viernes, 20 de diciembre de 2013

Alberto Bellido García - Microrrelato de la calabaza ardiente



Alberto Bellido García 

Medianoche en el pueblo. Alberto, un niño de ocho años, no podía conciliar el sueño. Escuchó, procedente de la Iglesia, las doce campanadas y se sobresaltó. La puerta de la habitación chirrió y se movió casi imperceptiblemente.
Aquella tarde había ido al cementerio con sus padres para visitar a los familiares difuntos. A la salida, varios chicos, con calabazas en las cabezas, rodearon a Alberto, riéndose y asustándole. Su padre le dijo: -Oye, Alberto, ¿Por qué no les dices que te dejen una calabaza?-. Pero el niño, lejos de tranquilizarse, salió corriendo hacia su casa. Era demasiado miedoso.
Esa noche de difuntos, Alberto estaba solo en casa. Bueno, en realidad, sus padres no se hallaban muy lejos. Estaban tomando el fresco con los vecinos pues, extrañamente para esas fechas, la noche era apacible y carente de frío.
La puerta siguió abriéndose hasta que Alberto pudo contemplar con nitidez la oscuridad del pasillo. Comenzó a temblar de forma compulsiva, como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Se tocó la frente con la mano. Un sudor frío se había apoderado de él, como si estuviera enfermo.
El chico, aterrorizado hasta la médula, se puso a gritar: -¡Mamá, papá! ¿Sois vosotros? ¿Hay alguien ahí?-. Pero nadie respondió. Alberto encendió la lámpara de la mesilla de noche, cogió un cortauñas, se levantó y se puso las zapatillas de andar por casa, aventurándose por el pasillo.
De repente, casi le dio un vuelco al corazón. La puerta principal estaba abierta y alguien con una calabaza en la cabeza lo observó, sonrió y luego desapareció. En ese instante, decidió armarse de valor. Pensó que no era más que un chico que, con la connivencia de sus padres, estaba gastándole una broma. Se puso a correr persiguiendo al intruso, pero cuando salió al corral, no había ni rastro del bromista.
Una risotada surgió proveniente de la panera y Alberto reemprendió la caza de la calabaza. Sin embargo, cuando encendió la luz de aquella dependencia de la casa, un  silencio sepulcral se apoderó de la noche. Transcurrieron unos tensos instantes que se le hicieron eternos. Y, de nuevo, las risas rompieron la quietud nocturna. El intruso se había ocultado en el garaje. Alberto fue hasta allí y descubrió que su puerta también estaba abierta.
Alberto alzó la mirada hacia el horizonte, y gracias a la luz de la luna llena, vislumbró a la calabaza corriendo por el sendero que partía en dos la tierra anexa a la casa. Reanudada la persecución, llegó hasta el pozo que suministraba el riego a un huerto y avanzó hasta un nogal cercano. En ese momento, un coro de risas lo asustó.
Alberto sujetó con fuerza el cortauñas y giró varias veces sobre sí mismo, pues se sentía rodeado por unas presencias amenazadoras. Y, cuando estaba más aturdido, varias calabazas surgieron de la oscuridad, abalanzándose sobre él y devorándole.
Sus gritos se convirtieron en susurros y su cuerpo, ensangrentado, quedó inerte sobre la tierra.

(c) Alberto Bellido García 
Salamanca
España

Alberto Bellido García es un escritor español, actualmente vive en Salamanca.


-Dirección de Blog en Blogspot: www.albertobellido.blogspot.com
-Direcciones de Blog en Wordpress: www.bellidoalberto.wordpress.com y http://tiburon666.wordpress.com/
Ha publicado:
-Novelas: La estantería misteriosa y La vida de Julián y Paquita.
-Guiones de Cine:La mafia ataca de nuevo, El maletín, Historia de las mil y una drogas, Robert, un policía de la Gran Manzana, El purgatorio, Los experimentos del Doctor Pajuelo, El último vampiro, Atraco imperfecto y La calabaza andante.. Coguionista de Evidencia.
-Relatos Cortos: La injusticia y la mala conciencia, El crimen de la Plaza Mayor de Salamanca, Un enamoramiento bobo/Un bobo enamoramiento, Las pateras de la discordia, La tragedia de Sanabria y Robert, un policía de la Gran Manzana.
-Cortometraje: Última jugada, como Actor Protagonista.
-Poemas y poesías.
-Colaborador en la revista de cine fantástico y de terror Scifiworld, en su edición digital, con artículos de cine.
-Colaborador en la revista digital gótica Ultratumba, con relatos cortos.
-Colaborador en la revista digital de Castilla y León, con críticas de películas, artículos de cine y guiones cinematográficos.
-Colaborador en la revista digital de cine fantástico Penumbria, con relatos cortos.
-Coordinador, encargado de la comunicación, editor de la sección de cine y teatro y colaborador de la revista digital de cultura Astrolabium.













martes, 17 de diciembre de 2013

Araceli Otamendi -Una conversación cerca de Navidad



Una conversación cerca de Navidad

El agua seguía saliendo a cántaros ¿sería por eso que llamaba? Siempre tuvo intuición. Sonó el teléfono y atendí. La voz se oía lejana, era una voz diáfana, y a la vez parecía que contenía una risa. Hola, dijo. Hola ¿sos vos? ¿tanto tiempo? Sí, soy yo y estoy en París. Hace frío ¿no? Sí, hace mucho frío pero tengo encendida la calefacción. ¿Y vos cómo estás? En el balcón, pintando, digo, entre las plantas. ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué? ¿Ibas a venir? Estoy en París, pronto viajo a Buenos Aires, voy a estar en esa fiesta junto a vos, vos también vas a ir.  ¿De qué fiesta habla? Ah, ¿no sabías nada? lo dejo hablar, tal vez me entere de algo, tal vez haya alguna verdad en todo lo que me está contando. Mañana es Navidad, digo, ¿con quién lo pasás? No digas a nadie, dice casi en voz baja. Me quedo en casa solo pero ya armé el árbol. Ajá, digo. ¿Y cómo es ese árbol? Lleno de luces, con adornos plata y rojos como flores. Lo imagino con su soledad,  con un árbol tal vez hecho solo en su imaginación pero que él describe en detalle. Tal vez ponga el bolero de Ravel y coma pan dulce y tome champagne. Tengo ganas de contarle mis cuatro verdades pero me contengo. Basta con las mentiras de él. O tal vez sean verdades. Me habla como si estuviera vivo y en esa ciudad, me cuenta acerca del árbol y de cómo se ve París por la ventana, con los tejados cubiertos de nieve.  Y yo le cuento que las plantas del balcón están muy lindas y que había dos huevos de pájaro en un nido y hoy amanecieron rotos y tal vez comidos por un pájaro o algún otro animal. No me cuentes eso, dice. Decime qué estabas pintando. Manchas, sólo manchas de colores y tal vez algo... Qué suerte que tenés, contesta. Y yo solo aquí en París, armando todavía el árbol, afuera está nevando. La voz de él se desvanece casi. Antes de terminar la comunicación me cuenta un chiste con la ironía que él solo usa para esas cosas. Adentro está el árbol, dice. Cada uno vive su mentira, pienso. Cada uno se engaña y miente como puede aunque sea en el propio escenario de su imaginación. Me despido. El  teléfono se queda inerte, callado, mudo ¿el teléfono miente? Hace algunos minutos me parecía tenerlo a lado, la figura nítida se dibujaba y la voz de él, sus palabras, dibujaban el árbol. Ahora todo eso se ha desvanecido. Ahora sólo pienso en el árbol que él describió con luces y adornos para acompañarlo en esa Navidad tan fría. La noche continúa, apenas en penumbras llego a una casa vacía y silenciosa dónde encuentro a un niño ante la puerta ¿quién es él? pienso. Se acerca y me tiende la mano. Entramos a la casa juntos, es una casa vacía, deshabitada, una casa de paredes casi sin color, gastadas por el uso y los años. El niño me mira y no dice nada. Caminamos. En una silla en una esquina de la sala hay una manta. La tomo y se la doy al niño para que duerma abrigado. La noche es larga y hay que pasar las horas. Y así seguimos en la espera. A través de las rendijas de las celosías miro por la ventana. Pienso en la conversación anterior, llena de adornos y de luces, tal vez una mentira de él para llenar sus horas de vacío y soledad. Hay que pasar también por esa oscuridad de la casa, como él solo con su árbol, hasta que llegue el día, hasta que llegue la luz, hasta que se abra un nuevo día al amanecer.

