sábado, 11 de enero de 2020

Brujos y embrujos - José Respaldiza Rojas

                               



Desde que nací supe que vivía rodeado de brujos y brujas. Mi abuela materna, natural de Ayabaca me habló de los brujos de las Huaringas, en la serranía de Piura y mi abuela paterna me contó acerca de las brujas de Cachiche, en Ica. Había terminado mi educación media y mi padre me envió a la Hacienda Bocanegra propiedad de José Valle Skiner, en el Callao para saber si efectivamente me agradaban las plantas y animales, bueno allí tuve la oportunidad de conocer a un gran brujo y, además, saber de varias de sus hazañas.
Vivía en San Miguel y de allí tomaba el tranvía para ir al centro de Lima, en la Plaza San Martín, la cruzaba hasta el paradero del tranvía al Callao. Eran los tiempos en que sobraba el tiempo, pues el servicio tranviario era muy lento, pero no había apuro de nada. Corría el año 1957 si mal no recuerdo. Desde las cinco de la mañana en que salía rumbo a mi destino estaba sentado viendo los distintos panoramas citadinos hasta las siete y media en que llegaba a la Casa-Hacienda Bocanegra. Donde me demoraba más era esperando unas góndolas que nos transportaban desde el Mercado del Callao hasta la hacienda misma.
Se requería apañar el algodón, empero una huelga de jornaleros de todo el valle impedía contar  con las personas necesarias para dicho efecto. Es que si no se apaña a tiempo los copos de algodón se ventean y desmejora su precio. Tuvo lugar una reunión urgente, entre el Administrador, el ingeniero residente Aldo Bucelli,  su asistente, un ingeniero de apellido Dasso y el Mayordomo don Alor. Al final de aquella sesión se acordó dar carta libre a don Alor para hallar una solución.
Don Alor partió rumbo al norte y luego de dos semanas volvió con una persona, alojándolo en su casa, en la ranchería de la hacienda. Esa persona, por increíble o absurdo que parezca halló el modo de influir en las decisiones del Presidente de la República, ingresando a un túnel oculto que existe en la iglesia de Bocanegra y pasar por él hasta la contigua hacienda San Agustín, precisamente de los Prado y así se salvó todo el algodón, siendo recompensado económicamente por el propio ingeniero José Valle en una muy breve reunión en su chalet personal que tenía en la hacienda.
Ese personaje es nada menos que Yancunta, un brujo famoso en todo el norte chico por sus hazañas, una de las cuales aparece en este escrito. El es un hombrecito pequeño,  un poco menos que el tamaño del común de los peruanos, sin ningún rasgo en particular como no sea que es ciego, sí, ciego al que le faltaban los dos ojos, con las órbitas vacías y secas, los párpados y las pestañas al juntarse daban la apariencia de dos bordes de una herida. A veces se asomaba una pequeñísima lágrima, la cual enjugaba con un pañuelo de seda blanca que lucía en el borde su inicial bordada. De piel cobriza algo oscura debido a los efectos de los rayos del sol. Calzaba un par de alpargatas completamente nuevas y vestía con mucha sobriedad un atuendo de dos piezas, pantalón de dril kaki y liviano saco de diablo fuerte con cuello cerrado por botones de nácar. Camisa blanca con cuello duro. ¿Si edad? Aparentaba unos cincuenta años bien vividos, aunque sus paisanos le atribuían unos ochenta.
                                                                                                                                                
Al retirarse Yancunta, don Alor, católico ferviente y miembro de la Hermandad del Señor de los Milagros, contó la siguiente historia:


`` Fui invitado por unos amigos a ir a las festividades del Santo Patrón de Aucallama y al declinar la tarde me decidí por ver una pelea de gallos de navaja. Ese combate era mentado por toda la población pues participaba don Rudesindo Nicho y Yancunta. Todos sabían que jamás Yancunta había perdido una pelea, entonces algo extraordinario tendría don Rudesindo cuando aceptó ser su rival.
-Señores – anunció el pregonero. va a ser una topada chica, es decir de tres dos. Está pactada en cien soles, con gallos finos de navaja. La de fondo será de tapada. Todos los animales pelean por primera vez. Para comenzar, el cenizo venturino es de Yancunta y a la derecha, el cañón es de don Rudesindo Nicho. !Se aceptan apuestas¡


Al sonar la campanilla se armó la de Dios es Cristo. Todos vieron  como Yancunta se santiguaba al revés empezando a rezar. Como movido por un resorte se puso de pie don Rudesindo gritando a voz en cuello:
- ¡¡¡Altooooo!!! - vociferaba Rudesindo - ¡Señor juez, está rezando! pretendía parar la pelea.


