domingo, 21 de febrero de 2021

Insomne - Márcia Batista Ramos

 


Márcia Batista Ramos 


Las imágenes llegan solas y son ideas. Las palabras agrupadas en frases son la información de las imágenes. Las palabras son quienes permiten comunicar las ideas como realidades sensibles.

Los ruidos de la noche inmiscuyéndose en los sueños impenetrables, pero de gran belleza visual, subvierten la realidad del sueño… Despierto, sé que el sueño era extraño y fascinante, tendía a volar hasta el paroxismo.

No tengo claro, de que se trataba el sueño. Dentro de mi existe un reloj que me despierta, invariablemente, a las 3 horas de la mañana. Interrumpe mi sueño y hace con que yo perciba los ruidos de la madrugada y trate de comprender mi ritmo circadiano, una y otra vez.

No puedo conciliar el sueño, escucho permanentemente, un bajo zumbido irregular. Es la noche que susurra algo a las estrellas.

Pienso en el agua corriendo sobre el vidrio de la ventana, porque llueve a fuera. Podría correr el agua y escurrir sobre el vidrio porque la tubería se perforó. No todo lo aparentemente evidente, es lo que parece. También corre agua sobre el vidrio cuando, sin noción del medioambiente, se chisguetea agua con una manguera al vidrio…

Los ritmos circadianos, tienen que ver con el claro oscuro, ya que son cambios físicos, mentales y conductuales que siguen un ciclo diario, y que responden, principalmente, a la luz y a la oscuridad en el ambiente de un organismo.

Es inusual pensar sobre las situaciones, sin expresar un juicio de valor con la fuerza que siempre lo hacemos al primer atisbo de un hecho. Porque el sistema epistémico - político vigente, quiere que pensemos así. Entonces, estamos formados, educados, adiestrados, adoctrinados, entrenados, para pensar así.

Pero son las 3 horas de la mañana, el sueño era lindo y no logro dormir para seguir soñado.

Dormir por la noche y estar despierto durante el día es un ejemplo de un ritmo circadiano relacionado con la luz y no me sirve de nada saberlo, quiero dormir y no puedo.

Pienso en dos nombres que están pululando en mi horizonte y digo:

           ¡Madre!

    ¡Patria!

Existen muchas tesis para repensar nuestro sistema-mundo.

Pienso en el colonialismo:

                      invasión

división.

 Imposición de las categorías binarias:

 sexo/género  

                        origen - étnica/social

inteligibilidad - gobernabilidad.

Casi, todos los seres vivos tienen ritmo circadiano, incluidos los animales, las plantas y muchos microbios diminutos. El estudio del ritmo circadiano tiene un nombre…

El dormitorio está lleno de palabras, quiero saber el nombre del estudio del ritmo circadiano y busco a tientas en la oscuridad. Son muchas palabras vertidas en el piso, desparramadas sobre la cama, debajo de la almohada, tiradas en la pared…

Empiezo a descubrir palabras que permanecen en la memoria de manera sonora y repetitiva. Otras, sé muy bien que se mueven libremente por las páginas de los libros, sin embargo, están arrinconadas en el dormitorio esperando que las recoja, en un gesto de amabilidad o por lo menos de delicadeza.

Recojo palabras con la intención de descubrir el nombre del estudio del ritmo circadiano y sin querer formo frases… salta la pregunta:

- ¿A qué lugar tienes necesidad de volver?

 - Al regazo materno, - dicen las palabras en la mano. Coincidentemente, jamás, logré deshacer la criatura que habita dentro de mí, deshacer la condición de criatura, invirtiendo el proceso de creación es fundamental para ser.

Descubro, por ejemplo, que la vida está yuxtapuesta a otras vidas y, que hay vidas que jamás experimentan el roció… Otras, con tanto aplomo son largas y llenas de circunstancias para enorgullecerse de sí mismas, empero, en un momento, descubren que todo lo que la hicieron diferente a las demás vidas, no era mejor a nada y sienten un vacío después de todo lo experimentado, como si todo estuviera por conocerse y lo que experimentaron, que parecía tanto, representaba como si tuviera una hora de vida, apenas.

Como si fuera un vigía, camino despacio, con cuidado recojo las palabras y miro mi mano y veo:

Pan \justicia \paz. Son palabras que se unen y no hace falta nada más. Las guardo en el cajón del velador y sigo buscando…

Sigo insomne, cansada, tratando de encontrar la palabra exacta, en medio del desorden de palabras que habita el dormitorio, a las 3 horas de la madrugada.

Casi debajo de la cama, no sé el porqué, encuentro nombres: Virginia Woolf, Píndaro, Mónica Vitti, Tolstói, Anne Carson, Elizabeth Bishop, Antonioni y Samuel Beckett. Estaban juntos, poco más o menos organizados, para que con una sola mano los recoja de una sola vez… No comprendí tanta subjetividad y el modo como otorgamos sentido a nuestra experiencia material e intersubjetiva.

Las imágenes, transformadas en palabras siempre ocupan un lugar preeminente en el hacer y la imaginación de todos, porque son la base del pensamiento y de la escritura. Pero, esparcidas en mi dormitorio, a las 3 horas de la madrugada, me hacen sentir frío, sueño y cansancio…

Quiero regresar al sueño. Quiero dormir. Pero, aún hay tantas palabras, hasta algunas flotando, luminosamente, en el aire. Las cacé como quien persigue mariposas en la pradera…

Acopié: misticismo como una manera de trascender los límites de la filosofía. Realmente fue fulminante entender que son las imágenes que motivan la irrupción de la escritura. Nunca, los conceptos. Herejía...

La vertiginosa danza de ideas y formatos se prolonga. Descubro que no es cuestión de tomarse en serio, es una inclinación por establecer conexiones insólitas entre el mundo y las palabras, enlazarlas y leer lo que resulta, mientras estoy insomne. O en otro caso, establecer una ecuación entre el conocimiento, el deseo y la ira.

No quiero ser trágica, pero, me resulta difícil ser convencional y en la madrugada insomne la perspectiva emocional cambia, confiriéndole a la vida un sentido de soledad y finitud, mayor de lo que normalmente percibimos o tenemos conciencia.

Convertida en una buscadora de palabras, pese a las dificultades que plantean el cansancio por la vigilia y el proceso de desvelamiento de los albornoces del lenguaje, que consiste en traducir de mi lengua materna, al idioma que escribo. Llego al fin de mis exploraciones, rendida por el agotamiento, imposibilitada de alcanzar lo que anhelaba, continuar soñando. Por fin duermo, mientras, seguramente, las palabras regadas por la habitación retornan a su estado de transparencia habitual.

...

Los ruidos de la mañana invadieron mi mente, recordándome que hay que despertar para seguir la vida que no se extinguió en la madrugada.