(c) Araceli Otamendi

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La mujer que está sola y espera*- Marcos Rodrigo Ramos



El tren llegó puntual como nunca. Amalia miró su rostro en el reflejo de la ventanilla antes de descender y por un momento le costó reconocerse. Siempre le ocurría lo mismo cuando de un día para otro cambiaba su peinado. Es sólo cuestión de acostumbrarme, ¿un nuevo color, otra forma, alcanzan para ser otra? Era ingenuo creerlo pero cada cuarenta y cinco días exactos lo volvía a intentar.
El cielo estaba a tono con su mirada, caían algunas gotas sobre el asfalto y ella sin paraguas. Logró subir al ómnibus antes que la lluvia cayera con todo su poder sobre la ciudad. Lloró por un momento breve sin entender muy bien porqué. Bien abrigada, su problema era el calzado; otro día trabajando con los pies mojados y a la noche resfrío seguro.
Entró a la oficina, todavía no había llegado nadie. Dejó el sobretodo y se secó un poco en el baño, volvió a no reconocerse frente al espejo, le habían cortado demasiado el pelo. Sin embargo  se notó un aire distinguido, como de artista de película en blanco y negro. Imaginó a su jefe, el señor Ramírez, invitándola a cenar a un lugar fino, diciéndole: Mejor no nos quedemos acá, mejor fugarnos, ¿por qué no a la costa? Nunca pasó nada, sólo aquella tarde que… Es un hombre casado, felizmente casado.
-Hola Amalia.
-Buenos días, señor.
-Se mojó mucho. Va a resfriarse.
- Y sí. ¿Por qué no me dejás ir a casa así no me enfermo? No hay problema.
Aparece frente a ella la montaña de papeles para pasar a la computadora, el reloj lento va comiendo los segundos, deglutiéndolos sin apuro, y ella espera sin esperar la hora de salida.
Ya a las seis diluviaba, siempre fue la última en irse. El señor Ramírez o alguno de sus compañeros con auto podrían haberla acercado a la estación, o llevarla Gómez, si vivía apenas a dos cuadras de su departamento.
-Disculpame. Mi señora es muy celosa.
-No hay problema. ¿Qué te hacés el santo si todos sabemos, todos menos tu señora, lo mujeriego que sos?
En el vagón, empapada y con las botas húmedas, se permitió otro par de lágrimas sin sentido. Llorar en el tren se había vuelto un mal hábito.
En el departamento encontró mezclado junto a boletas e impuestos un sobre blanco, era carta de Juan Carlos, su antiguo novio, hace seis años la había dejado por otra luego de diez de convivencia. “Tengo que hablar con vos. Paso el miércoles a las ocho.”
¡Hoy a las ocho! ¿Qué te pasó? ¿Tu esposa ya no te atiende y querés venir conmigo? Son las siete. ¿Qué hago?
Se sacó la ropa y se dio una ducha rápida. Eligió ponerse una remera negra y un pantalón de jogging, omitió el corpiño. Lavó algunas tazas y, ya para las ocho, todo estaba perfecto, incluso ella. Tres años sin sexo es mucho para cualquiera. Se miró en el espejo, esta vez le gustó no reconocerse. La verdad que estás linda Amalia. ¡Qué una potra! Le dieron gracia sus propias palabras, parezco un camionero hablando así.
El timbre sonó y no necesito ver por la mirilla para saber quién era. Lo saludó con un beso y le ofreció un café. Miserable, podrías haber traído aunque sea torta o facturas.
-¿Tenés galletitas?
-Sí, tomá.
-Gracias. Estoy con un poco de hambre.
Lo que falta. ¿Me vas a pedir cocinar?
-No tengo nada en la heladera. ¿Querés ir a buscar un pollo a la rotisería de la esquina?
-No, está bien. Con el café y las galletitas me arreglo.
  ¿Y si quiero comer yo? Siempre pensando sólo en vos.
-Seguís igual.
-No creas, la panza creció y el pelo está teñido. ¿Se nota?
  Por supuesto, estás hecho bolsa. 
-No, para nada.
-Las calles de Villa Verde siguen igual de rotas, o un poco más.
-Sí. ¿Y vos? ¿Qué necesitás?
-No sé, quise hablar. Me nació la necesidad y vine. De repente me sentí solo. Es así, como decías siempre, podés vivir con veinte personas y estar en la más absoluta soledad. ¿Te pasa también, no?
-¿A quién no? ¿Todo bien con tu familia?
-Sí, los chicos están bárbaro.
-¿Y con tu señora? ¿Cómo está la bruja?
-Sin conflictos. ¿No te pasó nunca sentirte mal y no saber por qué?
Entonces la tomó de la mano,  la abrazó por la cintura tocándole la cola y apoyó su cabeza entre sus pechos. Cuando las manos entraron en la remera y fueron subiendo, ella lo detuvo. Él la miró a los ojos y la descubrió llorando.
-Me haría mal.
-Perdoname. No quise lastimarte.
-Bueno.
-No tendría que haber venido. Mejor me voy.
-Volvé cuando quieras.
-Nos vemos.
La besó y se fue. Amalia pensó en el rostro del hombre. No se había ido enojado, sí se fue triste, así también vino. Abrió la ventana y por ella entró el gato en dirección a su plato de comida. A lo lejos, se sentía el ruido del tren, quizás Juan Carlos ya estaría en el vagón, sentado, pensando en ella, o quizás estaría pensando en su familia, en sus hijos, o en su mujer con la que haría el amor y luego dormiría abrazado. Una suave brisa le acarició la cara. Respiró hondo al ver el reflejo de su rostro en el vidrio. 

(c) Marcos Rodrigo Ramos
Moreno
Provincia de Buenos Aires

*Cuento que es parte del libro “La novia de los minotauros” de próxima edición

ilustración: Araceli Otamendi 

domingo, 6 de octubre de 2013

Armageddon - José Abelardo Franchini



                                                  Armageddon

El sol desde el poniente, todavía inclemente, el paisaje desértico rodeándonos… Habíamos caminado desde hacía dos horas y estábamos llegando a la colina donde nos apostaríamos; Alfa, desde un promontorio cercano, nos observaba… Con sus vestiduras blancas y su aura, daba voces como “Mantengan el orden”, “no desfallezcan hijos míos, pronto arribaremos”, “Denle pienso a los camellos”.
Momentos antes de llegar,  pudimos ver la ciudad celeste, las puertas se abrían y descendía un grupo de ángeles. Ya escuchábamos los cuernos de batalla, como en los tiempos de Ur y Lagash, las fuerzas militares se desplegaban para batallar.
Estábamos a unos 100 kilómetros de Trípoli, aqui las fuerzas británicas por un lado y la Divisiones Folgore y Ariete junto al Afrika Korp, habían combatido en 1942.
Los vigías se instalaron bajo pequeñas carpas y nosotros nos reunimos en círculos a beber de nuestras cantimploras. Inspeccioné mi arma de rayo desmaterializador, los camaradas hacían lo mismo; limpié mi protector de la vista, me toqué la frente transpirada, alguien comentó “hace  treinta y dos grados”.
Cuando cayó cerca nuestro el primer proyectil, lanzado por el enemigo ya estábamos en lo alto cavando los refugios, el cielo se oscureció y se escucharon los truenos. Se oyó la voz de Alfa: “Que disparen nuestras baterías”, “estén atentos hijos ya vienen y no teman, los inicuos no sobrevivirán”…
Aparecieron a nuestra vista las siluetas inconfundibles, vestían uniformes como nosotros, pero adivinábamos sus rostros brutales y cínicos. El Mal hacía avanzar su  ejército…  Un trueno que relampagueó muy cerca, infundió temor en ellos y en nosotros… ahora todo era  penumbras…
…La batalla habia terminado, sobre el desierto estaban tendidos los cuerpos y se sentía un olor acre, los camilleros de la cruz roja, iban aquí y alla; me hicieron un vendaje en el brazo y un enfermero me llevó, dándome su hombro de apoyo, hacia un transportador, estaba un poco más claro, se escuchaban gritos y órdenes, mire hacia el cielo estaba cubierto, quería creer que habíamos triunfado… Veia ir y venir hombres con sus capotes grises de campaña, escuchaba frases en alemán e  italiano… El transportador se elevó, ahora se veían las siluetas cada vez más borrosas. “Transporte  RD III en curso hacia base, Capitan Fossatti al habla”. “Bien, Capitán, se están haciendo los preparativos para recibir a los heridos”…  Luego seguimos el viaje en silencio, se escuchaba el zumbido del rotor, estaba rodeado de aparatos medicos. Llegamos media hora después, me di cuenta por el reloj digital de números rojos que estaba en la pared del cubículo. Nos bajaron, habíamos luchado, ¿quien podía suponer 20 años atrás que seria asi?; los camilleros me llevaban hacia el portón de metal y vidrio… Era de esperarse que las cosas hubiesen salido bien, pensé en mis Padres, en lo difícil que era para mi no tenerlos como antes, ¿donde estaría mi Tío Anibal?, sabía de su viaje a Bélgica., hacía un par de meses… llegamos  a la habitación, enfrente titilaban los paneles de climatización ambiental, un enfermero acomodó la cama presionando los botones del control manual, aun estaba sin claridad sobre lo que pasaba seguramente efecto del sedante que me habían inyectado, una enfermera se acercó y me dijo “ahora debe dormir”. Cerré los ojos, todo era silencio… …Y comenzó a caer la lluvia.

