lunes, 21 de junio de 2010

José Chamorro Guerrero



EL CABALLO   


Voy tras de ti, generación pasada, como decía mi taita, arreboles colorados aguaceros endiablados, mi mente es una tempestad de ideas, salen las estrellas que se cuentan a millares, negros nubarrones cubren mi semblante, las cuerdas de la guitarra solitaria que suenan, buscando a la mujer amada, al pie de la ventana, el tartamudeo del pilluelo pronunciando las vocales, el cabestro retorcido que cuelga tras la puerta, como recuerdo del cuerecito de novillo que hace buen chiquillo, la madre con su arrurú  que busca el ceno, el padre que pila la cebada en el caquero, el chisporrotear del palo de aliso en el fogón, el ruido del roer de las ratas comiéndose el corazón del maíz, la fila india de las hormigas llevando el doble de su peso, para asegurar su sustento en tiempos de las vacas flacas, las abejas llegando repletas de néctar de las flores para fabricar la miel, el zumbido característico de la chicharra agarrada al árbol de capulí, el croc, croc, de la echada marrana dando de amamantar  a sus diez cochinitos, el gato, que mientras soba su cuerpo sobre las piernas, runrunea hilando la trama de nuestro destino, el cabeceo del abuelo en el cucho, con su respiración libre de contaminación ambiental, el rápido movimiento de los labios de la abuela rezando su oración, mientras en sus manos la agujeta, va teniendo un mundo de ensueños y añoranzas.
Cuando todo es silencio, se escucha a la lejanía el golpe de los cascos del caballo sobre  el empedrado camino, todos se levantan, se desperezan y salen a sentarse en el corredor, a ver mirar al caballo blanco, de una estatura sorprendente no propio de los animales de esta naturaleza, colocada la jáquima en la cabeza de la cual cuelga un pedazo de soga en la punta deshilachada porque con sus enormes patas, como platillo, la golpea a su acompasado paso militar, la cola moviéndose a los lados, pasa sin pena ni gloria, y los visores, regresan a la casa, a seguir el sueño de sus urdimbres de mimbre, como esto ya se ha hecho común y no causa ningún susto, antes por el contrario da gusto de tan lindo animal, digno de Bolívar para recorrer los caminos en busca de la paz, pero una noche de todas aquellas, Luis ya es un mocetón, salta del andén y con sus manos y un arre caballo, dicho a todo pulmón trata de asustarlo, y éste le responde con movimientos de cola, ellos se quedan viendo como el animal pasa por encima de las copas de los árboles de eucalipto, hasta perderse en el socavón de la noche, pero la leyenda cuenta, que era un tesoro en busca de un dueño, más como no quisieron aceptarlo, la familia, por el susto, visión se extingue del dominio del pueblo.  

             © José Chamorro Guerrero
                  Cundinamarca
                   Colombia

imagen: Fernando Fader, óleo, detalle

Magda Lago Russo

  

Una vieja carta
                                                                                                          


 Octubre /2002 Amiga Mía:


A fines del mes pasado cumplí años, dos hechos me descolocaron; el año sumado a los… y tantos y darme cuenta que estaba en setiembre habían pasado nueve meses del 2002. y  estábamos en primavera, la estación de la esperanza, de las flores, de la renovación, según decían en nuestra época.”Nuestra época.” ¿Cómo llega a tus oídos? No se si me pongo melancólica, reflexionemos juntas:”la estación de la esperanza” ¿Existe en este  momento? cuando la crisis que padecemos, deshace familias enteras que se van del país, en busca de trabajo, educación para sus hijos, en un exilio involuntario.
Cuando lo que forjaron nuestra nación españoles, italianos, tienen que volver  a su país cuando debían disfrutar de lo realizado en éste con dedicación y sacrificio.
“La estación de las flores.”¿Quién se detiene a mirar el árbol añoso que se cubre de tiernas hojas o escucha el bullicio de los pájaros celebrando la tibieza de su entorno?
En nuestra  más o menos lejana juventud, la primavera se celebraba porque olíamos el aroma de las flores recién nacidas y porque sabíamos que pronto llegarían las vacaciones, los amores de estación y por muchas otras razones  que no te voy a  enumerar y que tú sabes. En verdad somos de otra generación y te digo más, somos la generación que ha pasado por todos los cambios; desde los políticos, a la informática, la secadora de ropa, la máquina de lavar programada, la globalización y mil cosas más.
Sin embargo, nos fuimos acompasando con nuestros hijos, para no quedarnos atrás y cuando nos preguntaban ¿De dónde vienen los bebés? Contestarles la verdad, porque aquello del repollo y la cigüeña, ya no es, los educamos en la realidad.
Sí!! Somos de otra época mal nos pese, pues la sexualidad era tabú y…de “eso no se habla” era corriente o “esas cosas son de mayores”.A pesar de todo no crecimos con traumas, creo.¿Tú qué dices?. ¿Tú qué piensas?  Le trasmitimos valores a nuestros hijos y hoy son mujeres y hombres de bien. Ahora. ¿Qué pasa con nuestros nietos? ¿Qué reciben? Cuando nuestros hijos se encuentran trabajando desde la mañana a la noche, viendo a sus hijos horas en el día, aprovechando los fines de semana para estar con ellos y pensar que la familia es lo que perdura en el tiempo. Te digo que no me había percatado de los meses pasados, hasta que cumplí años, es que vamos acelerados por la vida, somos arrastrados en la vorágine del diario vivir, aunque nosotras estamos jubiladas. Llegó el 2000, dejó la ficción y se hizo realidad.¿No se cómo te tomó este nuevo siglo? Parece mentira ¿te diste cuenta qué somos del siglo pasado? Sin embargo estamos vigentes. Yo por mi parte conservo todavía la capacidad de asombro, trato de informarme de lo que sucede en el mundo¡cómo no vamos a estar informados! Si la televisión nos “muestra” todo, por lo general pocas buenas noticias. Se pasa del físico culturista a las modelos con un mínimo de ropa, aquí no cabe aquello de que es más sugestivo: el misterio. El misterio lo encuentras en las novelas de Ágata Cristie; ¡Cómo me gustaban esas novelas! y ¿Las de Corín Tellado? .No pienses que me quedé en esa época, hoy leo a Marcela Serrano, Isabel Allende, Saramago, Delgado Aparaín, Benedetti y otros. Es así amiga mía no nos podemos quedar con los recuerdos, debemos seguir evolucionando para que no nos digan “antiguas y del siglo pasado” por nosotras mismas. A pesar de los…y tantos cumplidos, siento que aún tengo mucho para dar y hacer, ajustándome al tiempo que nos toca vivir Como el tiempo sigue avanzando velozmente, te deseo: ya, ¡FELICES FIESTAS!           
                                                                                                   

(c) Magda Lago Russo

Montevideo
Uruguay

imagen:

Rosemarie Trockel (de la muestra en la Fundación Proa)

S/T
, 1990
Tinta s/papel. Edición 1/7, 139,5 x 69,5 cm. c/u

sábado, 12 de junio de 2010

Carlos Almira Picazo


El inmortal




Al igual que otras veces, fue la casualidad la que le desveló que era inmortal. Un domingo por la mañana, mientras podaba en el jardín, aspirando el fresco de la calle, Carlos Frías se hizo un corte en la mano. Un hilo de sangre casi transparente, apenas líquido, asomó por la herida, que cicatrizó al instante.



Entonces levantó la cabeza como si acabase de oír un pájaro. Se contempló la mano lastimada, sin huella ya de cicatriz; y suspiró:



-¿qué ocurre cariño?, oyó a Elena a su espalda.



Néstor y Aquiles flanqueaban a su madre, con un vago gesto de burla.



-nada, dijo, creí que me había cortado.

(c) Carlos Almira Picazo
 
España

imagen: Jesús Rafael Soto, Grand Blanc, 1974, Pintura sobre madera, metal y nailon, Col. Renault, París (de la muestra en la Fundación Proa)

