miércoles, 25 de julio de 2012

Araceli Otamendi


Historia del emperador Chin-chan-fu y la rata que fue confundida con un perro*



*de la serie Cuentos chinos apócrifos



En la máquina del tiempo todo se puede confundir: recortes de diarios, noticias del día, informes de laboratorios, viejos manuales de historia, tal es el caso del detective Ronald Britten que una vez más se había introducido en la máquina del tiempo para investigar acerca del caso del emperador Chin-chan-fu y la rata que fue confundida con un perro. En la enciclopedia británica del año 2022 decía que ciertos hurones fueron modificados genéticamente para ser parecidos a los perros caniche y así poder venderlos como mascotas en el mercado. Una mujer, que decía haber servido en la corte del emperador Chin-chan-fu había dado su testimonio y era éste:

"...iba oscureciendo en el palacio del emperador Chin-chan-fu, yo estaba repasando las molduras de oro de las ventanas para que estuvieran bien brillantes y veo pasar al hurón, tenía pelos como los de los perros y una mirada vivaz y corría cerca de una pared. Yo misma corro hacia él con la intención de matarlo, al menos de golpearlo. Y en eso el hurón se esconde, no sé dónde y el palacio queda a oscuras ya que todavía no se habían prendido las velas que debían alumbrar el salón...".




A Ronald Britten, el detective, no le bastaba con seguir leyendo el testimonio de esta mujer en los recortes de los diarios viejos y amarillentos y decidió tomar una copa de licor de mandarinas chinas y seguir buscando. Fue así que se sentó a la sombra de un árbol, curiosamente un mandarino, y se puso a pensar por dónde seguir la investigación. Uno de los frutos del árbol, de cáscara naranja brillante cayó sobre la frente del detective y le despertó la imaginación: iría al mercado, un viejo mercado de su barrio adonde tal vez consiguiera uno de esos hurones transgénicos. Ronald Britten se quitó el vistoso kimono - no sabía de dónde había salido porque en la máquina del tiempo ocurren muchas cosas inexplicables - y ya vestido con el jean y la camisa de siempre y con el revólver en la cintura se dirigió al mercado.
En una jaula había varios hurones muy divertidos que se parecían a perros caniches. Al detective le gustó uno particularmente parecido a un perro y decidió llevarlo para seguir investigando. El vendedor le dijo que se estaba llevando un precioso perro caniche toy y el detective le preguntó de dónde provenían estos animales tan lindos pero obtuvo sólo silencio como respuesta. ¿Tenía algún asidero relacionar el caso de los hurones que eran vendidos como perros con el emperador Chin-chan-fu? se preguntó Ronald Britten. Tal vez no, se dijo mientras miraba al hurón, cómo trepaba a uno de los armarios de la cocina de su casa.
Y no, parecía que no, que tal vez siempre estos hurones hayan estado en todos los países del mundo, eso pensó Britten, al mismo tiempo que se rascaba la cabeza y pensaba qué es lo que haría ahora con el hurón que parecía un caniche. Pero el hurón parecía sonreirle, le mostraba los dientes desde el armario más alto de la cocina y Britten empezó a pensar cómo destruir a la máquina del tiempo y al hurón incluido. Y fue así como el detective Ronald Britten tuvo uno de sus muchos traspiés en la investigación ya que el hurón escapó corriendo a muchos kilómetros por hora y nadie sabe hasta ahora por dónde puede estar.

(c) Araceli Otamendi







domingo, 15 de julio de 2012

José Respaldiza Rojas





LA TÍA TELÉSFORA





Conocí a la tía Telésfora cuando ella ya era mayor, mas no por eso perdía su impulso juvenil; de baja estatura, pelo negro, se había dejado engordar mucho sin que eso le restara agilidad. Escuchaba un rato antes de intervenir con mucha coherencia. Pocas veces la vi quieta o sentada, siempre estaba en movimiento, entraba, salía, visitaba, volvía a salir. Ella misma se generaba su puesto de trabajo ya que elaboraba panes, rosquitas, semitas, biscochos y procedía a venderlos, pero por increíble que parezca, como no tenía RUC – Registro Único del Contribuyente - ni licencia municipal, en las estadísticas figuraba como desempleada, carente de trabajo, en vano se podrían mostrar, con pruebas fehacientes, que la tía Telésfora sudaba cada sol que ganaba, pero la ley es la ley, y para la ley ella no trabajaba y punto.



Vivía en los famosos Barrios Altos, otrora zona residencial y hoy muy venido a menos, su casa era muy modesta, limpia y algo grande pues vivía sólo con su esposo, no tenía hijos, algo sucedió que ella quedó estéril, pero ni por eso se deprimió. Ella amaba la vida y gozaba de ella cada momento. Muy temprano procedía a limpiar la vereda de su casa, por allí empezaba el aseo de su vivienda, al término del cual tomaba un desayuno frugal. A continuación iba al mercado donde compraba lo indispensable para el almuerzo y luego amasar sus panes, harina, manteca, levadura, etc.
A eso de las tres p.m. llevaba todo lo elaborado a una panadería donde hacía uso del horno por una módica suma. Conforme iba sacando cada hornada lo ponía en una cesta de regular capacidad, al acabar procedía a subir a un micro que la llevaba al Mercado Central y en una esquina, se colocaba a vender su mercadería. Los paisanos ya la conocían y sabían de su horario de venta, por eso ella abastecía a cuanto shilico (natural de Celendín, Cajamarca) goloso pasara por su frente.
Un buen día un paisano llegó donde ella, pero no a comprarle nada sino a desahogar sus penas y contarle de sus apremios económicos, la tía Telésfora lo escuchó con gran paciencia, pero todo tiene un límite, entonces ella le dijo:

- Paisano ¿por qué no hace un préstamo al banco?

- Es que yo sólo necesito cien soles.

- Digasté ¿Qué da en prenda?

- Mi sortija de oro.

- ¿Por cuánto tiempo?

- Por un mes paisanita.



La tía Telésfora le facilitó esos cien soles y recibió la sortija. Desde esa fecha añadió un negocio más a los que ya efectuaba. Desde niña aprendió que juntando oro se prevenía para su vejez. Eran famosos los artesanos de Huacapampa, en José Gálvez, con sus joyas en filigrana de oro, hoy dicha actividad se perdió. Muy pronto la vecindad supo que ella te salvaba de un apuro económico.
Algunos lograban rescatar sus joyas, otros no podían hacerlo y se le presentó la imperiosa necesidad de encontrar algún lugar donde esconder dichas pertenencias, no podía darse el lujo de guardarlas en un banco, pues eso le generaría algún gasto.
Así se le fueron acumulando aretes, sortijas, aros, medallitas, pulseras, etc. todas ellas de oro puro. Como el barrio donde ella vivía también alojaba a personas del mal vivir se corrió el rumor que poseía harto dinero y como tal, era pasible de una visita.
Y eso sucedió un día en que ella y su esposo salieron y al regresar notaron que la puerta de su casa estaba junta ¿qué cosa? Entraron con cierto temor y lo que encontraron le dio rabia a su esposo, pero a ella le reforzó su habilidad preventiva. Alguien ingresó y rebuscó todos los cajones, los colchones, bajo las camas, el ropero, todo fue revisado.

- ¿Qué buscarían? – preguntó su esposo.

- ¿Cómo quieres que lo sepa? – le respondió, sin soltar mas información.



Ella sí sabía lo que buscaban: las joyas que estaban en prenda, pero se rió para sus adentros, su escondite estaba muy bien situado y sobre todo muy bien pensado, así que no le dio importancia y continuó con sus faenas cotidianas.

- No puede ser, en algún lado debe guardar lo que recibe.

- Sí, jefe, revisamos todo como lo acordamos.

- Entonces ustedes se han quedado con las cosas.

- Eso nunca, tenemos un pacto de sangre y eso se respeta.

- Bueno, vigilen a la tía y cuando haga otro negocio, entren.



