domingo, 9 de junio de 2019

La Coqui - Cecilia Vetti




A la Coqui la fuimos a buscar una tarde de invierno. Hacía mucho frío. La abuela Eusebia me apretaba la mano con fuerza y su anillo se incrustaba en mis dedos. Su protección era un sufrimiento insoportable.
La Coqui era hija del tío Mauricio, hermano menor de la abuela. Como hermana mayor siempre lo había protegido. Era el más buen mozo de sus hermanos, y también el más zonzo. Cualquiera lo podía engatusar entre sus piernas, decía mi abuela. Mauricio estaba muy enfermo, según mi abuela le quedaba poco tiempo. ¡Todo por culpa del cigarrillo! “Está condenado”, repetía ella.
 Me quedé pensando por qué estaría condenado a una pena tan grande. Quizás era culpa del dios de los cigarrillos... no sé. Mi abuela decía que un monstruo le estaba destruyendo el hígado… ¡Manías de vieja!
Mi papá la retaba, porque esas no eran cosas de decir. A mi mamá no le importaba, nunca escuchaba a la abuela, siempre se hacía la distraída. Decía que mi abuela era una vieja más mala que el dolor. También lo pensaba yo, cuando tenía que aguantarme el anillo incrustado en mis dedos.
Tío Mauricio tenía cinco hijos, el mayor de catorce años y la más pequeña, de tres. Según la abuela, la madre era atrasada porque le había faltado oxígeno al nacer. Hasta recibía a los hijos sin ayuda. De puro ingenua, nomás. Era hija de una vecina del barrio. Tan bonita que el pobre Mauricio ni siquiera notó que era…
Sus hijos eran  los chicos más lindos que pude conocer. Ella no había envejecido. A través de sus cabellos roñosos se le podían encontrar dos ojos grandes como esmeraldas perdidas.
Su hijo mayor, Alberto, era alto y delgado, con los rasgos de la cara perfectos. La abuela decía que ya podía levantar bolsas en el puerto. Él trataba de vender golosinas en la puerta de la iglesia y ayudaba al monaguillo a vender las ofrendas: ramos de novia, placas de bronce y otras cosas. A la segunda, la llamaban Rubia, así nomás. Nunca me enteré de su verdadero nombre. Ahora su cabeza era una mezcla de oscuridad y abandono. Con sus doce años: ayudaba en las tareas de la casa, hacía las compras y cuidaba a tío Mauricio. El Rubén, tenía once años y era un chico pícaro y mal hablado. La cara pecosa, el pelo casi pelirrojo y los mismos ojos de la madre. Coquí tenía diez años. Sentada en una silla de madera, trataba de rascarse la cabeza con disimulo. Ni siquiera le habían avisado que la veníamos a buscar. Tenía la cabeza entre las piernas y trataba de no mirar a la abuela.
La menor era Merche, tan chiquita que parecía de chocolate y en cualquier momento podía derretirse. Jugaba con su chupete, perseguida por unas moscas busconas. Mi abuela trataba de espantarlas con un trapo y saltaba con su cuerpo robusto.
Vivían en el barrio de Pompeya, cerca del puente, en una calle de tierra. Era una casa antigua, propiedad del padre de mi abuela. Le hizo un legado al hijo menor. Era el que más la necesitaba. Mi abuela decía que ella para nada quería heredar una cueva.
La casa de la puerta verde, con los herrajes oxidados y la pintura descascarada. Las ventanas marcaban las huellas de manos de niños e infortunio. Casi no podía verse la calle. En realidad, no se perdían nada. Las casas de los alrededores eran tan pobres y abandonadas como esa.
La mujer de mi tío nos recibió con una sonrisa y besó a mi abuela con gran efusividad. Mi abuela se limpió la cara de inmediato. Después se quedó sentada en un sillón antiguo que parecía no pertenecer a ese lugar. “Heredado de mi madre”, aclaró la abuela. Ahora, la mujer miraba desde lejos a tío Mauricio, como temiendo acercarse.
Mi abuela sacó de su bolso un termo con sopa caliente y trató de que Mauricio la tomara, pero este se negó con energía. No podía tragar. Miraba a la abuela desde un mundo lejano e irreconocible.
La rubia dijo que por la mañana vino el doctor de la salita y le dio una inyección. Dijo que el padre toda la noche estuvo gritando y la madre se tapaba la cabeza para no oírlo.  Dijo que el mayor fue en busca del doctor a la madrugada. Una salita de emergencias les servía de ayuda.
La abuela trató de explicarle a la madre que se iba a llevar a la Coqui, porque en esa casa eran demasiados. La nena debía ir al colegio. Ella aceptó con la cabeza, sin mirarla.
La abuela calentó agua en la hornalla de la cocina y fue llenando un tacho de latón.  Bañó a la más chica, y por último, arrastró con fuerza a la Coqui y fue desnudándola sin piedad. Coqui trataba de taparse y sus hermanos se reían. Los secó a las dos con la misma toalla y luego la colgó en la soga del patio.
Por los costados del cuarto corría una especie de zanja con agua maloliente. Los chicos saltaban la zanja y reían. Yo también salté…
Tomamos el tranvía, la Coquí apretaba mi mano y se mordía los labios. Al sentarse, se apoyó en la ventanilla y cerró los ojos queriendo dormirse.
Todos los de la casa la recibieron con alegría. La Coqui era una casi huérfana a la que había que mimar.
-¡Primero hay que despiojarla! –afirmó la abuela. Sentó a la nena en una silla baja, justo al lado del brasero. En mi casa, el brasero siempre estaba prendido en un costado de la galería, con la pava latiendo, por si alguno quería cebarse un mate. La abuela lo tomaba a toda hora, con unos palos verdes nadando en agua hervida.
 Con una tijera del tamaño del miedo, comenzó a cortarle el pelo. Nunca estudió para peluquera, pero se daba maña. La Coquí encogía los hombros y tiritaba. No podía parar el temblor de sus piernas.
Mi mamá le acercó el peine fino y después se alejó sin decir nada. Los cabellos rojizos caían desperdigados por el patio. Miles, centenares de piojos sanguinarios cayeron de su cabeza.
– ¡Es para no creerlo!– repetía la abuela –Ya casi le habían agujereado el cuero cabelludo –protestó con desprecio. – ¡Esa retardada del demonio!...
Ahora el temblor de la Coqui sabía a llanto y a rencor.
Mi madre buscó una pollera que me quedaba chica y un pullover marrón. También zapatos y unas medias amarillas.
Cuando ella se miró en el espejo no pudo reconocerse. Encontró a un muchachito muy parecido a su hermano mayor. Se alisó la frente con un suspiro tan hondo que todavía me duele. Nunca volví a ver una cara tan bella y tan desconsolada… Nunca… Sus ojos, grandes y profundos parecían los de un gato furioso. ¡Tan verdes y resplandecientes!
– ¡El pelo crece! –dijo la abuela a modo de disculpa, mientras se cebaba un mate.
Mi mamá le colocó una hebilla en forma de corazón que hacía juego con su pelo rojizo.
La abuela explicó que las monjas la iban a educar muy bien, como lo hacían conmigo… ¡Dios libre y guarde!...
Al día siguiente comenzó las clases. Mamá guardaba uno de esos horribles guardapolvos grises con un escudo de la Virgen de la Misericordia. Parecíamos dos presas caminando detrás de la abuela. Entramos  al patio del colegio, y allí nos separamos. Mientras, la abuela trataba de conseguir una beca para la pobre chica con un padre moribundo.
Al volver de la escuela, no hizo ningún comentario. Me di cuenta que algunas compañeras comentaban su corte de pelo. La abracé queriendo reconfortarla… La abracé…
La Coqui hablaba poco y comía menos. Mi padre y mi hermano la mimaban con caramelos y chocolates. Ella los comía sin disfrute, pero no dejaba de agradecérselos con un beso rápido.
Yo solía leerle cuentos por las noches, hasta que se quedaba dormida.
Por la madrugada, podía escucharla rezar una especie de letanía que nunca modificaba. Nombraba a todos sus hermanos, uno por uno, y después a su mamá. Tío Mauricio ya había quedado en el olvido. ¡No te quedes sentada mamá, parecés una muñeca grande y eso no me gusta!… murmuraba.
La vida siguió unos meses recorriendo los pasos de esa prima caída del cielo a la que no lograba alegrar. Ni siquiera un lápiz regalado por la maestra, pudo vencer su indiferencia. Y eso que la maestra nunca regalaba lápices.
La abuela todos los días iba a cuidar al tío Mauricio. Murió en agosto, una tarde  de lluvia. Tan gris como lo había sido su vida.
A la Coqui le había crecido un poco el pelo. Estaba más alta y  delgada. Cuando la abuela le dijo que el padre había muerto, la miró en silencio. Su silencio era pesado, como una coraza para resguardarse de la ausencia. Entró en nuestro cuarto y con la misma tijera que daba miedo, cortó en tiras el guardapolvo gris. Luego tiró las tiras, una a una, al brasero. El patio se llenó de humo. Un olor a guardapolvo gris ganó las paredes y los cuartos.
Mamá tuvo que contener a la abuela… “¡Cría cuervos!”, gritaba. Decidieron  en familia, que la Coqui debía visitar a la madre.
La abuela le compró un abrigo rojo y un gorro de lana blanco. El abrigo le quedaba un poco grande. “Los chicos crecen tan pronto”… Mi mamá le regaló una gastada cartera azul y el portafolio de la escuela con los útiles escolares. La Coqui guardó sus cosas y también un jabón perfumado, el lápiz regalado por la maestra y un paquete de chocolates.
Nos animamos a caminar separadas de la abuela. La pobre venía cargada con una pesada bolsa: ropa, tallas, alimentos. Mi padre siempre contribuía para comprarlos. Sobre todo, para no sentirla protestar… eso creo.
Otra vez el tranvía y la iglesia de Pompeya. Caminar esas diez interminables cuadras de barro para llegar a la casa. El barro se arrimaba a los hogares, haciéndolos parecer más grises.
La puerta estaba entreabierta. Entramos al cuarto. Todo estaba igual, pero sin el tío Mauricio. Tan muerto en su antigua muerte.
La Coqui se sacó el tapado y el gorro. Los chicos, al ver a la Coqui gritaban y reían de su pelo corto. La madre, acostada en la cama grande, estaba como refugiada en su mundo. Un hombro le sobresalía de la blusa. Parecía más alto que el otro. Su cara pálida se hundía en una boca ahuecada, como si silbara. Solo sus ojos que  miraban con asombro, tenían una belleza verde y mansa.  La Coqui la abrazó, y se quedó un largo momento junto a ella.  Uno de esos momentos que siempre saben a vida. Caminó unos pasos, se paró justo en medio del cuarto y gritó: ¡Qué linda es mi casita!... Ante mi asombro,… eso gritó.
El mayor preparó el mate y se lo ofreció a la abuela, quien había traído un paquete de galletitas dulces. Las repartió entre todos, sin dejar de lado a Etelvina. Supe que la mujer tenía nombre: Etelvina
La abuela murmuraba: “Una vecina del barrio, muy bonita, quien había seducido al pobre Mauricio. Su hermano menor, tan hermoso que parecía un dios. ¡Mala hembra! ¡Mala cabeza!... No se cansaba de repetirlo. De enamorado que estaba, ni siquiera se dio cuenta de que era tarada. El pobre se ocupaba de todo. ¡Cómo no iba a enfermarse!”
Calentó agua para bañar a la más pequeña. La Coqui se adelantó y la tomó en sus brazos, comenzó a desvestir a su hermana despacio, con la ternura de una niña madre. La colocó en el tachón de agua tibia, sacó de su cartera el jabón perfumado y comenzó a lavarla. La pequeña golpeaba con sus manitos el agua y nos salpicaba sin reparo, mientras el piso de cemento se iba humedeciendo.
Mi abuela juntó un atado de ropa sucia y comenzó a lavarla en la pileta del patio. Última compra del tío Mauricio. La colgó en una cuerda larga sostenida por dos clavos. Último trabajo del tío Mauricio.
Las campanas de la iglesia alborotaban el aire como pájaros de acero. Cuando la abuela volvió a entrar, miró a Etelvina y dijo: ¡Hay que despiojarla! Coquí sacó de su cartera un peine fino y buscó una palangana y comenzó a peinarla. La madre la dejaba hacer, mientras nubes de piojos rojizos caían por su saco oscuro.
Casi sin quererlo comencé a rascarme, casi sin quererlo. Yo estaba libre de culpa. La abuela me despiojaba todos los sábados.