...

(El estudio de los ritmos circadianos se llama cronobiología.)

© Márcia Batista Ramos Márcia Batista Ramos, nació en Brasil, en el Estado de Rio Grande do Sul en mayo de 1964. Es licenciada en Filosofía por la Universidade Federal de Santa María (UFSM)- RS, Brasil. Radica a más de cuarto siglo en Bolivia, en la ciudad de Oruro. Es gestora cultural, escritora y crítica literaria. Columnista de la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y Columnista del Periódico Binacional Exilio, Puebla, México, además. Colaboradora Revista Dominical, Periódico La Patria, Oruro; es colaboradora de varias revistas culturales en diferentes países.

 

Está incluida en el DICCIONARIO CULTURAL BOLIVIANO;

Anexo en Diablo- Diablada De Oruro Al Mundo – Antonio Revollo Fernández (2019);

Tiene cuentos, ensayos, crónicas, novela publicadas en libros y antologías.

Publicaciones en revistas  y Blogs: Revista Regatul Cuvantului, Rumania; Faro Cultural Santa Cruz, Santa Cruz, Bolivia; Revista Oxímoron, Sucre, Bolivia; Revista Plaza Catorce, Cochabamba; Revista Culturel, El Salvador; Letras Itinerantes, Colombia; Musuq Nuna, Bolivia; Centro Cultural Francisco Solano, Argentina; Revista Tabaquería, México; Revista poética "Azahar" de España; Revista Paréntesis, México; Piedra y Nido, Argentina; La Literatura del Arte, Paris, Francia; Revista Relieves, Argentina; Revista Brevilla, Chile; Movimiento Poético Riba –Turia, España; Leamos cuentos y crónicas BLOSSPOT. COM, Argentina; Plumas Hispanoamericanas, Santiago de Chile, Chile; Bajootroscielos, Barcelona, España; El Espectador, Bogotá, Santiago de Chile, Chile; Bajootroscielos, Barcelona, España; El Espectador, Bogotá, Colombia; Revista Km0, Argentina; Alpiedelapalabra, Argentina; Bloghemia, Argentina; Nube Cónica, Chile. Ha publicado varias colaboraciones en la revista Archivos del Sur

 

viernes, 8 de enero de 2021

Mi ojo - Cecilia Vetti

 


 

      Mi ojo se convirtió en un centinela al que puse de guardia en el bosque de mi noche interior y me esforcé así en adiestrarme para vigilar lo que ocurría dentro de mí.

Pasaban tantas cosas, me abrumaba la noción que tenía de ellas, preguntándome el por qué de los sinsentidos en el acopio de la rutina.

¿La rutina es mala?, me preguntaba. No, cuando se vuelve creadora y nos deja algo, pero cuando solo sirve para servir y contentar a los otros, cuando el tiempo es un enemigo insalvable y nos avisa que ya está, nuestro propio tiempo se va acabando. Es cuando el ojo impiadoso observa el acontecer de las cosas sin importarle nuestro deseo.

Al mirarme en el espejo, mi ojo me dice cosas, no le hago caso, es un falso traductor de gestos… Tan dominante, tan cruel, que hasta puedo creerme maltrecha, y cuando todos comentan: ¡Qué bien te conservas!, quiero contarles que todas las noches me sumerjo en una bañera colmada con agua y vinagre a la que le agrego alguna de mis absurdas utopías. Salgo a la vida sin salir de mis libros y mi escritura. Soy una renegada del sol y de las confiterías cómodas y alegres. Me refugio en esa imaginación que no me deja pausas. Sentada en un sillón o en mi cama, con diversas almohadas que soportan mi peso, me quedo pegada a la historia de un libro que me convierte en negadora de la realidad y de las caminatas que podrían darme más  eternidad.

Mi centinela me dice que me ha puesto medida, mientras pueda leer  y escribir, para contar historias y volcar en la poesía mis angustias.

Todo lo que me rodea se va envolviendo en un desapego de costumbres y gustos. Los cambios de la tecnología pasan por mi lado casi sin tocarme. Se pierde esa voz en el teléfono, la que quizás mañana no pueda oír. Extraño el placer de una carta, esas que mi hermano me escribía desde España. Podía imaginarlo y no verlo enfermo…

Cuando el tiempo gana con su avaricia de nuevas métodos, la pared de cristal se agranda y nos vamos alejando de los afectos más ciertos.

No podemos aggiornarnos, por lo tanto, no podemos pertenecer a esta época. El centinela en algún momento dice: ¡Basta! ¡Basta de servir, asentir, obedecer, y acoplarse a las nuevas costumbres, aunque ni siquiera podamos robar una caricia!

Los nombres de las cosas conocidas se escapan y sentimos que tenemos todavía tanto para dar. Pero el centinela dice ¡Basta!, y de alguna manera tenemos que acatar la orden.

Algunos sueños se han cumplido, otros quedaron en eso.

La noche recién empieza y los sueños nos llevan a lugares distintos, tan ciertos como la realidad del día.

(c) Cecilia Vetti

Banfield

Provincia de Buenos Aires

Cecilia Vetti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SADE  de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.

Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Wakefield nació en Buenos Aires - Homenaje a Nathaniel Hawthorne (Noche de fin de año)

 


Wakefield nació en Buenos Aires - Homenaje a Nathaniel Hawthorne (Noche de fin de año)

 

Nota de la autora:

Escribí este cuento hace más de treinta años. En la primera versión ya publicada, el señor Simps dice que va a comprar cigarrillos como Wakefield, en el cuento de Nathaniel Hawthorne.

Con el transcurrir del tiempo he comprobado que el cigarrillo y el acto de fumar son más dañinos y causan estragos en la salud más de lo que se difunde. Por eso en esta nueva versión del cuento, el protagonista sale a comprar helados dejando a los cigarrillos en el olvido.

También, la señora Simps que sigue siendo gorda como una figura del pintor Fernando Botero ha tomado conciencia de que los cánones de belleza no le importan. Estas modificaciones en el cuento no se deben a un intento de transformarlo en políticamente correcto sino a que están de acuerdo con lo que pienso en la actualidad. 

 



La señora Simps parecía una de las mujeres gordas de los cuadros de Fernando Botero. El señor Simps era flaco como un Stradivarius y tenía la cara parecida a Stan Laurel. La señora Simps tenía una cara bonita y no  le importaba nada encajar en los cánones de belleza. 

Era la noche de fin de año y sentados a la mesa, como correspondía esa noche del treinta y uno de diciembre, el señor y la señora Simps hablaban cada uno de temas diferentes sin dejar de hablar, por eso, del mismo tema.
Cuando llegaron las doce y el estallido de los cohetes hizo vibrar los vidrios de la ventana del living el señor y la señora Simps brindaron: 


-Brindo por un año mejor, por la paz y la felicidad -dijo la señora Simps.


