miércoles, 31 de agosto de 2011

Eva Jungman de Abadi















La venganza



“Porque no es verdad que el tiempo
cure todas las heridas.”

Stig Dagerman





Como todos los atardeceres, Juana volvió a la orilla. Sabía que el viejo estaría, exactamente donde ella lo había dejado. De cara, frente al mar.
Caminaba lento, disfrutando de la textura incisiva de la arena en sus pies. Pensó en lo curioso de aquella conjugación, en la extrañeza de sentir dolor y placer a la vez. Y pensó en lo que vendría.
Estaba. El viejo estaba. Y la miraba llegar.
Con movimientos estudiados, Juana apoyó la túnica y su traje de baño sobre el toallón descolorido. A pesar del rumor del agua, oía a los niños de la familia. No podía verlos, pero los imaginaba: corrían y gritaban entre los pinos. Eran muchos. Los hijos de los hijos de los hijos...
Y recordó a sus primos y hermanos corriendo y gritando igual que ellos, esa tarde en que su abuelo todavía no era un viejo y ella todavía no era una mujer. Y el olor a alcohol. Y el cielo dando vueltas. Y su desconcierto: “Sos tan fantasiosa, Juana”.
Se entregó a la violencia del mar. Fue dejando que las olas la sacudieran hasta el alivio. Con el viejo paralizado en su silla de ruedas como único testigo.
Juana salió desnuda del agua, a la brisa fría del anochecer. Juntó su ropa y se envolvió en el toallón.
Todavía en las dunas, oyó la campanada: llamaban a comer. Apuró el paso. Quería darse una ducha antes de la cena.
Entró por la puerta de atrás. Desde su cuarto podía percibir la agitación que había en la casa: el abuelo había desaparecido. Se vistió, se peinó frente al espejo y salió, con el resto, a buscarlo.
Lo encontraron en la playa. Nadie entendía cómo había hecho para llegar hasta allí. Aún temblaba.

(c)Eva Jungman de Abadi

Buenos Aires

La venganza resultó finalista en el concurso de cuentos Contra toda violencia hacia la mujer organizado por la revista Archivos del Sur


acerca de la autora:


Eva Jungman de Abadi es argentina naturalizada, nacida en Austria vive en Buenos aires desde los 8 meses.
Es Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación, titulada en la Universidad de Buenos Aires (1976-1981) con formación de postgrado en psicopedagogía (Escuela de Psicopedagogía Clínica, 1979- 1985) y en psicoterapia (Escuela de Graduados de Psicoterapia, 1986- 1990) con especialización en psicología educacional y educación para la salud.


Se desempeñó como consultora educacional en temas relacionados al fortalecimiento de las redes de convivencia, la educación para la salud y el desarrollo de liderazgo personal y social, en especial en el ámbito de la educación.

consultora organizacional en temas relacionados al liderazgo y al fortalecimiento de equipos y redes de trabajo y cooperación.

coordinadora de una red de profesionales y organizaciones dedicadas a la atención y prevención de diferentes problemáticas relacionadas con la adolescencia.



Como profesional de la educación publicó el libro: “Adolescencia, tutorías y escuela”, Edit. Noveduc, en 2007.

Dice la autora: "Escribir ficción ha sido, para mí, un deseo y un desafío postergado que recién a partir del 2006, decidí encarar sistemáticamente. Durante ese año asistí al taller literario coordinado por Marcelo Di Marco"

A partir del 2007 forma parte del Taller Tangerina, coordinado por la poeta argentina, Ana Guillot

Cursa el 4º nivel de la Formación en Narrativa de Casa de Letras.

finalista del Concurso Literario 2010, convocado por la Editorial Ruinas Circulares.


