miércoles, 4 de septiembre de 2019

Susana Szwarc - La resolana -Cuentos reunidos*




Dos microrrelatos del libro La resolana - Cuentos reunidos de Susana Szwarc con prólogo de Ana María Shua - editorial Contexto - colección Los imprescindibles 


MUSICALES



La guitarra se achica cuando llega el contrabajo. El guitarrista también. Después empieza a tocar y crece, crece. Entre las cuerdas de una y de otro parecen caer las gotas de saliva, de sudor. El bandoneonista baila con los dedos, el bandoneón se abre completamente. En el escenario garúa y las sílabas están a punto de chocar, yo de gritar. Acomodo la pollera larga y una parte cae sobre el tablado que enrojece, enrojece más. El cantante sangra, una nota se desfleca y entra en mi boca. Nos aclaramos.


EL METRO

 Estoy, ahora, en el metro de Tirso de Molina en Madrid. Escucho una música, la reconozco, busco el vagón. Sí, el niño rumano es el mismo, un poco más alto, y la mujer que lo acompaña -su mamá supongo- está más arrugada, las canas más grises. Comienzo a seguirlo, por momentos me confundo con la madre. El niño rumano no descansa nunca; temo perderlo porque salto rápido del vagón en una estación para ir al sanitario pero veo que la otra mujer también. El niño rumano, que no deja de tocar, nos espera en la puerta de un nuevo metro y seguimos así, digamos, bajo la tierra. Pasan los días, a veces algunos pasajeros nos dan galletas, chicles, caramelos y hasta gaseosas. No nos detenemos nunca, sólo a veces, para tirarnos sobre un asiento completo cada uno. No somos sólo los tres, hay otros. Con el movimiento del vagón nos despertamos.
Miro por la ventana, siempre andenes, paredes, carteles. De pronto reconozco una tonada, luego otra, hasta algunas facciones reconozco. Pregunto en qué estación estoy, Callao me dicen.
Subamos un momento, les digo al niño rumano y a su madre con una voz que me sorprende, cansadísima y autoritaria a la vez. En la calle parezco ser la única sorprendida: estamos en una esquina de Buenos Aires. Entramos al primer bar.
Miro con admiración al niño rumano que, ahora sí, deja su acordeón sobre una silla y pide un café con leche. Ha dado, otra vez, su vuelta al mundo.

(c) Susana Szwarc
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Susana Szwarc nació en Quitilipi, Provincia del Chaco. Ha publicado libros de poesía y narrativa. Son algunos en poesía: Bailen las estepas (1999), Bárbara dice (2004); El ojo de Celan (2015); Trenzas (1991); La muertita o la novela que (2016); ha sido la antóloga, entre otras antologías, de Puentes poéticos, (2018). Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Regional por la nouvelle Trenzas, recientemente traducida al alemán; Premio Único de Poesía por la Secretaría de Cultura de Buenos Aires y la Beca del Fondo Nacional de las Artes. 

*La resolana - Cuentos reunidos se presentará en el Centro Cultural de la Cooperación, Sala Pugliese Av. Corrientes 1543, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el 10 de septiembre de 2019 a las 19. 