                                “Cronica de la batalla del Fin del Mundo”…
                           “..Yo, un cruzado Catholico, de la era de la Postmodernidad, seré testigo de la
                             Ira de Dios”.

(c)Jose Abelardo Franchini 
La Serranita
Provincia de Córdoba
                                                             

                 
José Abelardo Franchini  (41) nació en Hurlingham (Provincia de Buenos Aires), actualmente vive en La Serranita (Provincia de Córdoba).Periodista y Escritor. Ha publicado en el Periódico de distribución nacional "Question Latinoamerica" que dirigía el periodista Gabriel Fernández. También se han difundido sus columnas grabadas en el Programa "La Voz del Pais" que conducía Carlos Suárez  en AM 1010 "Radio Latina" de la ciudad de Buenos Aires. Columnista  en Radio América AM 1190  en el Programa de Oscar Orquera ("Radio-Palabras"). Cuentos y relatos suyos se han difundido en el Programa de Isabel Pisano que sale los sábados a la noche, también en Radio América.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Araceli Otamendi - La confesión



La confesión


Me pidió pista y lo dejé aterrizar. A Octavio.  Ya estaba un poco cansada del paternalismo, de los sabios e interesados consejos de Bruno. Tal vez por eso nunca entendió por qué me puse a trabajar como secretaria de una revista. ¿Con qué necesidad? había dicho. Con la mía, dije. Si lo tenés todo: casa, comida, auto, ropa, vacaciones, entretenimientos... Y algo de eso era cierto, pero no bastaba. No me alcanzaba para llenar los días, las horas vacías, sin  nada o casi. Bruno era productor de cine y yo nada más que una actriz en potencia. Tal vez por eso tuve tiempo, o tal vez la oportunidad, nunca supe cuál fue el motivo o el azar por el que me encontré con Octavio. Tal vez haya sido nada más que casualidad. Como si las casualidades  existieran, hubiera dicho Julio... Fue así que un día, sola, casi como siempre, porque Bruno se ausentaba días y días por negocios, o tal vez, no sé por qué, conocí a Octavio. Rubio, un metro ochenta de alto, joven, buen mozo. Dijo que traía un material para la revista, algo que quería difundir.
Yo no podía hacerlo pasar al escritorio del director, tenía que averiguar primero quién era, qué quería.
Fue entonces que me dejó su tarjeta y me dijo: - en un rato te llamo y me decís ¿sí? si me va a  recibir. Me guiñó un ojo sabiendo que tenía ganada la partida. Me costó convencer a Eduardo, el  director de la revista, para que lo recibiera: ¿quién es ese tipo? ¿por qué lo tengo que recibir yo? ¿por qué no filtrás un poco? ¿o no te pago acaso para que hagas eso? No, no me pagás para  eso, pensé, soy una simple secretaria, nada más.
Esa noche, cuando llegué a casa, desde la ventana del dormitorio me puse a contemplar la piscina, iluminada por los faroles del jardín, cómo las luces se reflejaban en el agua. Las sombras de los árboles se movían un poco. Cualquiera hubiera dicho que no podía ser que hiciera algo así ¿por qué trabajaba en una oficina si Bruno me podía mantener?
Es que me aburro, no tengo paz aquí adentro, quería contestar. Pero la gente, no lo entendía. Un día vino  mi hermana de visita. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Me llamó por teléfono y dijo: che, ¿está el ogro en casa? El ogro era Bruno, quién podía dudarlo y con mi hermana Carol hacía varios años que no nos veíamos, sólo hablar por teléfono o algún mail, de vez en cuando.
¡Cómo cambiaste! dijo, cuando le abrí la puerta. Vos también, iba a decirle, pero me contuve. Quise saber cuál era su opinión, cómo me veía, parecíamos dos extrañas, en lugar de hermanas, ni siquiera dos amigas que hubieran dejado de verse después de tanto tiempo. La hice pasar al living, le serví café con unas galletas.
Detrás de la cabeza de Carol podía ver mi cara, mi cuerpo, tan distinto, me sentí vieja, a pesar de que apenas  pasaba los treinta y pico.  Carol estaba casi igual:
el pelo oscuro, lacio, brillante, delgada, casi no tenía arrugas, se notaba que no había sufrido. Preciosa, como siempre. Cruzó las piernas, se acomodó en el sillón y empezó a contarme algunas cosas mientras miraba los objetos, las cortinas, la alfombra nueva.

- ¿Hace calor aquí, no es cierto? - dije
- Sí - dijo Carol
- Vení, quiero mostrarte algo - dije, y la llevé hasta uno de los cuartos, desde ahí se veía el jardín con la piscina.

A ella pareció gustarle porque comentó:

- ¿El agua está fría?

- Sí, un poco ¿querés que vayamos?, propuse como si fuéramos chicas y todo fuera nada más que un juego.

- No, hoy no, tengo que irme, dijo.

La miré con curiosidad, no quise preguntarle y ella no me dio explicaciones. Después se fue y me quedé sola de nuevo.
Los ruidos de la casa, el motor de la heladera, el tic tac del reloj, el canto de una paloma: uhhh uhhh, todo parecía  conjurar alguna presencia. Pero yo estaba sola, era la verdad. No estaba conmigo Bruno, ni Eduardo ni Octavio ni nadie.
Me pregunté si mi destino era la soledad. ¿Por qué Bruno se iba tantos días de viaje? Según él tenía que viajar por negocios y no podía llevarme. ¿Por qué Eduardo, en su rol de jefe, de casi amigo, tampoco me acompañaba? ¿Por qué Octavio, recién conocido e interesado en mí...? ¿Yo era sólo un pretexto, una puerta para llegar a Eduardo? Pero no tuve tiempo para seguir pensando más...sonó la alarma del celular y ví el mensaje de texto: era Octavio, quería verme, si era posible hoy, a la tarde, a la noche. El recuerdo de Octavio me había dado vueltas en la cabeza durante varios días.
¿Le importaba a alguien? Tal vez, o no, o solamente a mí. Empecé a arreglarme antes de contestar el mensaje. La imagen de mi hermana, el gesto que hacía cuando me miraba, como juzgándome, todo eso me decidió a contestar que sí, que iba a verlo,  esta misma noche.