Salté la zanja y caí en el recuerdo: de abuelas crueles, pero constantes y cuidadosas. Tampoco nadie les había enseñado la virtud del afecto. Mostraban el cariño así: cuidándonos, despiojándonos, lavando ropa en la pileta del patio, con las manos frías y agrietadas. ¡Mi abuela!
Ella no besó a nadie al despedirse hasta el día siguiente. Al salir de la casa del tío Mauricio, acarició la puerta verde y volvió a apretarme la mano diciendo como para sí: ¡Ella pertenece a este lugar!... ¡Es su casa!...

(c) Cecilia Vetti
Banfield
Provincia de Buenos Aires


Cecilia Vettti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SAade de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.
Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.

miércoles, 17 de abril de 2019

Ahora soy Chévere - Araceli Otamendi




En mi otra vida me decían Nijinsky, soy o era el gato de la bailarina,
Diana.
Me había ido por ahí, a deambular por el barrio, como siempre, a tener
aventuras, correr por los techos, nunca creí que no volvería a verla. Desde
las terrazas podía ver muchas cosas, me resguardaba de los autos, podía
observar mejor la calle. Además esquivaba los peligros que tienen los
gatos, podía escudriñar a veces en las ventanas.
Llegué a la mañana, cuando las luces de los carteles luminosos se
apagaron y encontré que la casa era un despelote. Busqué un poco de
comida, esas bolitas con gusto a pescado que ella me dejaba en  un plato,
 ella decía balanceado.  Buscaba a Diana, como siempre, estaría
acostada en la cama o en un sillón, pero  no estaba. Sospeché algo cuando
sentí olores raros en el departamento. Olor de personas distintas, escuché
voces en el pasillo. Diana se había muerto cuando dormía, la encontró una
vecina, casi no podía caminar, era muy vieja y estaba muy enferma.
La vecina, lo sé muy bien, después vino por mí, me codiciaba, como a todo
lo de Diana.
Me escapé enseguida, no vuelvo más ahí, me quedé en la calle, ando por
el barrio, un barrio viejo, donde muchas personas transitan, cerca de una
estación. Hace poco encontré un cine, escuché música  y me metí ahí
adentro.
La mujer de la boletería me tomó cariño, enseguida me dio algo para
comer.
Aproveché para entrar  a una sala oscura, y me senté en una butaca suave,
aterciopelada,  en la pantalla se veía a un bailarín, daba vueltas en el aire,
como Diana en su juventud. Y escuché voces que decían: ¡Nijinsky! es
¡Nijinsky!  y aplaudían, me acomodé más en el asiento. Entonces era
cierto, lo que decía Diana, Nijinsky había estado en Buenos Aires, y
además de bailar  se había  casado en esta ciudad, antes de enfermarse.
Las escenas del film lo  registraban.
Un día de mucho frío, de golpe, no pude volver más al cine: estaba
cerrado y no lo abrieron más.
Empecé a deambular por la calle, me corrieron algunos gatos, les hice
frente, les gruñí, les mostré las uñas, pero había algunos bastante más
grandes que yo y me fuí. Corrí, corrí por la calle, y de pronto pasó algo
increíble, un chico joven, me levantó en sus brazos, y como llovía me llevó
a su casa. Enseguida me ofreció leche en un plato, la tomé, estaba buena.
Hacía días que no comía. La casa del chico me gustó. Era más chica que la
de Diana, mucho más pequeña, y se escuchaba música de salsa y de
merengue. El chico que me llevó a su casa se llama Juan y baila y canta
cuando llega. Y a todo lo que yo hago dice la misma palabra: - Chévere.
Un día me dijo: - No soy de aquí ¿sabes? Pero igual chévere.
Así, que  chévere, chévere, de tanto decirla se me ha grabado el nombre.
Ahora, soy Chévere.

