sábado, 18 de febrero de 2012

Guillermo Tedio














Tras el antifaz hay un aroma*



Mis relaciones con Susana caían inevitablemente al piso. Era un final sin el alboroto de las recriminaciones gritadas y quizás por eso mismo doloroso, porque un escándalo de maldiciones y golpes como el zafarrancho que a diario vivían nuestros vecinos de piso —el gordo Cepeda y su mujer—, quebrándose platos en la cabeza, arañándose la cara y mandándose al infierno, daba la posibilidad de enmascarar con el ruido los remordimientos y esa molesta y doble percepción de sentirse agresor y agredido pero en cambio, aquel naufragio silencioso —la cobarde fuga de nuestras caras— hacía más duro el porrazo de la caída. Unas veces era el hombre —otras la mujer— quien metía a la carrera varias mudas de ropa en la maleta y salía del apartamento, tirando la puerta y gritando que se largaba para siempre jamás. Y al día siguiente ya estaba el muchacho del Jardín Americano trayendo el proverbial ramo de gladiolos con una tarjeta en la que el gordo arrepentido pedía perdón y declaraba por enésima vez su amor eterno, o de parte de ella, un cocinero de restaurante chino, portando una enorme bandeja de tres carnes con verduras. Para los Cepeda, las peleas eran parte de su erotismo y las gozaban tanto como las reconciliaciones con mariachis o tríos, canastas de flores o comida china. Nosotros, en cambio, sabíamos de la catástrofe por la evasión de la mirada y el rictus de despiadado fracaso que ensombrecía nuestras bocas.
En ciertos momentos, yo había iniciado las tentativas de un regreso al principio feliz, utilizando de intermediaria a la niña cuando proponía ir juntos a las playas de Salgar o a un cine que exhibía la historia de algún héroe infantil. Al momento de salir, un negocio urgente pedía mi presencia, todo para no cederle terreno a Susana, mientras la niña recibía las heridas del silencioso fuego cruzado. Machista sin remedio, me había convencido de que la rutina de una vida en común por más de cinco años con la misma mujer, a pesar de la carita dulce de Feliza, era un lento y masoquista suicidio que rayaba en la necedad. Y sin embargo, a veces pensaba que todo no estaba perdido y avanzaba la mano para iniciar una caricia pero nunca llegaba a tocar la piel de Susana que al contacto seguramente se hubiera replegado como si la rozara la pata húmeda y repulsiva de una alimaña. Mi mano se quedaba crispada y suspendida en el aire y mi boca colgaba inútil en el simulacro de un beso y luego la careta del cigarrillo y el humo y durante el día el narcótico del trabajo en la oficina, con los clientes exigiéndome resultados en sus demandas. Y en medio de la rutina y las piernas cerradas de Susana, el viaje a casas de cita con mujeres desesperadas que me dejaban exhausto y con la conciencia remordida como cualquier perfecto cristiano, cuando en las charlas con Cepeda y otros abogados, pregonaba siempre un ateísmo escandaloso.
Aquella tarde de martes de carnaval, última jornada de Momo, me tiré a la calle, al borbollón sin ataduras que siempre he detestado hasta el extremo de alejarme otras veces a playas solitarias mientras Barranquilla vive su borrachera de mundo al revés. Me metí a fondo en el laberinto de la música que no dejaba oportunidad para la quietud, entre máscaras y capuchones de colorines y viudas que lloraban sobre un Joselito cachondo, muerto en su ley de gozón. Ni siquiera anuncié mi salida, apenas una caricia en la mejilla de Feliza, quien se había negado a probar alimento, entendiendo a sus cinco años que la hoguera estaba ardiendo. Bajé al tumulto del Barrio Abajo y sentí que agonizaba en esa búsqueda de vida y, por supuesto, el carnaval no me cerró las puertas, abrió su vagina promiscua y me atrapó entre sus pliegues de libertad y contacto.
Deambulé por sitios nunca visitados, por calles marginales de otros mundos, bebiendo el ron blanco, de carretero, que me ofrecían en todas las esquinas, fuera del alcance de los amigos, sin los prejuicios de la odiosa perorata de los conocidos. Quería simplemente perderme en la multitud, en una aspiración contradictoria y sin esperanza a estar conmigo mismo en mitad de la fiesta colectiva. Aparté los últimos remilgos de la náusea y me hundí, dueño del ritmo y del estruendo, entre la masa pulposa y prisionera de su propio movimiento.
En cierto momento me vi bailando en un salón inmenso, absorbido por el oleaje sudoroso de la barahúnda de congos, toros, diablos, muertes pero no estaba solo: tenía entre mis manos una espalda cuyos omoplatos se plegaban a la cadencia del piano de Ricardo Ray. No había ocasión para detenerse, la ronda del baile exigía seguir, siempre seguir sobre el timbre metálico de las trompetas y el estallido de los timbales, como lo hacía el hombre disfrazado de marimonda que bailaba cerca de nosotros con una pareja vestida de mono cuco, entregados ambos a la música en un arrebato catártico, haciendo pases eléctricos con la voz del Bobby diciendo agúzate, que te están velando, que este individuo no sabe en qué se metió.
Definitivamente estaba borracho. De encontrarme sobrio, me hubiera acordado del instante en que la invité a bailar o ella a mí, no lo sabía. Estaba allí, con aquel cuerpo entre mis brazos, el relámpago de la cintura batiendo prometedora su pelvis. Nos atraíamos: ella la piedra imán y yo la escoria. La mujer se apretaba a mi piel, sin la menor intención de evitar el roce. Yo palpaba sus hombros en un recorrido pausado que dejaba sin riendas, en mi sangre, al animal hambriento que el licor había despertado. Ella ocultaba la cara con un antifaz de peluche negro y un velo tenue bajo el que se insinuaba la boca roja mientras el cuerpo duro, incrustado en el mío sin brechas de respiro, se movía tras la tela elástica del disfraz de manchas negras sobre fondo amarillo, ay que no que no, así no me quedo yo. Buscaba una identidad tras el antifaz. Encontraba unos ojos que me miraban con un extraño rescoldo de malicia. La música dejó una tregua y antes de retirar el rostro del cuello de la gata, una inspiración profunda hizo que un aroma tibio golpeara mi olfato: un perfume de lirios que me trajo a la memoria el rostro de Susana mirándome desde sus ojos silenciosos. Cepeda contaba la historia del hombre enmascarado que salía a su conquista amorosa de carnaval y bailaba toda la noche con una mujer también disfrazada hasta que al amanecer, cuando se quitaban los antifaces en el cuarto de la casa de citas a donde habían llegado para el acto final, el tipo se encontraba con su propia madre. El efluvio de lirios desapareció barrido por la trompeta que remeció el aire y trajo el arrebato de la negra Amparo, lanzando al gentío nuevamente al turbión de la marea. Borré de un manotazo el recuerdo de Susana y giré otra vez con el dúctil y cálido oleaje de caderas golpeando mis ingles, sacando de mi sangre un placer desamarrado que me quitaba de pronto de encima muchas noches de desencuentros.
A intervalos regresaba el remezón interior, el tope seco que me devolvía, como en una carambola, la realidad de mi vida fracasada. Ahí estaba la torpe historia repetida: la autocompasión y el lloriqueo interior por no haber logrado las metas que ni siquiera tenía definidas porque en realidad nunca había sabido para dónde iba. Siempre dando palos de ciego, como ocurrió con la pintura —antes del Derecho— en que agarrado a la perorata en desuso de la trascendencia, busqué sin encontrar la línea ni el color ni el sentido. Una noche quemé las telas y tiré a la basura los pinceles y los óleos. Incapaz de definir mis objetivos, por pereza y falta de voluntad, me hice abogado. Después vinieron las excusas verdes de la zorra ante las uvas, el empecinamiento en hallar un culpable fuera de mí, y en esa actitud irresponsable, siempre era Susana la que llevaba del bulto, como en aquel momento en que giraba en el tumulto con la gata, aunque no había nada serio en mi comunicación con el cuerpo vibrante que se volcaba deliciosamente al mío. Siempre evitaba ponerle el rostro a la realidad. En lugar de prestarle atención, con todos los sentidos, a la mujer que tenía entre mis brazos, me lanzaba en el saco sin fondo de una metafísica trasnochada y hedionda a patetismo. Era una trampa en que caían mis instintos primarios, una forma de evasión, de imaginar que podía ponerme derecho cuando era un jorobado de mierda, un cobarde cómodo frente a la exacta concreción de Susana, quien seguramente seguía allá, aferrada a la carita salvadora de Feliza, padeciendo su rutina nocturna de desvelo mientras yo braceaba prisionero del ritmo y el montón. Me convencía de que aquella fuga de animal perseguido no era, de ninguna manera, la forma de encontrarle fin a mi laberinto pero cuando había buscado una solución cuerda, se me cerraban todas las puertas. Muchas noches de insomnio había deseado la comunicación pero la oportunidad de una caricia o una palabra de rescate que propiciara el reencuentro, no se producía. Los Cepeda, pesos pesados del comer y el gozar, peleaban y al rato ya estaban dándose besos, mirándose con impudicia y pidiendo permiso para largarse a follar. Burdos y vulgares, eran mejores que nosotros. Su mundo elemental no tenía cloacas metafísicas. En cambio, nosotros vivíamos juntos pero no revueltos. Por las noches, en la oscuridad de la habitación, presentía a Susana con una mordaza, sumida en un silencio sin grietas, compacto, que clausuraba el diálogo. Percibía apenas sus ojos iluminando como brasas la densidad de la alcoba y a veces escuchaba un sollozo que se cortaba de pronto. Después, en el día, el sabor amargo de la vida inútil y sin salida en medio de la monotonía cotidiana de las oficinas judiciales y las rabietas de Feliza descuartizando la última muñeca.
Un suspiro profundo de la mujer me sacó de la meditación absurda en medio del ritmo de las timbas y los bongóes y la venida de Richie como bestia tocando un tumbao. Miré de nuevo el fondo del antifaz. Los ojos se rieron descarados en su malicia. Me vi envilecido por la ingenuidad y el ridículo. Pensé que la pueril borrachera me había hecho víctima de aquella grotesca encerrona. Contaba también Cepeda de travestidos que aprovechan el artificio del carnaval para salir a cazar incautos, o solteronas decrépitas que usan el antifaz y el capuchón para soltar sus ganas reprimidas en el anonimato del tumulto. La masa que giraba a mi alrededor quizás no estaba ensimismada en su propia danza sino vigilante de las evoluciones que yo daba con aquel cuerpo que abrazaba con rabia y con gusto. El asunto parecía resuelto. Ya podía explicarme la ironía que se insinuaba tras el peluche y el velo. El hombre vestido de marimonda a la usanza antigua —el pantalón y la camisa puestos al revés y las manos enfundadas en guantes rotosos— y su pareja envuelta en los colorines satinados del mono cuco se me acercaron confianzudos y me dieron a beber su ron barato a pico de botella. Luego sonaron sus pitos burlones de culo pedorrero y señalando a la gata que se movía entre mis brazos, ejecutaron con las manos y la pelvis un movimiento de cogida obscena.
Pensé que la tonta borrachera me había hecho víctima de aquella trampa grotesca. Escudriñé las pupilas de la tigresa y me encontré con un fulgor taimado e intermitente en el relampagueo de los párpados. El calor que venía de la piel oculta me dejaba sin defensas. Sentía mis piernas y rodillas cruzándose con las de mi pareja en un juego rítmico que me mantenía pegado a ella. No había engaño posible: ni solterona ni marica. Era un cuerpo de mujer joven el que llenaba mis brazos. No me quedaba duda sobre la sensual feminidad cuando palpaba la quiebra de la cintura, el turgente comienzo de la cadera batidora, los senos presionando contra mi pecho sus pezones calientes mientras el muslo lleno y decisivo se incrustaba entre los míos. No, definitivamente conmigo no iba una de aquellas historias de travestidos aprovechándose de un pobre hombre borracho de ron cerrero y soledad.
Para mí seguía siendo un misterio el momento en que la invité a bailar. Tal vez había sido ella misma la que al verme abandonado y sin destino en medio de la risa, tan poca cosa fuera de sitio en el bullicio, me había cogido de la mano y metido en el ritmo del sonido bestial. Debía estar envejeciendo cuando unos tragos de licor me dejaban tan pronto aquellas lagunas en la memoria.
Le hablé al oído, casi gritando para imponer mi voz sobre la música excedida en su volumen y rocé con mi boca la piel de su cuello húmedo en una búsqueda de sensibilidad erógena. No sé lo que le dije, que bailaba muy bien o cualquier cosa. De la cara sin rostro brotó simplemente una risa entre dientes que se burlaba, por lo menos eso creí yo. De nuevo me golpeó la preocupación de estar siendo víctima de una mascarada. Se reía de mí el insolente cacorro o la atrevida solterona. Gozaba conmigo atrapado allí en el epicentro del tumulto. Me lancé a fondo para averiguar de una vez por todas el tamaño de mi ridículo. Más allá seguían bailando la marimonda y su pareja, ambos gordiflones y felices, bebiendo su repugnante ron a pico de frasco, sonando sus pitos y haciendo en dirección a nosotros sus gestos procaces de follar hasta el fondo.
Con un tono que me sonó apremiante, pregunté a la tigresa cómo se llamaba, dónde vivía, si era casada o soltera, el lugar común de las frases iniciales de conquista. No había señal de respuesta, apenas la repetición de la risa subterránea, el rumor de una boca quizás envejecida al otro lado del velo y el antifaz y por instantes el leve toque del aroma de lirios. Sospeché una especie de contradicción entre la sorna de la risa y la insinuación que proponían las piernas al acercarse más, mostrando una aquiescencia en el paso lento que pedía el acordeón de Emilianito, en el trastabilleo de pies, en la natural entrega de la pelvis y las caderas. Y ahí estaba precisamente lo extraño: no había palabras, solo risa y regalo del cuerpo. Decidí jugarme el todo, batirme a fondo. Apreté la cintura con un movimiento violento hasta casi hacerle daño y entonces la tigresa se contrajo retirándose un poco con una evolución de carne lastimada. Del antifaz me llegó una voz sensual y consentidora en el tono, casi un quejido. La invité con un ruego a salir del baile, le hablé con vehemencia y afán, soltando al animal que iba creciendo bajo mi piel. Le propuse ir a un sitio donde pudiéramos estar solos. Sentí que debía llegar con ella a la intimidad sin mentiras de la piel desnuda. La mujer volvió a responder con el acercamiento y la sutil fragancia vibró nuevamente en mi olfato por una fracción de segundo para perderse en el ya agrio ambiente de los cuerpos sudados tras el satín y las máscaras. Sentí coraje y al mismo tiempo desconsuelo por la rutina mierdosa de mi vida.
No iba a retroceder. Tenía que llegar hasta el final de la indagación. Agarré la mano de la mujer y la encontré condescendiente y cálida. Frené el baile y comencé a avanzar por entre el montón que se aferraba impenetrable a la voz de Poncho interpretando a Alejo: Me han dicho que el chupaflor coge el aroma en el aire y mientras hendía la muchedumbre, buscaba argumentos con los que intentaba explicar mi comportamiento y yo he cogido un amor lo más sencillo en un baile. Manoteaba contra capuchas y cuerpos que protestaban ante mis empujones apremiantes. No determiné los ojos de nadie ni respondí a los insultos con que me zarandeaban. Entre Susana y yo no se había producido un escándalo, ni siquiera un leve reproche en voz baja. La mujer me seguía sumisa, casi arrastrada por mi mano cuyas uñas se le clavaban hasta herirla. Quizás allí, en aquel mutismo sostenido que envolvía nuestras relaciones, estaba la razón de la trampa que nos separaba. La masa se resistía a soltarnos, nos hacía creer por momentos que nos dejaba libres para volver a tragarnos con una inspiración airada. Sentí el sonido de un pito en mi oído derecho. La maldita marimonda, moviendo sus grandes orejas de cartón, me obstruía el camino. Sin podérselo evitar, me cogió por los hombros, me remeció con fuerza y luego, balanceando su brazo derecho y su mano enguantada en un acto de meter y sacar, señaló a la tigresa y me gritó en la cara con su aliento etílico: Duro con ella, Roberto, dale lo que quiere. Lo empujé contra la multitud que se contrajo en un flujo y reflujo de protestas. El se rió estruendosamente y gritó una vulgaridad. Seguí avanzando. A veces me armaba con el sincero propósito de discutir con Susana, bajo la mayor objetividad, los detalles nocivos que habían venido acumulándose hasta formar aquella invisible pared de resentimiento, pero una extraña y filosa pereza me enmudecía. La multitud se volvía un tejido apretado en el que braceaba buscando un espacio libre. Quizás Susana también intentaba el diálogo y se topaba con un tarugo de miedos y dificultades que frenaban sus palabras. El montón mostró un atajo por donde escapar y me lancé con hambre hacia la puerta.
Aún no soltaba a la mujer, continuaba aferrado a su mano, ejerciendo una presión compulsiva a la que ella se abandonaba. Caminamos un trecho por el andén, los ojos fijos en la extensión de la calle, inquiriendo con impaciencia un auto libre. Evadí los sitios donde podía toparme con la indiscreción de caras conocidas. Le pedí al chofer del destartalado chevrolet que nos llevara a un lugar cercano, no importaba que fuera barato, y el hombre asintió comprensivo, dibujando una sonrisa maliciosa que remarcó con un guiño. Bajé el vidrio de la ventanilla y la brisa sacudió un poco el humo de la borrachera, mostrándome cuán extravagante era la situación que vivía, metido en un carro, rumbo a una casa de citas de mala muerte, con una mujer desconocida, misteriosa, disfrazada de gata, que permanecía compuesta en el asiento, casi rígida, mirando hacia adelante, las manos inmóviles sobre los muslos llenos y compactos. Me mantenía tenso a su lado, sin tocarla. En el espejo retrovisor, la cara del conductor persistía en juguetear con su gesto malicioso. En un momento la mujer volteó la cabeza y me miró fijamente como hubiera querido que algunas veces me mirara Susana. Acentuadas por el peluche del antifaz, percibí las pupilas grandes y negras, las largas pestañas arqueadas. Decidí pasar el brazo por el espaldar para estrecharla. Toqué la redondez del hombro y entonces ella se inclinó, levantó el velo y rozó mi mejilla con sus labios. Sentí una oleada de alegría, de gozo inundando mis huesos como un perro que ha atravesado solitario un arenal y se encuentra de pronto con la mano del amo ofreciéndole agua fresca. Palpé la violenta erección que me dolía entre las ingles.
El auto se internó por vericuetos sin pavimento donde se acumulaban mujeres de alquiler y congos y diablos borrachos con la cara cubierta de harina, en medio del descuartizamiento de trapo de muchos Joselitos ya sin dolientes. Finalmente, el chofer detuvo el carro con un frenazo malintencionado. Le pagué y escuché que, siempre sonriendo taimado, me susurraba algo así como cuidado con las uñas de la gata, patrón. Se trataba de un cuchitril desvencijado, de paredes retocadas infinidad de veces con mala pintura, descascaradas por acción del salitre y la intemperie. No sabía realmente donde me encontraba pero allí estaba, dispuesto a darle desahogos a mi fruición con aquella mujer enervante. Entramos y nos vimos en un saloncito recibidor dispuesto con un horrible armatoste que hacía de mostrador. Nos atendió una mujer abotagada y de ojos diminutos, como los de una lagartija, que parecían no perder el menor detalle. Pagué, di el nombre apócrifo de Alejandro Obregón que la empleada anotó en un libro pringoso mientras me preguntaba, maldita bruja, con el sarcasmo bailando en su boca, sobre los cóndores y las barracudas, y yo le dije que Botero estaba necesitando una modelo. Corrida, la mujer me entregó la llave, indicándome el número de la habitación. Subimos por una empinada y estrecha escalera de madera que tronaba bajo nuestros zapatos. Llegamos al segundo piso, a un pasillo también estrecho, con varias puertas laterales. Bajo la raquítica luz de un bombillo, busqué la pieza asignada, ya exasperado por el enrarecido ambiente.