Octavio me había pedido pista y yo lo dejé aterrizar, ¿cuánto iba a durarme? ¿una aventura? ¿y quién pedía otra cosa? ¿no era suficiente con Bruno en casa y con Eduardo en el trabajo para tener un ogro más en mi vida? Yo no era una amargada como Giselle, la secretaria de otra oficina que se había retirado a cuarteles de invierno. No, yo todavía creía en la magia, o tal vez en algunas mentiras parecidas. O quería creer en el amor o algo parecido. Dejé hablar a Octavio, ¿total? o ¿tenía algo mejor que hacer? Me quedé conversando con Octavio en un bar hasta las dos, comimos algo. Por hoy está bien, dije. Le di pista y lo dejé aterrizar pero iba demasiado rápido. Intuí que quería llegar enseguida a Eduardo y yo quería hacerlo desear. Me despedí de Octavio con las palabras dulces y mentirosas en mis oídos, salí a la calle y tomé enseguida un taxi. Sabía que estaba desconcertado. Me envió un mensaje de texto al celular, lo apagué. No quería contestarle. Y mientras el taxi tomaba por una avenida ancha y yo con las ventanillas bajas respiraba el aire nocturno, y el viento fresco me hacía volar el pelo despejándome la cara, empecé a pensar en Bruno: ¿y si hubiera vuelto? ¿y si estuviera en casa esperándome? ¿Mi vida iba a ser siempre así? Hasta mi hermana Carol, esa maldita de siempre se burlaba de mi, de él: el ogro, había dicho, tenía razón. Me sentía en una cárcel, la había podido cambiar por otra, nada más que unas horas, encerrándome con Eduardo en una oficina, diez horas por día. ¿Y después? Cuando el taxi se detuvo pagué y antes de bajar miré hacia arriba, la luz del primer piso estaba encendida. Seguramente era Bruno, había vuelto. Me quité los zapatos antes de entrar, tal vez estuviera durmiendo. Cuando entré en el living, vi la puerta cerrada del dormitorio. Decidí no entrar. En el living estaba la valija sin abrir y empecé a revolverla  un poco. En la cámara digital había algunas fotos: la fotografía de un hotel de playa, y una chica joven sentada en un asiento con gesto de estar abrigándose. Bruno sonriendo, parecía más joven. La chica corriendo por la playa. Casi no podía pensar, los celos, el odio, me cegaban. Era necesario acabar con todo esta misma noche. ¿Irme, dejarlo todo? ¿por qué no? Podía vivir  en cualquier parte, tal vez en una pensión. ¿Y todos esos años pasados con él? ¿Por qué dejarle todo a una extraña como la de las fotografías? Tal vez había llegado el momento, todo parecía una locura. Busqué el  revólver en un armario. Haría algunos ruidos. Busqué el interruptor, corté la luz. Bruno se levantaría para ver  qué pasaba. En la cocina, tiré algunas cacerolas al piso  y escuché los pasos. ¿Adriana? ¿Adriana, estás ahí? Se iba acercando, faltaba poco. La puerta de la cocina se abrió en forma brusca, sentí enseguida el olor a transpiración, mezclado tal vez con el perfume de una mujer, típico de Bruno cuando volvía de viaje  y disparé.

© Araceli Otamendi

martes, 17 de septiembre de 2013

Marcos Rodrigo Ramos - La persecución



La persecución


Marcos Rodrigo Ramos 
No es la primera vez que ves esa cara en el tren. Al principio es sorpresa, por curiosidad intentás acercarte a ese rostro tan familiar pero te detenés al notar su vista fija en vos, comprendés que debés huir. Das media vuelta y comenzás a avanzar por los vagones. La puerta se abre y aprovechás para salir corriendo por el andén. Pensás en pedirle ayuda a la policía pero es inútil, es imposible que puedan comprender la gravedad de lo que pasa. Salís de la estación, te sigue a casi una cuadra de distancia. Comenzás a correr pero cada vez se te acerca más. Das una vuelta a la manzana y ya de regreso a la estación exigís tus fuerzas al máximo, saltás el molinete y llegás hasta la última puerta del tren que se cierra apenas ingresás al vagón, lo ves que ha quedado en medio del andén. Ya más tranquila volvés a normalizar tu respiración aunque intuís que pronto volverás a tener noticias suyas.
Llegás a Morón justo cuando comienza a llover. Corrés por 25 de Mayo hasta tu departamento. Lo primero que hacés es prender la estufa porque no podés parar de temblar. Te das una ducha y las gotas calientes que caen en tu cuerpo te recuerdan las caricias de Damián. Pensás que él es bueno y comprensivo, que te quiere y que quizás ya sea tiempo de hablarle de lo que te sucede. Mirás tu rostro frente al espejo mientras pasás el cepillo por tu pelo en el que comienzan a hacerse nítidos tus dos colores, el real y el teñido, las canas afloran en varias raíces. Los espejos son crueles, siempre te dicen la verdad. Pensás que con vos los hombres se han parecido a los espejos, abrigás la esperanza de que Damián sea distinto pero es tan difícil. Te das cuenta que su presencia es lo único que te hace abandonar tu eterno traje de dos caras que desde chica comenzaste a usar y que te cuesta sacarte.
Interrumpís tus pensamientos cuando están abriendo la cerradura, te sorprende que él venga un Domingo, los fines de semana los pasa completos con la esposa y los hijos. Vas a recibirlo pero no hace falta que la puerta se termine de abrir para darte cuenta que no es él. Por instinto corrés a tu dormitorio, intentás cerrar con llave pero es tarde. Entra empujando y te tira en la cama. Con la mirada te da a entender que es mejor que dejes de gritar, sólo atinás a cubrirte con la frazada. Pone la música bien fuerte. Primero comienza a tirar los libros de la biblioteca, luego arroja contra la pared los cajones del escritorio, empieza a romper las sábanas y tus ropas cínicamente tomándose su tiempo. Muda y ahogada de temor observás cada uno de sus actos. Finalmente toma del rincón donde siempre lo habías escondido el revólver que te prestó tu padre para defenderte y que hoy no te sirve para nada. Te señala la silla que está frente al espejo. Salís de la cama llorando y a la vez evitás todo contacto corporal. Sentada donde te lo ha ordenado sentís el frío del arma sobre tu sien. Levantás la cabeza frente al espejo, en el último segundo descubrís la verdad pero ya es tarde. Disparás.
                                                                                                  
(c) Marcos Rodrigo Ramos
Moreno
Provincia de Buenos Aires


Cuento ganador del 2º Premio del  “VI Concurso de Poesía y Cuento Redes de papel”.  Diciembre 2005.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Cuatro partidas* - Marcos Rodrigo Ramos



Marcos Rodrigo Ramos 








Cuatro partidas


Era Junio y hacía frío en Villa Verde. A las diez de la mañana llegó el primero de los “Juanes” protagonistas de esta historia, dijo llamarse Juan Bautista, de ropa clara pero abrigada no aparentaba más de 45 años. A Liliana le agradaba la timidez que reflejaban sus ojos, pese a ser un adulto lo sentía niño, traía un bolso y una caja de madera rectangular. Dijo estar esperando a alguien con quien se encontraría aquí, en el hotel Minos.
A las 17 horas llegó el segundo Juan, Juan Cristóbal, le llamó la atención el gran parecido con el otro. Pese a tener distintos apellidos era evidente algún parentesco. Las diferencias no eran tanto en lo físico sino en la vestimenta y el peinado, éste llevaba el pelo desordenado y vestía de negro, y si bien tenía el mismo color de ojos, su mirada era diferente, tenía cierta malicia, lo que a ella le generaba cierta inquietud pero también lo hacía más atractivo.

A la noche los dos se encontraron en el pasillo, se estrecharon la mano y fueron a ubicarse en la confitería. Pidieron cerveza con una picada. Uno le explicó que por cuatro noches en ese mismo horario iban a necesitar una mesa.
-¿Para qué?- preguntó Liliana.
El primer Juan tomó la caja de madera, la abrió y sacó las fichas y el tablero.
-Vamos a jugar al ajedrez. Cuatro partidas, una por noche. ¿Hay algún problema?
-Ninguno- les respondió y fue a preparar el pedido. Cuando volvió ya habían iniciado la partida. Juan Bautista eligió las blancas lo que a Liliana le pareció natural.

La segunda noche el primero en llegar fue Juan Cristóbal, afeitado y con el pelo ordenado su parecido con el otro se había acentuado, sin embargo ella estaba segura de poder seguir diferenciándolos, sobre todo por la mirada y la ropa. Pidió algo de comer. A eso de las diez, según lo convenido, vino el otro y comenzaron el juego.

El tercer día aparecieron vestidos igual, de negro. Cualquiera creería estar ante gemelos, pero Liliana aún los podía distinguir. Cuando los saludó los llamó a cada uno por su nombre  lo que les llamó la atención.
-¿Cómo pudo diferenciarnos?- preguntaron casi al unísono
Decidió mentirles.
-Es fácil. Juan Batista está siempre con las blancas y Juan Cristóbal con las negras.
Sonrieron complacidos y reanudaron la partida.