(c) Araceli Otamendi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

imagen: Araceli Otamendi, S/T,  tinta y lápiz acuarelable, (fragmento)


La mujer del circo - Araceli Otamendi





La mujer ahora cuida un baño en el restaurant de una ciudad de provincia.
Nadia  mira a la mujer cuando entra al lavabo y algo de ella le recuerda al
circo que conoció en su infancia. Tal vez son los leones con su pelo brillante
y rojizo; o tal vez la écuyère sobre el caballo y el traje de colores, dejándose
llevar al galope.
Antes de salir del recinto - un lugar casi inhóspito por lo antiguo y
descuidado - Nadia vuelve a mirar a la mujer ya anciana. Algo, alguna chispa,
algún fulgor en los ojos, quizás de los días pasados en el circo en sus años
jóvenes, con  la cara ahora cubierta de una sombra gris como el guardapolvo
que viste y  que ya no arranca  como en su juventud la risa o el asombro sino
más bien la compasión.
Espera el tintineo de las  monedas en un plato.
Nadia se mira al espejo mientras lava sus manos con el agua fría. Y en
el cristal ve el circo con sus luces, los equilibristas balancéandose en el  
trapecio en lo alto, una  red abajo para atenuar la caída.
Nadia está ahora junto a su abuelo quien la ha llevado al circo, un circo que
anda de gira por los pueblos  y ve el asombro en los ojos de la nieta y sonríe.
Un momento de la infancia  ha ingresado  rápido en la memoria de Nadia
como  una flecha,  se ve a sí misma reflejada en el cristal
como una niña, mirando la pista de arena,  la arena fría, porque es de noche,
bajo los pies.
La mujer del circo está ahí también, como los leones, la  écuyère, el ilusionista,
los payasos.
Nadia se detiene durante un momento frente a ella  y deja un billete en el
plato.
-Gracias, dice la mujer . Y Nadia  sale pensando, gracias,
 muchas gracias, no sabe lo que me ha devuelto hoy, de veras.
© Araceli Otamendi


Ciudad Autónoma de Buenos Aires


imagen: Circo Calder (Cirque Calder), 1926- 1930 (fragmento)
Técnica mixta: alambre, madera, metal, tela, ovillos, papel, cartulina, cuero, cordel, tubo de goma, corcho, botones, abalorios, escobillas limpiapipas, chapas de botella; tamaño variable; medidas exteriores 137, 2 x 239,4 x 239,4 cm; complementos: 194,3 x 248,3 x 245,7 cm; Nueva York, Whitney Museum of American Art.


miércoles, 3 de abril de 2019

El viaje- Yessika María Rengifo Castillo


Yessika María Rengifo Castillo 


La última vez que recorrimos las calles de Praga estaban llenas de rosas y lirios. Éramos dos estudiantes de la facultad de medicina quienes anhelaban ir al África, y poner nuestro servicio a disposición de los chiquillos.
Matías  estaba a punto de recibirse de médico, y su año rural sería cosa del ayer. En el hospital todos lo  ovacionaron era el médico que amaban, y yo me sentía muy orgullosa. Sería su esposa, y la madre de sus hijos en unos años, esos eran los sueños  que  construimos en nuestras épocas estudiantiles, y Matías los olvidó. Tan pronto se tituló se fue a Paris, y realizó una especialización en pediatría,  y todas las noches me recordaba  que me seguía esperando. Y yo, que era una ingenua seguía creyéndole…
Me faltaban tres meses para titularme, y quería ir a París a celebrar los cumple de Matías. No me importó dejar mi trabajo de los sábados, y emprender mi viaje, él era el amor de mi vida y tenía que estar a su lado. Al llegar a Paris, todo era como me él me lo había descrito. Sus calles llenas de luces, de puentes, de silencios, y de tanto arte, que me hacían  pensar que había vivido ahí toda mi vida. Matías no esperaba mi llegada,  se sorprendió tanto al verme en la puerta de su departamento no sabía qué hacer. Cuando del fondo salió una chica que le decía;  “amor quién ha llegado” esas palabras laceraron mi corazón, y le dije a Matías:

- Dile que ha llegado una persona equivocada de dirección,  y de sus ojos emanaron algunas lágrimas.

El viaje había culminado para mi corazón, y  yo había dejado de ser su esmeralda.

(c)Yessika María Rengifo Castillo
Bogotá
Colombia

Yessika María Rengifo Castillo es una escritora colombiana. Docente, licenciada en Humanidades y Lengua Castellana, especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo, y Magister en Infancia y Cultura de la Universidad Distrital Francisco José De Caldas,  Bogotá, Colombia. Desde niña ha sido una apasionada por los procesos de lecto-escritura, ha publicado para las revistas Infancias Imágenes, Plumilla Educativa, Interamericana De Investigación, Educación, Pedagogía, Escribanía, Proyecto Sherezade, Monolito, Perígrafo, Sueños de Papel, Sombra del Aire, Plumilla y Tintero, Chubasco en Primavera, Íkaro, Grifo, La Poesía Alcanza Para Todos, Ibidem, Narratorio, Piedra Papel & Tijeras,  Extrañas Noches, Cadejo, Microscopías, Psicoactiva, Ágora, Con voz  Propia, Un Mar de Letras, Cheshire, Luke, Revolución. Net, Venga Le Cuento, Carcaj, Nudo Giordiano, Contrapunto, El futuro del ayer, hoy, Fundación Cesar Egidio Serrano, Acceso Didasko, Letrambulario, Cultural Siete Artes, Letrantes, Puro Cuento, Temblor Asidero Poético, Kundra, La Galera,  etc. Ha participado en diferentes concursos nacionales e internacionales, de cuentos y poesías. Autora del poemario: Palabras en la distancia (2015),  y los libros  El silencio y otras historias, y Luciana y algo más que contar, en el librototal.com. Ganadora del  I Concurso  Internacional Literario de Minipoemas Recuerda, 2017 con la obra: No te recuerdo, Amanda.