Un griterío de los mil  demonios invadió el Coliseo. Voces de !NO¡ !NO¡ !NO¡ salían de las bocas de los apostadores, hasta que en uno de esos pequeñísimos momentos de silencio se pudo escuchar con toda claridad la voz de Yancunta:

-Reza tu también que Dios no es sordo ¡Mal creyente!


El Juez se desconcertó un rato y  le recomendó a Yancunta:

-Por favor, rece para usted solo, sin mover los labios.


Era como cuando nos ordenaban la maestra ¡Lectura silenciosa! En  eso alguien dijo:

-Don Rudesindo, tome usted – y le alcanzó una caña brava
-Gracias – le contestó mientras buscaba en su bolsillo y al encontrarlo, amarró en la punta un detente del Señor de los Milagros.


La caña fue sujetada frente a su silla. Soltaron los gallos que de arranque se rompieron el alma a navajazos, la sangre entintaba la arena como también la mente de los que hicieron alguna apuesta. De pronto, el cañón que parecía el posible ganador, recibió un corte a la toma que lo desembuchó pero ni aún así cedía.

-Ya cae, ya cae – gritaban los amigos de Yancunta.


Al cenizo venturino le habían bajado la pata y avanzaba de costado arrastrando el ala, momento en que el juez ordenó

:-A la prueba.


Se paró de su asiento, avanzó al centro de la cancha, sacó a relucir una pequeña tabla que colocó entre ambos gallos, al retirarla el cañón se le fue encima y cuando parecía todo a favor de Rudesindo, dio la casualidad que, en una de sus movimientos chocó su pico con la arena, demorándose en levantarlo. El careador del cenizo venturino se abalanzó hacia su gallo, lo alzó en señal de victoria, sin esperar a que lo dijera el juez. Todo pasó tan rápido que los partidarios de Yancunta aplaudieron mientras un murmullo circuló dando a entender que las  virtudes de aquel hombrecito ciego estaban haciendo efecto. Ya tenía un punto de ventaja a su favor.


La charanga de los cachimbos, quienes permanecían  en silencio durante la pelea, la emprendieron con un son español. Un paso doble de moda llenó el silencio de la espera.


Silveeeerio, Silverio Péeeeerez,
el amo del redondel..


Al callar la música los espectadores esperamos lo que vocearía el pregonero:

-Esta vez un esbelto gallo negro matalobos por la divisa de Yancunta y un gallo gallina a favor de Rudesindo. Se aceptan apuestas.


La trampa era perfecta, además de ser completamente legal. Yancunta no podía hacer nada. Tan pronto sonó la campanilla y ya el joven matalobos distinguió al gallo gallina, con un movimiento de galanteo se le fue encima haciéndole la rueda al estilo francés buscando un amor no correspondido. Ese descuido fatal lo aprovechó con plenitud el gallo gallina para encajarle un navajazo pata y vida un poco al centro del cuerpo, debajo del ala, de necesidad mortal, la jugada no duró ni medio minuto, quedando ganador don Rudesindo. Ahora la pelea estaba uno a uno, era un empate y como la jugada era de 3,2 la última pelea sería la decisiva. Un sordo murmullo se escuchaba:

-Así no vale, ese  gallo es un mañoso – esgrimían los partidarios de Yancunta
-Para que Yancunta es zonzo – le respondían.


La temperatura ambiente era casi insoportable. Gruesas gotas de sudor aparecían en las frentes de casi todos, a pesar se protegían de los rayos solares poniéndose gorritos de papel confeccionados con el único diario que circulaba en la localidad. La jovencita que acompañaba a Yancunta se levantó la falda para abanicarse un poco de aire. En eso, volteando molestó hasta donde estaba su  señora le llamó la atención:
Siéntate bien que se te están viendo las piernas!


                                                                                                                                                
De nuevo los cachimbos se lanzaron a llenar el vacío con un melancólico huayno:


Picaflor tarmeño
porque pues pretendes,
picarme las flores
que ya tienen dueño.


Cuidado, cuidado,
caigas en la trampa,
caigas en la trampa
por enamorado.


No bien se callaron los instrumentos la gente aplaudió agradecida. En retribución un redoble de tambor anunció una alegre marinera norteña, muy   antigua y algo curiosa, que todos acompañaron con palmas:


A la una me parieron,
a las dos me bautizaron,
a las tres supe de amores
y a las cuatro me cazaron.