La cuarta noche vinieron de oscuro y con anteojos negros. Se acercaron a la recepción con un pedido especial. Iban a pagar las habitaciones por adelantado y al día siguiente uno se llevaría el equipaje de los dos, al otro ya no iba a verlo más.
-¿Por qué?-les preguntó.
-Es una apuesta- contestó uno de ellos que ahora no podía diferenciar. Intuía algo oculto pero no dijo nada.
Pidieron algo de tomar y empezaron sin quitarse los anteojos. A las dos horas el juego terminó. Estaban angustiados, se abrazaron fuerte y luego salieron a caminar por la costa, eso dijeron.

A las ocho de la mañana regresó uno solo. Pidió las llaves de las  habitaciones y fue a buscar los dos equipajes. Cuando estaba por irse le preguntó por las partidas de ajedrez, quería saber quién había ganado.
-El ajedrez es como la guerra. Todos siempre perdemos.
Notó su dolor. Una lágrima caía por su mejilla. Liliana le acercó un pañuelo. Él le agradeció y se quitó los anteojos para limpiarse, entonces pudo verlo bien.
Tenía grandes ojeras marcadas y sus ojos estaban muy irritados, seguramente había estado llorando y no había dormido en toda la noche. Por momentos Liliana creía estar frente a Juan Bautista, pero luego dudaba, no podía discernir ante cuál se hallaba. Entonces se animó a preguntar:
-¿Usted cuál de los dos es?
-Sólo soy Juan- dijo y se marchó.

(c) Marcos Rodrigo Ramos
Moreno
Provincia de Buenos Aires
                                                                                           

*Cuento ganador del 1º Premio de XII Concurso Nacional de cuento y poesía organizado Asociación Civil Arte y Cultura de Merlo (23/08/13) y parte de su libro “La novia de los minotauros” de próxima edición.





jueves, 8 de agosto de 2013

Los autitos de Don Pancho - Marcos Rodrigo Ramos


Marcos Rodrigo Ramos

           Tarde pude descubrir su nombre y apellido. Siempre fue y será para todos nosotros Don Pancho. Ese hombre que pese a su aspecto simple escondía un secreto terrible que es el origen de mi fobia a las personas con audífonos.
            La primera vez que lo vi fue en 1976. Nos habíamos mudado a Castelar. La calle de tierra nos permitía hacer esos picados que duraban hasta la noche. Era bueno tener ocho años, amigos y la pelota. Fue después de la escuela, no habremos jugado ni cinco minutos cuando Diego dio el patadón. La pelota voló hasta caer dentro del patio del nuevo vecino. Cuando Sergio comenzó a subir por la reja apareció del patio trasero un enojado bulldog que lo disuadió del intento. Golpeamos las manos con fuerza e incluso gritamos porque los ladridos no nos permitían ni siquiera escucharnos. Sólo cuando la puerta empezó a abrirse el perro calló aunque no dejó de gruñir.
            Salió un hombre pequeño y flaco, llevaba pantalón negro, camisa blanca y corbata, era muy viejo y el poco pelo que le quedaba estaba lleno de canas, tenía unos anteojos muy pequeños. Se acercó llevando un bastón marrón claro. Guillermo habló:
-La pelota se cayó en el fondo.
-Pasen
             El perro se quedó parado sin ni siquiera olfatearnos. Fue antes de entrar que noté que el hombre llevaba un gran audífono color crema en la oreja.
-Siéntese-nos pidió.
             Nos acomodamos alrededor de una mesa rectangular que ocupaba la mayor parte del espacioso living. Ninguno de los seis pudo dejar de mirar asombrado lo que teníamos a nuestro alrededor. Contra la pared se hallaban unas estanterías con miniaturas. Había casas no más altas que un dedo, autos de tamaño de una uva, también aviones y barcos. Lo increíble no era solo el tamaño sino lo perfectas que eran. Volvimos a sentarnos rápido cuando volvió.
-Veo que estuvieron mirando mis juguetes.
-¿Son de su nieto?
-No. No tengo hijos ni nietos ¿Les gustan?
-Claro.
-Elijan uno cada uno. Se los regalo.
-Gracias.
-Mi nombre es Francisco, pero me dicen Pancho.
-Gracias Don Pancho.
-No seas irrespetuoso.
-No hay problema, díganme Don Pancho, me gusta. ¿Qué van a querer?
             Sergio y Diego eligieron autos, Carlos y Marcelo unas casas y Guillermo una ambulancia, yo me llevé una bicicleta roja que no era más grande que medio dedo.
-¿Le salieron caros estos juguetes?-No me costaron nada, los hice yo.
-¿En serio?
-Claro. Cuando crezcan un poco más si quieren les puedo enseñar a hacerlos. ¿Viven cerca de acá?
-Somos todos de la cuadra.
-Acá está la pelota. Vayan y tengan más cuidado.

             El partido se suspendió automáticamente. Todos salimos corriendo hacia nuestras respectivas casas. Tan ansioso estaba que casi me olvido la pelota.
             Coloqué la minúscula bicicleta sobre la mesa y me puse a observarla con una gran lupa. No podía creer que las rueditas giraran. No conforme la coloqué en el microscopio. La bicicleta tenía pedales, frenos y hasta cadena. Por más que me esforzara no podía imaginarme como había podido construir semejante miniatura.
             Al día siguiente nos reunimos todos en la casa de Guillermo. Cada uno llevó en una cajita su juguete. Les conté lo que había descubierto del mío. No menos asombrosos habían resultado ser los otros juguetes. Las casas de Carlos y Marcelo tenían muebles dentro (había que verlos con una lupa) e incluso de noche notaron que una de la ventanas brillaba llegando a la conclusión que dentro de ese minúsculo cuarto había una luz prendida. Sergio y Diego habían descubierto que pinchando con una aguja el volante de sus autos estos emitían un sonido muy leve pero que era sin duda el de una bocina. Más asombrosa aún era la ambulancia de Guillermo. Abrimos con una pinza de depilar la puerta trasera y de ella salió una camilla y una mesa con unos puntos negros del tamaño de un piojo. Pusimos la mesa en el microscopio y vimos que los puntos eran en realidad bandejas en las que había una serie de pinzas.
            Sin darnos cuenta habíamos abandonado el fútbol y nos reuníamos siempre frente a la casa de Don Pancho a hablar de nuestros juguetes. Sergio nos contó que por las noche solía ver la cabeza de Don Pancho apoyada en el vidrio del altillo mirando hacia el fondo (la casa de Sergio quedaba detrás de la suya). Una vez lo había saludado pero Don Pancho ni siquiera se movió y continuó así como si estuviera dormido, pero estaba parado, y con los ojos abiertos. Detrás suyo se notaba un leve resplandor de luces de colores. Nos mataba la curiosidad por saber qué había en ese altillo. La oportunidad de descubrirlo se me daría pronto.
              Fue ese viernes de marzo. Estaba solo, sentado en la acera esperando que vinieran los chicos cuando vi que Don Pancho me hizo señas para que me acercara. Me pidió que le cortara el pasto, él a cambio me iba dejar elegir otro juguete para que me llevara. Acepté más que complacido. Me dijo que debía llevar al perro a aplicarle unas vacunas y que no estaría por lo menos por dos horas. Me dejó la llave del portón para que sacará la maquina de cortar pasto y se fue.
           Bastó que pasaran veinte minutos para que me decidiera. Si bien subir a ese techo de tejas no era tan fácil, pude hacerlo rápido gracias a mi experiencia extensa bajando pelotas de árboles y tejados vecinos. Llegué a la ventana del altillo que daba al patio del fondo. Pude sentir el murmullo que salía de adentro de la habitación.
           Dentro de ella había una mesa grande como una cama de dos plazas y sobre ella una ciudad en miniatura con montañas, edificios, un lago, casas y por sus calles iban circulando autos en miniatura. Un pequeño helicóptero la sobrevolaba. Por las veredas parecían circular cientos de puntos negros que parecían hormigas.
             De pronto sentí el ruido metálico de las rejas que se estaban abriendo, evidentemente Don Pancho había regresado antes de lo previsto. Pisé mal y fui a caer de espaldas al piso. El dolor era intenso y no podía moverme. Sólo veía justo arriba de mi cabeza una teja floja que estaba en el techo a punto de caer. Quería gritar pero no podía articular palabra, entonces vi el rostro de Don Pancho que me decía cosas que no podía entender. Fue cuando intentó moverme que la teja cayó sobre su cabeza derribándolo. Su cuerpo quedó tendido a mi lado. Giré hacia donde estaba, tenía los ojos abiertos y no se movía, parecía muerto. Fue entonces que sucedió todo, la tapa del audífono que usaba se había corrido y dentro de él me pareció ver lo que creí hormigas pero la gran proximidad me ayudó a descubrir que en realidad eran hombres y mujeres en miniatura, estaban mirándome. No sé si fue por el golpe o por el susto pero me desmayé.
           El accidente fue mucho más grave de lo que podía esperar. Tuve que viajar con mi madre a Cuba para realizar un tratamiento de rehabilitación que duró un año. Mis padres para costearlo tuvieron que vender la casa y ya de regreso en Argentina nos mudamos a Córdoba por lo que no vi desde es día ni a los chicos ni a Don Pancho. Ya pasaron más de 15 años y sigo viviendo en Córdoba. Me llamaron varias veces para que vuelva a Buenos Aires, al barrio, pero no me animo. Mi mamá me dijo que lo que vi fueron alucinaciones producto de la caída pero yo todavía dudo. Incluso ahora cuando veo alguien con audífono me cruzo a la vereda de enfrente, por la dudas. Uno nunca sabe.

