viernes, 15 de octubre de 2010

Araceli Otamendi

Silke, La suma sacerdotisa (Muestra Arcanos en seda)



Lucía y la adivina*


Acompaño a Lucía a la casa de una adivina. Lucía  es una mujer relativamente joven, estará cerca de los cuarenta, no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece invariablemente en su cara, casi nunca se ríe.

En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así. No sé por qué Lucía me eligió a mí para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas, tal vez se sienta más segura si va con alguien.

El problema de Lucía es que el marido, más joven que ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte. Le va bien en su profesión y Lucía está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes mágicos y no tan mágicos lo aleje de ella.

La casa de la adivina queda en un barrio de Buenos Aires, algo alejado,  es un departamento antiguo, modesto. Cuando entramos hay una cantidad increíble de mujeres esperando turno. Casi todas están bien vestidas, con aspecto de profesionales, bien peinadas, bien maquilladas.

Se escuchan algunas conversaciones. Hay una mujer vieja que recibe a las visitantes. Es una mujer gorda, tiene aspecto de cansada, de gastada, de haber perdido hasta sus más recónditos sueños.

Lucía, como siempre, está expectante por lo que le depara el porvenir, por saber si su marido la engañará, si alguna mala mujer se lo quitará de su lado. Teme que él la deje y ella se quede en la calle.

La mujer que se ocupa de recibir a las clientas de la adivina es una eximia profesional, podría ser la secretaria de un médico o de un dentista si no tuviera ese aspecto tan desaliñado. Se defiende hablando.

Las horas van pasando, en la antesala del consultorio de la adivina habrá unas quince mujeres con aspecto de preocupadas, temerosas del destino, confiadas en las artes mágicas.

Me dedico a observar a esas mujeres, a escuchar algunas conversaciones mientras Lucía se retuerce en el asiento con sus miedos, sus ansiedades, su inseguridad.

La secretaria de la adivina adquiere con el correr del tiempo un tono seguro, escucha y también da consejos. Pienso si no será como en algunos programas cómicos y films que he visto en mi infancia: siempre hay alguien que se entera primero de los secretos para después confiárselos al adivino. Es posible, ¿por qué no?

—¿Y vos, por qué venís? Se intriga la secretaria.

—Acompaño a mi amiga.

—Mirá que la Adelaida es buena, la consultan médicas, abogadas, contadoras…

—¡Qué bien! —digo, y pienso, no alcanza con ser profesional, con haber estudiado para tener certezas, la magia también es posible. Pero no lo digo.

—¡Que pase el que sigue! —dice la voz de una mujer desde adentro de una habitación.

Ha llegado el turno de Lucía. Ahora tengo tiempo de escuchar con más atención las conversaciones. Han quedado cuatro o cinco mujeres, nada más. La conversación se anima con la secretaria.

—¿Y saben por qué vienen principalmente aquí? —dice la secretaria.

—No —digo.

—Por problemas familiares. Casi todas tienen problemas familiares, con el marido, los hijos, el amante, el novio. Las que son casadas casi todas tienen problemas. Hay muchas que se quieren divorciar y tienen problemas con los hijos porque se divorcian entonces los chicos andan de aquí para allá como paquetes. Y los problemas son porque no hay amor, porque si hubiera amor no habría problemas. Ahora yo digo una cosa, si hubiera amor no harían eso con los hijos. Y si tuvieron hijos ¡banquenselá!

Casi todas asentimos, es una lección de sentido común. La maestra ha dado la lección, ¿para qué consultar a la adivina? Mientras espero a que Lucía salga de la consulta, observo como la secretaria sonríe satisfecha.


© Araceli Otamendi


 *Lucía y la adivina corresponde a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora

jueves, 14 de octubre de 2010

Araceli Otamendi

                            Alfredo Volpi, Hombre con paraguas en el paisaje
(de la muestra en el Malba)



La lluvia

Llueve a cántaros y es de noche. Marisa ha entrado a su cuarto y ha cerrado la puerta con llave. Recién se ha despedido de Tomás con un portazo. Ella le ha cerrado la puerta del auto, un pequeñísimo auto y le ha dicho: - Andáte, no te quiero ver más. Y él se ha ido. Enojado, confundido. El auto se ha alejado en la noche oscura, muy oscura. Oscura como  los pensamientos de Marisa…
Y ahora ella  llora, llora y llora. Lloraba desconsoladamente. Marisa llora y las lágrimas caen negras de rimmel sobre los papeles de la mesa donde estudia. La cortina de lluvia le impide ver la calle. Intenta reconstruir las últimas palabras de la discusión con Tomás. ¿Por qué habían peleado? ¿quién había iniciado la discusión? Sólo sabía que Tomás se había puesto inflexible: no iba a ceder. ¿Por qué tendría que ceder él o ella?  ¿por qué siempre tendría que ceder alguno de los dos? Las hojas de los árboles se agitan y se confunden con las sombras proyectadas por la luz de la calle. Los pensamientos se confunden. Marisa piensa en Tomás: ¿por qué debería ceder ella y no él?
Y nuevamente: ¿por qué habían discutido? ¿por qué se había iniciado todo? Ella tenía la respuesta y la respuesta eran los demás. Los de afuera, los que miraban desde  afuera el amor. ¿O debería decir desde fuera? Porque no lo comprendían o ya lo habían olvidado…
Ella piensa que ese llanto que viene de tan adentro la está agotando, que no puede más, que no tiene arreglo. Y ahora tiene hipo y ganas de seguir llorando, llorando, como la lluvia que no cesa. ¡Qué noche horrible! Y en eso escucha un sonido metálico, y ve la llave moviéndose en la cerradura, y piensa que lo está imaginando. ¿O tal vez lo recordaba? Recordar el árbol de café junto a la ventana, los gatos, los maullidos nocturnos, las rabietas y esa misma llave girando… el mismo sonido del metal cae sobre el piso… el metal en las baldosas, las siluetas de las hojas del árbol moviéndose y la misma lluvia empapando todo… el amor ¿el amor? y también la ruptura, la pelea, el odio, por momentos es odio… y él se fue ¿se fue? ¿será tan débil ese amor que no soporta una pelea, una discusión? Y la llave está en el piso, otra vez, en el piso, no ha podido abrir la puerta ¿pero quién?
Ni siquiera las páginas del diario que escribe hace años  la ayudan. Ni siquiera eso, pensaba. Escribir puede ser un consuelo, pero ahora no, en este encierro, en esta noche oscura, no. Y entonces, algo le dice que levante la llave del piso y abra la puerta y lo hace. Y ahí está él. Mirando desde el living. Espera, como siempre una palabra de ella.

-          Nos peleamos, le dije que se vaya.

-          ¿Y por qué llorás?

-          Por eso, porque le dije que se vaya…dice entre sollozos.

-          ¿Estás triste, no es cierto?

-          Sí.

-          Acordáte, acordáte si lo quisiste alguna vez…

-          No puedo

-          Si alguna vez lo quisiste, acordate de por qué lo querías…

-          Sí …

Marisa no tiene palabras para contestar nada más. Va a seguir llorando durante un largo rato. Va a seguir llorando hasta que amanezca, después de escribir en el diario aquello que alguna vez sintió, ¿que aún siente?  asida de ese recuerdo, hasta que cese  la lluvia.


 (c) Araceli Otamendi

lunes, 11 de octubre de 2010

Tomás Juárez Beltrán



LA ALCANCÍA DEL AMOR

Luego de cruzar las Altas Cumbres comencé a descender hacia Mina Clavero. El tráfico vehicular era lento, el calor insoportable. Después de un control policial de rutina doblé hacia a Nono y al llegar al pueblo detuve la marcha en una estación de servicio.
Como la fila de automóviles que esperaban para cargar combustible era interminable, bajé de la rural con la intención de estirar un poco las piernas y caminé hacia un quincho de paja. Allí, sobre improvisados escaparates, ofrecían todo tipo de baratijas: jarrones de dudoso diseño indígena, gauchos de madera, llaveros con escudos municipales, ocarinas sin sonido y otras naderías.
Cuando estaba a punto de regresar a la estación, sobre una tabla de algarrobo a pleno sol de la siesta, observé cuatro chanchitos de cerámica que enfilaban sus perfiles porcinos hacia el cerro Champaquí. Era curioso, parecían pertenecer a una misma familia. El más grande encabezaba la fila y tras él, de mayor a menor, se ubicaban los demás: todos con hocicos achatados y el precio escrito con tiza sobre sus lomos.
Nunca me gustaron las artesanías. Sin embargo, no pude abstraerme de esos animalitos de barro cocido porque eran chanchitos alcancías que me remontaban a mi niñez, cuando el dinero tenía valor, cuando ahorrar era una sana costumbre argentina y esos cerditos con hendijas en sus lomos eran una caja de seguridad para la ilusión de mucha gente.
Habían pasado unos cinco minutos cuando la fila de automóviles comenzó a avanzar con rapidez. Advirtiendo que el precio de los chanchitos estaba borroso, apresurado, pregunté a la criollita que oficiaba de vendedora cuánto valían.
–¡Cuarenta, treinta y veinte! –me contestó con rutinaria monotonía.
–Déme el más chico y, por favor, envuélvalo con diarios para que no se rompa.
Inmediatamente, con el porcino capitalista bajo el brazo, corrí hacia mi automóvil y continué camino a San Javier hasta llegar a la hostería donde, año tras año, se sucedían mis ermitañas vacaciones dedicadas al avistaje de aves, mi pasatiempo favorito.

De regreso a Córdoba, decidí visitar a mi mujer y mis hijas en el Cerro de las Rosas, barrio donde residían. Como pasar a saludarlas me quedaba de paso, estacioné la rural frente al coqueto chalet y toqué timbre. Luego de cruzar algunas palabras de cortesía con la mucama y enterarme de que estaban en el cine, seguí viaje hacia Cabana…

Mis primeros años de matrimonio habían sido desafortunados. Mi suegra, una persona rica acostumbrada a manipular a la gente con su dinero, nunca me quiso como yerno. Le parecía poca cosa para su hija, pero no le quedó más remedio que aceptar la situación cuando “apurados” decidimos casarnos. Yo intentaba terminar mi demorada carrera de agronomía y trabajaba como empleado en un vivero. A pesar de mis esfuerzos, la plata no alcanzaba y nuestras carencias familiares se resolvían con el dinero de mi suegra y la complicidad de mi mujer. El tormento finalizó cuando logré recibirme de ingeniero agrónomo y me ofrecieron hacerme cargo de una pequeña quinta, propiedad de unas tías solteras. Era una oportunidad que no dejaría pasar, para eso había estudiado tantos años. Así fue como decidí dar rienda suelta a mi flamante profesión.
–No hace falta que se vayan a vivir al campo, yo siempre voy a ayudarlos –llegó a decir mi suegra la noche anterior a nuestra partida mientras mi mujer hacía las valijas de mala gana.

Al principio mi familia me acompañó y el cambio de vida fue total, mis hijas estaban contentas y yo también. Sin embargo, con el tiempo, mi mujer decidió regresar a la casa de su madre. Las excusas fueron siempre las mismas: la distancia, la inseguridad, la falta de transporte, la tensión alta de mi suegra o la alta atención que mi mujer debía prestarle. Como era de esperar, no quise dar el brazo a torcer y ocurrió lo inevitable: la impensada separación se prolongó en el tiempo y terminó siendo definitiva. Así siguieron las cosas hasta el día de hoy: ellas en la ciudad y yo en el campo.

Mi mujer dice que estoy totalmente loco y así lo expresa a quien quiera escucharla. En realidad llevo una vida aislada, casi solitaria, pero estar mal de la cabeza es otra cosa…

Llegué a la quinta con cierto desánimo. Sin embargo, una vez más, me alegré de haberme establecido en ese puñado de hectáreas fértiles al pie de las Sierras Chicas. Allí había logrado recuperar mi autoestima y poner en marcha un criadero de chanchos, una huerta regada por acequias y una fábrica artesanal de dulces en almíbar cuya producción vendía en verdulerías y despensas de Unquillo.
Lo primero que hice fue estacionar la rural en un galponcito contiguo a los chiqueros. Como estaba cansado, dejé algunas cajas con las compras realizadas durante las vacaciones para bajarlas al día siguiente.
Durante la noche un inesperado alboroto sobresaltó mi sueño; era un extraño golpeteo de chapas interrumpido por sollozos entrecortados. Acostumbrado al silencio, no pude menos que levantarme de la cama y, con las alpargatas calzadas a modo de chancletas, salir de la casa en busca de lo que había provocado mi desvelo.
Sigilosamente me acerqué al galponcito y una vez más escuché el barullo; sin dudas, provenía de la parte trasera de la rural. “Un gato montés, un zorrito”, pensé. Tomé un palo de escoba, abrí la compuerta de la rural y con el cabo intenté escudriñar entre las cajas.
¡No me pegue, señor! escuché decir con voz tenue.
Asustado, salté hacia atrás y amagando descargar un golpe, pregunté casi gritando:
¡¿Quién anda ahí?!
Por unos minutos me mantuve en silencio en espera de alguna respuesta. Especulé que podía haber dejado la radio prendida o ser objeto de la broma de un vecino; pero no. Nada se movía, sólo acechaban la oscuridad y el temor a ser sorprendido por algo inexplicable. “Será cierto que estoy loco”, pensé por un instante…
Cuando logré tranquilizarme, recordé que dentro de las cajas de cartón estaban el chanchito de barro comprado en Nono y varios frascos con frutas en almíbar traídos con la intención de comparar su calidad con los que yo producía. Finalmente encendí la luz del galpón y, de manera cautelosa, volví a revisar el contenido de las cajas. Allí estaba la sorpresa: entre bollos de diarios destrozados, con una de sus patitas hacia afuera, el chanchito intentaba escapar de su acartonada prisión. Se lo veía asustado. Por el fuerte olor que salía del baúl, me di  cuenta de que había hecho sus necesidades y su cuerpo apestaba.
–¡¿Qué hacés ahí, chanchito?! –dije sorprendido, sin reparar en la ingenuidad de mi pregunta.
–¡No me pegue, señor! Hace horas que estoy encerrado. Sólo he comido frutas en almíbar. Extraño a mi familia –expresó con chillidos sollozantes.
Refregué mis ojos y una vez más miré adentro del baúl. No había dudas: era el mismo chanchito comprado en Nono, del mismo color, con una hendija para monedas en su lomo, meneándose de manera ridícula.
Era curioso, sus ojitos brillaban en la oscuridad con la lividez propia de los que sienten tristeza. Yo lo sabía bien porque me pasaba a menudo; sobre todo en las mañanas crudas de invierno cuando, frente al espejo del baño, la soledad me hacía sentir todo su peso.
Pasado el susto inicial, observé que los movimientos del chanchito eran agraciados. Daba pequeños saltos y su colita parecía un sacacorchos de alambre que movía agitadamente.
La situación me causó gracia, a punto tal que no pude evitar reírme; fue allí cuando él comenzó a llorar de manera desconsolada.
Apenado, con cierta culpa, lo tomé entre mis brazos y, como si fuera un bebito, intenté sumergirlo en un tacho de agua con intenciones de bañarlo.
–¡No, por favor! ¿No ve que soy de barro? ¡Si me moja quedaré “piel y hueso”! –dijo secándose las lagrimas con sus pezuñas.
Está bien. No llorés más, chanchito. Esta noche te quedarás en el chiquero y mañana hablaremos.
Luego de meterlo en el corral, le dejé una ración de maíz en uno de los comederos.
–¡¡No!! ¡¡Sólo me alimento con monedas!! ¿No vio lo mal que me hicieron las frutas en almíbar? –reclamó malhumorado.
Molesto por su actitud, pensé en pegarle un chirlo por malcriado pero preferí no alterarme. Finalmente, busqué en los bolsillos una par de monedas y se las introduje por el lomo. Agradecido, el chanchito sacó su lengua blanquecina, se relamió la trompa y pegando un salto se colgó de mis hombros para darme un beso. Fue algo inesperado. Confieso que en ese momento dejé de sentirme solo.
Así transcurrieron años de amistad y comprensión. Los domingos escuchábamos fútbol por la radio y jamás peleábamos. Tuvimos suerte: los dos éramos de Talleres. En invierno solíamos dormir juntos. Yo siempre lo abrazaba para que no tuviese frío y mantuviera su cuerpo caliente. Al principio me preocupé mucho por él, sobre todo cuando tenía que salir a vender productos de la quinta y debía dejarlo en el chiquero. En realidad, era un verdadero problema: los cerdos del corral lo rechazaban, no querían jugar con él, jamás le dirigían la palabra. Sentían celos porque, antes de ubicarlo en su rincón, yo acariciaba su lomo y le daba un beso en agradecimiento a sus invalorables servicios de ahorro y amistad.
Lamentablemente, las cosas buenas duran poco. El chanchito me dejó durante la crisis del 2001 cuando ya no tuve monedas para darle.

(c) Tomás Juárez Beltrán 

Provincia de Córdoba

Argentina

Tomás Juárez Beltrán nació en Córdoba, Argentina, en el año 1948. Sus cuentos, de apariencia simple y pueblerina, desnudan la condición humana en una sociedad conservadora y pacata que, a pesar de la modernidad, resiste los cambios y mantiene intacto su engreimiento doctoral. Obras completas en:    www.secretosinsolentes.com


sábado, 9 de octubre de 2010

Araceli Otamendi



Película

Mientras desde el televisor sale la frase contundente: - si te hubieras casado con Gustavo Rodríguez (la pronuncia una suegra bigotuda dirigiéndose a la hija todavía joven y casada con un poco querido yerno), es una película blanco y negro, cine nacional, no sabe la fecha. 

Laura mira la calle a través del vidrio de la ventana. ¿Qué puedo decirle? El discurso es interminable. Dijo Gustavo Rodríguez pero podría haber sido Pedro Pérez, Raúl López, Eduardo Martínez, Ignacio García, cualquiera. Porque nadie le venía bien.

-         ¿No es cierto? – pregunta la vieja mientras Laura asiente ¿asiente? Mientras camina por el living, va hacia la cocina a poner el agua para el mate.
-         ¡Nenaaaa!
-         Síiiii, mamá – asiente pero sin ganas porque las palabras la hacen pensar y piensa en Gustavo, en Pedro, en Raúl, en Eduardo, en Ignacio…en cualquiera que no es Roberto.
-         Porque, nena… no me vas a decir que Roberto…
-         ¿Qué decís, mamá? – (nuevamente piensa más que habla) porque ya es tarde para contestar, porque Roberto llegará de un momento a otro, mientras se acaricia el vientre…

-         Nenaaaa ….

-         ¿Qué? – (lo dice pero piensa: ¿qué querés? Otra vez ¿qué querés?

-         Nenaaaa, si te hubieras casado con Gustavo Rodríguez …

-         ¿Qué?

-         Tal vez estaríamos ahora en un castillo, qué se yo, en otro ambiente, cómo decirte, mi madre soñó otra cosa para mí.

-         Vos lo dijiste, para vos, pero para mí ¿quién soñó? Si es por eso tengo que acusarte a vos, a tu madre y a todos…

-         ¡Nena, qué cosas decís!

-         Digo, mamá, sí, digo. Porque si me hubiera casado con Gustavo Rodríguez como a vos te gustaría, en lugar de haberlo hecho con Roberto, tal vez estaría en un lugar cubierto de nieve y no aquí, y estaría lejos, muy lejos, porque Gustavo vive en un lugar muy lejos con su mujer y sus cuatro hijos.

-         ¡Ah…! ¿cómo sabés?

-         Gustavo me escribió, mamá. Ahora somos amigos, me contó su historia. Las cartas nunca me llegaron antes.  Y averigüé, mamá, averigüé, y vos fuiste quien me escondió las cartas durante tantos años, las cartas de Gustavo, y de Pedro, y de Raúl, y de Eduardo , y de Ignacio  hasta que llegó Roberto y como Roberto no me escribía cartas vos no me las pudiste esconder…

-         ¡Hija!  - dice la mujer lloriqueando ¿cómo podés decir algo así, acusarme a mí de esta manera, que me dediqué por completo a vos, a mi única hija con tanto amor?

-         Es que es cierto, mamá, no te lo iba a reprochar, porque te entiendo, sos egoísta, nunca quisiste que yo me casara con nadie y me casé con Roberto y ya soy grande…

-         Y así te va.

-         No importa lo que vos creas, mamá. Me casé con Roberto y vamos a tener un hijo…

-         ¡Ahhhh!

-         Sí, mamá, voy a ser madre y vos vas a ser abuela. Y estoy feliz, felicísima de ser mamá aunque sea grande…

-         ¡Nenaaaa! ¡Sos mala!

-         ¡Mamá!

-         Si te hubieras casado…

-         Ni lo digas, mamá, no quiero que pronuncies más el nombre de Gustavo en esta casa. Que es de Roberto y mía, y de mi hijo…

-         Tendrías que regar las plantas del balcón, están secas…

-         Lo voy a hacer mamá, cuando vos te vayas, voy a regar las plantas, especialmente las rosas…

-         Van a florecer, este verano…

-         Sí, van a estar lindas las rosas - (lo dice mientras se acaricia el vientre).

-         Se está haciendo tarde, tengo que hacer algunas compras…

-         Bueno…¿querés un mate?

     .    No, me voy enseguida, seguro que está por llegar Roberto y no quiero estar cuando él llegue.

-         Como quieras…

-         Está bien, hija. Ya me voy… se está haciendo oscuro, es tarde…

-         Todavía no, mamá, todavía no es tarde,  todavía hay tiempo …

   © Araceli Otamendi

Paulina Juszko

Ueno, S/T



LOS  DERECHOS  DE  UN  HOMBRE


   Como todos los domingos, Eugenio va a pedir que me apure con los ravioles porque a las 3 tiene el partido con los muchachos del club. Porque yo todavía le hago los ravioles amasados, como mi mamá y mi abuela. Y como mi suegra (que Dios la tenga en el infierno), y que él no se priva de recordarlos poniéndolos por las nubes… Las tradiciones hay que conservarlas, me parece, si no se pudre todo. Que es lo que está pasando ahora, se ve cada cosa en la tele, los hombres se casan entre ellos ¡qué horror!, se besan en la boca en pleno horario de protección al menor… Esto de apurar la comida siempre trae problemas porque Javi y Tere recién se levantan a la hora que el padre sale para el club – claro, como se acostaron a las 7, 8 de la mañana… -- y hay que recalentarles los ravioles. Pero, bueno, un hombre que trabaja toda la semana tiene derecho a divertirse sanamente los domingos. La locura de Eugenio es el fútbol, desde chico. Menos mal que en casa hay dos televisores, si no, yo tendría que ver partidos todo el tiempo y habría llegado a odiarlo, al fútbol… y a mi marido. Los chicos están con la compu, por suerte se pusieron de acuerdo para usar Internet, antes vivían peleándose.
   ¿Y qué se le habrá dado por andar con un amigo tan joven, ése que lo viene a buscar los domingos…? Se ve que no tiene auto porque siempre van al club en el nuestro. Es un tipo pintón, pero le veo algo que no termina de gustarme, no sé qué. Y bueno, Eugenio me tolera algunas amigas – como Chelita – que a él le revientan… Hay que ser  equitativo, tolerante. Aunque hoy en día nos pasamos en eso de la tolerancia, sobre todo con los jóvenes que hacen lo que se les canta… y ahí está el resultado: un montón de drogadictos, borrachos y delincuentes, ¡en qué mundo nos toca vivir!
   Muy bien, el tuco está listo y ya pongo a hervir los ravioles…
-          ¡Euge! ¡Andá sentándote a la mesa, que sirvo en unos minutos! 
o

   Qué costumbre rara ésa de darse piquitos entre los hombres. Hasta Eugenio – que siempre fue tan machote, tan viril – ahora se besuquea con ese amigo del fútbol, Marcelo. Y supongo que hará lo mismo con todos los del equipo. Yo no me puedo acostumbrar a eso, me da como asquito.
-          No seas obsoleta, Norma, ¿qué tiene de malo que los hombres se saluden besándose? ¿o el beso es patrimonio exclusivo de ustedes? Te cuento que los rusos siempre se saludaron besándose en la boca.¿Y no lo viste a Maradona…?
   Los rusos, los rusos. Es otra clase de gente, otra cultura. Entonces también tendríamos que tomar litros de vodka como ellos. Aunque los chicos de hoy lo hacen, hasta quedar tendidos en la vereda: vodka, whisky, caña, cerveza, vino, cualquier cosa, y mezclan todo en la jarra loca. Mejor no lo pienso, de sólo imaginar que mis hijos pueden hacer lo mismo, se me eriza la piel…
   Ayer miré un poco el video del último partido, lo filmó Javi con la cámara que le regalamos cuando cumplió dieciocho. Parece mentira lo bien que se defiende en eso… y nadie le enseñó a manejarla, los chicos actuales se llevan mejor que nosotros con las máquinas. Jugaban con los de Villa Elvira y empataron. Yo de fútbol no entiendo nada, pero Eugenio me pareció bastante patadura – claro, es uno de los más viejos del equipo – en cambio Marcelo se lució: metió dos de los tres goles y cada vez que hacía uno se agarraba el bulto mirando a los hinchas, – qué ordinario – los compañeros lo vitoreaban, algunos lo abrazaban y lo besaban como Eugenio. Y pensar que muchas mujeres van a la cancha, discuten de fútbol, está como de moda… Hace veinte años nomás se las habría tildado de machonas. A mí él nunca me dijo de ir, menos mal, porque prefiero quedarme tranquila en casa mirando una película o tejiendo. O por ahí hago una torta, de ésas que les gustan tanto a los chicos. O simplemente descanso, como Dios después de crear el mundo.
   Él siempre vuelve tarde porque después del partido se va a tomar unas cervezas con los muchachos. Yo no digo nada, es su derecho: trabajador, buen padre, buen marido, no me puedo quejar. Le dejo comida fría en la heladera y aprovecho para dormirme tempranito.

o

   ¿Será cierto lo que me dijo Chelita…? De entrada no le creí, me reí de sus sospechas, hay tantos Clío en la ciudad… y es fácil equivocarse con la chapa, que tiene tantos números. Ella afirma que no comete errores en eso, como es contadora… A Chelita la considero mi mejor amiga, pero ¿no estará un poco celosa de mi felicidad conyugal? Las mujeres son… somos envidiosas, la mayoría. Aunque me lo tome a broma, me dejó clavada la espina de la duda. ¿Y si era verdaderamente el auto de Eugenio el que Chelita vio entrar a ese telo que está cerca de la bajada de la autopista… y cerca del club también? Ella había ido a lo de la prima que vive ahí enfrente, una vieja en silla de ruedas que se lo pasa espiando por la ventana el movimiento del telo; la prima le comentó que ese auto azul venía todos los domingos más o menos a la misma hora.
-          ¡Casi me dio un soponcio cuando reconocí el auto de ustedes! – dijo Chelita mirándome con lástima.
   Por un lado me niego a pensar que sea tan mala amiga, que le guste verme sufrir. Y por otro, es una solterona (“soltera y sin apuro”, repite ella) y tiene tan mala suerte con los hombres…Raro, porque cualidades no le faltan: bonita, buen cuerpo, se arregla muy sexy; debe ser por el carácter fuerte, o por su independencia, no sé. A los hombres les gusta que dependamos de ellos, Eugenio nunca quiso que yo trabajara afuera, aunque me recibí de maestra jardinera. Y después me reprocha que sea poco evolucionada, que me haya quedado en los 80… que vivo en un frasco, que estamos en el 2000, se burla a veces. Yo creo que uno tiene más chances de evolucionar cuando está en contacto con la gente, en una oficina, un taller, una escuela… Pero, bueno, ya perdí el coche.
   ¿Y qué hago…? Chelita me propone que la acompañe el domingo que viene a lo de la prima, para verlo con mis propios ojos, así me convenzo de que no macanea. ¿Voy o no voy…? Ese papel de espía me repugna, siempre lo condené en las novelas que miro a la tarde. Aunque vivir con esa duda…¿cómo hago para mirarlo a la cara sin que se transparente en la mía?

o

   Estoy anonadada, estupefacta, como si me hubieran dado un garrotazo en la cabeza y me hubiese quedado lela. Si por lo menos pudiese llorar, gritar… Porque ayer fui con Chelita a lo de la prima y lo comprobé: era nuestro auto, ví un segundo el perfil de Eugenio manejando. Pero eso no fue lo peor. Esperé que volviera y le hice una escena, claro. Ni en sueños hubiera imaginado lo que me contestó.
-          No aguanto más, Norma, hace rato que te lo quería decir. El que estaba conmigo era Marcelo, me voy a vivir con él. Perdoname, pero nuestro matrimonio ya era una farsa y no puedo seguir así. Explicáselo a los chicos, acá te dejo la dirección



      de Marcelo; que me vean ahí o en la oficina, yo les voy a hablar y seguro que me                                          van a entender.
   Si me hubiese confesado un amorío con una compañera de oficina o cualquier otra mujer – aunque fuese una pendeja de ésas que andan a montones atrás de los cuarentones – yo le habría reclamado, habría llorado, qué sé yo, tal vez lo habría puteado, pero en ese momento sólo atiné a decir como una idiota:
-          Pero vos, Euge, siempre te burlaste de los trolos …
   Y él, lo más pancho:
-          Los que me dan asco y risa son los maricones, los travestis. El nuestro es un amor bien macho, no te confundas. No te pido que me comprendas, Norma. Vos sos tan chapada a la antigua, tenés la cabeza muy cerrada.
   Me parecía que todo eso no me estaba pasando a mí, que sucedía en alguna película.
-          ¿Y desde cuándo…? – pude articular con un hilo de voz.
-          La relación con Marcelo empezó en las duchas del club, hace un año. De chico hubo algunas experiencias en los baños de la escuela, era muy común y no le dí importancia. Después hice lo que se esperaba que hiciera, lo que se considera normal: me autoconvencí de que me gustaban las mujeres. Pero no en balde dicen que no se puede ir contra la propia naturaleza. Por una vez quiero ser auténtico: un hombre tiene derecho a buscar su felicidad. Perdoname.
   Y se fue, anoche mismo dejó la casa pidiéndome que juntara sus cosas, él las haría recoger.
   ¿Y ahora qué…? Todavía no puedo reaccionar. Recorro las habitaciones como una autómata. Miro sin ver. Tere está en la escuela, Javi en la facultad. Vendrán a comer, alguno va a preguntar “¿Y papá?”. ¿Qué les digo…?¿Cómo les explico…? No puedo mentir, tarde o temprano se van a enterar. Maldito fútbol. Si no hubiera sido por esa puta pasión, Eugenio nunca habría conocido al trolo de Marcelo. El degenerado  lo confundió, lo arrastró, estoy segura. Porque Eugenio es débil, en el fondo es débil. ¿No tendré yo también la culpa por haber sido demasiado condescendiente? Un hombre tiene derecho a esto, un hombre tiene derecho a lo otro… parece que todos los derechos son de los varones. Yo creía tener derecho, por lo menos, a vivir tranquila en mi casa, con mi marido y mis hijos. No pedía gran cosa…¿o sí? Y ahora todo se fue a los caños. ¿Derecho a qué tengo yo…?

(c) Paulina Juszko
City Bell
Provincia de Buenos Aires


   




martes, 5 de octubre de 2010

Araceli Otamendi



Septiembre, un buen fin de semana*

Dos ojos brillan como escarabajos en la noche inusualmente cálida de Septiembre. Son oscuros, casi negros y alumbran una carita redonda y fresca, de la niña más chica. Tendrá alrededor de tres años y una expresión dulce y triste a la vez. El pelo es oscuro como los ojos. La otra niña, más grande, tiene el pelo lacio y rojizo, en sus ojos el brillo casi no existe y ocupa su lugar una opacidad gris, por momentos tiene una expresión de angustia. Las dos nenas juegan en un rincón del living, pisos de madera encerados, muebles Luis XVI, todo muy prolijito, todo muy ordenado.
Sentadas en posición de buda visten y desvisten a varios muñecos de plástico. No miran hacia la ventana ni ven el azul profundo del cielo, tal vez ni siquiera escuchan los molestísimos ruidos de los escapes de los autos que corren a toda velocidad por la Avenida Nueve de Julio. El aire, naturalmente viciado de la gran ciudad se ha tornado caliente y hay un aroma dulzón que a lo mejor proviene de los árboles florecidos. Ahora la campanilla del teléfono ha interrumpido el juego. Las niñas dejan lo que estaban haciendo y corren, se abalanzan sobre el aparato. ¡Es mamá! Gritan al unísono. Les gana de mano una muchacha joven, petisa, de cola grande y chata, con forma de pera. Mientras habla, los ojos redondos de la mujer se mueven inquietos, el rasgo más notorio de la cara de la niñera es una pelusa gris que cierra la forma del labio superior. Sí señora, Rosita habla. Bien ¿y usted?
—¿Hola Rosita? ¿Cómo estás? ¿Y las nenas? ¿Están todos bien?

Para entablar esta conversación la mujer ha cruzado el Río de la Plata. No está sola. La mujer parece preocupada, mientras el hombre joven que la acompaña mira el BMW estacionado en el parque. El aroma de los pinos llega a la habitación mezclado con el aire fresco del mar, un mar espumoso, rugiente, hacía llegar su canto. La mujer seguía hablando. Del otro lado, la voz de la niñera llegaba algo confusa. Cruzar el Río de la Plata no es un gran salto pero alivia la presión de los lazos familiares, tal vez diluye algo, cuando se cruza el río parecería que todo queda demasiado lejos. Las habitaciones del hotel están decoradas con gusto. Marcela y su amante ocupan un cuarto empapelado en tonos de azul y violeta. De espaldas Marcela tiene un aire juvenil, el pelo largo, es delgada. De frente, una fina red semejante a una tela de araña delata el roce de los cuarenta o más, tal vez menos, tal vez el efecto del sol. El hombre fuma ahora un cigarrillo. Es joven, alrededor de treinta años, el pelo muy corto. Tiene un aire a Antonio Banderas. Alternadamente mira a Marcela y al BMW estacionado en el parque. Ahora es el turno de Marcela que dice:
—Cuidálas, no las dejes solas para nada, cualquier cosa tenés anotado el número de mamá. Acordáte.
—Sí señora, las voy a cuidar —se escucha apenas la voz de Rosita.

Marcela tiene la voz ronca, a veces cuando se ríe ofrece una sonrisa parecida a la de un caballo. Está harta de inspeccionar negocios, empresas, de caminar todo el día por Buenos Aires e investigar si realmente esas empresas han pagado los impuestos. Desde que se separó del padre de las nenas no tiene otra vida más que ésa, le dice muchas veces a la madre. También soy hija de padres separados, piensa, justificándose. Marcela está a punto de colgar el auricular cuando el hombre se lo quita de la mano y lo cuelga él.
En la cocina todo es muy blanco, el piso, las paredes, el techo. Los muñecos yacen en el suelo exhaustos de jugar. Los muñecos no tienen mamá, tampoco tienen papá. La mamá soy yo —dice la pelirroja—. La risa de las nenas fresca como una naranja recién cortada se interrumpe cuando suena la campanilla del teléfono.
—¿Está tu mamá? —dice una voz masculina
—Mi mamá no está, está de vacaciones, se fue a Punta del Este ¿y vos quién sos?
—¿Está Rosita?