imagen: Alfredo Volpi, (fragmento)


lunes, 29 de agosto de 2011

Rosa María Fiocchetta


















El regreso


Veinticinco años habían pasado desde el día en que la condenaron por dar muerte a su esposo violento. La llevaron a prisión y pocas veces alguien fue a visitarla en ese tiempo.
Nadie la estaba esperando en la estación. Su madre estaría ya muy anciana ¿para que avisarle? Solo dos kilómetros...los caminaría.
La valija con poca ropa casi no pesaba. Atravesó el pueblo sin que casi nadie le prestara atención. Era una suerte que la máscara del tiempo la hiciera irreconocible.
Había cambiado mucho todo. Aspiró hondo. Un viento insistente y desapacible la acompañaba silbando, y las hierbas al salir del poblado se inclinaban como no queriéndola saludar, como agachándose para el lado contrario, como ocultando y arrastrando hasta las florcitas del campo.
María, caminaba casi sin querer llegar a ningún lado. Pudo ver su viejo calzado lleno de polvo y tierra. Tuvo pena de si misma. Como no la tuvo aquella noche anterior al homicidio, cuando su propio rostro quedó deformado y amoratado del golpe infringido por Daniel. Tuvo miedo, como no lo tuvo ni siquiera cuando contempló a su esposo acuchillado y ensangrentado en la cama.
Pensó en su casa. Por suerte quedaba para el otro lado del pueblo y no estuvo obligada a pasar por ahí. También pensó en la casa de sus suegros que quedaba cerca, repasó la injusticia de que fueran ellos quienes ganaran a su madre la tenencia de sus dos pequeños. Porque no los volvió a ver nunca más. Serían hombres, ¡ojalá que no violentos!
Sintió un poco de frío...sin dilucidar si era por esa sensación que tenía como de venir de otro planeta o si en realidad verdaderamente estaba refrescando. Los ojos se le llenaban de tierra. ¿Sería posible que tuviera que llegar llorando estas lágrimas de sal y viento sin ganas de llorar?.
Se recriminó una vez más la enorme culpa que siempre la atormentó. Esa que ya está paga. ¡Y tan cara!
Mientras contemplaba algún que otro caballo detrás de las alambradas, María solo podía arrepentirse de una sola cosa. De no haber denunciado a tiempo las innumerables palizas. También de haber creído en las palabras de ferviente arrepentimiento con las que siempre en el pasado la terminaba convenciendo Daniel .
Volvió a sentir bronca con el muerto. También quiso estar muerta.
Entre el polvo pudo divisar la humilde casa y el horno de barro. Apuró sus pasos, cambió de mano la vieja valija que ya se estaba volviendo pesada.
Se detuvo frente a la tranquera y la abrió fácilmente. Unos pequeños perros corrieron a detenerla mostrando más dientes que fiereza...Vio a su madre salir limpiándose las manos en el delantal sin reconocerla todavía. Cuando la mirada de interrogación en los ojos de la vieja, se trocó por asombro.. Un grito y una carrera hasta el abrazo la hicieron cambiar el ánimo para volver a sentirse segura en los brazos queridos. ¡Gracias Dios no es poca cosa tener madre!

Ya adentro de la casa la pava invitaba a tomar unos mates y a conversar.

Se dio cuenta que su madre no quería tocar el tema hiriente de sus hijos que la odiaban. En sus rodeos la vieja mujer prefirió hablar de Vilma.

-Tengo una mala noticia hija. Tu amiga Vilma que siempre quisiste tanto murió hace unos días.

María la miró, para ella casi ya no había malas noticias.

-¿De que murió?

-Andaba mal, empezó como a volverse loca, se la pasaba diciendo que ella acababa de matar a su amante y todo tipo de disparates. Se tiró adelante de un auto que pasaba en la ruta a la vista de todos .¡ Fue un desastre!

-¡Mamá ...! Ella no acababa de matar a su amante, lo mató hace veinticinco años.

-Le dije a los jueces que era inocente, se lo dije a todo el mundo. “Nadie me creyó mamita, ni siquiera vos.” ... ah ¡Con que Vilma y Daniel! Pobre infeliz disfrazada de amiga . Ella ni siquiera aprendió que de la violencia no hay regreso. Sin embargo yo he regresado madre...






Nota de autora: De la violencia de género no hay regreso. Es necesario denunciar al violento, “a tiempo”


(c) Rosa María Fiocchetta

Acerca de la autora



Rosa Maria Fiocchetta

Nació en Santa Rosa- Mendoza- Argentina

Residente actual en Buenos Aires

Abogada –Dedicada Asuntos de Familia

Estudio de Postgrado en Pedagogía en la Universidad de Maimonides obteniendo el Titulo de Profesor Universitario

Premio en el Concurso Edición Libro de Cuentos Cuaderno de Cultura N° 2

Impreso en el mes de Diciembre de 1974 en Talleres de Imprenta Oficial- Mendoza –Republica Argentina. Titulo del Cuento “Juan de la Esquina”-

