jueves, 26 de mayo de 2011

Liliana Heer


Liliana Heer












Hamlet & Hamlet  (fragmento)






Aquí estoy padre, sin barba y con la cabeza descubierta, intimidado por no llevar sombrero.
La moda y la moral esparcen huellas, expresan el intento de confinar antagonismos. Más aún, el juego de las estaciones prolonga sus contornos fundiendo pompas con ruinas.
Make me a mask.
Acabo de llegar y no por barco, lo digo solamente para verter algún contraste. Nunca se te hubiera ocurrido abandonar Elsinor, lo que equivale a oír: Nunca habría dejado estas tierras para buscar a nadie.



Los aparecidos no son grandes viajeros, permanecen unidos al dominio, merodean, se esconden, vigilan. La corporeidad de los objetos penetra en ellos poco a poco, convierte el paisaje en origen, prolegómeno de un destino manso, inexorable. Como si la esencia de lo propio fuese un gigantesco ombligo que hace girar la escena del mundo en las manos, y el ímpetu de posesión permitiera recortar inquietudes, expandir las ansias mutilando cualquier vestigio extranjero.
Sabrás muy bien lo que es estar alerta al movimiento, a lo que podría contaminar, sacar de quicio, promover deterioro o redención. No deja de ser un hábil recurso para eludir la embriaguez del engaño.


Distintas adherencias, padre, lo sé. No pienses que en algunos momentos no extraño la quietud, lo repetido, el ritmo del pulso, la tracción a sangre. Una silueta en la mañana cabalgando el poder soberano alienta raíces futuras.

¿Recuerdas las inscripciones rúnicas? Sentías un especial gusto en leer la piedra cincelada: Goza de la tumba,este es el espacio físico en el que reposas y además es la tumba que hicieron los supervivientes vivos como tú.
Era una costumbre que te complacía hacer referencias al después, quizá por premonición. El espíritu de la visita está íntimamente entrelazado con la ausencia, decías, mas no siempre quien llega es el esperado, a veces brota un caballo golpeando con sus cascos los portales.
Alzabas la voz, te regodeabas en relatar hazañas, detalles gloriosos oídos durante una batalla: Dicen que la cuadriga de las furias lucha despiadadamente con los guerreros para incorporar a los idos; el animal del héroe es una esfinge emplazada en el centro de las fuentes, su cuerpo con todos los atributos deja ver una cabeza ornada de laureles. Mezclabas secuencias de realidad con diversas gravitaciones, itinerarios sagrados, sutiles, sobreabundancia de coraje y sacrificio.



Extraños visitantes nos rodeaban, padre. Una letal excursión plena de mandatos legendarios: A cualquiera que tuviese le será dado y tendrá más; al que no tuviese aún lo que tiene le será quitado.

(c) Liliana Heer

Hamlet & Hamlet, novela de Liliana Heer, (fragmento) autorizada la publicación por la autora


Publicado por Paradiso Ediciones (que dirige Américo Cristófaro), el libro cuenta con ilustraciones de Miguel Rep, prólogo de Laura Cerrato (acaso una de las mayores entendidas en Literatura Inglesa) y epílogo de Jorge Dubatti (referente del análisis teatral en nuestro país).


“Hamlet & Hamlet, texto rico en metáforas, imágenes y alusiones, preserva el tono hondamente lírico y también poético en sentido amplio que nos sumerge en la seducción de las palabras, casi más allá de la fábula que subyace a las mismas, o crece con ellas. Pero la historia, la épica, en sentido aristotélico, permanece allí latente y emergente, en forma sucesiva, para rescatar esa multiplicidad genérica que fue la marca de Shakespeare.”

Laura Cerrato

Acerca de Liliana Heer:

Escritora y psicoanalista. Publicó Dejarse llevar (relatos), Giaomo-El texto secreto de Joyce (ficción crítica en coautoría con J.C. Martini Real) y diez novelas, entre ellas Bloyd, (Premio Boris Vian 1984), Frescos de Amor, Ángeles de vidrio, Pretexto Mozart, Neón y El sol después.


Es directora junto a Arturo Frydman de las Jornadas sobre Literatura y Psicoanálisis Autopistas de la Palabra.

domingo, 22 de mayo de 2011

Magda Lago Russo


El hijo pródigo


Ella piensa que no importa la edad, siempre debe haber una caricia que escape de las manos para esconderse en los cabellos, la cara o la espalda encorvada sobre los libros o el trabajo.
Esta vez como siempre le demostrará, que ha pesar de los años pasados, tiene miles de caricias guardadas entre los dedos, marchitos quizá y las volcará en él.
Vuelve después de años y a pesar de la comunicación cotidiana, no es lo mismo tenerlo frente a sí.
Al mirar sus ojos, sabrá de los años de desilusiones, angustias y alegrías
Con sólo mirarlo, aguzando los sentidos, descubrirá una arruga prematura o un rictus desconocido.
Sabe todo, su instinto de madre se lo dice, aunque se lo oculte, las lágrimas de los primeros meses, la nostalgia, el desarraigo.
A la distancia ella ha sentido lo mismo, nunca lo manifestó en los mails casi diarios no quería que supiera de su dolor.
Deseaba que la recordase altiva sin lágrimas, sonriente igual al día que lo despidió en el aeropuerto, aunque cuando el avión se elevó se desplomó como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Ya no puede levantarse con elegancia, poco a poco el dolor de la ausencia y los años pasados le han doblado la espalda.
No derramará una lágrima, lo saludará como si volviera de un paseo diario, aunque en el abrazo pierda hasta la última de sus fuerzas
Siente como la puerta se abre y un murmullo la estremece, se vuelve, da una mirada alrededor.
Se acerca guiada por las voces, cuando lo ve sus piernas flaquean, no tiene tiempo de caer, unos brazos la sostienen y dos sonoros besos caen sobre sus mejillas.
Por un momento, le parece que los años no han pasado, eleva el rostro mira aquellos ojos amados y por ellos sabe de una juventud madura, firme, sólida.
Una cálida paz la invade.
Se desliza de los brazos, se aleja un poco para mirarlo de frente, ahora más que nunca sus caricias van a perderse en las sienes grisáceas.
Porque piensa que cuando vuelva la próxima vez, ellas se han escapado del hueco de las manos y como espectros irán recorriendo la casa en soledad.



(c) Magda Lago Russo

Montevideo

Uruguay



imagen: Rosemarie Trockel, Lana, patrón a cuadros- s/t (de la muestra en la Fundación Proa)

viernes, 13 de mayo de 2011

Araceli Otamendi


Entre tumbas, cartas y recuerdos de Gardel


De vez en cuando revolvía entre los papeles viejos: cartas, documentos, antiguas facturas pagas, fotografías familiares amarillentas.
Era un exorcismo que me servía para tomar nota de los recuerdos, a la espera de que algún acontecimiento, algo los evocara y me pusiera a escribir, así, la historia que jamás me había atrevido a escribir, hasta ahora.
Y así fue como encontré la fotografía de la tumba de Gardel en el cementerio de la Chacarita bordeada de flores rojas que los visitantes a diario le arrojaban. ¿Por qué la tenía ahí guardada en esa carpeta entre tantos papeles?
A mi abuela le gustaba Gardel, lo había conocido en el pueblo de ella, allá en Rojas, en la Provincia de Buenos Aires donde también nació Sabato.  Donde mi abuela tenía el hotel y el Zorzal pasaba por ahí en sus giras  junto a Razzano. Además de admirar a Gardel, porque ¿quién no?, si cada día cantaba mejor, como decían, mi abuela conocía algunas historias del cementerio.
Una de las historias que prefería contarme era la de dos amantes que se encontraban en una bóveda, a la tarde.

“…Ella salía arreglada, muy pintada, se usaba el sombrero. Nosotros la conocíamos y sabíamos adonde iba. Se había casado con ese infeliz del farmacéutico, no había tenido alternativa. Quedó embarazada y la familia la obligó a casarse. Pero ella no lo quería. Tenía un novio anterior, fino, de bigotitos, medio tramposo, al que le gustaba mucho el baile. Un día, cuando el chico ya tenía unos diez años el novio se le apareció. Y ella, la estúpida, se puso a llorar, y me contó, porque eso me lo contó, que el tipo quería salir con ella de nuevo, que le había escrito cartas, muchas cartas. La mujer, Marta, era una estúpida, y se metió de nuevo con el del bigote.
Nosotros a veces le cuidábamos el chico, porque no tenía con quien dejarlo, y ella se iba a la hora de la siesta, enfilaba para el cementerio. Sabíamos también la hora en que iba a volver. Pero, sospechábamos que el marido ya se había dado cuenta porque llegaba a la casa cada vez más temprano. Al chico lo entreteníamos con la radio y los radioteatros. Era bueno. Jugábamos a las cartas con él. Matilde y Nora preparaban el mate y yo, a veces, me ponía a jugar con él, Huguito, se llamaba. La mujer llegaba después, a la tardecita, cansada, ojerosa. Sabíamos que se encontraba con el flaco ese en la bóveda familiar. Porque ella decía que era el único lugar donde no la iban a descubrir. Sí, una historia sórdida. La bóveda de la familia de ella estaba cerca de la de Gardel, nosotros la conocíamos porque ya habíamos ido al entierro de unos cuantos. Al padre de ella le gustaba el tango, como a mí. Pero el tango de Gardel, no de cualquiera. Porque nunca nos gustó cualquiera sino Gardel, el mejor. Y mirá, yo en la vida, siempre quise ser como Gardel, ¿ves tu tío? Siempre fue el mejor de la clase, el más trabajador, el que salió adelante. Y eso porque yo se los enseñé: sean como Carlos Gardel, siempre el mejor. Pero eso se logra con trabajo, además de talento. Porque Gardel ensayaba mucho. En cambio Matilde, tu tía… hmmm.  Un día Carlos Gardel paró  en Rojas, en el hotel.  Nora estaba silbando, silbaba en la terraza, justo era un tango y él se paró en puerta y dijo: - Buenos días, señora: -¡qué bien silba el pibe! Y yo me puse a reir, porque la confundió a Nora con un chico, tenía el pelo corto y parecía un varón. Y entonces le dije: ¡es una nena! Y ahí nos quedamos conversando un rato, en la puerta. Esa noche paró ahí,  en el hotel, Razzano lo acompañaba con la guitarra. Fue todo un alborto, ya te voy a contar…Porque Nora se había aprendido los tangos que escuchaba por la radio, eran los tangos de Gardel.
Te sigo contando, acerca de la mujer, Marta. Un día el marido la siguió, hasta el cementerio. Y cuando estaban ahí, ella y el amante, adentro de la bóveda, les tiró varios tiros, a ella y a él. Después vino a casa, porque el chico estaba en casa y nos dijo que se iba a entregar a la policía, que había matado a la mujer, se puso a llorar...”.

El cuento de mi abuela no terminaba ahí. Porque también decía que a veces, de vez en cuando,  tenía la sensación de que la mujer, Marta,  volvía, aparecía en la casa, como buscándola, para decirle algo. Y mi abuela decía que se caía algo al suelo cada vez que ocurría eso, o se movía algún cuadro, o una lamparita estallaba de golpe. Y es como ahora, mientras escribo esto que una ventana se cerró de golpe, casi se rompe el vidrio por el estrépito, y se escuchan algunos ruidos en la terraza, como si alguien estuviera caminando por ahí, por el  techo, tal vez porque cuento cosas que no debiera contar. Y una música y un tango  de Gardel ha empezado a sonar en la radio.

© Araceli Otamendi


jueves, 5 de mayo de 2011

Cecilia Alejandra Alarcón



El cuaderno azul



Hace unos años falleció mi bisabuela. Ella fue quien me enseñó todo sobre la creación del mundo; nada sobre adanes y evas, nada de grandes explosiones, la historia que me contó fue otra, no sé si real pero llena de magia y poderes exquisitos. El día de su muerte, mientras todos se ocupaban de dividirse los bienes, me metí en su habitación secreta, donde ella solía ser libre y dibujar hasta que le sangraran las manos. Era un cuarto muy oscuro si permanecías con los ojos abiertos, pero al cerrarlos – ese era el secreto – se llenaba de colores, de luz y de innumerables pájaros parlanchines que enseñaban desde la filosofía griega hasta dibujar nubes. Sabía que ahí mi “nona” (así me gustaba decirle) guardaba un pequeño cuadernito teñido de azul gastado que al abrirlo inundaba con una increíble luz sepia; una luz usada pero bellísima al fin. Allí guardaba sus dibujos más preciados y la historia del hombre, una historia que según ella le había sido transmitida por un dios, que no fue el primero pero que se animó a despegar, a traspasar ese muro invisible que nos separa y a revelar su verdad. Lourat dejó este hermoso cuaderno escondido cuidadosamente bajo una falsa laguna, y en el lomo de una paloma había puesto una nota que contaba sobre su existencia: solo quien creyera y confiara, sería poseedor de la verdad. La nona no dudó. Envuelta en el magnífico manto de la inocencia de una niña, siguió cuidadosamente el plano, se paró con seguridad frente al punto en él marcado y hundió su pequeña cabeza en la laguna tapándose la nariz y conteniendo el aire, aunque rápidamente se dio cuenta  que allí podía respirar, enseguida vio la luz gastada del cuadernito y lo agarró sin miedo; en él se leía esto:
“Era un día sin nombre, de una tarde sin tiempo, pero que pronto se tornaría en una noche borracha de luna y constelaciones caprichosas. Zifos y Filas proyectaban oníricamente sus deseos más profundos, ellos habían aprendido a hablarse a través de los sueños, estaban intensamente conectados; esa noche dormían de forma intermitente, estaban algo aburridos de dormir y de hablar solo entre ellos pero ninguno se atrevía a manifestarlo, fue entonces cuando el inagotable inconsciente de Filas descubrió el goloso deseo de abrazar, el dolor de unas manos famélicas de caricias. Al despertar no podía recordar lo que había soñado, qué extraño le resultaba esto, puesto que su mundo onírico era también parte de su verdad, de su vida. Zifos, ante el sufrimiento de su amigo, decidió cortar su conexión y buscar caminos nuevos. Así descubrió que era capaz de dibujar puertas  en el aire, entonces se chocó inesperadamente con su omnipotencia de dios; abrió esa puerta fulgurante que flotaba sobre la nada y tímidamente se atrevió a asomar la nariz y pensando en la angustia de Filas finalmente cruzó. Allí había solo una llama  triste y a su lado algunos leños. La furia de no encontrar nada más le hizo arrojar violentamente esos leños al fuego, que empezaron a arder con intensidad y revelaron un mundo nuevo para él. Pudo ver cinco bolas colgando de un cielo, pero… ¿Cómo llegar?, vislumbró entonces una escalera que no tenía inicio pero terminaba segura a la par de esas pelotas. Convencido de su poder de dios intentó agrandar la llama para ver lo que seguía oculto en la penumbra y logró un gran fuego. Aún furioso y transpirado, no quería detenerse. Siguió y siguió hasta que la luz empezó a quemarle las palmas de las manos. Esa bola gigante sería más tarde llamada Sol Eterno.
Gracias al brillo de ese fuego pudo ver todo lo que se escondía detrás de esa blanca puerta, era un laberinto inmenso al que sobrevoló con facilidad, pero sus pensamientos no eran lo suficientemente intensos como para volar hasta esas intrigantes bolas que permanecían inmóviles y no le quedó otra opción que subir la interminable escalera. Sin preguntarse demasiado tocó la tercera esfera y una pared gigante y tenebrosa se desplegó frente a él. Parecía extensísima y desafiante, pero entonces vio una puerta-ventana pequeña y muy alta que se revelaba en la monstruosa pared, y creando más escalones a su paso llegó. Otra vez el miedo lo abrazaba, pero su objetivo era tan poderoso que logró que el temor apenas le sostenga la mano.
Allí descubrió más cosas: había una esfera casi tan grande como su eterno sol pero opaca y anémica  y creyó que acercándolas lograría encenderla, pero para ello debía derrumbar la pared lo que logró fácilmente con su fuerza insospechada. Al cabo de un rato a la par, la bola apagada empezó a fulgurar con un exquisito brillo blanco. Excitado por la maravilla que estaba contemplando comenzó a reír como jamás lo había hecho y de su boca brotaron inmensas constelaciones a las cuales multiplicó hasta hacerlas infinitas; empezó a dibujar más y más puertas de distintos colores y formas y detrás de cada una encontraba un elemento al que hoy llamaríamos naturaleza.
¿Y nosotros? Nosotros vinimos después. Ese dios que nunca se cansaba ya estaba agotado, era la primera vez que iba a dormir desconectado de Filas y rodeado de tanta luz. Esa noche nos soñó, nos vio claramente como se ve a un pez en una laguna incolora. Al despertar salimos… salió como un chorro de sus labios, como una burbuja de su mente. Él. El primer humano mortal y falible. ¿Cómo puede ser así alguien creado por un ser tan poderoso?
Esa tarde fue hacia Filas y le contó todo lo mágico que había sido aquello. Ambos coincidieron en que si unían su poder podrían crear a alguien mejor, como ellos; Y así lo hicieron.
Con el tiempo empezaron a notar que los seres creados por Zifos empezaban a morir, a padecer y pensaron que sería mejor separarse y ocultarse de ellos; les proporcionaron lo que, después de estudiarlos, creyeron conveniente para su supervivencia y crearon una pared igual de monstruosa que la que se soltó de aquella tercer bola pero ésta fue invisible y, al igual que la otra tiene una ventana-puerta allá en lo alto, quién descubra sus alas y se anime a despegar quizás encuentre esta puerta-ventana  y descubra el infinito mundo de omnipotentes.”
Y ahora, no pienso seguir. He descubierto más cosas a través de mi nona y de mi, pero hasta que no muevas tus alas y lo descubras seguirás vestido con el fatigoso traje de la ignorancia.

© Cecilia Alejandra Alarcón
Humberto Primo, Provincia de Santa Fe

Cecilia Alejandra Alarcón (17) es estudiante. 
Su cuento Reviviendo Rufino resultó finalista en la categoría escuelas en la primera edición del Concurso Literario “Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente” organizado por la revista Archivos del Sur.

imagen: fotografía (c) Ignacio Iasparra