sábado, 9 de octubre de 2010

Araceli Otamendi



Película

Mientras desde el televisor sale la frase contundente: - si te hubieras casado con Gustavo Rodríguez (la pronuncia una suegra bigotuda dirigiéndose a la hija todavía joven y casada con un poco querido yerno), es una película blanco y negro, cine nacional, no sabe la fecha. 

Laura mira la calle a través del vidrio de la ventana. ¿Qué puedo decirle? El discurso es interminable. Dijo Gustavo Rodríguez pero podría haber sido Pedro Pérez, Raúl López, Eduardo Martínez, Ignacio García, cualquiera. Porque nadie le venía bien.

-         ¿No es cierto? – pregunta la vieja mientras Laura asiente ¿asiente? Mientras camina por el living, va hacia la cocina a poner el agua para el mate.
-         ¡Nenaaaa!
-         Síiiii, mamá – asiente pero sin ganas porque las palabras la hacen pensar y piensa en Gustavo, en Pedro, en Raúl, en Eduardo, en Ignacio…en cualquiera que no es Roberto.
-         Porque, nena… no me vas a decir que Roberto…
-         ¿Qué decís, mamá? – (nuevamente piensa más que habla) porque ya es tarde para contestar, porque Roberto llegará de un momento a otro, mientras se acaricia el vientre…

-         Nenaaaa ….

-         ¿Qué? – (lo dice pero piensa: ¿qué querés? Otra vez ¿qué querés?

-         Nenaaaa, si te hubieras casado con Gustavo Rodríguez …

-         ¿Qué?

-         Tal vez estaríamos ahora en un castillo, qué se yo, en otro ambiente, cómo decirte, mi madre soñó otra cosa para mí.

-         Vos lo dijiste, para vos, pero para mí ¿quién soñó? Si es por eso tengo que acusarte a vos, a tu madre y a todos…

-         ¡Nena, qué cosas decís!

-         Digo, mamá, sí, digo. Porque si me hubiera casado con Gustavo Rodríguez como a vos te gustaría, en lugar de haberlo hecho con Roberto, tal vez estaría en un lugar cubierto de nieve y no aquí, y estaría lejos, muy lejos, porque Gustavo vive en un lugar muy lejos con su mujer y sus cuatro hijos.

-         ¡Ah…! ¿cómo sabés?

-         Gustavo me escribió, mamá. Ahora somos amigos, me contó su historia. Las cartas nunca me llegaron antes.  Y averigüé, mamá, averigüé, y vos fuiste quien me escondió las cartas durante tantos años, las cartas de Gustavo, y de Pedro, y de Raúl, y de Eduardo , y de Ignacio  hasta que llegó Roberto y como Roberto no me escribía cartas vos no me las pudiste esconder…

-         ¡Hija!  - dice la mujer lloriqueando ¿cómo podés decir algo así, acusarme a mí de esta manera, que me dediqué por completo a vos, a mi única hija con tanto amor?

-         Es que es cierto, mamá, no te lo iba a reprochar, porque te entiendo, sos egoísta, nunca quisiste que yo me casara con nadie y me casé con Roberto y ya soy grande…

-         Y así te va.

-         No importa lo que vos creas, mamá. Me casé con Roberto y vamos a tener un hijo…

-         ¡Ahhhh!

-         Sí, mamá, voy a ser madre y vos vas a ser abuela. Y estoy feliz, felicísima de ser mamá aunque sea grande…

-         ¡Nenaaaa! ¡Sos mala!

-         ¡Mamá!

-         Si te hubieras casado…

-         Ni lo digas, mamá, no quiero que pronuncies más el nombre de Gustavo en esta casa. Que es de Roberto y mía, y de mi hijo…

-         Tendrías que regar las plantas del balcón, están secas…

-         Lo voy a hacer mamá, cuando vos te vayas, voy a regar las plantas, especialmente las rosas…

-         Van a florecer, este verano…

-         Sí, van a estar lindas las rosas - (lo dice mientras se acaricia el vientre).

-         Se está haciendo tarde, tengo que hacer algunas compras…

-         Bueno…¿querés un mate?

     .    No, me voy enseguida, seguro que está por llegar Roberto y no quiero estar cuando él llegue.

-         Como quieras…

-         Está bien, hija. Ya me voy… se está haciendo oscuro, es tarde…

-         Todavía no, mamá, todavía no es tarde,  todavía hay tiempo …

   © Araceli Otamendi

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