Premio actual Editorial Mellalituil – Resultando finalista en el I Concurso de Relato Corto y ser Coautora del Libro Héroes acompañando a Héroes – México 28 de Marzo de 2011














imagen: Gego, s/t, (1961) (de la muestra en el Malba)

Alcira Saldaña












Frente al espejo





A Alcira Andrade Canquel


Por el camino de ripio anda un caballo al galope.
-¡Aguante m’hijo, estamos llegando!—exclama el hombre que lleva las riendas.
En la grupa, va ladeado un chico con la cabeza envuelta en un trapo. El rayo del sol les cae vertical a los dos sobre los hombros.
-Tengo sed y me duele el ojo—dice el chico.
-¡Ya, ya!—le contesta el hombre.
El caballo a su paso va llenando de tierra los matorrales dispersos en la ladera del cerro a la derecha del camino. A la izquierda la meseta yerma. En una curva, el hombre ve aparecer el valle con las arboledas y los sembradíos.
-El pueblo ¡Estamos salvados!
Entran a Facundo. Es la hora de la siesta. Las casas tienen las persianas bajas y no hay nadie en la calle. Pasan al trote por el bar.
-El bar Gardel está cerrado. En el Puesto tendrán agua.
Se apean frente al Puesto Sanitario. Un perro y un ñandú salen a recibirlos del otro lado del cerco. El hombre golpea las manos.
-¡Alcira! —grita.
Detrás de la ventana la enfermera corre las cortinas y cuanto los ve, sale, ahuyenta al ñandú y al perro y abre la portezuela.
-¿Qué le pasó al Ramón? —pregunta. Sostiene al chico y los ayuda a entrar.
-Lo pateó un potro. Estaba aprendiendo a domar, pero no parece bueno para eso.
Entran al comedor y de allí pasan al consultorio. Alcira acuesta al chico en la camilla y le saca el trapo de la cabeza.
-Tranquilo. Te voy a revisar.
El chico tiene los párpados hinchados. Alcira los abre con cuidado y de un lado ve el hueco y en el fondo, el ojo aplastado.
-Vamos a limpiar la herida.
-Señora, estoy ciego —dice el chico.
-Cuando termine, podés abrir este ojo—le dice tocándole el ojo sano— y me vas a decir como ves. El otro lo has perdido.
El chico no dice nada. Ella prepara las gasas y el agua oxigenada. Lo limpia, lo venda.
-Ahora, podés abrir el ojo ¿Ves?
-Si.
-¡Qué va a hacer de este chico!—dice el padre— Usted sabe lo difícil que es la vida para el criollo sano ¿Se lo imagina tuerto?
-Déjemelo un tiempito. Lo voy a cuidar hasta que cicatrice.
Los días pasan en Facundo. Para Ramón es todo nuevo, los sobrinos de Alcira, los pacientes que se acercan a pedir ayuda, la lámina enmarcada con una nena pelirroja de ojos celestes colgada en pared arriba de la biblioteca, la biblioteca y sobre todo, los papeles y los lápices que nunca antes tuvo en las manos. Mientras Alcira atiende, él se sienta a dibujar. Ella, cuando tiene algún tiempo libre pone música y le lee algún libro.
-¿Sos doctora?—le pregunta Ramón.
-No, soy enfermera. Fui a estudiar a Buenos Aires.
-¿Cómo se le ocurrió ser enfermera?
-Desde chica iba a cuidar a los viejitos y a prepararles de comer. Una vez tuve un sueño: Subía vestida de blanco a una montaña desde donde se veía el río, me mojaba las manos en el agua y con las manos me mojaba la cara. Cuando vine a Facundo sentí que la montaña con la que había soñado era la que está aquí atrás y me quedé. Todos tenemos un lugar en el mundo.
-Quiero leer ¿Se puede leer con un solo ojo?
-Seguro. Mirame ¿Ves que yo también tengo mal los ojos?
Alcira tiene la cara redonda, grande y ojos chiquitos, estrábicos. Los pómulos abultados, la nariz aplanada y dos arrugas verticales en el entrecejo.
-Tenés los ojos despistados—le dice Ramón.
-Y sin embargo, ves como leo. Te voy a enseñar a leer.
Todos los días, a la hora que puede, Alcira se sienta con Ramón a enseñarle a leer y a escribir. Él avanza rápido, pero lo que más le gusta es dibujar.
Ha pasado más de un mes cuando el padre llega a buscarlo.
-Me quiero quedar unos días más—lo recibe Ramón— Estoy aprendiendo a leer y a dibujar.
-Alcira tiene mucho que hacer, es enfermera para todos.
-Déjelo si Ramoncito está cómodo. Para mí es un gusto.
Siguen las lecturas y los dibujos. Ramón dibuja el ñandú, el perro y los paisajes de Facundo al atardecer.
-¿Contame alguna historia tuya? —pregunta Ramón una vez.
-No sé muchas historias porque no se hablaba mucho en casa. Soy biznieta de un cacique tehuelche. Los tehuelches no hablan, prefieren callar. Mi padre decía que por hablar se puede ser hombre muerto. Era un hombre inteligente.
-¿Me dejás que te dibuje a vos?
-No, no ves que soy fea…
-¿Fea?
-Si. Cuando era pequeña, no podía entender porque era fea y tenía amigas lindas, una pelirroja era muy bonita.
-Cómo la de la lámina.
-Yo lloraba porque era fea hasta que mi padre me puso delante del espejo y me dijo: Mírese al espejo. Usted siempre va a ser fea. La pelirroja es linda, pero cuando sea vieja va a ser fea. Eso la va a poner triste. Usted no se va a poner triste porque va a estar acostumbrada a ser fea. Lo que puede elegir es ser buena o mala persona.
-Yo también soy feo, tengo un solo ojo.
Pasa el verano. Cuando el valle está empezando a ponerse de color pajizo, vuelve el padre a buscar a Ramón.
-Me tengo que llevar al chico. Conseguí trabajo en Comodoro y nos vamos con toda la familia para allá.
-Me parece bien pero lo voy a extrañar, es buen chico.
Salen a la puerta para despedirse. Antes de subir al caballo, Ramón vuelve a entrar la casa.
-Qué te olvidaste—le pregunta el padre.
-Me falta poner en su lugar una cosa que hice—y dirigiéndose a Alcira le dice—Voy a volver a visitarla.
Por el camino de ripio que sale de Facundo, se van a caballo al paso, padre e hijo. El chico con el ojo tuerto y la cabeza erguida. La enfermera Alcira Andrade Canquel se queda en la puerta y los mira alejarse.
-El pecho me llora—le dice un viejito que se ha acercado al Puesto Sanitario.
-Pase, Don Lautaro, vamos a ver.
Entran al comedor. Don Lautaro se queda sorprendido frente a la lámina que está sobre la biblioteca.
-¿Es usté? Es usté doña Alcira—dice— Parece un ángel.
En el lugar de la lámina de la nena pelirroja, hay un cuadro de Alcira vestida de blanco, delante del cerro de Facundo y del valle. Es ella, quizás con los ojos más perfectos y la mirada más serena de la que suele verse en el espejo.



