jueves, 2 de noviembre de 2017

Lamento por Manuel Araya* - Reinaldo Edmundo Marchant


Reinaldo Edmundo Marchant 


       La cara del formidable arquero Manuel el Loco Araya  recordaba indefectiblemente a los grandes poetas malditos. Alguien que ignore que fue futbolista, al encontrarlo a quemarropa, de inmediato pensaría que resucitó Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud  o  Paul Verlaine,  sin sospechar  que  tenía al frente a  un excéntrico guardameta, que moraba  bajo tres largueros, lugar predilecto para contemplar los movimientos de los atletas, meditar sobre las desdichas, escuchar el vocerío que bajaba de las gradas y observar el ímpetu que ponía  un  niño  al agitar la  bandera de su club preferido, gritando a plena máquina de pulmón :

           -¡Loco eres mi ídolo!

A nadie le importaba  el vocerío del menor: los arqueros no nacen para ser aplaudidos. Nunca se convierten en figuras a seguir. Están  para contener la desgracia de un gol, esa ignominia que los deja de rodillas o masticando el sabor amargo de la burla. En las estadísticas resaltan quienes se movieron por el campo de juego y marcan una diana incluso de rebote. El arco será siempre un lugar de fusilamiento donde se deja de respirar antes de morir.  Ahí la muerte golpea dos veces. Y cuando lo hace en plena vida, ¡es un tormento que deambula acompañado de la infamia!
El Loco no sólo adivinó prontamente esa ingratitud a que se exponen los atajadores de balones, sino al fastidio insoportable de permanecer en aquel espacio deshabitado, abandonado casi, al fondo de la cueva, zona de peligro que muchos la evitan porque es una  geografía maldita sin clemencia al error: una mala salida, el torpe cálculo de un brinco, trae las penas del infierno (que lo diga el mundialista del Maracaná de 1950, Moacir Barbosa).
¡Todos los arqueros son un poco Moacir Barbosa!
Quizás por ello Manuel Araya se hizo distinto: luego de los partidos, en una tina con agua tibia, cual monje tibetano meditaba en una abstracción absoluta, sea para relajar los músculos, disminuir el cansancio, o para elucubrar en ese vacío vital que ineludiblemente venía junto al pitazo del árbitro.
Sabía que las derrotas son de los goleros y los triunfos de los atacantes; que  los atajadores viven entre la condenación y un fugaz paraíso, ¡y pagan por delitos que nunca  cometieron!
Salir del estadio a la calle debe ser uno de los productores de cambios mentales más extremos que  experimenta un jugador de fútbol. De cada cotejo el Loco no se llevaba nada, ni la volada de extremo a extremo, ni el aliento de la galería, ni la alegría de la bandita de músicos, menos el grito sincero de un niño aclamándolo de ídolo…
Su condición de enigmático sobresaltaba a los integrantes del equipo, no a los dirigentes, quienes nunca se ocuparon que sus extrañezas necesitaban una terapia efectiva, que lo ayudara en las obsesiones que secretamente lo iban arrinconando hasta el límite de una cancha y, lo peor, de las perversas costumbres de la vida, que lentamente carcomían como termitas esa energía para seguir adelante.
Conocía en carne viva que lo peor para un futbolista viene después de cada partido. En ese momento cuando el estadio queda en silencio. Se apagan las luces. Y el viento arrastra los desperdicios acumulados en la popular. En la victoria, o en la derrota infame, florecen fantasmas recordando que la existencia no es una fiesta del todo colorida. Tampoco es un permanente  partido de fútbol aclamado por miles de gargantas. Manuel Araya fue experimentando ese dardo infame cuando marchaba de regreso a la soledad ahora de su casa. Donde había que correr muebles.  Preparar comida. Extender la ropa de la litera. Abrir las despensas. Sentir el silencio que brota de la quietud.  Y, sobre todo, no escuchar el dulce vocerío de sus hijos en la pieza contigua.
Las circunstancias espinosas de su puesto lo encaminaron a buscar diversión. Arriba, o en el mediocampo, sus compañeros podían celebrar cada conquista, se abrazaban, gritaban, alzaban los brazos en gratitud, ¡quedaban en estadísticas históricas!, mientras él, manos en la cintura, ni siquiera intentaba participar de aquel festival que ocurría distante del lugar que protegía.
Ante semejante desamparo, ideó una alternativa de celebración abrazándose con el madero del arco. O con un amigo imaginario. Era un desahogo de angustia. No de placer. Sólo para aplacar el abandono. Pero al fin, era algo.