domingo, 7 de octubre de 2018

La hermana - Araceli Otamendi



Mientras camina rumbo a Florida ¡cuánta gente a esa hora! como siempre, piensa en la
hermana. Hoy a las tres la operan, a corazón abierto. Estará pendiente de la operación.
Y mientras toma un café parado en el mostrador  de la London, piensa en la hermana.
¿Cómo sacarse esa obsesión? Juana estaba muy gorda, piensa mientras degusta el café,
está bien cargado, hoy lo pidió así, otras veces lo pide cortado.
Si no fuera por  las responsabilidades del cargo hoy hubiera faltado, no tenía ganas de ir
a la oficina, firmar, decidir, y sobre todo eso, decidir.
A veces nota que le molestan los empleados, vienen con preguntas que ni él mismo sabe
resolver. ¿Y qué sé yo? responde a veces. Y otras ¿venís con un problema? ¿y esta vez qué?
Como ahora, cuando esa chica, tan inteligente golpea la puerta y él dice ¿quién es? Y ella,
con la pollera a la rodilla y bien peinada, como lo exige la empresa, se sienta frente al escritorio
abre una carpeta y le explica. Y habla y habla, pero él realmente no la escucha. Esa chica, a
veces piensa en ella, se la ve tan formal, sin embargo, llega vestida de pantalones, distinta,
y se cambia para trabajar.
Se ve que después de la guerra, las cosas se aflojaron. Las mujeres parecen distintas, como ella.
- No puedo contestarte ahora, no sé, tengo que pensar en el proyecto, dejámelo - dice
Y la chica se retira rumbo al escritorio. A la chica  le gusta mirar las palomas que aparecen a la tarde
en la ventana. Abre paquetes de galletitas y les da migas. Las palomas de plumaje azul grisáceo,
o plateadas como peltre se acercan. Es una nota de alegría en esa oficina tan gris.
Tal vez hubiera sido mejor haber ido a la clínica, mientras operaban a Juana. Y sin saber cómo,
por momentos, aparecen como ráfagas de recuerdos, como flashes, como iluminaciones cuando
Juana, la hermana menor, siempre desplazada en esa familia jugaba con él.
Era en la casa , de Flores, donde los vecinos árabes se asomaban por la terraza y él y Juana
se asomaban también a ver qué hacían los otros. Después de todo no era tan aburrido el barrio
ni la casa. Aunque era una casa modesta. Algo a lo que él no toleraría volver. A una casa modesta.
A un barrio modesto, como donde vive su hermana. Eso sí que no. Antes muerto. Ahora sí disfrutaba
de su piso en Caballito, de la quinta en Paso del Rey. Eso sí que era vida, la quinta los fines de semana.
Ahí podía dar curso a la destreza y a la imaginación para el jardín: había plantado árboles frutales,  plantas con flores, sembrado pasto inglés y gramilla. Combinar flores de distintos colores, las azules
con las violeta,  las rojas con las amarillas y naranja,  almácigos con arbustos, siempre había que usar
 la creatividad para algo.  Y lo que más le gustaba: tender la hamaca paraguaya entre dos árboles y dormir la siesta ahí, mientras, Negra, su mujer, se dedicaba a lavar los platos, o los hijos se entretenían al borde de la pileta, cuando era verano.
Eran las doce y lo llamó a Roberto por el intercomunicador para ir a comer. Afuera, como siempre.
Se miró los zapatos, estaban lustrados, brillantes, como correspondía al cargo de un hombre con poder.
Salió dando un portazo del despacho, tenían que entender, que él hoy no podía atender a nadie, ni
responder a nadie.
A Roberto no podía decirle lo que pensaba ni lo que le pasaba ese día. Prefería hablar de otra cosa,
a Roberto lo veía sobrecargado, mucho trabajo, muchas decisiones, eso que a él no le gustaba hacer.
Pidieron un bife con ensalada sin postre y café. Hablaron de las tasas de interés, parecía que las Líbor
estaban subiendo. Y a lo mejor era eso lo que lo tenía mal a Roberto, con esa cara de preocupación.
En el restaurante, como siempre, entraba la chica a comer. Se sentaba lejos, con un libro y comía y
leía. ¿Qué pensaría ella? ¿Y a quién podía importarle lo que pensaba esa chica? Si no tenía ningún
poder. Era una empleada, nada más. A él le hubiera gustado saber qué era lo que ella leía, pero jamás
hacía ningún comentario, ni siquiera cuando él intentaba tirarle de la lengua, cuando ella le llevaba
algún proyecto y él le hablaba de cine. Ella lo escuchaba y enseguida cambiaba de tema y volvía al
del trabajo.
Las dos de la tarde y el hombre a la expectativa: dentro de una hora iban a operar a la hermana.
En los últimos años se veían poco, no se frecuentaban, salvo cuando Juana, a principio de mes
iba a la oficina y él le daba algunos pesos, porque los necesitaba.
Ahora, casi, casi, estaba arrepentido de no haber visto más a la hermana. Podía haberla invitado
alguna vez a comer afuera, al mediodía, o a la quinta, en verano. Negra y Juana no se llevaban bien,
acaso se detestaban. Pero Juana era su hermana, el único vínculo de sangre que le quedaba, y
tal vez podría haber hecho por ella algo más.
Alguien golpeaba la puerta y no tenía ganas de decir: ¡adelante! Tal vez fuera mejor sacar de uno
de los cajones del escritorio el crucigrama que venía haciendo desde hace varios días. Eso, para
no pensar.
Dentro de un rato saldría  de la oficina, tomaría un café por Florida, en algún bar donde
nadie pudiera verlo o al menos, fuera más difícil.
Tenía que caminar, tenía que pensar, y el único pensamiento volvía una y otra vez a su mente:
Juana. La vio corriendo por el patio, después por la vereda, tenía el pelo suelto y él le había
pedido que le comprara cigarrillos:
- Si se entera mamá te mato - dijo, mientras le daba algunas monedas.
Después la vio saltando a la soga, jugando rayuela en la calle con las amigas...
Ya en Florida, mirar las vidrieras rebosantes de artículos importados lo entretenían.
Le gustaría comprarse una pipa, si fumara. Pero era un hombre metódico. Tal
vez un disco nuevo, para escuchar los fines de semana. Pidió un café sin azúcar, lo bebió
y  se entretuvo mirando a las chicas que caminaban.  Poco después  entró a un negocio
de productos importados, no importa qué, para ver qué podía comprar.
Eran las tres de la tarde cuando volvió al escritorio, cerró la puerta y se sentó.
Antes, le pidió a la secretaria que no le pasara llamados, salvo si era por su hermana. ¡Qué
momentos! ¡Qué día más triste! pensaba. Su hermana en el quirófano y él, ahí, sin
poder hacer nada. Era por su cargo, por su responsabilidad. No podía tirar todo por
la borda y mandarse a mudar, hacer lo que hubiera querido. ¿Y no sería mejor pensar
en el cine, en las películas que le habían gustado más? La amante del teniente francés
era buena. O alguna con Ornella Mutti, esas sí eran buenas.
Eran las cinco de la tarde cuando la secretaria por el intercomunicador, dijo:
- Tiene un llamado, señor R.
- ¿Quién es?
- Su sobrino, el hijo de su hermana