jueves, 1 de agosto de 2019

Ese cantor de tangos - Dolores González Opazo



                     
foto: (c) Julio E. Foster - Festival Peñaflor 

        “Mario Salinas ,un auténtico cantor arrabalero” , así lo anunciaba el gran cartel con múltiples fotografías en la puerta de la quinta de recreo “ El Rosedal “.
        Hoy será día de tangos en la gran y hermosa quinta de recreo  , en ella el cantor  Mario Salinas interpretará , su  amplio repertorio de tangos,  solo como el sabe hacerlo, con su gran voz y su prestancia, irá llevando a su público más allá de la emoción y los aplausos.
        Cada noche llega y hace su entrada  como todo un artista , vestido con su mejor traje para hacerse dueño del escenario y del lugar. Mario no es un adonis de hombre, mas tiene ese algo que no tiene la mayoría, lleva con él una voz privilegiada que sabe usar muy bien . De estatura media , vestido impecablemente   de traje oscuro muy bien  planchado, con el pantalón de raya profundamente   marcada, camisa blanca  de cuello almidonado y corbata afín, con la punta de un  pañuelo asomado sobre el bolsillito de su traje y de engominado cabello, un pequeño bigotito sobre su labio superior y una sonrisa entre melancólica y audaz , que le dan a su rostro moreno ese aire de importante, que solo tienen los cantores argentinos, con la diferencia de que él no lo es . 
      La gran pista de baile está repleta a esta hora , un parloteo incesante de voces y risas  se escucha por sobre el sonido musical . Hombres y mujeres con su mejor vestimenta  se dan cita hoy en el gran “ Rosedal”, lugar de encuentro para la bohemia santiaguina, hermosa y bella quinta de recreo donde solo actúan los grandes .
          Cada fin de semana el paradero 18 de gran avenida enciende sus luces multicolores, para dar paso, al fantástico desfile de grandes artistas por sobre su iluminado escenario .
         Largas filas de automóviles se acomodan, entre las dos vías de la gran avenida , desde el paradero 17 al 19 cubren los dos costados, más el bandejón central. 
       “Parque quinta de Recreo El Rosedal”, allí se cena , se canta y se baila al compás de la orquesta estable de Armando Bonasco, se escucha al Dúo Rey Silva . Toca su bandoneón Quintano y Frigerio.
       Bill Halley y sus cometas en alguna ocasión, han creado la locura rocanrolera  en sus pistas, Lucho Gatica y su enamorado corazón crean el romanticismo  para de esa form , unir a más de alguna pareja que se ha  conocido bajo su embrujo. Pérez Prado, Los Panchos y muchos más han iluminado este escenario. Todo  transmitido a diario  por  radio Sudamérica. 
      Allí, con ese ambiente se codeaba Mario, con los grandes que inflamaban de dicha y gozo su corazón romántico y nostálgico de tanguero, allí en ese escenario de estrellas el presentaba su show, acompañado de bandeones y guitarras.  Su clara y profunda voz emocionaba a las mujeres y envalentonaba a los hombres , interpretaba con alma y sentimiento  su repertorio. Allí, él era el grande , allí se convertía en un artista aplaudido, vitoreado, admirado. Allí entre luminarias y estrellas olvidaba que solo era Mario, allí olvidaba que muy cerca lo esperaba  una familia, una mujer abnegada y laboriosa , olvidaba  que un puñado de muchachitos miraban con ojos ansiosos, en  la puerta de la humilde casa , en espera de lo que él traería en la madrugada.
        Barrio Gran Avenida , donde las estrellas se juntaban cada noche para formar un nuevo cielo, donde los cometas pasaban y dejaban su coleta de luz mágica  brillando por muchos días. Barrio hermoso de antaño, con sus grandes y frondosos acacios guardadores de profundos secretos , de largas y oscuras calles de casonas blancas y tejados rojos. De plazas arboladas donde los amores, prohibidos tenían su lugar secreto, donde se fumaba a escondidas aquel primer cigarrillo , encuentro de amistades divinas e inolvidables .
         Tres pistas de baile y un jardín con hermosos rosales siempre floridos. Una entrada de autos por uno de sus costados y  árboles adornados de miles de luces, son la maravilla del parque  El Rosedal.
         El tranvía que detiene su marcha frente a la puerta, trae gente de todas partes y condición social diversa,  para todos esta noche el disfrute es igual , no existe la diferencia. Un hada pequeñita e invisible desparrama sobre los asistentes el polvo de estrellas que trae dicha, alegría y felicidad, las inolvidables competencias de baile , donde gana la pareja de mayor resistencia  son esperadas por los mejores bailarines . 
        Y frente a tan magnifico y elegante espectáculo la otra cara de la moneda .
