sábado, 1 de septiembre de 2018

La profundidad de mi abismo - Magnolia Stella Correa Martínez



No tengo la menor idea de dónde o cómo o en qué momento inicié este camino; no tengo el más remoto recuerdo de cómo o cuál fue el primer paso que di para adentrarme en este cruel e inhumano recorrido.  Sin embargo, y muy a pesar de su despiadada sevicia para conmigo, hoy en día tan solo puedo agradecer todos y cada uno de los pasos que me han llevado por este fantástico y enriquecedor sendero. 
Son cerca de las 5:40 de la mañana; ya está empezando a despertar el día, ya se dejan ver los primeros rayos amarillos dibujando algunos ilegibles trazos en el horizonte por detrás de la montaña, anunciando la milagrosa y generosa llegada del astro rey que poco a poquito se asoma para iluminar y calentar esta cara del planeta.  Yo voy caminando sin darme cuenta, voy charlando con una maestra sin saber conscientemente  desde dónde venimos juntas y mucho menos sé en qué momento nos encontramos; solo soy consciente de que voy por mi camino con esta agradable ilustrada. 
Esta maestra amiga se me hace particularmente simpática porque no es terca ni impositiva, más bien me parece humilde y sumisa, simula entender mis argumentos porque los atiende sin mayores reparos como si se regocijara en complacer todos mis caprichos.
De las muchas vueltas que doy al lado de esta sabia,  inmersa en ella o absorbida por ella no sé, recuerdo nítidamente cuatro o cinco que de la misma manera que me ocasionaron una enorme frustración, también son fuente de una fantástica liberación…  claro está que esto tan solo lo puedo deducir después, mucho después de haberlas superado al ser consciente de ellas.
Durante nuestro recorrido, que yo misma iba dirigiendo, desprevenidamente llegamos a un punto por donde yo no quise pasar y entonces yo decidí que diéramos la vuelta buscando llegar por otro camino al mismo lugar. Aunque sorprendida, la  ilustrada obedientemente  sigue mis pasos  al tiempo que me pregunta: “por qué no podemos pasar por ahí?”, inquiere con curiosidad y sin reproches. Me impresionó el cuestionamiento y no sé si arrepentida o avergonzada, el hecho es que yo empecé a justificar mi actitud con estúpidas explicaciones en una muy clara muestra de que yo sabía que se trataba de un error, de mi error sin fundamento creíble: “es que esa gente que vive por ahí es muy habladora, criticona y burlona…”.  Y así, sucesivamente, una y otra vez la misma actitud, yo evitaba lugares, personas y circunstancias mientras la sabia me seguía simplemente; ya no volvió a preguntar “por qué”… pero yo sí presumía y asumía la curiosidad de la maestra y, a la sazón, daba explicaciones para justificar mi mentecata confusión con todo tipo de razonamientos, fiel reflejo de dudas, temores y complejos de cuánta confusión se pueda calcular:  “que porque estos son muy orgullosos, tienen dinero y fama…”, “que porque la Universidad no es buena y tengo deficiencias en mi formación profesional…”, ”que porque yo soy gorda, fea, pobre, no tengo amigos…”, y así  repetidamente yo expresaba con un razonamiento debidamente justificado todas y cada una de mis innumerables “frustraciones ”. 
Yo ya estaba muy cansada, pues era demasiado el peso que  había cargado durante todo el tiempo, además ya también era excesivo el camino recorrido en compañía de esta sabia y  ya me estaba aburriendo su pasividad; ya la sabia me estaba resultando muy inútil, pues como que no lograba entenderla ni amoldarme a ella.  Solo fue hasta entonces que empecé a quedarme muy callada y seria, era mi manera de sacar a la maestra de mi camino y seguir yo sola sin renunciar a la sabia directamente porque me daba un extraño miedo…, y así en el momento menos pensado, de una forma totalmente inconsciente, intempestivamente me di cuenta de algo aterrador…
Sorpresivamente me vi en el fondo de un profundísimo abismo, oscuro y recóndito, desde donde no alcanzaba a visualizar  claramente la salida a la superficie, no veía un camino, un sendero, una guía, una luz, algo que me produjera alguna esperanza… desesperada, angustiada al verme tan sola en un sitio tan terrorífico, en una circunstancia tan extremadamente cruel que me hacía ser una víctima sin un victimario a quien maldecir, en un extenso desierto sin caminos, sin puentes, sin escaleras; de repente me vi en un extenso desierto plagado de punzantes espinas y cortantes piedras que me acorralaron en un solo punto, sin posibilidad de movimiento alguno; sin una sola persona a quien clamar auxilio cerré los ojos a mi monstruosa realidad.  Sin embargo, reaccioné luego de un rato y me dispuse a inventarme la forma de salir de este antro,  cuando caí en cuenta que únicamente tenía que deshacer todos y cada uno de los pasos que me habían traído hasta aquí, porque yo y tan solo yo me había traído hasta aquí; la sabia prácticamente había desaparecido, o al menos yo no la percibía; no la culpé por abandonarme cuando más la necesitaba, más bien la comprendí, no tendría por qué arrojarse al abismo conmigo.  Fue entonces cuando de la manera más genial e ingenua, traté de armar una escalera, inicialmente con palos, pero no resistió mi peso, luego pretendí hacerla con piedras, una sobre otra, pero tampoco lo hubiera logrado porque no era posible alcanzar el borde del abismo.