martes, 1 de junio de 2010

José Respaldiza Rojas



Centenario relato
                                            
Discúlpame abuelo Ruperto (Rojas Chirinos), el año pasado se cumplió el centenario de aquel relato que me contaste de pequeño pero es que pese a la edad que hoy tengo, de sólo recordarlo me da escalofríos y se me pone la piel de gallina, me es casi imposible aceptar que exista tanta crueldad dentro de una persona; mas, como decía mi abuela Rosa Amelia, el Diablo penetra en el cuerpo de algunas personas para cometer maldades. 
Bueno comencemos indicando que no se sabe por qué de pronto saliste de Chiclayo rumbo a Iquique, viajaste tu con tu esposa Rosa Amelia Zorrilla y con tu hijo mayor Ernesto, chiclayano como tú. Tu otra hija, Angelina, se quedó en Lima estudiando enfermería. Llegaron a comienzos de 1900 más o menos. Hasta allí no hay nada extraño, pero tu hermano Huberto, salió de Chiclayo para arribar a Buenos Aires, él llevó consigo a su mamá María Santitos y a sus hermanas Ofelia, Isabel y Margarita.. Otro Chirinos fue a dar a Omas, un lejano pueblito de la serranía de Lima. Un cuarto familiar recaló en un país centroamericano, creo que a Puerto Rico.. Algo grave debió ocurrir para generar ese terror pánico. 
El por qué de esta estampida fue un secreto familiar muy bien guardado ¿murió alguien?  Como ya no queda nadie con vida, de esa época,  cómo para averiguarlo se hace imposible saberlo. ¿Huían de una epidemia? Hay una antigua marinera muy curiosa,  que quizá podría ser una pista a seguir, donde se indica que la gripe llegó a Chepén. 
                  La gripe llegó  a Chepén, hay ya llegó,
                  y está  matando mucha gente,
                       muere mucho pobre,    
                                   pero no muere la decente,
                                   ¿por qué será? 
Y de Chepén a Chiclayo no hay más que un paso. Debemos indicar que inicialmente dicha enfermedad era causa de mortalidad. Con la fumigación reiterada, la vacunación masiva y la llegada de los antibióticos, la parca cambió  de aspecto mortal. 
Al llegar a Iquique, el Comité Patriótico de Damas, clandestino, peruanas visitó tu casa y  le pidió a la mama Amelia incorporarse, le explicaron que era en procura de recaudar dinero para la causa, cada casa preparaba un potaje que luego se vendía en toda la colonia de peruanos. 
-¿Qué platos están preparando?
-Hay arroz con plato, seco de cabrito, mala rabia, solterito ¿por qué?
-Para hacer algo diferente – fue tu respuesta.

De allí  salió esa gelatina tan deliciosa que degusté en  niñez y juventud, para quien desee aquí va la receta  
Ingredientes                                                                                                                          
Un cuarto de guindas.
Un cuarto de huesillos.
Un cuarto de guindones.
Un cuarto de orejones.
Dos paquetes de gelatina china.
Tres latas de leche evaporada.
Dos kilos de azúcar.
Canela y clavo de olor.
Un frasquito de vainilla. 
Procedimiento 
Se lava la fruta seca y se ponen a hervir hasta que hinchen y adquieran suavidad. Agregar la azúcar, unos cuantos clavos de olor y varias rajas de canela, y dejar hervir hasta que espese y adquieran punto de alambre. Colocar en un recipiente. 
Remojar la gelatina china y luego hacerla hervir hasta que desaparezcan los grumos. Téngase cuidado de colar. En caliente la gelatina agregar las frutas almibaradas, echar un chorrito de vainilla y los tarros de leche. Probar si tiene suficiente azúcar. Para darle color agregarle un poquitín de azúcar quemada. 
Poner a cuajar dentro de la refrigeradora. 
Gracias abuela, de ti aprendí lo poco que sé de cocina, a poner una mecha entre la leña o el carbón para encender fuego, a evitar derramar agua a una fritura, a que no se rebalse la leche al hervirla, a hacer arroz graneado y tantas cosas más. 
Más tarde un integrante de la Junta Patriótica visitó al abuelo para que participase y el abuelo aceptó con el mayor gusto.                                                                                           
-Mire usted, cada vez está mas cerca la fecha en que se debe realizar el plebiscito.
-¿Cree usted que se cumpla?
-Depende de nosotros que se cumpla o no.
-Entonces ¿qué debemos hacer?
-Aumentar en lo máximo que su pueda la ayuda que enviamos.