(c) Alcira Saldaña




Buenos Aires

*Cuento ganador en el Concurso Contra toda violencia hacia la mujer




Acerca de la autora
Alcira Claudia Saldaña es médica hematóloga a cargo del Servicio de Hematología del Hospital Penna, bioeticista y escritora. Ha publicado en colaboración los libros El botón del tomate y Estación cero




imagen: Eugenio Daneri

jueves, 25 de agosto de 2011

Andrea Paula Garfunkel


















Probablemente












Probablemente, mientras busca con la mirada la numeración del edificio espiando por el rabillo de su anteojo, se detenga; cruce su brazo derecho sobre el bolsillo izquierdo de su chomba a rayas y tome los lentes de ver de cerca para cambiarlos por los de ver de lejos que lleva puestos; es probable también que verifique que esos números son los mismos que figuran en la dirección de la tarjeta que trae consigo y certifique, entonces, que ha llegado a destino. Es muy probable incluso que no sepa a dónde ha llegado ni por qué motivo se encuentra allí; que se mantenga inmóvil tratando de recordar mientras los transeúntes van de prisa hacia una y otra dirección perdiéndose en la vorágine del día a día, en una calle que, por fortuna, es peatonal porque si así no lo fuere, probablemente -casi tengo la certeza- un vehículo ya lo habría arrollado.
Es muy poco probable -casi un absurdo de imaginar- que se percate que está siendo observado desde una cámara que reproduce su imagen en un monitor que fue hecho instalar, de manera adicional al circuito cerrado de seguridad, en un despacho del último piso del edificio de oficinas que tiene el mismo número que consta en la tarjeta que ése; instalación fuera de lo común que responde a observarlo sólo a él, como único objetivo. Cada viernes, alrededor del mediodía -porque hoy es viernes, ¿cierto?- la misma escena se reproduce en la pantalla, la secuencia de acciones es siempre similar, con pequeños desvíos que, probablemente, se deban a una amnesia temporal o nada más que a su senilidad. Y yo estoy pendiente del monitor, cada viernes un poco antes del mediodía, reclinado en el sillón de mi despacho hasta el momento en que lo veo aparecer en escena y eso me tranquiliza; entonces me incorporo veloz, tomo el saco y, en el tiempo que demora el ascensor en recorrer los dieciocho pisos que me distancian de la planta baja, me miro al espejo y pienso si él habría tenido un aspecto similar al mío a esta misma edad, y recuerdo que fue justamente cuando él tenía los años que tengo hoy, que padeció los arrebatos del crack financiero, aquel stressaso y las consecuencias neurológicas que lo obligaron a abandonar prematuramente su actividad profesional cuando estaba en el pico de su carrera. Es cierto que podría ser yo quien lo pasase a buscar cada viernes al mediodía, pero desde un comienzo, es decir, desde que esta rutina se inició, él insistió en su autonomía, en desenvolverse solo, y como él insistió, yo no insistí.
Es probable que en unos minutos, al verme salir del edificio para llegar a su encuentro, me sonría afectuosamente -a menudo me persigue la idea de que no tiene verdadero registro de quién soy- y me abrace del mismo modo que lo haré yo; que caminemos sosegados y a la par hasta el restaurante que está frente a la plaza; que nos sentemos en la misma mesa que solemos ocupar cada viernes al mediodía, aquella junto al ventanal, salvo cuando el clima es primaveral y nos incita a animarnos a la vereda. Es probable -casi una certeza- que, una vez ubicados, él tome el menú y luego de cambiar sus lentes de ver de lejos por los de ver de cerca, recorra todos los ofrecimientos, página a página, leyéndolos uno a uno en voz baja y de tanto en tanto aparte la vista de las letras y se dirija a mí para hacerme algún comentario oportuno, como las veces que me cuenta, al detenerse en la sección de pescados y mariscos, anécdotas de sus glorias de pesca durante sus largas temporadas en la casa del delta o rememore sus hazañas de caza cuando sus escapadas al sur, al momento de leer algún platillo de ciervo ahumado en el apartado “entradas”; es probable que yo finja estar sorprendido como si fuese la primera vez que escucho esas historias. Y es más probable aún que, al finalizar de leer el menú, acción que con frecuencia le demora unos treinta minutos, no recuerde el motivo inicial por el cual lo leyó, incluso, que no haya elegido ningún plato y que yo decida finalmente hacerlo por él; entonces, resuelva por ambos ordenando el plato del día escrito en tiza sobre la pizarra, por lo cual leer todo la carta es siempre vano; aún así, yo no lo detengo y lo dejo seguir con su ritual de lectura y anécdotas que finjo escuchar por primera vez ya que de ese modo es feliz y, al fin y al cabo, las largas estancias en el delta, las temporadas de caza en el sur y los almuerzos de los viernes son, probablemente, las únicas actividades que lo mantengan vivo y activo luego de su derrumbe y deterioro físico. Es muy probable que luego de ordenar el almuerzo, en la espera, me pregunte por sus nietos confundiendo u olvidando sus nombres y yo tome el porta-documentos del bolsillo del saco para mostrarle las mismas fotografías de siempre que él observa con extrañeza como si nunca las hubiese visto. Estoy convencido; no, más bien existe una alta probabilidad de que, luego del almuerzo, mientras ordeno un café para mí y un té para él, abra el pastillero de hueso que le regalé y tome las píldoras que le prepara la Sra. Ana cada mañana, y si esto no sucediera -digo, si no atinase a sacar el pastillero- decida ocuparme yo, como viene sucediendo cada vez más a menudo.
Y en el trayecto de regreso, cuando él pase su brazo por mi hombro como cuando era pequeño, y yo encienda un puro -digo- es casi una certeza que me insista con la idea de ir de pesca el fin de semana... Ya no habrá más mentiras, ni falsas promesas; es un hecho que -esta vez- ya no lo pospondré.
― Buen día papá. Se pronostica buen tiempo para el fin de semana.
Ideal para irnos de pesca.