(c) Marcos Rodrigo Ramos

Moreno
Provincia de Buenos Aires

Acerca del autor

Marcos Rodrigo Ramos  nació en Morón (Provincia de Buenos Aires) en 1969. Es docente de escuela primaria y profesor en Lengua y Literatura. Fundó la revista “Letras Rojas de Moreno” de la que fue director. Colaboró con cuentos, poesías y ensayos en las revistas “Mapuche”, “Redes de papel”, “Las letras”, “Polígono de cuentistas y poetas”, “Oestiario”, “Palabras más”, “Amaru”, “La avispa”, “Castelar nuestro lugar”, diario “La Ciudad” de Avellaneda y diferentes publicaciones en Internet. Logró el segundo premio en el concurso Redes de Papel (2005), y el primer premio en el Iº Concurso Literario de la revista “Castelar nuestro lugar” (2011) y menciones en varios concursos. Es músico y se desempeña como bajista de la banda Morel. Actualmente está realizando la Licenciatura en Letras.

                                                                                  

miércoles, 31 de julio de 2013

La segunda caminata por el Polonio* - Tamara Smerling

Tamara Smerling


La segunda caminata por el Polonio, de Tamara Smerling es el cuento ganador del concurso Todos los juegos en la categoría mayores de 30 años.

La segunda caminata por el Polonio
 
Un grupo de familias deambulaba con sus hijos por las costas uruguayas durante el verano de 1989. Yo tenía once años. Habíamos llegado a La Paloma junto a mis tíos, mis primos y unos amigos. Se trataba de un balneario donde se erigía desde una casa con forma de máquina de escribir hasta un faro que irradiaba luz durante todas las noches para señalizar la travesía a los barcos: Un marco con características grandilocuentes para una niña que recién comenzaba a descubrir el mundo. Sin embargo, la experiencia de la ciudad con nombre de pájaro, no quedaba allí: Solo unos pocos kilómetros más al norte, les habían comentado a nuestros padres que existía otro paraje, un pueblo de pescadores perdido en las costas del mar Atlántico que era las delicias de los buenos gourmets porque allí podía degustarse unas riquísimas milanesas de aletas de tiburón. El único escollo que había que sortear para llegar a ese paraíso era el arribo: Más de treinta kilómetros de médanos y dunas que debían atravesarse por carros tirados a caballo. También unos modernos y carísimos jeeps que, para un grupo de familias de clase media de Córdoba y Rosario, les estaba impedido por no faltar a las tradiciones. No había otro modo de llegar al Polonio, esa punta que se hundía en el mar y que los pescadores buscaban conservar de los malos turistas. Entonces alquilamos los carros y los caballos.

Mis primos y yo, mis tíos y nuestros padres íbamos desencajados en la tarea de sostenernos en aquel medio de transporte, tan similar a cirujas que cuecen las calles buscando basura. Difícil sortilegio el de esos parias de estas urbes que deben anclarse en esos medios de locomoción para ganarse la vida. Desde entonces los respeto porque si bien yo languidecía en el asomo de la adolescencia por unas piernas flacas y altas no lograba anclarme en el carro de los tres caballos e imaginaba en esas horas de travesía que podía caer al vacío en cualquier momento y, sin más, romperme la cabeza. En otros momentos del viaje, mi mente, en cambio, divagaba por esa imaginación que siempre se mostró tan profusa: yo era una dama antigua que con su velo tapaba el sol para no acrecentar las pecas ni manchar la piel con el astro y mi vestido de tul italiano se confundía con aquella carreta tirada por los caballos para llegar a algún castillo del siglo XVIII y convertirme en princesa o algo semejante ¡Tantas películas de la infancia acrecentaban mi inocencia! Mientras tanto, mi padre –que siempre fue lo más parecido a un oso–, con un metro noventa de estatura y más de 150 kilos debajo de sus hombros, se devaneaba en sostener su humanidad en la travesía. Mi madre, por su parte, delgada y risueña, se deleitaba con la experiencia moviéndose sobre su ¿asiento? pillándose de la risa. Mis tíos y primos se debatían en situaciones similares. Sus risas desconcentraban mi sueño de princesa.

Al llegar al Polonio, cumpliendo obligadamente con los rituales y su travesía, me dolieron los ojos ¡hasta que vi el mar! Se abría en toda su plenitud, sobre dos brazos que iban surcando los médanos en distintas bahías. El viaje a carreta bamboleante nos había dejado exhaustos. Sin embargo, nada podía ser tan blanco, ni tanta arena, ni tanto mar azul ni tantos lobos marinos, ni tan escasos pescadores ni tan ricas las milanesas de aletas de tiburones. Allí no había agua ni electricidad ni televisores ni nada parecido. Las dunas no podían ser tan altas ni el sol que picaba tan fuerte y el Polonio se presentaba como una marca a fuego de lo que sería una gran aventura imborrable para los años siguientes, repetida a destajo en tantos asados y mesas familiares. Las playas completamente mente desoladas se abrían inconmensurables y la eterna mirada hacia arriba para preguntar si podíamos perdernos en ese desierto se hizo una necesidad suprema: mis primos y yo les preguntamos a nuestros padres si podíamos desandar el camino que nos llevaba hasta esas dunas, en una arriesgada aventura que podía –tal vez– costarnos la infancia.

Se trataba, claro, de una prueba fundamental de convertirnos en adultos: que nos dejaran inspeccionar sin la mirada de un mayor ese trecho luminoso y perdido donde no había más que mar y arena. Nos resultaba realmente increíble. Aprobaron el pedido y allí partimos por el extenso recorrido de la bahía: los médanos parecían cercanos y la idea era atravesarlos por la propia experiencia y dejarlos documentados en nuestros recuerdos subiéndonos a ellos y tirándonos desde la punta y colmarnos de la arena. Pero nunca llegamos a ninguna parte: la caminata se hacía insostenible y la soledad del paraje comenzó a darnos temor. Yo estoy segura –ahora— que pasaron horas y horas. En el camino, los lobos muertos aparecían por doquier, languidecían en la playa y era lo único parecido a un ser vivo que podíamos encontrar en metros a la redonda. Tanto susto ayudó a que diéramos media vuelta y retornáramos al regazo de nuestros padres.

Cuando crecí y pude decidir mis propios destinos, viajé intrigada una vez más al paraje. El recuerdo de diez años después no podía ser tan distinto. No sé si fue la erosión y el cambio climático o que los carros tirados por la tríada de caballos habían sido reemplazados por unos camiones gigantes repletos de turistas atiborrados –y que, claro está, se mostraban apropiados para cruzar el desierto–, que ya nada me pareció lo mismo. Las dunas se habían achicado cuantiosamente. Sí, los médanos ya no eran tan altos ni el mar me parecía tan azul. De las loberías ya no quedaba nada y sí me crucé con intelectuales y escritores porteños que elegían ese paraje para pasar sus eneros y febreros lejos del mundanal bullicio de Punta del Este. Pero esta vez había pasado los veinte años y quería completar el trecho que a los once me había encandilado. Por eso, decidida, emprendí el regreso al camino que no había desandado en 1989 para demostrar mi valentía y cruzar las dunas que, aunque ya no eran tan altas, seguían siendo igual de misteriosas y oscuras. Y, sabiendo lo que andaba buscando, comencé a caminar. 