De esa conversación salió la preparación de licores, labor que era tu predilección. Tenías frascos macerando pasas, anís, menta y otros preparados. Te compraste una encorchadora y demás utensilios Al poco tiempo tu meta fue preparar unas diez botellas al mes y cuya venta se transformaban en cartuchos de monedas que luego eran entregadas para su envío, de manera clandestina, a la resistencia concentrada en Tacna.  
La suerte de riquísimos territorios salitreros pendía de un escrutinio, el gobierno del presidente Pedro Mont, oficialmente era respetuoso de los Tratados vigentes pero alentaba o hacía la vista gorda con un conjunto de acciones tendientes a inclinar la balanza para  apropiarse definitivamente de las Provincias Cautivas. La tensión social se acentuaba cada vez mas. Como dirías tu, abuelo, la chicha está fermentando. 
Con el tiempo llegaste a poner en el mercado hasta veinte botellas de licor, por algo te consideraban el vendedor estrella, bueno, ya eras un vendedor con éxito cuando trabajabas en la Casa Cuglievan, en Chiclayo, tu tierra natal. 
Disculpa, estoy evitando ir al grano, como te dije, siento temor. Bueno, que sea lo que Dios quiera. Más o menos el diez de diciembre de 1907 empezaron a llegar a Iquique, trabajadores de las salitreras. Se había decretado una huelga en procura de mejores salarios y mejores condiciones de vida y poco a poco la extracción del salitre se detuvo. Los huelguista se alojaban en la Escuela Domingo Santa María situada en la Plaza Mont. Al centro de esa plaza se encontraba en pleno funcionamiento el Circo Zoborán, y en su carpa también se alojaban los huelguista. Fueron concentrándose hasta llegar a la cantidad de treinta mil y entonces se te ocurrió en ir a ofrecer tu mercadería. Magnífica idea, todo lo que llevaste te lo compraron. 
-¿Ruperto, a dónde vas todos los días que siempre llegas contento? – te preguntó mi abuela.
-Mira, hay miles de potenciales compradores y vendo todo.
-¿Estarás dando crédito?
-No mujer, allí vendo al contado.
-¿Qué haces con el dinero?
-Se lo entrego a nuestro Cónsul, don José María Forero.
-Te recuerdo que nuestra hija va a cumplir dos años.
-Ése es un dinero extra, el sueldo que gano no lo toco.

Tenías que redoblar tus esfuerzos para obtener mas dinero, esa bebe era nada menos que María Teresa, la que sería mi futura madre. Puesto en la disyuntiva de entre tu patria o tu familia, decidiste atender a las dos, todavía eras joven y podías esforzarte más. 
Todo iba viento en popa. En la rada estaban acoderados barcos de distintas nacionalidades, ingleses, franceses, de muchas partes, no habían podido cargar el salitre por motivo de la huelga. Era un espectáculo pocas veces visto, barcos veleros, marineros de muchas nacionalidades, esos también eran tus potenciales clientes, no en vano fuiste a vender tu mercadería y se acabó tu arsenal de botellas de licor. El 20 de diciembre llegó a todo vapor el buque de guerra  Esmeralda. Hay una tensa calma chicha, presagio de tormenta. 
Al día siguiente era un ir y venir, algo estaba pasando o estaba por pasar. El vuelo de una paca-paca con su grito característico era premonitorio, como bien dicen en el norte: 
            Cuando la paca-paca canta,
            alguien muere;
            no será  verdad,
            pero sucede.
                                                                                                                                            
De pronto, comenzando la tarde viste que estaban rodeando la plaza, como ya no tenías nada que vender, te retiraste, pero desde lejos observabas lo que ocurría. Rodearon también toda la manzana de la Escuela Santa María. El Cónsul peruano, a un lado de la plaza, hablaba con los obreros peruanos para que abandonaran el lugar, incluso les ofreció pagarle el pasaje de regreso a la patria, él había visto cavar grandes zanjas y tenía conocimiento de que se iba a desatar una gran represión para desbaratar esa huelga, considerada rebelión. Evitar lo que sucedería después, le era imposible, solo le concedieron el sacar a sus paisanos de allí. De improviso se oyó con claridad una voz: 
-Juntos bajamos de la pampa, juntos luchamos por un pedazo más de pan y si vamos a caer, caeremos también juntos.