(c) Andrea Paula Garfunkel - Todos los derechos reservados










Buenos Aires








http://lomioesamateur.wordpress.com/



imagen: Lino Enea Spilimbergo (fragmento) (de la muestra Quinquela entre Fader y Berni en el MUNTREF)













sábado, 13 de agosto de 2011

Silvia Plager











El Cuarto Violeta (novela- fragmento)*










Capítulo uno





— ¿Te volviste loca? ¿Qué vas a hacer en Islandia? Siempre odiaste el avión, el frío, perder tus funciones de ópera, tus plantas, tu, según vos —hizo un gesto despectivo—, amable rutina. Cuando construí cabañas en Ushuaia, me diste tu apoyo pero después dijiste que no me quejara si ibas a visitarme poco, que estaba bien que me abriese un camino pero por qué justo en ese helado culo del mundo. Y ahora vas a Islandia en vez de ir a las termas, como te sugerí. La verdad, mamá, quiero saber la verdad. Si hasta de finanzas están mal los islandeses. ¿No leíste lo del corralito bancario? Si no fuese por la crisis econó¬mica, la gente ni se acordaría de que existe Islandia, salvo los británicos que metieron allí sus ahorros. No me digas que alguien te aconsejó depositar ahí la magra herencia de papá… Ya sé, mamá, que a los argentinos se nos conoce más por nuestras calamidades que por nuestros logros y que Argentina, para los europeos, es más exótica que Islandia, y que también tuvimos un corralito y que a vos te agarró con diez mil dólares y que en Islandia hay seguridad y respeto, cosa que nos falta a los argentinos. Pero no me cam¬bies el rumbo de la conversación… Necesito saber por qué te vas de paseo a un país donde gran parte del año es noche y en junio y julio el sol no se pone. Esas noches blancas para una insomne como vos son una condena. ¿Me escuchaste, mamá?



Mientras en la pantalla pasan las ingenuas instrucciones para salvarse en caso de accidente, yo sigo repasando los últimos encuentros con mi hija en Buenos Aires, ciudad que ella detesta y a la que regresó sólo para hacerme desistir de un viaje sin sentido. ¿Cómo decirle que voy a Islandia para tirar las cenizas de su padre? Finalmente se lo tuve que decir, pero sin desdecirme acerca de la existencia de mi supuesta amiga y su invitación, porque saberme acompañada la tranquilizaría.

Pese a que odio los largos encierros en una máquina que no comprendo cómo permanece en el aire y odio, también, la sola idea del frío y la ausencia de sol durante interminables meses, desde que leí que una mujer logró hablar con el cadáver de su marido, antes de que se lo llevaran para ser cremado, y juntos acordaron que ella esparciría sus cenizas en el glaciar Snaefellsjökull, me propuse hacer lo mismo. Por supuesto que no tengo ni siquiera los huesos de Jorge, pero a la vidente islandesa podré preguntarle lo que me vengo preguntando a mí misma desde el momento en que enviudé y automáticamente repetí horarios, restaurantes, idas al cine… Entre la vida y yo se levantó un muro, y por más que me empeñé en mantener un simulacro de rituales cotidianos, no logré acceder al ansiado equilibrio. Instalada en el costado derecho de la cama matrimonial, coloqué en el izquierdo, y a lo largo, una antigua almohada de dos plazas para que mi percepción de la ausencia se hiciera más soportable. Carolina, harta de mis ceremonias, se marchó al sur, plantándome su invierno en plena cara.

