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Carlos Mario Mejía Suárez* - Adán y Acelia

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  Carlos Mario Mejía Suárez *El cuento Adán y Acelia del escritor colombiano Carlos Mario Mejía Suárez resultó finalista con mención de honor en el Tercer concurso de cuento de tema libre "20 años de la revista Archivos del Sur" Adán y Acelia De repente él estaba del otro lado del retrato memorial, en carne y hueso aunque no pudiera ser. Acelia no se movió ni dijo nada. Esperaba que se fuera, que se diluyera en el aire como cuando por las noches se despertaba después de soñar con él. Pero pronto se hizo evidente que él no se iba a ninguna parte. Su rostro hizo finalmente un ademán y dijo: “¿No me vas a decir nada? ¿Acostumbras ver muertos?” Acelia dio un brinquito y se acercó al aparecido. Repasó por su memoria la desaparición, el hallazgo del cadáver, su entierro. En las primeras semanas de la desaparición, ella había tenido esperanzas de que él siguiera con vida. Ahora volvía esa esperanza. El cuerpo había sido reconocido por circunstancias acaso manipulables. Las prueb...

Propiedad privada* - Omar Andrés Carrasquilla León

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Omar Andrés Carrasquilla León   *El cuento Propiedad privada de Omar Andrés Carrasquilla León  ha resultado ganador en el Tercer Concurso de cuento de tema libre "20 años de la Revista Archivos del Sur" ----------- Propiedad privada Aún es un misterio el paradero del dueño de ese uniforme. Es  espeluznante lo que sonó en esa radio al lado de esas ropas. Confuso  y extraordinario que haya sucedido en medio de un paraíso.   Los huéspedes son espectadores, desde los balcones de las suites, del juego de contrastes entre la luna y el sol. En el amanecer, se colorea de rosado el cielo de fuego, y es apacible observar como las aguas turquesas se desvanecen en espuma blanca sobre la arena. Al borde de la playa una hilera de quioscos de tejas rojas privatiza el predio. Resguardándose bajo techo: poltronas de madera fielmente barnizada y paja trenzada.   El día tiene una banda sonora compuesta por el oleaje constante, los gritos y carcajadas de las familias alojadas,...

Diego Niño

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Desencuentro* Tropiezan en una encrucijada. Se presentan las preguntas y respuestas de protocolo y bajo este diálogo se escuchan las sombras arrastrando miradas, brisas apolilladas, pronombres empolvados, hasta llevarlos al presente que tiene algo de eternidad y de brevedad. Conservas los ojos de melancolía, dice él; los guardé para ti, responde ella, sonríen sabiendo que no hay más palabras ni más horizonte que este breve instante. Ella le da la mano y continúa su camino al tiempo que él ve que le ha quedado una brizna de esperanza aferrada a la palma de la mano… © Diego Niño  Diego Niño  (Bogotá, 1979) es matemático de profesión. Vive en Bogotá, Colombia *el microrrelato Desencuentro resultó finalista en el Primer concurso de microrrelatos organizado por la revista Archivos del Sur 

Óscar Osorio

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foto: Óscar Osorio Lejos de ella Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. (Borges, El amenazado) Le pido a mi esposa que deje la cámara conectada. Sonríe, bosteza con la boca muy abierta, se envuelve en la sábana azul y se duerme. La observo un rato, concentrado en el ritmo cadencioso de su respiración, ansioso de abrazarla, de sentir la tibieza de su piel y dejarla dormirse en mi regazo. Ese es uno de nuestros ritos de nocturnidad, una de nuestras pequeñas magias inútiles: nos acostamos, la atraigo hacia mí, ella reclina su cabeza en mi pecho y juguetea con sus dedos en mi torso mientras conversamos de cualquier cosa o esperamos en silencio los dulces aleteos de Morfeo. Sé que está dormida cuando su mano se detiene. La muevo hacia su lado y me levanto a leer. Ahora es diferente. Ella se ha quedado dormida a cientos de kilómetros de distancia, con la mano abandonada sobre la sábana fría, y yo me resigno a verla en el rectángulo iluminado de la pantalla. Me sirvo una ...

Guillermo Tedio

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Tras el antifaz hay un aroma* Mis relaciones con Susana caían inevitablemente al piso. Era un final sin el alboroto de las recriminaciones gritadas y quizás por eso mismo doloroso, porque un escándalo de maldiciones y golpes como el zafarrancho que a diario vivían nuestros vecinos de piso —el gordo Cepeda y su mujer—, quebrándose platos en la cabeza, arañándose la cara y mandándose al infierno, daba la posibilidad de enmascarar con el ruido los remordimientos y esa molesta y doble percepción de sentirse agresor y agredido pero en cambio, aquel naufragio silencioso —la cobarde fuga de nuestras caras— hacía más duro el porrazo de la caída. Unas veces era el hombre —otras la mujer— quien metía a la carrera varias mudas de ropa en la maleta y salía del apartamento, tirando la puerta y gritando que se largaba para siempre jamás. Y al día siguiente ya estaba el muchacho del Jardín Americano trayendo el proverbial ramo de gladiolos con una tarjeta en la que el gordo arrepentido pedía perdón y...