martes, 1 de junio de 2010

José Respaldiza Rojas



Centenario relato
                                            
Discúlpame abuelo Ruperto (Rojas Chirinos), el año pasado se cumplió el centenario de aquel relato que me contaste de pequeño pero es que pese a la edad que hoy tengo, de sólo recordarlo me da escalofríos y se me pone la piel de gallina, me es casi imposible aceptar que exista tanta crueldad dentro de una persona; mas, como decía mi abuela Rosa Amelia, el Diablo penetra en el cuerpo de algunas personas para cometer maldades. 
Bueno comencemos indicando que no se sabe por qué de pronto saliste de Chiclayo rumbo a Iquique, viajaste tu con tu esposa Rosa Amelia Zorrilla y con tu hijo mayor Ernesto, chiclayano como tú. Tu otra hija, Angelina, se quedó en Lima estudiando enfermería. Llegaron a comienzos de 1900 más o menos. Hasta allí no hay nada extraño, pero tu hermano Huberto, salió de Chiclayo para arribar a Buenos Aires, él llevó consigo a su mamá María Santitos y a sus hermanas Ofelia, Isabel y Margarita.. Otro Chirinos fue a dar a Omas, un lejano pueblito de la serranía de Lima. Un cuarto familiar recaló en un país centroamericano, creo que a Puerto Rico.. Algo grave debió ocurrir para generar ese terror pánico. 
El por qué de esta estampida fue un secreto familiar muy bien guardado ¿murió alguien?  Como ya no queda nadie con vida, de esa época,  cómo para averiguarlo se hace imposible saberlo. ¿Huían de una epidemia? Hay una antigua marinera muy curiosa,  que quizá podría ser una pista a seguir, donde se indica que la gripe llegó a Chepén. 
                  La gripe llegó  a Chepén, hay ya llegó,
                  y está  matando mucha gente,
                       muere mucho pobre,    
                                   pero no muere la decente,
                                   ¿por qué será? 
Y de Chepén a Chiclayo no hay más que un paso. Debemos indicar que inicialmente dicha enfermedad era causa de mortalidad. Con la fumigación reiterada, la vacunación masiva y la llegada de los antibióticos, la parca cambió  de aspecto mortal. 
Al llegar a Iquique, el Comité Patriótico de Damas, clandestino, peruanas visitó tu casa y  le pidió a la mama Amelia incorporarse, le explicaron que era en procura de recaudar dinero para la causa, cada casa preparaba un potaje que luego se vendía en toda la colonia de peruanos. 
-¿Qué platos están preparando?
-Hay arroz con plato, seco de cabrito, mala rabia, solterito ¿por qué?
-Para hacer algo diferente – fue tu respuesta.

De allí  salió esa gelatina tan deliciosa que degusté en  niñez y juventud, para quien desee aquí va la receta  
Ingredientes                                                                                                                          
Un cuarto de guindas.
Un cuarto de huesillos.
Un cuarto de guindones.
Un cuarto de orejones.
Dos paquetes de gelatina china.
Tres latas de leche evaporada.
Dos kilos de azúcar.
Canela y clavo de olor.
Un frasquito de vainilla. 
Procedimiento 
Se lava la fruta seca y se ponen a hervir hasta que hinchen y adquieran suavidad. Agregar la azúcar, unos cuantos clavos de olor y varias rajas de canela, y dejar hervir hasta que espese y adquieran punto de alambre. Colocar en un recipiente. 
Remojar la gelatina china y luego hacerla hervir hasta que desaparezcan los grumos. Téngase cuidado de colar. En caliente la gelatina agregar las frutas almibaradas, echar un chorrito de vainilla y los tarros de leche. Probar si tiene suficiente azúcar. Para darle color agregarle un poquitín de azúcar quemada. 
Poner a cuajar dentro de la refrigeradora. 
Gracias abuela, de ti aprendí lo poco que sé de cocina, a poner una mecha entre la leña o el carbón para encender fuego, a evitar derramar agua a una fritura, a que no se rebalse la leche al hervirla, a hacer arroz graneado y tantas cosas más. 
Más tarde un integrante de la Junta Patriótica visitó al abuelo para que participase y el abuelo aceptó con el mayor gusto.                                                                                           
-Mire usted, cada vez está mas cerca la fecha en que se debe realizar el plebiscito.
-¿Cree usted que se cumpla?
-Depende de nosotros que se cumpla o no.
-Entonces ¿qué debemos hacer?
-Aumentar en lo máximo que su pueda la ayuda que enviamos.