¿Por qué no hablé sin rodeos cuando mi hija me interrogó acerca del verdadero motivo de mi partida? Apenas me ajusté el cinturón de seguridad comencé a tirar del hilo del carretel mental y aún no puedo parar. Seguro que Carolina no se creyó la historia de una profesora que me había invitado a pasar una temporada en Reykiavik, todo pago, imagináte, hija, éramos íntimas en la universidad, a las dos nos encanta la literatura, la música, tenemos tanto en común… Además no quiero presionarte, menos ahora, que te reconciliaste con tu pareja. ¿Las amigas de acá? Siempre la misma cantinela, ya sabemos lo que va a decir cada una… ¿Las del grupo nuevo? Como yo, mal por las dos muertes. Ellas apoyan mi viaje. ¿Nunca te nombré a Elsa, decís? Puede ser. Fuimos compinches mucho antes de que nacieras. Elsa es una investigadora, su profesión le llena la vida… ¡Cómo envidio su soltería! ¿Que ayer te dije que era viuda? Ah, debe ser porque en los últimos años tuvo un amor cama afuera que se desnucó esquiando… ¿Las que viven en pareja como vos, hijita, si se les muere su hombre, se convierten nuevamente en solteras o se consideran viudas? Ay, Carolina, los jóvenes primero se hacen los sordos y después se ofenden por cualquier cosa.

Para que un episodio aparentemente rutinario deje de serlo, deben surgir conflictos, solía decir Amanda. Y yo se lo repetí a Carolina para que comprendiera que el viaje a Islandia me creaba un conflicto nuevo que me apartaría de la vieja y gastada rutina. A cambio, sólo escuché una más de sus irónicas frases:

—¿Llevarte la urna? Humor negro, mamá, y del barato.

Pensé en Los puentes de Madison, que vimos y lloramos juntas, pero no se lo comenté para que no me hiciera sentir una tonta vieja romántica; entonces le ofrecí té. Adoro a Meryl Streep por la manera en que aprieta sus labios delgados. En esta época de bocas desbordadas, infladas, inexpresivas, la de Meryl es un guión, un paréntesis, un acento. Enfatiza sin decir, prepara el terreno para la palabra que a veces traga. Entonces la imité. Muda fui a la cocina, y regresé a la sala con bandeja encarpetada y tetera, como si se tratara de una visita a la que se desea impresionar.



No logro que la computadora portátil nueva marque las diéresis. La a y la e del nombre Snaefellsjökull parecen apoyarse la una en la otra, como una pareja enamorada: mejor la cierro.

¿Sabías, Carolina, que el glaciar con poderes está en las proximidades del volcán que fuera elegido por Julio Verne para su novela Viaje al centro de la tierra? Un científico planetario afirmó que si se lograra llegar con una sonda hasta el núcleo de la tierra, él lo intentaría en ese lugar. Como verás, no soy ninguna improvisada.

No consigo acomodar mi cabeza en el respaldo ni en los avances científicos. Recuerdo que corría 1970 y miraba por televisión, llorando, la llegada del hombre a la luna: consideraba que ese acontecimiento era un milagro. Pensar que ahora ponen en duda que el hombre haya llegado a la luna y dicen que fue sólo un invento político de los Estados Unidos en épocas de la guerra fría. Una suma de desilusiones, la vida. Y para colmo de males, treinta y ocho años más tarde, en la incomodidad de un asiento clase turista, estoy experimentando la sensación de haberme arriesgado a un viaje interplanetario.

—¿Que tu famoso glaciar es uno de los chakras más energéticos? También hablan de los poderes del Urnitorco y la montaña está en la provincia de Córdoba.

—No me interesan tanto los puntos energéticos como la potencia espiritual que emana. Tengo la certeza de que ahí me conectaré con mi yo interior. Una de mis amigas del círculo leyó en mi aura que viajaré al pasado y curaré mis dolores de espalda.

Sé que las promociones turísticas son engañosas y que los artículos científicos en diarios y revistas son poco serios, pero la vida y la ciencia también son poco serias. Hay gente a la que le diagnostican una enfermedad grave en la juventud y llegan a viejos. Pero la muerte de Jorge, que exhibía sus análisis clínicos como alumno que se vanagloria de su libreta de calificaciones, nos sorprendió a todos. Si él no se hubiese muerto antes de que yo leyera la carta que él había pedido me entregaran a los pocos meses de nuestra separación, quizá no estaría viajando a Islandia.

(c) Silvia Plager
 
*fragmento del libro publicado  por la Editorial Sudamericana, con la autorización de la autora
 
acerca de la autora:
http://www.quadernsdigitals.net/index.php?accionMenu=secciones.VisualizaArticuloSeccionIU.visualiza&proyecto_id=2&articuloSeccion_id=4799