(c) Tamara Smerling
San Isidro
Provincia de Buenos Aires

*cuento ganador del concurso Todos los juegos (mayores de 30 años)

Acerca de la autora:
Tamara Smerling (Rosario, 1977). Se graduó en Comunicación por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), realizó un posgrado en Planificación y Gestión de Medios, una maestría en Periodismo en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y un doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Fue docente del Taller de Redacción II de la carrera de Comunicación Social de la UNR y del Taller de Comunicación Periodística de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA. Después de realizar algunos trabajos en radio (Radio Dos, FM TL 105, Radio Río), en 1998 ingresó al diario El Ciudadano, donde se desempeñó como cronista de espectáculos en Rosario. En 2003 ganó la beca Nuevos Periodistas Diario Clarín, otorgada por la Fundación Noble en Buenos Aires. En 2005 ingresó al diario Perfil y en 2008 a Crítica donde trabajó como redactora de las secciones Sociedad y Educación. También fue productora de programas culturales en Canal (á), History Channel y Canal 7 y colaboró en la investigación de libros de Luis Majul y Martín Caparrós. Ahora prepara su primer libro de no ficción junto a Ariel Zak y trabaja como docente y coordinadora académica de la Maestría en Periodismo de la UBA.



lunes, 29 de julio de 2013

Njongal Jigeen: La ablación - Tere Marichal Lugo


                                   
Njongal Jigeen: La ablación

                                                           

135 millones de mujeres de todo el mundo han sufrido la clitoridectomía. En cualquier caso la ablación es una agresión  que tiene graves consecuencias físicas y psicológicas y forma parte de los mecanismos de opresión de  las mujeres, ya que está destinada a controlar la sexualidad de las mujeres y a veces a aumentar el placer de los hombres a costa de ellas. Cada año dos millones de niñas de entre cuatro y 12 años son víctimas de mutilaciones genitales.


































Njongal Jigeen





Solo escuché un rugido, seguramente inventé un león. Espero ese momento.  Ahora me pierdo. Mi madre me encuentra y me convence y quiero memorizar lo que me dice, sus palabras son como viento que arranca piedras de la tierra. Quiero creer en lo que ella repite una y otra vez. Madre teje mi vestido. Tiene los colores de la ceremonia de la oscura cueva donde me encerrarán. El vestido se incendia y se deshace rápidamente, debe ser porque no he dado nada a cambio y ella espera. Quisiera darle mi dedo o mi oreja. Madre ya sabe cómo es. En esta espera tienes que dar algo a cambio. Pero yo no tengo nada. Yo sólo  tengo mi carne y tampoco la tengo porque no me pertenezco. Hace calor en este risco desde donde puedo ver la inmensidad vestida de calma. Me siento poderosa porque veo todo chiquitito. Son los poros de la tierra lo que veo más allá.  Esta tierra rojiza que respira de forma acelerada, salpicando de polvo la memoria. Una vez más escucho ese rugido que me persigue. Madre aparece con su peinado de reina maltrecha.

-Pierdes un trozo de carne y ganas dignidad, dice ella mientras teje en la cima de este risco.  Ya hemos pagado un kilo de jabón negro y 5,000 francos; las ceremonias tienen su precio. Todo tiene un precio.

- ¿Cuanto cuesta un rugido? le pregunto pero ella no contesta.  Me ignora porque los misterios de la vida se callan para no despertar a los espíritus curiosos.  Los buitres vuelan a lo lejos. Esperan, al igual que todos por la carne fresca de mi cuerpo tan flacucho.

Juego entre los baobab.  Me escondo entre ellos. De momento soy una rama. Soy parte del tronco. Soy un animal de mirada audaz. Me plantaré al revés, como los baobab. Me convertiré en leyenda. Dejaré que la tejedora viva en mí. Seré miembro de los Kikuyu y exhibiré mis collares y brazaletes como los Samburu, seré una Masai y moriré de pena si me encierran para siempre. Pero soy camaleón trepando este baobab que me abraza y me protege de las hienas que acechan.  Mis antepasados pasan corriendo con sus escudos y lanzas.

Pierdo solamente carne y podré ser seleccionada  entre otras y no más miseria y tal vez no más llanto. La familia gana estima. Perder carne no significa nada. Es sólo una parte de mi cuerpo que siempre ha estado esperando. No la puedes ver, así que olvídala. Veo sangre por todas partes, pero no importa. Ya estoy convencida. 

- El día de tu boda, desplegaré una sabana bañada en sangre y todos sabrán que te has casado virgen. El honor salpicara la lengua de tu padre y nadie podrá dedicarse a darle cuerda suelta a comentarios que puedan avergonzar a tu marido. Caminará erguido con la frente en alto como guerrero invencible. Nunca tendrá sed. Parirás los hijos que desee y el honor estará sembrado sobre tu pecho con sus raíces fuertes y anchas, como mis tatuajes,- dice madre mientras continua con sus labores.

Me detengo, hay fango a mi alrededor, comienzo a sumergirme en él como si fuera un lago majestuoso esperando para convertirme en sirena, pero madre aparece y nuevamente me susurra en el oído algo que no entiendo. Luego  madre grita con furia:  ¡castidad! Y comienza una danza frenética que nunca antes había visto. Está poseída por uno de mis antepasados que reclama honor. Ahora Madre es casi una diosa. Madre tiene dos vidas, dos conciencias, dos memorias, dos personalidades que transitan bailando violentamente, arrasando todo a su paso. Sólo un rugido, eso fue lo que escuché. Me escondo detrás de una máscara y me convierto en una Bambudya. Soy invisible. Me concentro. Ella me huele y a pesar de que no me ve, me toma de la mano y mueve sus labios carnosos y la escucho porque he aprendido a guardar silencio. Soy un pedazo de carne sobre la mesa. Carne roja que se desangra.  Vuelan las moscas y me rodean como si yo fuera un panal único, dulce, exquisito.

- Te ofrezco este pedazo de mi carne. La más sagrada. La que nadie más verá. Esa carne de olores intensos y oscuros susurros incoherentes que pueden enloquecerte, lo digo mirándolo a los ojos y el me lame los pies como si fuera un cachorro amoroso.  Soy su reina intacta. Reina de cuarzo y diamante. En mis cuevas profundas de ríos cristalinos que sacian la sed del que busca. En mi la larga espera del pesado sueño empapado en agua de mar y escamas de pez dorado.

El rugido interrumpe el deseo y mi madre espanta el temor con aquella raíz larga y poderosa que guarda como trofeo de guerra.

Todos esperan. Todos sabrán que nadie ha penetrado en mis sueños más intensos y podrán ofrecerle a mi padre vacas, lana y collares de cuentas y mi cuerpo costará más que este fino pedazo de carne que se abre como flor cuando mi cuerpo me pide cantazos de luna roja. Eso es, seré como las demás. Como debe ser. Atemorizaré a todos con mi mirada protegida por la oración y el honor. Tendré buen juicio, lo juro. Todo a cambio de este pedazo de mi cuerpo y llegará el filoso cuchillo de esa mujer anciana que ya sabe cuando es hora de parir. Seré la más fértil. Pariré todos los años y mi familia será la más fuerte y digna.

- Déjame darte la carne fresca que arrancaron de mi cuerpo, anda sáciate con ella, le digo porque así lo escuché. Embárrate las manos con mi sangre y déjame saber que no tiene mancha alguna. Camino entre las garzas. Soy un leopardo que espera, un manto de arena donde te acuestas sin temor y que seduce tu piel,  la luna hinchada empapada en miel, una naranja jugosa que saciará tu sed.