-Brindo por un año mejor, por la paz y la felicidad -repitió el señor Simps. 


Los dos levantaron la copa donde bailoteaban cientos de burbujas y a las doce y cinco el señor Simps dijo que saldría a comprar helados. La señora Simps se preguntó si esa era hora de salir a comprar helados. Pero el señor Simps insistió y salió rápidamente hacia la calle. 

La señora Simps pensaba en utilizar el tiempo en que el señor Simps se ausentara a tocar música de Chopin en el piano.

También podría bailar, pensaba, ahora que él no estaba y podría hacerlo descalza, frente al espejo, cosa que al señor Simps no le gustaba porque le parecía un comportamiento incorrecto. 

El señor Simps miró los adoquines grises, el cielo como un recorte oscuro entre los edificios de la calle, las siluetas de aquéllos se alzaban como flechas hacia el cielo y respiró profundamente. Miró las estrellas y sintió que una de ellas le guiñaba un ojo, le sonreía y titilaba para él. Caminaba en busca de algún lugar abierto donde pudiera comprar helado.  El aire le acariciaba la cara y lo sentía profundamente dulce en la piel tostada. Muchas ventanas se abrían hacia la vereda, dejaban escapar el bullicio de las distintas voces provocado por las bebidas alcohólicas . Era la hora en que escapaban las verdades en las mesas y comenzaban las discusiones entre familiares que no se veían casi nunca. O entre aquéllos que se reunían sin saber por qué o para qué. Era la hora donde se sacaba la máscara a la hipocresía de todo el año y se disparaban las verdades más absurdas como proyectiles, cara a cara. También era la hora en que los jóvenes escapaban de las casas para encontrarse con su enamorado o enamorada. Y los que estaban solos se iban a dormir o lloraban por algo que ya no existía. Y de todo esto estaba lleno el aire junto con el olor a pólvora de los cohetes y las chispas de las estrellas de bengala. El señor Simps había caminado ya varias cuadras y no había ningún lugar  abierto donde pudiera comprar un helado. Pero sí estaban abiertos los restaurants donde las personas festejaban. El restaurant parecía ser un lugar más distendido para pasar la noche de fin de año: había familias con niños, parejas, personas solas en las mesas. El señor Simps se preguntó dónde iba a encontrar el helado que había ido a comprar. Fue entonces, en la vereda de una calle cortada donde encontró una mesa tendida bajo el cielo. Sentados alrededor de la mesa había hombres y mujeres que reían y cantaban. El señor Simps se acercó atraído por la escena y tomó la copa que le ofrecían y bebió. El gusto amargo del champagne le recorrió la garganta. El señor Simps miró el cielo. Había muchas estrellas suspendidas,  parecía que alguna iba a  caer ahí, sobre la mesa. Tuvo la impresión de que una incómoda magia se estaba apoderando de él y le decía que se quedara ahí. El coro de la mesa tarareaba: "... desde que se fue, nunca más volvió... Caminito amiiiigo, yo también me voy...".(1) El señor Simps se subió a la mesa y empezó a cantar esa letra. Y luego los que estaban ahí alrededor de la mesa cantaron y cantaron otras canciones. Reían y cantaban, creían ver las estrellas que especialmente los saludaban a ellos esa noche. Al pie de la mesa , junto al señor Simps había una mujer. Era una mujer de pelo corto que cantaba y reía. El señor Simps la invitó a subir a la mesa y bailaron. En el aire había olor a tilos y a pólvora de los cohetes y un perro ladraba asustado desde algún balcón. Mientras el señor Simps y la mujer bailaban, el coro de la mesa tarareaba: 

"...Corrientes 3-4-8... segundo piso ascensor, no hay porteros ni vecinos, adentro cocktail y amor, pisito que puso Maple, piano, estera y velador, un telefón que contesta, una victrola que llora, viejos tangos de mi flor, y un gato de porcelana païque no maúlle el amor...". (2) 

El cielo parecía ahora un oscurísimo techo color pizarra. El señor Simps y la mujer dejaron de bailar y se sentaron. Había llegado  el turno de bailar a otros. Seguían descorchándose botellas, algunos comían fruta fresca. El señor Simps entusiasmado coreaba cada canción. Además había helados, helados cubiertos de chocolate, cada uno de los que estaba ahí podía tomar el suyo.La mayoría de los que estaban ahí eran artistas, había fracasados y algunos pocos exitosos. La brisa acariciaba ahora las caras. Les hacía recordar que estaban vivos y que juntos habían empezado un nuevo año. Fernanda, la mujer que había organizado la fiesta en la calle acariciaba su panza enorme, sentía cómo la piel se le había estirado y sentía también un peso parecido a un coco entre las piernas. Faltaban pocos días para el nacimiento de su primer hijo. Iba a ser una mujer. El señor Simps le auguró dicha. Fernanda se acariciaba el vientre y tenía la mirada brillosa mientras cantaba. Y toda la escena parecía haberse detenido allí, en esos instantes cuando las gotas empezaban a deslizarse por la piel. Eran gotas pequeñas y frías. Y cada uno de los que estaban buscaba refugio bajo un techo, en algún lugar.
El señor Simps le dijo adiós a la mujer que había bailado con él y se alejó. La mayoría de las ventanas ahora a oscuras, se adivinaba en el interior de las habitaciones a las personas que dormían. Recién entonces, el señor Simps recordó que había salido a comprar helados y que no había podido hacerlo.
La señora Simps, después de tocar música de Chopin en el piano había bailado. En la mesa había quedado la botella de sidra por la mitad y un pan dulce comido a medias. Antes de acostarse, a la señora Simps le habían entrado ganas de comer helados y  había salido, ella también, a comprarlos.

© Araceli Otamendi

https://revistaarchivosdelsur.blogspot.com/p/araceli-otamendi-escritora-y-periodista.html

(1) letra del tango "Caminito" de Gabino Coria Peñalozza y Juan de Dios Filiberto.

(2) letra del tango: "A media luz" de Edgardo Donato y Carlos César Lenzi.
 


domingo, 20 de diciembre de 2020

Sobreviviente - José Respaldiza Rojas

          


Van cuatro días que se cancelan los vuelos a Pucalpa debido al mal tiempo reinante. El aeropuerto internacional Jorge Chávez se encuentra repleto de pasajeros pues abrigan la esperanza que hoy puedan embarcarse y disfrutar una Navidad con los suyos, todo el espacio está abarrotado de personas, maletas, mal humor, bolsones, ansiedad. Muchas personas fuman, intercambian palabras, uno cuenta un historia de un personaje que por nada del mundo subía a un avión, siempre viajaba vía terrestre por lejano que fuera su destino y un buen día no le quedó otra opción que volar, fue su última decisión pues el avión se estrelló, ¡Dios nos salve y nos proteja! -  se escuchó, los presentes se persignaron, luego se santiguaron, cambia de tema dijeron abochornados, una premonición flota, un sudor colectivo empieza a enrarecer el ambiente.   