Todo el mundo pasaba por la otra orilla del borde del abismo y nadie se daba cuenta de mi acerba situación; a los muchos días pasó ella, me vio allí y se detuvo a brindarme su ayuda a su manera y a su estilo.  Sí, tenía que ser ella, justamente esa mujer con la cual siempre he tenido una abismal diferencia y la misma mujer que jamás pudo ganarse mi cariño a pesar de su esfuerzo para ello.  Sin embargo, hoy fue la única persona que, sin saberlo y tal vez sin proponérselo, me ayudó a sobrellevar mis días en este precipicio. 
Después de casi maldecir a mi sabia compañera por su abandono, luego de renegar de todos  y cada uno de los fatídicos pasos que me habían conducido a este tenebroso lugar en el cual me encuentro atrapada y sin posibilidad alguna de salida, completamente absorta en mi desgracia, no quería ver, ni oír, ni pensar; la consciencia de mi feroz situación apenas me permitía confiar en el auxilio Divino y así me quedé dormida, con la esperanza o más bien con la ilusión de que Dios viniera y me sacara de este infierno.  Pero nada, entre más pasaban los días,  me daba la impresión de que el abismo se hacía cada vez más hondo; quizás no era mera percepción mía, en realidad a medida que el tiempo transcurría el piso del abismo era cada vez más profundo, lo que hacía más distante, por tanto, menos visible su parte superior, es decir, alcanzar el borde del abismo y poder salir de ahí se me hacía prácticamente imposible.
Cansada y convencida de mi fratricida lucha, me rendí  ante mis crudas y crueles circunstancias que la sabia y pervertida vida me planteaba, me entregué a mi desgracia y desistí de mi inútil batallar.  Doblegada ante mi perentorio fracaso, me senté a reflexionar sobre cómo o de qué manera iba a pasar el resto de mis días en este inhóspito y agreste lugar, en este desamparo tan drástico e inhumano.  Repentinamente vuelve a mi pensamiento la idea de disolver todos y cada uno de los pasos que me trajeron hasta aquí y empiezo a recapitularlos uno a uno sin cesar, como si me recreara al recordarlos tan minuciosa y detalladamente.
Repasando todo el camino recorrido junto a mi sabia, estaba recordando cómo yo evadía unas personas, evitaba algunos lugares, rechazaba muchas situaciones, etc. todo ello con un  fundamento en común: dudas, miedos, complejos que he albergado en mi más íntimo Ser y que me han ocasionado todo tipo de confusiones y frustraciones durante toda mi existencia…   el silencio y el frío de la noche parecen hacer gavilla con la impenetrable oscuridad que reina en el ambiente, para aniquilarme radicalmente y entonces cierro los ojos con la finalidad de quedarme profundamente dormida… pero en el instante de máxima soledad, oscuridad y frío, sucedió algo tan sencillo y simple como extraordinario y magnánimo.
De pronto desde aquí, desde el fondo de esta cavidad, empieza a surgir una asombrosa luz que invade todo el abismo y que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, incluida yo.  Sí, una desconocida luz con una extraña e inusitada fuerza me levantó del suelo y me llevó, no sé cómo, ni en qué, hasta la salida del terrorífico lugar donde yo había pasado muchos, muchos años de mi vida.  ¡oh!, no lo podía creer, ya estaba afuera…; yo me sacudía, me tocaba, inspeccionaba a mi alrededor… vida, oportunidades, progreso, prosperidad era lo único que yo podía captar con todos mis sentidos.  Dispuesta a retirarme de aquel espantoso  paraje, envalentonada ante mi nueva circunstancia, di unos pocos pasos adelante… pero… sentí curiosidad por ver desde arriba el fondo del precipicio y me devolví con el serio propósito de burlarme con desdén porque pude superar al monstruo y de humillarlo con sevicia porque él no me pudo derrotar, sin embargo, ¡oh sorpresa!...
Con los ojos desparramados por el más descomunal asombro y sin poder creer lo que estaba viendo, me tuve que agachar para corroborar aquello que era perfectamente visible, para comprobar que no estaba loca ni estaba padeciendo de  alguna alucinación.  Me incliné y me acosté en el suelo, boca abajo, metí mi mano derecha totalmente abierta para medir o calcular la dimensión de este despeñadero que me tuvo atrapada durante tanto, tantísimo tiempo.  Casi desconfiando de mi cordura mental pude confirmar que con mi dedo meñique derecho tocaba el fondo del abismo mientras que con mi dedo pulgar derecho alcanzaba el borde o la salida del abismo…  Sí… increíblemente el tal abismo escasamente medía una cuarta de profundidad…   la profundidad del abismo era del tamaño de mi mano derecha abierta…

(c) Magnolia Stella Correa Martínez
El Cerrito, Valle del Cauca
Colombia

Magnolia Stella Correa Martínez (El Cerrito, Valle del Cauca, Colombia) , vive en la misma ciudad. Es contadora pública y escritora.
Ha publicado cuentos, relatos y artículos en sitios web como Rincón de los Escritores, Unión Hispanomundial de escritores.
La profundidad de mi abismo (c) Magnolia Stella Correa Martínez enviado por la autora para su publicación en la revista Archivos del Sur