   -¡Grande, ídolo! –gritaba el niño de las gradas.

Entonces comenzó a entrar a la cancha comiendo una fruta o un pedazo de pan, como diciendo al público: “ustedes vienen a ver un espectáculo  y el actor central soy yo”.  Cuando la contienda invitaba a una siesta, trepaba a sentarse al travesaño  o se balanceaba como chimpancé.  Piropeaba a alguna dama ubicada en la tribuna. Jugaba con los pies fuera del área,  dribleaba rivales a la manera de René Higuitas o el argentino Hugo Orlando Gatti.
Sostenía entretenidas  conversaciones con el público, denigrando a sus rivales, “el nueve es malo, no la emboca ni a su señora”. O cuando apañaba en lo alto un balón, fastidiaba diciendo que “tomó un conejito…”.
Se convirtió en una diversión única. Especial. Sabía que luego del silbatazo final llegaría ese vacío existencial. Un hastío que lo llenaba de sudoración.  Y lo hundía de las crines a una hoguera que cada vez era más ardiente.
Lo que hacía el Loco Araya en la guarida, era una fascinación a los ojos y al corazón del respetable que llenaba los estadios, atajando los penales de espalda,  ingresando al estadio vestido de árabe… Cuando se aproximaba un ataque interesante, se colgaba del madero y saltaba ágilmente para atrapar  un centro, demostrando una temeraria seguridad que en la caminata diaria siempre perdía por una razón inexplicable.
Un par de veces le asestaron  sendos  goles de  media cancha. O corrió alocadamente a interceptar un balón lejos de su hábitat, llegando a destiempo,  “comiéndose” tantos evitables. No decaía. Estoico resistía las críticas. Eran los riesgos inherentes a su aventurera manera de atajar. No quería emular a ningún otro golero. Eran los demás quienes debían imitarlo a él… Curioso, toda esta potente energía mental más tarde no lo ayudaría a impedir ese balazo  final que acabó con su vida.
Sin embargo, con ese estilo original mantuvo la valla invicta  por más de 510 minutos en el fútbol profesional. Una proeza.
Seguro de sí, cuando había un reputado lanzador de tiros libres, simplemente pedía a los defensas que no hicieran barrera, lo tomaba como un asunto personal, de caballeros que se enfrentan a tiros no por un pleito de  amor o por un  millonario patrimonio hereditario: el Loco Araya lo hacía por dignidad. Para no sentirse solo nunca. Y ser, al menos, protagonista  un par de minutos.
Dotado de especiales reflejos, una personalidad única y despierta dentro de la cancha, era, por el contrario, peligrosamente  introvertido fuera de ella. Dejaba entrever que la pasión por la vida la encontraba en el aislamiento de los tres palos. Lo que venía después, eran sombras. 
Sombras peligrosas que  caminaban más ligeros que él y que no podía atajar con ambas manos.
Ubicado en el área chica,  podía pasear libre.  Monologar. Imaginar que sí la vida tenía sus encantos. Que, en espacios reducidos, emanaba un pequeño manantial donde esas desesperanzas que laceraban sus pensamientos eran espantados por ángeles maravillosos. Poco importaba el resultado. Hasta los rivales sabían a buenos  amigos. Sin duda esos gritos y dibujos de jugadas  lo sacaban un par de horas de esa cueva que cuidaba en una  bastarda incomunicación.
Le gustaba reír espontáneamente y hacer reír a los demás. Por ello aceptaba el desafío de  disfrazarse con una camisa de fuerza de loco y una gorra de manicomio, aunque su sueño máximo era entrar al Estadio Nacional en un helicóptero.  No hubo patrocinador para emprender semejante fantasía.