El aposento no era tan pequeño ni tan ruinoso como lo había imaginado. Un viejo reloj de pared marcaba las doce y cuarto de la noche y pensé que el carnaval había terminado y pronto, en el cansancio de la madrugada del miércoles, comenzarían a pasar los pecadores arrepentidos en busca de la cruz de ceniza redentora sobre sus frentes. La cama aparecía cubierta por una sábana extrañamente limpia. Las paredes presentaban, aún en buen estado, un papel decorativo de pajaritas azules, y exhibían un desnudo de almanaque en el que una rubia enseñaba al espectador los globos de sus senos inmensos. En el centro del techo, una lámpara circular de luz fluorescente. En uno de los rincones, una mesita con una jarra de plástico y un vaso sospechosamente opaco. Nos quedamos mirándonos por un instante. Luego, ella se sentó en el borde de la cama y yo me acerqué alterado por una ansiedad que apenas alcanzaba a reprimir. Le cogí el mentón, le levanté el rostro, separé el velo de su boca y la besé hasta sentir su lengua tamborileando sobre mis dientes. Se separó, me sonrió, poniéndose de pie, y comenzó el ritual de quitarse la ropa. Lo hizo lentamente, con seguridad, sin rubores, como en un strip-tease, con los últimos estertores de la música del carnaval colándose por las hendijas de la ventana. Yo seguía sus ademanes mientras el deseo me atormentaba. Primero un brazo, estirando la abertura del cuello. Luego el otro, dejando descubierto el busto sin brasier. Yo estaba inmóvil, mirando cómo el cuerpo emergía de la trusa color tigre en una temblorosa desnudez de contornos que aceleraban mis pulsaciones. Me fijé en las diminutas pecas de sus senos. La cintura iba surgiendo conectada a las caderas y muslos en un lento descenso que aceleraba mis ganas de amor. El vientre mostró un montículo de vello cobrizo que la luz opalina volvía púrpura. Consciente de que yo había aceptado el pacto silencioso de no quitarse el antifaz, se tendió segura sobre la sábana. Me desnudé en silencio, sin dejar de contemplarla, mientras ella apartaba el velo de la boca y me sonreía.
Empecé a acariciarla con una ternura apremiante, casi violenta, mirándola a los ojos defendidos por el negro del peluche. Toqué sus senos con vehemencia hasta sentir el duro y fogoso enrojecimiento de sus pezones. En los largos besos, su lengua era una llama que volvía cenizas mi soledad. Respiré el olor de sus axilas, muslos y vientre, y la fui poseyendo con morosidad, prolongando la identificación erógena hasta que mi mente se sacudió aturdida por el orgasmo y ella se contrajo en largos gemidos de reconciliación, hundiéndome las uñas de gata en la espalda con una dulce crispación vengativa.
Cuando desperté, estaba solo y desnudo en el cuarto de aquel hotelucho de ocasión. Fui hasta la ventana y vi pasar las primeras beatas hacia misa, santiguándose ante los diablos borrachos que tirados en el andén y blancos de harina, aún masticaban letanías obscenas. Carnaval y cuaresma, pensé. Regresé a la cama y sentí, untado a mi piel, un leve toque de fragancia de lirios. Entonces, sin poderlo evitar, pensé que el gordo Cepeda y su mujer —con sus vulgares disfraces de marimonda y mono cuco— eran los mejores amigos del mundo.


(c) Guillermo Tedio
Barranquilla






Colombia




Sobre el autor:

Guillermo Tedio, seudónimo literario de Manuel Guillermo Ortega, cuentista y crítico literario. Coordinador del Área de Literatura de la Universidad del Atlántico (Barranquilla, COLOMBIA). Dirige en Internet la Revista de Estudios Literarios LA CASA DE ASTERIÓN y el SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA: http://lacasadeasterion.homestead.com/



* "Tras el antifaz hay un aroma" es un cuento perteneciente al libro El crujido del fuego, de Guillermo Tedio.


imagen: Carnaval veneciano - Gabriel Perrone (fragmento)

2 comentarios:

Mauricio Suarez dijo...

Excelente cuento. Evoca muchos momentos por los que un típico costeño del caribe colombiano ha pasado. Ya sea como protagonista o espectador, que viva el carnaval!

flavio dijo...

Felicitaciones. Lo bueno es que la historia atrapa. Toma matices sensuales que reaviva los hechos y el matiz de la seducción. Mis felicitaciones al escritor.