De pronto del altavoz del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez sale una voz que indica:

Pasajeros con destino a Pucallpa, en el vuelo 508, por favor abordar el avión,

Era diciembre de 1971, en víspera de Navidad. Los 92 pasajeros se ponen de pie y avanzan para subir al avión, entre ellos se encuentra una muchacha de diecisiete años, Juliane Koepcke, alumna de último año de media, junto con su madre, va al encuentro de su padre Hans-Wilhelm Koepeke, en la estación biológica Panguana fundada tres años atrás en Huánuco, gracias al obsequio de tierra que le dio un alemán residente en la zona.

Despega el avión Lansa todo iba bien, las azafatas pasan repartiendo bebidas y cuando faltaban escasos veinte minutos para llegar a su destino una gran tormenta los atrapa. El piloto, en lugar de subir hasta sobrepasar la tormenta decide meterse en medio de ella, pensando que el tramo es corto. Una azafata deja oír  su voz:

                        Pasajeros, tendremos un poco de turbulencia, abrochen sus cinturones.

No bien terminó de hablar cuando escucharon:

                        Crashpinponbummm

Un rayo cae encima de un ala, el avión se tambalea, las maletas colocadas en la parte superior caen por todos lados, la luz interior del avión se apaga, hay gritos de terror, cunde el pánico mostrando rostros desorbitados, todos se sujetan a lo que pueden. Cae otro gran rayo sobre el avión cuatrimotor, el ruido retumba en los oídos de los pasajeros que los dejó medio sordos,  la turbulencia los remueve a todos, parece que estuvieran metidos dentro de una licuadora. 

                        Burubumbumplash

Ahora otro rayo hace perder estabilidad al avión, la niebla no deja ver nada, un fuerte viento lo arrastra hacia abajo y el avión cae dando tumbos desde 2,300 metros en medio de la selva del Ucayali. Se vino abajo quebrándose en dos y al caer a tierra se destroza en mil partes, sus restos se esparcen en un radio de quinientos metros, luego del estruendo de la caída un silencio sepulcral se deja sentir. Sujeta a su asiento, que se desprendió del fuselaje, al día siguiente se despierta Juliane, con sus ojos inflamados ve un cuadro aterrador, árboles caídos, pedazos del avión por todos lados y lo más espeluznante era ver seres humanos sin vida, un pie por aquí, una cabeza acullá, algunos tórax estaban desmembrados, escucha quejidos El olor a quemado hacía difícil respirar. Se tapa un poco la nariz con la mano izquierda, procurando oler lo menos posible. Desabrochó su cinturón, se puso de pie, sentía mucho dolor en la pantorrilla izquierda ya que presentaba una herida profunda, mover su brazo derecho también le producía dolor, ella no tenía cómo saberlo, pero su clavícula se fracturó, lentamente va saliendo del barullo que tiene en la cabeza y recordó que viajaba acompañada con su madre, al ver que no está por ningún lado, se pone a llamarla,  buscó a gritos a su madre María Mikuliez Radecki, de profesión ornitóloga:

                        Mamita, mamita ¿dónde estás?      

 

                        Mamá, mamá ¿dónde estás?

               Mamá contesta

Se quedó media ronca de tanto gritar. No la pudo hallar (había muerto), una profunda soledad invadió su cuerpo. Al avión subieron muchas personas y aquí sólo ella está con vida.

Caminando como pudo se alejó de aquel espantoso lugar. Cojeaba con su pie izquierdo y a cada paso sentía un gran dolor, pero la repulsión que sentía era mayor.  Debemos indicar que en la selva no hay letreros que te indiquen por donde seguir, un árbol es igual al otro árbol, volteas a mirar y todo se repite como si fuera un eco visual. Ella se sentó un rato en el suelo, había que serenarse, primero lloró, lloró, lloró casi como una hora  para desahogar su interior, luego se dio cuenta que para salvarse no contaba con la ayuda de nadie, por suerte en eso afloró un recuerdo que le dio su padre, zoólogo de profesión: si alguna vez se perdía en la selva, debía seguir la corriente de un riachuelo, un afluente de agua o río, pues finalmente llegaría a una población. 

Caminaba por caminar, no tenía idea de a dónde dirigirse. Una duda empezó a darle vueltas: ¿Estaré metiéndome más a dentro del bosque? ¿Cómo saberlo? Se encomendó a Dios pidiéndole ayuda.

Los tres primeros días anduvo errática, sus pies se hincharon, las plantas de sus pies se llenaron de llagas, estaba casi sin comer, en eso siente el sonido de las aspas de un helicóptero, pensó están buscando sobrevivientes, ¡me salvé!  Trata de hacer señas, pero la espesura de los árboles se lo impiden, el sonido de las aspas se aleja, una desesperación la lleva a gritar: Mierda, me consideran muerta, efectivamente para el mundo estaba muerta al igual que todos los pasajeros. Acostumbrada a un mundo urbano, la pestilencia de su sudor la molestaba, empero más problemas tenía al orinar o defecar, no había con qué limpiarse, habituada al aseo se sentía muy incómoda, hasta que se le ocurrió usar hojas de los árboles.

De nuevo cae en una depresión y se queda dormida profundamente, revolotean sobre ella una nube de mosquitos que pican su cuerpo al igual que los nocturnos zancudos, decide no rascar su cuerpo ya que inflaman aún más la zona afectada.

Al amanecer le vino un recuerdo a la mente, sus estudios y amistades en el Colegio Humboldt y los días que pasó en su casa en Miraflores, con sus amigas de barrio, si porque ella nació en Lima un 10 de octubre de 1954. Eso hizo que se aferrara a la vida y buscar cómo salir del infierno verde que la oprimía. Puesta de pie y con un tronco grueso en la mano, que le servía para apartar las ramas que no la dejaban avanzar, comenzó a caminar, caminar, caminar cuando de pronto una ráfaga de aire le trae un sonido conocido, por algún lado corre agua y va en su busca. Ningún otro ruido la distrae, ese sonido del correr del agua es su tabla de salvación.