Ayayai madre, que  me casaron si.
Ayayai madre, que me casaron no.


A las cinco tuve un hijo,
a las seis viuda quedé,
a las siete ...


Quizá para hacer las paces con su mujer o tal vez  contagiado del calor popular, ante el asombro general Yancunta se puso de pie con un pañuelo blanco en el hombro izquierdo mientras que con la mano derecha le ofrecía otro pañuelo a su compañera. Ella aceptó gustosa y metiendo su brazo debajo del brazo de él, bajaron al ruedo. Los cachimbos reiniciaron la marinera con el redoble característico. La pareja comenzó el paseo dando la vuelta al redondel en medio de un atronador aplauso de la respetable concurrencia, todos, amigos o rivales  se emocionaron. Él la dejó en lado de su silla y continuó caminando hasta situarse al frente, al iniciarse el canto fueron dando los primeros pasos, hubieran visto la cadencia con que se movían, el derroche de garbo y salero con que hacían un requiebre, los pañuelos subían y bajaban como di fueran blancas palomas volando. Ella toda coqueta, sabiéndose mimada, se sacó un oloroso clavel rojo que traía adornando su peinado y se lo puso entre los dientes. Acto seguido alguien gritó:

Sale china! dale que  dale.


Parece que Yancunta, con su cara de mátalas callando, se dio cuenta de lo sucedido porque avanzó de costado, agitando su blanco pañuelo con su mano derecha y con la izquierda se sacó el sombrero y cuando se cruzó con ella ¡Zas! le quitó el clavel con su  boca

-Voy a el – dijo uno del público.
El ambiente se puso de agárrate  si puedes; a pesar de que la marinera no es un baile colectivo, tres parejas se lanzaron al ruedo convirtiéndose todo en un movimiento multicolor que hizo olvidar por unos segundos la rivalidad de la riña. Al terminar Yancunta elevó el brazo derecho de su pareja en señal de que era la ganadora, ya que en la marinera nunca un varón debe ganarle a la dama.  El público volvió a colmar el recinto con calurosos aplausos y se pusieron a gritar en coro: 
Otro! ¡Otro!


A los cachimbos no les quedó otra cosa que iniciar de nuevo el redoble anunciando la fuga. Todos los asistentes lanzaron una ovación. En eso se escuchó:

-La casa pone un botijón de chicha, de la buena.


Entonces los presentes eufóricos invadieron la cancha con parejas, bailando mientras que, puestos de pie, los demás los acompañaban con acompasados aplausos hasta que finalizó ese desborde pueblerino. Por última vez el pregonero anunció:

-Ahora, como buen final, tendremos la pelea de tapada, nadie ha visto los gallos.


Un silencio sepulcral se esparció por la cancha, la expectativa era enorme. Sonó la campanilla y el pregonero anunció:

-Se  aceptan apuestas.


Todos conocían a Yancunta y sabían perfectamente que jamás había perdido una topada de honor. Don Rudesindo también lo sabía y si aceptó el reto era porque disponía de algo muy especial. El público estaba ansioso por conocer el secreto de cada uno. Los espectadores estaban divididos en dos, los partidarios de Yancunta y los de Rudesindo, no cabía medias tintas.


Al sonar la campanilla de nuevo vendría lo bueno. Cada uno procedió a ir descubriendo a su gallo, este proceso se estaba volviendo interminable generando aún mayor expectativa. En ambos casos se trataba de hermosos y esbeltos gallos, pero medios raros.


El de Rudesindo era un alazán amarillo rojizo, un poco más chico que lo normal, llamado Caín.


El de Yancunta, un ají seco que apenas fue mostrado al público coreó:

Máximo!


Casi medio redondel estaba de pie y aplaudía la presencia de Máximo y los otros vociferaban:
                                                                                                                                             
Yancunta mariquita! ¿por qué no peleas tu?


No cabía duda, era el hijo de Yancunta quien  sacaría de apuros a su padre, ya que solo su cuerpo perdió su forma humana, pero su mente no. En esas artes Yancunta era todo un experto. Si el mismo perdió los ojos en una pelea de a pico, intentando salvar de la ruina a un compadre espiritual a quien la debía la vida.