         En los alrededores, callecitas arboladas y  de tierra , albergan familias numerosas y chiquillos  descalzos ,que juegan y corren detrás de una pelota  en las calles cada tarde , cabezas mojadas de sudor y pies empolvados de tierra ,  llamándose a gritos , para dar antes que oscurezca el pitazo final y al equipo ganador.
        Allí entre tanto chiquillo, los hijos de Mario el cantor , también juegan su partido diario . Y al llegar  la noche, uno de ellos el mayor, cuando la casa duerme y todos ya están inmersos en el mundo de los sueños , escapa a hurtadillas de su casa, para  ir al fantasioso lugar y desde la puerta muy acurrucado en el elegante dintel, contemplar emocionado la actuación de su padre, frente a tanta gente linda y elegante. Luego de verlo, con lágrimas de alegría en los ojos parte en medio de la oscuridad de la noche ,de vuelta a  su humilde casa orgulloso y feliz . Aquel que tanto aplaudieron, aquel cantor exitoso…. era su padre .
       Hoy ya la Gran Avenida no es la misma, el paso del tiempo, dio también paso a la modernidad de los grandes edificios, de los grandes supermercados y negocios automovilísticos. Aquellos amplios bandejones donde se estacionaban los autos para la diversión, hoy son grandes jardines con palmeras inmóviles . Hoy solo  quedan aun sobreviviendo al tiempo  los nombres de  memorables calles José Ureta , Santa Elisa y Barros Lucos y unas cuantas más 
        Y de aquel cantor arrabalero de soñados grandes escenarios , aún queda el recuerdo de su voz y su prestancia en la memoria de unos cuantos hijos , que  ya no se reúnen para  recordar juntos, la voz magnífica de un padre cantor , o  transmitir a hijos y nietos el orgullo de ser hijos de un tanguero, de ese que brilló con su voz  en un fantástico lugar llamado “ El Rosedal “  ,que ya no existe  pero que aunque parezca un sueño,   si existió.... 
       La vida también nos hace crecer, nos cambia y nos disgrega como familia ,  todos cerca y lejanos a la vez ,han ido olvidando esa voz cantante que cada fin de año y en acontecimientos especiales , reunía a familiares y amigos , para recordar aquellos tiempos de juventud, de libertad,de risas, de dulce irresponsabilidad donde llego a tocar el ciel , a través de aplausos y vítores; en medio de candilejas multicolores, donde cada noche brilló  como un grande más en la magia del  escenario, allí donde cumplió tantas veces el sueño de ser un gran artista.
       También la modernidad acabó ,con el fantasioso camino de estrellas que fue el parque Quinta de recreo El Rosedal, ya no hay brillo ,ni luces, ni risas , ni grandes orquestas  en su interior ; solo una humilde y poco iluminada fuente de soda con una pequeña puerta, donde un par de  desconocidos clientes beben al paso. Un oscuro letrero que conserva el  nombre , nos recuerda que allí hubo alguna vez un cielo divino. Y así quizás ocurra que al llegar la  noche , se enciendan nuevamente las luces , para dar vida a este  brillante lugar, donde al compás de la música y la orquesta  vuelvan a bailar en sus pistas, fantasmales figuras  que ya no están, y que un día disfrutaron ahí de la magia del baile ,y del escenario.
      El barrio ya no es el mismo, todo es diferente . La gente , sus casas , sus calles todo quedo atrás. Sin embargo aunque aquellas estrellas, que iluminaron sus noches ya no esté , aun viven en la memoria de muchos; incluso en aquel pequeño y oscuro letrero cubierto de polvo, que recuerda la majestuosidad y la elegancia de un tiempo pasado. 
       Y aunque aquel cantor tanguero de bella voz, ya hace tiempo  canta en otro cielo yo aún  le recuerdo ,  no lo conocí lo suficiente ;solo lo necesario para decir que fue parte de un tiempo de maravillas y estrellas ,en un hermoso lugar y en un barrio, donde ya no existe el cielo de estrellas , ni los niños corriendo detrás de un balón , ni los acacios que se fueron con sus secretos bajo el hacha podadora  , ni sus antiguas y grandes casas blancas , ni sus rojos techos .
      En una vuelta del destino, las luces del gran parque se apagaron, el  firmamento de estrellas que resplandecía cada noche,  se marchó a otro cielo, el barrio iluminado de brillante escarcha  desapareció. 
       Y aquí…… en una oscura calle  solitaria, entre encendidas candilejas ,un lucero cantor de tangos una helada  noche invernal se marchó, cerró sus ojos para siempre, llevando en su equipaje, los recuerdos de aquellas mágicas noches, de amigos eternos  y  sus  tangos , aquellos que después de su partida , ya nadie volvió a escuchar.  
        Hoy solo habitan en quienes lo recordamos  , sus anécdotas, sus canciones,  y en el recuerdo de la memoria de cada uno la certeza,  de  que vivirá por siempre  calladamente…… sin tiempo, ni olvido , ni distancia .         
© Dolores González Opazo
Santiago de Chile
                          
                       

          Dolores Gonzalez Opazo nacida en Villa alegre ,.tierra de naranjos y viñedos , donde el perfume de los azahares , se confunden con las fragancia de las vides. Allí entre sus naranjales perfumados escribía pequeños cuentos en las hojas de sus cuadernos. Hoy ve la vida pasar sentada en su silla de ruedas, recordando los momentos gratos que esta a pesar de todo  le regaló con generosidad , y aunque falta movilidad y vocabulario felizmente ha vuelto el deseo de leer y de escribir.  Reside actualmente en Santiago de Chile, sin perder la esperanza del regreso a sus raíces.       
Foto: © Julio E. Foster, Festival Peñaflor

sábado, 6 de julio de 2019

Retrato literario de dos insectos - José Respaldiza Rojas



1
                                           Fábula de la Cigarra                                                                                                      

 Arturo Corcuera Osores                                                                                                     
(1935 La Libertad  - 2017 Lima)                                                                                                        
peruano          
                        I                                                                                                                                           
Susurrando                                                                                                                          
a sazonar madruga                                                                                                              
decora su turrón la abeja,                                                                                                    
edifica la hormiga                                                                                                               
su morada,                                                                                                                           
reúne los cereales                                                                                                                
negándose a ser explotada.
                       
Publica su algarabía,                                                                                                            
con alta fidelidad,                                                                                                               
la cigarra.

                        2                                                                                                                                          

Mientras la abeja liba,                                                                                              
mientras guarda el grano                                                                                                     
sin tregua la hormiga,                                                                                                          
la cigarra ay                                                                                                                         
cigarra, guitarra                                                                                                                   
de la tarde                                                                                                                           
incomprendida.

  2                                Ña Hormiga, don Cigarra y la globalización             
                                                                                 
José Respaldiza Rojas                                                                                                                 
(Lima 1940)                                                                                                                        
peruano

Era ña hormiga, que trabajaba desde las 6 am. Hasta las 8 pm. Incluidos los sábados, domingos y feriados, más ella era joven y el trabajo no le hacia estragos.
Un buen día ña hormiguita, al morder una miga de pan, sin querer mordió también un trocito de papel, pero al llegar a su hormiguero no podía meter la miga de pan hasta que soltó el pedazo de papel.
-Qué problema, con esta demora no podré alcanzar mi cuota de trabajo. Tendré que hacer una jornada extra a la luz de un poste de alumbrado público.
-Pero gratis – le gritó don cigarra, a quien lo despertó el golpe de papel llevado por el viento.
-Tú también cantas gratis – la respondió la hormiga.
-Sí, pero no dependo de nadie; en cambio tú tienes que marcar una tarjeta, de entrada y salida, en la puerta del hormiguero.
En eso, el pedazo de papel que golpeó a don cigarra, el viento lo llevó hasta donde estaba parado un búho, quien lo atrapó con su pico, se puso sus lentes y empezó a leer:
            Se vende en oferta un quemador de CD.
La curiosidad hizo que don cigarra hiciera una pregunta:
-Por favor, señor búho ¿qué es un CD?
-CD es la abreviatura, en inglés, de un Disco Compacto. 
-¿Y qué es un CD?- insistió don cigarra.
-Es una forma moderna de los antiguos discos, ahora tienen un formato más pequeño y por medio de un rayo láser puedes grabar muchas más de tus canciones.
-¿Me puedes enseñar esa técnica?
-Con mucho gusto, y además puedes hacer muchas copias de tu disco. Ahora te quedará tiempo libre para crear nuevas canciones.
-¡Fantástico! ¿Cuándo comenzamos?
-En cuanto compres los artefactos necesarios ¿Tienes tarjeta de crédito?
-¿Tarjeta de qué? ¿Qué es eso?
-Mi querido amigo, desde que escribieron el libreto de tu fábula, el mundo ha cambiado mucho, tienes que modernizarte.
-¡Encantado!
Los dos fueron a una tienda especializada en esos productos, el búho pidió todo lo que les era indispensable y pagó con su tarjeta de crédito.
Ña hormiga iba y venía con todo lo que podía cargar, sin comprender los que hacían el búho y don cigarra. Al cabo de una semana ya tenían una gran cantidad de CD grabados. El problema era cómo distribuirlos por todos lados. En eso al búho se le ocurrió decirle a ña hormiga:
-Señora hormiga – ya iba a continuar, pero ña hormiga le corrige.
-¡Señorita!
-Como usted diga; vea, yo veo de noche y le puedo indicar en qué lugar se encuentra lo que busca.
-Muchas gracias, señor búho.
-A cambio, debes ir ofreciendo estos CDs, y vendérselos a todo aquel que desee comprarlos.
-Si de trabajo se trata, ya estoy acostumbrada.
El CD de don cigarra fue todo un éxito y al cabo de un mes pudieron volver a la tienda, cancelar la deuda contraída, sacarle una tarjeta de crédito a don cigarra, quien de inmediato grabó nuevas canciones, todas ellas muy halagadas por las cigarras y otros animales.
Durante todo el verano él pudo poner en el mercado muchos CDs. Al terminar dicha estación guardó numerosas canciones grabadas. Ña hormiga le preguntó curiosa:
-Don cigarra ¿para qué hace todo eso?
-Para mis hijos ¿tú tienes hijos? – le preguntó.
-No, solo tengo hermanas.
-¿Y qué hacen tus hermanas?
-Trabajan igual que yo.
-¿Cuánto les pagan diario?
-Nada, nosotras sólo trabajamos.
-¡Qué vida tan triste!
-Y a ti ¿por qué te dicen don cigarra?
-Porque sólo los machos cantamos, las hembras no cantan.
Al llegar el otoño murió don cigarra y dejó como herencia una gran industria, un almacén repleto de CDs una tarjeta de crédito con mucho dinero, Al año siguiente, sus hijos siguieron su ejemplo e incluso comenzaron a exportarlos al extranjero.
                        Esopo nunca pensó que algún día su fábula llegaría a la modernidad.

(c) José Respaldiza Rojas 
Lima
Perú 

José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.

domingo, 9 de junio de 2019

La Coqui - Cecilia Vetti




A la Coqui la fuimos a buscar una tarde de invierno. Hacía mucho frío. La abuela Eusebia me apretaba la mano con fuerza y su anillo se incrustaba en mis dedos. Su protección era un sufrimiento insoportable.
La Coqui era hija del tío Mauricio, hermano menor de la abuela. Como hermana mayor siempre lo había protegido. Era el más buen mozo de sus hermanos, y también el más zonzo. Cualquiera lo podía engatusar entre sus piernas, decía mi abuela. Mauricio estaba muy enfermo, según mi abuela le quedaba poco tiempo. ¡Todo por culpa del cigarrillo! “Está condenado”, repetía ella.
 Me quedé pensando por qué estaría condenado a una pena tan grande. Quizás era culpa del dios de los cigarrillos... no sé. Mi abuela decía que un monstruo le estaba destruyendo el hígado… ¡Manías de vieja!
Mi papá la retaba, porque esas no eran cosas de decir. A mi mamá no le importaba, nunca escuchaba a la abuela, siempre se hacía la distraída. Decía que mi abuela era una vieja más mala que el dolor. También lo pensaba yo, cuando tenía que aguantarme el anillo incrustado en mis dedos.
Tío Mauricio tenía cinco hijos, el mayor de catorce años y la más pequeña, de tres. Según la abuela, la madre era atrasada porque le había faltado oxígeno al nacer. Hasta recibía a los hijos sin ayuda. De puro ingenua, nomás. Era hija de una vecina del barrio. Tan bonita que el pobre Mauricio ni siquiera notó que era…
Sus hijos eran  los chicos más lindos que pude conocer. Ella no había envejecido. A través de sus cabellos roñosos se le podían encontrar dos ojos grandes como esmeraldas perdidas.
Su hijo mayor, Alberto, era alto y delgado, con los rasgos de la cara perfectos. La abuela decía que ya podía levantar bolsas en el puerto. Él trataba de vender golosinas en la puerta de la iglesia y ayudaba al monaguillo a vender las ofrendas: ramos de novia, placas de bronce y otras cosas. A la segunda, la llamaban Rubia, así nomás. Nunca me enteré de su verdadero nombre. Ahora su cabeza era una mezcla de oscuridad y abandono. Con sus doce años: ayudaba en las tareas de la casa, hacía las compras y cuidaba a tío Mauricio. El Rubén, tenía once años y era un chico pícaro y mal hablado. La cara pecosa, el pelo casi pelirrojo y los mismos ojos de la madre. Coquí tenía diez años. Sentada en una silla de madera, trataba de rascarse la cabeza con disimulo. Ni siquiera le habían avisado que la veníamos a buscar. Tenía la cabeza entre las piernas y trataba de no mirar a la abuela.
La menor era Merche, tan chiquita que parecía de chocolate y en cualquier momento podía derretirse. Jugaba con su chupete, perseguida por unas moscas busconas. Mi abuela trataba de espantarlas con un trapo y saltaba con su cuerpo robusto.
Vivían en el barrio de Pompeya, cerca del puente, en una calle de tierra. Era una casa antigua, propiedad del padre de mi abuela. Le hizo un legado al hijo menor. Era el que más la necesitaba. Mi abuela decía que ella para nada quería heredar una cueva.
La casa de la puerta verde, con los herrajes oxidados y la pintura descascarada. Las ventanas marcaban las huellas de manos de niños e infortunio. Casi no podía verse la calle. En realidad, no se perdían nada. Las casas de los alrededores eran tan pobres y abandonadas como esa.
La mujer de mi tío nos recibió con una sonrisa y besó a mi abuela con gran efusividad. Mi abuela se limpió la cara de inmediato. Después se quedó sentada en un sillón antiguo que parecía no pertenecer a ese lugar. “Heredado de mi madre”, aclaró la abuela. Ahora, la mujer miraba desde lejos a tío Mauricio, como temiendo acercarse.
Mi abuela sacó de su bolso un termo con sopa caliente y trató de que Mauricio la tomara, pero este se negó con energía. No podía tragar. Miraba a la abuela desde un mundo lejano e irreconocible.
La rubia dijo que por la mañana vino el doctor de la salita y le dio una inyección. Dijo que el padre toda la noche estuvo gritando y la madre se tapaba la cabeza para no oírlo.  Dijo que el mayor fue en busca del doctor a la madrugada. Una salita de emergencias les servía de ayuda.
La abuela trató de explicarle a la madre que se iba a llevar a la Coqui, porque en esa casa eran demasiados. La nena debía ir al colegio. Ella aceptó con la cabeza, sin mirarla.
La abuela calentó agua en la hornalla de la cocina y fue llenando un tacho de latón.  Bañó a la más chica, y por último, arrastró con fuerza a la Coqui y fue desnudándola sin piedad. Coqui trataba de taparse y sus hermanos se reían. Los secó a las dos con la misma toalla y luego la colgó en la soga del patio.
Por los costados del cuarto corría una especie de zanja con agua maloliente. Los chicos saltaban la zanja y reían. Yo también salté…
Tomamos el tranvía, la Coquí apretaba mi mano y se mordía los labios. Al sentarse, se apoyó en la ventanilla y cerró los ojos queriendo dormirse.
Todos los de la casa la recibieron con alegría. La Coqui era una casi huérfana a la que había que mimar.
-¡Primero hay que despiojarla! –afirmó la abuela. Sentó a la nena en una silla baja, justo al lado del brasero. En mi casa, el brasero siempre estaba prendido en un costado de la galería, con la pava latiendo, por si alguno quería cebarse un mate. La abuela lo tomaba a toda hora, con unos palos verdes nadando en agua hervida.
 Con una tijera del tamaño del miedo, comenzó a cortarle el pelo. Nunca estudió para peluquera, pero se daba maña. La Coquí encogía los hombros y tiritaba. No podía parar el temblor de sus piernas.
Mi mamá le acercó el peine fino y después se alejó sin decir nada. Los cabellos rojizos caían desperdigados por el patio. Miles, centenares de piojos sanguinarios cayeron de su cabeza.
– ¡Es para no creerlo!– repetía la abuela –Ya casi le habían agujereado el cuero cabelludo –protestó con desprecio. – ¡Esa retardada del demonio!...
Ahora el temblor de la Coqui sabía a llanto y a rencor.
Mi madre buscó una pollera que me quedaba chica y un pullover marrón. También zapatos y unas medias amarillas.
Cuando ella se miró en el espejo no pudo reconocerse. Encontró a un muchachito muy parecido a su hermano mayor. Se alisó la frente con un suspiro tan hondo que todavía me duele. Nunca volví a ver una cara tan bella y tan desconsolada… Nunca… Sus ojos, grandes y profundos parecían los de un gato furioso. ¡Tan verdes y resplandecientes!
– ¡El pelo crece! –dijo la abuela a modo de disculpa, mientras se cebaba un mate.
Mi mamá le colocó una hebilla en forma de corazón que hacía juego con su pelo rojizo.
La abuela explicó que las monjas la iban a educar muy bien, como lo hacían conmigo… ¡Dios libre y guarde!...
Al día siguiente comenzó las clases. Mamá guardaba uno de esos horribles guardapolvos grises con un escudo de la Virgen de la Misericordia. Parecíamos dos presas caminando detrás de la abuela. Entramos  al patio del colegio, y allí nos separamos. Mientras, la abuela trataba de conseguir una beca para la pobre chica con un padre moribundo.
Al volver de la escuela, no hizo ningún comentario. Me di cuenta que algunas compañeras comentaban su corte de pelo. La abracé queriendo reconfortarla… La abracé…
La Coqui hablaba poco y comía menos. Mi padre y mi hermano la mimaban con caramelos y chocolates. Ella los comía sin disfrute, pero no dejaba de agradecérselos con un beso rápido.
Yo solía leerle cuentos por las noches, hasta que se quedaba dormida.
Por la madrugada, podía escucharla rezar una especie de letanía que nunca modificaba. Nombraba a todos sus hermanos, uno por uno, y después a su mamá. Tío Mauricio ya había quedado en el olvido. ¡No te quedes sentada mamá, parecés una muñeca grande y eso no me gusta!… murmuraba.
La vida siguió unos meses recorriendo los pasos de esa prima caída del cielo a la que no lograba alegrar. Ni siquiera un lápiz regalado por la maestra, pudo vencer su indiferencia. Y eso que la maestra nunca regalaba lápices.
La abuela todos los días iba a cuidar al tío Mauricio. Murió en agosto, una tarde  de lluvia. Tan gris como lo había sido su vida.
A la Coqui le había crecido un poco el pelo. Estaba más alta y  delgada. Cuando la abuela le dijo que el padre había muerto, la miró en silencio. Su silencio era pesado, como una coraza para resguardarse de la ausencia. Entró en nuestro cuarto y con la misma tijera que daba miedo, cortó en tiras el guardapolvo gris. Luego tiró las tiras, una a una, al brasero. El patio se llenó de humo. Un olor a guardapolvo gris ganó las paredes y los cuartos.
Mamá tuvo que contener a la abuela… “¡Cría cuervos!”, gritaba. Decidieron  en familia, que la Coqui debía visitar a la madre.
La abuela le compró un abrigo rojo y un gorro de lana blanco. El abrigo le quedaba un poco grande. “Los chicos crecen tan pronto”… Mi mamá le regaló una gastada cartera azul y el portafolio de la escuela con los útiles escolares. La Coqui guardó sus cosas y también un jabón perfumado, el lápiz regalado por la maestra y un paquete de chocolates.
Nos animamos a caminar separadas de la abuela. La pobre venía cargada con una pesada bolsa: ropa, tallas, alimentos. Mi padre siempre contribuía para comprarlos. Sobre todo, para no sentirla protestar… eso creo.
Otra vez el tranvía y la iglesia de Pompeya. Caminar esas diez interminables cuadras de barro para llegar a la casa. El barro se arrimaba a los hogares, haciéndolos parecer más grises.
La puerta estaba entreabierta. Entramos al cuarto. Todo estaba igual, pero sin el tío Mauricio. Tan muerto en su antigua muerte.
La Coqui se sacó el tapado y el gorro. Los chicos, al ver a la Coqui gritaban y reían de su pelo corto. La madre, acostada en la cama grande, estaba como refugiada en su mundo. Un hombro le sobresalía de la blusa. Parecía más alto que el otro. Su cara pálida se hundía en una boca ahuecada, como si silbara. Solo sus ojos que  miraban con asombro, tenían una belleza verde y mansa.  La Coqui la abrazó, y se quedó un largo momento junto a ella.  Uno de esos momentos que siempre saben a vida. Caminó unos pasos, se paró justo en medio del cuarto y gritó: ¡Qué linda es mi casita!... Ante mi asombro,… eso gritó.
El mayor preparó el mate y se lo ofreció a la abuela, quien había traído un paquete de galletitas dulces. Las repartió entre todos, sin dejar de lado a Etelvina. Supe que la mujer tenía nombre: Etelvina
La abuela murmuraba: “Una vecina del barrio, muy bonita, quien había seducido al pobre Mauricio. Su hermano menor, tan hermoso que parecía un dios. ¡Mala hembra! ¡Mala cabeza!... No se cansaba de repetirlo. De enamorado que estaba, ni siquiera se dio cuenta de que era tarada. El pobre se ocupaba de todo. ¡Cómo no iba a enfermarse!”
Calentó agua para bañar a la más pequeña. La Coqui se adelantó y la tomó en sus brazos, comenzó a desvestir a su hermana despacio, con la ternura de una niña madre. La colocó en el tachón de agua tibia, sacó de su cartera el jabón perfumado y comenzó a lavarla. La pequeña golpeaba con sus manitos el agua y nos salpicaba sin reparo, mientras el piso de cemento se iba humedeciendo.
Mi abuela juntó un atado de ropa sucia y comenzó a lavarla en la pileta del patio. Última compra del tío Mauricio. La colgó en una cuerda larga sostenida por dos clavos. Último trabajo del tío Mauricio.
Las campanas de la iglesia alborotaban el aire como pájaros de acero. Cuando la abuela volvió a entrar, miró a Etelvina y dijo: ¡Hay que despiojarla! Coquí sacó de su cartera un peine fino y buscó una palangana y comenzó a peinarla. La madre la dejaba hacer, mientras nubes de piojos rojizos caían por su saco oscuro.
Casi sin quererlo comencé a rascarme, casi sin quererlo. Yo estaba libre de culpa. La abuela me despiojaba todos los sábados.

Salté la zanja y caí en el recuerdo: de abuelas crueles, pero constantes y cuidadosas. Tampoco nadie les había enseñado la virtud del afecto. Mostraban el cariño así: cuidándonos, despiojándonos, lavando ropa en la pileta del patio, con las manos frías y agrietadas. ¡Mi abuela!
Ella no besó a nadie al despedirse hasta el día siguiente. Al salir de la casa del tío Mauricio, acarició la puerta verde y volvió a apretarme la mano diciendo como para sí: ¡Ella pertenece a este lugar!... ¡Es su casa!...

(c) Cecilia Vetti
Banfield
Provincia de Buenos Aires


Cecilia Vettti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SAade de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.
Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.