(c) Araceli Otamendi

Ciudad Autónoma de Buenos Aires


sábado, 1 de septiembre de 2018

La profundidad de mi abismo - Magnolia Stella Correa Martínez



No tengo la menor idea de dónde o cómo o en qué momento inicié este camino; no tengo el más remoto recuerdo de cómo o cuál fue el primer paso que di para adentrarme en este cruel e inhumano recorrido.  Sin embargo, y muy a pesar de su despiadada sevicia para conmigo, hoy en día tan solo puedo agradecer todos y cada uno de los pasos que me han llevado por este fantástico y enriquecedor sendero. 
Son cerca de las 5:40 de la mañana; ya está empezando a despertar el día, ya se dejan ver los primeros rayos amarillos dibujando algunos ilegibles trazos en el horizonte por detrás de la montaña, anunciando la milagrosa y generosa llegada del astro rey que poco a poquito se asoma para iluminar y calentar esta cara del planeta.  Yo voy caminando sin darme cuenta, voy charlando con una maestra sin saber conscientemente  desde dónde venimos juntas y mucho menos sé en qué momento nos encontramos; solo soy consciente de que voy por mi camino con esta agradable ilustrada. 
Esta maestra amiga se me hace particularmente simpática porque no es terca ni impositiva, más bien me parece humilde y sumisa, simula entender mis argumentos porque los atiende sin mayores reparos como si se regocijara en complacer todos mis caprichos.
De las muchas vueltas que doy al lado de esta sabia,  inmersa en ella o absorbida por ella no sé, recuerdo nítidamente cuatro o cinco que de la misma manera que me ocasionaron una enorme frustración, también son fuente de una fantástica liberación…  claro está que esto tan solo lo puedo deducir después, mucho después de haberlas superado al ser consciente de ellas.
Durante nuestro recorrido, que yo misma iba dirigiendo, desprevenidamente llegamos a un punto por donde yo no quise pasar y entonces yo decidí que diéramos la vuelta buscando llegar por otro camino al mismo lugar. Aunque sorprendida, la  ilustrada obedientemente  sigue mis pasos  al tiempo que me pregunta: “por qué no podemos pasar por ahí?”, inquiere con curiosidad y sin reproches. Me impresionó el cuestionamiento y no sé si arrepentida o avergonzada, el hecho es que yo empecé a justificar mi actitud con estúpidas explicaciones en una muy clara muestra de que yo sabía que se trataba de un error, de mi error sin fundamento creíble: “es que esa gente que vive por ahí es muy habladora, criticona y burlona…”.  Y así, sucesivamente, una y otra vez la misma actitud, yo evitaba lugares, personas y circunstancias mientras la sabia me seguía simplemente; ya no volvió a preguntar “por qué”… pero yo sí presumía y asumía la curiosidad de la maestra y, a la sazón, daba explicaciones para justificar mi mentecata confusión con todo tipo de razonamientos, fiel reflejo de dudas, temores y complejos de cuánta confusión se pueda calcular:  “que porque estos son muy orgullosos, tienen dinero y fama…”, “que porque la Universidad no es buena y tengo deficiencias en mi formación profesional…”, ”que porque yo soy gorda, fea, pobre, no tengo amigos…”, y así  repetidamente yo expresaba con un razonamiento debidamente justificado todas y cada una de mis innumerables “frustraciones ”. 
Yo ya estaba muy cansada, pues era demasiado el peso que  había cargado durante todo el tiempo, además ya también era excesivo el camino recorrido en compañía de esta sabia y  ya me estaba aburriendo su pasividad; ya la sabia me estaba resultando muy inútil, pues como que no lograba entenderla ni amoldarme a ella.  Solo fue hasta entonces que empecé a quedarme muy callada y seria, era mi manera de sacar a la maestra de mi camino y seguir yo sola sin renunciar a la sabia directamente porque me daba un extraño miedo…, y así en el momento menos pensado, de una forma totalmente inconsciente, intempestivamente me di cuenta de algo aterrador…
Sorpresivamente me vi en el fondo de un profundísimo abismo, oscuro y recóndito, desde donde no alcanzaba a visualizar  claramente la salida a la superficie, no veía un camino, un sendero, una guía, una luz, algo que me produjera alguna esperanza… desesperada, angustiada al verme tan sola en un sitio tan terrorífico, en una circunstancia tan extremadamente cruel que me hacía ser una víctima sin un victimario a quien maldecir, en un extenso desierto sin caminos, sin puentes, sin escaleras; de repente me vi en un extenso desierto plagado de punzantes espinas y cortantes piedras que me acorralaron en un solo punto, sin posibilidad de movimiento alguno; sin una sola persona a quien clamar auxilio cerré los ojos a mi monstruosa realidad.  Sin embargo, reaccioné luego de un rato y me dispuse a inventarme la forma de salir de este antro,  cuando caí en cuenta que únicamente tenía que deshacer todos y cada uno de los pasos que me habían traído hasta aquí, porque yo y tan solo yo me había traído hasta aquí; la sabia prácticamente había desaparecido, o al menos yo no la percibía; no la culpé por abandonarme cuando más la necesitaba, más bien la comprendí, no tendría por qué arrojarse al abismo conmigo.  Fue entonces cuando de la manera más genial e ingenua, traté de armar una escalera, inicialmente con palos, pero no resistió mi peso, luego pretendí hacerla con piedras, una sobre otra, pero tampoco lo hubiera logrado porque no era posible alcanzar el borde del abismo.
Todo el mundo pasaba por la otra orilla del borde del abismo y nadie se daba cuenta de mi acerba situación; a los muchos días pasó ella, me vio allí y se detuvo a brindarme su ayuda a su manera y a su estilo.  Sí, tenía que ser ella, justamente esa mujer con la cual siempre he tenido una abismal diferencia y la misma mujer que jamás pudo ganarse mi cariño a pesar de su esfuerzo para ello.  Sin embargo, hoy fue la única persona que, sin saberlo y tal vez sin proponérselo, me ayudó a sobrellevar mis días en este precipicio. 
Después de casi maldecir a mi sabia compañera por su abandono, luego de renegar de todos  y cada uno de los fatídicos pasos que me habían conducido a este tenebroso lugar en el cual me encuentro atrapada y sin posibilidad alguna de salida, completamente absorta en mi desgracia, no quería ver, ni oír, ni pensar; la consciencia de mi feroz situación apenas me permitía confiar en el auxilio Divino y así me quedé dormida, con la esperanza o más bien con la ilusión de que Dios viniera y me sacara de este infierno.  Pero nada, entre más pasaban los días,  me daba la impresión de que el abismo se hacía cada vez más hondo; quizás no era mera percepción mía, en realidad a medida que el tiempo transcurría el piso del abismo era cada vez más profundo, lo que hacía más distante, por tanto, menos visible su parte superior, es decir, alcanzar el borde del abismo y poder salir de ahí se me hacía prácticamente imposible.
Cansada y convencida de mi fratricida lucha, me rendí  ante mis crudas y crueles circunstancias que la sabia y pervertida vida me planteaba, me entregué a mi desgracia y desistí de mi inútil batallar.  Doblegada ante mi perentorio fracaso, me senté a reflexionar sobre cómo o de qué manera iba a pasar el resto de mis días en este inhóspito y agreste lugar, en este desamparo tan drástico e inhumano.  Repentinamente vuelve a mi pensamiento la idea de disolver todos y cada uno de los pasos que me trajeron hasta aquí y empiezo a recapitularlos uno a uno sin cesar, como si me recreara al recordarlos tan minuciosa y detalladamente.
Repasando todo el camino recorrido junto a mi sabia, estaba recordando cómo yo evadía unas personas, evitaba algunos lugares, rechazaba muchas situaciones, etc. todo ello con un  fundamento en común: dudas, miedos, complejos que he albergado en mi más íntimo Ser y que me han ocasionado todo tipo de confusiones y frustraciones durante toda mi existencia…   el silencio y el frío de la noche parecen hacer gavilla con la impenetrable oscuridad que reina en el ambiente, para aniquilarme radicalmente y entonces cierro los ojos con la finalidad de quedarme profundamente dormida… pero en el instante de máxima soledad, oscuridad y frío, sucedió algo tan sencillo y simple como extraordinario y magnánimo.
De pronto desde aquí, desde el fondo de esta cavidad, empieza a surgir una asombrosa luz que invade todo el abismo y que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, incluida yo.  Sí, una desconocida luz con una extraña e inusitada fuerza me levantó del suelo y me llevó, no sé cómo, ni en qué, hasta la salida del terrorífico lugar donde yo había pasado muchos, muchos años de mi vida.  ¡oh!, no lo podía creer, ya estaba afuera…; yo me sacudía, me tocaba, inspeccionaba a mi alrededor… vida, oportunidades, progreso, prosperidad era lo único que yo podía captar con todos mis sentidos.  Dispuesta a retirarme de aquel espantoso  paraje, envalentonada ante mi nueva circunstancia, di unos pocos pasos adelante… pero… sentí curiosidad por ver desde arriba el fondo del precipicio y me devolví con el serio propósito de burlarme con desdén porque pude superar al monstruo y de humillarlo con sevicia porque él no me pudo derrotar, sin embargo, ¡oh sorpresa!...
Con los ojos desparramados por el más descomunal asombro y sin poder creer lo que estaba viendo, me tuve que agachar para corroborar aquello que era perfectamente visible, para comprobar que no estaba loca ni estaba padeciendo de  alguna alucinación.  Me incliné y me acosté en el suelo, boca abajo, metí mi mano derecha totalmente abierta para medir o calcular la dimensión de este despeñadero que me tuvo atrapada durante tanto, tantísimo tiempo.  Casi desconfiando de mi cordura mental pude confirmar que con mi dedo meñique derecho tocaba el fondo del abismo mientras que con mi dedo pulgar derecho alcanzaba el borde o la salida del abismo…  Sí… increíblemente el tal abismo escasamente medía una cuarta de profundidad…   la profundidad del abismo era del tamaño de mi mano derecha abierta…

(c) Magnolia Stella Correa Martínez
El Cerrito, Valle del Cauca
Colombia

Magnolia Stella Correa Martínez (El Cerrito, Valle del Cauca, Colombia) , vive en la misma ciudad. Es contadora pública y escritora.
Ha publicado cuentos, relatos y artículos en sitios web como Rincón de los Escritores, Unión Hispanomundial de escritores.
La profundidad de mi abismo (c) Magnolia Stella Correa Martínez enviado por la autora para su publicación en la revista Archivos del Sur


viernes, 22 de junio de 2018

Una estampida familiar (y una historia extraordinaria) - José Respaldiza Rojas


                                   
Elevo el rostro y diviso entre los anaqueles de mi biblioteca, una especie cofre pequeño, con la curiosidad a flor de piel avanzo hasta llegar a él, lo abro y lo encuentro repleto de fotografías antiguas, papeles con anotaciones y de pronto veo un sobre filatélico, fechado en 1947, donde aparece la dirección de la vivienda de María Santitos Chirinos, mi bisabuela materna, que radicaba en Buenos Aires.
Cierro los ojos, me meto en el túnel de tiempo y me transporto a esa fecha. Nosotros vivíamos en el jirón Manuel Segura, en la Quinta Zelmi, en Lince. Un buen día mi madre acicaló a mis dos hermanos y a mí,  para ir a casa de mi abuela materna, en el jirón Guzmán Blanco N° 140  y no era para menos había llegado de la Argentina, mi tío abuelo Huberto Rojas Chirinos.
El comedor muy amplio contenía una mesa larga que daba cabida a unas treinta personas. Presidía la mesa precisamente mi tío abuelo, era un varón de mediana estatura, piel cobriza clara, abundante cabellera negra, con rostro algo serio sin llegar a ser adusto, lampiño para más señas. Lucía un terno de gabardina inglesa, de color gris claro, un chaleco de pelo de camello, una camisa almidonada con puños de gemelos y una corbata delgada gris oscuro, zapatos negros lustrados al duco.
Acomodó la servilleta cubriendo todo su pecho, juntó las manos y rezó un Padre Nuestro para bendecir la comida a recibir, luego del primer bocado da la voz de:

Servido.