Los trabajadores peruanos regresan al lado de sus demás compañeros, los hay chilenos, en su mayoría, también hay bolivianos, argentinos en poca cantidad y de alguna otra nacionalidad. En eso ves un jinete militar con uniforme de parada, en su caballo. A su lado avanza su corneta. Es el general Roberto Silva Renard, el que conduce ese corcel negro. Blanco, de ojos claros, nariz griega,  de cuello corto, muestra unos abundante bigotes que hacen mas esbelto su rostro. Cubre su cabeza un kepí estilo francés. Nada deja entrever que allí está escondido el Diablo. Recuerdo que te dije: 
-Me asustas abuelo.
-Santíguate y aprende a distinguir a tu enemigo

El general Silva Renard da una orden y el corneta sopla: 
-Tararí, tararí, tararí.

Se produjo un tenso silencio, un silencio que se dejaba escuchar. Por un momento bastante largo, nada se mueve. El general vuelve a dar otra orden y el corneta cumple. 
-Tararí, tararí, tararí.

Cuando se oyó  la tercera clarinada empieza el traqueteo de las ametralladoras. En el borde de la azotea de la Escuela Santa María, que tenía un solo piso,  están sentados muchos trabajadores y en un barrido caen segados por las balas. Los siguientes son los que están en el centro de la plaza, en el circo. Un payaso se asoma curioso y no llega a ver la metralla que acaba con su vida. El aire se mezcla con el olor a pólvora. Era horroroso mirar como morían inermes, sin haber cometido ningún delito, por el solo hecho de pedir mejoras en sus salarios. Gritos desgarradores se entrecruzan con el constante tableteo mortal de las ametralladoras. 
Los granaderos de a caballo persiguen con sus lanzas a los que corren huyendo en procura de salvarse, caen ensartados como si fueran anticuchos. La infantería del regimiento Rancagua y la del regimiento militar Carampangue entran en acción. Se a desatado una  violencia mortal por todos lados, incluso, en la parte de atrás, como para evitar fugas, está el regimiento militar de Ferrocarrileros. Quejidos constantes piden el cese del fuego pero es respondido con mas balas. La masacre duró como una hora. Sesenta minutos de odio mortal. Nueva orden y suena el corneta: 
-Tararí.

El general Silva Renard se repliega a un costado de la plaza. Quieres correr pero un miedo intenso te impide moverte, cierras tus ojos para no observar cómo masacran a quienes osaron pedir sus derechos pero los sonidos que ingresan a tus oídos te dejan ver sin mirar lo que está pasando. En eso, sin darte cuenta, te enrolan, junto con los marineros de las embarcaciones acoderadas en la rada, y como voluntarios, sin derecho a negarse, van al recojo de los cadáveres. 
Ves sombreros por el suelo con restos de sesos, hay zapatos con su pie adentro, fueron separados de su cuerpo a la mala. Se respira un olor a muerte que se acentúa conforme cae la noche, sangre regada por todas partes, restos de partes humanas yacen desparramadas. Aparecen carretas cargando cadáveres que van derecho a las zanjas cavadas con antelación, se entrecruzan camilleros con heridos que, no habiendo hospital cercano, se acumulan a un lado a la espera de qué hacer con ellos. 
Apenas puedes te retiras a tu casa y al entrar te peguntan: 
-Ruperto ¿qué te pasa? Tiembla todo tu cuerpo y estás pálido.
-Agua, dame agua por favor – es lo único que dices.

Te sientan a un costado y al rato tocan la puerta, es el Vicario que está recorriendo las casas para llevar calma y paz, al verte pone su mano derecha sobre tu frente y mientras reza, con la mano izquierda te va rociando agua bendita. Al rato te dice: 
-El Espíritu Santo llena tu cuerpo.

Te quedas profundamente dormido. Al otro día corre de boca en boca que los soldados que se negaron a disparar contra los huelguistas fueron llevados lejos y fusilados sin ninguna compasión ni miramiento alguno. Nadie da razón del paradero de los heridos, se teme que fueron repasados. La ciudad está de luto pero en silencio. Las autoridades hacen como si nada hubiera pasado. 
Bueno abuelo, ya cumplí contigo, ya narré lo que me contaste para que las nuevas generaciones sepan de esa cruel matanza, estimada en más de siete mil personas, ocurrido en territorio peruano cautivo, ahora te pido de todo corazón que me ayudes a borrar de mi memoria ese espantoso recuerdo. 
- Así  sea.
-Amén, gracias abuelo.

© José Respaldiza Rojas
Lima, Perú

imagen: 
Ernesto Deira, Desde Adán y Eva, Colección particular (de la muestra Antonio Berni y sus contemporáneos, en el Malba)