El hincha lo tenía por hábil. Locuaz. Inteligente. Creativo. La dificultad venía cuando dejaba el camarín y regresaba a casa...  Las  avenidas solitarias siempre son difíciles de transitar y de digerir. Mucho más para él, un proclive  declarado a la melancolía.
Ahí los paisajes cambiaban de color. Había muchedumbre, no hinchas; se desplazaban  presurosos transeúntes, no futbolistas. ¡Todo olía a orfandad!
Un paisaje ennegrecido y salvaje se apoderaba de su mente, hacía brotar pensamientos sombríos que desordenaban esas ideas que tan claramente mantenía cuando el balón se echaba a rodar por el césped.
Manuel Araya, uno de los mejores goleros en la historia de Chile, amaba al amigo excéntrico que debió buscar para refugiarse en sí. Sin él no hubiera jugado fútbol ni resistido todo el pesar del mundo, que de tanto en vez lo desmoronaba igual que un cerro humedecido por la lluvia salvaje.
Se negaba a seguir reglas y normas. Ya tenía bastante con el rígido  itinerario de la vida cotidiana y doméstica.
Pudo jugar de titular en la Selección Nacional: renunció a ella. El  director técnico de turno no le permitió mantener  el cabello largo y atajar “a su manera”, casi sin utilizar las manos, saliendo con el balón pegado en los pies, echar a correr por la orilla dejando rivales en el suelo, y regresar  al arco desde la mitad de la cancha, saludando con manos en  alza al delirante público que colmaban las galerías y a aquel niño que lo seguía donde jugara su club.
Ese entrenador no sabía que a veces se ama al fútbol por personajes singulares que divierten a la parcialidad: el Loco Araya era uno de ellos.
Quienes compartieron cancha y campeonatos con el singular arquero, tenían certeza que sus dificultades llegarían cuando se quedara sin club, y no retornara a un camarín y al rinconcito bajo los tres palos. En ese momento se quedaría sin compañía y su mejor amigo, la pelota.
El fútbol era su familia. La cancha, su vida. ¡Siempre temió perder esos luminosos senderos que lo mantenían a pie firme en el universo!
Los compañeros de equipo sabían que la alegría de su vida, el desarrollo de su talento, se hallaba cuando se disfrazaba, calzaba las botas, ponía la vestimenta negra, olía la sagrada fragancia del pasto húmedo por el rocío y daba rienda suelta a  su actuación recorriendo libremente el territorio donde las penas no lo alcanzaban aun con goles en contra.
Cuando aquel ese sentido esencial se esfumó, apareció un fantasma que ronda a los hombres solitarios: el pálido espejismo de los pensamientos.
Se dio cuenta que  mientras están los tiempos de bonanza, nadie se aleja, todos beben del maná y acarician el pasajero éxito. Pero luego, cuando concluyen las portadas de tapa de algún tabloide, a quienes amaba con la sinceridad del  mocito que había en él, comprobaba esa desilusión que se marchaba sin retorno en busca de otro bufón.
Todavía joven, en el mes de julio de 1994, el prodigioso golero nacional lucía exhausto, parecía venir de una guerra fratricida. El amor por sus hijos que residían en Italia, esa lejanía lacerante, la terrible separación con la mujer que  extrañaba, lo fueron hundiendo en una peligrosa desolación: quiso acabar prontamente con la película que le tocó asistir, bajar el telón sin despedirse de la audiencia, entonces tomó la pistola   calibre 38 y bastó gatillar un disparo para finalizar con el peor partido  que enfrentó, la vida.
