jueves, 5 de mayo de 2011

Cecilia Alejandra Alarcón



El cuaderno azul



Hace unos años falleció mi bisabuela. Ella fue quien me enseñó todo sobre la creación del mundo; nada sobre adanes y evas, nada de grandes explosiones, la historia que me contó fue otra, no sé si real pero llena de magia y poderes exquisitos. El día de su muerte, mientras todos se ocupaban de dividirse los bienes, me metí en su habitación secreta, donde ella solía ser libre y dibujar hasta que le sangraran las manos. Era un cuarto muy oscuro si permanecías con los ojos abiertos, pero al cerrarlos – ese era el secreto – se llenaba de colores, de luz y de innumerables pájaros parlanchines que enseñaban desde la filosofía griega hasta dibujar nubes. Sabía que ahí mi “nona” (así me gustaba decirle) guardaba un pequeño cuadernito teñido de azul gastado que al abrirlo inundaba con una increíble luz sepia; una luz usada pero bellísima al fin. Allí guardaba sus dibujos más preciados y la historia del hombre, una historia que según ella le había sido transmitida por un dios, que no fue el primero pero que se animó a despegar, a traspasar ese muro invisible que nos separa y a revelar su verdad. Lourat dejó este hermoso cuaderno escondido cuidadosamente bajo una falsa laguna, y en el lomo de una paloma había puesto una nota que contaba sobre su existencia: solo quien creyera y confiara, sería poseedor de la verdad. La nona no dudó. Envuelta en el magnífico manto de la inocencia de una niña, siguió cuidadosamente el plano, se paró con seguridad frente al punto en él marcado y hundió su pequeña cabeza en la laguna tapándose la nariz y conteniendo el aire, aunque rápidamente se dio cuenta  que allí podía respirar, enseguida vio la luz gastada del cuadernito y lo agarró sin miedo; en él se leía esto:
“Era un día sin nombre, de una tarde sin tiempo, pero que pronto se tornaría en una noche borracha de luna y constelaciones caprichosas. Zifos y Filas proyectaban oníricamente sus deseos más profundos, ellos habían aprendido a hablarse a través de los sueños, estaban intensamente conectados; esa noche dormían de forma intermitente, estaban algo aburridos de dormir y de hablar solo entre ellos pero ninguno se atrevía a manifestarlo, fue entonces cuando el inagotable inconsciente de Filas descubrió el goloso deseo de abrazar, el dolor de unas manos famélicas de caricias. Al despertar no podía recordar lo que había soñado, qué extraño le resultaba esto, puesto que su mundo onírico era también parte de su verdad, de su vida. Zifos, ante el sufrimiento de su amigo, decidió cortar su conexión y buscar caminos nuevos. Así descubrió que era capaz de dibujar puertas  en el aire, entonces se chocó inesperadamente con su omnipotencia de dios; abrió esa puerta fulgurante que flotaba sobre la nada y tímidamente se atrevió a asomar la nariz y pensando en la angustia de Filas finalmente cruzó. Allí había solo una llama  triste y a su lado algunos leños. La furia de no encontrar nada más le hizo arrojar violentamente esos leños al fuego, que empezaron a arder con intensidad y revelaron un mundo nuevo para él. Pudo ver cinco bolas colgando de un cielo, pero… ¿Cómo llegar?, vislumbró entonces una escalera que no tenía inicio pero terminaba segura a la par de esas pelotas. Convencido de su poder de dios intentó agrandar la llama para ver lo que seguía oculto en la penumbra y logró un gran fuego. Aún furioso y transpirado, no quería detenerse. Siguió y siguió hasta que la luz empezó a quemarle las palmas de las manos. Esa bola gigante sería más tarde llamada Sol Eterno.
Gracias al brillo de ese fuego pudo ver todo lo que se escondía detrás de esa blanca puerta, era un laberinto inmenso al que sobrevoló con facilidad, pero sus pensamientos no eran lo suficientemente intensos como para volar hasta esas intrigantes bolas que permanecían inmóviles y no le quedó otra opción que subir la interminable escalera. Sin preguntarse demasiado tocó la tercera esfera y una pared gigante y tenebrosa se desplegó frente a él. Parecía extensísima y desafiante, pero entonces vio una puerta-ventana pequeña y muy alta que se revelaba en la monstruosa pared, y creando más escalones a su paso llegó. Otra vez el miedo lo abrazaba, pero su objetivo era tan poderoso que logró que el temor apenas le sostenga la mano.
Allí descubrió más cosas: había una esfera casi tan grande como su eterno sol pero opaca y anémica  y creyó que acercándolas lograría encenderla, pero para ello debía derrumbar la pared lo que logró fácilmente con su fuerza insospechada. Al cabo de un rato a la par, la bola apagada empezó a fulgurar con un exquisito brillo blanco. Excitado por la maravilla que estaba contemplando comenzó a reír como jamás lo había hecho y de su boca brotaron inmensas constelaciones a las cuales multiplicó hasta hacerlas infinitas; empezó a dibujar más y más puertas de distintos colores y formas y detrás de cada una encontraba un elemento al que hoy llamaríamos naturaleza.
¿Y nosotros? Nosotros vinimos después. Ese dios que nunca se cansaba ya estaba agotado, era la primera vez que iba a dormir desconectado de Filas y rodeado de tanta luz. Esa noche nos soñó, nos vio claramente como se ve a un pez en una laguna incolora. Al despertar salimos… salió como un chorro de sus labios, como una burbuja de su mente. Él. El primer humano mortal y falible. ¿Cómo puede ser así alguien creado por un ser tan poderoso?
Esa tarde fue hacia Filas y le contó todo lo mágico que había sido aquello. Ambos coincidieron en que si unían su poder podrían crear a alguien mejor, como ellos; Y así lo hicieron.
Con el tiempo empezaron a notar que los seres creados por Zifos empezaban a morir, a padecer y pensaron que sería mejor separarse y ocultarse de ellos; les proporcionaron lo que, después de estudiarlos, creyeron conveniente para su supervivencia y crearon una pared igual de monstruosa que la que se soltó de aquella tercer bola pero ésta fue invisible y, al igual que la otra tiene una ventana-puerta allá en lo alto, quién descubra sus alas y se anime a despegar quizás encuentre esta puerta-ventana  y descubra el infinito mundo de omnipotentes.”
Y ahora, no pienso seguir. He descubierto más cosas a través de mi nona y de mi, pero hasta que no muevas tus alas y lo descubras seguirás vestido con el fatigoso traje de la ignorancia.

© Cecilia Alejandra Alarcón
Humberto Primo, Provincia de Santa Fe

Cecilia Alejandra Alarcón (17) es estudiante. 
Su cuento Reviviendo Rufino resultó finalista en la categoría escuelas en la primera edición del Concurso Literario “Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente” organizado por la revista Archivos del Sur.

imagen: fotografía (c) Ignacio Iasparra



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