miércoles, 17 de abril de 2019

Ahora soy Chévere - Araceli Otamendi




En mi otra vida me decían Nijinsky, soy o era el gato de la bailarina,
Diana.
Me había ido por ahí, a deambular por el barrio, como siempre, a tener
aventuras, correr por los techos, nunca creí que no volvería a verla. Desde
las terrazas podía ver muchas cosas, me resguardaba de los autos, podía
observar mejor la calle. Además esquivaba los peligros que tienen los
gatos, podía escudriñar a veces en las ventanas.
Llegué a la mañana, cuando las luces de los carteles luminosos se
apagaron y encontré que la casa era un despelote. Busqué un poco de
comida, esas bolitas con gusto a pescado que ella me dejaba en  un plato,
 ella decía balanceado.  Buscaba a Diana, como siempre, estaría
acostada en la cama o en un sillón, pero  no estaba. Sospeché algo cuando
sentí olores raros en el departamento. Olor de personas distintas, escuché
voces en el pasillo. Diana se había muerto cuando dormía, la encontró una
vecina, casi no podía caminar, era muy vieja y estaba muy enferma.
La vecina, lo sé muy bien, después vino por mí, me codiciaba, como a todo
lo de Diana.
Me escapé enseguida, no vuelvo más ahí, me quedé en la calle, ando por
el barrio, un barrio viejo, donde muchas personas transitan, cerca de una
estación. Hace poco encontré un cine, escuché música  y me metí ahí
adentro.
La mujer de la boletería me tomó cariño, enseguida me dio algo para
comer.
Aproveché para entrar  a una sala oscura, y me senté en una butaca suave,
aterciopelada,  en la pantalla se veía a un bailarín, daba vueltas en el aire,
como Diana en su juventud. Y escuché voces que decían: ¡Nijinsky! es
¡Nijinsky!  y aplaudían, me acomodé más en el asiento. Entonces era
cierto, lo que decía Diana, Nijinsky había estado en Buenos Aires, y
además de bailar  se había  casado en esta ciudad, antes de enfermarse.
Las escenas del film lo  registraban.
Un día de mucho frío, de golpe, no pude volver más al cine: estaba
cerrado y no lo abrieron más.
Empecé a deambular por la calle, me corrieron algunos gatos, les hice
frente, les gruñí, les mostré las uñas, pero había algunos bastante más
grandes que yo y me fuí. Corrí, corrí por la calle, y de pronto pasó algo
increíble, un chico joven, me levantó en sus brazos, y como llovía me llevó
a su casa. Enseguida me ofreció leche en un plato, la tomé, estaba buena.
Hacía días que no comía. La casa del chico me gustó. Era más chica que la
de Diana, mucho más pequeña, y se escuchaba música de salsa y de
merengue. El chico que me llevó a su casa se llama Juan y baila y canta
cuando llega. Y a todo lo que yo hago dice la misma palabra: - Chévere.
Un día me dijo: - No soy de aquí ¿sabes? Pero igual chévere.
Así, que  chévere, chévere, de tanto decirla se me ha grabado el nombre.
Ahora, soy Chévere.

(c) Araceli Otamendi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

imagen: Araceli Otamendi, S/T,  tinta y lápiz acuarelable, (fragmento)


La mujer del circo - Araceli Otamendi





La mujer ahora cuida un baño en el restaurant de una ciudad de provincia.
Nadia  mira a la mujer cuando entra al lavabo y algo de ella le recuerda al
circo que conoció en su infancia. Tal vez son los leones con su pelo brillante
y rojizo; o tal vez la écuyère sobre el caballo y el traje de colores, dejándose
llevar al galope.
Antes de salir del recinto - un lugar casi inhóspito por lo antiguo y
descuidado - Nadia vuelve a mirar a la mujer ya anciana. Algo, alguna chispa,
algún fulgor en los ojos, quizás de los días pasados en el circo en sus años
jóvenes, con  la cara ahora cubierta de una sombra gris como el guardapolvo
que viste y  que ya no arranca  como en su juventud la risa o el asombro sino
más bien la compasión.
Espera el tintineo de las  monedas en un plato.
Nadia se mira al espejo mientras lava sus manos con el agua fría. Y en
el cristal ve el circo con sus luces, los equilibristas balancéandose en el  
trapecio en lo alto, una  red abajo para atenuar la caída.
Nadia está ahora junto a su abuelo quien la ha llevado al circo, un circo que
anda de gira por los pueblos  y ve el asombro en los ojos de la nieta y sonríe.
Un momento de la infancia  ha ingresado  rápido en la memoria de Nadia
como  una flecha,  se ve a sí misma reflejada en el cristal
como una niña, mirando la pista de arena,  la arena fría, porque es de noche,
bajo los pies.
La mujer del circo está ahí también, como los leones, la  écuyère, el ilusionista,
los payasos.
Nadia se detiene durante un momento frente a ella  y deja un billete en el
plato.
-Gracias, dice la mujer . Y Nadia  sale pensando, gracias,
 muchas gracias, no sabe lo que me ha devuelto hoy, de veras.
© Araceli Otamendi