Cuando recibí la noticia de su deceso, recordé aquella la primera vez que fui al estadio y lo vi jugar. Fue en la liguilla que definía al campeón de 1970. Me llevó un dirigente del club donde jugaba. Había jornada doble, Unión Española versus Lota Schwager,  y ColoColo versus Universidad de Chile. En mi corta vida no había escuchado tantos garabatos (¡puta que es hueón Leonel!, ¡Loco culiao!, ¡Quintano maricón!). Tampoco, había visto costumbres populares, el “sanguches de potito” malolientes, tomar cervezas en grandes cantidades y un hecho que no imaginé nunca: la gente, al ver ocupado todos los baños, usaban las paredes del Estadio como urinario. En realidad ¡no sabía nada de la vida!
Recuerdo el triunfo de Unión Española y en el partido de fondo ColoColo derrotó 2 a 1 a la Universidad de Chile. Era notorio que la barra de ColoColo se ponía detrás del marcador.
El mayor espectáculo de los dos pleitos  para mi infantil visión no eran los errores del ya veterano Leonel Sánchez, ni la habilidad del brasileño Edson  Beiruth, tampoco los espectaculares tiros de media distancia de Francisco “Chamaco” Valdés, entonces prestado a la Unión Española.  Lo que más me llamó la atención fue la particular manera de atajar de Manuel Araya, el Loco. Cada atajada venía acompañada de dos o tres pasos asimilables a un baile. Generaba risas, e insultos. La barra de ColoColo lo garabateaba, o se mofaba.  Él no se inmutaba.   Al contrario, se agrandaba en personalidad. En una espectacular salida, donde levanta y salva la pelota sobre el travesaño, recibe los ya endémicos insultos, luego de su baile. No pude aguantarme y con mi chillona voz infantil grité: ¡Bien, Loquito!, vi o creí ver (eso no importa) a  Araya darse vuelta para mirarme a manera de sorpresa.
Luego de esa jornada, se me acentuó la pasión por dibujar jugadores basándome en fotos de los Barrabases, Estadio o suplementos deportivos que se juntaban en casa. Recortaba  fotos de futbolistas, que pegaba y acumulaba en un cuaderno. En la pared de mi pieza lucía la imponente figura de Manuel Araya, con su rostro más de poeta y pensador que de futbolista.
La pureza infantil del corazón admira e idealiza. Al Loco Araya lo admiré e idealicé a partir de ese momento. El hecho de no verlo no fue problema para mí. Por mi casa pasaba un joven de pelo largo al que le preguntaba si era el Loco Araya… Por supuesto que me respondió que sí. Cada vez que pasaba por el antejardín  lo molestaba con mis preguntas o lo retaba si había jugado mal. Eso se lo debía mucho a la sagrada escucha radial dominical de los partidos. No sé cómo me aguantó tanta molestia. Tal vez le gustaba escucharme.
El tiempo pasa, el corazón deja de ser puro, y se va la bendita ingenuidad. Pasado el tiempo, marcaba fijo en la Polla Gol de 1978 el triunfo de Palestino. Un equipo inolvidable. Lo vi jugar con otra visión en los años ochenta. Qué terrible era ir al estadio sabiendo que la juventud de uno se jugaba en tres frentes exigentes: el personal, los estudios y la convicción que se hacía al arriesgar la vida por el fin de la opresión que había en esa época.
Hasta que me enteré de la  trágica muerte de Manuel Araya.  La noticia me remeció,  y por segundos me puse en el lugar de ese niño de diez años  que nunca más volverá y  esa inolvidable tarde en que disfruté con las creativas atajadas de él. Entonces lloré.
Lloré como seguramente el Loco lloró antes de jalar el arma que lo sacaría  para siempre de aquella la segunda muerte que tienen los arqueros: la definitiva y final.

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

*el cuento Lamento por Manuel Araya está incluido en el libro La historia de Afanoso Rodrigues del mismo autor







 

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