Yancunta estaba muy serio,  como si estuviera meditando. Los gallos puestos frente a frente, pico a pico, engolados los collarines, en actitud de estudiarse fueron dando vueltas en redondo. De pronto Máximo se volteó y aparentó correr, Caín se aprestó a seguirlo, a eso Máximo se volteó con rapidez, dándole frente a frente de sorpresa y lo recibe con la navaja en alto y le hace un tajo que le cortó tres costillas. Se escuchó, de entre el público, un grito colérico:
Así no mañoso!


Caín se repuso con lentitud, volvió a la carga pero Máximo eludía enfrentarse haciéndole un quite y en eso repitió la misma treta de que va a correr y voltearse alzando la para navajera recibiendo a su rival con una tremenda descuadrilla. La misma voz anterior dejó escuchar su indignación:

Así no, che tu má! (con el perdón de la palabra)


En eso escuchamos un grito alarido, seguido de prolongados:

-¡¡¡ NOOOO!!! ¡¡¡!noooo!!! No no Noooooo.


Ese grito nos cortó la respiración. Volvimos a escuchar otro grito:

El detente¡! ¡No está el detente!


Volteamos a mirar la punta de la caña y efectivamente no había nada, no estaba el detente. Había desaparecido de la caña como por encanto:

-Fue el momento la fuga de la marinera – continuó gritando Rudesindo – Yancunta aprovechó la algarabía para arrancar el detente del Señor de los Milagros y así rezar la Magnífica Negra.


Rudesindo fuera de si, cubrió su rostro con sus manos y se puso a balbucear con gran congoja una historia que había permanecido en total secreto durante años y ahora, intuyendo el desenlace fatal entre sollozos lo contó:

-Un compadre me regaló un pequeño cernícalo de plumas blancas que cazó en las alturas. Yo con gran paciencia lo amaestré hasta lograr que cumpliera mis mandados. Entonces puse al costado de la jaula, otra jaula que encerraba una gallinita chilena de pelea para provocar que se hicieran amigos. Después de largos meses ya se entendían, por eso los junté hasta que puso un huevito que lo hice incubar en un mido de palomas. Así nació Caín, ejemplar de pelea que reservé para cuando se presentara la ocasión. Por eso acepté enfrentarme a sabiendas que no tenía pierde.

En la siguiente como que va a correr por el redondel Máximo logró encajarle un navajazo en descorve, de necesidad mortal para Caín quien antes de morir lanzó un prolongado y agudo chillido nunca escuchado a gallo alguno. Yancunta levantó a su gallo Máximo mostrándolo orgulloso.

(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú

José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.