Come sólo frutos y hierbas conocidas y el hambre la acompaña a todos lados, siente que tiene problemas para defecar, no hay con que limpiarse, se le acabaron los caramelos que le dieron en el avión y que comía uno por día. Juliane era una muchacha a quien la vida siempre le sonrió, que nunca pasó hambres, no sufrió ningún dolor, no tuvo ninguna penuria, pues pertenecía al sector medio, acomodado,  pero por una decisión errada del piloto, ahora se enfrenta a lo contrario, ahora apestaba, le dolía todo el cuerpo, sentía hambre, y lo más grave era sentirse sola.

Al sexto día, con sus pies sangrantes, los ojos legañosos, le duele casi todo el cuerpo cuando en eso, encontró lo que buscaba, un pequeño riachuelo, ahora a seguirlo, maldita sea con los mosquitos, se le llenan de larvas las heridas, pero ahora que encontró un pequeño curso de agua nada la hará retroceder. En su séptimo día, da con un comienzo de río, no encuentra cómo seguirlo así que decide meterse en él. Como no puede dar brazadas, nada estilo perrito, y más bien el curso del agua arrastra su cuerpo. Le duele mucho el brazo y para alejar esa incomodidad se pone a rezar, las oraciones le quedan cortas, entonces reza en inglés, luego en alemán.

Con esa entrada al agua logra que muchas larvas metidas en sus heridas salgan. Ahora está siguiendo el curso de un pequeño río, es un afluente de gran río, ella no lo sabe, pero es el río Pachjtea. Sale del agua y reinicia su marcha. Los días pasan y ella continúa caminando por el borde.  En su décimo día ve una lancha, entonces aprovecha para sacarle un poco de gasolina del motor y con ella limpia sus heridas. Indaga un poco más, da con una pequeña cabaña donde se instala, se echa en una cama de lona y deja que el sueño elimine su cansancio, luego de tanto tiempo de dormir echada en el suelo, con hormigas que se le subían por su cuerpo, ésta vez se alivió.

Al día siguiente siente que le tocan el hombro, abre sus ojos y ve a tres hombres, Jesús, estaré divagando, cierra y abre los ojos varias veces, efectivamente son seres humanos, son  madereros que ven asombrados el cuerpo de una dama, con la ropa destrozada, llena de heridas, la cabellera desgreñada, el cuerpo mal oliente, que al incorporarse les cuenta, casi llorando, que se cayó de un avión. Uno de abre su morral, saca un pañuelo para limpiarle la cara y le da un poco de comida, con su cantimplora le ofrece un poco de  bebida. Sorprendidos por lo que escuchan proceden a llevarla al distrito de Tournavista donde le prestan los primeros auxilios, lavan su cuerpo y su cabeza, le  prestan algo de ropa para cubrir su cuerpo. La llevan luego al hospital de Pucalpa, donde tiene un emotivo encuentro con su padre.

Estaba salvada, con los datos que proporcionó dan con el lugar donde cayó el fatídico avión. El accidente cambió toda la manera de vida familiar. Su padre la envió a estudiar en Alemania y tres años después su padre también regresa a Alemania. Como Juliane se siente peruana, regresó en 1978 para hacer su tesis de bachillerato en biología, al mismo tiempo  volver a Panguana, nombre local de un tipo de perdiz. También se decide a escribir un libro que tituló Caída del cielo donde narra lo que le ocurrió

En la Universidad de Kiel hizo su Maestría y en la Universidad Ludwing Maximiliums de Munich su doctorado, está especializada en murciélagos, ya que en Panguana registraron 58 variedades de ellos. Gran lección que nos da Juliane: no rendirse mientras tengas vida porque nunca sabes lo que te depara el futuro. Gloria a ti Juliane.

(c) José Respaldiza Rojas

Lima

Perú 

 José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJGanó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Cuento de Navidad - Araceli Otamendi



"Ayer soñé con los hambrientos, los que se fueron, los locos, los que están en prisión, hoy recordé de nuevo esta canción que ya fue escrita tiempo atrás".

Charly García

    Subo los escalones de uno en uno y voy pensando en esas cosas que había dejado atrás, hace tanto tiempo... Hace calor, el sol de las cuatro de la tarde es intenso, demasiado, derrite y no hay sombra al subir hasta aquí, he llegado a la puerta.

Voy a verte en unos minutos, querida amiga. Recuerdos compartidos, confidencias, fotografías, no sé cómo estás, ni cómo te voy a encontrar. Hoy es veinticuatro de diciembre y el sol, está a pleno. Por la noche voy a celebrar la Nochebuena en familia, como siempre lo hemos hecho. Pero ahora mi familia es más chica, no hay abuelos, ni tíos, ni primos, sólo nosotros y mamá. Llego a la recepción y me anuncio. Son las cuatro en punto de la tarde y ya se permiten las visitas, pero antes, me dice un hombre con ceño fruncido, debe dejar todas las pertenencias, cartera y demás cosas en el armario. El ambiente es ascético, es la primera vez que vengo a verte. No hace mucho que estás aquí. Para subir en el ascensor hay que hacer fila. De a dos o de a tres, más no. El ascensor está con llave. La espera me parece infinita. No tengo mucho tiempo para pensar en el pasado, en las tardes compartidas, en las charlas, en las confidencias. Recuerdo una tarde de invierno, llovía, daban en el cine una película donde los personajes eran Diego Rivera y Frida, Frida Kahlo. O más bien Frida, y Diego Rivera, porque era la historia de ella. A vos no te gustaba, me pediste que dejáramos de ver el film y que nos fuéramos a tomar algo. Entramos en un bar y te pusiste a comentar cosas del film. Vos estabas casada con un artista y no lo tomé en cuenta al invitarte a ver la película. Vos estabas casada con un pintor, justamente, como Diego, aunque no tiene comparación, no la tiene, y hablamos, hablamos, hablamos... esa tarde de lluvia y ahora...

el ascensor está ahora detenido en un piso, no sé cuál porque es adonde están las mujeres adonde voy.

El ascensor se abre con llave y también se cierra con llave. Luego una puerta también con llave. Y ahí estás, mirando la televisión, como si nada. Y como si nada hablamos del tiempo y de las imágenes de la pantalla y te veo, igual y distinta. Cada tanto pasa una enfermera y se me acerca un grupo de mujeres que están ahí, como vos. Casi todas miran la televisión, como cualquiera puede mirar la televisión en su casa o en un bar, me preguntan cosas, conversan.

Me quedo un rato conversando aunque vos no dejás de mirar las imágenes de la televisión y cada tanto pasa una mujer vestida de blanco y distribuye los medicamentos. Hace calor ahí adentro, decimos, digo, decís. Por la ventana se ve algo del día. ¿De qué podemos conversar ahora, en este momento? se me acaban los temas. Por momentos te ponés a llorar. Llorá, te digo, llorá, si querés, llorá...

