenas abrí los ojos me acordé que mi hermanito tenia que volar y casi corriendo salí en su busca. Por el camino choqué con la Nana que con los ojos hinchados, preparaba el desayuno pa todos los que dormitaban alrededor del brasero.
- Nanita - dije - es mejor que el Guido no vuele na pal cielo


- Tranquilita,hay que dejarlo que vuele como un pajarito- dijo moviendo las manos imitando a un pájaro- va irse pal cielo mi niña hay que dejarlo nomá.
- Es que yo creo que mi mamita va a enojarse dije.

- Ya mi chiquillita queese tranquilita déjelo así no más repitió la nana Isabel, mientras se limpiaba, los ojos y la nariz con la manga de su chaleco.


A la hora del almuerzo quise comer a su lado, pero me llevaron pa la cocina, comí ligerito y cuando volví pal lado de él, recorrí la mirada por la pieza, y vi que el Guido ya no estaba sentadito y pensé que ya había volado. Asustada y llorosa corrí por la casa pensando como era que el angelito, hubiera volado sin esperarme. Y lo encontr , estaba dentro de una pequeña caja blanca con adornos dorados. Lo miré unos momentos por entre el vidrio y me di cuenta que nada bueno estaba ocurriendo, la gente lloraba mucho y escuchando escuchando entendí que el Guido se había muerto.
Mi mamá estaba sentada con las manos sobre la caja, llorando sin ruidos, murmuraba algunas palabras que no pude entender y tocaba repetidamente la blanca madera de la caja. La vieja Rumilia que lavaba los pañales del Guido, comenzó una especie de rezo cantadito y lloroso, las mujeres gemían lastimeramente y yo aferrada de la mano de la nana Isabel, sentía un dolor aguijoneante en mi corazón. Ya no volvería a ver a mi hermanito.
Comenzaron los preparativos y yo continuaba vagabundeando por la casa sin entender lo que ocurría. Me agarraron del brazo y nos pusieron en una fila pa emprender la caminata.
Mi hermano mayor llevó la cajita junto a tres primos hasta el cementerio, y a mi me pasaron una cruz blanca que llevé orgullosa delante del cortejo.
Habíamos caminado un par de metros cuando escuché a mi mamita gritar que no se lo llevaran. Quise devolverme con él, pero alguien me tomó del hombro y me empujó suavemente, pa que siguiera avanzando. Íbamos lejos de la casa y aún se podían escuchar los gritos y el llanto desgarrador de mi madre .
Al llegar al cementerio , ya no pude aguantar más y sentada encima de una tumba de tierra, con las sucias manos tapando mis ojos lloré, al ver que colocaban sobre su cajita sus blancas alitas y luego echaban tierra encima de ellas. Cuando todo acabó, quise esperar para verlo volar, pero no pude hacerlo, mi papá nos tomó de una mano y nos llevó en total silencio de vuelta pa la casa.
Ese día fue mi primer encuentro con la muerte, la que vendría muchas veces más a mi vida, para llevarse en cada viaje algo de mi, y dejar en cada una de sus visitas un profundo vacío en mi corazón.
Pero yo no lo olvidé y tiempo después, una tarde le pregunté a la abuela por él. Ella respondió que después que lo habíamos dejado, él había volado hasta el cielo para encontrarse con los otros angelitos, que había en el mundo.


-¿Y aonde anda ahora abuela? dije algo triste y llorosa .

-Esta allá poh dijo apuntando con el dedo a una estrella pequeñita, que brillaba levemente al lado de las tres Marías,- ahí ta tu hermanito mi niña ¿lo veis?-


Sé que el angelito al emprender su vuelo aquella tarde, se llevó con él parte del corazón de mi madre, se llevó los días de alegría y de refulgente sol que había traído a nuestra casa, se llevó la esperanza de arreglar los nubarrones que hacia tantito rodeaban la vida familiar, se fue con la ternura y la pureza que faltaba en nuestra casa y que nos había invadido con su breve estadía, y definitivamente partió también con un poco de mi alma.
Sin embargo sé también, que cuando estoy triste y algo melancólica puedo esperar la noche y elevar mis ojos, para buscarlo en el azul profundo del cielo estrellado, y encontrarlo allí sonriéndome como siempre desde su pequeña y luminosa estrella ,allí lo veo guiñarme un ojito desde lo alto y entregarme con su sonrisa de siempre el valor que de tanto en tanto parece abandonarme. Y yo desde aquí, con una pequeña lágrima de agradecimiento sonrió y levanto mi mano, para a cambio enviarle un beso y decirle despacito….

…….te quiero angelito ……..      


 

(c) Dolores González Opazo

Santiago de Chile
 

Dolores González Opazo nació en Villa Alegre pintoresco pueblo de la séptima region de Chile, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda, que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres, tradiciones, cuentos y leyendas de su tierra.
En el año 2015 la revista Archivos del Sur publicó su cuento "Chicha de manzana " y en el mismo año ganó el concurso "Lineas de vida " con el cuento "Natalia historia de una solitaria".
Trabaja como bibliotecaria, ademas de hacer lo que más le gusta, escribir . Entre libros se siente a gusto y goza con cada letra que llega a sus manos. Casada con dos hijos y una nieta a quienes a inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía.