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La última espectadora - Araceli Otamendi

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  imagen creada con IA   Los encontré un día en el umbral, estaban solos, parecían tristes. Supuse que los había olvidado la titiritera que vivía en  el  departamento de al lado. Er a una mujer con una vida nómade, siempre de gira  haciendo espectáculos. Alguna vez conversamos, poco. Apenas entendía sus palabras,  era  extranjera y lo que me contó supuse que era cierto. Nunca había entrado en su casa ni  ella en la mía, como es común en Buenos Aires. Vecinos extraños, gente que apenas  saluda, de algunos de ellos ni los nombres conocemos. A partir de ese día, en que la  mujer se fue y el departamento que ocupaba quedó vacío, los títeres quedaron en mi  casa.  imagen creada con IA  Eran cinco. Dos estaban vestidos como varones y tres de mujeres. Tenían el nombre  bordado en la ropa: Brian y Lucas, Celia, Delia y Laura. Los acomodé en un sillón,  supuse que se llevarían bien con los otros objetos que tenía en...

Fuga sin final -Sergio Gaut vel Hartman

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    ilustración creada por IA  Sergio Gaut vel Hartman   Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido. —¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro. —Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras. —¿Con quiénes va a pasar la Navidad? —Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia. —¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenaz...

Apropiación de identidad - Eneté - Nora Tamagno

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imagen creada por IA Nora Tamagno Muchas fueron las veces que, en mi edad adulta, sentí que inexplicablemente volvía a   habitar el cuerpo de la niña que fui, colegiala insegura, tímida, diminuta, casi inconsistente.   “Madre ¿puedo?” arriesgaba desde lo más remoto de la memoria la vocecita menuda, discreta   como el aleteo de una mosca. “¿Cuántos pasos doy?” “Dos de hormiga, uno de picaflor, tres de   mosquito” respondía la voz. Y yo avanzaba con pasos cortitos, vacilantes, temerosos, la pupila   fija en las baldosas, las manos trémulas, negros los zapatos con presilla, blancas las medias de   algodón. “Madre ¿puedo?” insistía cuando terminaba el recorrido... “cuatro de enano, tres de   caracol” volvía a repetirse la orden precisa; nunca fueron pasos de gigante, ni de león, tampoco   de hipopótamo ni de orangután. Así fui por la vida, sin hacer ruido, sin levantar la mirada, sin   alzar jamás la voz, ni para enojarme, ni para rebelarme. To...

El negro de Edelmann – Diego Rodríguez Reis

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        Diego Rodríguez Reis  Yea, from the table of my memory I’ll wipe away all trivial fond records, All saws of books, all forms, all pressures past, That youth and observation copied there.   Hamlet, I, V                                                                                But the most noble and profitable invention of all other was that of speech, consisting of names or appellations, and their connection; whereby men register their thoughts, recall them when they are past, and also declare them one to another for mutual utility and conversation.   Leviathan, I, IV   No veía a R. desde hacía años, décadas, siglos. Durante un tiempo, habíamos abrevado en el café Longfellow, formábamos parte de un grupo de escr...