Son ahora las seis de la tarde y dos de las mujeres jóvenes se acercan. Una se ha puesto un vestido nuevo. Se lo elogio. Se ha peinado y se ha puesto zapatos de taco. Esta noche hay que festejar, dice. ¿Dónde la pasás? le digo. Aquí, aquí adentro. Pero hay que ponerse linda, dice, porque esta noche es la Navidad, luego se va hacia adentro.

En poco tiempo más me despido.Vuelvo a pasar por las puertas con llave, abro el armario también con llave donde he guardado mis pertenencias. Salgo, la ciudad se ha convertido en una cárcel de cemento. Tomo el subterráneo enseguida, me alejo de ahí. El vagón va casi vacío y voy pensando en la comida de esta noche, en el árbol, en cómo lucirá el comedor con el mantel nuevo y en tantas cosas más...

(c) Araceli Otamendi 

 Ciudad Autónoma de Buenos Aires

https://revistaarchivosdelsur.blogspot.com/p/araceli-otamendi-escritora-y-periodista.html

 


domingo, 15 de noviembre de 2020

La claraboya - Cecilia Vetti

 




                    


Todo es un temblor de estrellas agazapadas en el cielo de una claraboya oxidada. Una caricia corrosiva y sutil ha gastado los bordes de ese mundo de hierro. Por allí pasan las nubes demasiado rápido. Otras veces se quedan quietas en un tiempo de infinitos grises, enfriando el cuarto.

También yo me enfrío, como si fuera una cama, una mesita de luz, el velador adosado a la pared. Me siento una cosa inútil que se va oxidando día a día. Alguna mañana la enfermera encontrará entre las sábanas, una figura ocre y desvaída.

Al principio, la enfermedad me cayó como el latigazo de un verdugo. Un verdugo verdaderamente cruel, sin disimulos. Sabía llamar a las cosas por su nombre, esas que siempre le suceden a los otros.

Cuando llegué a este hospital, pasé a ser un número, nada más que un número para diferenciarme. Mi rabia y mi impotencia me segaron. Ha pasado un tiempo, ahora ni siquiera puedo quejarme, el corazón todavía palpita con una fuerza memoriosa que termina aturdiéndome. Mi cerebro sabe manejar a la perfección un tiempo estéril. El cerebro me traslada a la claraboya: día, tarde, noche. El cerebro maneja sin piedad mis miedos.

La enfermera vuelve a entrar y controla el suero. Ella es eficiente y minuciosa. Su cuerpo tiene una fragancia muy personal, me acerca al mundo de lo perdido.

La miro, la estudio, recorro su cuerpo,me  quedo en el ángulo perfecto de su cuello y deseo estar allí. Ella no significa nada y sin embargo me conmueve. Quisiera decirle: esto no contagia, acérquese. Mi amigo Alfonso una vez me abrazó y todavía no se ha enfermado. Hasta puede darle un beso a esta cosa que solo irradia odio. Mejor no hablar, mejor cerrar los ojos y dejar que ella camine por el cuarto haciendo su rutina. Acaso creerá que pretendo tener una relación, acostarme con ella. No, eso sería infame, podría serle fatal. ¡Pero tampoco hay que ser tan indiferente. ¡Míreme a los ojos, solo un momento! ¿De qué color son  los suyos? Usted pasa  tan rápido que  nunca tengo tiempo de conocerlos.

Hasta hace poco yo podía correr por la playa, me gustaba vagabundear por la arena, marcar el mundo con mis pies grandes, como si quisiera apropiármelo. ¡Todo era tan mío! Nada podía arrebatármelo: música, canto, yerba, fogones, una jeringa  poblada de fantasías que corría de mano en mano. El pinchazo me llevaba en un sueño, ni siquiera puedo explicar el sentimiento que me invadía. La claraboya es un deslumbramiento para mi desasosiego-

Ahora usted llega con esa bandeja bien preparada para este insecto kafkiano: sopa, puré, pollo, manzana asada, jugo de naranja, y cinco píldoras de colores distintos, como si con esas píldoras pudiese borrar algo, borrar la mancha que me está acabando. Los colores deben correr por mi sangre para tratar de limpiarla, para tratar que la muerte se acerque más despacio.

Se han borrado tantas cosas. Por ejemplo: el color de los ojos, el sentido exacto del color. Siempre me gustó estudiar las miradas. Detrás de cada mirada está el hombre al que pertenece. Hasta los ojos vacíos de las estatuas tienen algo de vida. Debe de ser lindo ser estatua y sentir que la lluvia resbala por los ojos y se hunde en el cuello. Las estatuas no comen, se quedan quietas mirando fijamente la nada.

Ella retorna en busca de la bandeja. No me mira, habla del tiempo. La humedad de Buenos Aires que obsesiona a todos y nos hace tan melancólicos. Me alcanza un termómetro y espera un momento para tomarme el pulso. Siento un remoto pudor. Miro la claraboya que ahora es una burla de grises presagiando lluvia. Mira la temperatura y tiene un gesto de preocupación. Mi temblor deja paso a las lágrimas. Sí, me pongo estúpidamente a llorar. Lloro, dejo que las lágrimas fluyan, se deslicen, me mojen las manos. Quizás me acuerdo de las estatuas violadas por las injurias en los parques. Este grafiti que me marca quiere  lavarme el alma.

Un médico la reclama, “Nadia, puede alcanzarme la ficha del 14”. Nadia, un nombre que me sabe a Flor. Ir el llanto, solo quiere eso, compartirlo. Es como si se despejaran los sentidos y uno se sintiera más persona.

Nadia trae una pequeña escalera y un trapo amarillo. El amarillo siempre me pareció el color de la felicidad. He dejado de llorar y la observo.

Nadia abre la escalera, sus zapatillas blancas trepan por los escalones de metal: repasa el vidrio y lo deja brillante. El cielo sigue gris y una lluvia de polvo rojizo cae sobre la colcha. Ella baja, cierra la escalera, me mira. Ahora sé que sus ojos son pardos. ¿Quién tenía los ojos pardos? Todo lo he perdido en este lugar que me separa del mundo.

Mi cuerpo tiembla, siento como si estuviera apoyado en un colchón de espuma. Se acerca, Nadia se acerca y se sienta  junto a mí. Puedo sentir sus manos frescas sobre la frente, su aliento sobre mis miasmas. Abro los ojos, vuelvo a mirarla. Sus ojos perdidos en los míos como una caricia mansa. Suenan todos los timbres, la habitación se llena del apuro de los otros. Ella se levanta con premura. Cuando desaparece, ya empiezo a imaginar sus ojos pardos.

Sobre la claraboya se ha posado un pájaro oscuro, me mira con curiosidad. Es el primer amigo que viene a visitarme.

En mis noches de  desvelo siento que por la mañana todo podrá cambiar. La noche siempre es un pasaje al infierno. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo?... Seguro que mamá vendrá a visitarme, lo hace todos los jueves. La pobre carga con la culpa de mi enfermedad y el abandono de un padre ausente. Qué si me dio muchos mimos, que si no me prestó mucha atención… Qué si la separación pudo ser el desencadenante de mi desenfreno. Madre, nadie tiene la obligación de amarse para siempre, algunas cosas se rompen sin que uno se dé cuenta. Hasta la vida…

Siento los leves pasos de Nadia. Hoy debe hacer un turno de veinticuatro horas. Jornada completa. Después no la veré por dos días. Trato de imaginar su vida, quisiera verla correr por el parque respirando el aire puro. Cuando sale a la calle debe de usar zapatos de tacón, parecerá más alta, sus piernas lucirán más esbeltas. Seguro se soltará el pelo que ahora está recogido  con una gorra blanca. Alguien la estará esperando.

Nadia me despertó temprano, sin el acoso de agujas ni termómetros Dice que hoy es mi cumpleaños, aunque yo no lo quiera. Dice que cumplo 22 y que antes de que los médicos comiencen su ronda va a hacerme un regalo. Niego con la cabeza, ya tengo demasiados perfumes y talcos- Miro por la claraboya para encontrar un cielo azul. Los cumpleaños son para aquellos que viven todas las horas, todos los días esperando un amanecer.

Nadia va hacia la puerta y la abre. Un perro grande y lanudo destrenza el silencio y cae sobre mí, me hunde: es Oso. Le puse ese nombre por su pelo abultado y oscuro. Empieza a lamerme en una fiesta que no tiene precio: lame mi cara,, mis brazos, mi pie que sale al aire. Puede nutrir con su saliva todos mis desasosiegos. Oso me puebla, lo acaricio, lo  abrazo. Los timbres lo asustan y esconde su cabeza debajo de la almohada. Por la claraboya entra un rayo de sol, pega en la pelambre de Oso y rebota en mí. Mi risa sacude la habitación junto a los ladridos del perro. Nos quedamos así, juntos. Ya el tiempo  no tiene importancia.

(c) Cecilia Vetti
Banfield
Provincia de Buenos Aires


Cecilia Vetti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SADE  de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.
Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.

domingo, 8 de noviembre de 2020

El álter ego y la gracia olvidada - Márcia Batista Ramos

Emilio Pettoruti - Armonía- movimiento- spacio 

Márcia Batista Ramos 


 

Hoy la vida perdió un poco más de su gracia.

Eran las 7 am y no había sonado el despertador. Es normal esperar que todo se repita, que salga el sol, que encuentres agua en el grifo y que puedas repetir, distraídamente, la usanza de los últimos tiempos.

Hacer lo mismo sin experimentar el factor sorpresa. No soportas esperar para luego regocijarte con una sorpresa…

Nunca miras la tele, especialmente porque a ti no te gusta la política, ni el futbol, peor las clases de cocina televisada. Cualquiera diría, que no te gusta nada.

Te gustaba leer, antes de que el mundo fuera mundo. Eso yo lo sé. Te gusta leer. A noche leías el poema de Huidobro y te quedaste dormido. No es que no te guste… por gusto, por simple gusto, ya leíste unas veintitrés o veinticuatro veces el poema entero. A noche pasó algo. A noche te quedaste dormido, en el canto I.

“¿(…) por qué perdiste tu primera serenidad? / ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa /Con la espada en la mano?”

Tu inconsciente es el lugar en que se almacenan todos aquellos recuerdos que deseas apartar y que no son accesibles conscientemente. Es dónde guardas, las cosas que nunca hablas. O la verdad verdadera, de todo aquello que haces público.

En nuestra adolescencia inmaculada, creíamos que había un único camino…1977 o 78. Escuchábamos música toda la tarde y por las noches, apenas dormíamos. Los primeros cigarrillos, rara vez, alguna hierba mala… la seguridad de ser uno y ser millones, sin saber de lo agridulce que es la vida. Éramos felices y ni sabíamos. Después, empezaste a percatarte de tantas cosas. Te volviste rebeldía, más por imitación que por conciencia…

Nunca rezaste. No crees en plegarias muertas… ¿A noche te vi de rodillas rezando? No sabes todo lo que te pasa, no lograste alcanzar el silencio, ni por un minuto, una única vez.

 “¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus / (ojos como el adorno de un dios?”

Vaya, vaya lloras mientras planeas… Ni siquiera logras tocar el piso, permaneces flotando en el “8vacío”. Y te duele mucho y lloras.

“¿Por qué un día de repente sentiste el terror de /ser?” 

¿Recuerdas? La muerte te abrazó cuando la buscaste. Todos corrieron a separarlos y el abrazo se diluyó, trayendo el silencio mojado por lágrimas…Sin redimirte o purificarte, descubriste tu propio caos lumínico de ser humano.

Tanto desencanto amontonado. Los días no siempre fueron dorados, algunas veces no llegó la primavera, te dejaste estar: “Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir” era mi voz que te llamaba para que no me dejes así: tan solo, tan triste, tan quieto; mirando al espejo tratando de reconocerme o identificarte, para encontrarme, entre tantos; en ese doble espejismo, que quita la solidez de nuestro mundo externo y que se disipa cuando, creemos que no existe por si, que existe por nosotros.

“¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce / (de todos los vientos del dolor? A penas te callas, no /Se rompió el diamante de tus sueños en un mar / (de estupor”

No pasó nada. Todo está bien. Apenas nos volvimos extraordinariamente (im)previsibles. Tal vez, porque no nos comprendieron o no nos comprendimos, desde los presupuestos más adecuados, porque eres (insostenible). De carácter disperso, distraído, ansiosamente distraído. Y te debates en la angustia de existir. “(…) morirás Se secará tu voz y serás /(invisible”

Ya no estaré, ni los otros, que te acompañamos en vida, haciendo eco en tu mente. Hablando cuando te callas, cuando buscas silencio…  Presentándome ante ti, a veces, a través de los sueños, de los símbolos y del lenguaje de los arquetipos, otras veces, por medio de la conducta motivada y, accidentalmente, de los lapsus verbales. Ya no estaré cuando mueras. Tu mente, por fin, será solo silencio.

Tal vez, puedas recordar que a noche pasó algo. A noche te quedaste dormido, en el canto I. No terminaste tu lectura. Habías orado de rodillas la plegaria petrificada, por otras voces, en el tiempo.

Y hoy la vida perdió un poco más de su gracia.

Ya sabes que uno de nosotros existe como un individuo separado, que ve el mundo a través de sus propios ojos, conoce los límites que lo separa de los demás y del mundo que le rodea, y asume dicha separación en su pensamiento y en su modo de interactuar con el entorno. Por eso tú escribes mientras caes.