Ciudad Autónoma de Buenos Aires


imagen: Circo Calder (Cirque Calder), 1926- 1930 (fragmento)
Técnica mixta: alambre, madera, metal, tela, ovillos, papel, cartulina, cuero, cordel, tubo de goma, corcho, botones, abalorios, escobillas limpiapipas, chapas de botella; tamaño variable; medidas exteriores 137, 2 x 239,4 x 239,4 cm; complementos: 194,3 x 248,3 x 245,7 cm; Nueva York, Whitney Museum of American Art.


miércoles, 3 de abril de 2019

El viaje- Yessika María Rengifo Castillo


Yessika María Rengifo Castillo 


La última vez que recorrimos las calles de Praga estaban llenas de rosas y lirios. Éramos dos estudiantes de la facultad de medicina quienes anhelaban ir al África, y poner nuestro servicio a disposición de los chiquillos.
Matías  estaba a punto de recibirse de médico, y su año rural sería cosa del ayer. En el hospital todos lo  ovacionaron era el médico que amaban, y yo me sentía muy orgullosa. Sería su esposa, y la madre de sus hijos en unos años, esos eran los sueños  que  construimos en nuestras épocas estudiantiles, y Matías los olvidó. Tan pronto se tituló se fue a Paris, y realizó una especialización en pediatría,  y todas las noches me recordaba  que me seguía esperando. Y yo, que era una ingenua seguía creyéndole…
Me faltaban tres meses para titularme, y quería ir a París a celebrar los cumple de Matías. No me importó dejar mi trabajo de los sábados, y emprender mi viaje, él era el amor de mi vida y tenía que estar a su lado. Al llegar a Paris, todo era como me él me lo había descrito. Sus calles llenas de luces, de puentes, de silencios, y de tanto arte, que me hacían  pensar que había vivido ahí toda mi vida. Matías no esperaba mi llegada,  se sorprendió tanto al verme en la puerta de su departamento no sabía qué hacer. Cuando del fondo salió una chica que le decía;  “amor quién ha llegado” esas palabras laceraron mi corazón, y le dije a Matías:

- Dile que ha llegado una persona equivocada de dirección,  y de sus ojos emanaron algunas lágrimas.

El viaje había culminado para mi corazón, y  yo había dejado de ser su esmeralda.

(c)Yessika María Rengifo Castillo
Bogotá
Colombia

Yessika María Rengifo Castillo es una escritora colombiana. Docente, licenciada en Humanidades y Lengua Castellana, especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo, y Magister en Infancia y Cultura de la Universidad Distrital Francisco José De Caldas,  Bogotá, Colombia. Desde niña ha sido una apasionada por los procesos de lecto-escritura, ha publicado para las revistas Infancias Imágenes, Plumilla Educativa, Interamericana De Investigación, Educación, Pedagogía, Escribanía, Proyecto Sherezade, Monolito, Perígrafo, Sueños de Papel, Sombra del Aire, Plumilla y Tintero, Chubasco en Primavera, Íkaro, Grifo, La Poesía Alcanza Para Todos, Ibidem, Narratorio, Piedra Papel & Tijeras,  Extrañas Noches, Cadejo, Microscopías, Psicoactiva, Ágora, Con voz  Propia, Un Mar de Letras, Cheshire, Luke, Revolución. Net, Venga Le Cuento, Carcaj, Nudo Giordiano, Contrapunto, El futuro del ayer, hoy, Fundación Cesar Egidio Serrano, Acceso Didasko, Letrambulario, Cultural Siete Artes, Letrantes, Puro Cuento, Temblor Asidero Poético, Kundra, La Galera,  etc. Ha participado en diferentes concursos nacionales e internacionales, de cuentos y poesías. Autora del poemario: Palabras en la distancia (2015),  y los libros  El silencio y otras historias, y Luciana y algo más que contar, en el librototal.com. Ganadora del  I Concurso  Internacional Literario de Minipoemas Recuerda, 2017 con la obra: No te recuerdo, Amanda.