Los demás familiares hicieron lo mismo, mientras unos masticaban, otros hablaban. Los menores estábamos en una mesa aparte dentro del mismo comedor. El tío Eduardo prende el tocadiscos, procede a cambiar la aguja, coloca un disco de Gardel y se escucha:

Mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá penas ni tristezas
el  farolito de la calle donde nací


Esa noche, como gozábamos del verano y aun se practicaba la tertulia, me escabullí entre las cortinas para no perderme lo que habrían de contar. Sentados alrededor del amplio patio mi tío abuelo Huberto, con su mate en la mano derecha, era el narrador principal. Sólo podía oír, no debía hacer ruido, pero de pronto escucho un nombre: Perón y en mi mente infantil se dibujó una pera gigante, se me escapa una risa delatora y me descubren. Son las once de la noche, vaya a acostarse.
Pero partamos por donde debimos empezar. Mi familia residía en la provincia de Chiclayo, capital del Departamento de  Lambayeque, ya no queda ningún pariente vivo que pueda explicar esa fuga masiva, pues de Chepén a Chiclayo no hay más que un paso.  Hay una antigua marinera norteña, que se  escucha de vez en cuando, que entre su letra dice:

La gripe llegó a Chepén
                hay ya llegó,
                y está matando tanta gente,
                pero no muere la decente
                por qué será


Aquí debemos aclarar que se confunde resfriado con gripe. El resfriado es una enfermedad viral, muy incómoda, pero a los seis días pasa, mientras que la gripe es de necesidad mortal. Por eso, un pariente partió para Costa Rica donde trabajó en una oficina de envíos por cable. Otro se internó en Omas, en la serranía de Lima, mis abuelos maternos Ruperto Rojas Chirinos y Rosa Amelia Zorrilla, fueron a dar a Tarapacá cuando aún era territorio peruano y mi bisabuela María Santitos Chirinos y sus hijos Huberto, Margarita, Isabel y Ofelia, llegaron a Buenos Aires.
Alfredo Ponce Chirinos, natural de Omas me contó una historia, que escuché
escondido tras unas cortinas. Debemos indicar que la familia Cisneros Vizquerra fue deportada, por razones políticas, a la Argentina, por esa razón el peruano Luis Federico Cisneros Vizquerra, apodado el Gaucho, inició sus estudios castrenses en el Liceo Militar General San Martín y en el Colegio Militar de la Nación. En las reuniones de la Colonia Peruana se conocieron mi tío abuelo Huberto Rojas Chirinos con el Gaucho Cisneros, y así entra en contacto con los militares argentinos,
El coronel Juan Domingo Perón es Secretario del Departamento Nacional del Trabajo y desde allí se vincula con diversos organismos sindicales, bajo la premisa que los conflictos laborales no deben ser resueltos a la fuerza sino mediante el diálogo. Este esfuerzo de mejoramiento del clima con los trabajadores no es bien visto por algunos sectores dominantes y por el Embajador USA Spruille Braden. Es aquí donde entra a tallar mi tío abuelo Huberto Rojas, distribuidor de películas, pues entre las cajas de lata con películas comerciales se enviaban mensajes a los diversos sindicatos de todo el país, coordinando acciones,
Luego de un golpe palaciego, el 9 de octubre 1945, el coronel Juan Domingo Perón es encarcelado en la Isla Martín García. La maquinaria de vinculación usando las cajas de películas entra en acción y se produce todo un levantamiento de solidaridad en Buenos Aires, Rosario, Tucumán, los trabajadores de toda Argentina paralizan el país en su apoyo y se logra que sea liberado el 17 de octubre.


                              Perón   Perón   Perón    Perón

                        Perón Perón    Perón     Perón   Perón
                           
                           Perón     Perón  Perón   Perón     Perón     


La inmensa cantidad de obreros corean su nombre. Es un rotundo y contundente triunfo.  La alegría popular se desborda. Ese año el coronel Juan Domingo Perón logra que lo elijan presidente. Mi tío abuelo cobra un relieve inusitado, se compra una gran casa en Mar de Plata, se le suben los humos, gasta más de lo que le entra, no importa porque al día siguiente volverá a ganar mucho. En eso cae Perón, mi tío abuelo se ve en apuros económicos, empieza por vender sus bienes inmuebles, los años no pasan en vano, va perdiendo la vista, se aferra a su tesoro mejor guardado, su colección de discos de Gardel.
Flaca, dos cuartos de cogote,
              una percha en el escote
              y un bandoneón,
             parecía un gallo despluplu,
            mostrando al compapa, s
            u cuero picoco.


Cambien de aguja, se está rayando el disco.
Mis tías abuelas, que vivían de bordar y tejer, al perder la vista y tener arteroesclerosis no pueden seguir produciendo productos para su venta, pronto entran en la indigencia, ninguna tiene hijos y permanecen solteras, son los vecinos quienes las ayudan.

Ahora, cuesta abajo en mi rodada
               las ilusiones pasadas
               no las puedo retomar
               sueño con el pasado que añoro
               y el tiempo viejo que lloro
               eso nunca volverá

Tío Huberto, el destino te deparó esta increíble historia, con sentido inverso, guardo en la retina ese día de 1947 cuando me obsequiaste un sol y vi cómo le entregabas a la tía Georgina ese sobre filatélico que ahora reencontré.

(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú

 José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.

sábado, 31 de marzo de 2018

Y le llamaban Gardel- Dolores González Opazo



Corría el mes marzo, un aire suave y dulzón con sabor a viña y uvas maduras invade las calles del viejo pueblo de naranjos y viñedos, y un viejo caminante de esos que aparecen de vez en cuando en tiempo de vendimia, aparece un día cualquiera con su bolsa quintalera colgada de su hombro en las polvorientas calles del pueblo. Son los días en que mucha gente afuerina aparece por el lugar, pero él era diferente el era... Gardel. Su vestimenta era impecablemente limpia, si hasta parecía que antes de entrar al pueblo, él se había acicalado finamente como para una buena presentación. Solo su vieja y gastada bolsa en el hombro indicaba que era desde hace mucho tiempo un caminante. Con una particular y extraña forma de caminar, que parecía invadir todo el espacio para él solo, abriendo los brazos a cada paso lento que daba, y un marcado acento argentino, pidió en el fundo cercano trabajo como gamelero. Nadie sabía su nombre solo se hizo conocido tiempo después como Gardel. En poco tiempo se hizo popular entre sus compañeros y la gente del pequeño pueblo, ya que en las tardes al final de la dura faena cuando anochecía, cebaba su mate junto a la fogata y luego de un par de tragos, su voz argentinada se hacía oír con sus sentidos tangos arrabaleros y que el viento llevaba hasta muy lejos. Era agradable escucharlo cantar, su voz profunda y clara era oída por todos, una verdadera historia de vida en tangos, uno tras otro llegaban a nuestros oidos, mientras sus compañeros guardaban profundo silencio para escucharlo atentamente, él nostálgicamente emocionaba a sus oyentes, y luego de unos cuantos tangos y un par de cigarrillos callaba y en medio del silencio …los aplausos y a dormir. Al término de la temporada de vendimia, Gardel no partió en su caminar como todos los demás , se quedó en la misma viña que lo había acogido durante toda la temporada de vendimia. Y para alegria de nosotros, lo veíamos pasar cada tarde después del campanazo de salida de la jornada diaria, con su galletón bajo el brazo, su rojo pañuelo al cuello y su particular forma de caminar camino al centro del pueblo saludando como un gran personaje a cada habitante que encontraba en el camino, alli lo esperábamos cada dia y corriamos a su encuentro, sonreía y nos hablaba con su voz especial, y así seguía camino al centro del pueblo donde entre risas y conversaciones fumaba su cigarrillo con elegancia, era amistoso y amigos no le faltaban. Más tarde era común verlo venir de regreso a paso lento y muy erguido , con unos tragos de más sonriéndole a la vida, murmurando palabras que solo él sabia a quién y saludando con estilo. Me gustaba verlo con su chaquetón de twist café , muy acicalado y una pequeña flor silvestre que recogía en su pasar, puesta ahí en el ojal. Lo veíamos desde lejos y entonces a viva voz le llamábamos…..

-¡!! Gardel , Gardel cántanos un tango Che ¡¡¡- Y el se acercaba , sacaba su peineta y repasando su peinado a la gomina nos cantaba con potente voz , aquel hermoso tango dedicado a la rubia Mireya.-

-…Te acordás hermano los tiempos aquellos……-.

