lunes, 29 de agosto de 2011

Alcira Saldaña












Frente al espejo





A Alcira Andrade Canquel


Por el camino de ripio anda un caballo al galope.
-¡Aguante m’hijo, estamos llegando!—exclama el hombre que lleva las riendas.
En la grupa, va ladeado un chico con la cabeza envuelta en un trapo. El rayo del sol les cae vertical a los dos sobre los hombros.
-Tengo sed y me duele el ojo—dice el chico.
-¡Ya, ya!—le contesta el hombre.
El caballo a su paso va llenando de tierra los matorrales dispersos en la ladera del cerro a la derecha del camino. A la izquierda la meseta yerma. En una curva, el hombre ve aparecer el valle con las arboledas y los sembradíos.
-El pueblo ¡Estamos salvados!
Entran a Facundo. Es la hora de la siesta. Las casas tienen las persianas bajas y no hay nadie en la calle. Pasan al trote por el bar.
-El bar Gardel está cerrado. En el Puesto tendrán agua.
Se apean frente al Puesto Sanitario. Un perro y un ñandú salen a recibirlos del otro lado del cerco. El hombre golpea las manos.
-¡Alcira! —grita.
Detrás de la ventana la enfermera corre las cortinas y cuanto los ve, sale, ahuyenta al ñandú y al perro y abre la portezuela.
-¿Qué le pasó al Ramón? —pregunta. Sostiene al chico y los ayuda a entrar.
-Lo pateó un potro. Estaba aprendiendo a domar, pero no parece bueno para eso.
Entran al comedor y de allí pasan al consultorio. Alcira acuesta al chico en la camilla y le saca el trapo de la cabeza.
-Tranquilo. Te voy a revisar.
El chico tiene los párpados hinchados. Alcira los abre con cuidado y de un lado ve el hueco y en el fondo, el ojo aplastado.
-Vamos a limpiar la herida.
-Señora, estoy ciego —dice el chico.
-Cuando termine, podés abrir este ojo—le dice tocándole el ojo sano— y me vas a decir como ves. El otro lo has perdido.
El chico no dice nada. Ella prepara las gasas y el agua oxigenada. Lo limpia, lo venda.
-Ahora, podés abrir el ojo ¿Ves?
-Si.
-¡Qué va a hacer de este chico!—dice el padre— Usted sabe lo difícil que es la vida para el criollo sano ¿Se lo imagina tuerto?
-Déjemelo un tiempito. Lo voy a cuidar hasta que cicatrice.
Los días pasan en Facundo. Para Ramón es todo nuevo, los sobrinos de Alcira, los pacientes que se acercan a pedir ayuda, la lámina enmarcada con una nena pelirroja de ojos celestes colgada en pared arriba de la biblioteca, la biblioteca y sobre todo, los papeles y los lápices que nunca antes tuvo en las manos. Mientras Alcira atiende, él se sienta a dibujar. Ella, cuando tiene algún tiempo libre pone música y le lee algún libro.
-¿Sos doctora?—le pregunta Ramón.
-No, soy enfermera. Fui a estudiar a Buenos Aires.
-¿Cómo se le ocurrió ser enfermera?
-Desde chica iba a cuidar a los viejitos y a prepararles de comer. Una vez tuve un sueño: Subía vestida de blanco a una montaña desde donde se veía el río, me mojaba las manos en el agua y con las manos me mojaba la cara. Cuando vine a Facundo sentí que la montaña con la que había soñado era la que está aquí atrás y me quedé. Todos tenemos un lugar en el mundo.
-Quiero leer ¿Se puede leer con un solo ojo?
-Seguro. Mirame ¿Ves que yo también tengo mal los ojos?
Alcira tiene la cara redonda, grande y ojos chiquitos, estrábicos. Los pómulos abultados, la nariz aplanada y dos arrugas verticales en el entrecejo.
-Tenés los ojos despistados—le dice Ramón.
-Y sin embargo, ves como leo. Te voy a enseñar a leer.
Todos los días, a la hora que puede, Alcira se sienta con Ramón a enseñarle a leer y a escribir. Él avanza rápido, pero lo que más le gusta es dibujar.
Ha pasado más de un mes cuando el padre llega a buscarlo.
-Me quiero quedar unos días más—lo recibe Ramón— Estoy aprendiendo a leer y a dibujar.
-Alcira tiene mucho que hacer, es enfermera para todos.
-Déjelo si Ramoncito está cómodo. Para mí es un gusto.
Siguen las lecturas y los dibujos. Ramón dibuja el ñandú, el perro y los paisajes de Facundo al atardecer.
-¿Contame alguna historia tuya? —pregunta Ramón una vez.
-No sé muchas historias porque no se hablaba mucho en casa. Soy biznieta de un cacique tehuelche. Los tehuelches no hablan, prefieren callar. Mi padre decía que por hablar se puede ser hombre muerto. Era un hombre inteligente.
-¿Me dejás que te dibuje a vos?
-No, no ves que soy fea…
-¿Fea?
-Si. Cuando era pequeña, no podía entender porque era fea y tenía amigas lindas, una pelirroja era muy bonita.
-Cómo la de la lámina.
-Yo lloraba porque era fea hasta que mi padre me puso delante del espejo y me dijo: Mírese al espejo. Usted siempre va a ser fea. La pelirroja es linda, pero cuando sea vieja va a ser fea. Eso la va a poner triste. Usted no se va a poner triste porque va a estar acostumbrada a ser fea. Lo que puede elegir es ser buena o mala persona.
-Yo también soy feo, tengo un solo ojo.
Pasa el verano. Cuando el valle está empezando a ponerse de color pajizo, vuelve el padre a buscar a Ramón.
-Me tengo que llevar al chico. Conseguí trabajo en Comodoro y nos vamos con toda la familia para allá.
-Me parece bien pero lo voy a extrañar, es buen chico.
Salen a la puerta para despedirse. Antes de subir al caballo, Ramón vuelve a entrar la casa.
-Qué te olvidaste—le pregunta el padre.
-Me falta poner en su lugar una cosa que hice—y dirigiéndose a Alcira le dice—Voy a volver a visitarla.
Por el camino de ripio que sale de Facundo, se van a caballo al paso, padre e hijo. El chico con el ojo tuerto y la cabeza erguida. La enfermera Alcira Andrade Canquel se queda en la puerta y los mira alejarse.
-El pecho me llora—le dice un viejito que se ha acercado al Puesto Sanitario.
-Pase, Don Lautaro, vamos a ver.
Entran al comedor. Don Lautaro se queda sorprendido frente a la lámina que está sobre la biblioteca.
-¿Es usté? Es usté doña Alcira—dice— Parece un ángel.
En el lugar de la lámina de la nena pelirroja, hay un cuadro de Alcira vestida de blanco, delante del cerro de Facundo y del valle. Es ella, quizás con los ojos más perfectos y la mirada más serena de la que suele verse en el espejo.



(c) Alcira Saldaña




Buenos Aires

*Cuento ganador en el Concurso Contra toda violencia hacia la mujer




Acerca de la autora
Alcira Claudia Saldaña es médica hematóloga a cargo del Servicio de Hematología del Hospital Penna, bioeticista y escritora. Ha publicado en colaboración los libros El botón del tomate y Estación cero




imagen: Eugenio Daneri

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