Era el cabecilla de la zona quien regañaba a sus huestes por ese fracaso. En cambio a la tía ese hecho le dio seguridad y así se lo decía a quienes recurrían en busca de un salvataje, pero jamás se le ocurrió revelar su secreto. Pronto su lema fue prontitud y seguridad.
Un buen día, un paisano dedicado a las malas artes le fue encomendado en ir a solicitarle un préstamo, dando su aro matrimonial. Recibió la suma pedida y salió con la certeza que recibió un objeto en prenda, ahora pondrían guardia para ingresar cuando la casa estuviera vacía y así revisar todo hasta dar con ese aro.
Su esposo se fue a laborar y ella salió camino al mercado. El vigilante emitió un agudo silbido y con gran rapidez llegaron dos individuos que abrieron la puerta con una ganzúa, dejaron un campana para que les pasara la voz en caso de tener que salir de improviso. Esta vez hasta cortaron la cobertura de los colchones, rompieron una alcancía que contenía apenas unas cuantas monedas, las plantas fueron sacadas de sus macetas, que minuciosidad para buscar dónde guardó el aro que dejó en prenda su compinche, mas todo fue en vano.
Al volver la tía Telésfora tuvo que demorarse casi seis horas en poner en orden todos los objetos desparramados, embutir la lana de los colchones y parchar las rotura y si eso no la molestó fue porque su escondrijo no fue hallado, continuaba virgen, intacto.
Pasó el tiempo y ya la cantidad de joyas acumuladas era algo respetable. Decidió tener dos escondrijos, uno permanente donde guardar las cosas de mayor antigüedad y otro, temporal, para los recientes empeños. Ya era conocida por dicha actividad en muchos barrios y se había convertido en dueña de una casa de empeños informal.
Sufrió pequeños robos, pero su caja fuerte continuaba presta a esconder el secreto mejor guardado de todos los tiempos.
Como los años no pasan en vano un buen día enfermó y sus hermanas la llevaron a donde un médico paisano. Fue internada en un hospital donde la revisaron, le efectuaron muchos análisis, le tomaron ecografías, radiografías y ella, al cabo de dos semanas, preguntó:

- ¿Es que tengo algún mal?

- Paisana – dijo el médico – nunca he visto una persona absolutamente sana.

- Entonces ya puede irme.

- ¿Es que la hemos tratado mal? – le dijo el médico.

- No, no puede quejarme.

- ¿Le disgustó la comida que le damos?

- Tampoco.

- Entonces ¿qué apuro tiene?

- Es que me aburro sin ver mis novelas.

- Mire paisana, aún faltan dos exámenes mas, le pondremos un televisor para que se distraiga.


Al término de la conversación el médico estuvo atento para ver en el momento en que se retiraban las hermanas y cuando eso sucedió las llamó para conversar en su consultorio. Resulta que le habían encontrado un quiste canceroso en el cuello del útero que era maligno y le pronosticaba poco tiempo de vida. Las hermanas lloraron al saber la noticia.
Iniciaron las sesiones de quimioterapia, una alimentación adecuada al impacto de ese tratamiento, aún así su salud se deterioraba a ojos vista. Para amortiguar el dolor le ponían inyecciones de morfina. La tía Telésfora que había pasado por circunstancias peores nunca perdió la confianza en sanar, ella bajaba de peso, pero como era obesa esa pérdida de kilos demás lo tomaba como un signo positivo así que no se incomodaba.
Luego de varios meses notó un claro deterioro, entonces ella inició unas seguidillas de oraciones, pero perdió fuerza y casi no podía moverse, ahora su salud empeoraba con mucha rapidez, de pronto no pudo hablar y en ese instante se dio cuenta que ya no mejoraría. La enfermera de turno, al amanecer la encontró en el piso, y con su mano temblorosa tocaba en forma reiterada el suelo, llamó a otra compañera y la subieron a su cama. Al día siguiente volvieron a encontrarla en el piso, y nuevamente golpeaba el piso con su mano, de nuevo la subieron a su cama.
Como no tenían barandillas, al médico de turno se le ocurrió poner el colchón en el suelo y bajarla a dormir, pero para sorpresa de él, la enfermera la encontró en el piso, fuera de su colchón, golpea y golpea el suelo, nadie entendía esa conducta.
A la semana siguiente la tía Telésfora cerró sus ojos en forma definitiva, sus familiares procedieron al entierro de ella en medio de la congoja por su muerte. Al mes, se reunieron en la casa de ella, y en medio de recuerdos se habló del extraño hecho de arrojarse al suelo para golpear el piso, cosa que sucedió en sus últimos días, alguien manifestó que tal vez, como no podía hablar, estaría queriendo decir algo, pero ¿qué? que deseaba decir. No lograban hallar una respuesta coherente. Siguió la conversación familiar y al preguntar qué hacía ella, la recordaron como una buena ama de casa, que fabricaba sus panes y los vendía, que aseaba toda la casa.
De pronto un sobrino recordó que ella facilitaba dinero a cambio de joyas y le preguntó a su esposo por esas joyas y la respuesta de él, sorprendió a los asistentes:

- No, no dejó nada. Tampoco me habló de ese tipo de negocio.

El sobrino insistió porque su padre alguna vez recurrió a ella y le dejó su aro matrimonial. La conversación se hizo más interesante. Nadie sabía de ese negocio, tampoco sabían dónde guardaba las joyas que le dejaban. Qué tales incógnitas.
Ya casi terminando la tarde se volvió al tema de sus caídas de la cama del hospital y se la ligó con el asunto de dónde escondía las joyas. Su esposo dijo que en su cuarto no halló nada. Varios familiares pidieron permiso para ver el cuarto. Su esposo se puso rojo de vergüenza y trató de cambiar el rumbo del pedido, al final confesó que su cuarto tenía piso de tierra, que habían logrado mejorar el resto de la casa, pero dejaron para el final ponerle cemento al piso.
Los familiares lo sosegaron y uno de ellos se deslizó a hurtadillas al cuarto, miró por todas partes y al salir dio como consejo que cavaran la tierra y que en algún lugar debería estar el huarique.
Al día siguiente ese sobrino fue a la casa del tío con un pico. Primero hizo un hueco al lado de la cama, donde ponía los pies al bajarse, pero no había nada. Movió la cama y cavó por el lado de la cabecera, nada. El turno fue por el lado opuesto, en vano. El sobrino sudaba la gota gorda ya que tenía que abrir y cerrar los hoyos que hacía. Al medio día pararon para almorzar, pero antes se bañó pues estaba lleno de sudor y polvo.
Por la tarde volvió a su faena, horas de horas de abrir y cerrar agujero en la tierra. Ya casi al borde de tirar la toalla dio un vistazo al cuarto y notó que la maceta disonaba con los adornos de un cuarto. Avanzó los cuatro pasos que lo separaba de aquella planta de geranio, la puso en otro lugar y como esa zona tenía la tierra algo húmeda le fue fácil remover la tierra, al poco rato el pico se enredó con algo, era una bolsa plástica que fue retirada inmediatamente. El tío y el sobrino llenos de curiosidad la abrieron sacando una gran cantidad de joyas.
Al revisarlas el sobrino se dio cuenta que no estaba el anillo matrimonial de su padre, entonces el tío recordó que días atrás retiró otra maceta. El sobrino procedió a cavar donde le indicó el tío, como la tierra estaba seca demoró un poco más hacer el hueco, pero finalmente dieron con otra bolsa que contenía mas joyas, allí estaba el aro de su padre.
En la mesa del comedor fueron acomodando diez pares de aretes, cinco anillos de promoción, ocho pulseras, once collares con cruces, dos gemelos algo antiguos, cuatro aros matrimoniales, catorce sortijas. Dos medallones, un reloj con correa de oro y muchas otras joyas más.
Llenos de alegría citaron al resto de los familiares para comunicarles el hallazgo imprevisto. El precio del oro siempre está en alza y al pesar todo lo encontrado, que no fue poco, dio como resultado 3 kilos tres cuartos. Como la onza se cotizaba en 600 soles ese hallazgo significó una fortuna
Por consejo de un familiar el tío vendió una parte de las joyas y compró vaquillonas, las envió a Celendín para que se las criaran. Al cabo de unos años, esa vaquillonas tuvieron sus terneros y poco a poco el tío se convirtió en un próspero ganadero. A sus noventaitantos años recuerda sus lindos años con su Telésfora y recuerda aún más lo que le dejó pues todavía conserva parte de esas joyas.

Increíble pero cierto.

(c) José Respaldiza Rojas

Lima
Perú