Y nosotros en total silencio buscábamos un lugar para escucharlo, casi emocionados. Esperábamos ansiosos y con las manos apretadas aquella parte de la estrofa ….

- Te acordás hermano lo linda que era, se formaba rueda pa´ verla bailar y cuando por las calles la veo tan vieja ….

Y allí entristecíamos nuestro pequeño corazón, al ver que por su viejo rostro, corrían transparentes lagrimones de perlas húmedas. Cantaba bien el Gardel y nosotros sufríamos con él y con su rubia Mireya. Luego saludaba correctamente a su público infantil y seguia su camino. Ahi luego de un corto silencio siempre nos preguntábamos lo mismo ¿será verdad eso  para luego seguir con nuestros juegos. El Gardel, mi cantante preferido en aquella dulce e inolvidable niñez, nunca supimos su nombre real, ni tampoco si aquella bella rubia era el motivo de sus lágrimas, o si quizás había en sus recuerdos de años de juventud, algo que cambio su vida y que lo hizo caminante. Crecimos escuchando sus lamentos en letras de tango entremezclados con nuestros juegos infantiles y se hizo parte importante del paisaje y de nuestra vida. Pero un día, no sé cuando así tal cómo llegó, desapareció sin aviso y para siempre. Solo un dia no estuvo más, nadie lo vio partir,  tomó sus cosas y partió  sin despedidas, sin abrazos, sin un adiós. Una mañana ya no estuviste Gardel y así tal cual como llegaste te alejaste sin ruido. Nadie supo qué fue de ti, un día desapareciste de mi calle, de mi vida, de mi viejo pueblo pero no de mis recuerdos. En silencio desapareciste para siempre y te fuiste quizás por entre las sombras de los álamos del largo y pedregoso camino, cantando bajito tus tangos doloridos.
Y yo aquí a pesar de los años que han pasado desde aquella mi hermosa infancia pueblerina , de vez en cuando al escuchar viejos tangos y entre ellos tu preferido te traigo a mi memoria …

…..te acordás hermano lo linda que era…..

Y allí entre mis recuerdos llenos de melancolía, en un lugar de privilegio de esta pequeña caja llamada corazón , oigo tu voz argentinada cantando otra vez a lo  .... Gardel.

(c) Dolores Gonzalez Opazo
Santiago de Chile 

Dolores González Opazo es chilena nacida en Villa Alegre, pintoresco pueblo de la séptima región, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda , que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Aunque su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres, tradiciones , cuentos y leyendas de su tierra, es desde hace pocos años cuando se decidió a entregar y publicar cada una de sus letras .
En el 2007 gana el segundo lugar en su primer concurso con el cuento " El hijo profesor ".
En el año 2012 fue publicada en la antologia llamada "Cuentos en movimiento" con su cuento " El tren de la medianoche".
En el año 2013 su cuento "Miseria de vida " recibe el maximo galardón en Letras de Chile.
En el año 2015 la revista de narrativa argentina, Archivos del sur publica su cuento " Chicha de manzana " y en el mismo año gana el concurso "Lineas de vida " con el cuento "Natalia historia de una solitaria " cuento publicado en la antologia "Desde la mañana al atardecer".
La Revista Archivos del Sur nuevamente la publica en el año 2015 con " Velorio del angelito" y en el 2016 " Espejo del alma" y " Zapatitos de charol". En el 2017 lineas de vida premia a "El velorio del angelito " y lo publica en la antologia " Recordar soñar y crear ".
Casada con 2 hijos y una nieta a quienes a inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía. Actualmente radicada en Santiago de Chile dedica su tiempo a dictar charlas literarias ,sus escritos, cuentos y poemas recordando en cada una de sus publicaciones a la tierra que la vio nue la vio nacer y a quien dedica cada uno de sus logros.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Campeona por cuenta propia - José Respaldiza Rojas

                 

Entrabas al salón oliendo a recién bañadita, era la época en que Lima crecía con una hidrocefalia geográfica, en dónde muchos distritos y barrios compraban el agua en cilindros, donde camiones aguateros vendían el cilindro a cinco soles y tú te las ingeniabas para tener con qué asearte. Pasar por el lado de tu carpeta era recoger el aroma del jabón de pepita, jabón del pueblo, la pobreza no es ajena a la limpieza.
Eras alegre, comedida, vivaracha, atenta a las clases, pero tu pasión estaba concentrada en conocer más recetas de comida, cómo hacer agradable la papa, cómo mejorar la presentación de la sangrecita de pollo, baratísima, que compraban en el mercadito de la localidad. Margarita, discúlpame que solo recuerde tu nombre y tu olor a buen hábito de higiene, es que he tenido tantos alumnos como piedritas tiene el arenal donde se asienta el colegio de Villa María del. Triunfo.
Recién egresado y con mis veintitrés juveniles años entré de frente a enseñar en la Universidad de Huamanga, pero ese sueño me duró apenas un año, y de allí pasé a un colegio de educación primaria en Villa María del Triunfo, cuando aún la ciudad bullía por seguir su expansión, en las afueras de Lima, esa fue mi suerte, pues allí te conocí. Por cierto que también me encontré con muchos egresados de la Escuela Normal Superior, hoy convertida en Universidad; el director era Brígido Varillas Gallardo, egresado del Instituto Pedagógico. Estaba igualmente Agustín Salvá Pando, compañero de mi promoción, Zózimo Pahuacho Briceño, procedente de muchas promociones anteriores, todos ellos podrán testificar de tu presencia.
Caminabas tempranito por el arenal para llegar en punto a la hora de ingreso y no perderte ni una clase.
Al año siguiente pasé a otra universidad y así pasó el tiempo. En mis ajetreos por conseguir que mi sueldo abasteciera la canasta familiar te volví a ver en el mercado de La Parada, a un costado de la sección mayorista. Fuiste tú quien me reconoció y me pasó la voz:

-Profesor, cómpreme anticuchos, tres palos por un sol cincuenta.
-No, no gracias – contesté tajante, preocupado en mis compras.
-No se acuerda de mi, profesor.

Al voltear mi cabeza me di con una muchacha de unos veintitantos años. Te miré atento y te pregunté:

-¿Quién eres?
-Soy Margarita, su alumna en Villa María del Triunfo.
-Cómo te voy a reconocer si has crecido y ya eres una mujer, con tu pelo y tu lana.
-Siempre con su chispa profesor, mi lana la llevo con mucho orgullo.
-¿De dónde eres?

                                                                                                                                         
-De Huancayo.
-Ya me enamoraste, dame tres palos, calientitos.
-¿Le pongo ají?
-No, así nomás.
-¿Y usted de dónde es?
-Soy limeño, nací en los Barrios Altos.
-Limeño y no come ají, eso sabe mal.

Como estaba apurado, terminé rápido de comer, le pagué y me fui a continuar mis compras. Ir para adquirir víveres en La Parada me lo enseñó el señor Durán, esposo de la señora Judy Barreto, la primera mujer bombero que hemos tenido. Se debía ir cada quincena, de preferencia a media mañana y por eso regresé a fin de mes, pero esta vez con la clara intención  de ver y hablar con Margarita.
Estabas junto a su carretilla avivando el fuego con un abanico de paja. Apenas un palmo más alta que el común de las mujeres, aunque algo gordita conservaba una atractiva figura que la hacía un poco coqueta. De dos trenzas pelo negro que caían a cada costado de sus  senos, algo abundantes. Piel de un color cobrizo claro se dejaba ver en su cara y en lo visible de un atrevido escote. Lucías un rostro simpático, sin usar ningún tipo de maquillaje, el timbre de tu voz tenía un inocente imán que atraía a los clientes. Tus labios mostraban una cándida sonrisa convincente.

-Hola Margaracha ¿cómo estás?
-Bien nomás, profesor.
-¿Te casaste?
-No, sigo aún soltera, pero con un autogol.
-¿Cómo es eso?
-Es que me enamoré de un estudiante de ingeniería y a la hora de los loros, se echó para atrás.
-¿Y el autogol?
-Se quedó en casa con mi hermana menor, ya tiene cinco años.
-Cuanto lo siento, pero tienes toda una vida por delante.

Me contó que al fallecer su padre se sintió, obligada a trabajar. Como juntaba recetas notó que con poco capital se podía vender anticuchos, se requería vinagre, que era barato; ajos, pimienta y sal, ingredientes también baratos.  Lo relativamente caro eran los corazones, pero sabiéndolos trozar, rendían bastante. Los palitos eran baratos así como el carbón. Si se quedaban trozos sin vender, al día siguiente servían para el almuerzo. Todo era ganancia y dependía de conseguirse una gran clientela. Ahora atendían en dos lugares distintos, ella y otra de sus hermanas.

-Margarita ¿no tuviste problemas con la venta?
-Yo pago, al municipio, aquí está mi boleto, comprobante de hoy. Pago diario.
-No es eso, yo me refiero que las anticucheras siempre han sido gente morena.
-Mis clientes están satisfechos con la sazón de mis anticuchos. Ellos comen mis anticuchos, no me comen a mí.


Iba a contestar pero preferí guardar silencio y seguir mascando los pedacitos de corazón del último palo. Pagué y me despedí de ella.
El tiempo sigue su curso. La dictadura del ochenio llega a su fin, sube Manuel Prado, se aviva la corriente nacionalista que reivindica para el Perú el usufructo del petróleo de la Brea y Pariñas, ilegalmente en manos de la IPC, una empresa norteamericana. Se destaca la participación del General César Pando Egúsquiza, del Dr. Alberto Ruiz Eldredge, de Alfonso Benavides Correa, del Dr. Alfonso Montesinos, del diario El Comercio; se editan       libros y artículos periodísticos en  pro de dicha tesis.
Sube el arquitecto Fernando Belaunde Terry y cuando se iba a firmar un nuevo convenio para la tenencia petrolera desaparece la página once del Acta de Talara, factor desencadenante para que, en 1968 el General Juan Velasco Alvarado lo derroque y sea Presidente en nombre del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Se nacionaliza el petróleo, se implementa la Reforma Agraria y otras medidas socio económicas. Por ejemplo, el Ministerio de Agricultura, en camiones del Ejército van hasta las parcelas campesinas comprándoles sus cosechas de papa con un pago justo, pero, siempre salta algún pero, no tienen la infraestructura de venta y sus depósitos se ven abarrotados. Se nota a las claras que no pueden vender las toneladas de papas que cada día ingresan a la capital y como al día siguiente entran otras toneladas más, los remanentes se van acumulando. Quisieron exportar papa, mas el gobierno era visto como un leproso, todos se excusaban aduciendo un sin número de problemas. Nadie se atrevía a negociar con militares tildados de rojos.
Una mañana de 1970, muy temprano me levanté para ir rápido a comprar el pan y un cuarto de jamón del país, de paso adquirí un diario. Mientras tomaba mi desayuno leí a la volada las noticias y me di con la sorpresa que habían llegado a un acuerdo con la reina de la papa para comercializar ese producto, la sorpresa era que mostraban la foto de esa reina y esa reina era precisamente Margarita. Me vinieron muchas preguntas a la cabeza: ¿Cómo pasó de anticuchera a papera? ¿Puede haber una reina de la papa? ¿Cómo una humilde persona sin título universitario puede tratar de igual a igual con un gobierno revolucionario? Al terminar caminé hacia mi movilidad para partir rumbo a mi centro laboral.

Ese fin de semana fui a La Parada y busqué a Margarita. Serían más o menos las diez de la mañana, allí estaba ella, sentada tomando un té caliente yapado con su yonque. Ahora se mostraba con unos kilos de más y por algún costado se escapaban una o dos indiscretas canas,  los años no pasan en vano. Su mirada era más ejecutiva y junto a ella uno se sentía seguro pues irradiaba confianza. Los camiones repletos llegan de madrugada y a esa hora hay que recibirlos. A media mañana como que provoca calentar el cuerpo, se toma un te calientito. Me acerco y le digo:

-Buen día, Margarita.
-Profesor, buenos días ¿qué milagro lo vuelvo a ver?


                                                                                                                                             
Esa respuesta fue suficiente para que dos fornidos individuos se retiraran a una distancia prudente, era sus vigilantes. Es que aquí la compra/venta se hace plata en mano, se paga al contado, no hay tarjetas de crédito, débito y otras mojigangas, todo es como dice el refrán: plata en mano, chivato en pampa.

-Trae otra taza con té para el profesor.
-Sale y vale, con medio limón, por favor – dije.

Conversamos en forma amena y me contó que un asiduo cliente la enamoró y luego de un tiempo le propuso matrimonio, así ingresó al mundo de La Parada, como esposa de un mayorista comercializador de papa. Como tenía buena memoria retuvo el nombre de los diversos tipos de papa, dónde se producían, cuándo se cosechaban, qué cantidad lograrían ese año. Después memorizó el nombre de los Prefectos y Subprefectos, sus fechas de cumpleaños, pues ellos ayudarían a resolver los problemas cuando estos se presentasen.

-¿Cómo te hiciste la reina de la papa?
-Al poco tiempo enviudé y me hice cargo de todo el negocio. Yo soy mayorista, especializada en papa, lo de reina me lo ponen los periódicos.
-Pero, te agrada que te pongan como reina.
-Claro y no niegue que a usted también le gustaría ser rey. 

Por ella me enteré que el gobierno no lograba vender las papas con la celeridad con la que les compraba a los campesinos y a las cooperativas, y por eso negociaron un acuerdo para que ella dejara de comercializarlos durante un día y así en gobierno llevaría a los mercados su stock acumulado, ¿A cambio de qué? Eso no me lo quiso decir. De pronto se puso en pie y me dijo:

-Espéreme un momentito, profesor.

Un camión cargado hasta el tope acababa de ingresar. Ella se acercó y conversó con un señor que viajaba al lado del chofer. No se podía escuchar lo que decían, pero al cabo de un momento ella metió su mano en un imperceptible bolsillo, sacó gran número de billetes, contó una cantidad que luego se la dio a ese señor. Se despidieron y ellos empezaron a descargar los sacos con papas. Margarita volvió a su asiento.

-¿Cómo sabes lo que debes pagar? No te he visto pesar la carga.
-Los años de experiencia, por el tamaño del camión y la variedad de papa, basta para saber cuánto debo pagar. Aquí no hay tiempo que perder.

También me contó que la mantenían informada de las heladas, los huaycos y otros desastres que hacen variar el precio. Supe que ella tenía lugares de almacenaje en las afueras de Lima y cuando el precio bajaba demasiado por una sobre producción, ella impedía que esos camiones descargaran en La Parada.




-Margarita ¿te han invitado alguna vez el CADE?
-¿Qué es CADE? – me repreguntó.
-Olvida ese nombre ¿De alguna universidad te han invitado para que cuentes tus experiencias?
-No, nunca me han invitado y la única universidad que conozco es la universidad de la vida.

Le agradecí el medio costal de papas que me regaló y me despedí pensando por qué a una mujer emprendedora como Margarita no se le reconoce los méritos de su trabajo ¿El Club Nacional la recibiría como socia? ¿Sería todo igual si ella tuviera pelo rubio, ojos azules y se llamase Margaret? Si fuera así no estaría en La Parada. Entonces ¿quién vendería las papas?  Mejor no sigo pensando porque es para llorar. Las cosas son como son y no como quisiera que fueran.

Dice la Constitución que todos somos iguales frente a la ley, eso está claro, frente a la ley, pero no frente a la realidad objetiva ¿Quién recuerda a esa empresaria, no de momento sino de toda una vida? ¿Recibió alguna distinción? Simplemente nuestra organización social desdeña a las mujeres, aun a las exitosas, a las que mueven millones mensuales, pero no viven en Las Casuarinas; a las que no salen en las páginas sociales de los diarios.
Margarita, yo te reivindico, no importa que yo también forme parte del ejército de los ninguneados. El placer y el honor de haber sido tu profesor es algo que luzco con orgullo.
Cuando la adversidad me muestra su fiero rostro me acuerdo de ti, de tus alzas y bajas, de tus alegrías y tus llantos y de las alegres a más de jocosas notas del Tuws a la Pajuelana que nos proporcionan gran jolgorio y mucha chunga:

Que buenas son las papas,
con poco, poco, poco de tomate,
que buenas son las papas,
con poco, poco, poco de picante,
que buenas son,
               las papas si,
               después de trabajar.

Pero quedo yo preso
por culpa del sargento
que tiene mas narices
que el propio capitán.
las papas con tomate,
las papas con picante
y el cura sacristán.


Hoy que el mercado de La Parada dejó de existir se vinieron a la memoria muchas vivencias relacionadas con ese mercado, una de las cuales es este relato.

(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú


José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.