De esa conversación salió la preparación de licores, labor que era tu predilección. Tenías frascos macerando pasas, anís, menta y otros preparados. Te compraste una encorchadora y demás utensilios Al poco tiempo tu meta fue preparar unas diez botellas al mes y cuya venta se transformaban en cartuchos de monedas que luego eran entregadas para su envío, de manera clandestina, a la resistencia concentrada en Tacna.  
La suerte de riquísimos territorios salitreros pendía de un escrutinio, el gobierno del presidente Pedro Mont, oficialmente era respetuoso de los Tratados vigentes pero alentaba o hacía la vista gorda con un conjunto de acciones tendientes a inclinar la balanza para  apropiarse definitivamente de las Provincias Cautivas. La tensión social se acentuaba cada vez mas. Como dirías tu, abuelo, la chicha está fermentando. 
Con el tiempo llegaste a poner en el mercado hasta veinte botellas de licor, por algo te consideraban el vendedor estrella, bueno, ya eras un vendedor con éxito cuando trabajabas en la Casa Cuglievan, en Chiclayo, tu tierra natal. 
Disculpa, estoy evitando ir al grano, como te dije, siento temor. Bueno, que sea lo que Dios quiera. Más o menos el diez de diciembre de 1907 empezaron a llegar a Iquique, trabajadores de las salitreras. Se había decretado una huelga en procura de mejores salarios y mejores condiciones de vida y poco a poco la extracción del salitre se detuvo. Los huelguista se alojaban en la Escuela Domingo Santa María situada en la Plaza Mont. Al centro de esa plaza se encontraba en pleno funcionamiento el Circo Zoborán, y en su carpa también se alojaban los huelguista. Fueron concentrándose hasta llegar a la cantidad de treinta mil y entonces se te ocurrió en ir a ofrecer tu mercadería. Magnífica idea, todo lo que llevaste te lo compraron. 
-¿Ruperto, a dónde vas todos los días que siempre llegas contento? – te preguntó mi abuela.
-Mira, hay miles de potenciales compradores y vendo todo.
-¿Estarás dando crédito?
-No mujer, allí vendo al contado.
-¿Qué haces con el dinero?
-Se lo entrego a nuestro Cónsul, don José María Forero.
-Te recuerdo que nuestra hija va a cumplir dos años.
-Ése es un dinero extra, el sueldo que gano no lo toco.

Tenías que redoblar tus esfuerzos para obtener mas dinero, esa bebe era nada menos que María Teresa, la que sería mi futura madre. Puesto en la disyuntiva de entre tu patria o tu familia, decidiste atender a las dos, todavía eras joven y podías esforzarte más. 
Todo iba viento en popa. En la rada estaban acoderados barcos de distintas nacionalidades, ingleses, franceses, de muchas partes, no habían podido cargar el salitre por motivo de la huelga. Era un espectáculo pocas veces visto, barcos veleros, marineros de muchas nacionalidades, esos también eran tus potenciales clientes, no en vano fuiste a vender tu mercadería y se acabó tu arsenal de botellas de licor. El 20 de diciembre llegó a todo vapor el buque de guerra  Esmeralda. Hay una tensa calma chicha, presagio de tormenta. 
Al día siguiente era un ir y venir, algo estaba pasando o estaba por pasar. El vuelo de una paca-paca con su grito característico era premonitorio, como bien dicen en el norte: 
            Cuando la paca-paca canta,
            alguien muere;
            no será  verdad,
            pero sucede.
                                                                                                                                            
De pronto, comenzando la tarde viste que estaban rodeando la plaza, como ya no tenías nada que vender, te retiraste, pero desde lejos observabas lo que ocurría. Rodearon también toda la manzana de la Escuela Santa María. El Cónsul peruano, a un lado de la plaza, hablaba con los obreros peruanos para que abandonaran el lugar, incluso les ofreció pagarle el pasaje de regreso a la patria, él había visto cavar grandes zanjas y tenía conocimiento de que se iba a desatar una gran represión para desbaratar esa huelga, considerada rebelión. Evitar lo que sucedería después, le era imposible, solo le concedieron el sacar a sus paisanos de allí. De improviso se oyó con claridad una voz: 
-Juntos bajamos de la pampa, juntos luchamos por un pedazo más de pan y si vamos a caer, caeremos también juntos.

Los trabajadores peruanos regresan al lado de sus demás compañeros, los hay chilenos, en su mayoría, también hay bolivianos, argentinos en poca cantidad y de alguna otra nacionalidad. En eso ves un jinete militar con uniforme de parada, en su caballo. A su lado avanza su corneta. Es el general Roberto Silva Renard, el que conduce ese corcel negro. Blanco, de ojos claros, nariz griega,  de cuello corto, muestra unos abundante bigotes que hacen mas esbelto su rostro. Cubre su cabeza un kepí estilo francés. Nada deja entrever que allí está escondido el Diablo. Recuerdo que te dije: 
-Me asustas abuelo.
-Santíguate y aprende a distinguir a tu enemigo

El general Silva Renard da una orden y el corneta sopla: 
-Tararí, tararí, tararí.

Se produjo un tenso silencio, un silencio que se dejaba escuchar. Por un momento bastante largo, nada se mueve. El general vuelve a dar otra orden y el corneta cumple. 
-Tararí, tararí, tararí.

Cuando se oyó  la tercera clarinada empieza el traqueteo de las ametralladoras. En el borde de la azotea de la Escuela Santa María, que tenía un solo piso,  están sentados muchos trabajadores y en un barrido caen segados por las balas. Los siguientes son los que están en el centro de la plaza, en el circo. Un payaso se asoma curioso y no llega a ver la metralla que acaba con su vida. El aire se mezcla con el olor a pólvora. Era horroroso mirar como morían inermes, sin haber cometido ningún delito, por el solo hecho de pedir mejoras en sus salarios. Gritos desgarradores se entrecruzan con el constante tableteo mortal de las ametralladoras. 
Los granaderos de a caballo persiguen con sus lanzas a los que corren huyendo en procura de salvarse, caen ensartados como si fueran anticuchos. La infantería del regimiento Rancagua y la del regimiento militar Carampangue entran en acción. Se a desatado una  violencia mortal por todos lados, incluso, en la parte de atrás, como para evitar fugas, está el regimiento militar de Ferrocarrileros. Quejidos constantes piden el cese del fuego pero es respondido con mas balas. La masacre duró como una hora. Sesenta minutos de odio mortal. Nueva orden y suena el corneta: 
-Tararí.

El general Silva Renard se repliega a un costado de la plaza. Quieres correr pero un miedo intenso te impide moverte, cierras tus ojos para no observar cómo masacran a quienes osaron pedir sus derechos pero los sonidos que ingresan a tus oídos te dejan ver sin mirar lo que está pasando. En eso, sin darte cuenta, te enrolan, junto con los marineros de las embarcaciones acoderadas en la rada, y como voluntarios, sin derecho a negarse, van al recojo de los cadáveres. 
Ves sombreros por el suelo con restos de sesos, hay zapatos con su pie adentro, fueron separados de su cuerpo a la mala. Se respira un olor a muerte que se acentúa conforme cae la noche, sangre regada por todas partes, restos de partes humanas yacen desparramadas. Aparecen carretas cargando cadáveres que van derecho a las zanjas cavadas con antelación, se entrecruzan camilleros con heridos que, no habiendo hospital cercano, se acumulan a un lado a la espera de qué hacer con ellos. 
Apenas puedes te retiras a tu casa y al entrar te peguntan: 
-Ruperto ¿qué te pasa? Tiembla todo tu cuerpo y estás pálido.
-Agua, dame agua por favor – es lo único que dices.

Te sientan a un costado y al rato tocan la puerta, es el Vicario que está recorriendo las casas para llevar calma y paz, al verte pone su mano derecha sobre tu frente y mientras reza, con la mano izquierda te va rociando agua bendita. Al rato te dice: 
-El Espíritu Santo llena tu cuerpo.

Te quedas profundamente dormido. Al otro día corre de boca en boca que los soldados que se negaron a disparar contra los huelguistas fueron llevados lejos y fusilados sin ninguna compasión ni miramiento alguno. Nadie da razón del paradero de los heridos, se teme que fueron repasados. La ciudad está de luto pero en silencio. Las autoridades hacen como si nada hubiera pasado. 
Bueno abuelo, ya cumplí contigo, ya narré lo que me contaste para que las nuevas generaciones sepan de esa cruel matanza, estimada en más de siete mil personas, ocurrido en territorio peruano cautivo, ahora te pido de todo corazón que me ayudes a borrar de mi memoria ese espantoso recuerdo. 
- Así  sea.
-Amén, gracias abuelo.

© José Respaldiza Rojas
Lima, Perú

imagen: 
Ernesto Deira, Desde Adán y Eva, Colección particular (de la muestra Antonio Berni y sus contemporáneos, en el Malba)

                                                                                                                                               

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