lunes, 23 de diciembre de 2019

Luces de la ciudad (un cuento de Navidad) - Araceli Otamendi




Algunos niños jugando cerca de los espejos la distrajeron. No era habitual que en un lugar así y a esa hora hubiera niños. El que más llamaba la atención era un niño rubio de pelo largo. ¿Cómo se llamaría?  El niño iba hacia el espejo, se miraba y salía corriendo, arrastraba un juguete. Y ahora, pensaba por qué estaba ahí a esa hora, podría haber estado en cualquier otra parte, tal vez en un bar de algún barrio alejado.
Casi siempre encontraba alguna muestra de arte para visitar y con ese pretexto lograba introducirse en algún cocktail y observaba. Eran pinturas que se exhibían en esos lugares con el propósito de vendérselas a los turistas. Casi todo lo que se exhibía era arte moderno,  ese arte antiplatónico y antiaristotélico que ponía al desnudo lo elemental de la existencia y  rechazaba toda forma ya adquirida. Oposición del arte al consenso de la cultura. Para eso existen el arte moderno y los artistas ¿o no era así?
Entre los turistas y los asistentes al cocktail caminaba y generalmente le servían alguna bebida de las que circulaban entre los invitados. Estas personas son felices a su manera, pensaba, viven en un clima de fiesta que es difícil de lograr a menos que se ignore la realidad. La fantasía era la realidad en esos lugares. Se percibía en el ambiente un clima de fiesta navideño más por la cantidad de adornos brillantes ubicados en distintos rincones que por algo relacionado con lo religioso o espiritual.
Un gran árbol de Navidad plateado, ubicado  en la planta baja, estaban en el segundo piso, daba un tono festivo al shopping lujoso. Recordaba algunas navidades pasadas, era entonces cuando pasado y el presente se entrelazaban. 
Había entrado ahí por azar, hubiera podido entrar en otro lado que exhibiera arte. El tema del azar a veces le daba vueltas y vueltas en su cabeza. El azar, la suerte ¿las cartas estaban echadas? Libre albedrío, el destino humano. Tantos y tantos pensamientos. Había que decidirse por alguno ¿o ya lo había  decidido y tantas vueltas no hacían más que distraerla, tal vez de otras cosas? Cosas más profundas, más elementales, más importantes.
El ruido de los autos a veces era infernal. El gato se había quedado acurrucado  en el sillón cerca de la ventana ¿por cuánto tiempo?
Eran casi las seis de la tarde cuando decidió salir de la casa aunque no era lo habitual, siempre había preferido  la mañana. La mañana, un inicio, la promesa del día entero por transcurrir. Eran los momentos en que no había que hacer balance, para eso estaba la noche. Pero ¿hacía balance o lo olvidaba? Había que sopesar tantas cosas, pensamientos, acciones, deseos, rencores ¿todavía albergaba algunos? ¿alguna pasión triste? Sin respuesta, pensaba mientras anotaba  mentalmente. Las vidrieras lujosas de los negocios empezaban a iluminarse y entonces el paisaje de la ciudad cambiaba. Se detenía en alguna vidriera sofisticada y miraba cada detalle con el propósito de imaginar quién podría comprar algo así y ese era el inicio  para imaginar una vida. Eran vestidos o abrigos o algún detalle que nunca usaría. Le parecía tan inútil para ella. Las apariencias tenían importancia para entrar a algunos lugares como ese, se disponía  ahora a cruzar la puerta. La muestra se inauguraba esa tarde, había que subir dos pisos.
La mayoría de las mujeres y de los hombres que estaban ahí parecían  parejas de un  segundo o tercer matrimonio, se notaba por el cuerpo estilizado de ellas, el aspecto parecido al de las modelos, comparado con el aspecto que lucían  los hombres, de más edad,  exitosos pero cansados ¿Alguna vez se daría vuelta esto? pensaba. Entre las participantes del cocktail  había algunas con vestidos más sofisticados. ¿Dónde vivirían? ¿cómo serían sus casas? ¿sería todo pura apariencia? ¿cuánto costaba tener una vida así? Tomaba notas mentalmente pero tenía la libreta de apuntes y la lapicera bien guardadas en la cartera.
Los utilizaba cuando iba a algún bar de barrio y se sentaba en un lugar alejado de la puerta y cerca de una ventana para escribir. En esos lugares a nadie le importaba, ni siquiera al dueño del bar, lo que estaba haciendo. Con tomar sólo un café podía escribir durante horas.
El niño rubio corría con un auto de juguete hasta uno de los espejos y ella lo seguía con la mirada. ¿Con quién estaría ese niño? ¿por qué lo habrían traído a ese cocktail? Habia otros niños también y suponía que además de la inauguración de una muestra de arte se trataba de un encuentro familiar o de empresa o las dos cosas.
Ahora el niño rubio corría dando vueltas cerca de una escalera, próxima   al lugar  donde se encontraba  sentada. ¿Cuándo aparecería la madre o el padre? El tono  de las voces había ido subiendo seguramente por los tragos que ya se habían tomado, a lo que se añadía el sonido  de las copas entrechocándose y las que se abandonaban en las bandejas metálicas. Las camareras iban y venían con más copas y empezaba a preguntarse cuánto duraría el cocktail. Ya había terminado de tomar el jugo y simplemente miraba el reloj.  En eso vio aparecer a un hombre vestido con un traje oscuro, camisa blanca con moño en lugar de corbata y una guitarra. El hombre del moño desenfundó la guitarra y empezó a tocar una canción melódica y a cantar. Lo acompañaba otro músico, en un teclado. El sonido se iba amplificando.
Minutos después un hombre flaco vestido de papá Noel, con un traje rojo y una larguísima barba blanca, llevaba una bolsa al hombro, bajaba por una escalera.
El niño rubio corría y daba vueltas en círculo. Se detuvo. ¿Había visto también él  al papá Noel, cómo descendía hacia la planta baja? El niño tenía las mejillas rojas y el pelo húmedo. Había calculado  su edad en unos dos años y medio, tal vez tres. El hombre del moño y la guitarra seguía entonando canciones, algunas melódicas y también más movidas. El niño corrió y se mezcló entre la gente. Lo había perdido de vista.
Segundos después vio algo como una ráfaga y en esa fracción de segundo ella se incorporó y corrió también. Veía  como el pelo rubio del niño iba casi por delante de él. Lo vio como se abalanzaba hacia la escalera,  la mitad del cuerpo del   niño estaba sobre la baranda, la cabeza inclinada mirando hacia abajo, buscando seguramente a papá Noel. Precipitadamente tiró de la remera del niño  hacia atrás sujetándolo  y atrayéndolo hacia sí.  Los gritos  se escuchaban de lejos y enseguida  apareció un hombre detrás de ella, tomó al niño de la mano, la miró a los ojos y ella le sostuvo la mirada apenas unos segundos, el hombre no dijo nada y zamarreó al niño, veía cómo lo llevaba casi arrastándolo y lo gritaba. El niño lloraba.  Era un hombre relativamente joven, unos treinta y cinco, tal vez unos cuarenta años ¿el padre?
Ella  miró el reloj y salió del edificio, caminaba despacio. Era de noche cuando salió de ahí y empezaba a soplar el viento, movía las hojas de los árboles. La mejor hora para salir es la mañana, se dijo mientras caminaba mirando las luces de la ciudad.