“Piensas que no importa caer eternamente si se / (logra escapar/¿No ves que vas cayendo ya? /Limpia tu cabeza de prejuicio y moral /Y si queriendo alzarte nada has alcanzado /Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo / (de la sombra /Sin miedo al enigma de ti mismo”

Ahora te preguntas por la trascendencia, que abrirá las dimensiones para una experiencia del (no) fundamento y para la poesía como consumación, como no ser.

Tu posición es elevada, te encuentras en el espacio sideral y, empiezas a caer: “Cae /Cae eternamente /Cae al fondo del infinito /Cae al fondo de ti mismo /Cae lo más bajo que se pueda caer /Cae sin vértigo /A través de todos los espacios y todas las edades”

Mientras caes, piensas que: ¿y si no hubiera nada ahí afuera que pudiésemos reconocer como separado de nosotros mismos?

Tú no serías tú, y yo no sería yo, y tú caída sería sin fin. No podríamos conceptualizar nuestra noción del yo, pues no habría un ser delimitado en el que pensar. No tendríamos medio para determinar que somos distintos del mundo que nos rodea.

Mientras caes amanece en el mundo de signos y códigos. Y tú no sabes qué pasó anoche y te dejas caer, mientras ves que “/Cae en infancia /Cae en vejez /Cae en lágrimas /Cae en risas”

¿Dónde está la gracia? ¿Tu elegancia, tu postura, tu arrogancia tu garbo? ¿Dónde me olvidaste a noche?

“(…) Estás solo /Y vas a la muerte derecho como un iceberg que / (se desprende del polo /Cae la noche buscando su corazón en el océano /La mirada se agranda como los torrentes \Y en tanto que las olas se dan vuelta /La luna niño de luz se escapa de alta mar”

¿Huidobro, te preguntaste, por qué nos llamaron Vicente?

 (c) Márcia Batista Ramos 

Brasil - Bolivia 

Márcia Batista Ramos, nació en Brasil, en el Estado de Rio Grande do Sul en mayo de 1964. Es licenciada en Filosofía por la Universidade Federal de Santa María (UFSM)- RS, Brasil. Radica a más de cuarto siglo en Bolivia, en la ciudad de Oruro. Es gestora cultural, escritora y crítica literaria. Columnista de la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y Columnista del Periódico Binacional Exilio, Puebla, México, además. Colaboradora Revista Dominical, Periódico La Patria, Oruro; es colaboradora de varias revistas culturales en diferentes países. 

Está incluida en el DICCIONARIO CULTURAL BOLIVIANO;

Anexo en Diablo- Diablada De Oruro Al Mundo – Antonio Revollo Fernández (2019);

Tiene cuentos, ensayos, crónicas, novela publicadas en libros y antologías. 

 Publicaciones en revistas  y Blogs: Revista Regatul Cuvantului, Rumania; Faro Cultural Santa Cruz, Santa Cruz, Bolivia; Revista Oxímoron, Sucre, Bolivia; Revista Plaza Catorce, Cochabamba; Revista Culturel, El Salvador; Letras Itinerantes, Colombia; Musuq Nuna, Bolivia; Centro Cultural Francisco Solano, Argentina; Revista Tabaquería, México; Revista poética "Azahar" de España; Revista Paréntesis, México; Piedra y Nido, Argentina; La Literatura del Arte, Paris, Francia; Revista Relieves, Argentina; Revista Brevilla, Chile; Movimiento Poético Riba –Turia, España; Leamos cuentos y crónicas BLOSSPOT. COM, Argentina; Plumas Hispanoamericanas, Santiago de Chile, Chile; Bajootroscielos, Barcelona, España; El Espectador, Bogotá, Colombia; Revista Km0, Argentina; Alpiedelapalabra, Argentina; Bloghemia, Argentina; Nube Cónica, Chile.


Imagen: Emilio Pettoruti armonia-movimento-spazio (disegno astratto), 1914

carbonilla y lápiz sobre papel

44,8 x 57,9

Colección Eduardo F. Costantini, Buenos Aires

Publicado en:

https://revistaarchivosdelsur-muestrasarte.blogspot.com/2011/05/se-inauguro-la-muestra-pettoruti-y-el.html

 

 

lunes, 12 de octubre de 2020

Las lilas - Cecilia Vetti

 




 

Estaba solo en la habitación, pudo sentir ese aroma especial que se amparaba en lo perecedero. En ese momento las lilas del parque tomaban formas descabelladas como caballos alados bordeando los costados del ventanal. Se sintió cerca de Dios, tan cerca como si el murmullo de su propia alma lo abrazara.

Cuando el jardín se cubrió de oscuridad, abrió la puerta de su habitación y salió al aire. El croar de las ranas y el canto de los grillos lo hizo creer que toda su existencia era obra de algo sobrenatural e inasible.

Buscó su karma debajo del saco y se acarició el pecho, lo recorrió un temblor desconocido, era él y a la vez no lo era.

Tenía la boca seca, se acercó a la fuente y haciendo un cuenco con sus manos bebió con avidez. El agua cayó a su alrededor iluminada por un rayo de luz. Pensó en Uriel, lo había abandonado como una cosa inútil, después de ser su amante durante cuatro años. Uriel era caprichoso y arrogante, siempre deseando un poco más de esos billetes malolientes que él le regalaba sin reparo. Sabía que para Uriel, él era una consecuencia en el camino de su malvivir.

Seguro que París lo había encandilado, ese fue su último capricho: un viaje a París. Ahora, algún señor  con fortuna cumpliría sus deseos.

Él ya estaba lejos del apetito de la carne y no extrañaba las miradas ni las caricias que ahora sabía fingidas.

Pisó el barro con sus zapatos nuevos y pensó que ellos también quedarían oscuros en un desierto de dudas.

Las lilas seguían con insistencia queriendo embriagar sus sentidos, eran un vino tibio escurriéndose entre las hojas.

Los sueños siempre le anunciaban algo, saltaban a su alrededor al despertarse. ¿Cómo se puede mantener un sueño apretado en la memoria cuando un ser amado está en él? Atraparlo, fragmentarlo, beberlo hasta la última gota del desamor. Ese mismo desamor que nos está destruyendo.

Volvió al dormitorio, la cama era un refugio y la almohada una amiga a la que le contaba cosas. Única amiga fiel.

Cerró los ojos y Uriel apareció entre las sombras de las cortinas que se mecían  llevadas por un aire distinto. Uriel se apoyó en su pecho y él se arqueó para recibirlo con un quejido profundo que sabía a muerte.

Las lilas ya estaban secas.

 (c) Cecilia Vetti

Banfield

Provincia de Buenos Aires

Cecilia Vetti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SADE  de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.
Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.