Me enloquece ese rugido, dime de dónde viene. Seré dedicada, jamás me quejaré. Es mi madre la que me aleja, pero ese rugido salvaje me persigue. Acecha, está esperando. Ambos esperamos. He aquí mi carne, sin mancha alguna.  Huélela, saboréala. Es carne fresca para el sacrificio. Llévame a lo alto de la montaña y déjame caer. Deja que mi cuerpo vaya cayendo y mi piel vaya pintando esa montaña de piedra y tiempo con esta sangre que parece culebra  danzarina. Mi madre me levanta y me carga en brazos y va rezando. Entona ese cántico que parece lluvia rabiosa.

- Si yo fuera de sal, también seria inalcanzable.  Todo mi ser desperdigado y sin ataduras. No me podrían atar. Me disolvería una y otra vez. Mi tatarabuela me regala los huesos de sus dedos para que me sirvan de amuleto. Ya estoy protegida.

Es temprano y ya los ancianos del clan han seleccionado a mi madrina. No seré la única y me morderé los labios hasta sangrar para no gritar. Eso es, dejaré el miedo aquí acostado. Entre  estas cuentas de cristal y mi sueño pesado. ¿En qué espacio del cuerpo habitará el miedo? ¿En qué espacio se esconderá? Si lo supiera me lo arrancaría antes que llegue el amanecer. ¿Donde se esconderán la tristeza y el dolor? En algún rincón de esta piel que suda y brilla como piel de pantera  cautiva...

Madre dice que podré caminar mirando a todos con orgullo. Eso es, un trozo de carne a cambio de...en ese momento despertó. Comenzaba a correr y un grupo de cazadores la perseguía, por eso despertó. No había amanecido, pero escuchaba el sonido de los tarros de barro y la voz de su madre. Recordó ese rugido que se sueña cuando hay luna llena. Sólo eso recordaba.

Este día hay silencio en la casa de barro y paja. Este día de sol que ruge y todos esperan.

Madre sabía que ya había despertado. Ella huele miradas y silencios. Nuevamente comenzó a susurrarme en el oído aquellas oraciones que parecían olas rabiosas, entrando por mis tímpanos y limpiando todo lo que pudiera confundir.

-          -Tienes que querer creer. ¿Entiendes? Te muerdes los labios y te aguantas los gritos. Gritar denota cobardía y no permitiré que nos avergüences.  Yo también lo hice a los doce años, me dice ella agarrando con fuerza mis delgados brazos. Madre era más joven que yo, por eso se volvió tan poderosa.

-          -En la espera las mujeres nos volvemos poderosas, porque vamos tejiendo en silencio y armando nuestros tapices, decía ella mientras me miraba intensamente regalándome su sabiduría.

Luciré un vestido nuevo que se manchará. Caminaré descalza y no sentiré frío. Cerraré los ojos como lo hizo madre. Hemos esperado demasiado tiempo, pero demasiado tiempo es como ese rugido que no se marcha nunca. Respiras con fuerza. Te tiemblan las piernas. Sabes todo y no sabes nada. Tus músculos se tensan. Quieres llorar, tal vez otras lo hagan, pero tú no. Tu estirpe es de mujeres que saben callar y doblarse y que esperan todo el tiempo que sea necesario. Que deshacen y nuevamente comienzan. Que cargan y buscan porque alguien lo tiene que hacer.

Masticas la nuez de cola. Te atan con fuerza. Te abren las piernas y viene la vieja matrona, la que sabe cortar la cantidad exacta de carne que tienes que dar a cambio y con el filoso cuchillo o con un trozo de vidrio te deja la marca y te cose y te cose y sangras, pero no gritas, porque solo escuchas el rugido. En ese momento estás lejos, corriendo con la gacela, huyendo de los cazadores. Todos observan, hay que estar bien seguros que se cierra con fuerza ese pasadizo que nació abierto y te lleva a los arrecifes donde se esconden las sirenas de la noche y la obsesión.


Ya no estas aquí. Te llevan en brazos. Tu cuerpo parece un pedazo de tela liviana como la seda. Un día, luego de esta espera cubierta de caparazones vendrá ese hombre guerrero y ofrecerá vacas, vasijas y tal vez algunas cabras y romperá tus hilos. Nuevamente la sangre será tu perfume y solo escucharas ese rugido, que no se separa de ti.

Es sólo un trozo de carne. Sólo eso tienes que dar a cambio. Ahora siéntate a esperar. Ve tejiendo el vestido de tu hija. Ve memorizando todo lo que tendrás que decirle para que defienda su honor. Será Intocable como tú. Como tu madre y tu abuela. Como todas las mujeres de tu aldea que dieron a cambio solo un trozo de carne insignificante. Tejedoras incansables que transitan por la vida conociendo lo que es el dolor constante, ese que llega a enloquecer, porque lo cargas tú sola, donde nadie más lo puede ver. Ese que late y late y no se detiene. Ese que te quieres arrancar porque te debilita y de momento sabes que sólo muriéndote podrás  sacártelo de encima.

No pudo caminar durante mucho tiempo. Cuando llega el amanecer vestido de sol desnudo, el silencio se sienta a su lado. Tal vez está olvidando. Su mirada es de miel que va creciendo en panal. No permite que su madre se le acerque. Se la pasa atando nudos y los vuelve a deshacer. Dicen que está esperando un guerrero poderoso que le regale escudos y una piel de león. Bodowissi la acompaña. Ella sueña que es una araña que habita en un lejano baobab.

Njongal Jigeen, Njongal Jigeen...el viento susurra sin cesar, llevando historias de una aldea a otra. Njongal Jigeen, es la ceremonia  que defiende la pureza y el honor de nosotras las mujeres que tenemos que dar nuestra carne a cambio de...

Así es como ha sido siempre en esta espera de nudos atados que nos amarran los deseos en la noche de la luna oscura, donde sólo escuchas  el rugido, allí bien escondido...tal vez en ese lugar donde quisieras estar.

- Nuestra estirpe es de mujeres puras. No tenemos mancha alguna y nuestras hijas son como nosotras: Intocables.

Las mujeres cuchicheaban entre ellas, mientras las niñas escuchaban con atención, porque así se aprende rápidamente. De vez en cuando una carcajada.

Aquella tierra codiciada por todos,  llena de estrías, levantaba su velo polvoriento de reina deshecha. Sobre su cuerpo la sangre virgen se mezclaba, dejando manchas profundas sobre los diminutos poros de su enorme extensión de piel mil veces intercambiada por marfil, esclavos, sal, oro, vasijas, pieles o tambores.

-          ¿Dime madre, cuanto cuesta el rugido de un león?, contéstame. Contéstame madre,
-           ¿Cuanto cuesta? ¿Cuantos hilos tengo que darle a cambio? Contéstame.

-          Un kilo de jabón negro y cinco mil francos, contestaba ella mecánicamente, mientras teje sin tregua el vestido de la ceremonia de su hija menor.

El rugido se iba apagando como el sol tostado cuando se lo traga la noche.



BAMBUDYA : MIEMBROS DE UNA SOCIEDAD SECRETA. ERAN PARA LOS REYES LUBA LOS CONSERVADORES Y LOS RECITADORES DEL SABER HISTORICO.

BODOWISSI, DIOSA DE LA NATURALEZA

*de la Antología Penélope Mujeres que esperan de Tere Marichal Lugo

(c) Tere Marichal Lugo
Ponce
Puerto Rico
Tere Marichal Lugo, Ponce, Puerto Rico. Dramaturga, titiritera, libretista y productora de televisión. Estudia escenografía en el Instituto de Teatro de Barcelona y en la Universidad de Puerto Rico. Cuenta con dos antologías de cuentos "Penélope, mujeres que esperan" ,"Ojo de sirena". Han representado más de veinte de sus obras, entre las cuales: "Pista de Circo", "Las horas de los dioses nocturnos" (Premio René Marquez) "Isla Antillana", "Rejum", "Cortaron a Elena". Publicó recientemente dos antologías de cuentos infantiles. Fue productora y libretista del programa de televisión para niños: "La casa de María Chuzema" que se transmite en Puerto Rico y EE.UU. Libretista del programa Lexikon. Recibe dos premios EMMY por dos libretos para documentales. Actualmente trabaja como ilustradora y escritora de Camera Mundi Inc. 
El trabajo de Marichal-Lugo aparece  ampliamente reseñado en el Gran Diccionario de autores Latinoamericanos de Literatura  Infantil y Juvenil. 
En el año 2006,  EPA (Environmental Protection Agency) le otorgó un  premio por su trabajo realizado en pro del ambiente.