© Araceli Otamendi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires 

Diciembre de 2019





domingo, 10 de noviembre de 2019

La casa que se tragó el otoño*(fragmento) - Antonio Costa Gómez


Nuestro mito fue  estar en Buenos Aires  y lo vivimos en el vértigo,  en las plazas elegantes,  en las librerías de noche,   en los teatros , en los cines bullentes.  Lo experimentamos en las cafeterías donde se recordaba a Ernesto Sábato,  en los rincones donde se había quejado Alfonsina  Storni,  en los cruces donde se levantaban torres bohemias.  Lo sentimos en el obelisco que señalaba el cruce de las oleadas de la avenida más ancha del mundo,  en los grandes almacenes de un lujo que quién podría comprar,   en las riberas del río de la Plata.  Lo soñamos en los barcos anclados ,  en los anticuarios de San Telmo,  en los desvanes donde se ensayaba tango , en los trasteros donde se daban clases de baile,  en los bancos donde los viejos se acordaban de Italia o de Croacia.
 Lo supimos en los museos donde soltaba sus locuras Xul Solar,  en las encrucijadas donde Castel se había apretado la cabeza,  en  las vidrieras donde se concibieron los héroes o las tumbas , en los espejos donde se vieron los otros o los mismos.  Lo asimilamos en los restaurantes donde llegaron gauchos despistados,  en los figones donde Oliverio Girondo hizo sufrir a las palabras,  en  las mesas donde Cortázar enloqueció con sus inventos, en las ventanas,  en las fotos de Gardel , en las soledades.  Existimos en las solapas de los libros,  en los claveles,  en los pianos,  en los trozos de canciones ,  en las porcelanas. 
Nos amamos en los jardines, nos besamos en los cines solitarios,  nos peleamos en las callejas ahumadas del centro, nos asomamos a los portales con molduras de yeso,  nos entusiasmamos con las violetas en los espejos, pensamos en cafeterías a las que nunca fuimos, soñamos con vivencias que nunca tuvimos pero que de todos modos en esa forma tuvimos, supimos vislumbres, nos convertimos en humo, nos negamos, nos redescubrimos, tiramos recuerdos en Puerto Madero, nos subimos a un buque escuela del siglo XIX como si nosotros también fuésemos pasados.
Queríamos estar en Buenos Aires y sentimos todo lo que dicen las canciones, lo que asoma en los libros,  lo que imaginamos en las fotos,  lo que olemos en los camiones que van al sur,   lo que se sobreentiende en los orgullos de los taxistas,  lo que callan las porteras.  Conseguimos estar en Buenos Aires  y llevamos todo aquello dentro de nosotros,   cruzamos como imágenes las cafeterías,    atravesamos  las plazas transidas,   respiramos en las tiendas llenas de porcelanas,  tomamos  cerveza donde escribió Sabato,   inventamos formas de bailar en  la cafetería Richmond,     paseamos  por el templete del parque Lezama donde Martín   amó a Alejandra misteriosamente. 
(c) Antonio Costa Gómez

España 

* fragmento de la novela La casa que se tragó el otoño  publicada por Ediciones Europa,  enviado por el autor, se publica con la autorización de Antonio Costa Gómez 




Antonio Costa Gómez  es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Fue finalista de los principales premios españoles, apareció en antologías y colaboró en muchas publicaciones. Ya ha publicado bastantes libros. En “Las campanas” suenan al mismo tiempo todas las campanas de Compostela para despertar a la gente. En “El maestro de Compostela” un escultor del siglo XII busca la vitalidad infinita en los comienzos del gótico. En “La calma apasionado” el emperador Adriano busca algo que no perezca entre recuerdos y obras de arte en su villa fantasiosa de Tívoli.