—Sí, pero ¿y vos quién sos? Insiste la voz infantil.
—Un amigo, pasáme con Rosita.
El auricular queda suspendido, se hamaca, se desenrosca en un tirabuzón hasta que las manos regordetas de Rosita lo atrapan. Con el auricular apretado contra la oreja, la mujer se sienta en una silla, se distiende con las piernas abiertas mientras habla.
—Sí, estoy con las dos. Hasta el domingo, sí. Solas, sí. No hay problema.
Los cuatro ojos se fijan ahora en los labios de la mujer.
—No, no me dijo, no sé. Sí ... No, no sé, bueno....
La conversación sigue con monosílabos, entrecortada hasta que varios pedacitos de vidrio se esparcen en el piso. Las nenas se miran calladas.
—Tengo que cortar, chau.
—¿Quién era? —preguntan las dos
—Un amigo responde la muchacha mientras recoge los restos de una botella de coca cola.
—¿Qué amigo? Insiste la nena más chica.
—Toni, vos ya lo viste en la plaza.
—¿Ese era Toni? —pregunta la nena más chica con aire 


incrédulo.
—Sí ¿qué tiene?
—No me gusta, dice la pelirroja.
—Laváme los dientes —pide la nena más chica.
—¿Por qué no te gusta Toni?
—Es feo, no me gusta.
—¿A vos te gusta? —pregunta la pelirroja.
—Sí, a mi me gusta.
—Laváme los dientes —insiste la nena más chica.



—No es tu amigo, contesta la muchacha mirando a la pelirroja mientras se lame el dedo índice hasta que una gotita de sangre desaparece dentro de la boca. Me salió sangre ¿vieron? Dejemén tranquila y vayan a la cama. Vamos que las voy a acostar. Vamos a dormir y mañana jugamos otra vez.
—Qué me importa dice la pelirroja. Mamá no quiere que llame ningún hombre a casa.
—Está bien, dice Rosita. No tiene nada de malo. Por favor no le vayas a contar.

Las persianas están bajas, las ventanas abiertas. La luna redonda, enorme, se recorta amarilla en el azul profundo de la noche. Las dos nenas duermen abrazadas en la misma cama. Los muñecos están acostados junto a ellas mientras la luz pálida de un perrito de plástico ilumina los objetos del cuarto. Solamente se escucha el sonido apagado, metódico de una gota de agua. A veces ese sonido se combina con otros ruidos que de noche se tornan extraños. Son ruidos que intranquilizan. De vez en cuando los ojos de la pelirroja interceptan un círculo en el techo de la habitación y vuelven a cerrarse. El calor no le permite un sueño tranquilo. La respiración pausada de la nena pequeña calma los miedos de la pelirroja.


Ahora, el sonido de una llave girando en la puerta de calle interrumpe algo del silencio nocturno. Sostiene la llave una mano ruda, de dedos nudosos y piel brillante. Un cigarrillo muere aplastado por una zapatilla blanca, de suela de goma y de marca. Los pisos van pasando y la luz del tablero cambia de lugar hasta llegar al piso trece. El hombre se mete la mano en el bolsillo y cuenta algunas monedas. Segundos después introduce la mano dentro de la campera y toca el arma debajo del sobaco.
La luz del tablero indica el piso trece. La puerta apenas hace ruido cuando Rosita la abre. Apenas se besan, caminan rápidamente hasta el cuarto.
La pelirroja ha abierto apenas la puerta del dormitorio, apenas para ver a Rosita y al hombre entrando en la habitación. Ahora no sólo la gota de agua interrumpe el silencio nocturno, también hay ahora ruidos distintos, como los de una lucha cuerpo a cuerpo. La pelirroja está sentada en la cama. ¿Escuchás? le dice a la nena más chica. Afuera hay un fantasma. Tengo miedo, dice la otra nena. Mamá no está dice la pelirroja. ¿Y Rosita? ¿dónde está? Pregunta. Quiero que venga mamá, dice la nena.


Shhh, chista la pelirroja imitando el sonido de una lechuza. Calláte que hay un hombre, está con Rosita. Si me dijiste que había un fantasma. Lo dije para que te despertaras. Hay un hombre y está en la pieza con Rosita. Tengo miedo dice la nena más chica. ¿Y si nos mata? Esperá, esperá, dice la pelirroja. Si no se va enseguida, llamamos a la abuela. ¿Por qué no la llamamos ahora? dice la nena más chica. Está bien, vamos a llamarla.
Las dos nenas caminan descalzas, sigilosas hasta la cocina. Ahí está el teléfono. Mientras la pelirroja marca los números la nena más chica mira la puerta, cerrada sin llave. En la casa hay ahora un silencio absoluto. Solamente el ruido del motor de la heladera se escucha rítmico. La nena más chica se detiene a observar los imanes, son de formas variadas: frutillas, peras, heidi, snoopy, y hasta un ratón hecho de caracoles comprado en una playa del Uruguay. En la casa de la abuela el teléfono suena una y otra vez. Sonará varias veces más. La casa sigue en silencio, un silencio interrumpido apenas por el goteo de una canilla.

(c) Araceli Otamendi


* Septiembre, un buen fin de semana pertenece a la serie de cuentos "Tardes de madres" de la autora